EL GUSTO POR LA LECTURA

“¿Te dije que estoy volviendo a leer toda la literatura inglesa? — le dice Virginia Woolf a Ethel Smyth en febrero de 1941– Para cuando llegue a Shakespeare estarán cayendo las bombas. De modo que he arreglado una última escena perfecta ( en esos meses Woolf estaba corrigiendo “Entre actos”) —: leyendo a Shakespeare y habiendo olvidado mi máscara de gas, me desvaneceré y olvidaré del todo. Ayer abatieron a un bombardero del otro lado de Lewes. Yo iba en bicicleta a conseguir nuestra mantequilla, pero sólo escuché un zumbido en las nubes. Como tú dirías,¡ gracias a Dios que nuestros padres nos legaron el gusto por la lectura! En lugar de pensar: para mayo estaremos…como sea, pienso: ¡sólo tres meses para leer a Ben Jonson, Milton, Donne y el resto! (…) Ya no puedo controlar mi cerebro. Leo y leo como un asno, describiendo círculos en torno a un pozo.”

(Imágenes—1– Shakespeare and company/ 2- lourania tumblr)

VEN, NOCHE, VEN


“Ven, noche; ven, Romeo; ven tú, día en la noche;

pues yacerás en alas de la noche

más blanco que la nieve aún no hollada

en la espalda de un cuervo. Ven, amable

noche, ven, rostro negro y amoroso:

dame ya a mi Romeo.”

William Shakespeare


(Imagen – David Blackwood)

THOMAS MANN, DUDAS Y TRABAJO

 


Siempre me ha impresionado la laboriosidad de Thomas Mann. En “La novela de una novela” —  el libro que cuenta cómo iba escribiendo “Doktor Faustus” — se lee:“14 de marzo de 1943. Embalando todos los materiales sobre “José” (“ José y sus hermanos” era el libro que acaba de terminar), el escritorio y los cajones quedaron vacíos.  Y sólo un día después, el 15 de marzo, para ser exacto,  aparece por primera vez en mis apuntes cotidianos, casi aislada, la anotación: “Doktor Faustus”.( …) “Conseguí encontrar el proyecto del Dr. Fausto en tres renglones  que datan del año 1901. Habían transcurrido cuarenta y dos años desde el momento en que había anotado el pacto de un artista con el diablo como posible tema de trabajo.”

(…)

Todo hay que guardarlo. Es una convicción personal. Las anotaciones, brotes de creación e ideas, o palidecen y agonizan al cabo del tiempo en un cuaderno o en un armario porque carecen de fuerza, o resisten e incluso cobran mucho más vigor conforme pasan meses o años. ¿ Cómo es posible que en 1969, viviendo yo en París, preparara ya con libros y apuntes cosas sobre Japón, para un libro que iría escribiendo muchos años después?

Cuando Thomas Mann le consulta a su mujer si ella cree que él debe adentrarse en esa nueva obra del Dr Faustus, ella se inclina en cambio a que prosiga con la continuación de las andanzas del estafador Félix Krull. Pero Mann no se inquieta. Se siente atraído por el viejo/ nuevo proyecto. “ Se trataba ahora de saber — escribe — si había llegado la hora de realizar aquella tarea proyectada, aunque vagamente tiempo atrás. No puedo negar una repulsión instintiva, reforzada por el presentimiento de que “ el asunto” era agobiador, de que me costaría sangre, mucha sangre, darle forma. Este movimiento instintivo podía expresarse en la fórmula: “Mejor será cualquier otra cosa antes”.

Y sin embargo se pone a ello. Resúmenes, anotaciones, cálculos cronológicos, personajes, lecturas, preparación. Lee a Shakespeare, estudia instrumentos musicales, habla con Schönberg y con muchos más. En fin, trabaja. Y el domingo 23 de mayo de 1943 apunta en su “Diario”: ‘He comenzado esta mañana a escribir “Doktor Faustus”.

”Lo importante es escribir, no publicar”, decía Virginia Woolf. Indudablemente hay que intentar publicar. Pero lo importante es el trabajo.

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes— 1- Thomas Mann- libraries – ecu – edu/ 2- Katia Mann y Thomas Mann en Berlín – 1929 – Bundes archive / 3- biblioteque tumbar)

¿CON UN DÍA DE VERANO DEBERÉ COMPARARTE?

 


“¿Con un día de verano deberé compararte?

Tienes tú más belleza y eres más apacible:

sacuden rudos vientos los capullos  de Mayo,

lo que trae el verano apenas dura nada.

A veces con excesivo brillo arde el ojo del cielo

y a veces pierde vigor su complexión dorada

y toda belleza algún día perderá la belleza

por causa del azar o del curso del tiempo.

Pero tu eterno verano siempre será inmortal

y no dejará de ser tuya tu inaugural  belleza,

ni podrá la Muerte arrastrarte a su sombra

cuando en eternos versos seas parte del tiempo.

Mientras haya quien respire y haya ojos que vean,

todo esto vivirá y a ti te dará vida.”

William Shakespeare—Soneto XVlll)- (traducción de Ángel Rupérez)

 


(Imágenes—1- Max Ernst – Sol amarillo- 1964 – galeria lufoff/ 2- Thomas Moran-1875-Museo de arte de Carolina del Norte)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (43) : LA BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (43) : La biblioteca del pensamiento

 

 

 

Hemos entrado, la periodista y yo, en este otro despacho que tengo, en el despacho del ensayo. Es más pequeño. Es otro mundo. Otro mundo distinto. Se advierte hasta en las estanterías, en cómo están colocados los libros; la periodista me lo ha hecho notar enseguida. Aquí apenas hay fotografías ni papeles recortados.

—¿También éste lo usa como “farmacia”…? – me ha preguntado al entrar, no sin cierto humor.

—No. Este despacho es otra cosa. Es un despacho de consulta. De consulta asidua. Aquí están, por ejemplo, mis amigos, los que me han ido formando y los que me siguen formando.

—¿Por ejemplo?

—Pues por ejemplo Montaigne, Pascal, Kenneth Clark, Steiner, Pietro Citati, ciertos libros de Ortega…

—Muchos no los conozco.

—Nos llevaría mucho tiempo hablar de ellos. Kenneth Clark, por ejemplo, es un gran historiador de arte británico, un excelente divulgador, que me ha enseñado el arte del paisaje o cómo valorar mejor una obra maestra. O Citati, un gran crítico italiano que me ha adentrado por muchos autores y muchas culturas. O Steiner, que me ha mostrado la importancia de la soledad, del silencio, la importancia de la música.

—¿Oye usted mucha música?

—No, no demasiada. Debería escuchar mucha más. No sé por qué me he inclinado más hacia la pintura.

—Veo que también a la poesía. Aquí hay varias estanterías dedicadas a la poesía.

—Si, la poesía es un hallazgo permanente. Una muestra de belleza sintetizada en la precisión. Muchas veces un regalo del lenguaje. Se aprende mucho leyendo poesía.

—¿Qué ha aprendido usted leyendo poesía?

—Pues las intuiciones condensadas en el lenguaje, la elección de las palabras, las expresiones absolutamente acertadas, asombrosas, inauditas. Pienso en Rilke, en Eliot, pero también entre los españoles en Ángel González, en Claudio Rodríguez, en Juan Ramón, en tantos otros…

—Y veo que también tiene aquí una balda entera dedicada a Cervantes…, ¿no ha querido colocarlo en el otro despacho, en el de la ficción?

—No. He preferido colocarlo aquí porque es uno de mis grandes amigos. Siempre me ha acompañado“El Quijote”. “El Quijote” y los estudios sobre “El Quijote”. Ellos me han enriquecido la vida continuamente. Es una enseñanza perpetua.

—¿Usted llega a las grandes obras a través de los estudios y los comentarios o las lee directamente, sin ayudarse de ningún comentario previo?

—Ambas cosas. Hay libros que son como montañas, que hay que ascender a ellas ayudándose, como usted dice, con especialistas, con investigadores. Pienso, por ejemplo, en “La divina Comedia”. Se leen partes de ella una primera vez directamente y luego se acude a un comentario; muchas cosas quedan iluminadas gracias a ese comentario certero – hay valiosísimos comentarios o estudios sobre Dante o sobre Shakespeare, por ejemplo – y entonces uno vuelve a leer, relee, vuelve a aprender.

—Repite usted con frecuencia esa palabra, “aprender”, le gusta, va con usted, ¿ siempre quiere aprender?

—Sí, es necesario aprender siempre, es algo capital, es de un enorme interés para enriquecer a la persona. La enriquece. Nunca se llega a aprender del todo. La vida es un aprendizaje. Pero los libros continuamente enseñan. Yo ignoro muchísimas cosas, pero intento mantener abierta la curiosidad, la curiosidad es esencial.

—La curiosidad es algo de lo que usted me hablaba el otro día al referirse al periodismo, algo que intentó también fomentar en sus alumnos…

—El periodismo ha cambiado mucho. Pero la curiosidad siempre será una de sus bases. Yo cuando daba clase les decía medio en broma a mis alumnos que me hubiera gustado examinarles en la puerta de la Facultad el primer día del primer año, antes de entrar, preguntándoles: “Usted, ¿por qué siente curiosidad? ¿qué le interesa? ¿qué le intriga?”. A más amplia curiosidad, mayores dotes para el periodismo. Pero también para la vida. Uno tiene que tener curiosidad por todo conforme se van cumpliendo años: estar al día. El mundo es muy cambiante y lo hace a toda velocidad. La curiosidad sana va hermanada con la juventud interior: interesarse, intrigarse ante lo desconocido. De alguna manera es lo que está usted haciendo, por ejemplo, con sus preguntas.

—Bueno, lo intento… Pero me gustaría hacerle ahora otra pregunta. Puesto que estamos en su despacho y a la vez hablamos de periodismo, de novela, de ensayo, de tantas otras cosas, ¿de qué forma se definiría usted? ¿Es más periodista, más escritor, más profesor…?

—Yo me considero más escritor y profesor. Mejor dichho, un mero artesano. Como escritor, un mero artesano. No hay que darle mayor importancia a ser escritor. No la tiene. Soy una persona que intenta trabajar con las ideas, con las palabras. Cada uno tiene en la vida unas aptitudes y yo creo que estoy más cerca de la creación y de la divulgación que de otra cosa. La divulgación está muy unida a la enseñanza y los treinta años que he dedicado a la enseñanza (y después, aprovechando las herramientas de internet, como ya le hablé), en el fondo lo que he hecho es divulgar algo de lo que sabía, intentar apasionar con un oficio pero también transmitir algunos saberes. Y a la vez, escribir, crear. Siempre que he tenido tiempo, y cuando no he tenido tiempo lo he buscado, me he dedicado a crear, a inventar historias, a desarrollarlas. Marañón se calificaba como un “trapero del tiempo”. Yo no sé si pudiera decir lo mismo, pero lo cierto es que en cualquier momento libre me he dedicado a anotar historias, a esbozarlas, eso que me gusta mucho en llamar “esbozos de esbozos”. Esos “esbozos de esbozos” que parecen nimiedades, meros borradores sin importancia, y con los que he llenado esos cuadernos azules pequeñitos que usted ha visto y otros blocs de notas muy numerosos que siempre me han acompañado, son los apuntes o esbozos que al final quedan, valen mucho, le mantienen a uno en tensión creadora, le suscitan ideas que casi son realidades, que son muchas veces definitivas realidades, algunas incluso son historias ya completas en sí mismas, otras habrá que trabajarlas mucho. Pero lo importante, como antes le decía, es aprender, leer, releer, anotar, escribir, mantener activas la imaginación y la memoria, no solamente para luchar contra el envejecimiento, sino porque uno está inclinado a eso, mejor o peor, uno está dotado para eso. Y por tanto hay que desarrollarlo.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

EL SUEÑO DE LA EPIDEMIA

 

El escritor francés Georges Perec publicó  en su libro, “La cámara oscura”,  muchos de sus sueños.

De una noche de octubre de 1970 contó  el siguiente que había soñado :

LA  EPIDEMIA

“El soñador ( porque toda esta historia parece una novela en tercera persona) se ha sentado en la mesa de un pequeño bistrot. Aunque sea extranjero, enseguida lo consideramos como uno de los fieles habituales de la casa. El patrón y algunos clientes  hablan de la epidemia. Entra el cocinero chino del restaurante de al lado ( el soñador piensa  que se parece a alguien que él conoce);  el cocinero chino dice que hay que encontrarle un sustituto, porque él ya no puede continuar vigilando sus fuegos y cocinando en casa de las niñas al mismo tiempo. Cita, respecto a esto, el refrán de Shakespeare:

—-¡ No todos morían, pero a todos afectaba!

Estupefacto, el patrón del café mira al soñador: él conocía ese refrán a través de este último. En ese mismo instante, el soñador comprende que deja de ser un desconocido sentado a la mesa y que se convierte en “el personaje central”; al mismo tiempo, reconoce al cocinero chino; sólo lo conoce a él. Es él quien, efectivamente, viene de vez en cuando por voluntad propia a echarle una mano a las chicas.

 

Ha habido una gran epidemia de cólera. Todo el mundo quiere que le examine el médico. Los síntomas son esputos de sangre. El soñador y dos de sus amigos recorren la ciudad. Llegan hasta una escalera bloqueada por una multitud de chicas jóvenes, sin duda de un internado. Fingen tener prioridad, como si uno de ellos padeciese la enfermedad, para obligar al médico a ocuparse antes de ellos. El médico se ve obligado a abrirse camino entre las chicas.

Un poco más tarde, en medio de un montón de chicas tumbadas, enfermas, el soñador recoge del suelo un pedazo de tierra ( y no una inmundicia o un excremento). Y descubre, tras una puerta, a su amigo J., yacente, muerto, convertido en tierra, convertido en bloque de tierra al que le falta el pedazo que él acaba de recoger.”

(Fin del sueño)

 

 

(Imágenes—1- Joshua Flnt/ 2- David Kapp- 2014/ 3-Saúl Leiter- 1956)

LOS HÉROES

 

“A mi modo de ver la Historia universal, lo realizado por el hombre aquí abajo  — decía Carlyle en “Los héroes” —es, en el fondo, la historia de los grandes hombres que entre nosotros laboraron. Modelaron la vida general grandes capitanes, ejemplos vivos y creadores  en vasto sentido de cuanto la masa humana procuró alcanzar o llevar a cabo: todo lo que cumplido vemos y atrae nuestra atención es el resultado material y externo, la realización práctica, la forma corpórea, el pensamiento materializado de los grandes hombres que nos enviaron. Su historia, para decirlo claro, es el alma de la historia del mundo entero.

El gran hombre es foco de vívida luz, manantial en cuyo margen nos extasiamos, claridad que disipó las sombras del mundo.”

Carlyle dedica sus páginas, entre otros, a Dante y a Shakespeare, a Johnson y a Cromwell, también a Napoleón.

Pienso que hoy habría otro  Carlyle contemporáneo que escribiría sobre los enfermeros y sanitarios anónimos del mundo y a las 8 se uniría a los aplausos.

(Imagen —1- Lucas Fowler)

“LOS CUADERNOS MIQUELRiUS’ : MEMORIAS (12)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (12):   “París,  mayo del 68” y el teatro Odeón

 

 

3 mayo

Pero la periodista existe. Hoy llega  de nuevo, como muchas otras tardes, a las cinco en punto, preparada como siempre, con su cartera llena de notas, y su pequeña grabadora. Nada más sentarse me lanza la pregunta que sin duda trae muy pensada:

— El otro día me hablaba usted de la muerte de su madre y de que en ese momento vivía usted en París. Me gustaría que me contara algo de aquellos años. Creo que usted vivió muy de cerca la llamada “revolución” de mayo del 68.

Tardo un poco antes de contestar.

– Sí, es cierto. La cultura – le digo -, y así lo he pensado siempre, es una cosa y los vaivenes de la política son otros. Yo siempre he procurado escribir sobre la cultura, que es lo que en el fondo me interesa, aunque he tenido que escribir naturalmente de política. Las dos van por caminos distintos. Sí, estuve en la tan comentada y ya muy lejana “revolución” de mayo del 68 a la que usted alude. Eso es historia lejana. Pero sí, asistí a ella en primera línea y a la vez he de matizar enseguida al abordar tales sucesos que aquello, para mí y para muchos otros observadores, no fue precisamente una “revolución” sino una “revuelta”. Lo he dicho en muchas ocasiones. La revolución, incluso si no ha sido preparada – y así lo señalaba entonces un destacado historiador – desemboca en un cambio radical en las instituciones; la revuelta, al contrario, es un movimiento más imprevisible y que no está centrado necesariamente en el futuro; las revueltas son interesantes por aquello que revelan y aquello que las ha hecho nacer, mientras que las revoluciones son interesantes por aquello en que desembocan. He de evocar por tanto aquellas escenas vividas de lo que yo siempre he llamado “revuelta” deteniéndome en el parisino puente de Saint-Michel donde conocí a Daniel Cohn-Bendit, el líder de aquel movimiento de protesta, (él tenía 23 años y yo tenía 32) al mediodía de aquel 6 de mayo de 1968, aquel puente que en esos momentos estaba absolutamente invadido de gritos y banderas. También recuerdo la normal curiosidad que me empujó a seguir tanto a Cohn- Bendit como a la gran multitud de estudiantes que en avalancha le acompañaban detrás de sus banderas hasta pasar luego, quizás media hora o quizás una hora después, no sé bien lo que tardaríamos en cruzar, hasta la orilla izquierda de París para llegar después en tumulto al Barrio Latino y concentrarse aquella multitud estudiantil, y yo con ella, en la plaza Maubert. Habría esa tarde, según los cálculos que se hicieron, unos 10.0OO estudiantes ocupando ya El Barrio Latino, y rodeados por ellos y frente a ellos toda clase de vehículos y fuerzas policiales estratégicamente extendidas a lo largo del bulevar Saint-Germain y hasta el Odeón. Era indudablemente el escenario de una batalla. Y tengo presente también aquel café que hacía esquina, muy cerca de una Sorbona a punto de ser tomada, en el que tuve que refugiarme toda la tarde y en el que permanecería luego toda la noche transmitiendo crónicas telefónicas casi continuas a mi periódico. Los ojos juveniles y retadores de Cohn-Bendit enfrentados a la policía, multiplicados en una célebre fotografía que dio la vuelta al mundo, fueron esos días unos ojos omnipresentes. En una de aquellas madrugadas que me tocó vivir, probablemente sería en la madrugada del día siguiente, fui testigo de unas horas envueltas en humaredas de gases lacrimógenos y ulular de ambulancias mezcladas con manos estudiantiles lanzando adoquines arrancados de la calzada y con la niebla grisácea de los botes de humo. Allí vi pasar a mi lado a un Premio Nobel, Jacques Monod, llevando en sus brazos a una estudiante malherida. Y luego, días más tarde, evocando de nuevo aquellas semanas de París, exactamente nueve días después, el 15 de mayo, un espectáculo inaudito y sorprendente : la imagen luminosa, desordenada y nocturna del Odeón, del teatro Odeón, ocupado por los estudiantes y los obreros y abierto de par en par día y noche a todas las gentes. Estuvo así, noche y día abierto el teatro Odeón durante veintinueve días. Si se pudiera escribir una obra insólita para ser representada de modo espontáneo por los ciudadanos sin duda no habría otra mejor que la compuesta por aquellos diálogos nocturnos interminables a los que muchas noches asistí en el Odeón, aquellas conversaciones y reproches lanzados a gritos de un palco a otro palco y de butaca a butaca. No hay ningún director a quien se le ocurra tal representación. “¡Reinventad la vida!”, se gritaba desde un extremo a otro de la sala, “¡Vosotros sois el arte!”, se lanzaba desde otro lugar, “¡ Vosotros sois la revolución!”, se contestaba desde otro palco. Todas estas exclamaciones quedaban enmarcadas por los carteles que inundaban los pasillos : “La revolución es una iniciativa”, se leía en uno, “Abraza a tu amor sin dejar tu fusil”, “Cuando la Asamblea Nacional se convierte en un teatro burgués, todos los teatros burgueses deben convertirse en asambleas nacionales”, “¡Sean sucios, pero azucarados jamás!”. Y aún me parece verme allí, leyendo aquellos “grafittis” que cubrían las escaleras y rincones del teatro y a la vez en el momento en que, desconcertado por cuanto estaba ocurriendo, volví a entrar en el gran patio de butacas permanentemente iluminado por las lámparas y levantando la vista hacia el techo quedé admirado por la belleza de aquel asombroso decorado azul en oro y púrpura, un admirable techo creado por André Masson y en el que podían contemplarse figuras inspiradas en Esquilo, en Shakespeare y en Claudel, enlazándose la pintura moderna con motivos plásticos del siglo XVlll. Aquel patio de butacas multicolor, invadido entonces de rostros, gorras, atuendos de mujeres y de hombres, madres de familia, oficinistas, comerciantes de barrio, obreros, agitadores, actrices, estudiantes – unos 4000 estudiantes se dijo que pudieron entrar y salir a distintas horas y en distintos días por las puertas abiertas de aquel teatro cuyo aforo no superaba el millar -, todos esgrimiendo a gritos las palabras, sus incesantes propuestas, los improperios y las ideas cruzadas desde los palcos a las butacas, todo aquel patio, como digo, me remitía de pronto, por una extraña asociación de ideas, a lecturas mías de tiempos pasados cuando aún estudiaba en la universidad y descubría, fascinado por su vanguardismo, aquella pieza de Pirandello, “Esta noche se improvisa”, escrita por el autor siciliano casi cuarenta años antes, en 1930, y en la que se representaba una especie de “teatro en el teatro”. Allí, en aquella obra de Pirandello, yo recordaba que los espectadores/actores confundían e intercambiaban sus voces y sus gestos sin seguir un aparente argumento – hablándose también ellos desde los palcos y desde las butacas, e incluso alargando su interpretación por el vestíbulo y continuando en el desempeño de sus papeles durante el entreacto bajo la dirección, recuerdo, de un tal doctor Hinkfuss que corregía, limitaba y reordenaba las intervenciones de los asistentes pero igualmente modificaba los elementos de la luminotecnia, los coros ambientales y la decoración. ¿Qué relación tenían el arte y la vida? El doctor Hinkfuss – es decir, la voz de Pirandello – aseguraba que el arte era el reino de la creación realizada, mientras que la vida se mostraba en una formación continuamente mudable. Ahora yo estaba allí, a altas horas de la noche, en el patio de butacas del ocupado teatro Odeón de París en el que desembocaban muchas vidas de las gentes, de los barrios, de las familias parisinas de la orilla izquierda y derecha, cada una transportando su protesta y enarbolando también su pretendida solución, vestidos de ellos mismos, con sus ropas de casa o de trabajo, y apareciendo a la vez como personajes inesperados (casi pirandellianos) y como actores que, sin querer, desarrollaban una insólita función. Aquello era parte del teatro de la “revuelta” y parte también de una erupción social que quería sabotear de inmediato todo lo “cultural”. Era un espectáculo que iba precisamente en contra de la industria del espectáculo y a favor de la creación colectiva y de la directa acción revolucionaria. La formación continuamente mudable de las vidas de las gentes, como aseguraba el doctor Hinkfuss, estaba allí representada, y en el escenario, junto a una larga mesa desnuda que podía ocupar cualquiera en cualquier momento, se levantaban dos banderas, una roja y otra negra, y un enorme estandarte en que se leía : “Estudiantes-Obreros, el Odeón está abierto”. Y aún más: aquella singular representación había desplazado y arrojado a los despachos interiores al verdadero director del teatro, Jean- Louis Barrault, y ese gran actor, mimo y director francés, tras haber intentado negociar en vano con los ocupantes, no podía ya hacer otra cosa que salvar de posibles pillajes los archivos más capitales y los objetos de mayor valor.

Pero no todo fue el Odeón y las masas estudiantiles, naturalmente, lo que yo viví en París. Hubo lógicamente muchos más recuerdos. Por ejemplo, el encuentro con un Miterrand joven al que conocí, aunque siempre que me he referido a este punto he querido añadir que mucho más interesante para mí fue la conversación que mantuve en su casa con el filósofo Gabriel Marcel o bien observar de cerca el rostro de André Malraux en el gran salón del Elíseo, en una de las conferencias de prensa que celebraba el general De Gaulle. Tenía entonces Malraux 67 años y hacía un año había publicado sus “Antimemorias” que me había apresurado a leer. En medio de la “revuelta de mayo del 68” él había dicho que la imaginación al poder no quería decir nada, porque no era la imaginación la que tomaba el poder, sino las fuerzas organizadas. El rostro de Malraux, al que en aquel momento veía asomar entre las sillas doradas de los ministros del General, era ya un rostro ajado en su expresión, un rostro fatigado de tanta acción anterior, de tantos hallazgos en el campo estético, pero detrás de aquel rostro había muchas aventuras vitales e intelectuales, mucha meditación y reflexión sobre el arte, y muchas obras escritas. Mucho más interesante entonces para mí, como digo, era aquella cabeza y figura de Malraux que la de Miterrand , con el que coincidí en uno de los salones del hotel Continental el día del vacío de poder en Francia, el día en que desapareció el general De Gaulle durante veinticuatro horas, en la última semana de aquel mayo parisino. Aquel día contemplé un Miterrand combativo pero desorientado respecto a su contrincante político, quien se había evadido misteriosamente del escenario y sobre el que Miterrand ignoraba dónde podría estar. Miterrand tenía entonces 52 años y no podía imaginar – aunque aspirara a ello – que trece años después sería Presidente de la República.

Y respecto a la conversación con Gabriel Marcel de la que antes le hablaba y que me interesó mucho no me olvido de sus ojos azules y de su rostro amable indicándome al entrar en su domicilio de la rue de Tournon, a un paso del jardín de Luxemburgo y del Senado, que, por favor, tuviera cuidado en no pisar los discos extendidos en el suelo que él estaba clasificando y ordenando en aquellos momentos, para removerse luego en su butaca y con una vivacidad sorprendente para sus 79 años hablarme, entre otras cosas, del hombre y de la técnica y decirme que en el fondo el hombre ha cargado las técnicas sobre sus espaldas, y no le será permitido descargarse de ellas. Pero el hombre, añadió, ha adquirido una suerte de obligación, y esta obligación es la de concebir en cualquier caso algo así como un contrapeso a esas técnicas, algo que sea, por así decir, una compensación de las técnicas en el plano espiritual. El valor de la contemplación y el valor de la mística, agregó, deben ser reconocidos como necesarios, tanto más cuanto que el mundo se encuentra cada vez más en la proa de la técnica. Hablamos largo rato de filosofía, de teatro, de la llegada del hombre a la Luna que había tenido lugar en aquellos meses y naturalmente de la “revuelta” de mayo. Una conversación inolvidable.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (1)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido  adelantar  aquí  la publicación de mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que espero  aparezcan  pronto como libro.  Comienzan a publicarse hoy, y se irán  publicando lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (1)

 

 

21 abril

¿Funcionará esto? Aún no se lo pregunta el editor en estas primeras líneas porque aún nada le dicen, pero conforme lee estas frases lo tiene ya muy presente, ¿funcionará o no funcionará este texto? le susurra su subconsciente; ha escogido el editor este original mío de entre los originales que le esperan, él aún no ve más que el texto, no me ve a mí, pero yo sí le veo, estoy viendo al editor sentado muchas tardes en su despacho, otras lo veo en el coche, en el tren, en varias ocasiones le he visto también tumbado encima de la cama, leyéndome. Es persona joven, se ha calado las gafas, recorre atentamente la pantalla, ha ordenado hacer una copia de todo esto para varios de sus asesores, no puede jugarse el dinero, sus asesores y lectores en su momento le dirán si esto “puede funcionar o no”, si esto atrae, si puede interesar; el escritor, que soy yo, no puede escribir sin embargo únicamente “para que esto funcione”, escribe, escribo, emborrono, me he levantado varias veces para buscar otro cuaderno limpio, me he vuelto a sentar, he cruzado las piernas, he tomado la pluma, he colocado el cuaderno encima de mis rodillas.

 

—Entonces usted no escribe directamente en el ordenador? – me pregunta la periodista nada más llegar al despacho y sentarse frente a mí

 

.—Pues no; alterno, señorita; ahora por ejemplo, conforme sigo escribiendo en este cuaderno y a la vez la escucho, continúo viendo al editor. No es aún “mi” editor, qué más quisiera yo, es hombre que se juega su pequeña fortuna con la literatura, es editor esmerado, cuidadoso con las portadas, con el papel, con la encuadernación, vigila también la distribución, pero yo, poco a poco, mientras sigo escribiendo en este cuaderno, advierto que está desapareciendo la figura del editor, ahora veo en cambio, de pie, aún borrosamente, en el rincón de una librería, al lector común, mejor dicho, a la lectora común, porque esta es una chica de unos veinticinco o veintiséis años, no creo que llegue a los treinta, ahora sí, ahora la veo bien, la veo merodear por las estanterías, viste unos vaqueros azul oscuro y una blusa blanca con varios collares de colores, está asombrada por tantos lomos de libros que se alzan hasta el techo igual que columnas, a ella le gusta esta librería, suele venir a ratos, cuando tiene tiempo, no tiene demasiado dinero para libros, ella siempre levanta la cabeza, pasea por los títulos con curiosidad, luego baja la mirada y la extiende sobre mesas repletas de libros, mar de mesas, mar de cubiertas, libros “vivos” aún, novedades de política que apenas le interesan, novedades de autoayuda que siempre rechaza, ella busca ficción, es joven, cuando cumpla varios años quizá no le interese tanto la ficción como la reflexión o el ensayo, quizás relea algo de esta ficción que leyó de joven, pero es improbable, el cine tiene grandes influencias sobre ella y acaso ya no vuelva a leer “Guerra y Paz” o “Cumbres borrascosas” porque las imágenes en la sala oscura ya han reemplazado los matices de los bailes y los sentimientos, las vidas adquieren en el cine intensidad pero sobre todo velocidad y el ojo del espectador rellena enseguida los espacios, adivina, se adelanta a las palabras.

– ¿Eso es lo que piensa usted del cine? – me dice la periodista.

– -Sí, eso es lo que pienso – le contesto – . Admiro el cine, la imagen. Pero la palabra está ahí, la palabra está en este cuaderno. ¿Sabe por qué me pongo a escribir aquí, junto a la ventana?, porque me anima siempre una fotografía de una importante escritora inglesa que estaba diariamente sentada de esa forma, en medio de las nieblas de su cabeza, esforzándose por avanzar. “Escribo – decía ella – dos páginas de puros disparates después de grandes esfuerzos; escribo variaciones de cada frase; componendas; tentativas fallidas; posibilidades; hasta que mi cuaderno es como el sueño de un lunático. Luego confío en la inspiración al releer; y les doy cierto sentido a lápiz. Pero no estoy satisfecha. Creo que le falta algo. No le sacrifico nada al decoro. Voy derecha al centro”.

– ¿Y usted? ¿Va derecho al centro?

– Bueno, lo intento. Unos se estimulan con pastillas y yo me estimulo con textos, sobre todo con textos que hablen de la tenacidad, del esfuerzo. Me veo ante ellos como ante un espejo. “Con cuánto placer – leo por ejemplo en otro de esos autores que siempre me animan – , con cuánto placer me he quedado ante un libro hasta muy entrado el crepúsculo, hasta que no podía descifrar ya nada y mis pensamientos comenzaban a dar vueltas, qué protegido me sentía cuando, en mi casa, en la noche oscura, me sentaba ante el escritorio y sólo tenía que ver cómo la punta del lápiz, al resplandor de la lámpara, por decirlo así por sí mismo y con fidelidad total seguía a su sombra, que se deslizaba regularmente de izquierda a derecha y renglón por renglón sobre el papel pautado. Ahora, sin embargo, escribir se me había hecho tan difícil que a menudo necesitaba un día entero para una sola frase, y apenas había escrito una frase así, pensada con el mayor esfuerzo, se me mostraba la penosa falsedad de mi construcción y lo inadecuado de todas las palabras por mí utilizadas. Cuando, sin embargo, mediante una especie de autoengaño, conseguía a veces considerar que había hecho mi trabajo diario, a la mañana siguiente me miraban siempre, en cuanto echaba la primera ojeada al papel, los peores errores, inconsecuencias y deslices. Hubiera escrito poco o mucho, me parecía siempre al leerlo, tan fundamentalmente equivocado, que, al punto, tenía que destruirlo y comenzar de nuevo”. Y de este modo, leyendo a todos estos autores de que le hablo, yo me atrevo a escribir. Como tantas otras veces, aunque no lo confieso por temor a ser incomprendido, miro esta mesa y este cuarto, esta ventana de cerraduras no muy bien encajadas, y me veo inclinado en mi rincón como un escritor más en el panorama inmenso de escritores modestos de todos los tiempos, escritores que acompañan muy de lejos la sombra de Cervantes o de Shakespeare, escritores secundarios, dotados sin embargo de personalidad y dignidad, inciertos en sus comienzos, ingenuos ante muchos avatares, pero decididos, a veces incluso iluminados, que intentan encontrar su mundo y su voz.

– ¿Le da usted mucha importancia a la voz?

 

—Sí, mucha importancia. Encontrar la voz mientras escribo en este cuaderno no es tarea fácil. Hay infinidad de voces en la narrativa para elegir, voces que a uno le tientan, voces sugerentes y famosas, pero yo he ido siempre tanteando como un ciego, buscando la voz, el tono. Este cuaderno que tengo ahora sobre mis rodillas es para mí, al fin, como un imán. Tantos ratos perdidos en otras cosas, en gestiones múltiples, por ejemplo, o en relaciones sociales, o en idas y venidas banales y superficiales que me han ido ocupando la cabeza sin aportarme nada, han dejado que este cuaderno ( o la pantalla, cuando en ella trabajo) permanezca estéril, abierto y abandonado en esta mesa y en este cuarto de la ventana con cerradura no bien encajada en donde casi nunca antes me sentaba a escribir. Y recuerdo perfectamente el momento en que, no supe bien por qué, un día, a media mañana, me acerqué decididamente a este cuaderno, tomé la pluma, y sentí que tenía la imperiosa necesidad de escribir sobre algo, por ejemplo sobre usted, sobre la periodista que iba a venir a entrevistarme.

 

– -¿Sobre mí?

 

– -Sí, sobre usted. La vi a usted el otro día, en el momento en que nos presentaron y me dijo que quería hacerme una entrevista. La vi tal como está usted ahora. Pero no sólo la vi a usted sino que vi también al editor en su casa, en su despacho, leyéndome lo que yo en ese momento iba a escribir, y tampoco vi únicamente al editor y a usted sino que se me apareció a lo lejos, sobre las páginas del cuaderno, una muchacha de unos veinticinco o veintiséis años, no llegaría a los treinta, una muchacha que vestía unos vaqueros azul oscuros y una blusa blanca con varios collares de colores, curioseando por una gran librería, una gran librería que a mí me gustaba y me sigue gustando y a la que suelo acudir con frecuencia, “La Central”, en Madrid. ¿La conoce?

 

– Si, la conozco.

– Pues aquella muchacha a la que yo quise bautizar enseguida en mi relato como la “lectora común”, en un primer momento no se fijó en mí. Yo estaba sentado en uno de esos sillones que se encuentran en la segunda planta de esa librería, no sé si usted los recuerda, son dos sillones antiguos pero muy cómodos, en los que a veces me cito y me siento a charlar, aunque siempre en voz baja, con un buen amigo mío de hace años, Ricardo Senabre, un catedrático y crítico literario, un crítico muy exigente del diario “El Mundo” que vive en Alicante y que de vez en cuando viene a Madrid. Son dos sillones prácticamente iguales, en un pequeño cuarto algo retirado de las estanterías, cerca de un gran ventanal. Pues bien, aquella muchacha de los vaqueros azul oscuro llevaba en ese momento un libro en la mano, sin duda lo acababa de coger de una de las mesas y de repente, decidida, se sentó en el sillón de enfrente. De reojo y por simple curiosidad quise fijarme en el título del libro. Era “Una habitación propia”, una célebre obra de Virginia Woolf que desde hacía años tenía gran eco y que yo ya conocía. Entonces, aquella chica, al sorprender mi mirada, me preguntó intrigada y con una sonrisa, señalando la portada: “¿Lo conoce?”. Cuando afirmé con la cabeza me volvió a preguntar si el libro valía la pena. No quise desvelarle nada de la obra, le contesté que a mí me había interesado enormemente, y de ahí, poco a poco y en voz muy baja, aunque la verdad es que por la hora no había muchos clientes en la librería y podíamos hablar con tranquilidad, iniciamos una pequeña conversación que aún recuerdo perfectamente porque me di cuenta enseguida de que ella, más que un interés inmediato en la lectura, lo que le apetecía era hablar y desahogarse. Me contó que estaba finalizando la carrera de Medicina y que muchas mañanas cuando no tenía clase se escapaba a curiosear en librerías. “Me gustan los libros con muchas historias”, me dijo, “sobre todo me gustan las historias. Encuentro historias por todas partes. El mundo está lleno de historias”. Como tantos otros estudiantes del mundo ella había emprendido aquella carrera, según me contó, casi por obligación, para no disgustar a su padre, también médico, pero conforme los cursos avanzaban la medicina se había ido alejando más de ella y ella también de la medicina. “En el curso pasado”, añadió, “haciendo un día mis prácticas de autopsia, me di cuenta de que ya no me interesaban nada las vísceras de aquel cadáver que tenía delante y en cambio sí que estaba intrigada por cuál hubiera podido ser la vida de aquella persona, qué amores, por ejemplo, habría tenido, y de qué familia provenía”. Todo esto me lo comunicó en tono pensativo, como exponiendo algo que tenía muy meditado desde hacía tiempo y que llevaba dentro por convicción. “¿Y entonces, vas a dedicarte a la medicina?”, me aventuré a preguntarle. Hizo un gesto de rara pasividad, se encogió de hombros, comenzó a hojear el libro que tenía entre las manos, y no me contestó.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius”(Memorias)

(Continuará)

 

(TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS)

LONDRES, INGLATERRA

 

 

El día en que se va el Reino Unido  de la Unión  Europea, repaso visiones de Londres reflejadas en el interesante libro de Ignacio Peyró, “Pompa y circunstancia”:  “A una ciudad de tanto teatro , de Shakespeare a Scaramouche, le va bien la imaginación dickensiana, que equipara su historia a “una espectacular obra de teatro en la que los actores son los grandes y los humildes; los felices y los desdichados; los sabios y los ignorantes; hombres y mujeres que de verdad vivieron y  murieron.” Dickens no vio en plenitud el altiplano gozoso del Londres victoriano e imperial, el burbujeo de gozo y lujo del Londres eduardiano; echamos de menos su pluma para narrar el Londres acosado por el “Blitz”, el despertar de la posguerra, la crisis de los sesenta. Destino perpetuo “para turistas ricos”, el Londres de hoy, sufriente con bombas y atentados, exitoso en sus Juegos, se apega con pasmosa fidelidad a su mudanza. Morand entronca su camino con el de los propios ingleses : salvarán el genio de su capital en la medida en que ellos sepan conservar sus propias virtudes.

 

 

Londres creció porque supo engullir y atraerse lo mejor de Inglaterra —ya Defoe dijo que todo el reino manda a Londres sus provisiones y sus gentes —, pero también porque supo ofrecerse como patria de todos los exilios: ha sido nido sucesivo de hugonotes, judíos, pakistaníes, resistentes y expatriados de mil causas, de anticomunistas del Este a liberales españoles o nacionalistas griegos.

Algunos de estos recién llegados fueron egregios, como el Rimbaud que se acogía en el Museo Británico porque tenía calefacción y papel gratis. Todavía  hoy es difícil encontrar londinenses en Londres: todo el mundo ha sido acogido y rebautizado en una ciudad que, si ofreció licencia, es porque también fue siempre un lugar de libertad para los propios y los ajenos. Fueron muchos los profetas que encontraron en Londres un lugar para madurar sus utopías, pero no un lugar para llevarlas a cabo.

Estos son sabidurías de la vieja ciudad liberal, donde Boswell podía permitirse correrías inauditas  y — según Melville—uno lograba desaparecer como si se hallara en los mares del sur.

 

 

(Imágenes—1- Robert Frank – 1951/ 2- Grace Gollen/ 3-Giuseppe de Nitis)

EL LOCO, EL AMANTE Y EL POETA

 

 

“El loco, el amante y el poeta —dice Shakespeare —son todo imaginación: el uno, el loco, ve más demonios de los que el infierno puede contener; el amante, no menos insensato, ve la belleza de Helena en la frente de una gitana; la mirada del ardiente poeta, en su hermoso delirio, va alternativamente de los cielos a la tierra y de la tierra a los cielos; y como la imaginación produce formas de objetos desconocidos, la pluma del poeta los metamorfosea y les asigna una morada etérea y un nombre.”

(Imagen —Marc Chagall -lunaria -1967)

LA VOZ DE SHAKESPEARE

 


 

“Quizá te es desconocida esta  mísera y sublime condición de poeta —le hace decir el italiano Giovanni Papini a Shakespeare en su “Juicio Universal” —. En medio de los hombres es como un rey que puede conceder la gracia de la vida; como un nigromante que invoca de las negras sombras a inocentes y a reos; como un músico que debe entonar cantos de furor o de dulzura para aquellos que no han sabido extraer los misteriosos tesoros escondidos en cada uno de nosotros. En torno a mi mente siempre había una poblada corona de seres de toda clase que me pedían que les devolviese movimiento y palabra. Eran los muertos, eran los vencidos, eran los sacrificados , eran jovencitas bajadas al sepulcro demasiado pronto, condenados que querían gritar su inocencia, dementes que querían descubrir la verdadera razón de su locura, amantes que querían murmurar de nuevo y eternamente las extrañas y suaves paradojas de la pasión.

 


 

Durante muchos y muchos años satisfice como pude a centenares de aquellos violentas solicitantes y tuve alguna compensación en las alegrías de la creación y en el renombre. Pero también aquellas alegrías fueron superadas por el dolor. Dolor por el pesar de los excluidos, pues yo, aunque escritor fecundo, no podía llamar a la escena de la vida a todas aquellas larvas implorantes. Dolor por la insuficiencia de mi genio para decir todo lo que los postulantes me sugerían; para representarlos con aquella perfección de luz que ellos hubieran querido; porque me di cuenta de que el arte es siempre, en definitiva, un espléndido fracaso. Dolor, finalmente, por el descubrimiento que iba haciendo, a través de tantas almas, de las secretas suciedades y torturas de la vida humana. Descubrí que el poder de los poderosos se paga siempre por ellos y por los demás, con sus manchas; que la razón tiene sus absurdos y la locura, casi siempre, su inaudita razón. Descubrí que los pobres sufren, que los grandes sufren, que los perseguidos sufren, que amantes y odiantes sufren, que aun los sabios sufren y más duramente que los demás. Y, al fin, fui superado y enmudecido por este universal dolor descubierto por mí en los seres que quisieron convertirse a la fuerza en personajes de mis obras.

 

 

Dolores ocultos, no sospechados, no confesados, dolores sin remisión ni rescate. Y en el último drama imaginé una isla donde un mago que fue príncipe se ha refugiado junto a la belleza inocente, pero no es servido por hombres, sino por un ángel y por un bruto. Fue aquel mi testamento y mi despedida de mi fatigado y doloroso oficio de poeta.”

 

 

( Imágenes —1-Enrique Lvfolger- Shakespeare library/ 2-Henry Fuseli- 1793/ 3- George Rommey- 1775- Shakespeare library/ 4-nueve mujeres de Shakespeare -Milto)

LECTURAS DE BENET

 

 

La Biblioteca Nacional acaba de adquirir 9000 libros, 600 manuscritos, fotografías y anotaciones sobre las obras que iba leyendo el escritor Juan Benet, y en ese universo se adentra uno para intentar averiguar el espacio íntimo de su creación. “ Salvo excepciones – decía Benet – , yo suelo escribir cuando no tengo nada que hacer, cuando llego a casa y no viene ningún amigo ni nadie me dice que vayamos al cine. Y claro, son pocos días. Son tres o cuatro a la semana, como mucho. Cuando no tengo  nada que hacer y está todo en orden, pues entonces, voy a la habitación, me pongo delante de la máquina y entre ocho y diez, escribo un par de folios. Ése es mi sistema de trabajo. Yo tengo la virtud de que – debe ser una virtud – , no tengo ningún esfuerzo para reescribir. Yo puedo haber abandonado, a la mitad de la página, un párrafo, hace quince días: vuelvo a Madrid y lo encuentro y sigo. Y lo sigo a los cinco minutos. No necesito mucha preparación  El pensamiento…. las novelas las tengo como un tanto maduradas previamente.

 

 

(…) En mi juventud, mis amores literarios eran los escritores contemporáneos. Es lo que pasa cuando eres joven; entonces  lo último es lo que se considera más valioso. Mis amores empezaron por la Generacion Perdida, por Faulkner, por Kafka, para pasar a Mann y a Proust. Pero luego he perdido contemporaneidad. Los escritores contemporáneos me llaman menos la atención. Supongo que es un signo de envejecimiento. Me llaman más la atención los clásicos, incluso los clásicos grecolatinos (…) Cada vez leo menos a los contemporáneos, y, sobre todo, nunca leo un éxito de venta. Ya tiene que venir un libro con muchas canciones eclesiásticas para que me meta con él si es extenso. Cuando eras joven no te importaba mucho meter la pata, porque los jóvenes, todos, meten la pata; pero cuando llegas a cierta edad comprendes que el tiempo que has dedicado a la lectura ha sido poco y se empleó mal. Se emplea mal porque se lee mucho para estar al día,  haciendo caso de la propaganda que te inclina a leer bazofia, y para encontrar un buen libro entre los premios , entre la publicidad de las solapas, entre lo que te dicen los amigos, pues pierdes el tiempo leyendo cosas que no tienen ningún interés, cuando sabes que si mañana vuelves a leer a Shakespeare o a Cervantes la inversión está garantizada.”

 

 

(Imágenes -1- lourania tumblr/ 2- Shakespeare and company/ 3- biblioteca del convento – Palacio  de Mafra – Lisboa curious  expeditiion)

EL TESTAMENTO DE SHAKESPEARE

 

 

Mario Praz, en su insólito y completísimo recorrido por las habitaciones, muebles y objetos de su famoso apartamento romano de Vía Giulia en “La casa de la vida” se asombra de no encontrar un solo libro citado en el testamento de Shakespeare. “Habla en él, aunque sea en general – dice Praz, el gran crítico de arte – de trajes, de muebles, de joyas, menciona entre la plata una ancha copa o vasija de plata dorada, adjudica a su esposa aquella cama segunda en calidad, que ha hecho especular a la posteridad sobre los méritos o los deméritos de la señora Shakespeare, pero de libros ni una palabra. Y tan extraño parece pensar en una señora Shakespeare como un Shakespeare ( o en un Dante) sin libros: junto a estos dos genios nos parece cómica una mujercita, pero nos parece igualmente incongruente no verlos rodeados de libros. A Dante nos lo imaginamos muy bien contra un fondo de estanterías como el San Jerónimo de los pintores antiguos, y el busto de Shakespeare lo vemos bien colocado como en una efigie de bronce de principios del siglo XlX que adornaba el tintero de Keats, sobre una pila de libros. Que serán tal vez sus propias obras, pero reflexionemos en lo que dijo aquel otro gran inglés, que se ufanaba de su propia biblioteca, Geoffrey Chaucer: “ Porque de los campos antiguos, como suele decirse, viene todo este nuevo trigo año tras año, y de los libros antiguos, en verdad, viene toda esta nueva ciencia que los hombres aprenden”. Pero Shakespeare no habla de su biblioteca  ni en su testamento, ni en ningún otro lugar”.

Y  el gran crítico de arte italiano y extraordinario coleccionista se asombra de ello.

 


 

(Imágenes -1- Henry Fuseli – Macbeth – Shakespeare library / 2- George Rommey – el Rey Lear-Shakespeare library)

CANTIDAD Y CALIDAD

 

 

“Está equivocado – decía Chesterton en “El hombre corriente” – quien afirma que lo que importa es la calidad y no la cantidad. La mayoría de los hombres han hecho algún chiste bueno en su vida; pero hacer chistes como los hacía Dickens es ser un gran hombre. Muchos poetas olvidados han dejado caer un poema lírico con alguna imagen verdaderamente perfecta; pero cuando abrimos cualquier obra dramática de Shakespeare, buena o mala, en cualquier página, importante o no, con la seguridad de encontrar alguna imagen que, como mínimo, atraerá a la vista y probablemente enriquecerá la memoria, estamos poniendo nuestra fe en un gran hombre.”

(Imagen – Mark Rothko – 1955)

MAYO 1968 ( y 2) : OCUPACIÓN DEL TEATRO ODEÓN

 

“ El 15 de mayo de 1968 viví en París un espectáculo inaudito y sorprendente : la imagen luminosa, desordenada y nocturna del Odeón, del teatro Odeón, ocupado por los estudiantes y los obreros y abierto de par en par día y noche a todas las gentes. Estuvo así, noche y día abierto el teatro Odeón durante veintinueve días. Si se pudiera escribir una obra insólita para ser representada de modo espontáneo por los ciudadanos sin duda no habría otra mejor que la compuesta por aquellos diálogos nocturnos interminables a los que muchas noches asistí en el Odeón, aquellas conversaciones y reproches lanzados a gritos de un palco a otro palco y de butaca a butaca. No hay ningún director a quien se le ocurra tal representación. “¡Reinventad la vida!”, se gritaba desde un extremo a otro de la sala, “¡Vosotros sois el arte!”, se lanzaba desde otro lugar, “¡ Vosotros sois la revolución!”, se contestaba desde otro palco. Todas estas exclamaciones quedaban enmarcadas por los carteles que inundaban los pasillos : “La revolución es una iniciativa”, se leía en uno, “Abraza a tu amor sin dejar tu fusil”, “Cuando la Asamblea Nacional se convierte en un teatro burgués, todos los teatros burgueses deben convertirse en asambleas nacionales”, “¡Sean sucios, pero azucarados jamás!”. Y aún me parece verme allí, leyendo aquellos “grafittis” que cubrían las escaleras y rincones del teatro y a la vez en el momento en que, desconcertado por cuanto estaba ocurriendo, volví a entrar en el gran patio de butacas permanentemente iluminado por las lámparas y levantando la vista hacia el techo quedé admirado por la belleza de aquel asombroso decorado azul en oro y púrpura, un admirable techo creado por André Masson y en el que podían contemplarse figuras inspiradas en Esquilo, en Shakespeare y en Claudel, enlazándose la pintura moderna con motivos plásticos del siglo XVlll. Aquel patio de butacas multicolor, invadido entonces de rostros, gorras, atuendos de mujeres y de hombres, madres de familia, oficinistas, comerciantes de barrio, obreros, agitadores, actrices, estudiantes – unos 4000 estudiantes se dijo que pudieron entrar y salir a distintas horas y en distintos días por las puertas abiertas de aquel teatro cuyo aforo no superaba el millar -, todos esgrimiendo a gritos las palabras, sus incesantes propuestas, los improperios y las ideas cruzadas desde los palcos a las butacas, todo aquel patio, como digo, me remitía de pronto, por una extraña asociación de ideas, a lecturas mías de tiempos pasados cuando aún estudiaba en la universidad y descubría, fascinado por su vanguardismo, aquella pieza de Pirandello, “Esta noche se improvisa”, escrita por el autor siciliano casi cuarenta años antes, en 1930, y en la que se representaba una especie de “teatro en el teatro”.

 

 

Allí, en aquella obra de Pirandello, yo recordaba que los espectadores/actores confundían e intercambiaban sus voces y sus gestos sin seguir un aparente argumento – hablándose también ellos desde los palcos y desde las butacas, e incluso alargando su interpretación por el vestíbulo y continuando en el desempeño de sus papeles durante el entreacto – bajo la dirección, recuerdo, de un tal doctor Hinkfuss que corregía, limitaba y reordenaba las intervenciones de los asistentes pero igualmente modificaba los elementos de la luminotecnia, los coros ambientales y la decoración. ¿Qué relación tenían el arte y la vida? El doctor Hinkfuss – la voz de Pirandello – aseguraba que el arte era el reino de la creación realizada, mientras que la vida se mostraba en una formación continuamente mudable. Ahora yo estaba allí, a altas horas de la noche, en el patio de butacas del ocupado teatro Odeón de París en el que desembocaban muchas vidas de las gentes, de los barrios, de las familias parisinas de la orilla izquierda y derecha, cada una transportando su protesta y enarbolando también su pretendida solución, vestidos de ellos mismos, con sus ropas de casa o de trabajo, y apareciendo a la vez como personajes inesperados (casi pirandellianos) y como actores que, sin querer, desarrollaban una insólita función. Aquello era parte del teatro de la “revuelta” y parte también de una erupción social que quería sabotear de inmediato todo lo “cultural”. Era un espectáculo que iba precisamente en contra de la industria del espectáculo y a favor de la creación colectiva y de la directa acción revolucionaria. La formación continuamente mudable de las vidas de las gentes, como aseguraba el doctor Hinkfuss, estaba allí representada y en el escenario, junto a una larga mesa desnuda que podía ocupar cualquiera en cualquier momento, se levantaban dos banderas, una roja y otra negra, y un enorme estandarte en que se leía : “Estudiantes-Obreros, el Odeón está abierto”. Y aún más: aquella singular representación había desplazado y arrojado a los despachos interiores al verdadero director del teatro, Jean- Louis Barrault, y ese gran actor, mimo y director francés, tras haber intentado negociar en vano con los ocupantes, no podía ya hacer otra cosa que salvar de posibles pillajes los archivos más capitales y los objetos de gran valor.”

(Imágenes -1-portada del libro sobre mayo del 68/ 2- Pirandello escribiendo)