EL CAMINO DE ANDREI ROUBLIOV

 

“ Se decía que el monje pintor Andrei Rubliov en 1427, envuelto en una amplia capa negra, ayudado con un largo bastón que terminaba en forma de cruz y en el que se apoyaba con rotunda fortaleza, casi cubiertos los ojos para proteger su intimidad bajo una ancha capucha, andando con los pies descalzos por llanuras inundadas de fango en una Rusia desmantelada, había marchado con decisión hasta la iglesia de la Asunción de la ciudad de Vladimir  porque quería pintar algo que llevaba ya en su mente: una serie de tres  tonos de azul con los que deseaba vestir a un angel con un trazo de paz y de concordia. Como todos los artistas de todos los tiempos, Roubliov no necesitaba las manos para crear, sólo necesitaba la mente, en la mente llevaba los tres tonos de azul y ellos iban iluminando aquel oscuro camino  por donde Roubliov avanzaba, un camino de tierras húmedas, a veces inundadas de nieve, donde las luces de los colores sólo estaban en el pensamiento del monje y cualquiera que se acercara a la comitiva podía ver el resplandor de las luces bajo su capucha. Los que le seguían por el caminodos monjes más, también pintores de iconos como él, más jóvenes e indecisos, Daniil el Negro y Cirilo no veían sino las nieblas grises del paisaje, el resplandor de las hogueras por las noches, por supuesto el fango embarrándoles los pies, pero no la luz. Porque la luz, iba diciéndose Roubliov  bajo la capucha mientras caminaba el primero de todos, no se puede mostrar a los demás ya que va en un cuenco invisible quizás dentro de mi cabeza, no lo sé, nadie lo sabe, solo sé que el azul penetrante, el oro y el rojo oscuro, casi cereza, que pinté en su momento. para el icono de “La Trinidad” salieron de mí, yo extendí la mano y el azul penetrante, el oro y el rojo oscuro, casi cereza, y también aquel color tilo claro que usé para la túnica del ángel central, ya los tenía yo en la mente y bajaron veloces hasta los dedos de mi mano, y luego hasta el pincel, y yo no tuve más que obedecer.”

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos” ) (texto inédito)

 

 

(Imágenes-  Andrei Rubliov: 1- La Trinidad – Galeria Tretiakov   Moscú/ 2-arcángel San  Gabriel – 1408)

RILKE Y TOLEDO

 

 

”Rilke se quedó mirando aquel Toledo bajo cielos plomizos, con luces violentas en los ángulos, con una honda y estrecha hoz del Tajo, con unos cerros agrios, un abrupto pedazo de tierra, la Huerta de Safon mirando hacia el Puente de Alcántara, los cerros de la Sisla y de la Degollada, el Castillo de San Servando y el Alcázar. El Greco había querido hacer un Toledo distinto y eso es lo que fascinaba a Rilke, la sinfonía del azul, del ocre y del gris. El poeta definía Toledo como una ciudad del cielo y de la tierra que estaba hecha  tanto para los ojos de los muertos como para los de los vivos y los ángeles.

Allí estaba él, mirando aquella tarde Toledo. Era un personaje no muy alto, de rostro alargado, con una frente atormentada y unos ojos azules de niño y de vidente a la vez, una nariz cuyas aletas se abrían con la respiración cada vez que leía un poema en voz alta y con una gran boca rodeada por un bigote rubio y caído, todo acompañado por una risa precipitada de niño.  Guardaba grandes ilusiones para su futuro: procuraría ponerse en estado de gracia para escribir aprovechando las condiciones exteriores e interiores más favorables, por ejemplo, la ausencia de preocupaciones materiales o la tranquilidad de un lugar estable, o también una alimentación sencilla, compuesta de legumbres y frutas, y buscando asimismo un sueño reparador, pero, sobre todo, la soledad.  Necesitaba la soledad para crear,  le era absolutamente imprescindible. Como  ocurre con frecuencia en la vida, algunas de esas cosas las conseguiría y otras no, pero siempre encontraría la soledad.”

José Julio Perlado -( del libro “Relámpagos”) (texto inédito)

 

(Imágenes – 1- El Greco- Toledo/ 2-Rainer Maria Rilke)

“CIUDAD EN EL ESPEJO” (5)

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO (5)

 

“- ¿Qué hizo usted, Ricardo? – insistirá el doctor Valdés.

El médico sabe bien lo que hizo, pero a Ricardo Almeida lo han traído hasta alí para hacer confesión personal, que es la que vale, el vómito de la conciencia, la palabra en coágulos, frase en borbotón. Ricardo Almeida no parece ahora estar en el despacho del psiquiatra, avanza, se adelanta, Sobre la profundidad de Velázquez, añade el guía, se han escrito artículos, estudios, libros, hay infinidad de pareceres, yo andaba sobre esa profundidad, por encima de ella, don Pedro. Marcha ahora en pijama este hombre al que alumbra el resplandor último de esa puerta desde donde José Nieto le mira. Es que acaso va a cerrarse esa puerta del fondo, o tal vez es que se quiere abrir aún un poco más, entonces qué hace esa figura en el dintel, es que acaba de llegar o es que se marcha ya, quizá ni siquiera esperará a que avance este hombre, cómo es posible que Velázquez no la retenga. Pero Velázquez lo retiene todo, No le miraba yo a Velázquez, don Pedro, ni Velázquez tampoco me miraba, ese cuadro de “Las Meninas” posee tal profundidad y transparencia, añadirá Ricardo Almeida, y ahora ya no fija la vista en su médico sino que queda aturdido en lo infinito. Me miró entonces el paciente – querría escribir en su informe el doctor Valdés pero no podrá redactarlo nunca – con un estrabismo convergente y con beatífica sonrisa, y parecía, (así le hubiera gustado relatar cualquier ponencia), justamente el  bufón Calabacillas sentado ante mí, el llamado erróneamente Bobo de Coria. Me pareció un ciego feliz y acorralado por la vida que me dijo:

– Don Pedro, yo ya no sé si estaba en el espejo del lavabo del cuarto de la pensión, o caminaba hacia el espejo que hay al fondo del cuadro…

– ¿Pero dónde creía estar usted de verdad, Ricardo? – le preguntará realmente el psiquiatra.

Una iluminación desciende de los techos del Museo. Así al menos lo cree el enfermo. Espejos grandes, enmarcados en escudos dorados y emblemas bicéfalos, estampan un tibio vaho de empañado cristal. Hay finos aparatos modernos, estratégicamente situados a media altura en la mente de este hombre, aparatos que mantienen en perfecto equilibrio clima y ventilación en todas las salas. El Museo, dentro de la cabeza de Ricardo Almeida, tiende, de cuando en cuando, cordones de separación ante lienzos valiosos. Grandes losetas cubren el suelo y llegan los primeros adormilados vigilantes vestidos ya con su uniforme: blanca camisa, corbata, chaqueta azul, hombres de cuyos pantalones cae de la cintura hasta el pie una raya dorada. Aún no habían llegado, don Pedro, mis clientes, dice el guía, los de las lenguas extranjeras, Me aturde el inglés, doctor, más aún el alemán y el japonés, del japonés nada sé, conozco sólo el italiano y el francés, y comienza a balbucear este bobo de Coria ante la mesa del psiquiatra, Diego de Silva, né à Seville en 1599, mort à Madrid en 1660, àgé de 61 ans, elève de Francois Herrera le vieux et de Francois Pacheco, y con los ojos extraviados

 

figuras.-397hh.-Uta Barth.-2005.-colección Magasin.-foto Christer Carlsson.-coretsía de Andéhn - Schiptjeko

 

del Calabacillas y las manos crispadas y con la estúpida sonrisa de bufón, añadirá presumiendo, Ma quello che si è tenuto, e si tiene in grande stima, si è l`eccellente quadro istoriato della Infanta Donna Margherita Maria d`Austria ancor bambina assistita da altre della medesima età, e da differenti personagi, con due figure di nani, e dietro Don Diego Velázquez, che la ritrata.

Y calla Ricardo.

Ha aguantado Don Pedro Martínez Valdés toda esta retahila de cosas porque todo, o casi todo, en el despacho de un médico suele ser escuchar y atender, a veces asentir, siempre esperar. Es como si el paciente se encontrara ahora en la sala número quince de la planta principal del Museo del Prado, allí donde reposan “Las Meninas”. Mira el enfermo con ojos deslumbrados al doctor y sus pupilas parece que le gritan: Oh Velázquez, sus tres dimensiones, Sevilla, Madrid, Italia, los viajes, la Corte, O acaso ustedes no recuerdan que a Velázquez lo visitó Rubens en 1628 y que fue éste el que debió aconsejarle que viajara a Italia, Porque al principio, fíjense, Acérquense más aquí, lo escucharán mejor, En Sevilla, con el maestro Pacheco, fue el naturalismo tenebrista, propio de la mitad del XVll, Y luego sería la plenitud barroca de la segunda mitad del siglo…

Hasta que de repente arranca igual que un toro, a una velocidad increíble. Va por dentro del espejo, deja a un lado meninas, infantes, trajes y personajes. Van cayendo figuras mientras hunde su navaja de afeitar. Cree ver en el fondo a José Nieto inundado de sangre y es él quien está ya encharcado y dolorido, el espejo del lavabo se ha hecho añicos.

– Lo recogieron a usted medio muerto esta mañana, Ricardo.

Y el enfermo asiente.

-¿ Y por qué lo hizo?

Pero aún no estamos entre psiquiatra y enfermo. Son las ocho menos veinte de la mañana de un martes ocho de mayo, a la hora en que ocurrió el suceso. Don Pedro Martínez Valdés, que nada sabe, baja camino del garaje a sacar su coche, un Opel-Corsa blanco, pequeño, apto para conducir en la ciudad.

Mientras tanto se ha oído un chillido tremendo en la pensión “Aurora”, en la plaza de Olavide número nueve, en la otra punta de Madrid. Y un perro abandonado, quizá estremecido, ha levantado su cabeza y se ha quedado inmóvil, tan sólo un segundo, mirando al balcón.”

José  Julio  Perlado

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

figuras.-66vv3.-Dirk Skreber.-o T.-2001.-Engholm Galerie

 

(Imágenes.-1.-Ad Reinhardt/ 2.-Uta Barth- 2005- colección Magazine- foto Christer Carlsson- cortesía de Andéhn Schiptjeko/ 3.-Dirk Skreber-2001- engholm galerie–kerstimengholm)

ACERCÁNDOME A GOYA

 

 

“… Por eso cuando me fui acercando dentro de aquel espacio íntimo del Museo a aquellas escenas de Goya en las que dominaba el negro y unos tonos pardos y fríos, tampoco me extrañó descubrir en muchas de ellas, al observarlas con mayor atención, el amarillo, los ocres, azules  y rojos, los carmines y aún unos ligeros toques de verdes. No todo era negro, pues, en las “pinturas negras”. Me sorprendió, por ejemplo y de repente, al girar la cabeza hacia la izquierda nada más entrar en una de las salas, la composición pictórica de un Perro”o lo que sería más adecuado definir, una enorme masa de un gris amarillento, una gran zona lisa y vacía de espacio en la que asomaba en su base inferior la pequeña cabeza de un perro, una cabeza perfectamente dibujada con aquella precisión que Goya tenía para plasmar animales, un perro que estaba surgiendo de una masa amorfa, emergiendo de algo parecido a un talud pero que ni siquiera podría decirse que fuera arena, un perro, o cabeza de perro que no se sabía bien si se estaba hundiendo o intentaba escapar, que podía estar pidiendo socorro o piedad, pero que esencialmente transmitía angustia. Aunque enseguida me llamaron enormemente la atención otras pinturas situadas casi al lado de ésta, en la pared de enfrente de la pequeña sala, especialmente en razón de los gestos y las deformadas facciones de varios personajes que allí aparecieron ante mí, más apilados que agrupados, como dominados por oscuros movimientos instintivos, y principalmente una pintura que aún destacaba más entre las otras, o al menos así me lo pareció: unos cuerpos flotando en el aire, superpuestos sobre un fondo de cielo y de paisaje, dos extraños personajes envueltos en ropajes, uno de ellos, el situado a la izquierda, embozado en un manto rojo plegado, mirando hacia atrás en actitud miedosa y en cierto modo ausente, y el de la derecha, en cambio, señalando algo de modo exasperado, con el dramático gesto de su boca abierta en expresión de horror, y los dos sobre un fondo luminoso y no lejano a un montículo o cerro pedregoso que quizá escondía una ciudad fortificada, aunque ello no podía adivinarse bien. Me acerqué a comprobar el título de aquella pintura que yo ya conocía anteriormente por diversas reproducciones, y allí leí: “Francisco de Goya, Aquelarre o Asmodea”, y luego volví lentamente sobre mis pasos en el completo silencio nocturno de la pequeña sala…”

José Julio Perlado(del libro “Relámpagos”) (texto inédito) 

(Mi pequeño homenaje en el bicentenario del Prado)

 

 

(Imágenes- 1- Goya- perro semihundido- museo del Prado/ 2- Goya- “Asmodea”- museo del Prado)

BIBLIOTECARIO

 

 

“Me dice usted, doctor, que le escriba cada quince días contándole mi estado de ánimo. Lo hago hoy ante esta estrecha ventana que da al campo, contemplando siempre la soledad que me rodea, contemplando el áspero horizonte apenas iluminado por lo verde, tono ocre carente de humedad y de belleza. Usted, en una de las últimas  visitas que le hice, recuerdo que me dijo que describía muy bien; pero hoy no estoy, doctor, para muchas descripciones: he vuelto a sumergirme en mi sueño. Desde hace tiempo bien sabe usted, y así se lo he dicho, que quiero ser bibliotecario. No bibliotecario de este pequeño pueblo donde vivo: sueño con lo mismo que le dije un día: quiero ser Primer Bibliotecario de la Biblioteca Nacional de mi país. Me veo, tal como le conté, en el centro de un gran hemiciclo; he visto ese hemiciclo, doctor, cuando visité la capital, y no lo olvidaré mientras viva. Quizás en mi imaginación lo idealice, pero los pocos minutos que allí estuve me llevan hasta ese verde silencio de las alfombras y los lomos bruñidos, gigantescas figuras de sabios esculpidos en piedra, y así me veo caminar sobre moquetas rondando los pupitres, admirado del mutismo sellado, de tanta ciencia concertada bajo la bóveda. No olvido aquella bóveda, doctor. Por las noches, en este pequeño cuarto  en que habito, sobre todo en las noches de verano, estiro mi cuello fuera de la ventana y me asomo al resplandor celeste.  Dejo mi libro sobre la mesa, levanto mis ojos a las estrellas, y pienso qué luz contemplará mi libro, el único que tengo, el que mes a mes suelen prestarme en la diminuta biblioteca de este pueblo, esa sala estrecha, vacía y polvorienta.

 

 

No crea que estoy triste, doctor, me bastan estas páginas. Yo sé perfectamente que debo estar aquí y esperar; la vida vendrá a sacarme un día de este cuarto, viajaré, estudiaré, me sentaré un día en el gran hemiciclo silencioso de fichas y volúmenes y oiré las horas que va dando el reloj sobre los libros y cómo pasan suavemente sus hojas. Sueño con esa enorme Biblioteca infinita y miro el campo y él entra en mi mirada. Dice mi madre que la vida es la que más nos enseña, no los libros;  repite siempre que son los libros los que copian a la vida. Usted, doctor, ya sabe lo que pienso. Muchas veces se lo he dicho por escrito. Pero miro la vida y acaso no he vivido aún lo suficiente; acaso mi padre, por sus economías, no ha podido sacarme de este cuarto.

 

 

Aquí he visto, doctor, anochecer y amanecer: no sé describir el mugido de las vacas ni distingo el color ni los olores. Voy hasta el río y me falta el libro, único libro mío, me falta el aire. Veo al agua correr y quebrarse, y sé bien que el agua no se quiebra. Sueño entonces lo que será mi porvenir. Me veo mayor, el pelo cano, ya con gafas; me veo presidiendo esa gran sala oscura y con las grandes pupilas dilatadas atender al silencioso cliente, al misterioso lector que llega tímido en busca de la Ciencia. Me veo paciente, con el rostro inclinado leo su ficha, admiro su mirada: él sería yo, de joven, si aquí no estuviera. Le atenderé con ese fervor súbito que me empuja al volumen, a la página, a la letra. Y ahora cerraré este pequeño libro azul y blanco, doctor, y este cuaderno en que siempre le envío mis impresiones. Luego bajaré la escalera de mi cuarto, la escalera tan tosca y tan sencilla, y me encontraré con usted. Usted, padre, cenará con mi madre, y yo cenaré junto a ustedes. Estará el pueblo dormido, manso y apacible. Yo dejaré en una esquina del banco este cuaderno y cenaré en silencio. Pero usted sabe bien, siendo doctor del pueblo y siendo mi padre, cuáles son mis profundos sentimientos, qué es lo que deseo, a qué aspiro, cómo, aun queriéndoles tanto a los dos, deseo salir de aquí. No, no se enfade usted, padre, no quiero ser médico sino Bibliotecario, leer libros infinitos , mostrar páginas, leerle también a usted cuando sea viejo, cuando ya usted no pueda.

Bajaré, padre, como todas las noches. Cenaré en silencio, no se enfade”.

José Julio Perlado( del libro “Relatos”) ( texto inédito)

 

 

(Imágenes-1-Abby library st Gallen/ 2-biblioteca/ 3- biblioteca palacio convento de Mafra/ 4-Antonio Mancini – 1875)