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“Desierto murmurante, lleno de humedad amarga, cuyo sabor salino se adhería a nuestros labios. Caminamos, caminamos sobre un suelo ligeramente elástico, sembrado de algas y de pequeñas conchas, envueltos los oídos por el viento, ese gran viento, vasto y suave, que recorre libremente el espacio, sin freno y sin malicia, y que produce un dulce aturdimiento en nuestro cerebro; seguimos andando, andando, y vemos las lenguas de espuma del mar, que empuja hacia adelante y ronca, que retrocede de nuevo y que se extiende para lamer nuestros pies. La resaca hierve; ola tras ola va a chocar con un sonido claro y sordo, rumorea como una seda sobre la arena plana, lo mismo aquí cerca que allá fuera, en los bancos de arena. Y ese rumor confuso y universal, que bordonea dulcemente, cierra nuestros oídos a toda otra voz del mundo. Profundo sentimiento de bastarse a sí mismo, de olvido consciente… Cerramos los ojos, cobijados en la eternidad”.

Thomas Mann- “Paseo por la arena” ( evocado por  Erika Mann en “El último año de mi padre”)

(Imagen- Winifred Nicholson – 1935)

INTIMIDAD DE MARAÑÓN

 

 

“Varias veces  estuve en su casa de Madrid y también en el Cigarral de Toledocontaba  el doctor Fernández Zumel hablando de Marañón -. No fueron muchas, a mí me parecieron pocas, porque lo consideraba un premio el estar a su lado. Una mañana fría de invierno, fui al Cigarral de Toledo en compañía de Marino Gómez Santos, que estaba escribiendo un libro sobre Marañón ( …) Entramos en la casa, todo estaba perfecto, las chimeneas encendidas, la casa caliente, todo como si estuviera habitado y no pasara nada, cuando había pasado todo, y faltaba “él”…¡todo sobraba!

(…) Libros llenos de huellas de sus dedos, plumas desgastadas por el uso, carpetas que sobre sus lomos tantas cuartillas pasaron. Esa ventana de la derecha, que da a un patio conventual y recoleto, que también le iluminó, donde está reposando la escultura que talló Victorio Macho a Benito Pérez Galdós (…) Fotos de hace pocos y muchos años : Pérez de Ayala, Ortega, Miranda, Madame Curie, Larreta, Duhamel, André Maurois, Paul Valéry, Baroja, Fleming … Cuántas horas de trabajo hay allí acumuladas. Empuja a la meditación que un hombre, que tanto tiempo dio a los demás, amigos, conocidos, enfermos, familia, para todos tenía tiempo, cómo es posible que este hombre haya leído tanto, haya escrito tanto, y no haya sido de esos “avaros” del tiempo, que no gastaron un minuto en nada ni en nadie que no fuera “lo suyo”. Leer es fácil, pero leer, anotar, escribir, eso requiere mucho tiempo. Conozco su concepto, verdaderamente genial, de “trapero del tiempo”, y como dormía poco, y además de madrugada muchas veces estaba  escribiendo, todo ello explica el “milagro Marañón y su Obra”.

 

 

(…) Hoy no hay tiempo de escuchar. Era conocido, ente todos los que trataban a don Gregorio, su gran capacidad de “oyente” en las tertulias, incluso cuando se hablaba de temas que él era el que verdaderamente conocía. En las tertulias del Cigarral de Toledo escuchaba con gran interés las conversaciones de sus invitados, dándoles pie y entrada para que se animara el “parlante” y  continuase  con la exposición de su tema (…)  Personalmente, tuve varias consultas con él donde le reclamábamos para que indicara si era o no conveniente una operación. Sentado entre todos los médicos, don Gregorio, amablemente, con un tono persuasivo, dirigiéndose al cirujano le decía : convénzame usted de la necesidad de que sea operado. Uno exponía sus razones de indicación operatoria, fundamentándolas en el cuadro del enfermo; don Gregorio escuchaba pacientemente, dejándonos pequeñas pausas para que no atropelláramos las ideas, y una vez terminada nuestra exposición, veía al enfermo, volvía a sentarse con todos los médicos y con gran amabilidad nos decía si él creía que debía o no ser operado. Esta delicadeza la extremaba si percibía ” tormenta médica”.

 

 

(Imágenes- 1-Marañón- revista “Caras y Caretas” 1929/ 2.-Marañón- revista “Caras y caretas”- 1931/ 3.- Marañón- RTVE)

 

 

“Y fue en una de aquellas mañanas, en el inicio de ese otoño, cuando Hisae se encontró con la que sería el principio de una enfermedad que le duraría mucho tiempo. Comenzó a escribir aquella mañana, como solía hacer tantas veces, inclinada sobre su papel y poniendo los cinco sentidos en su pincel y cuando dejó de escribir casi al mediodía y abandonó la habitación sintió como siempre que seguía escribiendo de memoria, que se había llevado las palabras con ella y que ahora andaba por el jardín apartando frases que le venían constantemente a la cabeza, tropezando con ellas, caminando cada vez más deprisa, como si alguien la llamara aceleradamente. Pero no la llamaba nadie. Como ella relataría años más tarde en su libro “El mal de los volcanes”, aquella mañana Hisae, al estar algo fatigada, se recostó en una esquina del jardín mirando al cielo, se apoyó en una pared y cerró levemente los ojos. Vestía Hisae aquella mañana, tal como ella quiso recordarlo, un kimono rojo, de tonos intensos, esfumados a veces en penumbra. Todo aquel vestido estaba distribuido en una especie de grandes marcas cuadradas a las que Hisae siempre había llamado “ventanas” y en las que se reflejaban los colores del día. En cada una de aquellas ventanas el sol daba una tonalidad diferente y a través de aquellas ventanas extendidas sobre la tela, ella podía dedicarse a contemplar y a soñar. Recordaría también muchos años después que aquel kimono rojo siempre le había atraído porque creía ver en él, a través de las aberturas de la tela, lo sucedido en épocas pasadas. Pero aquella mañana para Hisae fue muy distinta. De repente el jardín se le nubló y enseguida por una de aquellas ventanas de su kimono comenzó a salir un hilo de humo blanco, como si la ventana se redondeara y se hundiera en sí misma igual que un cráter, exactamente como un pequeño cráter, y envolviendo toda su orla apareció un tono amarillento que recordaba a los granos de arena, unos granos diminutos que empezaron poco a poco a extenderse y a espolvorear toda la tela. Una delgada columna de gas ascendió de una de las ventanas del kimono y la hizo adormecer. El gas o los gases la llevaron a un sueño profundo que cubrió toda su cabeza y la transformó lentamente en una especie de volcán”.

José Julio Perlado – (del libro “Una dama japonesa”) (relato inédito)

 

 

(Imágenes.-1- pintura japonesa/ 2- el monte Fuji cubierto de nieve – foto Toru Hanai- Reuters – Time)

 

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“Me gustan las novelas de detectives: las leo y las escribo, pero no me las creo – comenta Chesterton enCómo escribir relatos policíacos” (Acantilado) – El esqueleto y la estructura de una buena historia detectivesca son tan viejos y tan bien conocidos que parece una banalidad exponerlos aunque sea por encima. Un policía, estúpido pero de carácter apacible, y que siempre se equivoca por demasiado compasivo, va paseando por la calle y mientras hace la ronda encuentra a un hombre con uniforme búlgaro asesinado con un bumerán australiano en una lechería de Brompton. Tras poner en libertad a todos los sospechosos de la historia, recurre  a un detective aficionado de ojos de halcón. Éste encuentra cerca del cadáver el cordón de una bota, una bota de botones, un periódico francés y un billete de vuelta de las Hébridas; y así, paso a paso, acaba por acusar del crimen al arzobispo de Canterbury. Pues bien, en una historia tan sencilla como ésta se puede aplicar el argumento de la conducta sospechosa. Si después encuentran al arzobispo escondido en el piano de cola (por el motivo que sea), o si detienen al prelado camino de los muelles disfrazado de señora de la limpieza (con el fin que sea), esos extraños actos del arzobispo podrīan utilizarse contra él. Pues dichos actos no forman parte de las costumbres y obligaciones diarias de un arzobispo de Canterbury, y pueden, al menos en principio, relacionarle con el único crimen que se le atribuye. Pero incidentes parecidos raras veces ocurren si no es en las novelas; aunque muchos de nuestros abogados, juristas y ciudadanos particulares actúan como si tomaran sus ideas enteramente de las novelas.

 

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(…) Los policías se pasean entre ellos más como los guardas despreocupados de una prisión extraordinariamente permisiva que como unos funcionarios entre los ciudadanos libres  del Estado. Sospechan de todos; la cuestión es quién de ellos será culpable. Decir que una persona sospechosa no parece orgullosa de todos los episodios de su vida es un argumento inane. Es, por la propia naturaleza de las cosas, sospechosa. Por eso se le acusa. Y por eso mismo es muy probable que sea inocente”.

 

 

(Imágenes.- 1.-Dan Adkins/ 2.- Arthur Tanner- Fox/ Chesterton- Wikipedia)

50 AÑOS DE AZORÍN

 

 

“Los días van pasando – escribe Azorín en susMemorias inmemoriales” -; los meses pasan; pasarán los años, naturalmente, si es que yo continúo viviendo. Y aunque no viva: pasarán, muerto yo, para los que sobrevivan. En esta antigua morada me levanto a primera hora, leo, escribo, contemplo el cielo, me extasío, de bruces en la barandilla de madera, ante los dos cipreses y las dos adelfas. Aspiro, ahora en julio, el olor penetrativo de las flores purpúreas. Y dejo que transcurra el tiempo; si no lo dejara, sería lo mismo. Lo que quiero decir es que no me preocupo del paso de las horas. De casa he salido raramente: la calle, una callejita angosta, la conozco bien. Pero, ¿y lo demás? ¿ Y la catedral, las muralllas, el río, los vetustos palacios, la plaza con sus soportales? Tengo cierta voluptuosidad, lo confesaré, en saber que todas estas maravillas están a mi alcance, y no siento curiosidad por conocerlas. Podría escudriñar todos sus escondrijos, no lo hago. Para mí no existe el mundo. ¿Cuánto tiempo podré permanecer en ese dulce no hacer nada ni conocer nada?

(…) Sigue, naturalmente, escribiendo nuestro personaje. No cesa en su empeño. No tiene más confortación en sus desmayos que el pergeñar artículos, cuentos, novelas y comedias. Al hacerlo, pienso en el alfarero que vio algunas veces en su infancia, allá en el pueblo levantino. Se ve él mismo cual otro alfarero, con su rueda, con su arcilla, afanado todo el día en dar y dar vueltas al disco milenario de madera. Y no me pidan ustedes más cuenta de la vida de este caballero. No diré más. Con esto basta y sobra. Ni una palabra más”.

Se recuerdan ahora los cincuenta años del fallecimiento de Azorín. Aquella tarde del 2 de marzo de 1967 – horas después de su muerte – estuve yo en casa del escritor al lado de  su viuda, Julia Guinda Urzanqui. Al día siguiente – tras el sepelio -,  escribí ” Entierro de un pequeño ojo azul”.

 

 

(Imágenes.-1.-Azorín, retratado por Zuloaga- colección privada/ 2-Azorín- libertad digital)

MEMORIA Y “MEMORIAS”

 

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“La autobiografía es una segunda lectura de la experiencia – recordaba Georges Gusdorf – , y más verdadera que la primera, puesto que es toma de conciencia : en la inmediatez de lo vivido, me envuelve generalmente el dinamismo de la situación, impidiéndome ver el todo. La memoria me concede perspectiva y me permite tomar en consideración las complejidades de una situación en el tiempo y en el espacio. Al igual que una vista aérea le revela a veces a un arqueólogo la dirección de una ruta o de una fortificación, o el plano de una ciudad invisible desde el suelo, la recomposición en esencia de mi destino muestra las grandes líneas que se me escaparon, las exigencias éticas que me han inspirado sin que tuviera una conciencia de ellas, mis elecciones decisivas”.

 

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La memoria ha sido comentada de modo hondo y luminoso por San Agustín: “Llego a los espacios anchurosos, a los vastos palacios de la memoria – escribe -, donde están atesoradas las innumerables imágenes que acarrean las percepciones multiformes de los sentidos (….) Hay en mi memoria campiñas abiertas y espaciosas, oquedades y antros, cavernas sin número, poblados hasta el infinito de innumerables objetos de toda especie que allí guarecen, ora en imágenes solamente como pasa con los cuerpos, ora por su presencia como ocurre con las artes; tal vez, bajo forma de no se qué nociones o anotaciones, como acontece con las afecciones del alma, que la memoria retiene aún cuando el alma no las experimenta, puesto que en el alma está todo lo que está en la memoria. Por la inmensidad de este panorama yo discurro y llevo un vuelo breve de una cosa a otra; yo penetro tan profundamente como puedo y no hallo fin. ¡Tan grande es el poderío de la memoria, tan grande es la potencia de la vida en hombre efímero que vive para morir!”.

 

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Esa memoria, en muchas ocasiones, seguirá los dictados del corazón para escribir lasMemorias“. “La memoria – afirmaba Rivarol – siempre está a las órdenes del corazón”. Y en esas “Memorias” muchas veces se mezclará la verdad con los silencios, con las invenciones y los enmascaramientos. “Escribir – así lo decidía Saint-Simón para componer susMemorias” –  lo que yo viese suceder en mi tiempo”;  y añadía : “como yo no estaba allí, no diré más”. Pero hay muchas “Memorias” que cuentan no solamente lo que uno vio y vivió,  sino también lo que imaginó o aventuró. Malraux, al hablar de sus “Antimemorias”, declara que ” rechazan la biografía, premeditadamente.  No se basan en un diario o en unas notas. Partiendo de elementos decisivos de mi experiencia, vuelvo a encontrar un personaje, y fragmentos de historia. Cuento los hechos y describo al personaje como si no se tratase de mí (…) Éste es mi verdadero libro… Me acuerdo de Proust. “Por el camino de Swan” ha hecho imposible cualquier nueva tentativa que se pareciera a la de Chateaubriand. Proust es el anti– Chateaubriand. Me gustaría ser un anti- Proust y situar la obra de Proust en su fecha histórica”.

Verdadero e imaginario en muchas “Memorias”, experiencia y sueño, fusión de muchas cosas. ” El elefante es el más sabio de todos los animales, el único que se acuerda de sus vidas anteriores; por eso está tanto tiempo quieto, meditando en ellas“, se lee al principio de las “Antimemorias” de Malraux.

 

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(Imágenes.- 1-Vladimir Marchukov/ 2.- Rolf Hanson/ 3.- Alex Olson- 2013/ 4.-István Nádler– 1989)

 

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“Hago un repaso de la nueva narrativa que he leído en los últimos doce meses, tratando de encontrar un sólo libro que realmente me haya emocionado – escribe J.M. Coetzee en suDiario de un mal año” -, y no encuentro ninguno. Para experimentar esa profunda emoción he de volver a los clásicos, los episodios que en una era pasada habrían denominado piedras de toque, piedras que uno toca para renovar su fe en la humanidad, en la continuidad del relato humano: Príamo besando las manos de Aquiles, suplicándole que le dé el cuerpo de su hijo; Petya Rostov temblando de excitación mientras espera para montar su caballo la mañana en que morirá.

Incluso en una primera lectura, uno tiene la premonición de que en esa brumosa mañana de otoño nada irá bien para el joven Petya. Los toques de premonición que crean la atmósfera son bastante fáciles de esbozar, una vez que le han enseñado a uno cómo hacerlo, y sin embargo la escena emerge de la pluma de Tolstoi, una y otra vez, milagrosamente nueva.

Petya Rostov, dice mi lector o lectora cuya cara desconozco y jamás conoceré… No recuerdo a Petya Rostov, y va al estante, saca Guerra y Paz y busca entre sus páginas la muerte de Petya. Otro de los significados de “clásico”: permanecer en el estante, esperando a que lo saquen por milésima, por millonésima vez. El clásico: el perdurable. ¡No es de extrañar que los editores estén tan deseosos de afirmar que sus autores tienen la categoría de clásicos!”.

 

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(Imágenes.- 1- Petya Rostov-daily mail/ 2.- Guerra y Paz- alchtron. com)