LAS PALABRAS Y EL VIENTO

Las palabras se las lleva el viento. En 1936, Iving Thalberg, directivo de la Metro disuadía a alguien de que comprara los derechos de “Lo que el viento se llevó” diciendo, como recuerda Eco, que “ninguna película de la guerra civil ha dado nunca ningún dinero”. Gary Cooper, tras rechazar el papel de Rhett Butler, comentaba: “Lo que el viento se llevó” será el fiasco más clamoroso de la historia de Hollywood.”

Mas ejemplos: de “Les Demoiselles d ‘Avignon” de Picasso un marchante en 1907 señaló: “es la obra de un loco”. Chaikovski decía de Brahms: “He estudiado mucho la música de ese bribón. Es un bastardo que carece de toda calidad.” Hablando de Renoir, Manet le decía a Monet: “Ese joven no tiene ningún talento.” Un crítico en 1737 afirmaba: “Las composiciones de Johann Sebastian Bach carecen de belleza, de armonía y, sobre todo, de claridad.” Otro crítico en 1856 aseguraba de Balzac : “en sus novelas no hay nada que revele especiales dotes imaginativas, ni la trama, ni los personajes. Balzac no ocupará jamás un lugar de relieve en la literatura francesa.”

Las palabras se las lleva el viento. También muchos vaticinios. Quedan felizmente las realidades que ilustrarán para siempre las letras, la pintura, el cine y la música.

(Imágenes-1- Mondrian / 2- flores)

NUEVA YORK Y LA LITERATURA


“La plaza continuaba aún en silencio. Pero con seguridad el baile debía de estar terminando: las fiestas más alegres no duraban hasta mucho más de la una de la madrugada y el trayecto entre University Place y Gramercy Park era breve. Delia se apoyó en el alféizar, escuchando. Un ruido de herraduras amortiguado por la nieve resonó en Irving Place y el coche familiar de los Vandergrave se detuvo delante de la casa de enfrente”, escribe Edith Wharton en “Vieja Nueva York“.

Este “ruido de herraduras en la nieve” nos recuerda que estamos en el siglo XlX y que es la gran ciudad norteamericana la que se nos aparece en la pluma de esta escritora  cuya memoria se aplica a  bucear en su infancia  hasta llegar a componer “La edad de lainocencia“(1930),  novela que casi setenta años más tarde llevaría Martin Scorsese a la pantalla con Michelle Pfeiffer como condesa  Olenska y Winona Ryder como Mary Welland.

Pero el “viejo Nueva York” -como tantas otras viejas ciudades del mundo – , ese  Nueva York  de los bailes y la nieve, estaba ya muy unido desde su nacimiento a las páginas de la literatura. Washington Irving había publicado con seudónimo en 1804 su burlesca “Historia de Nueva York desde la creación del mundo hasta el fin de la dinastía holandesa”, en 1826 había surgido Washington Square,  y con este título encabezaría  en 1881 Henry James  una de sus obras. Melville, por su parte, describiría a Nueva York en el primer capítulo de “MobyDick” en 1851, y en el invierno de 1883 el baile que ofreció la señora Vanderbilt en la ciudad señaló el momento en que la aristocracia del viejo Nueva York no tuvo más remedio que transigir con los nuevos ricos.

Los artistas y las ciudades siempre se han ido enlazando y desenlazando en la Historia  porque las ciudades son un espectáculo, como lo fue hace siglos (y lo sigue siendo)  el silencio y los tonos del campo, y este bullicio de ordenado desorden de las calles  alimenta un anhelo de descripción que intenta fotografiar el ojo múltiple. El austriaco Robert Musil quedó fascinado por el poderío de la ciudad e intentó plasmarla en “El hombre sin cualidades“: “Vehículos aéreos, terrestres, subterráneos – escribía en 1930 -, postales, caravanas de automóviles se cruzan horizontalmente; ascensores velocísimos absorben en sentido vertical masas humanas y las vomitan en los distintos niveles de tráfico; en los puntos de enlace se salta de un medio de locomoción a otro, y entre dos velocidades rítmicas, por las que  uno es arrastrado y lanzado sin consideración, hay una pausa, una síncopa, una pequeña hendidura de veinte segundos en cuyos intervalos apenas se consigue cambiar dos palabras”.

   ( Edith Wharton)

  Todo esto ya  no nos asombra en el siglo XXl.  Convivimos con los ruidos y con  el guiñar de semáforos y nuestro pie pasa continuamente del subterráneo al ascensor sin que la planta sufra el más ligero estremecimiento. Tampoco los ojos. Incluso los ojos descubren bellezas en la aparente fealdad del utilitarismo. “No digo que el puente de Brooklyn – decía Eliot – haya sido construido atendiendo a la belleza; pero sin, embargo, fue capaz de despertar las más profundas emociones en Hart Crane y siempre quedará ligado a sus versos. El caos de puentes y rascacielos, de tristes chimeneas, de lóbregas fábricas, de extraños mástiles industriales y de estrafalarias cabrias y grúas de esa hedionda e infernal maquinaria que rodea la ciudad de Nueva York, es, con todo, uno de los espectáculos más conmovedores – y bellos – del mundo”.

 Lo mismo que Baudelaire en París cantaba al   “paseante” que vagabundeaba feliz por las calles,  Nueva York, algunos años después, en 1925, retratará la aceleración de  las prisas, existencias febriles que Dos Passos aunará y dispersará en su  novela “Manhattan Transfer“:

 “Mediodía en Union Square. – escribirá allí Dos Passos -. Liquidación por cambio de domicilio. HEMOS COMETIDO UN ERROR ENORME. De rodillas sobre el asfalto polvoriento, los limpiabotas sacan brillo al calzado, botas, zapatos bajos, zapatos de color, botinas de botones, oxfords. El sol brilla como una flor en cada puntera ilustrada. Por aquí amigo, señor, señorita, señora, al fondo de la tienda nuestro surtido de tejidos fantasía. Calidad superior. Precio mínimo…Caballeros, señoras, señorita…HEMOS COMETIDO UN ERROR ENORME. Cambio de domicilio”.

   ( La Edad de la Inocencia)

Este es el Nueva York de Dos Passos que ya no es el escenario  dibujado por Edith Wharton con su pintura literaria de 1870, aquellos precisos detalles que la escritora mezclaba en la distancia uniendo su memoria con la colección de libros que iba adquiriendo para recrear la época. “Amy Sillerton –  leemos como satírica observación  en “La edad de la inocencia” -siempre me decía que en Boston la norma era guardar los trajes comprados en París para dos años más tarde. Mrs. Baxter Pennilow, que siempre hacía todo como es debido, solía comprar doce al año, dos de terciopelo, dos de satín, dos de seda y los otros seis de popelín y de la mejor cachemira. Era un encargo permanente, y como estuvo dos años enferma encontraron a su muerte 48 vestidos de Worth que nunca habían salido de su papel de seda, y cuando sus hijas se quitaron el luto pudieron lucir la primera serie en los conciertos sin parecer avanzadas en la moda”.

Interiores y  exteriores de costumbres  observados por  ojos de escritores y  artistas. Tanto la pluma de la Wharton narrando los pliegues de  enamoramientos y de  prevenciones sociales como la  de Dos Passos en el centro de Manhattan Transfer  mostrando  la fuerza determinista y destructiva de la urbe, esa energía de una ciudad expresionista que extiende existencias cruzadas, van dando a Nueva York, cada una a su modo, una constante presencia  en las literaturas. En muchas ciudades del mundo ha ocurrido algo parecido y  en numerosas narraciones se ha intentado verter el aroma y el contraste de las calles. Desde el bullicio napolitano de ropa  tendida entre gestos y gritos de casa en casa hasta el Trieste de Magris, el Berlín de Döblin o el Estambul de Pamuk.  Ciudades menores también, como Nantes,  han tenido cantores excepcionales, y así lo fue, por ejemplo, Julien Gracq. “Se sabe que la forma de una ciudad cambia más rápidamente que el corazón de un mortal” – dejó dicho este gran escritor francés-. Habitar una ciudad es tejer en ella a través de sus idas y venidas diarias una redecilla de recorridos articulados generalmente alrededor de algunos ejes conductores”. Sin movimiento, pues, no hay ciudad,  ya que sería una ciudad muerta. “Brujas, la muerta” tituló el belga Rodenbach  un libro sobre aquella urbe. Y ya Claudel, hablando de Nueva York  en 1925, recordó que “la ciudad vive sobre algo que no es lo inmediato. Ella no vive en la tierra,  vive del movimiento, es una disponibilidad de movimientos,  una oficina general de negocios, todo en ella tiene sentido, todo depende del sentido hacia el cual ella esté orientada. En resumen, lo que constituye la esencia de una ciudad es el cambio. El habitante de una ciudad vive en estado de cambio, está en relación con todo y con todos. Nada de lo que él hace lo hace solo. Está condicionado por todo el conjunto de la humanidad”.

 ( Nueva York)

París fue sin duda la Ciudad del XlX y Nueva York  la del XX. Los cuentos de O.Henry ,el “Gran Gatsby” de Fitzgerald, el “Hombre invisible” de Ellison, las historias de Grace Paley, Don DeLillo, Auster, Tom Wolfe o las andanzas por las calles de los personajes de Truman Capote, serán, entre tantos otros, el movimiento literario de una ciudad en movimiento, el espejo donde se miran autores y lectores. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 que abrieron dramáticamente el siglo siembran  raíces para  muchos relatos, pero será el puente de Brooklyn, Wall Street, East Village, Tiffany`s, Harlem, Greenwich  Village, Central Park, el Bronx o Brooklyn los mapas sobre los que siempre escribirán esos hombres y mujeres inclinados en su cuaderno rojo o volcados en la pantalla.

La Ciudad será siempre motivo de inspiración puesto que la ciudad es colmena de historias reales o inventadas y sus plazas y edificios interrogan y asombran de manera continúa. Historias reales y, a la vez,  historias inventadas. Auster, por ejemplo, descubrió la estatua de La Libertad en el verano de 1953, cuando acompañaba a su madre; allí sufrió una espantosa crisis de vértigo, y esa visita el novelista la transformaría en una página de “Léviathan“.

“Nueva York es la ciudad que yo conozco mejor  – ha dicho el autor de “La invención de la soledad” – Por otro lado siento, esa es la verdad, cierta fascinación por esta urbe. Nueva York es una ciudad demasiado grande para que se la pueda conocer íntimamente. A mí me ocurre que describo lugares que  no conozco. No es mi misión ser el historiador de Nueva York ni tampoco su arqueólogo-jefe. Por otra parte, no soy historiador de nada. Todo lo que escribo viene del interior. Jamás trazo un plan. No defiendo ninguna filosofía ni condeno ninguna teoría. Una historia nace de no se sabe dónde ni se sabe por qué. Hay en este proceso incontrolado alguna cosa totalmente orgánica”.

 Por la ventana indiscreta de cualquier  ciudad  nos asomamos al otro lado  del mundo y allí  creemos haber visto un crimen que nunca  existió y un amor que jamás se iniciará. Mientras la ciudad duerme, los artistas velan y trabajan. Desde “La edad de la inocencia” y  aquel viejo  Nueva York de caballos y nieve hasta el Nueva York actual, con su  misteriosa  “zona cero” y  el   hueco de tantas ausencias.

Mientras tanto sube la escalera despidiéndose de nosotros la mismísima Edith Wharton antes de que abandonemos la ciudad.

 “Toda la noche se mantuvo del mismo talante – nos cuenta su biógrafa en esa despedida -. Tan sólo un momento, cuando, una vez hubo partido el último invitado, se volvió a medio subir la escalera, para darnos las buenas noches y entonces tuve un breve atisbo de la otra Edith: elegante, formidable, tan seca y dura como una porcelana. Luego, al mirar hacia abajo, a sus viejos amigos, su rostro se suavizó, hasta la rigidez de su espalda se relajó ligeramente; ya no era la atildada y dura señora de la casa al modo europeo sino una encantadora vieja dama americana. Edith Warton había regresado a su casa”.

José Julio Perlado

(Origen de las imágenes: Alenarte revista)

COPLAS, SEVILLA Y CÓRDOBA

“Río de Sevilla,


Arenas de oro,

Desa banda tienes

El bien que adoro.

Río de Sevilla,

Rico de olivas,

Dile cómo lloro

Lágrimas vivas.

Mal haya la torre,

Fuera de la cruz

Que me quita la vista

De mi andaluz.

Mal haya la torre,

Que tan alta es,

Que me quita la vista

De mi cordobés.”

(Cristóbal de Castillejo- siglo XVl- (manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid)

(Imágenes—1- Sevilla -siglo XVl- culturamas/ 2- Córdoba)

SECRETOS DEL NÚMERO 4

“Los antiguos razonaban de este modo — recuerda Umberto Eco —: como es en la naturaleza así ha de ser en el arte pero la naturaleza en muchos casos se divide en cuatro partes (…) En efecto, cuatro son las regiones del mundo, cuatro los elementos, cuatro son las cualidades primeras, cuatro los vientos principales, cuatro son las constituciones físicas, cuatro las facultades del alma. Esto Umberto Eco lo tomaba del escrito de un monje cartujo anónimo del siglo Xll, pero luego, por su parte, Eco continuaba y recordaba: “ El número cuatro se convierte en un número central. Cuatro son los puntos cardinales, los principales vientos, las fases de la luna, las estaciones; cuatro las letras del nombre “Adán”. Y cuatro será, como enseñaba Vitrubio, el número del hombre, porque la anchura del hombre con los brazos totalmente extendidos corresponderá a su estatura, formando así la base y la altura de un cuadrado ideal. Cuatro será el número de la perfección moral, de modo que se llamará tetrágono al hombre moralmente fuerte.”

(Imágenes-— 1- cuadrado dentro de un cuadrado 1921- colección particular – el mundo/ 2- Matías Kiss)

EN LOS 80 AÑOS DE “CIUDANO KANE”

A los ochenta años de “Ciudadano Kane” llegan las voces en torno a Orson Welles rememorando aquella película. Recordaba Paolo Mereghetti en “Les Cahiers du Cinema” que “ el rodaje de esa película comienza el 30 de julio de 1940 y termina el 23 de octubre, tres meses destinados a alterar profundamente la historia del cine. Trabajando en estrecho contacto con el director de fotografía Gregg Toland y el escenógrafo Perry Ferguson, Welles intenta traducir en imágenes lo que ha consignado por escrito. Lo hace de dos maneras, incrementando sensiblemente la profundidad de campo de la imagen y destruyendo la centralidad de la perspectiva. En “Ciudadano Kane” las elecciones estilísticas se convierten a su vez en elementos fundamentales para comprender el sentido del film, contribuyendo a contar de otro modo la historia de Charles Foster Kane. La profundidad de campo que buscaban Welles y Toland sirve para brindar al espectador una mayor porción de espacio claramente visible y, por consiguiente, una selección más amplia de acciones y objetos contenidos en el mismo plano.”

En una conversación en 1958 de André Bazin con Orson Welles se le preguntó si, como decían algunos críticos franceses, su película estaba influida por Dos Passos y Welles contestó: “Nunca he leído a Dos Passos. Pero no saqué la idea del famoso “Paralelo 42” y si así fuera,sería por casualidad. Los críticos americanos también escribieron que la película estaba influida por Proust: es absolutamente falso”. También en esa entrevista Welles confesó: “me gusta esconderme. En verdad es un camuflaje. No me gusta verme en la pantalla; así que cuanto más maquillado esté, menos me reconozco y así me es más fácil dar un juicio objetivo. Escondo mi propia imagen porque no me gusta nada verla.”

“He admirado a John Ford – añadió Welles—: a Griffith, Chaplin, Clair y Pagnol. Tengo gran admiración por el cine japonés. Pero le voy a hacer una confidencia: no me gusta el cine salvo cuando estoy rodando, entonces no se puede uno intimidar con la cámara, hay que violentarla, forzarla hasta sus últimos reductos, porque no es más que un vil aparato mecánico. Lo que importa es la poesía.”

(Imágenes—1- Orson Welles/ 2-Peter Philips – 1962- artnet/ 3- brazier celyn)

HISAE Y SUS AMIGOS PINTORES

 

 


La siguiente sesión en la que intervino Hisae Izumi en París en la Galería “La Maison de l ‘Art”, en la rue de Provence 22  el viernes 26 de abril de 1901, apadrinada y presidida también , como la anterior, por el coleccionista alemán Siegfried Bing, fue muy distinta. Sin duda por el eco provocado en la sesión precedente y por la lógica curiosidad que suponía escuchar a una desconocida japonesa como era Hisae Izumi hablar de las  costumbres orientales, hizo que se llenara por completo  el gran Salón  ( así lo  calificaba su dueño) y que incluso hubiera gente de pie en los pasillos. En aquellos pasillos de la Galería — y también en los sótanos — aparecían, perfectamente clasificados y preparados para su venta, marfiles antiguos, esmaltes, porcelanas, lacas, esculturas de madera, sedas bordadas, e incluso juguetes, que monsieur Bing había ido trayendo poco a poco de Japón en sucesivos barcos y que ahora ofrecía encantado a los franceses. Y a ello había que añadir artículos de vidrio de Tiffany, mobiliarios, cerámicas, joyas, peines decorados con flores y pájaros, abanicos, máscaras de teatro y muchas otras cosas más. 
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SON LAS NUBES

 


“Son las nubes en torno al sol caído,

la majestad que cierra su ojo ardiente:

los débiles se apoderan de lo que el fuerte ha hecho,

hasta que sea derribado lo que mucho se elevó

y venga la discordia tras el unísimo,

y todas las cosas se hallen en un plano común.

Y por tanto, amigo, si has recorrido tu camino

y así te sucedió, tanto más por ello

hiciste de la grandeza tu compañera,

aunque sea por hijos por lo que suspiras:

Son las nubes en torno al sol caído,

la majestad que cierra su ojo ardiente.”

William Butler Yeats

(Imagen—Neeta Madahar- 2005- artnet)

EXTENSIÓN DE LOS MAPAS

“El universo, escribió Lewis Caroll, contiene cosas, por ejemplo, yo, Londres, el color escarlata, “ El paraíso perdido”. La lista podría aumentarse.Así, alguien podría proponer el otoño de 1536, o un vasto río aéreo de pájaros dolientes, o los chicos que se enamoran de la maestra, o el poema justo, el que se conoce antes de ser leído y todavía nada se habría agotado, nada habría empezado a perder su derecho al vacío.”

Así lo cuenta la argentina María Negroni en su “Pequeño mundo ilustrado”. “Quizá por esa razón — sigue diciendo —, lo que llamamos un mapa es un conjunto de líneas diversas que funcionan al mismo tiempo como armadura, premonición, código lingüístico y colecccion arbitraria de la memoria. Hay líneas que representan algo y otras que son abstractas. Las hay que fueron contornos y las que no, éstas son las más hermosas. La líneas son los elementos constitutivos de los acontecimientos, los que vivimos con otros, los que vivimos a solas, algo así como un escenario dispuesto para el periplo de los deseos. También son las coordenadas que nos ayudan a perdernos, a agotar aquello que sabemos, y así llegar más rápido al cansancio y a la entrega.

No sería otra cosa la escritura, el sueño de unos paseos interminables por paisajes olvidados, una grafía incierta donde cada lugar es un mundo ( un espacio interior) que indica sólo lo impronunciable: esa quietud inspirada donde buscamos reconocernos, unirnos a aquellos de nosotros mismos que pertenece al Absoluto, en el que todo participa.”

(Imágenes—1y2-bigthink com)