HISAE Y LA RUTA TÕKAIDÕ



 

El viernes 3 de mayo de 1901, una semana después de la intervención de Hisae Izumi en París en la Galería de arte del alemán Siegfried  Bing para hjablar del pintor Hokusai, tuvo lugar la siguiente sesión en la que, como ya había anunciado Hisae, se iba a tratar del pintor Utagawa Hiroshige. Pero en esta ocasión el escenario había cambiado completamente. Toda la sala central de la Galería aparecía preparada como si fuera a iniciarse  una representación. Se habían distribuido de un modo distinto las sillas de los asistentes tal y como si se dispusiera un teatro, se habían retirado muchos objetos de venta que solían ocupar numerosos pasillos y sobre todo se habían decorado todas las paredes de la gran habitación con amplias estampas japonesas que transmitían un aire nuevo, insólito y casi misterioso. La sala, como había ocurrido en las sesiones precedentes, estaba totalmente abarrotada por el público. Se notaba que Hisae y sus temas atraían siempre a muchas personas. Se encontraban allí entre muchos otros artistas, los asiduos Degas, Toulouse Lautrec, el americano Whistler, además de Mary Cassatt que había venido esta vez con algunas amigas.

Al entrar Hisae Izumi en la gran sala con un elegante kimono azul celeste y colocarse en la mesa presidencial al lado de monsieur Bing, se hizo un total  silencio y casi por completo se redujo la potencia de  las luces. Unos focos perfectamente colocados sobre las estampas que cubrían las paredes daban un aire casi mágico a la habitación. En  aquellas estampas sobresalían puentes iluminados, lluvias torrenciales, rocas moradas, montes amarillos, pequeñas casas junto a los ríos, comitivas de peregrinos, arbustos violáceos, cascadas doradas, vestimentas diminutas y sobre todo un paisaje diverso y prolongado, como una cinta que ahora podríamos  llamar cinematográfica y que enlazara estampa con estampa, que uniera  árboles y gentes, los movimientos y la naturaleza, y el ojo humano lo pudiera perfectamente contemplar. El, público iba girando la cabeza con gran curiosidad  de uno a otro lado de las paredes siguiendo la sucesión de las estampas iluminadas para intentar abarcar todas  las  escenas y realmente no sabía bien en cuál detenerse. Entonces se oyó por primera vez en medio de la penumbra la voz de Hisae Izumi surgiendo del silencio :  “Esto  que ven ustedes aquí, en esos grabados y dibujos colocados en las paredes —- dijo Hisae —forman parte de las  Cincuenta y tres estampas que el maestro Hiroshige quiso pintar mientras recorría la Ruta Tökaidö que une a Kioto con Edo, y que bordea  la costa oriental de Japón, es decir, la costa del mar del este de Honshu, y en ese recorrido la Ruta se extiende  en 488 kilómetros. Yo tuve la suerte de poder acompañar a Hiroshige en esa Ruta. Las mujeres no podíamos viajar solas y me uní a un grupo de peregrinos situándome cerca de Hiroshige de tal forma que muchas veces podía verle pintar sus esbozos en sus cuadernos de trabajo. Fue en agosto de 1832, cuando Hiroshige tenía 34 años y aún no pensaba en raparse por entero la cabeza y hacerse monje, cosa que sí quiso cumplir  pocos años antes de su muerte. Hiroshige, de extracción humilde e hijo de un capitán de bomberos pero con grandes disposiciones para la pintura y apasionado por los viajes, tuvo la ocasión en ese agosto de 1832 de acompañar a un mensajero oficial del gobernador que llevaba , como cada año, dos caballos como regalo a la corte imperial de Kyoto y así pudo recorrer el camino de ida y vuelta entre esas dos ciudades y aprovechó para pintar todo cuanto  veía. Yo solo recorrí la mitad del camino, el sendero de ida.  ¿Y qué pintó en sus esbozos Hiroshige durante esa Ruta? Todo el Japón que iba observando estación tras estación y etapa tras etapa. : su observación realista de la naturaleza por encima de las apariencias. Pintó el azul, la verticalidad, la flor, las ciudades, los poblados, las costas, los puentes, el mar, los valles y los arrozales, artesanos, agricultores, de nuevo el azul ( que luego incluso se ha querido llamar “el azul de Hiroshige”, pero que era el azul de Prusia importado desde Occidente) reflejado en  la lluvia, en la tormenta, la luna, los juegos de líneas curvas y onduladas, el amanecer, el crepúsculo, todo lo que podía retratarse de aquel largo camino lleno de gentes, de vendedores ambulantes, comerciantes, santones itinerantes y peregrinos. Comprobé también cómo a Hiroshige le interesaba la calma, pintar la serenidad, el viento, la bruma, los efectos atmosféricos, los fenómenos climáticos, el carácter efímero de las cosas y también la nostalgia y  la melancolía. Todo ello, como ustedes saben  — añadió  Hisae—, tuvo gran  eco en Japón en su momento, pero también aquí, en Francia, pues monsieur Bing me contaba el otro día  que uno de los artistas  más  singulares entre ustedes, Vincent Van Gogh, en sus estancias en París, y antes en Amberes, adquirió seiscientos grabados japoneses porque ellos le animaban en su inspiración y algunos de esos grabados estuvieron guardados aquí, en los áticos y en los sótanos de esta Galería donde ahora nos encontramos.

Pero volviendo a la Ruta Tökaidö de que les hablaba — continuó Hisae—decirles  que se tardaban casi treinta días en recorrerla. La mayoría de la gente íbamos a pie, ya que viajar a caballo era costoso, y nos deteníamos en los numerosos sitios de reposo que allí aparecían. Además, los caballos se utilizaban principalmente para cargar equipajes demasiado pesados y algunos de nosotros viajábamos a veces en palanquines que eran transportados por dos porteadores pero que estaban reservados para señores feudales. Yo iba en algo mucho más sencillo, una enorme cesta de bambú de la que de vez en cuando descendía para poder ver de cerca a Hiroshige y poder comprobar cómo pintaba al aire libre. Ya les he comentado que en lo que él trabajaba allí, a lo largo del camino, era solamente en apuntes o esbozos porque fue únicamente al final, ya en su casa, al año siguiente, cuando pintó el total de las Cincuenta y tres estampas de la Ruta, que en realidad eran cincuenta y una, aunque él quiso añadir dos más, una como principio y otra como final. A mí me interesaba enormemente ver cómo trataba los paisajes y cómo iba aplicando los azules. Se lo pude preguntar una noche que nunca olvidaré, una noche que descansábamos en uno de los lugares de reposo ya casi al final del camino, una gran casa de té. Nunca se me olvidará aquella casa ni tampoco aquella conversación porque estábamos los dos rodeados de una multitud enorme, con numerosos grupos de personas que permanecían todas en cuclillas al lado de las paredes ocupadas por hornillos y calderas humeantes. Allí se distribuían bandejas cargadas de tazas de té, también peces fritos y frutas de la estación. En el umbral de la puerta de aquel refugio aparecían sentados en pequeños bancos varios faquires que se aireaban con abanicos y algunas mujeres que encendían sus pipas en el brasero común. Pues bien, en ese sitio tan inesperado para mí es donde Hiroshige me habló de sus comienzos, de su pintura y de sus estampas. Allí quizá fue el mejor lugar donde Hiroshige y yo hablamos de su obra. Me contó que al principio, en el taller de un artista no muy célebre, se había interesado en pintar episodios históricos, retratos de actores y figuras femeninas. Después, a la muerte de su maestro, él quiso iniciarse en el paisaje, inspirándose en las vistas que Hokusai había hecho del monte Fuji y también en composiciones de flores y pájaros. Pero había sido ese descubrimiento de la Ruta de Tökaidö cuando — así me lo dijo Hiroshige, aseguró Hisae —estaba encontrando su estilo. Puedo decir que en las estampas dedicadas a esa Ruta es donde la naturaleza se baña de poesía y de sensibilidad, con toques delicados y con un colorido más armonioso, con un lirismo que correspondían muy bien con el gusto del público. También pienso que en estas estampas que hoy tienen ante ustedes en esta Sala — añadió Hisae—podemos encontrar a la naturaleza profundamente unida con el hombre, y si se fijan bien y de modo especial en la estampa número 45, ésa que está ahí en la pared de la izquierda, la que lleva por título “Shôno”, se asombrarán de las líneas oblicuas de las colinas, de los techos, del bambú y de la lluvia, que crecen en ángulos agudos, traduciendo el movimiento y la agitación pero sin destruir el equilibrio y la armonía de la composición. Los personajes que en esa estampa aparecen revelan el talento del pintor y unifican toda la escena gracias a un tono sombrío que evoca la tristeza de un día de lluvia sobre el campo. El efecto de los bosques de bambú que se diluyen en el fondo creo que es uno de los aciertos de esta obra y ahí se ve la sensibilidad del pintor para mostrar las variaciones del tiempo en las estaciones.

El otro día les hablaba a ustedes de Hokusai como un viajero que recorrió Japón como un monje — concluyó Hisae — y hoy les hablo de Hiroshige que recorrió Japón como un poeta.”

José Julio Perlado

(del libro ‘ Una dama japonesa”)

(relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

(Imágenes— 1- japanese Art/ 2 Osata Korin- 1658- museo de arte japones/ 3- Sciobo/- japanese estéticos/4-Ikeda Terukata)

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