LA VIOLETA

 

 

“Hay belleza en el lirio inmaculado

de majestad emblema,

hay belleza en el cáliz nacarino

de la blanca azucena,

hay belleza en la rosa purpurina

y en el albo reseda,

hay belleza en la nítida corola

de la nívea camelia,

hay belleza en el pálido junquillo

y en la suave diamela,

hay belleza en el triste pensamiento

y no hay flor en la cual no haya belleza,

pero hay una que es flor entre las flores

con ser la más modesta,

una flor de fragancia incomparable,

delicada y pequeña,

una flor que en un lecho de esmeraldas

oculta su belleza,

una flor que un encanto misterioso

en su cáliz encierra,

un encanto ideal, indefinible

que no hay flor que contenga,

una flor para mí como ninguna,

una flor que se llama ¡la violeta!”

Delmira Agustini“La violeta” – (en “La petite revue’, septiembre de 1902)

 

 

(Imágenes —1- violetas

 

LOS SUEÑOS DE LOS ARTISTAS

 

 

“Los sueños siempre tienen gran importancia para mí cuando escribo — decía Graham Greene —. A veces es tal la indentificación con un personaje que el autor sueña los sueños de él, y no los propios. Supongo que todos los autores habrán recibido la misma ayuda desde el inconsciente.”

Estos días el neurocientífico Mariano Sigman recuerda cómo  “muchas historias sugieren que el sueño es de hecho una fábrica creativa. Quizás la más extraordinaria – dice –  sea la de Paul McCartney que cuenta que despertó de un sueño con una melodía. Apurado, para no olvidarla, le puso una letra sobre unos huevos revueltos y solo un tiempo después, le dio la letra que hoy todos conocemos: Yesterday. La que quizás sea la canción más famosa  del siglo XX,  nació en un sueño.“

 

 

Borges ha dedicado muchos textos a la relación entre sueño y creación y las confesiones de los artistas nos desvelan esa atmósfera entre lo soñado y lo escrito, entre lo pensado en el sueño y lo que luego se va a realizar.  Relataba el escritor alemán Paul Heyse, Premio Nobel de Literatura: “Desde luego, la mejor parte de toda invención artística es la que se produce en un impulso secretamente inconsciente, muy afín al estado onírico, de manera que se puede aplicar también a esta actividad del cerebro humano la frase que dice : “Dios da su amor en el sueño”. Pero las más de las veces la actividad sonámbula de la fantasía reviste el carácter del mundo onírico por el hecho de prescindir de relaciones claramente establecidas. ¿A quién  no se le ha ocurrido el ponerse  a hacer versos en sueños, versos que el propio soñante admira, hasta que a la mañana siguiente, al despertar y retenerlos unos instantes en la memoria consciente, comprueba que no son más que ripiosas inepcias, desprovistas de todo sentido? De este modo también la fantasía novelística echa a correr en sueños e inventa toda clase de aventuras. Muchas veces, especialmente en el semisueño de la mañana, me ha sido dado hallar motivos que luego, al despertar naturalmente, seguí elaborando hasta configurar una obra. Fue de este modo como se originó una de mis novelas, una espantosa lucha, durante el sueño, con un animal monstruosamente fantástico. Otra vez me ocurrió que un cuento verdaderamente apasionante me fue “dictado” prácticamente mientras soñaba.”

 

Gelatin Silve

 

(Imágenes- 1-Jerry Uelsman/ 2-Lee Lawson/3- Gelatin Silve)

AQUELLA MAÑANA DE AGOSTO

 

 

”Recuerdo aquellas  zapatillas azules de verano con unos pequeños cordones blancos y con una suela muy fina y cómoda con las que yo había marchado tantas veces deprisa, de modo especial en aquella mañana de agosto tan luminosa que aún tengo en la memoria, aquel  camino de gravilla, el sol brillaba pero aún no calentaba, una mañana virgen podríamos decir, al menos a mí siempre me pareció virgen, todo había que ir inaugurándolo, todo quedaba inaugurado con solo tocar y avanzar con aquellas zapatillas azules entre los setos, quedaba todo encendido, las sombras y las penumbras estaban agazapadas tras las flores, indudablemente eran sombras terribles, altas como edificios, sombras como conflictos, eran los necesarios conflictos que presenta toda una vida con sus ventanas de mañanas y tardes mostrando sus  problemas, pero ahora el camino y la arenilla y la gravilla bajo mis zapatillas y mis pies no me dejaban ver conflicto alguno, no existían los conflictos, al menos yo no los percibía, es como cuando uno está enamorado y le preguntan los defectos del otro o de la otra y uno se asombra, “¿pero cómo va tener defectos?”, contestan, “¡ si es que no los tiene ¡”,  y así iban mis zapatillas asombradas de todo cuanto veían en aquel camino, que no era únicamente flores y diminutos insectos bajo el sol, con alguna que otra mariposa  que pasaba y una pequeña brisa en torno mío, sino que era sobre todo el porvenir, un porvenir que no me parecía incierto sino radiante y lleno de aventura. “

José Julio Perlado – (del libro “Recuerdos”) (texto inédito)

 

 

(Imágenes-1-Jan Stanislawski/ 2-Charles Burchfield)

FEDERICO Y MIGUEL

 

”A Federico se le ha comparado con un niño, se le puede comparar con un ángel, con un agua ( ‘mi corazón es un pozo de agua pura’, decía él en una carta ), con una roca   — recordaba Vicente Aleixandre en “Los encuentros”  —; en sus  más tremendos momentos era impetuoso, clamoroso, mágico como una selva. Cada cual le ha visto de una manera. Los que le amamos y convivimos con él le vimos siempre el mismo, único y sin embargo cambiante, variable como la misma naturaleza.  Por la mañana se reía tan alegre, tan clara, tan multiplicadamente como el agua del campo, de la que parecía siempre que venía de lavarse la cara. Durante el día, evocaba campos frescos, laderas verdes, llanuras, rumor de olivos grises sobre la tierra ocre; en una sucesión de paisajes españoles que dependía de la hora, de su estado de ánimo, de la luz que despidieran sus ojos; quizá también de la persona que tenía enfrente.”

 

 

“En el rostro de Miguel Hernández  — decía también Vicente Aleixandre — brillaban claros los ojos y claros, clarísimos, los dientes. Rompían entre el ocre de su tez, barro cocido, amasado y abrasado y capaz de contenerse, y rebosar, el agua más fresca. Porque esta era la realidad. Los  pómulos abultados, el pellizco de la nariz, la anchura de su cara, afinada en su base, asociaban este rostro a la imagen  de una vasija de barro popular, gastada y suavizada por el tiempo de su uso, pero enteriza siempre.”

 

 

 

(Imágenes-1-Federico García Lorca.- Huerta de San Vicente – Granada -Wikipedia/ 2- Miguel Hernández – ABC  es/ 3- firma de García Lorca)

EVOCACIÓN DE LOS OLORES

 

 

“La infancia tiene sus olores— evocaba Jean Cocteau—. Yo recuerdo, entre otros, el del engrudo con que pegaba las estampas recortadas en la habitación cuando estaba enfermo; el de los tilos que se volvían locos al aproximarse una tormenta; el delicioso de la pólvora de los cohetes disparados que, clavados a su armazón, podía recoger sobre la hierba al día siguiente de los fuegos artificiales; el olor del árnica para las picaduras de avispas; el del papel mohoso de una vieja colección de revistas; el que despedía el viejo y antiguo ómnibus que llevaba a toda la familia a misa, desenganchado en la cochera, donde, en revuelto montón, se apilaban regaderas, picos, juegos de “croquet” y tragabolas. Y puedo añadir el  tufo penetrante del estiércol en el corral. Sin olvidar el aroma de las macetas de geranios del invernadero ni el olor del estanque con sus ranas muertas en actitudes de tenor con una mano sobre el corazón. Andando el tiempo, había de conocer el olor de Marsella, que da esperanza; el ámbar gris, que irrita la piel y hace enrojecer; el de lirios mustios de las alcobas.

 

 

Pero ninguno de estos olores eclipsa el olor del circo, el olor del Circo Nuevo, el gran olor maravilloso. Sabíamos que estaba compuesto por excrementos de caballos, barreduras de alfombras y de cuadras y sudores cuantiosos; pero, además, algo indescriptible, algo que escapa al análisis, mezcla de ilusión y de júbilo que se agarraba a la garganta, que la costumbre alzaba, en cierto modo, sobre el espectáculo y que hacía las veces de telón. Y la riqueza profunda del estiércol de mi infancia me ayuda a comprender que ese olor de circo es un estiércol sutil que vuela, un polvo de estiércol dorado que sube bajo la cúpula de cristales, irisa los globos de luz y pone un nimbo de gloria alrededor del trabajo de los acróbatas; luego desciende y ayuda poderosamente  a que florezcan los payasos multicolores.”

 

 

(Imágenes—1- Flores- lobusgratis/ 2- Camille Bombois/ 3- Augusto Giacometti – 1923)

RETRATO DE LA MAGNANI

 

 

“Dios, ¡ qué bella es esta mujer fea, despeinada, sin afeites, que se yergue ante mí y, a través de los cristales, contempla discurrir la vida de la ciudad! “—con esta observación y esta pluma el gran periodista italiano Indro Montanelli evocaba su encuentro con Anna Magnani en Milán —.” No por un gesto de la mano, sino aterrorizados por el resplandor de los ojos sobre los que hacían sombra, los cabellos se le han alzado sobre la frente de mármol y ahora se pliegan dócilmente de lado y bajan a lamerle la mejilla en una caricia consoladora, mientras una lágrima, contenida, al parecer, hace años, le brota de lejos entre las pestañas y viene a ablandar la mirada dura y triste que naufraga en ellas lánguidamente.

 

 

Aquí está tal cual la vi aquella noche, con los negros cabellos desgreñados sobre la frente sin necesidad de peluquero, entre los cuales brillan los ojos duros y tristes dentro de las hondas órbitas. Estos ojos saben encenderse y reír, cuando quieren; sonreír, jamás. Ella no los fuerza a una expresión jovial ni siquiera cuando ahora viene a mi encuentro al umbral de su habitación; los deja en estado bravo, en armonía con el resto de su persona, o sea con su dureza y tristeza habituales. Tal vez está cansada; tal vez me considera demasiado astuto y ya demasiado amigo para tener que recurrir a semejantes coqueterías que, evidentemente, le pesan.

La había visto antes en Roma. Estaba tumbada a lo largo de una poltrona, fumó uno detrás de otro media docena de cigarrillos, y se calló terca y largamente, insensible al homenaje que demostraban rendirle las otras amigas que, por no turbar su hipocondría, hablaban en voz baja y siempre dedicándole a ella su conversación,  aun cuando no la miraban y daban a entender que la ignoraban. “¿Qué has hecho hoy, Nannare?”, le preguntó finalmente un jovenzuelo con el pelo lustroso de brillantina, cuyo deseo de mostrar su intimidad con “Nannarella” había ido demorándose hasta hacerse incontenible. “ He ido al mar” , respondió ella sin levantar la vista del suelo. Y todos se echaron a reír locamente, como si hubiera pronunciado la más ingeniosa de las frases.  Anna no se movió de su postura con la cabeza gacha, y prosiguió al poco en voz baja: “He ido al mar para enseñárselo a la niñera de mí hijo, que es campesina y no lo había visto nunca. Se ha quedado pasmada. Se resguardó detrás de mí, por un momento, y tirándome de la falda me dijo: “Vámonos, señora, vámonos antes de que todas esas piedras blancas y azules se nos echen encima.”

 

 

(Imágenes-1-foto publicitaria con su firma/ 2- Anna Magnani -Fabri editori/ 3-colognoisseur)