EL PRIMER HOMBRE

 

 

“Desde el 15 de noviembre – le escribe Albert Camus a su amigo Jean Grenier – me he retirado aquí para trabajar y, en efecto, he trabajado. Las condiciones de trabajo siempre han sido para mí las de la vida monástica: la soledad y la frugalidad. Salvo lo que atañe a la frugalidad, son contrarias a mi naturaleza, aunque el trabajo es una violencia que me hago.”

Es noviembre de 1959 y Camus está en su casa de campo de Lourmarin escribiendo su novela “El primer hombre” ( de cuya publicación se cumplen ahora 25 años, recordándose a la vez su correspondencia y amistad con el poeta René Char), y Lottman, uno de sus biógrafos, habla de ciertas dolencias que entonces él padecía: problemas respiratorios, claustrofobia y algunas cosas más. Su incapacidad le duró una buena parte de 1958 – dice Lottman – hasta que se puso a trabajar febrilmente en esa novela, que puede lo curase, o bien pudo ser el indicio de su curación. Pero otro buen analista de la vida del escritor como es Olivier Todd cuenta trazos del proceso de su escritura. En otra carta, también de noviembre de 1959, Camus confiesa: “espero ser más paciente a fuerza de ver que trabajo y de probarme a mí mismo que es el buen camino, el único que conviene a mi maldita anarquía. Pero choco, pataleo, rechino los dientes hasta que me agarro a mí mismo por la piel del cuello y me obligo a ponerme delante del papel. Ayer, después de vagabundear media hora escasa, me he insultado en voz alta durante cinco minutos. Luego, sin rechistar, he vuelto al trabajo, con la cola entre las piernas.”

 

 

Camusdice Todd – lleva dentro de sí ese libro desde hace seis años. “ Nunca he trabajado con un espesor tan grande de materia y esta tarde he tenido la fugaz impresión de que mis personajes adquirían ese espesor y que por primera vez, desde hace veinte años que busco y trabajo, al fin daba con la verdad del arte.” A otro amigo, le confesaba: “No he escrito más que la tercera parte de mi obra. Realmente la empiezo con este libro.”

Este libro -144 hojas de una escritura apretada, las 68 primeras sobre papel con su membrete, márgenes y añadidos – quedarán aplastadas contra el tronco de un plátano a las 13: 55 horas del 4 de enero de 1960 en la Nacional 5, cuando el Facel-Vega de los Gallimard se estrelle tras dar un enorme bandazo.


 

(Imágenes-1-We Re magazine/ 2-Camus en familia – frontera/ 3-el Pais)

EL SIGLO XXll

 

 

”Dante Darnius es el primer hombre que ha estado en el siglo XXll y el primero que ha vuelto de él. ¿Qué puedo contar entonces sin desvelar ningún secreto? No puedo contar cómo atravesó igual que un meteoro el siglo XXl y se plantó de pronto en la puerta del 3001, porque eso he prometido no decirlo. No puedo contar tampoco cómo es la puerta del siglo XXll, que es una puerta aparentemente normal, una media hoja sin frío ni calor que cedió ante Dante sin apenas ruido y que le dejó ver de un golpe la inmensidad desde el 3001 al 4000, un espacio vacío. No puedo contar todo eso porque he hecho la promesa de no revelarlo. ¿Puedo decir que el siglo XXll es un siglo sin meses, ni días, ni años? Entonces —suponiendo que eso lo contase — alguno podría preguntarme: ¿ cómo se orientaba Dante? Pues Dante andaba muy despacio, procurando adaptarse a lo desconocido, aunque lo desconocido le causaba terror.

 

 

( …) Por eso aquellos tres días y tres noches de Dante en el siglo XXll ni siquiera habían sido días, puesto que en ese siglo la palabra “día” no existe, ni tampoco la palabra “noche”, ni siquiera el tres, ya que no hay números, puesto que los números ya han sido destruidos. Entonces, sin fronteras, ni brújula, ni orientación, y engañándose con el espacio que se encogía y se dilataba a su derecha y a su izquierda, sin luz, sin agua y sin ruido, sin conocer por dónde andaba, Dante, según me dijo, dejó atrás el número último — o lo que él creía que había sido el último número —, aquel 3001 de la puerta entreabierta del siglo, y siguió andando tiempo adelante.

 

 

(…) Y sin embargo, Dante sí salió impresionado de lo que vio, porque las máquinas iban tan por delante de los hombres en ese siglo, según me dijo, que las máquinas lo decidían todo y declaraban las guerras ellas y ellas solas hacían las paces, y marcaban las pautas del amor y de los odios sin la menor consideración para los hombres,  que aparecían congregados y asustados en los rincones, sin saber cómo parar a las máquinas ni atreverse a acercarse(…) Como tampoco puedo contar lo que se me reveló sobre el hastío del amor en el siglo XXll, y cómo ese hastío ha llevado a los hombres que allí viven al olvido y a la ignorancia, de tal modo que no pueden recordar ya cómo deben enamorarse ni qué tienen que hacer con su corazón ni con sus sentimientos (…)”.

José Julio Perlado – “Mi abuelo, el Premio Nobel” (2O11) – Editorial Funambulista

 

 

(Figuras-1- Turner – 1824/ 2-Sueo Takano/ 3- Strempler/ 4- Raoul Dufy)

EL DIAMANTE

 

 

“Hoy, en una mano burda, instintiva, deforme, he visto el diamante más bello que pueda encender el Milagro… Parecía vivo y doloroso como un espíritu desolado… Vi fluir de su luz una sombra tan triste, que he llorado por él y por todos los bellos diamantes extraviados en manos deformes…”

Delmira Agustini – “El diamante”

(Imagen -Stock photo)

ESCUCHAR

 

 

”Para escuchar conviene callar. No sólo obligarse a un silencio físico que no interrumpa el discurso ajeno ( o que, si lo interrumpe, lo haga en función de una escucha posterior), sino también a un silencio interior, o sea, a una actitud dirigida a la palabra ajena.

Giovanni Pozzi, el ilustre italianista, en su pequeño libro “Tacet” ( su ensayo sobre el silencio), sigue comentando lo que él llama “el silencio de la escucha” : “Hay que imponer silencio al trajín del propio pensamiento, calmar el desasosiego del corazón, la agitación de las preocupaciones, eliminar toda clase de distracción. No hay nada como la escucha, la verdadera escucha, para comprender la correlación entre el silencio y la palabra. Por analogía, la música se escucha plenamente cuando todo calla a nuestro alrededor y dentro de nosotros. La forma más perfecta de escucharla es con los ojos cerrados. Mirar la orquesta o al pianista, observar el sincronismo entre el agitarse del director, el ir y venir de los arcos y la curva de la melodía, entre el movimiiento ritual del torso, el deslizarse de las manos por el teclado y la cascada de notas, intensifica la participación en el espectáculo pero atenúa la magia de los sonidos, una magia que el órgano nos ofrece plenamente cuando llena la iglesia con su canto. Lo escuchamos sin ver cómo se produce el sonido. Sale de un seno oscuro y, en la inmóvil oscuridad de las bóvedas, nos envuelve como un sudario.

 

 

(…) El mundo está oprimido por una pesada capa de palabras, sonidos y ruidos. Los babilonios pensaban que los dioses habían enviado el diluvio a la tierra porque estaban hartos del parloteo de los hombres. Hoy no se conformarían con enviarnos sólo un diluvio. Antaño sólo se percibían las palabras del vecino. Bastaba con alejarse un poco para que no te molestaran palabras importunas; hoy  estas nos llegan desde las antípodas. El gran silencio nocturno es roto por el rugido de los coches. Cuando tenemos que pasar una noche en un lugar aislado, nos despertamos inquietos; el silencio se convierte en una pesadilla en el sueño (…) El silencio de la escucha llega a su culminación en la lectura, cuando la palabra misma se presenta en silencio sin perder nada de su vitalidad. El lector es solitario, porque, mientras lee, crea con el libro una relación exclusiva (…) Toda la mente, todas las facultades del lector, se concentran en ese ir y venir del ojo de izquierda a derecha línea a línea. Cuando está tan concentrado que el libro se le cae de las manos, lo suelta sin pesar, porque el silencio de la escucha ha dejado paso dentro de él al silencio del recuerdo de lo que ha leído.”

 

 

(Imágenes- 1- Mark Rothko/ 2- Graham Mileson/ 3- Norman Bluhm/

MARTÍN CHIRINO

 

 

Chirino es uno de  los pocos escultores españoles – decía Antonio Saura – que han sabido encontrar una fórmula expresiva que sintetiza felizmente las más actuales preocupaciones espaciales con una tradición española desgraciadamente olvidada en los últimos lustros: la forja. Desde los antiguos herreros españoles que dejaron su mejor huella en las magníficas rejas de nuestras catedrales, pasando por Gaudí y Julio González, Chirino participa de una forma personalísima en esta nueva posibilidad expresiva, hecha de rusticidad, contención y austera violencia, en la cual se intuye una futura escultura española y universal,”

 

 

“No tiene ni hora, ni día, ni año. Martín Chirino ha conseguido – decía  Sánchez Camargo -empezar afanándose por una previa inmortalidad; por huir de todo lo barato, de todo aquello que puede suponer recodo, esquina, parada anecdótica.”

En recuerdo del escultor Martín Chirino que acaba de morir.

Descanse en paz.

 

 

(Imágenes- 1- Chirino- radiocz/ 2- Chirino -Rtve/3- Chirino- epdlp)

VIAJES POR ESPAÑA (26) : ORIO : REGATAS, TRAINERAS

 

 

“Las apuestas habían rebasado los cálculos. Los partidarios de Orio apostaban doble contra sencillo.

-Si Orio pierde – se oía  decir de vez en cuando -, el pueblo se arruinará, como le sucedió a Ondárroa.

La tarde estaba más bien desapacible y cenicienta  – escribe como testigo de aquello “El caballero audaz” -. El cielo humoso y torvo amenazaba el temible “sirimiri”, y el mar, bastante movido, prometía galerna. Sin embargo, nada de esto arredró a los espectadores ni a los traineros, que a las cuatro en punto ya estaban colocados entre las dos barcazas que servían de meta. De allí saldrían a toque militar, y llegarían hasta la boya situada fuera de la bahía, alrededor de la cual virarían para volver al punto de partida…

Hubo un silencio solemne de extremo a extremo de la Concha. Sólo el mar, al romper ondulante contra los muros que le ceñían, rugía incesantemente.

El clarín dio el toque de atención; las dos traineras, con los remos en actitud de hundirse sobre las verdosas aguas, esperaban… ¡Tic!…gimió la corneta, y las dos barquillas rompieron marcha. Los remos entraban y salían en las aguas a compás, como si una máquina los moviera al mismo tiempo con absoluta precisión. Al resbalar sobre el oleaje levantaban volcanes de espumarajos blanquecinos que desaparecían. Pronto “Orio” consiguió destacarse gentilmente de su adversaria : primero media barca, después toda, y cuando abandonaba la bahía, le llevaba de ventaja más de veinte metros. Esto produjo una decepción en los espectadores . “¡Esos gigantes remeros de Orio!”

 

 

Una legión de embarcaciones escoltaba a las dos frágiles traineras. Pasaron cinco, diez, doce minutos, y al fin volvió a aparecer “Orio”, triunfante, que había conseguido dejar a “San Sebastián” muy detrás… Y llegó a la meta en medio de un silencio hostil; sólo se escuchó alguna que otra palmada tímida de algún pescador paisano que había venido a presenciar las regatas… Las sirenas de los barcos, que el domingo anterior, cuando “San Sebastián” venció a sus adversarios menos fuertes, atronaron los ámbitos con sus plañideros gemidos, ahora, ante el triunfo de “Orio”, permanecían mudas. Pero no importaba; los remeros triunfadores saltaban y gritaban dentro de la trainera como acometidos de  una alegría epiléptica . Yo quise sentir de cerca aquel júbilo infinito.”

 

 

(Imágenes-1- regatas de Orio- orioae/ 2- Orio – Deia/ 3-regatas- grupo sagrado)

LA ENVIDIA, SEGÚN PLA

 

 

“En el mismo momento en que uno se pone a escribir para el público – recuerda Pla -, entra en la categoría de lo justiciable. Usted, este señor de enfrente, yo, pasamos a ser justiciables. Yo me he dedicado toda la vida a ello y mi experiencia es un poco larga. Se pasa a ser justiciable de no importa quién, tanto si esta persona conoce mejor que usted la materia de su escrito como si no sabe ni papa. Es un  oficio que conlleva como ningún otro el embate de la gente. Dichos embates pueden producir, a las personas que escriben, momentos de mucho malestar; a algunos las lleva a abandonar la actividad y a dedicarse a tareas más plácidas y tranquilas. Hay personas que son muy sensibles —demasiado sensibles.

 

 

Esta situación es lo que ha hecho decir, tantas veces, que la actividad literaria  —y en general todas las actividades artísticas — está llena de envidiosos de la más baja calidad, que son quienes actúan por vanidad y por popularismo. Hay que saber aguantar tales empellones, y lo mejor para hacerlo es estar seguro de lo que uno escribe y no caer en la pereza del oficio, no hacer demasiado caso, no responder nunca, mantenerse en una posición de firmeza hábil y de un tacto perfecto. Pero como quiera que, aunque se sigan estos buenos consejos, los embates continuarán, lo mejor es habituarse y reírse de ellos, pero sin ofender. Lo que quiere la gente  es que se le respete la vanidad y la fanfarronería que arrastra.”

 

 

(Imágenes -1-William Clutz -1999- artnet/ 2- sir Henri  Raembur- 1795- National Gallery/ 3- Benny Andrews – 1977- artnet)