HISAE Y SUS AMIGOS PINTORES

 

 


La siguiente sesión en la que intervino Hisae Izumi en París en la Galería “La Maison de l ‘Art”, en la rue de Provence 22  el viernes 26 de abril de 1901, apadrinada y presidida también , como la anterior, por el coleccionista alemán Siegfried Bing, fue muy distinta. Sin duda por el eco provocado en la sesión precedente y por la lógica curiosidad que suponía escuchar a una desconocida japonesa como era Hisae Izumi hablar de las  costumbres orientales, hizo que se llenara por completo  el gran Salón  ( así lo  calificaba su dueño) y que incluso hubiera gente de pie en los pasillos. En aquellos pasillos de la Galería — y también en los sótanos — aparecían, perfectamente clasificados y preparados para su venta, marfiles antiguos, esmaltes, porcelanas, lacas, esculturas de madera, sedas bordadas, e incluso juguetes, que monsieur Bing había ido trayendo poco a poco de Japón en sucesivos barcos y que ahora ofrecía encantado a los franceses. Y a ello había que añadir artículos de vidrio de Tiffany, mobiliarios, cerámicas, joyas, peines decorados con flores y pájaros, abanicos, máscaras de teatro y muchas otras cosas más. 

 

Aquella expectación por escuchar a Hisae se comprobaba también aquel día entre el público.  Estaban sentados en diversas filas distintos pintores, algunos muy jóvenes, como Pierre Bonnard, de 34 años, con su descuidado lazo en el cuello atado a modo de corbata y sus ojos atentos, deseando aprender y absorberlo todo a través de sus finos lentes.  Se veía igualmente a Manet, Degas y Monet, aficionados coleccionistas de estampas, y cerca de ellos, aunque más agrupados, algunos de los escasos japoneses residentes entonces en París, casi todos con cargos diplomáticos, que habían querido vestirse para aquella ocasión a la última moda europea y sin duda, o así lo pensaban ellos, aparecían muy elegantes. Destacaban aquellos japoneses por sus chisteras o  sus redondeados sombreros de fieltro sobre espléndidos cabellos negros lustrosos y peinados hacia atrás, la levita correctamente abotonada, pantalones gris claro, excelente calzado, corbata oscura sobre pechera blanca y algunos incluso, queriéndose acercar más a lo parisino, con adornos en  sus bastones, pero revelando enseguida su origen gracias a sus pómulos redondos, al óvalo de la cara y sobre todo a sus pequeños ojos negros y vivos, de mirada penetrante, que lo observaban todo.

 

Antes de empezar la sesión, y aunque eran solamente las cinco y media de la tarde, monsieur Bing, que presidía la mesa principal junto a Hisae Izumi sentada a su lado y envuelta en un kimono rojo de pequeñas flores blancas, pidió que se corrieran  las cortinas de las ventanas para eliminar la luz natural y que se suprimieran también en parte otras luces artificiales hasta quedar la sala en semipenumbra. Casi inmediatamente después y sobre una gran tela blanca que hacía el efecto de una pantalla desplegada, detrás de los asientos donde se encontraban Hisae y monsieur Bing, apareció en lo alto  de la sala el dibujo de una gran figura  medio vuelta de espaldas, un dibujo de grandes y vigorosos trazos negros.  Al principio aquello parecía ser únicamente una figura abstracta y extraña, pero fijándose bien se descubría en ella que era el dibujo de un pintor que a su vez estaba dibujando algo sobre un muro.  Pero lo que provocó enseguida una mezcla de revuelo y murmullos entre el público  fue descubrir que en aquel dibujo el pintor estaba trabajando con cinco pinceles a la vez,  es decir, sostenía un distinto pincel en cada una de sus manos, otros dos los sujetaba con los dedos de los pies, y  aún había un pincel más asomando desde dentro de su boca y sostenido por sus dientes. La gente no dejaba de mirar y remirar aquella figura  enigmática  con asombroso estupor y nadie se atrevía a pronunciar palabra.

 

 

 

Hasta que de repente, en la semipenumbra del escenario, se oyó la voz pausada de Hisae Izumi que comenzó a explicar en un francés en cuyo acento se esmeraba lo más posible:

— Esto que ven ustedes aquí — empezó lentamente —  es uno de  los muchos autorretratos del gran artista japonés  Katsushika Hokusai, llamado por todos simplemente Hokusai, autor de “La gran Ola de Kanagawa” conocida  sencillamente como  “La  Ola” o “ La gran Ola”, que seguramente algunos ya habrán visto reproducida muchas veces, y autor también, entre muchas otras obras,  de “ Las  36 vistas del Monte Fuji”.  Este dibujo  que ustedes ven en  la pantalla se titula “El hombre de los cinco pinceles” y pertenece  a la serie “Método para aprender a dibujar rápidamente”, que, como ven, es también un dibujo lleno de humor, puesto que Hokusai ponía mucho humor en su vida y en su trabajo,  es decir, le gustaba reírse de sí mismo.  Este dibujo fue pintado en 1812. Y aquí Hisae se detuvo : esa fue la única referencia  concreta  que quiso hacer de una fecha, puesto que Hisae tenía por costumbre no citar nada  especialmente significativo que pudiera afectar a su vida personal o a cuanto ella había vivido.

 

 

Luego, tras una corta pausa y ante la gran expectación del público, prosiguió: 

—- Naturalmente yo nunca he visto trabajar a  Hokusai con cinco pinceles a la vez — dijo con una sonrisa — aunque sí me hubiera gustado verlo,  pero en cambio, sí tuve la fortuna de conocerle y hablar con él varias veces,  y conforme más lo conocía más me parecía un hombre asombroso, un hombre polifacético.  Se quiso bautizar él mismo con distintos nombres a lo largo de su vida: Shunro, Sori, Kako, Taito, Gakyonjin, litsu y  Manji. pero siempre se mantuvo como un único  y decisivo artista  que lo mismo se dedicaba a la estampa, que al  dibujo,  al grabado o a la pintura. Recuerdo  que una de las veces que estuvimos hablando sentados los dos ante la  gran cascada D’ Amida, en el camino que va del antiguo Edo a Kyoto, una imponente cascada  que él  también había querido pintar y donde desde tiempos antiguos solían ir los sabios y los monjes a meditar, me confesó que desde  que tenía seis años había tenido el hábito de dibujar cuanto veía a su alrededor y que al llegar a  los cincuenta  comenzó a trabajar produciendo  numerosos diseños, aunque enseguida añadió que  solamente a los setenta años  fue cuando, según él decía, había logrado hacer algo de importancia. “Yo he nacido, pues, a los cincuenta años”, me dijo Hokusai sonriente.

Yo, mientras él me hablaba,  miraba  y escuchaba cómo el agua bajaba torrencialmente por aquella cascada maravillosa y lo hacía desde el silencio de los picachos, pero a la vez tenía muy presente en mi memoria la impresión que me había producido en su momento la pintura que había hecho Hokusai de aquella misma  cascada. Hokusai había unido en su pintura el realismo y el simbolismo.  Había pintado el realismo concretándolo en tres diminutos personajes que charlaban entre sí sentados en un promontorio situado a media altura bajo el rumor del agua, y a la vez Hokusai había querido estilizar la caída de la cascada en una especie de simbolismo cósmico, porque, para él, el agua que salía desde las alturas lo estaba haciendo como si brotara de un disco lunar de un profundo azul que expandía ondas de energía.

 

 

 

Como tantas veces me ha pasado — continuó diciendo Hisae ante aquel auditorio tan extremadamente atento y silencioso que le seguía escuchando —, no sabía dónde encontrar más belleza, si en la cascada natural o en la cascada pintada. Hokusai, como todo gran artista, había modificado de algún modo la naturaleza para crear otra naturaleza distinta, inesperada e impensable. Y eso me llamaba mucho la atención.  Pero me llamaban también la atención aquellos tres  pequeños personajes tan reales charlando en medio del inmenso silencio de la naturaleza porque ya había advertido que en muchas estampas de Hokusai ocurría siempre lo mismo: el contraste entre las gentes dedicadas a sus anécdotas personales, y la potencia, a veces desmesurada e incontrolable  de la naturaleza ; y ahora, como tenía a mi lado personalmente a Hokusai, quise preguntárselo.  Entonces él me habló de la atracción que siempre había sentido hacia el monte Fuji y también de las veces que había intentado trazar el dibujo de la “Gran Ola”, añadiendo, suprimiendo o simplificando diversos aspectos hasta lograr lo que él quería.  “Comencé a inspirarme en las olas, me confesó, a los 33 años. Pinté primero “Primavera en Enoshima”, en donde aparece una familia en la playa , y también  al fondo el monte Fuji , pero es un monte Fuji aún lejano y pequeño, y también pinté una pequeña ola estilizada en el lado izquierdo. Seis años después, a los 39, quise pintar una gran ola que se elevaba sobre un barco que intentaba navegar a través de ella, pero esta ola ya estaba mucho más simplificada, era más grande y quise que se moviera de derecha a izquierda. Dos años más tarde  volví a pintar algo parecido, aunque desplacé la ola aún más al lado izquierdo. Es decir, lo que hacía cada vez era ir empequeñeciendo los personajes, fueran hombres o barcos, para en cambio engrandecer aquella gran ola del mar cuya cresta amenazadora me interesaba y me preocupaba. Y así nació la “Gran Ola”. Entonces al final pinté tres embarcaciones que intentaban resistir la fuerza de un mar desencadenado, sobre todo la amenaza de la cresta de una ola  gigante con sus enormes garras de espuma blanca, coloqué en el centro y al fondo el monte Fuji al amanecer, nevado, e intenté mezclar mi observación directa de todo aquello  con un sentido casi místico de lo que yo estaba viendo, es decir, la invasión de las fuerzas de la naturaleza sobre las personas, que era lo que yo quería expresar”.

 

 

Cuando acabó de hablar Hokusai — prosiguió Hisae —, y muchas otras veces después a lo largo del tiempo, me he preguntado qué puede tener el monte Fuji para poder atraer a tanta gente y en especial a tantos artistas y pintores. Como ustedes saben, el monte Fuji se encuentra a 62 kilómetros de distancia de la antigua Edo y no ha entrado en erupción desde 1707. Los ciudadanos que viven cerca de él son conscientes de que se trata de un volcán activo y de algún modo lo veneran; muchos de ellos tienen la creencia de que es un monte sagrado y además una fuente, dicen, del secreto de la inmortalidad. Yo misma —añadió Hisae— he subido al monte Fuji y conozco alguno de sus secretos. Pero pienso que la obsesión personal de Hokusai sobre el Fuji está unida a cuanto se dice de él desde la antigüedad. Pienso también que cuando Hokusai pinta la forma cónica del monte como un elemento distante pero a la vez central, lo que está recordando de alguna forma es que es una montaña sagrada.

Y aquí se interrumpió Hisae.

Levantó la mano derecha en la penumbra de la sala y en ese instante desapareció de la pantalla la figura que había hasta entonces para ser reemplazada por un largo puente luminoso invadido de fina lluvia. 

 

— Esto que ven ahora en la pantalla — dijo Hisae — es un dibujo de otro de mis amigos pintores, el gran Hiroshige. Pero de Hiroshige les hablaré en la próxima sesión.

Y la sala parisina la “Maison de l ‘ Art” estalló en aplausos.”

José Julio Perlado

(del libro “Una dama japonesa”)

(Texto inédito) 

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

 

 

(Imágenes- 1- Hokusai- la gran ola/ 2-Hokusai – el monte Fuji rojo por el buen tiempo – 1825/3- Hokusai- monte Fuji/4- Hokusai – viento/ 5- Hokusai – autorretrato/ 6-Hokusai – pajaros/ 7 Hiroshige- lluvia en el puente- Wikipedia)

 

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