2008

En la memorable película de Theo AngelopoulosLa eternidad y un día“, un poeta va comprando palabras a todos aquellos que las venden, y adquiere así por unas pocas monedas la palabra cielo, y la palabra perfume, y la palabra olvido. Ahora que está a punto de llegar la gran esfera del misterio, un nuevo año cargado de paisajes y de conversaciones, rostros que conoceremos, penas y gozos, encuentros, despedidas, aquel proyecto hecho realidad y la última sonrisa que esperábamos, las palabras futuras se nos ofrecen aún sin abrir y será al rodar el mundo por los días del tiempo como la caja de las sorpresas nos mostrará el secreto.
“¿Cuánto dura el mañana?”, pregunta en la película el escritor Aléxandros.
La respuesta la trae escondida el Año Nuevo.

ESCRITO A LÁPIZ

“Por lo general, antes de ponerme a escribir, me enfundo primero una bata de prosas breves”, decía Robert Walser. Y así le vemos venir, caminando minucioso por sus Microgramas, el tercero de los cuales – abarcando desde 1925 a 1932 – acaba de publicarse este año. (Siruela). De Walser ya hablé en este blog el 20 de noviembre e intenté acompañarle en sus paseos desde mi siglo, pero hoy quisiera seguirle tan sólo con el lápiz, mi lápiz detrás del suyo, aunque la punta de mi escritura sea tecla en pantalla y las tiras de papel se hagan luminosas y su instantaneidad atraviese el mundo.
“Puedo asegurarle – le contaba Walser a Max Rychner -que usando la pluma asistí al auténtico colapso de mi mano, a una suerte de crispación de cuyas garras me fui liberando a duras penas y con lentitud. Pasé, pues, por un periodo de decaimiento que, por así decir, se reflejaba en la escritura a mano, en la disolución de la misma, y fue copiando lo que había escrito a lápiz cuando, como un niño, aprendí de nuevo a escribir”.
¿Qué tiene el lápiz? Quizá el engaño del borrador, la trampa de la provisionalidad, esa curiosa mentira que nos ayuda a creer que aquello que estamos haciendo es simplemente un esbozo, el inicio de un mero apunte fugaz, pero la mina y la flecha del lápiz van dejando poco a poco sobre la página, sin nosotros quererlo, algo acaso imperecedero, un poso de creación que permanecerá tal vez porque hemos trazado aquello con soltura, liberados de cualquier opresión. Estos ensayos de “lapicería“, como Walser los llamaba, este “sistema del lápiz“, el singular método que aplicaba, le llevaba a decir: “me parecía, entre otras cosas, que con el lápiz podía trabajar de una manera más soñadora, más sosegada, más placentera, más profunda; creí que esta forma de trabajar crecía hasta convertirse para mí en una dicha singular”.
Después se iba, paseante solitario, camino adelante con sus pensamientos. O se enfundaba una bata de prosas breves antes de ponerse a escribir aquellos microgramas en los que reducía el tamaño de las letras hasta hacerlas minúsculas.

COLOQUIO CON LA MADRE

A veces no hay que decir mucho más en este blog. Subir por una calle muy empinada de Agrigento, en Sicilia, y entrar por las imágenes de los hermanos Taviani a través de su película Kaos hasta “la villa del caos“, entre Agrigento y Puerto Empédocles, en donde nació Luigi Pirandello un día de junio de 1867. Allí, en lo profundo de un viejo caserón, la madre del gran dramaturgo espera a su famoso hijo para contarle una vez más la historia que él no consiguió escribir, una historia de velas y de música, el azul del mar, la infancia, una isla inesperada y los recuerdos dejándose caer hasta la orilla del baño.
“La fachada de la vieja mansión expuesta a los vientos y a la lluvia, melancólica en su humedad, y abajo, la callejuela negra y desierta, iluminada solamente por un débil farol”, será una de las obsesiones de Pirandello. Los seis personajes en busca del pasado hablan dentro del cerebro del dramaturgo y el dramaturgo hecho hijo habla a su vez con esta madre solitaria que rememora todo lo que ocurrió con una suave sonrisa. Este “Epílogo” de los hermanos Taviani es un prodigio de delicadeza dentro de la gran película y esa madre aconseja tal como Pirandello aconsejó a su hijo mayor cuando intentaba ser escritor: “No querría que te descorazonaras de escribir -le dice en sus cartas-. Nunca te encierres en ti demasiado. Una cosa es hablar con nosotros y otra hablar a los demás. Y es preciso aprender a hablar a los demás tal como hablamos con nosotros. Y es esto tan difícil que frecuentemente nos causa desesperación. No te cierres, pues, demasiado dentro de ti”.
Así le habla Pirandello a su hijo y así parece escuchar Pirandello a su madre en esa casa de recuerdos del Agrigento.

NO LA DEBEMOS DORMIR (NAVIDAD 2007) (y 3 )

No la debemos dormir
la noche santa,
no la debemos dormir.
La Virgen a solas piensa qué hará,
cuando al Rey de luz inmenso parirá,
si su divina esencia temblará,
o qué le podrá decir.
No la debemos dormir
la noche santa,
no la debemos dormir.
La noche santa.-(Cancionero) (Fray Ambrosio Montesino ) (1485-1514)

LEYENDO, ESCRIBIENDO

Hace siete días – el 16 de diciembre – anoté aquí unas frases sobre el último libro publicado en España por Julien Gracq. Hoy ha muerto a los 97 años de edad uno de los mayores escritores franceses. Leyendo escribiendo (Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja) es uno de sus volúmenes más interesantes. Su serena capacidad crítica le llevaron a adentrarse en la lectura profunda con agudeza y serenidad, como si caminara sobre lo terrenal de las palabras y en un largo paisaje de ríos y de imágenes. Profesor de geografía durante años, devoto amante del ajedrez, señalaba que “el mundo del ajedrez es un mundo cristalino, glacial. La literatura sólo me interesa porque tiene que ver siempre, con mayor o menor fuerza, con el mundo de los afectos”.
Sus “carnets de ruta” como incansable caminante tomaron nota de los Alpes, la Bretaña, Normandía y tantos otros macizos o senderos que, sin querer, pasaban de la naturaleza a la página y de los vientos de las montañas hasta el refugio de su biblioteca. Escribió obras memorables, como El mar de las Sirtes o La littérature à l`stomac o ¿Por qué la literatura respira mal?. Habiendo rechazado el Premio Goncourt, declaró una vez que “la verdadera biografía de un escritor son los encuentros que le han influido: son a menudo encuentros con libros, mucho más que con personas”. El Nantes – del que en este blog ya he hablado – extendía la forma de una ciudad y en el silencio de su habitación Julien Gracq iba trazando el libre movimiento de la frase, esa pasión que le llevó a decir: “se escribe, primero, porque otros antes de nosotros han escrito, después, porque ya se ha comenzado a escribir. No hay escritores sin inserción en una cadena de escritores ininterrumpida. Nadie antes empleó ese extraño futuro intransitivo, el único que erige verdaderamente, y abusivamente, el trabajo de la pluma en enigma: escribiré“.

UN DÍA EN LA VIDA DE ALEXANDR SOLZHENITSIN

Ahora que está a punto de aparecer una gran biografía de Solzhenitsin pacientemente investigada y escrita por Ludmila Saráskina durante siete años, me viene a la memoria mi descubrimiento hace mucho tiempo del gran libro “Un día en la vida de Iván Denísovich” y la entrevista que en 2003 concedió el Premio Nobel al canal estatal ruso “Rossía” con motivo de su 85 aniversario.
En aquella entrevista-reportaje intervenían varios de sus hijos y su actual mujer.
-Usted dice que la cárcel es buena para el artista.-le preguntó el periodista.
-Allá está dicho – contestó Solzhenitsin -. Buena es para los que sobrevivirán. Y para los que lograrán sacar la enseñanza moral.
-Y lo que narra en “Iván Denísovich“, ¿ eso es de su experiencia?- le preguntaron.
– Eso es de mi propia experiencia -respondió el escritor-. Eso yo lo podía tomar solamente de mi experiencia. Sin la experiencia propia no lo comprenderías. Observando no lo comprenderías. Eso debe ser uno mismo.
Otro de los hijos del novelista mostraba desde Vermont, en Estados Unidos, la casa en donde Solzhenitsin escribía.
-Aquí está la casita – decía-. La mañana era su momento sagrado para el trabajo. Precisamente sobre esta mesa escribía la novela sobre la revolución rusa. Esta era la pequeña ventana. Nosotros hemos visto que a través de ella pasa la vida, pasa el trabajo. Él era nuestro profesor de matemáticas. Esa roca en la tierra era nuestro Pegaso. Nuestro padre nos dijo que esto era un caballo pero transformado por un mago. Y que en este caballo íbamos a volar hacia Rusia. Por eso para nosotros eso fue el caballo encantado.
Por otro lado, la esposa del escritor confesaba:
-Cuando entro en la habitación, percibo su estado de ánimo. No lo percibo por cómo está sentado, ni por cómo me mira o se mueve. Él está de espaldas. Lo sé por la calidad del silencio en la habitación.
Por fin, el propio Solzhenitsin comentaba entre otras cosas:
-Entre los artistas hay muchos y diferentes ismos. Pero no son esenciales. A menudo son inventados. Así como también lo es la división entre los artistas creyentes y no creyentes. Ellos dicen que están libres de alguna instancia superior, que sobre ellos no hay nadie. “Yo no creo y yo soy creador del Universo. Yo he creado el mundo”- dicen. Normalmente tales artistas se esfuerzan pero no pueden llegar alto. Pero el artista que cree en Dios, o por lo menos que en él hay conciencia de Dios, conciencia de que hay en el mundo una fuerza superior, se comporta como el aprendiz-ayudante de Dios. El orgullo es un pecado muy pesado. Uno no tiene que tener orgullo. Puede tener satisfacción. Si tienes satisfaccción das gracias a Dios. Pero tener el orgullo, el orgullo nacional, el orgullo estatal, no.
Así concluía aquella entrevista en el canal estatal ruso cuando cumplió el gran escritor 85 años.

TEXTOS CAUTIVOS

Leo que hace dos meses una figura literaria de los Estados Unidos, Steve Wasserman, ha publicado en el Columbia Journalism Review un artículo en el que se lamenta del notable declive de las reseñas literarias en los periódicos y revistas y la reducción del espacio dedicado a ellas. “Esta amenaza a la delicada ecología de la vida literaria y cultural” – escribe -“es causa de considerable alarma”. Es a través de la calidad de las reseñas de libros -sigue diciendo Wasserman – ” que combatimos con las, a menudo, escurridizas fuerzas que nos configuran como individuos y familias, ciudadanos y comunidades, y es a través de nuestros historiadores y científicos, periodistas y ensayistas, que luchamos con cómo hemos vivido, cómo el presente ha llegado a ser, y qué nos puede deparar el futuro”. (Wasserman tiene su propia página con reseñas: http://www.truthdig.com/).
Quienes vieron perfectamente la fuerza y el sentido que podían contener esas reseñas literarias bien hechas, limitadas lógicamente por el espacio de la prensa pero afiladamente escritas, con esa precisión que refleja la sabiduría, fueron, entre otros, dos autores relevantes: Borges, en sus reseñas publicadas en “El Hogar”, la revista bonaerense ( “Ilustración semanal argentina”), en la que escribió desde 1936 a 1939, y en el campo de la literatura inglesa, Cyril Connolly, que ejerció la crítica literaria en diversos periódicos.
“Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer – dijo un día Borges -. No sé si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector, o, en todo caso, un sensible y agradecido lector “. Por su parte, Connolly diferenció y dividió muy agudamente a los escritores. “Un gran escritor -dijo- crea un mundo propio y sus lectores se enorgullecen de vivir en él. Un escritor inferior podrá atraerlos durante un momento determinado, pero muy pronto los verá marcharse en fila”.
Las impecables reseñas de Borges en “El Hogar” fueron publicadas en Tusquets bajo el título de “Textos cautivos”. Las extraordinarias reseñas de Connolly aparecieron como “Obra selecta en Lumen. Ninguna de estas entregas de anotadas y pacientes lecturas son textos cautivos. Vuelan de la cautividad recogida en la mente de Connolly o de Borges hasta llegar al borde de la página del libro que estamos leyendo. En vez de elogiarlo gratuitamente o de condenarlo sin razones, la inteligencia unida a la pluma nos va explicando los porqués de todo ello con toda la variedad de sus matices. Dos sabios. Y dos grandes divulgadores. Parecen ser dos islas únicas en un panorama casi desértico.

¿QUÉ FARÁS CUANDO MAYOR? (NAVIDAD 2007) (2)

DESHECHA DEL ROMANCE

Eres niño y has amor:

¿qué farás cuando mayor?

Pues que en tu natividad

te quema la caridad,

en tu varonil edad

¿quién sufrirá su calor?

Eres niño y has amor:

¿qué farás cuando mayor?
(Fray Iñigo de Mendoza, “Romance que cantó la Novena Orden, que son los Serafines” (Cancionero castellano del siglo XV)

LA CASA DE LOS MANN

Por las ventanas de esta habitación amarilla y azul entró la novela de finales del siglo XlX y principios del XX, cuando los Buddenbrook paseaban sobre esta pequeña alfombra y sentándose en esas sillas junto a la pared charlaban de la decadencia de su familia. La novela entraba por esos ventanales y, como saben todos los que han estudiado su historia, la omnipresencia del novelista dominaba perfectamente los pensamientos y los sentimientos de los personajes, lo que les había pasado con anterioridad e incluso la adivinación de su futuro en un prodigio de visión total, como si el escritor estuviera dentro y fuera de esa habitación y a la vez dentro y fuera de las acciones y las conciencias.
Si ahora un novelista entrara en esta habitación contaría el monólogo interior subjetivo narrado desde una esquina, un balbucear indeciso, una voz tanteando las dudas, el ojo de la cerradura de la pupila que espía lo que le intenta decir el mundo. La novela ha cambiado profundamente, y sobre todo ha cambiado el tiempo de la lectura que es un tiempo dominado por la pantalla superficial, por articulaciones de historias mínimas que se arrojan desde el televisor como migas de pan para tener contentos a los pajaritos de las audiencias.
Viene todo esto porque precisamente aparece ahora en DVD una serie sobre los Mann, la gran familia presidida por dos intelectuales – Heinrich y sobre todo Thomas – que han dejado recuerdos, confidencias, pasiones y trágicas muertes en derredor. A pesar de los contraluces personales de Thomas Mann siempre me ha fascinado su voluntad de trabajo. En 1943, a los 68 años, tras haber terminado un relato sobre Moisés, se dispone a escribir su gran obra, Doktor Faustus. Había guardado aquella idea apuntada en un cuaderno durante 42 años y se pone a preparar documentos para ponerse a escribir. “Lamentos de Fausto -dice en su Diario – e ironía del espíritu: resúmenes (concebidos como sinfonías). Anotaciones, reflexiones y cálculos cronológicos. Cartas de Lutero. Cuadros de Durero. Pensamientos sobre el nexo entre el tema del libro y las cosas de Alemania. La soledad de Alemania en el mundo. Particularidades de los días juveniles de Munich, figura de Rud…” , y así prosigue.
A pesar de que en mi siglo ya no se escribe como en los anteriores impresiona cómo se edifica una historia para que perdure, para que no se la lleve el viento de las modas, ese viento con el que algunos editores despachan casi todo: “escríbame usted una cosa ligerita – dicen -, sin trascendencia, que es lo que la gente quiere…”

ARTHUR C. CLARKE, ODISEA EN EL ESPACIO

Los 9o años que acaba de cumplir Arthur C. Clarke le han llevado a pedir a la hora de soplar la vela de los luceros y las galaxias: “pido la paz y que me llame E.T.”.
La Luna no fue un misterio para las pisadas de Neil Armstrong. La Luna, desde 1969, parece tan vecina que asoma por encima de las tapias de nuestra curiosidad preguntándonos quiénes somos nosotros. Y fue precisamente sobre la Luna cuando le pregunté en París, en 1969, al filósofo francés Gabriel Marcel por los viajes y los espacios, conversación que recojo en mi libro “Diálogos con la cultura”.

– Tomemos el hecho de la aventura espacial – me dijo aquella tarde en su domicilio parisino del 21 de la rue de Tournon -. Ante él yo noto sentimientos contradictorios, creo que como todo el mundo puede notarlos. En primer lugar, una inmensa admiración ante este prodigio de la razón, ese prodigio de cálculo, esa extraordinaria puesta a punto, algo maravilloso por lo cual uno ha de quedar impresionado. Admiración también por el valor de esos hombres que son héroes en cierto modo. Por otro lado y como contrapartida, dos inquietudes: una primera inquietud en el plano político, puesto que para mí, en el fondo, tras los inmensos gastos que supone esa aventura, hay unas segundas intenciones políticas, algo que se encuentra ligado a la voluntad de poder; hay, en particular con respecto a la Luna, la idea de crear un observatorio que en un conflicto eventual podría desempeñar un papel extremadamente útil. Y al mismo tiempo, otra inquietud aún más profunda: y es mi temor de que este logro prodigioso no desarrolle un orgullo desmesurado en el hombre, y en este punto yo estoy de acuerdo con los antiguos, es decir, que el orgullo desmesurado es algo con lo que se corre el riesgo de ser conducido a la ruina: me parece algo completamente desastroso.
Pero años después de estas frases debe uno preguntarse : ¿Hay un orgullo o hay una indiferencia? ¿Nos hemos acostumbrado a ir y venir en conquistas espaciales o es la consecuencia de que ya nos hemos acostumbrado a todo?
La Luna nos sigue mirando por encima de la tapia de la curiosidad. Incluso se sorprende de que ya nada nos cause sorpresa. Cada noche sigue iluminando media corteza de nuestra realidad y con la otra media acoge nuestros sueños.

A LO LARGO DEL CAMINO

A lo largo del camino de los libros, a lo largo del camino de los árboles que nos acercan hasta las ciudades, a través de lecturas sosegadas y por el sendero de apuntes cotidianos y minúsculos, así han llegado a las librerías dos volúmenes excepcionales, uno de un francés – el excelente Julien Gracq – y otro de un italiano, el gran novelista Giorgio Bassani. Los dos llevaban años rondando con su pluma a pequeñas urbes escondidas, el primero paseando por los recovecos de Nantes, el segundo por las callejuelas de Ferrara. “Se sabe que la forma de una ciudad cambia más rápidamente que el corazón de un mortal”, escribió Gracq en La forma de una ciudad (Anábasis). Por su parte, Bassani decía de Ferrara que “son menester demasiadas vidas para hacer con ellas una sola”.
Las ciudades pequeñas con sus nieblas y sus escondites, con los recuerdos asomando a los portales de la infancia, con sus amores primeros, sus colegios segundos, sus terceras decepciones, recorriendo la memoria la ruta de los descubrimientos, las postales amarillas, los adioses prolongados, van quedando en nosotros con sus calles cruzadas y sus desiertas plazas, y las torres, las catedrales y los ríos corren y recorren los años que en ellas estuvimos, las cosas que olvidamos y que aprendimos, aquella sonrisa de niño en la primera foto familiar, aquel llanto desconsolado al descubrir la soledad.
Esas ciudades menores pero tan queridas, minúsculas en los mapas, capitales del corazón, los escritores las visitan en sueños, con la pluma en la mano. Así lo hizo Bassani al adentrarse en El jardín de los Finzi-Contini, aquellos parajes de la acomodada comunidad judía que ahora recoge en La novela de Ferrarra (Lumen), crónica familiar de una ciudad. Así lo hace también Julien Gracq en A lo largo del camino (Acantilado), pero Gracq aquí ofrece más que paseos por Nantes, paseos por lecturas y paisajes, árboles, páginas, apuntes, senderos, observaciones, reflexiones. Nos va llevando despacio y a su lado por cuanto ha leído en el silencio de una habitación y por cuanto vio desde su ventana. Al otro lado de su contemplación está el silencio de la ciudad de provincias, la memoria nos evoca el conocimiento y el conocimiento nos lleva hasta el interior.

QUEDA, QUEDA, QUE SE VA (NAVIDAD 2007) (1)

Repastemos el ganado.
Hurriallá!
Queda, queda, que se va.
Ya no es tiempo de majada.
Ni de estar en zancadillas;
Salen las Siete Cabrillas,
La media noche es pasada,
Viénese la madrugada.
¡Hurriallá!
Queda, queda, que se va
Queda, queda, acá el rezado,
Helo va por aquel cerro
Arremete con el perro
Y arrójale su cayado,
Que ande todo desmandado.
¡Hurriallá!
Queda, queda, que se va…
( Juan del Encina, Cancionero, 1496)

MÚSICA EN EL AIRE


En ese avión que recorre el contorno de la tierra, ese avión entre luces y sombras, dejando atrás ráfagas y estelas, en ese avión que escapa, que pasa vertiginoso, va sentado Igor Stravinski en la segunda fila de clase preferente, y cuando pasa a su lado la azafata vestida de azul las manos del músico le piden por favor que, del carrito de las bebidas, le permita una pequeña servilleta para ponerse a escribir. Escribe Stravinski en cualquier trozo de papel, si no tiene servilleta en el sobre de una carta, al dorso de un menú o de un programa, lo importante es esbozar, trazar esos primeros rasgos que luego él pegará a las páginas de su agenda, convenientemente ordenado y numerado todo con lápices de colores, de tal modo que ese cuaderno suyo, tan personal, donde la inspiración le arrebata a veces entre las nubes, se vaya transformando en una especie de continuo collage.
Los creadores son así. Las mañanas el autor de El pájaro de fuego las dedica a la invención, las tardes las consagra a la composición. “El talento no se nos concede en propiedad, y tenemos que restituirlo“, suele decir. “Tengo más música dentro de mí, y tengo que darla. No puedo vivir recibiendo vida solamente”.
Esta noche, cuando el avión llegue a su destino, Stravinski construirá en el hotel su propio ambiente. Extraerá de su maleta unas litografías que lleva siempre consigo y, quitando las ilustraciones triviales de la habitación anónima, decorará su propio estudio; colocará en su mesita de noche plumas, cartapacios de música, pinzas, secantes, un reloj de la época de los zares y la medalla de la Virgen que el compositor lleva al cuello desde su bautismo. Luego, apagando la luz, soñará en alemán, en inglés, en francés y en ruso con todo lo que le vaya diciendo la música.

LOS GATOS VIEJOS

“Los escritores son a veces como los gatos viejos: desconfían de todos los demás gatos viejos, pero son bondadosos con los gatitos”, decía Malcolm Cowley en el prólogo de Writers at Work – la colección de entrevistas de The Paris Review. Las célebres entrevistas se empezaron a publicar en 1953 y los profesionales fueron de dos en dos a ejercer su oficio después del memorable encuentro que el novelista inglés Forster mantuvo con los que fueron a verle. La revista necesitaba nombres famosos en su portada, pero no disponía de fondos necesarios para pagar sus colaboraciones. George Plimpton, el director, tuvo una idea feliz: “Conversemos con ellos y publiquemos lo que nos digan”.
Ahora acaba de aparecer una nueva serie de las entrevistas de The Paris Review con edición y prólogo de Ignacio Echevarría (El Aleph). Como decía Robert Musil, la entrevista “es la forma artística de nuestra época; la belleza capitalista de este género reside en que el entrevistado hace todo el trabajo espiritual y no recibe nada por él, mientras que el entrevistador no hace en realidad nada pero percibe sus honorarios por ello”. No es exactamente así ni es absolutamente justo calibrar este quehacer periodístico tan superficialmente, pero es indudable que ha habido opiniones para todo. Fellini le decía a Liliana Betti: “¿qué sentido tiene todo este ritual increíble de preguntas y respuestas? La concesión de una entrevista a cualquiera, sobre cualquier cosa, en cualquier ocasión, se está convirtiendo en la forma más pervertida de un sistema informativo que ha asumido proporciones delirantes”. Y contestando a L`Arc en 1971 añadía el director italiano defendiéndose de quienes siempre le preguntaban lo mismo: “Miren, la respuesta número 2005”. Pero quizás el juego del viejo gato y los gatitos en el caso del autor de La Strada se encuentre reflejado de forma fascinante en la entrevista-persecución que hiciera Oriana Fallaci en su diálogo “Famous Italian Director” recogido en su libro Los antipáticos.
Otro de los viejos gatos universales que se ha sabido mover excepcionalmente entre quienes maullaban en torno suyo ha sido García Márquez. “A quien soy incapaz de negar nada- decía el colombiano – es a los periodistas. Yo ejercí periodismo durante muchos años. Siento enorme gratitud por el oficio”. Y sin embargo siempre ha detestado las entrevistas, y cuando una muchacha se presentó con la idea para un libro titulado “250 preguntas a García Márquez“, el escritor se la llevó a tomar café “y le expliqué -decía- que si yo contestara 250 preguntas, el libro sería mío”.
El ronroneo de los viejos gatos negros o blancos, escurridizos o cálidos, erizados, crispados, juguetones, deslizándose misteriosos por alfombras de diálogos no tendría fin. Habría que citar a Tolkien que protestó :”Mi trabajo necesita concentración y paz de ánimo”. Habría que citar a Hemingway: “El hecho de que esté interrumpiendo un trabajo serio para responder a estas preguntas demuestra que soy tan estúpido que debería recibir un severo castigo. Lo recibiré. No se preocupe”, le dijo a George Plimpton.
Habría que citar también a los gatos secretos, aquellos que ocultan o cierran los ojos ante los fotógrafos: Thomas Pynchon, J. D. Salinger. William Styron exageró de Salinger: “Nadie le ha visto nunca. Recientemente se decía que Salinger no existía; que, en realidad, era Mailer. Sí, ha sido Nelson Algren quien ha lanzado este bulo: nunca se les ve juntos. Nelson ha llegado a la conclusión de que Salinger era Mailer disfrazado, o al contrario”.

EL SILENCIO DE LA PÁGINA EN BLANCO


-Tuve un aprendizaje muy duro con mi abuela-me contaba Isak Dinesen– “Sé fiel a la historia”,me decía la vieja arpía, “sé eterna y totalmente fiel a la historia”. “¿Y por qué debo serlo, abuela?”, le preguntaba. “¿Tengo que darte razones, insensata?”, gritaba. “¡Y tú quieres contar cuentos! ¡Vaya, tú eres la que quieres contar cuentos, y soy yo la que tengo que darte los motivos! Escucha, pues: cuando el narrador es fiel, eterna y totalmente fiel a la historia, al final, el silencio habla. Cuando se traiciona la historia, el silencio sólo es vacío. Pero nosotros, los fieles, cuando hayamos dicho nuestra última palabra, oiremos la voz del silencio. Tanto si una pequeña mocosa lo entiende como si no”.
“¿Quién cuenta entonces- continúa la mujer -, un cuento mejor que cualquiera de nosotros? El silencio.¿Y dónde se puede leer un cuento más profundo que en la página mejor impresa del libro más valioso que existe? En la página en blanco. Cuando una pluma, espléndida y noble, en el momento de máxima inspìración, haya escrito su cuento con la tinta más rara de todas, ¿dónde puede uno entonces leer un relato todavía más profundo, dulce, alegre y cruel que ése? En la página en blanco”.
Cerré el libro Últimos cuentos de Dinesen. Me esperaba una página en blanco con todos sus espacios abiertos, con esa sensación de miedo escénico que siempre abren sus dos hojas, el papel sin cubrir, las líneas vírgenes. El relato mejor estaba aún sin empezar. El silencio marcaba su tic-tac. El fluir de la sangre bajaba lentamente del cerebro a la mano y me incliné, me incliné con interés para escribir todo aquello que pensaba que aún nadie había escrito.

LA VIDA DE LOS OTROS


Se sabe que nos están escuchando. Más aún, que nos están grabando. Todo lo que yo estoy escribiendo ahora en este blog, Mi Siglo, todo lo que usted está leyendo en este momento, está siendo guardado en los sótanos del Liceo Técnico Federal de Zurich, en unas enormes naves subterráneas que antes contenían los archivos de los Diarios de Thomas Mann y ahora sirven como refugio para ordenar y registrar todas nuestras conversaciones, todo lo que usted y yo hemos hablado esta mañana por las calles, todas nuestras conversaciones a través de los móviles, las charlas de la sobremesa de hoy, las confidencias amorosas en los cafés, la intimidad que tuvimos en nuestros dormitorios. Hoy se descubre en los periódicos – junto a la noticia de que en China 220.ooo cámaras vigilan a 12 millones de personas en la ciudad de Shenzhen, controlando desde su identidad hasta sus enfermedades gracias a un programa informático que estudia el rostro -, que en Occidente toda la información de detalles innumerables, nuestras voces, nuestras entonaciones, la manera con la que nos dirigimos a los demás, aparte de nuestros mensajes por correos electrónicos, las pulsaciones con las que marcamos las claves de nuestros ordenadores, las señas por las que nos reconocemos, todo va instantáneamente a esa base central de Zurich que conecta esa inmensa información con chips ajustados a máquinas diminutas, archivos perpetuos que, con los debidos permisos y cautelas, podrán servir a futuros investigadores e historiadores.

Al desaparecer casi por completo la carta como vehículo de comunicación tradicional, es esencialmente la voz humana la que se quiere conservar, pero sobre todo los mensajes verbales, la voz entrecortada en nuestros móviles, esos matices que alertan, suspiran, se desahogan y ruegan al contactar con los demás. Ulrich Mühe, multiplicado en despachos infinitos, escucha lo que hablo y registra lo que escribo gracias a los auriculares permanentes encajados en su cráneo. La película de Florian Henckel Von Donnersmarck ha dado ideas para la construcción de ese laberinto de voces y pasillos que se pierde en sótanos desconocidos. La vida de los otros es mi vida, la que ahora estoy escribiendo, la que usted está leyendo. Los otros se están asomando en cualquier momento a lo que yo creía que le estaba diciendo a usted en confidencia y que para nosotros iba a suponer para siempre un secreto.