4 DE ENERO 1933 : LA CASA DE LAS SOMBRAS

“Cuando sostengo en el hueco de mi mano, como usted puede ver— le  dijo el joven escritor japonés a Hisae Izumi —un cuenco de sopa, nada me resulta más agradable que la sensación de pesadez líquida que experimento en mi palma. Hoy se sigue sirviendo la sopa,  como usted ahora mismo comprueba, en un cuenco de laca, ya que un recipiente de cerámica no da esas satisfacciones. Y sobre todo porque, en cuanto levantas la tapa el líquido encerrado en cerámica te revela inmediatamente su cuerpo y su color. En cambio, desde que destapas un cuenco de laca hasta que te lo llevas a la boca, experimentas el placer de contemplar en sus profundidades oscuras un líquido cuyo color apenas se distingue del color del recipiente y que se detiene, silencioso, en el fondo. Imposible discernir la naturaleza de lo que hay en las tinieblas del cuenco, pero tu mano percibe una lenta oscilación fluida que cubre los bordes de ese cuenco y que te dice que hay un vapor, y el perfume que exhala de ese vapor ofrece un anticipo antes de que te llene la boca.”

Así hablaba el joven escritor japonés sentado en aquella mesa del comedor de la casa de Kioto junto a Hiase Izumi en los primeros días de enero de 1933. Hablaba como un libro porque él era el libro y Hisae veía el libro abierto sobre la mesa. Nunca había comido con un escritor que escribiera y hablara a la vez mientras comía, unas veces hablaba y otras veces comía e iba escribiendo al lado de aquel cuenco de sopa su libro, “El elogio de la sombra”, que estaba sobre la mesa y que era un cuaderno grande que ocupaba media mesa y que casi instantáneamente se lo iba leyendo a Hisae en voz alta como si acabara de escribirlo en el aire. Por eso las palabras del escritor eran muy literarias, salían de los sentimientos de las letras en cuanto defendían a la sombre, y ella recordaba muy bien las lejanas y abundantes ocasiones en que Hisae —- en clases en Japón y en charlas en Europa —- había también hablado de la sombra como una característica de Japón e igualmente de su amor en cierto modo por la penumbra. Ocurría esto en 1933 ya que Hisae en uno de esos días de enero había sido invitada por el escritor no sólo para comer sino para enseñarle su casa, y a la vez leerle el nuevo libro que estaba escribiendo, pero de una manera especial, es decir, mostrándole de viva voz cómo iban gestándose los argumentos, las teorías y hasta los párrafos. El escritor hacía poco tiempo que había querido construirse aquella casa y presumía de sus aciertos.

“ La belleza de esta habitación  donde estamos, por ejemplo — siguió diciéndole el escritor  a Hisae a la vez que comía y que continuaba leyéndole las páginas del libro —, está producida, como usted ve, por un juego de opacidad de la sombra y no necesita de ningún accesorio. Cuando vienen por aquí los occidentales a verme se sorprenden de esta desnudez y piensan que están únicamente ante unos muros grises y desprovistos de cualquier ornamentación, interpretación totalmente legítima desde su punto de vista, pero que demuestra que no han captado en absoluto el enigma de la sombra.  En la casa japonesa, añadió el escritor, como usted sabe bien, las paredes se pintan de tonos neutros y se huye de adornos. Solamente existe el “tokonoma”, el pequeño espacio donde se cuelgan algunos rollos desplegables, pero no se entiende eso como espacio decorativo en sí mismo ; su atractivo reside en el juego de luz y sombra que produce, como un elemento que ayudanü a la luz desde la penumbra para modelar los objetos o para dar a la sombra un sentido de profundidad.”

Al finalizar la comida el joven escritor — aún no había cumplido los cincuenta años — quiso invitarla a conocer la  casa. Pero antes le dijo, o más bien le leyó aún cosas del libro: “Habrá notado, (si ha estado usted por allí, le dijo), que los occidentales utilizan para comer utensilios de plata, de acero, de níquel, que pulen hasta sacarles brillo, mientras que a nosotros nos horroriza todo lo que resplandece de esa manera. Nosotros también utilizamos hervidores, copas, frascos de plata, pero no se nos ocurre pulirlos como hacen ellos. Al contrario, nos gusta ver cómo se va oscureciendo su superficie y cómo, con el tiempo, se ennegrecen del todo. No hay casa japonesa donde no se haya regañado a alguna sirvienta despistada  por haber bruñido los utensilios de plata, recubiertos de una valiosa pátina”. 

Seguía hablando como un libro porque él era el libro. Llevaba el gran cuaderno en la mano con “El elogio de la sombra” y se detenía en cualquier parte de la casa, de pie o sentado, para escribir y a la vez para hablar con Hisae y para volver luego a caminar enseñándole las habitaciones. Así fueron pasando ante las mamparas correderas opacas , la veranda, la estancia familiar, incluso la cocina y el baño; el escritor le enseñó el suelo decorativo y la escalera aparador. Hisae contemplaba todo aquello, que en líneas generales conocía muy bien, pero lo que más le atraía era aquella combinación de la voz del escritor leyendo su libro mientras lo escribía y a la vez los interiores de la casa que iba viendo.. Una experiencia mágica, se decía Hisae, caminar por dentro de una casa y caminar también y a la vez por dentro de un libro.

“No es que tengamos los japoneses, como usted sabe bien, — siguió el escritor leyéndole a Hisae— ninguna prevención a priori contra todo lo que reluce, pero siempre hemos preferido los reflejos profundos frente al brillo superficial y gélido. Aquí, por ejemplo, en esta habitación donde estamos, hubo en su momento una lámpara con luz eléctrica en forma de linterna que daba una impresión de nocturnidad, pero cuando yo sustituí la lámpara por un candelabro aún más oscuro y pude observar las bandejas y los cuencos a la luz vacilante de la llama, descubrí entonces en los reflejos de las lacas, profundos y espesos como los de un estanque, un nuevo encanto totalmente diferente.”

Por tanto, el escritor no hablaba a la manera corriente, es decir, en un lenguaje sencillo y coloquial, sino que lo hacía a la manera literaria, con sus apartes y oraciones secundarias, con sus inflexiones, sus adjetivos, porque hablaba a la manera de la prosa y de la descripción que iba haciendo, en muchos párrafos matizada por las modalidades del lenguaje.

“Quisiera hacerle ahora — le dijo el escritor sentándose en el suelo de una de las habitaciones y continuando leyendo el libro que estaba escribiendo —una observación respecto al color de la oscuridad que normalmente rodea a una blancura. No sé ya cuándo, hace años, llevé a un visitante procedente de Tokio a un comercio y allí  percibí, sólo una vez, cierta oscuridad cuya calidad no pude olvidar. Era una vasta sala que se llamaba, creo, la “sala de los pinos”, destruida posteriormente por un incendio; las tinieblas que reinaban en aquella habitación inmensa, apenas iluminada por la llama de una única vela, tenían una densidad de una naturaleza muy diferente a las que pueden reinar en un salón pequeño. Cuando entré en la sala, una criada estaba arrodillada colocando el candelabro ante un gran biombo; detrás de ese biombo que delimitaba un espacio luminoso de dos esteras aproximadamente, caía, como suspendida del techo una profunda oscuridad, densa y de color uniforme, sobre la que rebotaba, como sobre un muro negro, la luz indecisa del candelabro, incapaz de reducir su espesura. ¿Ha visto usted alguna vez “el color de las tinieblas a la luz de una llama”? Están hechas de una materia diferente a la de las tinieblas de la noche en un camino y, si me atrevo a hacer una comparación, parecen estar formadas de corpúsculos como de una ceniza tenue, cuyas parcelas resplandecieran con todos los colores del arco iris.

Pero ¿por qué esta tendencia entonces a buscar lo bello en lo oscuro que sólo se manifiesta con tanta fuerza entre los orientales? Hasta hace no muchos siglos en Occidente tampoco conocían la electricidad, el gas o el petróleo pero, que yo sepa, nunca han experimentado la tentación de disfrutar con la sombra; los colores que a nosotros nos gustan para los objetos de uso diario son estratificaciones de sombra: los colores que ellos prefieren condensan en sí todos los rayos del sol. Nosotros apreciamos la pátina sobre la plata y el cobre; ellos la consideran sucia y antihigiénica, y no están contentos hasta que el metal brilla a fuerza de frotarlo. En sus viviendas evitan cuanto pueden los recovecos y blanquean techo y paredes. Incluso cuando diseñan sus jardines, donde nosotros colocaríamos bosquecillos umbríos, ellos despliegan amplias extensiones de césped.”

Podríamos seguir — dijo el escritor cerrando su cuaderno “El elogio de la sombra” y dejando de escribir —-,pero no quiero cansarla. Muchas cosas ya las sabía usted, estoy seguro; pero quizá con lo que le he dicho ha descubierto más cosas hoy.

José Julio Perlado

(del libro “Una dama japonesa”) ( relato inédito)

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(Imágenes— 1,2, 3 , 4 y 5- wikipedia/ – 6- ilustración para “la historia de Genji “)