GEORGE STEINER (1) : SUS PASIONES

 

 

 

“Mis primera pasión es la música. Que es, con las matemáticas, la única lengua universal. — decía Steiner —. Significante hasta el más alto punto, la música rechaza toda paráfrasis, toda traducción. Por encima del bien y del mal, ella encarna un sentido del sentido indecible y el índice de lo transcendente.

 

 

 

 

Otra pasión: la montaña, forma platónica  por excelencia, abordable sólo para un pequeño número mientras que el mar es tan democrático, tan sensible a la polución.

 

 

El ajedrez. Yo soy demasiado impaciente para ser un jugador de clase. Pero este insondable entretenimiento me ha proporcionado ricas horas y me entristece profundamente la superioridad  por otro lado implacable del ordenador.

 

 

Mis perros y mis perras. Dueños de nuestra casa, hogares de buen humor y de preocupaciones. Está cerca de la condenación quien maltrata a un animal ( o a un niño) . Es en la mirada de un animal, como en la música, donde se abren las puertas del infinito.

Y luego, otros lugares de afinidades electivas: la gran plaza de Marraqués, los ruidos de los pasos en la Galería de Milán, las calles de Jerusalén a primera hora de la mañana”.

 

 


(en recuerdo de George Steiner recientemente fallecido.)

Descanse  en paz.

 

(Imágenes —1- Giancarlo Rado/2-Edward Weston – 1938/ 3-Robert Doisneau-1950/ 4- Keith Cárter/ 5- Jerusalén – Wikipedia)

EL ARPA DE MANO

 

 

“En una noche oscura, sin estrellas —escribe Robert Walser en “Lo mejor que sé decir sobre la música” —, estaba en una calle que sube a la montaña cuando pasaron a mi lado, con música y alegre conversación, tres criados o mozos y siguieron andando con paso decidido y acompasado. Pronto se perdieron en la oscuridad, y yo dejé de verlos, pero el arpa de mano que uno de los tres tocaba con corrección regresó saliendo de la oscuridad y fascinando mis oídos. Los jóvenes son a veces grandes maestros en el toque del arpa de mano. Este instrumento requiere un puño fuerte, firme, del que sin duda no carecen los mozos de las montañas. Así que me detuve a escuchar. El sonido espléndido, majestuoso, suave, grande y cálido se alejaba cada vez más con el mozo. En aquel momento debían de haber llegado al bosque, pues el sonido se tornó más suave y quedo , y subía y bajaba en oleadas. Al pensar en una comparación , el sonido me pareció un cisne que se desliza resonando por la oscuridad. En las montañas a los criados les gusta caminar tocando el arpa delante de las casas en las que habitan sus chicas. También los tres mozos iban a ver a una chica.”

 


 

(Imágenes—1- John Herschel -1842/ 2-Alfred Gockel- globalgallery)

 

 

 

 

Imágenes —1-

LA VOZ DE HAENDEL

 


“Pasión extenuadora, devoradora, consumidora —le hace decir el italiano Giovanni Papini a Haendel en su “Juicio universal” —; pasión soberana y dictadora de todo mi aliento. No sufría únicamente de la sed de escuchar música, sino, sobre todo, del hambre de componerla, crearla, darla. En mi larga y, a veces, miserable vida, únicamente soñé con expresar mi espíritu por la música, sólo me propuse traducir todos mis sentimientos y pensamientos en obras de música. Durante medio siglo seguido compuse sonatas, conciertos, dramas, oratorios, coros y  jamás estaba satisfecho ni nunca me sentí cansado. No  fui un hombre, sino un mediador de sonidos, un revelador de armonías, un dispensador de melodías. Allí estaba mi gozo, allí todo mi poder. Me agradaba  llamar para que se reunieran a centenares y millares de almas diversas que acudían al cebo del placer sensual , y yo las unía con mi música , en una misma emoción, las sometía a un único sueño, las elevaba a un orden más divino, los hacía a todos semejantes, a todos concordes, a todos mejores. Y esta victoria del arte me parecía, asimismo, obra de misericordia, milagro de caridad.

 

 

La parte superior del alma, la punta extrema, las cimas y las cumbres espirituales sólo podían  manifestarse, a mi parecer,  por medio de la música. Sólo la música podía decir lo indecible, sólo la música hacía capaz al hombre de responder a Dios en aquel diálogo eterno que, con demasiada frecuencia, fue monólogo. Dios mismo hablaba a los hombres con los truenos del cielo, con el fragor del océano, con el murmullo de la brisa, con el susurro de las selvas, con el bramido de los volcanes, con la  tumultuosa y convulsa coral de las tempestades. A estas voces divinas el hombre no podía responder con las palabras de cada día, palabras de milésima mano, ajadas, sino solamente con el canto;  canto de voces, canto de instrumentos, canto de corazones suplicantes o exultantes. Para expresar toda la felicidad del vivir, toda la maravilla de la creación y de la desesperación  era necesaria la música y solamente la música.”

 

 

(Imágenes —1-Raoul Dufy/ 2- Giancarlo rado/3- Steeft Zortmulder)

LA MÚSICA Y ROBERT WALSER

 

 

“La música es para mí lo más dulce del mundo. Amo las notas hasta lo indecible.  Para oír una nota, soy capaz de saltar mil pasos.  A menudo, cuando recorro en verano las calles calurosas y resuena el piano en alguna casa desconocida, me detengo creyendo que debería morir en ese lugar —escribe Robert Walser en 1902 —. Me gustaría morir escuchando una pieza musical. Me lo imagino tan fácil, tan natural, y sin embargo es imposible, como es lógico. Las notas son puñaladas demasiado débiles. Las heridas de tales punzadas escuecen, claro, pero no destilan pus. Manan tristeza y dolor en lugar de sangre. Cuando las notas cesan, todo vuelve a serenarse en mi interior.  Entonces me pongo a hacer mis deberes escolares, a comer, a jugar, y lo olvido. El piano emite la nota más fascinante, aunque la toque una mano chapucera. Yo no escucho la ejecución, sino sólo las notas. Nunca podré convertirme en músico, porque nunca me hartaría de la dulzura y la embriaguez de la composición. Escuchar música es mucho más sagrado. La música siempre me entristece, al modo de una sonrisa triste —gratamente triste, me gustaría precisar —. No consigo encontrar alegre la música más divertida, y la más melancólica no me resulta demasiado triste y desconsoladora. Ante la música siempre me embarga una sola sensación: la de que me falta algo. Nunca llegaré a saber la razón de esa dulce tristeza, y nunca intentaré indagar en ella. No deseo saberlo. Yo no deseo saberlo todo (…)  La música me encuentra dondequiera que yo esté en ese momento preciso. Yo no la busco. Me dejo halagar por ella (…) Cuando no escucho música, me falta algo, pero cuando la escucho es cuando de verdad me falta algo. Esto es lo mejor que sé decir sobre la música.”

 

 

(Imágenes -1-Xavier Bueno- 1942/ 2-Edgar Degas)

UN VIOLÍN EN LA NOCHE

 

 

“Rilke contó un día la maravillosa historia siguiente: era la víspera de su partida de Rusia; estaba en un un hotel de San Petersburgo, en verano, durante esas cálidas  noches del Norte, de una claridad tan especial y en las que, a través de la noche, parece que la supervivencia del día se une al primer rayo del alba. Imposible dormir y, en la pieza contigua, oía caminar de un extremo al otro a su vecino, quien después de horas de ir y venir se ponía a tocar el violín. Una noche, después que Rilke había oído el ruido particular del violín al ser colocado sobre la mesa, se abrió la puerta y en el umbral apareció su vecino, a quien no conocía ; un  hombre joven, hermoso, delgado, con un uniforme muy ajustado y una rosa entre los labios  – una de las  figuras más románticas que se pueda imaginar -, que le dijo : “Como yo, usted no puede dormir, y tengo necesidad absoluta de contarle a alguien la historia de mi vida”, y le dijo que estaba enamorado de dos  hermanas, que no lograba saber exactamente de cuál de las dos estaba, y que tenía el oscuro presentimiento de que también  las dos hermanas  se hallaban en idéntica situación; que  como él, ninguna de las dos sabía cuál de ellas lo prefería y que, por consiguiente, sentía que iba a decidirse erróneamente y elegir infaliblemente a la que menos amaba.

Continuó así  durante tres horas;;  después se fue como había venido, y Rilke no lo volvió a ver más.”

 

 

(Imágenes-1-foto Petiton Rouen – the faience violín/ 2- Rainer Maria Rilke -wikipedia)

EL CARDENAL DE PECHO ROSADO

 

 

“He tenido varias conversaciones con este pájaro – confesaba Simeon  Pease  Cheney enLa música de los pájaros”- . Por eso recurriré esencialmente a la memoria para transcribir su canto.  El plumaje negro y blanco del cardenal, y su pecho decorado con una  estrella de un  bermellón  brillante, atraen inmediatamente al ojo. Y su canto, fuerte, resonante, también seduce infaliblemente al oído. Está lleno de vivacidad y energía, como si tuviera prisa por terminar. Ningún pájaro pone más ardor que él en el canto. Aunque sobre el papel su canto se parezca al del petirrojo, y aunque el uno y el otro se expresen en mi bemol mayor y su menor relativa, el caudal y la calidad de la voz son muy diferentes. Me dicen que este pájaro deja oír también un grito silbado muy musical.

Durante sus migraciones otoñales vuela en grupo y a veces sucede que reclama comida a los granjeros; parecen tan domesticados y cómodos como si en las granjas estuvieran en su casa. Algunas bandadas han cruzado el norte de New Hampshire en el transcurso de su viaje hacia el sur en el mes de diciembre y han visitado plácidamente los lagares de sidra en busca de pepitas de manzana entre los desperdicios, aparentemente sin preocuparse para nada del frío.”

(Imagen – Tony Pinkevich)

ESCUCHAR

 

 

”Para escuchar conviene callar. No sólo obligarse a un silencio físico que no interrumpa el discurso ajeno ( o que, si lo interrumpe, lo haga en función de una escucha posterior), sino también a un silencio interior, o sea, a una actitud dirigida a la palabra ajena.

Giovanni Pozzi, el ilustre italianista, en su pequeño libro “Tacet” ( su ensayo sobre el silencio), sigue comentando lo que él llama “el silencio de la escucha” : “Hay que imponer silencio al trajín del propio pensamiento, calmar el desasosiego del corazón, la agitación de las preocupaciones, eliminar toda clase de distracción. No hay nada como la escucha, la verdadera escucha, para comprender la correlación entre el silencio y la palabra. Por analogía, la música se escucha plenamente cuando todo calla a nuestro alrededor y dentro de nosotros. La forma más perfecta de escucharla es con los ojos cerrados. Mirar la orquesta o al pianista, observar el sincronismo entre el agitarse del director, el ir y venir de los arcos y la curva de la melodía, entre el movimiiento ritual del torso, el deslizarse de las manos por el teclado y la cascada de notas, intensifica la participación en el espectáculo pero atenúa la magia de los sonidos, una magia que el órgano nos ofrece plenamente cuando llena la iglesia con su canto. Lo escuchamos sin ver cómo se produce el sonido. Sale de un seno oscuro y, en la inmóvil oscuridad de las bóvedas, nos envuelve como un sudario.

 

 

(…) El mundo está oprimido por una pesada capa de palabras, sonidos y ruidos. Los babilonios pensaban que los dioses habían enviado el diluvio a la tierra porque estaban hartos del parloteo de los hombres. Hoy no se conformarían con enviarnos sólo un diluvio. Antaño sólo se percibían las palabras del vecino. Bastaba con alejarse un poco para que no te molestaran palabras importunas; hoy  estas nos llegan desde las antípodas. El gran silencio nocturno es roto por el rugido de los coches. Cuando tenemos que pasar una noche en un lugar aislado, nos despertamos inquietos; el silencio se convierte en una pesadilla en el sueño (…) El silencio de la escucha llega a su culminación en la lectura, cuando la palabra misma se presenta en silencio sin perder nada de su vitalidad. El lector es solitario, porque, mientras lee, crea con el libro una relación exclusiva (…) Toda la mente, todas las facultades del lector, se concentran en ese ir y venir del ojo de izquierda a derecha línea a línea. Cuando está tan concentrado que el libro se le cae de las manos, lo suelta sin pesar, porque el silencio de la escucha ha dejado paso dentro de él al silencio del recuerdo de lo que ha leído.”

 

 

(Imágenes- 1- Mark Rothko/ 2- Graham Mileson/ 3- Norman Bluhm/