“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (18) – LOS PROCESOS DE LA CREACIÓN

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (18):  los procesos de la creación

 

– Rememora usted muy detalladamente el proceso de creación en Stravinski, esos procesos que siempre le han interesado. Ha escrito usted varios libros en torno al proceso creador …

 

– Sí, el proceso de creación en muchos escritores y artistas siempre me ha intrigado. ¿ En qué momento empieza, en qué momento ocurre? Es un misterio. Muchos han tratado este tema, entre ellos Stefan Zweig en unas conferencias relevantes. Recuerdo una frase del “Diario” de Tolstoi: “escribir no es difícil. Lo difícil es no escribir”. Es decir, uno tiene que escribir, si es que está llamado a ello. El asunto es cómo, de qué manera empezar. Las cosas que se escriben suelen viajar con nosotros mucho tiempo en el metro, se duchan con nosotros bajo el agua, van tomando cuerpo y forma, a veces nos hacen esperar como decía Stravinski al hablar de las mañanas y las tardes, y entonces, cuando nos hacen esperar, hay que aguardar a que ellas mismas se vayan construyendo y que poco a poco levanten su arquitectura y se nos muestren tal y como quieren ser escritas, con el tono y la voz que quieren mantener. Hace unos días me preguntaba usted por la importancia de la “voz”. Me acordaba de que Marguerite Yourcenar confesaba que hubo de esperar varios años hasta encontrar la “voz” adecuada para el relato de Adriano en sus “Memorias”. Pero, como usted dice, a mí me han interesado siempre esos vericuetos de la creación. Recuerdo, por ejemplo, en Madrid, estando un día en casa de Gerardo Diego, hace años, en la calle Covarrubias donde vivía, cómo el poeta me mostró sus “variaciones” o “variantes” dentro de un mismo poema, es decir, sus tentativas y bifurcaciones, sus incertidumbres, o también cómo el pintor Juan Barjola, paseando cerca de su taller en la calle Amalarico, cerca de Carabanchel, me reveló el enigma de sus perros descarnados y solitarios bajo la luna, o igualmente cómo un bailarín español, Antonio Gades, en París, al dar sus vueltas en un ensayo sobre el escenario, me descubrió el secreto del movimiento de sus tacones repiqueteando y girando en la madera. Pero todo esto son sólo meras aproximaciones. Muchas veces los artistas no saben mas que confusamente lo que han hecho y tampoco conocen realmente cómo han podido crear todo aquello y entonces han de ser los comentaristas quienes se lo expliquen. Hay muchos ejemplos de ello, y por citar uno destacado ahí tenemos cómo Kafka le pregunta a Felice Bauer si ella encuentra algún sentido coherente al relato “La Condena” porque él no se lo encuentra. Y en el caso de la poesía esta experiencia es aún más singular. Shelley, por ejemplo, decía que ni los poetas mismos se dan cuenta cabal de su excelencia porque la poesía obra de una manera imperceptible y serán las generaciones futuras las que contemplen el efecto de su poderío.

Cuando se me pregunta entonces, y lo han hecho muchas veces, qué es la invención me remito a la interrogación que en el fondo se hacen muchos escritores. Sabemos que dos y dos son cuatro, pero el artista muchas veces se plantea: ¿y si fueran cinco? Ese cinco es precisamente la invención, la posibilidad: yo diría que es la creación. Con ese cinco se pueden hacer y se han hecho muchas cosas importantes en la literatura. Es como el peldaño de la fantasía. El escritor, el pintor, el músico, se preguntan: ¿ y si esto no fuera así como lo vemos? ¿Y si debajo o encima de esa realidad hubiera otra realidad? Todas las revoluciones en las artes han mostrado que dos y dos, además de ser cuatro, pueden sumar cinco. Y la fantasía, la imaginación, la invención han cubierto con ese número cinco los libros y los lienzos. Hay que tener en cuenta que muchas gentes van en busca de la invención, atraviesan las ciudades en su busca, les interesa, naturalmente, la realidad, quieren ver en un libro o en un cuadro muy bien reflejada la realidad de donde provienen y donde viven, su barrio, su casa, sus costumbres, pero de pronto quedan sorprendidas y extasiadas ante la invención, ante la irrealidad de la realidad, fascinadas de cómo el escritor o el pintor o el músico han podido sublimar la chata realidad de todos los días y transformarla en un escenario nuevo, por ejemplo, cómo una mujer muestra en su mejilla tres ojos cruzados colocados por Picasso o cómo unos teléfonos se derraman blandos en una playa de Dalí. Se vuelven entonces adictos a la invención. Recorren las calles en busca de la invención, persiguen la prodigiosa invención, entran en una librería, hojean una realidad absolutamente inventada, saben que esa historia no es la verdad, que esas páginas son mentira, (por ejemplo, “el Vizconde demediado” de Calvino o la desaparición de una nariz en Gógol), pero compran compulsivamente esa mentira tan atractiva, tan bien escrita, tan subyugante, y se llevan esa fantasía inventada a sus casas, a la realidad de sus casas, y luego la leen ávidamente.

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A veces también me han preguntado en ciertas ocasiones: ¿qué es más fácil escribir, realidad o ficción? Y yo añado a esa pregunta: ¿y qué es en el fondo la realidad? La realidad absoluta es casi imposible de describir. La auténtica realidad, o al menos quizá el débil acercamiento a la completa realidad reflejada, tal vez sería, y no estoy muy seguro de ello, la fotografía. Pero en cuanto el escritor quiere acercarse a una realidad e intenta mostrarla lo más fielmente posible a los demás, no tiene más remedio que acumular enumeraciones, añadir y añadir detalles en toda su observación, procurar elegir muy bien los adjetivos, agrupar y encadenar descripciones llenas de matices, y aún así no lo conseguirá. Un acercamiento a la auténtica realidad de lo que se muestra, quizá sería, como digo, aunque muy lejanamente, la fotografía. Por ejemplo, hace unos días hablándole a usted de mi primera casa en Madrid me refería a la figura de mi tía Amparo. Tal vez sí, una fotografía de mi tía Amparo caminando sobre las maderas del pasillo en aquel caserón que iba resonando bajo sus pies, sin duda nos mostraría la realidad de su figura. Pero se necesitarían varias fotografías de esa mujer, una que la enfocara por delante, otra que nos la mostrara por detrás, y aún varias más, desde ángulos muy distintos. Y aún así no bastaría. Sí, indudablemente veríamos con perfección en esas fotografías su vestido estampado de colores marrones, su figura diminuta, quizá hasta los abalorios brillantes que cubrían sus dedos. Pero en ese pasillo de la casa de la calle de Goya resonaban, como digo, también las maderas, crujiendo bajo sus pasos, y esos sonidos, naturalmente, ninguna fotografía los recoge. Sólo los recogería un documental: mi tía Amparo, pues, en un documental. Pero, ¿y sus pensamientos, entonces? ¿Y su personalidad? ¿Cómo se refleja? Por ello, ¿qué hace el escritor para poder contar lo más fielmente posible esa realidad? Pues ponerse ante el cuaderno e intentar describir lo mejor que pueda y sepa todos esos pasos, esos movimientos, esos colores, esos sonidos, y, si se atreve, adivinar incluso sus pensamientos. Es decir, recrear. Le será imposible fotografiar y tendrá que recrear. El escritor, pues, recrea. Al recrear, de alguna forma inventa. Se acerca hasta ese pasillo con sus adjetivos, con su memoria, con algunos recuerdos que le vienen a la cabeza, con otras asociaciones de ideas que le llegan también, con las inspiraciones para evocar un ambiente, mil cosas convocadas, pues, en ese instante para recrear y para crear. Creará incluso a veces cosas mejores que la pura realidad. Al menos distintas. Y cuando acabe de crear, como antes le decía, no sabrá bien de qué forma lo ha hecho. Será quizás una mágica combinación de elementos la que le ha llevado hasta una creación que incluso puede superar a la misma realidad.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius”  (Memorias)

(Continuará)

 

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

LOS ÁRBOLES, EL AIRE, EL AGUA

 

 

 

“Me hace observar un jardinero — escribe Marguerite Yourcenar en “ El tiempo, gran escultor’ — que es en otoño cuando se aprecia el verdadero color de los árboles. En primavera, la abundancia  de clorofila los reviste a todos con un uniforme verde. Cuando llega septiembre  aparecen engalanados con sus colores específicos: el abedul rubio y dorado, el arce amarillo-naranja- rojo, el roble color de bronce y de hierro.

Nada me ha ayudado tanto a comprender los fenómenos naturales como los dos signos herméticos que significan el agua y el aire , y que luego, modificados por una barra que de alguna manera modera su impulso, simbolizan el fuego, menos libre, unido a la materia leñosa o al aceite fósil, y la tierra de apretadas y blandas  partículas. El árbol incluye a los cuatro en su jeroglīfico. Agarrado al suelo, saciada su sed con aire y agua, sube al cielo, sin embargo, como una llama; es llama verde antes de que acabe el día y llama roja en las chimeneas, en los bosques incendiados y en las hogueras. Pertenece, por su crecimiento, al mundo de las formas que se elevan, así como el agua que lo alimenta pertenece al de las formas que, abandonadas a sí mismas, vuelven a caer al suelo.’

 

 

(Imágenes—1-Lesser Ury -1909/ 2-Pierre Bonnard)

“MÉTODOS DE DELIRIO”

 

 

“Cuando se le preguntaba a Marguerite Yourcenar a qué llamaba ella “métodos de delirio” a la hora de escribir, contestaba que eso era igual a métodos de contemplación. “Los  empleo siempre —decía—. Cuando digo delirio, hablo de lo exterior. Para el público es un delirio; para el que se dedica a ellos es la cumbre de la sabiduría. En primer lugar, ser novelista consiste, por supuesto, en dejarse acaparar por un personaje, pero consiste también en hacer un silencio total de ideas, en eliminar todo lo adquirido, en hacer tabla rasa con todo. Esto parece tan opuesto al pensamiento, a la manera de vivir, de escribir, de conversar, donde siempre fabulamos tanto con nuestras ideas, que es extremadamente difícil explicarlo. En esos delirios de que hablo, no se fabula en absoluto. En la contemplación  tampoco: se elimina por completo, lo cual es muy diferente, para llegar a un cierto nivel de serenidad en el que las cosas se reflejan como en un mar calmo.

Lo que siempre se recomienda, y es súmamente difícil alcanzar, es lo que los sabios hindúes llamaban “la atención”, una atención que elimina los tres cuartos, los nueve décimos de lo que se cree pensar, cuando en realidad no se piensa: se ensamblan fragmentos de ideas que ya están allí. Lo que tiene que hacer uno es fijar un punto que no se abandona, que no se deja ni un minuto. Es muy difícil realizarlo: hay toda clase de astucias, distintas maneras de llegar a ese estado. Los  considero absolutamente esenciales. Además , no se debe confundir la meditación con el sueño. La meditación es una actividad diurna. De noche se duerme, o bien se tienen o se sufren sueños.”

 

 

(Imágenes —1 – Marguerite Yournenar/ 2- Jessie Wilcox Smith)

ENCONTRAR A ADRIANO

 

 

Se acaba de encontrar un busto de Adriano en Sevilla y esos encuentros sorprendentes me llevan a repasar otros encuentros diversos , como el de Marguerite Yourcenar con su “Adriano”, cuyas Memorias se deslizaron en un largo y célebre monólogo. “Escribí “Adriano” de noche — recordaba la autora —. Recurrí también a la escritura automática, pero a la mañana siguiente quemaba  esas páginas. En mi opinión, cuando se escribe sobre un personaje de novela, se debe saber sobre éste mucho más de lo que se dice. Es la comparación tan gastada  de la  punta del iceberg. En cuanto a Adriano, por ejemplo, están todos los años de juventud, los años de guerra, los años de ambición, en el curso de los cuales se esfuerza por convertirse sucesivamente en oficial del estado mayor de Trajano, cónsul, gobernador… No sabemos casi nada más. Sin embargo, se debe intentar saber todo, recrear todo a través de los documentos de la época, y el curriculum vitae de otros funcionarios importantes; se debe estar capacitado para poder decir todo.  Se tiene el curriculum vitae de Adriano, se conocen los nombres de algunos de sus amigos; se conoce algo de su grupo en Roma, su vida personal. Entonces, intenté reconstruir todo eso, a partir de los documentos, pero esforzándome por reavivarlos; mientras no se hace entrar toda la propia intensidad en un documento, cualquiera que sea, éste está muerto. La composición me ocupó tres años. Cuando se toma la decisión todo va muy rápido. Tres años de trabajo continuo, de no hacer más que eso, de vivir en simbiosis con el personaje, hasta el punto de comprender a veces que mentía, y dejarlo mentir.”

Y luego está el tema de la ‘voz”.  Hallar la voz desde donde hay que narrar, desechar otras fórmulas. Hallar la “voz” de este personaje es encontrarse al fin con Adriano.

 

 

(Imágenes — 1- Marguerite Yourcenar/ 2-vista de Roma -constante moyaux – 1883)

EN CONVERSACIÓN CON LOS DIFUNTOS

 

 

“Hay muchos queridos difuntos amontonados en los estantes de casa – decía Rafael Chirbes -, con ellos hablo; a ellos escucho. Desde Aub y Galdós, a Tolstoi, Montaigne, Yourcenar, Lucrecio y Virgilio, Faulkner, Döblin, Proust, Balzac, Eca de Queirós, y tantos y tantos. Salgo poco de casa, así que los releo al azar o movido por alguna intuición que me dice que ése y no otro es el difunto al que debo oír en determinado momento. En general no me equivoco. También sueño con difuntos a los que conocí cuando estaban vivos, y hasta toqué, y ahora ya no están en ningún sitio, y saber que no están y no puedo hablarles ni escuchar su voz me angustia cuando me meto en la cama. Algunas noches se apoderan de la habitación, su ausencia me roba el aire y tengo que encender la luz para no ahogarme”.

 

 

“Se cita a Quevedo y citaré a Gracián: de joven se dialoga con los muertos, con los que nos han precedido  – dice a su vez  Eduardo Mendoza enMil bosques en una bellota” -; en la madurez, con los vivos; en la vejez, con uno mismo. Creo estar en la tercera etapa. Pero he dialogado con muchos muertos. Como empecé a escribir muy joven, tuve como modelo los autores juveniles ( Verne, Rider Haggard, Conan Doyle) y nunca he renunciado a su legado. Baroja me abrió la puerta a mi propio estilo. Siempre he tenido a la vista los grandes clásicos del XlX y del XVlll. Pero creo que los grandes clásicos son como las grandes montañas. De lejos oxigenan y engrandecen; escalarlas es peligroso”.

 

 

“En un momento me di cuenta – decía Ricardo Piglia – de que en el “Ulises” de Joyce y en “En busca del tiempo perdido” de Proust la palabra metempsicosis aparecía ligada al acto de leer. Las almas muertas descansan en la página. Mis reencarnaciones favoritas han sido Hemingway y Roberto Arlt; los leí cuando era muy joven y traté -inútilmente – de escribir como ellos. A esa edad uno está muy atento a las mutaciones póstumas y a la voz escrita de los antepasados. La tradición literaria como un espiritismo de la letra”.

 

 

(Imágenes -1- Faulkner/ 2- Tolstoi – Wikipedia/ 3- manuscritos de Proust – arcadia ego universite urbana champion de Illinois / 4- Hemingway – foto de Ken Heyman  – stateooftheart- pophotocom)

LA VOZ DEL ESCRITOR

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“Se reconoce a un escritor por su voz – recuerda Pierre Assouline en su “Diccionario de escritores” -. No hay más que leerlo para identificarlo. Un libro que transmita la voz, o lo que otros llamarán estilo, tono o pequeña música, más que entregarnos a un escritor nos entregará a un autor. Una página, un parágrafo, incluso a veces una sola frase es suficiente para colocar un nombre sobre un texto, y desde ese momento prestar oído al sonido que emite. Si es un desconocido que firma su primera novela, la voz es suficiente para definir a un nuevo autor. O no. La voz permite saber a qué se dedica y en qué trinos trabaja. Se trate de Modiano o de Proust, la voz que surge del libro no se equivoca. Con los extranjeros, es algo más delicado puesto que la voz puede variar según el traductor, que superpone la suya propia sobre la del novelista que interpreta. Pero de los escritores que uno tiene el privilegio de amar, se retiene en el fondo la voz de la persona más aún que aquella de sus escritos”.

Voz de Faulkner, voz de Conrad, voz de Proust.

Tardó años en encontrar la voz para uno de sus libros Yourcenar, años para encontrar la voz para otro de sus libros García Márquez.

A veces hay que esperar – trabajar – pacientemente hasta encontrar la voz.

(Imagen.-Cy Twombly- 1983)

FOTÓGRAFOS Y ESCRITORES

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El silencio interior de una víctima que consiente”. Esto es lo quería captar Henri – Cartier Bresson cuando retrataba a un escritor – así lo recuerda el periodista francés Pierre Assouline -. A pesar de sus descripciones limitadas, Bresson nunca fue anecdótico. Había conocido a Truman Capote en Nueva York a finales de los años cuarenta. Capote en aquel tiempo no había publicado más que cuentos. El escritor tenía admiración por el fotógrafo. Y fue un Capote vegetal el que Bresson quiso  ver.

 

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Por otro lado, Cartier- Bresson nunca ametralló con su fotografía, no agredía, no bombardeaba. Apenas veinte minutos con cada escritor, una simple visita de cortesía, el tiempo de una conversación para conseguir mejor lo insólito.

 

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A Ezra Pound lo encontró Bresson en un palacio veneciano, en 1971, donde un aristócrata le estaba dando a Pound asilo poético. El fotógrafo se arrodilló casi una hora a los pies del poeta alucinado, sin que ni uno ni otro pronunciaran palabra. Una hora de silencio absoluto, cara a cara, mientras Pound se retorcía las manos y cerraba los ojos.

 

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Cartier-Bresson fue igualmente un gran lector. Amaba a los escritores y éstos le apreciaban puesto que el fotógrafo hablaba siempre bien de sus libros. Nunca había dejado de leer y sobre todo de releer. El gran fotógrafo llevaba siempre un libro de 10 francos en el bolsillo dispuesto a releerlo o a ofrecerlo a quienes visitaba.

 

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Como también una gran lectora y extraordinaria fotógrafa de escritores fue Gisèle Freund, que afirmaba: “el ojo no es nada si no hay alguien detrás“. Cada uno de sus rostros – así lo sigue recordando Assouline– cuenta una historia. Había planeado sus retratos una tarde de 1939 en la librería de Adrienne Monnier, en la rue Odeón. No usaba estudio, ni aplicaba retoques, solamente una cierta mirada. Su ambición era realizar una galería de retratos en colores de los escritores que se mostrara hoy como cuadros: el escritor destacando sobre el aspecto técnico de la fotografía.

Se ha dicho que la historia literaria del siglo XX tiene una deuda con estos retratos ya que lo que Freund  ha captado y restituido ningún otro lo ha sabido hacer, ni siquiera los ensayistas, los periodistas o los críticos. Ella leía a los escritores y los escritores lo sabían, siempre lo notaban cuando ella hablaba inteligentemente de sus libros. Victoria Ocampo, Henri Matisse, Marguerite Yourcenar, Eliot, Malraux, Virginia Woolf, Joyce… son algunos de sus ejemplos.

 

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(Imágenes- 1- Truman Capote- Cartier Bresson/ 2.- Carl Jung- mientras 59 rssing/ 3.- Ezra Pound- Cartier Bresson/ 4.- Henri Cartier-Bresson/ 5.- Henri Matisse- Gisèle Freund- intercepted by gravitation/ 6.- Virginia Woolf- Gisêle Freund.-garuy com)

CONSTRUIR, FUNDAR BIBLIOTECAS

 

libros.-56oiu.-el color de la granada.-dirigida por Sergei Parajanov.-1968

 

“Construir es colaborar con la tierra, imprimir una marca humana en un paisaje que se modificará así para siempre; es también contribuir a ese lento cambio que constituye la vida de la ciudades (…) Fundar bibliotecas equivalía a construir graneros públicos, amasar reservas para un invierno del espíritu que, a juzgar por ciertas señales y a mi pesar, veo venir. He reconstruido mucho, pues ello significa colaborar con el tiempo en su forma pasada, aprehendiendo o modificando su espíritu,, sirviéndole de relevo hacia un más lejano futuro; es volver a encontrar bajo las piedras el secreto de las fuentes. Nuestra vida es breve; hablamos sin cesar de los siglos que preceden o siguen al nuestro, como si nos fueran totalmente extranjeros; y sin embargo llegaba a tocarlos en mis juegos con la piedra”.

Marguerite Yourcenar.- Memorias de Adriano”

 

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(Imágenes.- 1.- “El color de las granadas”-Sergei Parajanov– 1968/ 2.- Guerrit Dou)

“ADRIANO” DE YOURCENAR

“Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”. Esta frase de Flaubert que Marguerite Yourcenar leyó en 1927 fue uno de los desencadenantes de las “Memorias de Adriano“. “Gran parte de mi vida – dijo la novelista – transcurriría tratando de definir, y luego de pintar, a ese hombre solo y, por lo demás, unido a todo”. Labor constante, transpiración perpetua. Cuando se imparten cursos de creación siempre se divide en dos la gran esfera: por un lado, antes de nada, la inspiración; por otro lado, después de todo, la realización, es decir, la disciplina, el quehacer, la tenacidad en encontrar soluciones a los inevitables  problemas; en resumen, la transpiración:  dedicación y  concentración.  99 % de talento, 99% de disciplina y 99% de trabajo, decía Faulkner. Muchos hallan de improviso la inspiración y muchos también abandonan o empobrecen la realización porque la disciplina les parece ardua y les supera.

La exposición “Adriano, imperio y conflicto“, abierta en el British Museum de Londres hasta el 26 de octubre, nos lleva otra vez a esta enigmática figura a la que Yourcenar hizo hablar, creando unas Memorias inventadas, y alcanzando con ellas una cumbre en la novela histórica. Seguir el rastro de la transpiración de la escritora es algo apasionante por los vericuetos que nos presenta, por los atajos que recorre, por los logros que consigue. “Este libro tiene una larga historia – dirá ella en 1951, en una de sus Cartas -. Lo empecé hará más de veinte años, en una época de la vida en que aún se padecen ciertas suficiencias, ciertas imprudencias… Lo volví a coger en 1936, dándole su forma actual, las memorias de un hombre que hace un repaso de su vida desde la perspectiva de su próxima muerte. Pero no escribí más de quince páginas. Aún no estaba lo bastante madura, en aquella época, para llevar a cabo este proyecto tan amplio”.

En febrero de 1949 reemprende la redacción de “Adriano” donde la interrumpió en 1937. Tiene que tomar el tren para Chicago, luego para Santa Fe, en Nuevo México, y durante un viaje de dos días escribe sin parar. “Me llevaba las hojas en blanco conmigo para empezar de nuevo ese libro, como un nadador que se tira al agua sin saber siquiera si alcanzará la orilla. Hasta muy tarde en la noche, trabajaba en él entre Nueva York y Chicago, encerrada en mi coche-cama. Y todo el día siguiente, en el restaurante de una estación de Chicago, donde esperaba a un tren bloqueado por una tempestad de nieve. Luego, de nuevo hasta el alba, sola en el coche de observación del expreso de Santa Fe, rodeada por las grupas negras de las montañas del Colorado y por el eterno dibujo de los astros. Los pasajes sobre la comida, el amor, el sueño y el conocimiento del hombre fueron escritos así de una sola tirada. No recuerdo haber vivido día más ardiente ni noches más lúcidas”. Esta es la transpiración de Yourcenar como transpiración era el escribir de pie de Hemingway, creando sobre la superficie de un atril a causa de sus problemas de espalda o transpiración era la de Thomas Mann, viajando también en tren a Chicago y escribiendo allí, en el mismo vagón,  el capítulo catorce de Doktor Faustus.

Toda profesión humana lleva consigo un esfuerzo y él arrastra consigo un natural cansancio. La creación es un quehacer más. En el caso de las Memorias de Adriano (Pocket Edhasa), los Cuadernos de Notas de la autora reflejan parte de esa constancia y de esa paciente elaboración. “Solía escribir en griego durante una o dos horas – confiesa – antes de ponerme a trabajar, para acercarme más a Adriano“. O también:  “Había tomado la costumbre, cada noche, de escribir de manera casi automática el resultado de esas largas visiones provocadas donde yo me instalaba en  la intimidad de otros tiempos”. Y en otras ocasiones al no trabajar: “Hundimiento en la desesperación de un escritor que no escribe”. Al fin su personal hallazgo, el tono esencial:    “Retrato de una voz. Si decidí escribir estas Memorias de Adriano en primera persona, fue para evitar en lo posible cualquier intermediario, inclusive yo misma. Adriano podía hablar de su vida con más firmeza y más sutileza que yo”.

Tal fue la transpiración de Marguerite Yourcenar – como la de tantos otros seres humanos. Fue la transpiración, el tesón, la elaboración constante de esta autora, aquella que firmó una gran definición: “Una de las mejores maneras de reconstituir el pensamiento de un hombre es reconstituir su biblioteca”.

(Imágenes: Adriano.-Museo Bitánico/ Marguerite Yourcenar)