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Posts Tagged ‘Japón’

 

 

“bajo la luna

de agosto

del año 1004

lady murasaki

escribió aquí

las historias de genji

puedes verla

esplendor de seda

—kimono blanco

violeta y verde —

en el acto de :

mujer- mariposa

posada junto al borde

de su tintero”.

Haroldo de Campos – “genji monogatari” – “ Crisantiempo” ( traducción de Andrés Sánchez Robayna)

(Imagen -Shibata Zeshin – japoneses art)

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“Comenzó Hisae unas clases especiales al aire libre frente al lago dorado. Reunió primero a todos los niños que se iban acercando a ella y, colocándolos en amplios círculos, les empezó a explicar la pequeña historia de lo que estaba sucediendo, y a la vez la gran historia de Japón. La curva de los ojos infantiles era la misma curva de sus piernas dobladas en el suelo, y todos la escuchaban absortos a cuanto decía su maestra. Levantaban sus cabezas hacia ella pero Hisae se las hacía bajar obligándoles a mirar directamente al agua. El lago era un espejo y el espejo, como sucede en tantos países de Oriente, es la Historia. “Si os asomáis a él veréis la Historia”, les decía Hisae. Les fue ilustrando sobre cosas del pasado para distraerlos de cualquier guerra y escogió para ello las estaciones del año, explicando cómo éstas suscitaban sentimientos y cómo el otoño, por ejemplo, evocaba la tristeza. Ningún niño conocía aún la tristeza y uno preguntó cómo era y en el agua apareció una hoja de melancolía transformada en montaña de nieve. “La tristeza, les explicó Hisae, son vuestras despedidas, el acabarse de las cosas.” Los niños no entendían demasiado todo aquello y Hisae les hizo fijarse aún más en el agua: allí asomaban los colores del otoño, unos tintes rojos en las ramas del arce y en las que el viento agitaba poemas prendidos en las ramas. “Cuando seáis mayores, les dijo Hisae, leeréis esos poemas que ahora veis flotando y entenderéis qué es la tristeza. Pero ahora fijaros solamente en lo rojo, en la belleza de lo rojo, en ese color otoñal. Vosotros no podéis ver vuestro corazón porque miráis hacia el lago, pero ahora también vuestro corazón es rojo, siempre será rojo, aunque menos rojo que estas ramas del arce, y vuestro corazón aún no conoce la tristeza”.

José Julio Perlado( del libro “Una dama japonesa”) ( relato inédito)

 

 

(Imágenes -1-Estampa japonesa-art1/ 2- Ogata Korin – El dios del viento y el dios del trueno – wikipedia)

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“Años después, cuantas veces se sentaría por las noches Hisae a contemplar la luna en la primera y pequeña casa que logró al fin adquirir cerca de la villa imperial de Katsura, no lejos de Kyoto – una casa muy modesta, conseguida gracias a sus ahorros por las clases, la casa que sería su primer hogar- , aún permanecía vivo el recuerdo de la cabaña del Fuji donde ella había vivido su personal transformación. Observaba en silencio la noche desde la terraza de aquella casa y repasaba un antiguo poema que era uno de sus favoritos, un poema del período Heian: “No debes recordar el pasado frente a la claridad de la luna – decía el poema -. Estropeará el color de tu rostro y quitará años a tu vida”. Y sin embargo Hisae se quedaba mirando a la luna con miraba imperturbable, como si ella fuera su gran atracción. En ciertas ocasiones se sentaba a contemplar la luna de la cosecha de otoño y en otras la luna de primavera, pero en cualquiera de aquellos momentos, fuera cual fuera la estación, preparaba horas antes con gran cuidado la pequeña plataforma de la veranda tal y como si fuera un escenario teatral en la larga galería de madera que ella también cuidaba al máximo. Sentada allí recordaba las palabras de Sei Shônagon tantas veces leídas en “El libro de la almohada” : ” cuando yo contemplo el claro de luna pienso en aquellos que están lejos, y no existe otro momento en el que me acuerde tanto y tan bien de las cosas del pasado: de las cosas tristes, de las alegres y de aquellas que encuentro agradables”. La luna se acercaba poco a poco hasta la veranda e iba penetrando en el espacio interior y exterior de la terraza, la luna traspasaba también lo exterior y lo interior de Hisae, y a través de su resplandor iluminado tocaba cada una de las habitaciones, penetraba por las persianas de caña hasta la cocina y llegaba hasta el fondo del baño rozando las cortezas de naranja que aromaban el agua”.

José Julio Perlado – (del libro “Una dama japonesa”)- (relato inédito)

 

 

(Imágenes – 1-  Hasui Kawase/ 2- Shiro Kasamatsu-1934)

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“Un leñador joven descubre una mansión maravillosa en un bosque. En toda su vida  había visto algo comparable. Allí se encuentra con una mujer hermosa que le pide que guarde su casa mientras ella sale. Pero, antes de salir, le indica que no se asome a una habitación.

El joven, como casi todo el mundo, no puede con la curiosidad y entra a ver el cuarto. El mundo que se despliega ante sus ojos no es una simple habitación sino varias y, además, decoradas con gran lujo. Cuando llega al séptimo cuarto, encuentra tres huevos de ruiseñor. Al haber bebido en una habitación anterior, el hombre no calibra bien sus movimientos y se le caen de las manos los tres huevos uno detrás de otro. Al romper las cáscaras salen volando los tres ruiseñores piando. El asombro del joven le deja sin palabras y mira hacia donde han volado los ruiseñores.

En ese momento, vuelve la mujer y mirando a la cara del leñador entre lágrimas dice así: ” No hay nada tan poco fiable en este mundo como un hombre. Tú has roto la promesa y has matado a mis tres hijitas. ¡ Cómo voy a echar de menos a mis hijitas !” Acto seguido, se convierte en un ruiseñor y emprende el vuelo hacia el cielo.

El leñador le sigue con la mirada hasta que el pájaro desaparece y estira el brazo cogiendo el hacha que está a su lado. Cuando mira alrededor, allí ya no existe la mansión y se encuentra en medio de un campo sin poder explicarse lo que acaba de ocurrir”.

El pueblo del ruiseñor” – (Uguisu no Sato)  – cuento popular japonés – argumento resumido por Kayoko Takagi.

 

 

(Imágenes -1-Shimura Tatsumi/ 2- Kaburagi Kiyokata)

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Bashô- vhu- el poeta según Yokoi Kinkoku- mil ochocientos veinte- wikipedia

 

“El día octavo escalamos el monte Gassan. Llevábamos bufanda de algodón en los hombros y capucha blanca en la cabeza. Nos conducía un guía porteador apodado Gôrichi (hombre musculoso). Fuimos entre nubes, nieblas y aire de montaña, haciendo un trecho sobre el hielo y la nieve. Con pasos de bruma, parecíamos transitar rutas del  sol y de la luna. Al llegar a la cumbre, el cuerpo helado y la respiración cortada, el sol se iba poniendo, mientras la luna se asomaba. Extendimos hierba de bambú – así lo sigue contando Matsuo Bashô en sus “”Diarios de viaje” (Fondo de Cultura)  -y  de cortos tallos de bambú hicimos nuestras almohadas. Nos tendimos y esperamos a que amaneciera. Cuando el sol apareció y las nubes se dispersaron, iniciamos descenso hacia Yudono.

 

árboles- nju- japón- Kotozuka Eichi- mil novecientos cincuenta

 

Al borde del valle se encuentra una cabaña llamada “cabaña de forjadores”. En esta provincia los herreros usan agua sagrada: purifican cuerpo y espíritu para así templar las espadas. En ellas graban el sello “gassan” ( o espadas loadas en toda la  tierra). Podrá compararse al ejemplo de aquellos chinos que forjaban sus armas en la fuente del dragón.

Me senté sobre una roca. Mientras descansaba descubrí un árbol de cerezo con sus capullos medio abiertos. Todavía sepultado bajo densa nieve, este cerezo tardío nunca había olvidado la primavera; realmente enternecedor. Era como flores de ciruelo que siguen esparciendo su fragancia bajo un cielo abrasador”.

 

luna- uby- noche- japon- Hasui Kawase

 

(Imágenes.- 1–el poeta, según Yokoi Kinkoku- 1820- Wikipedia/ 2- Kotuzuka Eichi- 1950/ 3.-Hasui Kawase)

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kimonos- noou- kimono tradicional- wikipedia

 

“A veces, cuando recorría su guardarropa, Shimamura se decía que alguno de sus kimonos de verano estaba confeccionado con casi un siglo de antigüedad. Cada año, enviaba todos sus kimonos a blanquear en la región, con el mismo procedimiento. Era toda una tarea el traslado de aquellas prendas hasta las montañas donde habían sido hilados originariamente, pero a Shimamura le gustaba la idea de que sus kimonos estuvieran en manos tan confiables, extendidos en la nieve al sol hasta eliminar el menor rastro de impureza acumulado durante cada verano. Al ponérselos de nuevo, se sentía él mismo blanqueado de toda impureza. Y de todas maneras, un negocio de Tokio se encargaba de retirarlos, enviarlos a la montaña y traerlos de regreso, impecables y a todas luces sometidos a la manera tradicional.

 

kimonos- nuy- Homongi-wikipedia

 

Desde tiempos inmemoriales había casas dedicadas exclusivamente al blanqueado. Muchas tejedoras preferían no hacerlo. El Chijimi  blanco se tendía directamente sobre la nieve luego de ser hilado; el Chijimi de color era blanqueado en los mismos marcos en los que se lo hilaba. La temporada de blanqueado comenzaba a fines de enero y se extendía hasta fines de febrero, mientras hubiera nieve en los prados de la región.

 

kimono-bre-brigdeman- national geograpic

 

La tela era sumergida durante la noche en agua con lejía y un puñado de ceniza. Por la mañana se la enjuagaba una y otra vez, se la escurría y se la ponía a secar al sol. El proceso se repetía sin variaciones ni desmayos hasta el momento indescriptible en que los rayos del sol comenzaban a tornar el blanco de la seda en rojo sangre. Ese momento señalaba el fin de las tareas invernales y el comienzo de la primavera, según había leído Shimamura en un libro antiguo. Un fenómeno tan desconocido como impactante para los que venían de regiones más cálidas”.

Yasunari Kawabata.- “País de nieve”

 

Japón- Kawabata- mil novecientos treinta y ocho- wikipedia

 

(Imágenes.-1 y 2- kimonos- Wikipedia/ 3.- kimono- bridgeman nathional geograpic/ 4.- Kawabata en 1938- Wikipedia)

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japón-vvgu-Kisho Tsukuda

 

“También por entonces Hisae ‑ya en las primeras décadas del siglo XV‑ se dedicó a escribir. No abandonó del todo sus clases pero muchas tardes, a primera hora, se retiraba a una habitación aislada de una casa cercana a aquel lago y en silencio disponía todo un largo ritual. Vestida con un kimono rojo de tonos intensos colocaba primero una alfombrilla negra para que reposara el papel que iba a utilizar, acercaba después una pequeña vara de metal para que se mantuviera aquel papel inmóvil y escogía luego un papel especial, un delgadísimo papel de color verde sobre el que escribía sus cartas; situaba más tarde el tintero con la tinta sólida que se iba a deshacer en el agua hasta lograr un punto exacto de liquidez y entonces tomaba el pincel. Nunca sabía Hisae si esa tarde iba a pintar o a escribir. Ella afirmó muchas veces que en aquellas cartas que escribió en su retiro procuraba pintar los rasgos de la escritura y a la vez intentaba pintar la vida con su caligrafía, procurando hacer las dos cosas al unísono. Recordaba ‑porque así su mano lo hacía‑ que no debía escribir nunca con caracteres rígidos, es decir, a la manera masculina, ni tampoco que las líneas verticales tenían por qué estar divididas de forma paralela y simétrica. Eso ‑Hisae lo sabía muy bien‑ provenía de China, y era únicamente para los hombres. Ella en cambio era japonesa y la pequeña muñeca de su mano asomando por la manga de su kimono rojo no escribía bajo la sombra del ciruelo sino bajo la del cerezo:  era una escritura femenina, llena de sensibilidad exquisita, que se iba convirtiendo en el espejo del alma. Muchas tardes, asomándose a las profundidades de aquel papel verde, veía perfectamente su alma reflejada: Hisae contemplaba allí confusamente detalles de su infancia, pero ante todo descubría que la caligrafía era hermana de la poesía y entonces su mano, sin ella quererlo, comenzaba a escribir caligrafía de la poesía y eso lo hacía con un pincel de bambú y pelo o con otro que ella tenía muy bien guardado de pelo y ancha pluma, con el que iba marcando muy despacio sus trazos continuos ascendentes y descendentes.

 

Japón-nnnjju- Utagawa Toyokuni ll - mil ochocientos treinta y cuatro

 

Así escribió muchas cartas. Fueron célebres y pasaron de mano en mano hasta ser recogidas y comentadas por diversos expertos durante varios siglos. Hoy día han sido muy glosadas e interpretadas en distintas ediciones, y una abundante selección de ellas puede encontrarse en las famosas obras de Origuchi Shinobu  y de Konishi Jun ‘ichi. Estos dos destacados historiadores hacen ver que la importancia de las cartas de Hisae Izumi no reside sólo en su contenido sino en su prodigiosa velocidad de comunicación, algo único en la literatura japonesa, en toda la literatura oriental y también ‑hay que atreverse a decirlo‑ incluso en las literaturas de Occidente, puesto que esa modalidad del género epistolar constituye realmente un caso insólito, algo verdaderamente excepcional y que nunca más se ha repetido. Cuenta Konishi en su obra ‑y lo ilustra con precisos documentos‑ que efectivamente Hisae se inclinaba cada tarde sobre su papel verde disponiéndose a escribir. Pero añade que algo ocurría en ese momento; ese algo siempre ha causado fascinación a los comentaristas. Al acercar su pincel al papel, Hisae descubría en la parte superior de la hoja unas palabras que ya estaban escritas. Conforme acercaba algo más su pincel al papel aquellas palabras se iban extendiendo poco a poco sobre la superficie e iban formando líneas, frases y párrafos. Aquellas líneas y párrafos eran perfectamente inteligibles. A veces eran poemas, en ocasiones cuentos o principios de cuentos, otras veces el inicio de cartas que nadie podía imaginar de dónde provenían. De esta forma, antes de empezar a escribir, Hisae notaba que alguien ya se le había adelantado y que ese alguien ocultaba su rostro mostrando sólo su escritura, y que el espejo del papel enseñaba unos rasgos finos y gruesos, de trazo natural y apacible, nada ásperos ni viriles, en absoluto cargados de rudeza, por lo que Hisae empezó a intuir que aquella escritura bien podía ser la de un alma gemela a la suya, es decir, la de una mujer desconocida, alguien femenino que intentara comunicarse con ella, o bien desahogarse, o simplemente hacerle confidencias. Cada vez que Hisae alejaba su pincel del papel, el otro (o la otra) se detenía; cada vez que Hisae se acercaba intentando escribir de nuevo, el otro (o la otra) se le adelantaba expandiendo cada vez más sus largos trazos de tinta”.

José Julio Perlado -(del libro “Una dama japonesa“) (relato inédito)

 

japonesa.-Ukiyo-e.-signatureillustration.org

 

(Imágenes.- 1-Kisho Tsukuda/ 2.- Utagawa Toyokuni ll- 1834/ 3.- signatureilustratio org)

 

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