HISAE Y SUS AMIGOS PINTORES

 

 


La siguiente sesión en la que intervino Hisae Izumi en París en la Galería “La Maison de l ‘Art”, en la rue de Provence 22  el viernes 26 de abril de 1901, apadrinada y presidida también , como la anterior, por el coleccionista alemán Siegfried Bing, fue muy distinta. Sin duda por el eco provocado en la sesión precedente y por la lógica curiosidad que suponía escuchar a una desconocida japonesa como era Hisae Izumi hablar de las  costumbres orientales, hizo que se llenara por completo  el gran Salón  ( así lo  calificaba su dueño) y que incluso hubiera gente de pie en los pasillos. En aquellos pasillos de la Galería — y también en los sótanos — aparecían, perfectamente clasificados y preparados para su venta, marfiles antiguos, esmaltes, porcelanas, lacas, esculturas de madera, sedas bordadas, e incluso juguetes, que monsieur Bing había ido trayendo poco a poco de Japón en sucesivos barcos y que ahora ofrecía encantado a los franceses. Y a ello había que añadir artículos de vidrio de Tiffany, mobiliarios, cerámicas, joyas, peines decorados con flores y pájaros, abanicos, máscaras de teatro y muchas otras cosas más. 
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LA GRAN CEREMONIA DEL TÉ

 

 

“Hay un largo silencio sobre la vida de Hisae Izumi durante muchos años. La primera vez que vuelve a encontrarse su figura es en octubre de 1587, en el bosque de Kitano, cerca de Kyoto, asomando su belleza entre las largas filas de bambús amarillos de aquel bosque, buscando ella en ese momento el mejor sitio al que quería aspirar en aquella gran ceremonia del té a la que, como tantos otros — una gran muchedumbre—, ella había sido invitada. Aquella gran ceremonia del té que se haría célebre en Japón y se evocaría luego en  muchas partes del mundo,  la había convocado el regente y canciller Toyotomi Hideyoshi, y se pedía a todos los asistentes — casi mil personas acudieron — que llevara cada uno una tetera, un balde de pozo, un cuenco para beber, alimentos,  y, por supuesto, té. Y sobre todo que se guardara un completo silencio. Si alguno de los asistentes — seguía diciendo aquel comunicado de invitación  — quería construirse una pequeña sala o cabaña personal o familiar dentro del bosque para seguir mejor la ceremonia, bien podía hacerlo, pero si no lo conseguía se le permitía en cambio extender en el suelo mantas o bolsas de cáscara de arroz. Hisae había encontrado pronto un  buen sitio escogido  bajo los árboles, muy cerca de la pequeña sala dorada central que ocupaba Hideyoshi, y extendiendo la manta que había traído, aguardó allí, rodeada de la gran muchedumbre, ante lo  primero que iba  a conocer  de aquella ceremonia, que era el sonido del té.

 

En todo el bosque de bambú se produjo un silencio completo. De repente, desde el interior de la sala dorada que ocupaba Hideyoshi, se  oyó tan solo el pequeño tintineo de una tapadera sobre una vasija de agua, luego el roce de una taza sobre un  tatami colocado en el suelo y después el golpe de una cucharilla que echaba el té en polvo sobre la taza. Todo ello en medio de un silencio profundo. Pero aquella fue la señal para que en todas las pequeñas salas o cabañas individuales — había más de ochocientas desperdigadas y  ordenadas bajo los árboles— se repitieran a la vez esos mismos sonidos. Hisae, desde su sitio, los reprodujo también de modo exacto e hizo tintinear su tapadera sobre la vasija que llevaba, provocó el roce de su taza al depositarla en el suelo y escuchó el golpe de la cucharilla. Continuaba el silencio total en aquel gran bosque y pasados unos momentos se oyeron cinco golpes de gong que indicaban el principio de la ceremonia. Se entreabrió lentamente la puerta de la pequeña sala dorada y se pudo ver al propio Toyotomi Hideyoshi, un hombre de unos cincuenta años, delgado y de corta estatura, vestido con un elegante kimono blanco, rodeado de varios utensilios de té, y a poca distancia suya, sentado en el suelo y con los pies cruzados, en una postura inmóvil y como dedicado a la meditación,  la figura de Sen no Rikyū, uno de los maestros del té más famosos de Japón, una figura pacífica, con sus cejas blancas que revelaban sus setenta años, cubierto su cuerpo con un kimono marrón. Toda aquella sala, que era una sala portátil cuyas paredes se podían desmontar, empaquetar y trasladar de un sitio para otro según conviniera ( y así se lo mostraron a  Hisae cuando entró luego a verla)  estaba construida con ciprés japonés, cañas, seda y bambú y recubierta tanto en su interior como en su exterior de pan de oro y forrada toda ella con gasa roja. Destacaba también un adorno de flores en un entrante de la pared, una pintura colgante a su lado,  y en  una esquina, y junto a aquella pintura, aparecía la figura en pie de un hombre joven, envuelto en un kimono anaranjado, que parecía estar aguardando algo para empezar a leer un papel. Pero lo que más deslumbró a Hisae de todo aquel conjunto fue la intensa fusión de los colores: se unía el amarillo del bambú en la masa de los árboles del bosque con el resplandor dorado de la sala que ocupaba Hideyoshi. Resplandecían a la vez las puertas correderas del recinto envueltas en gasas de seda y las esteras de tatami cubiertas con tela carmesí. A Hisae todo aquello la dejó fascinada.

 

 

Entonces, en medio de aquel silencio total, se oyó hablar a la figura situada en la esquina de la pequeña sala que en esos momentos comenzaba a leer el papel:  “ Mi Señor Toyotomi Hideyoshi — empezó a decir solemnemente — os ha convocado aquí a todos los nobles, guerreros, granjeros, comerciantes, samurais y todo tipo de familias e invitados, para celebrar esta gran ceremonia del té junto a él en estos bosques de Kitano. Mi Señor Toyotomi Hideyoshi desea que todos cuantos vais a acercaros hoy hasta esta cámara dorada podáis disfrutar al contemplar los utensilios  personales del té que son de su  propiedad  y que han estado guardados en el castillo de Miki. Os los quiere mostrar. Mi Señor Toyotomi Hideyoshi tiene también el deseo de serviros el té él personalmente aun cuando seáis  muchos. Ese es el deseo de Mi Señor Toyotomi Hideyoshi”.

 

 

Un vez pronunciadas estas palabras, el propio Toyotomi Hideyoshi vestido con su kimono blanco avanzó despacio por el centro de la pequeña sala y con un  gesto señaló los objetos que estaban colocados en el suelo. Eran sin duda, cómo así acababa de anunciarse, sus personales utensilios para servir el té, seguramente los más preciados para él, y allí aparecían tres cuencos, dos de ellos negros y uno rojo, un pequeño recipiente con tapa, un hervidor, un cucharón de marfil, una especie de brocha y un pequeño lienzo rectangular de color blanco. Excepto la brocha y el lienzo, todos los demás objetos eran dorados.”

José Julio Perlado

( del libro “Una dama japonesa”) ( relato inédito)

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(Imágenes— 1–Kasamatsu Siro-1938- bruce gof archive/ 2- Aku Maki/ 3- Utagawa Hiroshide/ 4- Akuin Ekaku/ 5- Hiroshi Yoshida)

PROCESIÓN DE LAS SOMBRAS

 

 

“A mediados de aquel año Hisae empezó también a dar clases sobre la sombra. Las daba apoyándose en cosas muy concretas, en cosas que ella observaba. Sentada ahora frente al lago de las tortugas y rodeada de su público, una tarde vio llegar de repente hacia ella una larga columna de monjes que venía lentamente desde el  “Palacio de las flores”, uno de los barrios de Kyoto más invadido de cerezos, y al observar que aquellos monjes transportaban panes de oro, se fijó también en la sombra que proyectaban y enseguida empezó a explicarla a quienes la escuchaban. Todos los japoneses ya conocían la sombra y la amaban, pero hasta entonces ninguno de ellos había sentido el poder de la sombra que avanzaba ahora hacia el Pabellón de Oro. Porque aquella interminable fila de monjes vestidos con sus kimonos de tonos rojos y amarillos que se iban acercando hacia el lago  se dirigían a un Pabellón de Oro que aún no existía y que ellos pretendían edificar. Avanzaban en  larga columna, siguiendo las instrucciones de un guerrero o “shogun”, de nombre Ashikaga  Yoshimitsu, que viajaba en lo alto de un pequeño trono azulado y  tambaleante, con su rostro y su cuerpo diminutos y su mirada enigmática y con cicatrices producidas por muchas batallas, pero decidido a construirse un templo para poder retirarse a la meditación. Muchos de aquellos monjes transportaban sobre sus hombros panes de oro, otros unas largas y finas verandas plateadas, otros paneles delgados, había otros que trasladaban maderas, montones de musgo, persianas corredizas, ventanas en arco y trozos de tejados arqueados. Eran los materiales de una arquitectura que aspiraba a ser deslumbrante. Al final de la larga columna, detrás de un monje que iba sujetando con sus manos las patas de un  pájaro fénix, aparecía un último  monje con las manos curvadas bajo el aire, sin nada que transportar. “Es el vacío”, explicó Hisae a los que la escuchaban. “El vacío, como la sombra, es algo muy importante en cada casa. Ese monje lleva el vacío en las manos y cuando llegue lo colocará en el centro de la habitación una vez la rodee la sombra”. Hisae describía  muy bien todo aquello. Explicaba que debajo de los panes de oro y de los paneles que transportaban los monjes y a los que ahora daba  el sol, el suelo del camino era un reguero de sombra y la sombra iba marcando el sendero. Por aquel sendero avanzaba lentamente la procesión. Durante varios días siguió acercándose aquella columna de monjes.  Al fin los primeros monjes llegaron al lago en cuya orilla estaba Hisae y pronto se  pusieron a trabajar. Metidos en el agua hasta la cintura, levantando los brazos sobre el lago para irse pasando los materiales del uno al otro, aquellos  monjes comenzaron a elevar poco a poco la planta baja del “Pabellón de oro”. Era una estancia rectangular de madera rodeada por una baranda y cuya superficie quedaba abierta al agua y  al jardín. Yoshimitsu lo vigilaba todo desde la altura  de su  trono y ordenó que se hiciera un pequeño embarcadero para  poder cruzar el lago y bautizó aquella planta  la Cámara de las Aguas.’

José Julio Perlado – ( del libro “Una dama japonesa”) ( relato inédito)

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(Imágenes: 1-Tosa Mitsouki- Wikipedia/ 2- Hokusai- 1832- taringa net)

LOS COLORES Y LAS GUERRAS

 

 

“ Y fue en uno de aquellos días dedicados intensamente a toda esta escritura cuando a Hisae le ocurriría algo realmente sorprendente. Estaba escribiendo como cada mañana una carta espontánea dirigida al futuro y, también, como siempre, sin un destinatario conocido sino tan solo por el placer de escribir y explayarse, cuando un gran temblor sacudió su casa, derribó de repente la mesa donde escribía y su pincel voló por los aires hasta estrellarse contra la pared. Ensimismada en su habitual tarea epistolar, Hisae se había olvidado casi por completo de los acontecimientos exteriores y en ningún momento había  podido suponer que estallaría una guerra y que aquella guerra estaría ya a un paso de su habitación. Inquieta por el temblor que acababa de sacudir toda la casa, se acercó hasta la ventana, y al abrirla, una enorme cabeza herida de un caballo negro cayó dentro de la habitación extendiendo un gran charco de sangre y arrastrando con aquella cabeza el cuerpo de un guerrero muerto. Hisae quedó espantada. Aquello sin embargo que estaba sucediendo en su cuarto, aunque Hisae lógicamente no podía imaginarlo, era solo el principio de una guerra feroz, una guerra civil que se haría casi interminable — a la que después  bautizarían como guerra o  guerras de  Onin, y que durarían  once años— y que  para Hisae supondrían una completa transformación. Precisamente lo más relevante que ha  quedado en la Historia menor de Japón sobre aquellas guerras, aparte lógicamente de los documentos y relatos importantes, son  las tres cartas redactadas por Hisae  y en las que ella describe de forma muy peculiar batallas y contendientes. Porque son tres cartas únicas en la historia de la correspondencia en las que se une continuamente guerra y color. Hisae quiso fijarse sobre todo en el color de la guerra. Le fascinó el color de los ropajes que vestían los señores de la guerra, el color de las lanzas, de las armaduras y de las espadas, el color gris- pardo de la enorme trinchera de diez metros de profundidad que estaba abierta en el suelo de Kyoto y  el color de los rostros en los jefes de los dos ejércitos, tanto de  Osokawa Katsumoto como de  Yamana Sozen. Especialmente le impresionó que aquel caudillo Sozen , al que llamaban “el monje rojo”, destacara por el color escarlata de su piel, que revelaba su  temperamento colérico, como le impresionó igualmente la negritud compacta de los dos ejércitos quietos y  enfrentados: los  85.000 hombres de  Osokawa y  los 80.000  de Sozen.

 

En esas tres cartas Hisae casi nunca habla de sí misma y esencialmente se dedica a contar lo que ve y cómo lo ve. No se conoce en qué momento pudo escribirlas y tampoco se sabe desde dónde las escribió, si desde su  casa  o quizá con motivo de supuestas visitas que hiciera a campamentos de batallas. Lo cierto es que aquellas tres cartas aparecieron en tres puntos distintos de la devastada ciudad, cada una en un rincón diverso, colocadas y como abandonadas bajo las armaduras de cuerpos muertos de guerreros pertenecientes a los dos ejércitos. “El cráneo pelado de Yamana Soren— podía leerse en una de aquellas cartas — revela el tiempo que le tonsuraron como monje en un santuario antes de dedicarse a la guerra, pero ahora ese  color rojo de  la sangre lo baña  todo, le empapa el rostro, la coraza, la espada y le baja hasta sus pies. El rojo, que es el color de la lucha, del atardecer y del amanecer, el color del fuego, de la vida fugaz, de la energía, del  calor y de la vitalidad, es el color del  propio Soren de pie, con la espada en alto, empujando a sus tropas. Yo lo he visto esta mañana con ojos iracundos mirar a su enemigo Katsumoto que le esperaba al otro lado de la trinchera con su casco negro, su armadura negra, todo su enorme ejército vestido de negro, ese negro que es el color anterior a todas las batallas, color de oscuridad, de ignorancia, de la tierra y del infierno, color de muerte, de temor, de destrucción y de tristeza. Y luego he visto detrás la extensión de los caballos blancos y azules de los dos ejércitos esperando con tranquilidad recibir órdenes, caballos limpios como el agua de las islas, caballos de respeto y lealtad, todas sus grupas azules y blancas preparadas bajo las lanzas amarillas, lanzas puntiagudas de valentía, refinamiento y coraje.”

 

José Julio Perlado

(del libro “Una dama japonesa” ) (relato inédito)

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(Imágenes—1-Ikeda Terukata/ 2- Utagawa Kuniyoshi -sackler gallery/ 3- kamisaka sekka)

HISAE EN EL TEATRO

 

 

“Hisae Izumi descubrió de repente la magia del teatro y aquello la marcó  para siempre. En el fondo Hisae de algún modo había participado en representaciones teatrales a lo largo de su vida, cuando en la pequeña ciudad de Ayabe donde había nacido, mostraba y escondía a la vez a los espectadores tras una cortina  los recorridos por las estrellas que hacía el emperador Temmu. También cuando durante años intentó explicar los misterios de la vida a los niños y los niños la atendían y aplaudían. Pero  todo eso no era aún la esencia del teatro. Ahora, además de tocar esa esencia, se encontraría con algo inesperado que era el nacimiento de un nuevo amor. “Jamás pude imaginar — confesaría más adelante—  que aquel primer día en el teatro Nakamura-a, en el barrio de Nakabashi , en Kyoto,  iba a encontrarme con el amor.” Desde los tiempos del hacedor de espadas, de aquel  Kiromi Kastase que aún guardaba en su memoria, no había vuelto a enamorarse. “ Del amor — solía afirmar Hisae  muy convencida —me ha parecido siempre  que no es necesario hablar  porque no puede explicarse”. Pero recordaría siempre aquel  primer día en el gran teatro Nakamura, sentada  en una de las primeras filas de las innumerables sillas doradas y rojizas, en el momento en que la gran ceja apareció de repente en el escenario repleto de gentes. ¿Pero cómo pudiste enamorarte —  le decía una amiga suya, divertida— de una ceja? “. “ Pero no— se defendía Hisae —, no era exactamente una ceja, era todo lo que la ceja llevaba detrás”. Fue sin embargo aquella ceja curvada y afilada  la que empezó a moverse  por el techo del escenario, la ceja alargada y negra del actor Otani Sojuro con la que empezó todo.  En aquellos  momentos, la gran ceja de Sojuro estaba cruzando el escenario muy despacio, avanzaba desde la altura, avanzaba sobre su potente figura, y subía y bajaba por encima de los  párpados. Tenía Sojuro unos ojos muy pequeños, casi diminutos, que se parecían a huesos de aceitunas, unos ojos muy movibles e inquietos, muy negros, girándose continuamente en el interior de las pupilas, y sus largas manos blancas asomaban por los huecos de un suntuoso kimono  de un rojo anaranjado con el que se envolvía mientras daba pasos de gigante. “Siempre me pareció — decía Hisae—que aquel rostro era falso, que estaba cubierto de innumerables capas, que en el fondo era un rostro que parecía feroz y que estaba intentando acercarse a todos y sobre todo acercarse a mí. Yo estaba sentada  en la segunda fila de sillas y  cuando la enorme ceja de Sojuro se curvó de pronto en el aire como si fuera una daga y se estiró  por encima de todas las cabezas, me sobresalté y me eché para atrás. Pero la ceja de Sojuro se alargó  aún más, parecía perseguirme y yo me encogí como pude y me cubrí la cara con las manos”.  Sojuro era un célebre actor de teatro, una especie de gigante, con una enorme lámpara que en aquellos momentos llevaba sujeta a su mano izquierda manteniendo los pequeños ojos muy vivos, tal y como si viajaran dentro de las cuencas. Parecía que estuviera buscando algo, aunque no podía afirmarse que buscara en concreto a una persona y ni siquiera que buscara a Hisae. Pero Hisae no lo entendió así. Refugiada en su silla y muy impresionada por cuanto veía seguía los pasos de Sojuro cuya ceja continuaba recorriendo lentamente arriba y abajo el escenario, transmitiendo desasosiego e inquietud.”

José Julio Perlado

(del libro “Una dama japonesa”) ( texto inédito)

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(Imágenes— 1- Yakoi kusama- Museo Reina Sofía/ 2-foto de Kokon sobre una exposición de Pierre Gonnord)

CONTEMPLAR LA LUNA

 

 

“Años después, cuantas veces se sentaría por las noches Hisae a contemplar la luna en la primera y pequeña casa que logró al fin adquirir cerca de la villa imperial de Katsura, no lejos de Kyoto – una casa muy modesta, conseguida gracias a sus ahorros por las clases, la casa que sería su primer hogar- , aún permanecía vivo el recuerdo de la cabaña del Fuji donde ella había vivido su personal transformación. Observaba en silencio la noche desde la terraza de aquella casa y repasaba un antiguo poema que era uno de sus favoritos, un poema del período Heian: “No debes recordar el pasado frente a la claridad de la luna – decía el poema -. Estropeará el color de tu rostro y quitará años a tu vida”. Y sin embargo Hisae se quedaba mirando a la luna con miraba imperturbable, como si ella fuera su gran atracción. En ciertas ocasiones se sentaba a contemplar la luna de la cosecha de otoño y en otras la luna de primavera, pero en cualquiera de aquellos momentos, fuera cual fuera la estación, preparaba horas antes con gran cuidado la pequeña plataforma de la veranda tal y como si fuera un escenario teatral en la larga galería de madera que ella también cuidaba al máximo. Sentada allí recordaba las palabras de Sei Shônagon tantas veces leídas en “El libro de la almohada” : ” cuando yo contemplo el claro de luna pienso en aquellos que están lejos, y no existe otro momento en el que me acuerde tanto y tan bien de las cosas del pasado: de las cosas tristes, de las alegres y de aquellas que encuentro agradables”. La luna se acercaba poco a poco hasta la veranda e iba penetrando en el espacio interior y exterior de la terraza, la luna traspasaba también lo exterior y lo interior de Hisae, y a través de su resplandor iluminado tocaba cada una de las habitaciones, penetraba por las persianas de caña hasta la cocina y llegaba hasta el fondo del baño rozando las cortezas de naranja que aromaban el agua”.

José Julio Perlado – (del libro “Una dama japonesa”)- (relato inédito)

 

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(Imágenes – 1-  Hasui Kawase/ 2- Shiro Kasamatsu-1934)

SECRETOS DE BELLEZA

japón-fftty-Toshi Yoshida

“”Más o menos hacia 1215 fue la primera vez en que Hisae descubrió algo de lo que estaba pasando en su cutis y que afectaba a su belleza. Nunca nadie adivinaría su edad porque ni el sol ni los vientos agrietarían jamás sus pómulos. Tampoco padeció nunca inquietud ni en ningún momento se la vio preocupada; no tenía rictus alguno en las comisuras de sus labios ni tampoco en los valles bajo los ojos y ni siquiera aparecieron en su frente las arrugas. Estaba adquiriendo Hisae ya para siempre un rostro de porcelana pequeño y redondo, intacto, sin ninguna marca de años. Se asombraba ella siempre cuando veía a las demás mujeres sufrir las heridas del tiempo en las pequeñas señales sobre su piel. Porque era como si Hisae desde entonces estuviera viviendo sobre el tiempo y no el tiempo sobre ella, aquel ir y venir de las estaciones como en su amado reloj de péndulo. Reía muchas veces, pero la risa nunca dejaba al repetirse ninguna huella. Tampoco en su cuello quedó marca alguna. Amaba enormemente la sombra ‑como ella recordaba siempre‑ y pocas veces se exponía bajo el sol. Nada de todo aquello ‑durante toda su larga vida‑ reveló su edad. Nadie la supo nunca.

japón-eerv-Hatsushika Hokusai- mil ochocientos treinta y dos- Museo Guimet- París

Un amanecer de junio de 1281, Hisae, que continuaba paseando solitaria con sus kimonos blancos por las costas que daban al estrecho de Iki, vio venir hacia ella una nube en forma de velas aladas que se deslizaban entre el cielo y el mar resbalando vertiginosamente sobre el océano. Eran velas multiplicadas y celéricas con su vientre combado por el viento, corriendo y avanzando, amenazando con ligereza las costas del Japón, armadas con listones de bambú, transparentes y agresivas, cada vez más extensas e intensas hasta ocupar el mar en número de cuatro mil: eran los innumerables juncos de los mongoles conducidos por el caudillo Kubilai que aquel día estaba dispuesto a apoderarse del archipiélago. Mientras los juncos avanzaban por la bahía de Hakoraki unidos unos a otros con cadenas, Hisae, asustada, huyó de aquel estrecho y pasó rápidamente de la isla de Kyūshū a la de Honshū refugiándose en el centro del archipiélago, muy lejos ya de aquellos juncos guerreros. Cuando los cincuenta mil mongoles y los veinte mil coreanos tomaron Hirado con sus pequeñas embarcaciones ya estaba Hisae muy protegida: se apartó de las batallas y de los vientos en la calma del lago dorado de Saiho-ji, al este de Kyoto, viviendo ante la serenidad de las aguas estancadas, ante el llamado templo de los aromas occidentales.

flores.-4499h.-Katsushika Hokusai.-jilguero y cerezo.-1834

Todo Japón sufrió aquellos meses el pánico y la angustia hasta ver el desenlace de aquella guerra pero Hisae quiso olvidar toda contienda. El 14 de agosto, mientras un violento tifón hizo retroceder a toda prisa a los mongoles, Hisae inició una nueva forma de vida que la acompañaría ya durante muchos años. Comenzó unas clases especiales al aire libre frente al lago dorado. Reunió primero a todos los niños que se iban acercando a ella y, colocándolos en amplios círculos, les empezó a explicar la pequeña historia de lo que estaba sucediendo, y a la vez la gran historia de Japón. La curva de los ojos infantiles era la misma curva de sus piernas dobladas en el suelo, y todos la escuchaban absortos a cuanto decía su maestra. Levantaban sus cabezas hacia ella pero Hisae se las hacía bajar obligándoles a mirar directamente al agua. El lago era un espejo y el espejo, como sucede en tantos países de Oriente, es la Historia. “Si os asomáis a él veréis la Historia”, les decía Hisae. Les fue ilustrando sobre cosas del pasado para distraerlos de cualquier guerra y escogió para ello las estaciones del año, explicando cómo éstas suscitaban sentimientos y cómo el otoño, por ejemplo, evocaba la tristeza. Ningún niño conocía aún la tristeza y uno preguntó cómo era y en el agua apareció una hoja de melancolía transformada en montaña de nieve. “La tristeza ‑les explicó Hisae‑ son vuestras despedidas, el acabarse de las cosas.” Los niños no entendían demasiado todo aquello y Hisae les hizo fijarse aún más en el agua: allí asomaban los colores del otoño, unos tintes rojos en las ramas del arce y en las que el viento agitaba poemas prendidos en las ramas. “Cuando seáis mayores ‑les dijo Hisae‑, leeréis esos poemas que ahora veis flotando y entenderéis qué es la tristeza. Pero ahora fijaros solamente en lo rojo, en la belleza de lo rojo, en ese color otoñal. Vosotros no podéis ver vuestro corazón porque miráis hacia el lago, pero ahora también vuestro corazón es rojo, siempre será rojo, aunque menos rojo que estas ramas del arce, y vuestro corazón aún no conoce la tristeza.”

José Julio Perlado ( del libro “Una dama japonesa“) (relato inédito)

paisajes.-88hh.-japón.-Konan Tanigami.-1879-1928

(Imágenes.-1.-Toshi Yoshida/ 2 -Hatsushika  Hokusai.- 1832/3- Hatsushika Hokusai.- 1834/ 4.-Konan Tanigami)

EL HACEDOR DE ESPADAS

japón.- rrdffy.- Ito Jakuchu.- 1716- 1800

” Y ahora os contaré – decía paseando despacio Hisae Izumi de un lado a otro de su cuarto – os contaré en esta noche cómo conocí a mi primer amor, Kiromi Kastase, el hacedor de espadas o espadero, el que tenía su taller a las afueras de Kyoto. ¿ Queréis que os cuente mi amor por él?”

Y Hisae miraba a todos y hacía una pausa.

“Estaba yo una tarde de otoño sentada ante un recodo del río Katsura, un río que como sabéis es famoso por sus rápidos y por su impulso, cuando vi clavada en el lecho del río, muy cerca de mí, casi en la orilla, una espada brillante a la que acariciaba el agua que fluía. Era una espada grande, de enorme empuñadura, y el borde afilado de su hoja era rozado continuamente por las hierbas que arrastraba la corriente. Me sorprendió verla clavada allí. Me levanté para verla mejor y de repente la fuerza del río hizo caer a aquella espada y la hizo tenderse horizontal sobre las aguas y su hoja comenzó muy lentamente a bajar bajo el sol, sin hundirse; comenzó lentamente a bajar muy cerca de la orilla, y bajaba como un lento y afilado barco plateado que fuera reflejando en su vientre los rayos del sol. Bajaba tan mansamente aquella espada que,

paisajes.-r5bbn.-Li Cheng.-japón-,.919-967.-Dinastía Song

fascinada por su brillo, comencé a seguirla con los ojos y con mis pasos y caminé muy cerca de ella por la orilla, sin perderla de vista, fijándome sobre todo en aquella enorme empuñadura, en aquella cruz repujada con extraños signos. Y de repente aquella espada desapareció. Ya no la vi. Los rápidos del Katsura la envolvieron y la hicieron girar y dar vueltas hasta que fue tragada por la corriente. Se la llevaron las aguas río abajo.”

Y Hisae se detenía:

“¿Qué queréis que os diga? Ese fue el principio. El principio del conocimiento de mi primer amor. ¿ Qué sucedió mientras tanto, desde que vi esa espada hasta que le conocí a él? No lo sé. No puedo contarlo. Hay cosas que no pueden contarse porque no tienen historia, carecen de historia, son como nuestras vidas y las mías sin historia muchas mañanas y muchas tardes. Las tardes y las mañanas sin amor no suelen tener historia y pasan como horas del reloj con el movimiento del péndulo. Yo muchas veces, al no tener amor, me acercaba al péndulo del reloj de mi casa y me ponía a observarlo por ver si me decía algo.

flores.-rrf.-japón.-Katayama Kumaji.-1887- 1980

Aquel latido del péndulo iba de aquí para allá, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de allá para aquí lentamente, de aquí para allá monótonamente y yo me quedaba de pie ante él, con mi kimono de seda amarilla, observando una lámpara que iluminaba al reloj. El globo de aquella lámpara seguía el moverse de la lengua dorada del tiempo yendo y viniendo siempre, yendo y viniendo sin decirme nunca nada, no, nunca me dijo nada aquel péndulo, nunca me anunció el día en que debía enamorarme. Pero me enamoré. Una tarde ( y ahora veo que ya prestáis más atención, que os removéis en vuestros asientos – sonreía -; siempre que se empieza así: “una mañana” o “una tarde” parece como si se abriera una puerta y fuéramos ya hacia delante preguntándonos, “¿ y ahora qué nos irá a contar?”), pues bien, una tarde como os digo, vagando yo por las afueras de Kyoto, entré por

estaciones.-5hyh.-otoño.-Taeko Makino.-japonés

curiosidad en un taller de espadas. Me intrigaron las plegarias escritas en papel de arroz que colgaban de cada espada ya desde la puerta y fui leyéndolas una a una sin darme cuenta de que cada vez avanzaba más hacia el interior. Allí de pronto, en lo más profundo del taller, me encontré con cinco hombres vestidos con kimonos blancos que parecían sacerdotes. Ejercían un sacerdocio propio, el de los hacedores de espadas, como me enteraría después. Estaban concentrados en su tarea como si fuera un oficio religioso y no notaron la sombra de mi kimono decorado con hojas tostadas, unas hojas grandes que ocupaban la seda de mi vestido hasta los pies. Quedaban iluminados los cinco hombres de los kimonos blancos por el rojo violento de la forja encendida y yo, que he amado desde niña la sombra, me desplacé poco a poco hacia un lado con mi kimono de hojas tostadas procurando no distraerles ni hacer el menor ruido. Sólo se oían al fondo los golpes del martillo sobre el hierro y el bullir de un caldero de aceite y de agua en un rincón. Y entonces vi la espada. Estaba sobre una especie de altar y encima de ella había un cartel que ponía “Se pulen almas”, y debajo aparecía, horizontal y brillante, la espada del río. “Sí – oí de pronto una voz grave y hermosa detrás de mí – “Se pulen almas”. Me volví y allí estaba un hombre joven, Kiromi Kastase, aunque yo no conocía aún su nombre.”

japón.-tt44rr.- Hayami Gyoshu.- 1894-1935

José Julio Perlado(del libro “Una dama japonesa”)  (relato inédito)

(Imágenes:- 1.- Ito Jakuchu/ 2.-Li Cheng/ 3.- Katayama Kumaji/ 4.-taeko makino/ 5.- Hatami gyoschu)

HISAE IZUMI

paisajes.-998.-monte Fuji.-Japón.-1880.-por Kimbey Kusakabe

“Después de muchos años de dudas no se ha llegado a confirmar la fecha exacta del nacimiento de Hisae Izumi, una dama japonesa nacida en la pequeña ciudad de Ayabe, cerca de Kyoto, en los inicios del siglo Xll. Célebre profesora y educadora, mujer enormemente versátil, musa de escritores y artistas durante mucho tiempo, gran viajera y autora a su vez de varios libros hoy muy reconocidos, estuvo dotada desde el principio de su vida con una prodigiosa imaginación y una despierta inteligencia que, unidas a los rasgos de su belleza que se haría legendaria, le confirieron una poderosa personalidad.

Ya desde su juventud destacó por su poder de crear, algo que le acompañaría toda su vida, y todos los Anales cuentan de ella la asombrosa organización casi teatral con la que lograba atraer y fascinar a sus oyentes en cuanto desplegaba sus historias.

Solía contar, por ejemplo, por las noches muchísimas historias del pasado en aquella humilde casa de Ayabe, rodeada de amigos y vecinos.

paisajes.-uuyn.-Japón.-cascada.-Shunkyo Yamamoto 1871- 1933

El pasado se erguía cada noche en la habitación de Hisae Izumi adornada de telas transparentes y a través de las telas y delante de los que escuchaban sentados en el suelo asomaba de pronto hacia las doce el majestuoso aspecto del emperador Tenmu vestido con su coraza de hierro, los gruesos brazos tatuados y sosteniendo en las manos el luminoso globo de la astronomía. El emperador Tenmu, lejano antecesor de los padres de Hisae, había sido el hombre más versado en astronomía de toda Asia y se decía que los caminos de las estrellas y las sendas de las galaxias eran para él tan conocidos como los de su propia casa: atravesaba los cielos infinitos con una mirada lenta y andaba con sus ojos muy despacio sobre el suelo de las constelaciones. Eso lo solía hacer el emperador Tenmu en la medianoche, cuando el universo estaba encendido, y después de dar ese paseo espaciado, como vigilando a qué fuerza brillaban las estrellas de la constelación del Cisne, escuchaba los silbidos de la Vía Láctea como una fuga de vapor. Aquel silbido alargado y quejumbroso penetraba hasta los oídos de Hisae, de pie ante el auditorio, sosteniendo en alto las cortinas de la habitación hasta que Tenmu desaparecía. Porque el emperador Tenmu se hacía en aquellos momentos invisible. El arte de hacerse invisible lo dominaba Tenmu de tal forma que Hisae, muchas noches, al contar su leyenda, apartaba de un golpe las telas y cortinas y preguntaba a quienes seguían escuchando su relato: “¿Acabáis de ver a Tenmu? No, no lo habéis podido ver porque Tenmu no existe. La coraza que habéis creído ver no existe, tampoco sus brazos tatuados, tampoco el globo de la astronomía. No existe Tenmu. Sólo existen mis palabras. Mis palabras son las que le han sostenido. Si no existieran mis palabras, el emperador Tenmu no se os hubiera aparecido en la imaginación. La imaginación, a los que habéis escuchado mis palabras, os ha hecho creer que veíais a Tenmu detrás de esas cortinas. Pero ahora yo no dejaré de hablar. En cuanto yo deje de hablar Tenmu desaparecerá por completo. Ya. Ya ha desaparecido.” E Hisae dejaba caer las telas y ante el círculo de los oyentes su silencio disolvía todo lo que ellos habían pensado; ya no sabían quién era el emperador Tenmu, no habían oído nada sobre él, nada habían visto, ni siquiera aquel cielo estrellado que ahora se contemplaba al otro lado de las telas parecía un inmenso mundo astronómico fulgurante y parpadeante. Pero Hisae proseguía: “¿Es que hay algo en el espacio?“, y sostenía con su mano las cortinas descorridas. “¿Está dando su paseo Tenmu como todas las noches sobre las estrellas? No. Él no está paseando. No puede pasear. No existe Tenmu. Lo están diciendo mis palabras. Creedme. Mis palabras sí son visibles. Es Tenmu el invisible. Son mis palabras las que poseen la fuerza.

japón.-44tty.-Shunkyo Yamamoto.- artelino. com

Y entonces Hisae dejaba caer las cortinas y se sentaba en el suelo en medio del círculo de los oyentes y retaba a los demás a que escribieran todas aquellas cosas que ella acababa de decir. “Veréis como no es posible – les decía -. Escribir lo que ahora os cuento es muy difícil. Escribir en sí es muy difícil. Las palabras se las lleva el viento y hay que ir hasta el viendo del noroeste que sopla en invierno sobre las costas del mar interior para detener a las palabras que se van, y traerlas y fijarlas en el papel. Todo lo que no se fija sobre el papel con los signos de la escritura sólo lo oímos por los oídos y los oídos después ya no escuchan nada, los oídos descansan cada noche en la almohada y de los oídos que duermen van saliendo poco a poco los hilos de las palabras recibidas durante el día y ellos salen de nuevo vaciando la cabeza para que la cabeza pueda llenarse al día siguiente. Las palabras que no fueron escritas se las lleva el viento y el viento las lleva hasta las dunas de Tottori. ¿Conocéis vosotros las dunas de Tottori ante la bruma de las islas? Sí, sí las conocéis. Están ante el mar de Japón, mirando a la isla de Dögo. Esas dunas están hechas con palabras. Son kilómetros de palabras, arenilla sedosa y ondulada de todas las palabras que se pierden y que nunca fueron registradas, todas esas palabras que no fueron escritas, como las mías ahora si no las escribís. Estas palabras mías que yo pronuncio están yendo ya hacia las dunas de Tottori. Allí se convertirán muy pronto en arena. Allí el mar las disolverá.

José Julio Perlado: (del libro “Una dama japonesa”) (relato inédito)

japón.-ervbb.-Shunkyo Yamamoto.-aac.pref.aichi

(Imágenes:- 1.-monte Fuji.-1880.-Kimbey Kusakabe/2 3 y 4.--Shunkyo Yamamoto.-artelino. com)