LAS PALABRAS Y EL VIENTO

Las palabras se las lleva el viento. En 1936, Iving Thalberg, directivo de la Metro disuadía a alguien de que comprara los derechos de “Lo que el viento se llevó” diciendo, como recuerda Eco, que “ninguna película de la guerra civil ha dado nunca ningún dinero”. Gary Cooper, tras rechazar el papel de Rhett Butler, comentaba: “Lo que el viento se llevó” será el fiasco más clamoroso de la historia de Hollywood.”

Mas ejemplos: de “Les Demoiselles d ‘Avignon” de Picasso un marchante en 1907 señaló: “es la obra de un loco”. Chaikovski decía de Brahms: “He estudiado mucho la música de ese bribón. Es un bastardo que carece de toda calidad.” Hablando de Renoir, Manet le decía a Monet: “Ese joven no tiene ningún talento.” Un crítico en 1737 afirmaba: “Las composiciones de Johann Sebastian Bach carecen de belleza, de armonía y, sobre todo, de claridad.” Otro crítico en 1856 aseguraba de Balzac : “en sus novelas no hay nada que revele especiales dotes imaginativas, ni la trama, ni los personajes. Balzac no ocupará jamás un lugar de relieve en la literatura francesa.”

Las palabras se las lleva el viento. También muchos vaticinios. Quedan felizmente las realidades que ilustrarán para siempre las letras, la pintura, el cine y la música.

(Imágenes-1- Mondrian / 2- flores)

NUEVA YORK Y LA LITERATURA


“La plaza continuaba aún en silencio. Pero con seguridad el baile debía de estar terminando: las fiestas más alegres no duraban hasta mucho más de la una de la madrugada y el trayecto entre University Place y Gramercy Park era breve. Delia se apoyó en el alféizar, escuchando. Un ruido de herraduras amortiguado por la nieve resonó en Irving Place y el coche familiar de los Vandergrave se detuvo delante de la casa de enfrente”, escribe Edith Wharton en “Vieja Nueva York“.

Este “ruido de herraduras en la nieve” nos recuerda que estamos en el siglo XlX y que es la gran ciudad norteamericana la que se nos aparece en la pluma de esta escritora  cuya memoria se aplica a  bucear en su infancia  hasta llegar a componer “La edad de lainocencia“(1930),  novela que casi setenta años más tarde llevaría Martin Scorsese a la pantalla con Michelle Pfeiffer como condesa  Olenska y Winona Ryder como Mary Welland.

Pero el “viejo Nueva York” -como tantas otras viejas ciudades del mundo – , ese  Nueva York  de los bailes y la nieve, estaba ya muy unido desde su nacimiento a las páginas de la literatura. Washington Irving había publicado con seudónimo en 1804 su burlesca “Historia de Nueva York desde la creación del mundo hasta el fin de la dinastía holandesa”, en 1826 había surgido Washington Square,  y con este título encabezaría  en 1881 Henry James  una de sus obras. Melville, por su parte, describiría a Nueva York en el primer capítulo de “MobyDick” en 1851, y en el invierno de 1883 el baile que ofreció la señora Vanderbilt en la ciudad señaló el momento en que la aristocracia del viejo Nueva York no tuvo más remedio que transigir con los nuevos ricos.

Los artistas y las ciudades siempre se han ido enlazando y desenlazando en la Historia  porque las ciudades son un espectáculo, como lo fue hace siglos (y lo sigue siendo)  el silencio y los tonos del campo, y este bullicio de ordenado desorden de las calles  alimenta un anhelo de descripción que intenta fotografiar el ojo múltiple. El austriaco Robert Musil quedó fascinado por el poderío de la ciudad e intentó plasmarla en “El hombre sin cualidades“: “Vehículos aéreos, terrestres, subterráneos – escribía en 1930 -, postales, caravanas de automóviles se cruzan horizontalmente; ascensores velocísimos absorben en sentido vertical masas humanas y las vomitan en los distintos niveles de tráfico; en los puntos de enlace se salta de un medio de locomoción a otro, y entre dos velocidades rítmicas, por las que  uno es arrastrado y lanzado sin consideración, hay una pausa, una síncopa, una pequeña hendidura de veinte segundos en cuyos intervalos apenas se consigue cambiar dos palabras”.

   ( Edith Wharton)

  Todo esto ya  no nos asombra en el siglo XXl.  Convivimos con los ruidos y con  el guiñar de semáforos y nuestro pie pasa continuamente del subterráneo al ascensor sin que la planta sufra el más ligero estremecimiento. Tampoco los ojos. Incluso los ojos descubren bellezas en la aparente fealdad del utilitarismo. “No digo que el puente de Brooklyn – decía Eliot – haya sido construido atendiendo a la belleza; pero sin, embargo, fue capaz de despertar las más profundas emociones en Hart Crane y siempre quedará ligado a sus versos. El caos de puentes y rascacielos, de tristes chimeneas, de lóbregas fábricas, de extraños mástiles industriales y de estrafalarias cabrias y grúas de esa hedionda e infernal maquinaria que rodea la ciudad de Nueva York, es, con todo, uno de los espectáculos más conmovedores – y bellos – del mundo”.

 Lo mismo que Baudelaire en París cantaba al   “paseante” que vagabundeaba feliz por las calles,  Nueva York, algunos años después, en 1925, retratará la aceleración de  las prisas, existencias febriles que Dos Passos aunará y dispersará en su  novela “Manhattan Transfer“:

 “Mediodía en Union Square. – escribirá allí Dos Passos -. Liquidación por cambio de domicilio. HEMOS COMETIDO UN ERROR ENORME. De rodillas sobre el asfalto polvoriento, los limpiabotas sacan brillo al calzado, botas, zapatos bajos, zapatos de color, botinas de botones, oxfords. El sol brilla como una flor en cada puntera ilustrada. Por aquí amigo, señor, señorita, señora, al fondo de la tienda nuestro surtido de tejidos fantasía. Calidad superior. Precio mínimo…Caballeros, señoras, señorita…HEMOS COMETIDO UN ERROR ENORME. Cambio de domicilio”.

   ( La Edad de la Inocencia)

Este es el Nueva York de Dos Passos que ya no es el escenario  dibujado por Edith Wharton con su pintura literaria de 1870, aquellos precisos detalles que la escritora mezclaba en la distancia uniendo su memoria con la colección de libros que iba adquiriendo para recrear la época. “Amy Sillerton –  leemos como satírica observación  en “La edad de la inocencia” -siempre me decía que en Boston la norma era guardar los trajes comprados en París para dos años más tarde. Mrs. Baxter Pennilow, que siempre hacía todo como es debido, solía comprar doce al año, dos de terciopelo, dos de satín, dos de seda y los otros seis de popelín y de la mejor cachemira. Era un encargo permanente, y como estuvo dos años enferma encontraron a su muerte 48 vestidos de Worth que nunca habían salido de su papel de seda, y cuando sus hijas se quitaron el luto pudieron lucir la primera serie en los conciertos sin parecer avanzadas en la moda”.

Interiores y  exteriores de costumbres  observados por  ojos de escritores y  artistas. Tanto la pluma de la Wharton narrando los pliegues de  enamoramientos y de  prevenciones sociales como la  de Dos Passos en el centro de Manhattan Transfer  mostrando  la fuerza determinista y destructiva de la urbe, esa energía de una ciudad expresionista que extiende existencias cruzadas, van dando a Nueva York, cada una a su modo, una constante presencia  en las literaturas. En muchas ciudades del mundo ha ocurrido algo parecido y  en numerosas narraciones se ha intentado verter el aroma y el contraste de las calles. Desde el bullicio napolitano de ropa  tendida entre gestos y gritos de casa en casa hasta el Trieste de Magris, el Berlín de Döblin o el Estambul de Pamuk.  Ciudades menores también, como Nantes,  han tenido cantores excepcionales, y así lo fue, por ejemplo, Julien Gracq. “Se sabe que la forma de una ciudad cambia más rápidamente que el corazón de un mortal” – dejó dicho este gran escritor francés-. Habitar una ciudad es tejer en ella a través de sus idas y venidas diarias una redecilla de recorridos articulados generalmente alrededor de algunos ejes conductores”. Sin movimiento, pues, no hay ciudad,  ya que sería una ciudad muerta. “Brujas, la muerta” tituló el belga Rodenbach  un libro sobre aquella urbe. Y ya Claudel, hablando de Nueva York  en 1925, recordó que “la ciudad vive sobre algo que no es lo inmediato. Ella no vive en la tierra,  vive del movimiento, es una disponibilidad de movimientos,  una oficina general de negocios, todo en ella tiene sentido, todo depende del sentido hacia el cual ella esté orientada. En resumen, lo que constituye la esencia de una ciudad es el cambio. El habitante de una ciudad vive en estado de cambio, está en relación con todo y con todos. Nada de lo que él hace lo hace solo. Está condicionado por todo el conjunto de la humanidad”.

 ( Nueva York)

París fue sin duda la Ciudad del XlX y Nueva York  la del XX. Los cuentos de O.Henry ,el “Gran Gatsby” de Fitzgerald, el “Hombre invisible” de Ellison, las historias de Grace Paley, Don DeLillo, Auster, Tom Wolfe o las andanzas por las calles de los personajes de Truman Capote, serán, entre tantos otros, el movimiento literario de una ciudad en movimiento, el espejo donde se miran autores y lectores. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 que abrieron dramáticamente el siglo siembran  raíces para  muchos relatos, pero será el puente de Brooklyn, Wall Street, East Village, Tiffany`s, Harlem, Greenwich  Village, Central Park, el Bronx o Brooklyn los mapas sobre los que siempre escribirán esos hombres y mujeres inclinados en su cuaderno rojo o volcados en la pantalla.

La Ciudad será siempre motivo de inspiración puesto que la ciudad es colmena de historias reales o inventadas y sus plazas y edificios interrogan y asombran de manera continúa. Historias reales y, a la vez,  historias inventadas. Auster, por ejemplo, descubrió la estatua de La Libertad en el verano de 1953, cuando acompañaba a su madre; allí sufrió una espantosa crisis de vértigo, y esa visita el novelista la transformaría en una página de “Léviathan“.

“Nueva York es la ciudad que yo conozco mejor  – ha dicho el autor de “La invención de la soledad” – Por otro lado siento, esa es la verdad, cierta fascinación por esta urbe. Nueva York es una ciudad demasiado grande para que se la pueda conocer íntimamente. A mí me ocurre que describo lugares que  no conozco. No es mi misión ser el historiador de Nueva York ni tampoco su arqueólogo-jefe. Por otra parte, no soy historiador de nada. Todo lo que escribo viene del interior. Jamás trazo un plan. No defiendo ninguna filosofía ni condeno ninguna teoría. Una historia nace de no se sabe dónde ni se sabe por qué. Hay en este proceso incontrolado alguna cosa totalmente orgánica”.

 Por la ventana indiscreta de cualquier  ciudad  nos asomamos al otro lado  del mundo y allí  creemos haber visto un crimen que nunca  existió y un amor que jamás se iniciará. Mientras la ciudad duerme, los artistas velan y trabajan. Desde “La edad de la inocencia” y  aquel viejo  Nueva York de caballos y nieve hasta el Nueva York actual, con su  misteriosa  “zona cero” y  el   hueco de tantas ausencias.

Mientras tanto sube la escalera despidiéndose de nosotros la mismísima Edith Wharton antes de que abandonemos la ciudad.

 “Toda la noche se mantuvo del mismo talante – nos cuenta su biógrafa en esa despedida -. Tan sólo un momento, cuando, una vez hubo partido el último invitado, se volvió a medio subir la escalera, para darnos las buenas noches y entonces tuve un breve atisbo de la otra Edith: elegante, formidable, tan seca y dura como una porcelana. Luego, al mirar hacia abajo, a sus viejos amigos, su rostro se suavizó, hasta la rigidez de su espalda se relajó ligeramente; ya no era la atildada y dura señora de la casa al modo europeo sino una encantadora vieja dama americana. Edith Warton había regresado a su casa”.

José Julio Perlado

(Origen de las imágenes: Alenarte revista)

COPLAS, SEVILLA Y CÓRDOBA

“Río de Sevilla,


Arenas de oro,

Desa banda tienes

El bien que adoro.

Río de Sevilla,

Rico de olivas,

Dile cómo lloro

Lágrimas vivas.

Mal haya la torre,

Fuera de la cruz

Que me quita la vista

De mi andaluz.

Mal haya la torre,

Que tan alta es,

Que me quita la vista

De mi cordobés.”

(Cristóbal de Castillejo- siglo XVl- (manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid)

(Imágenes—1- Sevilla -siglo XVl- culturamas/ 2- Córdoba)

SECRETOS DEL NÚMERO 4

“Los antiguos razonaban de este modo — recuerda Umberto Eco —: como es en la naturaleza así ha de ser en el arte pero la naturaleza en muchos casos se divide en cuatro partes (…) En efecto, cuatro son las regiones del mundo, cuatro los elementos, cuatro son las cualidades primeras, cuatro los vientos principales, cuatro son las constituciones físicas, cuatro las facultades del alma. Esto Umberto Eco lo tomaba del escrito de un monje cartujo anónimo del siglo Xll, pero luego, por su parte, Eco continuaba y recordaba: “ El número cuatro se convierte en un número central. Cuatro son los puntos cardinales, los principales vientos, las fases de la luna, las estaciones; cuatro las letras del nombre “Adán”. Y cuatro será, como enseñaba Vitrubio, el número del hombre, porque la anchura del hombre con los brazos totalmente extendidos corresponderá a su estatura, formando así la base y la altura de un cuadrado ideal. Cuatro será el número de la perfección moral, de modo que se llamará tetrágono al hombre moralmente fuerte.”

(Imágenes-— 1- cuadrado dentro de un cuadrado 1921- colección particular – el mundo/ 2- Matías Kiss)

EN LOS 80 AÑOS DE “CIUDANO KANE”

A los ochenta años de “Ciudadano Kane” llegan las voces en torno a Orson Welles rememorando aquella película. Recordaba Paolo Mereghetti en “Les Cahiers du Cinema” que “ el rodaje de esa película comienza el 30 de julio de 1940 y termina el 23 de octubre, tres meses destinados a alterar profundamente la historia del cine. Trabajando en estrecho contacto con el director de fotografía Gregg Toland y el escenógrafo Perry Ferguson, Welles intenta traducir en imágenes lo que ha consignado por escrito. Lo hace de dos maneras, incrementando sensiblemente la profundidad de campo de la imagen y destruyendo la centralidad de la perspectiva. En “Ciudadano Kane” las elecciones estilísticas se convierten a su vez en elementos fundamentales para comprender el sentido del film, contribuyendo a contar de otro modo la historia de Charles Foster Kane. La profundidad de campo que buscaban Welles y Toland sirve para brindar al espectador una mayor porción de espacio claramente visible y, por consiguiente, una selección más amplia de acciones y objetos contenidos en el mismo plano.”

En una conversación en 1958 de André Bazin con Orson Welles se le preguntó si, como decían algunos críticos franceses, su película estaba influida por Dos Passos y Welles contestó: “Nunca he leído a Dos Passos. Pero no saqué la idea del famoso “Paralelo 42” y si así fuera,sería por casualidad. Los críticos americanos también escribieron que la película estaba influida por Proust: es absolutamente falso”. También en esa entrevista Welles confesó: “me gusta esconderme. En verdad es un camuflaje. No me gusta verme en la pantalla; así que cuanto más maquillado esté, menos me reconozco y así me es más fácil dar un juicio objetivo. Escondo mi propia imagen porque no me gusta nada verla.”

“He admirado a John Ford – añadió Welles—: a Griffith, Chaplin, Clair y Pagnol. Tengo gran admiración por el cine japonés. Pero le voy a hacer una confidencia: no me gusta el cine salvo cuando estoy rodando, entonces no se puede uno intimidar con la cámara, hay que violentarla, forzarla hasta sus últimos reductos, porque no es más que un vil aparato mecánico. Lo que importa es la poesía.”

(Imágenes—1- Orson Welles/ 2-Peter Philips – 1962- artnet/ 3- brazier celyn)

HISAE Y SUS AMIGOS PINTORES

 

 


La siguiente sesión en la que intervino Hisae Izumi en París en la Galería “La Maison de l ‘Art”, en la rue de Provence 22  el viernes 26 de abril de 1901, apadrinada y presidida también , como la anterior, por el coleccionista alemán Siegfried Bing, fue muy distinta. Sin duda por el eco provocado en la sesión precedente y por la lógica curiosidad que suponía escuchar a una desconocida japonesa como era Hisae Izumi hablar de las  costumbres orientales, hizo que se llenara por completo  el gran Salón  ( así lo  calificaba su dueño) y que incluso hubiera gente de pie en los pasillos. En aquellos pasillos de la Galería — y también en los sótanos — aparecían, perfectamente clasificados y preparados para su venta, marfiles antiguos, esmaltes, porcelanas, lacas, esculturas de madera, sedas bordadas, e incluso juguetes, que monsieur Bing había ido trayendo poco a poco de Japón en sucesivos barcos y que ahora ofrecía encantado a los franceses. Y a ello había que añadir artículos de vidrio de Tiffany, mobiliarios, cerámicas, joyas, peines decorados con flores y pájaros, abanicos, máscaras de teatro y muchas otras cosas más. 
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SON LAS NUBES

 


“Son las nubes en torno al sol caído,

la majestad que cierra su ojo ardiente:

los débiles se apoderan de lo que el fuerte ha hecho,

hasta que sea derribado lo que mucho se elevó

y venga la discordia tras el unísimo,

y todas las cosas se hallen en un plano común.

Y por tanto, amigo, si has recorrido tu camino

y así te sucedió, tanto más por ello

hiciste de la grandeza tu compañera,

aunque sea por hijos por lo que suspiras:

Son las nubes en torno al sol caído,

la majestad que cierra su ojo ardiente.”

William Butler Yeats

(Imagen—Neeta Madahar- 2005- artnet)

EXTENSIÓN DE LOS MAPAS

“El universo, escribió Lewis Caroll, contiene cosas, por ejemplo, yo, Londres, el color escarlata, “ El paraíso perdido”. La lista podría aumentarse.Así, alguien podría proponer el otoño de 1536, o un vasto río aéreo de pájaros dolientes, o los chicos que se enamoran de la maestra, o el poema justo, el que se conoce antes de ser leído y todavía nada se habría agotado, nada habría empezado a perder su derecho al vacío.”

Así lo cuenta la argentina María Negroni en su “Pequeño mundo ilustrado”. “Quizá por esa razón — sigue diciendo —, lo que llamamos un mapa es un conjunto de líneas diversas que funcionan al mismo tiempo como armadura, premonición, código lingüístico y colecccion arbitraria de la memoria. Hay líneas que representan algo y otras que son abstractas. Las hay que fueron contornos y las que no, éstas son las más hermosas. La líneas son los elementos constitutivos de los acontecimientos, los que vivimos con otros, los que vivimos a solas, algo así como un escenario dispuesto para el periplo de los deseos. También son las coordenadas que nos ayudan a perdernos, a agotar aquello que sabemos, y así llegar más rápido al cansancio y a la entrega.

No sería otra cosa la escritura, el sueño de unos paseos interminables por paisajes olvidados, una grafía incierta donde cada lugar es un mundo ( un espacio interior) que indica sólo lo impronunciable: esa quietud inspirada donde buscamos reconocernos, unirnos a aquellos de nosotros mismos que pertenece al Absoluto, en el que todo participa.”

(Imágenes—1y2-bigthink com)

AZORÍN EN EL TIEMPO


La fundación. March convoca para el mes de mayo un ciclo de conferencias en torno a Azorin y vuelve hasta nosotros aquel escritor que tantos descubrimientos de los clásicos nos entregó en su literatura.

“En 1896, — decía Azorín — , una tarde, en un tren, llegué a Madrid. Entré a trabajar en un diario; trabajé reciamente; llegaba a la redacción a primera hora, cuando no había nadie; me retiraba con el alba. La retribución era escasa e incierta. No sé de qué modo podía vivir en Madrid; mi vida era austera y mi comer frugal. El Madrid de entonces era un Madrid abigarrado; su centro literario estaba en el café de Fornos. Las mesas de mármol de Fornos conocían las blancas cuartillas. Me vi precisado a volver al pueblo. ¿Qué iba a hacer yo en el pueblo? ¿De qué modo satisfaría mi vocación literaria? Pude volver a Madrid. Dos o tres veces repasé el camino de Madrid al pueblo y del pueblo a Madrid. Y cada vez que me veía recluido en el pueblo me embargaba una incertidumbre angustiosa. “Ya, definitivamente – decía yo -, no seré nada.” Amaba el pueblo; amaba las gentes del pueblo; amaba el campo. Pero ¿y la viva literatura? ¿Y la vida fecunda y varia de las redacciones y de los editores? No podía resignarme al fracaso. (…) Y volví, ahora ya establemente, a Madrid. La angustia de la incertidumbre había terminado (…) En 1902 publiqué mi primera novela, La voluntad; en 1903 publiqué la segunda, Antonio Azorín. (…) Ya podía yo vivir en Madrid, sentirme seguro en Madrid. La ruta de Don Quijote me había hecho popular; la Andalucía trágica motivó – en “El Imparcial” – una interrupción extraña, inesperada. Y pasé al “ABC”, cuando (1905) se estaba ya publicando, antes de salir a la calle, en probaturas tenaces, para el interior de la casa.”

Estas palabras de Azorín, recogidas en su libro Postdata, de 1959, me llevan hasta otro Azorín en el tiempo.

casa

El tiempo me hace subir las escaleras de la madrileña casa de Azorín (calle Zorrilla 21) donde murió aquel 3 de marzo de 1967. y el tiempo me empuja a darle mi pésame dolorido y sincero a su viuda, doña Julia Guinda, que estaba junto al féretro. Allí permanecí largo rato. El tiempo me lleva también a una pequeña biblioteca pública de una ciudad de provincias donde, años atrás, yo me sumergía en Azorín. Aprendía de él a aplicar los adjetivos, los “primores de lo vulgar”, la observación, la limpidez de la prosa. Aprendí de él el amor a los clásicos, “los clásicos redivivos”, “los clásicos futuros”.

azorin

El tiempo pausado me acompañaba por el campo de las lecturas en aquellos años de estudiante. Con Azorín me asomaba por un ventanuco de la literatura y veía escribir a Lope, a Garcilaso, mientras ellos no me veían. Con Azorín llevándome de la mano tocaba los muebles de las habitaciones y me preguntaba con sus mismas palabras: “¿tienen alma las cosas? ¿tienen alma los viejos muebles, los muros, los jardines, las puertas?”, y enseguida, “¿ qué son las cosas?… Todas estas cosas que  están inmóviles en las vitrinas van a partir hacia la vida. ¿Cuál será el rumbo por el mundo? Todas estas cosas inertes bajo los cristales van a acompañarnos en nuestras alegrías y en nuestros dolores…Un mueble, un objeto anodino, una baratilla que vemos todos los días y a todas horas encierra tanta vida como nosotros mismos…No hay ninguna cosa vulgar, como no hay ningún ser despreciable.”

Así me quedé pensativo – envuelto en el tiempo – aquel 3 de marzo de 1967 mientras velaba el cadáver de Azorín  rodeado por las cosas.

José Julio Perlado

(1- Azorin EFE) (ilustraciones de Alenarte revista)

LO QUE DICE Y HACE UN POEMA

“Sin duda — recuerda Pedro Salinas —, distinguir entre lo que un poema dice y lo que hace es siempre útil para la aclaración de nuestro entendimiento, pero hay que prevenirse contra el peligro de creer que una poesía no dice nada, no tiene que decir nada y que puede escribirse algo poéticamente significante sin que diga nada. Porque el poeta existe sólo a través de un decir. Se juega la vida en las palabras que fatalmente — y no obstante los desesperados esfuerzos superrealistas —dicen algo, y aún mucho, apenas se formulan. En la Edad Media, poema era sinónimo de Decir. Lo cierto es que una poesía perfecta dice y hace: hace lo que dice.”

(Imágenes- 1- Frederic Cuming/ 2-foto Wolkmar wentzel- national geographic

DE LA MELANCOLÍA Y SUS ALREDEDORES

Se pensaría que por las terrazas del sentimiento, por esas avenidas que nos traen    recuerdos violáceos, recuerdos que nos dejan un raro sabor de boca, algo que al parecer escapó y que vuelve ahora de nuevo, algo  que nos da la impresión de  que eso ya no lo volveremos a vivir, aquello que nos pareció tan radiante en el pasado y que nunca retornará en el presente, unos juegos quizás, o unos rostros, unos rostros, sí, bellos y desaparecidos, conversaciones fugaces, luminosas horas, todo ese mundo que ahora nos trae el viento de los años, la brevedad de la existencia,  eso que llega y que nos envuelve de pronto en  golpe imprevisto del  pensamiento, lo podríamos bautizar sin duda  como melancolía, y es cierto, la dama de la  melancolía nos acompaña por esas terrazas del sentimiento y anda despacio con nosotros, pisa por donde nuestro silencio pisa y apenas nos habla, tan sumida va en cuanto nosotros estamos pensando que la melancolía en ocasiones somos nosotros mismos.

  ( Durero. La Melancolía)

 “El temor y la tristeza – advirtió  Hércules de Sajonia – son los verdaderos y constantes caracteres de la mayoría de los melancólicos,  pero no de todos, puesto que algunos se distinguen por su buen talante, otros por su atrevimiento, y los hay que no manifiestan ninguna forma de temor o pesadumbre”. “Se incluyen entre los melancólicos – señaló a su vez Ecio -, no sólo a los descontentos, arrebatados,  desdichados y de rostro pálido o de color terroso, sino aún más a los sujetos alegres, joviales,  bromistas y de buen color en sus semblantes”. Por tanto la melancolía no es  hermana exclusiva de los tristes, y la “acedia” – la llamada “tristeza o melancolía del mundo”, (expresión también de una vacilación o  rechazo a devenir lo que la persona realmente es, por su propia naturaleza) -, aquello que Kierkegaard llamaba “la desesperación de la debilidad”, tiene unas hijas propias que el filósofo alemán Josef Pieper ha analizado muy agudamente. “Ningún hombre puede mantenerse en la tristeza”, se lee en la Biblia,  y una de las hijas de esa “acedia” o tristeza  es la vagabunda inquietud de espíritu, que a su vez se revela  (y esto, en principio, nos parecería sorprendente) en la abundancia de palabras en la conversación, es decir, en la verbosidad o charlatanería incesante,  en la ininterrumpida  búsqueda  de novedades – por tanto, en la curiosidad permanente -, como también  en la dispersión, en la ausencia de sosiego y de reposo, en realidad en el no parar  y en  la inestabilidad de lugar y de decisión.

Por todas estas rendijas – muchas de ellas muy características de nuestra  época  – se cuela la llamada  “tristeza del mundo” o “acedia” y, naturalmente,  la melancolía.”Hoy  ya se han  experimentado hasta la saciedad – y así lo ha señalado otro gran autor contemporáneo  – las promesas de libertad ilimitada y empezamos a comprender de nuevo la expresión “melancolía de este mundo”. Las alegrías prohibidas pierden su esplendor en el momento en que ya no están prohibidas. Vemos frecuentemente en el rostro de los jóvenes una extraña amargura, un conformismo bastante lejano del empuje juvenil hacia lo desconocido. Todo lo que se puede esperar ya se conoce y todo amor desemboca en la desilusión por la finitud del mundo. El hombre tiene miedo de estar sólo consigo mismo, pierde su centro, se convierte en un vagabundo intelectual, que siempre se está alejando de sí mismo. De ahí esa verbosidad y curiosidad a la que acabamos de referirnos,  ya que el hombre con su permanente  hablar huye del pensamiento. Puesto que se le ha quitado la visión hacia lo  Infinito, busca insaciablemente sustitutos”. Por otro lado, al invertirse los objetivos en el trabajo  (Aristóteles decía “no nos consagramos a una vida activa sino con vistas a tener ocio” y  ahora decimos, “nosotros no trabajamos solamente para vivir, sino que vivimos para el trabajo”),  la melancolía no tiene por qué estar  unida únicamente a la indolencia o la  pereza  sino que puede manifestarse perfectamente escondida  en una frenética actividad externa. La melancolía, por tanto,  no es compañera exclusiva de los  pasivos paseantes en las  terrazas de los  sentimientos sino que puede encontrarse igualmente entre  quienes se han arrojado a  un activismo frenético, a la locura del trabajo por el trabajo…

    ( El Pensador. Rodín)

 Estudiada la melancolía por grandes autores  – son célebres los volúmenes  “Saturno y la melancolía” de Klibansky y Panofsky y el exhaustivo tratado de Robert Burton, “Anatomía de la melancolía”  -, se han analizado las múltiples causas que la provocan, se han enumerado sus  síntomas, se han aportado posibles remedios y curaciones, se ha contemplado la relación que ella puede  tener con el amor, los celos, la belleza del rostro o de los ojos, se ha considerado – y así lo hace Burton -cómo nos puede afectar la melancolía amorosa al traspasar las fronteras de los sentidos, de qué forma los encuentros, las conversaciones, los cantos, los engaños, las promesas, las quejas y las lágrimas trenzan muchas de esas melancolías que existen en el mundo, y cómo el miedo, la pena, la desconfianza, ciertas conductas extrañas, juramentos, juicios, ultrajes y gestos influyen en ella,  cercando  a la melancolía con  las pasiones y turbaciones de la mente – con  la envidia, la malicia, las preocupaciones, miserias, vanaglorias y tristezas de la existencia -, mezclándola con pavores, burlas, calumnias, necesidades y ausencias. El universo de la melancolía es amplísimo y por citar un aspecto entre mil  he ahí a la música como uno de los  remedios  – según Burton  – para apartar esa melancolía. “La música -señala él  – es la mayor medicina de la mente,  un poderoso golpe para elevar y reavivar un alma lánguida, “afectando no sólo a los oídos, sino a las propias arterias, los espíritus vitales y animales, eleva la mente y la agudiza” como así  dice  Lemnio. Juan de Salisbury, por su parte, indica que la música tiene su efecto sobre las almas más embotadas, severas y dolientes, “expulsa la pena con alegría, y si hay algunas nubes, polvo o escoria de las preocupaciones todavía latentes en nuestros  pensamientos, los barre poderosamente”.

¿Es esto así de diáfano? No, no lo es. El dorso de este posible remedio de la música lo muestra Platón, el cual prohíbe la música a todos los jóvenes, porque la mayoría están enamorados y no hay que alimentar el fuego con el fuego. Muchos hombres – apunta también  Robert Burton – se ponen melancólicos al escuchar música, pero les causa una agradable melancolía, y por lo tanto, para quienes están descontentos, con pesar, miedo, dolor o están abatidos, es el mayor remedio presente. Plutarco a su vez  decía que la música vuelve a algunos hombres tan locos como tigres y  Homero, que la música hace a algunos despertar y a otros dormir, mientras Teofrasto profetizaba que las enfermedades tanto se pueden adquirir  como mitigar con la música.

Naturalmente, si hubiera que elegir un cuadro cuyo tema sea éste que nos ocupa nos encontraremos siempre con Durero y su celebre grabado “La Melancolía“. “En la Edad Media – nos recuerda Kenneth Clark al comentar la obra  -“melancolía” quería decir una simple combinación de pereza, aburrimiento y desaliento que debe de haber sido muy corriente en el seno de una sociedad analfabeta. Pero la aplicación que de ella hace Durero dista muchos de ser simplista. Esta figura es la humanidad en su forma más evolucionada, provista de alas para elevarse .Está sentada en la actitud del “Pensador” de Rodin, y todavía tiene en la mano el compás, símbolo de la medición con que la ciencia conquistará el mundo A su alrededor aparecen todos los emblemas de la acción constructiva: un serrucho, unas tenazas, una balanza, un martillo, un crisol y dos elementos de la geometría de los sólidos, un poliedro y una esfera. Pero ella, desdeñando todos esos instrumentos de construcción, permanece ahí sentada, meditando sobre la futilidad del esfuerzo humano Su mirada obsesiva refleja algún profundo trastorno psíquico”.

La melancolía, pues, ha sido siempre  tema que con diversas variantes ha recorrido los siglos. Hoy quizá sean los temores del futuro y los recuerdos del pasado los que inquietan a veces a nuestro presente, sobresaltando sus aguas. La serenidad que debería instalarse en cada uno de nuestros momento actuales se ve alterado por tormentas, o bien que ya pasaron o bien o que aún no llegaron y  ni sabemos siquiera si llegarán. Si  miramos tan obsesivamente al ayer que ya  sucedió y que no tiene remedio o al mañana que aún no ha sucedido y que es una gran incógnita en el porvenir, deberíamos preguntarnos por qué a veces nos embarga tanto en el presente  esa curiosa y muchas veces perjudicial  melancolía.

 José Julio Perlado

(ilustraciones de Alenarte Revista)

NIEBLA

 

 

“Niebla por todas artes. Niebla río arriba, donde mana entre verdes islotes y praderas; — escribe Dickens en “Casa desolada” — ; niebla río abajo, donde ondula viciada entre las hileras de embarcaciones y por la contaminada ciudad, grande y sucia, que se extiende al borde del agua. Niebla entre los marjales de Essex, niebla en los cerros de Kent. Niebla reptando por las chimeneas de los barcos carboneros, niebla densa en los muelles, flotando entre los aparejos de los grandes navíos; niebla que cae sobre las barcazas y botes. Niebla en los ojos y gargantas de los viejos pensionistas de Greenwich, que resuellan junto  al hogar de sus guardianes; niebla  en la pipa que por la tarde fuma el colérico patrón; niebla que pellizca con crueldad los dedos de los pies y las manos del tembloroso grumete que está en cubierta. La gente vaga por los puentes, asomándose desde  las barandillas a los cielos desplomados en la niebla, mientras esta los envuelve  a todos, como si colgasen de un globo y pendieran de las brumosas nubes+.

(Imagen— Alfred Cohn- 1920)

GEORGIA O ‘ KEEFFE

Ahora, ante la exposición en el Thyssen de Madrid sobre Georgia O K’ooffe vienen hasta nosotros sus iimágenes y sus palabras:

“Me había criado — decía ella —- de forma bastante parecida al resto(…) y un día me sorprendí a mí misma diciendo— No puedo vivir como quiero. No puedo ir donde quiero— No puedo hacer lo que quiero—- Ni siquiera puedo decir lo que quiero. La escuela y lo que los artistas me han enseñado me impiden incluso pintar como quiero. Decidí que era una tonta estúpida por no pintar al menos como quería…”



Georgia O’ Keeffe, entre 1929 y 1946, une la multitud a la soledad, la gran urbe al desierto el bullicio al silencio. Alterna Nueva York con Nuevo México.

“Trabajo sobre una idea durante mucho tiempo — decía ella — Es cómo intimar con una persona , y yo no intimo fácilmente.”


Se ha dicho de ella que se autorretrató a través de flores y frutas. Ante Nueva York ella quería pintar la”rugiente ciudad” como “algo más grande, más grandioso, más completo de lo que jamás antes lo había sido en la historia.”

“Cuando pienso en la muerte, sólo siento que ya no podré ver este hermoso paisaje nunca más…”

(Imágenes— Georgia O’ Keeffe- 1,2,3,45- 1927)

¿LOS LÍMITES DE LA AMISTAD?


¿Hasta dónde pueden llegar los límites de la amistad? ¿Es que la amistad tiene algún límite? Edward Albee, el célebre dramaturgo norteamericano, escribió “Delicado equilibrio“, obra tensa y turbulenta que obtendría el Premio Pulitzer, se estrenaría en 1966 en Nueva York y sería luego  llevada a la pantalla en 1973 por Tony Richardson y protagonizada por Katharina Hepburn en el papel de Agnes, Paul  Scofield en el de Tobías, Joseph  Cotten en el de Harry y Betsy  Blair en el de Edna.

La casa de Tobías y de Agnes, en donde el delicado equilibrio del matrimonio se hace ya patente desde la primera escena, es “invadida” por una pareja amiga, la de Edna y Harry, que llegan aturdidos y aterrorizados por algo que les ha ocurrido fuera. Vienen en busca del refugio de los amigos, pero no aspiran a quedarse por un tiempo determinado sino que desean  “instalarse” allí para siempre y encontrar permanente cobijo.

-Si el terror viene…desciende… -dice Edna pidiendo amparo a sus amigos- si de pronto…necesitamos…vamos adonde se nos espera, adonde sabemos que se nos quiere, no sólo adonde queremos; venimos adonde la mesa ha sido tendida para nosotros en esa oportunidad…adonde la cama está preparada…y calentada…y está lista por si la precisamos. No somos…transeúntes…

En el tercer acto, Tobías, en una confesión  en la que vuelca cuantas contradicciones  lleva dentro, exclamará:

-¿La amistad no llega a eso? ¿Al amor? ¿Cuarenta años no cuentan para nada? Hemos hecho lo nuestro juntos, viejo – le dirá a Harry -, somos amigos, hemos pasado buenas y malas juntos. ¿Cómo es ahora, viejo? (Grito) ¿CÓMO ES AHORA MUCHACHO? ¡¿BUENA?! ¡¿MALA?! ¡BUENO, SEA LO QUE FUERA LO HEMOS PASADO, VIEJO! (Suave) Y no tienes que preguntar. Te aprecio, Harry, sí, de verdad, no me gusta Edna, pero eso no cuenta para nada, te aprecio mucho; pero encuentro que mi aprecio tiene sus límites…¡PERO ESOS SON MIS LÍMITES! ¡NO LOS TUYOS! (…) ¡VAS A TRAER TU TERROR Y VAS A ENTRAR AQUÍ Y VAS A VIVIR CON NOSOTROS! ¡VAS A TRAER TU PESTE! ¡TE VAS A QUEDAR CON

NOSOTROS! ¡NO TE QUIERO AQUÍ! ¡NO LOS QUIERO! ¡PERO POR DIOS…SE QUEDARÁN!

Esta enorme virulencia y  turbulencia de las palabras de Tobías que quiere y no quiere a la vez aceptar  a sus amigos, aceptarlos para que vivan para siempre en su casa, desencadena las contradicciones de un corazón dividido, corazón que sufría ya un “delicado equilibrio”  amenazando  su vida matrimonial.

No es el caso aquí de desvelar el desenlace de este intenso drama de Albee que presenta numerosas capas de interpretación social, psicológica y literaria. Esa “peste” de la que habla Tobías y que, según él, trae Harry desde fuera, es una  referencia e influencia indudable de Camus sobre Albee, ya que el autor norteamericano admiraba mucho al francés. ¿Pero qué haría cualquiera de nosotros en una situación así? ¿Aceptaría que un amigo angustiado se quedara a compartir para siempre y en nuestra propia casa nuestra vida? ¿Tiene un límite la  amistad? ¿O las fronteras de la amistad desaparecen puesto que si nos fijáramos en ellas no existiría verdadera amistad? El tema de la amistad  ha recorrido épocas e historia de la vida pública y  privada durante siglos. “Sin amigos – dejó dicho Aristóteles- nadie querría vivir, aunque tuviese todos los bienes”.  A veces la amistad se ha cristalizado incluso en objetos de recuerdo. Petrarca, que sentía un hondo afecto por San Agustín, había tomado la costumbre de anotar en un cuadernillo especial el diálogo que siempre mantenía con su amigo muerto hacía casi mil años. Guardaba celosamente para sí ese cuadernillo que era un objeto-reliquia en su vida íntima: había creado un verdadero discurso amistoso con una persona de otro tiempo. Más adelante, en 1441 y en Florencia, el certamen de la  Academia de aquella ciudad se centró en la amistad como asunto y se propuso tratar en lengua vulgar un tema institucional del mundo clásico.

Pero no solamente la distancia de siglos en la evocación personal sino el amplio espacio de amistad cuyo arco unen los libros ha servido en la Historia para acercar en confidencia a escritores y lectores e irlos haciendo cada vez más amigos. “Sin duda la amistad, la amistad que se refiere a los individuos – escribirá  Proust  -, es cosa frívola, y la lectura es una amistad. Pero al menos es una amistad sincera, y el hecho de que se dirija a un muerto, a un ausente, le da un algo de desinteresado, casi de emocionante. Es además una amistad exenta de todo lo que constituye la fealdad de las otras. Como nosotros, los vivientes, no somos todos más que unos muertos que no han entrado todavía en funciones, todas esas finezas, todos esos saludos en el vestíbulo que llamamos deferencia, gratitud, afecto, y en lo que tanta mentira ponemos, son estériles y fatigosos. (…) En la lectura, la amistad torna súbitamente a su pureza primigenia. Con los libros, nada de amabilidad. Estos amigos, si pasamos la velada con ellos, es verdaderamente porque tenemos gana de pasarla”.

  José Julio Perlado

(Imagen — William Heick – 1948)

SONREÍR EN UN BLOG ( 11) : LOS ALMIRANTES ININTELIGIBLES

 

 

“Si un gobierno declara ininteligible a un almirante pasarán cosas extrañas en el país, porque nunca se ha sabido que a un almirante  le agrade ser declarado ininteligible y todavía menos que un gobierno civil haya  declarado ininteligible a un almirante.

Si a pesar de eso el gobierno lo declara, sucederá que el almirante declarado telefoneará a otros almirantes y en algún lugar del buque insignia habrá una reunión secreta donde numerosas condecoraciones y charreteras se agitarán convulsionadas, tratando de poner en claro cosas tales como el significado de la ininteligibilidad, por qué se declara ininteligible a un almirante y, en caso de que la declaración tenga algún fundamento, cómo puede ser que el almirante declarado haya procedido ininteligiblemente hasta el punto de que lo declaren, y así sucesivamente.

Lo más probable es que los almirantes ininteligibles se solidaricen con el declarado, en la medida en que la susodicha declaración afecta el buen nombre y honor de un colega que a lo largo de su digna carrera no ha dado jamás el menor motivo para que lo declaren. En consecuencia, si se acata la declaración del gobierno se navega a toda máquina hacia la anarquía y el retiro forzoso, por lo cual frente a la gravedad de los hechos sólo cabe una respuesta solidaria: concentrar la escuadra en la rada y bombardear la casa de gobierno, que un arquitecto insensato ha puesto prácticamente al borde del agua con las consiguientes ventajas balísticas.

(…)

Julio Cortázar— “ Sobre la solución de las controversias” (“La vuelta al día en ochenta mundos”)

 

 

(Imágenes—1-David Merveille/ 2-Chagall-Guerra 1916- museo tyssen)

LA TARDE ES UNA IDEA

 


“La tarde es una idea.

Y la idea es un ojo.

Y el ojo una ventana

a la que se asoma mi voz

para decir el nombre de la tarde

como si fuera un relieve.

Y en ese relieve se posa un pájaro

que ya no necesita cantar para ser.”

Roberto Juarroz —“ Séptima poesía vertical” (1982)

(Imagen —Edward Steichen-1899)