LA MALETA DE MI PADRE

Como dije aquí el 6 de octubre, los lunes, miércoles y viernes asisto a clases de creación literaria y los martes, jueves y sábados acudo a talleres de escritura. Los domingos, en cambio, escucho a los invitados. Antesdeayer conocí a Orhan Pamuk. Entró en la sala con una vieja maleta que perteneció a su padre, la apoyó encima de la mesa, la abrió en canal y fue sacando y colocando en orden perfecto la imaginación, los hábitos, las disciplinas, las invenciones y las costumbres. La maleta tenía la forma de un pequeño libro titulado precisamente “La maleta de mi padre” y dentro se guardaba el discurso que él pronunció en Estocolmo al recibir en 2006 el Premio Nobel. Me impresionó escucharlo.
Pero cuando Pamuk, al final, introdujo su mano y extrajo otros folios, “El autor implícito”, entonces aún aprendí algo más:
Lo mejor de escribir, de la escritura creativa – dijo Pamuk -, es poder olvidar el mundo como un niño, sentirse sin responsabilidades al tiempo que nos divertimos como más nos apetece, jugar con las reglas y leyes del mundo conocido como si fueran juguetes y, mientras hacemos todo eso, notar con un rincón de la mente la existencia de una profunda responsabilidad que yace tras todas esas diversiones infantiles y libres y que luego vinculará por completo a los lectores.
Todos tomaban apresuradas notas de lo que Pamuk les iba diciendo pero yo sólo escuchaba con la mirada fija en la maleta de su padre.
Para poder escribir bien – seguía diciendo Pamuk – tengo que aburrirme como es debido, y para aburrirme como es debido tengo que sumergirme en la vida. Cuando estoy en medio de todo ese barullo, de todos esos despachos, teléfonos, amores, amistades, costas soleadas y entierros, o sea, cuando estoy a punto de zambullirme en el corazón de los acontecimientos, de repente siento que en realidad estoy al margen. Empiezo a fantasear. O sea, desde una perspectiva pesimista, se puede pensar que empiezo a aburrirme. En cualquier caso, hay una voz interior que me dice “vuelve a tu habitación, siéntate a tu mesa”. No sé qué sistema seguirán otros, pero los que son como yo es así como se convierten en escritores.
Siguió hablando Pamuk durante largo tiempo. Una voz interior me decía : “Vuelve a tu habitación, siéntate a tu mesa, escribe, escribe todo lo que sientes”. La voz me empujaba y me atraía y aquí estoy. Voy llenando el papel de silenciosos manuscritos. Voy llenando despacio esta maleta vieja.