OBSERVAR OFICIOS Y GENTES

 

El escritor contempla, pero además observa. Observa no sólo a los demás hombres sino también  sus tareas.  Aprende.  Patricia Highsmith aconsejaba “que  los escritores deberían aprovechar todas las oportunidades  de aprender cosas sobre las profesiones  de otras personas, ver cómo son sus cuartos de trabajo, oír de qué hablan.” Y el  novelista español Rafael Chirbes apuntaba : “carpinteros, cerrajeros, estucadores, albañiles: a veces les oigo discutir de su trabajo en el bar. Comentan las dificultades con las que se tropiezan, se cuentan unos a otros cómo las resuelven. Al tiempo, levantan paredes, ponen puertas, instalan grifos,  colocan barandillas. Ellos siguen hablando en el bar sobre si han hecho una buena obra o les han obligado a hacer una chapuza. “ Es decir,  el escritor observa, escucha,  aprende de los oficios y de la sociedad. Highsmith insistía también: “ el escritor debe observar bien todos los nuevos escenarios que se  le presenten, tomar notas y sacar partido  de ellos. Puede que el carpintero permita al escritor que le acompañe a hacer algún encargo. Un amigo abogado tal vez le deje estar presente algún día en su despacho y tomar notas.  No son muchos los escritores que, una vez se dedican de lleno a esta profesión, tienen la oportunidad de aprender cosas sobre otros tipos de trabajo. En una ciudad pequeña, de esas donde todo el mundo se conoce, la cosa puede resultar más fácil.  Lo mismo cabe decir respecto a la observación  de los pueblos, ciudades y países nuevos. O incluso de calles que nunca había visto antes : una calle miserable en alguna parte, llena de cubos de basura, chiquillos, perros vagabundos, es tan fértil para la imaginación como una puesta de sol.

 

Y por último pueden llegar también las comparaciones entre los distintos oficios. Chirbes añadía oyendo a los demás hablando en el bar. “Les envidio esa posibilidad de trabajar juntos, de poder poner a prueba sus habilidades. Lo que dura, lo que no se agrieta, lo que soporta la acción del agua, lo que encaja, la puerta que no cede. Entretanto—decía el escritor —, me veo a mí mismo braceando entre sombras, incapaz de nada, vacío un día tras otro.”

 

 

 

(Imágenes—1– Hans Holbein/ 2-Rodrigo Moynihan/ 3- Martina Maccianti)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (14)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (14):   paseos y fotógrafos por París

 

 

—Volviendo a esa primera tarde en el Bois, ¿cómo salió usted de allí? ¿qué impresión le produjo la ciudad de París?

– La verdad es que yo no podría asegurarle ahora exactamente qué más pudo ocurrirme aquella primera tarde en París.. Me imagino que cuando cesó la tremenda lluvia de que le hablé, y ayudado sin duda por un mapa, saldría del Bois de Boulogne y descendería luego con mi coche hasta el muelle Louis Blériot y luego, por la Avenida de New York, por la orilla derecha del Sena, hacia el centro, es decir, hacia el distrito ll, como haría después tantas veces durante los siguientes años ; y continuaría naturalmente tras la fila luminosa de automóviles, para llegar, después de muchas vueltas me imagino porque era el primer día y no conocía la ciudad, hasta la avenida de La Ópera, y buscar más tarde una de sus bocacalles, la pequeña calle Gaillon, allí donde tuve mi domicilio durante los dos primeros meses. París se abría poco a poco aquella noche ante mí aunque yo no me diera exacta cuenta porque uno nunca es consciente de eso al principio, y, como digo, Paris se abría con sus escaparates iluminados, sus cafés bajo toldos multicolores, las gentes que venían o iban por el bulevar de los Capuchinos o de los Italianos, el París de los manteles a cuadros, de los pequeños restaurantes, el mapa de barrios y distritos diversos que encerraban cada uno su pequeño Paris, que así es como yo lo he visto siempre, y abajo o encima de todo ello el gran París de fondo pictórico, musical y literario de siglos anteriores envolviendo las casas y guardado en museos, y del que yo había leído y visto tantas cosas. Si no precisamente aquella primera tarde-noche, puesto que sin duda tendría que ajustar y cerrar asuntos prácticos de mi viaje, sí en las semanas siguientes, al recorrer por primera vez la avenida de la Ópera o iniciar mi bajada a los muelles del Sena, o al adentrarme por el borde de la Isla de la Cité, París se descubría, como así me ha ocurrido cada vez que lo he visitado, como una ciudad de varios niveles, repleta de historia y de arte, y también con varias vidas, unas encima de las otras; una vida al nivel de las aceras y de los quehaceres diarios, es decir, al nivel de la imprescindible existencia rutinaria, y otra vida con un nivel más profundo, rica y desplegada en el tiempo, telón de fondo del primer decorado de autobuses y paseantes, una gran vida concentrada en pinturas, en manuscritos, en páginas, en reflexiones e invenciones. Podría decirse que todo eso puede perfectamente descubrirse en muchas otras ciudades del mundo, y eso es verdad, pero el peso entonces de París en aquellos finales de los sesenta aún se mantenía muy vivo, aun cuando quizás se hubiera empobrecido algo y poco a poco fuera ascendiendo por las paredes del arte ese otro Nueva York que elevaría el foco de la novedad o del gusto. Pero en aquellas fechas que le cuento, y en las que yo viví en París, aún podía uno encontrarse perfectamente con Beckett sentado y solitario ante un café en una terraza cubierta de Montparnasse, o seguir a Ionesco paseando del brazo de su mujer por los bulevares. Estaban luego las famosas librerías de la orilla izquierda, la Shakespeare and Company con el recuerdo de Joyce, o La Hune, muy cerca de los cafés literarios. Y estaban igualmente y sobre todo los paseantes que me habían precedido en mis lecturas, paseantes y pasos de Balzac o de Benjamin, pasos de León- Paul Farge o de Sebastien Mercier, pasos de Simenon. Pasos delante de mí, al lado mío, precediéndome y a la vez siguiéndome por las calles. Ellos, como pasos que conversaban conmigo al andar, me iban explicando cada día Paris, y aún lo hacen hoy cada vez que vuelvo a esa ciudad, porque son los pasos del París del callejeo, del París gris perla bajo una lluvia inesperada, del París de insospechados descubrimientos. Los fotógrafos parecía también que hubieran podido adelantarse a mis pasos y hubieran salido corriendo para apostarse en ángulos, adoptar posturas y enfoques, y mostrarme cualquier encuadre de París desde una esquina, y tengo en mi memoria cómo me sorprendieron muchas veces Brassaï o Robert Desnois, y también Cartier-Bresson o Willy Ronis con algunas de sus extraordinarias fotografías y cómo ellos me iban conduciendo de alguna forma con sus cámaras entre la niebla de las escalinatas del Sena, una niebla como tela de araña en torno a cada poste de luz, para ascender luego de nuevo a la calle y detenernos todos, los fotógrafos y yo, ante un “bistrot”, ellos con sus fotografías y yo simplemente con mi curiosidad, para empujar después la puerta y ver aquellas caras, tantas veces agrietadas por la vida o por el alcohol, reflejadas vagamente en el vaho del cristal y muchas veces pensativas ante un vaso de vino sobre el zinc del mostrador.

 

José Julio Perlado -“ Los cuadernos Miquelrius”  – Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

FRENTE AL INFORTUNIO

 

 

“Hay males horribles, desgracias espantosas en las que ni siquiera nos atrevemos a pensar —dice La Bruyère en sus “Caracteres” —, cuya sola idea nos hace estremecernos; si caemos en tales desgracias, hallamos en nosotros mismos recursos desconocidos, nos erguimos frente a nuestro infortunio y nos conducimos mejor de lo que esperábamos.”

(Imagen —Charles Burchfield)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (13)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se  están publicando desde el 30 de marzo los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (13)  :  el Bois de Boulogne,  Proust y Joyce

 

 

—Usted llegó a París en abril del 68 según he leído en alguno de sus libros. ¿Cómo fue esa llegada? ¿Qué impresión le causó París?

– Bueno, ahora que me cita usted esa concreta circunstancia de mi llegada a París me vienen muchas imágenes a mi memoria. Sobre todo la de aquella tarde de abril del 68 en que París me recibió bajo la lluvia. Si el primer recuerdo que tengo de Madrid, como le comentaba el otro día, fueron quizá los olores, aquí en París en cambio creo que fue la lluvia, algo por otro lado muy corriente en casi todas las primaveras de esa gran capital. Nada más detener mi automóvil que me había conducido desde España (pienso que serían las seis o seis y media de la tarde), cansado como estaba del largo viaje ( no había parado más que tres veces desde España y dos de ellas para reponer gasolina), lo primero que escuché de la ciudad de París fue un goteo incesante de la lluvia, una lluvia muy suave, y enseguida, muy pronto, enormemente torrencial, una lluvia cuyas gotas golpeaban con fuerza como granos de arena el techo de mi coche aparcado obligatoriamente bajo los árboles del Bois de Boulogne. Acababa de llegar a París por primera vez en mi vida. Las incertidumbres del tráfico en una tarde tormentosa me habían llevado hasta allí, aún no sé bien por qué, seguramente por unas desviaciones apresuradas de los automóviles o por mi falta de pericia para saber entrar en una ciudad desconocida. Lo cierto es que en aquel punto exacto me encontraba completamente aislado. Tampoco supe en principio que todo lo que me rodeaba pudiera ser precisamente el Bois de Boulogne dada la oscuridad de la tarde y sólo cuando me fui haciendo al ambiente adiviné frente a mí un cartel semiborroso bajo la lluvia que apenas podía distinguir entre los árboles. Allí estaba escrito el nombre del lugar: y sí, era el de una avenida secundaria cuyo nombre exacto en este momento no recuerdo pero que pertenecía, según decía el cartel de modo muy general, al Bois de Boulogne. Aún tuve que esperar allí sentado dentro del coche muy largo tiempo, quizá cerca de una hora, no lo sé bien, apoyadas las manos en el volante, oyendo repiquetear la constante lluvia en el techo y aguardando con paciencia a que escampara, y también recuerdo que durante todo esa hora de larga espera, al observar de modo permanente frente a mí aquel cartel borroso, comencé a evocar sin querer algunos tiempos pasados y algunas lecturas, y también tiempos de imágenes, muchos de ellos relacionados con la ciudad de París y con ilusiones que yo siempre había tenido ante la gran capital. Evocaba en aquellos momentos estampas y grabados sobre aquel célebre parque que yo ya había contemplado alguna vez en postales antiguas, e igualmente antiguas lecturas de mis tiempos de universidad, pero también me vinieron a la memoria cuadros, dibujos, y sobre todo una imagen concreta, una imagen que sin duda había pertenecido a mi abuelo materno y que yo había visto muchas veces en su casa, colocada sobre una repisa de su despacho: era una fotografía de principios del pasado siglo, quizá se remontara a 1905 o 191O, y presentaba a ciertas damas parisinas en bicicleta pedaleando por un rincón del Bois, ataviadas con blancos pantalones anchos y abombados, algunas de ellas adornadas con sombreros de flores e iniciando con entusiasmo sus divertidas carreras. Eran indudablemente los tiempos de Proust, no había ninguna duda al reconocerlo, tiempos de Proust tan largamente evocados por el novelista.

 

– ¿Había leído ya usted mucho a Proust?

-Sí, lo había leído con bastante frecuencia, quizá nunca de un tirón, pero siempre deteniéndome en pasajes que me gustaban.

– ¿Y qué impresión le dejaba?

– Pues el descubrimiento de un gran escritor, un escritor excepcional, que escondía páginas memorables. Por ejemplo, no se me olvidan nunca unas reflexiones suyas sobre la lectura que, aunque no se encuentran en su gran novela sino en una obra anterior, son unas consideraciones de una total lucidez y belleza.

—¿Le gusta más Proust que Joyce?

—Indudablemente. De Joyce sólo me interesan sus “Cuentos de Dublin”. La parálisis de Dublin que él describe muy bien. Casi todos sus cuentos me interesan. Especialmente “Los muertos”, un relato magnífico que llevaría al cine John Huston de modo magistral.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius’ – (Memorias)

(Continuará )

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YO ME ACABÉ Y TÚ ESTÁS VIVA

 

“Yo me acabé y tú estás viva

y el viento, con quejas y llanto,

sacude el bosque y nuestra casa.

No cada pino por separado,

sino todos los árboles a la vez

junto con la lejanía infinita.

Como los cuerpos de los veleros

en la superficie de la bahía.

Y no lo hace para lucirse

ni por furioso, sino por hallar

palabras para tu canción de cuna.”

Boris Pasternak — “El viento” -( un poema de Yuri Zhivago) – 1953

 

 

(Imágenes—1- Serge Montandon/ 2- Giuseppe de Nittis – 1875)

LOS HÉROES

 

“A mi modo de ver la Historia universal, lo realizado por el hombre aquí abajo  — decía Carlyle en “Los héroes” —es, en el fondo, la historia de los grandes hombres que entre nosotros laboraron. Modelaron la vida general grandes capitanes, ejemplos vivos y creadores  en vasto sentido de cuanto la masa humana procuró alcanzar o llevar a cabo: todo lo que cumplido vemos y atrae nuestra atención es el resultado material y externo, la realización práctica, la forma corpórea, el pensamiento materializado de los grandes hombres que nos enviaron. Su historia, para decirlo claro, es el alma de la historia del mundo entero.

El gran hombre es foco de vívida luz, manantial en cuyo margen nos extasiamos, claridad que disipó las sombras del mundo.”

Carlyle dedica sus páginas, entre otros, a Dante y a Shakespeare, a Johnson y a Cromwell, también a Napoleón.

Pienso que hoy habría otro  Carlyle contemporáneo que escribiría sobre los enfermeros y sanitarios anónimos del mundo y a las 8 se uniría a los aplausos.

(Imagen —1- Lucas Fowler)

“LOS CUADERNOS MIQUELRiUS’ : MEMORIAS (12)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (12):   “París,  mayo del 68” y el teatro Odeón

 

 

3 mayo

Pero la periodista existe. Hoy llega  de nuevo, como muchas otras tardes, a las cinco en punto, preparada como siempre, con su cartera llena de notas, y su pequeña grabadora. Nada más sentarse me lanza la pregunta que sin duda trae muy pensada:

— El otro día me hablaba usted de la muerte de su madre y de que en ese momento vivía usted en París. Me gustaría que me contara algo de aquellos años. Creo que usted vivió muy de cerca la llamada “revolución” de mayo del 68.

Tardo un poco antes de contestar.

– Sí, es cierto. La cultura – le digo -, y así lo he pensado siempre, es una cosa y los vaivenes de la política son otros. Yo siempre he procurado escribir sobre la cultura, que es lo que en el fondo me interesa, aunque he tenido que escribir naturalmente de política. Las dos van por caminos distintos. Sí, estuve en la tan comentada y ya muy lejana “revolución” de mayo del 68 a la que usted alude. Eso es historia lejana. Pero sí, asistí a ella en primera línea y a la vez he de matizar enseguida al abordar tales sucesos que aquello, para mí y para muchos otros observadores, no fue precisamente una “revolución” sino una “revuelta”. Lo he dicho en muchas ocasiones. La revolución, incluso si no ha sido preparada – y así lo señalaba entonces un destacado historiador – desemboca en un cambio radical en las instituciones; la revuelta, al contrario, es un movimiento más imprevisible y que no está centrado necesariamente en el futuro; las revueltas son interesantes por aquello que revelan y aquello que las ha hecho nacer, mientras que las revoluciones son interesantes por aquello en que desembocan. He de evocar por tanto aquellas escenas vividas de lo que yo siempre he llamado “revuelta” deteniéndome en el parisino puente de Saint-Michel donde conocí a Daniel Cohn-Bendit, el líder de aquel movimiento de protesta, (él tenía 23 años y yo tenía 32) al mediodía de aquel 6 de mayo de 1968, aquel puente que en esos momentos estaba absolutamente invadido de gritos y banderas. También recuerdo la normal curiosidad que me empujó a seguir tanto a Cohn- Bendit como a la gran multitud de estudiantes que en avalancha le acompañaban detrás de sus banderas hasta pasar luego, quizás media hora o quizás una hora después, no sé bien lo que tardaríamos en cruzar, hasta la orilla izquierda de París para llegar después en tumulto al Barrio Latino y concentrarse aquella multitud estudiantil, y yo con ella, en la plaza Maubert. Habría esa tarde, según los cálculos que se hicieron, unos 10.0OO estudiantes ocupando ya El Barrio Latino, y rodeados por ellos y frente a ellos toda clase de vehículos y fuerzas policiales estratégicamente extendidas a lo largo del bulevar Saint-Germain y hasta el Odeón. Era indudablemente el escenario de una batalla. Y tengo presente también aquel café que hacía esquina, muy cerca de una Sorbona a punto de ser tomada, en el que tuve que refugiarme toda la tarde y en el que permanecería luego toda la noche transmitiendo crónicas telefónicas casi continuas a mi periódico. Los ojos juveniles y retadores de Cohn-Bendit enfrentados a la policía, multiplicados en una célebre fotografía que dio la vuelta al mundo, fueron esos días unos ojos omnipresentes. En una de aquellas madrugadas que me tocó vivir, probablemente sería en la madrugada del día siguiente, fui testigo de unas horas envueltas en humaredas de gases lacrimógenos y ulular de ambulancias mezcladas con manos estudiantiles lanzando adoquines arrancados de la calzada y con la niebla grisácea de los botes de humo. Allí vi pasar a mi lado a un Premio Nobel, Jacques Monod, llevando en sus brazos a una estudiante malherida. Y luego, días más tarde, evocando de nuevo aquellas semanas de París, exactamente nueve días después, el 15 de mayo, un espectáculo inaudito y sorprendente : la imagen luminosa, desordenada y nocturna del Odeón, del teatro Odeón, ocupado por los estudiantes y los obreros y abierto de par en par día y noche a todas las gentes. Estuvo así, noche y día abierto el teatro Odeón durante veintinueve días. Si se pudiera escribir una obra insólita para ser representada de modo espontáneo por los ciudadanos sin duda no habría otra mejor que la compuesta por aquellos diálogos nocturnos interminables a los que muchas noches asistí en el Odeón, aquellas conversaciones y reproches lanzados a gritos de un palco a otro palco y de butaca a butaca. No hay ningún director a quien se le ocurra tal representación. “¡Reinventad la vida!”, se gritaba desde un extremo a otro de la sala, “¡Vosotros sois el arte!”, se lanzaba desde otro lugar, “¡ Vosotros sois la revolución!”, se contestaba desde otro palco. Todas estas exclamaciones quedaban enmarcadas por los carteles que inundaban los pasillos : “La revolución es una iniciativa”, se leía en uno, “Abraza a tu amor sin dejar tu fusil”, “Cuando la Asamblea Nacional se convierte en un teatro burgués, todos los teatros burgueses deben convertirse en asambleas nacionales”, “¡Sean sucios, pero azucarados jamás!”. Y aún me parece verme allí, leyendo aquellos “grafittis” que cubrían las escaleras y rincones del teatro y a la vez en el momento en que, desconcertado por cuanto estaba ocurriendo, volví a entrar en el gran patio de butacas permanentemente iluminado por las lámparas y levantando la vista hacia el techo quedé admirado por la belleza de aquel asombroso decorado azul en oro y púrpura, un admirable techo creado por André Masson y en el que podían contemplarse figuras inspiradas en Esquilo, en Shakespeare y en Claudel, enlazándose la pintura moderna con motivos plásticos del siglo XVlll. Aquel patio de butacas multicolor, invadido entonces de rostros, gorras, atuendos de mujeres y de hombres, madres de familia, oficinistas, comerciantes de barrio, obreros, agitadores, actrices, estudiantes – unos 4000 estudiantes se dijo que pudieron entrar y salir a distintas horas y en distintos días por las puertas abiertas de aquel teatro cuyo aforo no superaba el millar -, todos esgrimiendo a gritos las palabras, sus incesantes propuestas, los improperios y las ideas cruzadas desde los palcos a las butacas, todo aquel patio, como digo, me remitía de pronto, por una extraña asociación de ideas, a lecturas mías de tiempos pasados cuando aún estudiaba en la universidad y descubría, fascinado por su vanguardismo, aquella pieza de Pirandello, “Esta noche se improvisa”, escrita por el autor siciliano casi cuarenta años antes, en 1930, y en la que se representaba una especie de “teatro en el teatro”. Allí, en aquella obra de Pirandello, yo recordaba que los espectadores/actores confundían e intercambiaban sus voces y sus gestos sin seguir un aparente argumento – hablándose también ellos desde los palcos y desde las butacas, e incluso alargando su interpretación por el vestíbulo y continuando en el desempeño de sus papeles durante el entreacto bajo la dirección, recuerdo, de un tal doctor Hinkfuss que corregía, limitaba y reordenaba las intervenciones de los asistentes pero igualmente modificaba los elementos de la luminotecnia, los coros ambientales y la decoración. ¿Qué relación tenían el arte y la vida? El doctor Hinkfuss – es decir, la voz de Pirandello – aseguraba que el arte era el reino de la creación realizada, mientras que la vida se mostraba en una formación continuamente mudable. Ahora yo estaba allí, a altas horas de la noche, en el patio de butacas del ocupado teatro Odeón de París en el que desembocaban muchas vidas de las gentes, de los barrios, de las familias parisinas de la orilla izquierda y derecha, cada una transportando su protesta y enarbolando también su pretendida solución, vestidos de ellos mismos, con sus ropas de casa o de trabajo, y apareciendo a la vez como personajes inesperados (casi pirandellianos) y como actores que, sin querer, desarrollaban una insólita función. Aquello era parte del teatro de la “revuelta” y parte también de una erupción social que quería sabotear de inmediato todo lo “cultural”. Era un espectáculo que iba precisamente en contra de la industria del espectáculo y a favor de la creación colectiva y de la directa acción revolucionaria. La formación continuamente mudable de las vidas de las gentes, como aseguraba el doctor Hinkfuss, estaba allí representada, y en el escenario, junto a una larga mesa desnuda que podía ocupar cualquiera en cualquier momento, se levantaban dos banderas, una roja y otra negra, y un enorme estandarte en que se leía : “Estudiantes-Obreros, el Odeón está abierto”. Y aún más: aquella singular representación había desplazado y arrojado a los despachos interiores al verdadero director del teatro, Jean- Louis Barrault, y ese gran actor, mimo y director francés, tras haber intentado negociar en vano con los ocupantes, no podía ya hacer otra cosa que salvar de posibles pillajes los archivos más capitales y los objetos de mayor valor.

Pero no todo fue el Odeón y las masas estudiantiles, naturalmente, lo que yo viví en París. Hubo lógicamente muchos más recuerdos. Por ejemplo, el encuentro con un Miterrand joven al que conocí, aunque siempre que me he referido a este punto he querido añadir que mucho más interesante para mí fue la conversación que mantuve en su casa con el filósofo Gabriel Marcel o bien observar de cerca el rostro de André Malraux en el gran salón del Elíseo, en una de las conferencias de prensa que celebraba el general De Gaulle. Tenía entonces Malraux 67 años y hacía un año había publicado sus “Antimemorias” que me había apresurado a leer. En medio de la “revuelta de mayo del 68” él había dicho que la imaginación al poder no quería decir nada, porque no era la imaginación la que tomaba el poder, sino las fuerzas organizadas. El rostro de Malraux, al que en aquel momento veía asomar entre las sillas doradas de los ministros del General, era ya un rostro ajado en su expresión, un rostro fatigado de tanta acción anterior, de tantos hallazgos en el campo estético, pero detrás de aquel rostro había muchas aventuras vitales e intelectuales, mucha meditación y reflexión sobre el arte, y muchas obras escritas. Mucho más interesante entonces para mí, como digo, era aquella cabeza y figura de Malraux que la de Miterrand , con el que coincidí en uno de los salones del hotel Continental el día del vacío de poder en Francia, el día en que desapareció el general De Gaulle durante veinticuatro horas, en la última semana de aquel mayo parisino. Aquel día contemplé un Miterrand combativo pero desorientado respecto a su contrincante político, quien se había evadido misteriosamente del escenario y sobre el que Miterrand ignoraba dónde podría estar. Miterrand tenía entonces 52 años y no podía imaginar – aunque aspirara a ello – que trece años después sería Presidente de la República.

Y respecto a la conversación con Gabriel Marcel de la que antes le hablaba y que me interesó mucho no me olvido de sus ojos azules y de su rostro amable indicándome al entrar en su domicilio de la rue de Tournon, a un paso del jardín de Luxemburgo y del Senado, que, por favor, tuviera cuidado en no pisar los discos extendidos en el suelo que él estaba clasificando y ordenando en aquellos momentos, para removerse luego en su butaca y con una vivacidad sorprendente para sus 79 años hablarme, entre otras cosas, del hombre y de la técnica y decirme que en el fondo el hombre ha cargado las técnicas sobre sus espaldas, y no le será permitido descargarse de ellas. Pero el hombre, añadió, ha adquirido una suerte de obligación, y esta obligación es la de concebir en cualquier caso algo así como un contrapeso a esas técnicas, algo que sea, por así decir, una compensación de las técnicas en el plano espiritual. El valor de la contemplación y el valor de la mística, agregó, deben ser reconocidos como necesarios, tanto más cuanto que el mundo se encuentra cada vez más en la proa de la técnica. Hablamos largo rato de filosofía, de teatro, de la llegada del hombre a la Luna que había tenido lugar en aquellos meses y naturalmente de la “revuelta” de mayo. Una conversación inolvidable.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

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