APRENDER A VER … APRENDER A VIVIR

“El brillo humedecido de una hoja, el asombro ante el rocío, ante los movimientos de un animal, ante el contraste de los colores, parece que desapareciera bajo el traqueteo de los días iguales, el paso de tren de las estaciones iguales, el ciclo de las circunferencias idénticas, los fines de semana monótonos, el ruido encadenado de tazas entre bostezos y escaleras, pasos y autobuses en procesión hacia despachos, ojos resbalando por pantallas, cafés, informes, idas y venidas de colegios rutinarios, idas y venidas de veraneos similares, entradas por autopistas a la gran capital, entradas por pasillos a los nuevos cursos, vueltas al colegio, vuelta a las navidades, vuelta a las cuestas de enero, vueltas a las primaveras, vueltas y revueltas del estío, luces del verano, sombras aparentes de otoños idénticos.

«Los GRIEGOS QUERÍAN ser un pueblo de filósofos, y no de tecnócratas, es decir, eternos niños, que veían en el asombro la condición más elevada de la existencia humana. Solamente así puede explicarse el hecho significativo de que los griegos no hicieran uso práctico de innumerables hallazgos» (St. Harkianakis)

¿Por qué se pierde el asombro, cómo se pierde? Los inventos que nos ofrecen en bandeja las televisiones ya no nos producen estupor sino avidez de tomarlos prontamente y consumirlos. Hay una costumbre, un hábito rumiante de consumir masticando lo nuevo, a veces triturando lo último, a vez sin siquiera atragantarse, tan voraces somos. Se consume y se consume, se circula y se circula, se recorre el mundo instantáneamente con sólo oprimir el teclado, únicamente moviendo el volante. ¿Y el silencio, la sorpresa, la quietud? Parecen haber desaparecido. Y sin embargo, «la sorpresa es una categoría importante en la vida. Mas, al menos para mí, todavía hay otra cosa importante en la creación…

La curiosidad. Nadie incluye la curiosidad entre los sentimientos, pero yo creo que la curiosidad es un sentimiento. Cuando la miro a usted, tengo curiosidad». (Wislawa Szymborska). Esa actitud de los ojos alargados de la curiosidad que muestra la Premio Nobel polaca al mirar a la periodista que le entrevista, esa tensión de la atención tendida hacia lo ajeno, hacia lo otro, hacia otro -lo que me va a revelar el otro, lo que ” ya me está revelando, lo que me ha revelado”, esa postura anímica expectante hacia lo que me va a desvelar hoy la vida, esta persona que entra ahora en el despacho y que se sienta ante mí con su pregunta y problema, incluso con su abanico de soluciones aún sin decidir, todo esto se halla en el centro de la curiosidad y a pocos pasos del umbral del asombro.

Se consume y se consume. Se circula y se circula ¿Y el silencio, la sorpresa, la quietud? Parecen haber desaparecido

Yo todos los años me quedaba asombrado en la primera hora de la primera clase del curso universitario. Venían ante mí todos los alumnos de todos los puntos del país y se posaban como bandada de ideas y de cuestiones sentados en semicírculo, absortos ante las cuestiones e ideas que se les podía plantear. Aún no habían sido tocados por la sombra del escepticismo ni les había caído encima una mota de aburrimiento. Estaban allí sentados, abierto su cuaderno virginal de ignorancias en espera del alimento que recibirían. Y prácticamente todos ellos -aun sin formularla de manera explícita- guardaban una pregunta escondida que no sé qué padre ni qué madre ni qué escuela les había podido señalar y tampoco imagino en qué momento.

¿Qué es la verdad? éY la bondad? ¿Y la ética? ¿Dónde está el bien en este mundo tan injusto? ¿Y la belleza? Recuerdo las frases de Kafka paseando por Praga con su amigo Janouch. Decía Kafka: «La juventud es feliz porque posee la capacidad de ver la belleza. Es al perder esta capacidad cuando comienza el penoso envejecimiento, la decadencia, la infelicidad». Janouch le preguntó: «¿Entonces la vejez excluye toda posibilidad de felicidad?». Y Kafka respondió: «No. La felicidad excluye a la vejez. Quien conserva la capacidad de ver la belleza no envejece».

Naturalmente esa briosa acometida que siempre es la juventud -generación tras generación- en su perpetuo anhelo de ir en busca de la felicidad, del bien, de la verdad y de la belleza toma un impulso ascendente que se mantendrá hasta ser tentado por los anzuelos de la utilidad o quedar fatigado por el cansancio. Entonces los caminos del ver se bifurcan -o a veces se entremezclan-, y unos ven únicamente la utilidad de las cosas y otros tan sólo la belleza. De cualquier forma, ese empuje continuo de la juventud por remontar las fuentes siempre me ha dejado asombrado y uno procura, en su pequeña medida, responder alentando y manteniendo cada vez más vivo ese entusiasmo por el asombro.”

José Julio Perlado

(Imágenes-1,2 y 3- monet/ 4 – Sisley— wikipedia)

EL BUFÓN GONELLA (1)


Y aquí tienen ustedes al bufón Gonella — dijo el guía —- , Pietro Gonella, bufón de la corte de Nicolás lll d’Este, marques de Ferrara, inmortalizado por el gran pintor francés Jean Fouquet, uno de los mejores pintores del siglo XV, que realizó este retrato muy posiblemente en 1445. Este retrato está presidiendo, como ustedes ven, este primer nivel del sótano donde nos encontramos ahora. Precisamente por las características que posee la mirada de este bufón se realza toda la apuesta que este edificio tan moderno está haciendo hacia la mirada, hacia todas las miradas, el único museo subterráneo que hoy existe en Madrid, y también en el mundo occidental, puesto que en Oriente, concretamente en Japón, en una de sus islas, se halla el Museo Nacional de Arte de Osaka, igualmente subterráneo y creado, como éste donde estamos ahora, por el arquitecto argentino César Pelli. Pelli, como saben ustedes, se hizo famoso por la impresionante altura de sus edificios, algunos de ellos los más altos del mundo, y quizá como contraste a ello y como reto a sus capacidades creativas, quiso inventarse y extender esos dos museos bajo tierra, uno en Oriente y otro en Occidente, dotándolos de una fisonomía particular, yo diría que espectacular.

Este Museo de La Mirada en Madrid donde ahora nos encontramos, continuó el guía, arranca de algún modo desde el fondo del Jardín Botánico. Hemos atravesado esa puerta de la Cripta bajo la Rotonda y la Sala de Ariadna del Prado, hemos dejado atrás las líneas horizontales de los cinco cuerpos del edificio, hemos descendido por esas escaleras y estamos ahora, de los tres niveles que tiene este Museo, en el primer nivel del sótano. Sin duda les habrá llamado la atención al bajar las escaleras los ventanales o aberturas de este sótano por donde entran a la vez las ramas de los árboles del Botánico mezcladas con esas fibras artificiales, modernas y luminosas que ha creado el arquitecto para que vaya pasando la luz. Es la unión de lo mecánico con lo natural, o así lo ha querido ver Pelli. Es también la mezcla de los sentidos. Conforme vayamos avanzando y descendiendo por los sótanos, el ojo y el olfato se unirán. Podremos ver un cuadro a la vez que respiramos el olor de una flor, por ejemplo el aroma a piña madura que transmiten los grandes nenúfares flotantes que llegan del Jardín.

El Museo de la Mirada va por debajo de las tres terrazas del Botánico, de la Terraza de los Cuadros, de la Terraza de las Escuelas Botánicas y de la Terraza llamada de Plano de la Flor. Y también de sus aromas. Se extiende luego por debajo del Parque del Retiro y en su día quizá llegue hasta Atocha, porque es un Museo en cierto modo inacabado, en construcción, porque la mirada del hombre siempre será múltiple y diversa.

José Julio Perlado

( del libro ”La mirada”) ( relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

( Imágenes— 1– Jean Fouquet- retrato del bufón Gonella—1445/ 2- jardín Botánico de Madrid)

EL FLUIR DE LA MÚSICA

… ”inmediatamente se hizo el completo silencio, comenzó la música y todo se transformó. Yo miré el perfil, a muy pocos metros de donde yo estaba, de Igor Stravinski, que a sus 82 años de entonces, con la mano en el mentón, y sentado en la butaca que le habían dispuesto a la derecha del Papa, se sumergía ya, como también lo hacía yo, abandonándose con ojos semicerrados al breve preludio de la Sinfonía de los salmos, aquella obra suya escrita hacía más de treinta años en Écharvines, en los Alpes franceses, entre bosques, cumbres, cielos y naturaleza, y que ahora iniciaba el sonido de los primeros oboes y fagotes, mientras se extendía la oscuridad en la sala de conciertos y no creo equivocarme al decir que ese fue el momento en que comenzaron a sobrevolar ante él los recuerdos conforme escuchaba en latín «yo soy como un sordo, no quiero oír, como un mudo, no abro la boca; soy como un hombre que no oye, ni tiene réplica en su boca», aquel Salmo 38 sobre el que él había trabajado tanto en sus manuscritos caligrafiados con plumas diferentes, algunas de tinta roja, que para el compositor fabricaban especialmente. E igualmente para mí no era nada arriesgado indagar en ese proceso de creación y pensar que Stravinski seguiría evocando en aquel momento, tal como continuaba sentado en la butaca junto al Papa, todos sus numerosos cuartos de trabajo en distintos países, sus incontables viajes en avión, las servilletas que había ido pidiendo a las azafatas durante los viajes y en las que él componía rápidamente los primeros rasgos de un puzle que luego iría pegando en los hoteles, un puzle musical sobre su mesa de trabajo bajo la mirada del pequeño icono ruso que siempre le acompañaba, aquella atmósfera tan propia del compositor, las interrupciones e invitaciones de repente para dirigir conciertos en cualquier parte del mundo, su batuta en el aire, su batuta en zigzag, su batuta pausada ante la orquesta, aquella maestría que, según él, no tenía nada de prodigioso al dirigir, porque era el simple acompañamiento de medidas y de ritmos, sin arriesgar demasiado, con un mínimo de seguridad y de aplomo.

Pero en aquel momento, recuerdo que también avanzaban de nuevo, desde el fondo del escenario de via de la Conciliazione el poderío de las trompas, y comenzaron a sonar cuatro trompetas y tres trombones, se alternaban timbales, bombo y arpa con los dos pianos, y muy poco después violonchelos y contrabajos dejaron entrar un coro infantil en cuatro voces, que fueron levantando los salmos en el escenario («me sacó del pozo de la miseria», cantaban los niños en latín, «del fango cenagoso, asentó mis pies sobre roca y consolidó mis pasos»), aquel Salmo 39, que era toda una mezcla de suavidad y de aspereza, mientras el coro y la orquesta lo conducían desde la plegaria hasta el profundo agradecimiento y desde el profundo agradecimiento hasta la seguridad de la respuesta. Aquello lo había compuesto, ahora lo recordaba él bien, en su habitación de Écharvines por las mañanas, ya que las mañanas para Stravinski tenían distinta fuerza que las tardes, por las mañanas pensamos, lo había dicho él muchas veces, de modo diferente a como lo hacemos por la tarde. Cuando tropiezo con una dificultad, había añadido, espero al día siguiente. Soy capaz de esperar lo mismo que es capaz de esperar un insecto. Y así había esperado absolutamente inmóvil la Sinfonía de los salmos en aquella habitación de los Alpes, y luego en el jardín, sentado con su pantalón y su camisa blanca en la escalera exterior de la casa dejando que la tarde se consumiera, llegara la noche y volviera otra vez la mañana para componer.

Aquellos salmos no le habían dado tantos quebraderos de cabeza como cuando, por ejemplo, años antes, llegó a equivocarse y había escogido para trabajar una casa que él en principio creía silenciosa, también en Écharvines, pero no junto al lago de Annecy, sino al borde de la carretera, y allí había querido esforzarse en crear, y al final lo consiguió —luchando contra gritos, discusiones y amenazas matrimoniales del albañil que habitaba en el piso de arriba y que era quien le había alquilado la casa—, sentado ante un piano a prueba de chillidos e incluso de olores (aún recordaba el olor a arenques ahumados que descendía desde las ventanas), intentando componer el ballet en un acto, “El beso del hada”, su homenaje alto y claro a Chaikovski. él siempre había tenido, y así seguramente lo recordaba ahora en el concierto, una profunda admiración por el ballet clásico, por la belleza de su orden y el rigor aristocrático de sus formas, por el triunfo de la concepción sobre la divagación.

Y ahora venían hasta su butaca de Roma todos esos recuerdos, todos los recuerdos, recuerdos muy desordenados. Avanzaban por la oscuridad de la sala de conciertos mezclándose con caras y con tiempos, caras de Cocteau, que tantas veces él había visto, caras de Diaghilev, caras de Picasso, caras, caras, recuerdos…Y de repente concluyó la sinfonía, estallaron cerrados los aplausos y se encendió la luz. Muchas veces me han preguntado: «¿Y usted pudo hablar ese día con Stravinski?», y he contestado que no, no pude hablar con él. Se encendieron de improviso las luces y Stravinski, levantándose de su butaca, giró a su izquierda, y estuvo unos minutos de pie, hablando con el Papa. Luego pasó a mi lado andando lentamente, apoyado en su bastón. Entonces yo solo me atreví a rozarle, a buscar una de sus manos y al pasar conseguí apretarsela.”

José Julio Perlado

(páginas 93 a 97 de ”Los cuadernos Milquerius” (editorial Funambulista))

(Imágenes— 1-Amedeo Modigliani/ 2-Ansel Adams- 1934/ 3- Lowell Nesbitt/ 4- Stravinski- Thomas Oboe Lee)

AVES NOCTURNAS (1)

Estuve así, dándole vueltas a todo aquello por el pasillo interior del museo que, como digo, era una especie de claustro antiguo, mezclándome con los grupos de japoneses, europeos y americanos que avanzaban en silencio y lentamente siguiendo la banderola que enarbolaba el guía, y quise sentarme por allí, en el primer sitio que encontré, en el saliente de una columna, porque vi que aquella visita a las distintas galerías se iba desarrollando muy despacio y decidí moderar algo mi ritmo. Quise abandonarme, pues, durante un largo rato bajo la luz primaveral de la mañana que me llegaba desde el jardín interior del museo, un jardín perfectamente cuidado y ordenado, con fuentes y plantas cuidadosamente adornadas, y poco a poco, no supe bien por qué, seguramente como contraste a cuanto había leído y contemplado años atrás sobre la pintura de Hooper, empecé a sumergirme en recuerdos, recuerdos literarios y cinematográficos, también en declaraciones suyas —-algunas debían de remontarse a 1961 o en torno a esa época —-, como por ejemplo las palabras que el pintor americano había querido pronunciar un día para darle soporte a su creación. Goethe decía — recuerdo que había comentado Hooper sacando un papelito de su bolsillo — que el propósito y la finalidad de toda actividad literaria consiste en reproducir el mundo que me rodea como si fuera el reflejo de mi mundo interior. Todo está revestido, relacionado , moldeado y construido de una forma personal y original. Y para mí esta definición — había concluido Hooper guardando otra vez el papelito en el bolsillo — es aplicable a la pintura. Y también recuerdo que poco después de decir estas frases, Hooper había agregado que él siempre había intentado pintar la luz del sol blanca en vez de amarilla, añadiendo que muchos pintores tenían la costumbre de pintar la luz del sol amarilla, pero que la luz, decía Hooper, no era amarilla, sólo era así al amanecer y al atardecer y el resto del día era una luz blanca.

Sentado entonces allí, como digo, en el saliente de aquella columna del claustro en la que llevaba ya varios minutos, pensé en todas estas cosas y también en las luces blancas del sol que Hooper había pintado durante toda su vida, pero igualmente en los tejados rojos de sus ciudades solitarias y vacías y en los rojos vestidos de sus mujeres asomadas ansiosamente a las ventanas abiertas, anhelantes en sus tensas posturas, como si desearan respirar cuanto antes la extraña luz blanca del sol. Me estaba interesando mucho aquel sol tan singular que tanto le había fascinado al pintor y volví a recordar el cuadro que había visto hacía muy poco, no hacía ni siquiera media hora, aquel ”Grupo de gente al sol” con sus misteriosos personajes sentados. Entonces quise repetir lo que en otras ocasiones he realizado en distintos museos del mundo, en el Reina Sofía de Madrid, por ejemplo, o en el Louvre de París, o en muchos otros, que es volver nuevamente sobre mis pasos y entrar en la sala anterior que ya había visitado, y gozar una vez más de la misma pintura que yo ya conocía, pero esta vez admirarla de nuevo de manera individual, sin guías ni explicaciones, siguiendo aquel consejo que una gran escritora inglesa había formulado un día: ”la mitad de la belleza de un paisaje o una casa procede de conocerlo. Uno sabe dónde encontrar su encanto. Esto no puede uno hacerlo la primera vez que lo ve“. Y efectivamente así era y así fue. Deseaba conocer más detalles sobre el cuadro de aquellos misteriosos personajes perfectamente vestidos y sentados ante el sol y volví a recorrer el pasillo del museo ahora hacia atrás, buscando la sala que ya había visitado. Pero la sala no estaba, busqué por todas partes, casi me perdí entre tantos pasillos y recovecos, pero no la encontré. Mejor dicho, sí la encontré, la sala seguía ubicada en su mismo sitio de siempre, aunque yo hasta entonces no lo había advertido, pero en cambio la pintura de Hooper que yo buscaba había desaparecido, o, para ser más exactos, había sido reemplazada simplemente por otra, algo que absolutamente me desconcertó. En aquella sala que yo ya conocía, y que ahora estaba abarrotada de gente —- turistas de uno y otro lado del mundo ——un guía iba explicando al grupo correspondiente un nuevo cuadro de Hopper, un cuadro muy célebre y muy comentado y que yo había visto muchas veces, “Aves nocturnas”, de 1942. Y aquello aún me dejó más desconcertado. ¿Cómo se había podido reemplazar en pocos minutos un cuadro por otro y por qué? No supe qué pensar de todo ello. Pero ya la voz del guía empezó a distraerme y comencé entonces a escucharla”.

José Julio Perlado

(del libro ”La mirada”) ( texto inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

( Imágenes—1- Hooper” – Aves nocturnas”- 1942– The Art Institute of Chicago/ 2-Hooper- “Automat”- 1927– cortesía del Des Moines Art Center- Iowa/ 3-Hooper- “Mañana en Cape Cod- 1950-Smithsonian American Art Museum, Washigton -Art Resource/ Scala, Florenciia)

LA INTIMIDAD HUMANA

“A a una persona nadie la llega nunca a conocer por completo, es decir, conocer de una manera total; nunca nadie llega al conocimiento del auténtico interior de una persona. Ni si- quiera ella misma se acaba de conocer completamente. Ni tampoco a lo largo de su vida, aunque esta vida sea muy larga. Existen numerosas aproximaciones para llegar a su interior, eso es cierto, ¿pero quién conoce de verdad a una persona con la que uno incluso puede hablar diariamente, por ejemplo, un esposo, una esposa, un hijo? Se dice que las madres conocen muy bien a sus hijos. Sí, quizá eso sea lo más aproximado, lo más cierto. Pero al ser humano en su profundo interior es muy difícil conocerlo. Ni siquiera, como digo, en el matrimonio se conoce la auténtica verdad de la otra persona, y eso aunque transcurran muchos años. A mí me ayuda siempre esa imagen tan plástica y normal, pero tan representativa, que solemos ver en las calles. Dos personas están hablando en una esquina y entre ellas, entre esos dos rostros, pasa un estrecho hilo de aire, un espacio, una pequeña corriente que naturalmente separa a las dos figuras y a los dos rostros. Ese estrecho pasadizo de aire es lógico que exista, pero simboliza también algo: nos recuerda de algún modo la constante y lógica separación entre dos intimidades que están hablando. Una intimidad se protege siempre de la otra intimidad que le interroga, y la que está enfrente hace lo mismo. Cada intimidad contará y desvelará solamente en esa conversación o en otra cualquiera aquello que ella quiera contar y de la forma en que lo quiera contar, o lo que en ese momento le interese contar y también ocultar; a veces incluso llegará a confesar cosas muy personales, pero nunca revelará todo por completo, es muy difícil que desvele toda su intimidad. Existe una frontera, existe una natural protección por uno mismo. Uno no desvela nunca todo. Además, hay cosas que incluso el propio yo no conoce.”

José Julio Perlado

páginas 163- -164 de ”Los cuadernos Miquelrius” ( editorial Funambulista)

(Imagen – Ad Reinhardt)

GRUPO DE GENTE AL SOL

“Y aquí tienen, en esta Sala, ”Grupo de gente al sol”, de Edward Hooper, pintor americano nacido en 1882 y muerto en 1967 y del que sin duda habrán oido hablar. Si se colocan en el centro, aquí, vengan por aquí, si se colocan junto a mí en el centro, dijo el guía, podrán verlo mejor. Se trata, como ven, de cinco figuras mirando al sol, bueno, exactamente cuatro, cuatro figuras que miran al sol, porque hay una a la izquierda, ¿la ven?, que al parecer no está interesada por el espectáculo y prefiere sumergirse en la lectura. Pero la mirada está presente en todo este cuadro que data de 1960. Se diría que es la mirada hacia el sol y que de algún modo es también la mirada del sol, o al menos su resplandor, el que les mira. Al sol no le vemos, adivinamos su resplandor. Sorprenden muchas cosas en estas figuras de Hopper. Por ejemplo, su vestimenta, sus posturas, sus actitudes hieráticas, se diría que casi tensas, en absoluto abandonadas o relajadas, como ocurre cuando nos abandonamos al sol. Aparecen estos cinco personajes sentados en sillas, y sobre todo la mujer del sombrero y las gafas asombra porque sigue vestida con su mismo traje verde de calle y su pañuelo rojo o granate al cuello; por lo tanto, el sol no le puede dar más que únicamente en las mejillas y en el mentón o quizás algo de lo que le queda desnudo del cuello, pero muy poco; lleva gafas de sol para mirar al sol, pero no se ha desabrochado ni un botón del vestido, ni se ha puesto en traje de baño: da toda la impresión de que tal como ha llegado a la solitaria terraza de esta casa se ha querido sentar y colocarse, ávida de recibir los rayos de sol, deseosa de aprovechar el tiempo cuanto antes. También sus compañeros. Se han situado como si viajaran ante el sol, como si el sol se les pudiera escapar, como si el sol pasase solo una vez igual que pasa un ferrocarril o estuviera pasando el sol en estos momentos. Entonces el reflejo del sol pasa sobre sus caras, sobre sus chaquetas y sus pantalones, sobre sus calcetines. Ni siquiera se han quitado los zapatos, ni las medias, ni los calcetines, tampoco se ha quitado sus zapatos blancos, que asoman entre las piernas, la mujer del sombrero. ¿Qué tiene entonces este resplandor de sol para ser recibido así? ¿De qué están necesitadas estas cinco figuras?

Es un misterio. Lo que quizá ustedes recordarán si han visto otras pinturas de Hopper en otros museos, será tal vez el tratamiento casi continuo que este pintor hace de la soledad. Algunos recordarán sin duda ciertos cuadros suyos porque no se van fácilmente de la cabeza, como el de la mujer sentada en la cama mirando al sol matutino, o el de la mujer en una habitación de hotel, rodeada de maletas aún sin deshacer y que hojea un libro. Allí sí se puede percibir especialmente la soledad, y cualquiera de esos cuadros, y otros también, podrían perfectamente estar aquí, pero este museo ha preferido escoger este ”Grupo de gente al sol” porque la mirada en este cuadro prevalece sobre la soledad. En esta pintura no nos fijamos en la soledad, ni tampoco en el esbozo de esa casa presumiblemente vacía, típica de Hopper, sino lo que nos sorprende es la mirada de estos hombres y mujeres hacia el sol.

¿Pero es verdaderamente ese sol natural, el sol que nosotros conocemos, el que lanza su resplandor? ¿ O es otro sol distinto, quizá un resplandor metafísico, que llega de otro mundo, un resplandor pálido pero con mucha potencia extraña, un resplandor aparentemente tenue, como una luz que se posa y baña e ilumina el sombrero blanco de la mujer y el cráneo desnudo de algunos de estos personajes? Sabemos que Hooper pintaba sus cuadros primero en su mente, dibujando y concretando todos sus detalles, sus planos, encuadres y colores, y luego llevaba todo eso al lienzo; así él lo contó muchas veces. Entonces, ¿cómo y por qué se le ocurrió representar a hombres y mujeres impecablemente vestidos mirando al sol? . Por otro lado, aquí Hooper no presenta ventanas, como ustedes pueden ver. Las ventanas son muy características en su obra; a través de ellas se observa el cielo, el sol o la luz. Pero aquí Hooper no utiliza ventanas; es el contacto directo del rostro y de los ojos con el resplandor. Ni los personajes se despojan de sus vestiduras, ni tampoco hay intermediario alguno entre ellos y el sol.
Todo son preguntas. Yo les animo a que se hagan esas preguntas. Es una forma de intentar explicarse este cuadro.”

José Julio Perlado

(del libro ”La mirada”) (texto inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

(Imágenes-1- Hooper—“Grupo de gente al sol”-1960–American Art Museum- Washington/ 2- Hooper—“Sol en una habitación vacía” —1963-colección privada/ 3-Hooper — “Habitaciones junto al mar”-1951- Yale University Art Gallery New Haven—Legado de Stephen Carlton Clark))

ESCRITO A LÁPIZ

A la vez que apoyo el lápiz en el cuaderno donde escribo hay un aleteo de seda blanca en el ala de una mariposa en California, suena un pitido en el metro de Paris, un caballo levanta la cabeza en su establo, asoma un pez espada en el mar de los Sargazos, se pone el abrigo la mujer de Ted, cruje un tronco en una chimenea de Irlanda, una ardilla zigzaguea la base de un haya, y todo ello mientras mi mano derecha va describiendo sobre el papel el ala de la mariposa, el pitido del metro de Paris, el caballo que baja ahora la cabeza, relincha, se mueve, agita su cola, y mi lápiz persigue la huida del pez en el mar de los Sargazos, el pez escapa hacia la roca, el lápiz le sigue, el pez desaparece, la mujer de Ted se pone los guantes, se aviva una llama azul en la chimenea de Irlanda, los ojos de una familia están imantados por esa llama azul, es una llama azul ondulada, puntiaguda, rodeada de pequeñas llamas blancas, toda la familia observa esta llama azul y a la vez me observa a mí, observa mi escritura, cómo voy contando el vuelo del ala de esta mariposa de California, el color rojo de los vagones del metro de París, las pezuñas del caballo que se mueven sobre la paja, la velocidad de la ardilla subiendo por el tronco del haya y los pasos de la mujer de Ted que se dispone a salir para hacer unas compras. La mujer de Ted baja los escalones de su vivienda, el caballo inclina su cabeza para comer, la mariposa de California emprende un vuelo nuevo, el metro rojo de París entra en un túnel, los hombres de este metro van ya casi dormidos, pero hay uno, sí, uno que abre el periódico y lee cómo voy contando que la ardilla se escurre por el árbol, que el pez sale de nuevo de la roca, que la mujer de Ted cruza la calle mientras la llama azul de la chimenea en Irlanda mantiene fijas todas las miradas, son miradas deslumbradas, casi alucinadas, alguien se ha levantado a remover los troncos y lo hace con enorme cuidado, con unas tenacillas para que la llama no le queme, la llama azul recuerda el ala de la mariposa de California, hace un giro esa llama y a la vez gira la mariposa, mi lápiz dibuja cómo vuelan las dos, mariposa y llama, y cómo la mujer de Ted mientras va de compras recuerda aquella chimenea de Irlanda de su infancia, aquel invierno con sus hermanos mayores, el tronco con las llamas azules, ella aún no estaba casada y solía ir al establo a ver a su caballo, un caballo que relincha ahora en su memoria, pasa la mano de su memoria sobre la crin tostada, acaricia los flancos, le da suaves palmadas, el caballo se distrae porque una mariposa le ronda la cabeza, es una mariposa blanca, de motas amarillas, hermana de otra mariposa de California, el hombre del metro de Paris sigue leyendo todo esto en el periódico mientras el tren veloz atraviesa los túneles, va leyendo las escapadas de la ardilla, las huidas del pez en el mar de los Sargazos, cómo se desliza mi lápiz por el cuaderno y cómo las figuras van quedando ahí extendidas, simultáneas.”

José Julio Perlado

(del libro ”Relámpagos” ) ( relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

(Imágenes— 1- Howard Hodgking/ 2- Mark Rothko- 1948)

LA VIDA, LA ESPERANZA

“La vida es un don — siempre lo he pensado así— y hay que aprovecharlo hasta el final, aprovecharlo en cada momento, hay que rendir y entregar las disposiciones que uno tiene, hacer rendir aquello para lo que uno cree que ha recibido unas aptitudes y cree que vale para ellas. Por otro lado, la vida nunca es trágica; sí, en cambio, dramática, en el sentido de que encadena una serie de tensiones y conflictos (si no, no sería vida), pero teniendo en cuenta que ante cualquier conflicto, sea el que sea, siempre hay salida, siempre hay esperanza. Incluso ante el conflicto final que cierra toda una vida siempre detrás está la esperanza. Esto no responde simplemente a una visión optimista de la vida, sino a una creencia firme en la esperanza. Siempre hay salida. Un excelente dramaturgo francés, Jean Anouilh, se acercó a esto muy bien en el prólogo a una pieza suya, ” Antígona”. Allí, al presentar a su heroína trágica, decía: «Piensa que va a morir, que es joven y que también a ella le hubiera gustado vivir. Pero no hay nada que hacer. Se llama Antígona y tendrá que desempeñar su papel hasta el fin…». En ese «no hay nada que hacer» reside la tragedia. Antígona no tiene escapatoria. Pero la vida, como digo, no es trágica, cada día esconde y muestra pequeños o grandes conflictos que hemos de resolver lo mejor o peor que sepamos y que a veces nos pueden llenar incluso de angustia, pero para ellos siempre hay salida, siempre hay esperanza. En eso reside el drama. A la vez, al preguntarme qué me parece la vida, me viene a la memoria una frase de Bécquer en sus Rimas que quizá pueda ayudarme para dar una respuesta. Es una frase que siempre recuerdo. Bécquer escribe: «Al brillar un relámpago nacemos, y aún dura su fulgor cuando morimos: ¡tan corto es el vivir!». Esta frase es una completa realidad. Muchas veces la tengo presente. Una gran realidad. Pero en medio de ese intenso y rápido relámpago que es toda existencia, al menos para mí, hay una serie de relámpagos menores, también intensos, que iluminan de repente toda una escena y que nos dan el sentido de las cosas.”

José Julio Perlado

(páginas 217- 219 de ”Los cuadernos Miquelrius” ) ( editorial Funambulista)

(Imagen- Chihanu Shiota- 2016)

LIMPIAR LA CASA

Empezó por el comedor. Había unos cristalitos pequeños, del tamaño de una almendra, quizá menos, una especie de palabra brillante y puntiaguda que sobresalía debajo de la alfombra, y que él, al inclinarse, consiguió leerla. Ponía ”agobiada”, pero estaba ya muy desvaída, muy estropeada aquella palabra. La palabra “agobiada”, cuando ella la había arrojado quince días atrás en el vendaval de la discusión matrimonial, no había ido sola, había llevado encima todo un insulto, pero tampoco un insulto completo sino una punta de desprecio; ella, con los labios, había forzado un raro mohín amargo mirándole, a la vez que se olvidaba de todas las cosas buenas que habían vivido juntos, afilaba en cambio las puntas de aquella palabra para que le hiriera bien a él, le diera en toda la cara, le hiciera daño al cruzar la habitación y la palabra “agobiada” casi le aplastara. Él, que ahora seguía limpiando el comedor de trocitos de palabras que estaban perdidas y desperdigadas entre los muebles, palabras que habían sido arrojadas en momentos crispados y que ahora no eran aún palabras arrepentidas, porque a las palabras arrepentidas y perdonadas se las conoce bien, les suele crecer, gracias a besos, caricias y disculpas, una suerte de musgo amarillo muy bello que aparece en los cantos y de esta manera le salen como brotes de flores en el aire, pero éstas no, éstas aún no estaban arrepentidas y eso se les notaba enseguida al tocarlas, seguían hiriendo con la agudeza de sus cristales. Pero él continuaba limpiando y limpiando de palabras aquel comedor antiguo y tan vivido por los dos puesto que los dos habían decidido alquilar pronto aquel piso y no querían que quedara huella alguna de cuanto allí había sucedido, tanto los enfados como los reencuentros, pero sobre todo limpiar bien la revelación de las palabras que habían quedado enganchadas en los marcos de los cuadros, en la mantelería y hasta en los cubiertos. Especialmente en los dobleces de las cortinas habían quedado atrapadas como moscas palabras que decían ”hastío”, ”aburrimiento”, ”rutina”, y cada una conservaba el matiz con el que se había pronunciado, a veces el rencor, a veces la decepción.

Y así estuvieron, limpiando palabras todo el día hasta que resplandeció el piso tan radiante.

José Julio Perlado

( Imágenes— 1- Tommy Hilding- 2017/ 2- Stanislaw Yulianovich Zhukovskyow/ 3- Carl Holsoe)

LOS NIÑOS DE LA GUERRA

¿Qué recordarán los niños de la guerra? ¿De qué se acordarán? ¿Se acordarán cuando tenían que levantar el pie sobre la nieve para cruzar las vías destrozadas, agarrados a sus muñecos, agarrados a las manos de sus madres, siguiendo la ruta de las maletas, de los bultos, obedientes, determinados, porque así se lo ha dicho su madre a cada uno al salir, ”Tú sígueme, hijo mío, no te separes de mi abrigo, no te entretengas, anda deprisa, no te caigas, y si te caes me miras y te levantas, sigues, sigues siempre, ahora tu madre no te puede atender, vete siempre detrás de mi abrigo, luego comeremos, hoy vamos a dormir cuando lleguemos, pero no me preguntes, no me preguntes continuamente cuánto falta, yo sé cuánto falta, tu madre sabe cuánto falta, siempre te he dicho la verdad, falta muy poco, muy poco, pero hay que andar, hay que cruzar todo esto, y luego cruzaremos aquello, y luego aquel otro sitio un poco más lejos, ¿no ves a todos esos niños como tú que caminan deprisa, callados, obedientes?”.

No sé si los niños de la guerra se acordarán de todo esto. Los que son un poco más mayores y avanzan ahora sobre la nieve —-si alguno llega a ser pintor, dibujante o escritor—pintará, dibujará o concebirá un poema en que se vean las caras demudadas y los ojos llorosos bajo los gorros y las capuchas, pintará o dibujará las manos tendidas hacia el plato caliente, la extensión de las mantas en el suelo de los refugios, el resplandor y el trallazo de los bombardeos, el tronar oscuro de los aviones, pero otros, ahora más pequeños, sinplemente andan y andan tras el abrigo de su madre, llevan en la cara los besos pegados de su madre, achuchones continuos, porque en la paz y en la guerra los achuchones de las madres son constantes, las madres nunca los cuentan, nunca se ha sabido el número de besos que puede dar una madre, es número secreto, inclasificable, eterno. Desde que a una madre le colocan encima de su vientre, entre las sábanas, a su hijo recién nacido le llueven los achuchones y los besos, diluvio universal de besos que le acompañarán toda la vida.

Besos y lágrimas. Coraza de besos que llevan estos niños en las mejillas mientras cruzan la nieve detrás de los abrigos, procurando no caerse, seguir, seguir, seguir, llegar al refugio, al túnel, tumbarse, dormir.

No sé qué recordarán estos niños de la guerra.

Algún día alguno nos lo escribirá, nos lo dibujará, nos lo contará.

José Julio Perlado

(Imágenes— 1- Eugene Smith/ 2- André Fromont- 2010/ 3- Carter Bresson- 1945)

LOS CUADERNOS MIQUELRIUS


Un nuevo libro siempre es una alegría.

Para el autor y, espero, que también para los lectores. Aparecen estos días mis Memorias bajo el titulo ”Los cuadernos Miquelrius”. Es el recorrido de una vida, los encuentros con tanta gente en tan variados países, las inquietudes del autor sobre el proceso creador, sobre la intimidad, la belleza, el asombro, la contemplación, el trabajo y el descanso, la curiosidad, los sueños, la enseñanza y la divulgación, la infancia y la madurez, el esfuerzo y el silencio. Preguntas y respuestas de muchos creadores del mundo. Muchos de estos textos los conocen los lectores de ”MI SIGLO”.
Ahora están reunidos en libro.

Sí, un nuevo libro es siempre una alegría a compartir con todos.
José Julio Perlado

EL COLOR DE LA FANTASÍA

“… Ahora la lluvia se convirtió en aguanieve, caían cristales del cielo sobre las losas, cada cristal iba envuelto en un papel de nieve, el papel se deshacía en los charcos y un sabor dulzón a fresas, limón y mandarina lo fueron sorbiendo los insectos, y las hormigas se lo pasaron las unas a las otras bajo aquel aguacero, jamás he visto nada igual, que lluevan tantos sabores del cielo, no es lógico que caigan caramelos del cielo, pero a la vez, yo, como director de cine que soy, me acuerdo de que Vittorio de Sica hizo volar en ”Milagro en Milán” a los personajes, ¿y por qué no voy yo a hacer lo mismo?, el cielo es mío, sí señor, porque para eso hay plásticos en Cinecittá, y si no se inventan, los americanos nunca tendrán la fantasía de los europeos, es una fantasía distinta, los americanos emplean los caramelos para endulzar el final de sus películas, ni un sabor amargo, no se atreven, creen que el beso final es el que llena las salas de satisfacción mientras se pone la gente los abrigos, y la vida no es eso, la vida es beso, monotonía, superación, pero la vida también es lágrima, lucha, brevedad y olvido, por ello quiero buscar la fantasía, filmar la fantasía, el color de la fantasía, por ejemplo en el Trastévere, imaginemos el Trastévere tapado con sábanas, las sábanas son reales, habrá que comprar kilómetros de sábanas, y, por ejemplo, poner a costureras y cortadoras en sillas muy rústicas, de esas que hay en Sicilia, en el campo, y en cambio las costureras tirando del hilo siempre al mismo compás y con diademas refulgentes en los moños, como peinetas españolas. Estamos tapando el Trastévere dirán, y esa secuencia de mi película es brevísima, porque con dos manos recogen en dobleces las sábanas y van tapando balcones, uno, dos, tres balcones, pero una de las sábanas se levanta, todo el Trastévere está tapado, y ahí se me ve a mi filmando,

Al público le encanta siempre la fantasía y el color, y hay un color dentro de la fantasía que no ha visto nadie, ni siquiera yo lo he visto, un día me subí a una de las colinas de Roma, estaba la loba amamantando a sus cachorros, me agaché debajo de su vientre, había un gran portón verdoso y detrás la hilera de un jardín, ni siquiera por el ojo de aquella cerradura logré ver el color de la fantasía, sí, podía servirme aquello para una secuencia, era la finca Rúspoli y por el ojo de aquella cerradura que pestañeaba constantemente se veía el gran palacio, y detrás el Foro, y detrás el Vaticano, y detrás el cielo. Pero, ¿y el color de la fantasía?, me pregunté, ¿dónde está? La cerradura me guiñaba un ojo como diciéndome: aquí no la vas a encontrar. El color de la fantasía no aparecía por parte alguna, sí, existía el coqueteo de la cerradura, era una cerradura antigua pero con cirugía estética. “Te dejo ver”, me decía el ojo de la cerradura entre sus pestañas, “ mira Roma entera, mira Italia entera, ¿pero a qué aspiras?, ¿ no querrás ver el color que tiene la fantasía?, no, eso que tú buscas, aquí no lo encontrarás.”

José Julio Perlado

(Imágenes- 1- Trastévere- adiobe stok / 2 y 3- Roma)

KIEV, ARTE, LITERATURA Y DANZA

Tres momentos sobre Ucrania, tres momentos sobre Kiev:


Por suprematismo -explicaba Kasimir Malevich, nacido en Kiev en 1875–, entiendo la supremacía de la pura sensibilidad en el arte. Cuando en 1913, en mi tentativa desesperada de liberar al arte del peso inútil del objeto, buscaba refugio en la forma del cuadrado y exponía un cuadro que no representaba sino un cuadro negro sobre fondo blanco, la crítica se lamentó y con ella el público, diciendo: ” Todo cuanto amábamos se ha perdido: estamos en un desierto; ante nosotros se alza un cuadrado negro sobre fondo blanco”… El acenso a la cima del arte no figurativo es penoso y lleno de tormento… pero también satisfactorio. Las cosas habituales retroceden cada vez más; a cada paso que se da, los objetos se alejan hasta que, finalmente, el mundo de las nociones habituales, en el que sin embargo vivimos, se deshace completamente. Basta de imágenes de la realidad, basta de representaciones ideales: sólo el desierto. Pero este desierto está penetrado del espíritu de la sensibilidad inobjetiva que lo llena todo.”

De Gógol, nacido en tierras de Ucrania, Nabokov dibuja este retrato: ”el largo pero bien cepillado cabello está partido en el lado izquierdo. El acicalado bigote corona los desagradables labios. La nariz es grande y puntiaguda , en armonía con los angulosos rasgos del rostro. Un sombreado oscuro que recuerda al que solía rodear los ojos de los románticos personajes de las viejas películas cinematográficas confiere a su mirada una expresión hundida y ligeramente ”obsesionada”

En su ”Vida de Nijinsky’’, nacido este gran bailarín en Kiev, Francoise Reiss recordó que ”poseía sus cualidades más sorprendentes por su técnica, por la elevación, por la interpretación, por su facilidad de expresión extraordinaria y por la potencia de su transfiguración escénica. Pero sobre todo por el resultado de su armonía personal y el conocimiento de su oficio, por su gracia y su poder de seducción.”

Tres momentos de Kiev, tres momentos de Ucrania en estos días de guerra.

José Julio Perlado

(Imágenes— 1- Malevich — deportistas -1931- museo estatal ruso- wikipedia/ 2- Gógol- wikipedia/ 3- Malevich – el afilador de cuchillos -1912- yale universty gallery -Wikipedia/ 4- Leon Bakst – Nijinsky ” La siesta de un fauno” – 1912- wikipedia)

EL LENGUAJE DE LOS PAÑUELOS


Cuando se recuerdan los años que lleva la Plaza de las Ventas en Madrid parece que nos hablaran de algún modo el ruedo, los tendidos, las barreras, las gradas y los palcos. También los pañuelos: el blanco, para dar a conocer el comienzo del espectáculo, la salida de los toros, los cambios de suertes, los avisos y la concesión de trofeos; el pañuelo verde, para indicar la devolución de la res a los corrales; el pañuelo rojo, para ordenar que se pongan a la res “banderillas negras”; el pañuelo azul, para señalar la concesión de la vuelta al ruedo de la res. Y el pañuelo naranja, para permitir el indulto de la res.

Los pañuelos se cruzan sobre esta plaza de Las Ventas de tendencia mozárabe, que tiene incrustaciones de cerámica representando los escudos de todas las comunidades españolas y otros motivos puramente ornamentales. Los sesenta metros de diámetro del ruedo y el ancho del callejón de dos metros y veinte centímetros se abre al alero distribuido en diez tendidos coronados por gradas, palcos y andanadas. Aquí ha habido tardes de escalofrío, de espectáculo y de arte. Público para todos los gustos. Taurinos y antitaurinos. Por una de las cinco puertas del ruedo han aparecido los alguacilillos, por otra han iniciado el paseíllo y han salido al ruedo los picadores para la suerte de varas. Y en lo alto, a media tarde, entre torero y toro, se han cruzado siempre los pañuelos con sus mensajes.

José Julio Perlado.

(Imágenes—. Francisco de Goya – escena de toros- 1824- museum syindicate)

EL CASTIGO EN EL COLEGIO

“Yo sé que esta noche, al acabar las clases en el colegio, he de esperar a que todos salgan e irme cerca del comedor, al rincón del claustro por donde veo subir y bajar las hormigas, la fila de hormigas fluye como un río de sus agujeros, van del suelo a la ventana y de la ventana al suelo, es una cinta corrediza, como una correa industrial que se generara a sí misma, vienen y van las mismas hormigas de un agujero a otro agujero, nadie, ni siquiera Santoyo, que es el que más sabe de matemáticas, que tiene una calculadora dentro de la mente, José Miguel Santoyo, el mejor matemático de la clase y el hombre que un día será ministro de Hacienda y de Economía, nadie, ni siquiera Santoyo, podría contar cuántas hormigas hay en esta pared, ni él sabría multiplicar las patas, restar cabezas, sumar bocas que trasladan alimentos de un sitio a otro incesantemente, es el mundo insignificante y minúsculo que procrea y produce, trabaja, almacena, exporta, aparta, entierra, se disciplina a sí mismo. Y de repente, estoy siguiendo la vida de este mundo, y se apaga la luz. No es que la luz se haya apagado del todo, es que han reducido la potencia de las bombillas del pasillo, de pronto no veo a las hormigas, estoy con los brazos cruzados, castigado, mirando fijamente a la pared. Es lo que mi compañero de clase, Enzo Lizzotti, el que será un día piloto de carreras, llamaba “ castigo kafkiano”, él no había leído nunca a Kafka. yo tampoco lo había leído, entonces ¿ por qué lo llamaba así? Pues no lo sé. Solo sé que ahora son las ocho y media de la tarde, me han castigado tantas veces que sé que a las ocho y media en punto se debilitan las bombillas de los pasillos, el silencio crece, el colegio es una fortaleza inmensa y vacía de alumnos, las pisadas resuenan. Sólo estoy yo y mi castigo.

Entonces, aunque no me daban miedo las pisadas del hermano Belarmino cuando se acercaba hacia mi, aquello era tan impensable y a la vez tan calculado que cuando yo sea director de cine, si alguna vez consigo serlo, quisiera rodar esa secuencia del castigo pero la rodaría en blanco y negro y no en color. Porque es una experiencia que quiero hacer: la existencia esconde multitud de colores, incluso la infancia, sobre todo si la ruedan directores orientales con la variedad de tonos en las sedas del día y en donde un niño castigado en el pasillo de un colegio puede verse no solo de rojo y de añil en su aspecto exterior, sino también mostrar el interior de sus pensamientos, sus miedos, su soledad, los tabiques de aquel largo pasillo y a la vez las habitaciones de la mente infantil cuando está siguiendo la procesión de las hormigas y aguarda el fin del castigo con los brazos cruzados.

Sí, si un día soy director de cine, que no sé si un día lo seré, rodaré esa secuencia en blanco y negro, contaré todo lo que estaba pensando ese niño que soy yo mientras oigo acercarse las pisadas del hermano Belarmino que vienen hacia mi.”

José Julio Perlado

(Imágenes— 1– Louise Bourgeois/ 2- Jasper Johns)

CAZAR, MORIR, FANTASÍA ( y 2 )

Singular fenómeno. ¿Qué esperan las gentes? ¿ Engañarse- recordar- distraerse- enterarse- huir- soportar- intervenir- olvidar- rebelarse- proseguir- variar-acostumbrarse? Difícil conocerlo. Se cena lentamente, los ojos vacíos. Al otro lado de la mesa caen bombas, llamaradas, bombas que atraviesan sólo el televisor. Ni un gemido, puesto que nadie escucha gemir, nadie mira: sólo se ve gemir, se les oye. Se cena lentamente, los oídos tapados. Asombro alguno puede causar asombro. Subir a los cielos, bajar a los infiernos. La historia aburre; únicamente abre el apetito de la curiosidad. Con la curiosidad se hacen juegos de diálogo, collares de rumores, cintas de murmuración. Apoyada la nuca en el sofá, se entrecierran los ojos. Es el fondo del día, el fin, el poso. Verdades mezcladas con mentiras, ya que la verdad se soporta tanto que basta un encogerse de hombros. Es como otra mentira. La falsedad sola, aburre: tiene que parecerse en algo a la verdad.

Es el girar de la ruleta mágica. ¿Quién se atreve?¿ Quién dice entera, desnuda, frente a frente, la verdad? ¿Quién acepta escucharla, ”su” verdad, no esas verdades que se repiten siempre, contundentes y ajenas, que cubren las vergüenzas de cada mentira?

Acaso muchos hombres consigan existir sin detenerse ante el espejo de su verdad, y estremecerse al ser reconocidos. Existir, trabajar, comer, cenar, dormir; no escucharse jamás, no asomarse a mirar fijamente dentro de sí mismos.

Mientras alguno quizá escuche y mire antes de morir, a todos aquellos que sólo vio y oyó sin saber si eran muertos o vivos. Si lo hace, en ese instante al menos, habrá vivido.

Juego de luces, juegos de fuego, realidad y ficción, ¿ la inventiva? , ¿ lo auténtico?, el camino espectacular de la media mentira veraz y la verdad falseada y recreada, va ensanchándose.

Es la hora en que se levanta la nuca de la butaca, perezosamente se apaga el televisor. Ya no caen bombas en el mundo. Un mundo silencioso, pacífico. Es la hora en que el hombre del lápiz toma su tercer martini, el hombre del pelo ensortijado mide esa pegada de poder de Manhattan como si buscara a su enemigo, es la hora de los estampidos de imagen, de los estallidos fantásticos. Hora de invención de sueños en los que no se sabrá nunca si se ha soñado la verdad y el despertar es la mentira. Dentro de unos segundos, por esa puerta de la habitación, entrará a por inmundicias ese animal carnívoro de delgado tronco, cabeza prolongada, hocico muy corto y puntiagudo, ojos de tono amarillento, con la pupila circular. Ese pelaje denso y áspero, de tono grisáceo, rozará lenta, feroz, salvajemente, el rostro del dormido. A la mañana siguiente, cuando se encuentre el cadáver de este hombre, cuando al fondo de las plazas invisibles, se huela el rastro que ha dejado la manada, nadie podrá saber si el chacal zorra y lobo es mentira o verdad, historia o novela, realidad o sueño. Si ese chacal que ha dejado este dormitorio lleno de inmundicias comiendo carne de los muertos, ha venido por aquí o no ha venido.”

José Julio Perlado

(Imágenes— 1- Park se vo- 1992/ 2- Truman Capote ante la tumba de los Clutter- 1967- Foto Bob Adelman / Corbis/ 3- Norman Mailer- wikipedia)