EL AMOR Y LAS SETAS


Si uno pudiera distinguir el verdadero amor del falso, como uno distingue las setas buenas de las malas — dice Katherine Mansfield en su “Diario”—.Con las setas es muy sencillo: se salan bien, se guardan y se espera con paciencia. Pero en amor, en cuanto uno ha descubierto algo que se le parece lejanamente,está seguro, no sólo de que es un ejemplar auténtico, sino de que quizás es la única seta que aún quedaba por coger. Y se necesitan un número espantoso de setas malas, para convencernos de que la vida no es toda un hongo interminable.”

(Imagen- violetas.- la coctelera)

LA UCI DEL MUSEO DEL PRADO

No sé qué día exactamente del mes de junio de 2020 fue el que me acerqué hasta aquella enorme puerta de la llamada ampliación del museo del Prado, muy cerca del claustro de los Jerónimos, pero sí recuerdo que aquello ocurrió en la segunda quincena del mes, cuando las autoridades hacía días que nos habían permitido ya salir de casa tras el largo confinamiento provocado por la pandemia del coronavirus. Unos meses antes de que llegara a España la pandemia, debió de ser a finales de enero de 2020, yo había dedicado una mañana, como solía hacer al menos una vez al año, a recorrer una vez más algunas salas del museo de siempre, creo recordar que fueron las salas de Goya y de Velázquez, y pensé, mientras disfrutaba con aquellos cuadros cuya visión jamás me cansaba, que un día debía decidirme a visitar la ampliación del Prado, de la que mucho me habían hablado, pero que yo, por unas cosas o por otras,  aún no conocía. Después llegó el largo confinamiento a causa de la pandemia y al fin, como digo, no recuerdo bien en qué día exacto me decidí a solicitar mi entrada online veinticuatro horas antes de visitar el museo ya que así lo establecían las normas,  y al fin me dispuse a cruzar un Madrid prácticamente desierto, con aún muchas personas atemorizadas e indecisas por todo lo ocurrido, y poco antes de las diez de la mañana, llegué ante aquella puerta que siempre me había intrigado. La verdad era que no sabía demasiado de ella, salvo algunos comentarios que había leído hacía tiempo en la prensa en torno a su cúmulo de hojas de bronce patinado, una especie de tapiz vegetal, como así lo había definido su autora, Cristina Iglesias, una escultora excelente, creadora de aquel enorme portón de 6 metros de altura y 22 toneladas de peso  que cada dos horas, según decían, y gracias a un sistema hidráulico perfecto, iba cambiando su posición para mostrar un espacio diferente. En varios comentarios se añadía que contemplar aquel movimiento de las puertas suponía para el visitante todo un espectáculo. Y enseguida pude comprobarlo. Pocos minutos después de mi llegada al museo, a las diez en punto de la mañana, estando yo de pie esperando allí aquel movimiento, poco a poco empezaron a entreabrirse lentamente los cuatro paneles movibles de los seis que tenía la puerta — dos fijos y cuatro movibles —y una rendija de claridad comenzó a vislumbrarse entre las hojas como si la luz rasgara el espacio. Yo venía desde hacía meses, a causa lógicamente de la pandemia, de una atmósfera casi fantasmagórica dentro de una ciudad absolutamente desértica y paralizada, a la que había que añadir cada noche las imágenes repetitivas de los telediarios mostrando recintos sanitarios en los que deambulaban, igual que en una película de ciencia-ficción, extrañas máscaras de buceo y espaldas de batas blancas y azules entre filtros, respiradores y gasas, conversaciones envueltas en pantallas de plástico y escenarios de silencios en los que cada gesto intentaba  detener a la muerte. Por ello sin duda aquel  delgado reflejo de la luz de la mañana en la puerta del museo que en aquellos momentos continuaba abriéndose me transportaba a un mundo nuevo e incluso en cierto modo esperanzado. Recuerdo que al pasar junto a las enormes puertas, y procurando tener  gran cuidado ya que sólo me protegía la mascarilla obligatoria por la pandemia, quise tocar levemente, porque no llevaba guantes, la superficie de una de aquellos enormes paneles, y enseguida en mi dedo índice sentí todo el volumen de la fibra nudosa, tal y como si estuviera tocando cualquier tronco de  árbol de los que muchas veces, no lejos de allí, había podido palpar meses atrás en el cercano parque del Botánico. Mientras tocaba aquella superficie evoqué de algún modo lo que un día había declarado su autora, que aquella pieza de hojas intentaba ser un tránsito entre la ciudad y lo imaginado.

Al fin abrí aquella puerta, avancé unos pasos por una pequeña galería a la que daban numerosos despachos acristalados y me encontré de pronto con la UCI del museo del Prado de la que tantas veces me habían hablado. Era el lugar último y urgente, y al mismo tiempo paciente y calmo, de la restauración de pinturas, esculturas y toda clase de tesoros del arte. Alli estaba, por ejemplo, en el suelo, apoyado sobre almohadones para no ser dañado, el cuerpo del caballo zaino que montaba lFelipe ll pintado por Rubens. Era un Felipe ll, de cuerpo entero, con capa y sombrero, y que monta sobre un caballo. En torno al cuadro y observando atentamente los matices de la piel del caballo se encontraban, unos en pie, otros inclinados y arrodillados numerosos barnizadores, doradores, limpiadoras, algún carpintero, todos ellos cubiertos con batas blancas, protegidos por gafas especiales, concentrados, trabajando en silencio. Unos se dedicaban a observar los efectos de la luz y del tiempo sobre la pintura o cómo el tiempo de la luz durante siglos había dejado leves marcas, casi insignificantes, en el cuadro. En una mesita cercana reposaban bisturíes, pinceles y unos dedos auxiliares hechos de hueso para no tocar directamente la obra. Descendía sobre el cuerpo del caballo zaino una iluminación asombrosa, acompañada de microscopios de aproximación para comprobar cada uno de los movimientos precisos de quienes allí estaban. Continuaba el caballo quieto, tendido, dejándose hacer dormido en la operación de la restauración y así estaba también Felipe ll sobre cuyo cuerpo seguían trabajando.

Había un silencio total en aquella UCI del Prado. Sin hacer el menor ruido levanté un instante una lona contigua y vi toda la amplitud de aquel sanatorio. Estaban allí las cámaras de rayos X, caballetes con sus respectivos restauradores, frascos con sustancias de química, y luego los cuerpos de la pintura, las formas de la escultura, los viejos pergaminos que esperaban su turno… y con todo ello me quedé muy pensativo.”

José Julio Perlado

( del libro “La mirada”)

texto inédito

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

(Imágenes— 1- Paul Klee- 1918/ 2- Goya- el majo von la guitarra/ 3- Pere Borrell-1874)




ROSTRO Y RESPONSABILIDAD

 


El rostro es significación, y significación sin contexto. Quiero decir que el otro  – señala Emmanuel Lévinas en “ Ética e infinito”  -, en la rectitud de su rostro, no es un personaje en un contexto. Por lo general, somos un “personaje”: se es profesor en la Sorbona, vicepresidente del Consejo de Estado, hijo de Fulano de Tal, todo lo que está en el pasaporte, la manera de vestirse, de presentarse. Aquí , por el contrario es, en él solo, sentido. Tú eres tú.”

(Imagen—Bruce Gilden -1975)

UNA PERSONA DE CORCHO


“Cuando alguna vez había oído decir— escribe Mercé Rododera en “La Plaza del diamante” —: esta persona es como de corcho, no sabía lo que querían decir. Para mí, el corcho era un tapón. Si no entraba en la botella después de haberla destapado, lo afilaba con un cuchillo. !Como si hicieses punta a un lápiz. Y el corcho chirriaba. Y costaba de cortar, como no era ni duro ni blando. Y por fin entendí lo que querían decir cuando decían que una persona era de corcho… porque yo era de corcho.No porque fuese de corcho sino porque me hice de corcho y el corazón de nieve. Tuve que hacerme de corcho para poder seguir adelante, porque sí en vez de ser de corcho con el corazón de nieve hubiese sido como antes, de carne que cuando la pellizcas te hace daño, no hubiera podido pasar por un puente tan alto y tan largo(…)c

( Imagen — sir Terry Frost)

HAROLD PINTER Y LA INSPIRACIÓN



”No recuerdo con exactitud cómo se desarrolló una obra determinada en mi mente. —decía Harold Pinter—.Creo que lo que ocurre es que escribo en un estado de excitacion y frustación muy grande. Sigo lo que veo en el papel que tengo delante… una frase tras otra. Eso no quiere decir que no tenga una posible y tenue idea general…. La idea que primero surge, no genera necesariamente lo que ocurre a continuación, engendra la posibilidad de un acontecer general, que es el que me lleva adelante. Tengo una idea de lo que podría ocurrir…en ocasiones estoy absolutamente seguro, pero muchas veces se ha demostrado que andaba equivocado por lo que en realidad ocurre. A veces voy avanzando y me encuentro escribiendo: ‘ entra C’, cuando ni siquiera sabía que tenía que entrar; tenía que entrar en ese momento, eso es todo.”

( Imágenes— 1- Harold Pinter- 1999- The new york times/ 2-Gerard Gauci 2002)

EN LA MUERTE DE FRANCISCO BRINES


“La vida me rodea, como en aquellos años

ya perdidos, con el mismo esplendor

de un mundo eterno. La rosa cuchillada

de la mar, las derribadas luces

de los huertos, fragor de las palomas

en el aire, la vida en torno a mí,

cuando yo aún soy la vida.

Con el mismo esplendor, y envejecidos ojos,

y un amor fatigado.

¿ Cuál será la esperanza? Vivir aún;

y amar, mientras se agota el corazón,

un mundo fiel, aunque perecedero.

Amar el sueño roto de la vida

y, aunque no pudo ser, no maldecir

aquel antiguo engaño de lo eterno.

Y el pecho se consuela, porque sabe

que el mundo pudo ser una bella realidad.”

Francisco Brines, “Aún no”, 1971

Descanse en paz el poeta que acaba de morir.

(Imagen—gektograf)

EL AMOR, LA VIDA Y LA MUERTE



“Hay una cosa muy importante — recordaba Rulfo —que es el querer contar algo sobre ciertos temas: sabemos que no existen más que tres temas básicos; el amor, la vida y la muerte. No hay más, no hay más temas, así es que para captar su desarrollo normal, hay que saber cómo tratarlos; qué forma darles; no repetir lo que han dicho otros. Entonces, el tratamiento que se le da a un cuento nos lleva, aunque el tema se haya tratado infinitamente, a decir las cosas de otro modo; estamos contando lo mismo que han contado desde Virgilio hasta no sé quiénes más, los chinos o quién sea. Mas hay que buscar el fundamento, la forma de tratar el tema, y creo que dentro de la creación literaria, la forma — la llaman la forma literaria—es la que rige, la que provoca que una historia tenga interés y llame la atención a los demás.”

“Imagen —1- Jakob Gasteiger—2017)

PARÍS, HISAE, LA MODA


”Durante todo el tiempo en que Hisae Izumi vivió en París se hizo muy conocida entre las gentes, y también muy reconocida gracias a sus kimonos y peinados. Siempre quiso vestir Hisae a la manera tradicional japonesa y aunque al principio muchos parisinos se asombraban y se daban la vuelta para admirar a una casi habitual japonesa cruzando las calles pronto se acostumbraron a ella. La llamaban simplemente ” la japonesa”, o “ahí va la japonesa”, decían al pasar. Vestía Hisae unos kimonos singulares y multicolores, a veces de una finura exquisita. Muchísimos años antes, en 1185, cuando ella paseaba en Japón por las costas de la isla de Dozen, en el archipiélago de Oki, intentando olvidar la muerte de su primer amor el samurai Kiromi Kastase en la batalla de Dan-Nō-ura, muchos la habían ya bautizado como “la dama de los kimonos blancos”, pero ahora, en París, con la ya numerosa variedad de colores sembrados en sus tradicionales vestidos, habría necesitado quizás otro nombre más específico, distinto, que en realidad la retratara mejor. Tal vez “ la Dama”, o quizás “La Dama japonesa”, no se sabría bien qué. Pero lo cierto es que algo parecido le ocurría también con sus peinados. La gente los admiraba al verlos pasar. Eran muy comentados. Vivía entonces Hisae en París en una pequeña calle del centro de la capital, en el distrito ll, en la rue de Notre Dame des Víctoires, y cada mañana, muy temprano, le despertaban los tacones femeninos que resonaban precipitados sobre las aceras desiertas al ritmo de las mujeres que se dirigían al trabajo, muchas de ellas a las oficinas cercanas de la Bolsa o a distintos comercios. Entonces Hisae apartaba un poco los visillos de la ventana y las veía caminar. Le intrigaban aquellas figuras femeninas por su decisión y su ritmo. Le intrigaba la disposición de Occidente para la rapidez y la celeridad, ella que venía de un mundo en donde tantas cosas se realizaban despacio.

Pero luego Hisae se alejaba pronto de la ventana y se disponía a comenzar el laborioso trabajo diario de su peinado. Aunque estaba acostumbrada a ello y era muy hábil con las manos, tenía que poner toda su atención y paciencia en aquellos arreglos femeninos.Tenía, por ejemplo, que estar pendiente de que la parte superior de su cabello se enhebrara hacia atrás ayudada con un enorme peine y que la parte posterior quedara sujeta con una serie de varillas y cintas. Tenía también que estar pendiente de los dos nudos superiores extremadamente altos que debía llevar, y a la vez atenta a la estructura completa del peinado, que en ocasiones pesaba mucho, y que sin embargo debía mantener su frescura y belleza durante horas y a veces durante días enteros.

Para poder conseguir todo ello Hisae había guardado en un armario cerca de su mesilla de noche numerosos peines grandes y pequeños, peinetas, palitos pequeños, cintas y flores, diferentes tipos de moños, distintas varillas para el cabello y toda clase de utensilios que la ayudaran. Sabía que para muchas mujeres occidentales era esencial para poder elegir y decidir, el hojear revistas de modas tanto en peinados como en vestidos o en maquillaje, pero para Hisae Izumi la gran revista de moda era el tiempo, únicamente el tiempo, lo llevaba todo ordenado en su memoria, con solo cerrar los ojos podía pasar las páginas de los siglos, los periodos de la historia de Japón, lecturas y estampas, lo que había ella escuchado o vivido. Muchas mañanas, unos minutos antes de dedicarse a sus arreglos, cerrando los ojos o manteniéndolos abiertos en aquella pequeña habitación de la rue de Notre- Dame des Victoires, evocaba con nostalgia el cabello liso y suelto— y cuanto más largo mejor —, así como las trenzas negras hasta el suelo que habían llevado muchas mujeres nobles hasta 1345, y en ese momento, ciertos días, si estaba de ánimo, se decidía y se ponía a parecerse en algo a ellas, peinándose así, y sabiendo que quizás llamaría luego la atención por las calles de un Paris no acostumbrado a tan insólitos cambios. Pero otros días, sin embargo, recordaba otras etapas distintas de la historia de su país y se aplicaba a enrollar su cabello largo en la parte superior de la cabeza, lo peinaba con cera en la parte delantera y usaba un peine insertado en la parte superior como toque final.

Y así salía a la calle Hisae, impecable y original, y sobre todo elegante. Vivía ella esa temporada en París de las charlas y conferencias que pronunciaba en la Galería de arte de monsieur Bing y también de otros encargos y asesoramientos estéticos que le iban haciendo. Era como una especie de singular embajadora de Oriente en la capital de Francia, en una sociedad en la que muchas veces se unía la vida con el arte. Pronto se hizo amiga de pintores y de artistas o fueron ellos quizá los que antes la buscaron para acercarse a ella. La habían escuchado hablar varías veces en la Galería “L’ Art nouveau’ y muchos de ellos, por ejemplo, Degas, había quedado muy interesado por los temas que trataba. Edgard Degas, como Toulouse – Lautrec y muchos otros, eran coleccionistas de estampas japonesas, intercambiaban conversaciones y estampas sobre diversos motivos – a unos les gustaba más Hokusai, a otros Hiroshige o Utamaro —, y pronto Degas, uno de aquellos días, invitó a Hisae a conocer su taller de la rue Frochot 46 donde enseguida le presentó a una pintora americana, Mary Cassatt, quien en cierto modo colaboraba con él y lo admiraba, y cuyo estudio se encontraba a cinco minutos de allí, en el 19 de la rue Laval. Mary Cassatt, nacida en Pensilvania en una familia acomodada y que llevaba varios años en Paris, que dominaba varías lenguas y había vivido en Londres y en Berlín, se había perfeccionado como copista diaria en el Louvre para mejorar su arte, y pronto se hizo bastante amiga de Hisae Izumi y juntas solían salir muchas tardes por distintos lugares de la ciudad. Formaban una pareja insólita. Hisae con su permanente kimono multicolor y Mary Cassatt con su chaqueta negra y ceñida a la última moda, las manos enguantadas alrededor de un manguito de piel, botas elegantes, un pequeño sombrero y una llamativa bufanda de seda roja. Mary Cassatt era mujer alta, imperiosa, que le apasionaba ver a las gentes de París y contemplar cómo vestían. A veces paseaban por los Grandes Bulevares, admiraban los escaparates, y allí le explicaba Mary Cassatt a Hisae la relación de la moda y el arte en el mundo occidental mientras Hisae le comentaba a su vez la moda japonesa. Una de esas tardes se detuvieron ante el escaparate de una gran galería de arte del Boulevar des les Italiens y a Mary Cassatt se le escapó una exclamación. Allí estaba, ocupando todo el centro de la gran vitrina del comercio, el retrato de una mujer muy bella, con grandes ojos negros profundos, cubierto su peinado con un sombrero negro y con un ramillete de violetas. “Es mi amiga —dijo Mary Cassatt de pronto, sobresaltada y emocionada —-, es Berthe Morisot, pintada por Manet.” Le explicó a Hisae que Berthe Morisot, fallecida no hacía mucho tiempo, a los 54 años, había sido una gran pintora de acusada personalidad, muy valorada por el estudio de sus blancos y por sus pinceladas cortas y rápidas, trazando el movimiento y la caída de la luz con rayas discontinuas con la superficie del pincel y rayando la pintura con el mango.” Nadie en el grupo de los impresionistas— comentó entusiasmada Mary Cassatt — había pintado así.” Impresionada ante aquel escaparate, Mary Cassatt no se cansaba de mirarlo y le confesó a Hisae: “ Yo he visto pintar este cuadro. Nunca me imaginé que lo encontraría aquí. Recuerdo que Manet le dejó sujeto con alfileres en el broche de la chaqueta de Berthe ese ramo de violetas. Quería darle a ella un aire de misterio. Sobre todo le dio a los ojos de Berthe un tratamiento especial. Berthe tenía unos ojos casi verdes y Manet quiso pintarlos de negro puro, grandes y melancólicos, casi misteriosos, llenos de una oscuridad magnífica.”

Estuvieron así toda esa tarde las dos juntas por los Grandes Bulevares. En otra de las tiendas se detuvieron para admirar un elegante vestido de paseo, suave y sólido, con una amplia falda verde de rayas y una serie de pequeños sombreros muy refinados, enriquecidos con flores y brillantes. También unos complementos de guantes, sombrillas y abanicos que iban dirigidos, como le dijo Cassatt a Hisae ante el escaparate, a embellecer aún más lo que Manet le gustaba en llamar “la Parisienne”.


José Julio Perlado

(del libro “Una dama japonesa”)

(texto inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS


(Imágenes—1– Harunobu Suzuki- 1767/ 2- Kaburagi Kiyokata/ 3- Kawano Kaouro/ 4- Manet -Berthe Morisot/ 5- Sciobo – japanese aesthetics)

NADA, NO PASA NADA

 


“Nada

no pasa nada

Una gota de agua

se dispersa sigilosa

Una telaraña se disipa

Contra este espacio vacante

un pájaro atolondrado

podría probar su voz

pero no hay pájaro alguno

En el suelo trillado

aun mis pasos

son más pulsación que sonido

Al regreso

un poco borracho

de aire

saber que

nada

está pasando”

Charles Tomlinson —-“Acontecimiento”

(Imagen —Victoria Yarlikova- fideprime)

 

EN TORNO A LOS TOROS


Ahora que vuelven ( o no vuelven, eso nunca se sabe) las corridas de toros, sí en cambio vuelven las prosas que los acompañaron, algunas prosas históricas y pintorescas, como ésta recogida en el “Memorial Histórico Español” de Madrid, en 1784:

“Todos los años— se lee en este documento del siglo XVlll – da la Real Junta de Hospitales vestidos completos a los toreros de a pie, y picadores de vara larga, que los estrenan en la primera corrida que se ejecuta luego que la Corte se restituye a esta Villa desde el stiio de Aranjuez, lo que se verificó este año en la del día 5, en la que, según es costumbre, salieron por la tarde antes de empezar la fiesta, hecho el despejo por la Caballería, a pasear la Plaza las cuadrillas de toreros de a pie en dos filas, después los picadores a caballo, y luego los mozos de la caballeriza que llevaban de la brida a los caballos de la regalada, primorosamente enjaezados, detrás de los cuales seguían montado a caballo, vestido a lo Turco ridículamente, el Mozo mayor de la caballeriza, que con sus correrías, gracejo y gestos, causó al pueblo mucha complacencia. Después de esta comparsa seguían las mulas que sacan a los toros de la Plaza, adornadas con primorosos penachos y gallardetes, las que conducían tres Mozos vistosamente vestidos al uso de los Caleseros : en esta disposición se presentaron delante del balcón del Sr. Corregidor a quien cumplimentaron y después dieron una vuelta alrededor de la Plaza saludando al pueblo hasta que llegaron a la puerta por donde habían entrado, retirándose los sobrantes para que empezase la fiesta. Los vestidos de la primera cuadrilla eran de gusanillo de seda de color de sapo, y capas de sempiterna azul, y los de la segunda de gusanillos de color azul, y capas encarnadas, pero todos con ojales de ojuelo de plata brillante, charreteras y botones de lo mismo: las casaquillas de los picadores de gusanillo de color de sapo, y las chupas de color de rosa, guarnecidas de galones de plata brillante; y lo mismo los vestidos de las dos primera y segunda espadas, todos con sombreros chambergos, medias y redecillas de seda.”

(Imágenes—1- Goya- escenas de toros 1824- museum syincicate/para

LOS CAMBIOS EN LA VIDA


“ — Ahora van a cambiar las cosas — anotó el escritor alemán C G Lichtenberg en el siglo XVlll __ exclamó el viejo, y empezó a llamar a la cama retrato.

— Tengo sueño, me voy al retrato —dijo. Y por las mañanas se quedaba a veces largo tiempo en el retrato, pensando cómo llamar a la silla, y la llamó despertador.

Se levantó, se vistió, se sentó en el despertador y apoyó los brazos en la mesa. Pero la mesa ya no se llamaba mesa, ahora se llamaba alfombra. Así pues, por la mañana el viejo abandonó el retrato, se vistió, se sentó en el despertador, frente a la alfombra y empezó a pensar en los nuevos nombres de las cosas.

A la cama la llamó retrato. A la mesa la llamó alfombra. A la silla la llamó despertador. Al periódico lo llamó cama. Al espejo lo llamó silla. Al despertador lo llamó álbum de fotografías. Al armario lo llamó periódico. Al retrato lo llamó mesa y al álbum de fotografías lo llamó espejo. Así pues, por la mañana el viejo se quedó echado durante largo tiempo en el retrato, a las nueve sonó el álbum de fotografías, el viejo se levantó y se puso encima del armario para que no se le helaran los pies, luego sacó la ropa del periódico, se vistió, se miró en la silla de la pared, se sentó luego en el despertador frente a la alfombra y hojeó el espejo hasta encontrar la mesa de su madre.”

((Imágenes—1– Tommy Hilding/ 2-Robert Henderson)

EL NOMBRE EXACTO DE LAS COSAS

“¡Inteligencia, dame

el nombre exacto de las cosas!

… Que mi palabra sea

la cosa misma

creada por mi alma nuevamente.

Que por mí vayan todos

los que no las conocen, a las cosas;

que por mí vayan todos

los que ya las olvidan, a las cosas;

que por mí vayan todos

los mismos que las aman, a las cosas…

¡Inteligencia, dame

el nombre exacto, y tuyo

y suyo, y mío, de las cosas!”

Juan Ramón Jiménez— “Eternidades”

(Imagen— lynne parques)(

AÚN SIN NOMBRE

“AÚN SIN NOMBRE  solía ir y venir a primera hora de la tarde de forma alocada recorriendo a brincos la explanada tal y como si estuviera poseído de furia, otras veces no, otras veces suavizaba su trote, pero en ocasiones, de pronto, se paraba en seco y levantando la cabeza miraba desde lejos al hombre que le estaba mirando detrás de la maleza que era yo y no movía nada de su poderío, los doscientos cinco huesos que se ensartaban en su interior quedaban pacíficos  y todo él permanecía inmóvil, sudoroso, la cabeza erguida, como esperando a ver qué ocurría, a ver si alguien lo llamaba desde lejos con un silbido, pero no, no lo llamaba nadie, nadie aún le había puesto nombre, ni siquiera el nombre de crin le habían puesto a aquel descenso de la suave madeja por su cuello que era fina y flexible, mucho más corta que la del pelo de la cola. Tampoco le hablan puesto aún el nombre de grupa a la suave redondez de tono tostado con el que iba cerrándose su cuerpo. 

AÚN SIN NOMBRE se lanzaba de pronto montículo arriba, casi sin respirar, ascendía fogoso, sus extremidades delanteras iban en busca del aire, luchaban contra el aire, pero su volumen era todo espuma y lo que habían sido sus primitivos dedos formaban ahora un dedo grueso, único y endurecido, al que aún nadie le había puesto el nombre de pezuña ni de casco, y. con aquel único dedo endurecido pisoteaba las nubes y  trotaba luego campo a través a lo largo de la tarde,

Con sus cincuenta y una vértebras, sin músculos en las patas, con sólo piel, tendones, ligamentos y huesos, AÚN SIN NOMBRE pasaba delante de mí por las tardes, que seguía observándole desde detrás de la maleza y él volvía a pasar, y pasaba de nuevo para llamar mi atención,  por ver si alguien le decía algo, quizás yo, acaso un silbido, tal vez una señal. Iba como una flecha, era una ráfaga de viento.

Recibía aquel viento AÚN SIN NOMRE en la zona del vientre y de sus  cuartos traseros que tampoco aún tenían nombre, nadie los llamaba así, el viento envolvía su costado, la piel y el pellejo, envolvía y abrazaba su pecho y su paleta, y le hacía creer que era nube, una nube invencible, alada, una nube o espuma que podía alejarse y trotar, e incluso galopar, y  acercarse o alejarse cuanto quisiera de mí, que le miraba detrás de la maleza y que nada decía.

Y al fin yo lancé un silbido. Un silbido en la tarde. El animal me miró. Vino trotando, acercándose  como una nube ,y yo, en cuanto se detuvo cerca de mi,  le fui poniendo despacio el nombre del sillar, el nombre del lomo, el nombre de rodilla y el de corva que él aún no conocía, estaba quieto, pacifico,, como si le estuviera curando, yo le iba poniendo el  nombre  de quijada y el de belfo, luego le extendí el nombre  por el anca y la barriga como si fuera aceite. No se movió.

Luego le di el nombre de caballo.”

José Julio Perlado

(del libro “La mirada”)

(relato inédito)

TODOS   LOS   DERECHOS   RESERVADOS

(Imagen – Siqueiros- 1948)

VIEJO MADRID (99) : ALREDEDOR DE LA PUERTA DEL SOL

“Lo mejor del mundo es la Europa (¡cosa clara!); la mejor de las naciones de Europa es la España (¡quién lo duda!); el  pueblo mejor de España es Madrid (¿  de veras?); el sitio más principal de Madrid es la Puerta del Sol…, ergo, la Puerta del Sol es el punto privilegiado del globo”. Esto dice Mesonero Romanos en sus “Escenas matritenses“.

En la Puerta del Sol, en el número 11, vivió Borges,  en 1920, en la entonces “Pensiónamericana” y – como reza en la placa que le recuerda – allí escribió sus primeros poemas ultraístas. Pero Borges no es el único que puede evocar ese célebre centro de todos los caminos. El autor  Edmundo de Amicis la retrató como “un paseo, a la vez un salón, un teatro, una academia, un jardín, una plaza de armas, un mercado. Desde que apunta el día hasta después de medianoche, hay allí una turba inmóvil y una muchedumbre que va y viene por las diez grandes calles que a la plaza afluyen, con tal movimiento de coches que aturde y marea”. Muchos años después, Gómez de la Serna, el gran Ramón, contaría sus horas con su personalísima prosa empedrada de tantas greguerías: La Puerta del Sol  (de madrugada, en víspera del alba), la describiría así:” se torna tan fluido su aire que se oyen los pitidos de todas las estaciones”. Viene más tarde “El alba en la  Puerta del Sol”  y Ramón anota: “un buen observador, colocado durante la madrugada en la Puerta del Sol, podría adivinar los acontecimientos la víspera de que aconteciesen. Todo lo preconiza la madrugada en esa plaza central de España, y el tono que toma cada madrugada la esfera del reloj es uno de los mejores síntomas”. Al contemplar el lugar a “las ocho de la mañana” continúa: “es cuando rompe el sol los días que parecen turbios y encapotados, los días que no tienen remedio”.”De ocho a nueve   (así sigue la mirada de Ramón)   es cuando todas las mangas de riego se desbocan, y es cuando riegan y arrojan de la Puerta del Sol a los bohemios”. Ramón observa La Puerta del Sol de ocho a nueve y media de la noche y cuenta que “por el lado de la calle del Arenal, la visión es netamente madrileña, porque se destaca la esbelta torre de San Ginés y las verjas de sus campanarios sobre la palidez del cielo, que acaba de tener una terrible hemorragia de sangre”. “De  una y media a tres de la madrugada” cierra Ramón el canto de sus horas con estas palabras: “el estar despiertos en una continuidad salífera que hace a la Puerta del Sol más Puerta del Sol, Puerta del Sol de noche (…) Si en otras ciudades hubiese un meteoro como este de la Puerta del Sol durante la noche, yo no sentiría tanto la nostalgia de Madrid; pero el mundo está vacío de una cosa así”.

   ( Tertulia de Pombo.  José Gutierrez Solana)

 A  todas esas horas contadas por Ramón habría que añadir muchos momentos y minutos más, como cuando a las tres de la tarde la Puerta del Sol parece que se vaciara de asuntos urgentes y las comidas en casas o restaurantes fueran el único centro de atención. A esa hora precisa de las tres de la tarde era cuando Don Marcelino Menéndez y  Pelayo solía dar una vuelta por allí. Vivía  Don  Marcelino en la fonda de Las Cuatro Naciones, en la calle del Arenal, y años después en la Academia de la Historia, calle del León, edificio del Nuevo Rezado. Almorzaba temprano y salía a tomar el aire por el centro de Madrid. En el invierno, con su capa y bastón, entraba en La  Mallorquina, en el café Levante, en el Oriental, pasaba luego por el Círculo Conservador, en el número 28 de la Carrera de San Jerónimo, esquina a Echegaray, donde hoy se levanta el teatro Reina Victoria, y tiempo después de que diera el reloj las tres campanadas volvía a  recluirse en su despacho de la calle del León.

                    (Azorín)

  Por su parte Azorín evoca en su “Madrid sentimental” que “cuando un provinciano diga en su tertulia del casino de Badajoz, de Alicante, de Cádiz o de Santiago que una vez le ocurrió tal cosa en la Puerta del Sol, si entre los oyentes no hay nadie que conozca Madrid de un modo racional, moderno, podrá pasar adelante en su relato; pero si en el número de contertulios figura alguno de estos selectos seres, al punto, no podrá menos de interrumpir: “Un momento; dice usted que en la Puerta del Sol. ¿En qué parte de la Puerta del Sol?”. Porque este hombre sabrá distinguir los diversos parajes o secciones en que, con arreglo a la más estricta psicología social, se divide la Puerta del Sol”. Y Azorín evocará esa acera que recorre la antigua librería de Fe y la calle del Arenal: “Hemos venido -dirá – con nuestras capas raídas y nuestro gabanes grasientos. Durante nuestra charla, muchas veces  comenzamos diciendo: “En este país…”. Tenemos un plan con el cual durante seis u ocho años – a lo sumo – arreglaríamos España. Pasan las horas. Din- dan, din-dan, hace el reloj de Gobernación. La ancha plaza va despejándose; ya han pasado los dependientes de comercio y las modistillas con dirección a sus hogares. ¿Qué hacemos nosotros? Nos embozamos en nuestra capita raída y nos marchamos despacio”.

Ese “plan” de Azorín y sus tertulianos para “arreglar España” en pocos años parece que nos acercara al presente con sus sempiternas discusiones ibéricas y sus aportaciones  en soluciones ciudadanas. El tiempo nos trae estampas que poco han variado. Baroja, en “El tablado de Arlequín” nos habla de la golfería política: “en su seno bullen – escribe- desde el humilde gacetillero hasta el pequeño tiburón, que no ha crecido lo necesario para devorar todo lo que se le ponga por delante; caben en este hampa el libertario y el ultramontano, el empleado y el cesante, el que habla mal del Gobierno en las aceras de la Puerta del Sol y el        que ha lanzado una amarra al Ministerio y se ha unido al presupuesto por un misterioso cordón umbilical por donde absorbe una respetable cantidad de pesetas del fondo de reptiles.”  

Los  escritores – es algo conocido –  siempre han quedado fascinados por los temas perpetuos e inmóviles.

Larra da también una vuelta en “La vida de Madrid” por la Carrera de San Jerónimo, por Carretas, por la calle del Príncipe y por Montera, es decir, bordea como atento paseante la Puerta del Sol “Encuentro en un palmo de terreno a todos mis amigos que hacen otro tanto- va contando -, me paro con todos ellos, compro cigarros en un café, saludo a alguna asomada, y me vuelvo a casa a vestir”.(…) Luego,”si está muy bueno el día,” a caballo. De la puerta de Atocha a la de Recoletos, de la de Recoletos a la de Atocha. Andado y desandado este camino muchas veces, una vuelta a pie”..

 La Puerta del Sol,  pues,  no se mueve aunque la Historia haya movido sus dimensiones y cada generación y cada autor se acerca a ella para asomar su pluma en el espejo de las paredes, en el desembocar de  calles y en todas las anécdotas que las casas encierran. Walter Starkie recordó en sus viajes que “la Puerta del Sol es un valor espiritual y un centro vital de España; todos los caminos parten de allí. Se trata de una especie de posada gigantesca, abierta día y noche a todo el mundo, lo mismo a ricos que a pobres; un salón lleno de sol donde el tullido haraposo que va cojeando con su bastón y el rico opulento pueden solazarse y vagar paulatinamente”.

 Esa Puerta del Sol en la que en 1875 se instaló el primer foco eléctrico, en 1897 pasó el primer tranvía de tracción eléctrica, en 1919 la primera línea de metro, se la contempla  hoy  cada fin de año como imagen del  paso del tiempo, los cuartos y las campanadas sonoras cayendo suave y sonoramente sobre el corazón.”

José Julio Perlado

(origen de las imágenes 1, 2 y 3 : Alenarte revista/ 4- Puerta del Sol 1930)

PICASSO Y PAZ

“Picasso — escribió Octavio Paz — no ha pintado la realidad: ha pintado el amor a la realidad y el horror de ser reales. Para él la realidad nunca fue bastante real; siempre le pidió más. Por eso la hirió y la acarició , la ultrajó y la mató. Por eso la resucitó. Su negación fue un abrazo mortal. Fue un pintor sin más allá, sin otro mundo, salvo el más allá del cuerpo que es, en verdad, un más acá. En esto radica su gran fuerza y su gran limitación…. En sus agresiones en contra de la figura humana, especialmente la femenina, triunfa siempre la línea del dibujo. Esa línea es un cuchillo que destaza y una varita mágica que resucita. Línea viva y elástica: serpiente, látigo, rayo; línea de pronto chorro de agua que se arquea, río que se curva, tallo de álamo, talle de mujer. La línea avanza veloz por la tela y a su paso brota un mundo de formas que tienen la ambigüedad y la actualidad de los elementos sin historia. Un mar, un cielo, unas rocas, una arboleda y los objetos diarios y los detritus de la historia: ídolos rotos, cuchillos mellados, el mango de una cuchara, los manubrios de una bicicleta. Todo vuelve otra vez a la naturaleza que nunca está quieta y que nunca se mueve.”

(Imágenes— 1- Picasso- Irwing Penn- 1957/ 2- Octavio Paz- Daniel Mordzinski)

LA DORMICIÓN DE UN PIE

“ Se os ha dormido un pie, una mano — escribe Eugenio D’Ors en la “Oceanografía del tedio”. —Ahora esto es vuestro y no es vuestro. Vuestro contorno, vuestro insoportable contorno de siempre, se ha modificado. Ahora terminarás más acá de lo que terminabáis. Pero más allá — ¡más allá que vosotros! – un leve hormigueo os acompaña, un leve hormigueo, en vosotros y fuera de vosotros sentido. De repente, la sensación sorda se vuelve precisa. Un pinchacillo de dolor. Un pinchacillo de dolor que aumenta la delicia aún. Y la vida que vuelve. El pie, la mano, colonizados de nuevo por el yo normal. El propio contorno, que se modifica, que se ensancha. Ha sido reconquistada una díscola provincia de la carne.”

(Imagen — Felix Valloton)