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TODOS CONTAMOS HISTORIAS

 

 

“El relato es una unidad natural de sentido que empleamos en el día a día – recordaba Iris Murdoch en 1978 -. Todos contamos historias y, ateniéndonos a esto, todos somos creadores literarios. Llegamos por la noche a casa y contamos lo que nos pasó en el transcurso del día; y al hacerlo, le damos forma y condición de entretenimiento a algo que, posiblemente, y tal y como lo vivimos, fue bastante aburrido y no tuvo forma alguna. Relatar es una manera de pensar, un modo fundamental de darse la conciencia, el ser que somos. En su forma más primitiva, la historia se ocupa de la comunicación de emociones; y me parece que el arte es comunicación, eso está claro; hará falta mucha inventiva para persuadirnos de que pueda ser otra cosa (…)  Lo más difícil para el narrador es la creación de personajes, y a ello dedica su máximo esfuerzo. Aquí está en juego todo el misterio de la individualidad humana : las diferencias entre unos y otros; por qué amamos a alguien, por qué una segunda persona  no nos cae bien, y una tercera nos resulta indiferente. En cierto sentido, nada es más importante que eso acerca de nosotros. Todo creador literario, también el marido que le cuenta a su mujer lo que pasó en la oficina, se enfrenta, consciente o inconscientemente, a cuestiones que tienen que ver con la objetividad, la imparcialidad, la verdad, la justicia.”

(Imagen- Juan Gris- museo Paul Valery)

IDA VITALE

 

 

“Uno más uno, decimos. Y pensamos:

una manzana más una manzana,

un vaso más un vaso,

siempre cosas iguales.

Qué cambio cuando

uno más uno sea un puritano

más un gamelán,

un jazmín más un árabe,

una monja y un acantilado,

un canto y una máscara,

otra vez una guarnición y una doncella,

la esperanza de alguien

más el sueño de otro”.

Ida Vitale .- “Sumas”

(Con este poema me referí  a ella en MI SIGLO  hace dos años y ahora vuelvo a celebrarla ante el Premio Cervantes que le ha sido concedido hoy)

(Imagen – Flores del desierto- Durdika Celikovic)

 

 

Francisco Lezcano, Lezcanillo o el Vizcaíno – cuenta Julián Gállego – fue bufón del príncipe Baltasar Carlos, y también, según Camón Aznar, del funcionario palatino Encinillas. El nombre puede indicar que era naturall de Lezcano, pueblo de Vizcaya. El mote de Vallecas ( pueblecillo cercano a Madrid, hoy absorbido por la capital) se añade medio siglo después de pintado el retrato, que data, para unos, en 1643 y para Camón en 1642.

Lezcano aparece vestido de paño verde, color propio de cacerías, lo que se aviene con el paisaje natural de la sierra de Madrid, que asoma al fondo. La cueva o abrigo donde se halla el enano es un escenario asimismo propicio para la meditación, que los anacoretas de Ribera suelen buscar, afirma Gállego. Por la parte del escote asoma, arrugada pero limpia, la camisa blanca; de las mangas bobas del tabardo, salen los brazos, con mangas rosadas. La pierna derecha aparece de frente, mostrando su deformidad y la suela de su recio zapatón; la izquierda ha dejado resbalar la calza, que se arruga en el tobillo. El vestido, que no es en absoluto de mendigo, ofrece un aspecto de desaliño propio de la descuidada mentalidad del enano, cuya enorme cabeza se inclina ligeramente al sol, con apacible inexpresividad. Pese a su aspecto monstruoso fue pintada por Velázquez con la belleza de una fruta madura.

Entre las manos juntas, gordezuelas, sostiene un objeto que ha sido la peor cuestión interpretativa. Camón piensa que es “un pincel de mango y brocha cortos y planos, que el pintor le dejaría para que se entretuviera “. Para Madrazo es “un trusco de pan o un casco de teja”; Pantorba anota que puede ser un naipe, aunque “ es imposible precisar lo que el Niño tiene entre sus manos”. Para Brown se trata de unos naipes, “mecánica actividad que es todo lo que precisa el pintor para animar la postura y establecer la atmósfera psicológica del cuadro”.

El doctor  Moragas diagnostica que Lezcano “sufre de un cretinismo con oligofrenia y las habituales características de ánimo chistoso y fidelidad perruna.” “ En la cara hay una expresión de satisfacción, favorecida por el entornamiento de los párpados y la boca entreabierta, que parece acompañarse del inicio de una  sonrisa…” Tenía, según Moragas, un criado a su servicio, lo que era común entre los bufones reales.”

(Imagen – Francisco Lezcano,  el niño de Vallecas – Velázquez – Museo del Prado)

 

 

 

“Y si pones en duda lo que cuento, timonea tu barco por las ondas de los mares del Sur; cruza en tu ruta entre inmensas colmenas de corales en las que bulle de incontables vidas el esfuerzo constante; donde en torno del atónito barco, las medusas flotan como hinchazones irisadas; y camina la asteria en cinco dedos, rítmicamente, por las aguas mansas; y bajo mil espinas hacinadas vibra el huevo de mar entre las rocas, y un prodigio naranja se vislumbra donde la jibia entre timieblas duerme, anclada sobre abismos más profundos donde mora la ciega sierpe macho del mar, que con su novia besuquea los barcos que hace tiempo naufragaron, y descendiendo a la tiniebla eterna fueron en busca de sus fríos labios.”

(citado por Ruydard Kipling enUna realidad”)

(Imagen – Ralph Fleck)

MARIONETAS

 

“Se tallan en madera

los rostros viejos de las marionetas.

Se manejan con hilos.

Con su arrugada piel y sus cabellos blancos

asemejan verdaderos ancianos.

Mas, acabada la comedia,

se derrumban inmóviles.

Igual que marionetas, los humanos

pasan, como en un sueño, por la vida.”

(Del emperador chino Suan Tsong)

(Imagen- Gao Xíngjian)

 

 

Le han llamado siempre don Diego de Acedo, ahora lo llaman “Bufón con libros “. ”El enano, elegantemente vestido y peinado como un caballero, bigote y perilla negros, rodilla negra brochada, de mangas bobas, cerrada al cuello con valona almidonada, calzones con pasamanería y lazos, calzas y zapatos negros en sus endebles extremidades, aparece en el campo, con un fondo de montañas inacabado, sobre el que el pintor ha limpiado repetidamente su pincel – así lo va describiendo Julián Gállego -.  La cara es inteligente, de frente muy despejada, que el enorme sombrero no puede tapar. Su aspecto es pensativo, algo distante, con la mirada perdida. Sus delicadas manecitas manejan con soltura el librote que forma, con los restantes y el tarro, un “bodegón”. Para el doctor Jerónimo Moragas se trata de un “acondroplástico con inteligencia normal o lo suficientemente poco usada para permitirle una infatuada vanidad”. La gama del cuadro es sobria, dominando blancos, negros y grises azulados. La cabeza está pintada sobre otra, más acusada, aunque del mismo personaje, como revelan las radiografías. Camón Aznar ve ésta más juvenil que la definitiva, la que, según Mayer, repintó Velázquez en 1644. El contraste entre el tamaño del librote y el de quien lo maneja, resulta, en este cuadro, natural. Se le llamó un tiempo “El filósofo” y acaso por eso lo pintaba Velázquez en un desierto y no en palacio. Se ignora la razón de lo inacabado del fondo, aún así admirable”.

(Imagen – don Diego de Acedo  – Velázquez- Museo del Prado)

 

 

“En la calle del Conde de Aranda donde vivía antes Juan Ramón – contaba Alfonso Reyes en suTertulia de Madrid” -, él se compuso un cuarto sordo, acolchado, que le costó mucho dinero y paciencia. Los obreros no le entendían, y él mismo se equivocaba al principio en la elección de los medios.

Comenzó por forrar los muros de corcho. Pero yo, que tenía mis dudas – continuaba Reyes -, consulté a un mecánico belga, vecino mío. Y mi vecino me explicó que el corcho interrumpe las vibraciones motrices, pero no las acústicas, que contra los ruidos, lo mejor era el fieltro.

Juan Ramón rehizo la obra, apuró un poco, y al fin dió con una sustancia ensordecedora especial que le trajeron de los Estados Unidos, donde las cosechan para sanatorios de hombres fatigados. El resultado fue fantástico.

– Parece – decía el poeta Moreno Villa – que le arrancan a uno los tímpanos al entrar aquí.

Pero lo peor no era esto, sino que se apagaba del todo la atmósfera sonora, ese ambiente o baño de rumores indefinibles en que vivimos como sumergidos; se borraba, en fin, el fondo del paisaje – ! pero en cambio, resaltaban, únicos, individuales y más discernibles que antes, los ruidos más fuertes, los ruidos esporádicos, acaso los más turbadores de todos! Así, el fotógrafo de al lado, el loro del piso bajo, el pavoroso ruido que lanzan los muebles de tiempo en tiempo, y, sobre todo, la pianola de los cubanos de arriba, que todo el día bailaban tangos argentinos con unos tacones matadores…

– Estoy seguro – decía en su exasperación el poeta – estoy seguro  de que usan tacones metálicos.

 

 

Al fin, derrotado, Juan Ramón decidió mudarse. Y en la nueva morada – una pequeña terraza de una de las calles más amplias y señoriales de Madrid – se oía de tiempo en tiempo el chirrido del tranvía en la curva y, al anochecer, el grito de la castañera.

Juan Ramón se ha acostumbrado a levantar la pluma y suspender la labor unos segundos, mientras acaba su quejido el tranvía. Y en cuanto a la castañera, afortunadamente, ha desaparecido con el buen tiempo.

(…) Azorín, curioseando un día en unas ediciones escogidas, le descubrió un antecedente a Juan Ramón Jiménez: resulta que Lamartine padecía del mismo mal y también había caído en el error del cuarto acolchado. Sólo que Lamartine tenía un cuarto al parecer espacioso, y el de Juan Ramón era diminuto, aunque daba la ilusión del espacio, y aún del aire libre, un espejo que duplicaba la longitud y reproducía la ventana de la calle.”

 

 

(Imágenes -1- Juan Ramón Jiménez – Daniel Vázquez Díaz/ 2- Carl Holsoe/ 3- Raoul Dufy)