«Si alguna vez llegáis a ver un rebaño de terneros
salvajes, desenfrenados por el capricho, o una horda loca
de potrancos bravíos en endiablados saltos
relinchando impelidos por natural calor de la sangre,
haced que llegue a sus orejas un toque de trompa
o de otro intrumento y los veréis pararse, cambiado
el fuego de sus ojos salvajes en mirada
mansa y absorta, por el arcano poder de la música.
Por eso el poeta contó que Orfeo arrastraba árboles
y piedras y flujos; y nada hay tan refractario y duro
cuya natura no cambie la música. Si hay alguien
que en sí no tenga sombra de música, ni le conmueva
un acorde de sonidos suaves, ese está dispuesto
a la traición, al fraude, al robo: son tenebrosos
los reflejos de su alma cual la noche y negros
como el Erebo: a tal hombre no se le da fe.
Escuchad la música».
(Shakespeare: «El Mercader de Venecia». Acto V, escena 1ª) (Alguna vez he aludido a este texto en Mi Siglo hace ya muchos meses)
Los poetas han cantado a la música y la música ha acompañado a los poetas. En páginas admirables de Ósip Mandelstam en su «Coloquio sobre Dante» (El Acantilado) se recuerda que «la densidad del timbre del violonchelo es la que mejor se presta para transmitir la espera y la dolorosa impaciencia. No existe en el mundo una fuerza capaz de acelerar el movimiento de la miel que mana de un tarro inclinado. (…) El violonchelo retiene el sonido, por más prisa que tenga. Pregúntenselo a Brahms, él lo sabe. Pregúntenselo a Dante, él lo oyó».
Poco hay que decir más. La correspondencia de las artes comunica las aguas subterráneas de estos amores de la poesía por la música y de la música por la literatura.
(Imágenes: 1.-«Flute player», por Trinh Tuan, 2004.-Raquelle Azran.-Vietnamese Contemporary Fine Art.-Nueva York.-Tel Aviv-artnet/ 2.-«Traditional Music», 2005.- por Nguyen Xuan Tien.- Gallery Aibo Fine Asian Art.-Purchase.-Nueva York.-artnet)
Yo que soy un intruso en los jardines
que has prodigado a la plural memoria
del porvenir, quise cantar la gloria
que hacia el azul erigen tus violines.
He desistido ahora. Para honrarte
no basta esa miseria que la gente
suele apodar con vacuidad el arte.
Quien te honrare ha de ser claro y valiente.
Soy un cobarde. Soy un triste. Nada
podrá justificar esta osadía
de cantar la magnífica alegría
-fuego y cristal- de tu alma enamorada.
Mi servidumbre es la palabra impura,
vástago de un concepto y de un sonido;
ni símbolo, ni espejo, ni gemido,
tuyo es el río que huye y perdura
J.L. Borges, ‘A Johannes Brahms’
in La Moneda de Hierro (1976)
…»nada hay tan refractario y duro
cuya natura no cambie la música».
Aunque luego resulta que sí, que hay hombres inconmovibles, dados a la traición… De ahí la desesperanza de algunos días.
Abrazo algo pesimista, en el día de hoy, y agradecido, siempre.