EL INCONSCIENTE LO HACE TODO

 

 

“Escribir narrativa – dice Martin Amis enEl roce del tiempo” – es menos mental y más fisiológico de lo que generalmente se piensa: una vez se empieza, las decisiones y los cálculos, las cuestiones de la razón, apenas interfieren. Me llevó años descubrir cuán verdad es esto. Cuando era más joven, me topaba con alguna dificultad en el proceso narrativo y me devanaba  los sesos durante horas e incluso días. Ahora me siento compelido a levantarme de la mesa y coger un libro y no vuelvo a la mesa hasta que mis piernas me llevan a ella. Cuando lo hacen, veo que la dificultad se ha resuelto.  Es el inconsciente el que lo hace. El inconsciente lo hace todo.”

”La inspiración para una novela puede venir de una frase, una  expresión, una imagen, una situación.  Pero los novelistas no son poetas. Son trituradoras. Lo que me hace subir al estudio es una sensación en la parte de atrás de la garganta  —me pasa igual con el deseo del primer cigarrillo —. Escribir es un proceso más físico de lo que se suele creer. Es como si la mitad del tiempo te vieras mudo e incapaz de incumplir las órdenes  del cuerpo.”

 

 

(Imágenes – Isidro Ferrer/ 2- Laziz Amani)

EN TORNO A LA BARBA

 

 

“Muchos consideran todavía el pelo como testimonio de virilidad, y la virilidad es una de las ambiciones más hondas del hombre – escribe Alberto Savinio – . Mi infancia se vio adornada por espectaculares barbas.  Barbas mosaicas y barbas de sátiro, barbas de devorador de fuego, barbas diplomáticas en abanico, y militares barbas cuadradas, dóciles barbas de ramos de sauce y  barbas de brochas divergentes. Recuerdo los cuidados asiduos, amorosos, que el hombre dedicaba a la barba, lavándola, dándole masaje, cepillándola, dándole aspersiones de lociones perfumadas, peinándola y, finalmente, exponiéndola al sol en la ventana para secarla por arriba, por abajo y a ambos lados.

 

 

Recuerdo los gestos que hacían para devolver el orden a la barba desordenada, fluidez a la barba revuelta; recuerdo los revoloteos de la mano ágil en torno a la barba, ciertos jugueteos de los dedos con los anillos de la barba, un cierto escurrirse de la barba mano adentro, como en un tubo, un cierto voluptuoso rascarse los pelos de la barba bajo la mandíbula, un cierto frotar la barba con la servilleta después de la sopa en caldo y los manjares en salsa; recuerdo el peine de bolsillo que el hombre barbudo sacaba de vez en cuando de su estuche ( envainado, el peinecillo descansaba en el bolsillo superior del chaleco ), ya fuera para replegar la barba sobre el pecho, ya para darle ímpetu por medio de repetidos pases del peine desde la nuez  hasta  la barbilla.

 

 

(…)  El hombre con barba es “más rico en voces”,  más “personaje”, más ‘tipo”, más “misterioso” – sigue diciendo Savinio  (…)  El hombre  llevaba un pequeño bosque en el rostro ( y cuánto mayor era la profunda expresión de la boca, que se abría en medio de la barba, cuánto más impresionante el relucir de los ojos sobre toda aquella tupida pelambre, como ojos que mirasen por encima de un bosque).”

 

 

(Imágenes- 1-Rubens/ 2- Ezra Pound – foto Henri Cartier Bresson – 1971/ 3- Rembrandt/ 4- Anton Chejov)

EN LA NOCHE DE LOS LIBROS

En la noche de los libros abrimos la puerta de la gran habitación donde Alberto Manguel acaba de reordenar todos sus libros. “Algunos libros – nos dice – se remontaban a mi adolescencia, incluso a mi infancia. Hay libros que están conmigo desde que tengo cuatro o cinco años. No me iba a acostar, me quedaba hasta las dos de la mañana, me levantaba a las seis, me olvidaba de comer; aquí estuve, durante tres meses, en un mundo aparte. Terminé de ordenar la biblioteca el día que volvió Craig. Iba a poner música y estaba a punto de escuchar a Wagner. Preparé la primera parte de Tannhäuser y puse a andar la música en el momento en que entraba Craig. Quedó deslumbrado. Ver la biblioteca  ya causaba una impresión fuerte, pero verla con todos los libros en su lugar, con, además, una música fastuosa, era absolutamente maravilloso. La noche que terminé de ordenar los libros, dormí en la biblioteca, en el suelo. Sentía que era necesario apropiarme del lugar. Era una conclusión y también un comienzo. Sentí que de ahí en adelante iba a trabajar de otra manera.

Empezar a escribir y leer de otra manera. A otro ritmo, con mucha menos angustia en relación con lo que no conocía, lo que no había leído, lo que no había hecho. Tuve una conciencia mucho mayor de lo que me quedaba de tiempo y de espacio (…)  Pienso que uno crea con los libros un lazo vivo. Por amistad, por respeto a ellos, quisiera abrirlos una vez más. Los criadores de  abejas dicen que, cuando un apicultor muere, alguien debe ir a decirles a las abejas que su criador ha muerto. Querría que alguien hiciera eso con mis libros.”

(Imágenes – 1-biblioteca personal  de Alberto Manguel – studio bibliografico apuleio/ 2-libros de juegos de manos – Flickr/ 3- Vanessa Bell)

EL CUENTO DE LA O

 

 

“Este señor que sale ahora de su casa con el sombrero puesto, el abrigo gris, un poco cargado de espaldas, los lentes redondos y el paso corto, este señor de ligera perilla blanca en el mentón afilado, el brazo derecho que surge del gabán sosteniendo una carpeta con gomitas, este señor que mira a todos lados antes de cruzar, tiene indudablemente prisa porque ha de escribir un cuento. El cuento se le ha ocurrido esta madrugada estando entre las sábanas. Es un cuento sobre la O. Se le ha ocurrido esta mañana entre seis y seis y media, ha visto perfectamente la O de su niñez, una O colgada de su cuna que su madre le puso para entretenerle, una O de campanillas y de encajes, una O azul que era a la vez sonajero. Pero como este señor tiene ya cincuenta y un años, en el momento en que ha querido alargar la mano y tomar esa O de su cuna para recrearla y para contemplarla, pues no ha podido, porque antes ha tenido que hacer el ejercicio literario que hace todas las mañanas, un ejercicio de recuerdos, y aunque es escritor y hace gimnasia por las mañanas con las vocales y las consonantes y suele hacer flexiones con las interrogaciones y las normas de puntuación, su edad biológica  – más que su edad literaria – le juega estas malas pasadas, y como hacía frío en su habitación, se ha quedado mirando a la O colgada de los recuerdos de su cuna sin moverse de su cama de adulto, de su cama de soltero.

Porque este señor es soltero. No ha querido casarse por su amor a la literatura, y en eso se ha equivocado. Él creía que con la literatura no tendrían para comer dos personas y sólo podría comer una, y en eso sí ha acertado. Este señor casi no ha comido ni cenado bien en toda su vida. O ha cenado, o ha comido, pero nunca ha hecho bien las dos cosas. El resto del día lo ha dedicado a escribir cuentos. Tiene una medida para los cuentos, para calcular su extensión, es un metro que él lleva cuidadosamente enrollado en el bolsillo derecho de su pantalón, ahora no podemos verlo, porque este señor, mientras estamos hablando de él, mientras estamos dibujándole y contando su historia, ha salido de casa, ha levantado la mano y ha llamado de pronto para que se detenga poco a poco un autobús en la parada. En un descuido se ha subido al autobús. Hay que tener cuidado con los descuidos en los cuentos. Como este señor es despistado y a la vez no controla los descuidos, casi nos deja aquí, en la calle, y se escapa en ese autobús al que por fin hemos alcanzado, hemos subido detrás de este señor, ahora vamos – el señor y nosotros – buscando un asiento vacío —, mejor, dos asientos. Al fin, al fin los encontramos. Ahora vamos sentados los dos de cara al porvenir, nosotros y este señor, el señor pensando en el futuro de su cuento y nosotros procurando no rozar la manga del abrigo gris de este señor.

 

 

Este señor se llama Euclides García. El lo sabe, naturalmente, pero quienes no lo saben son sus lectores, porque este señor firma siempre con seudónimo. Al tener mucha imaginación para sus historias pero carecer de toda imaginación para sus seudónimos ha ido numerando perfectamente todos sus seudónimos, y el primer cuento que escribió lo firmó con el “Seudónimo 1”, el siguiente con el “Seudónimo 2” y así siguió muy seguro por toda la numeración hasta llegar a este cuento de “La O” que ahora está pensando y que habrá de figurar firmado como “Seudónimo 1.353”, ya que este señor es muy prolífico y muy fértil, tiene sus cajones absolutamente llenos de cuentos.

Los cuentos para este señor son como su vida. La O, que es el tema de su cuento actual, se le apareció  completamente azul – ya lo dijimos  – esta madrugada: una O azul como corona de infancia, una O de cuna y de seda que él estuvo a punto de alcanzar. Pero de pronto aquella O se desvaneció, estaba afeitándose un rato después este señor ante la luna de su espejo y no encontró ya la O de su niñez, el vaho del agua caliente le trajo en cambio el círculo húmedo de otra O de espuma en distinto lugar de su infancia , una O de aro, una O  de juguete, algo que se le solidificó enseguida en el cristal, y este señor – asustado y con toda la cara enjabonada y la perilla blanca como la nieve – se acercó para tocar aquella O de espuma redonda, pero la O huyó,  se puso en movimiento por el cristal, empezó a girar y a dar vueltas y acabó rodando hacia la playa de la memoria de este señor, la playa de su primer veraneo. Entonces este señor intentó seguir como pudo a aquella O en el espejo del cuarto de baño haciendo círculos con el dedo, procurando jugar al aro con sus recuerdos, y así salió detrás de aquella O por toda la playa hasta casa de sus padres, llevando siempre derecho su aro en el aire, entre las paredes del aire, guiando con gran habilidad su juguete hasta hacer aquella prestidigitación que él conseguía porque era ya aprendiz de escritor – se le veía que iba a ser escritor -, y la prestidigitación consistía en desdoblar la O en dos pequeñas O, dos ruedas iguales, y crear dos oes como dos ruedas de bicicleta y sentarse luego en la imaginación del sillín y apoyar las manos en el manillar, y hacer sonar el timbre de la fantasía – trín, trintín, trintrintín – e ir luego, ya sin manos, sobre esas dos oes de su bici y salir de casa de sus padres campo abierto, pedaleando sobre su pubertad y su adolescencia.

 

 

En todo eso es en lo que va pensando este señor sentado en este autobús que ahora mismo abandona, porque  ha llegado su parada y acaba de avisar al conductor para que se detenga. Ahora este señor baja con cuidado, da un saltito desde el estribo de la velocidad hasta la acera de la sorpresa, procurando, eso sí, no pisar las blandenguerías que suele tener la sorpresa, porque con la sorpresa nunca se sabe, y uno puede llevar pegada todo el día en las suelas de los zapatos la pegajosa inquietud de la sorpresa, ese húmedo desasosiego, esa hoja seca del caminar.

Y ahora cruza este señor con cierta rapidez las calles porque este señor va ya muy contento puesto que tiene casi dominado el tema de su cuento, o cree que lo tiene, y al tenerlo casi dominado sube de dos en dos los peldaños de las escaleras de su estudio, ese rincón donde él se refugia a escribir por las mañanas. Ya tiene – hace cuentas –  la O de su cuna, la O de su aro de niño, las dos oes de su bicicleta, y piensa que trabajando un poco, quizá puliendo el estilo, incluso puede que llegue a cobrar algún dinero por este cuento, y alcance incluso la cifra de oes o de ceros que soñó alguna vez y que nunca cobró, esas oes o ceros que él ha visto en otros autores y que suelen ir detrás del 1 por ejemplo, o detrás del 2, esa cifra  mágica del 1OO o del 10OO,  algo que nunca le han pagado por ningún cuento y algo con lo que aún sueña. Si eso ocurre, se va diciendo este señor sentado ya en su escritorio, quizá incluso un día me podría casar, colocar la O del anillo en el dedo de mi prometida, grabar por dentro de esa O dorada la petición y la fecha del acontecimiento e incluso tal vez atreverme a poner los labios en forma de O para dar la expresión redonda de un beso, algo que jamás he hecho.

Pero lo que le ha pasado sobre todo a este señor esta mañana – lo que aún no ha contado – es que se le ha desatado de pronto la inspiración. La inspiración le ha rodeado por completo en este estudio cuando él estaba solo y más tranquilo. Estaba este señor sentado, trabajando en su cuento – se había preparado un café y estaba revolviendo el azúcar de su taza, haciendo círculos de O con su cucharilla, es decir, dándole vueltas al tema de su cuento -, cuando la inspiración le ha rodeado por detrás , por su espalda, le ha envuelto, le ha llevado hasta la ventana y le ha empujado a mirar hacia abajo, hacia la calle, hacia la acera desierta. Alguien ha abandonado hace un rato  una corona de hojas marchitas en forma de O junto a su portal, un círculo de flores caducas dibujando la redondez de una O,  y a este señor,  al mirar desde la ventana fijamente esta corona, el corazón le ha dado un vuelco y se ha quedado estremecido,”

 

 

José Julio Perlado – “El cuento de la O” – (del libro “Relámpagos) – relato inédito

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

(Imágenes -1-Kristian Krogh / 2-Edward Burne Jones – 1886/ 3-Emily Bobovnikoff/4- Boris Ivanovich Kopylov)

UN VIOLÍN EN LA NOCHE

 

 

“Rilke contó un día la maravillosa historia siguiente: era la víspera de su partida de Rusia; estaba en un un hotel de San Petersburgo, en verano, durante esas cálidas  noches del Norte, de una claridad tan especial y en las que, a través de la noche, parece que la supervivencia del día se une al primer rayo del alba. Imposible dormir y, en la pieza contigua, oía caminar de un extremo al otro a su vecino, quien después de horas de ir y venir se ponía a tocar el violín. Una noche, después que Rilke había oído el ruido particular del violín al ser colocado sobre la mesa, se abrió la puerta y en el umbral apareció su vecino, a quien no conocía ; un  hombre joven, hermoso, delgado, con un uniforme muy ajustado y una rosa entre los labios  – una de las  figuras más románticas que se pueda imaginar -, que le dijo : “Como yo, usted no puede dormir, y tengo necesidad absoluta de contarle a alguien la historia de mi vida”, y le dijo que estaba enamorado de dos  hermanas, que no lograba saber exactamente de cuál de las dos estaba, y que tenía el oscuro presentimiento de que también  las dos hermanas  se hallaban en idéntica situación; que  como él, ninguna de las dos sabía cuál de ellas lo prefería y que, por consiguiente, sentía que iba a decidirse erróneamente y elegir infaliblemente a la que menos amaba.

Continuó así  durante tres horas;;  después se fue como había venido, y Rilke no lo volvió a ver más.”

 

 

(Imágenes-1-foto Petiton Rouen – the faience violín/ 2- Rainer Maria Rilke -wikipedia)

LAS “FAKES” O FALSIFICACIONES


 

“Las falsificaciones (o  fakes ) – explica Daniel Cassany en suLaboratorio lector” – son webs, ficheros o servidores que no son lo que parece: no pertenecen al autor indicado, dicen mentiras o datos inventados y pretenden engañarnos (…) La IFLA (Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecas ) propone estas ocho preguntas para determinar si una noticia es falsa : 1) ¿ Es fiable la fuente? 2) ¿Qué dice el texto, más allá del titular? 3) ¿Quién es el autor?  4) ¿ Son fiables los enlaces tradicionales? 5) ¿ En qué fecha ocurrió? 6) ¿Es una broma? 7) ¿ Qué sesgo tiene? 8)  ¿Puede confirmarla con otras fuentes?

 

 

Todavía son más graves las estafas, los engaños o las suplantaciones de identidad, que también podemos encontrar en la red, de la misma manera que pasan en la calle cara a cara — y por eso tampoco tiene sentido desconfiar de Internet más que del resto de las actividades —. Como norma general – sigue diciendo Cassany – conviene desconfiar de los internautas desconocidos y que no dan motivos claros y honestos para comunicarse con nosotros.”

 


 

(Imágenes-1- Raymond Waters -2008 -craig Scott Gallerie -artnet/ 2- Arnold Mesches – 1971-Robert Belman gallerie/ 3- Howard  Hogking)