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Posts Tagged ‘Claude Monet’

 

 

“El campo bajo todo negro,

sin una luz.

Arriba,

el camino celeste de Santiago,

las estrellas purísimas.

Vamos hacia otra tierra,

yo no sé si mejor…¡ Mejor! ¿Qué dicha

aguarda? ¿De  qué dicha me despido,

buscándola… otra vez?

¡Melancolía

de este vaivén constante y disgustado

que se llama “mi vida”!

¡No importa!  Tengo siempre

la vuelta. En la tranquila

soledad de la noche de verano,

la eternidad serena y sin salida

—única, novia fiel,

madre, hermana y amiga —

camina a todas partes

conmigo, siempre idéntica y divina.”

Juan Ramón Jiménez -“Viaje”-“Estío” (1915)

 

 

(Imágenes -1- David Inshaw- 1974/ 2- Claude Monet- 1880)

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”La lectura acompaña toda mi vida – decía Montaigne -, y me asiste por todas partes. Me consuela en la vejez y en la soledad. Me descarga del peso de una molesta ociosidad, y me libra, a cualquier hora, de las compañías que me fastidian. Sofoca las punzadas del dolor, cuando no es del todo extremo y dominante. Para distraerme de una imaginación importuna, no tengo más que recurrir a los libros; me desvían fácilmente en su dirección, y me la arrebatan. Y, además, no se rebelan por ver que no los busco sino a falta de los demás bienes, más reales, vivos y naturales. Me reciben siempre con el mismo semblante”.

 

 

En el verano de 2012 y a través de la emisora francesa France Inter, el escritor y profesor en el Collège de France y en la Universidad de Columbia, Antoine Compagnon, dedicó unos minutos cada día a hablar de Montaigne. El éxito de sus reflexiones se convertiría después en un libro, “Un verano con Montaigne” (Paidós), que pronto se transformó en una obra enormemente comentada y apreciada. Se unían, pues, el verano y la lectura, exactamente los ecos de la lectura de un clásico : “la gente – confesaba algo asombrado Compagnon –  estaría tumbada en la playa o tomando un aperitivo antes de comer, y oiría hablar de Montaigne por la radio.” Nunca es tarde para leer un clásico. Los veranos bien pudieran ser tiempos de reelectura. Veranos quizá con sorbos de Pascal, con máximas y consejos, con poemas casi olvidados y ahora recobrados, con pensamientos célebres. Montaigne lo demostró en su día a través de la radio, en medio de las playas y los campos, y abrió una caja de sorpresas.

”La lectura de todo buen libro –así lo recordaba Descartes– es como una conversación con los hombres que lo han escrito, lo más esclarecedor de los siglos pasados; una conversación selecta en la cual no nos descubren sino sus mejores pensamientos.”

 


 

(Imágenes -1- Ferdinando Scianna/ 2- foto Patrick Andrade – New York Times/ 3- Claude Monet – 1886)

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“ ¿Por qué se me dio la vida?

¿Para adelantar como un rayo

a todos en el carro del triunfo

inalcanzable y veloz como el destino,

sin razón ni voluntad,

y tener ansias de más?

 

 

¿Por qué se me dio la vida?

¿Para asir con las manos enjoyadas

el cuenco reluciente,

evocado en conjuros,

y tener sed de más?

 

 

¿Por qué  se me dio la vida?

¿Para ir de mano en mano

como un libro mágico

ardiendo por todas las almas,

flotando como un fuego en la ceniza,

y tener sed de más?”

Edith Södergran – “La lira de septiembre” (1918) – (traducción de Neila García)

 

 

(Imágenes- 1- jardines/2- Claude Monet – 1915/ 3- the christian sciencie monitor / 4- Claude Monet – 1897)

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“Está por hacer – recuerda Sánchez Cantón en susItinerarios de arte” – un “Viaje de viajes” que describa a España con noticias sacadas de todos ellos; el retrato no saldría fiel, pero sí muy divertido. Para dibujar el mapa podría servir el barón de Rosmithal, que vio a Inglaterra en la ría de Vigo, y para hablar de las modas, nadie mejor  que madame D Aulnoy, la cual refiere que las “niñas bien” de San Sebastián, en el reinado de Carlos ll, llevaban al paseo cerditos a guisa de perros falderos.

No eran tan amenos los “Viajes” del siglo XVlll; pero sus pretensiones de seriedad hacían más dolorosas para los españoles las críticas y las leyendas que difundían (Mister  Clarke se admiraba de que no le entendiesen cuando preguntaba algo en francés o en latín por los caminos de España. Swinburne perdió durante dos días a su ayuda de cámara porque le habían encerrado para peinar la peluca de una imagen de la Virgen; “Fígaro” cuenta cómo cerca de Zaragoza hay una gran taberna servida por monjes bernardos, y describe así un dormitorio de madrileños acomodados : “ El amo duerme sobre un banco; madame, en el mismo o sobre otro; los hijos, sobre una estera; los criados, en el suelo; por el verano en el patio, y cuando es invierno, en la caballeriza”)

 

 

Se comenzó a estudiar nuestra tierra, nuestra historia y nuestro arte. Fue forzoso recorrer España para bien conocerla, y “viajes” son muchas de las empresas memorables de entonces – El “Viaje botánico” de Cavanilles, el “Viaje literario a las iglesias de España de Villanueva, el “Viaje” de Ponz.

Una nota esencial diferencia a estos viajeros de los “pelegrinos curiosos” anteriores: los anhelos devotos de otras épocas se truecan en ansias de averiguar y en deseos de ver. Tiene el castellano palabra definidora de estos “peregrinos laicos”, la registra el Diccionario académico, mas nunca fue usual. Tres son las causas que mueven a viajar: necesidad, oficio y gusto. Se llama “viajero” el sujeto de la primera acción; “viajante”, el de la segunda, y el de la tercera, “viajador”, vocablo que debiera difundirse para destierro de “turista”, que es feo galicismo.

El viajador español por excelencia del siglo XVlll fue don Antonio Ponz”.

 

 

(Imágenes-1- Pejman Shoajei/ 2- Slim Aarons 1965/ 3- Monet -1864)

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“El séptimo día inventaron la nieve. Y la nieve se acomodó a descansar en sí misma, tal como ellos habían pensado. Cuando la nieve se hubo posado, probaron si se podía caminar por ella. Se podía fácilmente. Cuando andaban se hundían un poco, pero no tanto como para que tuviese importancia. Y vieron que quedaban marcas en la nieve. Cada paso que daban dejaba una marca en la nieve. Las llamaron pisadas. Ahora podían ver con más facilidad por dónde habían andado. Eso estaba bien. Y no habían descubierto el viento y la lluvia, así que las huellas se quedaban donde estaban. De esa manera otros podían seguirlas. Si había alguien que tenía ganas de hacerlo. Y eso sería bueno, claro. Así es que ya el séptimo día dejaron muchas huellas en la nieve, se sentaron a descansar y a alegrarse del resultado de sus esfuerzos. Contemplaban la interminable superficie y se la describían mutuamente. Y cuando habían terminado de describírsela mutuamente y no tenían nada más que decirse, ni sobre la nieve ni sobre las numerosas huellas que habían dejado en la interminable superficie, vieron que todo estaba cubierto de nieve. Todo saldrá a la vista por sí solo, decían, cuando se derrita la nieve”.

Inger Christensen – “El texto- 7”-  “Eso”(traducción de Francisco J. Uriz)

 

 

(Imágenes -1- foto: Peter Zeglis/ 2- Claude Monet-1869)

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“Cuando la contemplo desde el lamado “Puente de la Torre”, alzándose, ante mis ojos, allí, al otro lado del Támesisescribe el japonés Natsume Sōseki -, me pierdo en la intensidad de la mirada, preguntándome si soy una persona del presente o pertenezco yo también a los tiempos antiguos. Aunque de hecho estemos ya a comienzos del invierno, hace un día apacible. El cielo tiene un color de lejía mezclada con agua, y las nubes cuelgan bajas por encima de la Torre. Las aguas del Támesis muestran un color blanquecino, como si se las hubiera mezclado con yeso, y la corriente no produce ondulaciones perceptibles ni hace tampoco el menor ruido, aun moviéndose con rapidez. Una barca pasa con la vela izada por delante de la Torre. Navegando sobre un río sin viento, parece un ala blanca, de forma triangular, constantemente en reposo, siempre en el mismo punto. Dos grandes barcazas se deslizan río arriba. Un barquero solitario maneja un remo con lentos movimientos en la popa. En torno a la balaustrada del Puente de la Torre se agita una forma blanca, probablemente una gaviota. Todo lo que puedo observar está en calma. Todo parece lánguido y adormecido ; todo estå lleno de una sensación de pasado. Y en el centro, irguiéndose con frialdad, como derramando su desdén sobre el siglo XX, está la Torre de Londres. Allí se levanta, como diciendo; “Pasan los trenes de vapor, pasan los trenes eléctricos, pero mientras haya historia, sólo yo permaneceré para siempre”.

 

 

(…) Giro a la izquierda y entro por la puerta de la Torre Sangrienta. En tiempos antiguos, aquí se recluyó a un número incontable de personas en la Guerra de las Rosas. Aquí, en esta Torre, se segó la vida de hombres y mujeres como si fueran hierba, aquí se hizo una carnicería con seres humanos como si fueran animales, aquí se apilaron cadáveres como si fueran salmón seco. No sin razón, pues, se le ha llamado la Torre Sangrienta.

(…) Me quedo mirando la Torre, envuelto por un aire saturado de humedad teñido de sepia, la contemplo boquiabierto. El Londres del siglo XX desaparece gradualmente del fondo de mi mente y, al mismo tiempo, la imagen de la Torre comienza a esbozar ante mis ojos, la historia del pasado en mi cerebro. Tengo una sensación como si el vapor que salía del té que he bebido a sorbos por la mañana, después de levantarme, hubiera prolongado un sueño dejado atrás al despertarme”.

 

 

(Imágenes- 1- John Atkinson Grimshaw/ 2- Albert Goodwim/ 3- Claude Monet – 1871)

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“En 1874, Edmond, el hermano de Renoir que publicó el catálogo de la exposición inaugurada ese año en París,  le pidió a Monet que le diera una lista de todos los títulos. Para su cuadro del amanecer en Le Havre  pintado en 1872 Monet sugirió, sin duda algo distraído – según recuerda Sue Roe en “La vida privada de los impresionistas” -, el título de “impresión”. El cuadro apareció con el título de “Impresión : Amanecer ( Impression soleil levant).

El crítico Louis Leroy, de la revista satírica “Le Charivari”, escribió un artículo a modo de parodia, y cuando a lo largo de la exposición llegó ante la contemplación del  cuadro de Monet, preguntó :

– ¿Qué representa eso? ¿Qué dice el catálogo?.

Su acompañante  le contestó:

-“Impresión : Amanecer”

– Ah, claro, impresión. Debe de haber una impresión en algún lugar, aquí metida. ¡Qué libertad!, ¡qué flexibilidad de estilo! – dijo irónicamente – El empapelado en sus prineras fases estaba mucho más terminado que eso”.

Bela Lázár describió así este famoso cuadro: “El sol se eleva sobre las casas de la orilla ; su luz tiembla en zigzag en el espejo de las aguas del río. Por encima de las casas y del agua se extiende un aire azul, en el cual surgen, como luminosas manchas, las siluetas de los campanarios y de los barcos que cruzan el río. El cuadro representa la pugna entre la niebla y la luz del sol, entre los valores cromáticos del cielo y del agua, así como la compenetración y mutua influencia de sus colores. Los matices se funden, las formas se hacen insensibles. El pintor toma, como punto de partida, un efecto real: la observación de las relaciones que existen entre las masas de color y el ambiente inundado por ellas. Tales son sus motivos”.

 

 

Ahora el Museo de Arte Moma en Le Havre expone este cuadro y lo rodea de célebres amaneceres o atardeceres, entre otros, de  Eugene Boudin, Turner, Raoul Dufy o Gustave Le Gray

 

 

“Impresión: Amanecer” , la palabra de donde surgirá después el “impresionismo”, y sobre cuyo estilo Whistler, el impresionista norteamericano, quiso comentar : ” cuando la niebla del crepúsculo tiende sobre las márgenes del río el velo de la poesía, y las pobres viviendas parecen flotar en el cielo turbio; cuando las elevadas chimeneas se convierten en esbeltos campanarios y los bazares fulguran en la noche tenebrosa como si fueran palacios y toda la ciudad parece colgar del cielo, transportándonos a un mundo fabuloso…”

 

 

Distintos amaneceres y atardeceres mostrándonos la mirada del artista.

 

 

Impresiones de luz y pinceladas, sombras y enfoques.

Fotografía y pintura.

 

 

(Imágenes -1- Monet – “Impresión: Amanecer” – museo Marmotan/ 2- Eugène Boudin- 1882 – colección particular/ 3- Turner – 1834 – tate – Londres/ 4- Raoul Dufy – 1925 – museo de  Bellas Artes de Nancy/ 5-. Gustave Le Gray – Le Havre -1856/ 6- Eugène Boudin- Le Havre- 1888 – Muma – Le Havre)

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