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VISITA A SOROLLA

 

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Salitas de paso entre profusión de cuadros, cerámicas valencianas, andaluzas y aragonesas, una chimenea decorada por el propio Sorolla, dibujos realizados en 1911, en Chicago, al dorso de las minutas del restaurante del hotel en que residía el pintor valenciano, quien anotaba rápidamente multitudes de tipos y actitudes, a veces con concisos rótulos: ” Un millonario”,  y que apostillaba, con sequedad casi goyesca, la cabeza de un individuo. Así paseaba, apuntándolo todo, Juan Antonio Gaya Nuño en su “Historia y guía de los museos de España“, y así pasamos y paseamos nosotros años después entre el gentío que contempla las modalidades  y variaciones de la luz en “La bata rosa” o los blancos casi transparentes de “El baño del caballo”.

 

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Atractivo palacete en la madrileña calle de Martínez Campos, con amplio jardín, siempre muy grato y muy interesante como museo, que Sorolla hizo construir en 1912 al arquitecto don Enrique María Repullés. Presencia constante en lienzos asombrosos en los que se ve a la esposa de Sorolla, Clotilde García del Castillo, sentada en un sofá o paseando por jardines cercanos a Madrid. La blancura de unas sábanas inundará “Madre”, su cuadro sobre la maternidad en la que dos cabezas – madre e hija menor del pintor – parecen hundirse y resucitar de vida en la profundidad de una cama.

 

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Sorolla en París, en 1900,  despierta la sincera admiración de distintos artistas, entre otros del sueco Zorn, amigo del valenciano y con cuya interpretación jubilosa de la luz, como recordaría Lafuente Ferrari, tiene tanta afinidad el arte de Sorolla. Barcas y bueyes junto al mar, vivaces movimientos de cuerpos alegres que nadan y juegan con el agua, viento agitando lienzos. Se visita a Sorolla en los grandes cuadros y también en las menores menudencias del museo. Es en esa intimidad familiar de Sorolla donde aparecen, entre escaleras y salas, esas colecciones de figurillas y de cacharros populares, tallas, recuerdos. Amplios ventanales y altura de la estancia que sirvió de estudio al artista en Madrid como serviría de estudio el gran mar y las ondulaciones de sus blancos.

 

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(Imágenes.-Sorolla:  1.-“Madre” 1895/ 2.- “La siesta”- 1911/ 3.- “Clotilde sentada en un sofá”. 1910/ 4.- taller de Sorolla en su museo madrileño)

 

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“Se parece a esos llaveros que alguien popularizó hace un par de décadas. Entonces uno silbaba y el llavero emitía un ruido que ayudaba a localizar las llaves perdidas. En este caso, dado lo arduo que puede resultar hallar un libro en una biblioteca vasta y muy desordenada, se toma una especie de control remoto, se escribe el apellido del autor, una o dos palabras del título y… santo remedio: el libro suelta el zumbido que equivale a decir “acá estoy”.

Obviamente  – prosigue el argentino Eduardo Berti en suInventario de inventos” (Impedimenta) – esto existe ( por ahora) en la ficción. En una colección de cuentos de la escritora Minh Tran Huy, cuyo título sería fácil de citar si el libro apareciera al fin, entre el abarrotado caos. Pero el libro y el control remoto no se encuentran por ningún lugar”.

 

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(Imágenes- 1- Charles Matton– 2000/ 2.- Charles Matton- Pinterest)

EN TORNO AL ESCRITORIO

 

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“En este rincón del salón, cerca de la ventana, está colocado el escritorio – nos va diciendo al mostrarnos su casa- museo en Roma el gran crítico de arte y también gran coleccionista Mario Praz. Recogida toda esta visita que hacemos con él en su libroLa casa de la vida“, Praz continúa: ”  Para un escritor este debería ser el mueble principal, el primero en buscar conforme al concepto que se haya formado de su propia misión, el cual no puede dejar de poseer un cierto grado de nobleza, por más reparos que quiera poner su modestia. El escritorio es para él lo que para la mujer hermosa es la psique; y el espejo será en su casa la hoja en blanco sobre la que se reflejará el contenido de su alma, por lo que sobran razones para llamar al escritorio la psique del escritor. El primer mueble del que habría debido ocuparme debería haber sido por tanto el escritorio, pero como ya he dicho, el germen de mi predilección por el  estilo Imperio nació en el dormitorio (…)

 

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Sobre este escritorio, que le había comprado al anticuario Subert de Milán en 1932, escribí casi todo lo que salió de mi pluma hasta 1954, cuando el escritorio francés condenó al exilio a este mueble más modesto (…) ¿Debo añadir que, después de todo, la mesa sobre la que uno escribe no tiene demasiada influencia sobre el mérito de las cosas escritas? ¿Que probablemente no tiene ninguna? Ciertamente no escribí nada digno de mención sobre la mesa que tuve de joven antes de que la pretensión de un mobiliario elegante me hiciese comprar un escritorio de finales del siglo XVlll, de pies todavía molturados, del que me deshice enseguida cuando encontré el de las esfinges del anticuario Subert. Pero, ¿cabría esperar cosas sobresalientes de un joven que no fuese un genio? Escribí la tesis sobre D Annunzio (…)  Y no recuerdo las mesas ante las que me senté en las habitaciones alquiladas de Liverpool y de Manchester, donde, también, escribí varios textos de crítica y de filología. Algunas de mis mejores páginas además las he escrito sin la ayuda de ningún escritorio, como cuando sentado bajo un pino de la pineda de Viareggio, en las horas de más calor, redactaba el relato de mi viaje a España, apoyando el papel sobre un libro que descansaba en mis rodillas. Diré que también hay quien se maravilla de que pueda escribir en un salón tan ricamente decorado como el mío, que el propio Goethe prefería un ambiente desnudo y sin adornos para escribir, y que un arquitecto al que conozco, que tiene una villa en Capri con deliciosas vistas desde las ventanas, ha preferido para su estudio una habitación cuya ventana da a una pared blanca. Realmente creo que podría escribir en cualquier sitio, siempre que a mi alrededor no hubiese ruidos molestos. Pero ha habido quien ha opinado que los ruidos secundaban su inspiración como Gogol cuando escribía en las tabernas romanas. Incluso una circunstancia que normalmente se consideraría susceptible de molestar, como la presencia de un olor desagradable, puede ser propicia, como en el caso de Schiller que se excitaba con el olor a manzanas podridas que tenía en el cajón”.

 

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Uno lee estas confidencias y recuerda cuántos escritorios ha vivido y utilizado. Sobre todo aquellos sostenidos casi en el aire, apoyado el papel en un cuaderno y el cuaderno apoyado a su vez en las rodillas, en el interior del automóvil o al aire libre. Al levantar la mirada de la página pasaban ante mí muy despacio árboles de los bosques de Galicia, carreteras blancas de Castilla, amaneceres en los tejados de Madrid.

 

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(Imágenes.- casa-museo de Mario Praz- turismo Roma)

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“No pensaba que esta comedia fuera una verdadera comedia – confesaba Ionesco hablando del origen deLa cantante calva”, su primera obra de teatro, en 1950 -. En realidad, era sólo una parodia de pieza de teatro, una comedia de la comedia. Se la leí a amigos míos para hacerles reír cuando se reunían en mi casa. Como reían con ganas me di cuenta que ese texto tenía una fuerza cómica real (…)  Había que buscarle un título. Se propuso “La hora inglesa”,Big-Ben folies”, ” Una hora de inglés”, etc… Nicolás Bataille me hizo observar, con justa razón, que se hubiera podido tomar esta pieza por una sátira inglesa, lo que no era el caso. No se encontraba título adecuado. Al fin alguien, por casualidad, en vez de decir en uno de los últimos ensayos una “institutriz rubia”, se equivocó y pronunció “cantante calva” “He aquí el título de la pieza”, exclamé”.

Esta pieza de Ionesco lleva ya interpretándose ininterrumpidamente desde hace 60 años. Ha tenido devotos y detractores, gentes que la han aplaudido y gentes que no la han aceptado. Corresponde al “teatro del absurdo” o  ‘ teatro de protesta y paradoja” como así lo llamó George E. Wellwarth. La actitud iconoclasta de Ionescoseñala este autor – es la que ha causado a Ionesco más problemas con los críticos. La finalidad de todas las obras de Ionesco es protestar contra el orden social y la condición humana. Esta protesta es más bien un grito desesperado y frenético, el grito del que está atrapado y lo sabe, pero está resuelto a forcejear hasta el fin. La aparente absurdidad de todos los dramas de Ionesco – sigue Wellwarth –  es, de hecho, un intento de cruzar los límites de la realidad, de acceder a una “ultra-realidad”. La historia de “La cantante calva” carece de interés en sí misma. Ionesco utiliza el diálogo disparatado para mostrar la absurdidad de la vida cotidiana a través del colapso del lenguaje.

 

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“Extraño, extraño, el destino de una obra  – decía Ionesco enAntídotos”-.  El destino de ” La cantante calva”, por ejemplo. Tengo la impresión de que este texto ya no me pertenece. Desde hace años se interpreta. Esta serie de representaciones ha podido inspirar trescientos metros de escenarios en todo el país. Yo mismo he asistido a una quincena de “Cantantes calvas” en diferentes lenguas. Esta pieza ha inspirado a compositores y ellos han creado dos óperas.; se han hecho muchas películas para la televisión y recientemente se ha logrado una puesta en escena tipográfica, renovando la tipografía con él propósito de inventar el libro- espectáculo”.

“Cuando escribo una obra teatral – confesaba Ionesco en otro momento de su vida – no obedezco jamás a un plan preconcebido. Cada vez es una aventura nueva, una cacería, un viaje con descubrimientos insospechados. Mi método es no tener ninguno. La obra se construye a sí misma o no se construye en abosoluto. Mi punto de partida es, todo lo más, un estado de ánimo, un impulso de talante emotivo. Luego, todo se reduce a encontrar el tono adecuado, lo que sucede con las dos o tres primeras frases escénicas. A veces espero durante semanas y aún meses el brote de estas frases, que son siempre las más arduas, las más difíciles. Pero tan pronto como las ha percibido el oído interior, todo el mecanismo se pone en marcha. Emerge la primera escena, las primeras figuras dramáticas llaman a las siguientes o ausentes, presentándose con palabras o con el silencio. Un mundo desconocido, incomprensible incluso para mí mismo, crece desde las sombras. No me  inquieto en absoluto por si todo esto resulta verosímil o no. Tiene que ser así, puesto que ya está ahí”.

 

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(Imágenes – 1 y 2 – “La cantante calva” – Comedia Nacional/ 2 – Ionesco – Wikipedia)

SOBRE LA CONVERSACIÓN

 

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“El motivo de que haya tan pocas personas que resulten agradables en la conversación – leo en lasMáximas morales” de La Rochefoucauld – es que cada cual piensa más en lo que quiere decir que en lo que están diciendo los demás. Hay que  escuchar a los que hablan, si se quiere ser escuchado; hay que dejarles en libertad de hacerse oír y hasta de decir cosas inútiles. En lugar de contradecirles o interrumpirles, como suele hacerse, debemos al contrario, tomar parte en sus ideas y gustos, mostrarles que los escuchamos, hablarles de cosas que les atañen, alabar lo que dicen si lo merece y demostrarles que los alabamos más por convicción que por amabilidad. Hay que evitar discusiones sobre cosas indiferentes, hacer pocas preguntas inútiles y no dar a entender nunca que pretendemos tener màs razón que los demás, así como cederles de buen grado el privilegio de tomar una decisión.

Se deben decir cosas naturales, fáciles y más o menos serias, según el humor y la inclinación de las personas con quienes se conversa; no acosarlas para que aprueben lo que decimos, ni siquiera para que nos contesten. Cuando se han satisfecho de esta suerte los deberes de cortesía, pueden exponerse los propios sentimientos sin prevención ni tozudez, dando a entender que tratamos de apoyarlos con la opinión de aquellos que nos escuchan.

 

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Hay que evitar hablar mucho de sí mismo y ponerse a menudo como ejemplo. Nunca será excesivo el interés que pongamos en conocer la inclinación y alcances de aquellos con quienes hablamos, para unirnos a la opinión del que más talento tiene y añadir nuestras ideas a las suyas dándole a entender, en lo posible, que  las tomamos de él. Es de gran habilidad no agotar los temas que se tratan y dejar para los demás algo que pensar y que decir.

Nunca se debe hablar con aire de autoridad, ni utilizar palabras o términos exagerados. Podemos mantener nuestras opiniones cuando éstas son razonables, pero aunque las mantengamos nunca debemos herir los sentimientos de los demàs, ni dar la impresión de que nos escandalizamos de lo que dicen. Es peligroso querer adueñarse siempre de la conversación y hablar con excesiva frecuencia de una misma cosa. Se deben aceptar indiferentemente todos los temas agradables que se presenten y no mostrar jamás que queremos llevar la conversación hacia aquello de lo que nos interesa hablar”.

 

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(Imágenes-1-´René Magritte- 1963/ 2.- Pierre Bonnard- 1915/ 3.-Auguste Chabaud- 1908)

DEFENDIENDO EL AMOR

 

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“Es hielo abrasador, es fuego helado,

es herida que duele y no se siente,

es un soñado bien, un mal presente,

es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,

un cobarde con nombre de valiente,

un andar solitario entre la gente,

un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada

que dura hasta el postrero parasismo:

enfermedad que crece si es curada;

este es el niño Amor, éste es su abismo,

¡mirad cuál amistad tendrá con nada

el que en todo es contrario de sí mismo!”.

Luis de Camoes

(Imagen – Emil Nolde – 1930)

 

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Conocido por su oposición al flamenquismo y a lo taurino, el escritor Eugenio Noel, forma parte de aquellos autores procedentes del periodismo que poseían un temperamento políticamente radical que se implicaba en un retablo de la España rural y que unía a veces el talante vigoroso con una equívoca complacencia. Como algún otro autor – por ejemplo, José López Pinillos – ha sido visto en alguna de sus obras como un precedente del relato tremendista de posguerra.

Azorín lo elogió por su ardor en la campaña contra el flamenquismo. El espectáculo –dijo de él – de un hombre joven que recorre España en perpetua y caliginosa predicación contra el flamenquismo no puede menos de ser interesante.

Martínez Cachero, al analizar la novela española, recuerda lo que Manuel Orozco dijo de Noel en la revista Insula, en junio de 1967 : no es un patán metido a artista payaso, sino un intelectual verdadero con un desajuste interior afectivo y social. Las obras de Eugenio Noel – Las capeas (1915), Pan y toros (1913) España nervio a nervio (1924), Nervios de la raza (1915), Escritos antitaurinos (1913), Alma de santa (1906), El allegreto de la sinfonía Vll (1916), Señoritos chulos, fenómenos, gitanos y flamencos (1916), Semana Santa en Sevilla (1916), Piel de España (1917), Chamuscón y Tabardillo (1920), Como la palma de la mano de un viejo ( 1921), la novela Las siete Cucas (1927) o Diario íntimo (1962) – se expandieron por muy diversas editoriales y el autor consiguió una enorme popularidad a la vez muy discutida.

Noel (sedudónimo de Eugenio Muñoz), siempre infinitamente pobre, infinitamente escarnecido en su miseria, redactando infinitos artículos, pronunciando infinitas conferencias contra los toros, contra la barbarie española, contra las grandes injusticias sociales, recorrió América entre aplausos y críticas. Eugenio Noel – señaló Ramón Gómez de la Serna en sus Retratos – es la figura representativa del escritor que pudo ser genial; que nació para ser genial; pero el medio se empeñó en no dejarle, en hostilizarle, en hacerle vivir de precario.

Este es el ojo de “este estupendo escritor de raigambre española – decía de él Ramónque, después de haber hecho todos los viajes, de haber conocido todas las experiencias, de haber vivido reciamente para escribir reciamente, muere como inédito, apenas esbozadas sus ideas, con una carpeta monstruosa de diseños, potente y joven, al par que yerto y enmudecido, porque no tuvo tiempo y sosiego para realizar su labor, para poner en fila sus ideas y sus palabras”.

 

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Cuando Noel se asoma a lo que hay que ver en una plaza de toros – así titula uno de sus artículos en Taurinos y antitaurinos – habla del toro como mártir y su prosa se concentra en esa dedicación suya a oponerse a la Fiesta: Ahora, he aquí el edificante castigo – escribe -: seis o siete puyazos en los brazuelos, morrillo y cercanías; noventa lances de capa, en los que las vértebras, cuernos y músculos sufren martirios imponentes al dilatarse, contraerse y moverse sin hallar oposición, en redondo, en semicírculo, de frente, cuarteando, etc; seis u ocho pinchos de banderillas y, por fin, nuevos trasteos de muleta y un pinchazo en hueso, una estocada en el lomo, un descabello, otro descabello, dos estocadas más y lances nuevos de capa en todos los sentidos o puntos cardinales.
Este nobilísimo toro antes de ser martirizado era un bello animal, una fiera poderosa que no se hubiera atrevido a hacer daño a no irritarla nosotros. Su destino era ayudarnos, poner toda esa resistencia pasmosa a nuestro servicio. Nosotros lo entendimos mejor, y le toreamos. El se defendió magníficamente. Nos dio un profundo ejemplo de amar su vida, que vale tanto como la nuestra, aunque algunos superhombres hagan aspavientos. Y fue en la plaza un consumado artista. Poseía la fuerza, la belleza y la fe en sí mismo, sobre todo esto último, que es lo que distingue a los toros.

Francisco de Cossío, en uno de los volúmenes de su obra Los toros , acusa a Noel de buscar sus argumentos en capeas y novilladas, en un momento – dice Cossío – en que están en su apogeo Joselito y Belmonte, porque sabe muy bien que la peor de sus faenas tendría que tomarla en serio.

Si en 1913 inicia una apasionada y titánica campaña antitaurina y antiflamenca a la que dedicó el resto de su vida, al año siguiente (1914) Eugenio Noel fundó el periódico El Flamenco. Semanario antiflamenquista, que más tarde se llamó El Chispero y que desapareció a las seis semanas por falta de medios económicos.

Su tremenda actividad como tenaz polemista y conferenciante en su campaña no se limitó a España, sino que en cuatro ocasiones viajó a la América de habla española, que recorrió prácticamente entera, dando conferencias, publicando artículos periodísticos y provocando siempre la polémica.

Al regreso de su último viaje a América, agotado y enfermo de neumonía, ingresó en el Hospital San Pablo de Barcelona, donde falleció el 25 de abril de 1936, pobre, como vivió siempre, solo y abandonado por todos, excepto por su mujer. Al trascender la noticia, el Ayuntamiento madrileño organizó el traslado por ferrocarril de los restos mortales del escritor, pero el vagón en que viajaban se quedó en una vía muerta de Zaragoza. El cadáver fue recuperado y finalmente enterrado en el cementerio civil de Madrid.

 

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(Imágenes- 1.. Eugenio Noel – el mundo es/ 3- Noel- la taberna del librero)