He sido prisionero de guerra en Gōlitz, Siesia, en una de las regiones más frías y más feas de Alemania — recordaba el gran compositor Olivier Messiaen —. Uno es prisionero de los alemanes o de los rusos. No hay otra posibilidad para los hombres del siglo XX. Tenía conmigo en el campo de concentración a otros tres músicos: un violinista aficionado, de mucha calidad, que luego se ha hecho actor de teatro; un clarinetista, que es ahora clarinetista en la orquesta de la radio, en París; el tercero era un violoncelista. Yo escribía sobre el papel que me habían dado y debo decir con cierto orgullo que no he cometido ningún error de instrumentación y que después no he cambiado nada de mi texto. Una vez acabado mi trabajo de composición, los oficiales alemanes, bastante emocionados, nos han traído una noche los cuatro instrumentos y hemos podido interpretar el “Cuarteto” para los prisioneros. Había como veinte mil, era un campo enorme y había entre ellos gente de toda clase y de muchas naciones, franceses la mayoría, pero también belgas y polacos, gente poco preparada para escuchar música ultramoderna y que no había oído nunca hablar de mi ángel y del fin de los tiempos. Salvo los sacerdotes, ya que había algunos entre los prisioneros. De alguna manera, a pesar de la diferencia de clase y de cultura que había entre nosotros, éramos todos como hermanos, hundidos en el mismo dolor, y el éxito ha sigo muy grande.
Todo sucedía dentro de un enorme barracón de madera, vestidos todos con trajes increíbles, harapientos y barbudos. El violoncelista Pasquier llevaba en la cabeza un gorro de piel y tocaba un instrumento que no tenía más que tres cuerdas, una de ellas se había roto y no disponíamos de otra, de manera que tuvo que hacer verdaderos malabarismos para poder ejecutar ciertas notas. Al clarinetista le había sucedido otra desgracia. Había dejado su instrumento sobre una estufa y algunas de las claves en metal se habían fundido. Mi piano era antiguo y estaba en mal estado. Además, debido al calor de la sala, donde se habían concentrado miles de personas, mi piano sudaba como un caballo y algunas de las teclas, una vez tocadas, se negaban a volver a su posición inicial, de manera que había que sacarlas, cada una, con mis dedos. Llevaba un traje muy raro, el uniforme de un soldado checo, de color verde claro, completamente deshecho, los pantalones llevaban dos agujeros en las rodillas y tenía el aspecto de un pordiosero. También llevaba zuecos de madera. Pero éramos todos tan desgraciados que a nadie se le ocurría reírse de mí. Inútil decir que el éxito fue muy grande e incluso los oficiales alemanes que asistían al concierto aplaudieron como los demás.”
(Imágenes— 1- Sam Weber— soldado de invierno/2– foto Rando Mizra – artnet/ 3- David Douglas Duncan)
Recuerdo, por ejemplo, una iluminación, un relámpago al aire libre, un relámpago en lo alto de una mañana de agosto, un relámpago en pleno día, un relámpago interior, si así puede llamarse: serían las ocho y media o nueve menos cuarto de la mañana, un viernes, yo caminaba sobre la arenilla de un sendero no lejos de Punta Umbría, en Huelva, al sur de España. Había tomado la tarde anterior una gran decisión y la había tomado en la confluencia de dos ríos, el Tinto y el Odiel , dentro de una barca, y ahora todas las piedras y árboles y setos que había en aquel camino aparecían inundados de sol, iluminados por el relámpago que siempre he visto allí; cada vez que he hecho memoria no he podido ver en aquel camino mas que la luz, un camino de luz blanca, un día blanco, mis pisadas sobre la arenilla y sobre las pequeñas piedras estaban invadidas de alegría, yo tenía en aquella mañana dieciocho años, las decisiones que se toman definitivamente y de pronto, es decir, tras una larga meditación, pero a la vez de pronto, a veces marcan un camino de luz, de insospechada alegría, entonces, uno no sabe por qué, ese sol y esa arenilla de los caminos que yo pisaba (es como si aún oyera ahora las suelas de mis zapatillas de verano sobre la arenilla) marcaban y rodeaban el resplandor de la mañana, una mañana fresca y limpia, había una luz, o creo que había una luz, parece que aún lo veo, sí, sí había una luz en la superficie de las flores, estoy casi seguro de que era así. Son iluminaciones que duran, le acompañan a uno toda la vida. Beckett revivió toda su vida una iluminación oscura y nocturna en un muelle irlandés y volvió una y otra vez sobre ella y yo vuelvo a mi vez a este camino de resplandor, lo opuesto a la iluminación oscura, una mañana limpia e interminable en la memoria; cada vez que mi memoria abre una compuerta aparece igual que un flash, como una escena, este caminar mío muy de mañana en estos senderos no lejos de Punta Umbría; pocas veces he visto casas tan radiantes, a lo mejor no eran en sí radiantes pero yo así las veía, eran blancas y azules, techos azules, paredes blancas, puertas abiertas, era verano y primera hora, la vida estaba ante mí, ¿qué había decidido?, a veces no se sabe bien lo que a uno le espera cuando ya ha decidido, sobre todo porque las sucesiones tras las decisiones felizmente permanecen ocultas, si no uno no andaría a tientas después de la decisión como suele ocurrir, uno toma una decisión que parece segura y definitiva, y en el fondo así es, pero cuando se creía ya todo resuelto sólo por haber tomado esa primera decisión, uno debe de seguir aún largo tiempo andando a tientas, empujado, sí, por la decisión, pero sin saber qué le aguardará a lo largo del camino. Es lo normal. Lo cierto es que esa escena que estoy contando, ese relámpago vibrante en plena mañana de agosto siempre está ahí, no se cierra, y si yo creo que puedo cerrarlo y pienso en otra cosa, ese camino de arenilla invadido de sol y de luz lo que hace es apagarse momentáneamente, se queda escondido en mi memoria hasta que vuelvo a él otra vez, e instantáneamente vuelve a encenderse y me veo como siempre que me he visto andando sobre la arenilla en una mañana radiante de alegría y de sol. Estos son los pequeños relámpagos , las pequeñas y grandes iluminaciones,de los que hablaba hace un momento dentro del gran relámpago que es la vida.”
”Los escritores mediocres — decía Ricardo Piglia— van a escribir con escafandra, con trajes de buzo, las manos y los brazos cubiertos con tela protectora, algunos escriben con casco y antiparras y he visto a varios escribir en un bar con máscaras antigás en la cara y así resulta lo que escriben, libros asépticos, esterilizados, su estilo, por llamarlo así, es un estilo cauteloso y profiláctico. Se alejan de la incandescencia de la lengua y se resguardan, y entonces lo que escriben es inofensivo.”
“Ahora divido mi cuerpo en dos partes para dos clases de actividades —escribe el japonés del siglo Xlll Kamo No Chōmei en sus “ Notas desde mi cabaña de monje” —-. Mis manos son mis esclavas, mis pies son mi vehículo, y pies y manos satisfacen a mi corazón. También el corazón conoce los sufrimientos del cuerpo, y en los períodos penosos lo deja en reposo sin servirse de él; cuando, por el contrario, el cuerpo se encuentra lleno de ánimo, el corazón se sirve de él. Aunque lo usa, no abusa nunca de él. Y si el cuerpo está cansado e indolente, el corazón no se irrita. Además, el hecho de caminar siempre, de hacer ejercicio sin cesar, es una condición de la salud del cuerpo. Por lo demás, ¿cómo podría uno contentarse con un reposo sin objeto? Hacer sufrir a los demás, crear dificultades al prójimo, son acciones culpables. ¿Cómo podría, pues, valerme de las fuerzas ajenas?
El mundo entero no es más, en suma, que la conciencia que tenemos de él. Si el corazón no está en paz, las bellas caballerizas o establos, los tesoros más extraordinarios, no significan nada, ni los palacios ni las ricas moradas son deseables. En este momento amo mi pobre vivienda, la única habitación de mi casa solitaria. Si alguien duda de lo que digo aquí, que contemple a los pájaros y los peces. Los peces no se aburren nunca de estar en el agua. Habría que ser pez para comprender este sentimiento. Los pájaros no piden otra cosa que vivir en los bosques. Nadie comprende esto como los pájaros. Lo mismo ocurre con los placeres de la soledad; sólo se puede apreciar viviéndola.” (Imagen — Ogata Korin-1656)
El calor se asocia psíquicamente a la luz — recuerda John Chevalier en su “Diccionario de símbolos”-, como el amor al conocimiento intuitivo o la vida orgánica a la actividad del espíritu. Plutarco recuerda que el calor y la luz son puestos en movimiento por el sol, como la sangre y la respiración, principios vitales e intelectuales, por el corazón. El calor se identifica en otro plano con la cólera de las iniciaciones guerreras. En la antigua China, el fuego y el calor están asociados al tema de la sequedad y de la obtención de lluvia, así como suele identificarse de algún modo con el color rojo. La característica de lo rojo expresa también la sequedad. Es literalmente “el fuego del hombre”, que es lo que se revela en la expresión de la cólera.”
Recordaba Juan Manuel Bonet que Juan Ramón “había hecho sus pinitos pictóricos, discretos, en la Sevilla finisecular de los coloristas. Alberti empezó también como pintor; su exposición del Ateneo, en 1922, fue la primera de tipo abstracto que se hizo en Madrid, y en nuestro país. Son bien conocidos los dibujos de Lorca, y la pintura de Moreno Villa; no tanto las caricaturas de los humoristas Neville, Mihura y Tono, las musarañas y los gatos de Bergamín, y los fantásticos “Carteles” de Giménez Caballero, cuyo “Circuito imperial” (1929) revela un notable y directo conocimiento de las vanguardias artísticas europeas.”
Pintores y poetas entremezclando los senderos de la creación.
(Imágenes- 1- Juan Ramón por Vázquez Díaz/ 2- Satoshi Okazaki)
A veces me quedo mirando esta habitación donde trabajo, la veo rodeada por las casas y las calles pero también por los pájaros y los peces, por las olas del mar, por todo ese tapiz de árboles y de campos extendidos en tantos paisajes, por las estrellas, por el polvo de las estrellas, y todo eso envolviéndome y envolviéndolo todo a la vez, es un movimiento real aunque invisible, el movimiento del mundo, el mundo gira imperceptiblemente junto a esta habitación, esta concreta habitación en la que escribo, esto me ocurre muchas veces, seguramente no diré nada a la periodista porque me costaría explicárselo. El otro día cuando me preguntó sobre lo invisible, cuando me preguntó si a mí me atraía ese mundo invisible, yo le contesté que sí y tal vez hubiera sido el momento de explicárselo, ¿pero lo entendería?, quizás sí, lo aceptaría como una visión extravagante y llena de fantasía, un mero capricho de escritor, pero no es exactamente así, no, no es así, muchas veces he pensado en los estrechos límites que tenemos los hombres a nuestro alrededor; a veces únicamente vemos lo que vemos : vemos esta mesa, esta estantería llena de libros, esta pared, la puerta, las diversas paredes, el pasillo, las distintas habitaciones de esta casa, esa gran calle al otro lado de la ventana por la que ahora están cruzando automóviles y gentes, y luego la gran ciudad enorme y ampliada, inabarcable, que yo sé que está ahí pero que no puedo ver desde aquí, desde la esquina de mi ventana; sé que está ahí, que a esta hora la enorme ciudad con sus múltiples barrios y avenidas es un hervidero de quehaceres, luces y sonidos, movimientos de muchedumbres que van y vienen constantemente como van y vienen los movimientos de los pájaros en esta hora del mundo, los pinzones, los jilgueros, los mirlos, los gorriones, las golondrinas planeando sobre el mar. Como vienen y van muy despacio también las nubes sobre esta casa, la esfera de las nubes, sus formas, los caminos de los vientos. Vienen y van los penachos de los cirros, los cúmulos hinchados donde en este momento es verano, los estratos que traerán la lluvia. Mientras escribo todo esto yo no lo veo, pero sé que los pinzones están ahí, se mueven inquietos con su color gris azulado, sus mejillas de color naranja, el pico corto y fijo. No puedo verlos desde esta habitación en que trabajo como tampoco puedo ver el autobús enfilando una curva en el centro de la capital, como nunca podré ver desde la ventana el recorrer del metro bajo tierra.
Pero sé que todo eso está ahí aunque yo no lo vea desde esta habitación; es una visión completa, unísona, están cantando ahora los pinzones reales mientras revolotean entre los árboles con su cantar vacilante y bellísimo, están esperando junto a tantos otros pájaros esa especie de orden de vuelo en bandada, un vuelo simultáneo de cientos de pájaros que producirán excitación y nerviosismo; ahora no, ahora exactamente no los veo pero sí los siento mientras abro esta puerta del despacho y salgo al pasillo y camino por el pasillo y voy hasta la cocina para beber un vaso de agua, y los pájaros y las nubes están ahí mientras yo bebo de pie junto al fregadero,bebo a pequeños sorbos mientras baja el agua por mi garganta y los pájaros vuelan en bandada a la vez que se mueve el mar, las olas, las ondas de las olas, sus crestas, el mar que se remansa en la orilla, y bajo ese mar el movimiento también de todas las especies, todas las gamas de colores subacuáticos que cambian conforme dejo el vaso en la repisa de la cocina y vuelvo otra vez por el pasillo hacia mi cuarto pensando que si algún día me decido a terminar esto que escribo y lo lee un editor sin duda advertirá enseguida que le falta acción, quizás comente que es un ejercicio de sintaxis, acaso una respetable reflexión, pero que carece totalmente de acción, y la acción es precisamente lo que atrae al lector moderno. Pero tampoco sé si se dará cuenta ese editor de que todo esto que estoy contando y cuanto me está sucediendo es acción, acción continua, acción constante del mundo total, movimiento acorde, encadenado y enlazado, que podría de algún modo recordarle a algunos, acaso muy lejanamente, el fenómeno surgido a principios del siglo pasado cuando en literatura se quiso bautizar aquello de «unanimismo».
José Julio Perlado
(extracto de las “Memorias”)
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(Imágenes—: 1- Constable— paisaje con arco iris-1812- Victoria y Albert museum 2- Constable-faro de Arwich -1820- Tate Gallery/ 3- Constable—la bahía de Weymouih- National gallery)
«Yo voy buscando… – me decíaBenjamín Palenciaen 1967 -, precisamente en esta parte donde tengo el estudio, que es en el centro de Ávila, rayando ya con Gredos, en los primeros flancos de montañas hacia Gredos, el clima, voy buscando el clima… una limpieza de sonoridad en el espacio… como es una luz…, como es la limpieza atmosférica que estos paisajes altos de España tienen, porque yo soy un poco sonoro, diamantino; yo no pinto con los ojos, yo pinto también con los oídos… y yo necesito un cierto paisaje que tenga una resonancia, como es el paisaje alto de Castilla, una resonancia incluso musical, auditiva…que entre dentro de una nueva concepción no solamente de la pintura, sino también de la poesía, porque ahí están nuestros místicos, como Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz…
Un paisaje que suena y además un paisaje austerísimo…, que no tiene anécdota, porque yo creo que hay que ir limpiando también la pintura y el arte en general de todo su quehacer anecdótico.
Mis tres predilecciones de pintores españoles han sido: el Greco, Velázquez y Zurbarán. pero del que más influencia seguramente tengo es del Greco. Porque reúne unas condiciones su pintura que están muy dentro de mí y, además, incluso las coloraciones, no solamente de antes sino de siempre se la debo al Greco.
Tanto, que se ha hablado que mis amarillos venían de Van Gogh. No. Mis amarillos no vienen de Van Gogh, mis amarillos vienen del Greco, como también muchos colores como los granates, los amatistas, este carmín que yo pinto tanto y que son colores tan predilectos míos, también vienen del Greco.
Mi tema principal es la Naturaleza y los seres que conviven con ella. A mí me gusta la adolescencia de las cosas… esto lo voy buscando siempre, lo mismo de los animales como de las flores, como de los niños…
Yo, cuando estoy en mi casa de Ávila, que cultivo rosas también en un jardín, y todas estas rosas que yo pinto son precisamente cultivadas por mí…, los niños, que no están acostumbrados a ver esos jardines llenos de rosas, se vienen a las verjas y se asoman por las barras de hierro…, e intentan coger las flores con las manos…, yo estoy dentro, recogiendo su fisonomía, sus risas, sus miradas a las flores y sus comentarios, y lo estoy pintando juntamente con las grandes rosas y los árboles, los verdes… De modo que es una cosa que se complementa: la juventud maravillosa de todo esto con la maravilla de los seres jóvenes, de la tierra y de la creación…”
Siempre que se le preguntaba a Hisae Izumi por la transformación de Japón que ella había vivido y por la apertura decisiva del archipiélago a Occidente contestaba con unas palabras casi misteriosas y sorprendentes: todo empezó — decía— con el fuego de los braseros portátiles y con las lámparas de aceite. Y efectivamente así había sido. Hisae había observado, tras la audiencia que le había concedido el emperador Meiji a principios del siglo XX y una vez convertida en una simple inquilina en una sencilla casa de Kyoto, acogida por una familia amiga, la familia Yokoyama, cómo el fuego de los carbones de leña encendidos en braseros portátiles era todo un acontecimiento para Japón. Durante siglos lo que se llamaba hogar —- y ella lo había vivido bien — había sido algo absolutamente central dentro de cada casa, como si en torno al fuego todo estuviera recogido en sí mismo y a la vez acogiera a toda la familia. En ese punto preciso se había hablado y se había vivido siempre. Pero aquello había ido evolucionando. Poco a poco Hisae había advertido cómo los carbones de leña, aquellas fibras negras, a veces retorcidas, envueltas en cenizas blancas de calor, se habían ido dispersando una a una por todos los rincones de la pequeña vivienda refugiándose en las llamadas habitaciones. “Era como una procesión de intimidades”, escribió Hisae en sus “Memorias”. Porque ella quiso dejar constancia de todo lo que estaba viendo y viviendo en aquella casa de los Yokoyama, —-que era como una casa cualquiera de Japón y también podía pasar por una casa representativa —,las veces en que se reunía con Masato Yokoyama, el jefe de la familia, con su mujer Chiaki o con sus hijos, Keitaro y Keiko. Como en los tiempos en los que había dado clases al aire libre a niños y a mayores por diversos lugares del archipiélago, ahora volvía a tener un auditorio, sin duda mucho más reducido, pero siempre atento a aquellas intervenciones de Hisae al final del día, cuando todos los trabajos habían concluido. Les descubría por ejemplo, los misterios del carbón. “ Como la tierra quemada — les decía—, así el carbón va muy unido al fuego. Nosotros podemos ver su aspecto negativo, su negrura, su poder oculto, pero escondido en el carbón está el rojo, la llama, la energía, y también la luz. Hasta ahora en Japón nos hemos congregado en un punto único dentro de cada casa, en el fuego, en torno al cual hemos hablado, compartido y vivido, pero ahora, sí os fijáis, cuando uno se lleva a su rincón su personal brasero portátil de porcelana la luz va con él, y con la luz va también el refugio de sus pensamientos, esos pensamientos se iluminan en el aislamiento de la soledad y cada uno va descubriendo su particular hogar, el que se ha creado para sí mismo, la casa se llena de diminutos hogares y en ellos se repasan recuerdos y se lanzan proyectos.” Le escuchaban con gran curiosidad y respeto los Yokoyama como si les descubriera todo un mundo.
Les hablaba también de la sombra. “Todos sabemos —les decía— que Japón ama especialmente la sombra como Occidente ama especialmente la luz. Cuando vayáis un día a Europa, si tenéis la oportunidad de conocer Paris, veréis que en Paris la luz del día se extiende sobre las grandes avenidas y las ilumina de modo resplandeciente y por las noches, en cambio, la luz eléctrica hace brillar los iluminados Campos Elíseos. Pero siempre es la luz. Japón, en cambio, en general,, prefiere el encanto de la sombra. Cuando nosotros nos retiramos por la noche a nuestros cuartos llevamos los braseros portátiles pero también acudimos con nuestras lámparas de aceite y entonces esas lámparas sorprenden de improviso a las sombras ocultas en los rincones. No hay ninguna guerra, sin embargo, entre luz y sombra, aunque a veces notamos que vence más la sombra ya que es lo que más amamos los japoneses, allí donde nos refugiamos desde hace siglos.” Les hablaba de muchas más cosas en las largas tertulias nocturnas. Había observado Hisae, por ejemplo, que cada mañana Masato Yokoyama, el jefe de familia, a la hora de irse a la oficina, antes de atravesar la puerta, se desprendía de su kimono, el cual dejaba cuidadosamente doblado hasta la tarde, y se vestía entero a la manera occidental. Y eso, aunque él no se diera cuenta, estaba ocurriendo en todo Japón. No sólo en las ciudades sino también en los pueblos. Era una atracción llena de curiosidad por Occidente y a la vez un temor por separarse de Oriente, la incógnita de qué pasaría si se alejaban demasiado de sus tradiciones y se asomaban al exterior.. Pero no se alejaban, hacían convivir las dos actitudes y Japón poco a poco se abría al mundo.”
“Me recuerdo a mí misma — dice Virginia Woolf en 1928 — , que la mitad de la belleza de un paisaje o una casa procede de conocerlo. Uno recuerda antiguas bellezas; sabe que ahora está feo; espera a verlo iluminarse; sabe dónde encontrar su encanto; cómo hacer caso omiso de lo malo. Esto no puede uno hacerlo la primera vez que lo ve.”
No he conocido hombre alguno — decía Gorki — que sintiese tan profundamente como Chejov la importancia del trabajo como fundamento de toda cultura y,por tan diversas razones. Este sentimiento se expresaba en los actos más insignificantes de su vida; en sus costumbres, en su elección de las cosas, y en ese noble amor por los trabajos del hombre que, ajeno al deseo de coleccionarlos, nunca se cansa de admirarlos como productos de la mente creativa del hombre. Se complacía en construir, plantar jardines, ornamentar la tierra; era sensible a la poesía del trabajo. Con qué conmovedor cuidado observaba crecer los árboles frutales y los arbustos ornamentales que había plantado en su jardín. Lleno de planes para la construcción de su casa de Autka solía decir:
— ¡Qué hermoso mundo tendríamos si el hombre hiciese todo lo que se puede hacer con el trozo de tierra que le pertenece!”
“Abre el guía una verja que defiende el ojo negro de la caverna por donde hemos de ingresar — va narrando Ortega—. Avanzabamos el pie sobre un terreno húmedo, resbaladizo, pedregoso. Pronto sentimos que la tiniebla nos ha devorado y nos mastica con sus mandíbulas impalpables. Una entrada pareja debía tener aquel lugar de la leyenda céltica que llamaban el Purgatorio de San Patricio. Los que tornaban de él no volvían a reír nunca.¡ Y pensar que esto es un museo! Nuestra escasa simpatía por los museos de arte se suaviza un poco. ¡Excelente, un museo a oscuras! Las manos trabajan la tiniebla, abriendo en ella rutas posibles, y el pie tropieza, se escurre peligrosamente en un rápido deslizamiento hacia el centro de la Tierra.
Entretanto, el guía enciende una lámpara de acetileno. Nuestro afán de ver los bisontes ilustres no admite espera.¡ Helos aquí! ¡Fantásticos, monstruosos! Se mueven sobre el haz de la piedra. Pero no; ha sido un error. Lo que hemos visto era nuestras propias sombras, temblorosas, proyectadas sobre la techumbre por la lámpara que yace en el suelo. ¿Y los bisontes? Hay un recato irónico en estas figuras primigenias que rehusan entregarse sin más ni más a la retina profana. Evidentemente, el suelo de la caverna está hoy más alto que en otro tiempo, y no queda distancia suficiente para que el dibujo entero, casi siempre de amplias dimensiones, se componga en la visión. Hace falta que el guía conduzca nuestra mirada señalando a lo largo el perfil de cada bestia con un puntero. (…) La lámpara superpone a la decoración altamirana las sombras de los turistas, extravagantemente desmesuradas. De suerte que éstas lo primero que hallan allí es su propia y vulgar silueta.”
Recuerdo aquella noche, de Atenas a Tel Aviv en un Jumbo enorme desde el que pude observar, al sobrevolar Atenas, cómo me iba alejando del puerto del Pireo a la primera luz nocturna: barcos inmóviles alineados sobre el mar, luces individuales dando presencia a la negrura. Luego el borde de las costas de Grecia, mapa de fulgor recortando la península. Después, una elevación mayor y las islas pequeñas y grandes difuminándose bajo el aire. Luces ordenadas de barcos que quedaban poco a poco borradas: capa blanca cada vez más espesa. Distinguí al fondo el último barco invisible, y enseguida un cielo invadido de nubes, campo horizontal de brumas. cielo infinito que siempre recordaré.
Aconsejaba Umberto Eco que para escribir “ es necesario un ordenador, que es una máquina inteligente que piensa por ti, y para muchos sería una ventaja. Basta un programa de pocas líneas, lo sabe hacer hasta un niño. Luego se le introduce al ordenador el contenido de algunos centenares de novelas, obras científicas y muchos listines telefónicos( utilísimos para los nombres de los personajes). Digamos unas ciento veinte mil paginas. Después, con otro programa, se mezclan todos esos textos al azar, con algún que otro ajuste, por ejemplo, eliminando todas las aes. Así, además de una novela tenemos un lipograma. Entonces se le da a imprimir y se imprime. Al haber eliminado las aes salen algo menos de ciento veinte mil páginas. Después de haberlas leído atentamente, más de una vez, subrayando los pasajes más significativos , se cargan en un camión y se llevan a una. Incineradora. A continuación, nos sentamos bajo un árbol, con un carboncillo y papel de dibujo, y dejando que la mente vague, se escriben dos líneas, por ejemplo: “La luna está alta en el cielo — el bosque susurra”. Quizá no sale una novela enseguida, sino un “haikú” japonés, pero lo importante es empezar.”
(Imagen—Juan Gris— la mesa— 1914–Philadelphia museum)
Recuerdo al marido de mi tía Enedina, don Ego Diego Otrosí Ramírez, abogado, hombre muy asentado en el Brazo Militar y Civil de la Historia, y hombre también de estudios cuidadosos sobre antiguos legajos y que viajaba sin cesar arriba y abajo por las tierras de España enfundado en un viejo capote marrón de campaña de la época de la guerra, abotonado siempre hasta el cuello, y calzado con unas grandes botas polvorientas. Generalmente don Ego Diego solía pasar grandes temporadas en el tumbo de la catedral de Astorga hurgando en inscripciones indescifrables, recalaba numerosos veranos en el tumbo viejo del monasterio de Sobrado, en La Coruña, siempre por los mismos menesteres, y era muy asiduo igualmente de la iglesia de Calahorra donde un antepasado suyo, según decía, había sido racionero en 1228. Enfrascado durante meses ante una escritura de dotación del monasterio de Besalú, en Gerona, o absorto delante del fondo de la caja de ágata ofrecida a la iglesia de Oviedo por la esposa de Fruela II, cuando llegaba a Madrid, a su casa de la calle de Jardines, entre Alcalá y la Gran Vía, lo hacía tan agotado y rendido por tantos trajines que se desparramaba sin desvestirse encima de la colcha azul de la gran cama matrimonial, con la punta enharinada de sus botas rebozadas en todos los caminos y el olor de su cuerpo aún con aromas de matorral y de sepulcros.
–Vengo muerto –soplaba– porque he tenido que resolver unos asuntos en San Juan de la Peña, en Huesca, y después he tenido que copiar unas cosas del becerro de Santa María de Aguilar de Campoó, en Palencia, y luego he ido andando hasta el monasterio de Eslonza, en León. El domingo estuve ante el becerro viejo de la catedral de Toledo y luego tuve que subir hasta el Norte, a consultar el becerro de Santa María del Puerto, en Santoña, porque se me había olvidado apuntar una cosa. El martes me pasé por el tumbo de Celanova, en Orense, y el miércoles por la tarde le di un vistazo en Burgos al libro gótico de Cardeña.
No descansaba. Con sus botas empolvadas sobre la colcha y los dos picachos blancos de sus pies montados el uno sobre el otro, intentaba dormitar algo entrecerrando los ojos pero no lo conseguía.
—¿Y tu lubina?— le preguntaba inquieta su mujer sentada a su lado mientras hacía punto. —¿ Te ha dado la lata? — decía cariñosa.
— Se ha portado bien, la pobre — contestaba Ego Diego palmeándose la tripa — Esta temporada se está portando muy bien…
Trataba a su lubina como a una hija. Desde las primeras semanas de su matrimonio padecía de una lubina entera cruzada en el estómago, atravesada de parte a parte, con su cabeza, su cola y sus escamas, producto de una digestión voraz acuciada por las hambres y las prisas. Los médicos se lo habían advertido:
— Se ha tragado usted una lubina entera, don Ego Diego — le dijeron preocupados.
— ¿Y ahora qué hacemos? — preguntó él incorporado en su camilla.
— Pues no sabemos — meditaron los doctores.
— No, el que no lo sabe soy yo —.contestó muy enfadado — Ustedes son los que lo tienen que saber, que son los médicos.”