BOMBAS Y PREGUNTAS

“Yo todos los años me quedo asombrado en la primera hora de la primera clase del curso universitario. Vienen ante mí todos los alumnos de todos los puntos del país y se posan como bandada de ideas y de cuestiones sentados en semicírculo, absortos ante las cuestiones e ideas que se les pueda plantear. Aún no han sido tocados por la sombra del escepticismo ni les ha caído encima una mota de aburrimiento. Están allí sentados, abierto su cuaderno virginal de ignorancias en espera del alimento que reciban. Y prácticamente todos ellos – aun sin formularla de manera explícita – guardan una pregunta escondida que no sé qué padre ni qué madre ni qué escuela les haya podido señalar y tampoco imagino en qué momento.

¿Qué es la verdad? ¿Y la bondad? ¿Y la ética? ¿Dónde está el bien en este mundo tan injusto? ¿ Y la belleza? Naturalmente esa briosa acometida que siempre es la juventud – generación tras generación – en su perpetuo anhelo de ir en busca de la felicidad, del bien, de la verdad y de la belleza toma un impulso ascendente que se mantendrá hasta ser tentado por los anzuelos de la utilidad o quedar fatigado por el cansancio. Entonces los caminos del ver se bifurcan -o a veces se entremezclan -, y unos ven únicamente la utilidad de las cosas y otros tan sólo la belleza. De cualquier forma, ese empuje continuo de la juventud por remontar las fuentes siempre me ha dejado asombrado y uno procura, en su pequeña medida, responder alentando y manteniendo cada vez más vivo ese entusiasmo por el asombro”.

Eso escribí enNecesidad del asombro(“El artículo literario y periodístico“), 2007, pág 316-317)

Esas son las preguntas y esos los anhelos de juventud que han intentado ser sofocados esta mañana en la Universidad de Navarra con la explosión de una bomba.

HARLEM, 1929

Se ha hablado mucho del Harlem de los años veinte y de su poder de catalización. La década más fantástica que haya podido conocer este barrio negro de Nueva York, comienza con el éxito de la comedia musical  negra  y el charleston, para acabar con la caída de la Bolsa en 1929. El Renacimiento de Harlem participa de la exuberancia ruidosa de los años veinte. “Cuando murió A`Leila Walker, rica heredera y diosa alegre de Harlem, el reverendo A. Clayton Powell ofició sobre su féretro. En los funerales de Florence Mills, un aeroplano arrojó pájaros negros sobre los asistentes. Un predicador charlatán, el reverendo Becton, tenía dos ballets y utilizaba una orquesta de jazz para acompañar los sermones. La vida nocturna era desenfrenada. El Cotton Club, en la avenida de Lenox, rebosaba de gansters y de blancos ricos. Los bailarines de Lindyhop se dedicaban a hacer acrobacias cada tarde en Savoy para animar a la clientela y el escenario estaba concebido de tal manera que los bailarines se balanceasen con el ritmo. Gladys Bentley tocaba al piano música hipnótica, durante noches enteras en un pequeño club.

Había también fiestas literarias. De vez en cuando se podía ver a Theodore Dreiser en los clubs de Harlem. La moda se extendió a los libros, a la escultura africana, a la música, a la danza: nombres hoy día célebres comenzaban entonces a ser conocidos: Louis Armstrong, Josephine Baker, Duke Ellington. Los libros escritos por negros se vendían bien y en cada temporada, había por lo menos una obra de éxito en Broadway interpretada por negros”.

 Se cuenta todo esto en la biografía dedicada al escritor Langston Hughes. Es la narración en la que triunfa un barrio elevado de repente a la categoría mundial de la negritud.

Leo todo esto ante la actualidad de las próximas elecciones norteamericanas y del muy posible triunfo de Obama. Como leo y me llegan – nos llegan a todos – las convulsiones de la Bolsa y de la economía de entonces, con aquel balance que Marc Saporta hace de la crisis del 29 en “Historia de la novela norteamericana(Júcar):

“Las compras escribe habían bajado frente a los préstamos garantizados por las acciones en alza; el proceso se detuvo brutalmente cuando las disponibilidades de los bancos y del ahorro se encontraron absorbidas sin remedio. Desde hacía ya mucho tiempo, el dinero líquido en vez de ser invertido en la producción ( la construcción estaba en pleno marasmo) había tomado el camino de la Bolsa. El jueves 24 de octubre de 1929, el punto de ruptura era esperado. Los prestamistas comenzaban a vender las acciones empeñadas. Hacia la mitad de noviembre el total de las pérdidas alcanzaban los 30.000 millones de dólares. Empresas privadas y bancos estaban amenazadas de bancarrota. Los pequeños ahorradores estaban arruinados. Todo el mecanismo económico se desplomó”.

Protagonismo negro y Bolsa a la vez.  Bolsa, y a la vez protagonismo negro.

¿Es un periódico de 1929 ?

¿ O es un telediario de 2008?

(Imágenes: Louis Armstrong/ Duke Ellington en Nueva Delhi, 1963.-foto: Duke Ellignton Collection, Archives Center National Museum of Awmerican History, Smithsonian Institution.-The New York Times/ Louis Armstrong en Nigeria, 1960,. foto: Louis Armstrong House Museum.-The New York Times)

el infierno NO son los otros

¡Qué lejos queda aquella falsa frase de Sartre, “el infierno son los otros” , cuando se escucha a Todorov y se contempla la permeabilidad de las fronteras, la intercomunicación de las naciones, el flujo de las conciencias, las globalizaciones del corazón humano!

Esto leo en Scriptor Org, que a su vez lo ha recogido de un reciente discurso:

Tzvetan Todorov: ¿cómo percibimos y acogemos a los otros?

Todorov_berkeley Las palabras de Tzvetan Todorov al recoger el premio Principe de Asturias son necesariamente breves. Pero el discurso hace una pregunta esencial: “¿cómo percibimos y acogemos a los otros?”.

Todorov se refiere a “los otros” sólo en términos de distancia geográfica. Por eso dice que “El siglo XXI será el de los extranjeros”. Del discurso se pueden entresacar estos párrafos finales:

Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Los bárbaros son los que consideran que los otros, porque no se parecen a ellos, pertenecen a una humanidad inferior y merecen ser tratados con desprecio o condescendencia. (…)

Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros; saber ponerse en su lugar y mirarnos a nosotros mismos como desde fuera. Nadie es definitivamente bárbaro o civilizado y cada cual es responsable de sus actos”.

(Imagen:foto: Andrew Henderson.-The New York Times)

CUADERNOS ESCRITOS

Siempre me impresionaron esos cuadernos blancos sobre los que la mano se inclina y siembra letras, círculos y palotes que se aprendieron en la niñez, verbos, comas y sustantivos que hiló el primer maestro de escuela en una mañana fría, el lápiz apretado entre los dedos, la lengua asomando entre los labios, el ojo inclinado, reposando casi al borde del pupitre. La hoja blanca del cuaderno recibía la visita del primer escritor del alfabeto, luego la visita del segundo escritor del Diccionario, luego la tercera visita del escritor de estilo, luego la visita de la paciencia, del tesón, del quehacer, al fin las visitas de las influencias, lloviendo lecturas, la pupila cargada de autores, el tiempo artesanal, no del que quiere ser escritor sino del que simplemente quiere escribir.

Siempre me impresionaron esos cuadernos blancos dispuestos a contraer matrimonio con la pluma, a recibir al invitado de la lengua, al enamorado de la literatura. Abiertos como tierra sobre la mesa, la simiente iba dejando a cada rasgo no sólo secretos de la grafología sino la interpretación del mundo, lo que el mundo iba contando al que escribía. Siempre me impresionaron esos cuadernos blancos tan mansos para el tacto. por donde la palma de la mano acariciaba al pasar párrafos y frases.

Siempre me impresionaron esos cuadernos blancos como éste de Irène Némirovsky que me entrega su letra.

(Imagen: Cuaderno de Irène Némirovsky.- foto: Irène Némirovsky Archive/MEC.- The New York Times)

EL LADO OSCURO DEL ESFUERZO

En general, se elude exigir esfuerzo a los niños – a  los hijos -, no vaya a ser que se molesten o que crean que esta vida es costosa. En general, se elimina el esfuerzo a los alumnos, permitiéndoles que pasen de curso con dos o tres asignaturas, no vaya a ser que les parezca difícil el Instituto. En general, no se pide  esfuerzo a los universitarios con un trabajo serio de investigación, no vaya a ser que abandonen por fatiga. En general, se oculta el lado oscuro del dolor, se elude el sacrificio o la renuncia, se escamotea la muerte, no vaya a ser que a alguno le parezca áspera la vida. En general…, siempre, siempre en general…, puesto que hay excepciones ocultas, existencias sencillas, vidas anónimas que van contracorriente y de las que nadie habla. En general, no se comenta nada de la lucha, del combate por existir, del esfuerzo por vivir un día más, del esfuerzo también por superar una enfermedad. En general…, siempre, siempre en general…, los aperitivos de la Televisión nos ofrecen la pasarela social de la juventud bronceada, del cuerpo sin grasa, de la elasticidad del gimnasio, del vientre perfecto tras la maternidad y de la sonrisa permanente y luminosa.

En general, siempre en general…,aunque lo general es lo cotidiano, esto que vemos todos los días.

Por eso comparto con alegría estas palabras encontradas en Una temporada en el infierno: “ los ejemplos de hombres y mujeres capaces de combatir y vencer el cáncer, cuando ha sido posible, se me antojan con frecuencia modelos admirables: hombres y mujeres capaces de resistir, luchar, a solas, contra el atroz fantasma de la muerte”.

Y más arriba, esta otra denuncia:

” no soportamos las imágenes públicas de la enfermedad, cuyo combate puede ser un modelo heroico, para los vivos y los muertos”.

(Imágenes: foto: John Bock.-Museum of Modern Art)

CIENCIA FICCIÓN : EL ARTE DE LO OBVIO

“Casi toda la ciencia ficción es el arte de lo obvio. No es nada nuevo. – le dice Ray Bradbury a Lawrence Grobel (” Una especie en peligro de extinción” (Belacqua) -. La ciencia ficción es ficción realista, siempre trata de cosas posibles, nunca imposibles. La fantasía es el arte de lo imposible, donde puedes hacer que la gente cruce muros andando o viaje en el tiempo. Es imposible que un hombre salte desde un piso cuarenta y no se mate. Si aterriza vivo, estás escribiendo fantasía. Ahora bien, en una historia de ciencia ficción, puedes hacer que salte de un edificio y que en la caída encienda el propulsor que lleva a la espalda, cosa que no existía hasta mediados de los años sesenta. Lo veíamos en Buck Rogers cuando éramos niños, pero no creímos que lo veríamos en nuestro tiempo de vida. De repente, tenemos tipos con propulsores que vuelan por los cielos, desafiando la gravedad. El arte de lo obvio. Idea ficción.

Si retrocedemos en la historia y yo hubiera sido un cuentacuentos en el Bagdad de hace dos mil años, habría contado una cosa obvia: en algún lugar ahí arriba un hombre va a inventar una nueva ciencia. ¿Qué? La ciencia de los caballos, que no existía en el mundo. Y todo el mundo diría: “Oh, no, eso no va a suceder”. Pues bien, sí sucedió. “¿Y qué va a hacer ese hombre con ese arte?”. Bueno, se va a desarrollar el caballo persa con un jinete al lomo, y con ese caballo derrotaremos al Imperio Romano. Y todo el mundo diría: “No, eso no va a suceder”. Se hubieran reído del escritor de ciencia ficción que hubiera dicho eso en las calles de Bagdad. Era el maestro de lo obvio. Los demás eran maestros en ignorar lo obvio. Ahí no hay nada fantástico; vio cómo sucedió, los persas hicieron retroceder a los romanos. Eso es ciencia ficción.

Empieza en La República de Platón, en la que tomas una idea y la exprimes hasta que queda seca. Toda la filosofía es automáticamente ciencia ficción: la ciencia de pensar sobre cosas antes de que sucedan y tratar de hacer que sucedan mejor”.

Leo todas estas cosas saliendo del supermercado, bordeando los cajeros de los Bancos, esquivando en lo que puedo la crisis de la parálisis, y me detengo aún en la esquina escuchando a Bradbury: “Ha sido muy obvio – me dice – durante los últimos treinta años que cosas como las tarjetas de crédito se popularizarían en nuestra sociedad y harían lo que hacen. Pero nadie quería darse cuenta”.

¿Y qué hacen ahora las tarjetas de crédito?, me pregunto yo.

El arte de lo obvio.

No es fantasía,  no es el arte de lo imposible.

¿ Es que lo que está pasando es ciencia ficción?

(Imágenes: ilustración de Dimitry Maksimov.-design related/ transformaciones.-Archive Gunter-Zamp-Kelp-Berlin.-The Cold War`s  Influence on Art.- 1945-1970.-Photo Essays.-TIME)

LA TIERRA, DE UN HERMOSÍSIMO COLOR AZUL

«El cielo es completamente negro. Las estrellas […] tienen un aspecto más brillante y claro sobre el fondo de este cielo negro. La Tierra tiene una aureola muy característica, de un hermosísimo color azul», puede leerse en el histórico informe que Gagarin firmó el 15 de abril de 1961.

Los primeros ojos humanos que orbitaron desorbitados alrededor de la Tierra se quedaron prendados del manto atmosférico que ribetea el planeta azul. «Esta aureola se ve muy bien cuando observas el horizonte, la suave transición del azul al azul oscuro, al violeta y al negro completo del cielo. Esta transición es muy hermosa», reza el texto.

La descripción colorista del planeta que hace Gagarin en su informe desprende ese asombro del ojo humano ante la magia del avistamiento pionero, versión espacial del ‘tierra a la vista’ cantado por el marinero Rodrigo de Triana desde La Pinta en 1492.

«La entrada en la [zona de] sombra de la Tierra se produce muy rápidamente. De repente llega la oscuridad y no se ve nada. Sobre la superficie de la Tierra en ese momento yo no observé nada, nada era visible, así que, evidentemente, pasaba por encima del océano, pues si hubiera estado sobre grandes ciudades, en este caso, probablemente habrían sido visibles las luces», describe Gagarin, que concluye el informe asegurando que se siente «magníficamente» después de su vuelo cósmico”.

Este es parte del texto que publica en el diario  “El Mundo” mi buen amigo Daniel Utrilla, amigo desde hace años, corresponsal en Moscú, y al que me he referido en alguna ocasión más en Mi Siglo. Siete años después de esas notas escritas por Gagarin, visité en París, en 1968, a Gabriel Marcel en el 21, rue de Tournon, y allí, entre muchas otras cosas, hablamos del Cosmos. Recuerdo aquella habitación y los lomos de los libros de su despacho como únicos barrotes que aislaban al filósofo del resto del mundo. Sobre la mesa aparecía abierto “El teatro del alma en el exilio” y un pájaro acababa de cruzar la ventana enseñando su libertad. Setenta y nueve años de filosofía y de teatro, mechón blanco, pelo ensortijado, acechando todo cuanto ocurría, atrapando con sus ojos azules y sus pequeñas manos toda idea en el aire, esto me dijo entonces sobre la aventura espacial:

Ante ese hecho yo noto sentimientos contradictorios, creo que como todo el mundo puede notarlos. En primer lugar, una inmensa admiración ante ese prodigio de la razón, ese prodigio de cálculo, esa extraordinaria puesta a punto, algo maravilloso por lo cual uno ha de quedar impresionado. Admiración también por el valor de esos hombres que son héroes en cierto modo. Por otro lado y como contrapartida, dos inquietudes: una primera inquietud en el plano político, puesto que para mí, en el fondo, tras los inmensos gastos que supone esa aventura, hay unas segundas intenciones políticas, algo que se encuentra ligado a la voluntad de poder; hay, en particular con respecto a la Luna, la idea de crear un observatorio que en un conflicto eventual podría desempeñar un papel extremadamente útil. Y al mismo tiempo, otra inquietud aún más profunda: y es mi temor de que este logro prodigioso no desarrolle un orgullo desmesurado en el hombre, y en este punto yo estoy de acuerdo con los antiguos, es decir, que el orgullo desmesurado es algo con lo que se corre el riesgo de ser conducidos a la ruina; me parece algo completamente desastroso.

Yo he encontrado, por tanto, bellísimo el que uno de los astronautas hiciera una oración; he ahí un hombre que ha conservado el sentido de la humildad de la criatura ante Dios; esto ha sido muy hermoso. Es lo contrario de lo que hemos visto en los soviéticos cuando han declarado “ahora ya sabemos que no hay nadie en el cielo”.

Gabriel  Marcel entrecerró los ojos. Sus dos pequeñas manos recorrieron la escala de los gestos mientras hablaba. No descansaban. Era el acompañamiento de sus dedos a la música de la conversación, el repasar las teclas de los temas en aquel hombre rodeado de sonidos que a los catorce años deseaba ser músico”. (“Diálogos con la cultura“, 2002, pág 87).

(Imágenes: Yuri Gagarin, a bordo de la nave Vostok-1.-foto AP.-elmundo.es/ Gabriel Marcel.-faculty.umb.edu/ Foto NASAjes propulsion Labortory and Space Sciencie Institute.-The New York Times)