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Posts Tagged ‘José Julio Perlado’

 

 

“El vuelo de las gaviotas no conoce esta ciudad desierta, despojada de ruidos, donde los ascensores duermen paralizados, los edificios han sido vaciados, se han apagado móviles y ordenadores, una brecha de soledad señala dónde estuvo una vez el tráfico, aquella orquestación desafinada de motores y prisas, aquel ir y venir de la polución, avenidas de gases, conversaciones, discusiones, preocupaciones, el vuelo de las gaviotas pasa ahora suavemente sobre las rocas y deja embobados a los que han llegado hasta aquí, al borde de los arrecifes coralinos, donde crustáceos y peces del mar tienen su tiempo de silencio, silencio distinto al de las ciudades vacías, la cáscara de los edificios ha ido volcando en el aire timbrazos, irritaciones y gestos, aquella aceleración por los pasillos, parpadeo de pantallas, gestiones, aglomeraciones, infartos de empresas, el vuelo de las gaviotas pasa una y otra vez por los dibujos de colores de los peces mariposa, por las manchas anaranjadas de los corales, el vuelo de las gaviotas no conocerá nunca la dureza de estas aceras solitarias, el desierto de las plazas en las capitales, los jóvenes árboles solteros, los viejos árboles viudos. Hay un silencio por todos estos despachos donde se crisparon conversaciones y se cruzaron órdenes, donde creció la espiga de la envidia y la ambición. El vuelo de las gaviotas pasa ahora lentamente sobre el cangrejo rosáceo  y sobre la aleta transparente del pez azul”.

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes.- 1.-Peter  Jones/ 2.-Walter Leistikow)

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“Mi madre es intérprete. No intérprete de teatro sino intérprete de idiomas, es decir, experta en lenguas. Conoce perfectamente el húngaro, el finlandés, el portugués, el  chino, el ruso, por supuesto el alemán y el inglés, naturalmente el italiano y el  francés, tiene nociones muy perfeccionadas de rumano y de checo y, por nacimiento y educación, se desenvuelve en un castellano elegante y  muy correcto.

Mientras en la familia de mi padre los idiomas no han sido nunca una obsesión ni un dominio, si me remonto en cambio a mis ascendientes maternos esa facilidad para manifestarse en otras lenguas es algo sorprendente a lo largo de varias generaciones, aunque a mí, naturalmente, nunca me ha causado el menor asombro. Desde niño he oído a mis abuelos hablar en varios idiomas por la casa, sobre todo he disfrutado de ello en las largas épocas de verano, y cuando hemos viajado todos juntos me he dejado ir con absoluta naturalidad por los países sin preocuparme de límites ni de fronteras,  tal y como si no hubiera salido nunca de nuestro pasillo o de nuestro barrio.

Mi madre, por necesidades de su trabajo profesional, posee un vestuario no muy amplio pero sí distinguido. Es una mujer rubia y esbelta, actualmente con algunas entradas canosas, y suele ir perfectamente arreglada ya que tiene que alternar con jefes de Estado o con Príncipes, participar en reuniones y cenas de gala y escuchar y atender a toda clase de personajes. Ella misma nos ha contado muchas veces cómo empezó su vocación. Siendo niña, su madre, aprovechando un viaje a París, la llevó a visitar el palacio del Elíseo y bajo aquellas arañas suntuosas y caminando por las suaves alfombras, le dijo en  voz baja: “ María, aquí trabajarás tú cuando seas mayor”.

 

Y así ha sido. No sólo se ha sentado junto a los distintos Presidentes de la República sino que lo ha hecho igualmente con los príncipes de Mónaco, la Soberana de Inglaterra, los cancilleres europeos y los sucesivos mandatarios rusos y americanos. Ha viajado por todo el mundo en numerosas ocasiones y lo mismo ha conocido los contrastes de la India  que los desiertos de Arabia o las islas elegidas para celebrar convenciones internacionales. Ha dormido generalmente en lujosos hoteles, pero también ha tenido que sufrir las incomodidades naturales a causa de asambleas inesperadas provocadas por difíciles conflictos.

 

 

Una de las etapas más curiosas de su carrera como intérprete fue, según ella nos contaba, aquella en la que recibió clases para sentarse bien, con la silla dispuesta a poca distancia de la espalda de los comensales y poder en todo momento inclinarse delicadamente entre los asistentes a un  banquete, colocando el respaldo de tal modo que su tronco de mujer pudiera girar una y otra vez hacia uno u otro lado de cada personaje, atenta siempre a los matices de las conversaciones y a no distraerse  nunca  con lo que estaban sirviendo en los platos. Eso no siempre lo ha conseguido .Ella suele cenar o comer antes de su trabajo en una salita contigua, o bien en su hotel, y no le suele preocupar demasiado qué es lo que está ofreciendo a los demás  el lujoso servicio, pero tiene la lógica curiosidad de mujer y además posee  una retentiva prodigiosa para acordarse de los menús; así al llegar a casa nos suele comentar, por ejemplo, y eso sin tener que ayudarse de ninguna anotación: “Ayer en Palacio cenaron un pavo especial, que está hecho con arroz y nuez moscada,  el  martes sirvieron de entremeses guisantes a la francesa, patatas de España al málaga, trufas al champagne y gelatina de ananás a la oriental”. Mi abuela la mira impasible porque la sopa tan sencilla que ella suele tomar por las noches le parece lo más delicioso del mundo y apenas hace el menor comentario sobre tantas variedades gastronómicas, pero mi madre vuelve a insistir: “el jueves pasado, que vino a tomar el té con nosotros el Primer Ministro inglés, ofrecieron  pastelillos con pasas cubiertos por encima con mermelada de arándanos” . Siempre que se refiere a ese “nosotros” yo no sé exactamente si está hablando del invitado de turno o del anfitrión, porque ella está sentada permanentemente entre los dos personajes, y a veces ni siquiera sentada sino que debe esperar de pie, situándose luego entre los dos con gran presteza y colocándose  tras las espaldas de los Jefes de Estado o de los ministros. Esto lo realiza con una enorme facilidad, yo diría que con una facilidad prodigiosa y con una asombrosa agilidad,  porque a pesar de ser alta y esbelta ha mantenido a lo largo de los años una gran elasticidad en sus piernas que marcha paralela a la rapidez de su mente y a su ingenio, atenta siempre a traducir de inmediato palabras o giros complicados, e incluso frases inacabadas (sobre todo cuando debe trabajar con italianos) que se concluyen en el aire con apenas un gesto. Mi padre, cuando aún vivía entre nosotros y antes de ponerse muy enfermo,  siempre se asombraba de esa prodigiosa elasticidad de su esposa.

 

 

Por otro lado, mi madre, cuando prevé que su jornada de trabajo va a ser muy  agitada, se enfunda unos cómodos y elegantes pantalones y destierra la falda para así poder olvidarse en lo posible de su postura y de sus piernas y concentrarse en lo que está haciendo. Nos contaba un día  que sentada en cierta ocasión entre el Presidente polaco y el Secretario de Estado norteamericano, le habían preparado una silla demasiado alta y tiesa y no tuvo más remedio que estar hora y media inclinándose con todo el cuerpo hacia adelante para poder acercarse a  los oídos de los dos dignatarios. Salió muy afectada de aquella entrevista. Pero lo que peor lleva indudablemente  es cuando surge la necesidad en el trabajo de mantener dos intérpretes, uno para cada dignatario, y así  mantener más fluida la conversación. Entonces le colocan a su lado a alguien que siempre se le adelanta interrumpiendo y ella se indigna.  No dice nada, pero luego explota con nosotros en casa. “Creen que los silencios no valen nada.- dice-. Esas gentes no entienden que precisamente son los silencios y las pausas lo que es esencial  en una traducción. No me explico dónde los han podido enseñar  para que hagan eso”. Para ella los silencios son vitales. Conoce de memoria a los grandes personajes de la política y sabe que los primeros momentos de silencio entre los dos visitantes están siempre cubiertos por ellos con una gran dosis de mímica. Al  estrecharse las manos y siempre que el primer encuentro sea al aire libre, bien en escalinatas o bien en umbrales de edificios, los políticos saben subsanar perfectamente esos incómodos minutos rodeados de fotógrafos y no necesitan intérprete alguno. Con un dominio excepcional de los gestos, las dos personalidades que se encuentran, aunque no se hayan visto nunca y, sobre todo, aun sin conocer el uno el idioma del otro, levantan la cabeza y miran sonrientes hacia el cielo, señalando cada uno el paso de las nubes, o el color del día, o haciendo un ademán que podía clasificarse dentro de un lenguaje de mímica internacional, con el que se intenta sugerir al otro qué buena o qué mala está siendo la temperatura del día,  o cuánta  lluvia o viento están sacudiendo ya las horas de esa jornada. Luego entran, y ahí es el momento de mi madre que ha subido deprisa y de dos en dos las escalinatas, se ha colado entre los guardaespaldas y está ya situada en una esquina de la alfombra y muy  preparada para empezar su trabajo. Es un momento difícil ése, siempre nos lo ha dicho, porque tiene que avanzar detrás de los dos personajes, ni muy presurosa ni tampoco muy lenta, atenta al ritmo de los pasos de los otros, deteniéndose si ellos se detienen y, sobre todo, dispuesta a captar el menor atisbo de conversación, porque uno de los dos, por ejemplo, puede comentar algo intrascendente cuando elogia determinado mueble  o comenta cualquier cosa sobre  una cortina o sobre la misma alfombra, y ella tiene que introducir rápidamente su breve traducción, adelantándose un poco entre las dos chaquetas y asomando algo la cabeza, para pronunciar el matiz exacto con una entonación muy suave y ligera porque es consciente de que aún no ha empezado la conversación seria y transcendental..

 

 

Sin embargo, mi madre, lo que muchas veces nos ha confesado en familia cada vez que  ha querido desahogarse con nosotros,  es lo difícil que para ella  resulta traducir  chistes y chascarrillos de un mandatario para que los pueda entender el otro; primero, porque mi madre no tiene mucho sentido del humor,  y segundo porque ella misma no los capta. “Si yo misma no los entiendo muchas veces”, nos protesta mientras come,  “ entonces, ¿cómo los voy a traducir?”. Mi abuela la mira y continúa tomándose la sopa, pero la espía  con ojos  pícaros, ya que ella sí tiene sentido del humor y además le encantan los chismes. “¿Pero qué cuentan, qué cuentan?”, le pregunta curiosa. Mi madre se ofende y no responde. Cree que su madre no valora la importancia de su trabajo y muy pocas veces nos relata algo. Pero hay cosas sobre las que no puede contenerse y entonces sí nos las cuenta. Con respecto a los chistes, nos ha contado en varias ocasiones el del pastor kurdo que se lo oyó a  Sadam Hussein. No es que Sadam  se lo contara a ella sino que el dictador iraquí se lo contaba a todo el mundo y ella lo tenía que traducir. “Había que estar muy atenta – nos dice mi madre – porque Hussein hacía pausas para beber té mientras lo contaba, y además hacía muchas variantes, cada vez lo narraba de una forma, y entonces yo tenía  que coger todos los giros, escuchar bien entre las carcajadas y traducírselo, por ejemplo, al Primer ministro italiano, que no entendía nada, y además hacer todo eso sin quitarle  la gracia”.”¿Y cuál era la gracia? –pregunta  mi abuela tomándose la sopa .” Te lo he contado muchas veces, mamá –dice mi madre – ¿para qué quieres que lo cuente otra vez?”. “Hombre, -contesta mi abuela – porque si lo has tenido que traducir tantas veces y ese señor estaba tan obsesionado con el chiste, pues es que tendrá gracia, aunque yo no se la encuentro mucha”. Entonces mi madre comienza a contar una vez más la historia del pastor kurdo que hemos oído infinidad de veces y que en resumen es así: se trata de un pastor kurdo al que los militares castigan, primero, por dar de comer trigo a sus ovejas; después, por alimentarlas con arroz en tiempos de hambruna. Finamente, cuando el ejército efectúa un tercer control, el hombre, hastiado, responde en el interrogatorio que está dando unos dinares al rebaño para que adquiera en el mercado lo que le venga en gana, y que así le dejen en paz.

Mi abuela no ha entendido nada el chiste, ni siquiera le ha parecido un chiste, no le ha hecho ni pizca de gracia todo aquello y sigue tomándose impertérrita la sopa”.

José Julio Perlado – (del libro inédito “Relámpagos”)

 

 

(Imágenes- 1.- Rolf Hanson/ 2-Robert Motherwell– 1984/ 3- Otto Freundlich -1935/ 4- Franco Costalonga -1977/ 5-macaparana)

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“Y fue en una de aquellas mañanas, en el inicio de ese otoño, cuando Hisae se encontró con la que sería el principio de una enfermedad que le duraría mucho tiempo. Comenzó a escribir aquella mañana, como solía hacer tantas veces, inclinada sobre su papel y poniendo los cinco sentidos en su pincel y cuando dejó de escribir casi al mediodía y abandonó la habitación sintió como siempre que seguía escribiendo de memoria, que se había llevado las palabras con ella y que ahora andaba por el jardín apartando frases que le venían constantemente a la cabeza, tropezando con ellas, caminando cada vez más deprisa, como si alguien la llamara aceleradamente. Pero no la llamaba nadie. Como ella relataría años más tarde en su libro “El mal de los volcanes”, aquella mañana Hisae, al estar algo fatigada, se recostó en una esquina del jardín mirando al cielo, se apoyó en una pared y cerró levemente los ojos. Vestía Hisae aquella mañana, tal como ella quiso recordarlo, un kimono rojo, de tonos intensos, esfumados a veces en penumbra. Todo aquel vestido estaba distribuido en una especie de grandes marcas cuadradas a las que Hisae siempre había llamado “ventanas” y en las que se reflejaban los colores del día. En cada una de aquellas ventanas el sol daba una tonalidad diferente y a través de aquellas ventanas extendidas sobre la tela, ella podía dedicarse a contemplar y a soñar. Recordaría también muchos años después que aquel kimono rojo siempre le había atraído porque creía ver en él, a través de las aberturas de la tela, lo sucedido en épocas pasadas. Pero aquella mañana para Hisae fue muy distinta. De repente el jardín se le nubló y enseguida por una de aquellas ventanas de su kimono comenzó a salir un hilo de humo blanco, como si la ventana se redondeara y se hundiera en sí misma igual que un cráter, exactamente como un pequeño cráter, y envolviendo toda su orla apareció un tono amarillento que recordaba a los granos de arena, unos granos diminutos que empezaron poco a poco a extenderse y a espolvorear toda la tela. Una delgada columna de gas ascendió de una de las ventanas del kimono y la hizo adormecer. El gas o los gases la llevaron a un sueño profundo que cubrió toda su cabeza y la transformó lentamente en una especie de volcán”.

José Julio Perlado – (del libro “Una dama japonesa”) (relato inédito)

 

 

(Imágenes.-1- pintura japonesa/ 2- el monte Fuji cubierto de nieve – foto Toru Hanai- Reuters – Time)

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La primavera vez que llegué a Roma, en 1963, tras dejar mi equipaje en un hotel  de vía del Babuino y cuando me senté a comer al aire libre en una trattoria de Corso Vittorio Emanuelle, estaba muy lejos de imaginar que aquella ciudad fuera a ser mi residencia durante más de dos años. Aquel mi primer viaje estaba previsto como viaje rápido y consistía en principio, y así lo creí en aquella primera semana, en una visita provisional, urgida de exigencias periodísticas, y nunca pensé, disfrutando como estaba de aquel amable mediodía en la trattoria romana, que Roma me fuera a acompañar luego habitualmente. Pero los giros de la vida son inesperados, y dos meses después volvía a Roma con un contrato profesional y tendría que recorrer ya diariamente en razón de mi trabajo calles como vía Condotti o vía Frattina, vía della Mercede o vía del Tritone y tantas otras más. Tenía mi despacho en Piazza di San Silvestro, no lejos de Piazza di Spagna, y cada mañana venía desde lejos con mi pequeño automóvil, en concreto desde un sencillo lugar llamado Piazza Navigatori, al costado de la larguísima vía Cristoforo Colombo. Venía conduciendo y pensando en mis tareas y admirando al pasar las Termas de Caracalla que eran paisaje habitual en mi trayecto. En ciertos días de primavera o simplemente de tiempo espléndido solía detener mi coche cerca de las Termas, y como he hecho en tantas otras ciudades, establecía mi despacho durante una media hora dentro del vehículo y me ponía a escribir o a tomar notas antes de entrar en el centro de Roma y ser devorado por el caos del tráfico. Roma ha sido, todas las veces que la he visitado, una especie de continuación de mi casa madrileña. Es como si al salir de mi portal en Madrid diera unos pasos y ya me encontrara con la prolongación natural de la acera que no era otra que la de vía Margutta, via della Fontanella y, torciendo a la derecha, la Piazza del Popolo. Y en esa Piazza del Popolo, en “Canova”, en uno de sus cafés bajo los toldos, recuerdo perfectamente cómo podía contemplarse a última hora de la tarde, las reuniones variadas de gentes del cine y la literatura, directores, actores, poetas y novelistas, Giorgio Basani, por ejemplo, o Visconti, o Carlo Emilio Gadda, o Antonioni, o Mónica Vitti. Y allí acudía de vez en cuando Federico Fellini.

Tengo en la memoria con claridad aquel “Canova” iluminado en la noche frente al obelisco de Piazza del Popolo, con sus mesas de manteles blancos en la terraza, lleno de gente pintoresca, debatiendo con gestos italianos y acento romano proyectos dispares y mil cosas de la vida. Y no podría asegurar si fue en ese café o fue en un libro suyo cuando Fellini quiso preguntarse precisamente: ¿qué es Roma? Y él mismo se respondió: pienso, dijo, que Roma es un rostro confortante porque Roma se permite todo tipo de especulaciones en sentido vertical; Roma es una ciudad horizontal, de agua y de tierra, tendida, y por consiguiente plataforma ideal para lanzarse a vuelos fantásticos.

José Julio Perlado .- ( del libro inédito “Relámpagos”)

 

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(Imágenes- 1-Roma- Cartier Bresson- 1951- Magnum/ 2.-Piazza del Popolo-segwayfuncomecon)

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” Recuerdo aquella visión que yo tuve hace años entre los árboles de los montes de Galicia, cuando levanté mi mirada desde el interior del automóvil. Durante mucho tiempo los automóviles han sido mi despacho. En ciudades y en campos. En Galicia, por ejemplo, solía conducir muy despacio por un camino de robledales y castaños hasta encontrar un mismo lugar como refugio. Recuerdo que brillaban gotas de lluvia en los helechos y allí permanecía largas horas estudiando y escribiendo junto a cortezas agrietadas y hojas verdes y oscuras. Un día, escuchando en el coche la voz de Cortázar que hacía años llevaba guardada en mi grabadora, aún me parecía ver su alta figura cuando tuve el encuentro con él en Madrid un año antes de su muerte. “Un cuento – me había dicho entonces y ahora lo escuchaba – es como andar en bicicleta. Mientras se mantiene la velocidad el equilibro es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector”. Me impresionaba escuchar de nuevo su voz, una voz argentina, cadenciosa, deslizando las erres y las eses, pero como me impresiona siempre oír la voz de alguien que ya no está con nosotros. La voz humana es algo muy profundo, singular, muy personal, con sus timbres y tonos únicos; algo que, al menos para mí, me conmueve más que una fotografía. Cortázar, con sus largas piernas, sus grandes barbas y sus grandes gafas, me hablaba del cuento porque yo le preguntaba y ahora le volvía a ver en aquel hotel madrileño donde charlamos sobre su libro “Deshoras” y en ese momento, en el monte silencioso de Galicia, sobre suelos de humedad brillante, en aquel despacho móvil y personal que yo me había fabricado con las ventanillas abiertas y un aroma fresco a madera rodeando el automóvil, volvía a escuchar al autor de tantos cuentos recordándome que nadie había definido hasta entonces un cuento de manera satisfactoria porque cada escritor tiene su propia idea del cuento. El cuento para Cortázar era un relato en el que lo que interesaba era una cierta tensión, una cierta capacidad de arrastrar al lector y llevarlo de una manera que se podría calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Escuchaba su voz en el silencio del bosque y recordaba también la experiencia que él me había narrado al hablarme de su “Diario para un cuento”, un relato incluido en “Deshoras“, un experimento, me dijo, para ver si frente al problema de no encontrar un camino para escribir un cuento, al describir esas dificultades en forma de Diario (es decir, todos los problemas del escritor que no encuentra el camino), el cuento quedaba atrapado dentro del Diario. Cortázar me había confesado que había tenido que dar vueltas en torno a ese cuento, mirándolo por todos lados, y hablando continuamente de los problemas que le impedían escribirlo. Al recordar aquellos problemas de creación del escritor argentino volvía yo a levantar la vista desde el automóvil hacia el aire húmedo de los árboles, paseaba mi mirada sobre el musgo y las hojas, y evocaba los momentos en que había querido estar muy cerca de creadores y artistas preguntándoles por sus dudas y dificultades”.

José Julio Perlado – ( del libro inédito “Relámpagos”)

 

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(Imágenes.-1.-Cortázar/ 2.-Luca Pignatelli- 2006)

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figuras-nbgr- W Strempler

 

“Mi mujer – me confiesa L. V. al sentarse por la tarde en mi consulta  -, siempre suele hacer su peculiar y rápida preparación antes de dormirse. Me da las buenas noches deseándome cariñosamente que descanse bien, para después ella, en un instante, volverse boca abajo en la cama dejando que su espalda roce la sábana superior, aplasta con una suave palmada su almohada para hacerse un hueco mullido y abandona su mejilla en ese hueco, rodea con su brazo derecho la almohada abrazándola por completo y a la vez deja como muerto su brazo izquierdo casi rozando la mesilla de noche : es un brazo el suyo ya como olvidado y desprendido, con la mano abierta en el aire.

Esto, que parece muy difícil, lo hace ella rápidamente todas las noches – prosigue L. V. – y en muy pocos segundos. Pretende así adentrarse en las sendas del sueño y muy pronto lo consigue. A su lado yo suelo distinguir aún bajo la sábana ciertos diminutos estertores de algunos de sus miembros, estremecimientos esporádicos de una rodilla suya o de un pie, apenas nada antes de que ella quede definitivamente dormida. Entonces toma enseguida lo que ella llama la carretera del sueño. Con frecuencia me ha hablado de esa carretera y muchas veces me ha confesado sus sueños. Pocas personas he visto tan unidas al mundo de los sueños y tan habitadas por él. Aunque al principio yo no la creía, mi mujer – agrega L. V. –  tiene sueños muy propios y personales que visita con enorme frecuencia. Al dormirse, suele subir, me dice ella, unas escaleras interiores de su imaginación que la llevan desde nuestro dormitorio hasta una pequeña habitación y allí pasa varias horas de la noche entretenida con objetos que ella no recuerda exactamente si ha comprado o restaurado.

 

cielos- byyt- René Magritte- mil novecientos sesenta y dos

 

Ella me habló un día sobre todo de lo mucho que le agradaba reencontrarse en aquel cuarto con un reloj sin manecillas, parecido, me dijo, al que podía verse en un sueño de Bergman, al principio de “Fresas salvajes”, una película que a ella le gustaba mucho. Era un reloj enorme de pared, según me dijo, que ocupaba gran parte de aquella “habitación del sueño” y cuya esfera blanca se reflejaba en el cuarto inundándolo de luz. El resto de la habitación lo formaban pequeños enseres, un diminuto sofá en el que ella se sentaba a soñar, una mesita con revistas y un armario lleno de cuadernos blancos donde mi mujer apuntaba sus pesadillas. Pero nada más apuntarlas, así me lo confesó, aquellas palabras se evaporaban como polvillo ceniciento y gris y los cuadernos volvían a quedarse completamente blancos. Por eso al despertarse junto a mí a la mañana siguiente era incapaz de contarme las negras pesadillas que había tenido, pero sí, en cambio, me relataba las felices horas que había pasado en aquel cuarto.

 

espejos-oi-Lee Miller- Egipto- mil novecientos treinta y siete

 

Un día, sin embargo, se despertó muy alterada, enormemente sobresaltada – me añade L. V. en la consulta.

– Alguien ha entrado en ese cuarto mientras yo no estaba – me dijo incorporada en la cama- Ha entrado a una hora distinta.

Creí que era simplemente un sueño más de los que ella me contaba pero mi mujer intentaba convencerme de que era realidad. ” Alguien ha entrado en mi sueño”, repetía incansable, como si no lo creyera, “estaban varios cuadernos tirados por el suelo y han rebuscado en mi armario”. Jamás hubiera podido imaginar que unas personas pudieran entrar en el sueño de otras, pero al parecer y según sus  palabras había ocurrido así. ” Alguien ha entrado en mi sueño”, volvía a repetir como una cantinela. Estaba completamente desasosegada y no salía de ahí. Era como si hubieran violado su intimidad. Intenté calmarla como pude y aquel día lo pasó con enorme inquietud. Esa noche le costó mucho dormirse y la vi dar vueltas y vueltas muy inquieta. A la mañana siguiente se despertó sudorosa y ante mi sorpresa me dijo con angustia : ” Me ha sido imposible volver a soñar ese sueño, imposible volver a entrar en él”.

José Julio Perlado – ( del libro inédito “Relámpagos”)

 

interiores-nbbfr-Maxime Van de Woestyne- mil novecientos setenta y dos

 

(Imágenes.- 1-Strempler/ 2.-René Magritte.- 1972/ 3- Lee Miller- 1937/ 4.-Maxime van de Woestyme 1972)

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jardines- nhy- Georges Seurat- mil ochocientos ochenta y cuatro

 

“Conforme voy redactando estos recuerdos que tengo en la memoria, todo lo que yo pienso sobre el asombro y la sorpresa, sobre el valor de la sorpresa en la vida, mis recuerdos se encarnan como siempre en imágenes, y estas imágenes visten ahora unos abriguitos rojos y van cubiertas con unos pequeños gorros azules. Han pasado los años. Son mis hijos. Mis hijos jugueteando. Es un dīa en que Ana y yo les llevamos de excursión. Son los bosques, las hojas secas de un suave color tabaco que crujen bajo unos diminutos zapatos azules, y éste es un día de mucho frío porque ellos cubren sus piernecillas con unos gruesos calcetines azules que ascienden mucho más arriba de las rodillas y sus manos y sus dedos se enfundan en la lana azul de unos guantes. Corretean asombrándose de la vastedad del bosque, de su altura, de sus ruidos y de sus silencios. Ellos se asombran de algo que para mí es tan sólo costumbre. Nunca me sorprendió este bosque que a ellos les causa tanta sorpresa. Ellos corretean entre los troncos escondiendo y asomando sus redondas caras rosadas como manzanas y sus ojos brillantes mientras yo escribo lentamente todo esto con la pluma sobre el papel en esta mesita del jardín. Los veo corretear por el bosque, juegan al escondite, mientras yo sigo escribiendo en esta mesa junto a la piscina y a la vez me veo a mí mismo escribir. Me asombro de esta profundidad de las imágenes, de cómo voy asomándome por encima de las líneas que escribo, al otro lado de la tapia de las letras, para ver lo que sucede en el bosque (…) Reímos. Miramos cómo va la luz del día en el bosque. Oímos cómo crujen las hojas amarillas. Olemos la naturaleza y atravesamos sin herir el aire en esta mañana de cristal”.

José Julio Perlado –Mi abuelo, el Premio Nobel”

 

jardines-unnh- otoño- Edward Cucuel

 

(Imágenes.-1-Georges Seurat/ 2.- Edward Cucuel)

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