LOS CAMBIOS EN LA VIDA


“ — Ahora van a cambiar las cosas — anotó el escritor alemán C G Lichtenberg en el siglo XVlll __ exclamó el viejo, y empezó a llamar a la cama retrato.

— Tengo sueño, me voy al retrato —dijo. Y por las mañanas se quedaba a veces largo tiempo en el retrato, pensando cómo llamar a la silla, y la llamó despertador.

Se levantó, se vistió, se sentó en el despertador y apoyó los brazos en la mesa. Pero la mesa ya no se llamaba mesa, ahora se llamaba alfombra. Así pues, por la mañana el viejo abandonó el retrato, se vistió, se sentó en el despertador, frente a la alfombra y empezó a pensar en los nuevos nombres de las cosas.

A la cama la llamó retrato. A la mesa la llamó alfombra. A la silla la llamó despertador. Al periódico lo llamó cama. Al espejo lo llamó silla. Al despertador lo llamó álbum de fotografías. Al armario lo llamó periódico. Al retrato lo llamó mesa y al álbum de fotografías lo llamó espejo. Así pues, por la mañana el viejo se quedó echado durante largo tiempo en el retrato, a las nueve sonó el álbum de fotografías, el viejo se levantó y se puso encima del armario para que no se le helaran los pies, luego sacó la ropa del periódico, se vistió, se miró en la silla de la pared, se sentó luego en el despertador frente a la alfombra y hojeó el espejo hasta encontrar la mesa de su madre.”

((Imágenes—1– Tommy Hilding/ 2-Robert Henderson)

EL NOMBRE EXACTO DE LAS COSAS

“¡Inteligencia, dame

el nombre exacto de las cosas!

… Que mi palabra sea

la cosa misma

creada por mi alma nuevamente.

Que por mí vayan todos

los que no las conocen, a las cosas;

que por mí vayan todos

los que ya las olvidan, a las cosas;

que por mí vayan todos

los mismos que las aman, a las cosas…

¡Inteligencia, dame

el nombre exacto, y tuyo

y suyo, y mío, de las cosas!”

Juan Ramón Jiménez— “Eternidades”

(Imagen— lynne parques)(

AÚN SIN NOMBRE

“AÚN SIN NOMBRE  solía ir y venir a primera hora de la tarde de forma alocada recorriendo a brincos la explanada tal y como si estuviera poseído de furia, otras veces no, otras veces suavizaba su trote, pero en ocasiones, de pronto, se paraba en seco y levantando la cabeza miraba desde lejos al hombre que le estaba mirando detrás de la maleza que era yo y no movía nada de su poderío, los doscientos cinco huesos que se ensartaban en su interior quedaban pacíficos  y todo él permanecía inmóvil, sudoroso, la cabeza erguida, como esperando a ver qué ocurría, a ver si alguien lo llamaba desde lejos con un silbido, pero no, no lo llamaba nadie, nadie aún le había puesto nombre, ni siquiera el nombre de crin le habían puesto a aquel descenso de la suave madeja por su cuello que era fina y flexible, mucho más corta que la del pelo de la cola. Tampoco le hablan puesto aún el nombre de grupa a la suave redondez de tono tostado con el que iba cerrándose su cuerpo. 

AÚN SIN NOMBRE se lanzaba de pronto montículo arriba, casi sin respirar, ascendía fogoso, sus extremidades delanteras iban en busca del aire, luchaban contra el aire, pero su volumen era todo espuma y lo que habían sido sus primitivos dedos formaban ahora un dedo grueso, único y endurecido, al que aún nadie le había puesto el nombre de pezuña ni de casco, y. con aquel único dedo endurecido pisoteaba las nubes y  trotaba luego campo a través a lo largo de la tarde,

Con sus cincuenta y una vértebras, sin músculos en las patas, con sólo piel, tendones, ligamentos y huesos, AÚN SIN NOMBRE pasaba delante de mí por las tardes, que seguía observándole desde detrás de la maleza y él volvía a pasar, y pasaba de nuevo para llamar mi atención,  por ver si alguien le decía algo, quizás yo, acaso un silbido, tal vez una señal. Iba como una flecha, era una ráfaga de viento.

Recibía aquel viento AÚN SIN NOMRE en la zona del vientre y de sus  cuartos traseros que tampoco aún tenían nombre, nadie los llamaba así, el viento envolvía su costado, la piel y el pellejo, envolvía y abrazaba su pecho y su paleta, y le hacía creer que era nube, una nube invencible, alada, una nube o espuma que podía alejarse y trotar, e incluso galopar, y  acercarse o alejarse cuanto quisiera de mí, que le miraba detrás de la maleza y que nada decía.

Y al fin yo lancé un silbido. Un silbido en la tarde. El animal me miró. Vino trotando, acercándose  como una nube ,y yo, en cuanto se detuvo cerca de mi,  le fui poniendo despacio el nombre del sillar, el nombre del lomo, el nombre de rodilla y el de corva que él aún no conocía, estaba quieto, pacifico,, como si le estuviera curando, yo le iba poniendo el  nombre  de quijada y el de belfo, luego le extendí el nombre  por el anca y la barriga como si fuera aceite. No se movió.

Luego le di el nombre de caballo.”

José Julio Perlado

(del libro “La mirada”)

(relato inédito)

TODOS   LOS   DERECHOS   RESERVADOS

(Imagen – Siqueiros- 1948)

VIEJO MADRID (99) : ALREDEDOR DE LA PUERTA DEL SOL

“Lo mejor del mundo es la Europa (¡cosa clara!); la mejor de las naciones de Europa es la España (¡quién lo duda!); el  pueblo mejor de España es Madrid (¿  de veras?); el sitio más principal de Madrid es la Puerta del Sol…, ergo, la Puerta del Sol es el punto privilegiado del globo”. Esto dice Mesonero Romanos en sus “Escenas matritenses“.

En la Puerta del Sol, en el número 11, vivió Borges,  en 1920, en la entonces “Pensiónamericana” y – como reza en la placa que le recuerda – allí escribió sus primeros poemas ultraístas. Pero Borges no es el único que puede evocar ese célebre centro de todos los caminos. El autor  Edmundo de Amicis la retrató como “un paseo, a la vez un salón, un teatro, una academia, un jardín, una plaza de armas, un mercado. Desde que apunta el día hasta después de medianoche, hay allí una turba inmóvil y una muchedumbre que va y viene por las diez grandes calles que a la plaza afluyen, con tal movimiento de coches que aturde y marea”. Muchos años después, Gómez de la Serna, el gran Ramón, contaría sus horas con su personalísima prosa empedrada de tantas greguerías: La Puerta del Sol  (de madrugada, en víspera del alba), la describiría así:” se torna tan fluido su aire que se oyen los pitidos de todas las estaciones”. Viene más tarde “El alba en la  Puerta del Sol”  y Ramón anota: “un buen observador, colocado durante la madrugada en la Puerta del Sol, podría adivinar los acontecimientos la víspera de que aconteciesen. Todo lo preconiza la madrugada en esa plaza central de España, y el tono que toma cada madrugada la esfera del reloj es uno de los mejores síntomas”. Al contemplar el lugar a “las ocho de la mañana” continúa: “es cuando rompe el sol los días que parecen turbios y encapotados, los días que no tienen remedio”.”De ocho a nueve   (así sigue la mirada de Ramón)   es cuando todas las mangas de riego se desbocan, y es cuando riegan y arrojan de la Puerta del Sol a los bohemios”. Ramón observa La Puerta del Sol de ocho a nueve y media de la noche y cuenta que “por el lado de la calle del Arenal, la visión es netamente madrileña, porque se destaca la esbelta torre de San Ginés y las verjas de sus campanarios sobre la palidez del cielo, que acaba de tener una terrible hemorragia de sangre”. “De  una y media a tres de la madrugada” cierra Ramón el canto de sus horas con estas palabras: “el estar despiertos en una continuidad salífera que hace a la Puerta del Sol más Puerta del Sol, Puerta del Sol de noche (…) Si en otras ciudades hubiese un meteoro como este de la Puerta del Sol durante la noche, yo no sentiría tanto la nostalgia de Madrid; pero el mundo está vacío de una cosa así”.

   ( Tertulia de Pombo.  José Gutierrez Solana)

 A  todas esas horas contadas por Ramón habría que añadir muchos momentos y minutos más, como cuando a las tres de la tarde la Puerta del Sol parece que se vaciara de asuntos urgentes y las comidas en casas o restaurantes fueran el único centro de atención. A esa hora precisa de las tres de la tarde era cuando Don Marcelino Menéndez y  Pelayo solía dar una vuelta por allí. Vivía  Don  Marcelino en la fonda de Las Cuatro Naciones, en la calle del Arenal, y años después en la Academia de la Historia, calle del León, edificio del Nuevo Rezado. Almorzaba temprano y salía a tomar el aire por el centro de Madrid. En el invierno, con su capa y bastón, entraba en La  Mallorquina, en el café Levante, en el Oriental, pasaba luego por el Círculo Conservador, en el número 28 de la Carrera de San Jerónimo, esquina a Echegaray, donde hoy se levanta el teatro Reina Victoria, y tiempo después de que diera el reloj las tres campanadas volvía a  recluirse en su despacho de la calle del León.

                    (Azorín)

  Por su parte Azorín evoca en su “Madrid sentimental” que “cuando un provinciano diga en su tertulia del casino de Badajoz, de Alicante, de Cádiz o de Santiago que una vez le ocurrió tal cosa en la Puerta del Sol, si entre los oyentes no hay nadie que conozca Madrid de un modo racional, moderno, podrá pasar adelante en su relato; pero si en el número de contertulios figura alguno de estos selectos seres, al punto, no podrá menos de interrumpir: “Un momento; dice usted que en la Puerta del Sol. ¿En qué parte de la Puerta del Sol?”. Porque este hombre sabrá distinguir los diversos parajes o secciones en que, con arreglo a la más estricta psicología social, se divide la Puerta del Sol”. Y Azorín evocará esa acera que recorre la antigua librería de Fe y la calle del Arenal: “Hemos venido -dirá – con nuestras capas raídas y nuestro gabanes grasientos. Durante nuestra charla, muchas veces  comenzamos diciendo: “En este país…”. Tenemos un plan con el cual durante seis u ocho años – a lo sumo – arreglaríamos España. Pasan las horas. Din- dan, din-dan, hace el reloj de Gobernación. La ancha plaza va despejándose; ya han pasado los dependientes de comercio y las modistillas con dirección a sus hogares. ¿Qué hacemos nosotros? Nos embozamos en nuestra capita raída y nos marchamos despacio”.

Ese “plan” de Azorín y sus tertulianos para “arreglar España” en pocos años parece que nos acercara al presente con sus sempiternas discusiones ibéricas y sus aportaciones  en soluciones ciudadanas. El tiempo nos trae estampas que poco han variado. Baroja, en “El tablado de Arlequín” nos habla de la golfería política: “en su seno bullen – escribe- desde el humilde gacetillero hasta el pequeño tiburón, que no ha crecido lo necesario para devorar todo lo que se le ponga por delante; caben en este hampa el libertario y el ultramontano, el empleado y el cesante, el que habla mal del Gobierno en las aceras de la Puerta del Sol y el        que ha lanzado una amarra al Ministerio y se ha unido al presupuesto por un misterioso cordón umbilical por donde absorbe una respetable cantidad de pesetas del fondo de reptiles.”  

Los  escritores – es algo conocido –  siempre han quedado fascinados por los temas perpetuos e inmóviles.

Larra da también una vuelta en “La vida de Madrid” por la Carrera de San Jerónimo, por Carretas, por la calle del Príncipe y por Montera, es decir, bordea como atento paseante la Puerta del Sol “Encuentro en un palmo de terreno a todos mis amigos que hacen otro tanto- va contando -, me paro con todos ellos, compro cigarros en un café, saludo a alguna asomada, y me vuelvo a casa a vestir”.(…) Luego,”si está muy bueno el día,” a caballo. De la puerta de Atocha a la de Recoletos, de la de Recoletos a la de Atocha. Andado y desandado este camino muchas veces, una vuelta a pie”..

 La Puerta del Sol,  pues,  no se mueve aunque la Historia haya movido sus dimensiones y cada generación y cada autor se acerca a ella para asomar su pluma en el espejo de las paredes, en el desembocar de  calles y en todas las anécdotas que las casas encierran. Walter Starkie recordó en sus viajes que “la Puerta del Sol es un valor espiritual y un centro vital de España; todos los caminos parten de allí. Se trata de una especie de posada gigantesca, abierta día y noche a todo el mundo, lo mismo a ricos que a pobres; un salón lleno de sol donde el tullido haraposo que va cojeando con su bastón y el rico opulento pueden solazarse y vagar paulatinamente”.

 Esa Puerta del Sol en la que en 1875 se instaló el primer foco eléctrico, en 1897 pasó el primer tranvía de tracción eléctrica, en 1919 la primera línea de metro, se la contempla  hoy  cada fin de año como imagen del  paso del tiempo, los cuartos y las campanadas sonoras cayendo suave y sonoramente sobre el corazón.”

José Julio Perlado

(origen de las imágenes 1, 2 y 3 : Alenarte revista/ 4- Puerta del Sol 1930)

PICASSO Y PAZ

“Picasso — escribió Octavio Paz — no ha pintado la realidad: ha pintado el amor a la realidad y el horror de ser reales. Para él la realidad nunca fue bastante real; siempre le pidió más. Por eso la hirió y la acarició , la ultrajó y la mató. Por eso la resucitó. Su negación fue un abrazo mortal. Fue un pintor sin más allá, sin otro mundo, salvo el más allá del cuerpo que es, en verdad, un más acá. En esto radica su gran fuerza y su gran limitación…. En sus agresiones en contra de la figura humana, especialmente la femenina, triunfa siempre la línea del dibujo. Esa línea es un cuchillo que destaza y una varita mágica que resucita. Línea viva y elástica: serpiente, látigo, rayo; línea de pronto chorro de agua que se arquea, río que se curva, tallo de álamo, talle de mujer. La línea avanza veloz por la tela y a su paso brota un mundo de formas que tienen la ambigüedad y la actualidad de los elementos sin historia. Un mar, un cielo, unas rocas, una arboleda y los objetos diarios y los detritus de la historia: ídolos rotos, cuchillos mellados, el mango de una cuchara, los manubrios de una bicicleta. Todo vuelve otra vez a la naturaleza que nunca está quieta y que nunca se mueve.”

(Imágenes— 1- Picasso- Irwing Penn- 1957/ 2- Octavio Paz- Daniel Mordzinski)

LA DORMICIÓN DE UN PIE

“ Se os ha dormido un pie, una mano — escribe Eugenio D’Ors en la “Oceanografía del tedio”. —Ahora esto es vuestro y no es vuestro. Vuestro contorno, vuestro insoportable contorno de siempre, se ha modificado. Ahora terminarás más acá de lo que terminabáis. Pero más allá — ¡más allá que vosotros! – un leve hormigueo os acompaña, un leve hormigueo, en vosotros y fuera de vosotros sentido. De repente, la sensación sorda se vuelve precisa. Un pinchacillo de dolor. Un pinchacillo de dolor que aumenta la delicia aún. Y la vida que vuelve. El pie, la mano, colonizados de nuevo por el yo normal. El propio contorno, que se modifica, que se ensancha. Ha sido reconquistada una díscola provincia de la carne.”

(Imagen — Felix Valloton)

ESCUCHAR LOS RUIDOS

“Noche. Chasquidos. Infinitas roturas. Viento apenas levantado. El follaje se mueve. Hojas. Chasquidos. Insectos rumorosos. — escribe el argentino Noé Jitrik —. Calor. En el horizonte una bruma. Ligera. La noche ya cayó. No el silencio: jamás. En el horizonte amenaza una bruma, no se ve la bruma. Los ruidos son metálicos, machetes que se afilan, lijas sobre madera, cintas de freno. Son los insectos, tal vez animales, mayores, que se arrastran y tratan de llegar a alguna parte. Ruidos tenues, tal vez son hojas de árboles, ramitas que no aguantan más y caen. Un golpe, un coco, a lo mejor, que cayó y hace retumbar la arena. La bruma viene del mar, no es una música: la música está en la cabeza. Fiebre. Una vaga imitación (deformada) de un bolero que habla de una huida, de una huida, huuuuidha.”

(Imagen – Ansel Adams- invierno en el valle -1934)

ELOGIO DE LA SOBREMESA


“Una sobremesa un poco animada es algo que seduce y atrae. Un comedor de una casa particular, lujoso; ocho o diez convidados — escribe  Baroja en “Juventud, Egolatría” —, tres o cuatro mujeres bonitas, alguna de ellas extranjera, otros tantos hombres que ninguno sea aristócrata — porque los aristócratas son muy poco amenos en general — ni sea tampoco artista — porque son de la misma casta de los aristócratas —;  tener de vecino a algún banquero o algún judío de perfil aguileño, y hablar de la vida, de la política, estar un poco galante con las señoras, dejar que cada uno tenga un momento de lucimiento, es, sin duda alguna, cosa muy agradable”.

(Imágenes—1- Antonio Sicurezza- 1972/2- Felix Valloton)

CABALLERO BONALD

Lo conocí un día en Madrid junto a Fernando Quiñones.

Y ahora vienen sus palabras:

“Me atrevo a decir — confesaba Caballero Bonald— que tengo el don de la selección repentina de unas palabras que, juntas, producen un primer material poético aprovechable, ya sea por su carácter inusitado o incluso por su propia calidad fonética. De pronto, en los momentos más impensados o inoportunos, me salen al paso esas palabras que pueden ser el inicio de un poema. Son palabras que abren una puerta, te muestran un camino, y por ahí empiezo a andar, formando un verso a partir del anterior. La poesía para mí es una cuestión de imágenes, de palabras que forjan esa imagen. Y ni siquiera hace falta que esa palabra responda a una noción previa de la realidad. El pensamiento lógico se subordina en este caso a la intuición iluminadora. Y en ese sentido sí corrijo bastante. De muchos poemas míos últimos hay tres o cuatro borradores.

Aclarar el pasado — seguía diciendo — es siempre dificultoso, yo creo que todo el que recuerda se equivoca de algún modo. Al pasado solo te puedes aproximar. En todo caso la memoria es para mí esencial en el trabajo creador. Yo parto de la memoria, es el punto de arranque, el factor desencadenante de la acción poética. Pienso que si padeciera amnesia no podría escribir. Claro que esa memoria, esa recuperación de lo perdido, se transforma, se modifica a medida que se escribe, de acuerdo siempre con las necesidades o las exigencias de la propia escritura. Voy deformando ese recuerdo que yo veo nebuloso pero que intento aclarar a medida que avanzo en el poema. No me importa que quede a medias tintas, porque lo que quiero es modificar esos recuerdos, de acuerdo con la necesidad del poema. Esa actitud, en el fondo, se moviliza a partir de la imaginación, que es la que va generando esa realidad paralela que contiene la poesía, una realidad que no se corresponde para nada con la realidad exterior al poema.”

Recuerdo muy bien aquel día junto a Fernando Quiñones, tomando un vino en la noche madrileña.

Hoy ha fallecido Caballero Bonald.

Descanse en Paz.

(Imágenes—: — 1- violetas- la coctelera/ 2-suart park/ 3- Li shunxiong/ 4- Georgia O’ Keeffe- 1927)

DEGAS, EL HUMO, EL PAN, LA NOCHE


“Quisiera pintar sobre el humo — decía Degas—, el humo de los fumadores, pipas, cigarrillos, puros—, el humo procedente de las locomotoras, de las altas chimeneas de las fábricas, de los barcos de vapor…


Quisiera pintar sobre la noche, infinita variedad de temas en las calles: los diferentes tonos de los globos de cristal reflejados en los espejos.

Quisiera pintar sobre la panadería. Serie de aprendices de panadero vistos en el sótano o a través de las ventanas del sótano de la calle; la espalda color de la harina rosa, bellas curvas de la masa; bodegones de diferentes panes, grandes, ovales, alargados, redondos. Estudios en color de los amarillos, rosas, grises, blancos del pan…

Ni los monumentos en las casas se han hecho nunca desde abajo, en un primer plano tal y como aparecen cuando se pasea por la calle…”

(Imágenes- 1- Degas/ 2-Degas-/ 3- Degas- 1892)

ViEJO MADRID (98) : LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES

“La Residencia de Estudiantes, en “la colina de los chopos” — cuenta Juan Manuel Bonet— , le disputa a “Pombo” la condición de símbolo de aquel Madrid de la primera vanguardia. Del mismo modo que en “Pombo” ésta emerge de la penumbra romántica y simbolista, en la Residencia el nacimiento viene envuelto en el estilo “british” de Alberto Jiménez Fraud. Causándoles más de un sobresalto a éste y a quienes como él buscaban darle al siglo una faz clásica y contenida, ahí pronunciaron conferencias algunos de los principales vanguardistas europeos, entre ellos Blaise Cendrars, Max Jacob, Marinetti, Le Corbusier, Aragon — la charla de este último fue especialmente violenta. Ahí transcurrió la “Vida en claro” madrileña del poeta y pintor José Moreno Villa, alguien que recorrió, sin perder la compostura, el camino desde un modernismo despojado, limpio, muy de excursión institucionalista a la Sierra, hasta el surrealismo, pasando por un cubismo bien sintetizado en su poema sobre la guitarra pintada.”

(Imagen – parterre del parque de El Retiro)

LAS PALABRAS Y EL VIENTO

Las palabras se las lleva el viento. En 1936, Iving Thalberg, directivo de la Metro disuadía a alguien de que comprara los derechos de “Lo que el viento se llevó” diciendo, como recuerda Eco, que “ninguna película de la guerra civil ha dado nunca ningún dinero”. Gary Cooper, tras rechazar el papel de Rhett Butler, comentaba: “Lo que el viento se llevó” será el fiasco más clamoroso de la historia de Hollywood.”

Mas ejemplos: de “Les Demoiselles d ‘Avignon” de Picasso un marchante en 1907 señaló: “es la obra de un loco”. Chaikovski decía de Brahms: “He estudiado mucho la música de ese bribón. Es un bastardo que carece de toda calidad.” Hablando de Renoir, Manet le decía a Monet: “Ese joven no tiene ningún talento.” Un crítico en 1737 afirmaba: “Las composiciones de Johann Sebastian Bach carecen de belleza, de armonía y, sobre todo, de claridad.” Otro crítico en 1856 aseguraba de Balzac : “en sus novelas no hay nada que revele especiales dotes imaginativas, ni la trama, ni los personajes. Balzac no ocupará jamás un lugar de relieve en la literatura francesa.”

Las palabras se las lleva el viento. También muchos vaticinios. Quedan felizmente las realidades que ilustrarán para siempre las letras, la pintura, el cine y la música.

(Imágenes-1- Mondrian / 2- flores)

NUEVA YORK Y LA LITERATURA


“La plaza continuaba aún en silencio. Pero con seguridad el baile debía de estar terminando: las fiestas más alegres no duraban hasta mucho más de la una de la madrugada y el trayecto entre University Place y Gramercy Park era breve. Delia se apoyó en el alféizar, escuchando. Un ruido de herraduras amortiguado por la nieve resonó en Irving Place y el coche familiar de los Vandergrave se detuvo delante de la casa de enfrente”, escribe Edith Wharton en “Vieja Nueva York“.

Este “ruido de herraduras en la nieve” nos recuerda que estamos en el siglo XlX y que es la gran ciudad norteamericana la que se nos aparece en la pluma de esta escritora  cuya memoria se aplica a  bucear en su infancia  hasta llegar a componer “La edad de lainocencia“(1930),  novela que casi setenta años más tarde llevaría Martin Scorsese a la pantalla con Michelle Pfeiffer como condesa  Olenska y Winona Ryder como Mary Welland.

Pero el “viejo Nueva York” -como tantas otras viejas ciudades del mundo – , ese  Nueva York  de los bailes y la nieve, estaba ya muy unido desde su nacimiento a las páginas de la literatura. Washington Irving había publicado con seudónimo en 1804 su burlesca “Historia de Nueva York desde la creación del mundo hasta el fin de la dinastía holandesa”, en 1826 había surgido Washington Square,  y con este título encabezaría  en 1881 Henry James  una de sus obras. Melville, por su parte, describiría a Nueva York en el primer capítulo de “MobyDick” en 1851, y en el invierno de 1883 el baile que ofreció la señora Vanderbilt en la ciudad señaló el momento en que la aristocracia del viejo Nueva York no tuvo más remedio que transigir con los nuevos ricos.

Los artistas y las ciudades siempre se han ido enlazando y desenlazando en la Historia  porque las ciudades son un espectáculo, como lo fue hace siglos (y lo sigue siendo)  el silencio y los tonos del campo, y este bullicio de ordenado desorden de las calles  alimenta un anhelo de descripción que intenta fotografiar el ojo múltiple. El austriaco Robert Musil quedó fascinado por el poderío de la ciudad e intentó plasmarla en “El hombre sin cualidades“: “Vehículos aéreos, terrestres, subterráneos – escribía en 1930 -, postales, caravanas de automóviles se cruzan horizontalmente; ascensores velocísimos absorben en sentido vertical masas humanas y las vomitan en los distintos niveles de tráfico; en los puntos de enlace se salta de un medio de locomoción a otro, y entre dos velocidades rítmicas, por las que  uno es arrastrado y lanzado sin consideración, hay una pausa, una síncopa, una pequeña hendidura de veinte segundos en cuyos intervalos apenas se consigue cambiar dos palabras”.

   ( Edith Wharton)

  Todo esto ya  no nos asombra en el siglo XXl.  Convivimos con los ruidos y con  el guiñar de semáforos y nuestro pie pasa continuamente del subterráneo al ascensor sin que la planta sufra el más ligero estremecimiento. Tampoco los ojos. Incluso los ojos descubren bellezas en la aparente fealdad del utilitarismo. “No digo que el puente de Brooklyn – decía Eliot – haya sido construido atendiendo a la belleza; pero sin, embargo, fue capaz de despertar las más profundas emociones en Hart Crane y siempre quedará ligado a sus versos. El caos de puentes y rascacielos, de tristes chimeneas, de lóbregas fábricas, de extraños mástiles industriales y de estrafalarias cabrias y grúas de esa hedionda e infernal maquinaria que rodea la ciudad de Nueva York, es, con todo, uno de los espectáculos más conmovedores – y bellos – del mundo”.

 Lo mismo que Baudelaire en París cantaba al   “paseante” que vagabundeaba feliz por las calles,  Nueva York, algunos años después, en 1925, retratará la aceleración de  las prisas, existencias febriles que Dos Passos aunará y dispersará en su  novela “Manhattan Transfer“:

 “Mediodía en Union Square. – escribirá allí Dos Passos -. Liquidación por cambio de domicilio. HEMOS COMETIDO UN ERROR ENORME. De rodillas sobre el asfalto polvoriento, los limpiabotas sacan brillo al calzado, botas, zapatos bajos, zapatos de color, botinas de botones, oxfords. El sol brilla como una flor en cada puntera ilustrada. Por aquí amigo, señor, señorita, señora, al fondo de la tienda nuestro surtido de tejidos fantasía. Calidad superior. Precio mínimo…Caballeros, señoras, señorita…HEMOS COMETIDO UN ERROR ENORME. Cambio de domicilio”.

   ( La Edad de la Inocencia)

Este es el Nueva York de Dos Passos que ya no es el escenario  dibujado por Edith Wharton con su pintura literaria de 1870, aquellos precisos detalles que la escritora mezclaba en la distancia uniendo su memoria con la colección de libros que iba adquiriendo para recrear la época. “Amy Sillerton –  leemos como satírica observación  en “La edad de la inocencia” -siempre me decía que en Boston la norma era guardar los trajes comprados en París para dos años más tarde. Mrs. Baxter Pennilow, que siempre hacía todo como es debido, solía comprar doce al año, dos de terciopelo, dos de satín, dos de seda y los otros seis de popelín y de la mejor cachemira. Era un encargo permanente, y como estuvo dos años enferma encontraron a su muerte 48 vestidos de Worth que nunca habían salido de su papel de seda, y cuando sus hijas se quitaron el luto pudieron lucir la primera serie en los conciertos sin parecer avanzadas en la moda”.

Interiores y  exteriores de costumbres  observados por  ojos de escritores y  artistas. Tanto la pluma de la Wharton narrando los pliegues de  enamoramientos y de  prevenciones sociales como la  de Dos Passos en el centro de Manhattan Transfer  mostrando  la fuerza determinista y destructiva de la urbe, esa energía de una ciudad expresionista que extiende existencias cruzadas, van dando a Nueva York, cada una a su modo, una constante presencia  en las literaturas. En muchas ciudades del mundo ha ocurrido algo parecido y  en numerosas narraciones se ha intentado verter el aroma y el contraste de las calles. Desde el bullicio napolitano de ropa  tendida entre gestos y gritos de casa en casa hasta el Trieste de Magris, el Berlín de Döblin o el Estambul de Pamuk.  Ciudades menores también, como Nantes,  han tenido cantores excepcionales, y así lo fue, por ejemplo, Julien Gracq. “Se sabe que la forma de una ciudad cambia más rápidamente que el corazón de un mortal” – dejó dicho este gran escritor francés-. Habitar una ciudad es tejer en ella a través de sus idas y venidas diarias una redecilla de recorridos articulados generalmente alrededor de algunos ejes conductores”. Sin movimiento, pues, no hay ciudad,  ya que sería una ciudad muerta. “Brujas, la muerta” tituló el belga Rodenbach  un libro sobre aquella urbe. Y ya Claudel, hablando de Nueva York  en 1925, recordó que “la ciudad vive sobre algo que no es lo inmediato. Ella no vive en la tierra,  vive del movimiento, es una disponibilidad de movimientos,  una oficina general de negocios, todo en ella tiene sentido, todo depende del sentido hacia el cual ella esté orientada. En resumen, lo que constituye la esencia de una ciudad es el cambio. El habitante de una ciudad vive en estado de cambio, está en relación con todo y con todos. Nada de lo que él hace lo hace solo. Está condicionado por todo el conjunto de la humanidad”.

 ( Nueva York)

París fue sin duda la Ciudad del XlX y Nueva York  la del XX. Los cuentos de O.Henry ,el “Gran Gatsby” de Fitzgerald, el “Hombre invisible” de Ellison, las historias de Grace Paley, Don DeLillo, Auster, Tom Wolfe o las andanzas por las calles de los personajes de Truman Capote, serán, entre tantos otros, el movimiento literario de una ciudad en movimiento, el espejo donde se miran autores y lectores. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 que abrieron dramáticamente el siglo siembran  raíces para  muchos relatos, pero será el puente de Brooklyn, Wall Street, East Village, Tiffany`s, Harlem, Greenwich  Village, Central Park, el Bronx o Brooklyn los mapas sobre los que siempre escribirán esos hombres y mujeres inclinados en su cuaderno rojo o volcados en la pantalla.

La Ciudad será siempre motivo de inspiración puesto que la ciudad es colmena de historias reales o inventadas y sus plazas y edificios interrogan y asombran de manera continúa. Historias reales y, a la vez,  historias inventadas. Auster, por ejemplo, descubrió la estatua de La Libertad en el verano de 1953, cuando acompañaba a su madre; allí sufrió una espantosa crisis de vértigo, y esa visita el novelista la transformaría en una página de “Léviathan“.

“Nueva York es la ciudad que yo conozco mejor  – ha dicho el autor de “La invención de la soledad” – Por otro lado siento, esa es la verdad, cierta fascinación por esta urbe. Nueva York es una ciudad demasiado grande para que se la pueda conocer íntimamente. A mí me ocurre que describo lugares que  no conozco. No es mi misión ser el historiador de Nueva York ni tampoco su arqueólogo-jefe. Por otra parte, no soy historiador de nada. Todo lo que escribo viene del interior. Jamás trazo un plan. No defiendo ninguna filosofía ni condeno ninguna teoría. Una historia nace de no se sabe dónde ni se sabe por qué. Hay en este proceso incontrolado alguna cosa totalmente orgánica”.

 Por la ventana indiscreta de cualquier  ciudad  nos asomamos al otro lado  del mundo y allí  creemos haber visto un crimen que nunca  existió y un amor que jamás se iniciará. Mientras la ciudad duerme, los artistas velan y trabajan. Desde “La edad de la inocencia” y  aquel viejo  Nueva York de caballos y nieve hasta el Nueva York actual, con su  misteriosa  “zona cero” y  el   hueco de tantas ausencias.

Mientras tanto sube la escalera despidiéndose de nosotros la mismísima Edith Wharton antes de que abandonemos la ciudad.

 “Toda la noche se mantuvo del mismo talante – nos cuenta su biógrafa en esa despedida -. Tan sólo un momento, cuando, una vez hubo partido el último invitado, se volvió a medio subir la escalera, para darnos las buenas noches y entonces tuve un breve atisbo de la otra Edith: elegante, formidable, tan seca y dura como una porcelana. Luego, al mirar hacia abajo, a sus viejos amigos, su rostro se suavizó, hasta la rigidez de su espalda se relajó ligeramente; ya no era la atildada y dura señora de la casa al modo europeo sino una encantadora vieja dama americana. Edith Warton había regresado a su casa”.

José Julio Perlado

(Origen de las imágenes: Alenarte revista)

COPLAS, SEVILLA Y CÓRDOBA

“Río de Sevilla,


Arenas de oro,

Desa banda tienes

El bien que adoro.

Río de Sevilla,

Rico de olivas,

Dile cómo lloro

Lágrimas vivas.

Mal haya la torre,

Fuera de la cruz

Que me quita la vista

De mi andaluz.

Mal haya la torre,

Que tan alta es,

Que me quita la vista

De mi cordobés.”

(Cristóbal de Castillejo- siglo XVl- (manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid)

(Imágenes—1- Sevilla -siglo XVl- culturamas/ 2- Córdoba)

SECRETOS DEL NÚMERO 4

“Los antiguos razonaban de este modo — recuerda Umberto Eco —: como es en la naturaleza así ha de ser en el arte pero la naturaleza en muchos casos se divide en cuatro partes (…) En efecto, cuatro son las regiones del mundo, cuatro los elementos, cuatro son las cualidades primeras, cuatro los vientos principales, cuatro son las constituciones físicas, cuatro las facultades del alma. Esto Umberto Eco lo tomaba del escrito de un monje cartujo anónimo del siglo Xll, pero luego, por su parte, Eco continuaba y recordaba: “ El número cuatro se convierte en un número central. Cuatro son los puntos cardinales, los principales vientos, las fases de la luna, las estaciones; cuatro las letras del nombre “Adán”. Y cuatro será, como enseñaba Vitrubio, el número del hombre, porque la anchura del hombre con los brazos totalmente extendidos corresponderá a su estatura, formando así la base y la altura de un cuadrado ideal. Cuatro será el número de la perfección moral, de modo que se llamará tetrágono al hombre moralmente fuerte.”

(Imágenes-— 1- cuadrado dentro de un cuadrado 1921- colección particular – el mundo/ 2- Matías Kiss)

EN LOS 80 AÑOS DE “CIUDANO KANE”

A los ochenta años de “Ciudadano Kane” llegan las voces en torno a Orson Welles rememorando aquella película. Recordaba Paolo Mereghetti en “Les Cahiers du Cinema” que “ el rodaje de esa película comienza el 30 de julio de 1940 y termina el 23 de octubre, tres meses destinados a alterar profundamente la historia del cine. Trabajando en estrecho contacto con el director de fotografía Gregg Toland y el escenógrafo Perry Ferguson, Welles intenta traducir en imágenes lo que ha consignado por escrito. Lo hace de dos maneras, incrementando sensiblemente la profundidad de campo de la imagen y destruyendo la centralidad de la perspectiva. En “Ciudadano Kane” las elecciones estilísticas se convierten a su vez en elementos fundamentales para comprender el sentido del film, contribuyendo a contar de otro modo la historia de Charles Foster Kane. La profundidad de campo que buscaban Welles y Toland sirve para brindar al espectador una mayor porción de espacio claramente visible y, por consiguiente, una selección más amplia de acciones y objetos contenidos en el mismo plano.”

En una conversación en 1958 de André Bazin con Orson Welles se le preguntó si, como decían algunos críticos franceses, su película estaba influida por Dos Passos y Welles contestó: “Nunca he leído a Dos Passos. Pero no saqué la idea del famoso “Paralelo 42” y si así fuera,sería por casualidad. Los críticos americanos también escribieron que la película estaba influida por Proust: es absolutamente falso”. También en esa entrevista Welles confesó: “me gusta esconderme. En verdad es un camuflaje. No me gusta verme en la pantalla; así que cuanto más maquillado esté, menos me reconozco y así me es más fácil dar un juicio objetivo. Escondo mi propia imagen porque no me gusta nada verla.”

“He admirado a John Ford – añadió Welles—: a Griffith, Chaplin, Clair y Pagnol. Tengo gran admiración por el cine japonés. Pero le voy a hacer una confidencia: no me gusta el cine salvo cuando estoy rodando, entonces no se puede uno intimidar con la cámara, hay que violentarla, forzarla hasta sus últimos reductos, porque no es más que un vil aparato mecánico. Lo que importa es la poesía.”

(Imágenes—1- Orson Welles/ 2-Peter Philips – 1962- artnet/ 3- brazier celyn)