ROMA CHE LA PIU BELLA

 

 

“Recuerda ahora aquellas efigies tumbadas: emperadores, pontífices. Sueños horizontalmente dormidos en San Pedro, en Santa María la Mayor, en iglesitas diminutas o en basílicas amplias. De nuevo rostros y gentes que había visto en Roma  a lo largo de siglos y en donde el tiempo ha ido recogiendo pliegues de togas en cada dinastía hasta dejar esas cortas chaquetas de azul vivo y botones de nácar que cruzan en automóviles la esquina de via Condotti o de via Frattina. El tiempo no había logrado suprimir  el boquiabierto asombro de las máscaras trágicas y cómicas, asomadas a los mosaicos de las villas y reproducidas ahora en discusiones callejeras por Monte Sacro o por Pietralata. El tiempo lo había bañado y lavado todo: sirenas y faunos, caballos, una hoja seca de laurel, tritones y gruesas matronas, hierbas contra los puentes y columnas derribadas a punto de transformarse en cal…

Ahora, cerca del Pantheón, sonó una guitarra y un acento  fuerte y dulce cantó en dialecto romano:

”Roma che la piu bella

Roma che la piu bella

sei der monno…

io canto sto stornello

io canto sto stornello

e te co manno…”

José Julio Perlado —( “El viento que atraviesa”)

 

 

(Imágenes—1- Piazza del Popolo- segwayfuncome/ 2-Constante Moyaux- Roma vista desde la villa Medicis- 1863)

BELLEZA ESCRIBIENDO UNA CARTA

 


“Una tarde,  hacia 1415, Hisae Izumi se sabe bien que se dibujó ella a sí misma escribiendo una carta y que lo hizo recostándose en el aire de aquella habitación junto al lago vestida con un kimono azul de flores blancas. Las flores salpicaban las mangas y la amplitud de su kimono y aquella tarde los ojos curvados de Hisae parecieron estar especialmente atentos al pincel y al papel. Quizá estaba contestando en esos momentos a lo que le escribían desde otros siglos. Pero también cabe suponer que ella estuviera escribiendo o dibujando algo para el futuro, para alguien del futuro, sin duda para una persona, naturalmente, a la que ella no conocía pero que efectivamente sí recibió su carta , es decir, recibió aquel dibujo, porque este dibujo atravesó los siglos y hoy puede verse en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Cuando uno pasea por las salas de ese Museo se encuentra de pronto con un cuadro del siglo XVIII, “Belleza escribiendo una carta”, del pintor japonés Kaigetsulo Doshin, y esa mujer del kimono azul con flores blancas, recostada en el aire y con los ojos curvados muy atentos a lo que pone en el papel, no es otra que Hisae Izumi en su habitación de la casa del lago pero tres siglos antes, cuando ella realizó el dibujo. El pintor Doshin no hizo más que copiarlo de su interior, lo llevaba dentro, en las cámaras de su imaginación, y recreó una imagen que creyó era suya. El dibujo, por tanto, no es de él, aunque esté firmado por él, sino que su autora es Hisae Izumi, que en el siglo XV nunca soñó que un autorretrato suyo, cuidadosamente elaborado en aquel papel verde que ella usaba, pudiera tranquilamente volar en el tiempo y que apareciera en la mente o en el lienzo de un pintor del siglo XVIII. Si uno se acerca atentamente a este cuadro sorprende enseguida que Hisae lo titulara “Belleza escribiendo una carta” y no simplemente “Mujer escribiendo una carta”, como así lo hicieran, por ejemplo, los pintores holandeses Vermeer o Gerard Ter Borch. Se desvela así el concepto íntimo que de sí misma tenía Hisae para superar el tiempo, la seguridad de que por ella el tiempo no pasaba y de que su figura permanecía siempre en una estática juventud. Al margen de todo ello existe una diferencia capital en todos esos cuadros: en el cuadro de Ter Borch, que hoy puede verse en La Haya, la mujer escribiendo una carta aparece sentada ante una mesa y está muy concentrada en lo que hace; por su parte, la mujer que escribe una carta en el lienzo de Vermeer (hoy en la National Gallery de Washington), escribe a su vez sentada también a la mesa pero mira hacia afuera, quizá distraída por alguien que le mira, acaso distraída por algo o por alguien que parece estar en la habitación. Ninguna de estas dos mujeres tienen nada que ver con Hisae. Hisae se presenta recostada en el aire, como alada y a la vez enigmática: la intensidad de su mirada cae sobre el papel. Vestida con aquel kimono azul de flores blancas, esa mirada suya siempre misteriosa parece que supiera ya que esa carta está destinada a atravesar el tiempo.”

José Julio Perlado

( del libro “Una dama japonesa”) ( relato inédito)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

(Imágenes—1- Kitagawa Utamaro/ 2- Shibata Zeshin)

LA VIDA CONTINÚA, EL TRABAJO CONTINÚA

 

 

El 25 de agosto de 2007, hace ahora casi trece años, comencé MI SIGLO. Bienvenidos — decía en aquel momento — a quienes me lean. Hoy MI SIGLO recibe 1.660.OOO visitas y en él he escrito casi 3.OOO textos: entradas sobre  la vida y  la ficción, sobre la creación y la realidad. Como he señalado en mis Memorias recientemente publicadas aquí, este blog para mí no es un mero entretenimiento. Me  permite llevar a la práctica una cosa en la que creo firmemente como es la divulgación de las artes, de la literatura y del pensamiento.  Dejar hablar a los demás es muchas veces más aleccionador que hablar uno mismo. Naturalmente en muchas ocasiones he hablado y seguiré hablando de mí mismo, aportando relatos,  reflexiones o extractos de mis novelas. Es la combinación entre creación personal y comentario. Hace dos días interrumpí aquí la primera parte de mis Memorias tituladas “Los cuadernos Miquelrius”. Dichas Memorias proseguirán más adelante. Mientras tanto, irá saliendo a la luz poco a poco un libro sobre Japón y otro sobre la mirada. La vida continúa  y, mientras tenga salud MI SIGLO proseguirá su trabajo

José Julio Perlado

(Imagen —bibliotheque tumblr)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS ( y 48): LA GRAN VÍA Y FINAL

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Hoy concluyen estas Memorias que han ido apareciendo desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

MEMORIAS  ( y 48)  :  La Gran Vía y final

 

 

 

Sí, así había sido. Así había ocurrido. La periodista no había venido nunca. La periodista no existía. Cuando, ya pasadas las seis y media o quizá las siete de la tarde, salí del Museo de Historia de Madrid  y comencé a caminar de nuevo por la acera izquierda de la calle de Fuencarral en dirección a la aún lejana Gran Vía aunque sin ningún propósito concreto sino tan solo deambular a aquellas horas en un verano recién inaugurado, las luces de los escaparates, sobre todo las luces de las esquinas de las calles de Beneficencia y de Farmacia, aparecían envueltas en un suave vaho, una neblina casi transparente que envolvía el paso apresurado de los transeúntes. Aquel tramo concreto de la calle de Fuencarral se encontraba a esa hora invadido de gentes que iban y venían apresuradas, cruzándose a su vez con muy escasos vehículos, para pronto aquel tramo hacerse peatonal, las aceras dieron paso a una amplia calzada salpicada de pequeños árboles aislados y el camino en fin se hizo más atractivo y cómodo. Por el centro de aquella amplia calzada y mezclado con una multitud heterogénea anduve varios minutos observado por las pintadas gigantes, a veces grotescas, que me miraban desde los ángulos de los muros, por numerosos comercios de fachadas multicolor reclamando la atención de los consumidores más jóvenes, por músicos solitarios apostados en las esquinas y en general rodeado de un ambiente amable y festivo como especialmente en los últimos años solía ofrecer aquella calle tan volcada a la modernidad en ciertas horas determinadas. Recuerdo sobre todo haberme detenido unos momentos con especial curiosidad en la esquina con la calle de Hernán Cortés para escuchar el ritmo acompasado de un joven trompetista que, de pie y apartado unos pasos de su pequeña orquesta de aficionados sentados en taburetes y entregados fervorosamente a sus instrumentos, lanzaba su sonido ante un corrillo de gente absorta y entusiasta y lo hacía con toda la fuerza de sus pulmones, girando una y otra vez el cuerpo con la trompeta elevada en el aire, impulsándolo todo con leves movimientos de brazos y piernas. Unos portales más adelante, en la esquina de Fuencarral con la calle Augusto Figueroa, me sorprendió también, como siempre me ocurría cuando pasaba por allí, la ermita Humilladero de la Virgen de la Soledad, una pequeña construcción en ladrillo con una gran puerta en forma de arco de medio punto que generalmente estaba casi siempre cerrada pero que aquella tarde permanecía abierta e iluminada. Me vinieron a la memoria mis lecturas de tiempos pasados sobre las calles de Madrid de Pedro de Répide y cómo hablaba él de aquella ermita fundada en 1712 por el marqués de Navahermosa, para añadir que parecía un santuario campesino en cuyo torno se hubiese alzado la ciudad. Tal afirmación era una completa verdad. Aquel arco de medio punto con barrotes de hierro había sido, al parecer, la puerta de las caballerizas del marqués de la Torrecilla y una vez más me quedé asombrado al contemplar en el atardecer la modesta construcción que había sobrevivido durante tantos siglos en medio del tráfago de la capital. Allí aparecían, en la pequeñísima capilla de forma rectangular presidida por un modesto altar con un retablo formado por dos columnas jónicas , el lienzo de la Virgen de la Soledad custodiado por un marco dorado y también un Cristo de madera policromada de tamaño natural ante el cual permanecían en ese momento, en pie y rezando, tres o cuatro personas, las únicas que podían caber en el estrecho recinto. La tradición decía que aquella Virgen siempre había estado alumbrada por un farolillo, pero ahora, entre las primeras luces de los comercios que provenían de la calle atrayendo una especial luminosidad y las cinco velas encendidas junto al altar, aquel recinto presentaba un aspecto insólito y sorprendente. Volví a pensar en el tema del tiempo, como tantas veces me ocurría, pero más que en el paso del tiempo, en la incrustación de un tiempo sobre otro, es decir, en la incrustación de aquella ermita del siglo XVlll dentro del siglo XXl y en su permanencia, por encima de tantos avatares, en el centro de Madrid. Me ocurría en cierto modo lo que me había pasado pocas horas antes, al principio de mi paseo de aquella tarde, al evocar los célebres pozos de la nieve a la altura de la glorieta de Bilbao y cuantas reflexiones me habían suscitado. Pero esta vez el tema era distinto, y en cierto modo más singular, ya que la ermita del Humilladero había quedado como trozo vivo de una época pasada, una especie de reliquia que nadie se había atrevido a suprimir desde hacía siglos. El tiempo, me fui diciendo conforme volvía a caminar por Fuencarral, me empujaba a la vez a avanzar por aquella calle con una ligera emoción que siempre me acompañaba, con un cierto afecto, puesto que aquella calle siempre me transmitía un eco especial, ya que unos portales más adelante, exactamente en el número 5, había nacido yo un mes de febrero de 1936 a las 6 de la tarde de un domingo, en medio de las explosiones de la guerra. Todo lo que me habían contado mis padres y mis abuelos, los periódicos y libros que yo había leído años después sobre aquellos momentos, las fotografías que había podido repasar en colecciones y bibliotecas, me llevaban, desde el balcón del número 5 de Fuencarral, hasta los sacos de arena amontonados para intentar proteger los edificios de los obuses y hasta los andenes nocturnos repletos de gente aterida de frío en los fondos del metro Gran Vía, aguardando bajo tierra, entre carteles de deshilachada propaganda y sacos de dormir, a que los ataques cesaran. Más o menos un año o casi un año y medio después de ese febrero, es decir, en abril o mayo de 1937, al otro lado de los cuatro tabiques de mi pequeña habitación infantil (así me lo contarían muchos años después), podía oírse perfectamente el eco de los proyectiles que disparaban sobre el gran edificio de la Telefónica de 81 metros de altura y 17 plantas – un rascacielos único para entonces – pegado al número 5 de Fuencarral, un edificio ocupado tan sólo hasta el piso octavo, abandonados y vacíos los pisos superiores por razones de seguridad y concentrados en el piso quinto varios corresponsales y escritores que allí tenían su oficina para transmitir la contienda, entre otros Barea, Dos Passos o Hemingway. Nunca pude imaginar que desde el inicio de mi vida la literatura la hubiera tenido tan cerca. A los dos primeros los leí años más tarde y al tercero lo conocí y charlé con él 22 años después, un 23 de mayo de 1959 en una armería de la calle de Serrano y aún recuerdo el poderío de su altura, sus ojos luminosos tras los lentes y su barba blanca. La Gran Vía, recordaba yo perfectamente y diría que casi palabra por palabra puesto que había leído en varias ocasiones los textos de Barea, la ancha calle en la que está la Telefónica, decía él, conducía al frente en línea recta; y el frente se aproximaba. Lo oíamos, recalcaba Barea. Estábamos esperando oírlo de un momento a otro nosotros bajo nuestras ventanas, con sus tiros secos, su tableteo de máquinas, su rasgar de granadas de mano, las cadenas de las orugas de sus tanques tintineando en las piedras. Tal era el clima de aquella esquina de Fuencarral con Gran Vía en donde yo viví los primeros meses. Pero junto a aquellas páginas de los escritores compuestas a posteriori, los relatos personales de mi familia me iban contando cómo mi abuelo, enfundado en una bata sobre el pijama, bajaba a la Gran Vía, al frío de la madrugada y con más de sesenta años, intentaba ponerse en la cola donde repartían botes de leche condensada, uno de ellos indudablemente para mí. Aquellos relatos narrados mucho tiempo después y suavizados como siempre ocurre por la distancia, nunca podrían reflejar la dureza de las noches y las madrugadas. En todo aquello seguía yo pensando mientras avanzaba por la calle de Fuencarral ya cerca de su final, mejor dicho de su principio, y recordaba igualmente, volviendo una vez más hacia aquellos escritores, antiguas lecturas mías, también de Dos Passos, sobre todo su “Manhattan Transfer”, publicado en 1925, es decir, doce años antes de llegar a Madrid y de instalarse en la Telefónica. Volvía a pensar en todo aquello conforme caminaba e iba dejando atrás el luminoso reflejo de los escaparates, y le daba vueltas a aquel juego que había hecho Dos Passos con sus escenas cambiantes y entremezcladas, anuncios, personajes, noticiarios, recortes y publicidad que conformaban el cuerpo de su novela, y así, dándole vueltas a las cosas, pensé, no sé por qué, que en cualquier lugar del mundo podría establecerse de algún modo una especie de mosaico o lo que es lo mismo, de reunión de materiales, para poder levantar también un “Manhattan Transfer” singular, aplicado por ejemplo a cualquier año, por ejemplo a 1936. Aquel año del 36 nacía Yves Saint- Laurent y morían Lorca, Unamuno, Valle-Inclán y Gorki, la empresa Corning Glass Works presentaba recipientes de vidrio que podían ponerse directamente al fuego, el profesor Henri, psicólogo y quirósofo abría su consulta diaria para que el paciente pudiera ver su destino, un terremoto convertía en ruinas la ciudad de San Vicente en El Salvador causando 250 muertos y 800 heridos, Eugenio O’ Neill recibía el Premio Nobel de Literatura, una cazadora costaba ese año 25 pesetas, una estufa de gas 45, una radio a plazos suponía pagar 5 pesetas al mes, se podía comprar “¡Protegeos!”a 60 céntimos, con consejos, normas y precauciones a adoptar frente a los bombardeos aéreos, “A mal tiempo -aconsejaba un anuncio -, Ron Negrita Bardinet” ; “Jabón de La Toja, inmejorable para tocador por su fino y exquisito perfume”decía otro anuncio; en Pirados, Chile, llegaba la lluvia después de 91 años de sequía, se estrenaba “Tiempos modernos” de Chaplin, “Lejía Conejo’ se anunciaba en Barcelona, Bilbao y Zaragoza ; la programación de la radio, a las 12,25, emitía “Cocktail del día” de Pedro Chicote; “Niños flacos, harina lacteada Nestlé” indicaba otra publicidad ; un par de medias costaban 11 pesetas, unas zapatillas 5 pesetas, una noche en un Hotel de lujo 10 pesetas ; la actriz Carol Lombard aparecía en la portada de “Lecturas”, en los trajes se introducían tejidos que imitaban la seda natural; en Alemania mandaba Hitler, en Estados Unidos Roosevelt, en España Azaña, en Italia Mussolini, en Francia Lebrun ; un paraguas costaba 8 pesetas, unos zapatos de señora 19 pesetas, unas gafas 5 pesetas; Miguel Hernández publicaba “El rayo que no cesa”, se inauguraba el puente más largo del mundo en la ciudad de San Francisco, abría en Alemania la fábrica de automóviles Volkswagen, Antonio Machado daba a luz su “Juan de Mairena”, Nehru se constituía heredero de Gandhi. Y así, con todos aquellos materiales y muchos más reunidos de todas partes podían perfectamente reconstruirse pieza por pieza los fondos del año 1936, su suelo y su mapa oculto de imprevistos, nacimientos, defunciones, espectáculos, costumbres y curiosidades, sólo faltaba que una mirada literaria, como la que había tenido Dos Passos en Nueva York, y más tarde ampliada en su trilogía USA, se extendiera sobre los países y en concreto descendiera sobre Madrid y fuera mostrando toda una situación de conflicto y pobreza. Pero en aquel 1936, en aquella esquina de Fuencarral con Gran Vía, existían también otras coordenadas, y así lo iba pensando yo en aquel atardecer. Levantaba la mirada hacia el cielo azul de Madrid a la altura de la calle de San Onofre, entre el gentío de las tiendas abiertas, y evocaba otros cielos contiguos y desconocidos, dilatados y extendidos en galaxias, una sensación parecida a la que me solía ocurrir de vez en cuando ante el mundo de los peces y el universo submarino, aquella sensación singular de que todas las cosas emergían al unísono, la trama de la vida, sus arterias y ciclos vitales, las raíces, hojas y ramas de los bosques, la expansión de nubes y cielos, un panorama que volvía a mi memoria. Pero no tuve tiempo de distraerme mucho en tales reflexiones porque casi enseguida llegué ante el balcón del número 5 donde yo había nacido y, como siempre solía hacer al pasar por allí, me detuve unos momentos ante la fachada de la casa, ante aquel balcón del segundo piso, e imaginé la figura de mi madre entre nítida y vaga en aquel muy lejano domingo de febrero, pero sólo fueron unos segundos ya que pronto emprendí de nuevo mi camino, rocé los grandes muros del edificio de Telefónica, doblé despacio a la derecha y me encontré de improviso con la luminosidad y el rumor tumultuoso de la Gran Vía. Debían de ser entonces las ocho u ocho y media, o quizás las nueve de la noche, no puedo precisarlo bien, pero lo que sí tengo en la memoria fueron las múltiples iluminaciones casi deslumbrantes entre el fragor de los coches brillantes bajo las luces y las muchedumbres yendo y viniendo por las nuevas aceras, ahora más amplias, que hacía pocos meses habían quedado inauguradas. Aquella Gran Vía de Madrid yo la conocía muy bien porque la había recorrido durante años de arriba abajo, especialmente antes de casarme, en los años cincuenta, muchas veces en verano, de diez a once de la noche, cuando dejaba en su casa del paseo de Rosales a quien luego sería mi mujer y cruzaba todo Madrid para volver andando hasta casa de mi tía Amparo, en la calle de Goya, donde yo entonces vivía, o cuando muchas mañanas llegaba en metro a la histórica estación de Gran Vía, precisamente situada frente a la Telefónica, una estación con elevador de tres paradas y su templete de granito coronado con una marquesina en hierro y cristal que resaltaba por su originalidad. En aquellos años la Gran Vía era espectáculo abierto a muchos autobuses de dos pisos con sus largos y grandes anuncios horizontales trazados bajo sus ventanas animando a consumir MARTINI o MORILES, mientras la neblina suave de cada invierno matizaba al pasar las largas faldas femeninas y los sombreros masculinos caminando en dirección a Callao, el mismo trayecto que ahora, por la acera de la izquierda, estaba haciendo yo. Aquella Gran Vía de los años cincuenta mostraba grandes y casi históricos edificios, muchos de ellos dedicados a proyecciones cinematográficas, nombres casi míticos, como el Avenida o el Palacio de la Música, o joyerías también célebres como Aleixandre, esquina a Montera, y yo en aquellos momentos me sentía caminar como siempre entre evocaciones cruzadas, igual que tantas veces me había sucedido en la vida, y una vez más, lo mismo que ante un resplandor, veía, por decirlo así, un Madrid desaparecido, la mano invisible pasando por encima de las ciudades y transformándolas. Al llegar a la altura del antiguo Palacio de la Música, ahora convertido en un amplio comercio de modas y del que estaban entrando y saliendo en esos momentos numerosos compradores, quise dar unos pasos hacia atrás en la misma acera, apartarme como pude de la multitud y levantar la mirada para contemplar de abajo arriba aquella compleja fachada que yo conocía muy bien, que yo había contemplado muchas veces, aquellos huecos excavados por hornacinas con jarrones prolongándose en los extremos hasta llegar a lo que podría llamarse el ático de la coronación, ascendiendo más arriba por una galería de orden jónico que combinaba columnas y que aún se alzaba más, hasta una balaustrada erizada de pedestales. Toda aquella zona muy cercana a Callao, tanto en la acera de la derecha como en la de la izquierda, había sido un enclave de ocio y diversión en los años cincuenta. Al lado del Palacio de la Música aún recordaba yo con claridad el gran vestíbulo del antiguo cine Avenida, por el que tantas veces había cruzado para entrar a ver una película, aquellas películas largas, en perfecto color y con perfectos amores, aventuras y traiciones, y cómo me habían sorprendido siempre, ya que me parecía una decoración de lujo, aquellas dos escaleras simétricas que conducían al anfiteatro y el paso a la sala sorteando columnas de mármol bajo espejos grabados recubriendo el techo donde se reflejaban brillantes arañas de cristal. Era un mundo que con las pequeñas salas de los cines modernos y sobre todo con la invasión implacable de los comercios, había desaparecido. Aún quedaba a pocos metros, al otro lado de la plaza, y ahora podía verla bien al entrar en ella, la imponente fachada del cine Callao, una creación de Gutiérrez Soto, con decoración típica del arte-deco y profusión de dorados, y sobre todo con su gran torreón de esquina iluminando en parte como un faro el resto de la Gran Vía junto al edificio Capitol, una Gran Vía que iba poco a poco descendiendo hacia la plaza de España. Y no sé por qué, si fue por la muy larga caminata emprendida durante toda aquella tarde desde mi casa con sólo un respiro de algunos minutos en una silla del Museo de Historia de Madrid hacía ya varias horas, o por diversas otras razones, lo cierto es que allí, en el centro de la plaza del Callao, rodeado por la gente y contemplando la iluminada fachada del cine, me sentí de improviso algo cansado y pensé a la vez, no sólo en el final que tenían todos los recorridos sino también de algún modo en el final de los libros. A aquel libro que yo había ido escribiendo poco a poco durante muchos meses entre errores y aciertos, “Los cuadernos Miquelrius”, aún le faltaba, pensaba yo, toda una labor de bastantes semanas de recapitulación, corrección y pulido, una labor parecida, me imagino, a la del carpintero que, creyendo ya su mesa aparentemente concluida, toma sin embargo su cepillo manual y realiza aquí y allá pacientes tareas de alisado en sus piezas de madera, rebaja nudos y cantos, permite que el ojo humano y también la mano no encuentren al pasar apenas ninguna dificultad : en el fondo algo necesario y difícil. Pero hasta el momento en que llegara esa tarea final de artesano había que seguir avanzando y así lo hice caminando entre la gente por aquella plaza del Callao, hasta, por un movimiento de inercia, llegar a una estrecha calle situada frente a mí, entre Preciados y unos grandes Almacenes, la calle del Postigo de San Martín, donde estaba situada la librería “La Central” a la que acudía tantos lunes por la mañana. A pesar de la hora observé con satisfacción que la librería aún no estaba cerrada y me decidí a entrar en ella, en parte para curiosear una vez más la aparición de alguna novedad y en parte para descansar un rato en alguno de los dos sillones que allí existían. Realmente en aquellos momentos había muy escaso público en “La Central” y yo, atravesando el vestíbulo sembrado de ofertas y revistas, tomé el ascensor como solía hacer siempre y subí hasta el segundo piso ahora casi vacío, aquel dedicado a libros de ensayo que era el que siempre me atraía. Y allí, y tal y como si fuera un sonámbulo, caminando entre hileras de libros y estanterías en todos los idiomas, sin duda apremiado por el cansancio acumulado de toda la tarde, llegué hasta la pequeña habitación acristalada, casi oculta en un rincón pero que desde hacía tiempo era ya como mi segundo espacio de trabajo, y viendo que la habitación aparecía solitaria busqué pronto el reposo en uno de los dos sillones. Me quedé largo rato pensativo. Frente a mí, al lado del ventanal que daba a una pequeña terraza por donde se adivinaba el cielo azul, aparecía sin ocupar el otro viejo sillón que siempre me había acompañado, un viejo sillón que yo había querido utilizar para sentar en él muchas veces de modo absolutamente imaginario, a Ricardo Senabre, antiguo catedrático de Salamanca y exigente critico de “El Mundo”. Senabre había sido, junto con la periodista, el único personaje de ficción que yo había introducido en mi libro. Senabre de algún modo me había servido para aconsejarme y animarme gracias a frases suyas que yo había leído en muchas de sus obras y él también me había atraído de modo casi misterioso puesto que era verdad que por muy pocos años de diferencia los dos habríamos podido coincidir como alumnos en las aulas de la universidad de Zaragoza, aunque aquello no había sucedido y siempre lo lamenté. Ricardo Senabre había fallecido en Alicante en 2015, pocos años antes de que yo comenzara “Los cuadernos Miquelrius” y sin embargo, por sus escritos y conferencias, él había estado muy presente en mí. Nunca nos habíamos, pues, conocido aunque siempre le había considerado muy cercano gracias a tantas lecturas. Nunca sabría lo que opinaría de aquellos “Cuadernos” pero me quedé mirando pensativo el sillón y le seguí dando vueltas a mis recuerdos e ideas.

José Julio Perlado

– “Los cuadernos a Miquelrius” – Memorias

Capítulo final

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (47) : DESAPARICIÓN DE LA PERIODISTA

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS (47) :  Desaparición de la periodista

 

Aún estuve dando vueltas por distintas salas del Museo alrededor de una hora. Me entretuve unos momentos ante dos pequeños y magníficos Sorollas, uno de ellos el “‘Caserío de barrios bajos madrileños”, de 1883, de un Sorolla aún joven pero ya inundado de luz, y luego descendí a la planta baja del Museo ya que allí se anunciaban las maquetas que revelaban las diversas etapas por las que había atravesado Madrid. Especialmente me impresionó descubrir una gran sala dispuesta a media luz donde, en su centro, aparecía extendido, bajo un fanal acristalado rectangular, el enorme cuerpo de una maqueta histórica, quizá la más importante de Europa, y de la que yo había oído hablar en muchas ocasiones: el modelo de Madrid construido en 1830 por el ingeniero militar Leon Gil de Palacio, hecho en madera de chopo y elevado un metro sobre el suelo y que mostraba en diez bloques irregulares la extensión de las ocho mil casas de la ciudad de entonces, distribuidas en 540 manzanas, con los espacios libres del interior de las manzanas, y los vericuetos, calles y caminos de una capital sin habitantes, un asombroso escenario fantasmal recreado con absoluta precisión y a la vez vacío, un inmenso y minucioso esqueleto que impresionaba con sus barrios y confluencias, una ejecución admirable que indudablemente suponía una excepcional fuente de información para la iconografía urbana y para la geografía histórica de la ciudad. Largo tiempo estuve siguiendo toda aquella superficie de más de 18 metros cuadrados con especial curiosidad, intentando encontrar a lo largo de aquella maqueta lugares donde yo había vivido o había estado alguna vez, y muchos de ellos los descubrí enseguida, pero además de la admiración ante la reproducción exacta de los edificios, algunos construidos en papel pintado, con ventanas y balcones en cartulina, quise observar también la precisión recreada de las periferias, con los olivares en el norte, los desmontes en el sur y la foresta verde de la Casa de Campo, así como los numerosos conventos, huertas, fuentes, callejuelas y rincones representados en la célebre maqueta y en la que se habían aplicado alambre, hilo y lana para los árboles, seda para los arbustos, tierra y arena para los jardines y metal para los remates de cúpulas, verjas y estatuas. Abarcaba todo aquel mundo tan preciso la zona central del Madrid de 1830, es decir, el espacio entre lo que hoy es la glorieta de Quevedo por el norte, muy cerca de mi casa, y la basílica de Nuestra Señora de Atocha, por el Sur, en total unos 4 kilómetros; y por otro lado, del paseo del Prado al Este al Palacio Real, por el Oeste, unos 3,5 kilómetros. El ingeniero Gil de Palacio había dedicado 23 meses para realizar aquella fidelísima copia de la ciudad ayudado por un equipo de topógrafos y carpinteros, y para ello se había subido a la llamada atalaya de Madrid, en la Torre de Santa Cruz, en la calle de Alcalá, y desde allí, en excelente panorámica, había querido contemplar casas, palacios y terrenos antes de comenzar la tarea tal y como se la había encomendado el rey Fernando Vll y tal y como yo ahora la contemplaba en el Museo.

Pero quizá la experiencia más memorable de todo aquel recorrido tuvo lugar unos minutos más tarde, inesperadamente, cuando quise sentarme a descansar un poco en una salita contigua a la sala central donde se encontraba la maqueta. Me senté en una de las pocas sillas que allí había, descubrí en una pared del fondo una pequeña pantalla, y de improviso vi que sobre ella se estaba iniciando en ese momento un viaje en las sombras, es decir, un vídeo informativo y complementario, como tantos otros que se muestran en exposiciones y museos, éste dedicado a las calles de Madrid pero enmarcadas en otros siglos, parecidas calles aunque distintas a aquellas que yo acababa de ver extendidas y yertas, y que ahora, en virtud del movimiento de las imágenes, se erguían y cobraban realidad. Así, acompañado por una tenue luz que me iba guiando entre tantos laberintos urbanísticos, comencé a viajar con la ayuda de aquel vídeo por una calle de Alcalá del siglo XlX, saliendo de una plaza de Cibeles desnuda y desierta, un espacio de color terroso cercado por árboles del paseo del Prado, para ir dejando a la derecha, conforme viajaba cuesta arriba por Alcalá, el convento de San Hermenegildo, hoy iglesia de San José (así me lo iban señalando unos carteles que aparecían), y pasar también, ya a la izquierda, ante el llamado convento de la Baronesa, en la actualidad Círculo de Bellas Artes, y continuando frente al convento de las Calatravas, proseguir mi camino virtual hasta la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y la entonces llamada Real Casa de Aduanas, hoy Ministerio de Hacienda, para llegar por fin a la Puerta del Sol. Pero cuando yo creía que el vídeo había concluido su recorrido y aún permanecía asombrado por cuanto había visto, me encontré de pronto con otro vídeo nuevo que comenzaba ahora a viajar por otra ruta virtual que me llevaba desde una desierta plaza de Neptuno, salpicada de árboles y sin apenas casas, hasta el Palacio de Villahermosa, hoy museo Thyssen, para subir luego, igual que una culebra luminosa, Carrera de San Jerónimo arriba, dejar a la derecha el convento del Espíritu Santo, actualmente Congreso de los Diputados, y entre conventos desaparecidos y manzanas de casas alineadas, acabar otra vez en la Puerta del Sol. No puedo precisar cuánto tiempo estuve aún atraído por todos aquellos viajes y vídeos que se me ofrecían, quizá me entretuviera en seguir unos cuantos más, acaso tres o cuatro, no lo sé, no sabría asegurarlo con certeza, pero lo que sí recuerdo perfectamente es que fue en uno de esos momentos, en la penumbra de aquella sala semivacía del Museo, cuando me vinieron a la memoria los diálogos que yo había ido manteniendo durante varios meses con la joven periodista que solía venir a casa, unos diálogos fluidos, para mí siempre interesantes ya que me habían ido forzando poco a poco a revelar algunas de mis ideas y recuerdos, me habían ido empujando a pensar y a desvelarme tal y como si yo permaneciera ante un espejo frente a la vida, porque de eso se había tratado, de irme mirando en un espejo interior, el espejo en el que yo me había contemplado muchas de aquellas tardes, el espejo que me interrogaba y me contestaba en silencio, mirándome yo en él y él mirándome a la vez, ya que ninguna periodista había existido nunca, no, no había existido, nadie había venido nunca a verme ni a entrevistarme, todo había sucedido tal y como con certeza había adivinado mi amigo el crítico Ricardo Senabre cuando, con su fina intuición, una mañana lo había sospechado y me había dicho en “La Central” que aquello de la periodista podía ser muy bien un truco literario mío de invención, un resorte imaginativo que yo me creaba para apoyar de una forma distinta el libro que estaba escribiendo.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius”- – Memorias

 

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (46) : LENGUAJE DE LOS ABANICOS

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

MEMORIAS (46):  lenguaje de los abanicos

 

 

En determinado momento, tras haber reposado unos minutos en aquel banco de la calle de Fuencarral dándole vueltas al curioso tema de los mendigos, quise acercarme para ver más de cerca la impresionante puerta de aquel antiguo Hospicio que tenía delante y fijarme en alguno de sus detalles y comprobé que también a esa hora seguía abierto el actual Museo acogiendo visitas. Me asomé entonces a la zona de entrada, y de repente decidí, puesto que no tenía ningún plan concreto que hacer en esa tarde, dar una vuelta por el Museo, al que, por unas cosas o por otras, y a pesar de la cercanía con mi casa, no había visitado nunca. Me sorprendió ver que la entrada era gratuita, me adentré en una primera y luminosa sala de la planta baja que llevaba por título Patio de la Fuente de la Fama, un recinto acristalado y muy moderno por donde pululaban en ese momento grupos de estudiantes tomando notas, y allí descubrí enseguida, destacada entre fotografías y vitrinas y cercana a uno de los grandes ventanales, una réplica de la pequeña y esbelta figura de la famosa estatua de la Mariblanca, elevada sobre una serie de pedestales para que se la pudiera ver mejor, aquella estatua que se había colocado en 1630 en la Puerta del Sol coronando a la llamada fuente de la Fé o de las Arpías, que yo había visto muchas veces en el centro neurálgico de Madrid rodeada por el tráfico y los viandantes, y a la que, según la tradición de la época, los aguadores de entonces, en razón de la blancura de su figura, comenzaron a llamarla Mariblanca y así quedó su nombre. Allí estuve unos minutos observándolo todo y me dirigí luego a las escaleras para ascender a la primera planta, que pronto me pareció, quizás en razón de la luz de la tarde o tal vez por la distribución de sus salas, algo más oscura de lo que yo esperaba, acaso también por el contraste con los objetos que allí se exponían. Eran grandes muebles antiguos del siglo XVlll, algunos que parecían no habrían podido caber en las habitaciones y que en principio no me atrajeron demasiado, pero sí en cambio me interesó enseguida una serie de vitrinas que mostraban numerosos abanicos cuidadosamente colocados, y junto a ellos, cubriendo casi totalmente las paredes, unos cartones para tapices reproduciendo paseos de otro tiempo, el ir y venir de gentes por célebres avenidas de Madrid. En una pequeña anotación que acompañaba a uno de aquellos abanicos pude leer, inclinándome en el cristal de la vitrina, su título, “Velada musical”, datado, según se decía, en 1780, en papel y nácar, y allí estuve bastante tiempo asombrado de la riqueza de sus varillas que los años no parecían haber estropeado y con las que se sostenían láminas doradas formando medallones con pájaros, flores, trofeos, guirnaldas y corazones ardientes, atravesados por una flecha del altar del amor para mantener abiertos varios cuadritos de tela representando a una dama sentada con un libro, una joven con una pandereta y un caballero tocando un instrumento musical. En el ultramoderno mundo del móvil y de los mensajes instantáneos en que yo vivía cotidianamente y en el que por supuesto vivimos todos, pronto me vino a la memoria como contraste la distancia y también la eficacia de aquellos otros lenguajes que habían protagonizado los abanicos de las vitrinas, ahora mudos y en reposo, pero que en su momento habían cobrado una enorme vida superficial y ligera, una vida movida gracias a las manos de tantas mujeres que con ellos se abanicaban pero que también se citaban con sus enamorados y también se protegían o se aventuraban en salones y teatros. Recordaba cuánto me había entretenido aquel lenguaje de los abanicos cuando de un modo muy casual lo había descubierto al hojear libros de costumbres, aquellos movimientos muy calculados y perfectamente acogidos por la sociedad del XVlll: el abanicarse, por ejemplo, muy despacio, que significaba “me eres indiferente”, el mantener el abanico en la oreja izquierda, que era lo mismo que decir, “quiero que me dejes en paz”, el abrir y cerrar el abanico con el significado de “eres cruel”, el llevárselo a la nuca indicando “no me olvides”, el apoyarlo sobre la mejilla derecha correspondiente al “sí”, el apoyarlo sobre la mejilla izquierda correspondiente al “no” o el cogerlo con el dedo meñique que significaba “adiós”. Más de treinta y tres movimientos del abanico habían conseguido registrar los especialistas para clasificar aquel lenguaje de códigos semisecretos extendido tanto en Francia como en España y ahora cuando me alejaba ya de aquella vitrina y me detenía, a muy pocos metros, ante un cuadro lleno de luminosidad, volví a ver otro abanico, llevado esta vez en las manos de una mujer que, sentada entre varias figuras que bailaban, formaba parte de un paisaje. Era el llamado “Baile junto al puente en el canal del Manzanares”, de 1784, firmado por Bayeu, el cuñado de Goya, según se apuntaba en un cartel, una escena campestre de ambiente festivo tan frecuente en la Pradera junto al río Manzanares, cerca de la Puerta de Toledo. Era posiblemente un apunte del baile de contradanza, de origen francés, ejecutado aquí al aire libre con sus movimientos de vuelta, aprieto, pisoteo y puntapié en medio de una serena algazara. Casi inmediatamente al lado de ese cuadro quise detenerme ante otro Bayeu que igualmente me sorprendió, su “ Paseo de las Delicias”, un óleo de 1785, donde podía verse el antiguo y desaparecido paseo que bajaba desde la Puerta de Atocha hasta el río Manzanares, destacando sobre todo por su arboleda, un paseo que había sido mucho más popular que el famoso del Salón del Prado, y en él que se distinguían, como podía comprobarse en la rápida pincelada, las damas y los caballeros entremezclados con los llamados “majos”, “chisperos” o “petimetres”, curiosos tipos que pululaban por aquel siglo. Me vinieron a la memoria también antiguas lecturas sobre aquel Madrid del XVlll en donde las calles confundían a toda clase de gentes, el artesano se mezclaba con el militar, la señora con la criada y donde todos iban y venían sin distinguirse a veces por el traje, unos enlazados con otros, cantando a veces seguidillas, hablando de política, de moda, de tantas cosas, sin miedo a las murmuraciones y en un espacio de diversión. Siempre había sentido curiosidad por la palabra “petimetre” y por sus circunstancias, por sus hábitos y costumbres, la historia de aquellos hombres que se esforzaban en distinguirse por su cultura y por su gracia en un ambiente madrileño en el que todo el mundo presumía de poseer alguna habilidad. Pero lo cierto era que aquellos “petimetres” caían muchas veces en el ridículo cuando en las tertulias mezclaban sus juegos de naipes con sus curiosidades físicas, intentando deslumbrar con los adornos de sus atuendos, sus pañuelos y perfumes tan cercanos a la extravagancia y a la frivolidad.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius’ – Memorias

 

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS”: MEMORIAS (45): LOS MENDIGOS FINGIDOS

 

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

 

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MEMORIAS  (45):   Los mendigos fingidos

 

 

Al salir de El Comercial, creo que ya serían las cuatro o cuatro y cuarto de la tarde, no lo recuerdo con exactitud, giré hacia la izquierda, disfruté una vez más del magnifico color de Madrid reflejado a aquella hora en las hojas de los árboles y en los brillantes espejos de los comercios, y comencé a andar despacio y sin rumbo fijo, tal como solía hacerlo algunos sábados por la mañana muchas veces acompañado de mi mujer, pero esta vez caminando solo y sumido en varios pensamientos por aquella larga calle de Fuencarral de tanta historia. Porque lo que estaba haciendo ahora casi sin darme cuenta era de algún modo recorrer aquella calle al revés, es decir, no comenzando por sus inicios, puesto que ellos quedaban ya señalados en la Gran Vía, sino empezar mi paseo casi por su final, final que estaba muy cercano a la glorieta de Quevedo, ya que la calle de Fuencarral, según viejos documentos que alguna vez me habían servido de informacion y también de entretenimiento, se alargaba en tiempos hasta el pueblo cercano de Fuencarral, allí donde habitaban los monteros de los Reyes de Castilla, y precisamente del nombre de aquel pueblo había tomado su nombre esta calle. Aparecían, pues, los antecedentes de la calle de Fuencarral en la Historia muy perdidos en la lejanía como un paisaje poblado de encinas y repleto de caza mayor, espacio abierto a gamos y jabalíes, muchos años antes de que fueran tallados aquellos bosques y muchos años antes también de que en tiempos de Felipe ll se cortaran los montes y ya en época de Felipe lll el amplio camino rural y vecinal se transformara, casi de modo espontáneo, en primitiva calle. Por cierto que caminando por aquel inicio de proyecto de calle y en dirección a Madrid había entrado en 1612, todo un cortejo: nada menos que el embajador de Francia, Conde de Umena, precedido, según contaban las crónicas, de 136 acémilas, 50 con fardos de mercancías francesas, y las restantes, con los aderezos de cocina y casa, yendo detrás la recámara del conde, luego los oficiales, mayordomos y criados de dos en dos, y al final, los gentileshombres, 30 pajes y los caballeros que traía consigo. Toda una procesión para Fuencarral.

Comencé a andar sin ninguna prisa por la acera de la izquierda de la calle, pasé despacio por delante de una farmacia abierta día y noche y que yo conocía muy bien puesto que entraba en el camino habitual de mis paseos por el barrio, dejé a mi izquierda la calle de Apodaca y luego la de Barceló, como también los jardines que se prolongaban hasta el vecino y nuevo mercado, y en determinado momento, unos pasos más adelante, quise detenerme ante la imponente fachada del Museo de Historia de Madrid, antiguo Hospicio de San Fernando. El sol a esa hora de la tarde estaba cayendo sobre las molduras, los escudos, los paños plegados, los jarrones y las flores de la exuberante puerta que yo ahora contemplaba: la obra de Pedro de Ribera enormemente barroca, para unos admirable y por otros muy criticada. Siempre había pasado deprisa ante aquel edificio y hasta entonces nunca había dedicado tiempo a observar con atención las conchas, las volutas y pilastras, los arcos y las colgaduras de aquella fachada, y por tanto aproveché ese momento para sentarme en un banco delante de la portada y allí me quedé mirando durante un largo rato los grandes ventanales enrejados, guarnecidos con profusión enorme, así como los torreones que escoltaban la hornacina con la imagen central de San Fernando. Aquello había sido, mucho antes que Museo, así lo recordaba yo por lecturas, Hospicio importante y espacioso, llamado de los Pobres del Ave María, fundado por doña Mariana de Austria en 1668, situado primero en la calle de Santa Isabel y trasladado unos años después, en 1674, a la calle de Fuencarral, y por allí habían pasado en sus inicios casi cuatrocientos pobres a los que muchos de ellos solían llevar vestidos con un paño pardo, destacando en el pecho una lámina de bronce con la cruz trinitaria triangulada y una inscripción que decía “Ave María” y presentando al lado derecho las armas reales y al izquierdo las armas de Madrid. Muchos de esos pobres quedaban asignados para desempeñar ocupaciones diversas, tales como fabricación de linos y paños, puntos y tejidos de lana, bordados e hilados, tapicería, carpintería, calderería o sastrería, y un siglo después esos pobres y mendigos alcanzaban la cifra de ochocientos y ya en el reinado de Carlos lll sumaban más de dos mil. Pensé entonces, sentado en aquel banco ante la fachada del antiguo Hospicio, en toda la muchedumbre de mendigos, unos auténticos y muchos de ellos falsos, que seguían invadiendo ahora la vida de Madrid en el siglo XXl con motivo de algunas migraciones provenientes del centro de Europa y por otras muchas causas, y que igualmente habían existido en muchas ciudades españolas a lo largo de siglos, como así lo relataban no sólo historiadores sino importantes autores de la picaresca. Y recordé igualmente cómo una tarde de hacía años, trabajando en uno de los pupitres de la Biblioteca Nacional, seguramente en la Sala General que era donde yo entonces escribía, me topé casi por casualidad con un curioso Discurso de un médico y capitán de galeras, cuyo nombre ahora no lograba recordar con precisión, en el que defendía ya en el siglo XVl el amparo de los legítimos mendigos y también la reducción de los fingidos. Porque los fingidos siempre habían existido en España. Cervantes en una de sus novelas cortas describía por ejemplo cómo los falsos mendigos conocían oraciones dedicadas a todos los santos que podían recitar si se les pagaba por adelantado y Mateo Alemán en su “Guzmán de Alfarache” contaba tretas, gestos y voces adecuados que presentaban según los sitios y las horas, e incluso se atrevía a distinguir las diversas naciones según la manera de pedir que las gentes tenían: los mendigos alemanes, decía, cantando en tropa, los franceses rezando, los flamencos reverenciando, los gitanos importunando, los portugueses llorando, los toscanos con arengas y los castellanos respondones.

José Julio  Perlado

“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

 

(Conrinuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (44): CALLE DE FUENCARRAL Y “EL CAFÉ COMERCIAL”

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS :  (44) : Calle de Fuencarral y el  “Café Comercial”

 

 

 

30 junio

 

No sé por qué me fui dando cuenta una de esas tardes en las que no vino a verme la periodista que de algún modo debía de ir clausurando aquellas entrevistas que nos habían ocupado a los dos durante varios meses, y lo sentía, porque a su manera aquella joven profesional, tan atenta y precisa en sus preguntas, me había ayudado a recobrar personajes y a revivir situaciones, pero pensé que en líneas generales ya estaba todo dicho, o al menos casi todo de lo que yo en el fondo quería decir, y muchos aspectos de mi vida no había por qué forzarlos más. Así que aproveché una de aquellas tardes, creo que fue la tarde del 21 de junio – era el primer día de verano y era primera hora, una tarde hermosa, llena de los colores de Madrid – y me envolví en mis recuerdos como suelo hacer algunas veces, y salimos los dos, mis recuerdos y yo, del portal de mi casa en la calle Jerónimo de la Quintana hacia las tres o tres y media para doblar a la izquierda y entrar enseguida en la calle de Fuencarral camino de la glorieta de Bilbao. Allí muy pronto mis recuerdos me detuvieron. Me encontraba frente por frente a la fachada del Café Comercial, exactamente en la esquina donde comenzaba la calle de Carranza, y podía ver al otro lado de la glorieta dibujada en forma de estrella los toldos y los amplios ventanales del Café, uno de los célebres lugares de tertulias literarias madrileñas en épocas pasadas, ahora remozado al haber cambiado de dueño, pero que había perdido bastante el encanto de tiempos anteriores, cuando presumía por ejemplo de sus divanes de peluche, sus grandes espejos, su escalera de caracol o las partidas de ajedrez junto al ventanal. De pie en la sombra de uno de los portales del gran edificio de Seguros Ocaso situado frente al Café, allí estuve bastante tiempo dudando si cruzar o no hasta el Comercial y recuerdo que allí precisamente, como así me había sucedido en otras ocasiones puesto que el lugar siempre me atraía, estuve evocando casi sin querer lecturas de otros tiempos en torno a aquel punto concreto, sobre todo la referencia que el historiador León Pinelo en sus “Anales de Madrid” contaba sobre lo ocurrido en ese sitio el día de San Lorenzo de 1640, a las diez de la mañana, cuando al volar por los aires la casa de la pólvora de la entonces Corte toda la gigantesca explosión afectó a los llamados pozos de la nieve, situados no muy lejos de la esquina donde yo en esos momentos me encontraba. Unos años después, en el famoso “Plano de Texeira” de 1656, aparecían perfectamente señalados aquellos pozos de la nieve que siempre me habían intrigado, unos pozos surgidos del monopolio que el catalán Pablo Xarquíes había conseguido para la distribución de la nieve en Madrid, y gracias a los cuales el Rey y los ciudadanos podían abastecerse. Aquel célebre Plano de Texeira yo lo conocía a través de distintas reproducciones y en muchas ocasiones me había inclinado sobre él y sobre sus veinte hojas y, con ayuda de una lupa, había descubierto y agrandado el dibujo de huertas, caminos, fuentes, calles y jardines, además, naturalmente, de los que señalaban los agrupados edificios de aquel Madrid del siglo XVll que entonces medía tres kilómetros de norte a sur y dos de este a oeste, sin contar el Retiro. Había momentos, lo recordaba perfectamente, en que habiéndome tropezado en el plano con dos hojas casi pegadas, los contornos aparecían difuminados y poco nítidos en razón de la poca calidad del dibujo, pero en general el plano podía contemplarse bien y era un auténtico placer poder viajar y perderse de forma única por aquel Madrid de otro tiempo que siempre me había interesado. Es así como había descubierto en el plano, entre otras cosas, aquellos pozos de la nieve que, según informaciones y lecturas posteriores, se utilizaban para la conservación de alimentos y medicinas, así como para enfriar bebidas, costumbre mantenida en la Edad Media gracias a las comunidades árabe y judía. La nieve, pues, la traían los neveros desde la sierra del Guadarrama, y los edificios para conservarla solían ser alargados con tejados a dos aguas, una puerta y una ventana, y en su interior se encontraban los pozos separados y aislados por tabiques, sin ventilación ni comunicación para que se mantuviera el frío. Estuve allí aún un largo rato, en la esquina de Carranza con la glorieta de Bilbao, pensando en aquellos sorprendentes pozos de la nieve de hacía varios siglos, y una vez más, como le había hecho ver en varias ocasiones a la periodista y yo también me lo había dicho a mí mismo, el Madrid antiquísimo se había ido superponiendo igual que si fuera una capa misteriosa sobre el Madrid actual, o quizás al revés, no lo sabría decir, pero lo cierto era que el pasado de la ciudad volvía de nuevo a mi memoria como me había ocurrido tantas veces y como también, por ejemplo, había querido cubrir en su momento el pasado de Roma sobre la Roma presente, al recordar aquellas conversaciones de hacía años con Jean D’ Hospital, mostrándome los tiempos antiguos del Foro, con sus enormes bueyes bamboleantes caminando entre las ruinas famosas. Pero no quise seguir demasiado con aquellos pensamientos que tampoco sabía si me llevaban a alguna parte y al fin me decidí a cruzar la calle y entrar a tomar un café en El Comercial. Nada más empujar las grandes puertas giratorias de la entrada descubrí a la izquierda, tras el mostrador, los dos grandes salones ahora remozados y decorados de un modo distinto al que yo estaba acostumbrado, con una sucesión de columnas, espejos y lámparas iluminando algunos manteles blancos que sin duda invitaban a largas sobremesas, y en torno a ellos una serie de pequeñas reuniones muy variadas que de algún modo podían calificarse de espontáneas tertulias. Recordé, mientras preparaban mi café en el mostrador y contemplaba al fondo aquellos salones en la primera luz de la tarde del reciente verano y observaba intrigado unas piezas de fruta artificial colocadas junto a los ventanales, las célebres tertulias, muchas veces nocturnas, celebradas en El Comercial durante años y a las que habían acudido dibujantes, cineastas, periodistas, novelistas y poetas. Muchos de ellos venían en cierto modo voluntariamente expulsados del Café Gijón, y alguno incluso proveniente del Europeo, el café que habían frecuentado muchos años antes los hermanos Machado, o el de de Platerías, todos de épocas más antiguas, y enseguida me vino a la memoria la figura de Ignacio Aldecoa, un asiduo del Comercial, un gran cuentista de trazo realista y estilo muy trabajado y pulido, con quien yo había charlado en 1966, tres años antes de su muerte. Recordaba cómo en su domicilio madrileño, Aldecoa, mientras deambulaba por aquel cuarto de trabajo su amable e inteligente mujer, Josefina, también novelista, me había confesado que el estilo, para él, era un anhelo o deseo de precisión por medio del vocabulario y de cómo el idioma no era sólo un principio estético, sino un instrumento y un vehículo (y en eso sí me había insistido varias veces) de alta precisión. Aquella precisión, me dije ahora mientras seguía en el mostrador del Comercial tomando mi café, intentaba fijarse sobre la palabra escrita, pero en cambio la palabra hablada, aquella de Aldecoa y también la repartida por todos los demás contertulios en cualquier café del mundo, se expandía y se perdía lógicamente por los aires, era una palabra gaseosa y viajera, trenzada frecuentemente de ocurrencias y observaciones, en ocasiones algo ayudada por el vino y el humor, y pensé casi inmediatamente en muchos cafés célebres de distintas ciudades y en el universo casi infinito de palabras que habían ido girando en torno a sus mesas y a sus tazas pero también pensé en sus silencios, y no sé por qué, en ese preciso momento, quizá por una extraña asociación de ideas ante el decorado que estaba contemplando al fondo, me acordé de los silencios que yo había sentido, asumiéndolos casi de un modo sagrado, en el famoso Caffé Grecco de Roma, una mañana de 1965, sentado en uno de aquellos rincones profundos del local, exquisitamente preparados gracias a la infinidad de cuadros de todos los tamaños, verdaderas obras de arte en cuanto a paisajes y retratos, muchos de ellos acompañados de históricas dedicatorias que cubrían casi absolutamente todas las paredes del café romano, gracias también a sus pequeños y redondos veladores y a sus sillas y diminutos divanes tapizados en elegante color rojo, y desde los que uno podía imaginar que escuchaba y así al menos lo hice yo aquella mañana cerrando los ojos, las palabras y los silencios de Gógol y de D’ Annunzio, de Listz y de Berlioz, de Goethe, de Mendelsson, de Byron y de tantos otros que a lo largo de los siglos habían pasado por aquel rincón. Allí, las palabras en el Caffe Grecco de via Condotti, abierto desde 1760, es decir, el más antiguo de Roma y el segundo más antiguo de Italia, superado sólo por el Caffé Florian de Venecia inaugurado cuarenta años antes, eran una muestra del poderoso ejercicio de reflexiones e interrupciones, de debates, opiniones y hallazgos que podía guardar cualquier café importante. Como también pensé en los silencios de otro café italiano, éste ya en el norte del país, en una ciudad fronteriza, celebrado y resucitado por Claudio Magris en su “Microcosmos”, el Caffé San Marcos de Trieste, al que habían acudido, entre otros, Joyce e Ítalo Svevo, y en la decoración de unas máscaras situadas en la altura de sus paredes, concebidas muy posiblemente por el pintor vagabundo Timmel, que brillaban encima de las numerosas mesas de ajedrez, asomándose sobre fruteros y botellas de champán y uniéndose a los dibujos relucientes de lámparas y medusas. En mi caso, a pesar de que en muy contadas ocasiones me había animado a participar en tertulias literarias, sin embargo siempre me había sentido intrigado ante el poderío que podía llegar a tener la palabra en aquellos locales cerrados y frecuentemente envueltos en humo en los que se hablaba y hablaba interminablemente, y tampoco me era difícil recordar cómo un día Valle-Inclán, tan aficionado siempre a todo tipo de cafés, había declarado con su peculiar acento y en un arrebato muy razonado, que el madrileño Café de Levante, situado en la calle del Arenal, con su abigarrado mundo de músicos, pintores, escultores, dibujantes, poetas y grabadores, había tenido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo, según él decía, que dos o tres Universidades y Academias.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (43) : LA BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (43) : La biblioteca del pensamiento

 

 

 

Hemos entrado, la periodista y yo, en este otro despacho que tengo, en el despacho del ensayo. Es más pequeño. Es otro mundo. Otro mundo distinto. Se advierte hasta en las estanterías, en cómo están colocados los libros; la periodista me lo ha hecho notar enseguida. Aquí apenas hay fotografías ni papeles recortados.

—¿También éste lo usa como “farmacia”…? – me ha preguntado al entrar, no sin cierto humor.

—No. Este despacho es otra cosa. Es un despacho de consulta. De consulta asidua. Aquí están, por ejemplo, mis amigos, los que me han ido formando y los que me siguen formando.

—¿Por ejemplo?

—Pues por ejemplo Montaigne, Pascal, Kenneth Clark, Steiner, Pietro Citati, ciertos libros de Ortega…

—Muchos no los conozco.

—Nos llevaría mucho tiempo hablar de ellos. Kenneth Clark, por ejemplo, es un gran historiador de arte británico, un excelente divulgador, que me ha enseñado el arte del paisaje o cómo valorar mejor una obra maestra. O Citati, un gran crítico italiano que me ha adentrado por muchos autores y muchas culturas. O Steiner, que me ha mostrado la importancia de la soledad, del silencio, la importancia de la música.

—¿Oye usted mucha música?

—No, no demasiada. Debería escuchar mucha más. No sé por qué me he inclinado más hacia la pintura.

—Veo que también a la poesía. Aquí hay varias estanterías dedicadas a la poesía.

—Si, la poesía es un hallazgo permanente. Una muestra de belleza sintetizada en la precisión. Muchas veces un regalo del lenguaje. Se aprende mucho leyendo poesía.

—¿Qué ha aprendido usted leyendo poesía?

—Pues las intuiciones condensadas en el lenguaje, la elección de las palabras, las expresiones absolutamente acertadas, asombrosas, inauditas. Pienso en Rilke, en Eliot, pero también entre los españoles en Ángel González, en Claudio Rodríguez, en Juan Ramón, en tantos otros…

—Y veo que también tiene aquí una balda entera dedicada a Cervantes…, ¿no ha querido colocarlo en el otro despacho, en el de la ficción?

—No. He preferido colocarlo aquí porque es uno de mis grandes amigos. Siempre me ha acompañado“El Quijote”. “El Quijote” y los estudios sobre “El Quijote”. Ellos me han enriquecido la vida continuamente. Es una enseñanza perpetua.

—¿Usted llega a las grandes obras a través de los estudios y los comentarios o las lee directamente, sin ayudarse de ningún comentario previo?

—Ambas cosas. Hay libros que son como montañas, que hay que ascender a ellas ayudándose, como usted dice, con especialistas, con investigadores. Pienso, por ejemplo, en “La divina Comedia”. Se leen partes de ella una primera vez directamente y luego se acude a un comentario; muchas cosas quedan iluminadas gracias a ese comentario certero – hay valiosísimos comentarios o estudios sobre Dante o sobre Shakespeare, por ejemplo – y entonces uno vuelve a leer, relee, vuelve a aprender.

—Repite usted con frecuencia esa palabra, “aprender”, le gusta, va con usted, ¿ siempre quiere aprender?

—Sí, es necesario aprender siempre, es algo capital, es de un enorme interés para enriquecer a la persona. La enriquece. Nunca se llega a aprender del todo. La vida es un aprendizaje. Pero los libros continuamente enseñan. Yo ignoro muchísimas cosas, pero intento mantener abierta la curiosidad, la curiosidad es esencial.

—La curiosidad es algo de lo que usted me hablaba el otro día al referirse al periodismo, algo que intentó también fomentar en sus alumnos…

—El periodismo ha cambiado mucho. Pero la curiosidad siempre será una de sus bases. Yo cuando daba clase les decía medio en broma a mis alumnos que me hubiera gustado examinarles en la puerta de la Facultad el primer día del primer año, antes de entrar, preguntándoles: “Usted, ¿por qué siente curiosidad? ¿qué le interesa? ¿qué le intriga?”. A más amplia curiosidad, mayores dotes para el periodismo. Pero también para la vida. Uno tiene que tener curiosidad por todo conforme se van cumpliendo años: estar al día. El mundo es muy cambiante y lo hace a toda velocidad. La curiosidad sana va hermanada con la juventud interior: interesarse, intrigarse ante lo desconocido. De alguna manera es lo que está usted haciendo, por ejemplo, con sus preguntas.

—Bueno, lo intento… Pero me gustaría hacerle ahora otra pregunta. Puesto que estamos en su despacho y a la vez hablamos de periodismo, de novela, de ensayo, de tantas otras cosas, ¿de qué forma se definiría usted? ¿Es más periodista, más escritor, más profesor…?

—Yo me considero más escritor y profesor. Mejor dichho, un mero artesano. Como escritor, un mero artesano. No hay que darle mayor importancia a ser escritor. No la tiene. Soy una persona que intenta trabajar con las ideas, con las palabras. Cada uno tiene en la vida unas aptitudes y yo creo que estoy más cerca de la creación y de la divulgación que de otra cosa. La divulgación está muy unida a la enseñanza y los treinta años que he dedicado a la enseñanza (y después, aprovechando las herramientas de internet, como ya le hablé), en el fondo lo que he hecho es divulgar algo de lo que sabía, intentar apasionar con un oficio pero también transmitir algunos saberes. Y a la vez, escribir, crear. Siempre que he tenido tiempo, y cuando no he tenido tiempo lo he buscado, me he dedicado a crear, a inventar historias, a desarrollarlas. Marañón se calificaba como un “trapero del tiempo”. Yo no sé si pudiera decir lo mismo, pero lo cierto es que en cualquier momento libre me he dedicado a anotar historias, a esbozarlas, eso que me gusta mucho en llamar “esbozos de esbozos”. Esos “esbozos de esbozos” que parecen nimiedades, meros borradores sin importancia, y con los que he llenado esos cuadernos azules pequeñitos que usted ha visto y otros blocs de notas muy numerosos que siempre me han acompañado, son los apuntes o esbozos que al final quedan, valen mucho, le mantienen a uno en tensión creadora, le suscitan ideas que casi son realidades, que son muchas veces definitivas realidades, algunas incluso son historias ya completas en sí mismas, otras habrá que trabajarlas mucho. Pero lo importante, como antes le decía, es aprender, leer, releer, anotar, escribir, mantener activas la imaginación y la memoria, no solamente para luchar contra el envejecimiento, sino porque uno está inclinado a eso, mejor o peor, uno está dotado para eso. Y por tanto hay que desarrollarlo.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (42): LA BIBLIOTECA DE LA FICCIÓN

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (42):  La biblioteca de la ficción

 

 

 

20 junio

 

Esta tarde, al llegar la periodista, ha querido ver mi biblioteca. Me lo ha dicho con cierto pudor, pero yo creo que venía ya con esa intención. Y aunque siempre hemos mantenido las entrevistas en este despacho en el que trabajo y que está lleno de libros, la verdad es que es la primera vez que la he visto muy interesada en las estanterías y en los volúmenes. Miraba y remiraba todo con gran curiosidad. Hoy, al entrar, ni siquiera ha querido sentarse y enseguida me ha pedido que si no me importaba diéramos una vuelta por las estanterías.
—Hace unos días – me ha dicho – usted me enseñó el libro de Cela y de Picasso. ¿Por qué no me enseña más cosas?

 

Hemos recorrido sin prisas los dos cuartos que tengo, no son habitaciones muy grandes, tampoco se comunican entre sí aunque estén una al lado de la otra. Yo tuve desde el principio un despacho para trabajar pero al casarse mis hijos e irse de casa ya pude dedicar una habitación más para colocar otros libros. Uno de los cuartos está dedicado a la ficción y el otro al ensayo. Hemos empezado por el de la ficción.

—¿Sabe cuántos libros tiene aquí? – me ha preguntado.

—No, no lo sé. Ahora hay pocos. Pocos en relación con los que había antes. El año pasado hice una gran limpieza. Me ayudó muy eficazmente durante un mes un chico portugués que pasaba unas semanas en Madrid y me desprendí de muchos.

—Voy a hacerle una pregunta – me ha dicho sonriendo mientras se detenía ante uno de los estantes – que creo es la pregunta que sIempre suelen hacerse los profanos y que a lo mejor ya le han hecho alguna vez: ¿los ha leído todos?

—No, no todos. Algunos los he comprado para leerlos en su día, porque sé que me servirán. Muchos sí, los he leído y anotado. Están muy subrayados y anotados en los márgenes.

—¿Tiene usted alguna manía con los libros, algo muy personal?

—Bueno, no sé si será manía o simplemente costumbre. Durante años he escrito en la esquina de la primera página del libro, a la derecha, la ciudad donde lo compré y el año.

—¿Y ahora no lo hace?

—No, ya no lo hago pero recuerdo casi perfectamente dónde lo compré.

—¿Lee usted mucho? ¿Qué lee, por ejemplo, ahora, cuando está escribiendo un libro?

—Leo siempre, pero no demasiado mientras escribo un libro, como usted sabe que ahora estoy haciendo, porque procuro que no me influya ninguna lectura, pero sobre todo, en general, más que leer, releo bastante. En ficción, ahora que estamos en este cuarto dedicado a la ficción, le diré que desde hace años leo poca ficción, sobre todo ficción contemporánea; en ficción voy siempre a releer lo seguro, lo ya conocido, lo escogido por mí hace mucho tiempo. En el fondo, lo que hago es ir en busca del buen vino. Uno va conscientemente hasta esa botella antigua que se encuentra en una de estas estanterías de la biblioteca y que permanece aquí desde hace años, porque sé que, al abrirla, me encontraré con el estilo. El estilo, igual que el argumento, permanece dentro del libro, es la forma de contar las cosas. Para mí es muy importante el estilo, es decir, cómo se cuentan las cosas aún más que las cosas que se cuentan. En ficción las cosas que se cuentan fueron leídas y conocidas en su momento, y se diría que ya se dan por sabidas. Hay historias que podrían llamarse “inmortales’, pienso en “Guerra y paz”, y hay estilos que permanecen intactos, (naturalmente según los gustos) y pienso en Proust. La gente en general, ante las historias y los argumentos, dice como conclusión y en una rápida respuesta: “ ya lo he leído” o “ya lo he visto”, si es que hablan de cine. Dan el carpetazo definitivo. No es fácil que vuelvan a ese libro; sí quizás a esa película. Pero si vuelven lo que les atrae, además de revivir quizá la historia, es disfrutar de cómo ella está contada. Eso ocurre en cierto sentido ante una sinfonía o ante una pintura. Uno vuelve a paladear esa sinfonía que ha escuchado ya decenas de veces y vuelve a contemplar también el prodigio del cuadro ya contemplado porque lo que le atrae no es el argumento sino el color y las formas y las combinaciones que iluminan ese argumento. En el fondo lo que le está atrayendo es el estilo. Hay estilos que desaparecen, “ya no se escribe así”, se dice con toda razón ante una obra, y hay estilos que en su día fueron muy elogiados y hoy son apartados, pienso, por ejemplo, en Gabriel Miró. Pero es como si eso se dijera lo mismo, por ejemplo, ante una sinfonía o una pintura. En el caso del escritor es distinto. Me interesan sobre todo las formas, más aún que las anécdotas o las historias. Seepersad Naipaul, el padre del novelista de origen hindú V.S. Naipaul, le leía en voz alta a su hijo varias formas o maneras especiales de contar, varios parlamentos de “Julio Cesar” por ejemplo, o páginas sueltas de “ Oliver Twist”y “David Copperfield”, o algo de los “Cuentos de Shakespeare”, de Lamb. Todo eso para educarle y acostumbrarle a diversos estilos. En el fondo eran como pequeños “sorbos” de estilo.

—¿Y hace usted algo parecido? – me ha dicho la periodista de pie, a mi lado, siguiéndome y observando atentamente las estanterías y a la vez grabando nuestra conversación.

—Bueno, yo en parte sí, en cierto modo hago algo parecido. Pero no sólo con el estilo sino esencialmente y sobre todo – no se asombre – con lo que yo llamo de alguna forma “mis reconstituyentes”, es decir, una especie de “farmacia” que tengo, aquí, en este despacho de la ficción, muy a mano, y que yo sé siempre dónde está.

—Cuénteme eso de la farmacia…

—Bueno, pues yo, como todos los escritores, así lo pienso, también tengo mis momentos de desánimo, de pasividad o de incertidumbre. Entonces, en alguno de esos momentos que pueden ser más largos, que pueden incluso durar días o semanas, me vengo aquí, a este despacho, a buscar remedios en mi “farmacia”, y siempre los encuentro. Para mí son tonificantes.

 

—Es curioso todo eso…

—Pues sí, los califico de tonificantes porque, sean fotografías o sean pequeños textos, sobre todo de Diarios, que es cuando parece que los autores hablan con más sinceridad, todo ello me estimula y me empuja a continuar. Son una enseñanza. Veo, por ejemplo, cómo han actuado los grandes, o los que para mí considero grandes, cómo se concentran, cómo se esfuerzan, cómo superan las cosas.

—¿Le estimulan también las fotografías?

—Sí, también me estimulan. Hay fotografías muy reveladoras. Ve usted aquí, por ejemplo, estas fotografías apoyadas o mezcladas entre libros, como ocurre en numerosos despachos que usted ya habrá visto. Pero aquí, creo, están muy escogidas. Están colocadas aquí porque para mí son estimulantes. Tiene usted, por ejemplo, ésta, en la balda ocupada por los italianos, esta fotografía de Italo Calvino, que creo le hizo Sebastiao Salgado. Mírela con atención. Está Calvino acodado sobre su mesa de trabajo, sentado al aire libre, concentrado; el brazo izquierdo lo tiene muy cerca de su cabeza y la mano izquierda como envolviendo toda su cabeza, como sujetándola y sujetando su cráneo, como si no quisiera que se le escapasen las ideas, el codo de su camisa está apoyado en el manuscrito que está escribiendo y corrigiendo con un pequeño bolígrafo. Es toda una concentración.

—¿Le gusta Calvino?

—Sí, me gusta porque sobre todo admiro su rompimiento con todo lo que escribió anteriormente, con el realismo, y cómo se lanza a crear su trilogía “Nuestros antepasados”, que es un prodigio de audacia y de fantasía. Y también de humor. Y me gustan también sus “Seis propuestas para el próximo milenio”. Todo lo que sea creación audaz, nuevos caminos, me interesa.

 

—O sea que lo que le atrae de esta fotografía es sobre todo su concentración.

 

—Sí, su concentración en el trabajo, su dedicación al trabajo. Me ocurre igual con esta otra, en esta balda de los ingleses, ésta que ve usted aquí tan destacada. Es una de mis preferidas. Es Virginia Woolf de la que le he hablado muchas veces. Está sentada en la butaca de su cuarto, escribiendo. Se la hizo su marido, Leonard Woolf, en 1932, cuando ella tenía cincuenta años. Está aquí retratada, en esta habitación de madera en su casa de campo, en Monk ‘s House ; está en esta butaca tapizada en estampado a cuadros, con un almohadón para apoyar los hombros, cerca de esa ventana que da al jardín. Son los meses en que empezaba a concebir “Los años” y los meses también en que estaba escribiendo su novela sobre un perrito, “Flush”.

—Se la conoce usted de memoria…

—Sí, he admirado siempre a Virginia Woolf. He admirado su audacia como escritora y como mujer, su constancia, su lucha por concentrarse en la creación a pesar de todos sus problemas.

—¿Esta fotografía también le inspira?

—Mucho. Podría hablarle horas de ella. Pero más aún de Virginia. Un año antes de esa foto ella había publicado “Las olas”, que había sido muy elogiada. Pero en ese año de 1932, en julio, había sufrido un desvanecimiento y su corazón, como ella decía mientras escribía con rapidez, se le desbocaba como un caballo.

—Entonces lo que le atrae de esta foto es también, como en el caso de Calvino, el trabajo.

—Si, el trabajo.

—¿Piensa usted que es un hombre obsesionado por el trabajo?

—No, en absoluto. Lo que me ocurre, como antes le decía, es que hay veces en que uno está desorientado o desanimado por el trabajo, no me pasa muchas veces, pero sí hay ocasiones en que uno no sabe qué escribir o qué emprender, tampoco me gusta perder el tiempo, me desazona perder el tiempo, acumular las dudas, no hacer nada, y entonces doy una vuelta por aquí, me atraen siempre estas fotografías, lo reconozco, esta concentración, esta dedicación, pero más aún me atraen algunos de las confesiones de escritores o de sus textos, por ejemplo éste que tengo aquí, ¿lo ve?, mírelo, esta cuartilla apoyada en la balda dedicada a los alemanes. Se la leo. Son palabras de Thomas Mann de “La novela de una novela”, el libro que cuenta cómo iba escribiendo “Doktor Faustus”, y dice: “14 de marzo de 1943 – escribe aquí Mann -, embalando todos los materiales sobre “José” (“ José y sus hermanos” era el libro que acaba de terminar), el escritorio y los cajones quedaron vacíos. Y sólo un día después, el 15 de marzo, aparece por primera vez en mis apuntes cotidianos, casi aislada, la anotación: “Doktor Faustus”. Y se pone a trabajar.

—¿Le impresiona?

—Sí, me impresiona esa decisión suya, ese no dejar espacios vacíos,.

—Pero siempre habrá que descansar algo…

—Sí, lógicamente habrá que descansar. Es necesario y es obligatorio descansar. Sobre todo para tomarse un respiro. Y para pensar nuevas cosas, para trazar proyectos.

—¿Tiene usted ahora muchos proyectos?

—Pues mire, si tengo salud me gustaría terminar ese libro del que le hablé, “Los cuadernos Miquelrius”, que va avanzando.

—¿ Ese libro en el que salgo yo?

—Sí, el libro en el que sale usted y que poco a poco voy encauzando. Y luego acabar otro libro que también tengo empezado: un libro sobre una mujer japonesa.

—¡Qué cosa! ¡Algo totalmente distinto…!

—Sí, totalmente distinto. Es la historia de una japonesa del siglo Xll.

—Sorprendente. ¿Y cómo se le ocurrió esa historia?

—Pues viendo cada año, en el concierto de Año Nuevo, en televisión, la misma mujer japonesa sentada siempre en el mismo palco. Año tras año. Ahí empezó la historia.

—Es curioso cómo nacen las historias …¿Me puede decir algo de ese libro?

-Bueno, es un libro que, como tantos otros, necesita documentación y creación a la vez. En él hablo de los hacedores de espadas japoneses, del monte Fuji, de muchas cosas más…

-¿No me cuenta la historia?

-No, no le cuento la historia. De repente en la vida uno se encuentra con un argumento que poco a poco va creciendo, va tomando cuerpo, y en algún momento hay que escribirlo. A veces se tardan muchos meses, incluso años en hacerlo, y hay que esperar, y además hay que saber guardar las cosas el tiempo que sea necesario. Monterroso decía que el consejo latino de guardar las cosas unos siete años sigue siendo bueno. Y él añadía: y el de pensarlas.

—¿Y qué ocurre si uno se muere antes?

—Esa pregunta se la hicieron ya a Monterroso. Y él contestó : Nada. Y eso es lo mismo que yo le contesto.

—O sea que usted utiliza este despacho esencialmente como “farmacia”, como estimulante..

—No, no exactamente. Aquí leo y repaso autores. Pero también acudo en algunas ocasiones, en momentos de crisis. Lo de ‘farmacia” es un decir que yo me he inventado. Eso es solo para momentos puntuales. Yo aquí me encierro habitualmente a leer, a escribir y a trabajar. Sobre todo, como antes le decía, a repasar y disfrutar de “las formas” diversas en la ficción, de las maneras de decir. Me interesan más, por ejemplo, las maneras de contar que tiene Conrad en “El corazón de las tinieblas” que la historia misma que cuenta.

—Pero eso será porque lee usted como un escritor…

—Sí, indudablemente es así. Pero pienso que igual les ocurrirá a los pintores, a todo artista. Les interesan las formas, lo que han hecho los demás y cómo lo han hecho los demás.

—¿ Lo pasa usted bien entonces en este despacho?

—Sí. Aprendo. Descubro. Descubro enfoques, estilos. Vuelvo a disfrutar con estilos que en su día ya me gustaron. Eso me satisface.

—Pero no sólo le atraerán las maneras de contar, también le interesará escribir historias propias, pienso yo… Es lo que ha hecho siempre. Usted mismo ha escrito historias bastante insólitas…

—Sí, naturalmente. Las maneras de contar o “las formas”, como le digo, son para mí aspectos atractivos a los que vuelvo y que forman parte de la relectura. Pero a la vez escribo, desarrollo historias, me dedico a crear.

-¿Apunta las historias en cuadernos?

-Sí, en estos cuadernos pequeñitos, azules, que ve usted aquí apuntó el germen de las historias. Son numerosos. Están llenos de esbozos de historias, de “esbozos de esbozos” como los llamo yo.

-¿ Y acude a ellos?

-Sí, de vez en cuando los releo. Sorprende que haya ideas que hayan aguantado aquí, en estos cuadernos, durante años.

-¿Las ideas que ahí apunta le sirven todas?

-No. El tiempo las va depurando. Quedan sin embargo ideas constantes, escenas constantes, y personajes o diálogos que el tiempo mantiene y que son los más valiosos. Están preparados ya para ser escritos.

—Al decirle antes lo de historias insólitas que usted ha escrito pienso, por ejemplo, en la historia de su novela “Contramuerte”, que es una historia especial. La leí y me quedé realmente asombrada. Eso de la paralización de la muerte en el mundo que usted describe, la progresiva detención de la muerte hasta que no muere nadie… ¿Le impresiona a usted la muerte?

—No, no me impresiona. Me impresiona lo corta que es la vida.

—Sin embargo es curioso que también su tesis doctoral trate de algún modo el tema de la muerte. Usted la tituló precisamente “La muerte en la obra literaria de José Gutiérrez Solana”.

—Sí, eso es cierto. Aproveché que estaba escribiendo esa novela, “Contramuerte” y que tenía un gran material sobre el tema, y me puse a estudiar a ese pintor y escritor español que presenta una personalidad muy singular.

—Cela había tratado ese tema, si no me equivoco, en su discurso de entrada a la Academia Española. “La obra literaria del pintor Solana” creo que se llamaba. Pero usted quiso concentrarse en un aspecto peculiar de su obra.

—Si, en el tema de la muerte dentro de sus escritos.. Porque me intrigó muy pronto la obsesión que Solana tenía por la muerte reflejada casi continuamente en sus visitas a los pueblos, en sus viajes, en sus libros, fueran “La España negra” o “Madrid: escenas y costumbres”. Esa obsesión, sin embargo, felizmente no le llevó a desencadenar ningún desenlace trágico en su vida personal, no le llevó a adoptar ninguna actitud radical y extrema en su vida, no le influyó de un modo dramático en su existencia.

—Pero no publicó su tesis. ¿Por qué?

—Porque tendría que haberla pulido mucho para ser publicada. Me metí en otros trabajos y en otros derroteros y quedó un poco al margen. Quizá un día la publique.

—Volviendo a esa novela suya, “Contramuerte’, en ella aparece un Papa que ni siquiera puede morir, que pide rogativas para que vuelva la muerte al mundo. Usted que ha vivido años en Roma, ¿se inspiró en algún Papa para crear a su Papa Silvestre?

—No. En ningún Papa conocido. Mi Papa Silvestre que allí aparece, y que, como el resto de los hombres tampoco puede morir, lo imaginé, físicamente me refiero, contemplando la figura de Franz Listz en su vejez, un rostro bondadoso, una cara dominada por unos ojos acuosos, surcado de arrugas, lleno de infinita ternura en el semblante, bajo un largo pelo blanco. Es una fotografía que le hizo el famoso fotógrafo Nadar en 1886, pocos meses antes de su muerte. Para mí una foto impresionante, una foto que me inspiró. Y para describirlo mientras él pronunciaba su Encíclica “Damnati ad Vivendum”, (“Condenados a vida”) desde el balcón de la plaza de San Pedro, me acompañé del segundo movimiento de la Séptima Sinfonía de Beethoven, un “Allegretto” bellísimo, lastimero, pero para mí siempre bellísimo, cadencioso. De vez en cuando lo vuelvo a escuchar. Con el rostro de Listz y con ese movimiento de la Sinfonía de Beethoven dibujé al Papa y escribí su.discurso.

—Un reto eso de escribir una Encíclica…

—Es una Encíclica corta. Además, lo han hecho ya varios escritores, entre otros Papini con su “Carta del Papa Celestino Vl a los hombres”

—¿Cuándo se le ocurrió esa historia de “Contramuerte”?

—En el pueblo de Genzano, cerca de Roma, en 1964, cuando pasaba allí unos días. Recuerdo que una mañana me pregunté: ¿ qué pasaría si el hombre viviera eternamente, si el hombre dejara de morir?

—¿Y qué se contestó?

—No recuerdo lo que me contesté. Sé que me puse poco a poco a escribir el libro.

—¿Cuánto tardó en escribirlo?

—Siete años.

—Y después existe otra historia insólita en su vida, al menos para mí, otra historia que aparece en otra novela suya, en “Mi abuelo, el Premio Nobel”.

—Sí, quizá resulte algo original…

—Usted cuenta allí la historia de un escritor que no puede escribir, que todo lo lleva en la cabeza pero al que le es imposible poner nada sobre el papel. Y sin embargo, a este hombre le conceden el Premio Nobel de Literatura únicamente por toda la potencia de las historias que lleva en la cabeza, aunque no las haya escrito exactamente. Una historia llena de fantasía, pienso. También de humor.

—Sí, así es.

—¿Qué quiso decir con eso?

—Bueno, es una pequeña novela sobre el gran poder de la imaginación, de la creación. También de lo que se ha dado en llamar “ el pánico de la página en blanco”. Indudablemente la creación hay que llevarla a la práctica, plasmarla, no puede quedarse en la mente. Pero antes de ponerla en el papel la creación ocupa un lugar clave en el pensamiento, en la imaginación, en la memoria. Esta fuerza y potencia de la creación es la que en mi novela es valorada, e incluso premiada. El escritor protagonista del libro va contando detalladamente todas las historias que se le ocurren y que él quisiera escribir algún día, alguna vez, es una especie de artista oral que lo va contando todo, pero cuando se le pregunta “¿ y todo esto por qué no lo escribes? , él contesta “porque no puedo, no puedo escribirlo”. De alguna forma, indirectamente, abordo ese punto a veces debatido: ¿uno debe de contar las cosas con anterioridad, las cosas que uno va a escribir?

—¿Y usted qué opina?

—Pues que no, que no se deben contar las cosas que uno va a escribir. Por eso no le he contado nada de mi libro sobre Japón. Hay que guardar silencio. Las cosas, cuando se cuentan, explotan, es como si de pronto se desparramaran y perdieran fuerza, como si explotaran. Hay que madurarlas en silencio, no decir nada a nadie. Mire, una de las virtudes que valoro enormemente en mi mujer, entre muchas otras, es el gran respeto que tiene por mi trabajo. Jamás me pregunta por él mientras lo estoy haciendo, mientras estoy escribiendo; jamás interfiere. Sólo cuando he terminado se lo muestro y aprecio muchísimo ese respeto suyo y esa gran cualidad.

—¿Cómo creó la figura de ese escritor en su novela, en quién se inspiró? Al hablar de un abuelo escritor me imaginé que podía ser su propio abuelo.

—No, no era mi propio abuelo. Con él conviví unos años en Madrid, pero me inspiraba más, físicamente, para esta novela la figura y el rostro de Pirandello, su figura menuda, su perilla, su imaginación y sus ojos vivos. Además, me ocurrió una cosa muy curiosa con esa novela: en aquella época, hace ya años, yo llevaba mis páginas manuscritas a una mecanógrafa para que me las pasara a limpio en ordenador, y uno de esos días, al entrar en el vestíbulo de su casa, quizá por gestos o movimientos que hice, no lo sé, o quizá por titubeos, por indecisiones, no tengo ni idea, lo cierto es que ella me miró y me dijo : “ya sé cómo es un escritor”. Y eso me dejó pensativo. Con eso configuré también a mi personaje.

—Se aprovecha todo entonces…

—Sí, se aprovecha todo mientras uno está escribiendo un libro. Hasta cualquier cosa que le suceda a uno durante el día.

—¿Pasamos, si le parece, al otro cuarto, al del ensayo?

 

—Pasamos.

José Julio Perlado

”Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (41): EL PERIODISMO Y LA UNIVERSIDAD

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (41): El periodismo y la Universidad

 

18 junio

 

–Me he permitido hoy – me dice la periodista al entrar en casa y sentarse otra vez como muchas tardes en mi despacho – traerle el libro de un antiguo alumno suyo, Daniel Utrilla, un excelente profesional que fue corresponsal en Moscú durante once años y a quien usted le dio clase en segundo de Periodismo, esforzándose, según él relata, en enseñarle la profesión. Me gustaría que hoy habláramos de periodismo. O si lo prefiere, de docencia. Usted ha dedicado treinta años a la docencia y en un resumen que quiso hacer de su vida en Rusia este alumno suyo y que recogió en este libro, “A Moscú sin Kaláshnikov” , este libro que que tengo aquí, quiso dedicarle a usted años después varias páginas para evocar cómo eran sus clases y cuáles eran sus métodos. Permítame que le lea algunos de esos párrafos.

—Si, encantado. Recuerdo perfectamente a Daniel Utrilla, un excelente periodista, también con un gran sentido del humor y con muy buena pluma y que poseía además grandes habilidades para el dibujo. Por otro lado, fueron treinta años de docencia, como usted dice, que naturalmente no se olvidan. Toda una vida.

—Le leo entonces lo que dice de usted y de sus clases: “En mi segundo año universitario y en la asignatura de redacción nos impartía clase el periodista y escritor José Julio Perlado, que nos inculcó el periodismo sin medias tintas, echándonos a volar fuera del aula en busca de reportajes con la pluma como único astrolabio. El primer día nos asignó de forma aleatoria los temas de los reportajes que teníamos que hacer a lo largo del semestre y que asumimos con el fatalismo de un diagnóstico incierto. Algunos alumnos corrían espantados a cambiarse de clase tras aquel primer encierro, incapaces de soportar el aliento del periodismo real en la cara, espoleados por el pellizco de la timidez. Nunca entendí aquella estampida de futuros periodistas. A diferencia del resto de profesores, abonados al barbecho de la teoría, Perlado nos empujaba al río de la vida para pescar reportajes (“buscad lo insólito, lo humano”, repetía). Nos daba una palmadita en el hombro y nos mandaba a cruzar el Misisipí “¿Era exactamente así?

—Sí, así era.. Desde el primer día les mandaba a trabajar en la calle, donde estaba la vida, y no en el aula.

—Pero les propondría algunas normas…

—Sí, evidentemente les hablaba de conseguir y completar distintos puntos de vista ya que si no no existía el reportaje y les explicaba cómo hacerlo, cómo buscar siempre lo humano y lo singular, cómo saber estructurar las historias, descubrir originalidad en los personajes…. Pero esencialmente todo eso había que buscarlo en la calle, había que salir casi inmediatamente de la Facultad y encontrarlo en la calle.

-¿Y lo encontraban?

—Sí, lo encontraban. Con muy pocos años ya lo hacían muy bien, y algunos tiempo después han confesado a qué velocidad aprendieron y que además lo hicieron encantados, con pasión.

-¿Qué edad tenían entonces sus alumnos.., 21, 22 años?

—Sí, más o menos.

—Entonces les marcaría su primer reportaje…

—Sí, siempre marca el primer reportaje. Pero ellos se entusiasmaban con eso, se crecían, se estimulaban, indudablemente lo pasaban mal en algunos momentos porque tenían que buscar varios personajes, contrastarlos, organizarlos, entrevistarlos, en todos los casos hacer ellos mismos las fotografías, acompañar luego todo ello con una historia paralela para contar cómo habían actuado – una especie de Diario de trabajo, aportar los teléfonos, las fuentes -, pero todo eso para ellos era un reto, lograban siempre reportajes excepcionales. Recuerdo uno, por ejemplo, el de una alumna metiéndose con una linterna bajo la plaza de la Cibeles, cruzando todo el subsuelo y las calles subterráneas de esa plaza hasta llegar a los sótanos del Banco de España. Consiguió los permisos correspondientes y logró un reportaje excepcional. Otro sin duda muy valioso y muy bien hecho fue el de vivir y contar minuciosamente la historia del traslado ( el embalaje, los viajes, la colocación, la seguridad) de unos cuadros de una gran exposición: su traslado de un país a otro hasta que llegaron a una importante pinacoteca madrileña. Lo hacían ellos solos. No trabajaban en equipo, eran reportajes individuales, cada uno tenía que hacerlo solo, también las fotografías. . Así escribieron miles de reportajes que se multiplicaron a lo largo de treinta años, algunos publicados casi inmediatamente por los periódicos porque eran trabajos muy buenos. Otros tardaron algo más. Pero muchos se abrieron camino profesional en muy distintos medios, en radio, periódicos y televisión. Cada alumno tenía que realizar dos reportajes por curso, añadiendo, como digo, la historia diaria de cómo lo había hecho. Eran valiosos y jovencísimos autores.

—¿Y usted? ¿Recuerda su primer reportaje?

—Perfectamente. Fue un reportaje sobre la trashumancia. Tenía yo 23 años. Me acompañó un gran fotógrafo, Ramón Masats, que luego sería enormemente valorado en España y tendría una larga carrera llena de reconocimiento y de prestigio. Masats tenía en ese momento 28 años. Los dos nos fuimos a Soria, a los campos de Soria, a convivir día y noche con los pastores y con sus ovejas.

—¿Recuerda aún imágenes de aquello?

-Sí, naturalmente. Esas experiencias no se olvidan. Ha pasado el tiempo, e incluso recuerdo los nombres de los pastores con los que conviví aquellos días. Los apunté y se  me quedaron grabados. Se llamaban el Joven, el Encarnado, el Callado y el Niño; uno de ellos llevaba sólo dos meses casado y sentía mucho la ausencia de su mujer. Aquellos nombres los he recordado siempre… Como también los nombres de los perros que les acompañaban y a los que llamaban continuamente: “Leona”, “Violeta”, “Lanas”, “Aparicio”. Recuerdo perfectamente el tren de mercancías en que subimos y el vagón por el que fueron entrando tumultuosamente las ovejas y aún me parece oír los gritos conduciéndolas. Impresionaba el contraste de aquellos gritos con el silencio de la noche en el campo.

-¿Usted ha aplicado en sus clases lo que aprendió en su vida periodística?

—He intentado aplicarlo, por supuesto. Creo que siempre hay que acercarse al ser humano para conocerlo, y aprender a resolver conflictos. Me acuerdo que a muchos alumnos les decía: cuando usted venga a verme a mi despacho con un problema, tráigame las dos o tres soluciones que ha pensado para resolver el problema y juntos elegiremos la mejor o propondremos otra distinta. Pero no venga sólo diciéndome: tengo un problema. Hay que venir con el problema y habiendo pensado diversas soluciones.

José Julio Perlado

”Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (40); GOYA Y “LA QUINTA DEL SORDO”

 

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (40):  Goya y la “Quinta del Sordo”

 

 

… E igual que recuerdo aquella tarde en el taller del pintor Barjola, también recuerdo algo que casi  se me había olvidado, es decir, en qué momento había podido yo extraviar el libro de Italo Calvino, no sé, no lo recordaba, quizás se había quedado allí, sobre mi cama, la noche anterior, o esa misma noche, en casa, no lo sé, tal vez entre las sábanas, en el instante de quitarme las gafas, porque después, y de eso sí estaba seguro, yo me había levantado, y saliendo del dormitorio, había ido recorriendo como un sonámbulo el pasillo de mi casa hasta llegar al comedor, había abierto el ventanal y había empezado a andar en un sueño que era absoluta realidad porque realidad había sido el despacho de mi abuelo y también sus palabras, igualmente el despacho de Baroja, la habitación de Onetti, el taller de Barjola, y ahora, conforme caminaba en otro año distinto, debía de ser ya 1990 o quizás 1991, no lo podría decir con exactitud, yo seguía avanzando a última hora de la tarde por el madrileño paseo del Prado en dirección al gran Museo y, aunque aún me sobraba tiempo para acudir a la cita que previamente había concertado — una cita difícil, tras haber conseguido un permiso especial para estudiar a solas unas pinturas y poder comentarlas en un libro que entonces estaba escribiendo — la realidad para mí era sobre todo aquel tibio resplandor dorado de los árboles y la belleza de la estación otoñal. Cuando llegué al fin a una de las puertas principales del Prado, la puerta de Velázquez, el público, y en concreto la muchedumbre innumerable de turistas, ya había vaciado hacía diez minutos los dos pisos del edificio y, tal como yo había previsto, me encontré al fin con lo que había deseado y perseguido durante muchos meses, algo fascinante e insólito: una zona del Museo excepcionalmente reservada y abierta para mí durante una hora. Nunca había vivido una experiencia semejante y pensé enseguida que nunca más la viviría. Recuerdo que tras enseñar los complicados permisos que llevaba conmigo, con sus sellos y rúbricas correspondientes que me autorizaban a pasar, y luego al subir hasta el primer piso acompañado por un vigilante silencioso, me impresionó en las salas desiertas el contraste entre las sombras y la luz. Todas las salas del primer piso del Prado permanecían casi completamente a oscuras con sólo unas diminutas señales luminosas en lo alto de las puertas para no perderse y apenas podía uno distinguir la sucesión de cuadros. Eran salas fantasmales, enormes, interminables, absolutamente llenas de pinturas de todos los tamaños, salas como tesoros misteriosos que el vigilante y yo atravesamos sin pronunciar palabra camino de unas luces que se adivinaban al fondo, las luces de unas únicas salas que habían dejado iluminadas a propósito, las salas de las “pinturas negras” de Goya, que eran aquellas que yo quería estudiar. Conocía que los responsables del Museo se habían propuesto desde hacía muchos años reproducir en la medida de lo posible algo que realmente era muy difícil conseguir: la disposición y ubicación que las llamadas “pinturas negras” habían tenido en la denominada “Quinta del Sordo”, la casa de ladrillos de adobe que Goya, con setenta y tres años, había comprado en febrero de 1819 por sesenta mil reales en un terreno ascendente sobre el río Manzanares, en el lado Oeste de Madrid. A mí siempre me había intrigado aquella casa, había leído varias cosas sobre ella, y creo que hasta sentía una extraña atracción hacia aquella Quinta situada cerca del Paseo de Extremadura, al sudeste del camino de la ermita de San Isidro, allí donde en tiempos había existido un sendero rodeado de árboles, entre ellos unos álamos plantados hacía casi medio siglo y que conducían a la vivienda del pintor rodeada de su jardín de moreras, peras, albaricoques, membrillos y doscientas sesenta parras que florecían en la finca situada sobre una colina y desde la que Goya podía divisar perfectamente el Palacio Real, San Andrés y todo Madrid hasta la montaña del Príncipe Pío. Sabía también que entre aquellos muros, incluso de un modo realmente físico encima de ellos, es decir, sobre aquellas paredes de las dos salas grandes de la casa que él quiso decorar, Goya había realizado directamente al óleo y sobre el muro una serie de pinturas para mí fascinantes y de difícil interpretación y las había pintado únicamente para sí mismo, reflejando su mundo interior. Tanto me había intrigado aquella Quinta y tantas vueltas le había dado a su emplazamiento que en meses anteriores a aquella visita que ahora estaba realizando al Museo, había querido perderme un día por esa zona de Madrid cercana al paseo de Extremadura, paseando despacio durante una hora o dos, no lo podría fijar con precisión, y haciéndolo sin rumbo fijo a través de una serie de calles, por ejemplo la de Caramuel, o la de Antonio de Zamora, la de doña Urraca, doña Berenguela, cardenal Mendoza y Juan Tornero, parándome a propósito en esquinas y en puertas de comercios para observarlo todo desde allí a mitad de mañana, en un intento inútil por resucitar detrás de aquel mundo moderno un ambiente que ya había sido consumido por el tiempo. Yo sabía que precisamente entre la calle de Caramuel y la de Juan Tornero, ahora ocupadas por automóviles y viandantes que me rodeaban e iban de un sitio para otro, había estado situada la “Quinta del Sordo”, única construcción existente cuando Goya compró el terreno, y que sobre aquellos lugares se habían levantado las dos plantas de la casa con sus habitaciones centrales comunicadas por una sencilla escalera. Y ahora, cuando yo estaba ya a punto de entrar en una de las salas del Museo del Prado dedicadas a las famosas “pinturas negras” y había dejado atrás la oscuridad de los largos pasillos, me venían otra vez a la memoria las dos habitaciones de la “Quinta del Sordo” y las comparaba con éstas del Museo, recordando haber leído en algún lugar que, a causa de los dos ventanucos de la sala de la planta baja de la Quinta, la luz para Goya había sido casi con toda lógica un instrumento esencial: se decía, por ejemplo, que con toda seguridad el pintor había trabajado por las noches en aquella sala de la planta baja ayudándose a la luz de unas velas mientras que en la sala del primer piso había sido en cambio la luz del día de Madrid la que, entrando por los dos amplios balcones que la casa tenía, había dado otras tonalidades a las pinturas. Por eso cuando me fui acercando dentro de aquel espacio íntimo del Museo a aquellas escenas de Goya en las que dominaba el negro y unos tonos pardos y fríos, tampoco me extrañó descubrir en muchas de ellas, al observarlas con mayor atención, el amarillo, los ocres, azules y rojos, los carmines y aún unos ligeros toques de verdes. No todo era negro, pues, en las “pinturas negras”. Me sorprendió, por ejemplo y de repente, al girar la cabeza hacía la izquierda nada más entrar en una de las salas, la composición pictórica de un “Perro”, o lo que sería más adecuado definir, una enorme masa de un gris amarillento, una gran zona lisa y vacía de espacio en la que asomaba en su base inferior la pequeña cabeza de un perro, una cabeza perfectamente dibujada con aquella precisión que Goya tenía para plasmar animales, un perro que estaba surgiendo de una masa amorfa, emergiendo de algo parecido a un talud pero que ni siquiera podría decirse que fuera arena, un perro, o cabeza de perro que no se sabía bien si se estaba hundiendo o intentaba escapar, que podía estar pidiendo socorro o piedad, pero que esencialmente transmitía angustia. Aunque enseguida me llamaron enormemente la atención otras pinturas situadas casi al lado de ésta, en la pared de enfrente de la pequeña sala, especialmente en razón de los gestos y las deformadas facciones de varios personajes que allí aparecieron ante mí, más apilados que agrupados, como dominados por oscuros movimientos instintivos, y principalmente una pintura que aún destacaba más entre las otras, o al menos así me lo pareció: unos cuerpos flotando en el aire, superpuestos sobre un fondo de cielo y de paisaje, dos extraños personajes envueltos en ropajes, uno de ellos, el situado a la izquierda, embozado en un manto rojo plegado, mirando hacia atrás en actitud miedosa y en cierto modo ausente, y el de la derecha, en cambio, señalando algo de modo exasperado, con el dramático gesto de su boca abierta en expresión de horror, y los dos sobre un fondo luminoso y no lejano a un montículo o cerro pedregoso que quizá escondía una ciudad fortificada, aunque ello no podía adivinarse bien. Me acerqué a comprobar el título de aquella pintura que yo ya conocía anteriormente por diversas reproducciones, y allí leí: “Francisco de Goya, Aquelarre o Asmodea”, y luego volví lentamente sobre mis pasos en el completo silencio nocturno de la pequeña sala y sin dejar de advertir a mi lado al vigilante que me acompañaba, y así estuve largo rato, quizá unos veinte o veinticinco minutos, o quizá más, no lo sé, tomando muchas notas en un cuaderno, cumpliendo el fin para el que yo había ido al Museo, y apuntando abundantes reflexiones que me suscitaban las obras de Goya. Pero estando allí mismo observando aquel cuadro, tomando notas en el cuaderno y a la vez contemplando aquel cielo de Madrid extendido en la parte superior y cuya luminosidad lo dominaba, de repente, imprevistamente, cayó sobre mí, quizá fuera por cansancio o por tensión, no lo sé, todo el peso de aquel largo viaje que había iniciado hacía ya varias horas, un largo viaje o sueño, tampoco podría definirlo, en el que había salido a recorrer Madrid, y no sólo a recorrer calles y habitaciones, sino también a recibir confidencias y conversaciones, y a abrirme igualmente a encontrar sorpresas como las que ahora, por ejemplo, estaba recibiendo cuando aquellos cielos de Goya que admiraba me dieron la impresión de que se alejaban y se iban separando cada vez más del cuadro, adquiriendo esos mismos cielos una presencia viva y sorprendente como si en realidad se estuvieran moviendo, como si se desgajaran un poco para mostrarme desde su altura unas zonas de la ciudad de Madrid que yo desconocía, o al menos que nunca había podido ver desde aquellos ángulos, zonas cubiertas de tejados rojizos toscamente apilados, casas antiguas que sin duda por su aspecto rudimentario parecían pertenecer al viejo casco de la ciudad, quizás al lejano costado del Palacio Real, allí donde en tiempos se había levantado el primitivo Alcázar incendiado en 1734. Eran unas tejas o tejados rojizos, muchos de ellos de color de barro, colocados unos sobre los otros y que prestaban a aquella zona una imagen más de pueblo que de capital. Y desde allí, desde aquellos tejados, muy lentamente, los mismos cielos de Goya me fueron llevando, como en un viaje distinto, por encima de otros tejados de Madrid, primero sobre unos techos de la plaza Mayor y luego por otros casi enfrente a la Plaza de la Villa, allí donde hacía siglos se había levantado la iglesia de San Salvador con su gran torre llamada la atalaya de Madrid y desde donde el Diablo Cojuelo en 1641 había sido empujado por la imaginación del escritor Vélez de Guevara para recorrer la ciudad y levantar los tejados de las casas, y así los cielos me fueron conduciendo poco a poco, como en un recorrido a vista de pájaro, por terrazas y tejados, hasta acercarme a mi barrio de Chamberí, y entrando por la glorieta de Olavide con sus antiguas viviendas modestas de tres y cuatro pisos, su fuente y sus jardines, bajar por la calle de Olid, cruzar la calle de Fuencarral y entrar a la de Jerónimo de la Quintana, sin saber de qué modo ni cómo pudieron hacerlo aquellos cielos, llegando así hasta el pasillo de mi casa, atravesar luego el comedor hasta quedar situados los cielos en lo alto de mi dormitorio, encima exactamente de mi cama, entre la ventana y la puerta, iluminando el libro de Italo Calvino que yo había dejado abierto muchas horas antes y también las gafas que aún aparecían abandonadas entre las sábanas.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS”-MEMORIAS (39) : ONETTI Y BARJOLA

 

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (39) : ONETTI  Y  BARJOLA

… No, no era aquello en absoluto un sueño. Como digo, había dejado abandonado hacía tiempo, así lo recordaba, el libro de Calvino sobre la colcha de mi cama y la verdad era que aún no comprendía muy bien cómo había podido alejarme tanto de mi dormitorio y había podido caminar tan largo trayecto por Madrid creyendo siempre que todo era un sueño cuando en absoluto lo era. Había marchado hasta casa de mi abuelo, en Raimundo Lulio, y luego por las calles de la ciudad para ver a Baroja, y ahora cruzaba la Castellana para ir subiendo hasta la Avenida de América 31, y llegar al octavo piso, apartamento 3, donde vivía Juan Carlos Onetti. Cuantas veces me habían hablado del escritor uruguayo me habían advertido que él solía conversar, escribir y vivir sin moverse de la cama ya que se había refugiado en ella desde hacía años y allí había construido un mundo propio colocándolo todo al alcance de su mano: cuadernos, novelas policiacas, cigarros, mecheros, una campanita para llamar, papelera, pastillas y mil cosas más, y así lo pude comprobar al doblar el pasillo siguiendo a Dolly, su mujer, y llegar hasta la habitación donde un Onetti en pijama y tumbado en la cama, apoyado y casi aplastando completamente su cuerpo y su hombro derecho sobre la almohada, la mano izquierda sosteniendo un cigarrillo, enfundado en una camisa blanca, me miraba en cuanto entré en el cuarto con unos ojos saltones, enormemente agrandados, casi dilatados tras sus gruesas gafas de concha. Tenía yo aquella mañana de 1979 cuarenta y tres años y Onetti setenta y era la mañana, recuerdo, de mi cumpleaños. Y así comenzamos casi directamente, sin apenas muchos preámbulos, una larga conversación entre los dos, una conversación real e imaginaria a la vez, mezclando lecturas y vida. “Mi preocupación – me decía Onetti mirándome fijamente desde la cama – es hacer el futuro, para mí escribir es como un vicio, una manía. Me hace feliz escribir, me siento desdichado cuando no escribo. Si escribir significara para mí un trabajo, no haría ninguna línea, ningún día. Pero de pronto uno necesita escribir. Y yo no me siento escritor. Sí, en todo caso un lector apasionado, capaz de conversar y discutir horas y horas sobre un libro. Pero ajeno. Y cuando uno escribe tampoco se siente un escritor, porque se está trabajando en la inconsciencia y lo único que me importa es escribir. A veces me levanto por la noche y escribo. Sí – agregó -, es verdad que existe la “sequedad” del escritor. En Valle – Inclán, por ejemplo, en “La lámpara maravillosa”, se habla de esa sequedad del escritor. Pero de pronto, todo viene a mí como un torrente. Yo escribo por ataques: a veces me paso meses y meses, y no se me ocurre nada. Pero siempre sé que va a volver. Y sobre todo me interesa el lector desconocido. Pero yo sólo soy un pobrecito hombre llamado Onetti, que escribe”, repetía sin dejar de mirarme fijamente desde la cama, sosteniendo en la mano el cigarrillo. Así estuvimos hablando largamente, de modo especial de sus novelas y de la ciudad de Santa Maria, su lugar inventado. “El médico – abrí el libro suyo que llevaba y le leí una de sus páginas, un ejemplar muy subrayado – vive en Santa María, junto al río. Sólo una vez estuve allí , un día apenas, en verano; pero recuerdo el aire, los árboles frente al hotel, la placidez con que llegaba la balsa por el río. Sé que hay junto a la ciudad una colonia suiza.” Me hizo acercar el libro a la cama. “¿A ver, a ver?, se acercó su propia novela hasta las gafas, observó las notas que yo había colocado en los márgenes, sacó su pluma y escribió en la primera página mi nombre y añadió: “para este lector implacable”. Trazó una línea horizontal y exclamó: “Ahora, querido, vamos a tutearnos”. Y gritó animado cuando entró su mujer: “!Déjanos! ¡¡ La cosa se está poniendo brava!!”. Sí, yo recuerdo todo aquello, toda aquella mañana en Avenida de América 31, recuerdo muy bien que había olvidado una noche o unas noches antes, no lo sé bien, no podría adivinar cuándo ni en qué momento, un libro de Calvino sobre la cama, y en el largo sueño en que se estaba convirtiendo aquella larga sucesión de realidades, me iba alejando ahora cada vez más de la casa de Onetti, también de la casa de Baroja, también de la de mi abuelo, y cruzaba en estos momentos por un Madrid distinto, un Madrid cercano a los descampados, el Madrid de Carabanchel. A mi lado iba caminando aquel día de 1980 con paso vivo, un año después de lo de Onetti, el pintor extremeño Juan Barjola que una vez más insistía en llevarme hasta su taller, en la calle Amalarico, para que lo conociera. Yo le observaba a mi lado, observaba su largo cráneo, su bigote poblado, sus ojos apagados, casi sumisos. De vez en cuando, cruzaban por la acera, chocando casi contra nuestras piernas, olvidados y perdidos, unos perros. “De pequeño, me iba diciendo Barjola al mirarlos, yo dibujaba perros; el perro es un animal maravilloso que sufre mucho en soledad. La mirada de un perro cuando está enfermo, me decía el pintor, es una mirada triste, es una auténtica realidad. Generalmente, de pequeño, a mí lo que más me atraía era dibujar perros tal vez por ser los animales más humanizados”. Después hacía una breve pausa, caminábamos otro poco más, y Barjola proseguía : “Yo al principio viví en la Gran Vía, luego en Lavapiés . Después vine para acá. Pero todo esto está desconocido. Aún no hace mucho era casi una comunidad de chabolas”. Luego, recuerdo, que después de dar muchas vueltas por las calles entramos en aquel estudio suyo de tres metros por dos y medio y de pronto, nada más entrar, descubrí a diez criaturas colgadas en las paredes. Eran más o menos diez cuadros con ojos, bocas y cuerpos distorsionados. Barjola me acercó una silla y me senté en ella, él se sentó a mi lado y enseguida me preguntó si yo estaba cómodo. Luego añadió : “este cuarto es estrecho pero tiene sabor. Aquí trabajo cuatro horas, muy pausadamente. Y el resto voy a recaudar datos para mi pintura, los encuentro por la calle, en el cine, en los libros”. Aquellas diez criaturas seguían mirándonos y yo observaba al padre de las criaturas cómo las contemplaba y también a sus hijos que rodeaban al pintor del paciente mirar y que mostraba tanta mansedumbre. “ A mí, continuaba Barjola sentado a mi lado, me gusta más el fondo que la forma, no creo que un pintor sea profundo por muy bellas que sean sus formas si su arte no tiene un mundo lleno de contenido. Por eso precisamente, por ser profundo el fondo y no la forma, Goya, proseguía diciéndome Barjola, adquiere cada día más vigencia. Si nos fijamos en sus aguafuertes y en sus dibujos, vemos que son concretísimos: en ellos está lo dramático y lo social”. En determinado momento me levanté y quise acercarme más a las pinturas para observarlas mejor. Barjola se levantó también de la silla y se puso a mi espalda. “ Lo difícil del arte, me seguía diciendo el pintor, es definir, y que esa definición atraiga siempre por su expresividad, su mundo dramático”. Me impresionó cómo destacaba allí entre todas las pinturas una “Tauromaquia”, la violencia de unos rojos sangrantes de picador con su cuerpo curvado pinchando a un toro negro. Y las manchas. Las posturas difíciles. Los amarillos, los rojos, los amplios horizontes extremeños, los marrones fríos y calientes de descampados de Madrid. Y sobre todo los perros. Especialmente unos perros descarnados ladrando a la luna. Sí, recuerdo aquella tarde, las dos sillas en el estrecho taller y los perros ladrando más allá de las paredes, ladrando a la luna con sus bocas abiertas, con los dientes blancos y separados, los cuellos estirados, unos perros lastimeros, solitarios, retorcidos…

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”- Memorias

(Continuará)

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PAPELERÍA SALAZAR

 


Ahora va a cerrarse la papelería Salazar nacida en 1905. Me veo entrar en abril de 1993 en esta papelería de la calle de Luchana de Madrid para comprar unos cuadernos. Son cuadernos de tapas duras, de muchas páginas, con estas páginas blancas, de pequeños cuadritos, tamaño folio, tomo el metro que me acerca hasta la Biblioteca Nacional y allí, en un pupitre de la Sala General, comienzo el  18 de abril mi novela “Lágrimas negras”. La iré escribiendo en 18 meses y cada día anotaré a lápiz, encima de la línea de la pluma, la fecha de mi trabajo. El cuaderno se extiende como un campo blanco, habitan en él los personajes, mi letra, que entonces era clara y diminuta, trazada con una punta azul, extiende situaciones, humor, conflictos, en general una velocidad de escritura con pocos retoques, casi sin tachaduras, cada mañana sé lo que voy a escribir y el cuaderno lo recibe mansamente.  Acabo el libro el 7 de diciembre de 1994.

Muchos años antes, en los 70, entro en la papelería Salazar a comprar unos cuadernos. Son siempre los mismos, De tapa verde o azul. En el centro, arriba, dentro de un recuadro, aparece dibujada la palabra “Miquelrius”. Ellos no saben que aparecerán en mis Memorias. Yo tampoco. Hemos entablado una estrecha relación familiar y ellos me han presentado a sus hijos. Mientras yo escribo “Contramuerte” a lo largo de  7 años los cuadernos viajan conmigo. Han conocido París, Roma, el mar, los campos, han descansado en armarios y sus hijos, de tamaño más pequeño, me han recibido  siempre en confidencia. En ellos he escrito “Diarios” desde el 94 hasta el 2017, antes de pasarme al ordenador. En esos hijos de los cuadernos grandes guardo  relatos,  notas, descubrimientos.  De repente leo en uno de ellos una frase de Van Gogh a su hermano Teo: “tengo la paciencia de un buey”. Lo creo. Lo he anotado. Lo comparto. En otro pequeño cuaderno encuentro la confesión de Sebald diciendo qué hay que leer y escribir cuando a uno le es imposible leer o escribir. Miles de anotaciones. Decenas de ideas. Cientos de sugerencias.

Luego, cuando pasó por última vez ante la papelería Salazar veo el bosque de donde han salido estos cuadernos. Está el bosque lleno de mi escritura, años enteros de páginas. De  vez en cuando se oyen piar los pájaros.”

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes-1- Brígida Baltar- 2004- artnet/ 2- papelería Salazar)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (38) : BAROJA EN SU CASA

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (38):  BAROJA EN SU CASA

 

 

16 junio

Hoy todo el día en casa. No ha venido a verme la periodista porque me ha pedido dos o tres días para recomponer sus notas y reelaborarlas y en el fondo para tomarse un respiro. Se lo agradezco. Para mí es un descanso.

Y creo recordar que fue hace dos noches, en la noche del viernes pasado, cuando me llevé a la cama “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino porque me quedaba por leer el último texto del libro, el de la ciudad de Berenice, una de las ciudades ocultas de las que habla el escritor italiano, y como su historia, igual que las del resto del volumen, era muy corta en extensión, y cuenta que Berenice es una sucesión en el tiempo de ciudades diferentes, pienso que quizá por ello, por su brevedad y por su poderosa fantasía, pero sobre todo por mi cansancio acumulado durante el último día de la semana, por todo ese conjunto, poco a poco me fui quedando dormido. Creo también que el libro debió de quedar abandonado encima de la colcha sin yo siquiera darme cuenta, acaso debió de resbalarse de entre mis manos y seguramente permanecería allí abierto toda la noche, no lo sé, porque lo último que recuerdo es haberme quitado las gafas y ya no recuerdo nada más. Ni siquiera tengo conciencia de si apagué o no apagué la luz. Había sido para mí toda aquella semana una sucesión de gratas lecturas nocturnas tras las largas y a veces agotadoras conversaciones con la periodista, y para distraerme y alejarme de tantos temas comentados, me había propuesto sumergirme durante dos noches en los “Diarios de las estrellas” de Stanislaw Lem y ahora lo completaba con el libro de Calvino. Lo cierto es que quizá por la evocación de los espacios de Lem o por las imágenes de las ciudades de Calvino, apenas me di cuenta de que sin querer estaba separándome lentamente de la cama y del cuarto, como desprendiéndome de las sábanas y de la colcha e incluso del dormitorio, poniendo de repente los pies en el suelo en un movimiento casi mecánico, como si estuviera ya sonámbulo sin estarlo, cruzando despacio por delante de la estantería de libros que hay frente a mi cama y, tras salir luego al pasillo, pasar después ante mi despacho de trabajo, ir avanzando hasta el comedor y abrir luego el ventanal de la terraza, dejar mi casa de Jerónimo de la Quintana, las calles adyacentes, el barrio, e ir alejándome de Madrid y proseguir avanzando al encuentro de aquello que hasta entonces sólo era para mí un destino incierto. Recuerdo también que conforme iba caminando hacia no sé qué punto indefinible pensé nuevamente en Calvino y en el libro que acababa de dejar abandonado sobre la cama y me vinieron a la memoria unos párrafos llenos de interés del escritor italiano. Pertenecían a una conferencia suya pronunciada en la universidad de Columbia en 1983 en la que Calvino había querido explicar el proceso de creación de sus “Ciudades invisibles”. Allí confesó cómo trabajaba y cómo abría numerosas carpetas llenas de proyectos: por ejemplo, una carpeta destinada a los objetos, otra preparada para los animales, otra para las personas, una cuarta para las cuatro estaciones, otra para los cinco sentidos, y aún había otras dos más si no me equivoco, una consagrada a las ciudades y a los paisajes de su vida y otra en fin a las ciudades imaginarias situadas fuera del espacio y del tiempo. Siempre había seguido yo con interés y curiosidad los procesos creativos de los escritores y los artistas porque me parecían misteriosos y también aleccionadores, y así se lo había confirmado a la periodista, pero en el caso de Calvino todo aquel laberinto de sus dudas personales aún me atraía más. Italo Calvino confesaba que no sabía qué hacer con tantas ciudades mezcladas y que tardó tiempo en decidirse por eliminar las ciudades tristes y las ciudades basura para elegir al fin escribir sobre las ciudades invisibles. Guardando todas las distancias, eso era más o menos lo que me estaba pasando a mí. Yo no tenía carpetas abiertas pero sí en cambio muchas dudas abiertas en cuanto adónde dirigirme ahora con mis “Cuadernos Miquelrius” y acaso por ello continuaba caminando a buen ritmo como a veces se camina en sueños aunque uno nunca tenga constancia de que está soñando, y así apenas me di cuenta de que en absoluto me había alejado de Madrid como creía en un principio sino que por el contrario había dado una vuelta completa casi en redondo a mi barrio de Chamberí, y cruzando la glorieta de Olavide a la que tengo tanto cariño y de la que me llegan tantos recuerdos, había subido por la calle de Raimundo Lulio hacia arriba, hacia Santa Engracia, donde habían vivido en tiempos mis abuelos maternos, para alcanzar al fin el número 20 de Raimundo Lulio, empujar la hoja entreabierta del portal y ascender despacio por la vieja y empinada escalera de madera que ahora resonaba bajo mis pasos y llegar así hasta el piso segundo. Al entrar, toda la casa aparecía igual que en épocas anteriores. Aparentemente permanecía vacía, sin llegar hasta mí las voces de mi abuela Lola yendo y viniendo de la cocina al comedor. Digo aparentemente porque esa fue mi primera impresión al entrar en el vestíbulo pero cuando avancé algo más por el estrecho pasillo girando hacia la izquierda, camino del pequeño cuarto de estar situado al fondo, distinguí a mitad de pasillo, perfectamente iluminado tras las cortinillas verdes que me eran muy conocidas, el despacho de mi abuelo el escritor e imaginé enseguida que él estaría trabajando. Efectivamente era así y en ningún momento creí que aquello podía seguir siendo un sueño porque la realidad siempre cubre todos los sueños y la realidad allí no era otra que la de mi abuelo sentado en el sillón de su despacho leyendo un libro que iba anotando con un lápiz en la mano. Me vio entrar, me incliné a saludarle como siempre dándole un beso y me senté frente a él en la única silla situada frente a su sillón. Estaba leyendo mi abuelo en ese momento a Pio Baroja en sus “Canciones del suburbio” en una edición de Biblioteca Nueva de tapas de tela entre rojas y granates y con letras blancas en la portada y vi que con el lápiz iba trazando, como hacía siempre, unas pequeñas curvas y rectas, apenas insignificantes y sobre todo enigmáticas, en los márgenes de las páginas, unas señales que sólo él conocía y sobre las que nunca me había atrevido a preguntar. Pero sin embargo, no sé por qué, quizás porque me pudo más que nunca la curiosidad, esta vez sí quise preguntárselo. Mi abuelo abrió más las páginas del libro, me las acercó muy amablemente, y me confió lo que nunca me había dicho: que aquellas marcas correspondían a pasajes que le sorprendían, unos porque sobresalían por su calidad y otros porque, según él, no la alcanzaban. Las señales curvas, me comentó, son para mí los aciertos, siempre según mi criterio, añadió, porque puedo estar equivocado, y las rectas aquello que no acaba de gustarme. Me comentó que ese era el único libro de poesía que Baroja había escrito y eso le tenía muy intrigado. Estuvimos hablando largo tiempo. Comprobé que aquel despacho seguía estando igual que hacía años: era una habitación interior, con una pequeña ventana que daba a un patio, unos muebles de tonos oscuros y un escritorio escoltado por una lamparita de pantalla verde, un color idéntico al de las cortinas de los cristales de la entrada, un despacho reducido pero muy acogedor. Nunca había querido curiosear en ese despacho por respeto a su intimidad pero ahora, al ser otros tiempos, me levanté de la silla y me fui fijando despacio en las pequeñas estanterías que lo decoraban, unas estanterías repletas de libros de todos los tamaños cuidadosamente colocados y que aparecían alternados con cartas manuscritas apoyadas en los lomos de los libros y también con postales antiguas, algunas de ellas representando vistas de Madrid, Buenos Aires o Puerto Rico, y allí de pie, al ir dando la vuelta a alguna de aquellas postales y al observar al dorso los escritos, descubrí con gran curiosidad los trazos de letras breves y afectuosas, unas de rasgos enérgicos y otras desvaídos, firmadas unas por Ramón Gómez de la Serna, otras por Antonio Machado y otras por Juan Ramón. Era el mundo que mi abuelo había compartido durante años con sus amigos, y un mundo al que yo había llegado a través de lecturas. En determinado momento mi abuelo me pidió que me sentase otra vez en la silla y en un gesto para mí sorprendente, único, que creo nunca olvidaré, y teniendo aún en las manos el libro que leía, me preguntó de improviso, con una sonrisa: “¿Querrías conocer a Baroja?”. Recuerdo perfectamente mi absoluto asombro y recuerdo también cómo no lo dudé ni un momento: dije instantáneamente que sí. Después, no sé exactamente en qué fecha, no sé si ocurrió en esa misma semana o al cabo de quince días, pero indudablemente muy pronto, atravesé Madrid camino de la calle Ruiz de Alarcón donde Baroja vivía, una casa muy cercana al Retiro, y creo que en ese caminar y mientras recorría el trayecto empecé a olvidar casi por completo que había quedado abandonado sobre la colcha de mi cama aquel libro de Calvino y también que mis gafas se habían perdido sobre las sábanas, y tampoco supe y ni siquiera me paré a pensarlo, si aquello que estaba viviendo era una mera prolongación de un sueño o en cambio era auténtica realidad. Lo cierto es que cuando llegué a la casa de Ruiz de Alarcón número 12 y me abrió la puerta, y luego me acompañó por las distintas habitaciones, Julio Caro Baroja, el antropólogo y sobrino del escritor, me adentré en un mundo impensable que jamás hubiera imaginado. Reviviéndolo tiempo después me di cuenta de que en ese momento Julio Caro tenía 41 años y que el personaje que me esperaba sentado al fondo del pasillo, en un amplio estudio y con los brazos apoyados sobre una gran mesa antigua de trabajo, envuelto en una bata a cuadros y con la boina puesta – y a quien mi abuelo ya había avisado – era el propio Pio Baroja con sus 82 años cumplidos. Recuerdo que había un pequeño calendario de mesa muy cerca de él, entre cajas con plumas y lápices, y aquel calendario señalaba que estábamos en 1955. Yo tenía entonces, aquel día, mientras avanzaba a saludar al célebre escritor, 19 años, y al sentarme frente a él vinieron sobre mí las imágenes de Baroja paseando entre las nieblas del invierno y los árboles del cercano parque del Retiro, una imagen que yo había contemplado en muchas ocasiones. Como también vinieron, arrastradas por la ronca voz de Baroja, una voz que recortaba los finales de las frases, sus palabras sobre el elogio sentimental del acordeón que yo había escuchado alguna vez :“¿No habéis visto – había escrito Baroja hacía tiempo -, algún domingo al caer de la tarde, en cualquier puertecillo abandonado del Cantábrico, sobre la cubierta de un negro quechemarín o en la borda de un patache, tres o cuatro hombres de boina que escuchan inmóviles las notas que un grumete arranca de un viejo acordeón? Yo no sé por qué, pero esas melodías sentimentales, repetidas hasta el infinito, al anochecer, en el mar, ante el horizonte sin límites, producen una tristeza solemne”. Y ahora, tras todas esas imágenes y palabras, estaba yo allí, sentado ante el autor de “La lucha por la vida”, estábamos los dos solos porque Julio Caro se había retirado y yo me presentaba como el nieto del escritor que le había mandado unas líneas y al que en tiempos Baroja había enviado dedicado su único libro de poesía. Baroja recordaba a mi abuelo pero no recordaba el libro en absoluto. Después de un largo silencio, mirándome casi inmutable tras su mesa, sin apenas mover su cara bajo la boina y sin duda asombrado por lo que acababa de oír en mi breve presentación, levantando un poco las cejas, pronunció muy despacio y en un tono amable pero también algo incrédulo estas palabras: “¡ Ah!, ¿ pero yo he escrito poesía?”. Tenía las manos cruzadas y asomadas bajo las mangas de su bata a cuadros pero de pronto aquellas manos empezaron lentamente a moverse sobre la mesa, las duras venas bajo la piel resaltaron más en el momento de llegar hasta la superficie de un timbre colocado en una esquina y más aún en el instante de oprimirlo. Pocos segundos después apareció en la puerta Julio Caro y Pío Baroja, mirando a su sobrino que seguía en el umbral, le dijo: “Este chico me está diciendo que yo he escrito poesía. No lo recuerdo. Mira a ver si encuentras por ahí ese libro del que habla, “Canciones del suburbio”, creo que se llama”. A los pocos minutos volvió Julio Caro con el libro en la mano y Baroja, con gran curiosidad y no sin asombro, estuvo repasando, aunque muy por encima, sus páginas. Vio que el prólogo era de Azorín y yo creo que aquello le mantuvo más complacido y confortado. Después, hojeando el volumen, pasó sobre los títulos de algunas de sus partes, “Juventud”, “Recuerdos de vagabundo”, “Impresiones de París”, “Melancolías grotescas”, y luego dejó el libro sobre la mesa. Por avanzar algo en mi diálogo, le fui contando a Baroja cosas de la Universidad e incluso me arriesgue a invitarle, en un gesto propio de mi juventud y aún sabiendo que era pedir algo imposible, a que pasara un día por allí y nos hablara a los estudiantes. Yo cursaba entonces tercero de carrera, había leído muchas de sus novelas, y miraba lleno de asombro y admiración a aquella figura sentada, con sus ojos bajo la boina que seguían observándome.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius”— Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (37) : PACIENCIA E IMPACIENCIAS

 

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS : (37) :  Paciencia e impaciencias

 

— Perdone que le interrumpa ahora con una pregunta muy distinta de todo lo que hemos hablado estos días, una pregunta  quizás algo más personal.—me dice hoy la periodista —‘¿Se arrepiente usted de algo como escritor?

– Sí, muchas veces de mi impaciencia.

– ¿Y de lo que está más orgulloso?

– Pues de lo contrario, de la paciencia. Parecerían dos cosas opuestas pero no ha sido así. Han convivido juntas. A veces me he precipitado con impaciencia al intentar publicar algo cuanto antes, he hecho gestiones demasiado precipitadas, me he movido innecesaria y torpemente. Eso no lo volvería a hacer. Y a la vez creo que he tenido una gran paciencia en el acto de escribir. Por ejemplo, he tardado en escribir un libro siete años, los que el libro necesitaba, trabajando diariamente. Una célebre novelista para mí muy admirable como es Virginia Woolf decía que lo importante es escribir, no publicar. Emily Dikinson creía que publicar no es parte esencial del destino de un escritor. Y Rulfo opinaba lo mismo. Todo eso es verdad. En general he sido muy paciente escribiendo, que es lo que importa. Amo la paciencia. Construir las frases, encontrarme con las palabras, dejar que nazcan las situaciones. Como ante los ejercicios que la mano hace practicando sobre el piano, como ante los movimientos de los dedos en las teclas como mero aprendizaje, tras años de escribir, las palabras fluyen. No hay que forzarlas. Vienen hasta la punta de la pluma, la pluma las va llevando sobre la página, unas palabras llaman a las otras, podría oírse el ruido de las palabras en la mente cuando bajan desde la cabeza hasta la mano, cómo bajan silenciosas, igual que un rumor; lo que uno ha leído o ha escrito antes, todo ese caudal del lenguaje que uno ha aprendido en lecturas y en releecturas, va cayendo suavemente sobre el estilo, forma el estilo, uno apenas hace nada, recibe el caudal de manera mansa. Y si uno se tropieza con una piedra inesperada, pienso que no debe corregir de inmediato, hay que dejar que siga cayendo la lluvia de las palabras, a veces la página no se llena, ni siquiera se llena una línea. Entonces hay que esperar, pluma en mano, andando, paseando, sentándose de nuevo ante el papel. Alejándose, como hacen los pintores para tomar perspectiva, y volviendo después al trabajo. Y luego tenemos la transformación de la realidad. La realidad de pronto se hace literatura, se hace personaje. Recuerdo en México, en el sur de México, impartiendo muy de mañana una clase de creación literaria, cuando encima de mi mesa situada al aire libre en el rincón de un bosque maravilloso, por una de las gruesas ramas del árbol que me cubría, comenzó a caminar lentamente un mapache. Entonces, todos los alumnos que me escuchaban en semicírculo levantaron la cabeza y al contemplarlo, me gritaron señalando al animal: “¡Mire, profesor, un cuento, un cuento!”. Nadie pronunció la palabra mapache. El cuento caminaba lentamente sobre la rama, con sus lentas patas, ajeno a nosotros. La realidad se había hecho literatura. Nadie veía al animal, todos estaban viendo caminar una historia.

 

Se va hoy más pronto que otros días la periodista.

Aprovecho para concluir este cuento que empecé la semana pasada:

BIBLIOTECARIO

“Me dice usted, doctor, que le escriba cada quince días contándole mi estado de ánimo. Lo hago hoy ante esta estrecha ventana que da al campo, contemplando siempre la soledad que me rodea, contemplando el áspero horizonte apenas iluminado por lo verde, tono ocre carente de humedad y de belleza. Usted, en una de las últimas visitas que le hice, recuerdo que me dijo que describía muy bien; pero hoy no estoy, doctor, para muchas descripciones: he vuelto a sumergirme en mi sueño. Desde hace tiempo bien sabe usted, y así se lo he dicho, que quiero ser bibliotecario. No bibliotecario de este pequeño pueblo donde vivo: sueño con lo mismo que le dije un día: quiero ser Primer Bibliotecario de la Biblioteca Nacional de mi país. Me veo, tal como le conté, en el centro de un gran hemiciclo; he visto ese hemiciclo, doctor, cuando visité la capital, y no lo olvidaré mientras viva. Quizás en mi imaginación lo idealice, pero los pocos minutos que allí estuve me llevan hasta ese verde silencio de las alfombras y los lomos bruñidos, gigantescas figuras de sabios esculpidos en piedra, y así me veo caminar sobre moquetas rondando los pupitres, admirado del mutismo sellado, de tanta ciencia concertada bajo la bóveda. No olvido aquella bóveda, doctor. Por las noches, en este pequeño cuarto en que habito, sobre todo en las noches de verano, estiro mi cuello fuera de la ventana y me asomo al resplandor celeste. Dejo mi libro sobre la mesa, levanto mis ojos a las estrellas, y pienso qué luz contemplará mi libro, el único que tengo, el que mes a mes suelen prestarme en la diminuta biblioteca de este pueblo, esa sala estrecha, vacía y polvorienta.

No crea que estoy triste, doctor, me bastan estas páginas. Yo sé perfectamente que debo estar aquí y esperar; la vida vendrá a sacarme un día de este cuarto, viajaré, estudiaré, me sentaré un día en el gran hemiciclo silencioso de fichas y volúmenes y oiré las horas que va dando el reloj sobre los libros y cómo pasan suavemente sus hojas. Sueño con esa enorme Biblioteca infinita y miro el campo y él entra en mi mirada. Dice mi madre que la vida es la que más nos enseña, no los libros; repite siempre que son los libros los que copian a la vida. Usted, doctor, ya sabe lo que pienso. Muchas veces se lo he dicho por escrito. Pero miro la vida y acaso no he vivido aún lo suficiente; acaso mi padre, por sus economías, no ha podido sacarme de este cuarto

Aquí he visto, doctor, anochecer y amanecer: no sé describir el mugido de las vacas ni distingo el color ni los olores. Voy hasta el río y me falta el libro, único libro mío, me falta el aire. Veo al agua correr y quebrarse, y sé bien que el agua no se quiebra. Sueño entonces lo que será mi porvenir. Me veo mayor, el pelo cano, ya con gafas; me veo presidiendo esa gran sala oscura y con las grandes pupilas dilatadas atender al silencioso cliente, al misterioso lector que llega tímido en busca de la Ciencia. Me veo paciente, con el rostro inclinado leo su ficha, admiro su mirada: él sería yo, de joven, si aquí no estuviera. Le atenderé con ese fervor súbito que me empuja al volumen, a la página, a la letra. Y ahora cerraré este pequeño libro azul y blanco, doctor, y este cuaderno en que siempre le envío mis impresiones. Luego bajaré la escalera de mi cuarto, la escalera tan tosca y tan sencilla, y me encontraré con usted. Usted, padre, cenará con mi madre, y yo cenaré junto a ustedes. Estará el pueblo dormido, manso y apacible. Yo dejaré en una esquina del banco este cuaderno y cenaré en silencio. Pero usted sabe bien, siendo doctor del pueblo y siendo mi padre, cuáles son mis profundos sentimientos, qué es lo que deseo, a qué aspiro, cómo, aun queriéndoles tanto a los dos, deseo salir de aquí. No, no se enfade usted, padre, no quiero ser médico sino Bibliotecario, leer libros infinitos , mostrar páginas, leerle también a usted cuando sea viejo, cuando ya usted no pueda.

Bajaré, padre, como todas las noches. Cenaré en silencio, no se enfade.”

José Julio Perlado – “Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

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