LA TIERRA, DE UN HERMOSÍSIMO COLOR AZUL

«El cielo es completamente negro. Las estrellas […] tienen un aspecto más brillante y claro sobre el fondo de este cielo negro. La Tierra tiene una aureola muy característica, de un hermosísimo color azul», puede leerse en el histórico informe que Gagarin firmó el 15 de abril de 1961.

Los primeros ojos humanos que orbitaron desorbitados alrededor de la Tierra se quedaron prendados del manto atmosférico que ribetea el planeta azul. «Esta aureola se ve muy bien cuando observas el horizonte, la suave transición del azul al azul oscuro, al violeta y al negro completo del cielo. Esta transición es muy hermosa», reza el texto.

La descripción colorista del planeta que hace Gagarin en su informe desprende ese asombro del ojo humano ante la magia del avistamiento pionero, versión espacial del ‘tierra a la vista’ cantado por el marinero Rodrigo de Triana desde La Pinta en 1492.

«La entrada en la [zona de] sombra de la Tierra se produce muy rápidamente. De repente llega la oscuridad y no se ve nada. Sobre la superficie de la Tierra en ese momento yo no observé nada, nada era visible, así que, evidentemente, pasaba por encima del océano, pues si hubiera estado sobre grandes ciudades, en este caso, probablemente habrían sido visibles las luces», describe Gagarin, que concluye el informe asegurando que se siente «magníficamente» después de su vuelo cósmico”.

Este es parte del texto que publica en el diario  “El Mundo” mi buen amigo Daniel Utrilla, amigo desde hace años, corresponsal en Moscú, y al que me he referido en alguna ocasión más en Mi Siglo. Siete años después de esas notas escritas por Gagarin, visité en París, en 1968, a Gabriel Marcel en el 21, rue de Tournon, y allí, entre muchas otras cosas, hablamos del Cosmos. Recuerdo aquella habitación y los lomos de los libros de su despacho como únicos barrotes que aislaban al filósofo del resto del mundo. Sobre la mesa aparecía abierto “El teatro del alma en el exilio” y un pájaro acababa de cruzar la ventana enseñando su libertad. Setenta y nueve años de filosofía y de teatro, mechón blanco, pelo ensortijado, acechando todo cuanto ocurría, atrapando con sus ojos azules y sus pequeñas manos toda idea en el aire, esto me dijo entonces sobre la aventura espacial:

Ante ese hecho yo noto sentimientos contradictorios, creo que como todo el mundo puede notarlos. En primer lugar, una inmensa admiración ante ese prodigio de la razón, ese prodigio de cálculo, esa extraordinaria puesta a punto, algo maravilloso por lo cual uno ha de quedar impresionado. Admiración también por el valor de esos hombres que son héroes en cierto modo. Por otro lado y como contrapartida, dos inquietudes: una primera inquietud en el plano político, puesto que para mí, en el fondo, tras los inmensos gastos que supone esa aventura, hay unas segundas intenciones políticas, algo que se encuentra ligado a la voluntad de poder; hay, en particular con respecto a la Luna, la idea de crear un observatorio que en un conflicto eventual podría desempeñar un papel extremadamente útil. Y al mismo tiempo, otra inquietud aún más profunda: y es mi temor de que este logro prodigioso no desarrolle un orgullo desmesurado en el hombre, y en este punto yo estoy de acuerdo con los antiguos, es decir, que el orgullo desmesurado es algo con lo que se corre el riesgo de ser conducidos a la ruina; me parece algo completamente desastroso.

Yo he encontrado, por tanto, bellísimo el que uno de los astronautas hiciera una oración; he ahí un hombre que ha conservado el sentido de la humildad de la criatura ante Dios; esto ha sido muy hermoso. Es lo contrario de lo que hemos visto en los soviéticos cuando han declarado “ahora ya sabemos que no hay nadie en el cielo”.

Gabriel  Marcel entrecerró los ojos. Sus dos pequeñas manos recorrieron la escala de los gestos mientras hablaba. No descansaban. Era el acompañamiento de sus dedos a la música de la conversación, el repasar las teclas de los temas en aquel hombre rodeado de sonidos que a los catorce años deseaba ser músico”. (“Diálogos con la cultura“, 2002, pág 87).

(Imágenes: Yuri Gagarin, a bordo de la nave Vostok-1.-foto AP.-elmundo.es/ Gabriel Marcel.-faculty.umb.edu/ Foto NASAjes propulsion Labortory and Space Sciencie Institute.-The New York Times)

2 comentarios en “LA TIERRA, DE UN HERMOSÍSIMO COLOR AZUL

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