“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (25) : NUNCA SE CONOCE A UNA PERSONA

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS   (25)—Nunca se conoce a una persona

 

—Veo que le sigue impresionando el tiempo. Entonces, ¿le impresionaba todo aquel “cementerio de los elefantes”, como usted lo ha llamado?

 

– Mas que impresionarme me hacía pensar. Mire usted, como usted sabe, yo estoy ahora en trance de escribir un libro, mas bien avanzo muy poco a poco en unas páginas que yo quisiera titular “Los Cuadernos Miquelrius”, (y el título se lo he dado precisamente por esos cuadernos que usted ve aquí, sobre esta mesa, estos cuadernos alargados) : intento que ese libro reúna, no sé si lo conseguiré, una serie de reflexiones en las que quiero incluir, e incluso mezclar, recuerdos, entrevistas y fórmulas de Diario, quizá alternadas con cuentos ( no lo sé aún), y ese libro no aspira a ser otra cosa que una especie de evocación de la memoria, o tal vez unos extractos de Memorias, no sé, no quiero subtitularlas “casi Memorias” porque no lo son, serán memorias inconexas, poco lineales, tampoco muy completas.

En mi vida, como alguna vez usted misma me lo ha querido recordar, he tenido la suerte o el privilegio de conocer a personas relevantes, destacadas, al menos para mí, en el campo de las artes. A veces las he encontrado de repente, sin buscarlas, por ejemplo a Ezra Pound en Spoleto, una mañana soleada de 1965, aunque no pude hablar con él ; o a Hemingway en Madrid; otras veces, en cambio, las he buscado yo: he ido, por ejemplo, en Madrid a hablar con Baroja en 1955. De alguna forma u otra a estas personas, aún no sé cómo, las citaré en el libro.

-Es gente muy interesante. ¿Va a hablar de todos ellos?

-A algunos los citaré. A otros les he dedicado ensayos o artículos, por ejemplo a Hemingway cuando murió, en 1961.

– ¿ Entonces esos ” Cuadernos Miquelrius” de que me habla no van a ser un libro de ficción, una novela, algo parecido a lo que ha escrito usted en otras ocasiones…?

– No, no pienso que sea exactamente un libro de ficción, será un libro de Memorias,  pero sí tendrá algo de ficción porque ya sabe usted que la memoria recoge, modifica y amplía, y hace mil cosas casi sin querer, y luego ella se muestra como quiere; por ejemplo, creo que en ese libro la construcción, la técnica, los mismos cuentos si al final los incluyo, que aún no lo sé, pueden aportar ficción, en realidad lo aportarán. Usted misma estará retratada en ese libro

– ¿ Yo?

– Sí, usted viene por aquí muchas tardes, viene a verme, a preguntarme. Yo sé lo agradezco. Lo hace con interés. Es lógico que usted aparezca en el libro. Por cierto, hace unas semanas, hablando con un buen amigo mío, un gran crítico literario con el que suelo verme de vez en cuando en una librería de Madrid, me preguntó no sin cierta ironía si usted existía. ¿Existe esa periodista?, me dijo. El cree que usted es una invención mía. No, usted sabe bien que existe. No es una invención. Y yo creo que existe porque me basta con verla aquí, como tantas tardes, siempre tan interesada, tan puntual, sentada como está hoy con su pantalón rojo y su jersey blanco, con su grabadora preparada encima de la mesa y tomando notas a la vez en este despacho, tan atenta siempre a cuanto digo.

-Cumplo con mi obligación, con lo que hemos acordado…

– Y cumple usted muy bien, no lo dude. Se lo digo porque sus preguntas tienen siempre la lógica curiosidad que debe poseer todo periodista. Ya sabe usted que sólo hay dos tipos de personas a quienes hay que interesar en una entrevista. La primera es al entrevistado; si el personaje se siente interesado por lo que se le pregunta, hablará y contará muchas cosas. Y la segunda es al lector sencillo y corriente: si se ha conseguido interesar antes al personaje y se ha logrado extraerle cosas de interés, esas cosas interesarán siempre al lector corriente. De todos modos, aunque la entrevista es un género muy útil para intentar conocer a quien uno tiene delante, por mucho que me entreviste usted largamente nunca me llegará a conocer.

-Lo sé. ¿Se refiere usted con eso a su propia personalidad o se refiere a todo el mundo?

-No. Me refiero a todo el mundo. Nunca se llega a conocer profundamente a una persona.

-Pero usted quizá lo dice porque siempre habrá reservas…

–Sí, siempre habrá reservas, es lógico. Lo digo porque siempre existen las lógicas intimidades humanas que nunca se muestran. Y en absoluto lo estoy diciendo por usted ni tampoco por sus preguntas, que me parecen siempre oportunas y me ayudan a reflexionar; lo digo sencillamente porque a una persona nadie la llega nunca a conocer por completo, es decir, conocer de una manera total; nunca nadie llega al conocimiento del auténtico interior de una persona. Ni siquiera ella misma se acaba de conocer completamente. Ni tampoco a lo largo de su vida, aunque esta vida sea muy larga. Existen numerosas aproximaciones para llegar a su interior, eso es cierto ¿ Pero quién conoce de verdad a una persona con la que uno incluso puede hablar diariamente, por ejemplo, un esposo, una esposa, un hijo? Se dice que las madres conocen muy bien a sus hijos. Sí, quizá eso sea lo más aproximado, lo más cierto. Pero al ser humano en su profundo interior es muy difícil conocerlo. Ni siquiera, como le digo, en el matrimonio se conoce la auténtica verdad de la otra persona y eso aunque transcurran muchos años. A mí me ayuda siempre esa imagen tan plástica y normal, pero tan representativa, que solemos ver en las calles. Dos personas están hablando en una esquina y entre ellas, entre esos dos rostros, pasa un estrecho hilo de aire, un espacio, una pequeña corriente de aire que naturalmente separa a las dos figuras y a los dos rostros. Ese estrecho pasadizo de aire es lógico que exista, pero ese pasadizo del aire simboliza también algo: nos recuerda de algún modo la constante y lógica separación entre dos intimidades que están hablando. Una intimidad se protege siempre de la otra intimidad que le interroga y la que está enfrente hace lo mismo. Cada intimidad contará y desvelará solamente en esa conversación o en otra cualquiera aquello que ella quiera contar y de la forma en que lo quiera contar, o lo que en ese momento le interese contar y también ocultar; a veces incluso llegará a confesar cosas muy personales, pero nunca revelará todo por completo, es muy difícil que desvele toda su intimidad. Existe una frontera, existe una natural protección por uno mismo. Uno no desvela nunca todo. Además, hay cosas, como le decía antes, que incluso el propio yo no conoce.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – (Memorias)

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

NUBES TRANSPARENTES

 

“Nubes transparentes

con sus estratos grises y azulados,

llegadas aquí desde lejos,

de más allá del valle y del Istra,

para que en el estratificado humo

por el nuboso rastro

percibir podamos

el combate de los ángeles radiografiado.”

Mijaíl Aizenberg—(Moscú 1948) – (traducción de Marta Lloret Llinares)

 

 

(Imágenes—1- Constable- 1822- museo Victoria Alberto / 2- Ted Kinkaid- 2004-Walker gallery -Dallas- artnet)

VIEJO MADRID (92) : TIPOS MADRILEÑOS EN EL TEATRO

 


“Sobre el telón madrileño — escribía la profesora Carmen del Moral al hablar del llamado “género chico’ en el teatro  del siglo XlX—, están  los supuestos habitantes de la ciudad. La galería es muy variada. En primer lugar, están los representantes de ese Madrid preindustrial que está especialmente formado por los trabajadores de artes y oficios, muy numerosos todavía en la ciudad  y que englobaban sectores muy diversos que iban desde el taller artesano de mediano y pequeño tamaño hasta el trabajador autónomo que empleaba singularmente la destreza o la habilidad artesanas. Es rara la obra inspirada en Madrid en la que no salga algún carpintero, sillero, ebanista… Están después los oficios diversos muy ligados a la vida urbana, como sereno, portero, guardia municipal y la inevitable e imprescindible lista de tenderos.

 

 

Esto del lado de la población masculina, que se complementa con unas actividades femeninas en las que junto a las mujeres ocupadas en quehaceres domésticos aparece una enorme serie de mujeres trabajadoras que va de las cigarreras y verduleras a planchadoras, zurcidoras,, peinadoras, costureras, modistas… En general, trabajos que permiten la obtención de un salario sin abandonar la familia ni el hogar. En un renglón aparte las criadas, sin duda alguna por la significación numérica que este sector tenía en la sociedad madrileña de aquellos años.

A medida que el género evoluciona, la galería se completa y amplía (…) Así van apareciendo tímidamente el parado junto al cesante y los grupos marginales de golfos y delincuentes al lado de vagabundos y rateros profesionales.

(…) La ciudad no cambia y tampoco lo hacen sus gentes. Está anclada en los barrios bajos y en la clase baja — como  se titulaba  muy expresivamente una obra del género escrita por Sinesio Delgado y López Silva en 1890 —. Todo lo demás no existe.

 

(…) No habrá ya ni criadas descontentas, ni cigarreras semiproletarizadas, ni jornaleros en paro, ni obreros conscientes. Seguirán existiendo en los libretos unos y otros, pero únicamente atentos a definir materialmente — a través de  palabras  o de frases — la singularidad de sus faenas u oficios y a representar hasta el fin de la obra un papel que desde el principio ya está codificado: a medida que el tiempo pase hasta los propios espectadores sabrán de antemano qué va a decir, qué va a cantar y cómo va a hacerlo. El prototipo funcionará, porque la obra no tendrá por objeto nada más que la idealización de esa sociedad de pequeños trabajadores y trabajadoras urbanos. Esto sólo era posible hacia 1900 en Madrid si uno se apartaba de la realidad, la idealizaba y creaba en el escenario el mito de Madrid. O sea, de Madrid al cielo…, como pregonaba tonta y crédulamente Felipe.”

 

 

(Imágenes—1 – Eduardo Vicente/ 2- José Sancha/ 3 y 4 – Eduardo Vicente)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (24) : EL CEMENTERIO DE LOS ELEFANTES

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (24) : El cementerio de los elefantes

 

 

 

 

– Como complemento a todo esto, he leído que en alguna entrevista de hace años usted hacía una alusión a lo que llamaba “el cementerio de los elefantes”. Me gustaría que me hablara algo de eso…

 

-Bueno, sí, es una expresión mía que frecuentemente he empleado, es una convicción, más bien una lección – al menos para aplicar a la literatura, pero yo creo que podía abarcarlo casi todo. Recuerdo, por ejemplo, una vivencia muy concreta en Madrid, un sábado por la mañana. Era una de esas mañanas de sábado en que yo comencé a bajar la cuesta cercana a la estación de Atocha, una cuesta que descendía desde la calle de Alfonso Xll hasta el paseo del Prado, en pleno barrio de los Jerónimos, una pendiente llamada popularmente Cuesta de Moyano, instalada junto a la verja del Jardín Botánico, y allí me fui deteniendo en aquellas casetas o cajones hechos con madera de pino, cada uno de ellos de quince metros cuadrados, ya dotados por fin con agua, electricidad y teléfono, y donde reposaban, aún vivos, algunos muertos eminentes y otros desconocidos de la literatura de todos los siglos. Estaban allí sus cuerpos extendidos, algunos sobre repisas inclinadas mirando desde sus lápidas al transeunte y otros colocados desde hacía mucho tiempo en estanterías antiguas como nichos mostrando sus lomos y el nombre de sus autores. Allí aparecían muchos títulos editados por la casa Caro Raggio, donde habían publicado, entre otros, Pío Baroja o Eugenio D’ Ors, páginas casi amarillas, ediciones de 1923; estaban allí también los pequeños libros de la editorial Renacimiento, con las “Escenas de la vida moderna” de “Andrenio”, a dos antiguas pesetas según se leía en la contraportada, impreso en 1913; estaban allí los volúmenes de los editores e impresores V.H. Sanz Calleja , en donde aparecía “La novia de Cervantes” de Azorín al lado de “Humillados y ofendidos” de Dostoievski; podían encontrarse igualmente volúmenes de la editorial “Mundo Latino”, de 1922, con las “Crónicas” de Gómez Carrillo; estaban allí varios volúmenes de la Casa Editorial Hernando, iniciada en 1828, herederos de Pérez Galdós, con “Fortunata y Jacinta”. Aparecía allí “Azul” de Rubén Darío, de 1943, en Afrodisio Aguado o el “Dante” de Louis Gillet, de 1947, en el editor José Janés; estaba allí en tamaño minúsculo la biografía de Gerardo de Nerval por Ramón Gómez de la Serna editada por La Gacela; se encontraba también la editorial Sempere, de Valencia, con “El circo” de Gómez de la Serna con ilustraciones del propio autor; estaban por supuesto las obras de Eca de Queiroz en la editorial Biblioteca Nueva, según marcaba el libro, por cuatro pesetas. Y al entreabrir y hojear aquellos libros se advertían columnas, márgenes, títulos de capítulos, cursivas y redondas, comillas y citas, muchas veces dibujos, miniaturas, pero sobre todo palabras, palabras, palabras, todos aquellos autores que habían estado inclinados durante largos años en intensas mañanas y tardes sobre la aparición de las palabras, la unión de las palabras, cómo contar amores y traiciones sirviéndose de palabras, infidelidades, duelos, lances de capa y espada con palabras embozadas, rencores, ilusiones y venganzas, y mientras que yo iba observando todo aquello, aquellas palabras aisladas , y algunos párrafos incluso los leía por encima aunque de modo muy pasajero y superficial y únicamente por descifrar algún diálogo o escena, el grueso librero al que yo aún no había visto porque estaba casi sumido en la penumbra y que había estado sentado hasta entonces en una retirada banqueta detrás de un mostrador, se levantó y se fue acercando lentamente hacia mí como desconfiado y receloso, observándome en silencio con su rostro enrojecido y apacible, escrutándome de modo aparentemente distraído, intentando adivinar sin duda qué tipo de comprador podría ser yo, si un mero paseante ocasional o un aficionado a la rareza, a la belleza, quizá al coleccionismo, y si aquello de trastear yo las pilas de libros lo estaba haciendo por pasión o por pasatiempo, por vocación o por afán de posesión, y así el librero, de eso estoy seguro, intentaba calibrarlo todo al observarme, enfundado su abultado estómago en un oscuro blusón de grandes bolsillos y con el cigarro medio apagado en la boca, moviendo lentamente sus manos mientras vigilaba las palabras de las sobrecubiertas en venta, aquellas sepulturas ofrecidas a los ojos del transeúnte, cambiando de vez en cuando de postura a algunos de aquellos cuerpos para que no los pudriese el tiempo, y colocando bien y de modo derecho, por ejemplo, la portada de un Valle Inclán o la de un Quevedo antiguo. En una pequeña vitrina apoyada en un extremo del mostrador y que permanecía con las puertas abiertas podían verse perfectamente y muy ordenadas diversas revistas antiguas, “La Esfera”, “La Ilustración Española y Americana”, Nuevo Mundo”, “Revista de Arte”, “Blanco y Negro” y otras muchas y allí estuve entreteniéndome con los ejemplares y admirando los dibujos de Emilio Freixas o de Rafael de Penagos, ilustraciones vaporosas para posibles historias de hadas en el primero y figuras femeninas azules y rojas, cubiertas de elegantes sombreros y estilizados perfiles, en el segundo. Recuerdo que me detuve sobre todo en uno de los grandes grabados de Tomás Carlos Capuz para “La Ilustración Española”, uno que llevaba por título “Aguardando la procesión”, donde doce figuras entrelazadas en un balcón mostraban muecas y posturas entre abanicos, mantillas, tapices, dimes y diretes, confidencias y requiebros. Aquel grabado se había publicado en septiembre de 1899 en la Revista y conservaba todo el movimiento de la espera inquieta ante una ceremonia en la calle, los cuchicheos de las majas y el bullir de los trajes, el tipismo de una ciudad posiblemente de provincias. Pero al dejar a un lado el grabado de Capuz y colocarlo en su sitio, de improviso y de modo sorprendente me encontré que asomaba entre una revista y otra y entre una y otra colección una carpeta conteniendo unas grandes hojas sueltas que parecían como desprendidas de algún libro y que enseguida me llamaron la atención. Se trataba de una serie de reproducciones de Honoré Daumier, el gran caricaturista francés y también pintor, el hombre que había creado cuatro mil litografías para la prensa y que al final se había quedado ciego. Pero lo que me asombró de repente era verme retratado precisamente allí de algún modo, en una de aquellas primeras pinturas, como si yo me mirara en un raro espejo, porque la postura y la atención con la que el personaje de Daumier se presentaba en ella era la misma que yo estaba adoptando en ese instante. En la imagen de Daumier aparecía un hombre examinando una carpeta de grabados, que era lo mismo que estaba haciendo yo, y como él también yo sostenía ahora con mi mano izquierda el borde de aquella carpeta e iba pasando con mi mano derecha la sucesión de láminas. Por lo que distinguí en la parte inferior de aquella hoja, su fecha – 1860 – hacía que nos separara a ese hombre y a mí bastante más de siglo y medio, y me fijé igualmente lo que alguien había dejado escrito en una de las esquinas: que aquel trabajo se conservaba en el Petit Palais de París y que Daumier probablemente había ambientado su escena en una sala de exposiciones del Hotel Drouot. Me acordaba perfectamente de aquel Hotel Drouot, no muy lejos de la que había sido mi primera vivienda en París, y casi inmediatamente, al ir revolviendo con gran cuidado más litografías y caricaturas, recordé cuántas veces también yo había revuelto libros y carpetas en las orillas del Sena cuando vivía en París, en el encanto de los célebres “buquinistas” al lado del río y cómo las aguas tan cercanas se iban llevando mansamente obras, títulos y autores en un fluir casi interminable, el fluir del tiempo. Sucedía aquello en muchas ciudades del mundo y era lo que yo frecuentemente llamaba, como usted me ha recordado antes, “el cementerio de los elefantes”, es decir, el lugar donde vivían los gigantescos paquidermos literarios, poderosos rinocerontes e hipopótamos, de piel gruesa y dura como también era la de los elefantes, escritores e ilustradores que habían mostrado un enorme peso en su época, con sus tres o cuatro dedos en las extremidades escribiendo y dibujando siempre, vendiendo y atrayendo de manera continua al público y que luego, poco a poco, habían sido apartados y reducidos a meros recuerdos, tanto en la fuerza de sus láminas como en el poderío de sus volúmenes. Por allí, por aquellos casetas parisienses al lado del Sena que siempre soportaban muy crueles inviernos y gozaban en cambio de alegres primaveras, había visto muchas veces colgadas y ofrecidas al espectador algunas hojas sueltas del “Charivari” o de “La Caricatura”, revistas satíricas del XlX, donde precisamente Daumier había volcado tantas ocurrencias suyas y mi imaginación, siguiendo aquel camino de los cajones al lado del río, se había entretenido con frecuencia en las escenas del gran dibujante francés en donde tremendas muecas distorsionadas de los abogados de París se mezclaban con el jolgorio y las volteretas al aire de los saltimbanquis callejeros. Daumier había logrado captar atmósferas interiores y exteriores, desde los pasillos y las escenas gesticulares de las Audiencias en el Palacio de Justicia hasta la plasticidad viva de las calles, pero ahora, el tiempo, que seguía pasando lenta y continuamente bajo el agua de los puentes de París, como así ocurría también entre mis manos en Madrid al contemplar aquellos grabados, el tiempo, como digo, lo había ido arrumbándolo todo, desplazándolo todo, y aquello ya no serían nunca más novedades sino objetos, quizá reliquias – algunas sin embargo muy valiosas – de curiosidades y recuerdos.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

 

(Continuará )

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EL SUEÑO DE LA EPIDEMIA

 

El escritor francés Georges Perec publicó  en su libro, “La cámara oscura”,  muchos de sus sueños.

De una noche de octubre de 1970 contó  el siguiente que había soñado :

LA  EPIDEMIA

“El soñador ( porque toda esta historia parece una novela en tercera persona) se ha sentado en la mesa de un pequeño bistrot. Aunque sea extranjero, enseguida lo consideramos como uno de los fieles habituales de la casa. El patrón y algunos clientes  hablan de la epidemia. Entra el cocinero chino del restaurante de al lado ( el soñador piensa  que se parece a alguien que él conoce);  el cocinero chino dice que hay que encontrarle un sustituto, porque él ya no puede continuar vigilando sus fuegos y cocinando en casa de las niñas al mismo tiempo. Cita, respecto a esto, el refrán de Shakespeare:

—-¡ No todos morían, pero a todos afectaba!

Estupefacto, el patrón del café mira al soñador: él conocía ese refrán a través de este último. En ese mismo instante, el soñador comprende que deja de ser un desconocido sentado a la mesa y que se convierte en “el personaje central”; al mismo tiempo, reconoce al cocinero chino; sólo lo conoce a él. Es él quien, efectivamente, viene de vez en cuando por voluntad propia a echarle una mano a las chicas.

 

Ha habido una gran epidemia de cólera. Todo el mundo quiere que le examine el médico. Los síntomas son esputos de sangre. El soñador y dos de sus amigos recorren la ciudad. Llegan hasta una escalera bloqueada por una multitud de chicas jóvenes, sin duda de un internado. Fingen tener prioridad, como si uno de ellos padeciese la enfermedad, para obligar al médico a ocuparse antes de ellos. El médico se ve obligado a abrirse camino entre las chicas.

Un poco más tarde, en medio de un montón de chicas tumbadas, enfermas, el soñador recoge del suelo un pedazo de tierra ( y no una inmundicia o un excremento). Y descubre, tras una puerta, a su amigo J., yacente, muerto, convertido en tierra, convertido en bloque de tierra al que le falta el pedazo que él acaba de recoger.”

(Fin del sueño)

 

 

(Imágenes—1- Joshua Flnt/ 2- David Kapp- 2014/ 3-Saúl Leiter- 1956)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS’ : MEMORIAS (23) : CORTÁZAR

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando  desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS   (23) : Cortázar

 

 

10 mayo

 

– Una curiosidad – me dice hoy, después de varios días, la periodista nada más llegar -: en varias ocasiones me ha hablado usted de que suele escribir en el coche … El otro día, al hablarme de Roma, volvió a recordarme cómo se detenía usted junto a las Termas de Caracalla para escribir…
¿Es eso una manía, una costumbre…? Creí que siempre trabajaba en el despacho…

 

-No, en absoluto. No es una costumbre. Simplemente un aprovechamiento del tiempo. Me gusta crear mis propios “despachos”, un recinto privado en cualquier parte. El automóvil me sirve. Además es un “despacho” que se puede desplazar, que puedo orientarlo a diversos paisajes. Me coloco en el asiento a la derecha del volante, es decir, en lo que se llama el asiento del copiloto, pongo mis libros y cuadernos al alcance de la mano y me dedico a trabajar. Pero yo escribo en cualquier parte, como le digo. He escrito en mil sitios distintos, naturalmente en este despacho en el que estamos, pero también al aire libre, en una gran Biblioteca, en estudios apartados, en carreteras secundarias, en bosques silenciosos, y muchas veces, sí, en el interior del automóvil. En Galicia, por ejemplo, recuerdo que solía conducir muy despacio por un camino de hayedos, en un lugar entre Villagarcía de Arosa y Caldas de Reyes, en Pontevedra, hasta encontrar un mismo lugar como refugio, que era un sitio preciso, un despacho natural, con unos árboles que ya conocía. Recuerdo que brillaban gotas de lluvia en los helechos y allí permanecía largas horas estudiando y escribiendo junto a cortezas agrietadas y hojas verdes y oscuras. Un día, escuchando dentro del coche la voz de Cortázar que hacía años llevaba guardada en mi grabadora desde el día en que mantuvimos los dos un coloquio, aún me parecía ver entre aquellos árboles su alta figura cuando tuve el encuentro con él en Madrid un año antes de su muerte. “Un cuento, me había dicho él entonces y ahora lo volvía a escuchar, es como andar en bicicleta. Mientras se mantiene la velocidad el equilibro es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector”. Me impresionaba oír de nuevo su voz en el bosque, dentro del coche, una voz argentina, cadenciosa, deslizando las erres y las eses, pero igual que me impresiona siempre oír la voz de alguien que ya no está con nosotros. La voz humana es algo muy profundo, singular, muy personal, con sus timbres y tonos únicos; algo que, al menos para mí, me conmueve más que una fotografía. Cortázar, con sus largas piernas, sus grandes barbas y sus grandes gafas, me hablaba del cuento porque yo se lo había preguntado y ahora le volvía a ver en aquel hotel madrileño donde charlamos sobre su libro “Deshoras” y en ese momento, en el monte silencioso de Galicia y sobre suelos de humedad brillante, en aquel despacho móvil y personal que yo me había fabricado con las ventanillas abiertas y un aroma fresco a madera, volvía a oír al autor de tantos cuentos recordándome que nadie había definido hasta entonces un cuento de manera satisfactoria porque cada escritor tiene su propia idea del cuento. El cuento para Cortázar era un relato en el que lo que interesaba era una cierta tensión, una cierta capacidad de arrastrar al lector y llevarlo de una manera que se podría calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Yo escuchaba su voz en el silencio del bosque y recordaba también la experiencia que él me había narrado al hablarme de su “Diario para un cuento”, un relato incluido en “Deshoras“, un experimento, me dijo, para ver si frente al problema de no encontrar un camino para escribir un cuento, al describir esas dificultades en forma de Diario (es decir, todos los problemas del escritor que no encuentra el camino), el cuento quedaba atrapado dentro del Diario. Cortázar me había confesado que había tenido que dar vueltas en torno a ese cuento, mirándolo por todos lados, y hablando continuamente de los problemas que le impedían escribirlo. Al recordar aquellos problemas de creación del escritor argentino volvía yo a levantar ahora la vista desde el automóvil hacia el aire húmedo de los árboles, paseaba mi mirada sobre el musgo y las hojas, y evocaba los momentos en que había querido estar muy cerca de creadores y artistas, como así se lo comentaba a usted el otro día, preguntándoles por sus dudas .

-¿Y qué impresión le causó Cortázar?

-Un hombre afable, cordial, muy cercano, un hombre que dudaba.

-¿Dudaba?

-Sí, dudaba; en ese momento dudaba respecto a sus textos, al menos eso me pareció; siempre le daba muchas vueltas a sus textos, les daba vueltas por todos lados hasta encontrar su forma.

-¿Usted lo había visto antes en París?

-No, en París no coincidí nunca con él. Tampoco lo busqué. Vi a otros escritores pero no a Cortázar. Pero esto de dar vueltas a los propios textos es muy típico del escritor. Bernard Shaw decía, “Demasiado cansado para trabajar, escribo libros”. Lo que pasa es que hay otro tipo de cansancio: el cansancio de cualquier artista intentando lograr una obra aceptable. Como creo que he dicho alguna vez, y eso es una convicción en mí, la labor del escritor es bastante parecida a la que puede ser la de un relojero, es decir, a la de un cuidadoso artesano: un cuidadoso artesano ante una hoja en blanco. Un escritor en su taller o en su despacho toma – lo mismo que hace un relojero- unas lentes de aumento para observar las palabras, emplea a la vez pinzas personales (su lápiz, su pluma, el ordenador en cuyo teclado pone las yemas de los dedos), también con frecuencia utiliza una especie de destornillador íntimo para desarmar primero sus ideas y luego para volver a armarlas, se concentra totalmente, o al menos así debería hacerlo, en la operación que realiza, se sirve y a la vez se olvida de sus herramientas, puesto que si piensa excesivamente en sus herramientas y no se deja llevar por el misterio de la escritura lesionará su creación, y sobre todo y principalmente, debe dedicar muchas horas a escribir. Un escritor ha de permanecer sentado durante mucho tiempo, durante muchas horas, es necesario que permanezca allí trabajando con toda paciencia, atentamente, tenazmente, igual que lo hace el artesano, lo mismo que el relojero cuando instala su minúscula pieza en el mecanismo del reloj.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

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EL BLOQUEO DEL ESCRITOR

 

 

“He oído que tiene usted problemas para escribir — decía John Steinbeck a alguien que se esforzaba en avanzar —. Conozco ese sentimiento muy bien. Creo que jamás volverá , pero lo hace una mañana y aquí está de nuevo. Hace cosa de un año un dramaturgo me pidió ayuda para resolver el mismo problema. Le recomendé que escribiese poesía no para venderla ni mostrarla, sino poesía para tirar. La poesía es la matemática de la literatura y muy afín a la música. Y además es la mejor terapia. Solamente escribir poesía, cualquier cosa y sin estar dirigida al lector. Es algo de gran valor.”

 

En algún Curso de escritura creativa se recomendaba lo siguiente:  escribir un mínimo de quince minutos seguidos; no detenerse a revisar lo que se ha escrito ( las correcciones atañen a la parte racional y hay que pensar que cuando uno está escribiendo en principio se está desarrollando la parte “irracional”) ; si es posible  (pero eso depende de los temperamentos )  no dar importancia en una primera redacción a la sintaxis o a la puntuación : lo importante es escribir. El texto no es necesario que cuente una historia ni que sea coherente. “Así  como algunos jóvenes practican el piano o el violín cuatro o cinco horas diarias — confesaba Truman Capote —, igual me ejercitaba  yo con mis plumas y papeles.”

Acechan alrededor del cerebro del escritor todas estas frases: “Otros lo harían mejor”. “No podré”. “No tengo nada que decir”. “ Es absurdo que escriba”. “ No sirve lo que estoy haciendo”. “ Lo que hago es peor que lo de los demás”. “ Resultará aburrido”. “No vale nada”. “ No es prudente”.

Son los irremediables temores que aparecen durante el proceso de creación — como así los anotaron Didier Anzieu o Ernest Kris—. En la primera etapa de la escritura, el temor a la soledad ( lo que Steiner llamaba “la fase nocturna de la soledad”), pero en donde soledad y singularidad son esenciales.  En la segunda etapa, el creador piensa que lo que está haciendo es “inservible”. En la etapa tercera “encuentra” materiales para trabajar – aunque sean antiguos y precisamente porque son antiguos—: es decir, recupera anotaciones hechas en el pasado. En la cuarta etapa, aparecen las resistencias en el trabajo de estilo y composición : se domina con la paciencia en el quehacer, con la habilidad y la confianza.  Y la quinta etapa es el publicar, en donde uno se presenta ante el juicio de los demás.

Cinco etapas, cinco temores, cinco superaciones.

 

 

(Imágenes—1-Saúl Leiter- 1959/ 2-Nathalie Dion/ 3-Walter Ballmer-1972)