VOLANDO CON GOYA SOBRE MADRID

 

 

“… Pasaron limpiadoras sin hacer caso ni a perros ni a caballos, y el pasillo del eco volvió a llamarme desde lo más hondo de sí mismo y yo avancé por el gran corredor, y fue el color y la luz lo que me atrajo, pasé ante el sereno Cristo de Velázquez, oí las ruecas en giro que hilanderas movían, apuntaron al cielo lanzas, y se nubló el mirar de los borrachos, yo iba solo, pasillo adelante, creía que el suelo era firme y sólido, cuando de pronto todo empezó a temblar, lo oye usted, ya no es únicamente la habitación de mi pensión, es la escalera del Museo del Prado, son las estancias, las  galerías, los ascensores, soy yo, precipitado de escalón en escalón, es el Sordo de nuevo, el genial Sordo aragonés escondido en un viento negro de pinturas el que me levanta de modo impetuoso y abrupto y soy arrastrado y elevado en el aire, miré  a Goya y vi que yo y el Prado éramos uno volando, se habían desenterrado los cimientos del Museo, las cornisas, las ventanas, los pórticos, los vestíbulos, las piezas de las claraboyas y las cúpulas se habían recogido en sí mismas y sin desintegrarse, ni perder un cristal ni una piedra, y formando un todo conmigo mismo, comenzaron y comenzamos a girar sobre el Paseo del Prado y un vendaval fuerte e interno nos desplazó primero hacia el Jardín Botánico, y luego retrocedimos a los Jerónimos, y desde lo alto vi el techo de las naves de la iglesia, y luego nos empujaron hacia la Bolsa en su remolino, y eran entonces las ocho de la tarde y muchos madrileños y turistas nos señalaban perplejos desde abajo, desde las aceras, vio usted alguna vez al Prado volando, yo jamás lo había visto, yo iba rozando árboles, Goya

 

me echó encima un manto gris y de un verde oscuro, o mejor, abrazó todo el Museo en levitación con una capa de tinieblas enormes, pliegues de tempestad y de velocidad, y tomamos impulso, y era milagroso ver los cuadros de todas las salas colgados y sin dañarse, viajando, y Goya levantó el brazo como hace en Asmodea o el Destino, y el destino nos llevó encima de Madrid, y no fue el diablo cojuelo que yo había leído en la Biblioteca Nacional, no, no fue aquel diablo de Vélez de Guevara el que nos empujaba, porque ni un techo, ni una casa, ni un tejado se abrió a nuestro paso, El Prado seguía volando lento sobre Madrid y lo hacía intacto y vacío de gentes y Goya y yo solos dentro del Museo sentimos que el espacio de todos los pinceles se reunía como un círculo mágico, y volúmenes y rostros de hombres y mujeres quedaban en las embobadas calles mirándonos volar, y algunos espantados, y otros boquiabiertos, y los más muy escépticos, y miramos la ciudad de Madrid en el espejo del tiempo, y desde el monumento alado estuve viendo las altas terrazas de la margen izquierda del Manzanares, y los fosos antiguos ya hoy tapados, y desde el norte, desde encinas y jaras, pasé y pasamos el Museo y yo sobre ocultos barrancos que ahora cubrían calles como la de Leganitos o la llamada de Segovia, y Madrid debajo de nosotros iba desperazándose hacia el Este, y el Museo cubrió con su sombra aquel estirarse de Madrid desde el lugar donde estuvo el antiguo Alcázar hacia los arrabales, y yo no tuve que asomarme a

 

ventana alguna porque el suelo del Prado era tan transparente que vi como a través de una pantalla aquellos arrabales de San Ginés y de San Martín, de Santo Domingo y de Santa Cruz, y nos miraban algunos en las esquinas admirados del modo en que viajábamos, pero el Museo y yo, es decir, el arte sobre Madrid, la realidad y la ficción exaltada y creadora, pasó por lo que había sido la Puerta de Guadalajara, y cruzó luego la Puerta del Sol, y contemplé yo entonces las torres mudéjares de San Pedro y de San Nicolás y el arco gótico de la torre de Luján, y a esa hora, serían ya las ocho y cuarto, aquella mole tan liviana del  Museo en la que yo viajaba dio una vuelta por la Plaza Mayor y desplazándose en giros circulares voló muy suave por encima de la Puerta de Toledo, y luego tornó a Embajadores, y después a Atocha, y luego a la glorieta de Bilbao, y a Colón, Cibeles y el Retiro, y miré a Goya que me seguía señalando un rumbo que yo no llegaba a comprender, y estuvo el Prado de pronto otra vez por las plazas de Tirso de Molina y de Santa Ana, y entró por Conde Duque, vi derribados muros y cercas, y entramos en el barrio de Salamanca, y la

 

 

sombra del Museo cubrió también y a la vez Cuatro Caminos, y ya adquirimos algo más de altura y Madrid se fue empequeñeciendo, y un polen blanco, un púrpura de mayo cayendo en motas, no me dejaba ver a lo lejos el vecino Alcalá de Henares, y Aranjuez al sur, y San Martín de Valdeiglesias tendido en el oeste, y al norte Somosierra, y fue de repente, y era aún de día porque era tarde limpia de primavera, cuando de pronto allí, en lo alto, yo me sentí absorbido, no, no sé ahora explicarlo, sentí de repente que me sorbían, y vi que mi cerebro se alargaba, quedó desnudo, y el dios del tiempo me apretó la cintura del cerebro con sus dos manos y abrió  la enorme boca el tremendo gigante Saturno y dilató los ojos, y allí, sobre Madrid y en el aire y sin poder yo chillar porque era devorado, me empezaron a engullir lentamente, y comencé a sangrar por todas partes, y yo ya no tenía mente, ni ojos, ni facciones, ni cuello, y Saturno me tragaba entre sus fauces, quién era yo, me pregunté sin contestarme, por qué me devoraban, ni me oí ni me ví, sólo noté muy rápido que un ramalazo despeinado, un brochazo de Goya en gris y en negro me arrancó con violencia del rojo de la sangre, y el genial Sordo fue bajando muy lentamente el Prado, y así bajamos, así lo hice yo, y el Museo descendió muy poco a poco, el tiempo bajaba junto al arte, y yo con los artistas, aquel silencio de galerías en que me había quedado comenzó a andar, otra vez se extendió, y anduve por las salas, estaba el Prado sólido de nuevo, sólido y solitario, intacto, las luces encendidas en cada corredor, las sedas tapizadas, los lienzos contemplando cómo yo iba avanzando, y volví a oír llaves al fondo, y limpiadoras, y anduve y anduve quizá horas o quizá segundos, no lo sé, ya la negrura de las pinturas del Sordo pareció apaciguarse, y se hicieron corro sombras rodeándose a sí mismas, escuché aún toses de viejas calaveras que murmuraban algo en aquel arre, bajo mis pies, y luego un perro asomó en un rincón, perrillo pintado por Francisco de Goya, afanado por no quedar hundido ni enterrado, angustiado, asomando sólo la cabeza, escarbando su esperanza para alcanzar una luz y un liso espacio de un vacío gris amarillento.”

 

José Julio Perlado

(del libro “Ciudad en el espejo”) ( texto inédito)

TODOS  LOS DERECHOS  RESERVADOS

 

 

(Imágenes—1-Goya- Asmodea- Museo del Prado/ 2- Goya- romería de San Isidro- El Prado/ 3-Goya- Duelo a garrotazos – El Prado/ 4- Goya- escena de toros – museum syindicate/ 5-Francisco De Goya- perro semihundido – Museo del Prado)

DENTRO DE “LAS MENINAS”

 

“Entro, piso despacio esta especie de moqueta, se dice Ricardo Almeida hablando a media voz, no hay que molestar al mastín, que el perro no se levante, unos días suelo pasar por la izquierda del perro, otros días entro por la derecha, aparto suavemente a Nicolasito Pertusato, Maribárbola retrocede un poco, voy con el Rey le digo, doña Isabel de Velasco me abre paso, nunca rozo a la infanta Margarita María, a sus cinco años levanta su pequeña cabeza de pelo lacio y me sonríe, atravieso ese fulgor de luz entre las faldas para entrar más al fondo, en la penumbra, y situarme poco a poco tras Velázquez, y es entonces, murmura Almeida en tono ronco y moviéndose inquieto en la silla, es entonces cuando nunca lo logro. Qué es lo que no logra, Ricardo, repite el psiquiatra. Saber qué hay en ese lienzo, contesta Almeida, saber qué es lo que está pintando Velázquez, eso que siempre nos esconde. La locura de Ricardo Almeida está en estos momentos en el fondo del taller, ha vuelto su mirada enajenada hacia el gran cuadro que el pintor sevillano está pintando y cuyo lienzo nunca nos deja ver. Y lo que descubro espantado, prosigue este hombre mirando directamente al médico, sabe usted qué es. No, no lo sé, le dice Valdés. Pues descubro que estoy de nuevo en el principio, descubro que Velázquez no está pintando ni a la reina ni al rey solamente, descubro que Velázquez tampoco está pintando a la infanta rodeada por sus damas y enanos. Entonces, vuelve a decirle el psiquiatra,  qué es lo que pinta Velázquez, y hay ahora una pausa y las pupilas de Almeida se contraen, Velázquez está pintando el cuadro de “Las Meninas” entero, dice Ricardo Almeida, está pintando la habitación, el espacio, las figuras, la realidad, la magia, la ilusión, las sombras y las luces, la perspectiva, la geometría y la intuición, Velázquez está pintándose a sí mismo allí, en el momento en que irrumpen los Reyes y los Monarcas se reflejan en el espejo del fondo, el gran lienzo enorme que Velázquez pinta sigue oculto pero ya no es un misterio, Velázquez está pintando en ese lienzo, agrega Almeida, el cuadro entero llamado “Las Meninas” y ese cuadro me espera otra vez y con voz muy baja, como siempre, me dice: “Almeida, nunca te escaparás de mí, nunca sabrás del todo qué pasa aquí si no vuelves a caminar por esta superficie, jamás sabrás la solución si no vienes a mí”, y yo de nuevo empiezo a caminar por él, echo a

 

andar otra vez por la moqueta, voy con el Rey, Felipe lV y doña Margarita van conmigo, Velázquez está otra vez al fondo y nos ve entrar, parece que interrumpe su trabajo pero no es así, está aguardándonos, espera con paleta y pincel en la mano a que avancemos, quiero ver qué está pintando de verdad Velázquez, esta vez no me engañas, pintor, vamos, enseña lo que pintas, avanzo por la izquierda, procuro no rozar el verdemar vestido de doña Agustina Sarmiento, a mi derecha queda el plata bruñido de doña  Isabel de Velasco, aún más a mi derecha el oscuro azul de Maribárbola salpicado de motas de anaranjado y ese ciruela del traje de Nicolasito Pertusato, para, poco a poco, mientras la infanta Margarita María sonríe a su padre y las figuras iluminadas de color y de luz abren paso a las sombras, muy despacio, me voy poniendo detrás de Velázquez y me asomo para ver qué pinta este pintor: el pintor está pintando “Las Meninas” como siempre, me pinta a mí, a los Reyes que entran continuamente, se pinta a sí mismo en actitud de pintar, la habitación gira como un túnel de espejos, no puedo salir de este taller, José Nieto, el aposentador del Palacio, tiene abierta una puerta por si quiero escapar, no puedo, es puerta pintada y no puerta real, todo es auténtico y todo es ilusión, todo espacio, volumen, perspectiva, profundidad, magia, realidad. “Almeida, ven a mi”, escucho otra vez desde el fondo la voz del cuadro que me habla en penumbra-, “ven a mí y verás lo que pinta Velázquez, sabrás por qué lo oculta a todos, ven a mí, camina, acércate”, y yo sé, doctor, que eso es una trampa y que es mentira, pero de nuevo echo a andar por esa superficie y piso la moqueta y mi sudor frío avanza una vez más por esa habitación y yo sé, mientras avanzo con ese sudor mío, que ya nunca podré salir de ese taller, nunca, me volveré loco.”

José Julio Perlado

( del libro “Ciudad en el espejo” ) ( texto inédito)

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(Imágenes—1,2y 3: las Meninas)

CEGADO POR LAS ESTRELLAS

 

 

“Y aquí ven ustedes esta fotografía sorprendente, de la cual habrán oído hablar muchas veces porque es muy conocida. Es el hombre cegado por las estrellas. Se trata de la cabeza del astrónomo inglés Sir Joseph Herschel tomada por la célebre fotógrafa Julia Margaret Cameron. Si se acercan un poco y se colocan en el centro verán que parece que Herstchel nos estuviera mirando a todos pero quien nos mira no es él sino la estrella Regulus, la más brillante de la constelación de Leo, que está dentro de una de las pupilas de Herschel, concretamente en el interior de su pupila derecha aunque no la percibamos. Regulus es una de las cuatro estrellas reales mesopotámicas, junto a Aldebarán, Antares y Fomalhaut. Visualmente es de color azul y, como digo, se encuentra dentro de esa pupila derecha de Herschel. Como saben, cuando un ojo recibe la fulguración de una estrella, es decir, cuando el ojo y la pupila de un astrónomo se apoyan en la lente del telescopio, la pupila se dilata poco a poco y de algún modo se dispara y sale en busca del objeto que desea, en este caso la estrella Regulus. La noche, pues, del 20 de febrero de 1834, hacia las once y en Ciudad del Cabo, estando el ojo de Herschel apoyado en su telescopio para vislumbrar más luminarias en el cielo, su pupila se disparó de repente recorriendo en menos de un segundo los 79 años luz que la separaban de la Tierra y, tocando de inmediato las playas de Regulus, que son playas brillantes y llenas de lentes perdidas de otros telescopios, se encontró dando vueltas y vueltas vertiginosamente en una rotación superior a la del Sol, es decir, pupila y estrella giraron alocadamente, no se sabe bien de qué modo, si la estrella era la que arrastraba a la pupila del astrónomo o era al revés. Sir Joseph Kerschel nunca lo reveló. Lo que sí reveló fue su viaje por todas las playas azules de la estrella y cómo,  pupila y estrella, las dos juntas y a toda velocidad, visitaron los bordes del corazón de Regulus  y la estrella le fue señalando a la pupila la idea de la noche, la idea de la multiplicidad y del orden.”

 

José Julio Perlado

( del libro “La mirada”) ( texto inédito)

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(Imágenes—:  Julia Margaret Cameron—Sir Joseph Herschel)

HISAE Y LAS CUATRO ESTACIONES

“… Y en una de aquellas tardes, de repente, en  determinado momento, el pintor Sesshû Tôyô se levantó y quiso que Hisae  le acompañara hasta el fondo del taller, es decir, hasta el fondo de la naturaleza. Avanzaron los dos entre arbustos y riachuelos, sortearon recovecos y senderos, y al fin llegaron a lo que parecía ser el extremo del taller. Extendido sobre una amplia pared y colocado a media altura, aparecía un largo paisaje de unos quince metros de largo representando las estaciones del año. Allí estaban, ondulados y vivos sobre un largo soporte horizontal, los dibujos de la primavera, el verano, el otoño y el invierno, y con ellos las casas, las rocas, diminutas figuras, espacios y  vacíos. No había colores, todo era en blanco y negro. “Es un simple esbozo de un trabajo mío que he empezado y que un día deseo terminar  — quiso explicar sencillamente el pintor Sesshû al llegar allí —,  pero para eso quizá falten aún muchos años. Querría llamarlo “El paisaje de las cuatro estaciones.” Hisae se quedó absorta contemplando el primero de aquellos dibujos, el dibujo de la primavera, con sus casas, sus nubes y sus pequeños habitantes, pero de repente aquella primavera empezó a moverse en rápidas ondulaciones, dio paso enseguida al dibujo del verano, y éste se precipitó a mostrar el  dibujo del otoño y éste el del  invierno. Fue todo muy rápido. Las cuatro estaciones, a la vez que las contemplaba Hisae, adquirían un constante movimiento. “Es el movimiento del año — quiso explicar  simplemente el monje pintor —. Son los cambios. Es el fluir de las cosas”. La pintura del invierno se encadenaba enseguida con el dibujo de la primavera, ésta con la del verano, luego con la del otoño y otra vez el invierno se encadenaba con la primavera. Hisae seguía asombrada aquellos movimientos continuos de las estaciones y a la vez permanecía sin moverse, completamente quieta, la pintura del mundo era la que se estaba moviendo y ella aguardaba inmóvil, recordando lo que le había sucedido muchos años antes, hacia 1215, al descubrir por primera vez  que ella vivía sobre el tiempo y que el tiempo no vivía sobre ella. Sobre todo le interesaba el movimiento del otoño. Cada vez que aquel paisaje de las cuatro estaciones giraba y  pasaba con rapidez delante de Hisae, ella procuraba fijarse en los rasgos del otoño, en aquellas vigorosas pinceladas marcando las rocas, las montañas y los árboles, toques un poco bruscos de tinta, efectos de profundidad muy calculados, desde las rocas negras en un extremo hasta los caminos sinuosos escapando en zig-zag hacia el infinito. Recordaba las excelencias del otoño evocadas  en la Historia de Genji con la imagen de las hojas cayendo de modo silencioso, las lluvias refrescando a las últimas flores, las nieblas  perfectamente agrupadas, pero sobre todo  el tono de la tristeza.”

José Julio Perlado

(del libro “Una dama japonesa”) (relato inédito”)

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(Imágenes —1- Yayoi Kusama-1991– museo de Tokio/ 2-Kaichi Kobayashi

LOS NOMBRES DE LOS PERSONAJES

 


“Hay muchos sistemas para ayudarse en la creación. Por ejemplo,  los pequeños cuadernos abiertos con nombres preparados , dedicadas  esas  listas  a consignar nombres y apellidos originales,  saber mezclarlos, archivarlos,  tenerlos así dispuestos para el momento de escribir una novela o un cuento. Simenon mantenía al alcance de su mano numerosas listas de teléfonos que abarcaban casi todos los países y de ellas extraía con precisión los nombres de sus personajes. Hoy con Internet no los necesitaría. Pero es importante hacerse con ese archivo personal de nombres, y sobre todo adecuar bien los nombres con los apellidos, situarlos en un lugar concreto y que correspondan de modo lógico a un país determinado, a un ambiente y a un oficio. Puede compararse esa labor de preparación de materiales  a la que pueda realizar un pintor disponiendo antes de su  trabajo los botes y las mezclas, o los instrumentos , por ejemplo, que vaya a emplear luego un escultor. Esos instrumentos de los que uno se sirve en la creación literaria no se limitan por tanto a plumas, lápices, ordenadores o impresoras sino también a apellidos y nombres dispuestos  en listas propias, que uno mismo ha confeccionado. Quizá igualmente podremos tener necesidad de crear personajes que aparezcan en cuentos o novelas y que provengan de otras latitudes y así tendremos a mano, por ejemplo, a  Karadjos, que es  nombre yugoslavo, a Miroslav y Karel como nombres checos, a Tadeusz como polaco, a Elof y  a Agda como suecos, etc, etc. No digamos nada de los más sencillos en los países más conocidos, pero siempre será útil tenerlos anotados – incluso añadiendo ya los apellidos que elijamos – para no perder ningún tiempo valioso mientras escribimos.
Ha habido sobre esto  diversos autores que han confesado anotar nombres provenientes de tumbas de los cementerios, pero  ya de por sí algunas esquelas en los periódicos – principalmente observando la lista, a veces larga, de los familiares – pueden  quizá ayudarnos para elaborar nuestro propio elenco de personajes.

 

Se ha escrito mucho sobre los nombres de los personajes y no hay más que recordar lo que dice David Lodge en “El arte de la ficción”: “ en la novela, los nombres nunca son neutros ( …) Nuestros nombres de pila nos son dados generalmente con alguna intención semántica: tienen para nuestros padres algún significado agradable o esperanzador. Los apellidos, en cambio, son generalmente considerados arbitrarios, No esperamos, por ejemplo, que el señor Pastor vigile rebaños ni le asociamos mentalmente con esa ocupación.”
Y sin embargo Balzac cuidaba enormemente esos nombres y apellidos. Se proponía que en muchos de ellos se reflejaran contrastes y  que hubiera correspondencia con la personalidad que los llevaba.. La señora Sauvage, por ejemplo, aparece realmente en una de las novelas como salvaje y cruel, el bondadoso Pons será llamado por su amigo alemán Bons, y este amigo, feísimo, se muestra en cambio con un apellido que en alemán significa “guapo”, “elegante”, otro personaje – Tonsard – (del latín “pondere”, desmochar árboles) será un experto podador, etc, etc.””

José Julio Perlado —“El proceso creador”

 

(Imágenes:— 1-  Robert Doisneau – París 1940/2– Heinz  Hajec Halke / 3- Fox fotos- Londres  1930)

EL TRAPERO

 

 

“Lo más interesante que tienen ustedes en esta sala es esta mirada de un trapero, un trapero desconocido como todos los traperos, un trapero de la Barcelona de los años sesenta, una mirada hambrienta, un rostro curtido, una mirada de cazador de escombros y de retales, una mirada de pescador, ha salido sin barca y sin escopeta, sólo con las pupilas acechando el cielo de la calle, el mar de la calle, es una mirada cansina pero decidida, atento a todas las ventanas por si le llama alguien, atento a los zapatos desparejados, a las camisetas deshilachadas, atento a los retales desvaídos, a los abrigos apolillados, a juguetes con las tripas reventadas, a cajas de cartón repletas de relojes sin hora,  a dentaduras postizas, postales rotas, sacapuntas que no funcionan, el broche desgastado, una esquela de hace años, periódicos amarillos atados con cuerdas, todo lo atisban sus pupilas, sus pupilas son imanes que todo lo atrapan, calculan, son calculadoras en el aire,  apenas parpadean, los restos de los naufragios de las casas son recibidos en la gruta  de sus  pupilas penetrantes que ven  bajar del cielo de la calle el tesoro de lo inservible, inmediatamente lo transforman, lo hacen servible, todo se reutiliza, se recompone, se vende, todo vale, a un artista este trapero  de las pupilas agudas le venderá unas chapas para hacer esculturas, a una decoradora los restos de una alfombra, a un investigador papel antiguo.

Lo más interesante de esta sala  que ustedes ven es, pues, esta mirada . Una mirada hambrienta de objetos desechables. Esta mirada ha salido esta mañana  muy temprano a pasear por  la playa de los desperdicios y  ahora se lleva en su saco una  gran fortuna.”

José Julio Perlado

(del libro ‘La mirada”) ( texto inédito)

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(Imagen — Eugeni Forcano —trapero- Barcelona – 1960. – donación de Publio López Mondéjar – año 2012)

EL VIAJE DE NOVIOS DE HISAE IZUMI

 

 

“ Desde lejos vio reflejada la figura de Kiromi  Kastase, su antiguo amor, que estaba andando ahora sobre los jardines como si no hubiera muerto hacía años en la batalla de Dan- Nō- ura, en el estrecho que une a las islas de Kyūshū y de Honshü. Vestía en ese momento Kiromi Kastase el eterno kimono blanco de los hacedores de espadas y  Hisae, nada más verlo en la lejanía, corrió enseguida  hacia él y se puso inmediatamente a su lado, y juntos emprendieron los dos una especie de extraño viaje de novios como nunca hubieran podido imaginar. Visitaron en primer lugar la Cascada junto a la puerta del dragón, de la que habían oído hablar mucho pero que no conocían y que estaba al pie de la montaña, no lejos de allí, en el norte del “Pabellón”. Aquella cascada era una larga lengua de agua derramándose sobre una roca que tenía forma de pez y que parecía dispuesta a ascender cascada arriba ya que le habían prometido que allí se transformaría en dragón. Pero naturalmente la roca no se movía. Todo el tiempo que estuvieron Kiromi y Hisae, los dos kimonos juntos, contemplando la cascada, fue un tiempo superior a las dos horas pero a ellos les pareció segundos. La cascada seguía derramándose verde y azul entre el musgo y la espuma  y frente a ella la roca puntiaguda seguía mirando fijamente a la cascada, como si la fuera a asaltar.  Poco tiempo después, quizá al cabo de una hora o de  un día, Hisae no lo supo  bien, ella le pidió  a Kiromi que le gustaría aprovechar ese viaje para visitar al gran pintor Sesshû Tôyô, que tenía su taller en Ôita, en la isla de Kyūshū, en el mar interior. Allí fueron los dos, y cuando llegaron al atardecer hasta Ôita encontraron a Sesshû  envuelto en su túnica de monje y  pintando  al aire libre. Su taller era todo un enorme conjunto de rocas y  de árboles que el tiempo iba marcando con trazos vigorosos, desde un negro profundo en un primer plano a ciertas lejanas montañas bañadas en agua y disimuladas en la niebla. Su taller era simplemente la naturaleza. De vez en cuando Sesshû estiraba la mano, tomaba la fina rama oscura de un árbol transformándola en pincel y comenzaba a trabajar. Los dos kimonos, el  rojo de Hisae y el blanco de Kiromi, se sentaban muchas tardes junto al pintor y contemplaban las transformaciones. Una de aquellas tardes aparecieron en el horizonte, al fondo, unas montañas envueltas en bruma, algo más cerca unos acantilados y unos arbustos, más cerca aún un techo triangular sobre una casa aislada y ya mucho más cerca, casi al lado del pintor y rozando los kimonos de Hisae y de Kiromi que lo observaban asombrados, una superficie  plana con agua, y sobre el agua, a la derecha, dos personas en un bote de remos. Aquello era un prodigio de profundidad y de perspectiva. Entonces Sesshû Tôyô nada más verlo, se levantó del suelo y tomando  despacio y  con ambas manos y bastante esfuerzo los bordes de aquel paisaje horizontal lo fue levantando poco a poco de la tierra hasta colocarlo completamente vertical. Sesshû no había cumplido aún los cincuenta años y mostraba una gran fuerza en los brazos unida a una enorme delicadeza. Colocó muy erguido aquel pergamino colgante de tinta salpicada o tinta derramada, como él lo llamaba, lo apoyó con cuidado en una de las paredes del taller que era simplemente apoyarlo en la naturaleza, y lo bautizó como proyecto — y así se lo confió a Hisae  — para una pintura futura que él denominaría “Haboku- sansui” y que no pensaba terminar hasta muchos años después, cuando se viera más maduro como artista. “

José Julio Perlado

(del libro “Una dama japonesa” ( relato inédito)

 

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(Imágenes—1-Surinomo  Shibata Zedkiin/ 3-Suzuki Harunobu-1767)

TRES ANOTACIONES AL PASO


1—Sobre la oscuridad al trabajar:

“En una  larga entrevista  de hace años  de Javier Marías en la Fundación Mafre hablando de su biblioteca,  el escritor español decía en determinado momento: “Estoy escribiendo una novela en estos momentos y no sé lo que estoy haciendo”.
Tenía toda la razón. Se escribe muchas veces sin saber qué se hace ni adónde llevará ni cómo se estructurará ni resultará lo que uno está haciendo.”

 

 

2—Sobre  el relato breve:

“ En el excepcional libro de  E C. Riley, “Introducción al Quijote” y en  una de sus notas viene esta interesante cita de Graham Greene tomada de  “Vías de escape”: “El relato breve es frecuente  para el novelista  otra forma de escape, de evitar tener que convivir durante años con un personaje, recogiendo sus celos, su manera de actuar, sus pensamientos deshonestos, sus traiciones”.

 

 

3–Los pintores y la escritura:

“Lento escribir. Avanzo cada día cuatro o cinco líneas. Cada vez me acuerdo más de los pintores y de su trabajo. Cada vez que ellos pasan y repasan su mezcla de colores muy despacio con el pincel para ir consiguiendo el matiz de una sombra o perfilar o suavizar un tono, comprendo su paciencia reiterada que no decae hasta que poco a poco se va consiguiendo lo que quieren.  Vuelven y vuelven otra vez para conseguir el matiz o el claroscuro. O el efecto de luz. Así la escritura. Al menos así me ocurre en los relatos. Hay que releer mil veces todo lo anterior, suavizar las fisuras, ir mezclando la historia que se cuenta con la invención propia, con la prosa que luego discurrirá y se elevará – eso espero – con sencillez. Por eso uno no avanza a veces en toda la mañana más que cuatro o cinco líneas.”

José Julio Perlado

 


(Imágenes—1-Tod papageorge/ 2-Geraldine Sy/ 3–Daumier—1886–metropolitan museum de arte de  Nueva York/ 4- foto David Dubnitskiy)

HISAE EN EL TEATRO

 

 

“Hisae Izumi descubrió de repente la magia del teatro y aquello la marcó  para siempre. En el fondo Hisae de algún modo había participado en representaciones teatrales a lo largo de su vida, cuando en la pequeña ciudad de Ayabe donde había nacido, mostraba y escondía a la vez a los espectadores tras una cortina  los recorridos por las estrellas que hacía el emperador Temmu. También cuando durante años intentó explicar los misterios de la vida a los niños y los niños la atendían y aplaudían. Pero  todo eso no era aún la esencia del teatro. Ahora, además de tocar esa esencia, se encontraría con algo inesperado que era el nacimiento de un nuevo amor. “Jamás pude imaginar — confesaría más adelante—  que aquel primer día en el teatro Nakamura-a, en el barrio de Nakabashi , en Kyoto,  iba a encontrarme con el amor.” Desde los tiempos del hacedor de espadas, de aquel  Kiromi Kastase que aún guardaba en su memoria, no había vuelto a enamorarse. “ Del amor — solía afirmar Hisae  muy convencida —me ha parecido siempre  que no es necesario hablar  porque no puede explicarse”. Pero recordaría siempre aquel  primer día en el gran teatro Nakamura, sentada  en una de las primeras filas de las innumerables sillas doradas y rojizas, en el momento en que la gran ceja apareció de repente en el escenario repleto de gentes. ¿Pero cómo pudiste enamorarte —  le decía una amiga suya, divertida— de una ceja? “. “ Pero no— se defendía Hisae —, no era exactamente una ceja, era todo lo que la ceja llevaba detrás”. Fue sin embargo aquella ceja curvada y afilada  la que empezó a moverse  por el techo del escenario, la ceja alargada y negra del actor Otani Sojuro con la que empezó todo.  En aquellos  momentos, la gran ceja de Sojuro estaba cruzando el escenario muy despacio, avanzaba desde la altura, avanzaba sobre su potente figura, y subía y bajaba por encima de los  párpados. Tenía Sojuro unos ojos muy pequeños, casi diminutos, que se parecían a huesos de aceitunas, unos ojos muy movibles e inquietos, muy negros, girándose continuamente en el interior de las pupilas, y sus largas manos blancas asomaban por los huecos de un suntuoso kimono  de un rojo anaranjado con el que se envolvía mientras daba pasos de gigante. “Siempre me pareció — decía Hisae—que aquel rostro era falso, que estaba cubierto de innumerables capas, que en el fondo era un rostro que parecía feroz y que estaba intentando acercarse a todos y sobre todo acercarse a mí. Yo estaba sentada  en la segunda fila de sillas y  cuando la enorme ceja de Sojuro se curvó de pronto en el aire como si fuera una daga y se estiró  por encima de todas las cabezas, me sobresalté y me eché para atrás. Pero la ceja de Sojuro se alargó  aún más, parecía perseguirme y yo me encogí como pude y me cubrí la cara con las manos”.  Sojuro era un célebre actor de teatro, una especie de gigante, con una enorme lámpara que en aquellos momentos llevaba sujeta a su mano izquierda manteniendo los pequeños ojos muy vivos, tal y como si viajaran dentro de las cuencas. Parecía que estuviera buscando algo, aunque no podía afirmarse que buscara en concreto a una persona y ni siquiera que buscara a Hisae. Pero Hisae no lo entendió así. Refugiada en su silla y muy impresionada por cuanto veía seguía los pasos de Sojuro cuya ceja continuaba recorriendo lentamente arriba y abajo el escenario, transmitiendo desasosiego e inquietud.”

José Julio Perlado

(del libro “Una dama japonesa”) ( texto inédito)

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(Imágenes— 1- Yakoi kusama- Museo Reina Sofía/ 2-foto de Kokon sobre una exposición de Pierre Gonnord)

ROMA CHE LA PIU BELLA

 

 

“Recuerda ahora aquellas efigies tumbadas: emperadores, pontífices. Sueños horizontalmente dormidos en San Pedro, en Santa María la Mayor, en iglesitas diminutas o en basílicas amplias. De nuevo rostros y gentes que había visto en Roma  a lo largo de siglos y en donde el tiempo ha ido recogiendo pliegues de togas en cada dinastía hasta dejar esas cortas chaquetas de azul vivo y botones de nácar que cruzan en automóviles la esquina de via Condotti o de via Frattina. El tiempo no había logrado suprimir  el boquiabierto asombro de las máscaras trágicas y cómicas, asomadas a los mosaicos de las villas y reproducidas ahora en discusiones callejeras por Monte Sacro o por Pietralata. El tiempo lo había bañado y lavado todo: sirenas y faunos, caballos, una hoja seca de laurel, tritones y gruesas matronas, hierbas contra los puentes y columnas derribadas a punto de transformarse en cal…

Ahora, cerca del Pantheón, sonó una guitarra y un acento  fuerte y dulce cantó en dialecto romano:

”Roma che la piu bella

Roma che la piu bella

sei der monno…

io canto sto stornello

io canto sto stornello

e te co manno…”

José Julio Perlado —( “El viento que atraviesa”)

 

 

(Imágenes—1- Piazza del Popolo- segwayfuncome/ 2-Constante Moyaux- Roma vista desde la villa Medicis- 1863)

BELLEZA ESCRIBIENDO UNA CARTA

 


“Una tarde,  hacia 1415, Hisae Izumi se sabe bien que se dibujó ella a sí misma escribiendo una carta y que lo hizo recostándose en el aire de aquella habitación junto al lago vestida con un kimono azul de flores blancas. Las flores salpicaban las mangas y la amplitud de su kimono y aquella tarde los ojos curvados de Hisae parecieron estar especialmente atentos al pincel y al papel. Quizá estaba contestando en esos momentos a lo que le escribían desde otros siglos. Pero también cabe suponer que ella estuviera escribiendo o dibujando algo para el futuro, para alguien del futuro, sin duda para una persona, naturalmente, a la que ella no conocía pero que efectivamente sí recibió su carta , es decir, recibió aquel dibujo, porque este dibujo atravesó los siglos y hoy puede verse en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Cuando uno pasea por las salas de ese Museo se encuentra de pronto con un cuadro del siglo XVIII, “Belleza escribiendo una carta”, del pintor japonés Kaigetsulo Doshin, y esa mujer del kimono azul con flores blancas, recostada en el aire y con los ojos curvados muy atentos a lo que pone en el papel, no es otra que Hisae Izumi en su habitación de la casa del lago pero tres siglos antes, cuando ella realizó el dibujo. El pintor Doshin no hizo más que copiarlo de su interior, lo llevaba dentro, en las cámaras de su imaginación, y recreó una imagen que creyó era suya. El dibujo, por tanto, no es de él, aunque esté firmado por él, sino que su autora es Hisae Izumi, que en el siglo XV nunca soñó que un autorretrato suyo, cuidadosamente elaborado en aquel papel verde que ella usaba, pudiera tranquilamente volar en el tiempo y que apareciera en la mente o en el lienzo de un pintor del siglo XVIII. Si uno se acerca atentamente a este cuadro sorprende enseguida que Hisae lo titulara “Belleza escribiendo una carta” y no simplemente “Mujer escribiendo una carta”, como así lo hicieran, por ejemplo, los pintores holandeses Vermeer o Gerard Ter Borch. Se desvela así el concepto íntimo que de sí misma tenía Hisae para superar el tiempo, la seguridad de que por ella el tiempo no pasaba y de que su figura permanecía siempre en una estática juventud. Al margen de todo ello existe una diferencia capital en todos esos cuadros: en el cuadro de Ter Borch, que hoy puede verse en La Haya, la mujer escribiendo una carta aparece sentada ante una mesa y está muy concentrada en lo que hace; por su parte, la mujer que escribe una carta en el lienzo de Vermeer (hoy en la National Gallery de Washington), escribe a su vez sentada también a la mesa pero mira hacia afuera, quizá distraída por alguien que le mira, acaso distraída por algo o por alguien que parece estar en la habitación. Ninguna de estas dos mujeres tienen nada que ver con Hisae. Hisae se presenta recostada en el aire, como alada y a la vez enigmática: la intensidad de su mirada cae sobre el papel. Vestida con aquel kimono azul de flores blancas, esa mirada suya siempre misteriosa parece que supiera ya que esa carta está destinada a atravesar el tiempo.”

José Julio Perlado

( del libro “Una dama japonesa”) ( relato inédito)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

(Imágenes—1- Kitagawa Utamaro/ 2- Shibata Zeshin)

LA VIDA CONTINÚA, EL TRABAJO CONTINÚA

 

 

El 25 de agosto de 2007, hace ahora casi trece años, comencé MI SIGLO. Bienvenidos — decía en aquel momento — a quienes me lean. Hoy MI SIGLO recibe 1.660.OOO visitas y en él he escrito casi 3.OOO textos: entradas sobre  la vida y  la ficción, sobre la creación y la realidad. Como he señalado en mis Memorias recientemente publicadas aquí, este blog para mí no es un mero entretenimiento. Me  permite llevar a la práctica una cosa en la que creo firmemente como es la divulgación de las artes, de la literatura y del pensamiento.  Dejar hablar a los demás es muchas veces más aleccionador que hablar uno mismo. Naturalmente en muchas ocasiones he hablado y seguiré hablando de mí mismo, aportando relatos,  reflexiones o extractos de mis novelas. Es la combinación entre creación personal y comentario. Hace dos días interrumpí aquí la primera parte de mis Memorias tituladas “Los cuadernos Miquelrius”. Dichas Memorias proseguirán más adelante. Mientras tanto, irá saliendo a la luz poco a poco un libro sobre Japón y otro sobre la mirada. La vida continúa  y, mientras tenga salud MI SIGLO proseguirá su trabajo

José Julio Perlado

(Imagen —bibliotheque tumblr)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS ( y 48): LA GRAN VÍA Y FINAL

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Hoy concluyen estas Memorias que han ido apareciendo desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

MEMORIAS  ( y 48)  :  La Gran Vía y final

 

 

 

Sí, así había sido. Así había ocurrido. La periodista no había venido nunca. La periodista no existía. Cuando, ya pasadas las seis y media o quizá las siete de la tarde, salí del Museo de Historia de Madrid  y comencé a caminar de nuevo por la acera izquierda de la calle de Fuencarral en dirección a la aún lejana Gran Vía aunque sin ningún propósito concreto sino tan solo deambular a aquellas horas en un verano recién inaugurado, las luces de los escaparates, sobre todo las luces de las esquinas de las calles de Beneficencia y de Farmacia, aparecían envueltas en un suave vaho, una neblina casi transparente que envolvía el paso apresurado de los transeúntes. Aquel tramo concreto de la calle de Fuencarral se encontraba a esa hora invadido de gentes que iban y venían apresuradas, cruzándose a su vez con muy escasos vehículos, para pronto aquel tramo hacerse peatonal, las aceras dieron paso a una amplia calzada salpicada de pequeños árboles aislados y el camino en fin se hizo más atractivo y cómodo. Por el centro de aquella amplia calzada y mezclado con una multitud heterogénea anduve varios minutos observado por las pintadas gigantes, a veces grotescas, que me miraban desde los ángulos de los muros, por numerosos comercios de fachadas multicolor reclamando la atención de los consumidores más jóvenes, por músicos solitarios apostados en las esquinas y en general rodeado de un ambiente amable y festivo como especialmente en los últimos años solía ofrecer aquella calle tan volcada a la modernidad en ciertas horas determinadas. Recuerdo sobre todo haberme detenido unos momentos con especial curiosidad en la esquina con la calle de Hernán Cortés para escuchar el ritmo acompasado de un joven trompetista que, de pie y apartado unos pasos de su pequeña orquesta de aficionados sentados en taburetes y entregados fervorosamente a sus instrumentos, lanzaba su sonido ante un corrillo de gente absorta y entusiasta y lo hacía con toda la fuerza de sus pulmones, girando una y otra vez el cuerpo con la trompeta elevada en el aire, impulsándolo todo con leves movimientos de brazos y piernas. Unos portales más adelante, en la esquina de Fuencarral con la calle Augusto Figueroa, me sorprendió también, como siempre me ocurría cuando pasaba por allí, la ermita Humilladero de la Virgen de la Soledad, una pequeña construcción en ladrillo con una gran puerta en forma de arco de medio punto que generalmente estaba casi siempre cerrada pero que aquella tarde permanecía abierta e iluminada. Me vinieron a la memoria mis lecturas de tiempos pasados sobre las calles de Madrid de Pedro de Répide y cómo hablaba él de aquella ermita fundada en 1712 por el marqués de Navahermosa, para añadir que parecía un santuario campesino en cuyo torno se hubiese alzado la ciudad. Tal afirmación era una completa verdad. Aquel arco de medio punto con barrotes de hierro había sido, al parecer, la puerta de las caballerizas del marqués de la Torrecilla y una vez más me quedé asombrado al contemplar en el atardecer la modesta construcción que había sobrevivido durante tantos siglos en medio del tráfago de la capital. Allí aparecían, en la pequeñísima capilla de forma rectangular presidida por un modesto altar con un retablo formado por dos columnas jónicas , el lienzo de la Virgen de la Soledad custodiado por un marco dorado y también un Cristo de madera policromada de tamaño natural ante el cual permanecían en ese momento, en pie y rezando, tres o cuatro personas, las únicas que podían caber en el estrecho recinto. La tradición decía que aquella Virgen siempre había estado alumbrada por un farolillo, pero ahora, entre las primeras luces de los comercios que provenían de la calle atrayendo una especial luminosidad y las cinco velas encendidas junto al altar, aquel recinto presentaba un aspecto insólito y sorprendente. Volví a pensar en el tema del tiempo, como tantas veces me ocurría, pero más que en el paso del tiempo, en la incrustación de un tiempo sobre otro, es decir, en la incrustación de aquella ermita del siglo XVlll dentro del siglo XXl y en su permanencia, por encima de tantos avatares, en el centro de Madrid. Me ocurría en cierto modo lo que me había pasado pocas horas antes, al principio de mi paseo de aquella tarde, al evocar los célebres pozos de la nieve a la altura de la glorieta de Bilbao y cuantas reflexiones me habían suscitado. Pero esta vez el tema era distinto, y en cierto modo más singular, ya que la ermita del Humilladero había quedado como trozo vivo de una época pasada, una especie de reliquia que nadie se había atrevido a suprimir desde hacía siglos. El tiempo, me fui diciendo conforme volvía a caminar por Fuencarral, me empujaba a la vez a avanzar por aquella calle con una ligera emoción que siempre me acompañaba, con un cierto afecto, puesto que aquella calle siempre me transmitía un eco especial, ya que unos portales más adelante, exactamente en el número 5, había nacido yo un mes de febrero de 1936 a las 6 de la tarde de un domingo, en medio de las explosiones de la guerra. Todo lo que me habían contado mis padres y mis abuelos, los periódicos y libros que yo había leído años después sobre aquellos momentos, las fotografías que había podido repasar en colecciones y bibliotecas, me llevaban, desde el balcón del número 5 de Fuencarral, hasta los sacos de arena amontonados para intentar proteger los edificios de los obuses y hasta los andenes nocturnos repletos de gente aterida de frío en los fondos del metro Gran Vía, aguardando bajo tierra, entre carteles de deshilachada propaganda y sacos de dormir, a que los ataques cesaran. Más o menos un año o casi un año y medio después de ese febrero, es decir, en abril o mayo de 1937, al otro lado de los cuatro tabiques de mi pequeña habitación infantil (así me lo contarían muchos años después), podía oírse perfectamente el eco de los proyectiles que disparaban sobre el gran edificio de la Telefónica de 81 metros de altura y 17 plantas – un rascacielos único para entonces – pegado al número 5 de Fuencarral, un edificio ocupado tan sólo hasta el piso octavo, abandonados y vacíos los pisos superiores por razones de seguridad y concentrados en el piso quinto varios corresponsales y escritores que allí tenían su oficina para transmitir la contienda, entre otros Barea, Dos Passos o Hemingway. Nunca pude imaginar que desde el inicio de mi vida la literatura la hubiera tenido tan cerca. A los dos primeros los leí años más tarde y al tercero lo conocí y charlé con él 22 años después, un 23 de mayo de 1959 en una armería de la calle de Serrano y aún recuerdo el poderío de su altura, sus ojos luminosos tras los lentes y su barba blanca. La Gran Vía, recordaba yo perfectamente y diría que casi palabra por palabra puesto que había leído en varias ocasiones los textos de Barea, la ancha calle en la que está la Telefónica, decía él, conducía al frente en línea recta; y el frente se aproximaba. Lo oíamos, recalcaba Barea. Estábamos esperando oírlo de un momento a otro nosotros bajo nuestras ventanas, con sus tiros secos, su tableteo de máquinas, su rasgar de granadas de mano, las cadenas de las orugas de sus tanques tintineando en las piedras. Tal era el clima de aquella esquina de Fuencarral con Gran Vía en donde yo viví los primeros meses. Pero junto a aquellas páginas de los escritores compuestas a posteriori, los relatos personales de mi familia me iban contando cómo mi abuelo, enfundado en una bata sobre el pijama, bajaba a la Gran Vía, al frío de la madrugada y con más de sesenta años, intentaba ponerse en la cola donde repartían botes de leche condensada, uno de ellos indudablemente para mí. Aquellos relatos narrados mucho tiempo después y suavizados como siempre ocurre por la distancia, nunca podrían reflejar la dureza de las noches y las madrugadas. En todo aquello seguía yo pensando mientras avanzaba por la calle de Fuencarral ya cerca de su final, mejor dicho de su principio, y recordaba igualmente, volviendo una vez más hacia aquellos escritores, antiguas lecturas mías, también de Dos Passos, sobre todo su “Manhattan Transfer”, publicado en 1925, es decir, doce años antes de llegar a Madrid y de instalarse en la Telefónica. Volvía a pensar en todo aquello conforme caminaba e iba dejando atrás el luminoso reflejo de los escaparates, y le daba vueltas a aquel juego que había hecho Dos Passos con sus escenas cambiantes y entremezcladas, anuncios, personajes, noticiarios, recortes y publicidad que conformaban el cuerpo de su novela, y así, dándole vueltas a las cosas, pensé, no sé por qué, que en cualquier lugar del mundo podría establecerse de algún modo una especie de mosaico o lo que es lo mismo, de reunión de materiales, para poder levantar también un “Manhattan Transfer” singular, aplicado por ejemplo a cualquier año, por ejemplo a 1936. Aquel año del 36 nacía Yves Saint- Laurent y morían Lorca, Unamuno, Valle-Inclán y Gorki, la empresa Corning Glass Works presentaba recipientes de vidrio que podían ponerse directamente al fuego, el profesor Henri, psicólogo y quirósofo abría su consulta diaria para que el paciente pudiera ver su destino, un terremoto convertía en ruinas la ciudad de San Vicente en El Salvador causando 250 muertos y 800 heridos, Eugenio O’ Neill recibía el Premio Nobel de Literatura, una cazadora costaba ese año 25 pesetas, una estufa de gas 45, una radio a plazos suponía pagar 5 pesetas al mes, se podía comprar “¡Protegeos!”a 60 céntimos, con consejos, normas y precauciones a adoptar frente a los bombardeos aéreos, “A mal tiempo -aconsejaba un anuncio -, Ron Negrita Bardinet” ; “Jabón de La Toja, inmejorable para tocador por su fino y exquisito perfume”decía otro anuncio; en Pirados, Chile, llegaba la lluvia después de 91 años de sequía, se estrenaba “Tiempos modernos” de Chaplin, “Lejía Conejo’ se anunciaba en Barcelona, Bilbao y Zaragoza ; la programación de la radio, a las 12,25, emitía “Cocktail del día” de Pedro Chicote; “Niños flacos, harina lacteada Nestlé” indicaba otra publicidad ; un par de medias costaban 11 pesetas, unas zapatillas 5 pesetas, una noche en un Hotel de lujo 10 pesetas ; la actriz Carol Lombard aparecía en la portada de “Lecturas”, en los trajes se introducían tejidos que imitaban la seda natural; en Alemania mandaba Hitler, en Estados Unidos Roosevelt, en España Azaña, en Italia Mussolini, en Francia Lebrun ; un paraguas costaba 8 pesetas, unos zapatos de señora 19 pesetas, unas gafas 5 pesetas; Miguel Hernández publicaba “El rayo que no cesa”, se inauguraba el puente más largo del mundo en la ciudad de San Francisco, abría en Alemania la fábrica de automóviles Volkswagen, Antonio Machado daba a luz su “Juan de Mairena”, Nehru se constituía heredero de Gandhi. Y así, con todos aquellos materiales y muchos más reunidos de todas partes podían perfectamente reconstruirse pieza por pieza los fondos del año 1936, su suelo y su mapa oculto de imprevistos, nacimientos, defunciones, espectáculos, costumbres y curiosidades, sólo faltaba que una mirada literaria, como la que había tenido Dos Passos en Nueva York, y más tarde ampliada en su trilogía USA, se extendiera sobre los países y en concreto descendiera sobre Madrid y fuera mostrando toda una situación de conflicto y pobreza. Pero en aquel 1936, en aquella esquina de Fuencarral con Gran Vía, existían también otras coordenadas, y así lo iba pensando yo en aquel atardecer. Levantaba la mirada hacia el cielo azul de Madrid a la altura de la calle de San Onofre, entre el gentío de las tiendas abiertas, y evocaba otros cielos contiguos y desconocidos, dilatados y extendidos en galaxias, una sensación parecida a la que me solía ocurrir de vez en cuando ante el mundo de los peces y el universo submarino, aquella sensación singular de que todas las cosas emergían al unísono, la trama de la vida, sus arterias y ciclos vitales, las raíces, hojas y ramas de los bosques, la expansión de nubes y cielos, un panorama que volvía a mi memoria. Pero no tuve tiempo de distraerme mucho en tales reflexiones porque casi enseguida llegué ante el balcón del número 5 donde yo había nacido y, como siempre solía hacer al pasar por allí, me detuve unos momentos ante la fachada de la casa, ante aquel balcón del segundo piso, e imaginé la figura de mi madre entre nítida y vaga en aquel muy lejano domingo de febrero, pero sólo fueron unos segundos ya que pronto emprendí de nuevo mi camino, rocé los grandes muros del edificio de Telefónica, doblé despacio a la derecha y me encontré de improviso con la luminosidad y el rumor tumultuoso de la Gran Vía. Debían de ser entonces las ocho u ocho y media, o quizás las nueve de la noche, no puedo precisarlo bien, pero lo que sí tengo en la memoria fueron las múltiples iluminaciones casi deslumbrantes entre el fragor de los coches brillantes bajo las luces y las muchedumbres yendo y viniendo por las nuevas aceras, ahora más amplias, que hacía pocos meses habían quedado inauguradas. Aquella Gran Vía de Madrid yo la conocía muy bien porque la había recorrido durante años de arriba abajo, especialmente antes de casarme, en los años cincuenta, muchas veces en verano, de diez a once de la noche, cuando dejaba en su casa del paseo de Rosales a quien luego sería mi mujer y cruzaba todo Madrid para volver andando hasta casa de mi tía Amparo, en la calle de Goya, donde yo entonces vivía, o cuando muchas mañanas llegaba en metro a la histórica estación de Gran Vía, precisamente situada frente a la Telefónica, una estación con elevador de tres paradas y su templete de granito coronado con una marquesina en hierro y cristal que resaltaba por su originalidad. En aquellos años la Gran Vía era espectáculo abierto a muchos autobuses de dos pisos con sus largos y grandes anuncios horizontales trazados bajo sus ventanas animando a consumir MARTINI o MORILES, mientras la neblina suave de cada invierno matizaba al pasar las largas faldas femeninas y los sombreros masculinos caminando en dirección a Callao, el mismo trayecto que ahora, por la acera de la izquierda, estaba haciendo yo. Aquella Gran Vía de los años cincuenta mostraba grandes y casi históricos edificios, muchos de ellos dedicados a proyecciones cinematográficas, nombres casi míticos, como el Avenida o el Palacio de la Música, o joyerías también célebres como Aleixandre, esquina a Montera, y yo en aquellos momentos me sentía caminar como siempre entre evocaciones cruzadas, igual que tantas veces me había sucedido en la vida, y una vez más, lo mismo que ante un resplandor, veía, por decirlo así, un Madrid desaparecido, la mano invisible pasando por encima de las ciudades y transformándolas. Al llegar a la altura del antiguo Palacio de la Música, ahora convertido en un amplio comercio de modas y del que estaban entrando y saliendo en esos momentos numerosos compradores, quise dar unos pasos hacia atrás en la misma acera, apartarme como pude de la multitud y levantar la mirada para contemplar de abajo arriba aquella compleja fachada que yo conocía muy bien, que yo había contemplado muchas veces, aquellos huecos excavados por hornacinas con jarrones prolongándose en los extremos hasta llegar a lo que podría llamarse el ático de la coronación, ascendiendo más arriba por una galería de orden jónico que combinaba columnas y que aún se alzaba más, hasta una balaustrada erizada de pedestales. Toda aquella zona muy cercana a Callao, tanto en la acera de la derecha como en la de la izquierda, había sido un enclave de ocio y diversión en los años cincuenta. Al lado del Palacio de la Música aún recordaba yo con claridad el gran vestíbulo del antiguo cine Avenida, por el que tantas veces había cruzado para entrar a ver una película, aquellas películas largas, en perfecto color y con perfectos amores, aventuras y traiciones, y cómo me habían sorprendido siempre, ya que me parecía una decoración de lujo, aquellas dos escaleras simétricas que conducían al anfiteatro y el paso a la sala sorteando columnas de mármol bajo espejos grabados recubriendo el techo donde se reflejaban brillantes arañas de cristal. Era un mundo que con las pequeñas salas de los cines modernos y sobre todo con la invasión implacable de los comercios, había desaparecido. Aún quedaba a pocos metros, al otro lado de la plaza, y ahora podía verla bien al entrar en ella, la imponente fachada del cine Callao, una creación de Gutiérrez Soto, con decoración típica del arte-deco y profusión de dorados, y sobre todo con su gran torreón de esquina iluminando en parte como un faro el resto de la Gran Vía junto al edificio Capitol, una Gran Vía que iba poco a poco descendiendo hacia la plaza de España. Y no sé por qué, si fue por la muy larga caminata emprendida durante toda aquella tarde desde mi casa con sólo un respiro de algunos minutos en una silla del Museo de Historia de Madrid hacía ya varias horas, o por diversas otras razones, lo cierto es que allí, en el centro de la plaza del Callao, rodeado por la gente y contemplando la iluminada fachada del cine, me sentí de improviso algo cansado y pensé a la vez, no sólo en el final que tenían todos los recorridos sino también de algún modo en el final de los libros. A aquel libro que yo había ido escribiendo poco a poco durante muchos meses entre errores y aciertos, “Los cuadernos Miquelrius”, aún le faltaba, pensaba yo, toda una labor de bastantes semanas de recapitulación, corrección y pulido, una labor parecida, me imagino, a la del carpintero que, creyendo ya su mesa aparentemente concluida, toma sin embargo su cepillo manual y realiza aquí y allá pacientes tareas de alisado en sus piezas de madera, rebaja nudos y cantos, permite que el ojo humano y también la mano no encuentren al pasar apenas ninguna dificultad : en el fondo algo necesario y difícil. Pero hasta el momento en que llegara esa tarea final de artesano había que seguir avanzando y así lo hice caminando entre la gente por aquella plaza del Callao, hasta, por un movimiento de inercia, llegar a una estrecha calle situada frente a mí, entre Preciados y unos grandes Almacenes, la calle del Postigo de San Martín, donde estaba situada la librería “La Central” a la que acudía tantos lunes por la mañana. A pesar de la hora observé con satisfacción que la librería aún no estaba cerrada y me decidí a entrar en ella, en parte para curiosear una vez más la aparición de alguna novedad y en parte para descansar un rato en alguno de los dos sillones que allí existían. Realmente en aquellos momentos había muy escaso público en “La Central” y yo, atravesando el vestíbulo sembrado de ofertas y revistas, tomé el ascensor como solía hacer siempre y subí hasta el segundo piso ahora casi vacío, aquel dedicado a libros de ensayo que era el que siempre me atraía. Y allí, y tal y como si fuera un sonámbulo, caminando entre hileras de libros y estanterías en todos los idiomas, sin duda apremiado por el cansancio acumulado de toda la tarde, llegué hasta la pequeña habitación acristalada, casi oculta en un rincón pero que desde hacía tiempo era ya como mi segundo espacio de trabajo, y viendo que la habitación aparecía solitaria busqué pronto el reposo en uno de los dos sillones. Me quedé largo rato pensativo. Frente a mí, al lado del ventanal que daba a una pequeña terraza por donde se adivinaba el cielo azul, aparecía sin ocupar el otro viejo sillón que siempre me había acompañado, un viejo sillón que yo había querido utilizar para sentar en él muchas veces de modo absolutamente imaginario, a Ricardo Senabre, antiguo catedrático de Salamanca y exigente critico de “El Mundo”. Senabre había sido, junto con la periodista, el único personaje de ficción que yo había introducido en mi libro. Senabre de algún modo me había servido para aconsejarme y animarme gracias a frases suyas que yo había leído en muchas de sus obras y él también me había atraído de modo casi misterioso puesto que era verdad que por muy pocos años de diferencia los dos habríamos podido coincidir como alumnos en las aulas de la universidad de Zaragoza, aunque aquello no había sucedido y siempre lo lamenté. Ricardo Senabre había fallecido en Alicante en 2015, pocos años antes de que yo comenzara “Los cuadernos Miquelrius” y sin embargo, por sus escritos y conferencias, él había estado muy presente en mí. Nunca nos habíamos, pues, conocido aunque siempre le había considerado muy cercano gracias a tantas lecturas. Nunca sabría lo que opinaría de aquellos “Cuadernos” pero me quedé mirando pensativo el sillón y le seguí dando vueltas a mis recuerdos e ideas.

José Julio Perlado

– “Los cuadernos a Miquelrius” – Memorias

Capítulo final

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (47) : DESAPARICIÓN DE LA PERIODISTA

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS (47) :  Desaparición de la periodista

 

Aún estuve dando vueltas por distintas salas del Museo alrededor de una hora. Me entretuve unos momentos ante dos pequeños y magníficos Sorollas, uno de ellos el “‘Caserío de barrios bajos madrileños”, de 1883, de un Sorolla aún joven pero ya inundado de luz, y luego descendí a la planta baja del Museo ya que allí se anunciaban las maquetas que revelaban las diversas etapas por las que había atravesado Madrid. Especialmente me impresionó descubrir una gran sala dispuesta a media luz donde, en su centro, aparecía extendido, bajo un fanal acristalado rectangular, el enorme cuerpo de una maqueta histórica, quizá la más importante de Europa, y de la que yo había oído hablar en muchas ocasiones: el modelo de Madrid construido en 1830 por el ingeniero militar Leon Gil de Palacio, hecho en madera de chopo y elevado un metro sobre el suelo y que mostraba en diez bloques irregulares la extensión de las ocho mil casas de la ciudad de entonces, distribuidas en 540 manzanas, con los espacios libres del interior de las manzanas, y los vericuetos, calles y caminos de una capital sin habitantes, un asombroso escenario fantasmal recreado con absoluta precisión y a la vez vacío, un inmenso y minucioso esqueleto que impresionaba con sus barrios y confluencias, una ejecución admirable que indudablemente suponía una excepcional fuente de información para la iconografía urbana y para la geografía histórica de la ciudad. Largo tiempo estuve siguiendo toda aquella superficie de más de 18 metros cuadrados con especial curiosidad, intentando encontrar a lo largo de aquella maqueta lugares donde yo había vivido o había estado alguna vez, y muchos de ellos los descubrí enseguida, pero además de la admiración ante la reproducción exacta de los edificios, algunos construidos en papel pintado, con ventanas y balcones en cartulina, quise observar también la precisión recreada de las periferias, con los olivares en el norte, los desmontes en el sur y la foresta verde de la Casa de Campo, así como los numerosos conventos, huertas, fuentes, callejuelas y rincones representados en la célebre maqueta y en la que se habían aplicado alambre, hilo y lana para los árboles, seda para los arbustos, tierra y arena para los jardines y metal para los remates de cúpulas, verjas y estatuas. Abarcaba todo aquel mundo tan preciso la zona central del Madrid de 1830, es decir, el espacio entre lo que hoy es la glorieta de Quevedo por el norte, muy cerca de mi casa, y la basílica de Nuestra Señora de Atocha, por el Sur, en total unos 4 kilómetros; y por otro lado, del paseo del Prado al Este al Palacio Real, por el Oeste, unos 3,5 kilómetros. El ingeniero Gil de Palacio había dedicado 23 meses para realizar aquella fidelísima copia de la ciudad ayudado por un equipo de topógrafos y carpinteros, y para ello se había subido a la llamada atalaya de Madrid, en la Torre de Santa Cruz, en la calle de Alcalá, y desde allí, en excelente panorámica, había querido contemplar casas, palacios y terrenos antes de comenzar la tarea tal y como se la había encomendado el rey Fernando Vll y tal y como yo ahora la contemplaba en el Museo.

Pero quizá la experiencia más memorable de todo aquel recorrido tuvo lugar unos minutos más tarde, inesperadamente, cuando quise sentarme a descansar un poco en una salita contigua a la sala central donde se encontraba la maqueta. Me senté en una de las pocas sillas que allí había, descubrí en una pared del fondo una pequeña pantalla, y de improviso vi que sobre ella se estaba iniciando en ese momento un viaje en las sombras, es decir, un vídeo informativo y complementario, como tantos otros que se muestran en exposiciones y museos, éste dedicado a las calles de Madrid pero enmarcadas en otros siglos, parecidas calles aunque distintas a aquellas que yo acababa de ver extendidas y yertas, y que ahora, en virtud del movimiento de las imágenes, se erguían y cobraban realidad. Así, acompañado por una tenue luz que me iba guiando entre tantos laberintos urbanísticos, comencé a viajar con la ayuda de aquel vídeo por una calle de Alcalá del siglo XlX, saliendo de una plaza de Cibeles desnuda y desierta, un espacio de color terroso cercado por árboles del paseo del Prado, para ir dejando a la derecha, conforme viajaba cuesta arriba por Alcalá, el convento de San Hermenegildo, hoy iglesia de San José (así me lo iban señalando unos carteles que aparecían), y pasar también, ya a la izquierda, ante el llamado convento de la Baronesa, en la actualidad Círculo de Bellas Artes, y continuando frente al convento de las Calatravas, proseguir mi camino virtual hasta la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y la entonces llamada Real Casa de Aduanas, hoy Ministerio de Hacienda, para llegar por fin a la Puerta del Sol. Pero cuando yo creía que el vídeo había concluido su recorrido y aún permanecía asombrado por cuanto había visto, me encontré de pronto con otro vídeo nuevo que comenzaba ahora a viajar por otra ruta virtual que me llevaba desde una desierta plaza de Neptuno, salpicada de árboles y sin apenas casas, hasta el Palacio de Villahermosa, hoy museo Thyssen, para subir luego, igual que una culebra luminosa, Carrera de San Jerónimo arriba, dejar a la derecha el convento del Espíritu Santo, actualmente Congreso de los Diputados, y entre conventos desaparecidos y manzanas de casas alineadas, acabar otra vez en la Puerta del Sol. No puedo precisar cuánto tiempo estuve aún atraído por todos aquellos viajes y vídeos que se me ofrecían, quizá me entretuviera en seguir unos cuantos más, acaso tres o cuatro, no lo sé, no sabría asegurarlo con certeza, pero lo que sí recuerdo perfectamente es que fue en uno de esos momentos, en la penumbra de aquella sala semivacía del Museo, cuando me vinieron a la memoria los diálogos que yo había ido manteniendo durante varios meses con la joven periodista que solía venir a casa, unos diálogos fluidos, para mí siempre interesantes ya que me habían ido forzando poco a poco a revelar algunas de mis ideas y recuerdos, me habían ido empujando a pensar y a desvelarme tal y como si yo permaneciera ante un espejo frente a la vida, porque de eso se había tratado, de irme mirando en un espejo interior, el espejo en el que yo me había contemplado muchas de aquellas tardes, el espejo que me interrogaba y me contestaba en silencio, mirándome yo en él y él mirándome a la vez, ya que ninguna periodista había existido nunca, no, no había existido, nadie había venido nunca a verme ni a entrevistarme, todo había sucedido tal y como con certeza había adivinado mi amigo el crítico Ricardo Senabre cuando, con su fina intuición, una mañana lo había sospechado y me había dicho en “La Central” que aquello de la periodista podía ser muy bien un truco literario mío de invención, un resorte imaginativo que yo me creaba para apoyar de una forma distinta el libro que estaba escribiendo.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius”- – Memorias

 

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (46) : LENGUAJE DE LOS ABANICOS

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

MEMORIAS (46):  lenguaje de los abanicos

 

 

En determinado momento, tras haber reposado unos minutos en aquel banco de la calle de Fuencarral dándole vueltas al curioso tema de los mendigos, quise acercarme para ver más de cerca la impresionante puerta de aquel antiguo Hospicio que tenía delante y fijarme en alguno de sus detalles y comprobé que también a esa hora seguía abierto el actual Museo acogiendo visitas. Me asomé entonces a la zona de entrada, y de repente decidí, puesto que no tenía ningún plan concreto que hacer en esa tarde, dar una vuelta por el Museo, al que, por unas cosas o por otras, y a pesar de la cercanía con mi casa, no había visitado nunca. Me sorprendió ver que la entrada era gratuita, me adentré en una primera y luminosa sala de la planta baja que llevaba por título Patio de la Fuente de la Fama, un recinto acristalado y muy moderno por donde pululaban en ese momento grupos de estudiantes tomando notas, y allí descubrí enseguida, destacada entre fotografías y vitrinas y cercana a uno de los grandes ventanales, una réplica de la pequeña y esbelta figura de la famosa estatua de la Mariblanca, elevada sobre una serie de pedestales para que se la pudiera ver mejor, aquella estatua que se había colocado en 1630 en la Puerta del Sol coronando a la llamada fuente de la Fé o de las Arpías, que yo había visto muchas veces en el centro neurálgico de Madrid rodeada por el tráfico y los viandantes, y a la que, según la tradición de la época, los aguadores de entonces, en razón de la blancura de su figura, comenzaron a llamarla Mariblanca y así quedó su nombre. Allí estuve unos minutos observándolo todo y me dirigí luego a las escaleras para ascender a la primera planta, que pronto me pareció, quizás en razón de la luz de la tarde o tal vez por la distribución de sus salas, algo más oscura de lo que yo esperaba, acaso también por el contraste con los objetos que allí se exponían. Eran grandes muebles antiguos del siglo XVlll, algunos que parecían no habrían podido caber en las habitaciones y que en principio no me atrajeron demasiado, pero sí en cambio me interesó enseguida una serie de vitrinas que mostraban numerosos abanicos cuidadosamente colocados, y junto a ellos, cubriendo casi totalmente las paredes, unos cartones para tapices reproduciendo paseos de otro tiempo, el ir y venir de gentes por célebres avenidas de Madrid. En una pequeña anotación que acompañaba a uno de aquellos abanicos pude leer, inclinándome en el cristal de la vitrina, su título, “Velada musical”, datado, según se decía, en 1780, en papel y nácar, y allí estuve bastante tiempo asombrado de la riqueza de sus varillas que los años no parecían haber estropeado y con las que se sostenían láminas doradas formando medallones con pájaros, flores, trofeos, guirnaldas y corazones ardientes, atravesados por una flecha del altar del amor para mantener abiertos varios cuadritos de tela representando a una dama sentada con un libro, una joven con una pandereta y un caballero tocando un instrumento musical. En el ultramoderno mundo del móvil y de los mensajes instantáneos en que yo vivía cotidianamente y en el que por supuesto vivimos todos, pronto me vino a la memoria como contraste la distancia y también la eficacia de aquellos otros lenguajes que habían protagonizado los abanicos de las vitrinas, ahora mudos y en reposo, pero que en su momento habían cobrado una enorme vida superficial y ligera, una vida movida gracias a las manos de tantas mujeres que con ellos se abanicaban pero que también se citaban con sus enamorados y también se protegían o se aventuraban en salones y teatros. Recordaba cuánto me había entretenido aquel lenguaje de los abanicos cuando de un modo muy casual lo había descubierto al hojear libros de costumbres, aquellos movimientos muy calculados y perfectamente acogidos por la sociedad del XVlll: el abanicarse, por ejemplo, muy despacio, que significaba “me eres indiferente”, el mantener el abanico en la oreja izquierda, que era lo mismo que decir, “quiero que me dejes en paz”, el abrir y cerrar el abanico con el significado de “eres cruel”, el llevárselo a la nuca indicando “no me olvides”, el apoyarlo sobre la mejilla derecha correspondiente al “sí”, el apoyarlo sobre la mejilla izquierda correspondiente al “no” o el cogerlo con el dedo meñique que significaba “adiós”. Más de treinta y tres movimientos del abanico habían conseguido registrar los especialistas para clasificar aquel lenguaje de códigos semisecretos extendido tanto en Francia como en España y ahora cuando me alejaba ya de aquella vitrina y me detenía, a muy pocos metros, ante un cuadro lleno de luminosidad, volví a ver otro abanico, llevado esta vez en las manos de una mujer que, sentada entre varias figuras que bailaban, formaba parte de un paisaje. Era el llamado “Baile junto al puente en el canal del Manzanares”, de 1784, firmado por Bayeu, el cuñado de Goya, según se apuntaba en un cartel, una escena campestre de ambiente festivo tan frecuente en la Pradera junto al río Manzanares, cerca de la Puerta de Toledo. Era posiblemente un apunte del baile de contradanza, de origen francés, ejecutado aquí al aire libre con sus movimientos de vuelta, aprieto, pisoteo y puntapié en medio de una serena algazara. Casi inmediatamente al lado de ese cuadro quise detenerme ante otro Bayeu que igualmente me sorprendió, su “ Paseo de las Delicias”, un óleo de 1785, donde podía verse el antiguo y desaparecido paseo que bajaba desde la Puerta de Atocha hasta el río Manzanares, destacando sobre todo por su arboleda, un paseo que había sido mucho más popular que el famoso del Salón del Prado, y en él que se distinguían, como podía comprobarse en la rápida pincelada, las damas y los caballeros entremezclados con los llamados “majos”, “chisperos” o “petimetres”, curiosos tipos que pululaban por aquel siglo. Me vinieron a la memoria también antiguas lecturas sobre aquel Madrid del XVlll en donde las calles confundían a toda clase de gentes, el artesano se mezclaba con el militar, la señora con la criada y donde todos iban y venían sin distinguirse a veces por el traje, unos enlazados con otros, cantando a veces seguidillas, hablando de política, de moda, de tantas cosas, sin miedo a las murmuraciones y en un espacio de diversión. Siempre había sentido curiosidad por la palabra “petimetre” y por sus circunstancias, por sus hábitos y costumbres, la historia de aquellos hombres que se esforzaban en distinguirse por su cultura y por su gracia en un ambiente madrileño en el que todo el mundo presumía de poseer alguna habilidad. Pero lo cierto era que aquellos “petimetres” caían muchas veces en el ridículo cuando en las tertulias mezclaban sus juegos de naipes con sus curiosidades físicas, intentando deslumbrar con los adornos de sus atuendos, sus pañuelos y perfumes tan cercanos a la extravagancia y a la frivolidad.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius’ – Memorias

 

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS”: MEMORIAS (45): LOS MENDIGOS FINGIDOS

 

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

 

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MEMORIAS  (45):   Los mendigos fingidos

 

 

Al salir de El Comercial, creo que ya serían las cuatro o cuatro y cuarto de la tarde, no lo recuerdo con exactitud, giré hacia la izquierda, disfruté una vez más del magnifico color de Madrid reflejado a aquella hora en las hojas de los árboles y en los brillantes espejos de los comercios, y comencé a andar despacio y sin rumbo fijo, tal como solía hacerlo algunos sábados por la mañana muchas veces acompañado de mi mujer, pero esta vez caminando solo y sumido en varios pensamientos por aquella larga calle de Fuencarral de tanta historia. Porque lo que estaba haciendo ahora casi sin darme cuenta era de algún modo recorrer aquella calle al revés, es decir, no comenzando por sus inicios, puesto que ellos quedaban ya señalados en la Gran Vía, sino empezar mi paseo casi por su final, final que estaba muy cercano a la glorieta de Quevedo, ya que la calle de Fuencarral, según viejos documentos que alguna vez me habían servido de informacion y también de entretenimiento, se alargaba en tiempos hasta el pueblo cercano de Fuencarral, allí donde habitaban los monteros de los Reyes de Castilla, y precisamente del nombre de aquel pueblo había tomado su nombre esta calle. Aparecían, pues, los antecedentes de la calle de Fuencarral en la Historia muy perdidos en la lejanía como un paisaje poblado de encinas y repleto de caza mayor, espacio abierto a gamos y jabalíes, muchos años antes de que fueran tallados aquellos bosques y muchos años antes también de que en tiempos de Felipe ll se cortaran los montes y ya en época de Felipe lll el amplio camino rural y vecinal se transformara, casi de modo espontáneo, en primitiva calle. Por cierto que caminando por aquel inicio de proyecto de calle y en dirección a Madrid había entrado en 1612, todo un cortejo: nada menos que el embajador de Francia, Conde de Umena, precedido, según contaban las crónicas, de 136 acémilas, 50 con fardos de mercancías francesas, y las restantes, con los aderezos de cocina y casa, yendo detrás la recámara del conde, luego los oficiales, mayordomos y criados de dos en dos, y al final, los gentileshombres, 30 pajes y los caballeros que traía consigo. Toda una procesión para Fuencarral.

Comencé a andar sin ninguna prisa por la acera de la izquierda de la calle, pasé despacio por delante de una farmacia abierta día y noche y que yo conocía muy bien puesto que entraba en el camino habitual de mis paseos por el barrio, dejé a mi izquierda la calle de Apodaca y luego la de Barceló, como también los jardines que se prolongaban hasta el vecino y nuevo mercado, y en determinado momento, unos pasos más adelante, quise detenerme ante la imponente fachada del Museo de Historia de Madrid, antiguo Hospicio de San Fernando. El sol a esa hora de la tarde estaba cayendo sobre las molduras, los escudos, los paños plegados, los jarrones y las flores de la exuberante puerta que yo ahora contemplaba: la obra de Pedro de Ribera enormemente barroca, para unos admirable y por otros muy criticada. Siempre había pasado deprisa ante aquel edificio y hasta entonces nunca había dedicado tiempo a observar con atención las conchas, las volutas y pilastras, los arcos y las colgaduras de aquella fachada, y por tanto aproveché ese momento para sentarme en un banco delante de la portada y allí me quedé mirando durante un largo rato los grandes ventanales enrejados, guarnecidos con profusión enorme, así como los torreones que escoltaban la hornacina con la imagen central de San Fernando. Aquello había sido, mucho antes que Museo, así lo recordaba yo por lecturas, Hospicio importante y espacioso, llamado de los Pobres del Ave María, fundado por doña Mariana de Austria en 1668, situado primero en la calle de Santa Isabel y trasladado unos años después, en 1674, a la calle de Fuencarral, y por allí habían pasado en sus inicios casi cuatrocientos pobres a los que muchos de ellos solían llevar vestidos con un paño pardo, destacando en el pecho una lámina de bronce con la cruz trinitaria triangulada y una inscripción que decía “Ave María” y presentando al lado derecho las armas reales y al izquierdo las armas de Madrid. Muchos de esos pobres quedaban asignados para desempeñar ocupaciones diversas, tales como fabricación de linos y paños, puntos y tejidos de lana, bordados e hilados, tapicería, carpintería, calderería o sastrería, y un siglo después esos pobres y mendigos alcanzaban la cifra de ochocientos y ya en el reinado de Carlos lll sumaban más de dos mil. Pensé entonces, sentado en aquel banco ante la fachada del antiguo Hospicio, en toda la muchedumbre de mendigos, unos auténticos y muchos de ellos falsos, que seguían invadiendo ahora la vida de Madrid en el siglo XXl con motivo de algunas migraciones provenientes del centro de Europa y por otras muchas causas, y que igualmente habían existido en muchas ciudades españolas a lo largo de siglos, como así lo relataban no sólo historiadores sino importantes autores de la picaresca. Y recordé igualmente cómo una tarde de hacía años, trabajando en uno de los pupitres de la Biblioteca Nacional, seguramente en la Sala General que era donde yo entonces escribía, me topé casi por casualidad con un curioso Discurso de un médico y capitán de galeras, cuyo nombre ahora no lograba recordar con precisión, en el que defendía ya en el siglo XVl el amparo de los legítimos mendigos y también la reducción de los fingidos. Porque los fingidos siempre habían existido en España. Cervantes en una de sus novelas cortas describía por ejemplo cómo los falsos mendigos conocían oraciones dedicadas a todos los santos que podían recitar si se les pagaba por adelantado y Mateo Alemán en su “Guzmán de Alfarache” contaba tretas, gestos y voces adecuados que presentaban según los sitios y las horas, e incluso se atrevía a distinguir las diversas naciones según la manera de pedir que las gentes tenían: los mendigos alemanes, decía, cantando en tropa, los franceses rezando, los flamencos reverenciando, los gitanos importunando, los portugueses llorando, los toscanos con arengas y los castellanos respondones.

José Julio  Perlado

“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

 

(Conrinuará)

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