CIUDAD EN EL ESPEJO (1)

 

Novela

 

JJ Perlado

 

“El psiquiatra oyó su despertador a las seis en punto de la mañana, cuando el enfermo aún estaba dormido. El sueño del enfermo vagaba en nubes superficiales, no podía conocer al psiquiatra, hasta esa tarde a las cinco y media no lo conocería, no pudo ver cómo iba el psiquiatra hasta el cuarto de baño, de qué modo inclinó su cabeza en el lavabo y empezó a remojar su rostro con agua fría, luego se enderezó, y comenzó a extender suavemente por las mejillas la crema de jabón, la luz blanca de neón le dio en la cara, la mano derecha tomó la cuchilla de afeitar, cosas que el paciente no sabría nunca, ambos no se conocían, los dos cerebros y los dos hombres no se distinguían en la distancia a pesar de vivir el mismo período de historia, habitar en la misma ciudad, Madrid a finales del siglo XX, el psiquiatra Doctor Don Pedro Martínez Valdés, el paciente Ricardo Almeida dormido en su cama, médico y enfermo, uno en cada punta de la capital, el doctor Valdés pasó su cuchilla primero sobre la mejilla izquierda y bajo la patilla, el sueño de Ricardo Almeida entró por campos de caballos blancos que trotaban en la playa de su niñez, el doctor Martínez Valdés elevó el mentón para rasurar la barbilla, los ojos semicerrados siguieron la inercia del movimiento, los caballos blancos de la infancia de Ricardo Almeida galoparon desnudos junto al mar, chapoteo de pezuñas en la espuma, el sueño que no se puede contar, la cuchilla que sube despacio por la mejilla del doctor, el caballo fantasma que brilla en el horizonte, cómo narrar todo esto, es imposible, o acaso es que es posible explicar bien lo que se ha soñado, no, no lo es. Usted, le preguntará esa tarde el psiquiatra al enfermo, sabrá tal vez dónde ocurría su sueño, podría quizá narrármelo, relájese un poco, póngase más cómodo; ese sueño del que usted me habla, esa playa con los caballos blancos, pertenece acaso a un paisaje determinado, o sufrió usted allí algún choque importante, algo sucedió en su vida, porque algo le tuvo que pasar en esa playa para que usted la recuerde tantas veces, podría hacer un esfuerzo, quizá adelantemos algo. No, no puedo, le dirá en su momento el enfermo, ni él mismo sabe que está enfermo y por qué lo está, ha ido a tientas, de la mano, le ha llevado un celador, Vicente, un hombre fornido, de blusón verde, una figura alta, de pelo rizado y con bigote, que le ha dicho, Pasa, siéntate ahí, el doctor Valdés quiere verte, y no ha dicho más, los caballos blancos en el sueño de la playa se introducen en el agua, parecen ahogarse, se ahogan, cada caballo se va sumergiendo, las patas, el vientre, la grupa, y sólo las crines quedan flotando como algas, muévense mansamente las crines, olas van y vienen como flecos salados, algunos pececillos se amontonan, arena muerta, nada, el mar está salpicado de crines de caballos ahogados y un viento levanta el oscurecer de la tarde, la llanura desierta, el peñasco violáceo con su castillo en ruinas, ermita que fue en otro tiempo, Ricardo Almeida da una vuelta en su cama, Las posturas, doctor, le dirá esa tarde, apenas las noto, Acaso se despierta usted sobresaltado, le preguntará el médico. Pocas veces, dirá Ricardo, es una sensación extraña, como si surgiera de otro mundo. Qué mundo, insistirá el médico.

Pero no adelantemos acontecimientos. Estamos el mismo día en que médico y enfermo se van a conocer, se encontrarán esa tarde, la locura y la cordura aún no se han acercado, acaso hay algo de locura en este doctor en Medicina, psiquiatra madrileño, nacido en la capital de España en 1940, antiguo profesor de psiquiatría en Barcelona, que fue profesor de psicología médica en Madrid desde 1980 a 1985, académico de la Real Academia de Medicina, pensionado en Austria, Alemania, Francia e Italia, especialista en neurología y patología psicosomática, con consulta privada lunes, miércoles y viernes en la calle de Jorge Juan, y con consulta martes y jueves, mañana y tarde, en una clínica de la calle Menéndez y Pelayo, aunque nada de eso aflora en su semblante mientras se seca con la toalla las mejillas, conforme contempla las primeras canas en sus cejas, cincuenta y cuatro años no son años en una existencia, la existencia pende de un hilo, no se sabe nunca cuándo se quebrará, hay sin embargo un poderío aparente en este hombre, Pedro Martínez Valdés, cuando se mira recién afeitado ante el espejo, es un cuerpo hercúleo, alto, proporcionado, aunque sin las gafas de concha tiene una expresión irreal, casi fantasmal, él a sí no se reconoce bien, es éste casi el único momento en que se quita las gafas excepto cuando duerme junto a Begoña Azcárate de Miguel, la mujer que conoció hace veinticinco años en un viaje a París, los seis meses que estuvo trabajando allí, estudiando con una beca sin saber en qué especializarse, aquella española, estudiante de enfermería, becaria también y con la que paseó y se enamoró y luego se casaría en Madrid, y que ahora duerme con la sábana cubriéndole la cabeza, abandonada al sopor y a unos sueños que él no sabría desvelar.

En la otra punta de la ciudad, lejos del chalé de Puerta de Hierro donde vive el doctor Martínez Valdés, atravesando ahora, a las seis y veinte de la mañana, las avenidas olorosas de principios de mayo entre las casas residenciales que ascienden silenciosas hacia la Ciudad Universitaria, salta la espuma de un riego manso y suave que gira como peonza sobre los jardines privados, el día no parece aún formar tumulto, es martes ocho de mayo y muchos martes, como todos los lunes del mundo, quisieran suprimirse; a veces, a Ricardo Almeida García, que duerme aún, se le ha ocurrido esta idea que a tantos otros les ha pasado por la cabeza, entonces los miércoles pasarían a ser martes y los martes a lunes y los amaneceres de estos martes serían tan tediosos y apartarían a las gentes como los albores de los lunes en los que se hace tan ingrato trabajar. Pero cuantas más vacaciones tengo, doctor, le dirá en su momento Ricardo Almeida al psiquiatra, mayor pereza noto en mí, un arrastrarme por la vida, una lentitud ahogada, una negación para vivir. Y esto le ocurre todos los meses del año, le preguntará Martínez Valdés, usted procure contarme lo que hace exactamente en la vida. Con la mirada fija en el enfermo y los ojos atravesando el cristal de sus gafas de concha, la mente del doctor Valdés nada dice y parece muda: sin embargo conoce bien el ritmo subterráneo de las estaciones y cómo las depresiones vienen o van en primaveras y otoños de modo aún más intenso, flujos y reflujos del carácter, de las sensaciones y emociones, el pulso inaprensible de la vida.

Pero ahora va despacio, por entre las casas de Puerta de Hierro, el primer tono de luz, un mayo gozoso en las primerísimas horas de la mañana y avanzan lentamente por la gravilla las ruedas del primer coche que llega con tiempo, recién lavado y brillante, el Mercedes gris conducido por el chofer de Don Luis Trías, el banquero que a las siete menos cuarto en punto saldrá de la urbanización seguido de sus escoltas hacia su alto edificio de la Castellana. No hay un gran movimiento de automóviles, los jardineros con su mono azul y sentados ante sus máquinas diminutas cortan cuidadosamente los brotes del cesped, igualan las puntas de las hojas y vigilan los colores de las flores, esos setos que se abren a una primavera casi millonaria. Madrid ha recibido la luz de mayo como una gracia que cayera del cielo y a esta hora, Juan Luna Cortés, amigo de Ricardo Almeida, camina desde Atocha hasta el Prado porque a las siete debe ir encendiendo las luces de los despachos del Museo, él se encarga de vigilar especialmente las salas de Velázquez y del Greco en la planta principal, fue portero y aún lo es en verano, haciendo suplencias en una casa de Cea Bermúdez, es hombre ya mayor, cerca de la jubilación, Quizás, le dirá Ricardo Almeida al médico, mi amigo Luna coja la jubilación anticipada, tiene a la mujer muy enferma. Pero tiene eso algo que ver con su vida, le dirá muy suavemente, muy delicadamente el doctor Valdés, se extraña y no se extraña, a los pacientes siempre hay que dejarles hablar, en la consulta no hay más que empujar ciertas palabras, es lo mismo que en la convivencia, a veces, con inteligencia y sutileza, si una palabra se deja resbalar en la conversación y a ella se añade un signo de asentimiento o una leve afirmación muda, por ejemplo un apoyo con la mirada, el otro se siente animado a continuar y el vagón de las palabras comienza a funcionar, arrastra tras de sí un convoy de pensamientos, vocablos-llave, signos y significados en el vientre de las frases que van abriendo un cauce y desvelando sentidos. Un psiquiatra debe saber escuchar, Pedro Martínez Valdés cuando compuso igual que se compone un cuadro ese despacho suyo en el sanatorio de Menéndez y Pelayo no pensó tanto en el tamaño de la habitación como en que la luz de la doble ventana acristalada para mitigar los ruidos cayera sobre su espalda y él quedara en penumbra, el doctor Valdés recostado en el respaldo de su sillón y el paciente ante él, sentado en una silla que nunca ha sido cómoda para que el visitante ni se adormile ni se apoltrone, esconde su reloj de arena entre los libros, un diminuto reloj de fina arena que deja desgranar sus copos de modo casi imperceptible durante un tiempo máximo que jamás supera los tres cuartos de hora.”

(Continuará)

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