¿LA GUERRA?

Cuando se concentra la comitiva de vehículos en el horizonte de la historia como sucede en estos días, los mapas nos traen también en el tiempo todas las armaduras anteriores, las lanzas, los escudos, los proyectiles, antiguas caballerías al galope, gemidos de pueblos enteros: toda la barbarie de defensa y ataque de los siglos. Ahí están, extendidos en el recuerdo, la guerra de Macedonia, la organización militar de los árabes, de los Normandos y del imperio romano de Oriente, el inicio de los mercenarios, la génesis de la infantería moderna, la caballería, las primeras armas de fuego, la influencia que tuvieron esas armas de fuego sobre las tácticas de la infantería, las armadas permanentes en Inglaterra , Francia, Austria y Prusia, en el fondo todo el despliegue del arte militar.

La guerra, en el sentimiento general desde la antigüedad, como señala Chevalier en su Simbología, revela la capacidad de autodestrucción en el fluir universal, el triunfo muchas veces de la fuerza ciega. En principio, la guerra tiene por fin la destrucción del mal, el restablecimiento de la armonía y de la paz tanto en el plano cósmico como vital, pero no siempre se cumple.

“Los hombres se tambaleaban agotados sobre los caminos de tablones — se escribía sobre la Primera Guerra Mundial del siglo XX – . Los heridos que cayeran de cabeza dentro de los agujeros de los proyectiles corrían el peligro de ahogarse. Las mulas se resbalaban fuera de los caminos y con frecuencia se ahogaban en los gigantescos agujeros que los flanqueaban. Los cañones se hundían hasta hacerse inútiles; los fusiles se atascaban y ya no disparaban; incluso la comida se echaba a perder en el inevitable barro.”

Años después se escribía sobre otra guerra:

“Hemos saqueado y perseguido, difamado, insultado y asaltado. Hemos privado vilmente a mujeres pobres de sus escasos ahorros; hemos detenido a un hombre por atravesar Londres con el fin de arrebatarle una caricia a su esposa y le hemos castigado como solo se castiga a los más salvajes gamberros.”

¿La guerra? Esto es la guerra mientras contemplamos la comitiva de vehículos en el horizonte.

José Julio Perlado

( Imágenes— 1- Sam Weber— soldado de invierno/ 2- Albrecht Altdorfer -1529)

VIAJES POR EL MUNDO (47) : SERRA AMARELA — (PORTUGAL)

“Todo el día por la Serra Amarela, visitando fosos cavados para cazar lobos — escribe el portugués Miguel Torga— . La Serra Amarela es uno de los parajes yermos más perfectos de Portugal. Situada entre Gerês y Lindoso, sus pliegues son amplios, profundos y solemnes. No tienen ermitas ni romerías y la cruzan los lobos, los jabalíes y las corzas. El mal de la repoblación oficial a base de pinos no ha llegado todavía aquí. De modo que vive en ella el soplo claro de las aves en libertad y la sonrisa abierta de los grandes soles. No hay más camino que los que hace el zorro, ni más posadas que las chozas de los pastores. Es el Portugal medular, la Iberia en su pureza esencial y granítica. Un acebo aquí, urces milenarias allí, un roble en una garganta. No hay corazón entre el Duero y el Miño que no se sienta arropado y reconfortado en un suelo como éste.”

(Imágenes— 2- Rui Palha/ 2- Winslow Homer- 1893)

COLORES

“Un día, me encontré en la plataforma de un autobús violeta— escribe el francés Raymond Queneau —. Había allí un joven bastante ridículo, cuello índigo, cordón en el sombrero. De repente, protesta contra un señor azul. Le reprocha, especialmente, con voz verde, que lo empuje cada vez que baja gente. Dicho eso, se precipita hacia un sitio amarillo para sentarse.

Dos horas más tarde, me lo encuentro delante de una estación anaranjada. Está con un amigo que le aconseja que se haga añadir un botón en su abrigo rojo.”

(Imágenes: 1– Rothko/ 2- Rothko- museo nacional de Bellas Artes)

MUJER NOCTURNA

“… pues como le decía el otro día, doctor, yo suelo ponerme a escribir siempre hacia las once. Me gusta prolongar el tiempo. A las once de la noche, ya recogida la cocina, me siento en ese sillón algo desvencijado del que ya le hablé, me coloco cerca de la lámpara de pie y reúno todos los papeles blancos que hay en la mesa, los folios, o a veces unas simples cuartillas. Entonces me siento tal como estoy ahora, así, tal como usted me ve. Me pongo un pantalón negro, pero no me pongo en zapatillas, no me gusta ir en zapatillas por la casa, prefiero estar cómoda para escribir pero nunca demasiado cómoda, recuerdo que usted me dijo un día, al principio de las sesiones, un día que vine a verle, que yo no parecía una mujer dejada, no parece usted una mujer dejada me dijo exactamente, se me quedó grabado, y es verdad, no soy dejada, lo que pasa es que para escribir, me imagino que como otros para pintar o hacer lo que sea, necesito ropa holgada, que no me apriete, olvidarme de la ropa y en el fondo olvidarme un poco de todo, saber que son las once de la noche, que es mi hora, vengo cansada de trabajar y deseo concentrarme, eso me salva, ahora mismo, ante usted, cuando le hablo, yo no me noto concentrada, no lo estoy, tampoco me importa, le cuento estas cosas como si me las contara a mi misma, no me cuestan, pero escribir sí que me cuesta, eso es otra cosa, no es hablar, ¡ ya quisiera yo que escribir fuera como hablar!, pero escribir no es hablar, es prolongar el tiempo, es lo que yo me digo siempre, prolonga, prolonga el tiempo Mercedes, que el tiempo es un tesoro, saber que las once son solo mías, que hay silencio en la casa, a veces aún se oyen algunos televisores, hay luces encendidas, pero yo y la página somos uno, siempre hemos sido uno, es un espejo como blanco el que tengo, lo tengo encima de mis rodillas, ya le dije que escribo siempre a mano, pongo una rodilla sobre la otra, así, como estoy ahora, el primer día que vine a verle le comenté que no quería tumbarme en su consulta porque prefiero verle de frente y estar sentada, ya ve, yo miro de vez en cuando hacia esa ventana, eso me ayuda a hablar, le agradezco que usted me deje hablar, no hablo mucho, escribo, escribo a partir de las once de la noche, un día le traeré algún escrito mío para que lo vea, naturalmente hablo durante el día, lo hago en el trabajo, con conocidos, ¿ pero de qué hablo?, pues hablo de mil cosas que al día siguiente ni me acuerdo, ¿ y quién se acuerda de lo que habla?, en cambio lo que escribo siempre viene hasta mí, sale de mí, lo he atrapado, me gusta, es mi desahogo, me ha costado tanto meterlo ahí, en ese folio, que a la noche siguiente esas palabras vienen otra vez, me atrapan, son mías, no son palabras volanderas, nunca son palabras

volanderas, bueno, pues a lo que iba, le cuento lo que me pasó anoche, ayer por la noche estaba yo escribiendo desde hacía rato, serían las once y cuarto u once y veinte de la noche, no sé, por ahí serían, oí pasos arriba, pasos en el techo, es el último piso que está encima de mí y que da a los trasteros y a la terraza, yo vivo, ¿sabe usted?, en una casa antigua, los pasos en el techo siempre se oyen, y a mí me gusta oírlos, puedo seguir así las vidas de los otros, saber cuándo se quitan un zapato o cuándo entran y salen, pero es que arriba son una pareja de extraños los que están, no tienen hijos, hablan poco con el vecindario, yo apenas me los cruzo por la escalera. Pero entonces, me digo, ¿dónde se meten?, ¿a qué se dedican esos dos?, es un misterio, yo creo que ella puede ser modista o planchadora o algo así, algo relacionado con la ropa, no sé, lo digo por la manera que tiene tan extraña de mirar la ropa , la acaricia, ama la ropa, se pone en el patio a tender ropa y no acaba nunca, la mira como si fuera única, ¿ y él?, pues tampoco sé a qué se dedica, tiene una barba muy larga y muy grande que le ocupa toda la cara y lleva unas gafas antiguas de concha que le tapan también medio rostro, y así es imposible saber quién es, parece mayor que ella, pero no sé, no lo sé, nunca le he oído hablar, las pocas veces que nos hemos cruzado en la escalera él ha levantado la cabeza con un saludo raro, misterioso, y nada más. Entonces, como le digo, anoche, que estaba yo escribiendo, de repente oí pasos arriba, eran tacones, seguro, los tacones de ella que me los conozco bien, tacones que iban y venían cada vez más deprisa, cada vez más nerviosos, iban de un sitio para otro y estaban dando vueltas y vueltas por el cuarto, y de repente, ”¡clak!,” un golpe seco, como si fuera una taza o un plato que se rompe, algo que choca contra el suelo, sonó muy fuerte, y enseguida otro, y otro igual , y otro más, no sé cuántos más, cada vez más fuerte, “¡ clak! ¡ clak!, ¡ clak!”, así muchas veces, parecía una vajilla que estuvieran rompiendo, no sé si eran tazas o platos o quizá vasos también, pero todo muy seguido, todo mezclado, y sobre todo mezclado con terribles chillidos, “¡hi, hi!, hi! ”, chillidos agudos, extraños, que yo nunca había oído, como de animales, igual que si chillaran animales, parecían de otro mundo, yo no distinguía la voz de ella ni la de él porque, como digo, aquello eran chillidos de animales, no se oía más que aquello, una especie de pelea a chillido limpio, nunca he oído chillidos tan fuertes, tan impresionantes, a veces parecían como lamentaciones, como si alguno le estuviera hiriendo al

otro, o como si alguien estuviera ya herido, también gemidos, “¡hi, ¡hi!”, como si alguien llorase, no sé, todo era muy confuso y muy siniestro. A mí me empezó a entrar mucho miedo, ¿ qué iba a hacer? Entonces dejé de escribir, me quedé sentada en el sillón totalmente quieta, mirando al techo, esperando con la pluma en la mano y el papel en las rodillas a que aquello acabara, pero no acababa nunca, no sabía si apagar o no apagar la luz, si irme o no irme a la cama, no sabía qué hacer. Aquello duró mucho rato, yo calculo que fueron como veinte o veinticinco minutos, quizá más, quizá media hora. Y al final, de pronto, se paró. O yo creí que se había parado. Hubo un silencio total. Esperé. Me dije aliviada: ¡Al fin se ha terminado! Pero de repente se oyó un enorme ”¡¡CLAK !!” ¡ enorme, enorme ! que me retumbó toda, me estremeció. Fue un golpe tremendo, como si fuera el final y que resonó en todo el techo. Luego nada más. Ya no se oyó nada más.

Entonces tardé mucho tiempo en irme a la cama. Bastante rato. Me quedé allí, sobrecogida. Al fin, a las doce y media o quizá la una, no sé, la una sería, me fui a la cama. Naturalmente dormí muy mal. Tenía en la cabeza todos los golpes y los chillidos. Hoy me levanté pronto, como siempre, porque tenía que irme a trabajar. Al salir ya para irme al trabajo, en la escalera, quise asomarme a mirar desde mi puerta, desde el descansillo, mirar hacia arriba. Dudé. ¿Subo o no subo?. Me impresionaba todo lo que había pasado. Al fin me decidí y subí tres o cuatro peldaños, no más. Entonces, desde el ángulo que hace la escalera, porque no quise subir más, vi la puerta del piso de ellos totalmente abierta, de par en par, y unos zapatos tirados en medio de la puerta, unos zapatos de hombre. No me atreví a más. Bajé corriendo y me fui al trabajo. No se me va eso de la cabeza, no se me va. No sé qué ha pasado, si alguien ha muerto, o qué ha ocurrido allí. Cuando me calme tengo que escribir sobre todo eso, ¿verdad, doctor?, ¿usted qué piensa?, pienso que me calmará.”

José Julio Perlado

( del libro ”La mirada”)

(relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

( Imágenes— 1- Saul Leiter/ 2- Robert Henderson/ 3- Jan Reich – 1986)

EL TALLER DEL PINTOR

”Según los planos del Alcázar – anotaba el gran historiador del arte, máxima autoridad mundial en el estudio de Velázquez, Jonathan Brown, recientemente fallecido — , el taller de Velázquez estaba situado en la ”galería del cierzo”, situada en la parte norte del palacio. Pero el taller se trasladó a las habitaciones anteriormente ocupadas por el príncipe Baltasar Carlos, el titulado ”cuarto bajo del Príncipe”. Este apartamento consistía en una serie de habitaciones en el segundo piso, la mayor de las cuales era la “galería”, un espacio alargado, a modo de salón, con ventanas en el lado sur. El príncipe murió en 1646, fecha tras de la cual pudieron asignarse a otros fines estas habitaciones. Brown, habla de esa ”galería” o ”pieza principal” afirmando que era el taller del pintor, pero no participa en cambio de las versiones de otros investigadores anotando que ese lugar fuera el escenario de ”Las Meninas”.

Brown, entre sus innumerables y lúcidos hallazgos, entrega minuciosas y variadas aportaciones, por ejemplo, sobre el valor y significado de la “llave maestra” que cuelga de la cintura de Velázquez en el célebre cuadro. “Era un singular signo de favor y de confianza — dice— que aparece mencionado específicamente en las ”Etiquetas”, en donde se estudia cómo debe ser llevada la llave, que es como la lleva Velázquez en ”Las Meninas”… , y puede traer en la faltriquera una llave doble que abra todas las puertas de Palacio.”

Leer los estudios de Brown es sumergirse en los matices de toda la pintura española del siglo XVll. Es acercarse a Zurbarán o a Murillo y a Valdés Leal o atravesar también el Buen Retiro y la corte de Felipe lV, una forma de adentrarse en luminosas páginas de España.

José Julio Perlado

(en memoria de Jonathan Brown que acaba de morir)

Descanse en paz.

(Imagen- “Las Meninas”- museo del Prado

PISARRO Y LA VIDA EN LAS CALLES

Este cuadro de Pisarro — hoy traído y llevado de un lado a otro por asuntos legales — fue pintado en 1897 y nos conduce hasta las calles de París, rue de Saint- Honoré, en un día de lluvia. La vida de las calles parisina fue tratada repetidamente por los impresionistas, y artistas como Degas apuntaron en sus notas sus personales proyectos: ” quiero pintar — decía— todo tipo de objetos cotidianos situados de tal manera que contengan en sí la vida del hombre o mujer (…) por ejemplo, sobre el humo — el humo de los fumadores, pipas, cigarrillos, puros —, el humo procedente de las locomotoras, de las altas chimeneas de las fábricas, de los barcos de vapor (…) Sobre la noche, infinita variedad de temas en los cafés: los diferentes tonos de los globos de cristal reflejados en los espejos. Sobre la panadería, pan. Series de aprendices de panadero vistos en el sótano o a través de las ventanas del sótano desde la calle; la espalda color de la harina rosa, bellas curvas de la masa; bodegones de diferentes panes, grandes, ovales, alargados, redondos. Estudios en color de los amarillos, rosas, grises, blancos del pan… Ni los monumentos ni las casas se han hecho nunca desde abajo en un primer plano tal y como aparecen cuando se pasea por la calle…”

Situado en una ventana del Hotel du Louvre, mirando hacia abajo a través del borde de la plaza del Théâtre Francais y a lo largo de la rue Saint- Honoré, Pisarro capta la primera hora de la tarde en un París de coches de caballos y transeúntes bajo gotas de lluvia y algunos paraguas abiertos que fijarán ese Instante.

José Julio Perlado

LOS DOS MÉTODOS DE ESCRITURA

Los tres elementos de la teoría de la novela que anotó Flaubert ya cuando era muy joven son: el escritor se sirve sin escrúpulos de toda la realidad; el escritor debe tener una ambición totalizadora; y tres: la novela debe mostrar, no juzgar. La célebre novela que Flaubert escribió fue compuesta durante cuatro años, siete meses y once días; contenía 208 cambios añadidos o modificados a la edición original; se conservan en la Biblioteca Municipal de Rouen, 46 hojas grandes con el ”plan” o escenario de la obra (argumento, caracteres de los personajes, división en capítulos…) — algo extremadamente importante en el trabajo de este autor —, 1.788 hojas de borradores escritas por ambas caras y llenas de anotaciones, tachaduras y agregados, y 487 hojas, que constituyen el manuscrito definitivo.

Vargas Llosa, en el estudio pormenorizado que hizo del proceso creador de este libro, resalta la importancia de ese “plan” premeditado del escritor, que al parecer trabajaba con dos páginas en blanco, una al lado de la otra. En la primera, escribe con letra pequeña y dejando grandes márgenes, la primera versión de cada episodio. Luego pasa a la siguiente página y avanza muy despacio. Un buen día de trabajo puede significar media página definitiva, pero hay jornadas dedicadas a componer una sola frase. (Se llega al estilo — confesaba el autor en una de sus cartas — con un trabajo atroz)

De todos modos, lo importante y lo que regula todo en Flaubert es el”plan”: saber a dónde se va. ”Un libro — decía— es una manera especial de vivir en un medio dado.” Pero este escritor, como señala Vargas Llosa, no es únicamente alguien preocupado exclusivamente con el lenguaje. Es el orden del relato, la organización del tiempo, la gradación de los efectos, la ocultación o exhibición de datos.

Es una manera, en el fondo, de escribir y es esencialmente un método. Otros, en cambio, prefieren otro método distinto: rechazan cualquier ”plan” y salen a la aventura de descubrir un mundo página a página, sorprendiéndose ante lo desconocido.

(Imagen — Lisbeth Zwerger)

EL RELOJ Y EL TIEMPO

“El reloj hace tic- tac, Las saetas son convoyes que cruzan un desierto — escribe Virginia Woolf en ”Las olas” —. Las negras rayas en la cara del reloj son verdes oasis. La saeta larga se ha adelantado en busca de agua. La otra avanza penosamente a tropezones sobre las ardientes piedras del desierto. La puerta de la cocina bate una sola vez. A lo lejos ladran perros salvajes. Mira, el lazo en el trazo del número comienza a llenarse de tiempo, contiene el mundo en su interior. Comienzo a trazar un número, y el mundo queda enlazado en él, y yo estoy fuera del lazo, que ahora cierro — así— , sello y completo. El mundo forma un todo completo, y yo estoy fuera de él, llorando, gritando “¡ Salvadme, de ser expulsada para siempre del lazo del tiempo!”

(Imagen— reaktorplayers)

LA CONSTANCIA EN EL AMOR

La constancia en el amor — dice La Rochefoucauld — es una inconstancia perpetua, que hace que nuestro corazón se adhiera sucesivamente a todas las cualidades de la persona que amamos, dando la preferencia a una o a otra ; de manera que esta constancia no es mas que una inconstancia detenida y reafirmada en un mismo sujeto.

Existen dos formas de constancia en el amor: una viene de que se encuentra sin cesar en la persona que amamos nuevos motivos para amarla, y la otra viene de que es un honor para nosotros ser constantes.

(Imagen —Susan Ritcher Knox)

TIERRAS DE INFANCIA (2)

“El elefante lloraba

porque no queria dormir…

—-Duerme elefantito mío,

que la luna te va a oir…

Papá elefante está cerca,

se oye en el manglar mugir.

——Duerme, elefantito mío,

que la luna te va a oir…

El elefante lloraba

(¡ con un aire de infeliz!)

y alzaba su trompa al viento…

Parecía que en la luna se limpiaba la nariz…”

Adriano del Valle—“La canción de cuna de los elefantes”

(Imagen- Gregory Colbert— Ashes and Snow)

EN EL JARDÍN

Olí. Olí, sí, el magnolio. Pero no sólo el magnolio. Levanté la mirada de la mesa donde escribía y vi el jardín. Mi mano vuelve a tomar la pluma, vuelvo a inclinarme sobre el papel. Vi las dalias a mi alrededor con sus cabezuelas dobles y sencillas y sus formas extrañas. La viveza del color de sus flores rojas rozaban la mesa de madera verde en donde yo escribía. Ahora noto confusamente que alguien se acerca. Un vestido verde se confunde con este verde de la mesa en donde yo escribía, su cara blanca se mezcla con la tela blanca de la silla en que yo estaba sentado, con la blancura de la página que yo intentaba redactar. No sé qué me dice. No sé qué me susurra ni me pregunta. Sí, le contesto o creo contestarle, me levantaré. Me levanté entonces y me fui a ver las zinias y las caléndulas, las hojas rígidas y erectas de los gladiolos con sus grandes flores reunidas en espigas bajo el sol del verano. Di lentamente la vuelta. ¿Dónde estaba la gente? ¿ Había pasado el tiempo? No, el tiempo no había pasado porque allí estaba intacto el jardín. Me acerqué a ver la hiedra cubriendo la fachada de ventana a ventana, y luego me alejé para verla mejor. Era una operación de perspectiva, el paso atrás para contemplar la pintura, el ojo atrás para ver la literatura, calibrar el conjunto de lo que yo había escrito. Sin perspectiva, sin aquel paso atrás para valorar, yo no podría nunca abarcar toda la hiedra, la planta de lianas trepando, un verde intenso de hojas y de ramas jaspeadas. Creí ver asomado a alguien en un balcón, alguien que intentaba decirme algo. Y aun antes de entrar pude oler el aroma del espliego con sus flores de color violáceo y sus largas espigas en el aire de la tarde.”

José Julio Perlado

(Imagen- Renoir- 1876)

EL CUADERNO

“He escrito mis primeras palabras ante un muro, a los diecinueve años, en una prisión militar helada por la humedad — confesaba el francés René Frégni —.Yo estaba sentado en el helado suelo de una celda, y trazaba mis primeras palabras en un cuaderno, muy parecido a uno que descansaba en un taburete.

Había tres cosas en esta celda: un taburete, una plancha encajada en el muro para desplegarla y poder dormir y un cuenco higiénico que yo iba a vaciar cada mañana en los retretes, al fondo del pasillo de paseo.

Seis meses en esta fortaleza. Escribía la palabra árbol y veía un árbol, escribía la palabra viento y yo sentía el viento, la palabra luz hacía entrar el cielo en aquel rincón húmedo, y cuando yo tenía deseos de recordar a una mujer buscaba en mí la palabra justa, la más violenta y la más dulce.

Y los caminos se abrían ante mis ojos desde el momento en que la tinta caía sobre la página dibujando mi huida. Me he evadido durante seis meses sobre caminos de palabras. Tomaba mi pluma y el mundo entero entraba en aquel recinto. Jamás me he sentido solo entre los altos muros de aquella fortaleza. Abría mi cuaderno y lo veía todo.

Siempre tengo un cuaderno a mi lado. Hace ya cuarenta años que compro cuadernos de finas lineas rojas, violetas o azules. Viajo poco en tren y mucho menos en avión. Mis cuadernos me acompañan como un territorio mágico. Están llenos de árboles, vientos, ciudades y luz. Cada página brilla más que una estación o que un aeropuerto. Cuando me despierto por la noche no me muevo, escribo sobre mis párpados, dibujo palabras de luz en la página oscura de un insomnio.”

( Imágenes— 1- Brigida Baltar/ 2 Irene Nemirovsky)

ANTIPATÍAS Y LITERATURA

Muchas veces conviene separar bien autores y obras, deslindar lo que el artista logró y lo que él nos presenta — virtudes y defectos — en su personalidad. El gran y temido crítico alemán Reich- Ranicki al hablar de Thomas Mann señala que ” se dirá que Mann no era una persona simpática, sino más bien repulsiva. Puede que sea cierto. Pero esto puede afirmarse también de Goethe, de Heine y de Richard Wagner, de Rilke, de Musil y de Brecht. Sólo resultan simpáticos los genios de quienes no sabemos casi nada. Shakespeare, por ejemplo.”

Por su parte, en cuanto a Proust, Pere Gimferrer resume en su “Dietario” las palabras que pronunció la princesa Ghika que había conocido bien al gran escritor francés. Cuando Proust recibe el Goncourt, la princesa Ghika recuerda aquella tarde: “ Proust llevaba los mensajes con una sonrisa, transmitiendo las palabras con alegría. Todo fue como cabía desear: él me miraba con su mirada azul, amplia y honda, muy dulce y reflexiva. Yo conocía la leyenda poética y melancólica que le rodeaba y lo acogí con la simpatía más afectuosa…” Pese a todo, a la muerte de Proust, el juicio de la princesa es más matizado: ”Era hábil, le gustaban los nobles, las gentes de título y buena posición. Era burlón y desdeñoso, vanidoso y con el orgullo de la importancia que realmente tenía. Por otra parte, no excesivamente simpático. Pero su obra es bella; aquí no hay mistificación.”

( Imágenes— 1–Barnett Neuwman- Irwing Penn- national portrait galleries/ 2- Proust- Emile Blanche)

EN AQUEL PAÍS


En aquel país estuvo cruzando el paisaje un tiempo que yo no sabría definir, la velocidad del paisaje era tan lenta que yo creo que aquella mañana, al despertar, siguieron pasando despacio paisajes y animales y plantas que yo había conocido en diferentes épocas de mi vida, así como calles y ciudades, también olores, por ejemplo aquel olor a tierra mojada que a mí me gustaba de niño. De las paredes comenzaron a desprenderse fotografías de amarillento oro de mis antepasados, cada uno enseñándome el cuarto donde había vivido: muebles sostenidos por alfombras de nudos, jarrones rozando cortinas y la risa de mi madre niña conservada en una caja de cristal. Ya he escrito muchas veces que en aquel país no hay cansancio y cuando aparecieron todos mis amigos, sobre todo aquel con quien yo había compartido tantas cosas, el atardecer se alargó y el camino que salía de mi mismo descendió cuesta abajo hasta el mar y aquel ir y venir de las olas me recordó al mar antiguo. Me di cuenta de que aquel era el mar de mi juventud, el mismo azul y verde y la misma agua salada, el mismo que había visto en mi vejez, sentado en aquel banco, con mi sombrero blanco y mi bastón de mimbre.

En aquel país las tardes solían tener un color violáceo bellísimo, el sol suspendido entre nubes y las nubes detenidas entre la luz y la sombra, esperando a que yo acabara de mirarlas. Después pude disfrutar con toda la familia. Los niños iban y venían trayéndome cosas que arrastraban con hilos de magia, corrían hasta el umbral para hacerse mayores pero volvían más niños aún, señalando con los dedos los porqués. La ausencia de dolor en aquel país era tan presente que al dolor nadie lo nombraba jamás, ni siquiera para recordarlo en el pasado porque nadie sabía muy bien cómo había sido el dolor, ni tampoco el olvido, ni la separación, porque la sensación que hay es que de este país uno no ha salido nunca, ni existe otra cosa, ni la hubo, ni la volverá a haber, y hay un gran sosiego de seguridad en el que los limites se pierden, y uno va caminando entre los niños y los mayores, y el primer amor y los amigos y mi madre y las charlas con mi padre, y el campo va oscureciéndose sin notar en qué día se está porque no hay día, tan sólo una luz que es la misma con la que hemos soñado siempre, una luz que se adelgaza en el horizonte y que siempre quisimos retener.

Luego vinieron los viajes en aquel país. Las carreteras, como ya en otras ocasiones he explicado, tienen aquí la sorpresa del riesgo, pero es un riesgo aventurado y sin peligro, el punto de emoción por descubrir un nuevo paisaje, sobre todo cuando cada estrella es un ángel y de los árboles van cayendo angelillos arracimados y el polen es una seda de ángeles transparentes
También en aquel país los objetos ruedan con sonidos que nunca revelaron antes, como la fidelidad anillada que lleva mi mujer en el dedo y que giró como un espejo, y entraron y salieron de ella conversaciones que habíamos tenido los dos, cuando hablábamos de nuestro futuro y hacíamos planes para desempolvarlos de la fatiga.

También vi en aquel país los artesonados de las nubes en tempestad y el trazo del arco iris, una media luna hecha de música en donde cada color era un sentimiento y la franja del arco iris tenía una balaustrada donde estuvimos apoyados toda la tarde viendo pasar los siglos

José Julio Perlado

( Imágenes— 1- Gabar Jonas/ 2-Robert Mccall/ 3-Ibex nebula/ 4- foto Andrew Council- the new york times/ 5- Foto NASA- Science institute- the new york times)

LOS ANIMALES NO PUEDEN ESCRIBIR LIBROS

“La literatura nos da la entrada a muchas experiencias. Los que estamos habituados a la buena lectura — decía C. S. Lewis— no nos damos cuenta de la enorme extensión de nuestro ser que ha supuesto nuestro contacto con los escritores. Es algo que comprendemos mejor cuando hablamos con un amigo que no sabe leer de ese modo. Puede estar lleno de bondad y de sentido común, pero vive en un mundo muy limitado, en el que nosotros nos sentiríamos ahogados. La persona que se contenta con ser sólo ella misma y, por tanto, con ser menos persona, está encerrada en una cárcel. Siento que mis ojos no me bastan; necesito ver también por los de los demás. La realidad, incluso vista a través de muchos ojos, no me basta; necesito ver lo que otros han inventado. Tampoco me bastarían los ojos de toda la humanidad; lamento que los animales no puedan escribir libros. Me agradaría muchísimo saber qué aspecto tienen las cosas para un ratón o para una abeja; y más aún percibir el mundo olfativo de un perro, tan cargado de datos y emociones”.

( Imágenes—-1-Velázquez – detalle de”Los hermanos de José”- lyceo hispanico/ 2- Carol Gucy)

FLOR BAlLARINA

“ Es amarilla y muy despeinada. El tallo tiene cuatro zarcillos. Se abre en pleno estío, al alba, con el sol. Los pétalos nacen a pequeños impulsos, delgados y redondos. Y cuelgan hacia abajo. Esparce un perfume entre silvestre, es decir, seco, y de hierba segada, es decir, húmedo. Cuando ha volcado hacia afuera todo su esplendor, los zarcillos se despliegan y se enrollan a las ramas más próximas: quedan tensos, como alambres. Prisionera, inicia un trabajo extenuante de liberación. Lentamente se vuelve sobre sí misma, da pequeñas sacudidas, a derecha e izquierda. Adelante, atrás. Prueba, y cuando después de paciencia y pesar solo ha conseguido estar enroscada, cesa todo esfuerzo. Y empieza a rodar a la inversa, se desenrrolla despeinada, pétalos extendidos. Cuando cesa el impulso, vuelve a enrrollarse con voluntad infinita y a desenrollarse deprisa, sin saber por qué. Este sufrir dura horas y no se acaba hasta que el tallo se rompe a ras de los zarcillos y la flor cuelga hacia abajo. Si pasa un alma caritativa y advierte el mal a su inicio — y lleva tijeras— , corta los zarcillos y la flor puede vivir en paz. Si es un alma cruel, la deja estar y encima se divierte.”

Mercè Rodoreda- “Flor bailarina”- “Flores de verdad”- “Viajes y flores”. (1980)

(Imagen — Jasmina Danowski – 2008– artnet)