LAS PREGUNTAS DE UN CLÁSICO

 

 

“Un “clásico” de la literatura, de la música, de las artes, de la filosofía es para mí – dice Steiner enErrata”, su especial autobiografía, (el examen de una vida) (Siruela) – una forma significante que nos “lee”. Es ella quien nos lee, más de lo que nosotros la leemos, escuchamos o percibimos. No existe nada de paradójico, y mucho menos de místico, en esta definición. El clásico nos interroga cada vez que lo abordamos. Desafía nuestros recursos de conciencia e intelecto, de mente y de cuerpo. El clásico nos preguntará : ¿ has comprendido?, ¿ has re- imaginado con seriedad?, ¿ estás preparado para abordar las cuestiones, las potencialidades del ser transformado y enriquecido que he planteado?.

(…)  El texto, la obra de arte, la composición musical, no sólo exige comprensión: exige “re-acción”. Debemos actuar “de nuevo”, traducir a conducta la respuesta y la interpretación. Leer a Platón, a Pascal o a Tolstoi “a la manera clásica”, es intentar una vida nueva y diferente. Es, como postula Dante de un modo explícito, entrar en una “vida nueva”.

(Imagen -biblioteque tumblr)

LA AVENTURA DE OÍR

libros-bnnu-lectura- Montserrat Gudiol

 

“Para el niño pequeño – escribió Ana Pelegrín en “La aventura de oír” -, la palabra oída ejerce una gran fascinación. La palabra y su tonalidad, su ritmo, los trazos afectivos que teje la voz cuando es temperatura emocional, calma, consuelo, ternura, sensorialidad latente”. Las modulaciones de voz, el tono persuasivo en el narrador, el agudo y tembloroso de un personaje, el agudo y tímido de otro, el tono medio, grave,  de un tercero, todo eso nos va introduciendo en el secreto de una historia cuyo misterio se abre gracias a la lectura en voz alta. Pero no solamente el niño recibe ese secreto. Recuerda Umberto Eco en el prólogo a “Mi Dante” de Roberto Benigni – el episodio-espectáculo que duro  trece días seguidos en la Plaza de Santa Croce, en Florencia, donde cinco mil personas escucharon recitar versos de la  “Divina Comedia” – que en el siglo XlX, cuando hacían furor “Los misterios de Paris” de Sue o “El conde de Montecristo” de Dumas, la mayoría de los apasionados del género no sabía leer, y se reunian al caer la tarde en el patio o en la calle para escuchar al intelectual de turno, al portero o a algún comerciante que sabía contar cuentos, tal y como ahora uno se sienta delante de la televisión a escuchar a Benigni. En diversas publicaciones de prestigio se ha alabado el “saber decir” del actor italiano recitando a Dante. “Fue como escuchar una música sublime”, señalaba “Sunday Telegraph”; “Su entusiasmo es adictivo, incluso contagioso – decia otra revista – cada frase, cada palabra traducida es una invitacion al desafío de aprender”.

libros-5gg.-Yun-Yee Kim

En “La Historia de la lectura” – el volumen dirigido por Giuglielmo Cavallo y Roger Chartier -, al hablar de la Grecia clásica, se recuerda que lo escrito estaba incompleto sin la voz, es decir, que lo que se había redactado debía ser apropiado después por una voz con el fin de realizarse plenamente. El escritor contaba con la llegada de un lector dispuesto a poner su voz al servicio de lo escrito con miras a distribuir su contenido a los transeúntes, a los “oyentes” del texto. “Contaba con un lector que seguiría el paso obligado de la letra. Leer era, pues, poner su propia voz a disposición de lo escrito (en último término, del escritor) La voz del lector se sometía, se unía a lo escrito. Ser leído era, por ende, ejercer un poder sobre el cuerpo del lector, aun a gran distancia en el espacio y el tiempo. El escritor que lograba hacerse leer actuaba sobre el aparato vocal del otro, del que se servía, aún después de su muerte, como instrumento vocal, es decir, como alguien a su servicio, como de un esclavo”.

 

libros-uhhh-su blackwell- sublakwell com uk

 

 

 

Es muy interesante ese sentido del “aun después de su muerte”. Después de la muerte de Quevedo, de Góngora, de Cervantes, después de la muerte de Herman Melville o de León Tolstoi, por poner algunos  ejemplos, la voz de quien lleva la lectura en voz alta arrastra los sentimientos íntimos  de esos autores, los eleva en el aire, los conduce gracias a la expresividad, los precipita o los retrasa según las velocidades del ritmo de lectura, y  he aquí que el oído que escucha va inflamando enseguida a la mente, despierta aún más a los sentidos, y uno, a través de la lectura en voz alta, entra emocionado por los pasillos de los sueños de Quevedo o por las galerías deslumbrantes de los bailes de Tolstoi en “Guerra y Paz”, Después de la muerte de muchos escritores, éstos se hacen, pues, muy “vivos” en sus obras gracias a la voz. Celebres escritores se han formado en su infancia en el cauce de la lectura en voz alta. El escritor hindú V.S. Naipul cuenta cómo su padre le leía párrafos de “Oliver Twist” o los cuentos de  Charles Lamb, pero también cómo en el colegio el profesor Worm se sentaba “y  nosotros–dice – nos colocábamos a su alrededor, de pie, intentando guardar silencio. Él miraba el libro de  Collins Classics que, curiosamente, entre sus gruesas manos parecía un libro de oraciones, y nos leía a Julio Verne como si rezara”.

 

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Tal es el dominio de la voz, el encantamiento de la pronunciación, los frutos de una recitación en prosa o en verso. No todos los escritores afamados han sabido leer bien sus propios textos. En el Museo de la Voz, por ejemplo, puede escucharse a famosos autores españoles incapaces de leer bien lo que escribieron de modo admirable y en cambio oímos, profunda y melódica, la voz de Baroja acunándonos con su cántico al viejo acordeón. Pero no tienen por qué ser los escritores quienes siempre se lean a sí mismos. Hay recitales sorprendentes de autores y tambien hay intervenciones de lectores exquisitos. La voz en la lectura en voz alta es como un tapiz de las mil y una noches de la literatura que tomara impulso sobre la memoria, sobrevolara los tejados de la imaginación, evolucionara por encima de los oídos, de las mentes y de las conciencias. Es la voz la que despierta a los textos, las voces de los diálogos , los ahogos de las exclamaciones, la curiosidad abriendo interrogaciones, el manso pasear de la prosa sobre el silencio. Es la voz la que hace sonora a la palabra escrita, palabra nacida en el secreto de la creación y resucitada gracias a la voz.

José Julio Perlado

(Este texto ha sido publicado en el blog trapezidetana.com de Tana Sanz. Tana Sanz me pidió esta colaboración y con mucho gusto se la he remitido. Tana Sanz junto a Isabele Méndez llevan adelante un proyecto para fomentar la lectura en voz alta, proyecto al que le deseo un futuro excelente)

 

libros-eed- su Blackwell- sublackwell com uk

 

 

 

(Imágenes.-1.-Montserrat Gudiol/ 2.-Yun Yee Kim/ 3.- Su Blackwell- / 4.-Jean Baptiste Huynh/ 5.-Su Blackwell)

 

 

¿QUÉ ES UN EDITOR? ( y 2)

lectura-bbhhew-Sara Hayden- mil ochocientos noventa y nueve

 

Por su interés, copio aquí parte de la conferencia pronunciada el pasado 1 de de julio en la Universidad Pompeu Fabra por Jaume  Vallcorba, gran editor, creador de Acantilado, fallecido hace pocos días, y a quien me referí brevemente aquí el 24 de agosto:

 

“Si he aceptado el peligroso honor de darles esta conferencia (porque, en el fondo, es esto, y no una clase), se debe a que, (además de pasar un rato agradable con ustedes), después de más de treinta años de experiencia y con algún centenar de títulos en mi haber como editor, no sólo siento un intenso amor por los libros, sino que aún hoy me siguen estimulando. Este amor a los libros me ha acompañado a lo largo de toda mi vida, desde que leía en la cama, a escondidas de mi madre y en época muy temprana, La Isla del Tesoro, El Mercader de Venecia, o Cuore, de Edmundo de Amicis. Y, aunque nunca creí estrictamente en la verdad literal de las historias que allí se contaban, azucé momentos de angustia escuchando sin aliento cómo la pata de palo del Capitán John Silver golpeaba el parquet de mi casa en el silencio de la noche. Y me emocionaba con la valentía y el coraje de Marco en su viaje en solitario a Sudamérica. Y descubría que los puros de alga del Capitán Nemo tenían tanta nicotina como los de la Habana. De hecho, me acuerdo aún de ellos cuando enciendo uno de mis puros a día de hoy, preguntándome cómo serían aquéllos. He aprendido mucho de los libros, ciertamente, pero, no los estimo por lo que he aprendido, que es muchísimo, sino por encima de todo por cómo me han acompañado a lo largo de los años, configurándome y, quisiera pensar, que afinándome. La biblioteca en la que ahora mismo escribo el texto que les estoy leyendo contiene algunos libros que ya estaban allí cuando tenía once años, en ediciones algo manoseadas, y otros que llenaron tardes de verano de hace treinta años. Se ven enriquecidos por algunas manchas de café, de vino, o de ceniza de tabaco. Me gustan estas manchas, como me gusta encontrar una carta de un amigo de hace tiempo o un recuerdo feliz. También contienen algunas notas a lápiz, siempre a lápiz, en las que manifiesto estupor, o entusiasmo, rechazo o aplauso o fervor por lo que acabo de leer. Me reencuentro y dialogo conmigo cuando tenía muchos menos años, con resultado irregular. A fuerza de recorrerlos, algunos de los poemas que contienen han quedado grabados en mi memoria sin haberlo pretendido, y aparecen de manera gozosa cuando menos se les espera. Se han adherido a mí como se adhiere el sol a la piel, cambiando su tonalidad. La diferencia con el tinte de la piel es que esta tonalidad no desaparece con los fríos del invierno. Al contrario: los atempera y los conjura. Como la música, son capaces de envolver un estado de confort que sería difícil conseguir sin su concurso.

 

lectura.-7889n.-verano.-Richard Diebenkorn.-1922-1993

 

Editar (y empecé muy joven, en el colegio, con una revista en ciclostil, y años después continué en una colección con vagos tintes de vanguardia que organicé a los veinte años y de la que es mejor no acordarse), ha sido para mí, desde el principio, proponer a unos amigos que no conocía una lectura que pensaba que les podía gustar, estimular y enriquecer. Estoy convencido de que un libro es capaz de modificar a su lector por el simple hecho de haberlo leído; que puede cambiar, en el lector, algo importante, de manera que se podría decir que no es la misma persona antes que después de haberlo leído. Porque leer es dialogar, es “escuchar con los ojos a los muertos y tener conversación con los difuntos”, como decía Quevedo siguiendo un viejo y noble lugar común. Con pocos libros se puede tener al alcance el pensamiento humano, y del diálogo con él deriva, es sabido, cualquier conocimiento y cualquier construcción de una personalidad, ya sea individual o social. Por esto creo que editar es un trabajo que conlleva una cierta responsabilidad.

 

lectura-vvgyu- Juliano Lopes

 

Entiendo la edición como un oficio en el que confluyen el trabajo intelectual y artesanal, en la fabricación del libro, así como un cierto tino empresarial en su publicitación, distribución y venta. Los dos aspectos, lo he dicho ya muchas veces, me parecen sustantivos e igual de importantes en este oficio. Un libro sin ningún atractivo, aún con muchas ventas, se verá fuera del ámbito personal de interés y actuación de un editor tal como yo lo concibo, y lo mismo le sucederá a un libro sustantivo sin visibilidad, puesto que sin visibilidad no hay existencia. Calidad y visibilidad son fundamentales en la edición.Edere significa “sacar hacia fuera”, “dar luz”, y éste, de dare, de “dar”.

 

lectura- vvffy- William George Richardson Hind

 

Y con esto entramos en un punto fundamental del oficio. Hacer visible un libro no significa solamente imprimirlo, convertirlo en un número indeterminado de pliegos y darlo al comercio en la esperanza, incluso perfectamente legítima, de obtener algún rendimiento. El mejor de los libros puede hacerse invisible a sus hipotéticos lectores sin el trabajo fundamental que sobre él debe ejercer su editor. Cada día aparece un número indeterminado de libros nuevos, algunos de ellos verdaderamente valiosos, que son destruidos al cabo de un tiempo por una guillotina implacable. Y muchos otros que aparecen colgados en Internet, como ahorcados mecidos por el viento, sin que nadie les preste gran atención. Lo infinito de Internet, como cualquier otro infinito material sin límites, se asemeja peligrosamente al desierto. A un desierto estéril. Es tarea del editor rescatarlo y darle un marco.

 

lectura-gygg--Pierre Auguste Cot- mil ochocientos setenta

 

El marco es una parte sustancial del paisaje. Tan sustancial que se diría que sin él no hay paisaje. El marco da forma a lo que, antes de verse arropado por él, era algo inasible por inmenso. El marco dirige nuestra mirada hacia su interior: subraya, acentúa, estructura. Elimina todo lo superfluo y profundiza en lo esencial, dándole relieve y contorno.

 

lectura-djs-Albert Chevalier Tayler

 

Un marco, a pesar de lo que pueda parecer a simple vista, es dinámico. Enfoca y da profundidad de campo. Y, en un catálogo, establece un diálogo fecundo entre todos aquellos libros que lo conforman. Porque los libros dialogan entre sí. El aristócrata Von Moltke, esperando en su celda de la cárcel de Tegel su ejecución en enero de 1945 (una ejecución que sabía de antemano dolorosísima), escribía a su mujer, y, al hacerlo, establecía también un diálogo con el canciller Tomás Moro, que cuatrocientos diez años antes, en 1535, esperaba en la torre de Londres su decapitación cuando escribía, con una inmensa ternura y lucidez, a su hija Margaret, con quien mantuvo un interesantísimo diálogo en que la fortaleza vence a la tribulación. Ni Moltke ni Tomás habían cedido al poder despótico, incluso en la conciencia distinta de que esta intransigencia les iba a costar la vida. Quién sabe si los dos no fueron confortados, en tan duro trance, por Chesterton.

 

libros.-4rttb.-lectura.-Jean Baptiste ll Charpentier

 

Dar marco, dar forma, es relacionar y propiciar el diálogo. La forma externa del libro es ciertamente muy importante: desde ella nos reconoceremos a primer golpe de vista. Hablaremos también de ella un poco más adelante. Pero imagino que, en su base, lo más importante será el grado de sintonía, la amistad que pueden establecer los libros entre ellos, fruto de esa simpatía espiritual que habrá sabido poner de relieve su editor. Y todo ello es importantísimo para el libro. Que me sea permitido poner un ejemplo elemental: Georges Simenon fue para muchos despistados un autor de quiosco y de best seller, hasta que Gallimard lo incluyó en La Pléiade. Con ello, lo ponía a la altura de Proust, Racine y Chrétien de Troyes. Me aceptarán que, como lectores, todos nosotros adoptamos una actitud vital distinta según nos dispongamos a leer un libro de entretenimiento o un clásico. Y es así como, desde La Pléiade (como hoy desde la Penguin Classics o la New York Review of Classics), Simenon ha ido adquiriendo la calidad de enorme escritor que ya casi todo el mundo no indocumentado le reconoce. Empecé a publicar a Stefan Zweig en una aventura editorial que duró relativamente poco, Sirmio se llamaba. Pero Zweig no tomó el vuelo que hoy tiene hasta que no se percibió el testimonio fundamental del siglo XX que nos ofrece en El Mundo de Ayer. Sin embargo, para este fin, el lector tenía que encontrarlo en una compañía que lo hiciera evidente. Al lado de la ficción de quiosco, Balzac puede ser leído como un tebeo. Con los libros pasa como con las personas. Y no es lo mismo encontrar a Zweig por la calle en compañía de cualquiera que en la de Joseph Roth, que fue un amigo cercano en vida, o en la de Chateaubriand, con quien dialoga desde la distancia en el mundo del espíritu. Porque, no lo duden, Joseph Roth charla a menudo con Zweig, y también con Chateaubriand y con Aleksander Wat. Y Leopardi lo hace con Lucrecio, que a su vez lo hace con Montaigne. Y lo hacen porque son amigos. No se trata únicamente de que sean clásicos, sino que pertenecen a aquel grupo humano que ha recibido distintos nombres, el más claro de los cuales quizás sea el de la República de las Letras. Ser un “clásico” no basta. Había hace años una colección de clásicos que se llamaba “Clásicos olvidados”, y que con mi profesor y amigo Martín de Riquer , llamábamos, divertidos, “clásicos justamente olvidados”. La condición de clásico no redime a un libro, ni siquiera aunque sea un clásico de verdad. Para que un clásico, que finalmente es una forma del espíritu de un hombre, tome presencia activa, necesita de sus amigos, y sentirse a sus anchas en una conversación civilizada: de ella se nutre y en ella se vivifica. La conversación, conversatio, nos lo recordaba el gran Leo Spitzer, escommunio, comunión. Es esa conversación la que ayuda a construir un marco y la que da forma a cualquier catálogo editorial.

 

lectura.-yunn.-libros.-Félix Vallotton.- 1921

 

Una manera de subrayar esta comunión, sin duda, reside en el aspecto que adquiere el objeto en el que el libro toma cuerpo. Es quizás por esto que soy tan poco amigo de las pantallas electrónicas. Y no solamente porque no permiten la mancha de vino o café que recordaba al inicio de esta charla. La forma que toman los libros de una editorial me parece fundamental en su proyecto. Hacer cada libro distinto de los demás, darle un protagonismo material, es tender a lo excéntrico y a lo raro. Es privarlo de estar en una sala en conversación con sus potenciales amigos. De aquel diálogo fructífero, adelante y atrás en el tiempo y viajero en la geografía que configura el mundo del espíritu y que huye de la engolación, la pedantería y la pesadez, que es alado y libre. Si un catálogo puede ofrecerlo, creo que ya ha conseguido lo más importante.

Pero, como decía, este espacio debe hacerse claro para el lector. Y la mejor y más rápida manera de conseguirlo es, como digo, la presentación material y una cierta música de fondo que a todos los distingue. Es un tono general, algo difícil de definir pero perfectamente perceptible para el lector avisado, es la inconfundible presencia de una alma. Será tarea del editor encontrar los libros que simpaticen (uso el término en su acepción antigua), libros que puedan conversar entre ellos sin disonancias y que son los que acabarán configurando su catálogo. Trabajar con sus autores en conseguir el máximo de sus posibilidades será otra de las grandes tareas del editor. Hacer sugerencias al autor, ayudarle a mejorar su texto (aquí el editor se desdobla en lector competente), será otro de los modos de cerrar este espacio del que les hablaba. Mejorar, créanme, no significa adaptar el texto a los gustos imperantes, en aras de una mayor popularidad o una mayor venta, sino ayudar a limar las asperezas que lo afean o lo desfiguran. Hacerlo ser más él de lo que era antes de nuestra lectura. Si este trabajo es serio, difícilmente encontraremos oposición por parte del autor. Recuerdo con especial afecto las tardes que pasé con Josep Vicenç Foix mostrándole cómo alguno de sus versos debía ser modificado. Les pongo un ejemplo: en su libro Les irreals omegues, compuesto todo él en alejandrinos y endecasílabos, se le había colado incomprensiblemente un octosílabo “no ens deixa veure la llum“. De pie, sin solución de continuidad, Foix dio con la solución: el heptasílabo “ens amaga la llum“. El sentido es exactamente el mismo, pero la homogeneidad métrica redondeaba, por decirlo así, el conjunto. Mejorar es ayudar a que el texto se “redondee” de acuerdo con la voluntad de su autor. Algo así debe hacerse también con las traducciones, aunque en este caso el papel del editor pueda ser mucho mayor: una traducción debe poder leerse como si no lo fuera, como si hubiera sido escrita en la lengua que estamos leyendo. Dicho de otro modo, como si fuera transparente. Lo mismo que el diseño tipográfico. El trabajo del editor debe ser invisible. Me habrán oído decir que creo que un libro debe ser como una pantalla cinematográfica, el la que la acción se desarrolle sin que ésta sea percibida: una errata, una mala traducción, una mala edición, una mala tipografía son manchas en esa pantalla.

 

lectura.-5ftt.-Henri Manguin.-1912

 

 

Tan sólo en un punto el libro debe hacerse visible: en la librería, en competición abierta con el resto de novedades. Hoy los libros, casi todos, llevan una ilustración en la cubierta. En otros tiempos era muy fácil adivinar por el color de la cartulina, la tipografía y su distribución en la cubierta, que se trataba de un libro de Gallimard. Lo mismo pasó más adelante con los de Einaudi. Algo que también se hacía visible por su composición tipográfica, el uso de los blancos y de los títulos y el resto de elementos de la maqueta. La presentación es una forma de invitación, el color de una sugerencia. Un exceso de presencia entiendo que desvirtúa su papel. Creo que un libro, más que llamar la atención por su estridencia, lo debe hacer por su silencio.

lectura.-99bb.-Harold Caballero.1874-1961

 

 

Un editor, en efecto, enmarca, da profundidad, subraya y después calla, escondido tras las páginas. Se convierte en alguien transparente, que desaparece tras el libro que ha ofrecido a su lector. Él y su libro acaban formando una unidad, tal y como lo hacen, por retomar el ejemplo de hace un momento, la pantalla de un cine y la película que en ella se proyecta. Una mancha en la pantalla, un roto, perturban constantemente nuestra visión. Una errata, una mala traducción, son sin duda manchas en esta pantalla, que entorpecen y molestan. Pero también lo son un exceso de ornamentación tipográfica, o una ornamentación barroca. ¡Cuántas veces no nos hemos enfadado con una tipografía ilustrada que nos distraía de la nitidez del verso de Racine! ¡Cuántas veces no eliminaríamos aquellas ligaduras caprichosas entre la ese y la te, en las novelas de Balzac! El editor, en efecto, debe saber callar y no hacerse demasiado visible. A menudo debe hacer lo que en el teatro se llamaba el mutis por el foro. La humildad es fundamental.

 

lectura.- r43ffg.- Jean Brusselmans.- belga.- retrato de Armand Frisch.- 1921

 

Llegados a este punto, habrán advertido que les he venido a hablar de un tipo de libro. De un tipo específico de libro. Lo apuntaba hace un momento, de aquel tipo de los que me han acompañado a lo largo de toda la vida.

Son aquellos libros que hacen nuestro mundo poéticamente habitable (y entiendo por poesía lo que nos acerca a lo nuclear y primigenio, y a algunos auténticos movimientos de la psique que no han podido ser jamás descritos complexivamente en los manuales de psicología), que nos lo describen y nos lo explican, el mundo, digo, colocándonos en el lugar próximo y feliz. Pienso en el libro, en gran medida, que abraza, sin abarcarlo del todo, el mundo entero. Quizás me acuerde en este momento de Dante, quien, después de su fatigoso periplo por el mundo de ultratumba, tras haber sufrido un sinfín de penalidades y haber pasado por terribles peligros, entreve a Dios al final de su periplo y su poema, ya situado en el Paraíso. Dice que ve “encuadernado con amor en un volumen, aquello que en el universo está desencuadernado”, es decir, que ve en forma de libro lo que en el universo son solamente pliegos sueltos. Algo así, por cierto, hace el editor. Me gustaría pensar que lo hace también con amor.”

 

libros.-5ffb.-flores.-Oskar Moll.-1902

 

(Imágenes.-1.-Sara Hayden- 1899/ 2.- Richard Diebenkorn/ 3- Juliano Lopes/ 4.-William George Richarson/ 5.-Pierre Auguste Cot- 1870/ 6.- Albert Chevalier Tayler/ 7 – Jean Baptiste Charpentier/ 8.– Felix Vallotton- 1921/ 9.-Henri Manguin- 1812/ 10.-Harold Caballero/ 11.-Jean Brusselmans.-1921.- retrato de   Armand Frisch/ 12 Oskar Moll.-1902)

 

 

 

EZRA POUND, EL LENGUAJE Y LA LECTURA

Ezra Pound- yyfc- Ezra Pound junto a sus nietos Patrizia y Walter Siegfried

 

“Los buenos escritores – leo en Ezra Pound – son aquellos que conservan la eficiencia del lenguaje. Es decir, los que lo mantienen preciso, claro. El lenguaje es el medio principal de la comunicación humana. Si el sistema nervioso de un animal no transmite sensación y estímulo, el animal se atrofia. Si la literatura de una nación declina, la nación se atrofia y decae.”

Repaso estas páginas del “ABC de la lectura” y recuerdo aquella mañana en Spoleto – el 11 de julio de 1965 – contemplando a Ezra Pound mientras paseaba por la plaza del Duomo, mañana y escena de la que ya he hablado aquí.

 

escritores.-rbbn- Ezra Pound.-París.-1920

 

“Cuando se buscan  “elementos puros” en la literatura- sigue diciendo Ezra Pound – se descubre que la literatura ha sido creada por las siguientes clases de personas:

1.-por los inventores. Hombres que descubrieron un nuevo proceso.

2.- por los maestros. Hombres que combinan cierto número de estos procesos, y que los usan igual o mejor que los inventores.

3.-por los que diluyen. Hombres que han venido después de las otras dos clases de escritores y que no pueden hacer el trabajo tan bien como éstos.

 

escritores.-tunhh.-Ezra Pound

 

4.- por los buenos escritores sin cualidades sobresalientes. Hombres que han tenido la suerte de nacer cuando la literatura de un país ha dado marcha hacia adelante. Por ejemplo, los hombres que escribían sonetos en la época de Dante, los que escribieron breves poemas líricos en tiempos de Shakespeare.

5.-por los literatos. Es decir, hombres que realmente no han inventado nada, pero que se han especializado en alguna parte de la literatura , que no pueden ser considerados como “grandes hombres”, o como autores que procuran dar un cuadro completo de la vida, o de su época.

6.- por los iniciadores de manías.

Hasta que el lector no conozca las dos primeras categorías nunca podrá “ver el bosque a causa de los árboles”.

 

Ezra Pound 1939 by Wyndham Lewis 1882-1957

 

Cuando cierro el libro vuelvo a ver la figura delgada y alargada del poeta caminando aquella mañana por la plaza del Duomo en Spoleto.

(Imágenes.- 1.- Ezra Pound  con sus nietos  Patrizia de Rachewitz ( que estos días es noticia) y Walter Siegfried.-elpais.com/ 2.-Ezra Pound  192o.-lonelywriter.net/ 3.-Ezra Pound.-openlettersmonthly/ 4.-Ezra Pound por Wyndham Lewis.-1939)

 

AMISTAD DE LOS LIBROS

libros.-4wwcv.-Agnolo di Cosimo.-Retrato de Lucrezia Panciatichi.-detalle.-1545“La amistad de los libros es una imitación atenuada de la amistad de los hombres” – recordaba Alfonso Reyes. Siglos antes Lope ya se había pronunciado: “Es cualquier libro discreto, un amigo que aconseja y reprende en secreto“.  De “La amistad en la vida y en los libros” – el interesante volumen del argentino Ricardo Sáenz Hayes – ya hablé en Mi Siglo. También de las primeras lecturas de algunos escritores: Naipaul, por ejemplo, de la influencia

libros.-134.-Karen Kilimnik

de los libros en su vida. Y sobre la lectura y su necesidad para el hombre Harold Bloom, entre muchos otros, evocaba que leemos a Shakespare, Dante, Chaucer, Cervantes, Dickens y demás escritores de su categoría porque la vida que describen es de tamaño mayor que el natural. “Éste es, pues, el mérito de Shakespeare decía Samuel Johnson en el prefacio a sus obras teatrales -: que sus dramas son el espejo de la vida; que aquel cuya mente ha quedado enmarañada siguiendo a los fantasmas alzados ante él por otros escritores pueda curarse de sus éxtasis delirantes leyendo sentimientos humanos en lenguaje humano, mediante escenas que permitirían a un ermitaño hacerse una opinión de los asuntos del mundo y a un confesor predecir el curso de las pasiones”.

libros.-6ggb.-Sylivia Beach en su librería de París

Cuando los escritores principiantes llegan a preguntarse alguna vez por qué escribir, parece que resonaran las palabras del italiano Gesualdo Bufalino: “Se escribe para recordar, para ser recordado, para vencer la amnesia, el silencio, el agujero oscuro del tiempo. Se escribe también para no morir, para durar. Se escribe como medicina, para consolarse, para consolar. Para volver inofensivo al dolor. Se escribe para ser feliz, se escribe para testimoniar, para dejar testamento de uno. Se escribe para jugar. Se escribe para darle un sentido a la insensatez del mundo. Para evocar. Para bautizar las cosas, para prorrogar la vida, para persuadir, para seducir. Para profetizar. Para lavarse el corazón. Para conocerse, para saber quién somos”.

libros.-eewb.-Bronzino.-detalle del Retrato de un hombre joven.-1530

Y cuando los lectores principiantes llegan a preguntarse alguna vez por qué leer, parece que resonaran entonces estas palabras de Harold Bloom: “leemos porque no podemos conocer a fondo a toda la gente que quisiéramos; porque necesitamos conocernos mejor; porque sentimos necesidad de conocer cómo somos, cómo son los demás y cómo son las cosas. Hago un llamamiento a que descubramos aquello que nos es realmente cercano y podemos utilizar para sopesar y reflexionar. A leer profundamente, no para creer, no para contradecir, sino para aprender a participar de esa naturaleza única que escribe y lee.

libros.-789.-Paris.-La Librairie de la Lune.-Brassaï.-1930

(Imágenes:- 1.-Agonolo di Cosimo.-Retrato de Lucrezia Panciatichi-detalle.-1545.-Galleria Uffizi.-Florencia/ 2.- Karen Kilimnik.-2009/ 3.-Sylvia Beach en su librería de París.-1945.-David E. Scheman/ 4.-Bronzino.-1530/ 5.-Brasaï.-librería de la Lune.-1930)

EN TORNO A MIGUEL ÁNGEL

“Sucedió entonces – cuenta Vasari en sus “Vidas” de los pintores – que se cayó Miguel Ángel de no muy alto del andamio de esta obra ( estaba pintando laCapilla Sixtina“), y se hirió una pierna, y debido al dolor y la rabia no dejó que nadie le medicara. Aún vivía el maestro florentino Baccio Rontini, amigo suyo, médico extraordinario y gran aficionado a esta virtud, que sintiendo compasión por él fue a llamar a su casa y, como ni los vecinos ni él mismo le respondían, intentó, por caminos secretos, subir, haciendo huir a Miguel Ángel de estancia en estancia, desesperado. Hasta que no lo hubo curado, el maestro Baccio

no lo quiso abandonar, ni despegarse de él. Una vez curado, volvió a la obra, y trabajó en ella sin más interrupciones hasta que la terminó en pocos meses, dando tanta fuerza a las pinturas de esta obra que ha confirmado el dicho de Dante: “Muertos los muertos y vivos parecían los vivos“.

Giovanni Papini en su “Vida de Miguel Ángel” recuerda que el artista tenía por entonces sesenta y cinco años y se pregunta si la caída fue provocada al poner un pie en falso por inclinarse demasiado hacia la pared o fue presa de algún desvanecimiento repentino, si se tiene en cuenta, como dice el biógrafo Condivi, que Miguel Ángel comía y dormía poco. Vasari, en su” Orazione funebre” por Miguel Ángel, recordaba también que el artista trabajaba casi siempre solo, ya que no se fiaba de nadie, ni siquiera para preparar los colores. Baccio Rontini merecía ser alabado como uno de los salvadores de Miguel Ángel – como sigue diciendo Papini -, siendo así que, por lo general, se le ignora o apenas se le menciona. “A Baccio Rontini, y sólo a él, se debe que pudiera acabar el Juicio Final y vivir veinticuatro años más. Que el Maestro corrió verdadero peligro de perder la vida en aquella caída, nos lo demuestra el testimonio de un contemporáneo, Niccolò Martelli, admirador del Buonarroti, que, escribiendo a Rontini el 10 de abril de 1541, le decía, entre otras alabanzas, que “no había hecho jamás acción tan hermosa como la de haber curado por dos veces al divino Miguel Ángel: una vez oprimido por los paroxismos internos de la fiebre; la otra, por una mala caída de andamio en andamio, que, postrado y casi próximo a  la muerte, le devolviese el gran tesoro de la sanidad, por lo que os debe tener obligación el mundo entero”.

A Miguel Ángel le irritó y le desesperó aquella caída y una vez más se pudo comprobar su fuerte temperamento. Como tantos otros, también Daniel J Boorstin al analizar los perfiles de los artistas en su obra “Los creadores” (Crítica) habla del temor reverencial que Miguel Ángel inspiraba a través de su persona y de su arte. “Cuando viene a verme Buonarroti – solía decir el papa Clemente Vll – siempre me siento y le pido que se siente al instante, pues estoy seguro de que lo hará igualmente si no le concedo permiso”.” La pintura y la escultura, el trabajo y la buena fe – escribió sin embargo Miguel Ángel en 1542 – han sido mi ruina y continuamente voy de mal en peor. Mejor habría sido para mí si durante mi juventud me hubiera dedicado a fabricar mechas, pues no me hallaría en este estado mental”.

Ahora que se cumplen 5oo años de la “Capilla Sixtina parece que podamos volver a escuchar a Miguel Ángel mientras se ríe y opina entre el embajador de Siena en Roma, Lactancio Tolomeo, y Victoria Colonna, poetisa, gran señora, viuda del marqués de Pescara, amiga de Miguel Ángel, tal como -aludiendo a los diálogos de Francisco de Holanda comenté en Mi Siglo.

(Imágenes.- 1.- Capilla Sixtina.-wikipedia/ 2.-detalles de la Capilla Sixtina/.-3.-retrato de Miguel Ángel por Daniele da Volterra/ 4.-pinturas de la Capilla Sixtina.-wikipedia/ 5.-el Papa, en un encuentro con artistas en la Capilla Sixtina, en 2009.-Reuters)

JIRONES DE ESCRITURA

Cuenta Claudio Magris en “Alfabetos” (Anagrama) que su formación de lecturas no sólo comenzó en Salgari y Kipling, pasó luego por Lucrecio, Leopardi, Dante y Kant, se extendió después a Tolstoi, Guimaraes Rosa, Faulkner, Sábato, Melville, Kafka, Canetti, Svevo, Dickens, Goldoni, Cervantes, Sterne, Gadda y  tantos otros, sino también bebió en “fragmentos, inscripciones fúnebres o pintadas de taberna, jirones de escritura que, como decía Kafka, me han golpeado de un puñetazo”. Y Magris añade: “otro gran hallazgo ha sido la autobiografía de Alce Negro, el indio sioux. Es una autobiografía escrita por alguien que vive realmente arraigado en la totalidad de la vida, que mira la vida desde lo alto de una colina, que piensa – y dice – que vivir es amar todas las cosas verdaderas. Pero en este libro el narrador habla también de un personaje, Caballo Loco, el famoso indio asesinado por los soldados americanos después de haberse rendido, que se pasea durante la noche en el campamento indio y se comprende que es un hombre inquieto, un hombre fuera de su sitio, ajeno al sentido armonioso de la vida de Alce Negro. No sé si Alce Negro, aunque lo retrata admirablemente, era capaz de entender a Caballo Loco o si Caballo Loco podía comprender fácilmente a Alce Negro. Creo que quizá fuera más probable que Caballo Loco, el Hamlet caído por error entre los pieles rojas, como Saúl en el Antiguo Testamento, podía comprender a Alce Negro, su hermano de tribu y su auto-creador más que al revés. Pero no lo sé con certeza”.

Lo que sí se sabe con certeza es el caudal tan enriquecedor y diverso de lecturas que recoge la formación de Magris. Jirones de páginas y jirones de escrituras múltiples -algunas trazadas sobre paredes y otras divisando colinas y campos -, ambición y obsesión de lecturas que recuerdan aquella célebre expresión del Quijote en su Primera Parte: “Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles a un sedero: y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desde mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía…”

Y así Magris se detuvo a leer a a Alce Negro y a seguir la historia de Caballo Loco.

(Imágenes:-1.-sobre Jane Austen.-foto Eamon McCabe/ 2.-Caballo Loco.-elabrevadero.com)