HISAE Y EL POETA BASHŌ


“Por aquellos años se estaba trasladando  la Corte  desde  Kyoto a Edo, que siglos más tarde se llamaría Tokio, y se percibía el enorme trasiego de carruajes y el ir y  venir de ropajes y de  vidas. Todo aquello, en cierto modo, lo estaban reflejando a su manera los artistas y Hisae Izumi los admiraba, se iba con ellos  a caminar, sobre todo con los llamados  artistas itinerantes  y recorría de norte a sur Japón, y puede decirse que aquel siglo XVll, al margen de los acontecimientos políticos y sociales que fueron muchos, quedó definido como el gran siglo de los caminantes. Iban muchos de ellos en fila, otros en grupos, algunos se detenían, conversaban, admiraban las pinturas y las decoraciones. Ni siquiera el gran incendio de Meireki, a mitad de siglo, en 1657, que duró tres días y devastó Edo causando la muerte de 100..000 personas, distrajo a las  columnas de caminantes que en aquellos momentos se encontraban  por cierto muy lejos de la ciudad, en el norte del país. Hasta allí les llegó el rumor de que todo el fuego del enorme  incendio  de Edo se había iniciado por un viento extraño que  había avivado las llamas de un kimono femenino quemado  por considerarlo maldito. No se sabía si aquello era verdad o leyenda, pero alguno se quedó sobrecogido. Lo cierto era que las largas filas de caminantes estaban más ocupados  en sus recorridos que en las luchas  políticas y militares del país. Viajaban generalmente a pie, algunos —muy pocos — a caballo o en palanquines. Eran comerciantes, monjes, antiguos  samurais que en el pasado habían luchado en muchas guerras y que ahora se sentían atraídos por la meditación y por el  arte. En uno de aquellos viajes  Hisae se sorprendió  al descubrir la figura de un hombre  de unos cuarenta años, un hombre de pequeña estatura, vestido con una túnica sencilla, apoyado en un bastón, y que marchaba solitario y con los pies descalzos. Le llamó la atención su soledad y su silencio y que avanzara absorto y con los ojos atentos a las más pequeñas cosas que iba encontrando en la naturaleza. Se detenía, por ejemplo, ante una flor, luego seguía el vuelo de un pájaro, después se quedaba ensimismado con el fluir del agua. “Es un poeta,—- le comentó alguien que lo conocía  bien —, un gran poeta.Y a la vez un gran viajero. Ha recorrido muchas veces andando todo el país Se llama Matsüo Bashö.”

No podía Imaginar Hisae todo lo que aquel personaje iba a influirle en su vida.. Casi desde el momento en que lo conoció comenzó  también a olvidarse de él, porque en principio le asombró pero no le interesó demasiado, pero cuando años después, en 1680, en una tarde en que Hisae  paseaba cerca del río  Sumida, no lejos de Edo, lo volvió a encontrar sentado a la puerta de una pequeña cabaña, enseguida lo reconoció como el mismo personaje de entonces, ahora algo más enflaquecido, cubierto con una túnica sencilla y con los pies descalzos, y que estaba escribiendo.

Hisae se acercó a él y le recordó  que hacía mucho tiempo le había visto  en una de aquellas caminatas por el norte del país y cómo se le había quedado grabado  su ensimismamiento ante las flores y los pájaros. “Yo sigo siempre el camino de las flores y los pájaros —-dijo sencillamente  Bashō sentado en su cabaña — y también el camino de las rocas y las aguas, de la lluvia y la luna.” Aquellas primeras  palabras serían el principio de un largo coloquio entre los dos que en gran parte ella quiso recoger en sus Memorias : “Me senté aquella tarde junto a él en la puerta de su pequeña cabaña, — escribió Hisae — y empezamos a hablar.  Bashō fue  el hombre que me desveló muchos aspectos de la vida. Por ejemplo, el secreto del caminar, pero no sólo del caminar corriente sino del caminar poético..”Yo viajo — me dijo  aquella tarde  Bashō—, únicamente con sombrero de bambú, un bastón de  caña y una bolsa de algodón para mis víveres. Eso me es suficiente. El sol y la luna son también eternos caminantes como lo son las estaciones que vienen y van, año tras año. No recuerdo cuándo —me  añadió Bashō —, pero en algún momento concebí el deseo de una vida errante, de entregarme al destino de una nube solitaria arrastrada por el viento. De esa forma cada año que se acerca a su final, mi espíritu viajero resurge otra vez con gran fuerza.. Es como si me persiguiera un ser sobrenatural cuya tentación no puedo resistir. La paz  entonces  abandona mi corazón — siguió diciéndome  Bashō —,remiendo rápidamente mis polainas, renuevo los cordones de mi sombrero y después de dejar  mi caballo a un amigo emprendo el viaje hacia el norte con mi corazón lleno de la luz de la luna.”.

José Julio Perlado

(del libro ”Una dama japonesa”)

(relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

( Imágenes— 1-Yayoi Kusama – 1991- museo de Tokio/ 2-pájaro singular japonés /3-Aku Maki)

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