CERVEZAS Y PALABRAS

 

La antología que publica Visor, “La cerveza, los bares, la poesía”, nos lleva a muchas vivencias y lecturas entremezcladas.  Sesenta  mil pubs tiene Gran Bretaña y sirven cada día catorce millones de pintas, dando la razón, según recuerda Ignacio Peyró en su libro sobre Inglaterra, a la frase de Samuel Pepys señalando que esos establecimientos son “el corazón de Inglaterra”  y a los carteles de innumerables pubs indicando que “ no hay nada que el hombre haya inventado todavía que le dé tanta felicidad como una buena taberna”.  Prosigue Peyró evocando cómo “Orwell dijo que nunca había visto un pub que cumpliera con todos los requisitos de su imaginación. Más tarde, en los años sesenta, denunció un bebedor de tanto hígado como Kingsley Amis el hecho de que el pub rápidamente “ se volviera inhabitable”. Los emporios cerveceros desplazaron a los pequeños elaboradores y comenzaron las quejas: “la cerveza ya no es cerveza”, porque está diseñada “para que sepa a lo mismo en todas partes”.

El francés Jean-Francois Revel cuenta en “Un festín en palabras” — su  historia literaria de la sensibilidad gastronómica —-que los mismos egipcios eran grandes bebedores de cerveza y sus esculturas nos muestran escenas de vendimia y vinificación. El hombre, recuerda Revel, ha utilizado todo tipo de frutas, bayas y jugos fermentados para la confección de bebidas alcohólicas. Peras silvestres, manzanas, frambuesas, moras, fresas igualmente silvestres, uvas de viñas silvestres han sido aplastadas y dejadas el tiempo necesario para su fermentación. Apicio, añade, ya se hace eco de un vino de dátiles, higos o granadas.

Brillat-Savarin a su vez, en su “Fisiología del gusto” , recuerda que se ha bebido y cantado el vino durante muchas centurias, antes de sospechar que fuera posible extraer de él la parte espirituosa que constituye su fuerza; pero cuando los árabes nos enseñaron el arte de la destilación , que habían inventado para extraer el perfume de las flores, especialmente el de la rosa, tan celebrada en sus escritos, se empezó a creer que era posible descubrir en el vino la causa de la exaltación de sabor que da al gusto una excitación tan particular.

Y es en esa satisfacción que tantas veces produce el vino y la cerveza donde se alzan las palabras.

 

 

(Imágenes—1-naturaleza muerta con vaso de cerveza y panecillos/ 2- Francisco Ayala en el café Gijón -1930)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS”: MEMORIAS (45): LOS MENDIGOS FINGIDOS

 

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

 

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MEMORIAS  (45):   Los mendigos fingidos

 

 

Al salir de El Comercial, creo que ya serían las cuatro o cuatro y cuarto de la tarde, no lo recuerdo con exactitud, giré hacia la izquierda, disfruté una vez más del magnifico color de Madrid reflejado a aquella hora en las hojas de los árboles y en los brillantes espejos de los comercios, y comencé a andar despacio y sin rumbo fijo, tal como solía hacerlo algunos sábados por la mañana muchas veces acompañado de mi mujer, pero esta vez caminando solo y sumido en varios pensamientos por aquella larga calle de Fuencarral de tanta historia. Porque lo que estaba haciendo ahora casi sin darme cuenta era de algún modo recorrer aquella calle al revés, es decir, no comenzando por sus inicios, puesto que ellos quedaban ya señalados en la Gran Vía, sino empezar mi paseo casi por su final, final que estaba muy cercano a la glorieta de Quevedo, ya que la calle de Fuencarral, según viejos documentos que alguna vez me habían servido de informacion y también de entretenimiento, se alargaba en tiempos hasta el pueblo cercano de Fuencarral, allí donde habitaban los monteros de los Reyes de Castilla, y precisamente del nombre de aquel pueblo había tomado su nombre esta calle. Aparecían, pues, los antecedentes de la calle de Fuencarral en la Historia muy perdidos en la lejanía como un paisaje poblado de encinas y repleto de caza mayor, espacio abierto a gamos y jabalíes, muchos años antes de que fueran tallados aquellos bosques y muchos años antes también de que en tiempos de Felipe ll se cortaran los montes y ya en época de Felipe lll el amplio camino rural y vecinal se transformara, casi de modo espontáneo, en primitiva calle. Por cierto que caminando por aquel inicio de proyecto de calle y en dirección a Madrid había entrado en 1612, todo un cortejo: nada menos que el embajador de Francia, Conde de Umena, precedido, según contaban las crónicas, de 136 acémilas, 50 con fardos de mercancías francesas, y las restantes, con los aderezos de cocina y casa, yendo detrás la recámara del conde, luego los oficiales, mayordomos y criados de dos en dos, y al final, los gentileshombres, 30 pajes y los caballeros que traía consigo. Toda una procesión para Fuencarral.

Comencé a andar sin ninguna prisa por la acera de la izquierda de la calle, pasé despacio por delante de una farmacia abierta día y noche y que yo conocía muy bien puesto que entraba en el camino habitual de mis paseos por el barrio, dejé a mi izquierda la calle de Apodaca y luego la de Barceló, como también los jardines que se prolongaban hasta el vecino y nuevo mercado, y en determinado momento, unos pasos más adelante, quise detenerme ante la imponente fachada del Museo de Historia de Madrid, antiguo Hospicio de San Fernando. El sol a esa hora de la tarde estaba cayendo sobre las molduras, los escudos, los paños plegados, los jarrones y las flores de la exuberante puerta que yo ahora contemplaba: la obra de Pedro de Ribera enormemente barroca, para unos admirable y por otros muy criticada. Siempre había pasado deprisa ante aquel edificio y hasta entonces nunca había dedicado tiempo a observar con atención las conchas, las volutas y pilastras, los arcos y las colgaduras de aquella fachada, y por tanto aproveché ese momento para sentarme en un banco delante de la portada y allí me quedé mirando durante un largo rato los grandes ventanales enrejados, guarnecidos con profusión enorme, así como los torreones que escoltaban la hornacina con la imagen central de San Fernando. Aquello había sido, mucho antes que Museo, así lo recordaba yo por lecturas, Hospicio importante y espacioso, llamado de los Pobres del Ave María, fundado por doña Mariana de Austria en 1668, situado primero en la calle de Santa Isabel y trasladado unos años después, en 1674, a la calle de Fuencarral, y por allí habían pasado en sus inicios casi cuatrocientos pobres a los que muchos de ellos solían llevar vestidos con un paño pardo, destacando en el pecho una lámina de bronce con la cruz trinitaria triangulada y una inscripción que decía “Ave María” y presentando al lado derecho las armas reales y al izquierdo las armas de Madrid. Muchos de esos pobres quedaban asignados para desempeñar ocupaciones diversas, tales como fabricación de linos y paños, puntos y tejidos de lana, bordados e hilados, tapicería, carpintería, calderería o sastrería, y un siglo después esos pobres y mendigos alcanzaban la cifra de ochocientos y ya en el reinado de Carlos lll sumaban más de dos mil. Pensé entonces, sentado en aquel banco ante la fachada del antiguo Hospicio, en toda la muchedumbre de mendigos, unos auténticos y muchos de ellos falsos, que seguían invadiendo ahora la vida de Madrid en el siglo XXl con motivo de algunas migraciones provenientes del centro de Europa y por otras muchas causas, y que igualmente habían existido en muchas ciudades españolas a lo largo de siglos, como así lo relataban no sólo historiadores sino importantes autores de la picaresca. Y recordé igualmente cómo una tarde de hacía años, trabajando en uno de los pupitres de la Biblioteca Nacional, seguramente en la Sala General que era donde yo entonces escribía, me topé casi por casualidad con un curioso Discurso de un médico y capitán de galeras, cuyo nombre ahora no lograba recordar con precisión, en el que defendía ya en el siglo XVl el amparo de los legítimos mendigos y también la reducción de los fingidos. Porque los fingidos siempre habían existido en España. Cervantes en una de sus novelas cortas describía por ejemplo cómo los falsos mendigos conocían oraciones dedicadas a todos los santos que podían recitar si se les pagaba por adelantado y Mateo Alemán en su “Guzmán de Alfarache” contaba tretas, gestos y voces adecuados que presentaban según los sitios y las horas, e incluso se atrevía a distinguir las diversas naciones según la manera de pedir que las gentes tenían: los mendigos alemanes, decía, cantando en tropa, los franceses rezando, los flamencos reverenciando, los gitanos importunando, los portugueses llorando, los toscanos con arengas y los castellanos respondones.

José Julio  Perlado

“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

 

(Conrinuará)

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VIAJES POR ESPAÑA (24) : LOS VIAJES DE LOS REYES


“Los reyes, en el siglo XV, se trasladaban de unos lugares a otros del reino para gobernar y hasta para consumir. Viajaban según lo exigía la necesidad. Sus cortes eran itinerantes. Esa tradición continuaba viva a comienzos del siglo XVl —así lo recordaba el historiador Gonzalo Anes—. Y quizá  por esa itinerancia, por ese carácter ambulante de la corte, no había verdaderos palacios reales, en el sentido que suele darse a la palabra “palacio” en los siglos XVl y XVll. El Alcázar de Segovia era una fortaleza. El Real Alcázar de Madrid también nació como una fortaleza y, a pesar de las reformas, nunca perdió el aspecto de fortaleza con que fue edificado, de fortaleza acondicionada para residencia del rey. El Alcázar de Toledo también era una fortaleza. San Lorenzo de El Escorial era y es un monasterio. Ya en el siglo XVll, se edificó el Palacio del Buen Retiro. Don  Emilio García Gómez lo calificó de palacio “hongo”, por haber surgido casi de repente, en el “humus” de la corte, cuando se fijó definitivamente en Madrid.

 

 

Esas residencias reales eran tan  pobres en su exterior como magníficas por dentro, gracias a su decoración. También lo eran los castillos o las casas que ocupaban el monarca y la corte en sus viajes. Caserones inhóspitos, que parecían inhabitables, se transformaban de repente en una magnífica residencia. En seguida, cuando iba a llegar la corte, se colgaban tapices, se extendían alfombras, se colocaban cuadros y se amueblaban con magníficas arcas, con escabeles y con bargueños. Todo era transportado en furgones que precedían a la corte en sus desplazamientos. Así, un castillo de paredes desnudas e inhóspitas podía convertirse en un espléndido palacio gracias a ese maravilloso decorado. Ocurría lo mismo con un pobre caserón si tenía que habitarlo el rey cuando viajaba.  Por ello, las residencias reales en los siglo XVl  y XVll venían a ser como la tienda del beduino. Es una idea que no está desarrollada pero que quizá tenga interés en estudiar por —tal vez— la vigencia de hábitos heredados del Islam. El hecho es que esa tendencia a decorar contribuyó sin duda a que se afirmase en los reyes el afán coleccionista.”

 

 

(Imágenes—1-Toledo- El Greco/ 2-el Retiro – Giuseppe Leonardo/ 3- el Retiro)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (44): CALLE DE FUENCARRAL Y “EL CAFÉ COMERCIAL”

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS :  (44) : Calle de Fuencarral y el  “Café Comercial”

 

 

 

30 junio

 

No sé por qué me fui dando cuenta una de esas tardes en las que no vino a verme la periodista que de algún modo debía de ir clausurando aquellas entrevistas que nos habían ocupado a los dos durante varios meses, y lo sentía, porque a su manera aquella joven profesional, tan atenta y precisa en sus preguntas, me había ayudado a recobrar personajes y a revivir situaciones, pero pensé que en líneas generales ya estaba todo dicho, o al menos casi todo de lo que yo en el fondo quería decir, y muchos aspectos de mi vida no había por qué forzarlos más. Así que aproveché una de aquellas tardes, creo que fue la tarde del 21 de junio – era el primer día de verano y era primera hora, una tarde hermosa, llena de los colores de Madrid – y me envolví en mis recuerdos como suelo hacer algunas veces, y salimos los dos, mis recuerdos y yo, del portal de mi casa en la calle Jerónimo de la Quintana hacia las tres o tres y media para doblar a la izquierda y entrar enseguida en la calle de Fuencarral camino de la glorieta de Bilbao. Allí muy pronto mis recuerdos me detuvieron. Me encontraba frente por frente a la fachada del Café Comercial, exactamente en la esquina donde comenzaba la calle de Carranza, y podía ver al otro lado de la glorieta dibujada en forma de estrella los toldos y los amplios ventanales del Café, uno de los célebres lugares de tertulias literarias madrileñas en épocas pasadas, ahora remozado al haber cambiado de dueño, pero que había perdido bastante el encanto de tiempos anteriores, cuando presumía por ejemplo de sus divanes de peluche, sus grandes espejos, su escalera de caracol o las partidas de ajedrez junto al ventanal. De pie en la sombra de uno de los portales del gran edificio de Seguros Ocaso situado frente al Café, allí estuve bastante tiempo dudando si cruzar o no hasta el Comercial y recuerdo que allí precisamente, como así me había sucedido en otras ocasiones puesto que el lugar siempre me atraía, estuve evocando casi sin querer lecturas de otros tiempos en torno a aquel punto concreto, sobre todo la referencia que el historiador León Pinelo en sus “Anales de Madrid” contaba sobre lo ocurrido en ese sitio el día de San Lorenzo de 1640, a las diez de la mañana, cuando al volar por los aires la casa de la pólvora de la entonces Corte toda la gigantesca explosión afectó a los llamados pozos de la nieve, situados no muy lejos de la esquina donde yo en esos momentos me encontraba. Unos años después, en el famoso “Plano de Texeira” de 1656, aparecían perfectamente señalados aquellos pozos de la nieve que siempre me habían intrigado, unos pozos surgidos del monopolio que el catalán Pablo Xarquíes había conseguido para la distribución de la nieve en Madrid, y gracias a los cuales el Rey y los ciudadanos podían abastecerse. Aquel célebre Plano de Texeira yo lo conocía a través de distintas reproducciones y en muchas ocasiones me había inclinado sobre él y sobre sus veinte hojas y, con ayuda de una lupa, había descubierto y agrandado el dibujo de huertas, caminos, fuentes, calles y jardines, además, naturalmente, de los que señalaban los agrupados edificios de aquel Madrid del siglo XVll que entonces medía tres kilómetros de norte a sur y dos de este a oeste, sin contar el Retiro. Había momentos, lo recordaba perfectamente, en que habiéndome tropezado en el plano con dos hojas casi pegadas, los contornos aparecían difuminados y poco nítidos en razón de la poca calidad del dibujo, pero en general el plano podía contemplarse bien y era un auténtico placer poder viajar y perderse de forma única por aquel Madrid de otro tiempo que siempre me había interesado. Es así como había descubierto en el plano, entre otras cosas, aquellos pozos de la nieve que, según informaciones y lecturas posteriores, se utilizaban para la conservación de alimentos y medicinas, así como para enfriar bebidas, costumbre mantenida en la Edad Media gracias a las comunidades árabe y judía. La nieve, pues, la traían los neveros desde la sierra del Guadarrama, y los edificios para conservarla solían ser alargados con tejados a dos aguas, una puerta y una ventana, y en su interior se encontraban los pozos separados y aislados por tabiques, sin ventilación ni comunicación para que se mantuviera el frío. Estuve allí aún un largo rato, en la esquina de Carranza con la glorieta de Bilbao, pensando en aquellos sorprendentes pozos de la nieve de hacía varios siglos, y una vez más, como le había hecho ver en varias ocasiones a la periodista y yo también me lo había dicho a mí mismo, el Madrid antiquísimo se había ido superponiendo igual que si fuera una capa misteriosa sobre el Madrid actual, o quizás al revés, no lo sabría decir, pero lo cierto era que el pasado de la ciudad volvía de nuevo a mi memoria como me había ocurrido tantas veces y como también, por ejemplo, había querido cubrir en su momento el pasado de Roma sobre la Roma presente, al recordar aquellas conversaciones de hacía años con Jean D’ Hospital, mostrándome los tiempos antiguos del Foro, con sus enormes bueyes bamboleantes caminando entre las ruinas famosas. Pero no quise seguir demasiado con aquellos pensamientos que tampoco sabía si me llevaban a alguna parte y al fin me decidí a cruzar la calle y entrar a tomar un café en El Comercial. Nada más empujar las grandes puertas giratorias de la entrada descubrí a la izquierda, tras el mostrador, los dos grandes salones ahora remozados y decorados de un modo distinto al que yo estaba acostumbrado, con una sucesión de columnas, espejos y lámparas iluminando algunos manteles blancos que sin duda invitaban a largas sobremesas, y en torno a ellos una serie de pequeñas reuniones muy variadas que de algún modo podían calificarse de espontáneas tertulias. Recordé, mientras preparaban mi café en el mostrador y contemplaba al fondo aquellos salones en la primera luz de la tarde del reciente verano y observaba intrigado unas piezas de fruta artificial colocadas junto a los ventanales, las célebres tertulias, muchas veces nocturnas, celebradas en El Comercial durante años y a las que habían acudido dibujantes, cineastas, periodistas, novelistas y poetas. Muchos de ellos venían en cierto modo voluntariamente expulsados del Café Gijón, y alguno incluso proveniente del Europeo, el café que habían frecuentado muchos años antes los hermanos Machado, o el de de Platerías, todos de épocas más antiguas, y enseguida me vino a la memoria la figura de Ignacio Aldecoa, un asiduo del Comercial, un gran cuentista de trazo realista y estilo muy trabajado y pulido, con quien yo había charlado en 1966, tres años antes de su muerte. Recordaba cómo en su domicilio madrileño, Aldecoa, mientras deambulaba por aquel cuarto de trabajo su amable e inteligente mujer, Josefina, también novelista, me había confesado que el estilo, para él, era un anhelo o deseo de precisión por medio del vocabulario y de cómo el idioma no era sólo un principio estético, sino un instrumento y un vehículo (y en eso sí me había insistido varias veces) de alta precisión. Aquella precisión, me dije ahora mientras seguía en el mostrador del Comercial tomando mi café, intentaba fijarse sobre la palabra escrita, pero en cambio la palabra hablada, aquella de Aldecoa y también la repartida por todos los demás contertulios en cualquier café del mundo, se expandía y se perdía lógicamente por los aires, era una palabra gaseosa y viajera, trenzada frecuentemente de ocurrencias y observaciones, en ocasiones algo ayudada por el vino y el humor, y pensé casi inmediatamente en muchos cafés célebres de distintas ciudades y en el universo casi infinito de palabras que habían ido girando en torno a sus mesas y a sus tazas pero también pensé en sus silencios, y no sé por qué, en ese preciso momento, quizá por una extraña asociación de ideas ante el decorado que estaba contemplando al fondo, me acordé de los silencios que yo había sentido, asumiéndolos casi de un modo sagrado, en el famoso Caffé Grecco de Roma, una mañana de 1965, sentado en uno de aquellos rincones profundos del local, exquisitamente preparados gracias a la infinidad de cuadros de todos los tamaños, verdaderas obras de arte en cuanto a paisajes y retratos, muchos de ellos acompañados de históricas dedicatorias que cubrían casi absolutamente todas las paredes del café romano, gracias también a sus pequeños y redondos veladores y a sus sillas y diminutos divanes tapizados en elegante color rojo, y desde los que uno podía imaginar que escuchaba y así al menos lo hice yo aquella mañana cerrando los ojos, las palabras y los silencios de Gógol y de D’ Annunzio, de Listz y de Berlioz, de Goethe, de Mendelsson, de Byron y de tantos otros que a lo largo de los siglos habían pasado por aquel rincón. Allí, las palabras en el Caffe Grecco de via Condotti, abierto desde 1760, es decir, el más antiguo de Roma y el segundo más antiguo de Italia, superado sólo por el Caffé Florian de Venecia inaugurado cuarenta años antes, eran una muestra del poderoso ejercicio de reflexiones e interrupciones, de debates, opiniones y hallazgos que podía guardar cualquier café importante. Como también pensé en los silencios de otro café italiano, éste ya en el norte del país, en una ciudad fronteriza, celebrado y resucitado por Claudio Magris en su “Microcosmos”, el Caffé San Marcos de Trieste, al que habían acudido, entre otros, Joyce e Ítalo Svevo, y en la decoración de unas máscaras situadas en la altura de sus paredes, concebidas muy posiblemente por el pintor vagabundo Timmel, que brillaban encima de las numerosas mesas de ajedrez, asomándose sobre fruteros y botellas de champán y uniéndose a los dibujos relucientes de lámparas y medusas. En mi caso, a pesar de que en muy contadas ocasiones me había animado a participar en tertulias literarias, sin embargo siempre me había sentido intrigado ante el poderío que podía llegar a tener la palabra en aquellos locales cerrados y frecuentemente envueltos en humo en los que se hablaba y hablaba interminablemente, y tampoco me era difícil recordar cómo un día Valle-Inclán, tan aficionado siempre a todo tipo de cafés, había declarado con su peculiar acento y en un arrebato muy razonado, que el madrileño Café de Levante, situado en la calle del Arenal, con su abigarrado mundo de músicos, pintores, escultores, dibujantes, poetas y grabadores, había tenido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo, según él decía, que dos o tres Universidades y Academias.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

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VIEJO MADRID (93) : PLA Y LA CALLE DEL ARENAL

 

“La calle más bonita, más elegante, más ciudadana, de Madrid — dice Pla en su “Dietario de 1921” — sigue siendo la del Arenal. Es la que va de la Puerta del Sol al Teatro Real, o sea, a la Plaza de Isabel ll. La calle tiene una cornisa perfecta — no puede haber calle sin cornisa — y hace una revuelta de lo más gracioso.

En época de nuestros abuelos la calle del Arenal era la más animada de Madrid. Su sabor isabelino le conserva un perfume de chocolate a la  francesa,, y por poca imaginación que tengáis os da la sensación de que os vais a tropezar en ella con Mérimée y Eugenia de Montijo. Después, don Juan  de Valera seguramente amó esta calle clara y normal. El estilo de la iglesia de San Ginés me recuerda la naturalidad burguesa del estilo de Valera. Los pisos de la calle os transportan  al clasicismo amable del escritor y os hacen evocar sus ninfas españolas de largas camisas de dormir e inacabable cabellera deshecha.

 

A la izquierda, en dirección al Teatro Real, está el pasadizo de San Ginés, que lleva al Teatro Eslava. Después, más abajo, a mano derecha hay una tienda llamada La Poupée. La calle termina en la costanilla de los Ángeles. Todos estos nombres son típicos del Madrid de Galdós, ya que no del de don Juan de Valera — por un matiz más fino de cursilería mesocrática—.”

 

(Imágenes—1-calle del Arenal – secretos de Madrid/ 2 y 3 – calle del Arenal- foto jjp)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (43) : LA BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (43) : La biblioteca del pensamiento

 

 

 

Hemos entrado, la periodista y yo, en este otro despacho que tengo, en el despacho del ensayo. Es más pequeño. Es otro mundo. Otro mundo distinto. Se advierte hasta en las estanterías, en cómo están colocados los libros; la periodista me lo ha hecho notar enseguida. Aquí apenas hay fotografías ni papeles recortados.

—¿También éste lo usa como “farmacia”…? – me ha preguntado al entrar, no sin cierto humor.

—No. Este despacho es otra cosa. Es un despacho de consulta. De consulta asidua. Aquí están, por ejemplo, mis amigos, los que me han ido formando y los que me siguen formando.

—¿Por ejemplo?

—Pues por ejemplo Montaigne, Pascal, Kenneth Clark, Steiner, Pietro Citati, ciertos libros de Ortega…

—Muchos no los conozco.

—Nos llevaría mucho tiempo hablar de ellos. Kenneth Clark, por ejemplo, es un gran historiador de arte británico, un excelente divulgador, que me ha enseñado el arte del paisaje o cómo valorar mejor una obra maestra. O Citati, un gran crítico italiano que me ha adentrado por muchos autores y muchas culturas. O Steiner, que me ha mostrado la importancia de la soledad, del silencio, la importancia de la música.

—¿Oye usted mucha música?

—No, no demasiada. Debería escuchar mucha más. No sé por qué me he inclinado más hacia la pintura.

—Veo que también a la poesía. Aquí hay varias estanterías dedicadas a la poesía.

—Si, la poesía es un hallazgo permanente. Una muestra de belleza sintetizada en la precisión. Muchas veces un regalo del lenguaje. Se aprende mucho leyendo poesía.

—¿Qué ha aprendido usted leyendo poesía?

—Pues las intuiciones condensadas en el lenguaje, la elección de las palabras, las expresiones absolutamente acertadas, asombrosas, inauditas. Pienso en Rilke, en Eliot, pero también entre los españoles en Ángel González, en Claudio Rodríguez, en Juan Ramón, en tantos otros…

—Y veo que también tiene aquí una balda entera dedicada a Cervantes…, ¿no ha querido colocarlo en el otro despacho, en el de la ficción?

—No. He preferido colocarlo aquí porque es uno de mis grandes amigos. Siempre me ha acompañado“El Quijote”. “El Quijote” y los estudios sobre “El Quijote”. Ellos me han enriquecido la vida continuamente. Es una enseñanza perpetua.

—¿Usted llega a las grandes obras a través de los estudios y los comentarios o las lee directamente, sin ayudarse de ningún comentario previo?

—Ambas cosas. Hay libros que son como montañas, que hay que ascender a ellas ayudándose, como usted dice, con especialistas, con investigadores. Pienso, por ejemplo, en “La divina Comedia”. Se leen partes de ella una primera vez directamente y luego se acude a un comentario; muchas cosas quedan iluminadas gracias a ese comentario certero – hay valiosísimos comentarios o estudios sobre Dante o sobre Shakespeare, por ejemplo – y entonces uno vuelve a leer, relee, vuelve a aprender.

—Repite usted con frecuencia esa palabra, “aprender”, le gusta, va con usted, ¿ siempre quiere aprender?

—Sí, es necesario aprender siempre, es algo capital, es de un enorme interés para enriquecer a la persona. La enriquece. Nunca se llega a aprender del todo. La vida es un aprendizaje. Pero los libros continuamente enseñan. Yo ignoro muchísimas cosas, pero intento mantener abierta la curiosidad, la curiosidad es esencial.

—La curiosidad es algo de lo que usted me hablaba el otro día al referirse al periodismo, algo que intentó también fomentar en sus alumnos…

—El periodismo ha cambiado mucho. Pero la curiosidad siempre será una de sus bases. Yo cuando daba clase les decía medio en broma a mis alumnos que me hubiera gustado examinarles en la puerta de la Facultad el primer día del primer año, antes de entrar, preguntándoles: “Usted, ¿por qué siente curiosidad? ¿qué le interesa? ¿qué le intriga?”. A más amplia curiosidad, mayores dotes para el periodismo. Pero también para la vida. Uno tiene que tener curiosidad por todo conforme se van cumpliendo años: estar al día. El mundo es muy cambiante y lo hace a toda velocidad. La curiosidad sana va hermanada con la juventud interior: interesarse, intrigarse ante lo desconocido. De alguna manera es lo que está usted haciendo, por ejemplo, con sus preguntas.

—Bueno, lo intento… Pero me gustaría hacerle ahora otra pregunta. Puesto que estamos en su despacho y a la vez hablamos de periodismo, de novela, de ensayo, de tantas otras cosas, ¿de qué forma se definiría usted? ¿Es más periodista, más escritor, más profesor…?

—Yo me considero más escritor y profesor. Mejor dichho, un mero artesano. Como escritor, un mero artesano. No hay que darle mayor importancia a ser escritor. No la tiene. Soy una persona que intenta trabajar con las ideas, con las palabras. Cada uno tiene en la vida unas aptitudes y yo creo que estoy más cerca de la creación y de la divulgación que de otra cosa. La divulgación está muy unida a la enseñanza y los treinta años que he dedicado a la enseñanza (y después, aprovechando las herramientas de internet, como ya le hablé), en el fondo lo que he hecho es divulgar algo de lo que sabía, intentar apasionar con un oficio pero también transmitir algunos saberes. Y a la vez, escribir, crear. Siempre que he tenido tiempo, y cuando no he tenido tiempo lo he buscado, me he dedicado a crear, a inventar historias, a desarrollarlas. Marañón se calificaba como un “trapero del tiempo”. Yo no sé si pudiera decir lo mismo, pero lo cierto es que en cualquier momento libre me he dedicado a anotar historias, a esbozarlas, eso que me gusta mucho en llamar “esbozos de esbozos”. Esos “esbozos de esbozos” que parecen nimiedades, meros borradores sin importancia, y con los que he llenado esos cuadernos azules pequeñitos que usted ha visto y otros blocs de notas muy numerosos que siempre me han acompañado, son los apuntes o esbozos que al final quedan, valen mucho, le mantienen a uno en tensión creadora, le suscitan ideas que casi son realidades, que son muchas veces definitivas realidades, algunas incluso son historias ya completas en sí mismas, otras habrá que trabajarlas mucho. Pero lo importante, como antes le decía, es aprender, leer, releer, anotar, escribir, mantener activas la imaginación y la memoria, no solamente para luchar contra el envejecimiento, sino porque uno está inclinado a eso, mejor o peor, uno está dotado para eso. Y por tanto hay que desarrollarlo.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

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¡PÁJAROS DE SEVILLA!

 


“En los ventanales de cristales de colores — azul, verde, rojo, amarillo — los gorriones piensan vencer, con su desbaratada armonía, los pitos del tren. El desagradable griterío resuena en la sombra, como en un pozo, en la sombra que rodea un sol cegador que todo lo hace blanco. ¡ Pájaros de Sevilla!”

Juan Ramón Jiménez – “Pájaros en la estación” —“Apuntes de Sevilla”

 

(Imágenes—1- Neil Farber—2007/ 2-Stanko Abadzic)

APUNTES SOBRE DICKENS

 

Cuando Dickens tenía veinte años y trabajaba en el periódico liberal “The Morning Chronicle” debía de recorrer distintas partes de Inglaterra para informar sobre los discursos políticos.  Era característico en él que tomara algunas de sus noticias taquigráficas “ sobre la palma de la mano, a la luz de un mortecino farol, o en un coche de posta y galopando por un campo desolado”. Chesterton, Maurois, Somerset Maugham, Edmund Wilson  y muchos otros han recorrido su infancia, trabajos, triunfos e influencia. Pero si nos adentramos en su correspondencia descubriremos muchas cosas más. Por ejemplo su defensa de la fantasía: “No me parece bastante decir de una descripción que es la verdad exacta —le escribía a John Foster en 1859 — .La verdad exacta tiene que figurar, pero el mérito y el arte del narrador están en la forma de exponer esta verdad. Y respecto a esto, siempre me pareció que en la literatura había todo un mundo por crear. El verdadero fundamento de la literatura popular, a lo largo de una especie de época popular de oscurantismo, puede depender del hecho de que se traten los temas con fantasía.”

 

Dickens se preocupaba de hacer muy verosímiles sus personajes y por tanto se documentaba mucho.  A   un tal Mr. Haines, en 1837, le decía: “ en mi próximo número de “Oliver Twist” tengo que poner a un magistrado, y meditando en busca de un magistrado cuya rudeza e insolencia hicieran de él un sujeto adecuado tropecé con Mr. Laing, celebridad de Hatton-garden. Conozco a este personaje perfectamente bien, pero como sería también necesario describir su aspecto personal, me era preciso verlo, lo cual nunca he hecho. En este dilema se me ocurrió que tal vez cualquier mañana podría introducirme subrepticiamente, por unos pocos instantes, bajo los auspicios de usted, en el despacho de Hatton-garden. Si puede ayudarme en mi proyecto, le quedaré  sinceramente muy agradecido.”

Cuando dejó de existir en 1870,  Dickens se convirtió en patrimonio nacional, y en las páginas de ‘The Times” se decía: “ Políticos, hombres de ciencia, filántropos, reconocidos bienhechores de su raza desaparecerán , y, sin embargo, no dejarán el vacío que ha causado la muerte de Dickens”.

En su testamento el novelista había dicho. “En mis publicaciones están mis títulos de opción al recuerdo de mi patria”.  Y Anthony Trollope escribió a raíz de su muerte: “ Dickens profesaba una profunda devoción por la literatura en todas sus variedades, y su fe en ella encerraba una verdadera convicción”.

 

(Imágenes- 1- Dickens/ 2- Giuseppe de Nittis/3- Atiknson Grimshaw)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (42): LA BIBLIOTECA DE LA FICCIÓN

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (42):  La biblioteca de la ficción

 

 

 

20 junio

 

Esta tarde, al llegar la periodista, ha querido ver mi biblioteca. Me lo ha dicho con cierto pudor, pero yo creo que venía ya con esa intención. Y aunque siempre hemos mantenido las entrevistas en este despacho en el que trabajo y que está lleno de libros, la verdad es que es la primera vez que la he visto muy interesada en las estanterías y en los volúmenes. Miraba y remiraba todo con gran curiosidad. Hoy, al entrar, ni siquiera ha querido sentarse y enseguida me ha pedido que si no me importaba diéramos una vuelta por las estanterías.
—Hace unos días – me ha dicho – usted me enseñó el libro de Cela y de Picasso. ¿Por qué no me enseña más cosas?

 

Hemos recorrido sin prisas los dos cuartos que tengo, no son habitaciones muy grandes, tampoco se comunican entre sí aunque estén una al lado de la otra. Yo tuve desde el principio un despacho para trabajar pero al casarse mis hijos e irse de casa ya pude dedicar una habitación más para colocar otros libros. Uno de los cuartos está dedicado a la ficción y el otro al ensayo. Hemos empezado por el de la ficción.

—¿Sabe cuántos libros tiene aquí? – me ha preguntado.

—No, no lo sé. Ahora hay pocos. Pocos en relación con los que había antes. El año pasado hice una gran limpieza. Me ayudó muy eficazmente durante un mes un chico portugués que pasaba unas semanas en Madrid y me desprendí de muchos.

—Voy a hacerle una pregunta – me ha dicho sonriendo mientras se detenía ante uno de los estantes – que creo es la pregunta que sIempre suelen hacerse los profanos y que a lo mejor ya le han hecho alguna vez: ¿los ha leído todos?

—No, no todos. Algunos los he comprado para leerlos en su día, porque sé que me servirán. Muchos sí, los he leído y anotado. Están muy subrayados y anotados en los márgenes.

—¿Tiene usted alguna manía con los libros, algo muy personal?

—Bueno, no sé si será manía o simplemente costumbre. Durante años he escrito en la esquina de la primera página del libro, a la derecha, la ciudad donde lo compré y el año.

—¿Y ahora no lo hace?

—No, ya no lo hago pero recuerdo casi perfectamente dónde lo compré.

—¿Lee usted mucho? ¿Qué lee, por ejemplo, ahora, cuando está escribiendo un libro?

—Leo siempre, pero no demasiado mientras escribo un libro, como usted sabe que ahora estoy haciendo, porque procuro que no me influya ninguna lectura, pero sobre todo, en general, más que leer, releo bastante. En ficción, ahora que estamos en este cuarto dedicado a la ficción, le diré que desde hace años leo poca ficción, sobre todo ficción contemporánea; en ficción voy siempre a releer lo seguro, lo ya conocido, lo escogido por mí hace mucho tiempo. En el fondo, lo que hago es ir en busca del buen vino. Uno va conscientemente hasta esa botella antigua que se encuentra en una de estas estanterías de la biblioteca y que permanece aquí desde hace años, porque sé que, al abrirla, me encontraré con el estilo. El estilo, igual que el argumento, permanece dentro del libro, es la forma de contar las cosas. Para mí es muy importante el estilo, es decir, cómo se cuentan las cosas aún más que las cosas que se cuentan. En ficción las cosas que se cuentan fueron leídas y conocidas en su momento, y se diría que ya se dan por sabidas. Hay historias que podrían llamarse “inmortales’, pienso en “Guerra y paz”, y hay estilos que permanecen intactos, (naturalmente según los gustos) y pienso en Proust. La gente en general, ante las historias y los argumentos, dice como conclusión y en una rápida respuesta: “ ya lo he leído” o “ya lo he visto”, si es que hablan de cine. Dan el carpetazo definitivo. No es fácil que vuelvan a ese libro; sí quizás a esa película. Pero si vuelven lo que les atrae, además de revivir quizá la historia, es disfrutar de cómo ella está contada. Eso ocurre en cierto sentido ante una sinfonía o ante una pintura. Uno vuelve a paladear esa sinfonía que ha escuchado ya decenas de veces y vuelve a contemplar también el prodigio del cuadro ya contemplado porque lo que le atrae no es el argumento sino el color y las formas y las combinaciones que iluminan ese argumento. En el fondo lo que le está atrayendo es el estilo. Hay estilos que desaparecen, “ya no se escribe así”, se dice con toda razón ante una obra, y hay estilos que en su día fueron muy elogiados y hoy son apartados, pienso, por ejemplo, en Gabriel Miró. Pero es como si eso se dijera lo mismo, por ejemplo, ante una sinfonía o una pintura. En el caso del escritor es distinto. Me interesan sobre todo las formas, más aún que las anécdotas o las historias. Seepersad Naipaul, el padre del novelista de origen hindú V.S. Naipaul, le leía en voz alta a su hijo varias formas o maneras especiales de contar, varios parlamentos de “Julio Cesar” por ejemplo, o páginas sueltas de “ Oliver Twist”y “David Copperfield”, o algo de los “Cuentos de Shakespeare”, de Lamb. Todo eso para educarle y acostumbrarle a diversos estilos. En el fondo eran como pequeños “sorbos” de estilo.

—¿Y hace usted algo parecido? – me ha dicho la periodista de pie, a mi lado, siguiéndome y observando atentamente las estanterías y a la vez grabando nuestra conversación.

—Bueno, yo en parte sí, en cierto modo hago algo parecido. Pero no sólo con el estilo sino esencialmente y sobre todo – no se asombre – con lo que yo llamo de alguna forma “mis reconstituyentes”, es decir, una especie de “farmacia” que tengo, aquí, en este despacho de la ficción, muy a mano, y que yo sé siempre dónde está.

—Cuénteme eso de la farmacia…

—Bueno, pues yo, como todos los escritores, así lo pienso, también tengo mis momentos de desánimo, de pasividad o de incertidumbre. Entonces, en alguno de esos momentos que pueden ser más largos, que pueden incluso durar días o semanas, me vengo aquí, a este despacho, a buscar remedios en mi “farmacia”, y siempre los encuentro. Para mí son tonificantes.

 

—Es curioso todo eso…

—Pues sí, los califico de tonificantes porque, sean fotografías o sean pequeños textos, sobre todo de Diarios, que es cuando parece que los autores hablan con más sinceridad, todo ello me estimula y me empuja a continuar. Son una enseñanza. Veo, por ejemplo, cómo han actuado los grandes, o los que para mí considero grandes, cómo se concentran, cómo se esfuerzan, cómo superan las cosas.

—¿Le estimulan también las fotografías?

—Sí, también me estimulan. Hay fotografías muy reveladoras. Ve usted aquí, por ejemplo, estas fotografías apoyadas o mezcladas entre libros, como ocurre en numerosos despachos que usted ya habrá visto. Pero aquí, creo, están muy escogidas. Están colocadas aquí porque para mí son estimulantes. Tiene usted, por ejemplo, ésta, en la balda ocupada por los italianos, esta fotografía de Italo Calvino, que creo le hizo Sebastiao Salgado. Mírela con atención. Está Calvino acodado sobre su mesa de trabajo, sentado al aire libre, concentrado; el brazo izquierdo lo tiene muy cerca de su cabeza y la mano izquierda como envolviendo toda su cabeza, como sujetándola y sujetando su cráneo, como si no quisiera que se le escapasen las ideas, el codo de su camisa está apoyado en el manuscrito que está escribiendo y corrigiendo con un pequeño bolígrafo. Es toda una concentración.

—¿Le gusta Calvino?

—Sí, me gusta porque sobre todo admiro su rompimiento con todo lo que escribió anteriormente, con el realismo, y cómo se lanza a crear su trilogía “Nuestros antepasados”, que es un prodigio de audacia y de fantasía. Y también de humor. Y me gustan también sus “Seis propuestas para el próximo milenio”. Todo lo que sea creación audaz, nuevos caminos, me interesa.

 

—O sea que lo que le atrae de esta fotografía es sobre todo su concentración.

 

—Sí, su concentración en el trabajo, su dedicación al trabajo. Me ocurre igual con esta otra, en esta balda de los ingleses, ésta que ve usted aquí tan destacada. Es una de mis preferidas. Es Virginia Woolf de la que le he hablado muchas veces. Está sentada en la butaca de su cuarto, escribiendo. Se la hizo su marido, Leonard Woolf, en 1932, cuando ella tenía cincuenta años. Está aquí retratada, en esta habitación de madera en su casa de campo, en Monk ‘s House ; está en esta butaca tapizada en estampado a cuadros, con un almohadón para apoyar los hombros, cerca de esa ventana que da al jardín. Son los meses en que empezaba a concebir “Los años” y los meses también en que estaba escribiendo su novela sobre un perrito, “Flush”.

—Se la conoce usted de memoria…

—Sí, he admirado siempre a Virginia Woolf. He admirado su audacia como escritora y como mujer, su constancia, su lucha por concentrarse en la creación a pesar de todos sus problemas.

—¿Esta fotografía también le inspira?

—Mucho. Podría hablarle horas de ella. Pero más aún de Virginia. Un año antes de esa foto ella había publicado “Las olas”, que había sido muy elogiada. Pero en ese año de 1932, en julio, había sufrido un desvanecimiento y su corazón, como ella decía mientras escribía con rapidez, se le desbocaba como un caballo.

—Entonces lo que le atrae de esta foto es también, como en el caso de Calvino, el trabajo.

—Si, el trabajo.

—¿Piensa usted que es un hombre obsesionado por el trabajo?

—No, en absoluto. Lo que me ocurre, como antes le decía, es que hay veces en que uno está desorientado o desanimado por el trabajo, no me pasa muchas veces, pero sí hay ocasiones en que uno no sabe qué escribir o qué emprender, tampoco me gusta perder el tiempo, me desazona perder el tiempo, acumular las dudas, no hacer nada, y entonces doy una vuelta por aquí, me atraen siempre estas fotografías, lo reconozco, esta concentración, esta dedicación, pero más aún me atraen algunos de las confesiones de escritores o de sus textos, por ejemplo éste que tengo aquí, ¿lo ve?, mírelo, esta cuartilla apoyada en la balda dedicada a los alemanes. Se la leo. Son palabras de Thomas Mann de “La novela de una novela”, el libro que cuenta cómo iba escribiendo “Doktor Faustus”, y dice: “14 de marzo de 1943 – escribe aquí Mann -, embalando todos los materiales sobre “José” (“ José y sus hermanos” era el libro que acaba de terminar), el escritorio y los cajones quedaron vacíos. Y sólo un día después, el 15 de marzo, aparece por primera vez en mis apuntes cotidianos, casi aislada, la anotación: “Doktor Faustus”. Y se pone a trabajar.

—¿Le impresiona?

—Sí, me impresiona esa decisión suya, ese no dejar espacios vacíos,.

—Pero siempre habrá que descansar algo…

—Sí, lógicamente habrá que descansar. Es necesario y es obligatorio descansar. Sobre todo para tomarse un respiro. Y para pensar nuevas cosas, para trazar proyectos.

—¿Tiene usted ahora muchos proyectos?

—Pues mire, si tengo salud me gustaría terminar ese libro del que le hablé, “Los cuadernos Miquelrius”, que va avanzando.

—¿ Ese libro en el que salgo yo?

—Sí, el libro en el que sale usted y que poco a poco voy encauzando. Y luego acabar otro libro que también tengo empezado: un libro sobre una mujer japonesa.

—¡Qué cosa! ¡Algo totalmente distinto…!

—Sí, totalmente distinto. Es la historia de una japonesa del siglo Xll.

—Sorprendente. ¿Y cómo se le ocurrió esa historia?

—Pues viendo cada año, en el concierto de Año Nuevo, en televisión, la misma mujer japonesa sentada siempre en el mismo palco. Año tras año. Ahí empezó la historia.

—Es curioso cómo nacen las historias …¿Me puede decir algo de ese libro?

-Bueno, es un libro que, como tantos otros, necesita documentación y creación a la vez. En él hablo de los hacedores de espadas japoneses, del monte Fuji, de muchas cosas más…

-¿No me cuenta la historia?

-No, no le cuento la historia. De repente en la vida uno se encuentra con un argumento que poco a poco va creciendo, va tomando cuerpo, y en algún momento hay que escribirlo. A veces se tardan muchos meses, incluso años en hacerlo, y hay que esperar, y además hay que saber guardar las cosas el tiempo que sea necesario. Monterroso decía que el consejo latino de guardar las cosas unos siete años sigue siendo bueno. Y él añadía: y el de pensarlas.

—¿Y qué ocurre si uno se muere antes?

—Esa pregunta se la hicieron ya a Monterroso. Y él contestó : Nada. Y eso es lo mismo que yo le contesto.

—O sea que usted utiliza este despacho esencialmente como “farmacia”, como estimulante..

—No, no exactamente. Aquí leo y repaso autores. Pero también acudo en algunas ocasiones, en momentos de crisis. Lo de ‘farmacia” es un decir que yo me he inventado. Eso es solo para momentos puntuales. Yo aquí me encierro habitualmente a leer, a escribir y a trabajar. Sobre todo, como antes le decía, a repasar y disfrutar de “las formas” diversas en la ficción, de las maneras de decir. Me interesan más, por ejemplo, las maneras de contar que tiene Conrad en “El corazón de las tinieblas” que la historia misma que cuenta.

—Pero eso será porque lee usted como un escritor…

—Sí, indudablemente es así. Pero pienso que igual les ocurrirá a los pintores, a todo artista. Les interesan las formas, lo que han hecho los demás y cómo lo han hecho los demás.

—¿ Lo pasa usted bien entonces en este despacho?

—Sí. Aprendo. Descubro. Descubro enfoques, estilos. Vuelvo a disfrutar con estilos que en su día ya me gustaron. Eso me satisface.

—Pero no sólo le atraerán las maneras de contar, también le interesará escribir historias propias, pienso yo… Es lo que ha hecho siempre. Usted mismo ha escrito historias bastante insólitas…

—Sí, naturalmente. Las maneras de contar o “las formas”, como le digo, son para mí aspectos atractivos a los que vuelvo y que forman parte de la relectura. Pero a la vez escribo, desarrollo historias, me dedico a crear.

-¿Apunta las historias en cuadernos?

-Sí, en estos cuadernos pequeñitos, azules, que ve usted aquí apuntó el germen de las historias. Son numerosos. Están llenos de esbozos de historias, de “esbozos de esbozos” como los llamo yo.

-¿ Y acude a ellos?

-Sí, de vez en cuando los releo. Sorprende que haya ideas que hayan aguantado aquí, en estos cuadernos, durante años.

-¿Las ideas que ahí apunta le sirven todas?

-No. El tiempo las va depurando. Quedan sin embargo ideas constantes, escenas constantes, y personajes o diálogos que el tiempo mantiene y que son los más valiosos. Están preparados ya para ser escritos.

—Al decirle antes lo de historias insólitas que usted ha escrito pienso, por ejemplo, en la historia de su novela “Contramuerte”, que es una historia especial. La leí y me quedé realmente asombrada. Eso de la paralización de la muerte en el mundo que usted describe, la progresiva detención de la muerte hasta que no muere nadie… ¿Le impresiona a usted la muerte?

—No, no me impresiona. Me impresiona lo corta que es la vida.

—Sin embargo es curioso que también su tesis doctoral trate de algún modo el tema de la muerte. Usted la tituló precisamente “La muerte en la obra literaria de José Gutiérrez Solana”.

—Sí, eso es cierto. Aproveché que estaba escribiendo esa novela, “Contramuerte” y que tenía un gran material sobre el tema, y me puse a estudiar a ese pintor y escritor español que presenta una personalidad muy singular.

—Cela había tratado ese tema, si no me equivoco, en su discurso de entrada a la Academia Española. “La obra literaria del pintor Solana” creo que se llamaba. Pero usted quiso concentrarse en un aspecto peculiar de su obra.

—Si, en el tema de la muerte dentro de sus escritos.. Porque me intrigó muy pronto la obsesión que Solana tenía por la muerte reflejada casi continuamente en sus visitas a los pueblos, en sus viajes, en sus libros, fueran “La España negra” o “Madrid: escenas y costumbres”. Esa obsesión, sin embargo, felizmente no le llevó a desencadenar ningún desenlace trágico en su vida personal, no le llevó a adoptar ninguna actitud radical y extrema en su vida, no le influyó de un modo dramático en su existencia.

—Pero no publicó su tesis. ¿Por qué?

—Porque tendría que haberla pulido mucho para ser publicada. Me metí en otros trabajos y en otros derroteros y quedó un poco al margen. Quizá un día la publique.

—Volviendo a esa novela suya, “Contramuerte’, en ella aparece un Papa que ni siquiera puede morir, que pide rogativas para que vuelva la muerte al mundo. Usted que ha vivido años en Roma, ¿se inspiró en algún Papa para crear a su Papa Silvestre?

—No. En ningún Papa conocido. Mi Papa Silvestre que allí aparece, y que, como el resto de los hombres tampoco puede morir, lo imaginé, físicamente me refiero, contemplando la figura de Franz Listz en su vejez, un rostro bondadoso, una cara dominada por unos ojos acuosos, surcado de arrugas, lleno de infinita ternura en el semblante, bajo un largo pelo blanco. Es una fotografía que le hizo el famoso fotógrafo Nadar en 1886, pocos meses antes de su muerte. Para mí una foto impresionante, una foto que me inspiró. Y para describirlo mientras él pronunciaba su Encíclica “Damnati ad Vivendum”, (“Condenados a vida”) desde el balcón de la plaza de San Pedro, me acompañé del segundo movimiento de la Séptima Sinfonía de Beethoven, un “Allegretto” bellísimo, lastimero, pero para mí siempre bellísimo, cadencioso. De vez en cuando lo vuelvo a escuchar. Con el rostro de Listz y con ese movimiento de la Sinfonía de Beethoven dibujé al Papa y escribí su.discurso.

—Un reto eso de escribir una Encíclica…

—Es una Encíclica corta. Además, lo han hecho ya varios escritores, entre otros Papini con su “Carta del Papa Celestino Vl a los hombres”

—¿Cuándo se le ocurrió esa historia de “Contramuerte”?

—En el pueblo de Genzano, cerca de Roma, en 1964, cuando pasaba allí unos días. Recuerdo que una mañana me pregunté: ¿ qué pasaría si el hombre viviera eternamente, si el hombre dejara de morir?

—¿Y qué se contestó?

—No recuerdo lo que me contesté. Sé que me puse poco a poco a escribir el libro.

—¿Cuánto tardó en escribirlo?

—Siete años.

—Y después existe otra historia insólita en su vida, al menos para mí, otra historia que aparece en otra novela suya, en “Mi abuelo, el Premio Nobel”.

—Sí, quizá resulte algo original…

—Usted cuenta allí la historia de un escritor que no puede escribir, que todo lo lleva en la cabeza pero al que le es imposible poner nada sobre el papel. Y sin embargo, a este hombre le conceden el Premio Nobel de Literatura únicamente por toda la potencia de las historias que lleva en la cabeza, aunque no las haya escrito exactamente. Una historia llena de fantasía, pienso. También de humor.

—Sí, así es.

—¿Qué quiso decir con eso?

—Bueno, es una pequeña novela sobre el gran poder de la imaginación, de la creación. También de lo que se ha dado en llamar “ el pánico de la página en blanco”. Indudablemente la creación hay que llevarla a la práctica, plasmarla, no puede quedarse en la mente. Pero antes de ponerla en el papel la creación ocupa un lugar clave en el pensamiento, en la imaginación, en la memoria. Esta fuerza y potencia de la creación es la que en mi novela es valorada, e incluso premiada. El escritor protagonista del libro va contando detalladamente todas las historias que se le ocurren y que él quisiera escribir algún día, alguna vez, es una especie de artista oral que lo va contando todo, pero cuando se le pregunta “¿ y todo esto por qué no lo escribes? , él contesta “porque no puedo, no puedo escribirlo”. De alguna forma, indirectamente, abordo ese punto a veces debatido: ¿uno debe de contar las cosas con anterioridad, las cosas que uno va a escribir?

—¿Y usted qué opina?

—Pues que no, que no se deben contar las cosas que uno va a escribir. Por eso no le he contado nada de mi libro sobre Japón. Hay que guardar silencio. Las cosas, cuando se cuentan, explotan, es como si de pronto se desparramaran y perdieran fuerza, como si explotaran. Hay que madurarlas en silencio, no decir nada a nadie. Mire, una de las virtudes que valoro enormemente en mi mujer, entre muchas otras, es el gran respeto que tiene por mi trabajo. Jamás me pregunta por él mientras lo estoy haciendo, mientras estoy escribiendo; jamás interfiere. Sólo cuando he terminado se lo muestro y aprecio muchísimo ese respeto suyo y esa gran cualidad.

—¿Cómo creó la figura de ese escritor en su novela, en quién se inspiró? Al hablar de un abuelo escritor me imaginé que podía ser su propio abuelo.

—No, no era mi propio abuelo. Con él conviví unos años en Madrid, pero me inspiraba más, físicamente, para esta novela la figura y el rostro de Pirandello, su figura menuda, su perilla, su imaginación y sus ojos vivos. Además, me ocurrió una cosa muy curiosa con esa novela: en aquella época, hace ya años, yo llevaba mis páginas manuscritas a una mecanógrafa para que me las pasara a limpio en ordenador, y uno de esos días, al entrar en el vestíbulo de su casa, quizá por gestos o movimientos que hice, no lo sé, o quizá por titubeos, por indecisiones, no tengo ni idea, lo cierto es que ella me miró y me dijo : “ya sé cómo es un escritor”. Y eso me dejó pensativo. Con eso configuré también a mi personaje.

—Se aprovecha todo entonces…

—Sí, se aprovecha todo mientras uno está escribiendo un libro. Hasta cualquier cosa que le suceda a uno durante el día.

—¿Pasamos, si le parece, al otro cuarto, al del ensayo?

 

—Pasamos.

José Julio Perlado

”Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

VERANO 2020 (1 ) : DÉJAME QUE TE HABLE

 


“Déjame que te hable, en esta hora

de dolor, con alegres

palabras. Ya se sabe

que el escorpión, la sanguijuela, el piojo,

curan a veces. Pero tú oye, déjame

decirte que, a pesar

de tanta vida deplorable, sí,

a pesar y aun ahora

que estamos en derrota, nunca en doma,

el dolor es la nube,

la alegría, el espacio;

el dolor es el huésped,

la alegría, la casa.

Que el dolor es la miel,

símbolo de la muerte, y la alegría

es agria, seca, nueva,

lo único que tiene

verdadero sentido.

Déjame que, con vieja

sabiduría, diga:

a pesar, a pesar

de todos los pesares

y aunque sea muy dolorosa, y aunque

sea a veces inmunda, siempre, siempre

la más honda verdad es la alegría.

La que de un río turbio

hace aguas limpias,

la que hace que te diga

estas palabras tan indignas ahora,

la que nos llega como

llega la noche y llega la mañana,

como llega a la orilla

la ola:

irremediablemente.”

Claudio Rodríguez- “Lo que no es sueño” —“Alianza y condena’ (1965)

 

 

(Imágenes—1- Georges Buysse/ 2-Knar Bedian)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (41): EL PERIODISMO Y LA UNIVERSIDAD

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (41): El periodismo y la Universidad

 

18 junio

 

–Me he permitido hoy – me dice la periodista al entrar en casa y sentarse otra vez como muchas tardes en mi despacho – traerle el libro de un antiguo alumno suyo, Daniel Utrilla, un excelente profesional que fue corresponsal en Moscú durante once años y a quien usted le dio clase en segundo de Periodismo, esforzándose, según él relata, en enseñarle la profesión. Me gustaría que hoy habláramos de periodismo. O si lo prefiere, de docencia. Usted ha dedicado treinta años a la docencia y en un resumen que quiso hacer de su vida en Rusia este alumno suyo y que recogió en este libro, “A Moscú sin Kaláshnikov” , este libro que que tengo aquí, quiso dedicarle a usted años después varias páginas para evocar cómo eran sus clases y cuáles eran sus métodos. Permítame que le lea algunos de esos párrafos.

—Si, encantado. Recuerdo perfectamente a Daniel Utrilla, un excelente periodista, también con un gran sentido del humor y con muy buena pluma y que poseía además grandes habilidades para el dibujo. Por otro lado, fueron treinta años de docencia, como usted dice, que naturalmente no se olvidan. Toda una vida.

—Le leo entonces lo que dice de usted y de sus clases: “En mi segundo año universitario y en la asignatura de redacción nos impartía clase el periodista y escritor José Julio Perlado, que nos inculcó el periodismo sin medias tintas, echándonos a volar fuera del aula en busca de reportajes con la pluma como único astrolabio. El primer día nos asignó de forma aleatoria los temas de los reportajes que teníamos que hacer a lo largo del semestre y que asumimos con el fatalismo de un diagnóstico incierto. Algunos alumnos corrían espantados a cambiarse de clase tras aquel primer encierro, incapaces de soportar el aliento del periodismo real en la cara, espoleados por el pellizco de la timidez. Nunca entendí aquella estampida de futuros periodistas. A diferencia del resto de profesores, abonados al barbecho de la teoría, Perlado nos empujaba al río de la vida para pescar reportajes (“buscad lo insólito, lo humano”, repetía). Nos daba una palmadita en el hombro y nos mandaba a cruzar el Misisipí “¿Era exactamente así?

—Sí, así era.. Desde el primer día les mandaba a trabajar en la calle, donde estaba la vida, y no en el aula.

—Pero les propondría algunas normas…

—Sí, evidentemente les hablaba de conseguir y completar distintos puntos de vista ya que si no no existía el reportaje y les explicaba cómo hacerlo, cómo buscar siempre lo humano y lo singular, cómo saber estructurar las historias, descubrir originalidad en los personajes…. Pero esencialmente todo eso había que buscarlo en la calle, había que salir casi inmediatamente de la Facultad y encontrarlo en la calle.

-¿Y lo encontraban?

—Sí, lo encontraban. Con muy pocos años ya lo hacían muy bien, y algunos tiempo después han confesado a qué velocidad aprendieron y que además lo hicieron encantados, con pasión.

-¿Qué edad tenían entonces sus alumnos.., 21, 22 años?

—Sí, más o menos.

—Entonces les marcaría su primer reportaje…

—Sí, siempre marca el primer reportaje. Pero ellos se entusiasmaban con eso, se crecían, se estimulaban, indudablemente lo pasaban mal en algunos momentos porque tenían que buscar varios personajes, contrastarlos, organizarlos, entrevistarlos, en todos los casos hacer ellos mismos las fotografías, acompañar luego todo ello con una historia paralela para contar cómo habían actuado – una especie de Diario de trabajo, aportar los teléfonos, las fuentes -, pero todo eso para ellos era un reto, lograban siempre reportajes excepcionales. Recuerdo uno, por ejemplo, el de una alumna metiéndose con una linterna bajo la plaza de la Cibeles, cruzando todo el subsuelo y las calles subterráneas de esa plaza hasta llegar a los sótanos del Banco de España. Consiguió los permisos correspondientes y logró un reportaje excepcional. Otro sin duda muy valioso y muy bien hecho fue el de vivir y contar minuciosamente la historia del traslado ( el embalaje, los viajes, la colocación, la seguridad) de unos cuadros de una gran exposición: su traslado de un país a otro hasta que llegaron a una importante pinacoteca madrileña. Lo hacían ellos solos. No trabajaban en equipo, eran reportajes individuales, cada uno tenía que hacerlo solo, también las fotografías. . Así escribieron miles de reportajes que se multiplicaron a lo largo de treinta años, algunos publicados casi inmediatamente por los periódicos porque eran trabajos muy buenos. Otros tardaron algo más. Pero muchos se abrieron camino profesional en muy distintos medios, en radio, periódicos y televisión. Cada alumno tenía que realizar dos reportajes por curso, añadiendo, como digo, la historia diaria de cómo lo había hecho. Eran valiosos y jovencísimos autores.

—¿Y usted? ¿Recuerda su primer reportaje?

—Perfectamente. Fue un reportaje sobre la trashumancia. Tenía yo 23 años. Me acompañó un gran fotógrafo, Ramón Masats, que luego sería enormemente valorado en España y tendría una larga carrera llena de reconocimiento y de prestigio. Masats tenía en ese momento 28 años. Los dos nos fuimos a Soria, a los campos de Soria, a convivir día y noche con los pastores y con sus ovejas.

—¿Recuerda aún imágenes de aquello?

-Sí, naturalmente. Esas experiencias no se olvidan. Ha pasado el tiempo, e incluso recuerdo los nombres de los pastores con los que conviví aquellos días. Los apunté y se  me quedaron grabados. Se llamaban el Joven, el Encarnado, el Callado y el Niño; uno de ellos llevaba sólo dos meses casado y sentía mucho la ausencia de su mujer. Aquellos nombres los he recordado siempre… Como también los nombres de los perros que les acompañaban y a los que llamaban continuamente: “Leona”, “Violeta”, “Lanas”, “Aparicio”. Recuerdo perfectamente el tren de mercancías en que subimos y el vagón por el que fueron entrando tumultuosamente las ovejas y aún me parece oír los gritos conduciéndolas. Impresionaba el contraste de aquellos gritos con el silencio de la noche en el campo.

-¿Usted ha aplicado en sus clases lo que aprendió en su vida periodística?

—He intentado aplicarlo, por supuesto. Creo que siempre hay que acercarse al ser humano para conocerlo, y aprender a resolver conflictos. Me acuerdo que a muchos alumnos les decía: cuando usted venga a verme a mi despacho con un problema, tráigame las dos o tres soluciones que ha pensado para resolver el problema y juntos elegiremos la mejor o propondremos otra distinta. Pero no venga sólo diciéndome: tengo un problema. Hay que venir con el problema y habiendo pensado diversas soluciones.

José Julio Perlado

”Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

POR QUÉ UNO ES NEGRO Y OTRO BLANCO

 

“Originariamente — recordaba la antropóloga norteamericana Margaret Mead —los hombres estaban en partes del mundo muy alejadas unas de otras y muy diferentes. Si uno vive en los trópicos, le es muy útil tener la piel oscura, porque le protege del sol; y si por el contrario vive cerca del Polo Norte, necesita de todos los rayos que puedan alcanzarle, y por lo tanto es ventajoso que tenga la piel blanca. Y han sido necesarios quinientos mil años para que esos individuos se diferenciaran. En sus orígenes, por tanto, el problema de la piel fue un problema de adaptación al ambiente. Pero actualmente cada uno se mueve por los lugares propios del otro con entera libertad; el blanco va a los trópicos y permanece en ellos porque tiene aire acondicionado; y el negro puede mantenerse al calor o al frío en cualquier lugar donde quiera establecerse.

Hay enfermedades y también sustancias químicas que producen un cambio de color. En algunos libros se ha hablado de qué manera alguien cambió el color de la piel tomando ciertas sustancias que luego le hicieron enfermar. Cambiar de color le ocurre incluso a gente que se establece en otra nación durante un largo período de tiempo. Por ejemplo, los caucasianos que viven largo tiempo en Asía toman aspecto de asiáticos porque sonríen como los habitantes del lugar y sus ojos adquieren una apariencia oriental.

No hay desigualdades de inteligencia entre blancos, negros y amarillos. Todo depende de la educación que se recibe. Si se toma un niño esquimal y se le educa como a un italiano o un inglés, cuando sea mayor será igual que ellos. En cuanto a la inteligencia, el método que empleamos en la actualidad para probarla consiste en estudiar gemelos idénticos, criados en ambientes diversos. La influencia más poderosa en el proceso intelectual del hombre es la civilización en que vive. Los seres humanos están hechos de tal forma que individuos  con determinadas dotes mentales, nacidos en el ámbito de determinada cultura, pueden funcionar dentro de los límites de aquel saber, hablar su lenguaje y seguir sus costumbres. El traslado de individuos procedentes de culturas técnicamente atrasadas a culturas modernas muy avanzadas, ha demostrado que una persona no evolucionada puede llegar a asimilar la tecnología más sofisticada. Del mismo modo, un niño nacido en una cultura compleja que haya sido adoptado por parientes que viven en una cultura más primitiva o más sencilla, no se elevará del nivel de sus padres adoptivos. Es decir, no somos todos iguales, porque hay tontos e inteligentes. Pero la estupidez y la inteligencia no son cosas inherentes a la raza.”

 

 

 

(Imágenes—1- Phillippe Vgnat/ 2- Erwin Blumenfeld -1938)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (40); GOYA Y “LA QUINTA DEL SORDO”

 

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (40):  Goya y la “Quinta del Sordo”

 

 

… E igual que recuerdo aquella tarde en el taller del pintor Barjola, también recuerdo algo que casi  se me había olvidado, es decir, en qué momento había podido yo extraviar el libro de Italo Calvino, no sé, no lo recordaba, quizás se había quedado allí, sobre mi cama, la noche anterior, o esa misma noche, en casa, no lo sé, tal vez entre las sábanas, en el instante de quitarme las gafas, porque después, y de eso sí estaba seguro, yo me había levantado, y saliendo del dormitorio, había ido recorriendo como un sonámbulo el pasillo de mi casa hasta llegar al comedor, había abierto el ventanal y había empezado a andar en un sueño que era absoluta realidad porque realidad había sido el despacho de mi abuelo y también sus palabras, igualmente el despacho de Baroja, la habitación de Onetti, el taller de Barjola, y ahora, conforme caminaba en otro año distinto, debía de ser ya 1990 o quizás 1991, no lo podría decir con exactitud, yo seguía avanzando a última hora de la tarde por el madrileño paseo del Prado en dirección al gran Museo y, aunque aún me sobraba tiempo para acudir a la cita que previamente había concertado — una cita difícil, tras haber conseguido un permiso especial para estudiar a solas unas pinturas y poder comentarlas en un libro que entonces estaba escribiendo — la realidad para mí era sobre todo aquel tibio resplandor dorado de los árboles y la belleza de la estación otoñal. Cuando llegué al fin a una de las puertas principales del Prado, la puerta de Velázquez, el público, y en concreto la muchedumbre innumerable de turistas, ya había vaciado hacía diez minutos los dos pisos del edificio y, tal como yo había previsto, me encontré al fin con lo que había deseado y perseguido durante muchos meses, algo fascinante e insólito: una zona del Museo excepcionalmente reservada y abierta para mí durante una hora. Nunca había vivido una experiencia semejante y pensé enseguida que nunca más la viviría. Recuerdo que tras enseñar los complicados permisos que llevaba conmigo, con sus sellos y rúbricas correspondientes que me autorizaban a pasar, y luego al subir hasta el primer piso acompañado por un vigilante silencioso, me impresionó en las salas desiertas el contraste entre las sombras y la luz. Todas las salas del primer piso del Prado permanecían casi completamente a oscuras con sólo unas diminutas señales luminosas en lo alto de las puertas para no perderse y apenas podía uno distinguir la sucesión de cuadros. Eran salas fantasmales, enormes, interminables, absolutamente llenas de pinturas de todos los tamaños, salas como tesoros misteriosos que el vigilante y yo atravesamos sin pronunciar palabra camino de unas luces que se adivinaban al fondo, las luces de unas únicas salas que habían dejado iluminadas a propósito, las salas de las “pinturas negras” de Goya, que eran aquellas que yo quería estudiar. Conocía que los responsables del Museo se habían propuesto desde hacía muchos años reproducir en la medida de lo posible algo que realmente era muy difícil conseguir: la disposición y ubicación que las llamadas “pinturas negras” habían tenido en la denominada “Quinta del Sordo”, la casa de ladrillos de adobe que Goya, con setenta y tres años, había comprado en febrero de 1819 por sesenta mil reales en un terreno ascendente sobre el río Manzanares, en el lado Oeste de Madrid. A mí siempre me había intrigado aquella casa, había leído varias cosas sobre ella, y creo que hasta sentía una extraña atracción hacia aquella Quinta situada cerca del Paseo de Extremadura, al sudeste del camino de la ermita de San Isidro, allí donde en tiempos había existido un sendero rodeado de árboles, entre ellos unos álamos plantados hacía casi medio siglo y que conducían a la vivienda del pintor rodeada de su jardín de moreras, peras, albaricoques, membrillos y doscientas sesenta parras que florecían en la finca situada sobre una colina y desde la que Goya podía divisar perfectamente el Palacio Real, San Andrés y todo Madrid hasta la montaña del Príncipe Pío. Sabía también que entre aquellos muros, incluso de un modo realmente físico encima de ellos, es decir, sobre aquellas paredes de las dos salas grandes de la casa que él quiso decorar, Goya había realizado directamente al óleo y sobre el muro una serie de pinturas para mí fascinantes y de difícil interpretación y las había pintado únicamente para sí mismo, reflejando su mundo interior. Tanto me había intrigado aquella Quinta y tantas vueltas le había dado a su emplazamiento que en meses anteriores a aquella visita que ahora estaba realizando al Museo, había querido perderme un día por esa zona de Madrid cercana al paseo de Extremadura, paseando despacio durante una hora o dos, no lo podría fijar con precisión, y haciéndolo sin rumbo fijo a través de una serie de calles, por ejemplo la de Caramuel, o la de Antonio de Zamora, la de doña Urraca, doña Berenguela, cardenal Mendoza y Juan Tornero, parándome a propósito en esquinas y en puertas de comercios para observarlo todo desde allí a mitad de mañana, en un intento inútil por resucitar detrás de aquel mundo moderno un ambiente que ya había sido consumido por el tiempo. Yo sabía que precisamente entre la calle de Caramuel y la de Juan Tornero, ahora ocupadas por automóviles y viandantes que me rodeaban e iban de un sitio para otro, había estado situada la “Quinta del Sordo”, única construcción existente cuando Goya compró el terreno, y que sobre aquellos lugares se habían levantado las dos plantas de la casa con sus habitaciones centrales comunicadas por una sencilla escalera. Y ahora, cuando yo estaba ya a punto de entrar en una de las salas del Museo del Prado dedicadas a las famosas “pinturas negras” y había dejado atrás la oscuridad de los largos pasillos, me venían otra vez a la memoria las dos habitaciones de la “Quinta del Sordo” y las comparaba con éstas del Museo, recordando haber leído en algún lugar que, a causa de los dos ventanucos de la sala de la planta baja de la Quinta, la luz para Goya había sido casi con toda lógica un instrumento esencial: se decía, por ejemplo, que con toda seguridad el pintor había trabajado por las noches en aquella sala de la planta baja ayudándose a la luz de unas velas mientras que en la sala del primer piso había sido en cambio la luz del día de Madrid la que, entrando por los dos amplios balcones que la casa tenía, había dado otras tonalidades a las pinturas. Por eso cuando me fui acercando dentro de aquel espacio íntimo del Museo a aquellas escenas de Goya en las que dominaba el negro y unos tonos pardos y fríos, tampoco me extrañó descubrir en muchas de ellas, al observarlas con mayor atención, el amarillo, los ocres, azules y rojos, los carmines y aún unos ligeros toques de verdes. No todo era negro, pues, en las “pinturas negras”. Me sorprendió, por ejemplo y de repente, al girar la cabeza hacía la izquierda nada más entrar en una de las salas, la composición pictórica de un “Perro”, o lo que sería más adecuado definir, una enorme masa de un gris amarillento, una gran zona lisa y vacía de espacio en la que asomaba en su base inferior la pequeña cabeza de un perro, una cabeza perfectamente dibujada con aquella precisión que Goya tenía para plasmar animales, un perro que estaba surgiendo de una masa amorfa, emergiendo de algo parecido a un talud pero que ni siquiera podría decirse que fuera arena, un perro, o cabeza de perro que no se sabía bien si se estaba hundiendo o intentaba escapar, que podía estar pidiendo socorro o piedad, pero que esencialmente transmitía angustia. Aunque enseguida me llamaron enormemente la atención otras pinturas situadas casi al lado de ésta, en la pared de enfrente de la pequeña sala, especialmente en razón de los gestos y las deformadas facciones de varios personajes que allí aparecieron ante mí, más apilados que agrupados, como dominados por oscuros movimientos instintivos, y principalmente una pintura que aún destacaba más entre las otras, o al menos así me lo pareció: unos cuerpos flotando en el aire, superpuestos sobre un fondo de cielo y de paisaje, dos extraños personajes envueltos en ropajes, uno de ellos, el situado a la izquierda, embozado en un manto rojo plegado, mirando hacia atrás en actitud miedosa y en cierto modo ausente, y el de la derecha, en cambio, señalando algo de modo exasperado, con el dramático gesto de su boca abierta en expresión de horror, y los dos sobre un fondo luminoso y no lejano a un montículo o cerro pedregoso que quizá escondía una ciudad fortificada, aunque ello no podía adivinarse bien. Me acerqué a comprobar el título de aquella pintura que yo ya conocía anteriormente por diversas reproducciones, y allí leí: “Francisco de Goya, Aquelarre o Asmodea”, y luego volví lentamente sobre mis pasos en el completo silencio nocturno de la pequeña sala y sin dejar de advertir a mi lado al vigilante que me acompañaba, y así estuve largo rato, quizá unos veinte o veinticinco minutos, o quizá más, no lo sé, tomando muchas notas en un cuaderno, cumpliendo el fin para el que yo había ido al Museo, y apuntando abundantes reflexiones que me suscitaban las obras de Goya. Pero estando allí mismo observando aquel cuadro, tomando notas en el cuaderno y a la vez contemplando aquel cielo de Madrid extendido en la parte superior y cuya luminosidad lo dominaba, de repente, imprevistamente, cayó sobre mí, quizá fuera por cansancio o por tensión, no lo sé, todo el peso de aquel largo viaje que había iniciado hacía ya varias horas, un largo viaje o sueño, tampoco podría definirlo, en el que había salido a recorrer Madrid, y no sólo a recorrer calles y habitaciones, sino también a recibir confidencias y conversaciones, y a abrirme igualmente a encontrar sorpresas como las que ahora, por ejemplo, estaba recibiendo cuando aquellos cielos de Goya que admiraba me dieron la impresión de que se alejaban y se iban separando cada vez más del cuadro, adquiriendo esos mismos cielos una presencia viva y sorprendente como si en realidad se estuvieran moviendo, como si se desgajaran un poco para mostrarme desde su altura unas zonas de la ciudad de Madrid que yo desconocía, o al menos que nunca había podido ver desde aquellos ángulos, zonas cubiertas de tejados rojizos toscamente apilados, casas antiguas que sin duda por su aspecto rudimentario parecían pertenecer al viejo casco de la ciudad, quizás al lejano costado del Palacio Real, allí donde en tiempos se había levantado el primitivo Alcázar incendiado en 1734. Eran unas tejas o tejados rojizos, muchos de ellos de color de barro, colocados unos sobre los otros y que prestaban a aquella zona una imagen más de pueblo que de capital. Y desde allí, desde aquellos tejados, muy lentamente, los mismos cielos de Goya me fueron llevando, como en un viaje distinto, por encima de otros tejados de Madrid, primero sobre unos techos de la plaza Mayor y luego por otros casi enfrente a la Plaza de la Villa, allí donde hacía siglos se había levantado la iglesia de San Salvador con su gran torre llamada la atalaya de Madrid y desde donde el Diablo Cojuelo en 1641 había sido empujado por la imaginación del escritor Vélez de Guevara para recorrer la ciudad y levantar los tejados de las casas, y así los cielos me fueron conduciendo poco a poco, como en un recorrido a vista de pájaro, por terrazas y tejados, hasta acercarme a mi barrio de Chamberí, y entrando por la glorieta de Olavide con sus antiguas viviendas modestas de tres y cuatro pisos, su fuente y sus jardines, bajar por la calle de Olid, cruzar la calle de Fuencarral y entrar a la de Jerónimo de la Quintana, sin saber de qué modo ni cómo pudieron hacerlo aquellos cielos, llegando así hasta el pasillo de mi casa, atravesar luego el comedor hasta quedar situados los cielos en lo alto de mi dormitorio, encima exactamente de mi cama, entre la ventana y la puerta, iluminando el libro de Italo Calvino que yo había dejado abierto muchas horas antes y también las gafas que aún aparecían abandonadas entre las sábanas.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

LA ÚLTIMA CLASE DE ORTEGA


“Las seis de la tarde de un día frío y lluvioso de otoño de 1935.  El acceso a la Ciudad Universitaria de Madrid es difícil. Pero todos los alumnos acuden a rendir al maestro  este pequeño homenaje  de admiración al hombre, de agradecimiento al profesor. Ortega entra, como el primer día en su primera clase, con su carpeta de cuartillas bajo el brazo y sube a la plataforma. No hay discursos , no hay alusión al acto. Es una lección  como la de todos los días. El maestro parece no enterarse de que estamos allí  para tributarle un homenaje. Su preocupación está puesta en la tarea, en la labor; en que la obra humilde, tan humilde como difícil, que consiste en transmitir la idea al cerebro del alumno, resulte, precisamente en ese día de sus bodas de plata, la más perfecta posible.

Parece que fue ayer… Más que los años, el pensamiento filosófico, la tarea mediadora, han ido labrando su rostro y han tallado su cabeza con fuertes y acusados planos. No es la cabeza de un escritor ni la de un artista: es la cabeza de un filósofo. Se hace el silencio; la lección comienza. Entre los asistentes me parece que soy yo — dice María de Maeztu —la única que escuchó su primera clase en la calle de Montalbán, número 20, en octubre de 1909. Ha variado el tema. Entonces la explicación consistía en comentarios a los diálogos de Platón y a la “Crítica de la razón pura” , de Kant; hoy es la versión de su propia, original filosofía: la razón vital. Pero el método, ese método que consiste en actualizar el pensamiento, en hacerlo vivo, es el mismo. La misma belleza en la palabra; idéntica claridad y precisión en el pensamiento; la misma manera de intuir la imagen, de concebir la idea y cubrirla y descubrirla con la metáfora. Ortega ha sido siempre idéntico  a sí mismo.”

 


(Imágenes: – 1- casa donde nació Ortega- foto jjp/2- Abelardo Morelli)

LA PRIMERA CLASE DE ORTEGA

 


“ Octubre de 1909. La Escuela de Estudios Superiores de Magisterio, que acaba de crearse en Madrid —recuerda María de Maeztu —se había instalado provisionalmente en un pequeño edificio de la calle Montalbán número 20, no lejos del Museo del Prado. Son las nueve de la mañana; el aula, con una ventana que mira a los jardines del Retiro, está ocupada  por cuarenta estudiantes, hombres y mujeres, que han ingresado, mediante concurso, por orden de mérito, y se disponen a escuchar la palabra del profesor.  Estos alumnos son maestros que han venido de todas las provincias de España para cursar los estudios correspondientes al doctorado de  Pedagogía. Ortega había sido nombrado profesor de Filosofía  y llegaba precedido de un gran prestigio, especialmente por sus artículos  en forma de ensayos publicados en “El Imparcial”.

Entra Ortega en la clase con una carpeta de cuero en la mano. De ella saca un libro pequeño: es un diálogo de Platón —el “Teeteto” —; antes de comenzar la lectura expone a los alumnos lo que va a ser su curso de filosofía. Filosofía, dice, es la ciencia general del amor. La palabra del maestro, clara, precisa, elegante, produce una extraña emoción. Los alumnos intentan tomar notas en sus cuadernos, mas, al punto, quedan absortos, detenida la pluma en el papel ante la maravilla de aquella exposición filosófica, vestida con una gran riqueza de imágenes y metáforas. Parece que asistiéramos — sigue diciendo María de Maeztu —, no a la explicación de una clase magistral, sino a la peripecia de una teoría dramática cuyo protagonista es la propia vida del filósofo.

Al año siguiente, 1910, Ortega hace oposiciones a la cátedra de Metafísica que ha quedado vacante en la Universidad Central de Madrid. Tiene que explicar una lección ante el tribunal. Sus alumnos vamos a presenciar el espectáculo. Ortega comienza aquel juego de acrobacia en un torneo de oratoria que alcanza la máxima perfección. La lección, el ejercicio, dura una hora. Ortega, al terminar, no muestra la menor fatiga: ha ganado su primera batalla como si no hubiera entrado en el ruedo. Elegido a los pocos días entre los concursantes, debuta como catedrático en la Universidad Central de Madrid: tiene veintisiete años.”

 

 

(Imagen —Ortega y Gasset- por Zuloaga/ 2- Ortega- tautología)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS”-MEMORIAS (39) : ONETTI Y BARJOLA

 

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (39) : ONETTI  Y  BARJOLA

… No, no era aquello en absoluto un sueño. Como digo, había dejado abandonado hacía tiempo, así lo recordaba, el libro de Calvino sobre la colcha de mi cama y la verdad era que aún no comprendía muy bien cómo había podido alejarme tanto de mi dormitorio y había podido caminar tan largo trayecto por Madrid creyendo siempre que todo era un sueño cuando en absoluto lo era. Había marchado hasta casa de mi abuelo, en Raimundo Lulio, y luego por las calles de la ciudad para ver a Baroja, y ahora cruzaba la Castellana para ir subiendo hasta la Avenida de América 31, y llegar al octavo piso, apartamento 3, donde vivía Juan Carlos Onetti. Cuantas veces me habían hablado del escritor uruguayo me habían advertido que él solía conversar, escribir y vivir sin moverse de la cama ya que se había refugiado en ella desde hacía años y allí había construido un mundo propio colocándolo todo al alcance de su mano: cuadernos, novelas policiacas, cigarros, mecheros, una campanita para llamar, papelera, pastillas y mil cosas más, y así lo pude comprobar al doblar el pasillo siguiendo a Dolly, su mujer, y llegar hasta la habitación donde un Onetti en pijama y tumbado en la cama, apoyado y casi aplastando completamente su cuerpo y su hombro derecho sobre la almohada, la mano izquierda sosteniendo un cigarrillo, enfundado en una camisa blanca, me miraba en cuanto entré en el cuarto con unos ojos saltones, enormemente agrandados, casi dilatados tras sus gruesas gafas de concha. Tenía yo aquella mañana de 1979 cuarenta y tres años y Onetti setenta y era la mañana, recuerdo, de mi cumpleaños. Y así comenzamos casi directamente, sin apenas muchos preámbulos, una larga conversación entre los dos, una conversación real e imaginaria a la vez, mezclando lecturas y vida. “Mi preocupación – me decía Onetti mirándome fijamente desde la cama – es hacer el futuro, para mí escribir es como un vicio, una manía. Me hace feliz escribir, me siento desdichado cuando no escribo. Si escribir significara para mí un trabajo, no haría ninguna línea, ningún día. Pero de pronto uno necesita escribir. Y yo no me siento escritor. Sí, en todo caso un lector apasionado, capaz de conversar y discutir horas y horas sobre un libro. Pero ajeno. Y cuando uno escribe tampoco se siente un escritor, porque se está trabajando en la inconsciencia y lo único que me importa es escribir. A veces me levanto por la noche y escribo. Sí – agregó -, es verdad que existe la “sequedad” del escritor. En Valle – Inclán, por ejemplo, en “La lámpara maravillosa”, se habla de esa sequedad del escritor. Pero de pronto, todo viene a mí como un torrente. Yo escribo por ataques: a veces me paso meses y meses, y no se me ocurre nada. Pero siempre sé que va a volver. Y sobre todo me interesa el lector desconocido. Pero yo sólo soy un pobrecito hombre llamado Onetti, que escribe”, repetía sin dejar de mirarme fijamente desde la cama, sosteniendo en la mano el cigarrillo. Así estuvimos hablando largamente, de modo especial de sus novelas y de la ciudad de Santa Maria, su lugar inventado. “El médico – abrí el libro suyo que llevaba y le leí una de sus páginas, un ejemplar muy subrayado – vive en Santa María, junto al río. Sólo una vez estuve allí , un día apenas, en verano; pero recuerdo el aire, los árboles frente al hotel, la placidez con que llegaba la balsa por el río. Sé que hay junto a la ciudad una colonia suiza.” Me hizo acercar el libro a la cama. “¿A ver, a ver?, se acercó su propia novela hasta las gafas, observó las notas que yo había colocado en los márgenes, sacó su pluma y escribió en la primera página mi nombre y añadió: “para este lector implacable”. Trazó una línea horizontal y exclamó: “Ahora, querido, vamos a tutearnos”. Y gritó animado cuando entró su mujer: “!Déjanos! ¡¡ La cosa se está poniendo brava!!”. Sí, yo recuerdo todo aquello, toda aquella mañana en Avenida de América 31, recuerdo muy bien que había olvidado una noche o unas noches antes, no lo sé bien, no podría adivinar cuándo ni en qué momento, un libro de Calvino sobre la cama, y en el largo sueño en que se estaba convirtiendo aquella larga sucesión de realidades, me iba alejando ahora cada vez más de la casa de Onetti, también de la casa de Baroja, también de la de mi abuelo, y cruzaba en estos momentos por un Madrid distinto, un Madrid cercano a los descampados, el Madrid de Carabanchel. A mi lado iba caminando aquel día de 1980 con paso vivo, un año después de lo de Onetti, el pintor extremeño Juan Barjola que una vez más insistía en llevarme hasta su taller, en la calle Amalarico, para que lo conociera. Yo le observaba a mi lado, observaba su largo cráneo, su bigote poblado, sus ojos apagados, casi sumisos. De vez en cuando, cruzaban por la acera, chocando casi contra nuestras piernas, olvidados y perdidos, unos perros. “De pequeño, me iba diciendo Barjola al mirarlos, yo dibujaba perros; el perro es un animal maravilloso que sufre mucho en soledad. La mirada de un perro cuando está enfermo, me decía el pintor, es una mirada triste, es una auténtica realidad. Generalmente, de pequeño, a mí lo que más me atraía era dibujar perros tal vez por ser los animales más humanizados”. Después hacía una breve pausa, caminábamos otro poco más, y Barjola proseguía : “Yo al principio viví en la Gran Vía, luego en Lavapiés . Después vine para acá. Pero todo esto está desconocido. Aún no hace mucho era casi una comunidad de chabolas”. Luego, recuerdo, que después de dar muchas vueltas por las calles entramos en aquel estudio suyo de tres metros por dos y medio y de pronto, nada más entrar, descubrí a diez criaturas colgadas en las paredes. Eran más o menos diez cuadros con ojos, bocas y cuerpos distorsionados. Barjola me acercó una silla y me senté en ella, él se sentó a mi lado y enseguida me preguntó si yo estaba cómodo. Luego añadió : “este cuarto es estrecho pero tiene sabor. Aquí trabajo cuatro horas, muy pausadamente. Y el resto voy a recaudar datos para mi pintura, los encuentro por la calle, en el cine, en los libros”. Aquellas diez criaturas seguían mirándonos y yo observaba al padre de las criaturas cómo las contemplaba y también a sus hijos que rodeaban al pintor del paciente mirar y que mostraba tanta mansedumbre. “ A mí, continuaba Barjola sentado a mi lado, me gusta más el fondo que la forma, no creo que un pintor sea profundo por muy bellas que sean sus formas si su arte no tiene un mundo lleno de contenido. Por eso precisamente, por ser profundo el fondo y no la forma, Goya, proseguía diciéndome Barjola, adquiere cada día más vigencia. Si nos fijamos en sus aguafuertes y en sus dibujos, vemos que son concretísimos: en ellos está lo dramático y lo social”. En determinado momento me levanté y quise acercarme más a las pinturas para observarlas mejor. Barjola se levantó también de la silla y se puso a mi espalda. “ Lo difícil del arte, me seguía diciendo el pintor, es definir, y que esa definición atraiga siempre por su expresividad, su mundo dramático”. Me impresionó cómo destacaba allí entre todas las pinturas una “Tauromaquia”, la violencia de unos rojos sangrantes de picador con su cuerpo curvado pinchando a un toro negro. Y las manchas. Las posturas difíciles. Los amarillos, los rojos, los amplios horizontes extremeños, los marrones fríos y calientes de descampados de Madrid. Y sobre todo los perros. Especialmente unos perros descarnados ladrando a la luna. Sí, recuerdo aquella tarde, las dos sillas en el estrecho taller y los perros ladrando más allá de las paredes, ladrando a la luna con sus bocas abiertas, con los dientes blancos y separados, los cuellos estirados, unos perros lastimeros, solitarios, retorcidos…

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”- Memorias

(Continuará)

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