UNA NUEVA FOTOGRAFÍA

La primera vez que tuve delante la fotografía del lóbulo izquierdo y del lóbulo derecho de un cerebro me quede paralizado. Me la proporcionó aquella máquina que adquirí en unos Grandes Almacenes.


“Este aparato que se lleva usted, caballero, me susurró aquel día el dependiente de la gran tienda, es lo último en tecnología. Una joya. Ahora ya no prima en absoluto la velocidad, eso ya pasó, ya no se lleva, ahora todo está en la profundidad, en potenciar la profundidad”. Así me lo decía apoyado en la pequeña vitrina que contenía los objetos más lujosos de regalo y que aún estaban guardados bajo llave, y me lo decía con una mirada muy fija desde sus pupilas azules, una mirada penetrante que atravesaba la corta distancia que había entre los dos, como si quisiera estar hipnotizándome. Vestía aquel dependiente una chaquetilla negra de la que sobresalía una camisa blanca y un cuello también blanco, cerrado y redondo. Era un consumado vendedor. Me seguía mirando fijamente desde sus ojos azules tras las gafas, apoyadas sus manos en la vitrina de los tesoros, sin ninguna prisa, y me insistía en que aquella máquina fotográfica que me atraía tras el cristal y que yo me disponía a comprar, más que lograr mayor instantaneidad y más velocidad de comunicación, lo que me ofrecía en cambio era una mayor hondura de visión, una impresionante profundidad, es decir — me aseguraba—, que yo no solamente podría ver con instantaneidad la imagen al hacer la fotografía, sino también descubrir lo que hay “detrás” de la imagen.”  “¿Pero qué es lo que hay “detrás” de la imagen ?”, le pregunté. “Pues usted mismo lo comprobará, caballero”, me dijo mirándome con fijeza. “Pruébelo. Viene de China. Lo ultimo que han conseguido esos chinos. Una maravilla.”

Cuando por la tarde coloqué a mi madre en el ángulo del salón que a ella le gusta más, sobre todo para hacerle fotografías, y dispuse todo con el mismo ritual de siempre: un libro entreabierto sobre la pequeña mesa en la que ella suele hacer  las cuentas, un diminuto jarrón lleno de margaritas y unos bolígrafos de colores con los que ella concluye  sus anotaciones, me dispuse a probar la máquina nueva. Mi madre tiene sesenta y dos años. Es  una mujer delgada, bella, elegante, a quien le gustan las flores y que nunca  se retrae a la hora de retratarse. Yo diría que no oculta su coquetería fina.

—¿Ésta es tu máquina nueva?— me dijo atusándose el pelo — Pues a ver  cómo me sacas, a ver cómo salgo.

Se la veía ilusionada. Hice  varios disparos, de frente, de perfil, luego le enseñé a ella el resultado. Estaba encantada

Cuando un rato después mi madre salió de compras y yo me quedé solo en la casa, repasé despacio aquella maquinaria que había comprado— sus ruedecillas, sus filtros, los botones— me acerqué a las dos o tres cosas que allí habían quedado guardadas y vi toda la infancia de mi madre que allí estaba, lo que ella me había contado muy por encima pero que ahora resaltaba en sus contraluces, allí había quedado fijado todo, cuando ella aún no conocía a mi padre y marchaba en bicicleta bajo los pinares, junto al mar, cantando, el pelo desenvuelto, el lóbulo derecho de su cerebro lleno de pensamientos y su lóbulo izquierdo lleno de palabras y razonamientos.

José Julio Perlado

(del libro ”Relámpagos”)

(Imágenes— 1- Edward Steichen — 1924–museo of modern art – nueva York/ 2- Edward Steichen —

… PERO NO HAY AGUA

“ Si hubiera agua

en vez de roca

si hubiera roca

y también agua

y agua

un manantial

una poza entre la roca

si por lo menos se oyera el sonido del agua

no la cigarra

y la yerba seca cantando

sino el agua resonante sobre una roca

donde canta el torzal ermitaño en los pinares

Drip drop drip drop drop drop

pero no hay agua.”

T. S. Eliot—“La tierra baldía”

(Imagen — Kane Gledhill)

APRENDER A VER … APRENDER A VIVIR

“El brillo humedecido de una hoja, el asombro ante el rocío, ante los movimientos de un animal, ante el contraste de los colores, parece que desapareciera bajo el traqueteo de los días iguales, el paso de tren de las estaciones iguales, el ciclo de las circunferencias idénticas, los fines de semana monótonos, el ruido encadenado de tazas entre bostezos y escaleras, pasos y autobuses en procesión hacia despachos, ojos resbalando por pantallas, cafés, informes, idas y venidas de colegios rutinarios, idas y venidas de veraneos similares, entradas por autopistas a la gran capital, entradas por pasillos a los nuevos cursos, vueltas al colegio, vuelta a las navidades, vuelta a las cuestas de enero, vueltas a las primaveras, vueltas y revueltas del estío, luces del verano, sombras aparentes de otoños idénticos.

«Los GRIEGOS QUERÍAN ser un pueblo de filósofos, y no de tecnócratas, es decir, eternos niños, que veían en el asombro la condición más elevada de la existencia humana. Solamente así puede explicarse el hecho significativo de que los griegos no hicieran uso práctico de innumerables hallazgos» (St. Harkianakis)

¿Por qué se pierde el asombro, cómo se pierde? Los inventos que nos ofrecen en bandeja las televisiones ya no nos producen estupor sino avidez de tomarlos prontamente y consumirlos. Hay una costumbre, un hábito rumiante de consumir masticando lo nuevo, a veces triturando lo último, a vez sin siquiera atragantarse, tan voraces somos. Se consume y se consume, se circula y se circula, se recorre el mundo instantáneamente con sólo oprimir el teclado, únicamente moviendo el volante. ¿Y el silencio, la sorpresa, la quietud? Parecen haber desaparecido. Y sin embargo, «la sorpresa es una categoría importante en la vida. Mas, al menos para mí, todavía hay otra cosa importante en la creación…

La curiosidad. Nadie incluye la curiosidad entre los sentimientos, pero yo creo que la curiosidad es un sentimiento. Cuando la miro a usted, tengo curiosidad». (Wislawa Szymborska). Esa actitud de los ojos alargados de la curiosidad que muestra la Premio Nobel polaca al mirar a la periodista que le entrevista, esa tensión de la atención tendida hacia lo ajeno, hacia lo otro, hacia otro -lo que me va a revelar el otro, lo que ” ya me está revelando, lo que me ha revelado”, esa postura anímica expectante hacia lo que me va a desvelar hoy la vida, esta persona que entra ahora en el despacho y que se sienta ante mí con su pregunta y problema, incluso con su abanico de soluciones aún sin decidir, todo esto se halla en el centro de la curiosidad y a pocos pasos del umbral del asombro.

Se consume y se consume. Se circula y se circula ¿Y el silencio, la sorpresa, la quietud? Parecen haber desaparecido

Yo todos los años me quedaba asombrado en la primera hora de la primera clase del curso universitario. Venían ante mí todos los alumnos de todos los puntos del país y se posaban como bandada de ideas y de cuestiones sentados en semicírculo, absortos ante las cuestiones e ideas que se les podía plantear. Aún no habían sido tocados por la sombra del escepticismo ni les había caído encima una mota de aburrimiento. Estaban allí sentados, abierto su cuaderno virginal de ignorancias en espera del alimento que recibirían. Y prácticamente todos ellos -aun sin formularla de manera explícita- guardaban una pregunta escondida que no sé qué padre ni qué madre ni qué escuela les había podido señalar y tampoco imagino en qué momento.

¿Qué es la verdad? éY la bondad? ¿Y la ética? ¿Dónde está el bien en este mundo tan injusto? ¿Y la belleza? Recuerdo las frases de Kafka paseando por Praga con su amigo Janouch. Decía Kafka: «La juventud es feliz porque posee la capacidad de ver la belleza. Es al perder esta capacidad cuando comienza el penoso envejecimiento, la decadencia, la infelicidad». Janouch le preguntó: «¿Entonces la vejez excluye toda posibilidad de felicidad?». Y Kafka respondió: «No. La felicidad excluye a la vejez. Quien conserva la capacidad de ver la belleza no envejece».

Naturalmente esa briosa acometida que siempre es la juventud -generación tras generación- en su perpetuo anhelo de ir en busca de la felicidad, del bien, de la verdad y de la belleza toma un impulso ascendente que se mantendrá hasta ser tentado por los anzuelos de la utilidad o quedar fatigado por el cansancio. Entonces los caminos del ver se bifurcan -o a veces se entremezclan-, y unos ven únicamente la utilidad de las cosas y otros tan sólo la belleza. De cualquier forma, ese empuje continuo de la juventud por remontar las fuentes siempre me ha dejado asombrado y uno procura, en su pequeña medida, responder alentando y manteniendo cada vez más vivo ese entusiasmo por el asombro.”

José Julio Perlado

(Imágenes-1,2 y 3- monet/ 4 – Sisley— wikipedia)

LOS SILENCIOS DE RULFO

“ Rulfo viajaba mucho — contaba Sergio Pitol—-, era uno de sus placeres. Y era dificilísimo en los viajes porque hablaba muy poco. En Varsovia casi no dijo nada. Estaba Cortázar, Monterroso. Eso fue en 1975. Era un acto universitario dedicado a la literatura latinoamericana y estuvimos allí unos tres días. Teníamos que dialogar con el público, hablar sobre un tema pero Rulfo dijo poquísimas palabras. El viaje a París fue nada más que por placer. Yo trabajaba en París. Tito Monterroso y Rulfo se quedaron unos días y fuimos a cenar a casa de Bryce Echenique, y yo no recuero que Rulfo hubiera dicho algo también en esa ocasión. Pese a todo, Rulfo viajó mucho en los últimos años de su vida. Viajaba a Sudamerica, a China, a Europa. Una vez, recuerdo, a la Feria de Frankfurt, donde leyó. Cuando Rulfo leía sus obras era maravilloso, era otra gente, era cada uno de sus personajes, esos personajes embrujados, muertos que deambulan por sus relatos. Tenía una voz estrangulada, era fenomenal. En Frankfurt hizo una lectura de fragmentos de ”Pedro Páramo”. Fue algo espléndido. Era muy callado, lo recuerdo siempre así. Y, sin embargo, necesitaba estar en lugares donde hubiese gente. En sus reuniones con sus colegas, estaba apartado, pero siempre presente. Necesitaba de la gente. Me acuerdo de esa silla, con una mesita al lado, en la librería ”El Ágora”, en Ciudad de México, donde él se sentaba a leer o tomaba sus apuntes, e iba recibiendo a las personas que se le acercaban e iban a verle.”

(Imágenes- 1- Rulfo- el pais/ 2- Rulfo- Infovage)

PALETA DE BONNARD

De vez en cuando los objetos del día descansan en las mesas de trabajo de los artistas. Forman extraños bodegones. Están las uvas, las peras, los pinceles, el periódico— el periódico doblado en la página de las Artes, que es lo que a Bonnard más le interesa —. Están los tubos, los apretados colores retorcidos por los dedos, la paleta que es como la muleta para mezclar matices, para elevar a lo sublime lo que hace un momento eran solo toques, formas. El aparente desorden de este rincón del pintor guarda una interior disciplina que reside en su cabeza. Cuando él cierra la puerta de su pequeño estudio se abre la puerta de este escenario y se van colocando estéticamente pinceles y tubos y periódicos y peras con uvas para que empiece la representación.

José Julio Perlado

(Imagen—Rogi André (Rosa Klein — paleta de Bonnard- 1930- museo Pompidou)

HALCONES Y GORRIONES

El mudo está hecho así — escribe Kamo No Chōmei en sus ”Notas desde mi cabaña de monje” —-Es muy difícil vivir en él, y todos sienten la precariedad de su propia vida, de su vivienda. Además, según el lugar en que se habite, o la condición en que se encuentre, uno choca con innumerables causas de problemas.

Si, por ejemplo, siendo de condición modesta, uno vive cerca de un hombre poderoso y experimenta alguna gran alegría, no se atreve a exteriorizarla ruidosamente; del mismo modo, si le ocurre alguna desgracia, no se atreve a levantar la voz para sollozar; nunca está cómodo en sus actitudes ni en sus gestos; siempre debe temblar. Esa situación es comparable a la de un pequeño gorrión que se acerca al nido de un halcón.

(Imágenes—wikipedia)

ABURRIRSE DE UNO MISMO

Ese hombre no tiene ninguna necesidad, ningún cuidado — decía el psicólogo Wilhelm Josef Revers en su ”Psicología del aburrimiento” comentando el personaje de una opereta de Strauss—-, no está obligado a nada, puede hacer lo que quiere, tiene a su disposición todo el tiempo que está despierto. Orlowsky no puede soñar y no puede dormitar. Cuando tiene tiempo se aburre. No son cosas determinadas a las cuales dirige su interés las que le aburren. Sabe desde hace mucho tiempo que no se puede interesar seriamente por nada, porque todo le aburre. Pero se aburre, aun sin que se hubiera interesado por algo. Siente aburrimiento, aun cuando no le aburra nada determinado. No es alguna cosa la que le aburre; así, pues, se aburre de sí mismo; se aburre porque no se puede entretener consigo mismo, porque no puede soñar, porque no puede “dormitar”.

(Imágenes— 1-Bruce Gilden- 1975/ 2- foto hannes Kilian 1965)

EL BUFÓN GONELLA (1)


Y aquí tienen ustedes al bufón Gonella — dijo el guía —- , Pietro Gonella, bufón de la corte de Nicolás lll d’Este, marques de Ferrara, inmortalizado por el gran pintor francés Jean Fouquet, uno de los mejores pintores del siglo XV, que realizó este retrato muy posiblemente en 1445. Este retrato está presidiendo, como ustedes ven, este primer nivel del sótano donde nos encontramos ahora. Precisamente por las características que posee la mirada de este bufón se realza toda la apuesta que este edificio tan moderno está haciendo hacia la mirada, hacia todas las miradas, el único museo subterráneo que hoy existe en Madrid, y también en el mundo occidental, puesto que en Oriente, concretamente en Japón, en una de sus islas, se halla el Museo Nacional de Arte de Osaka, igualmente subterráneo y creado, como éste donde estamos ahora, por el arquitecto argentino César Pelli. Pelli, como saben ustedes, se hizo famoso por la impresionante altura de sus edificios, algunos de ellos los más altos del mundo, y quizá como contraste a ello y como reto a sus capacidades creativas, quiso inventarse y extender esos dos museos bajo tierra, uno en Oriente y otro en Occidente, dotándolos de una fisonomía particular, yo diría que espectacular.

Este Museo de La Mirada en Madrid donde ahora nos encontramos, continuó el guía, arranca de algún modo desde el fondo del Jardín Botánico. Hemos atravesado esa puerta de la Cripta bajo la Rotonda y la Sala de Ariadna del Prado, hemos dejado atrás las líneas horizontales de los cinco cuerpos del edificio, hemos descendido por esas escaleras y estamos ahora, de los tres niveles que tiene este Museo, en el primer nivel del sótano. Sin duda les habrá llamado la atención al bajar las escaleras los ventanales o aberturas de este sótano por donde entran a la vez las ramas de los árboles del Botánico mezcladas con esas fibras artificiales, modernas y luminosas que ha creado el arquitecto para que vaya pasando la luz. Es la unión de lo mecánico con lo natural, o así lo ha querido ver Pelli. Es también la mezcla de los sentidos. Conforme vayamos avanzando y descendiendo por los sótanos, el ojo y el olfato se unirán. Podremos ver un cuadro a la vez que respiramos el olor de una flor, por ejemplo el aroma a piña madura que transmiten los grandes nenúfares flotantes que llegan del Jardín.

El Museo de la Mirada va por debajo de las tres terrazas del Botánico, de la Terraza de los Cuadros, de la Terraza de las Escuelas Botánicas y de la Terraza llamada de Plano de la Flor. Y también de sus aromas. Se extiende luego por debajo del Parque del Retiro y en su día quizá llegue hasta Atocha, porque es un Museo en cierto modo inacabado, en construcción, porque la mirada del hombre siempre será múltiple y diversa.

José Julio Perlado

( del libro ”La mirada”) ( relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

( Imágenes— 1– Jean Fouquet- retrato del bufón Gonella—1445/ 2- jardín Botánico de Madrid)

COLORES QUE NADAN COMO PECES

“Los colores que nadan como peces sobre la lámina del agua donde los echo, es lo que más me gusta de la acuarela — dice el poeta y pintor belga Henri MIchaux en ”El puente del dia”—-.Me gusta el momento en que se deshace la partícula colorante en pequeños fragmentos y no el resultado final, el cuadro. En suma, lo que yo aprecio más en la pintura es su desarrollo.

Los papeles que beben mucho, locamente, perseverantemente, profundamente. me dicen más que los colores, que, por otra parte, no hago más que echar como cebo, reveladores, como masas resistentes.

Lo más corriente, lo más natural es que ponga el rojo. En efecto, ¿qué es lo que se extiende más rápidamente que la sangre?

Agua de acuarela, tan inmensa como un lago, agua, fabricante de espejismos, destructora de diques, inundadora de mundos…

Veo con secreto placer, cada vez más evidente, esa derivación de la línea de mi dibujo en el agua y la infiltración que va invadiendo todo.”

(Imágenes— 1- Henri Matisse- es gallerie ru/ 2- Henri Matisse —the red studio – 1911)

MUJER EN LA VENTANA

“El que desde afuera mira por una ventana abierta — escribe Baudelaire—-, nunca ve tantas cosas como el que mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrador que una ventana iluminada por una vela. Lo que se puede ver al sol siempre es menos interesante que lo que pasa detrás de un vidrio. En aquel agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, padece la vida.

Más allá de las olas de los tejados, veo una mujer, madura y arrugada ya, pobre, inclinada siempre sobre algo, sin salir nunca. Con su rostro, con su vestido, con su gesto, con casi nada, he reconstruido la historia de aquella mujer, o mejor su leyenda, y a veces me la cuento a mí mismo llorando.”

(Imágenes— 1- Gustave Caillebotte – “Interior”- 188o- colección particular/2- Inge Morath – 1989)

INSOMNIO Y CREACIÓN

Escribe Kafka en octubre de 1911:

Noche de insomnio. Es ya la tercera de la serie. Me duermo bien, pero una hora después me despierto como si hubiese metido la cabeza en un agujero equivocado. Estoy totalmente desvelado, tengo la sensación de no haber dormido nada o de haberlo hecho sólo bajo una fina membrana; de nuevo veo ante mí el trabajo de volver a dormirme y me siento rechazado por el sueño. Y desde este instante hasta cerca de las cinco, transcurre toda la noche en un estado en el que realmente duermo, pero a la vez me mantienen despierto unos sueños de gran intensidad. Duermo literalmente junto a mí, mientras yo mismo tengo que andar a golpes con los sueños. Hacia las cinco, se ha consumido el último rastro de somnolencia, y ya sólo sueño, lo que resulta más fatigoso que estar en vela. En resumen, me paso toda la noche en el estado en que se encuentra una persona sana unos breves instantes, antes de dormirse realmente. Cuando me despierto, todos los sueños se han congregado en torno a mí, pero evito pasarles revista en mi memoria. […]


Creo que este insomnio se debe únicamente a que escribo. Ya que, por poco y por mal que escriba, estas pequeñas conmociones me sensibilizan; especialmente al caer la noche, y más aún por la mañana, el soplo, la inmediata posibilidad de estados más importantes, más desgarradores, que podrían capacitarme para cualquier cosa, y luego, en medio del fragor general que hay en mi interior y al que no tengo tiempo de dar órdenes, no encuentro reposo.

(Imágenes— 1- Kafka/ 2– flor del desierto- Sueo Takano)

EL FLUIR DE LA MÚSICA

… ”inmediatamente se hizo el completo silencio, comenzó la música y todo se transformó. Yo miré el perfil, a muy pocos metros de donde yo estaba, de Igor Stravinski, que a sus 82 años de entonces, con la mano en el mentón, y sentado en la butaca que le habían dispuesto a la derecha del Papa, se sumergía ya, como también lo hacía yo, abandonándose con ojos semicerrados al breve preludio de la Sinfonía de los salmos, aquella obra suya escrita hacía más de treinta años en Écharvines, en los Alpes franceses, entre bosques, cumbres, cielos y naturaleza, y que ahora iniciaba el sonido de los primeros oboes y fagotes, mientras se extendía la oscuridad en la sala de conciertos y no creo equivocarme al decir que ese fue el momento en que comenzaron a sobrevolar ante él los recuerdos conforme escuchaba en latín «yo soy como un sordo, no quiero oír, como un mudo, no abro la boca; soy como un hombre que no oye, ni tiene réplica en su boca», aquel Salmo 38 sobre el que él había trabajado tanto en sus manuscritos caligrafiados con plumas diferentes, algunas de tinta roja, que para el compositor fabricaban especialmente. E igualmente para mí no era nada arriesgado indagar en ese proceso de creación y pensar que Stravinski seguiría evocando en aquel momento, tal como continuaba sentado en la butaca junto al Papa, todos sus numerosos cuartos de trabajo en distintos países, sus incontables viajes en avión, las servilletas que había ido pidiendo a las azafatas durante los viajes y en las que él componía rápidamente los primeros rasgos de un puzle que luego iría pegando en los hoteles, un puzle musical sobre su mesa de trabajo bajo la mirada del pequeño icono ruso que siempre le acompañaba, aquella atmósfera tan propia del compositor, las interrupciones e invitaciones de repente para dirigir conciertos en cualquier parte del mundo, su batuta en el aire, su batuta en zigzag, su batuta pausada ante la orquesta, aquella maestría que, según él, no tenía nada de prodigioso al dirigir, porque era el simple acompañamiento de medidas y de ritmos, sin arriesgar demasiado, con un mínimo de seguridad y de aplomo.

Pero en aquel momento, recuerdo que también avanzaban de nuevo, desde el fondo del escenario de via de la Conciliazione el poderío de las trompas, y comenzaron a sonar cuatro trompetas y tres trombones, se alternaban timbales, bombo y arpa con los dos pianos, y muy poco después violonchelos y contrabajos dejaron entrar un coro infantil en cuatro voces, que fueron levantando los salmos en el escenario («me sacó del pozo de la miseria», cantaban los niños en latín, «del fango cenagoso, asentó mis pies sobre roca y consolidó mis pasos»), aquel Salmo 39, que era toda una mezcla de suavidad y de aspereza, mientras el coro y la orquesta lo conducían desde la plegaria hasta el profundo agradecimiento y desde el profundo agradecimiento hasta la seguridad de la respuesta. Aquello lo había compuesto, ahora lo recordaba él bien, en su habitación de Écharvines por las mañanas, ya que las mañanas para Stravinski tenían distinta fuerza que las tardes, por las mañanas pensamos, lo había dicho él muchas veces, de modo diferente a como lo hacemos por la tarde. Cuando tropiezo con una dificultad, había añadido, espero al día siguiente. Soy capaz de esperar lo mismo que es capaz de esperar un insecto. Y así había esperado absolutamente inmóvil la Sinfonía de los salmos en aquella habitación de los Alpes, y luego en el jardín, sentado con su pantalón y su camisa blanca en la escalera exterior de la casa dejando que la tarde se consumiera, llegara la noche y volviera otra vez la mañana para componer.

Aquellos salmos no le habían dado tantos quebraderos de cabeza como cuando, por ejemplo, años antes, llegó a equivocarse y había escogido para trabajar una casa que él en principio creía silenciosa, también en Écharvines, pero no junto al lago de Annecy, sino al borde de la carretera, y allí había querido esforzarse en crear, y al final lo consiguió —luchando contra gritos, discusiones y amenazas matrimoniales del albañil que habitaba en el piso de arriba y que era quien le había alquilado la casa—, sentado ante un piano a prueba de chillidos e incluso de olores (aún recordaba el olor a arenques ahumados que descendía desde las ventanas), intentando componer el ballet en un acto, “El beso del hada”, su homenaje alto y claro a Chaikovski. él siempre había tenido, y así seguramente lo recordaba ahora en el concierto, una profunda admiración por el ballet clásico, por la belleza de su orden y el rigor aristocrático de sus formas, por el triunfo de la concepción sobre la divagación.

Y ahora venían hasta su butaca de Roma todos esos recuerdos, todos los recuerdos, recuerdos muy desordenados. Avanzaban por la oscuridad de la sala de conciertos mezclándose con caras y con tiempos, caras de Cocteau, que tantas veces él había visto, caras de Diaghilev, caras de Picasso, caras, caras, recuerdos…Y de repente concluyó la sinfonía, estallaron cerrados los aplausos y se encendió la luz. Muchas veces me han preguntado: «¿Y usted pudo hablar ese día con Stravinski?», y he contestado que no, no pude hablar con él. Se encendieron de improviso las luces y Stravinski, levantándose de su butaca, giró a su izquierda, y estuvo unos minutos de pie, hablando con el Papa. Luego pasó a mi lado andando lentamente, apoyado en su bastón. Entonces yo solo me atreví a rozarle, a buscar una de sus manos y al pasar conseguí apretarsela.”

José Julio Perlado

(páginas 93 a 97 de ”Los cuadernos Milquerius” (editorial Funambulista))

(Imágenes— 1-Amedeo Modigliani/ 2-Ansel Adams- 1934/ 3- Lowell Nesbitt/ 4- Stravinski- Thomas Oboe Lee)

LA PERFECCIÓN DE LA FORMA

Portrait of Leo Tolstoy

“ Qué cosa extraña esta de la inquietud por la perfección de la forma — escribe Tolstoi en su ”Diario” en 1890—.No es en vano. Pero no es en vano cuando el contenido es bueno. Si Gógol hubiera escrito su comedia de manera burda o débil, no la leería ni una millonésima parte de la gente que la lee hoy en día. Es necesario afilar la obra literaria para que penetre. Y afilarla significa hacerla literariamente perfecta; sólo entonces pasará a través de la indiferencia y hará su efecto a través de la repetición…”

Portrait of Leo Tolstoy, 1901

(Imágenes— 1- Tolstoi- Gallerie of Primayre Vladivostok/ 2- Tolstoi— Tretyakov gallerie)

AVES NOCTURNAS (y 2)

Esta pintura que ven ustedes aquí — empezó a decir el guía colocándose frente al numeroso grupo —es de Edward Hooper, artista americano del siglo XX, célebre especialmente, entre otras cosas, por su tratamiento de los interiores y de la luz. Aquí tienen ustedes, en este cuadro, la representación de un local nocturno americano, de los muchos que había hace años en América, en Nueva York o en cualquier ciudad del nordeste de Estados Unidos, (este cuadro se llama “Aves nocturnas”, data de 1942 y Hooper se inspiró para él en un restaurante de Greenvich Village) y nos presenta un amplio espacio que de algún modo yo les diría que nos está invitando a viajar, a viajar con nuestra propia mirada y a avanzar poco a poco con nuestros pasos por ese espacio para luego pasar al interior del local. En principio, nuestra mirada no se siente atraída por estas cuatro figuras que aparecen dentro del local tras el gran cristal —-ustedes las ven, esas cuatro figuras de la derecha situadas ahí — sino que lo que nos deslumbra, y enseguida nos atrae y adonde va rápidamente nuestro ojo, es hacia la parte izquierda del cuadro, ese amplio espacio todo verde que se desplaza a lo largo de la superficie del cristal y del suelo, esos distintos tonos verdes abiertos como en profundidad, como si fueran campos o superficies de pintura, unos más intensos y otros más suaves, que se amplían y amplían cada vez más, es decir, que lo que nos atrae en primer lugar en este cuadro es lo que hay fuera de ese local nocturno antes que lo que hay dentro. Edward Hooper lo quiso plantear así y así nuestro ojo es atraído. Nos fascina también de algún modo esa larga y gran ventana que hace transparente el interior del local y que ocupa gran parte del cuadro y después nos fijamos quizá en la forma de los taburetes rojos alineados junto al mostrador y luego en la luz amarilla que aparece al fondo, y al fin podemos detenernos en los cuatro personajes que están situados en la barra de esta cafetería, personajes que permanecen separados, e incluso podemos imaginar o intuir que quizás el camarero está manteniendo una conversación con uno de esos personajes sentado junto a la mujer de rojo.

Entonces, podíamos preguntarnos ante todo esto — continuó el guía mirando al grupo y a la vez señalando al cuadro—-, ¿qué tenemos aquí?, ¿qué significación tiene este cuadro? No hay nada violento en esta pintura, nada, a pesar de que varios comentaristas han querido ver alguna relación entre este cuadro y un relato corto de Hemingway, ”Los asesinos”, un relato que Hooper admiraba mucho. Cuando lo leyó en una revista señaló que, como en alguna de sus pinturas, allí se transmitía la sensación de que algo iba a suceder. Y aquí también puede suceder algo. Pero sobre todo lo que aquí observamos es una escena solitaria, aislada, fascinante, se ha dicho de ella que muestra una quietud de espera, un retrato quizá del vacío existencial que hay en nuestra época, cerca o lejos de una gran ciudad o de una atronadora carretera, un remanso en la noche bajo una luz especial, sin un ruido, sin un automóvil que aparezca en el cuadro, reflejado todo en un extraño silencio nocturno ¿ Cómo esos personajes han llegado hasta aquí?, ¿ quiénes son? Es como si contempláramos una singular pecera iluminada en el recinto de la noche, quizá ya de madrugada, eso no lo sabemos.

Otra cuestión, esta vez anecdótica, pero que acaso para algunos de ustedes les ilustre más sobre esta pintura es que el artista la comenzó en 1942, casado ya desde hacía tiempo con Josephine Nivison, su mujer y también su agente, que luego escribiría a lo largo de cuarenta años un revelador Diario en el que comentaría las maneras de ser de su marido, su forma de trabajar, y también gran parte de sus obras. La mujer de Hooper posó como modelo para esa mujer de rojo que ustedes están viendo acodada en el mostrador de la cafetería, así como Hooper también quiso retratarse en este cuadro. Vivían los dos una relación muchas veces tormentosa, pero gratificante y complementaria en el sentido del arte. Hoover dedicaba largas sesiones — semanas y meses — a pensar en los ángulos, en las diagonales y en las perspectivas de sus cuadros. Introvertido y melancólico, permanecía horas frente al lienzo en blanco antes de tomar el pincel. ”En el caso de ”Aves nocturnas”, dijo en una ocasión: “simplifiqué la composición e hice el restaurante más grande. Inconscientemente es probable que estuviese pintando la soledad de una gran ciudad.” En sus viajes por Europa había quedado deslumbrado por ”La ronda de noche”, de Rembrandt, ”es lo más poderoso que he visto”, declaró. Aquí, en esta pintura, como ustedes ven — añadió el guía— , nosotros, como espectadores, permanecemos excluidos. No hay puerta de acceso a este local. El gran cristal se extiende como una pantalla en una sala de cine. Marca una barrera a la que nosotros solo podemos asomarnos y adivinar, intuir. Estas narraciones pictóricas abiertas, típicas de Hooper, necesitan ser completadas por el espectador. Quizá por ello han tenido de algún modo su continuidad o su relación con el cine. Diversos directores de cine, sobre todo de “cine negro”, le han rendido homenaje.

Por si alguno de ustedes desea también más precisiones — añadió el guía extrayendo ahora un papel de su bolsillo — les leo las notas que la mujer de Hooper escribió a lápiz sobre esta pintura que vemos hoy: ”noche en interior brillante de restaurante barato. Elementos brillantes. Mostrador con banquetas circundantes. Luz en la parte posterior. Raya brillante de azulejos verdes cruzada en la curva de la esquina. Paredes claras en la parte de la cocina. Muchacho con gorra detrás del mostrador. Hombre de traje oscuro y sombrero gris acero, fumando. Otra figura oscura y siniestra a la izquierda. Paseo lateral verde claro. Casas de ladrillo al fondo. Fuera del local, verde oscuro. Algo de techo brillante dentro del local contra la oscuridad de la calle exterior”. Y nada más— concluyó el guía guardando de nuevo su papel y pasando a mi lado —. Espero que esto les haya interesado.

—¿ Siempre ha estado aquí esta pintura? — le pregunté al pasar.

—Sí, naturalmente— me dijo extrañado — Lleva años aquí.

José Julio Perlado

(del libro ”La mirada”) ( relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

(Imágenes—: 1. 2 y 3– Edward Hooper— “Aves nocturnas”— the Art Institute of Chicago)

EN EL VIENTRE DE LA BALLENA

“En el vientre de la ballena, Jonás encuentra a un desconocido y le pregunta:

-Perdone usted, ¿ por dónde está la salida?

— Eso depende… ¿A dónde va usted?

Jonás volvió a dudar entre las dos ciudades y no supo qué responder.

— Mucho me temo que ha tomado usted la ballena equivocada…

Y sonriendo con dulzura, el desconocido se disipó blandamente hacia el abismo intestinal.

Vomitado poco después como un proyectil desde la costa, Jonás fue a estrellarse directamente contra los muros dd Nínive. Pudo ser identificado porque entre sus papeles proféticos llevaba un pasaporte en regla para dirigirse a Tartessos”.

Juan José Arreola— “Palindroma”

(Imágenes— 1-fantasy hd art/ 2– peakpx com)

AMO LA EMOCIÓN QUE CORRIGE LA REGLA

“Amo la emoción que corrige la regla.

Amo la regla que corrige la emoción.

Impregnación. Obsesión. Alucinación.

Tengo el anhelo de colocarme al unísono con la naturaleza, más que de copiarla.

Los que van delante vuelven la espalda a los seguidores. Es todo lo que los seguidores merecen.

No es preciso imitar lo que se quiere crear.

La personalidad del artista no está hecha del conjunto de sus tics.

El cuadro está terminado cuando él ha borrado la idea.

Lo perpetuo y su ruido de fuente.

Es preciso contentarse con descubrir, pero guardarse de explicar.

El pesimista no protege sus ideas, las expone.

El progreso en arte no consiste en extender sus límites, sino en conocerlos mejor.”


Georges Braque- “Pensamientos”—“El día y la noche”-(1917-1952)

( Imágenes— 1-Braque- “Viaducto”- 1908- VEGAP- Bilbao/ 2-Braque— “peces negros”l 1942- foto Phillippe Migeat- Biilbao)