ACERCÁNDOME A GOYA

 

 

“… Por eso cuando me fui acercando dentro de aquel espacio íntimo del Museo a aquellas escenas de Goya en las que dominaba el negro y unos tonos pardos y fríos, tampoco me extrañó descubrir en muchas de ellas, al observarlas con mayor atención, el amarillo, los ocres, azules  y rojos, los carmines y aún unos ligeros toques de verdes. No todo era negro, pues, en las “pinturas negras”. Me sorprendió, por ejemplo y de repente, al girar la cabeza hacia la izquierda nada más entrar en una de las salas, la composición pictórica de un Perro”o lo que sería más adecuado definir, una enorme masa de un gris amarillento, una gran zona lisa y vacía de espacio en la que asomaba en su base inferior la pequeña cabeza de un perro, una cabeza perfectamente dibujada con aquella precisión que Goya tenía para plasmar animales, un perro que estaba surgiendo de una masa amorfa, emergiendo de algo parecido a un talud pero que ni siquiera podría decirse que fuera arena, un perro, o cabeza de perro que no se sabía bien si se estaba hundiendo o intentaba escapar, que podía estar pidiendo socorro o piedad, pero que esencialmente transmitía angustia. Aunque enseguida me llamaron enormemente la atención otras pinturas situadas casi al lado de ésta, en la pared de enfrente de la pequeña sala, especialmente en razón de los gestos y las deformadas facciones de varios personajes que allí aparecieron ante mí, más apilados que agrupados, como dominados por oscuros movimientos instintivos, y principalmente una pintura que aún destacaba más entre las otras, o al menos así me lo pareció: unos cuerpos flotando en el aire, superpuestos sobre un fondo de cielo y de paisaje, dos extraños personajes envueltos en ropajes, uno de ellos, el situado a la izquierda, embozado en un manto rojo plegado, mirando hacia atrás en actitud miedosa y en cierto modo ausente, y el de la derecha, en cambio, señalando algo de modo exasperado, con el dramático gesto de su boca abierta en expresión de horror, y los dos sobre un fondo luminoso y no lejano a un montículo o cerro pedregoso que quizá escondía una ciudad fortificada, aunque ello no podía adivinarse bien. Me acerqué a comprobar el título de aquella pintura que yo ya conocía anteriormente por diversas reproducciones, y allí leí: “Francisco de Goya, Aquelarre o Asmodea”, y luego volví lentamente sobre mis pasos en el completo silencio nocturno de la pequeña sala…”

José Julio Perlado(del libro “Relámpagos”) (texto inédito) 

(Mi pequeño homenaje en el bicentenario del Prado)

 

 

(Imágenes- 1- Goya- perro semihundido- museo del Prado/ 2- Goya- “Asmodea”- museo del Prado)

BIBLIOTECARIO

 

 

“Me dice usted, doctor, que le escriba cada quince días contándole mi estado de ánimo. Lo hago hoy ante esta estrecha ventana que da al campo, contemplando siempre la soledad que me rodea, contemplando el áspero horizonte apenas iluminado por lo verde, tono ocre carente de humedad y de belleza. Usted, en una de las últimas  visitas que le hice, recuerdo que me dijo que describía muy bien; pero hoy no estoy, doctor, para muchas descripciones: he vuelto a sumergirme en mi sueño. Desde hace tiempo bien sabe usted, y así se lo he dicho, que quiero ser bibliotecario. No bibliotecario de este pequeño pueblo donde vivo: sueño con lo mismo que le dije un día: quiero ser Primer Bibliotecario de la Biblioteca Nacional de mi país. Me veo, tal como le conté, en el centro de un gran hemiciclo; he visto ese hemiciclo, doctor, cuando visité la capital, y no lo olvidaré mientras viva. Quizás en mi imaginación lo idealice, pero los pocos minutos que allí estuve me llevan hasta ese verde silencio de las alfombras y los lomos bruñidos, gigantescas figuras de sabios esculpidos en piedra, y así me veo caminar sobre moquetas rondando los pupitres, admirado del mutismo sellado, de tanta ciencia concertada bajo la bóveda. No olvido aquella bóveda, doctor. Por las noches, en este pequeño cuarto  en que habito, sobre todo en las noches de verano, estiro mi cuello fuera de la ventana y me asomo al resplandor celeste.  Dejo mi libro sobre la mesa, levanto mis ojos a las estrellas, y pienso qué luz contemplará mi libro, el único que tengo, el que mes a mes suelen prestarme en la diminuta biblioteca de este pueblo, esa sala estrecha, vacía y polvorienta.

 

 

No crea que estoy triste, doctor, me bastan estas páginas. Yo sé perfectamente que debo estar aquí y esperar; la vida vendrá a sacarme un día de este cuarto, viajaré, estudiaré, me sentaré un día en el gran hemiciclo silencioso de fichas y volúmenes y oiré las horas que va dando el reloj sobre los libros y cómo pasan suavemente sus hojas. Sueño con esa enorme Biblioteca infinita y miro el campo y él entra en mi mirada. Dice mi madre que la vida es la que más nos enseña, no los libros;  repite siempre que son los libros los que copian a la vida. Usted, doctor, ya sabe lo que pienso. Muchas veces se lo he dicho por escrito. Pero miro la vida y acaso no he vivido aún lo suficiente; acaso mi padre, por sus economías, no ha podido sacarme de este cuarto.

 

 

Aquí he visto, doctor, anochecer y amanecer: no sé describir el mugido de las vacas ni distingo el color ni los olores. Voy hasta el río y me falta el libro, único libro mío, me falta el aire. Veo al agua correr y quebrarse, y sé bien que el agua no se quiebra. Sueño entonces lo que será mi porvenir. Me veo mayor, el pelo cano, ya con gafas; me veo presidiendo esa gran sala oscura y con las grandes pupilas dilatadas atender al silencioso cliente, al misterioso lector que llega tímido en busca de la Ciencia. Me veo paciente, con el rostro inclinado leo su ficha, admiro su mirada: él sería yo, de joven, si aquí no estuviera. Le atenderé con ese fervor súbito que me empuja al volumen, a la página, a la letra. Y ahora cerraré este pequeño libro azul y blanco, doctor, y este cuaderno en que siempre le envío mis impresiones. Luego bajaré la escalera de mi cuarto, la escalera tan tosca y tan sencilla, y me encontraré con usted. Usted, padre, cenará con mi madre, y yo cenaré junto a ustedes. Estará el pueblo dormido, manso y apacible. Yo dejaré en una esquina del banco este cuaderno y cenaré en silencio. Pero usted sabe bien, siendo doctor del pueblo y siendo mi padre, cuáles son mis profundos sentimientos, qué es lo que deseo, a qué aspiro, cómo, aun queriéndoles tanto a los dos, deseo salir de aquí. No, no se enfade usted, padre, no quiero ser médico sino Bibliotecario, leer libros infinitos , mostrar páginas, leerle también a usted cuando sea viejo, cuando ya usted no pueda.

Bajaré, padre, como todas las noches. Cenaré en silencio, no se enfade”.

José Julio Perlado( del libro “Relatos”) ( texto inédito)

 

 

(Imágenes-1-Abby library st Gallen/ 2-biblioteca/ 3- biblioteca palacio convento de Mafra/ 4-Antonio Mancini – 1875)