BELLEZA ESCRIBIENDO UNA CARTA

 


“Una tarde,  hacia 1415, Hisae Izumi se sabe bien que se dibujó ella a sí misma escribiendo una carta y que lo hizo recostándose en el aire de aquella habitación junto al lago vestida con un kimono azul de flores blancas. Las flores salpicaban las mangas y la amplitud de su kimono y aquella tarde los ojos curvados de Hisae parecieron estar especialmente atentos al pincel y al papel. Quizá estaba contestando en esos momentos a lo que le escribían desde otros siglos. Pero también cabe suponer que ella estuviera escribiendo o dibujando algo para el futuro, para alguien del futuro, sin duda para una persona, naturalmente, a la que ella no conocía pero que efectivamente sí recibió su carta , es decir, recibió aquel dibujo, porque este dibujo atravesó los siglos y hoy puede verse en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Cuando uno pasea por las salas de ese Museo se encuentra de pronto con un cuadro del siglo XVIII, “Belleza escribiendo una carta”, del pintor japonés Kaigetsulo Doshin, y esa mujer del kimono azul con flores blancas, recostada en el aire y con los ojos curvados muy atentos a lo que pone en el papel, no es otra que Hisae Izumi en su habitación de la casa del lago pero tres siglos antes, cuando ella realizó el dibujo. El pintor Doshin no hizo más que copiarlo de su interior, lo llevaba dentro, en las cámaras de su imaginación, y recreó una imagen que creyó era suya. El dibujo, por tanto, no es de él, aunque esté firmado por él, sino que su autora es Hisae Izumi, que en el siglo XV nunca soñó que un autorretrato suyo, cuidadosamente elaborado en aquel papel verde que ella usaba, pudiera tranquilamente volar en el tiempo y que apareciera en la mente o en el lienzo de un pintor del siglo XVIII. Si uno se acerca atentamente a este cuadro sorprende enseguida que Hisae lo titulara “Belleza escribiendo una carta” y no simplemente “Mujer escribiendo una carta”, como así lo hicieran, por ejemplo, los pintores holandeses Vermeer o Gerard Ter Borch. Se desvela así el concepto íntimo que de sí misma tenía Hisae para superar el tiempo, la seguridad de que por ella el tiempo no pasaba y de que su figura permanecía siempre en una estática juventud. Al margen de todo ello existe una diferencia capital en todos esos cuadros: en el cuadro de Ter Borch, que hoy puede verse en La Haya, la mujer escribiendo una carta aparece sentada ante una mesa y está muy concentrada en lo que hace; por su parte, la mujer que escribe una carta en el lienzo de Vermeer (hoy en la National Gallery de Washington), escribe a su vez sentada también a la mesa pero mira hacia afuera, quizá distraída por alguien que le mira, acaso distraída por algo o por alguien que parece estar en la habitación. Ninguna de estas dos mujeres tienen nada que ver con Hisae. Hisae se presenta recostada en el aire, como alada y a la vez enigmática: la intensidad de su mirada cae sobre el papel. Vestida con aquel kimono azul de flores blancas, esa mirada suya siempre misteriosa parece que supiera ya que esa carta está destinada a atravesar el tiempo.”

José Julio Perlado

( del libro “Una dama japonesa”) ( relato inédito)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

(Imágenes—1- Kitagawa Utamaro/ 2- Shibata Zeshin)

HISAE Y LA LACA JAPONESA

 

 

“Leía  Hisae por aquel tiempo  el Diario de Dama Sarashina, la célebre escritora muerta en 1057 que había revelado sus sueños y ensoñaciones : ¡Con qué gusto le mostraría a alguien/ — decía Sarashina —esta luna de un alba que pone fin / a la noche de otoño de una aldea de montaña!”. La luna acompañaba siempre a Hisae. Compartía alguno de aquellos poemas con amigas suyas que había ido encontrando por la ciudad y con las que a veces se citaba para hablar de jardines o de concursos de poesía. Una de ellas, Mitsuyo Ogawa, había sido alumna del gran poeta Sôgi, un maestro de los denominados “poemas en cadena”, en los que unos y otros se completaban e interrumpían, e incluso había asistido a sesiones líricas en Minase, cerca de Kioto, donde se congregaban aquellos poetas, y ahora, en las reuniones femeninas, imitaba perfectamente la voz de Sôgi y declamaba muy despacio:la cima está aún nevada/ la base de la montaña se cubre de niebla al anochecer”. Eran tardes íntimas e inolvidables. Pero quizás lo que más fascinaba de aquellas tardes y lo que más atraía a Hisae era poder disfrutar de las maravillosas habitaciones aún muy bien conservadas en la casa de otra de sus amigas, Yôko Wataya, viuda del arquitecto Nishishita Keita, y que estaba situada en las afueras de la ciudad. Recuerdo siempre aquella gran casaescribiría luego Hisae en sus “Memorias” — porque ya desde la entrada destacaba un vaso especial de bronce recubierto de finas planchas de laca donde figuraban escenas campestres. Yo me lo quedaba siempre mirando al pasar, asombrada por su belleza, y luego volvía a pensar en él cuando, sentadas ya todas las amigas para tomar el “sake”, Yôko nos lo servía en su juego de tazas lacadas en rojo, y era entonces cuando mi imaginación se desbordabaEs como si saliera de la habitación. Porque al tomar mi taza en la mano me perdía en la suavidad de su superficie e imaginaba árboles lejanos, bosques de árboles, no sólo árboles japoneses sino también árboles de China, árboles que prestaban su corteza para que la fuera abriendo la hendidura de un cuchillo y pudieran sangrar allí todas sus venas. Entonces, mientras las demás seguían hablando en torno al “sake”, yo me alejaba sin querer con mi imaginación y podía ver perfectamente la V de las incisiones en la corteza de aquel gran árbol y cómo salía de él una savia blanca que en contacto con el aire se volvía oscura. Después, recordando antiguas  lecturas, imaginaba también que aquella savia oscura guardada en diferentes  barcos viajaba muy despacio como gran regalo del emperador chino Yung-lo al Japón y el Japón la recibía.”

José Julio Perlado  —( del libro “Una dama japonesa”) ( texto inédito)

 

 

(Imágenes—1-Mitami Toshiko/ 2.-Ogata Korin– 1658- museo de arte japonés)

EL TIEMPO Y LAS AVES

 

 

“Soñé  — describe  el inglés J B Priestley así su sueño —que estaba de pie en lo alto de una torre elevada, solo, contemplando desde arriba miríadas de aves que volaban en una dirección. Estaban allí todas las especies de aves, todas las aves del mundo. Era un noble espectáculo aquel vasto y aéreo río de aves. Pero, de pronto y de manera misteriosa, cambió el engranaje y el tiempo se aceleró, de modo que vi generaciones de aves, las vi romper los cascarones, nacer a la vida, debilitarse, vacilar y morir. Las alas solo crecían para  arruinarse; los cuerpos eran lisos y lustrosos, y luego, en un abrir y cerrar de ojos, sangraban y se consumían, y la muerte  hería por doquier a cada segundo.  ¿Cuál era la finalidad de aquella ciega lucha hacia la vida? (…) Permanecía de pie en lo alto de la torre, solo, desesperadamente desdichado. Pero el engranaje volvió a sufrir un cambio y el tiempo corrió aún más deprisa, y con tal velocidad lo hacía, que no se percibía en las aves el menor movimiento, asemejándose a una enorme llanura sembrada de plumas. Sin embargo, por aquella llanura, oscilando entre los cuerpos, pasaba ahora una especie de llama blanca, temblando, danzando, apresurándose luego. Y, tan pronto como la vi, comprendí que aquella llama era la vida misma, la quintaesencia del ser. (…) Lo que yo juzgara tragedia no era sino mero vacío, o sombras chinescas. Porque ahora todo sentimiento genuino  estaba capturado y purificado, y danzaba extáticamente con la blanca llama de la vida.  Jamás había experimentado  dicha tan profunda como la de mi sueño de la torre y las aves…”

MIS MEJORES DESEOS PARA 2020, Y ESPECIALMENTE  PARA TODOS CUANTOS LEEN “MI SIGLO”

 


 

(Imágenes—1-anónimo francés del siglo XVll/ 2- las aves y las flores – periodo moyomana- escuela  Kano -siglo XVll)

LA MUJER DE NIEVE

 

 

“De repente —contaba Hisae—, sentí un ruido. Me estremecí. En la oscuridad, muy cerca del rincón donde yo estaba acostada, escuché una extraña voz que parecía surgir del suelo, una voz muy cercana a mis pies, una voz infantil que parecía un susurro. Aquel susurro lo emitía una figura que yo no podía distinguir en la sombra. Entonces doblé un poco el cuerpo hacia  la derecha, me incliné hacia mis pies, y con gran esfuerzo descubrí casi en el suelo una figura diminuta, de muy pocos centímetros, una figura insignificante que al  parecer era la que me hablaba. “Hisae – oí a una voz atiplada que venía desde el suelo – ,“Yo soy un “yamawaro”, “un niño de la montaña”: me alimento de frutas silvestres y de cangrejos, a veces habito en las montañas de la Isla de Kiousiou, en Kyūshū, por donde te he visto pasear muchas veces con tus kimonos; en los veranos vivo en lagos y en ríos, pero ahora estoy aquí, escondido en esta cueva del viento que está  dentro del Fuji, sé imitar bien el ruido de las rocas que caen, copio el sonido del viento, pero soy un ser diminuto como ves, mucho más pequeño que un enano, tengo este ojo único en la frente desde el cual ahora mismo te estoy mirando, ayudo a leñadores y a campesinos siempre que me ofrezcan un poco de sake o de arroz. ¿Vas a ofrecerme tú un poco de arroz? Porque si me engañas – y de repente aquella voz adoptó  un tono de chillido amenazante  – a pesar de mi poca estatura puedo provocar incendios devastadores y atraer sobre ti plagas mortales. Entonces, dime, Hisae, ¿me darás un poco de arroz?”.

 

 

El diminuto ojo parecía moverse inquieto de un lado para otro por el suelo  pero aquello no me dio ningún miedo. Intenté desplazarme en la oscuridad, intenté levantarme y a la vez irme apartando de aquella pequeñísima figura aunque su ojo me seguía vigilando y casi me perseguía. Cuando por fin me puse en pie me sorprendió  ver delante de mí unas finas columnas blancas que colgaban del techo y que yo no había percibido al entrar, columnas de cristales centelleantes, materiales estratificados, tallos y troncos de diversas formas.  Apoyada en una de aquellas columnas se encontraba  una hermosa mujer de piel blanca, casi transparente, vestida con un kimono también blanco  y con un cuerpo que parecía de hielo. Me miraba fijamente. Apartó el pelo de su frente  y empezó a hablarme en un tono muy neutro, muy despacio:  “Hisae, toda esta  gruta está llena de seres como yo, que somos seres impalpables, a veces muy pequeños y visibles como ese “yamawaro” que acaba de hablarte, otras veces invisibles; somos muchos, estamos dentro de esta cueva del viento pero a la vez estamos también  por todo Japón, por todas las islas de Japón. Algunos  nos llaman los “Yokai” y creen que únicamente somos apariciones, pero no, somos seres reales; si sigues avanzando por esta cueva volverás a encontrarnos en la siguiente, y también estamos en la siguiente, y luego en la siguiente también, y después nos encontrarás en la cueva del hielo y en la de los murciélagos. Yo simplemente soy una “mujer de nieve” de las muchas que existen en Japón. Me llaman “ Yuki-onna”;  nací en una zona dominada por las tempestades. He vivido mucho tiempo en las profundidades de las aguas en la provincia de Yetsingo; en las noches de invierno de luna llena bajo hasta los pueblos y me pongo a jugar con los niños pero les advierto de que no pueden quedarse allí mucho tiempo aprovechando la claridad, tienen que volver a sus casas. Muchos dicen también que en noches de ventisca sorprendo a los viajeros y les absorbo toda su energía con un beso letal, pero  eso no es verdad. Tú no tienes nada que temer, Hisae. Esta mujer de nieve no te va a hacer ningún mal. Sigue  tu camino. Yo no te daré el beso letal.”

José Julio Perlado —(del libro “Una dama japonesa” ) (texto inédito)

 

 

(Imágenes —1-Hasegawa Tohaku- wikipedia/ 2-ogata Korinn-wikipedia/3- Kaburagi Kiyokata)

VIAJES POR EL MUNDO (22) : TOKIO

 

 

”La sala de las audiencias del palacio imperial – cuenta Engelbrecht Kaempfer en su visita a Tokio en 1692 – consiste en varias habitaciones orientadas hacia un punto central, algunas de las cuales estaban abiertas y otras cerradas por biombos y celosías.  El emperador y su consorte  imperial se sentaron tras las celosías de nuestra derecha. Como el emperador me había ordenado bailar, tuve la oportunidad de ver un par de veces  a la emperatriz a través de los huecos de las celosías y pude fijarme que tenía un rostro bello y moreno, de ojos negros y europeos, llenos de fuego, y por la proporción de su cabeza, que era enorme, estimo que era una mujer alta de cerca de 36 años de edad (…) El propio emperador estaba en un lugar tan oscuro, que no se advertía su presencia  hasta que su voz lo delataba, a pesar de que el emperador hablaba en voz baja, como si tuviera la intención de pasar de incógnito (…) La galería a nuestras espaldas estaba ocupada con los oficiales de alto rango de la corte del emperador y los caballeros de cámara. Después de que los inspectores de asuntos exteriores nos condujeran  a la galería ante la sala de audiencias, uno de los consejeros de estado de segundo grado llegó para recibirnos allí.

 

 

(…) El emperador, que hasta ese momento se había sentado entre las damas, a una distancia considerable de nosotros, se aproximó entonces y se sentó a nuestra derecha tras las celosías, tan cerca de nosotros como le fue posible. Entonces nos ordenó quitarnos nuestra capa o nuestro manto, que era nuestro vestido de ceremonia y que nos pusiéramos en pie, para poder vernos mejor, nos ordenó andar, que nos quedáramos quietos, que nos halagáramos entre nosotros, que bailásemos, que saltáramos, que nos hiciéramos pasar por borrachos, que hablásemos un mal japonés, que leyéramos en holandés, que pintáramos,  que cantáramos, que nos pusiéramos nuestros atuendos y que nos los quitásemos. Mientras tanto obedecimos las órdenes del emperador lo mejor que pudimos, a mi danza le agregué una canción de amor en alto alemán. De esta manera y con innumerables trucos de feria, sufrimos para contribuir a la diversión del emperador y de su corte.

 

 

Sin embargo, el embajador se libró de estas y otras órdenes por el estilo, ya que como él representa la autoridad de sus señores se tiene cuidado en que no haga nada que pueda perjudicarlo o lastimarlo. Además él tenía un semblante tan severo y un comportamiento tan serio que fue suficiente para convencer a los japoneses de que no era la persona adecuada para hacerle objeto de unas órdenes tan ridículas y cómicas como aquellas. Tras habernos ejercitado así durante dos horas, aunque con una gran y aparente urbanidad, algunos sirvientes con la cabeza afeitada aparecieron y pusieron ante nosotros una pequeña tabla con viandas japonesas y un par de palillos de marfil en lugar de cuchillos y tenedores. Tomamos y comimos algunos bocados y, a nuestro intérprete principal, aunque apenas podía caminar, se le ordenó recoger las sobras. Entonces se nos ordenó ponernos de nuevo nuestros mantos e irnos, lo que hicimos con gran alegría y premura, finalizando de este modo esta segunda audiencia con el emperador.”

 

 

(Imágenes-1-Utagawa Kunyoshi- sackler Gallery/ 2-Tosa Mitsouki- Wikipedia/ 3-Hiroshige- Wikipedia/ 4- Tokiwa Mitsunaga)

FRAGMENTOS

 

 

”Por mi costado derecho corre un río.

Rompen las olas en mi corazón.

Labra mi vida

un acopio de tiempos fragmentados.

Huele esta flor marchita como si aún viviera.

Tiempos que, en mi mente,

antes de terminar ya habían terminado,

antes de romperse ya estaban rotos,

antes de nacer ya habían nacido.

Como varía el color

sobre cada minúscula.porción de mi piel,

avanzan remolinos de tiempo.

Mi cuerpo, un intercambio de tiempos innúmeros,

un compuesto de pequeños pedazos,

parecido al hollín que despiden las fábricas.

Lo que siento sucede en mi interior

atado a un tiempo concreto,

lo fragmento aún más

hasta que veo sus pequeños pedazos

contra la refracción de la luz.

Por mi costado derecho corre un río.

Rompen las olas en mi corazón.”

Shinkichi Takahashi -“ Fragmentos” – “En la quietud del mundo”( edición de José Luis Fernández Castillo y Kyoko Mizoguchi)

(Imágenes – 1-Shibata Zeshin)

BAJO LA LUNA DE AGOSTO

 

 

“bajo la luna

de agosto

del año 1004

lady murasaki

escribió aquí

las historias de genji

puedes verla

esplendor de seda

—kimono blanco

violeta y verde —

en el acto de :

mujer- mariposa

posada junto al borde

de su tintero”.

Haroldo de Campos – “genji monogatari” – “ Crisantiempo” ( traducción de Andrés Sánchez Robayna)

(Imagen -Shibata Zeshin – japoneses art)

HISAE Y LA TRISTEZA

 

 

“Comenzó Hisae unas clases especiales al aire libre frente al lago dorado. Reunió primero a todos los niños que se iban acercando a ella y, colocándolos en amplios círculos, les empezó a explicar la pequeña historia de lo que estaba sucediendo, y a la vez la gran historia de Japón. La curva de los ojos infantiles era la misma curva de sus piernas dobladas en el suelo, y todos la escuchaban absortos a cuanto decía su maestra. Levantaban sus cabezas hacia ella pero Hisae se las hacía bajar obligándoles a mirar directamente al agua. El lago era un espejo y el espejo, como sucede en tantos países de Oriente, es la Historia. “Si os asomáis a él veréis la Historia”, les decía Hisae. Les fue ilustrando sobre cosas del pasado para distraerlos de cualquier guerra y escogió para ello las estaciones del año, explicando cómo éstas suscitaban sentimientos y cómo el otoño, por ejemplo, evocaba la tristeza. Ningún niño conocía aún la tristeza y uno preguntó cómo era y en el agua apareció una hoja de melancolía transformada en montaña de nieve. “La tristeza, les explicó Hisae, son vuestras despedidas, el acabarse de las cosas.” Los niños no entendían demasiado todo aquello y Hisae les hizo fijarse aún más en el agua: allí asomaban los colores del otoño, unos tintes rojos en las ramas del arce y en las que el viento agitaba poemas prendidos en las ramas. “Cuando seáis mayores, les dijo Hisae, leeréis esos poemas que ahora veis flotando y entenderéis qué es la tristeza. Pero ahora fijaros solamente en lo rojo, en la belleza de lo rojo, en ese color otoñal. Vosotros no podéis ver vuestro corazón porque miráis hacia el lago, pero ahora también vuestro corazón es rojo, siempre será rojo, aunque menos rojo que estas ramas del arce, y vuestro corazón aún no conoce la tristeza”.

José Julio Perlado( del libro “Una dama japonesa”) ( relato inédito)

 

 

(Imágenes -1-Estampa japonesa-art1/ 2- Ogata Korin – El dios del viento y el dios del trueno – wikipedia)

CONTEMPLAR LA LUNA

 

 

“Años después, cuantas veces se sentaría por las noches Hisae a contemplar la luna en la primera y pequeña casa que logró al fin adquirir cerca de la villa imperial de Katsura, no lejos de Kyoto – una casa muy modesta, conseguida gracias a sus ahorros por las clases, la casa que sería su primer hogar- , aún permanecía vivo el recuerdo de la cabaña del Fuji donde ella había vivido su personal transformación. Observaba en silencio la noche desde la terraza de aquella casa y repasaba un antiguo poema que era uno de sus favoritos, un poema del período Heian: “No debes recordar el pasado frente a la claridad de la luna – decía el poema -. Estropeará el color de tu rostro y quitará años a tu vida”. Y sin embargo Hisae se quedaba mirando a la luna con miraba imperturbable, como si ella fuera su gran atracción. En ciertas ocasiones se sentaba a contemplar la luna de la cosecha de otoño y en otras la luna de primavera, pero en cualquiera de aquellos momentos, fuera cual fuera la estación, preparaba horas antes con gran cuidado la pequeña plataforma de la veranda tal y como si fuera un escenario teatral en la larga galería de madera que ella también cuidaba al máximo. Sentada allí recordaba las palabras de Sei Shônagon tantas veces leídas en “El libro de la almohada” : ” cuando yo contemplo el claro de luna pienso en aquellos que están lejos, y no existe otro momento en el que me acuerde tanto y tan bien de las cosas del pasado: de las cosas tristes, de las alegres y de aquellas que encuentro agradables”. La luna se acercaba poco a poco hasta la veranda e iba penetrando en el espacio interior y exterior de la terraza, la luna traspasaba también lo exterior y lo interior de Hisae, y a través de su resplandor iluminado tocaba cada una de las habitaciones, penetraba por las persianas de caña hasta la cocina y llegaba hasta el fondo del baño rozando las cortezas de naranja que aromaban el agua”.

José Julio Perlado – (del libro “Una dama japonesa”)- (relato inédito)

 

 

(Imágenes – 1-  Hasui Kawase/ 2- Shiro Kasamatsu-1934)

LA MUJER RUISEÑOR

 

 

“Un leñador joven descubre una mansión maravillosa en un bosque. En toda su vida  había visto algo comparable. Allí se encuentra con una mujer hermosa que le pide que guarde su casa mientras ella sale. Pero, antes de salir, le indica que no se asome a una habitación.

El joven, como casi todo el mundo, no puede con la curiosidad y entra a ver el cuarto. El mundo que se despliega ante sus ojos no es una simple habitación sino varias y, además, decoradas con gran lujo. Cuando llega al séptimo cuarto, encuentra tres huevos de ruiseñor. Al haber bebido en una habitación anterior, el hombre no calibra bien sus movimientos y se le caen de las manos los tres huevos uno detrás de otro. Al romper las cáscaras salen volando los tres ruiseñores piando. El asombro del joven le deja sin palabras y mira hacia donde han volado los ruiseñores.

En ese momento, vuelve la mujer y mirando a la cara del leñador entre lágrimas dice así: ” No hay nada tan poco fiable en este mundo como un hombre. Tú has roto la promesa y has matado a mis tres hijitas. ¡ Cómo voy a echar de menos a mis hijitas !” Acto seguido, se convierte en un ruiseñor y emprende el vuelo hacia el cielo.

El leñador le sigue con la mirada hasta que el pájaro desaparece y estira el brazo cogiendo el hacha que está a su lado. Cuando mira alrededor, allí ya no existe la mansión y se encuentra en medio de un campo sin poder explicarse lo que acaba de ocurrir”.

El pueblo del ruiseñor” – (Uguisu no Sato)  – cuento popular japonés – argumento resumido por Kayoko Takagi.

 

 

(Imágenes -1-Shimura Tatsumi/ 2- Kaburagi Kiyokata)

VIAJES DE MATSUO BASHÔ

 

Bashô- vhu- el poeta según Yokoi Kinkoku- mil ochocientos veinte- wikipedia

 

“El día octavo escalamos el monte Gassan. Llevábamos bufanda de algodón en los hombros y capucha blanca en la cabeza. Nos conducía un guía porteador apodado Gôrichi (hombre musculoso). Fuimos entre nubes, nieblas y aire de montaña, haciendo un trecho sobre el hielo y la nieve. Con pasos de bruma, parecíamos transitar rutas del  sol y de la luna. Al llegar a la cumbre, el cuerpo helado y la respiración cortada, el sol se iba poniendo, mientras la luna se asomaba. Extendimos hierba de bambú – así lo sigue contando Matsuo Bashô en sus “”Diarios de viaje” (Fondo de Cultura)  -y  de cortos tallos de bambú hicimos nuestras almohadas. Nos tendimos y esperamos a que amaneciera. Cuando el sol apareció y las nubes se dispersaron, iniciamos descenso hacia Yudono.

 

árboles- nju- japón- Kotozuka Eichi- mil novecientos cincuenta

 

Al borde del valle se encuentra una cabaña llamada “cabaña de forjadores”. En esta provincia los herreros usan agua sagrada: purifican cuerpo y espíritu para así templar las espadas. En ellas graban el sello “gassan” ( o espadas loadas en toda la  tierra). Podrá compararse al ejemplo de aquellos chinos que forjaban sus armas en la fuente del dragón.

Me senté sobre una roca. Mientras descansaba descubrí un árbol de cerezo con sus capullos medio abiertos. Todavía sepultado bajo densa nieve, este cerezo tardío nunca había olvidado la primavera; realmente enternecedor. Era como flores de ciruelo que siguen esparciendo su fragancia bajo un cielo abrasador”.

 

luna- uby- noche- japon- Hasui Kawase

 

(Imágenes.- 1–el poeta, según Yokoi Kinkoku- 1820- Wikipedia/ 2- Kotuzuka Eichi- 1950/ 3.-Hasui Kawase)

KIMONOS

kimonos- noou- kimono tradicional- wikipedia

 

“A veces, cuando recorría su guardarropa, Shimamura se decía que alguno de sus kimonos de verano estaba confeccionado con casi un siglo de antigüedad. Cada año, enviaba todos sus kimonos a blanquear en la región, con el mismo procedimiento. Era toda una tarea el traslado de aquellas prendas hasta las montañas donde habían sido hilados originariamente, pero a Shimamura le gustaba la idea de que sus kimonos estuvieran en manos tan confiables, extendidos en la nieve al sol hasta eliminar el menor rastro de impureza acumulado durante cada verano. Al ponérselos de nuevo, se sentía él mismo blanqueado de toda impureza. Y de todas maneras, un negocio de Tokio se encargaba de retirarlos, enviarlos a la montaña y traerlos de regreso, impecables y a todas luces sometidos a la manera tradicional.

 

kimonos- nuy- Homongi-wikipedia

 

Desde tiempos inmemoriales había casas dedicadas exclusivamente al blanqueado. Muchas tejedoras preferían no hacerlo. El Chijimi  blanco se tendía directamente sobre la nieve luego de ser hilado; el Chijimi de color era blanqueado en los mismos marcos en los que se lo hilaba. La temporada de blanqueado comenzaba a fines de enero y se extendía hasta fines de febrero, mientras hubiera nieve en los prados de la región.

 

kimono-bre-brigdeman- national geograpic

 

La tela era sumergida durante la noche en agua con lejía y un puñado de ceniza. Por la mañana se la enjuagaba una y otra vez, se la escurría y se la ponía a secar al sol. El proceso se repetía sin variaciones ni desmayos hasta el momento indescriptible en que los rayos del sol comenzaban a tornar el blanco de la seda en rojo sangre. Ese momento señalaba el fin de las tareas invernales y el comienzo de la primavera, según había leído Shimamura en un libro antiguo. Un fenómeno tan desconocido como impactante para los que venían de regiones más cálidas”.

Yasunari Kawabata.- “País de nieve”

 

Japón- Kawabata- mil novecientos treinta y ocho- wikipedia

 

(Imágenes.-1 y 2- kimonos- Wikipedia/ 3.- kimono- bridgeman nathional geograpic/ 4.- Kawabata en 1938- Wikipedia)

LAS CARTAS DE HISAE IZUMI

 

japón-vvgu-Kisho Tsukuda

 

“También por entonces Hisae ‑ya en las primeras décadas del siglo XV‑ se dedicó a escribir. No abandonó del todo sus clases pero muchas tardes, a primera hora, se retiraba a una habitación aislada de una casa cercana a aquel lago y en silencio disponía todo un largo ritual. Vestida con un kimono rojo de tonos intensos colocaba primero una alfombrilla negra para que reposara el papel que iba a utilizar, acercaba después una pequeña vara de metal para que se mantuviera aquel papel inmóvil y escogía luego un papel especial, un delgadísimo papel de color verde sobre el que escribía sus cartas; situaba más tarde el tintero con la tinta sólida que se iba a deshacer en el agua hasta lograr un punto exacto de liquidez y entonces tomaba el pincel. Nunca sabía Hisae si esa tarde iba a pintar o a escribir. Ella afirmó muchas veces que en aquellas cartas que escribió en su retiro procuraba pintar los rasgos de la escritura y a la vez intentaba pintar la vida con su caligrafía, procurando hacer las dos cosas al unísono. Recordaba ‑porque así su mano lo hacía‑ que no debía escribir nunca con caracteres rígidos, es decir, a la manera masculina, ni tampoco que las líneas verticales tenían por qué estar divididas de forma paralela y simétrica. Eso ‑Hisae lo sabía muy bien‑ provenía de China, y era únicamente para los hombres. Ella en cambio era japonesa y la pequeña muñeca de su mano asomando por la manga de su kimono rojo no escribía bajo la sombra del ciruelo sino bajo la del cerezo:  era una escritura femenina, llena de sensibilidad exquisita, que se iba convirtiendo en el espejo del alma. Muchas tardes, asomándose a las profundidades de aquel papel verde, veía perfectamente su alma reflejada: Hisae contemplaba allí confusamente detalles de su infancia, pero ante todo descubría que la caligrafía era hermana de la poesía y entonces su mano, sin ella quererlo, comenzaba a escribir caligrafía de la poesía y eso lo hacía con un pincel de bambú y pelo o con otro que ella tenía muy bien guardado de pelo y ancha pluma, con el que iba marcando muy despacio sus trazos continuos ascendentes y descendentes.

 

Japón-nnnjju- Utagawa Toyokuni ll - mil ochocientos treinta y cuatro

 

Así escribió muchas cartas. Fueron célebres y pasaron de mano en mano hasta ser recogidas y comentadas por diversos expertos durante varios siglos. Hoy día han sido muy glosadas e interpretadas en distintas ediciones, y una abundante selección de ellas puede encontrarse en las famosas obras de Origuchi Shinobu  y de Konishi Jun ‘ichi. Estos dos destacados historiadores hacen ver que la importancia de las cartas de Hisae Izumi no reside sólo en su contenido sino en su prodigiosa velocidad de comunicación, algo único en la literatura japonesa, en toda la literatura oriental y también ‑hay que atreverse a decirlo‑ incluso en las literaturas de Occidente, puesto que esa modalidad del género epistolar constituye realmente un caso insólito, algo verdaderamente excepcional y que nunca más se ha repetido. Cuenta Konishi en su obra ‑y lo ilustra con precisos documentos‑ que efectivamente Hisae se inclinaba cada tarde sobre su papel verde disponiéndose a escribir. Pero añade que algo ocurría en ese momento; ese algo siempre ha causado fascinación a los comentaristas. Al acercar su pincel al papel, Hisae descubría en la parte superior de la hoja unas palabras que ya estaban escritas. Conforme acercaba algo más su pincel al papel aquellas palabras se iban extendiendo poco a poco sobre la superficie e iban formando líneas, frases y párrafos. Aquellas líneas y párrafos eran perfectamente inteligibles. A veces eran poemas, en ocasiones cuentos o principios de cuentos, otras veces el inicio de cartas que nadie podía imaginar de dónde provenían. De esta forma, antes de empezar a escribir, Hisae notaba que alguien ya se le había adelantado y que ese alguien ocultaba su rostro mostrando sólo su escritura, y que el espejo del papel enseñaba unos rasgos finos y gruesos, de trazo natural y apacible, nada ásperos ni viriles, en absoluto cargados de rudeza, por lo que Hisae empezó a intuir que aquella escritura bien podía ser la de un alma gemela a la suya, es decir, la de una mujer desconocida, alguien femenino que intentara comunicarse con ella, o bien desahogarse, o simplemente hacerle confidencias. Cada vez que Hisae alejaba su pincel del papel, el otro (o la otra) se detenía; cada vez que Hisae se acercaba intentando escribir de nuevo, el otro (o la otra) se le adelantaba expandiendo cada vez más sus largos trazos de tinta”.

José Julio Perlado -(del libro “Una dama japonesa“) (relato inédito)

 

japonesa.-Ukiyo-e.-signatureillustration.org

 

(Imágenes.- 1-Kisho Tsukuda/ 2.- Utagawa Toyokuni ll- 1834/ 3.- signatureilustratio org)

 

DESCENSOS DE LAS MONTAÑAS

japón-bhym-mujer- Itou Shinsui- mil novecientos diez

 

Estuvo Hisae Izumi dando clases allí, en aquellos jardines, durante muchos años. A partir de 1399 dio clases en el jardín del templo Tenryû-ji, al borde del río Oigawa, cerca de Kyoto, célebre por sus cerezos. Dio clases en el jardín del palacio de Kitayama, también cerca de Kyoto, al lado del Pabellón de Oro. Y fue precisamente ante ese gran lago del Pabellón de Oro cuando amplió el número y la edad de sus alumnos. Ya no eran niños sino toda clase de gentes de Japón las que venían desde lejos a escucharla. Impresionaba la menuda figura de Hisae en pie junto a la grandiosidad del lago, procurando permanecer como siempre en la sombra y huyendo de todo rayo de sol. Destacaba por su elegante kimono de seda al que cruzaban manchas color café entre flores y ramas. Seguía ilustrando muy bien la Historia, siempre señalando el espejo del agua, esperando a que el viento borrase la pizarra. Pero también comentaba cómo los islotes en forma de tortuga en medio del estanque significaban longevidad. Explicaba muy bien la longevidad. Le miraban entonces los ojos en círculos cargados de muchos años. Todo el Japón milenario, el del siglo de Nara y el de la época de Héian, se agrietaban en las comisuras de aquellos labios y en las arrugas de los ojos hasta oírse el ruido del tiempo mientras ellos escuchaban. Hisae se hizo famosa por sus clases, especialmente por otras nuevas que inventó dedicadas a la geología, en las que movía las manos para que bajasen las montañas. Cada vez que ella levantaba las manos bajaban precipitadamente las rocas de las montañas volcánicas, dándose las unas contra las otras, empujadas por las palabras de Hisae. Si ella levantaba algo más las manos y hacía un cuenco con las palmas formando una especie de volcán las gentes que lo veían podían escuchar perfectamente el movimiento de los intestinos den­tro de los cráteres a punto de derramarse. Mantenía así en el aire los cuencos de sus palmas durante largo tiempo y luego los iba abriendo muy lentamente para que fueran escupiendo todo lo que llevaba den­tro el Fujiyama, el Aso y el Kirishima. Siendo el Fujiyama montaña sagrada se veían descender por sus laderas cristales sagrados que iban envueltos en lava y a través de esos cristales podía contemplarse todo el archipiélago. Las gentes, encantadas, aplaudían. Eran rocas encendidas que se despeñaban cayendo entre gases hasta los pies de Hisae.

-¡No las toquéis! ‑gritaba entonces Hisae muy asustada a sus oyentes procurando que no se hicieran daño‑ ¡No las toquéis!

Y las gentes retrocedían fascinadas por aquellas clases tan vivas que transmitían siempre un paisaje mineral con olor a azufre.”

José Julio Perlado.– (del libro “Una dama japonesa“) (relato inédito)

(Imagen.-Itou Shinsui-1910)

EL ARTISTA Y LA NATURALEZA

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“Tengo profundamente arraigados en todo mi ser los recuerdos vivos e inolvidables de los montículos, de los arroyos, de los campos que recorrí en mi niñez y la pasión con que contemplaba mi colección de insectos. De hecho, mi seudónimo “Ozamu” se puede leer “Ozamushi”, que es un tipo de escarabajo. Aún recuerdo con nitidez la magnificencia y la riqueza de la naturaleza. Hasta hace poco en cualquier pueblo crecían bosquecillos y se extendían campos donde los niños pasaban el tiempo con el cabecilla de su banda jugando en plena naturaleza hasta la puesta de sol. Era un reino de fantasía, una estación espacial, una frontera inexplorada para aventureros.

 

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Era un sitio eterno e infinito donde se extendía la fantasía. Por pequeño que fuera, muy cerca de cada hogar existía un lugar así, donde los niños podían dejar aletear sus sueños con total libertad para que se adentrasen de un salto hacia el universo. El atardecer en el bosque, el susurro del viento, las nubes blancas discurriendo en lo alto del cielo azul. En contacto con la naturaleza, de pequeño, siempre me sentía seguro y tranquilo. Y ahora que soy mayor me siento de la misma manera. Creo que todos sentimos lo mismo. Por mucho que el ser humano evolucione, profundice en la cultura materialista o avance en la ciencia no deja de ser parte de la naturaleza y por tanto no puede negarla, porque sería como negarse a sí mismo el hecho de ser humano (…)

 

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Cuando me atrapa la ajetreada vida de trabajo en la gran ciudad, rescato mis recuerdos de esa magnífica naturaleza, que me refresca por dentro como si fuera agua de manantial.”

Osamu Tezuka

 

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(Imágenes.-1,2, 3 y 4- Shibata Zeshin.-metromuseum)