HISAE Y SUS AMIGOS PINTORES

 

 


La siguiente sesión en la que intervino Hisae Izumi en París en la Galería “La Maison de l ‘Art”, en la rue de Provence 22  el viernes 26 de abril de 1901, apadrinada y presidida también , como la anterior, por el coleccionista alemán Siegfried Bing, fue muy distinta. Sin duda por el eco provocado en la sesión precedente y por la lógica curiosidad que suponía escuchar a una desconocida japonesa como era Hisae Izumi hablar de las  costumbres orientales, hizo que se llenara por completo  el gran Salón  ( así lo  calificaba su dueño) y que incluso hubiera gente de pie en los pasillos. En aquellos pasillos de la Galería — y también en los sótanos — aparecían, perfectamente clasificados y preparados para su venta, marfiles antiguos, esmaltes, porcelanas, lacas, esculturas de madera, sedas bordadas, e incluso juguetes, que monsieur Bing había ido trayendo poco a poco de Japón en sucesivos barcos y que ahora ofrecía encantado a los franceses. Y a ello había que añadir artículos de vidrio de Tiffany, mobiliarios, cerámicas, joyas, peines decorados con flores y pájaros, abanicos, máscaras de teatro y muchas otras cosas más. 
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HISAE Y LA BELLEZA JAPONESA


“La primera vez que a Hisae Izumi le preguntaron en Paris por el monte Fuji no reveló ni el año ni por supuesto el siglo en que había estado allí. Consiguió rehuir elegantemente aquella pregunta. Habló como siempre lo había hecho ante niños y mayores en sus clases al aire libre en Japón, con su  voz suave y acento apasionado, vestida en aquel momento con un maravilloso kimono color glicinia que resplandecía deslumbrante y que llevaba dibujados en las mangas numerosos corales. Era un espectáculo contemplarla.  Como siempre lograba con enorme habilidad, no desveló nada del tiempo transcurrido en el Fuji ni cuanto le había ocurrido a ella allí en 1470, en pleno siglo XV.  Dijo simplemente que conocía muy bien el misterio del monte y que se sentía fascinada por él. Por supuesto eludió  cualquier referencia a los “yokais’, aquellos  seres que la habían perseguido y aterrorizado en el interior de la montaña y se extendió en cambio largamente en elogios sobre las bellezas del Fuji, sus cumbres, lagos y nieves. Tenía a su lado aquella mañana en París de marzo de 1902 presidiendo la mesa en la  gran sala de la galería “La Maison de L’ art  Nouveau” en  la rue de Provence 22, al célebre coleccionista alemán  Siegfried Bing, que es quien le había invitado a dar una serie de charlas sobre Japón y  ahora Hisae comprobaba, con solo levantar la mirada hacia la sala llena de gente, la enorme expectación que había suscitado su presencia. El  anuncio de que una japonesa en París iba a revelar costumbres y bellezas del Japón antiguo había convocado a numerosas personas relacionadas de algún modo con lo que entonces se llamaba en muchas partes de Europa el “Japonismo”, una pasión y admiración por aquel país oriental. 

Nada más empezar el acto, y después de las presentaciones, Hisae  descubrió enseguida, sentado en la segunda  fila del público, una figura que ya conocía, la del pintor Edgar Degas, puesto que  un día  ambos habían charlado en su casa de la rue Frochot viendo las .numerosas estampas japonesas que él conservaba  con gran cuidado y los dos se habían entendido muy bien durante horas conversando  mucho. De estatura mediana y aspecto distinguido, vestido sin excentricidad ni descuido, con su sombrero de copa de bordes planos y echado ligeramente hacia atrás, Degas  protegía sus ojos enfermos con gafas de cristales ahumados, y destacaban en él sus cuidadas patillas castaño oscuro lo mismo que su bigote y su pelo liso. Había más artistas en la sala que Hisae pronto reconoció. Dos filas detrás de Degas se sentaba el pintor norteamericano Whistler, que entonces vivía en Londres y estaba de paso por París, coleccionista también de porcelanas japonesas y de telas orientales, y casi a su lado, empequeñecido en su silla y medio oculto entre la gente, el singular perfil de Toulouse- Lautrec, cliente asiduo de la galería y amigo personal de Bing, el dueño.

Hisae comenzó su charla hablando de los cuidados que  las mujeres japonesas dedicaban a su rostro. Especialmente aludió a aquellas que residían en la Corte o en estamentos superiores de la sociedad. Se refirió en primer lugar a la largura de los cabellos. Todos los cabellos de las mujeres japonesas, dijo, estaban divididos en dos partes y generalmente eran lisos, brillantes y enormemente largos, e iban cayendo sobre las espaldas en grandes cascadas negras. Lo ideal, explicó Hisae, era que descendieran hasta los pies. Una de las princesas que aparecen  por ejemplo en la novela “La historia de Genji”, presumía de tener un cabello de casi dos metros de largo. Por tanto, la contemplación de una hermosa cabellera era suficiente para seducir a cualquier personaje de la Corte. Y si alguna mujer, por necesidad o por cualquier otro motivo, no tenía más remedio que cortarse el pelo, quienes la rodeaban lloraban durante la ceremonia porque sabían que nunca más aquel pelo recobraría su longitud. También una piel blanca, añadió, era, como en la mayor parte de las sociedades aristocráticas, un signo de belleza. No hay más que ver los cuadros de las pinturas antiguas japonesas cuando retratan a las damas de la Corte, que éstas siempre llevan en el rostro un tinte pálido. Si la naturaleza no proporcionaba esa palidez al rostro, entonces la dama japonesa tenía que aplicarse en el cutis  generosas cantidades de polvos. Sólo las mujeres casadas añadían un poco de rojo,  a la vez que ese rojo lo aplicaban también a los labios para proporcionar a la boca un tono rosado.

El público seguía todo aquello con enorme expectación.  Valoraba mucho los esfuerzos que respecto al acento francés estaba haciendo la japonesa para expresarse lo mejor posible en esa lengua. No se oía un rumor. Intrigaba la figura de Hisae sentada en el centro de aquella  mesa principal de la sala y resplandeciendo ya desde lejos por su kimono color glicina y sus exóticas mangas salpicadas de corales. Era para todos una mujer insólita y fascinante. Sólo hubo  algunos  breves murmullos entre los asistentes cuando Hisae quiso referirse  a las cejas y a los dientes de las mujeres. Durante cierto tiempo, explicó Hisae, las damas de la Corte se depilaban totalmente las cejas y luego  se pintaban cuidadosamente una especie de mancha casi en el mismo sitio, unos centímetros más arriba. En cuanto al cuidado de los dientes éstos los procuraban ennegrecer gracias a un tinte preparado en donde se mezclaba hierro con nueces aplastadas en vinagre o con té. Había algunas excepciones, dijo. En una novela del siglo X, “La mujer que amaba los insectos”, explicó Hisae, la protagonista se niega a depilarse las cejas y a ennegrecerse los dientes, eligiendo conservar todo aquello sin ningún retoque, y ello supone el total rechazo de sus criados que no entienden en absoluto la decisión —una doncella  llama a aquellas  cejas “orugas peludas” y a los dientes sin teñir “orugas sin piel”—, y sobre todo provoca el distanciamiento definitivo de  su pretendiente al que le horrorizan ver aquellas  cejas sin depilar y especialmente los dientes blancos, que al sonreír siempre le parecen siniestros.

Entonces, la imagen general de la antigua mujer japonesa, continuó Hisae, puede decirse que queda representada de algún modo  — hablando siempre de la dama bien nacida —,  envuelta en numerosos ropajes y vestidos, con una voluminosa cabellera negra, una estatura a veces minúscula, trazos exiguos, rostro pálido y dientes ennegrecidos, lo que para muchos, añadió, suponía quizás la visión de un personaje extraño que parecía evolucionar lentamente dentro de un mundo crepuscular de biombos, espejos y cortinas de seda.

La elección de los vestidos, siguió diciendo Hisae, y sobre todo la elección de los colores, era lógicamente muy importante para reafirmar su belleza. Los vestidos femeninos eran extremadamente complicados y algunos muy pesados, y consistían entre otras cosas en una gruesa ropa interior y a veces en una docena de piezas exteriores de seda distribuidas cuidadosamente para que produjeran un conjunto original y seductor.  En general, muchas mujeres llevaban varios vestidos colocados  unos encima de los otros, con mangas o paños cada vez más largos sobresaliendo ondulantes a derecha e izquierda del manto exterior y que tenían una enorme importancia, porque, por ejemplo, al viajar en los carruajes, escogían un vestido con el paño derecho o con el paño izquierdo más largo según el lado del carruaje donde iban a colocarse y así los podían lucir mejor.

Y aquí interrumpió Hisae sus palabras ante el silencio y la expectación del público.

En la próxima sesión  — concluyó Hisae dirigiendo una sonrisa a  Siegfried Bing  que seguía a su lado —,  les hablaré de las estampas y de la pintura de Japón”.

José Julio Perlado

( del libro “Una dama japonesa”)

(relato inédito)

TODOS   LOS   DERECHOS  RESERVADOS

(Imágenes—1- Kieisuke Nagatomo/ 2- Yamatame Museum of art/ 3- Kubo Shunman/4-Mitami Toshiko/5-sciobo – japaneseaesthetics)

EL ARTE DEL BALLET

 

 

En 1914 Michel Mikhailovich Fokine, una de las figuras cumbres de la coreografía moderna — como recuerda Adolfo Salazar al estudiar la danza y el ballet —,  quiso definir sus ideas acerca de de lo que ya era un nuevo arte, conocido bajo la etiqueta de “ballet russe” y lo hizo en The Times de Londres con   estos “cinco puntos” :

“1—Deben inventarse nuevas formas de movimiento que correspondan al carácter y sugestiones de la música, en lugar de adaptarles combinaciones de pasos académicos o de escuela.

 

 

2—La danza y el gesto carecen de sentido en un ballet si no se ajustan estrictamente a la expresión de la acción dramática.

3—Los gestos de la danza clásica tienen razón de ser en el ballet moderno cuando lo requiere el estilo. Las posiciones de las manos deben reemplazarse por las del cuerpo en su integridad. El cuerpo del danzante puede tener expresividad desde la cabeza a los pies y no debe haber ningún punto muerto o inexpresivo en él.

 

 

4— Los grupos no son solamente ornamentales. El nuevo ballet progresa desde la expresión del rostro a la del cuerpo; del cuerpo del danzante individual al del grupo, y de éste a la totalidad de las personas en movimiento en cada escena.

5– La danza debe estar en una situación de igualdad con los demás factores del ballet, música o decorado. Éstos no deben imponerse a la danza, ni aquella debe independizarse de ellos, si se entiende lo que quiere decir “ballet moderno”.  En él ya no hay más música de “ballet”, sino “música”;  no hay zapatillas color de rosa convencionales y estrechamente ligadas a determinado estilo. En el nuevo ballet hay que inventar todo en cada instante, aun cuando las bases de la invención sean las establecidas por una tradición centenaria.”

(pequeño apunte en el día  mundial del ballet)

 

 

(Imágenes—1 – Martha Graham- 1935-thedidstythisties/ 2- Martha Graham – Wikipedia/3- Degas/ 4- Felix Vallotton – 1893)

LAS TAREAS DE CASA

 

 

“Cuando no puede conciliar el sueño, la abuela se levanta, todavía de noche y baja a la cocina a prepararse un café. Luego se sienta en el sofá del comedor, se queda allí  fumando y espera a que amanezca. Le gustaría ponerse a hacer las tareas de la casa: barrer las escaleras, fregar los suelos, limpiar puertas y ventanas. No puede, porque todos duermen, y estas acciones en las que piensa y que no lleva a cabo la encienden con un fuego frío — escribía la italiana  Natalia Ginzburg en uno de sus artículos , en 1969—. Ella recuerda haber sido muy desordenada y perezosa en su desorden, sin embargo, había una regla inquebrantable: que los niños debían levantarse en cuanto se despertaban, y que entonces había que enjabonarlos  con energía, rociarlos con polvos de talco y llevarlos, después del café con leche, al primer y fresco sol de la mañana.

Hoy le gustaría hacer lo mismo con los hijos de sus hijos, pero una maniobra tan simple, como levantar y bañar a esos nuevos niños, no le está permitida. Estos nuevos niños tienen, en sus habitaciones, bizcochos y tebeos; se levantarán más tarde, cuando a ellos les apetezca; darán vueltas por la casa con sus pijamas de rizo, esparciendo tebeos y bizcochos sobre sus padres, todavía sumergidos en el sueño.

Finalmente, también los padres se despiertan, se levantan y bajan a la cocina, desgreñados y descalzos: no tienen zapatillas o no se preocupan de buscarlas debajo de la cama; la abuela se pregunta cuánto tiempo durará la industria de las pantuflas, puesto que la gente parece considerarlas innecesarias. Todavía a tientas a causa del sueño, los jóvenes padres buscan por la cocina pan y tazas. Empieza un largo y caótico desayuno, sin café con leche, el café con leche, como las pantuflas, parece estar desapareciendo de la faz de la tierra. Cocinan huevos revueltos y beben zumos de fruta embotellados , y una sustancia horrible, oscura y pastosa que se unta en el pan y que se llama Nutella.

 

 

Preguntan a los niños qué quieren comer, no lo saben,  y la indecisión los hace llorar, fuera el sol ya calienta y la abuela piensa que los niños deberían estar al sol desde hace un rato; calla, porque ya se ha acostumbrado a callar: piensa que el modo en que  crían a estos nuevos niños es complicado y agotador; el modo antiguo quizá era autoritario y descuidado: aquello de levantarlos en cuanto se despertaban, bañarlos y llevarlos afuera quizá era , como dicen ahora sus hijos, un acto de prepotencia y de autoridad.

Entretanto los jóvenes padres discuten si ir a la playa durante todo el día o solo por la mañana, parecen ignorar que la mañana casi se ha acabado. Discuten a qué playa ir y con qué coche; la madre piensa que el rasgo principal de los jóvenes de hoy en día es la indecisión. En la indecisión de los padres están también implicados los niños; lloran, porque la indecisión les exaspera; mezclan las suyas con las incertezas de los padres, preguntan llorando cómo irán vestidos y qué juguetes  deben llevar; de repente los padres se enfadan y en su cabreo adoptan un tono trágico; estos nuevos y jóvenes padres no gritan a los niños, pero cuando pierden la paciencia creen  que deben poner un gesto trágico: los niños sollozan, los padres, de pronto, arrepentidos, hacen un aparte con los niños y no los consuelan sino que les dan, con secretos susurros, difusa explicación sobre su comportamiento. Por fin se van, llenos de salvavidas, cubos, toallas y bolsas; la abuela piensa que ahora  podrá hacer las tareas de casa.

En la puerta, nueras e hijos le insisten para que no haga nada; en las habitaciones, le dicen, ya todo esta hecho

 

 

 

En cuanto desaparecen, la abuela va a las habitaciones, con un placer siniestro y salvaje, deshace las camas ya hechas y recoge camisetas y periódicos. El número de camisetas es infinito, se encuentran por toda la casa, manchadas de fruta y repletas de arena(…)

Ahora regresan todos, con salvavidas, toallas húmedas, montones de arena, camisetas, trozos de pan y periódicos, el cargamento de este grupo lento, feliz e indeciso. La madre se pregunta si cuando ella esté muerta habrá alguien en la casa que todavía friegue los suelos”

 

 

 

(Imágenes—1- Edgar Degas/ 2-Vilhelm Holsoe/ 3-Camille Pisarro- 1877/4- Alex Colville)

LAS MUJERES Y LA INSPIRACIÓN

 

 

A la directora francesa Agnès Varda, al año de dar a luz a su segundo hijo, le propusieron hacer una película. Decidió rodar ese film prácticamente sin salir de casa, con la intención de cuidar al niño pequeño. “Me dije a mí misma —contaba en 1975–que era un buen ejemplo de la creatividad de las mujeres, siempre un poco atrapadas y axfisiadas por culpa de la casa y la maternidad. ¿Sería capaz de encontrar mi creatividad con todas esas limitaciones…? Así que tomé esa idea como punto de partida, el hecho de que la mayoría de mujeres están atrapadas en sus casas. Y me volqué por completo en ella. Imaginé que estaba atada a un nuevo cordón umbilical. Tenía un cable eléctrico especial de ocho metros conectado a la caja eléctrica de mi casa, y decidí que como máximo podría utilizar esa distancia para rodar la película. Sólo podía alejarme de mi casa la longitud del cable. Tendría que encontrar todo lo que necesitara dentro de esa distancia y no aventurarme nunca a ir más allá.”

 

Filmó el documental titulado “Daguerrotipos” dedicado a la vida diaria de los comerciantes de su barrio.  “Sabes que los artistas —decía Varda —acostumbran a hablar de la inspiración y las musas. ¡Las musas! ¡Eso sí que tiene gracia! Porque que las cosas aparezcan cuando las necesitas no depende de tu musa, sino de la relación que mantengas con tus fuerzas creativas. Por eso lo mejor es trabajar con la asociación libre y la ensoñación, dejarse llevar por los recuerdos, los hallazgos fortuitos , los objetos. Intento mantener un equilibrio entre la rigurosa disciplina que he aprendido durante mis treinta años haciendo películas, esos numerosos momentos inesperados, y el impulso del cambio.”

 

(Imágenes —1- Camille Pisarro – 1877/2- Arthur Hacker/ 3_—-Edgar Degas)