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Posts Tagged ‘José Julio Perlado’

 

 

“El gato se escurrió en el andén y entró en el túnel atraído por la trompeta negra, la luz dorada de la trompeta con oído de hollín que torcía en la noche aquella música blanca de la estación próxima, aquella estación que se veía en sueños, aquel sueño del metro rojo y brillante donde un gato venía corriendo, huyendo del tiempo, aquel tiempo blando donde nadaba el pez ondulando los sueños de un gato multiplicado, los gatos entrando en los andenes, fascinados por las trompetas negras, los trenes rojos del tiempo echando chispas, los peces moviéndose en el tiempo de los metros llenos de música, sin llegar nunca al despertar del sueño, cuando el argentino bajó las escaleras en la noche, encendió un pitillo en el andén solitario y miró a aquel gato de los ojos de pez, ojos fluorescentes en el túnel del sueño, sueños multiplicándose, peces bailando en los andenes en el momento en que se oyó la trompeta desde la otra estación y el argentino bajó atraído por la negrura, anduvo por el túnel de la música lleno de gatos y de peces, la música multiplicándose, las chispas del metro iluminando el sueño cargado de tiempo igual que de ceniza, los faros de las cenizas abriéndose paso entre los peces que llenaban el tiempo, tiempos multiplicándose, mientras el argentino andaba por el interior de la trompeta aconpañado por miles de gatos encantados, gatos de cola eléctrica, de ojos de pez fosforescentes en el túnel de la curva del jazz, cuando la trompeta seguía atrayendo al tiempo y el sueño iba estirando su lomo y su espinazo, maullando música quejumbrosa, un alarido potente, elevado, retorcido en el aire, un túnel tocado a pieno pulmón, los dedos del sueño pulsando los peces dorados, el metro dejando oír el pitido de la noche cargada de gatos avanzando delante del hombre, el tiempo con las orejas erizadas, el bigote enhiesto, el metro con la piel de gallina, parados todos los gatos, una pata delante, tensa, otra pata hacia atrás, escuchando al miedo, los miedos múltiples, la noche que da un paso por fin y el metro quieto, iluminado dentro del túnel, los ojos del metro en la oscuridad con la cola alargada de los vagones rojos e inmóviles, llenos de peces,

 

 

peces a punto de ser tragados por el sueño y la trompeta que sigue llamando desde la otra estación para que el argentino avance y se despierte, se ve ya en el recodo de la sombra el balbuceo del amanecer del andén, los ladrillos blancos del día, los anuncios difusos de las paredes en las que se apoya lejana una sombra que enciende un pitillo solitario esperando al gato del tiempo con las ventanas iluminadas que ocupa todo el túnel, ha engordado tanto que es un animal gigante, monstruoso animal de luces y de escamas cuyas aletas no pueden avanzar trompeta adelante, está atrancado en lo oscuro de la música  y el sueño, y de repente salta escurridizo, el maullido se alarga por la piel hasta el andén, andenes múltiples, el cuerpo del tiempo se hace sinuoso y el sueño se frota al pasar con todos los peces que nadan en el túnel, las uñas del metro resbalan por las vías y queda detenido el tiempo en el momento del despertar, en el frenazo brusco en el que se abren las puertas de la noche y saltan los peces al andén escapando de millares de gatos atraídos por esa trompeta de jazz que eleva el tono del sueño, el sueño soñado por ese hombre en pie, solitario en la esquina del andén, desdoblado en sus ojos cansados, en su actitud lánguida de argentino en París, alto y desmadejado, que ahora está siendo atacado por todos los gatos del metro, por todos los metros que llegan al sueño, por todos los sueños que huyen del tiempo, absorto, colgando de la comisura de sus labios el pitillo, pitillos múltiples.”

 

José Julio  Perlado – ( del libro “Relámpagos) (texto inédito)

 

 

(Imágenes- 1- Louis Wain – wikipedia/ 2- Satoshi Okazaki/ 3- Cortázar – foto Ulla Montan -El país)

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“… Por eso cuando me fui acercando dentro de aquel espacio íntimo del Museo a aquellas escenas de Goya en las que dominaba el negro y unos tonos pardos y fríos, tampoco me extrañó descubrir en muchas de ellas, al observarlas con mayor atención, el amarillo, los ocres, azules  y rojos, los carmines y aún unos ligeros toques de verdes. No todo era negro, pues, en las “pinturas negras”. Me sorprendió, por ejemplo y de repente, al girar la cabeza hacia la izquierda nada más entrar en una de las salas, la composición pictórica de un Perro”o lo que sería más adecuado definir, una enorme masa de un gris amarillento, una gran zona lisa y vacía de espacio en la que asomaba en su base inferior la pequeña cabeza de un perro, una cabeza perfectamente dibujada con aquella precisión que Goya tenía para plasmar animales, un perro que estaba surgiendo de una masa amorfa, emergiendo de algo parecido a un talud pero que ni siquiera podría decirse que fuera arena, un perro, o cabeza de perro que no se sabía bien si se estaba hundiendo o intentaba escapar, que podía estar pidiendo socorro o piedad, pero que esencialmente transmitía angustia. Aunque enseguida me llamaron enormemente la atención otras pinturas situadas casi al lado de ésta, en la pared de enfrente de la pequeña sala, especialmente en razón de los gestos y las deformadas facciones de varios personajes que allí aparecieron ante mí, más apilados que agrupados, como dominados por oscuros movimientos instintivos, y principalmente una pintura que aún destacaba más entre las otras, o al menos así me lo pareció: unos cuerpos flotando en el aire, superpuestos sobre un fondo de cielo y de paisaje, dos extraños personajes envueltos en ropajes, uno de ellos, el situado a la izquierda, embozado en un manto rojo plegado, mirando hacia atrás en actitud miedosa y en cierto modo ausente, y el de la derecha, en cambio, señalando algo de modo exasperado, con el dramático gesto de su boca abierta en expresión de horror, y los dos sobre un fondo luminoso y no lejano a un montículo o cerro pedregoso que quizá escondía una ciudad fortificada, aunque ello no podía adivinarse bien. Me acerqué a comprobar el título de aquella pintura que yo ya conocía anteriormente por diversas reproducciones, y allí leí: “Francisco de Goya, Aquelarre o Asmodea”, y luego volví lentamente sobre mis pasos en el completo silencio nocturno de la pequeña sala…”

José Julio Perlado(del libro “Relámpagos”) (texto inédito) 

(Mi pequeño homenaje en el bicentenario del Prado)

 

 

(Imágenes- 1- Goya- perro semihundido- museo del Prado/ 2- Goya- “Asmodea”- museo del Prado)

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“El viernes pasado nos sentamos Olga y yo en una cafetería, como hacemos siempre, para repasar toda la semana.

— El martes, a media tarde, ¿sabes? – me confió Olga de repente  mientras se bebía una naranjada  -, vi una nube. Era una nube en forma de animal, yo diría que de caballo. Había posado su grupa encima de mi ventana. Tenía una pigmentación oscura y una especie de pelos blancos. El blanco lechoso de la crin se extendía en el cielo e iba cambiando de modo muy gaseoso hasta hacerse mate, yo diría que algo leonino. La nube no se movió durante mucho tiempo de mi ventana. Ya sabes que las nubes apenas se mueven. En ésta sus articulaciones estaban quietas sobre el marco. Las patas traseras eran muy cortas y su hocico era blanco. No daba la  impresión de caminar. Ninguna nube camina. El blanco mate de la gasa se fue haciendo lentamente gris hierro y poco a poco dorado. Ten en cuenta que era el atardecer. Después, por la parte de la cola, el gris moteado pasó a ser pardo y luego acabó en un puntito negro. Más tarde se fue agrandando el pecho de aquella nube, sus riñones se fueron deshilachando, desparramándose en círculos con gran lentitud hasta irse separando en muy pequeñas nubes transparentes, cada vez más gaseosas, cada vez un poco más lejanas hasta que yo ya no las pude seguir con la mirada. Eran diminutos círculos dentro de otras nubes diminutas que giraban muy despacio, ya irreconocibles hasta desaparecer. Entonces empezó la tormenta. ¿Te acuerdas de la tormenta del martes? Pues ahí empezó la tormenta. Tuve que cerrar enseguida la ventana. ¡Pues todo eso me pasó el martes, fíjate!

—¿Y en la oficina? ¿Qué tal en la oficina? ¿Has tenido mucho jaleo? – le pregunté.

—No. Lo más importante para mí en toda la semana ha sido esa nube. Esa nube en mi ventana. Esa nube no se me va de la cabeza,”

José Julio Perlado ( del libro “Relatos”) (texto inédito)

(Imagen – foto -:  George Hurrell- 1936)

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“Entonces Beatriz entró mientras yo estaba leyendo el periódico en el comedor y se sentó en una silla con ánimo de contarme algo. Venía con una de esas historias de sus amigas, tan importantes para ella, con las que necesitaba desahogarse y yo doblé el periódico, lo dejé todo, y me incliné un poco para prestar atención. Se trataba de Rebeca, que cruzaba medio sonámbula por la calle con riesgo de que la pillara un coche, la cabeza atormentada de pastilllas antidepresivas para superar la convivencia con su marido, pero Beatriz no lo contaba así, tiempo después pude recuperar su voz: “¿Rebeca?, no te imaginas cómo está, iba con las bolsas de la compra como si las arrastrara, no miraba los semáforos, yo la llevé casi de la mano de una acera a otra porque un día, le dije, te mata un coche, tienes que reaccionar, hay gente en la vida peor que tú, no puedes ir casi borracha de pastillas, pero ella no escucha, sigue y sigue hablando del infierno con su marido, ahora tengo dos enfermeros, me dijo, pero aún así, no aguanto, un día se me escapa, mi hijo mayor no me ayuda, se ha puesto de parte de su padre, y yo creo, ¿sabes lo que pasa?, que ella siempre se ha ocupado de sus nietos, ellos han sido su salvación, años y años trayendo y llevando a sus nietos al colegio, pero eso se acabó, los nietos han crecido, los nietos no quieren saber nada de la abuela, vienen los domingos a darle un beso y a pedirle dinero, y eso se acabó, todo ese tiempo en que ella se refugiaba en sus nietos ya no existe, tengo que ir al psiquiatra, me decía, No, tú no tienes que ir al psiquiatra, Rebeca, le he dicho, lo que tienes que ir pensando es cómo internar a tu marido en una Residencia, hay Residencias buenas por aquí, algunas un poco caras pero encontrarás una cercana y barata, allí tienes que meter a tu marido, pero no por egoísmo, sino por él, por él y por tí, tienes que quitarte las pastillas…”, y la voz de Beatriz proseguía en una historia que yo ya conocía, la había oído muchas veces, y entonces, no sé por qué, puse algo menos de atención al escuchar y moví un poco la cabeza y pensé que cuando un día estuviera yo solo en este piso, sin Beatriz, me lamentaría de no haberla escuchado en este momento, te vas a lamentar, me dije, de no escucharla  bien ahora, de no atenderla, y me vi recorriendo las habitaciones vacías, solo en casa, a duras penas no se me cae esta casa encima gracias a que revivo estas conversaciones con Beatriz y porque me he propuesto con voluntad ser valiente, vivir lo mejor posible esta soledad, y repasar momentos como aquel en que Beatriz me contaba la historia de Rebeca  hace ya muchos años y, no sé por qué, aún no sé por qué, puse un poco menos de atención aquel día”.

José Julio Perlado -( del libro “Relámpagos ) ( texto inédito)

(Imagen -Erwin Blumenfeld- 1938)

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“Me dice usted, doctor, que le escriba cada quince días contándole mi estado de ánimo. Lo hago hoy ante esta estrecha ventana que da al campo, contemplando siempre la soledad que me rodea, contemplando el áspero horizonte apenas iluminado por lo verde, tono ocre carente de humedad y de belleza. Usted, en una de las últimas  visitas que le hice, recuerdo que me dijo que describía muy bien; pero hoy no estoy, doctor, para muchas descripciones: he vuelto a sumergirme en mi sueño. Desde hace tiempo bien sabe usted, y así se lo he dicho, que quiero ser bibliotecario. No bibliotecario de este pequeño pueblo donde vivo: sueño con lo mismo que le dije un día: quiero ser Primer Bibliotecario de la Biblioteca Nacional de mi país. Me veo, tal como le conté, en el centro de un gran hemiciclo; he visto ese hemiciclo, doctor, cuando visité la capital, y no lo olvidaré mientras viva. Quizás en mi imaginación lo idealice, pero los pocos minutos que allí estuve me llevan hasta ese verde silencio de las alfombras y los lomos bruñidos, gigantescas figuras de sabios esculpidos en piedra, y así me veo caminar sobre moquetas rondando los pupitres, admirado del mutismo sellado, de tanta ciencia concertada bajo la bóveda. No olvido aquella bóveda, doctor. Por las noches, en este pequeño cuarto  en que habito, sobre todo en las noches de verano, estiro mi cuello fuera de la ventana y me asomo al resplandor celeste.  Dejo mi libro sobre la mesa, levanto mis ojos a las estrellas, y pienso qué luz contemplará mi libro, el único que tengo, el que mes a mes suelen prestarme en la diminuta biblioteca de este pueblo, esa sala estrecha, vacía y polvorienta.

 

 

No crea que estoy triste, doctor, me bastan estas páginas. Yo sé perfectamente que debo estar aquí y esperar; la vida vendrá a sacarme un día de este cuarto, viajaré, estudiaré, me sentaré un día en el gran hemiciclo silencioso de fichas y volúmenes y oiré las horas que va dando el reloj sobre los libros y cómo pasan suavemente sus hojas. Sueño con esa enorme Biblioteca infinita y miro el campo y él entra en mi mirada. Dice mi madre que la vida es la que más nos enseña, no los libros;  repite siempre que son los libros los que copian a la vida. Usted, doctor, ya sabe lo que pienso. Muchas veces se lo he dicho por escrito. Pero miro la vida y acaso no he vivido aún lo suficiente; acaso mi padre, por sus economías, no ha podido sacarme de este cuarto.

 

 

Aquí he visto, doctor, anochecer y amanecer: no sé describir el mugido de las vacas ni distingo el color ni los olores. Voy hasta el río y me falta el libro, único libro mío, me falta el aire. Veo al agua correr y quebrarse, y sé bien que el agua no se quiebra. Sueño entonces lo que será mi porvenir. Me veo mayor, el pelo cano, ya con gafas; me veo presidiendo esa gran sala oscura y con las grandes pupilas dilatadas atender al silencioso cliente, al misterioso lector que llega tímido en busca de la Ciencia. Me veo paciente, con el rostro inclinado leo su ficha, admiro su mirada: él sería yo, de joven, si aquí no estuviera. Le atenderé con ese fervor súbito que me empuja al volumen, a la página, a la letra. Y ahora cerraré este pequeño libro azul y blanco, doctor, y este cuaderno en que siempre le envío mis impresiones. Luego bajaré la escalera de mi cuarto, la escalera tan tosca y tan sencilla, y me encontraré con usted. Usted, padre, cenará con mi madre, y yo cenaré junto a ustedes. Estará el pueblo dormido, manso y apacible. Yo dejaré en una esquina del banco este cuaderno y cenaré en silencio. Pero usted sabe bien, siendo doctor del pueblo y siendo mi padre, cuáles son mis profundos sentimientos, qué es lo que deseo, a qué aspiro, cómo, aun queriéndoles tanto a los dos, deseo salir de aquí. No, no se enfade usted, padre, no quiero ser médico sino Bibliotecario, leer libros infinitos , mostrar páginas, leerle también a usted cuando sea viejo, cuando ya usted no pueda.

Bajaré, padre, como todas las noches. Cenaré en silencio, no se enfade”.

José Julio Perlado( del libro “Relatos”) ( texto inédito)

 

 

(Imágenes-1-Abby library st Gallen/ 2-biblioteca/ 3- biblioteca palacio convento de Mafra/ 4-Antonio Mancini – 1875)

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”Pasa un día así, largo y pesado. Un día que retrata mi cuaderno, y como éste, cientos de días iguales  y extendidos que nadie encuentra. Al atardecer, camino de Soria, el Joven acaba confesándome que desde meses es casado; se le avivan las miradas al hablar; desde hace dos meses es casado y es la primera vez que se separa… Camino de Soria está Numancia, soledad, historia que nos contempla. Ya se ven más gentes, arrapiezos, ancianos, mujeres; algun buey, un último reflejo que quita el frío, calienta y no quema. Y después, la noche.

Una vuelta en el día. La madrugada cambia nuestro paisaje. Es lomo sobre lomo, por las calles de Soria, como llegamos a la estación: se ha muerto el campo. En la placita situada detrás de Correos hacen parada olores, ruido de pasos. Ya se van los pastores  a la Extremadura, y un silencioso encierro, un entierro, penetra en el corral. Se está quedando la tierra triste, oscura, y alguien grita “¡Eska, eska, eska la Vieja!”, azuzando las varas. Ya se van los pastores, ya se van marchando…; más de cuatro zagalas quedan llorando, y unos bobalicones  miran boquiabiertos sobre las vallas, por entre las rendijas.

 

 

Es la hora en que el ganado presiente que todo va a ocurrir.  Están agazapadas, revueltas, defendidas; son como enorme alfombra de orejas y pupilas, de patas, corazones, blanco color, pezuñas escondidas. Caras juntas y ojos abiertos. Poco a poco van entrando al fin. Es un callejón que lleva a los vagones. “¡Eska, eska, eska la Vieja!”, gritan los hombres del cayado. Con las dos manos, el Niño, el Joven, el Encarnado, colocan bien alguna cabeza torcida. Se las anima en el lomo con el palo. Pero no entran. Tienen que hacerlo los pastores en el callejón, pequeña plaza de toros de estación soriana, donde el público son los barrotes de vagones que esperan. El Joven entra el primero; ha de ponerse en cuclillas, ha de estirar su brazo y, alcanzando una oveja, atraerla hacia sí, abrazarla, él, casado de meses, la ilusión, el empuje, y la gracia. Y tras esa oveja otra y otra, hasta ochenta y cuatro. Hasta que, sofocado, enfebrecido, aplastado casi entre patas, oculto entre balidos, con un rasguño en la frente, con los ojos empañados de vapor, él, el casado de meses, el Joven, sale a rastras del vagón y cierra con candados. “¡Jalí, jalí “, dicen empujándolas. Y otro piso de vagón, y otro, y otro. Y más tarde otro vagón, y un segundo que aguarda, y un tercero que mira allí, en la estación, inerme.

 

 

Los ruidos no son campo ahora. Son bastonazos que resuenan mejor, son gemidos más claros; el sabor es pólvora. Pero este rebaño ha de ir en el ferrocarril como sea, amparado por el mayoral o no amparado, guardado por pastores, por el mansero, por los zagales, por los perros. A este rebaño le habrá de recibir el invierno en Extremadura. Por ello, porque ellas lo saben, entran despacio, asustadas, temblonas. Algunas se escapan de las manos, algunas se atrasan, algunas ya no balan. Media sombra de corral y medio sol en los tendidos de este encierro. “¡Eh, fíjate! “, dicen los bobalicones. “¡Hasta mayo no vuelven; menuda vida se pegan!” Y no saben ellos, los bobalicones, que el vagón cerrado con hierros las rodea de soledad y miedo. Ellos no saben que algunas, ya colocadas, aún se revuelven, cambian de postura, intentan escapar. En el piso bajo, en el entresuelo de barrotes y candados, caben más, entran mejor, pueden andar y moverse mientras los pensamientos del viaje rozan entre ellas. Pero en los áticos y en las azoteas, como enclaustrada su blandura, gimen y se lamentan en letanía, en animal oración. Cuando alguna no quiere entrar y se hace la fuerte, se busca un manso de cencerro grave que camina y camina anestesiándolas, adormeciéndolas, encantándolas, quitándolas la fuerza.

 

 

Suena un patear de ganado en la madera del vagón. Es como la explosión de la libertad ahogada, ese mirar férvido y caliente de las protestas. No se las logra dominar porque son criaturas, y ni con boinas al aire ni con varas se consigue esparcirlas. Cuando la última no se rinde, el Joven la coge en brazos y la mete entre gritos.  Existe hecha por Dios una lana en el lomo donde la mano aprieta. Existe un pie que empuja, un perro que las muerde y una voz extraña, rara, que las desconcierta. La recién nacida de la mañana es mezclada entre las sombras del vagón. Es su primer embarque. “Navegamos”, dicen los pastores clavando travesaños y cerrando las puertas. Navegamos con los ojos pardos, con los olores fuertes, con las piernas esbeltas. Son las doce en punto en mi cuaderno. La cámara se va retirando de los vagones y recorre en primer plano a los hombres, a los caballos, a las mantas. Película de Soria. Esta es la trashumancia de las ovejas”.

José Julio Perlado “Esto es trashumancia”  – (publicado en el Diario “YA” el 29 de noviembre de 1959, con imágenes del gran fotógrafo español Ramón Masats– Juntos hicimos el viaje y el reportaje- Masats tenía entonces 28 años; yo 23)

 

 

(Imágenes -1- trashumancia – voxpopuli/ 2- Ramón Masats -ara cat/ 3-trashumancia- 20 minutos/ 4-trashumancia- origen/ 5-Soria- el Semanal)

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Ramón Masats tenía entonces 28 años y yo tenía 23. El gran fotógrafo español y yo recorrimos juntos durante varios días los campos de Soria y de allí surgió este texto que hoy incluyo aquí , rememorando un reportaje y una experiencia realmente inolvidables:

 

”Amanece al mismo color con que soñamos despertarnos. Los ruidos son llamadas: una campana y una esquila. El paso de las ovejas, pequeños golpes que tientan al sol hasta que el sol asoma. “Y ahora navegamos’, dicen los pastores. Es verdad que este vocablo de la sierra soriana es palabra de mar, no de esta tierra. No de la tierra rugosa, que es fría a mi contacto y es vieja. Retrasan las ovejas los gemidos, husmean los arbustos; una piedra que hondea entreabre  un matorral y espanta una cabeza. Pegada a la madre, la recién nacida de la mañana trota su blanda caminata y embiste al aire. Este viento es la cola de octubre. Hacia el valle de Alcudia, hasta la región mariánica, hasta  esa Mancha, o Andalucía, o Extremadura de España, el olor del rebaño cuelga de las pupilas humedecidas, de las lanas musgosas, de las vértebras. La recién nacida de la mañana torea al matorral y los perros la rodean. Su bautizo será  esta laguna verde, fango desde los bordes, donde las blancas patas chapotean. He aquí el bautizo de Dios sobre una niña oveja. Se para ante el agua, duda, está indecisa; la apretujan los perros y cae de bruces; se baña, llora; luego, paso a paso, se endereza. Tiran los pastores unas piedras. “Tiren de nuevo – he de decirles  -. Es para hacerles una foto tirando piedras.” Luego se ríen de nosotros; me contestan: “¿Quiénes? “. Los que nos conozcan. “¿Por qué?” “Porque somos mucho feos”, me grita el Joven; y sin embargo tira una piedra. La recién nacida ya va delante, va entre dos madres, una adoptiva, otra verdadera. Ocho mulas y un perro se separan aparte. Suenan más voces: “¡Jaco, Jaco! ¡Ven por la manta!”. Luego, un silencio. “¡Hay que echarla en las yeguas!” “¿Lo qué?” “¡La manta!” Y se alejan.

 

 

Esto es trashumancia. Un rebaño de de seiscientas cincuenta cabezas que avanza entre “Leona”, “Violeta” y “Gento”, el “Lanas” y “Aparicio”, la jauría de perros guardianes que escoltan su presa. Cordel de trashumancia, sombras nómadas, orilla de pastores, caballerías, sol, balidos y tierra. El ejército de las ovejas asoma su frente de ojos doloridos, de húmedas lenguas. Miro mi reloj: diez y media; diviso un puente. Gallinas que de repente callan y cencerros que de pronto no suenan. Hemos parado. Se come de pie; se pican menudillos, jamón;  se bebe vino; las navajas se pinchan en tarteras. Después se lían los cigarros y se charla. Pregunto po un hombre apartado, un extremeño.”¿No es pastor?” Estaba esta primavera en la carretera. “Es viudo”, me dicen. Y se avergüenzan. Vuelve el camino al orden, ladran los perros, los caballos se yerguen, rompe a soñar el rumor de campana que cuelga de una oveja. Todas derrás del manso, silenciosas y estrechas. Todas por el itinerario de la cañada, como procesión de monte, paciente andar de sacrificio del que no se conoce la ofrenda. España, y pisándola, balando sobre ella, Soria, Guadalajara, Madrid, Toledo, Ciudad Real, la Mancha entera. España, y pisándola, bailando sobre ella, pestañeos, latidos, soplos, sudor, silbo, tierra. Toda nuestra jornada. Anual descubrimiento del Joven, del Callado, del Niño, el Encarnado, el perro, el matorral, el arbolado, la lana, los cencerros, el aire, la comida, la bota y la chaqueta. Esto es trashumancia. Albarcas, los zahones, el cayado y la pana, la boina y la pelliza, el alma entre la manta, la manta entre la lana y la lana en la oveja.”

José Julio Perlado – “Esto es trashumancia” – ( publicado en el periódico YA el 29 de noviembre de 1959)

 

 

(Imágenes -1- Ramón Masats -tendencias del mercado del arte/ 2- trashumancia – asociación forestal de Soria/ 3- trashumancia – destino Castilla y León)

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