REPARACIONES S. A.

Hace quince días se me rompió una escena de “Guerra y Paz”, un movimiento del baile entre Natasha y el príncipe Andrés, que no sé cómo pero se me cayó mientras lo estaba leyendo, quizás hice un mal movimiento con la mano, o con el dedo, no sé, la verdad es que no lo sé, o quizás es que el dedo tropezó con algo, no puedo decirlo exactamente, son esos despistes que uno tiene sin querer, pero lo cierto es que casi inmediatamente los zapatos de Natasha se hicieron añicos y se desparramaron como granitos o cristalitos bajo mi butaca, cada zapato se fue por su lado, como si se escurrieran, igual que esos cristalitos brillantes que van engarzados en una fina cadena y que de pronto se desprenden, se escurren, se caen uno tras otro casi sin ruido, y enseguida desaparecen. Ya me había pasado algo parecido con Borges y con Kipling hace dos años, pero eran palabra sueltas, tampoco resultó demasiado complicado arreglarlas, me las arreglaron enseguida, es una tienda pequeña de reparaciones literarias que tengo en mi barrio, se abre la puerta, suena una campanilla, eso quiere decir que entra un cliente, cuando entras ya tienes extendidas encima de un pequeño mostrador portadas de viejas ediciones, páginas de verano y de invierno, lecturas fáciles y difíciles, yo creo que el género lo traen de Sudamérica y les compensa, porque ahora, como la gente tiene poco dinero para libros nuevos, pues en cuanto a un libro de una edición antigua le faltan frases, o escenas, o páginas, lo traen aquí, que son muy amables este matrimonio mayor, muy entendidos, le suben a uno por una escalerilla hasta un cuarto algo desvencijado y lleno de espejos, le sientan a uno en una silla, a mí el otro día me sentaron en una silla y me preguntaron “¿A usted se le ha roto “Guerra y Paz” en la versión literaria o en la cinematográfica? “.Bueno, les dije, en el fondo es lo mismo, en las dos, porque la escena del baile que narra Tolstoi va unida siempre para mí a Mel Ferrer y a Audrey Hepburm, es decir, las vueltas que da el príncipe Bolkonsky con Natasha son la mismas vueltas en el fondo que cualquier baile aristocrático moscovita, no se me han roto en cambio los cortinajes, ni las lámparas, ni los arabescos del suelo, se me ha roto únicamente un trozo por la parte del giro que dan los zapatos de ella al bailar, que para King Vidor, el director, cuando yo los vi en el cine, tenían en sí una enorme belleza, una belleza distinguida, no poseen naturalmente la fuerza impresionante que les da Tolstoi, porque él se documentó muy bien para las batallas, los uniformes y las fiestas, y también para los zapatos y los bailes, pero indudablemente eso se te queda, o a mí al menos se me ha quedado en la retina, y eso quisiera arreglarlo, si no me cuesta mucho, que no lo sé.

Entonces el arreglador mayor ( no sé.cómo se llama, yo le llamo siempre el arreglador mayor porque no sé su nombre), que es un señor muy amable y bondadoso, le dijo a su mujer “ Yo creo que esto no hace falta que lo mandemos al taller, lo podemos hacer nosotros”. Y me miró: “el martes —-me dijo — lo tiene usted. Déjeme “Guerra y paz’”. Entonces le dejé ‘Guerra y Paz” y respiré tranquilo. Porque estas caídas de las lecturas o de los libros al suelo, que yo a veces pienso que son cosas de la edad, caídas de la edad, meros despistes, porque uno va cumpliendo ya sus añitos y no puede estar en todo, uno ha leído mucho en su vida, y tiene tropezones de la vista, o que se le van las manos, o que se le mueven los dedos, a mí, por ejemplo, me tiemblan algo los dedos al pasar las páginas, pero bueno, a lo que iba, esperé tranquilamente hasta el martes y me leí mientras tanto cosas sueltas de la “Divina Comedia”, por ejemplo, el nombre de los ángeles, que a mí me divierte mucho repasarlos, porque parece que hay un solo ángel el que aparece allí, pero no, son muchos, o al menos bastantes, y así estuve distraído con todo ello, Y luego llegó el martes y me fui a la tienda. Me habían arreglado “Guerra y Paz”. Me la habían envuelto en una bolsa muy simpática, porque este matrimonio cuida muy bien las cosas.Tampoco me costó mucho. Son un matrimonio bastante barato y va medio barrio para los arreglos, siempre tienen gente.

Y entonces, cuando llegué a casa, me puse a hojear despacio “Guerra y Paz”, a ver cómo había quedado. Hay cosas de “Guerra y Paz” que siempre me salto. Por ejemplo las disquisiciones filosóficas. Me gustan mucho en cambio las batallas, lo que habla Tolstoi de Napoleón y de Borodino. Y sobre todo los dimes y diretes de las conversaciones familiares, los enamoramientos y los despechos. Y de repente llegué a lo que quería, el episodio del baile, que es lo que me interesaba más porque es lo que se me había roto. Y empecé a seguir como siempre las evoluciones de la falda de Natasha dando vueltas y vueltas bajo las luces, llevada del brazo por el príncipe Andrés, su falda preciosa, mejor dicho, su túnica blanca, su traje blanco de gala, un blanco de pliegues espectaculares, pero de improviso, no sé por qué, no me encajaba algo al fondo del salón, me di cuenta enseguida, los muebles y los cortinajes del fondo no parecían moscovitas sino italianos, daban la impresión de ser italianos. Y es que eran italianos. Al dar una de las vueltas Natasha bailando con el príncipe Andrés me di cuenta de que la cara de Natasha no era la cara de Natasha sino la de una mujer morena, muy bella, muy joven, una mujer mediterránea, que llevaba una corona o diadema por

encima de su peinado, en la nuca, y que sonreía al pasar y bailar, y que era llevada del brazo por el príncipe Don Fabrizio Salina, un hombre alto, apuesto, de largas patillas y gran bigote, un hombre señorial, y al girar en otra vuelta me di cuenta de que aquella hermosa mujer era Angelica, Angelica Sedara, que estaba bailando en el gran salón de Donnafugata, en Sicilia, en Palermo, ante los ojos del joven Tancredi, tal como lo cuenta Lampedusa en “El Gatopardo” y como lo relata Visconti siguiendo las evoluciones de Claudia Cardinnale y del apuesto Burt Lancaster.

Entonces, ¿qué había pasado? Que en la tienda se habían equivocado de baile. O por precipitación o porque ya son mayores, yo creo que porque ya son mayores, habían sustituido un baile suntuoso moscovita por uno, también suntuoso, pero de Sicilia, de la Sicilia de 1860. A lo mejor les habían confundido los trajes, los trajes blancos femeninos, espectaculares, O quizá la belleza de las dos muchachas, de Natasha y de Angélica, que nada tienen que ver, pero que las dos, a su estilo, son radiantes. En un principio me enfadé. Estuve a punto de volver a la tienda. Pero luego he pensado quedarme con este volumen. Hay mucha gente encaprichada por libros defectuosos, inencontrables. Se paga una fortuna. Un “Guerra y Paz” como el que tengo yo no lo tiene nadie.

José Julio Perlado

(del libro “Relámpagos”) (relato inédito)

TODOS. LOS. DERECHOS. RESERVADOS

(Imágenes— 1- baile de “Guerra y Paz”/ 2- baile de “El Gatopardo” / 3- Tolstoi- Wikipedia)

VERANO 2022 (12) : LOS MONTES DEL ESTE

Los años corren rápidos más allá del recuerdo;

es solemne la paz de esta dulce mañana.

Me vestiré las túnicas para la primavera

y me iré a las laderas de los montes del Este.

Una neblina cubre el arroyuelo que surca la colina;

mas es sólo un instante y pronto se disipa.

Luego el viento del Sur viene a peinar

los campos donde nace el trigo nuevo.

Tao Ch’ ien

(Imágenes- montañas chinas- wikipedia)

VERANO 2022 (11) : ”LA LÁMPARA DE ALADINO” (2)

(…) pero aquella alfombra que iba debajo de mis pies era muy sencilla, tan sencilla que, aún siendo mágica, lo que estaba haciendo ante mi sorpresa era ir muy despacio, muy despacio, tan despacio que se demoraba en cosas muy normales, por ejemplo, se paró de pronto sobre el parque del castillo de Howard, en Yokshire, en Inglaterra, donde yo no sabía que allí vivían desde hacía tiempo las edades del hombre, pero allí estaban, sí, desayunando tranquilamente al aire libre. Thomas, el viejo mayordomo de patillas blancas, les iba sirviendo a cada miembro de la familia un hilo de café sobre unas tazas de porcelana azul mientras sorteaba las frutas perfectamente cortadas y colocadas sobre el mantel, las diferentes versiones de huevos, multitud de embutidos, los diversos zumos y las jarritas de leche. John Howard, el mayor de las edades del hombre, una figura delgada, muy elegante, vestida impecablemente de blanco, de nariz aguileña, que llevaba a sus espaldas casi noventa años de experiencia y los recuerdos de las fuentes y los jardines, evocaba una vez más, como solía hacer cada mañana, las glorias de un pasado que no volvería nunca, la historia del tercer Conde de Carlisle, un antepasado suyo que había empezado a diseñar aquella casa en 1699, y habiéndola completado en 1714, al fin había conseguido acabar el ala oeste en 1750. Aquello lo iba diciendo John Howard con voz nostálgica y contenida emoción, y lo hacía cada mañana, untando mientras tanto una fina capa de mermelada de naranja sobre otra fina corteza de pan, aunque él bien sabia que nadie le estaba escuchando y que a nadie le interesaba todo aquello porque los tiempos distintos que suelen regir las edades del hombre son muy dispares y unos aman la realidad y otros la imaginación, y los que aman la imaginación paseaban en aquellos momentos, unos en grupos y otros solitarios, por los recuerdos de los jardines del castillo, evocando cuando allí se había rodado en 1992 “Regreso a Howards End”, una película muy sensible en amores, para muchos una película deliciosa, con las caras, los gestos y vestidos de Emma Thompson, Vanessa Redgrave y Anthony Hopkins que ellos aún mantenían en sus memorias.

Yo no diría que todo aquello no fuera interesante, porque seguramente lo era, sobre todo para la familia Howard, pero para mí, que seguía de pie encima de la alfombra que continuaba posada sobre los jardines del castillo, había un punto de extrañeza en todo ello porque, me preguntaba, ¿qué tenía que ver la lámpara de Aladino con aquella gran mansión inglesa? ¿Dónde se encontraba al fin la lámpara de Aladino? ¿Hacia dónde iba mi viaje? Sin duda por aprovechar algo el tiempo, ya que seguía allí de pie sostenido por la mágica alfombra, mi recuerdo se fue hasta la visita nocturna que había hecho hacía tiempo en la biblioteca de mi padre para buscar la primera traducción española de ”La lámpara de Aladino” que había realizado Pedro Umbert, según decían y que databa de 1910 y que yo buscaba por curiosidad, por ver si encontraba algo que me orientara. ”Vas a tener que ir con mucho cuidado”, me dijo mi padre enseguida, “no me toques los libros árabes que hay allí, que tienen mucho valor, y que están mezclados con libros indios y persas, y con otros del Lejano Oriente”. Mi padre es un erudito, con un gran amor a su biblioteca, y yo tuve que andar aquella noche casi a gatas por dentro de la biblioteca, exactamente por el interior de las estanterías, detrás de los cristales, porque no se podían abrir los cristales de las vitrinas para que no entrara polvo del despacho, según mi padre, y entonces tuve que ir así, por la parte interior de las vitrinas, dentro de la biblioteca, sin abrir los cristales, con las vitrinas herméticamente cerradas y con un calor sofocante que me envolvía, iluminado tan solo por una luz muy tenue que venía del pasillo y avanzando como pude o supe, únicamente apoyándome en los oscuros lomos verticales de los libros con los que me iba topando casi en la oscuridad y que se sucedían uno tras otro igual que columnas en una selva. Así fui palpando poco a poco algunos títulos de distintos cuentos árabes de ”Las mil y una noches”, como por ejemplo Los viajes de Simbad el Marino, la historia de Kamar al- Zamán y la princesa Budur, la historia del caballo mágico, la historia del simple y el rufián o la fábula del pavo real, la pava real, el pato, el león, el burro, el caballo, el camello y el carpintero. Pero no alcanzaba yo a ver ni a distinguir lo que yo quería, que era saber dónde estaba, o al menos verlo como libro, ”La lámpara de Aladino”, y es que aquella noche yo aún no sabía (lo supe mucho tiempo después) que ”La lámpara de Aladino”, como historia, y aunque tuviera tanta fama en el mundo, no pertenecía a la colección original de ”Las mil y una noches”, sino que un francés, un tal Antoine Galland, la había agregado más tarde a la misma. Así, ¿cómo iba yo a encontrar el libro? Y sin embargo lo encontré. Estaba al final de la segunda balda de la derecha, separado de los demás, apretado contra los cristales, era un libro grande, de tapas rojas, me asombró que no tuviera polvo, ( de eso ya se había ocupado mi padre) y que permaneciera como la gran losa de una sepultura de palabras, todo cerrado, todo misterioso, como si nunca lo hubiera abierto nadie. Y yo tampoco pude abrirlo, ni siquiera entreabrirlo, forcé un poco la cubierta para levantarla pero no se abría. Seguía cerrado. Entonces desistí.(…)

José Julio Perlado

(del libro ”Relámpagos”)( texto inédito’)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

( Imágenes— 1- ilustración de Max Liebert/ 2- cartel pelicula/ 3- Primera traducción en español hecha por Pedro Humbert en 1910)

VERANO 2022 ( 9) : A LA ORILLA DEL LAGO

A la fresca sombra de los bambúes,

dos monjes de la montaña, sentados,

se enfrascan en su juego de ajedrez.

Nadie los ve a través de la espesura.

Pero de vez en cuando se percibe

el ruido de una pieza que se mueve.

Bai Juyi (772- 846) — “Canto solitario en la montaña”

(Imágenes— 1-Thomas Eakins – 1876–museo metropolitano de Nueva Yor / 2- Aku Maki)

PERFUMES SILENCIOSOS E INVISIBLES

Estuvimos paseando los dos, Bruno Schil y yo, muchas mañanas por aquel largo sótano del Museo. El claustro estaba construido por Cesar Pelli, imitando, o al menos influido, por el que ya existía en el edificio Sabatini de Madrid, en el museo Reina Sofía, y se abría, como ocurría con el de Sabatini, a un patio de amplias galerías abovedadas sostenidas por pilastras de piedra y con vanos abiertos hacia el exterior que permitían regular la iluminación natural. Los bajos del museo iban mostrando todos aquellos espacios de ladrillo abovedados por donde caminábamos los dos, Schil y yo generalmente envueltos por el cercano aroma del Botánico que nos llegaba a mitad de mañana y escoltados también por las velas aromáticas que aquí y allá había distribuido oportunamente el arquitecto argentino. Para mí todo aquello siempre me parecía un gran espectáculo. ¿De qué hablábamos los dos ? De mil cosas. Schil vestía como siempre su limpio blusón amplio, a veces blanco y a veces color tierra, que me recordaba el de un sencillo campesino y con sus ojos pequeños e inquietos, muy movibles, y las guedejas lacias de sus escasos cabellos, con su mentón recortado y pequeño y su corta estatura, parecía, a quien no le conociera, un hombre en apariencia muy insignificante y quizá algo atrabilario en su vestimenta y en sus formas, pero, al menos para mí, un hombre de personalidad singular, casi asombrosa, que me atraía, y a veces hasta me desconcertaba, con su memoria y sus conocimientos.

Yo he llegado a imaginar en ocasiones, pensando en él, si no sería una especie de sabio infravalorado, no sé bien por qué pensaba en todo ello porque en realidad tampoco podría demostrarlo. ¿Sabía usted — me dijo en una de aquellas mañanas — que, igual que existe la Real Academia Española, existe también una importante Academia del Perfume? Yo — añadió —, como simple estudioso y mero apasionado del tema, estoy muy alejado de esa Academia y de sus honores, aunque reconozco el valor y la importancia que tiene una Institución como esa, con sus 23 Académicos que la forman, 16 de Número, 5 de Mérito y 2 de Honor. Cada uno de ellos, añadió, como ocurre con la Academia Española, tiene de alguna forma su sillón, esta vez solamente simbólico, unido a una nota olfativa que es la que define a su persona. Recuerdo que uno de esos académicos, el tangerino Carlos Benaïm, cuyo sillón va unido al poleo, afIrmó un día lo siguiente: “el perfume es una obra de arte silenciosa e invisible que evoca en el ser humano fantasías, recuerdos y emociones.” ¿Y sabe usted por qué dijo eso de ”silenciosa e invisible”? Porque en el curso de los siglos, el olfato —- y por tanto, el perfume — no ha sido suficientemente valorado. Aristóteles, por ejemplo, al hablar de los sentidos, pone siempre por delante la vista y el oído. Y es lógico, y no voy yo a corregir a Aristóteles. Pero el olfato es primordial. Ese académico del que le hablo evocaba, por ejemplo, que el aroma de la flor de naranja le infundía recuerdos de su infancia en Tánger, en su Marruecos natal, cuando caminaba entre arboledas de naranjos. Y también el rocío de agua de flores de naranja que llenaba el aire cuando la gente celebraba fiestas en las calles y saboreaban los pétalos de flores de naranja confitadas, y ese olor se quedó en él para siempre.

Todo el mundo, siguió diciendo Schil, tiene recuerdos unidos a ciertos olores, usted también los tiene. Surgirán de pronto o más tarde, eso depende de muchas cosas, de la espontaneidad y del esfuerzo. Pero no hay que poner demasiado esfuerzo para descubrir esas notas olfativas— que, como en la música, se llaman así, “notas”, (por eso también existe un paralelismo entre música y olfato) — y esas notas olfativas se agrupan en un acorde y varios acordes acaban componiendo una melodía: la melodía del perfume. Recuerdo también a otro académico de esa Institución, Emilio Valeros, cuyo sillón va unido a la lavanda, que insistía en que el perfume era la forma más tenaz del recuerdo y no puedo olvidar la tarde en que visité y paseé largamente por los campos de lavanda en Brihuega, en la Alcarria, cerca de Madrid, unos campos preciosos, llenos de fragancia y de colorido.

José Julio Perlado

(del libro ”La mirada”) (relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

(Imágenes — Botánico de Madrid)

VERANO 2022 (8) : HILOS Y AGUJA EN LA MANO

Hilos y aguja en la mano

de la cariñosa madre.

Túnica que pondrá al hijo

que se marchará de viaje.

Da puntadas muy rápidas:

teme que tarde en volver.

¿Podrá una pequeña hierba

pagar la benigna luz

del sol de la primavera?

Meng Jiao (751- 814)- “Canción del joven viajero”

(Imagen— Liu Weib— 2007– art china gallery hambourg- artnet)

VERANO 2022 (7) : CABALLOS TÅRTAROS

Célebres son los caballos de Dayuan.

Delgados, tienen los lomos

puntiagudos y destacados,

y las orejas afiladas,

semejantes a bambúes cortados.

Con los cascos ligeros como el viento,

son relámpagos.

Voladores y briosos,

te llevan a franquear

inauditas distancias en un solo día.

Puedes confiarles sin recelo tu vida.

Du Fu (712- 770)

(Imagen— Giovanni Boldini- 1980)

EL REGRESO

Intentó meter el calor al fondo de la lavadora pero no era fácil porque era un calor pegajoso por la humedad de las costas y las playas del sur y muy seco en cambio por las montañas del norte. Y cuando metió los caballos que siempre descendían al anochecer y empezaron a dar vueltas y vueltas los cuerpos, las cabezas y las crines entre los remolinos del agua vio que aquel calor persistía, estaba al fondo de la lavadora, no era el sol, tampoco una mancha de sol que se pudiera lavar, tampoco era fuego, no era rojizo, no era el mango del bombero que acude a sofocar la llama, no era el resplandor, tampoco la desnudez del campo devastado, tampoco el humo ni la respiración ni la humedad en la ropa interior del verano , ni siquiera los trajes de baño, porque todo aquello la lavadora lo solía limpiar cada año al volver de vacaciones, se echaban muy pocas tazas de jabón y enseguida la espuma se llevaba todo: pantalones, blusas y conversaciones, tazas que había recogido el camarero, las sombrillas, el sueño matinal, la cesta con los bocadillos, las cremas, las sandalias, toda la arena de las sandalias, el bastón para subir la montaña, las canciones, el vino, las guitarras. A veces había que poner tres o cuatro lavadoras al llegar porque estaba el salón lleno de trastos inservibles, las fotos que había que clasificar, los videos que era necesario editar, los ladridos del perro, las risas, los bostezos, las confidencias, las conversaciones. Todo se lo llevaba la espuma y lo iba retorciendo y dándole vueltas y vueltas dentro del agua y él se sentaba a veces delante de la lavadora para ver pasar trozos de recuerdos deshilachados en donde aparecían nostalgias y planes de verano que se habían deshecho enseguida pero que nunca daban tristeza porque se había pasado bien, asomaban amaneceres en caminos desconocidos, primeros amores, subidas a ermitas inciertas, veleros blancos cruzando el silencio y era emocionante ver retorcerse todo aquello y cómo iba quedando cada vez más blanco cuanto había ocurrido, más blanco, cada vez más blanco.

Entonces, al final, fue sacando toda aquella blancura y la extendió sobre las mesas. Pero el calor persistía, él lo veía al fondo de la lavadora, se resistía a salir. Al fin consiguió sacarlo como pudo. Era un calor intenso, como un tapiz. Tomó unas pinzas, salió al patio interior, y colgó el calor con enorme cuidado sujeto con aquellas pinzas, y el calor se extendió todo a lo largo del patio interior hasta el suelo, hasta los bajos del suelo, y lo hizo como siempre, ardiente e invisible.

José Julio Perlado

(Imagen – wikipedia)

VERANO 2022 (6) : El RÍO Y LA LUNA

Con las crecidas primaverales,

se integra el río en el océano.

De las olas emerge

una luna brillante.

Sus rayos acompañan

el agua agitada

hasta el confín del mundo.

¿Qué río en primavera

no goza de la luna?

Zhang Ruoxu (660-720) ”El río primaveral, en una noche de luna y flores”

(Imagen —Lisa Falzon)

VERANO 2022 (5) : SALIDA MATINAL

Digo adiós a Baidi entre nubes multicolores del alba

y hoy mismo llegaré a mi hogar recorriendo mil leguas.

Con el incesante aullar de los monos en ambas riberas,

se desliza, entre un bosque de montañas, mi barca.

Li Bai— (701- 762)— “Salida matinal de la ciudad Baidi”

(Imagen- National Geographic)

EL REY VIEJO


La siguiente sala en la que entré, nada más abandonar el claustro o patio, estaba dedicada a un pintor y artesanal realizador de vidrieras, un francés del siglo XX llamado Georges Rouault — así nos lo fue explicando el guía a las pocas personas que allí estábamos — y lo primero que me llamó la atención al ver el cuadro solitario en el centro de la pared fue la impresionante figura de un rostro. Era el retrato de medio cuerpo de un viejo rey visto de perfil que llevaba una flor en las manos. Fue pintado durante un periodo de veinte años, desde 1916 a 1938, según me enteré. Sus fragmentos expansivos de color brillante se combinan aquí —- comentó el guía— con la grave dignidad de la piedad medieval y con el resplandor de luz que le envuelve. Pero la pregunta principal que se hizo el guía, y que también me hice yo, fue la siguiente: ¿para quién van destinadas esas flores? ¿Cómo en su vejez, este rey, marcadas las heridas de su vida en los surcos profundos de sus mejillas, aparece con un impulso y una decisión de ternura insospechadas? ¿ Qué quiere hacerse perdonar? ¿ Qué quiere conquistar de su pueblo con el ofrecimiento de esas flores? Mi mirada no se alejaba de esas flores. ”Tengo los ojos enfermos —- confesaba el artista y así nos lo iba relatando el guía — a fuerza de vigilias y de intentar hacer una elección para seleccionar aquellas obras que quiero destruir antes de morir”. Esto lo decía Rouault en 1948. Moriría diez años después, en 1958, a los 87 años. Pero siempre tuvo Rouault una escondida inclinación por desembarazarse de lo inacabado, de lo que al fin él creía que no podría nunca terminar por culpa de su cansancio o de su edad. Se conserva una fotografía de Rouault en 1948 destruyendo 315 telas suyas retenidas y restituidas por los herederos del marchante Ambroise Vollard porque las juzgaba imperfectas. Y sin embargo dejó tras sí una larga producción muy enriquecedora y variada. Rostros, paisajes, payasos, motivos religiosos, ilustraciones de libros, aportaciones a vestuarios y a decorados como en el caso de los ballets rusos de Diaghilev… ¿En qué trabajó entonces y cuál fue su vida desde 1916 a 1938 mientras este rey viejo permanecía con sus manos sosteniendo las flores? En muchas cosas. Principalmente, en 1917 , pintando su ”Miserere” que le ocuparía hasta 1926. Modificando durante años su pintura y renovando su paleta.

“He visto claramente que el payaso soy yo, somos nosotros…casi todos nosotros …— nos explicó el guía evocando confesiones del artista— .Este disfraz rico y bordado con lentejuelas nos lo da la vida, todos somos payasos, más o menos, todos llevamos “ un traje reluciente”, pero, si se nos sorprende como yo he sorprendido al viejo payaso, ¡ oh ! , entonces, ¿quién se atreverá a decir que no está conmovido hasta el fondo de sus entrañas por una inconmensurable piedad? Tengo el defecto “ de no dejar vestir a nadie su traje bordado y reluciente”, porque, sea rey o emperador, el hombre que tengo ante mí, lo que yo quiero ver es su alma… Y cuanto mayor es y más se le glorifica humanamente, más temo por su alma…”

Y el guía ya no nos dijo nada más y nos dejó contemplando pausadamente al Viejo Rey enigmático en la sala.

José Julio Perlado

( del libro ”La mirada” ) (relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADO

(Imágenes— Rouault: 1- el Rey Viejo/ 2 y 3- payasos)