VIAJES POR EL MUNDO (22) : TOKIO

 

 

”La sala de las audiencias del palacio imperial – cuenta Engelbrecht Kaempfer en su visita a Tokio en 1692 – consiste en varias habitaciones orientadas hacia un punto central, algunas de las cuales estaban abiertas y otras cerradas por biombos y celosías.  El emperador y su consorte  imperial se sentaron tras las celosías de nuestra derecha. Como el emperador me había ordenado bailar, tuve la oportunidad de ver un par de veces  a la emperatriz a través de los huecos de las celosías y pude fijarme que tenía un rostro bello y moreno, de ojos negros y europeos, llenos de fuego, y por la proporción de su cabeza, que era enorme, estimo que era una mujer alta de cerca de 36 años de edad (…) El propio emperador estaba en un lugar tan oscuro, que no se advertía su presencia  hasta que su voz lo delataba, a pesar de que el emperador hablaba en voz baja, como si tuviera la intención de pasar de incógnito (…) La galería a nuestras espaldas estaba ocupada con los oficiales de alto rango de la corte del emperador y los caballeros de cámara. Después de que los inspectores de asuntos exteriores nos condujeran  a la galería ante la sala de audiencias, uno de los consejeros de estado de segundo grado llegó para recibirnos allí.

 

 

(…) El emperador, que hasta ese momento se había sentado entre las damas, a una distancia considerable de nosotros, se aproximó entonces y se sentó a nuestra derecha tras las celosías, tan cerca de nosotros como le fue posible. Entonces nos ordenó quitarnos nuestra capa o nuestro manto, que era nuestro vestido de ceremonia y que nos pusiéramos en pie, para poder vernos mejor, nos ordenó andar, que nos quedáramos quietos, que nos halagáramos entre nosotros, que bailásemos, que saltáramos, que nos hiciéramos pasar por borrachos, que hablásemos un mal japonés, que leyéramos en holandés, que pintáramos,  que cantáramos, que nos pusiéramos nuestros atuendos y que nos los quitásemos. Mientras tanto obedecimos las órdenes del emperador lo mejor que pudimos, a mi danza le agregué una canción de amor en alto alemán. De esta manera y con innumerables trucos de feria, sufrimos para contribuir a la diversión del emperador y de su corte.

 

 

Sin embargo, el embajador se libró de estas y otras órdenes por el estilo, ya que como él representa la autoridad de sus señores se tiene cuidado en que no haga nada que pueda perjudicarlo o lastimarlo. Además él tenía un semblante tan severo y un comportamiento tan serio que fue suficiente para convencer a los japoneses de que no era la persona adecuada para hacerle objeto de unas órdenes tan ridículas y cómicas como aquellas. Tras habernos ejercitado así durante dos horas, aunque con una gran y aparente urbanidad, algunos sirvientes con la cabeza afeitada aparecieron y pusieron ante nosotros una pequeña tabla con viandas japonesas y un par de palillos de marfil en lugar de cuchillos y tenedores. Tomamos y comimos algunos bocados y, a nuestro intérprete principal, aunque apenas podía caminar, se le ordenó recoger las sobras. Entonces se nos ordenó ponernos de nuevo nuestros mantos e irnos, lo que hicimos con gran alegría y premura, finalizando de este modo esta segunda audiencia con el emperador.”

 

 

(Imágenes-1-Utagawa Kunyoshi- sackler Gallery/ 2-Tosa Mitsouki- Wikipedia/ 3-Hiroshige- Wikipedia/ 4- Tokiwa Mitsunaga)

EL MUNDO “UKIYO-E”

La exposición Ukiyo.e. Imágenes de un mundo efímero, que puede verse en la Fundación Caixa Catalunya. La Pedrera, en Barcelona, hasta el 30 de septiembre, nos lleva hasta el rostro de esos interpretes japoneses, las máscaras, por ejemplo, del actor Otani Oniji en la estampa trazada por Sharaku Toshusai hacia 1794,  los dedos de sus manos abiertos, las cejas levantadas, las pupilas profundas e hirientes. “Yo envidio – había dicho Van Gogh – , la extrema nitidez que hay en todas sus cosas. Los artistas japoneses consiguen una figura con algunos trazos seguros con la misma habilidad como si fuera algo muy simple”. Es el mundo de las alegrías sencillas, pero también el de la fiesta y de los viajes, el mundo frágil y efímero de las danzas, los juegos, los paseos y la música, el mundo en que se ve a lo lejos el monte Fuji, el universo cruzado por los pasos de los peregrinos, las grandes barcas transportando las vidas, los pintores, las cascadas y los bosques. “Parezco un  monje y estoy cubierto del polvo de los siglos”, había dicho el poeta Bashô en el XVll.

El mundo efímero de Ukiyo-e  nos lleva hasta Hokusai e Hiroshige, las visiones del monte, los animales, los insectos, el viento y la lluvia, los pétalos blancos y los árboles rojos, los movimientos de la breve vida de los hombres enmarcados en la naturaleza. Lo efímero de ese mundo japonés nos introduce en los teatros y  en el ficticio realismo de las pelucas y los maquillajes, el rumor de las sedas rozando los escenarios, las metamorfosis de los finos labios repintados, los ojos agrandados o diminutos, aquellas muecas que atraían los aplausos de la concurrencia, los gigantescos ademanes de los brazos amparando las sombras y el drama o la comicidad exasperados hasta la caricatura.

Ese es el mundo íntimo y maravilloso, el mundo de las calles estrechas y de la multitud asombrada ante el cortejo que pasa, el mundo de la realidad y los fantasmas, el mundo observado por los artistas y llevado con gran cuidado hasta dejarlo para siempre sobre la piel de las estampas.

(Imágenes: Sharaku Toshusai, retrato de actor,  hacia 1794.-du9.org/mujer peinándose.-sigantueillustration.org/ estampa de Shunsho Katsubara/