EL CASTIGO EN EL COLEGIO

“Yo sé que esta noche, al acabar las clases en el colegio, he de esperar a que todos salgan e irme cerca del comedor, al rincón del claustro por donde veo subir y bajar las hormigas, la fila de hormigas fluye como un río de sus agujeros, van del suelo a la ventana y de la ventana al suelo, es una cinta corrediza, como una correa industrial que se generara a sí misma, vienen y van las mismas hormigas de un agujero a otro agujero, nadie, ni siquiera Santoyo, que es el que más sabe de matemáticas, que tiene una calculadora dentro de la mente, José Miguel Santoyo, el mejor matemático de la clase y el hombre que un día será ministro de Hacienda y de Economía, nadie, ni siquiera Santoyo, podría contar cuántas hormigas hay en esta pared, ni él sabría multiplicar las patas, restar cabezas, sumar bocas que trasladan alimentos de un sitio a otro incesantemente, es el mundo insignificante y minúsculo que procrea y produce, trabaja, almacena, exporta, aparta, entierra, se disciplina a sí mismo. Y de repente, estoy siguiendo la vida de este mundo, y se apaga la luz. No es que la luz se haya apagado del todo, es que han reducido la potencia de las bombillas del pasillo, de pronto no veo a las hormigas, estoy con los brazos cruzados, castigado, mirando fijamente a la pared. Es lo que mi compañero de clase, Enzo Lizzotti, el que será un día piloto de carreras, llamaba “ castigo kafkiano”, él no había leído nunca a Kafka. yo tampoco lo había leído, entonces ¿ por qué lo llamaba así? Pues no lo sé. Solo sé que ahora son las ocho y media de la tarde, me han castigado tantas veces que sé que a las ocho y media en punto se debilitan las bombillas de los pasillos, el silencio crece, el colegio es una fortaleza inmensa y vacía de alumnos, las pisadas resuenan. Sólo estoy yo y mi castigo.

Entonces, aunque no me daban miedo las pisadas del hermano Belarmino cuando se acercaba hacia mi, aquello era tan impensable y a la vez tan calculado que cuando yo sea director de cine, si alguna vez consigo serlo, quisiera rodar esa secuencia del castigo pero la rodaría en blanco y negro y no en color. Porque es una experiencia que quiero hacer: la existencia esconde multitud de colores, incluso la infancia, sobre todo si la ruedan directores orientales con la variedad de tonos en las sedas del día y en donde un niño castigado en el pasillo de un colegio puede verse no solo de rojo y de añil en su aspecto exterior, sino también mostrar el interior de sus pensamientos, sus miedos, su soledad, los tabiques de aquel largo pasillo y a la vez las habitaciones de la mente infantil cuando está siguiendo la procesión de las hormigas y aguarda el fin del castigo con los brazos cruzados.

Sí, si un día soy director de cine, que no sé si un día lo seré, rodaré esa secuencia en blanco y negro, contaré todo lo que estaba pensando ese niño que soy yo mientras oigo acercarse las pisadas del hermano Belarmino que vienen hacia mi.”

José Julio Perlado

(Imágenes— 1– Louise Bourgeois/ 2- Jasper Johns)

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