CANTO DEL RUISEÑOR

 

 

“A quien más tardé en comprender. – escribía  el húngaro Béla Hamvas en “La melancolía de las obras tardías” – fue al ruiseñor. Los pájaros sólo se entienden metafísicamente, es decir, más allá del hombre. Desde donde los comprendieron Orfeo y San Francisco. Para entender al ruiseñor es preciso dar un pasito más. Los poemas de Wordsworth, de Shelley o de Keats dedicados al ruiseñor no acaban de responder a la realidad. Quien no conoce la paz no puede comprender al ruiseñor. Por eso, a un joven no le queda más que admirarlo. Sólo cuando se han apagado las pasiones  y han pasado por completo los años de las alegrías y los sufrimientos, sólo cuando uno no quiere ya nada de sí mismo ni  para sí mismo y apoya apaciguado la cabeza en la mano de Dios, sólo  cuando en el hombre se despierta la nostalgia por regresar definitivamente al mundo carente del yo, sólo entonces escucha qué canta el ruiseñor y por qué.

Su canto no contiene ni dolor ni sufrimiento, ni fuerza heroica ni risa ni triunfo. Nada de eso. Cuando el hombre ha superado la vida y ya no quiere nada, lo único que lo ocupa es esperar a que lo llamen y rezar. Ese rezo tranquilo, quieto y apaciguado de la espera es el canto del ruiseñor, esa melodía  de la espera cristalina de la muerte y del más allá, despedida de la hermosa tierra, del dulce arrobo de la vida, al cielo que lo deje entrar.”

(Imagen- ruiseñor )