LA HUIDA DE LOS ÁNGELES EN FLORENCIA

 

 

“Hacía las once y media de aquella mañana, el ángel Baradiel, en Florencia, empezó a despegarse poco a poco del manto y de la pequeña capa que le cubría, procurando sobre todo que ese movimiento suyo pasara inadvertido: se desplazó hábilmente separando a un lado las trompetas doradas que hacían resonar sus compañeros, apartó un poco  el pequeño violín al que le arrancaba notas su amigo el ángel Casul, y procuró dejarlo todo en la pintura casi como estaba para que no se notara que él se escapaba, todo casi perfectamente ordenado y arreglado, disimulado de tal modo que los visitantes y turistas que pasaban aquella mañana por el segundo piso de la Galería de los Uffici  y se detenían asombrados ante el color de oro, resplandecidos sus rostros por aquel oro que se reflejaba como en un espejo, apenas notaron la  pequeña  mancha blanca como diminuto vacío que asomaba entre todas las cabezas de ángeles. Eran varias decenas de espíritus dorados entremezclando sus instrumentos, conducidos desde el siglo XV de la mano y el pincel y las lágrimas del Beato Angélico (puesto que Fray Angélico muchas veces lloraba al pintarlos), ángeles que habían vivido primero en la iglesia del hospital florentino de Santa María Nueva y que luego llegarían a los Uffici embaladas las cajas con las láminas de la serena contemplación y con el círculo situado bajo un haz de rayos haciendo girar como rueda y globo espacial a todos los personajes. Entre aquellos personajes, a la derecha, en la altura y muy cerca de una nubecilla, había permanecido durante seis siglos  Baradiel, inmóvil, con la trompeta dorada en el aire, pero mirando fijamente primero a los italianos y europeos y luego a los chinos y  japoneses que iban pasando diariamente delante de su pintura, organizados en grupos, deteniéndose, acercándose con sus zapatillas blancas y azules, atravesando despacio la sala y siguiendo al guía que les conducía, pero ahora Baradiel había decidido huir de todo aquello, escaparse sin que se notara, y así, conforme Baradiel procuraba despegarse completamente de la pintura del Angélico y también  de la capa y del manto, y abría con suavidad sus alas sobre las cabezas de los turistas para volar sobre la sala del museo, el escritor proseguía en su cuarto aquella  escritura suya tan  paciente y cuidadosa que los ángeles siempre respetarían, una escritura a veces titubeante e indecisa, cumpliendo sin embargo su tarea en sus páginas blancas, y asī escribía despacio con su pluma azul : Veo ahora a Baradiel —así escribía —, cómo vuela casi invisible y va rozando  con sus alas las paredes de los Uffici sin apenas hacer ruido, los japoneses y los chinos no se han dado cuenta de que está volando sobre ellos, los japoneses y los chinos caminan apretados unos junto a los otros, conviviendo gorras, pisadas, zapatillas y prismáticos, atuendos multicolores y edades mezcladas, mientras las alas de Baradiel cubren toda la sala y luego se pliegan junto a la puerta sin apenas rozarla para poder pasar con facilidad de una a otra estancia, allí donde está Giotto y su  Madonna con el Bambino, llamada también Maestà de Ognissanti,  nacida de un pincel  en el siglo XlV, pero sobre todo porque allí se encuentran sus amigos, los  otros ángeles que Baradiel está buscando, allí están  Dubilon y Egibiel  arrodillados tal y  como los pintara Giotto en 1313, vestidos con  unas túnicas blancas y sosteniendo  Dubilon, a la izquierda, una jarra con lirios, y Egibiel, a la derecha, una jarra con rosas. En un primer momento ninguno de los dos ha percibido la llegada de Baradiel  puesto que ambos están mirando hacia  la altura, pero enseguida, a una repentina seña de Baradiel, Dubilon deposita  suavemente en el suelo la jarra con lirios y  Egibiel hace lo mismo con su jarra de rosas y cada uno repliega sus alas grises y encarnadas y los dos van despegándose poco a poco de la pintura de Giotto y tomando impulso se elevan detrás de Baradiel por encima de todas las cabezas de los turistas chinos y japoneses y escapan volando por la única ventana abierta. El Arno ahora es un espectáculo para ellos. El río fluye bajo los puentes, principalmente bajo el ponte Vecchio y bajo el  ponte alle Grazie, bajo el ponte alla Carraia y el de Santa Trinita , y sobre el río las alas de los tres ángeles vuelan abriéndose y cerrándose en una libertad incomparable. ¡Ah, la libertad!, va diciéndose el escritor en su cuarto y en su cuaderno al seguir el vuelo de los ángeles por el río de  Florencia, ¡ah, la libertad de escribir, de volar, de escribir como si uno volara, de ser uno de esos espíritus que marchan sobre el Arno, de recorrer el aire de todo un libro!”

José Julio Perlado —(del libro “Relámpagos”) ( texto inédito)

 

 

 

 

Imágenes —1- Beato Angélico – Uffici – Flickr/ 2- ángel de Giotto)

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