LA MUJER DE NIEVE

 

 

“De repente —contaba Hisae—, sentí un ruido. Me estremecí. En la oscuridad, muy cerca del rincón donde yo estaba acostada, escuché una extraña voz que parecía surgir del suelo, una voz muy cercana a mis pies, una voz infantil que parecía un susurro. Aquel susurro lo emitía una figura que yo no podía distinguir en la sombra. Entonces doblé un poco el cuerpo hacia  la derecha, me incliné hacia mis pies, y con gran esfuerzo descubrí casi en el suelo una figura diminuta, de muy pocos centímetros, una figura insignificante que al  parecer era la que me hablaba. “Hisae – oí a una voz atiplada que venía desde el suelo – ,“Yo soy un “yamawaro”, “un niño de la montaña”: me alimento de frutas silvestres y de cangrejos, a veces habito en las montañas de la Isla de Kiousiou, en Kyūshū, por donde te he visto pasear muchas veces con tus kimonos; en los veranos vivo en lagos y en ríos, pero ahora estoy aquí, escondido en esta cueva del viento que está  dentro del Fuji, sé imitar bien el ruido de las rocas que caen, copio el sonido del viento, pero soy un ser diminuto como ves, mucho más pequeño que un enano, tengo este ojo único en la frente desde el cual ahora mismo te estoy mirando, ayudo a leñadores y a campesinos siempre que me ofrezcan un poco de sake o de arroz. ¿Vas a ofrecerme tú un poco de arroz? Porque si me engañas – y de repente aquella voz adoptó  un tono de chillido amenazante  – a pesar de mi poca estatura puedo provocar incendios devastadores y atraer sobre ti plagas mortales. Entonces, dime, Hisae, ¿me darás un poco de arroz?”.

 

 

El diminuto ojo parecía moverse inquieto de un lado para otro por el suelo  pero aquello no me dio ningún miedo. Intenté desplazarme en la oscuridad, intenté levantarme y a la vez irme apartando de aquella pequeñísima figura aunque su ojo me seguía vigilando y casi me perseguía. Cuando por fin me puse en pie me sorprendió  ver delante de mí unas finas columnas blancas que colgaban del techo y que yo no había percibido al entrar, columnas de cristales centelleantes, materiales estratificados, tallos y troncos de diversas formas.  Apoyada en una de aquellas columnas se encontraba  una hermosa mujer de piel blanca, casi transparente, vestida con un kimono también blanco  y con un cuerpo que parecía de hielo. Me miraba fijamente. Apartó el pelo de su frente  y empezó a hablarme en un tono muy neutro, muy despacio:  “Hisae, toda esta  gruta está llena de seres como yo, que somos seres impalpables, a veces muy pequeños y visibles como ese “yamawaro” que acaba de hablarte, otras veces invisibles; somos muchos, estamos dentro de esta cueva del viento pero a la vez estamos también  por todo Japón, por todas las islas de Japón. Algunos  nos llaman los “Yokai” y creen que únicamente somos apariciones, pero no, somos seres reales; si sigues avanzando por esta cueva volverás a encontrarnos en la siguiente, y también estamos en la siguiente, y luego en la siguiente también, y después nos encontrarás en la cueva del hielo y en la de los murciélagos. Yo simplemente soy una “mujer de nieve” de las muchas que existen en Japón. Me llaman “ Yuki-onna”;  nací en una zona dominada por las tempestades. He vivido mucho tiempo en las profundidades de las aguas en la provincia de Yetsingo; en las noches de invierno de luna llena bajo hasta los pueblos y me pongo a jugar con los niños pero les advierto de que no pueden quedarse allí mucho tiempo aprovechando la claridad, tienen que volver a sus casas. Muchos dicen también que en noches de ventisca sorprendo a los viajeros y les absorbo toda su energía con un beso letal, pero  eso no es verdad. Tú no tienes nada que temer, Hisae. Esta mujer de nieve no te va a hacer ningún mal. Sigue  tu camino. Yo no te daré el beso letal.”

José Julio Perlado —(del libro “Una dama japonesa” ) (texto inédito)

 

 

(Imágenes —1-Hasegawa Tohaku- wikipedia/ 2-ogata Korinn-wikipedia/3- Kaburagi Kiyokata)

MAPIA KATEIKA

 

“A sus noventa y seis años, su esposo —Stéfanis Manusos —, abandonando todo quehacer, tomaba el sol cerca de ella, al costado de la sencilla casa solitaria, en un extremo de la aldea donde ya los ruidos de gentes casi no existían. La vida de Mapia Kateika era bien simple: dormía poco, se levantaba al alba. Apoyada en sus dos gruesos bastones, sin encorvarse —arrastrando ligeramente el pie derecho por culpa de dolores desde hacía años —, salía fuera, al aire, a las extensiones, puesto que ella había dicho siempre que “su casa” era todo aquello.., colinas y llanuras, la hilera de árboles y la curva suavidad de los montes… No conocía Atenas. Era la más anciana de todo Corinto, tampoco había viajado nunca por Grecia. De Europa —de todos los continentes y mares, de cuanto Dios había creado y distribuido en el planeta —, Mapia Kateika sólo conocía aquella amplia llanura hacia un lado, a la izquierda.., unos llanos que cambiaban bajo estaciones y climas, como cambiaba la derecha — y ella lo contemplaba, girando sobre sus dos bastones —, el largo lomo de las cimas pobladas de árboles, oscurecidos unas veces tras las cortinas de lluvia, e iluminados otras entre las ráfagas del sol. Aquella era su vivienda: a quien se preguntó luego por sus costumbres, conversaciones y dichos, sólo se pudo responder que Mapia Kateika reconocía como posesión todo aquello que estaba contemplando allí, sentada en medio de su simple pobreza: aquello que dominaba con la vista desde su nacimiento, en lo que ella había crecido y en donde había descubierto el mundo: todo parecía ser “suyo” hasta el fin, “posesión de sus ojos” que allí podían descansar amorosamente, y propiedad de una mirada que distinguía hasta el menor matiz y la más diminuta variación de color. Allí desarrollaba su vida, esencialmente en la vejez, entre los olores de animales y todos los sabores del campo reunidos.”

José Julio Perlado —“Contramuerte”

 

(Imágenes—1-mujer griega -absolut viajes/ 2- René Burri – 1957)

LOS PÁJAROS Y EL MAR

 

“Saben todos que me agrada profundamente el mar. No desdeño la montaña, pero el mar es siempre para mí, sosiego y abandono. Es mundo desierto; arena blanca contra cuerpos tostados. El cielo negro, largas espumas blancas cuyas crestas se acercan, y de lo hondo, avanza su bramido: espuma y oscuridad; tenue descenso de la gran ola suave, curvada, que cabalga en vaivén…y que luego, tras haber asustado, se hace humilde, mansa, plana… deja que rizos de su ímpetu antiguo, se deslicen ahora igual que sedas… El gran Océano…, a los pies de la orilla… y las aves —millares de ojos entre alas —en gaviotas de nubes… estallido blanco y ruidoso…, golondrinas de mar, rayadores…,el avefría… recias y leves plumas, tan ligeras y sólidas, rígidas y dúctiles… pluma remera de tieso cañón y frágil ligereza en el extremo… flexible a todo movimiento, firme y suave…: ojos que miran esos ojos agudos de las aves…—alas de gruesa delantera y afilada y estrecha extremidad —, alas planas o cóncavas en su parte inferior…, para redondearse en su superficie y —en la zona suprema — poder deslizarse mejor entre los vientos…

 

Aves que nadan en los mares.., como los albatros…, alcatraces…; golondrinas de patas diminutas, que intentan caminar con sus pequeños pies…Pelícanos…, piqueros que se hunden torpemente en el mar para buscar su presa ( y saben respirar y aguantar el tiempo justo para surgir con rapidez)…, mientras el águila pescadora, ni se molesta: veloz, toma sus presas a flor de agua, apenas sin tocarla. El mar…—huir de apretadas multitudes —, (como huiría de esos apiñamientos de color de roca que funden bandadas enormes de corre molinos en las costas inglesas… o de la concentración de araos anidando por miles sobre peñascos)… blancas plumas de playa tan repletas e inmóviles bajo el sol…centelleantes luminarias de piqueros por millares, anidando allí, en la isla peruana de Guañape, sin importarles las frías costas áridas de la zona, mientras el mar toma un color de cinc, y un silencio en la hondura más densa va helando, poco a poco, las azules manchas de las brumas…”

José Julio Perlado —“Contramuerte”

(Imágenes—1-Jeremy Deller -2014/ 2-Walter Leistikov/ 3-John Wohrff)

LA ASAMBLEA DE LOS ÁNGELES

 

 

“La  Asamblea llamada del Azul, o Asamblea de  los Ángeles , aunque quizá muchos ahora no la recuerden,  tuvo lugar hace varios años en lo alto de la iglesia de Saint Michel, en Francia, en el pueblecito Puy en Velay, en la región de Auverna, un pueblecito pintoresco y famoso  por su subida casi vertical de sus 268 escalones que ascienden desde las calles hasta la iglesia. Naturalmente los ángeles no necesitaron aquellos escalones y volaron gozosos sobre ellos: cantaron y disfrutaron mientras ascendían.  Se trató en aquella Asamblea de numerosas cosas: allí se sentaron como pudieron docenas de ángeles en los picos de la capilla y otros se recostaron apoyados en los techos, y desde abajo, es decir,  desde el pueblo de Puy en Velay, algunas mujeres que miraban de vez en cuando hacia arriba mientras seguían trabajando en su encaje de bolillos sentadas a las puertas de sus casas, cuando se les preguntó tiempo después si habían visto ángeles, espíritus, o algo parecido, sólo pudieron afirmar que habían percibido un extraño resplandor a media tarde, una especie de hilo brillante iluminado por el sol. Únicamente una joven costurera, Berthe Rufin, que vivía en la calle Rápale y que también se dedicaba al encaje, fue más explícita, y como dijo que presumía de vista excepcional y, más aún, de oído fino, declaró que mientras trabajaba había observado una suave ráfaga luminosa subiendo y bajando desde la iglesia hasta la calle. En los techos de aquella capilla, posados igual que pájaros inmóviles, se prepararon para celebrar la Asamblea, entre otros, un ángel de Zurbarán, y  uno pintado por Murillo, también  un ángel de Poussin, otro de Leonardo y otro de Caravaggio.  Estaban también, apoyados en un extremo del tejado de la iglesia de Saint Michel y procurando no caerse, los once ángeles del famoso díptico de Wilton que habían llegado todos a una desde Londres, desde la National Gallery, y que como siempre fascinaban con su intenso azul. Ellos fueron los primeros que quisieron hablar y así lo hicieron los once a la vez con la voz única que tenían, es decir, como si hablara uno solo, modulando las palabras y haciendo referencia enseguida al azul con que vestían sus ropajes y señalando sus once alas delgadas y verticales que aunque parecían partir de los hombros casi nacían de sus cabezas. Aquellas once alas eran una especie de llamaradas blanquecinas que terminaban en una punta azul. Defendieron que aquellas alas suyas eran las adecuadas para todo tipo de ángeles aunque fueran distintas y estuvieran muy alejadas de tener enormes dimensiones.

 

 

 Y aquí se entabló una gran discusión  entre los once ángeles del díptico que seguían hablando a la vez con voz única y que amenazaban con aturdir a los demás. Se trataba esencialmente de dos posiciones: el debate sobre la importancia del azul en los ángeles y los distintos puntos de vista sobre las dimensiones que debían de tener las alas. Unos defendían mantener un azul puro para las alas, el azul que vestían, un azul sin mezcla para los ángeles, y otros en cambio abogaban por un azul difuminado, mezclando blancos, grises, e incluso negros. Uno de los once ángeles del díptico de Wilton , situado en el extremo izquierdo del tejado y que llevaba en la mano un collar dorado y una corona de flores, quiso destacarse del resto de las voces y confesó que para él el más bello azul era profundo y lanzaba al hombre al  infinito. Tras una pausa, añadió:

la entrada en el azul conduce al país de los ángeles.

Y aún quiso decir más:

quiero quedarme a vivir siempre en este azul que está en trance de explotar.

 

 

Hubo un largo silencio ante aquellas palabras,  y todo el mundo en aquel tejado de la iglesia de Saint Michel en Francia pareció dedicar unos momentos a la reflexión. ¿Entonces era verdad que esencialmente el azul era el que podía representar mejor a los ángeles? ¿Y por qué no representarlos con el amarillo, el blanco o el dorado? Existían muchos ángeles dorados, fascinantes, fulgurantes en la vida, ángeles también sin alas, ángeles sin cuerpo, solamente con cabeza, unas cabezas redondas como de niños, y en ese momento alguien en el otro extremo del tejado interrumpió los comentarios para preguntar por qué no estaban allí, en aquella Asamblea, las diminutas cabezas de los ángeles llorando que pintó Giotto para su Llanto por la muerte de Cristo.

—Ellos expresó aquella voz precisamente por ser azules y por ser sólo cabezas de niños podrían darnos ahora un buen testimonio.

Y así continuó durante toda la tarde aquella apasionante reunión y yo me alejé lentamente de ellos.”

 

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos’) (texto inédito)

 

 

(Imágenes – 1- Howard Hodgking/ 2 – diptico de Wilton- National Gallery/ 3-Adam Fuss-1991/ 4- ángel de Giotto)

INTERIORES : ( y 2 )

 

 

“Y yo miro el escenario al que estoy tan acostumbrado, y pienso cuánto misterio encierra todo esto: creado por el esfuerzo de unos hombres, y alguna parte construida acaso con amor, tal construcción y todo lo construido tiene por fin quedar destruido y no permanecer : tan solo la capacidad de amor y de esfuerzo será valorada, y ese amor escondido en la fatiga de crear  objetos para el hombre, permanecerá al otro lado del fin, cuando los propios objetos desaparezcan. Y en mi imaginación veo por un segundo qué frágil es todo, incluso lo aparentemente  más fuerte, sin poder pesar realmente toda la fuerza de la que es capaz el amor. Y es este cuarto en mi pensamiento como cierta prolongación de mí mismo, como si este contorno tan habitado formara parte de mi propio yo en la existencia de la tierra.

 

 

Contemplo esta alfombra, y el comedor y cada mueble, y mis ojos pasan sobre el sofá  y en él quedan de repente detenidos en
su movimiento: la mirada descansa allí, sujeta por algo entre las cosas. Pero mi pensamiento continúa y en estos instantes  nada ha variado de su rumbo; de tal modo, que todo el pensar sigue hilvanando cuanto ve y cuanto imagina ver. Y es como proseguir en este escenario y tener conciencia de que todo esto tan real ha tenido un inicio y tendrá un fin, y esa exacta y precisa realidad, aparentemente  tan sólida, verdaderamente fuera irreal, secretamente impalpable y casi etérea, aparecida en este momento — que puede durar años, una vida, varias vidas, incluso varías generaciones  de vidas —, pero que sólo en tal momento se muestra como si todo lo construido y su presencia, se desgajara y deshilvanara, desprendiéndose con suavidad y sin ruido, deshilachándose tenue pero decisivamente, hasta desintegrarse en silencio todo lo construido e ir dejando el gran espacio sin límites, la creación  del espacio sin ninguna creación  real de hombre, sino tan sólo su creación  misteriosa  e invisible, esa creación del amor puesto en cada acto elaborado por el hombre, la creación de amor que el hombre deposita al crear y al confeccionar  las cosas y los objetos.”

José Julio Perlado —“Contramuerte”

 

(Imágenes -—1-Tommy Hilding- 2017/ 2-Adolph von Menzel. 1845/ 3-Jan Reich -1986)

INTERIORES (1)

 

“Retorno a la intimidad de este cuarto. Entonces me quedo mirando la alfombra, los dibujos y el grosor de la lana, y sus medidas y extensiones bajo las grandes patas de los sillones: recorro lentamente esta tonalidad de hebras compactas en estilo de nudo suave y levemente mullido, como reconfortante y deslizante: y la mirada ahora, vaga ya más pérdida y más ancha, menos controlada, repasando conforme sube este contorno de las sillas y su borde dorado y oscuro: y más adelante, enseguida, los ojos se tienden horizontales y resbalando sobre la lisa superficie de mesa del comedor sesgada de vetas que la hacen más noble y al fondo, aquí y allá, muy despacio, maderas, marcos de ventanas, cristales, los estantes de la librería, espacio de cuadros, espacios desnudos, de pared blanca… Todo está aquí permaneciendo; unas manos, una vez, lo han colocado según gusto, orden y disposición.  Dispuestos los objetos, aquellas manos se retiraron en una ocasión… y el escenario siempre idéntico, siempre inmóvil — un escenario que es necesario limpiar cada jornada, pero volviendo a ajustar cada pieza en su sitio — y que permanece sin movimiento propio hasta tanto otras manos lo cambien.

 

 

Este escenario es ya un hábito para mis ojos: cada persona tiene alrededor suyo un escenario más natural o más artificial, más rico o más pobre, menos cuidado o más limpio. El escenario de esta habitación hubo una vez que no tuvo existencia, era la nada en el espacio: pero, poco a poco, a cierto nivel de esa nada, el vacío se ha ido llenando y construyendo hasta desaparecer la nada y el espacio, y todo ello adquirir una forma determinada, un color, y sustentado entre otras formas construidas encima, debajo, a derecha e izquierda de ese escenario, cubrir todo ello una forma de aire y de huecos, e ir sustituyendo el aire limpio y vago por un aire limitado, condicionado por fronteras de tabiques y techos y suelos, — y aceleradas sus corrientes según la disposición de ventanas y balcones cerrados o abiertos. Así la nada invisible ha desaparecido bajo creaciones y formas idénticas o diversas, y todas ellas reunidas en muchas ocasiones, estrechamente emparejadas en verticalidad y en extensión horizontal, fundidas en su interior por complejos conductos y necesidades, separados unos bloques de formas de otros bloques, por espacios libres pero estrechos, alargados como calles del aire…, allí quedaban como encajonados entre los muros y girando de improviso en revuelo de esquinas y de cruces.”

José Julio Perlado“Contramuerte”

 

 

(Imágenes—1-Roy de Carava -1953/ 2-Robert Henderson/ 3 –Saúl Leiter)

MÁS CARTAS DE HISAE IZUMI

 

 

“Una  tarde Hisae, mientras escribía, esperó ante el papel sin moverse y mantuvo su pincel inclinado tal y como si fuera a seguir,  tal y como si estuviera engañando al papel y como si fuera a cubrirlo. Siguió así sin moverse. Y de repente empezó a leer lo que el otro (o la otra) le estaba escribiendo:

“Aunque una carta – apareció escrito sobre el papel verde – no tenga nada que pueda calificarse de extraño, es sin embargo una cosa magnífica. Mientras se piensa con ansiedad en una persona que se halla en una lejana provincia y uno se pregunta cómo se podría ir hasta allí, he aquí que se recibe una carta de ella. Al leerla, se siente la misma impresión que si se la viera de pronto y cara a cara. Y eso es maravilloso.”

 

 

Procuró seguir quieta Hisae en aquella postura y mantuvo su pincel perfectamente inclinado esperando por si le decían algo más.

Y así siguió leyendo:

“Cuando se ha enviado una carta a la cual se han confiado nuestros pensamientos, uno siente el espíritu satisfecho, incluso si se piensa que esa carta podría muy bien no llegar nunca a su destino. ¡Cómo tendría yo el corazón triste y cómo me sentiría oprimida si las cartas no existiesen!”

 

 

Aquello parecía realmente un lamento y Hisae quedó impresionada. Esperó aún sin moverse. Parecía que la escritura se había detenido, que algo pasaba, pero de pronto aparecieron más frases sobre el papel:

“Y  cuando en una carta que se quiere enviar a una persona – seguía diciéndole aquella misteriosa escritura – se detallan todas las cosas que uno lleva en la cabeza, eso supone ya un consuelo, incluso aunque la llegada de esa misiva nos parezca incierta. Pero con más razón aún, cuando se recibe una respuesta la alegría de la que se disfruta es capaz de alegrarle a uno la vida. En verdad, lo que acaba de suceder sí parece increíble.”

José Julio Perlado —( del libro “Una dama japonesa” ) ( texto inédito)

 

 

(Imágenes —1– kimono gallery/ 2-Suzuki Harunobu/ 3-Kawano Kaoru/ 4-surinomo shinata zedkin)