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Posts Tagged ‘José Julio Perlado’

 

 

“Con todos aquellos recuerdos confundidos en su cabeza y caminando entre las piedras Hisae proseguía adelante su fatigosa ascensión monte arriba. El pintor Hokusai, en dos de sus más interesantes y famosas estampas que hoy puede contemplar todo el mundo, la quiso dibujar así, algo inclinada por el esfuerzo de su caminata, doblando un recodo del monte y subiendo blanca y meditativa, con la belleza que siempre la acompañaba, una belleza sin arrugas, una belleza inmaculada, un rostro que no había padecido el paso de la edad – ni tampoco lo padecería nunca – y al que ahora, en la subida, ni siquiera le influían los vientos del monte. En el primero de aquellos dos dibujos que realizó Hokusai sobre Hisae se la puede ver cómo ella pasa muy cerca de unas grullas, símbolos de la longevidad, diez grullas que mueven las curvas de sus cuellos al ritmo de sus patas y que destacan sobre el Fuji al fondo, y es en ese momento, viendo el dibujo por detrás, cuando se percibe la sombra blanca del kimono de Hisae rozando los picos de aquellos afilados animales plantados en tierra y que de algún modo parecen abrirle el camino a su ascensión. En el segundo de los dibujos, Hisae, sorprendentemente, aparece por primera vez tumbada y refugiada en una especie de cabaña o cueva. Corresponde esa imagen a la titulada por HokusaiEl Fuji de la cueva” y es allí donde el pintor la quiso colocar acostada, medio dormida, para representar sin duda a una Hisae cansada, una mujer fatigada por la subida. Y efectivamente de esa forma ocurrió : Hisae había empezado a notar su cansancio por tanto caminar y fue para ella sin duda una bendición encontrar de repente aquella especie de oquedad. Al entrar en ella descubrió de improviso a varios peregrinos agrupados que hablaban entre sí con murmullos que apenas se oían : algunos parecían campesinos y otros quizá eran leñadores a tenor de su atuendo y de sus pies descalzos y también de sus piernas cubiertas con protectores de paja. Pero sobre todo, y esto sí lo quiso resaltar Hokusai en su dibujo, lo que más impresionó a Hisae al entrar fueron las caras redondas y los ojos vivos de aquellos peregrinos que la miraron intensamente en el momento en que ella cruzó despacio el suelo de la gruta y fue a acurrucarse en un rincón, vencida ya por el cansancio y por el sueño.”

José Julio Perlado – (del libro “Una dama japonesa”) (relato inédito)

 

 

(Imágenes -1 El monte Fuji cubierto por la nieve – foto Toru Hanai-  Reuters time/ 2- Kaigo no Fuji -1834)

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” La primera fotografía de mi padre, recuerdo, la estuvieron preparando a media tarde en el jardín al que acudíamos cada año la familia y es una foto delante del arco de nuestra antigua casa veraniega, una casa señorial con un jardín presidido por un gran olmo. Yo estoy observándolo todo desde lo alto de una buhardilla en donde me he refugiado a escribir, algo que he hecho en todas partes y toda la vida, y entreabriendo la pequeña ventana de esta buhardilla veo desde la altura a mi padre abajo, de pie, junto al olmo. Se alarga una fina línea de sol que ilumina el sendero cruzando el jardín. Está mi padre sonriente junto al árbol, debe de tener unos cincuenta o cincuenta y cinco años, viste una chaquetilla blanca, unos pantalones azules y unos zapatos blancos de verano y esa foto la pasaré luego a mis hermanos y se la comentaré a mis hijos. Pero ya viene al fondo, por el sendero que recorre el jardín, andando muy despacio, la foto de la madre de mi padre, mi abuela paterna, una figura pequeñita apoyada en un bastón, la cara ligeramente inclinada, un moño limpio y cuidadosamente recogido, un vestido negro con fondo de pequeñas flores y sobre todo una bondad andante, una expresión apacible y alegre, la mujer que años antes me enseñó a rezar. El césped del jardín se va abriendo a sus pasos muy cortos y cuando llega frente al olmo y contempla la foto de mi padre se detiene, apoya su bastón en la arenilla y observa despacio a su hijo como todas las madres observan a sus hijos, con una felicidad que la fotografía revelará.

 

 

Todas esas fotos y muchas más que observo desde la buhardilla me parecen fotos muy jóvenes, mantienen esa frescura en papel de los primeros tiempos, antes de enmarcarse, antes de ser recubiertas por cristales, y ahora las veo pasar de mano en mano y oigo cómo las comentan en la tertulia familiar que solemos tener después de comer en verano, al aire libre, mientras unos tomamos café y otros juegan a las cartas. Estoy sentado en una de esas sillas de rejilla esparcidas por el jardín, entra ahora un sol pálido por encima de las tapias y voy viendo que por esas fotos aún no ha pasado el tiempo, aún no se ha abierto ningún cajón para guardarlas, son imágenes que van de mano en mano fijando un instante irrepetible, todas las fotografías lo fijan, van acompañadas de palabras, las yemas de los dedos cuando las rozan resaltan aquí y allá un gesto o un contraluz. Yo aparto un poco la taza de café para extenderlas sobre el mantel, junto a la servilleta y las cucharillas, y me detengo en esa mirada de mi abuela contemplando el olmo y en esa sonrisa de mi padre junto al árbol, madre e hijo en un momento que no volverá a suceder. No volverá a suceder porque los instantes cambian y ese instante de mi padre junto al árbol, en cuanto pase poco tiempo será enmarcado y colocado en el aparador de nuestro comedor como algo irrepetible al lado de una fotografía de mi madre también irrepetible, tomada a contraluz, como si la envolviera una gasa; ella apoya su mejilla en su mano derecha y sonríe, y esos dos instantes de los padres los tendremos como presencia íntima durante años. Pero ahora, de pronto, quiero buscar esta foto de mi padre para escribir algo sobre él y no la encuentro : son los caprichos siempre de estas mudanzas porque el pasillo durante toda esta mañana ha estado invadido de cajas, yo he salido de mi cuarto a buscar la foto y sin querer he ido tropezando una tras otra con pequeñas montañas de libros que aguardan apilados en el suelo, cuatro hombres de la mudanza cargados de trastos me están pidiendo paso entre las cajas, son hombres rudos, hercúleos, intentan como pueden no rozar las patas de los muebles con las esquinas de las puertas, yo logro llegar hasta el comedor pero el comedor ya está vacío, es una habitación desolada e irreconocible, han descolgado cuadros y cortinas, pregunto en el pasillo dónde pueden haber colocado el aparador para salvar la foto de mi padre pero el aparador, me dicen, ya lo bajaron a la calle, ya está metido en el camión. ¿Y la foto?” ( …)

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos“) ( texto inédito)

 

 

(Imágenes -1- Gustav Klimt/ 2- Raoul Dufy/ 3- Paul Cezánne- la casa de Père Lacroix en Auvers)

 

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“Al escribir en la prensa o en Internet siempre los temas están ahí, en la vida, en las pequeñas cosas de la vida cotidiana, en las grandes cuestiones eternas con las que se enfrenta al ser humano (vistas generalmente, sin embargo, desde un ángulo significativo, desde un detalle preciso, como una pequeña puerta que se abre a la amplia consideración del artículo).

“Ese detalle, el hallazgo inesperado de ese detalle, no es fácil encontrarlo. Se requiere ir con los ojos abiertos, una apertura que se llama atención. “Para hacer un periodismo real y tangible ‑recordaba Plaes indispensable una curiosidad, un interés por las cosas de la historia y de la vida”. Sin esa curiosidad se camina con los ojos cerrados y aplicándolo a este oficio del periodismo esa ceguera lleva a la destrucción. No se es periodista ‑ni siquiera se disfruta como ser humano‑ porque la vida aparece como un muro, una masa compacta y rutinaria en donde no cabe el asombro. “Yo he sido periodista toda la vida ‑seguía diciendo Pla‑, porque he tenido toda la curiosidad que me ha permitido la existencia y porque me gusta comunicar a los conciudadanos lo que, por una razón u otra, he podido observar.”

 

 

Pero el detalle está ahí, hay infinitos detalles escondidos en las arrugas de un rostro, en el brillo de unas pupilas, en los giros de una mano, en una modulada entonación, en la manera como un político le señala el cielo a otro político, porque los dos aún no saben de qué hablar y de alguna forma ese color del día, de la temperatura del día los une, les hace sonreír forzada y protocolariamente, y les ayuda a romper el hielo… Todo está lleno de detalles en las individuales existencias y en las grandes cuestiones del mundo. El periodista ‑el articulista‑ va en busca de esos detalles y en esos detalles encontrará muy posiblemente sus temas.

“No se cansará este cronista ‑ha escrito González Ruano‑ de dar gracias a las agencias periodísticas que recogen noticias mínimas y pintorescas con las que los periódicos llenan huequecitos de poca importancia pero necesarios en la confección de sus páginas. Muchas de estas pequeñas noticias, que pocos leen, son para este cronista la base de sus artículos. Lo más difícil en una colaboración de muchos tentáculos y de una sistematización bien ordenada no es la materialidad de escibir, sino encontrar un tema que tenga siquiera condición de pretexto, y que vaya medianamente con nuestros gustos y preferencias.”

 

 

El gallego Álvaro Cunqueiro, por otra parte, tomaba de las fotografías de agencias que se publicaban en la última página de Faro de Vigo motivo para sus comentarios. A veces no buscaba los temas, simplemente los encontraba. Se surtía para escribir sus textos de lo que veía en televisión o escuchaba por la radio, o simplemente de lo surgido en las conversaciones con los amigos. “Un amigo ‑escribía por ejemplo en Faro de Vigo en 1974‑ que escuchó un artículo mío en Radio Nacional de España, en el que yo decía que ya no se encontraban en el país gallego gentes que hubiesen visto la Santa Compaña (…) se muestra conforme conmigo (…) pero me asegura que sueltos, cada uno por su lado, andan por los caminos unos cuantos inquietos. (…) Pero a mi amigo, lo que le preocupan son esos secretos, casi niebla, figura de viento, que andan por ahí, pasajeros vespertinos silenciosos, y sin duda difuntos. Cuando me despido de él, me retiene por un brazo (…) y me dice que también habría mucho que hablar del cadáver de Evita. (…) Lo del traslado del cadáver de Evita desde la quinta peronista de Madrid al ‘altar de la patria’ en Buenos Aires, es operación política”. “Ayer ‑comentaba en otra ocasión el mismo Cunqueiro‑ estaba viendo, después de almorzar, la televisión. Y daban en ella un reportaje sobre la visita de los reyes de los belgas al Japón. Fabiola y Balduino iban a ver una representación de ‘kabuki’ ‑el locutor de la televisión le llamaba ‘kiburi’; por televisión se oyen siempre muchos disparates de este tipo, (…)‑ El drama que vieron Balduino y Fabiola era ‘La muerte de Susiku una mañana de viento’ (…) La hermosa Susiku fue muerta por Nakko (…).” Y así Cunqueiro proseguía con su cultura y erudición caminando a través de una prosa mágica y personal como la que él tenía hasta cubrir por entero uno de sus textos.

 

 

Camba, a su vez, procedía de forma parecida. “Leía yo recientemente una estadística del doctor Rokeby sobre el tiempo que pierden los hombres en hacerse el nudo de la corbata ‑escribía en su artículo Una estadística impresionante, en 1944‑. Suponiendo que, por término medio, pierdan tan sólo un minuto, ello arrojaría por cada millón de hombres el total de un millón de minutos, lo que, en un país como España, se elevaría en seguida a la fabulosa cantidad de doscientas mil horas diarias, o sea veinticinco mil jornadas de ocho horas. Es decir, que invirtiendo en otras actividades el tiempo que emplean en anudarse la corbata, los españoles, según el doctor Rokeby, podrían hacerse muy fácilmente cada mes un túnel, un rascacielos, un puente, una carretera, un buque o un aeródromo.”

José Julio Perlado – “El artículo literario y periodístico – Paisajes y personajes”, págs 24-26

 

 

(Imágenes -1-Jacek Malczewski– 1907/ 2-Vincent Giarrano/ 3-Bernard Lamotte- 1940/ 4- Georges Dambier– 1952/ 5- David Lyle)

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    ” Estoy escribiendo estas líneas en Nueva York la noche del 17 de noviembre de 1980 – confesaba Carmen Martín Gaite enAgua pasada” -,  y de repente he mirado a la ventana y he visto que ha empezado a nevar: los copos menudos giran sobre el fondo oscuro de la fachada de enfrente, en torno al resplandor de una farola que parece soplarlos ella misma, como si fueran palabras pequeñitas saliendo de una boca desconocida y dándole vueltas a la canción de siempre.

     Mi madre murió en diciembre de 1978, pocos días antes de que me concedieran el Premio Nacional de Literatura por mi última novela El cuarto de atrás, que a ella le encantaba y había leído dos veces. Y desde entonces he andado con los rumbos un poco perdidos, aunque parece que ya los voy recobrando. Y al decir esto, a ella se lo digo; tengo su retrato enfrente, pinchado en la pared de mi apartamento neoyorkino, que de repente, al alzar yo la cabeza de la máquina, se ha llenado de la fiesta de la nieve y de la sonrisa de mi madre mirándome escribir.

     No sé si se sonríe de lo raro que le parece encontrarse conmigo en esta ciudad tan lejana y en un cuarto tan distinto del cuarto de atrás y de que nos estemos mirando a la luz de la lámpara alquilada, mientras cae la primera nevada sobre la calle 119 West, o simplemente se sonríe de lo de siempre, del milagro de mi resurrección. No sabe lo que estoy escribiendo, pero le da igual.

     “¿Lo ves? ‑dice‑. ¿Lo ves?”

Lo que le confirma la madre desde la pared a esta escritora española se lo podría haber dicho igualmente durante la infancia o en la pubertad. Es la voz de la madre en esta noche neoyorkina un aliento tácito en el aire por encima de los años y de la nieve, por encima de las edades y de los desánimos, sobre los valles violáceos de las depresiones y sobre el triunfo de los éxitos. Esa voz perdura desde la mirada de la madre, no se sabe bien si es mirada o si es voz, pero sí es conocimiento, es fe en su hija, es sentido común, es fe en el quehacer, es sabiduría.

 

    

“Mi madre – seguía diciendo Martín Gaite -,  una de las personas más sabias que he conocido y desde luego la que más me quiso en este mundo y adivinó lo que me estaba pasando, aunque yo no se lo contara, sólo con oírme la voz o verme la cara cuando la iba a visitar, ya se enteraba de si me andaba rondando por la cabeza o no una historia nueva que tenía ganas de contar. Y cuando me veía callada o con poco apetito o le sacaba a relucir que tenía la tensión baja o fastidios domésticos, se sonreía sin mirarme, sabía que eran pretextos, cosas que no me importaban nada ni tenían que ver más que anecdóticamente con mi depresión. Nunca me aconsejaba que tomara vitaminas, que fuera al cine, que hiciera un viaje ni nada por el estilo. Se limitaba a decir, como al desgaire, como si no estuviera diciendo nada importante: “En cuanto te pongas a escribir otra cosa, se te pasará: ten paciencia.” Había puesto el dedo en la llaga, y yo la miraba como a un oráculo y le preguntaba con un dejo de desmayo en la voz, a veces casi con miedo: “Pero, mamá, ¿y si no se me vuelve a ocurrir nada?”

 

    

Ella alzaba entonces los ojos de la labor que estuviera haciendo y nunca podré olvidar el tono dulce, firme e inequívoco de su respuesta, acompañada a veces de una caricia ligera sobre mi pelo, el timbre de su voz cuando decía: “Eso mismo me dijiste la última vez.” “Te lo dije porque me lo creía”, protestaba yo.

     “Ya lo sé, mujer, ya sé que te lo creías, que siempre que terminas un libro te parece el último de tu vida y cuando lo empiezas, el primero. Por eso se te ocurrirá otro. Porque siempre estás empezando.”

     No volvíamos a hablar de aquello hasta que al cabo de los días o de los meses, cuando me veía de nuevo locuaz y animosa, interrumpía cualquier conversación que estuviéramos manteniendo para preguntarme inopinadamente, a veces incluso sin tenerme delante, simplemente por teléfono: “¿Lo ves, mujer? ¿Lo ves?” Y claro que lo veía, era como volver a ver, a través de sus ojos que lo veían todo. Y guardaba silencio, esperando la pregunta que venía luego indefectiblemente: “¿De qué trata tu nueva novela?” Yo me echaba a reír. “Pero si no sé todavía nada, sólo le ando dando vueltas, no sé siquiera si va a ser una novela o qué.”

     “Pues lo que sea, qué más da. Pero dale muchas vueltas, hija, y que te dure.”

J. J. Perlado – “El ojo y la palabra”, págs. 33- 35

 

 

(Imágenes.- 1. Edouard Boubat– 1961/ 2- Wiliam Mainwaring– 1899/  3-August Sander– 1926/ 

Nguyen Thanh Binh)

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“Aquel verano veía también los árboles, eran hayedos y hojas y senderos donde las ruedas de mi coche pasaban hasta encontrar un sitio bajo los hayedos, estaba el tronco, las ramas, un gran silencio al apagar el motor, mi hijo iba detrás, tenía que estudiar alguna asignatura de verano y yo bajaba las ventanillas, era otro agosto, abría mi cuaderno Miquelrius y empezaba o seguía un relato, mi hijo me miraba, yo escribía sentado al lado del volante, entraba el silencio por las ventanillas, si levantaba la mirada veía los libros como árboles, de los árboles sale el papel para los libros, de los árboles sale el papel para los cuadernos Miquelrius, apuraba los bordes de la hoja y escribía, escribía, de vez en cuando hay que parar para leer qué ha hecho el personaje, si lo que está haciendo concuerda con lo que hizo antes y si hay un río de verosimilitud, un sentido común en lo que se escribe. Horas y horas escribiendo como horas y horas está el artesano sobre la madera, sobre el hierro, atenazando y puliendo y encajando los soportes y luego afinando los bordes, procurando que haya un sentido común en la mesa o en el hierro, no les hacen entrevistas a los artesanos, están con su gorra de visera cubriéndoles los ojos para concentrarse en el borde del hierro, en las dificultades del cristal, pasan los periodistas sin detenerse, siguen los artesanos en el fondo de sus talleres, a veces en pequeños huecos al borde de la calle, casi debajo de la calle, parecen zapateros ignorados y constantes en el repiqueteo del martillo sobre la suela, los clavos, la madera, el hierro, son artistas a los que nunca preguntarán, ¿por qué me preguntan a mí?, hay como una fascinación por las palabras, ¿y usted cómo escoge las palabras?, ¿cómo las elige? , ¿prefiere usted más el sonido de las palabras o el fondo de la historia que escribe?, no lo sé, no puedo contestarle, escribo y escribo bajo los hayedos y en estos casos nada puede molestarme, de vez en cuando me distraigo porque un pájaro diminuto, rechoncho, indeciso, viene y va en su paseo junto al árbol, muy cerca de la ventanilla, viene y va y él no sabe que lo estoy metiendo en el relato, viene y va por la imaginación, necesita un nombre, le pondré un nombre, ¿qué voy a contar de esta vida de pájaro?, él me lo irá diciendo o yo se lo iré diciendo a él antes de que se asuste y se dé la vuelta y se ponga a volar, pero ¡ya vuela!, acaba de salir del relato y toma el sendero hacia el árbol y se posa en la rama”.

José Julio Perlado

(Imagen-Arthur Streeton– 1907)

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“Años después, cuantas veces se sentaría por las noches Hisae a contemplar la luna en la primera y pequeña casa que logró al fin adquirir cerca de la villa imperial de Katsura, no lejos de Kyoto – una casa muy modesta, conseguida gracias a sus ahorros por las clases, la casa que sería su primer hogar- , aún permanecía vivo el recuerdo de la cabaña del Fuji donde ella había vivido su personal transformación. Observaba en silencio la noche desde la terraza de aquella casa y repasaba un antiguo poema que era uno de sus favoritos, un poema del período Heian: “No debes recordar el pasado frente a la claridad de la luna – decía el poema -. Estropeará el color de tu rostro y quitará años a tu vida”. Y sin embargo Hisae se quedaba mirando a la luna con miraba imperturbable, como si ella fuera su gran atracción. En ciertas ocasiones se sentaba a contemplar la luna de la cosecha de otoño y en otras la luna de primavera, pero en cualquiera de aquellos momentos, fuera cual fuera la estación, preparaba horas antes con gran cuidado la pequeña plataforma de la veranda tal y como si fuera un escenario teatral en la larga galería de madera que ella también cuidaba al máximo. Sentada allí recordaba las palabras de Sei Shônagon tantas veces leídas en “El libro de la almohada” : ” cuando yo contemplo el claro de luna pienso en aquellos que están lejos, y no existe otro momento en el que me acuerde tanto y tan bien de las cosas del pasado: de las cosas tristes, de las alegres y de aquellas que encuentro agradables”. La luna se acercaba poco a poco hasta la veranda e iba penetrando en el espacio interior y exterior de la terraza, la luna traspasaba también lo exterior y lo interior de Hisae, y a través de su resplandor iluminado tocaba cada una de las habitaciones, penetraba por las persianas de caña hasta la cocina y llegaba hasta el fondo del baño rozando las cortezas de naranja que aromaban el agua”.

José Julio Perlado – (del libro “Una dama japonesa”)- (relato inédito)

 

 

(Imágenes – 1-  Hasui Kawase/ 2- Shiro Kasamatsu-1934)

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“El vuelo de las gaviotas no conoce esta ciudad desierta, despojada de ruidos, donde los ascensores duermen paralizados, los edificios han sido vaciados, se han apagado móviles y ordenadores, una brecha de soledad señala dónde estuvo una vez el tráfico, aquella orquestación desafinada de motores y prisas, aquel ir y venir de la polución, avenidas de gases, conversaciones, discusiones, preocupaciones, el vuelo de las gaviotas pasa ahora suavemente sobre las rocas y deja embobados a los que han llegado hasta aquí, al borde de los arrecifes coralinos, donde crustáceos y peces del mar tienen su tiempo de silencio, silencio distinto al de las ciudades vacías, la cáscara de los edificios ha ido volcando en el aire timbrazos, irritaciones y gestos, aquella aceleración por los pasillos, parpadeo de pantallas, gestiones, aglomeraciones, infartos de empresas, el vuelo de las gaviotas pasa una y otra vez por los dibujos de colores de los peces mariposa, por las manchas anaranjadas de los corales, el vuelo de las gaviotas no conocerá nunca la dureza de estas aceras solitarias, el desierto de las plazas en las capitales, los jóvenes árboles solteros, los viejos árboles viudos. Hay un silencio por todos estos despachos donde se crisparon conversaciones y se cruzaron órdenes, donde creció la espiga de la envidia y la ambición. El vuelo de las gaviotas pasa ahora lentamente sobre el cangrejo rosáceo  y sobre la aleta transparente del pez azul”.

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes.- 1.-Peter  Jones/ 2.-Walter Leistikow)

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