LOS ÁRBOLES, EL AIRE, EL AGUA

 

 

 

“Me hace observar un jardinero — escribe Marguerite Yourcenar en “ El tiempo, gran escultor’ — que es en otoño cuando se aprecia el verdadero color de los árboles. En primavera, la abundancia  de clorofila los reviste a todos con un uniforme verde. Cuando llega septiembre  aparecen engalanados con sus colores específicos: el abedul rubio y dorado, el arce amarillo-naranja- rojo, el roble color de bronce y de hierro.

Nada me ha ayudado tanto a comprender los fenómenos naturales como los dos signos herméticos que significan el agua y el aire , y que luego, modificados por una barra que de alguna manera modera su impulso, simbolizan el fuego, menos libre, unido a la materia leñosa o al aceite fósil, y la tierra de apretadas y blandas  partículas. El árbol incluye a los cuatro en su jeroglīfico. Agarrado al suelo, saciada su sed con aire y agua, sube al cielo, sin embargo, como una llama; es llama verde antes de que acabe el día y llama roja en las chimeneas, en los bosques incendiados y en las hogueras. Pertenece, por su crecimiento, al mundo de las formas que se elevan, así como el agua que lo alimenta pertenece al de las formas que, abandonadas a sí mismas, vuelven a caer al suelo.’

 

 

(Imágenes—1-Lesser Ury -1909/ 2-Pierre Bonnard)

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