BELLEZA ESCRIBIENDO UNA CARTA

 


“Una tarde,  hacia 1415, Hisae Izumi se sabe bien que se dibujó ella a sí misma escribiendo una carta y que lo hizo recostándose en el aire de aquella habitación junto al lago vestida con un kimono azul de flores blancas. Las flores salpicaban las mangas y la amplitud de su kimono y aquella tarde los ojos curvados de Hisae parecieron estar especialmente atentos al pincel y al papel. Quizá estaba contestando en esos momentos a lo que le escribían desde otros siglos. Pero también cabe suponer que ella estuviera escribiendo o dibujando algo para el futuro, para alguien del futuro, sin duda para una persona, naturalmente, a la que ella no conocía pero que efectivamente sí recibió su carta , es decir, recibió aquel dibujo, porque este dibujo atravesó los siglos y hoy puede verse en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Cuando uno pasea por las salas de ese Museo se encuentra de pronto con un cuadro del siglo XVIII, “Belleza escribiendo una carta”, del pintor japonés Kaigetsulo Doshin, y esa mujer del kimono azul con flores blancas, recostada en el aire y con los ojos curvados muy atentos a lo que pone en el papel, no es otra que Hisae Izumi en su habitación de la casa del lago pero tres siglos antes, cuando ella realizó el dibujo. El pintor Doshin no hizo más que copiarlo de su interior, lo llevaba dentro, en las cámaras de su imaginación, y recreó una imagen que creyó era suya. El dibujo, por tanto, no es de él, aunque esté firmado por él, sino que su autora es Hisae Izumi, que en el siglo XV nunca soñó que un autorretrato suyo, cuidadosamente elaborado en aquel papel verde que ella usaba, pudiera tranquilamente volar en el tiempo y que apareciera en la mente o en el lienzo de un pintor del siglo XVIII. Si uno se acerca atentamente a este cuadro sorprende enseguida que Hisae lo titulara “Belleza escribiendo una carta” y no simplemente “Mujer escribiendo una carta”, como así lo hicieran, por ejemplo, los pintores holandeses Vermeer o Gerard Ter Borch. Se desvela así el concepto íntimo que de sí misma tenía Hisae para superar el tiempo, la seguridad de que por ella el tiempo no pasaba y de que su figura permanecía siempre en una estática juventud. Al margen de todo ello existe una diferencia capital en todos esos cuadros: en el cuadro de Ter Borch, que hoy puede verse en La Haya, la mujer escribiendo una carta aparece sentada ante una mesa y está muy concentrada en lo que hace; por su parte, la mujer que escribe una carta en el lienzo de Vermeer (hoy en la National Gallery de Washington), escribe a su vez sentada también a la mesa pero mira hacia afuera, quizá distraída por alguien que le mira, acaso distraída por algo o por alguien que parece estar en la habitación. Ninguna de estas dos mujeres tienen nada que ver con Hisae. Hisae se presenta recostada en el aire, como alada y a la vez enigmática: la intensidad de su mirada cae sobre el papel. Vestida con aquel kimono azul de flores blancas, esa mirada suya siempre misteriosa parece que supiera ya que esa carta está destinada a atravesar el tiempo.”

José Julio Perlado

( del libro “Una dama japonesa”) ( relato inédito)

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(Imágenes—1- Kitagawa Utamaro/ 2- Shibata Zeshin)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS”: MEMORIAS (45): LOS MENDIGOS FINGIDOS

 

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

 

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MEMORIAS  (45):   Los mendigos fingidos

 

 

Al salir de El Comercial, creo que ya serían las cuatro o cuatro y cuarto de la tarde, no lo recuerdo con exactitud, giré hacia la izquierda, disfruté una vez más del magnifico color de Madrid reflejado a aquella hora en las hojas de los árboles y en los brillantes espejos de los comercios, y comencé a andar despacio y sin rumbo fijo, tal como solía hacerlo algunos sábados por la mañana muchas veces acompañado de mi mujer, pero esta vez caminando solo y sumido en varios pensamientos por aquella larga calle de Fuencarral de tanta historia. Porque lo que estaba haciendo ahora casi sin darme cuenta era de algún modo recorrer aquella calle al revés, es decir, no comenzando por sus inicios, puesto que ellos quedaban ya señalados en la Gran Vía, sino empezar mi paseo casi por su final, final que estaba muy cercano a la glorieta de Quevedo, ya que la calle de Fuencarral, según viejos documentos que alguna vez me habían servido de informacion y también de entretenimiento, se alargaba en tiempos hasta el pueblo cercano de Fuencarral, allí donde habitaban los monteros de los Reyes de Castilla, y precisamente del nombre de aquel pueblo había tomado su nombre esta calle. Aparecían, pues, los antecedentes de la calle de Fuencarral en la Historia muy perdidos en la lejanía como un paisaje poblado de encinas y repleto de caza mayor, espacio abierto a gamos y jabalíes, muchos años antes de que fueran tallados aquellos bosques y muchos años antes también de que en tiempos de Felipe ll se cortaran los montes y ya en época de Felipe lll el amplio camino rural y vecinal se transformara, casi de modo espontáneo, en primitiva calle. Por cierto que caminando por aquel inicio de proyecto de calle y en dirección a Madrid había entrado en 1612, todo un cortejo: nada menos que el embajador de Francia, Conde de Umena, precedido, según contaban las crónicas, de 136 acémilas, 50 con fardos de mercancías francesas, y las restantes, con los aderezos de cocina y casa, yendo detrás la recámara del conde, luego los oficiales, mayordomos y criados de dos en dos, y al final, los gentileshombres, 30 pajes y los caballeros que traía consigo. Toda una procesión para Fuencarral.

Comencé a andar sin ninguna prisa por la acera de la izquierda de la calle, pasé despacio por delante de una farmacia abierta día y noche y que yo conocía muy bien puesto que entraba en el camino habitual de mis paseos por el barrio, dejé a mi izquierda la calle de Apodaca y luego la de Barceló, como también los jardines que se prolongaban hasta el vecino y nuevo mercado, y en determinado momento, unos pasos más adelante, quise detenerme ante la imponente fachada del Museo de Historia de Madrid, antiguo Hospicio de San Fernando. El sol a esa hora de la tarde estaba cayendo sobre las molduras, los escudos, los paños plegados, los jarrones y las flores de la exuberante puerta que yo ahora contemplaba: la obra de Pedro de Ribera enormemente barroca, para unos admirable y por otros muy criticada. Siempre había pasado deprisa ante aquel edificio y hasta entonces nunca había dedicado tiempo a observar con atención las conchas, las volutas y pilastras, los arcos y las colgaduras de aquella fachada, y por tanto aproveché ese momento para sentarme en un banco delante de la portada y allí me quedé mirando durante un largo rato los grandes ventanales enrejados, guarnecidos con profusión enorme, así como los torreones que escoltaban la hornacina con la imagen central de San Fernando. Aquello había sido, mucho antes que Museo, así lo recordaba yo por lecturas, Hospicio importante y espacioso, llamado de los Pobres del Ave María, fundado por doña Mariana de Austria en 1668, situado primero en la calle de Santa Isabel y trasladado unos años después, en 1674, a la calle de Fuencarral, y por allí habían pasado en sus inicios casi cuatrocientos pobres a los que muchos de ellos solían llevar vestidos con un paño pardo, destacando en el pecho una lámina de bronce con la cruz trinitaria triangulada y una inscripción que decía “Ave María” y presentando al lado derecho las armas reales y al izquierdo las armas de Madrid. Muchos de esos pobres quedaban asignados para desempeñar ocupaciones diversas, tales como fabricación de linos y paños, puntos y tejidos de lana, bordados e hilados, tapicería, carpintería, calderería o sastrería, y un siglo después esos pobres y mendigos alcanzaban la cifra de ochocientos y ya en el reinado de Carlos lll sumaban más de dos mil. Pensé entonces, sentado en aquel banco ante la fachada del antiguo Hospicio, en toda la muchedumbre de mendigos, unos auténticos y muchos de ellos falsos, que seguían invadiendo ahora la vida de Madrid en el siglo XXl con motivo de algunas migraciones provenientes del centro de Europa y por otras muchas causas, y que igualmente habían existido en muchas ciudades españolas a lo largo de siglos, como así lo relataban no sólo historiadores sino importantes autores de la picaresca. Y recordé igualmente cómo una tarde de hacía años, trabajando en uno de los pupitres de la Biblioteca Nacional, seguramente en la Sala General que era donde yo entonces escribía, me topé casi por casualidad con un curioso Discurso de un médico y capitán de galeras, cuyo nombre ahora no lograba recordar con precisión, en el que defendía ya en el siglo XVl el amparo de los legítimos mendigos y también la reducción de los fingidos. Porque los fingidos siempre habían existido en España. Cervantes en una de sus novelas cortas describía por ejemplo cómo los falsos mendigos conocían oraciones dedicadas a todos los santos que podían recitar si se les pagaba por adelantado y Mateo Alemán en su “Guzmán de Alfarache” contaba tretas, gestos y voces adecuados que presentaban según los sitios y las horas, e incluso se atrevía a distinguir las diversas naciones según la manera de pedir que las gentes tenían: los mendigos alemanes, decía, cantando en tropa, los franceses rezando, los flamencos reverenciando, los gitanos importunando, los portugueses llorando, los toscanos con arengas y los castellanos respondones.

José Julio  Perlado

“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

 

(Conrinuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (43) : LA BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (43) : La biblioteca del pensamiento

 

 

 

Hemos entrado, la periodista y yo, en este otro despacho que tengo, en el despacho del ensayo. Es más pequeño. Es otro mundo. Otro mundo distinto. Se advierte hasta en las estanterías, en cómo están colocados los libros; la periodista me lo ha hecho notar enseguida. Aquí apenas hay fotografías ni papeles recortados.

—¿También éste lo usa como “farmacia”…? – me ha preguntado al entrar, no sin cierto humor.

—No. Este despacho es otra cosa. Es un despacho de consulta. De consulta asidua. Aquí están, por ejemplo, mis amigos, los que me han ido formando y los que me siguen formando.

—¿Por ejemplo?

—Pues por ejemplo Montaigne, Pascal, Kenneth Clark, Steiner, Pietro Citati, ciertos libros de Ortega…

—Muchos no los conozco.

—Nos llevaría mucho tiempo hablar de ellos. Kenneth Clark, por ejemplo, es un gran historiador de arte británico, un excelente divulgador, que me ha enseñado el arte del paisaje o cómo valorar mejor una obra maestra. O Citati, un gran crítico italiano que me ha adentrado por muchos autores y muchas culturas. O Steiner, que me ha mostrado la importancia de la soledad, del silencio, la importancia de la música.

—¿Oye usted mucha música?

—No, no demasiada. Debería escuchar mucha más. No sé por qué me he inclinado más hacia la pintura.

—Veo que también a la poesía. Aquí hay varias estanterías dedicadas a la poesía.

—Si, la poesía es un hallazgo permanente. Una muestra de belleza sintetizada en la precisión. Muchas veces un regalo del lenguaje. Se aprende mucho leyendo poesía.

—¿Qué ha aprendido usted leyendo poesía?

—Pues las intuiciones condensadas en el lenguaje, la elección de las palabras, las expresiones absolutamente acertadas, asombrosas, inauditas. Pienso en Rilke, en Eliot, pero también entre los españoles en Ángel González, en Claudio Rodríguez, en Juan Ramón, en tantos otros…

—Y veo que también tiene aquí una balda entera dedicada a Cervantes…, ¿no ha querido colocarlo en el otro despacho, en el de la ficción?

—No. He preferido colocarlo aquí porque es uno de mis grandes amigos. Siempre me ha acompañado“El Quijote”. “El Quijote” y los estudios sobre “El Quijote”. Ellos me han enriquecido la vida continuamente. Es una enseñanza perpetua.

—¿Usted llega a las grandes obras a través de los estudios y los comentarios o las lee directamente, sin ayudarse de ningún comentario previo?

—Ambas cosas. Hay libros que son como montañas, que hay que ascender a ellas ayudándose, como usted dice, con especialistas, con investigadores. Pienso, por ejemplo, en “La divina Comedia”. Se leen partes de ella una primera vez directamente y luego se acude a un comentario; muchas cosas quedan iluminadas gracias a ese comentario certero – hay valiosísimos comentarios o estudios sobre Dante o sobre Shakespeare, por ejemplo – y entonces uno vuelve a leer, relee, vuelve a aprender.

—Repite usted con frecuencia esa palabra, “aprender”, le gusta, va con usted, ¿ siempre quiere aprender?

—Sí, es necesario aprender siempre, es algo capital, es de un enorme interés para enriquecer a la persona. La enriquece. Nunca se llega a aprender del todo. La vida es un aprendizaje. Pero los libros continuamente enseñan. Yo ignoro muchísimas cosas, pero intento mantener abierta la curiosidad, la curiosidad es esencial.

—La curiosidad es algo de lo que usted me hablaba el otro día al referirse al periodismo, algo que intentó también fomentar en sus alumnos…

—El periodismo ha cambiado mucho. Pero la curiosidad siempre será una de sus bases. Yo cuando daba clase les decía medio en broma a mis alumnos que me hubiera gustado examinarles en la puerta de la Facultad el primer día del primer año, antes de entrar, preguntándoles: “Usted, ¿por qué siente curiosidad? ¿qué le interesa? ¿qué le intriga?”. A más amplia curiosidad, mayores dotes para el periodismo. Pero también para la vida. Uno tiene que tener curiosidad por todo conforme se van cumpliendo años: estar al día. El mundo es muy cambiante y lo hace a toda velocidad. La curiosidad sana va hermanada con la juventud interior: interesarse, intrigarse ante lo desconocido. De alguna manera es lo que está usted haciendo, por ejemplo, con sus preguntas.

—Bueno, lo intento… Pero me gustaría hacerle ahora otra pregunta. Puesto que estamos en su despacho y a la vez hablamos de periodismo, de novela, de ensayo, de tantas otras cosas, ¿de qué forma se definiría usted? ¿Es más periodista, más escritor, más profesor…?

—Yo me considero más escritor y profesor. Mejor dichho, un mero artesano. Como escritor, un mero artesano. No hay que darle mayor importancia a ser escritor. No la tiene. Soy una persona que intenta trabajar con las ideas, con las palabras. Cada uno tiene en la vida unas aptitudes y yo creo que estoy más cerca de la creación y de la divulgación que de otra cosa. La divulgación está muy unida a la enseñanza y los treinta años que he dedicado a la enseñanza (y después, aprovechando las herramientas de internet, como ya le hablé), en el fondo lo que he hecho es divulgar algo de lo que sabía, intentar apasionar con un oficio pero también transmitir algunos saberes. Y a la vez, escribir, crear. Siempre que he tenido tiempo, y cuando no he tenido tiempo lo he buscado, me he dedicado a crear, a inventar historias, a desarrollarlas. Marañón se calificaba como un “trapero del tiempo”. Yo no sé si pudiera decir lo mismo, pero lo cierto es que en cualquier momento libre me he dedicado a anotar historias, a esbozarlas, eso que me gusta mucho en llamar “esbozos de esbozos”. Esos “esbozos de esbozos” que parecen nimiedades, meros borradores sin importancia, y con los que he llenado esos cuadernos azules pequeñitos que usted ha visto y otros blocs de notas muy numerosos que siempre me han acompañado, son los apuntes o esbozos que al final quedan, valen mucho, le mantienen a uno en tensión creadora, le suscitan ideas que casi son realidades, que son muchas veces definitivas realidades, algunas incluso son historias ya completas en sí mismas, otras habrá que trabajarlas mucho. Pero lo importante, como antes le decía, es aprender, leer, releer, anotar, escribir, mantener activas la imaginación y la memoria, no solamente para luchar contra el envejecimiento, sino porque uno está inclinado a eso, mejor o peor, uno está dotado para eso. Y por tanto hay que desarrollarlo.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (42): LA BIBLIOTECA DE LA FICCIÓN

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (42):  La biblioteca de la ficción

 

 

 

20 junio

 

Esta tarde, al llegar la periodista, ha querido ver mi biblioteca. Me lo ha dicho con cierto pudor, pero yo creo que venía ya con esa intención. Y aunque siempre hemos mantenido las entrevistas en este despacho en el que trabajo y que está lleno de libros, la verdad es que es la primera vez que la he visto muy interesada en las estanterías y en los volúmenes. Miraba y remiraba todo con gran curiosidad. Hoy, al entrar, ni siquiera ha querido sentarse y enseguida me ha pedido que si no me importaba diéramos una vuelta por las estanterías.
—Hace unos días – me ha dicho – usted me enseñó el libro de Cela y de Picasso. ¿Por qué no me enseña más cosas?

 

Hemos recorrido sin prisas los dos cuartos que tengo, no son habitaciones muy grandes, tampoco se comunican entre sí aunque estén una al lado de la otra. Yo tuve desde el principio un despacho para trabajar pero al casarse mis hijos e irse de casa ya pude dedicar una habitación más para colocar otros libros. Uno de los cuartos está dedicado a la ficción y el otro al ensayo. Hemos empezado por el de la ficción.

—¿Sabe cuántos libros tiene aquí? – me ha preguntado.

—No, no lo sé. Ahora hay pocos. Pocos en relación con los que había antes. El año pasado hice una gran limpieza. Me ayudó muy eficazmente durante un mes un chico portugués que pasaba unas semanas en Madrid y me desprendí de muchos.

—Voy a hacerle una pregunta – me ha dicho sonriendo mientras se detenía ante uno de los estantes – que creo es la pregunta que sIempre suelen hacerse los profanos y que a lo mejor ya le han hecho alguna vez: ¿los ha leído todos?

—No, no todos. Algunos los he comprado para leerlos en su día, porque sé que me servirán. Muchos sí, los he leído y anotado. Están muy subrayados y anotados en los márgenes.

—¿Tiene usted alguna manía con los libros, algo muy personal?

—Bueno, no sé si será manía o simplemente costumbre. Durante años he escrito en la esquina de la primera página del libro, a la derecha, la ciudad donde lo compré y el año.

—¿Y ahora no lo hace?

—No, ya no lo hago pero recuerdo casi perfectamente dónde lo compré.

—¿Lee usted mucho? ¿Qué lee, por ejemplo, ahora, cuando está escribiendo un libro?

—Leo siempre, pero no demasiado mientras escribo un libro, como usted sabe que ahora estoy haciendo, porque procuro que no me influya ninguna lectura, pero sobre todo, en general, más que leer, releo bastante. En ficción, ahora que estamos en este cuarto dedicado a la ficción, le diré que desde hace años leo poca ficción, sobre todo ficción contemporánea; en ficción voy siempre a releer lo seguro, lo ya conocido, lo escogido por mí hace mucho tiempo. En el fondo, lo que hago es ir en busca del buen vino. Uno va conscientemente hasta esa botella antigua que se encuentra en una de estas estanterías de la biblioteca y que permanece aquí desde hace años, porque sé que, al abrirla, me encontraré con el estilo. El estilo, igual que el argumento, permanece dentro del libro, es la forma de contar las cosas. Para mí es muy importante el estilo, es decir, cómo se cuentan las cosas aún más que las cosas que se cuentan. En ficción las cosas que se cuentan fueron leídas y conocidas en su momento, y se diría que ya se dan por sabidas. Hay historias que podrían llamarse “inmortales’, pienso en “Guerra y paz”, y hay estilos que permanecen intactos, (naturalmente según los gustos) y pienso en Proust. La gente en general, ante las historias y los argumentos, dice como conclusión y en una rápida respuesta: “ ya lo he leído” o “ya lo he visto”, si es que hablan de cine. Dan el carpetazo definitivo. No es fácil que vuelvan a ese libro; sí quizás a esa película. Pero si vuelven lo que les atrae, además de revivir quizá la historia, es disfrutar de cómo ella está contada. Eso ocurre en cierto sentido ante una sinfonía o ante una pintura. Uno vuelve a paladear esa sinfonía que ha escuchado ya decenas de veces y vuelve a contemplar también el prodigio del cuadro ya contemplado porque lo que le atrae no es el argumento sino el color y las formas y las combinaciones que iluminan ese argumento. En el fondo lo que le está atrayendo es el estilo. Hay estilos que desaparecen, “ya no se escribe así”, se dice con toda razón ante una obra, y hay estilos que en su día fueron muy elogiados y hoy son apartados, pienso, por ejemplo, en Gabriel Miró. Pero es como si eso se dijera lo mismo, por ejemplo, ante una sinfonía o una pintura. En el caso del escritor es distinto. Me interesan sobre todo las formas, más aún que las anécdotas o las historias. Seepersad Naipaul, el padre del novelista de origen hindú V.S. Naipaul, le leía en voz alta a su hijo varias formas o maneras especiales de contar, varios parlamentos de “Julio Cesar” por ejemplo, o páginas sueltas de “ Oliver Twist”y “David Copperfield”, o algo de los “Cuentos de Shakespeare”, de Lamb. Todo eso para educarle y acostumbrarle a diversos estilos. En el fondo eran como pequeños “sorbos” de estilo.

—¿Y hace usted algo parecido? – me ha dicho la periodista de pie, a mi lado, siguiéndome y observando atentamente las estanterías y a la vez grabando nuestra conversación.

—Bueno, yo en parte sí, en cierto modo hago algo parecido. Pero no sólo con el estilo sino esencialmente y sobre todo – no se asombre – con lo que yo llamo de alguna forma “mis reconstituyentes”, es decir, una especie de “farmacia” que tengo, aquí, en este despacho de la ficción, muy a mano, y que yo sé siempre dónde está.

—Cuénteme eso de la farmacia…

—Bueno, pues yo, como todos los escritores, así lo pienso, también tengo mis momentos de desánimo, de pasividad o de incertidumbre. Entonces, en alguno de esos momentos que pueden ser más largos, que pueden incluso durar días o semanas, me vengo aquí, a este despacho, a buscar remedios en mi “farmacia”, y siempre los encuentro. Para mí son tonificantes.

 

—Es curioso todo eso…

—Pues sí, los califico de tonificantes porque, sean fotografías o sean pequeños textos, sobre todo de Diarios, que es cuando parece que los autores hablan con más sinceridad, todo ello me estimula y me empuja a continuar. Son una enseñanza. Veo, por ejemplo, cómo han actuado los grandes, o los que para mí considero grandes, cómo se concentran, cómo se esfuerzan, cómo superan las cosas.

—¿Le estimulan también las fotografías?

—Sí, también me estimulan. Hay fotografías muy reveladoras. Ve usted aquí, por ejemplo, estas fotografías apoyadas o mezcladas entre libros, como ocurre en numerosos despachos que usted ya habrá visto. Pero aquí, creo, están muy escogidas. Están colocadas aquí porque para mí son estimulantes. Tiene usted, por ejemplo, ésta, en la balda ocupada por los italianos, esta fotografía de Italo Calvino, que creo le hizo Sebastiao Salgado. Mírela con atención. Está Calvino acodado sobre su mesa de trabajo, sentado al aire libre, concentrado; el brazo izquierdo lo tiene muy cerca de su cabeza y la mano izquierda como envolviendo toda su cabeza, como sujetándola y sujetando su cráneo, como si no quisiera que se le escapasen las ideas, el codo de su camisa está apoyado en el manuscrito que está escribiendo y corrigiendo con un pequeño bolígrafo. Es toda una concentración.

—¿Le gusta Calvino?

—Sí, me gusta porque sobre todo admiro su rompimiento con todo lo que escribió anteriormente, con el realismo, y cómo se lanza a crear su trilogía “Nuestros antepasados”, que es un prodigio de audacia y de fantasía. Y también de humor. Y me gustan también sus “Seis propuestas para el próximo milenio”. Todo lo que sea creación audaz, nuevos caminos, me interesa.

 

—O sea que lo que le atrae de esta fotografía es sobre todo su concentración.

 

—Sí, su concentración en el trabajo, su dedicación al trabajo. Me ocurre igual con esta otra, en esta balda de los ingleses, ésta que ve usted aquí tan destacada. Es una de mis preferidas. Es Virginia Woolf de la que le he hablado muchas veces. Está sentada en la butaca de su cuarto, escribiendo. Se la hizo su marido, Leonard Woolf, en 1932, cuando ella tenía cincuenta años. Está aquí retratada, en esta habitación de madera en su casa de campo, en Monk ‘s House ; está en esta butaca tapizada en estampado a cuadros, con un almohadón para apoyar los hombros, cerca de esa ventana que da al jardín. Son los meses en que empezaba a concebir “Los años” y los meses también en que estaba escribiendo su novela sobre un perrito, “Flush”.

—Se la conoce usted de memoria…

—Sí, he admirado siempre a Virginia Woolf. He admirado su audacia como escritora y como mujer, su constancia, su lucha por concentrarse en la creación a pesar de todos sus problemas.

—¿Esta fotografía también le inspira?

—Mucho. Podría hablarle horas de ella. Pero más aún de Virginia. Un año antes de esa foto ella había publicado “Las olas”, que había sido muy elogiada. Pero en ese año de 1932, en julio, había sufrido un desvanecimiento y su corazón, como ella decía mientras escribía con rapidez, se le desbocaba como un caballo.

—Entonces lo que le atrae de esta foto es también, como en el caso de Calvino, el trabajo.

—Si, el trabajo.

—¿Piensa usted que es un hombre obsesionado por el trabajo?

—No, en absoluto. Lo que me ocurre, como antes le decía, es que hay veces en que uno está desorientado o desanimado por el trabajo, no me pasa muchas veces, pero sí hay ocasiones en que uno no sabe qué escribir o qué emprender, tampoco me gusta perder el tiempo, me desazona perder el tiempo, acumular las dudas, no hacer nada, y entonces doy una vuelta por aquí, me atraen siempre estas fotografías, lo reconozco, esta concentración, esta dedicación, pero más aún me atraen algunos de las confesiones de escritores o de sus textos, por ejemplo éste que tengo aquí, ¿lo ve?, mírelo, esta cuartilla apoyada en la balda dedicada a los alemanes. Se la leo. Son palabras de Thomas Mann de “La novela de una novela”, el libro que cuenta cómo iba escribiendo “Doktor Faustus”, y dice: “14 de marzo de 1943 – escribe aquí Mann -, embalando todos los materiales sobre “José” (“ José y sus hermanos” era el libro que acaba de terminar), el escritorio y los cajones quedaron vacíos. Y sólo un día después, el 15 de marzo, aparece por primera vez en mis apuntes cotidianos, casi aislada, la anotación: “Doktor Faustus”. Y se pone a trabajar.

—¿Le impresiona?

—Sí, me impresiona esa decisión suya, ese no dejar espacios vacíos,.

—Pero siempre habrá que descansar algo…

—Sí, lógicamente habrá que descansar. Es necesario y es obligatorio descansar. Sobre todo para tomarse un respiro. Y para pensar nuevas cosas, para trazar proyectos.

—¿Tiene usted ahora muchos proyectos?

—Pues mire, si tengo salud me gustaría terminar ese libro del que le hablé, “Los cuadernos Miquelrius”, que va avanzando.

—¿ Ese libro en el que salgo yo?

—Sí, el libro en el que sale usted y que poco a poco voy encauzando. Y luego acabar otro libro que también tengo empezado: un libro sobre una mujer japonesa.

—¡Qué cosa! ¡Algo totalmente distinto…!

—Sí, totalmente distinto. Es la historia de una japonesa del siglo Xll.

—Sorprendente. ¿Y cómo se le ocurrió esa historia?

—Pues viendo cada año, en el concierto de Año Nuevo, en televisión, la misma mujer japonesa sentada siempre en el mismo palco. Año tras año. Ahí empezó la historia.

—Es curioso cómo nacen las historias …¿Me puede decir algo de ese libro?

-Bueno, es un libro que, como tantos otros, necesita documentación y creación a la vez. En él hablo de los hacedores de espadas japoneses, del monte Fuji, de muchas cosas más…

-¿No me cuenta la historia?

-No, no le cuento la historia. De repente en la vida uno se encuentra con un argumento que poco a poco va creciendo, va tomando cuerpo, y en algún momento hay que escribirlo. A veces se tardan muchos meses, incluso años en hacerlo, y hay que esperar, y además hay que saber guardar las cosas el tiempo que sea necesario. Monterroso decía que el consejo latino de guardar las cosas unos siete años sigue siendo bueno. Y él añadía: y el de pensarlas.

—¿Y qué ocurre si uno se muere antes?

—Esa pregunta se la hicieron ya a Monterroso. Y él contestó : Nada. Y eso es lo mismo que yo le contesto.

—O sea que usted utiliza este despacho esencialmente como “farmacia”, como estimulante..

—No, no exactamente. Aquí leo y repaso autores. Pero también acudo en algunas ocasiones, en momentos de crisis. Lo de ‘farmacia” es un decir que yo me he inventado. Eso es solo para momentos puntuales. Yo aquí me encierro habitualmente a leer, a escribir y a trabajar. Sobre todo, como antes le decía, a repasar y disfrutar de “las formas” diversas en la ficción, de las maneras de decir. Me interesan más, por ejemplo, las maneras de contar que tiene Conrad en “El corazón de las tinieblas” que la historia misma que cuenta.

—Pero eso será porque lee usted como un escritor…

—Sí, indudablemente es así. Pero pienso que igual les ocurrirá a los pintores, a todo artista. Les interesan las formas, lo que han hecho los demás y cómo lo han hecho los demás.

—¿ Lo pasa usted bien entonces en este despacho?

—Sí. Aprendo. Descubro. Descubro enfoques, estilos. Vuelvo a disfrutar con estilos que en su día ya me gustaron. Eso me satisface.

—Pero no sólo le atraerán las maneras de contar, también le interesará escribir historias propias, pienso yo… Es lo que ha hecho siempre. Usted mismo ha escrito historias bastante insólitas…

—Sí, naturalmente. Las maneras de contar o “las formas”, como le digo, son para mí aspectos atractivos a los que vuelvo y que forman parte de la relectura. Pero a la vez escribo, desarrollo historias, me dedico a crear.

-¿Apunta las historias en cuadernos?

-Sí, en estos cuadernos pequeñitos, azules, que ve usted aquí apuntó el germen de las historias. Son numerosos. Están llenos de esbozos de historias, de “esbozos de esbozos” como los llamo yo.

-¿ Y acude a ellos?

-Sí, de vez en cuando los releo. Sorprende que haya ideas que hayan aguantado aquí, en estos cuadernos, durante años.

-¿Las ideas que ahí apunta le sirven todas?

-No. El tiempo las va depurando. Quedan sin embargo ideas constantes, escenas constantes, y personajes o diálogos que el tiempo mantiene y que son los más valiosos. Están preparados ya para ser escritos.

—Al decirle antes lo de historias insólitas que usted ha escrito pienso, por ejemplo, en la historia de su novela “Contramuerte”, que es una historia especial. La leí y me quedé realmente asombrada. Eso de la paralización de la muerte en el mundo que usted describe, la progresiva detención de la muerte hasta que no muere nadie… ¿Le impresiona a usted la muerte?

—No, no me impresiona. Me impresiona lo corta que es la vida.

—Sin embargo es curioso que también su tesis doctoral trate de algún modo el tema de la muerte. Usted la tituló precisamente “La muerte en la obra literaria de José Gutiérrez Solana”.

—Sí, eso es cierto. Aproveché que estaba escribiendo esa novela, “Contramuerte” y que tenía un gran material sobre el tema, y me puse a estudiar a ese pintor y escritor español que presenta una personalidad muy singular.

—Cela había tratado ese tema, si no me equivoco, en su discurso de entrada a la Academia Española. “La obra literaria del pintor Solana” creo que se llamaba. Pero usted quiso concentrarse en un aspecto peculiar de su obra.

—Si, en el tema de la muerte dentro de sus escritos.. Porque me intrigó muy pronto la obsesión que Solana tenía por la muerte reflejada casi continuamente en sus visitas a los pueblos, en sus viajes, en sus libros, fueran “La España negra” o “Madrid: escenas y costumbres”. Esa obsesión, sin embargo, felizmente no le llevó a desencadenar ningún desenlace trágico en su vida personal, no le llevó a adoptar ninguna actitud radical y extrema en su vida, no le influyó de un modo dramático en su existencia.

—Pero no publicó su tesis. ¿Por qué?

—Porque tendría que haberla pulido mucho para ser publicada. Me metí en otros trabajos y en otros derroteros y quedó un poco al margen. Quizá un día la publique.

—Volviendo a esa novela suya, “Contramuerte’, en ella aparece un Papa que ni siquiera puede morir, que pide rogativas para que vuelva la muerte al mundo. Usted que ha vivido años en Roma, ¿se inspiró en algún Papa para crear a su Papa Silvestre?

—No. En ningún Papa conocido. Mi Papa Silvestre que allí aparece, y que, como el resto de los hombres tampoco puede morir, lo imaginé, físicamente me refiero, contemplando la figura de Franz Listz en su vejez, un rostro bondadoso, una cara dominada por unos ojos acuosos, surcado de arrugas, lleno de infinita ternura en el semblante, bajo un largo pelo blanco. Es una fotografía que le hizo el famoso fotógrafo Nadar en 1886, pocos meses antes de su muerte. Para mí una foto impresionante, una foto que me inspiró. Y para describirlo mientras él pronunciaba su Encíclica “Damnati ad Vivendum”, (“Condenados a vida”) desde el balcón de la plaza de San Pedro, me acompañé del segundo movimiento de la Séptima Sinfonía de Beethoven, un “Allegretto” bellísimo, lastimero, pero para mí siempre bellísimo, cadencioso. De vez en cuando lo vuelvo a escuchar. Con el rostro de Listz y con ese movimiento de la Sinfonía de Beethoven dibujé al Papa y escribí su.discurso.

—Un reto eso de escribir una Encíclica…

—Es una Encíclica corta. Además, lo han hecho ya varios escritores, entre otros Papini con su “Carta del Papa Celestino Vl a los hombres”

—¿Cuándo se le ocurrió esa historia de “Contramuerte”?

—En el pueblo de Genzano, cerca de Roma, en 1964, cuando pasaba allí unos días. Recuerdo que una mañana me pregunté: ¿ qué pasaría si el hombre viviera eternamente, si el hombre dejara de morir?

—¿Y qué se contestó?

—No recuerdo lo que me contesté. Sé que me puse poco a poco a escribir el libro.

—¿Cuánto tardó en escribirlo?

—Siete años.

—Y después existe otra historia insólita en su vida, al menos para mí, otra historia que aparece en otra novela suya, en “Mi abuelo, el Premio Nobel”.

—Sí, quizá resulte algo original…

—Usted cuenta allí la historia de un escritor que no puede escribir, que todo lo lleva en la cabeza pero al que le es imposible poner nada sobre el papel. Y sin embargo, a este hombre le conceden el Premio Nobel de Literatura únicamente por toda la potencia de las historias que lleva en la cabeza, aunque no las haya escrito exactamente. Una historia llena de fantasía, pienso. También de humor.

—Sí, así es.

—¿Qué quiso decir con eso?

—Bueno, es una pequeña novela sobre el gran poder de la imaginación, de la creación. También de lo que se ha dado en llamar “ el pánico de la página en blanco”. Indudablemente la creación hay que llevarla a la práctica, plasmarla, no puede quedarse en la mente. Pero antes de ponerla en el papel la creación ocupa un lugar clave en el pensamiento, en la imaginación, en la memoria. Esta fuerza y potencia de la creación es la que en mi novela es valorada, e incluso premiada. El escritor protagonista del libro va contando detalladamente todas las historias que se le ocurren y que él quisiera escribir algún día, alguna vez, es una especie de artista oral que lo va contando todo, pero cuando se le pregunta “¿ y todo esto por qué no lo escribes? , él contesta “porque no puedo, no puedo escribirlo”. De alguna forma, indirectamente, abordo ese punto a veces debatido: ¿uno debe de contar las cosas con anterioridad, las cosas que uno va a escribir?

—¿Y usted qué opina?

—Pues que no, que no se deben contar las cosas que uno va a escribir. Por eso no le he contado nada de mi libro sobre Japón. Hay que guardar silencio. Las cosas, cuando se cuentan, explotan, es como si de pronto se desparramaran y perdieran fuerza, como si explotaran. Hay que madurarlas en silencio, no decir nada a nadie. Mire, una de las virtudes que valoro enormemente en mi mujer, entre muchas otras, es el gran respeto que tiene por mi trabajo. Jamás me pregunta por él mientras lo estoy haciendo, mientras estoy escribiendo; jamás interfiere. Sólo cuando he terminado se lo muestro y aprecio muchísimo ese respeto suyo y esa gran cualidad.

—¿Cómo creó la figura de ese escritor en su novela, en quién se inspiró? Al hablar de un abuelo escritor me imaginé que podía ser su propio abuelo.

—No, no era mi propio abuelo. Con él conviví unos años en Madrid, pero me inspiraba más, físicamente, para esta novela la figura y el rostro de Pirandello, su figura menuda, su perilla, su imaginación y sus ojos vivos. Además, me ocurrió una cosa muy curiosa con esa novela: en aquella época, hace ya años, yo llevaba mis páginas manuscritas a una mecanógrafa para que me las pasara a limpio en ordenador, y uno de esos días, al entrar en el vestíbulo de su casa, quizá por gestos o movimientos que hice, no lo sé, o quizá por titubeos, por indecisiones, no tengo ni idea, lo cierto es que ella me miró y me dijo : “ya sé cómo es un escritor”. Y eso me dejó pensativo. Con eso configuré también a mi personaje.

—Se aprovecha todo entonces…

—Sí, se aprovecha todo mientras uno está escribiendo un libro. Hasta cualquier cosa que le suceda a uno durante el día.

—¿Pasamos, si le parece, al otro cuarto, al del ensayo?

 

—Pasamos.

José Julio Perlado

”Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (41): EL PERIODISMO Y LA UNIVERSIDAD

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (41): El periodismo y la Universidad

 

18 junio

 

–Me he permitido hoy – me dice la periodista al entrar en casa y sentarse otra vez como muchas tardes en mi despacho – traerle el libro de un antiguo alumno suyo, Daniel Utrilla, un excelente profesional que fue corresponsal en Moscú durante once años y a quien usted le dio clase en segundo de Periodismo, esforzándose, según él relata, en enseñarle la profesión. Me gustaría que hoy habláramos de periodismo. O si lo prefiere, de docencia. Usted ha dedicado treinta años a la docencia y en un resumen que quiso hacer de su vida en Rusia este alumno suyo y que recogió en este libro, “A Moscú sin Kaláshnikov” , este libro que que tengo aquí, quiso dedicarle a usted años después varias páginas para evocar cómo eran sus clases y cuáles eran sus métodos. Permítame que le lea algunos de esos párrafos.

—Si, encantado. Recuerdo perfectamente a Daniel Utrilla, un excelente periodista, también con un gran sentido del humor y con muy buena pluma y que poseía además grandes habilidades para el dibujo. Por otro lado, fueron treinta años de docencia, como usted dice, que naturalmente no se olvidan. Toda una vida.

—Le leo entonces lo que dice de usted y de sus clases: “En mi segundo año universitario y en la asignatura de redacción nos impartía clase el periodista y escritor José Julio Perlado, que nos inculcó el periodismo sin medias tintas, echándonos a volar fuera del aula en busca de reportajes con la pluma como único astrolabio. El primer día nos asignó de forma aleatoria los temas de los reportajes que teníamos que hacer a lo largo del semestre y que asumimos con el fatalismo de un diagnóstico incierto. Algunos alumnos corrían espantados a cambiarse de clase tras aquel primer encierro, incapaces de soportar el aliento del periodismo real en la cara, espoleados por el pellizco de la timidez. Nunca entendí aquella estampida de futuros periodistas. A diferencia del resto de profesores, abonados al barbecho de la teoría, Perlado nos empujaba al río de la vida para pescar reportajes (“buscad lo insólito, lo humano”, repetía). Nos daba una palmadita en el hombro y nos mandaba a cruzar el Misisipí “¿Era exactamente así?

—Sí, así era.. Desde el primer día les mandaba a trabajar en la calle, donde estaba la vida, y no en el aula.

—Pero les propondría algunas normas…

—Sí, evidentemente les hablaba de conseguir y completar distintos puntos de vista ya que si no no existía el reportaje y les explicaba cómo hacerlo, cómo buscar siempre lo humano y lo singular, cómo saber estructurar las historias, descubrir originalidad en los personajes…. Pero esencialmente todo eso había que buscarlo en la calle, había que salir casi inmediatamente de la Facultad y encontrarlo en la calle.

-¿Y lo encontraban?

—Sí, lo encontraban. Con muy pocos años ya lo hacían muy bien, y algunos tiempo después han confesado a qué velocidad aprendieron y que además lo hicieron encantados, con pasión.

-¿Qué edad tenían entonces sus alumnos.., 21, 22 años?

—Sí, más o menos.

—Entonces les marcaría su primer reportaje…

—Sí, siempre marca el primer reportaje. Pero ellos se entusiasmaban con eso, se crecían, se estimulaban, indudablemente lo pasaban mal en algunos momentos porque tenían que buscar varios personajes, contrastarlos, organizarlos, entrevistarlos, en todos los casos hacer ellos mismos las fotografías, acompañar luego todo ello con una historia paralela para contar cómo habían actuado – una especie de Diario de trabajo, aportar los teléfonos, las fuentes -, pero todo eso para ellos era un reto, lograban siempre reportajes excepcionales. Recuerdo uno, por ejemplo, el de una alumna metiéndose con una linterna bajo la plaza de la Cibeles, cruzando todo el subsuelo y las calles subterráneas de esa plaza hasta llegar a los sótanos del Banco de España. Consiguió los permisos correspondientes y logró un reportaje excepcional. Otro sin duda muy valioso y muy bien hecho fue el de vivir y contar minuciosamente la historia del traslado ( el embalaje, los viajes, la colocación, la seguridad) de unos cuadros de una gran exposición: su traslado de un país a otro hasta que llegaron a una importante pinacoteca madrileña. Lo hacían ellos solos. No trabajaban en equipo, eran reportajes individuales, cada uno tenía que hacerlo solo, también las fotografías. . Así escribieron miles de reportajes que se multiplicaron a lo largo de treinta años, algunos publicados casi inmediatamente por los periódicos porque eran trabajos muy buenos. Otros tardaron algo más. Pero muchos se abrieron camino profesional en muy distintos medios, en radio, periódicos y televisión. Cada alumno tenía que realizar dos reportajes por curso, añadiendo, como digo, la historia diaria de cómo lo había hecho. Eran valiosos y jovencísimos autores.

—¿Y usted? ¿Recuerda su primer reportaje?

—Perfectamente. Fue un reportaje sobre la trashumancia. Tenía yo 23 años. Me acompañó un gran fotógrafo, Ramón Masats, que luego sería enormemente valorado en España y tendría una larga carrera llena de reconocimiento y de prestigio. Masats tenía en ese momento 28 años. Los dos nos fuimos a Soria, a los campos de Soria, a convivir día y noche con los pastores y con sus ovejas.

—¿Recuerda aún imágenes de aquello?

-Sí, naturalmente. Esas experiencias no se olvidan. Ha pasado el tiempo, e incluso recuerdo los nombres de los pastores con los que conviví aquellos días. Los apunté y se  me quedaron grabados. Se llamaban el Joven, el Encarnado, el Callado y el Niño; uno de ellos llevaba sólo dos meses casado y sentía mucho la ausencia de su mujer. Aquellos nombres los he recordado siempre… Como también los nombres de los perros que les acompañaban y a los que llamaban continuamente: “Leona”, “Violeta”, “Lanas”, “Aparicio”. Recuerdo perfectamente el tren de mercancías en que subimos y el vagón por el que fueron entrando tumultuosamente las ovejas y aún me parece oír los gritos conduciéndolas. Impresionaba el contraste de aquellos gritos con el silencio de la noche en el campo.

-¿Usted ha aplicado en sus clases lo que aprendió en su vida periodística?

—He intentado aplicarlo, por supuesto. Creo que siempre hay que acercarse al ser humano para conocerlo, y aprender a resolver conflictos. Me acuerdo que a muchos alumnos les decía: cuando usted venga a verme a mi despacho con un problema, tráigame las dos o tres soluciones que ha pensado para resolver el problema y juntos elegiremos la mejor o propondremos otra distinta. Pero no venga sólo diciéndome: tengo un problema. Hay que venir con el problema y habiendo pensado diversas soluciones.

José Julio Perlado

”Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (40); GOYA Y “LA QUINTA DEL SORDO”

 

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (40):  Goya y la “Quinta del Sordo”

 

 

… E igual que recuerdo aquella tarde en el taller del pintor Barjola, también recuerdo algo que casi  se me había olvidado, es decir, en qué momento había podido yo extraviar el libro de Italo Calvino, no sé, no lo recordaba, quizás se había quedado allí, sobre mi cama, la noche anterior, o esa misma noche, en casa, no lo sé, tal vez entre las sábanas, en el instante de quitarme las gafas, porque después, y de eso sí estaba seguro, yo me había levantado, y saliendo del dormitorio, había ido recorriendo como un sonámbulo el pasillo de mi casa hasta llegar al comedor, había abierto el ventanal y había empezado a andar en un sueño que era absoluta realidad porque realidad había sido el despacho de mi abuelo y también sus palabras, igualmente el despacho de Baroja, la habitación de Onetti, el taller de Barjola, y ahora, conforme caminaba en otro año distinto, debía de ser ya 1990 o quizás 1991, no lo podría decir con exactitud, yo seguía avanzando a última hora de la tarde por el madrileño paseo del Prado en dirección al gran Museo y, aunque aún me sobraba tiempo para acudir a la cita que previamente había concertado — una cita difícil, tras haber conseguido un permiso especial para estudiar a solas unas pinturas y poder comentarlas en un libro que entonces estaba escribiendo — la realidad para mí era sobre todo aquel tibio resplandor dorado de los árboles y la belleza de la estación otoñal. Cuando llegué al fin a una de las puertas principales del Prado, la puerta de Velázquez, el público, y en concreto la muchedumbre innumerable de turistas, ya había vaciado hacía diez minutos los dos pisos del edificio y, tal como yo había previsto, me encontré al fin con lo que había deseado y perseguido durante muchos meses, algo fascinante e insólito: una zona del Museo excepcionalmente reservada y abierta para mí durante una hora. Nunca había vivido una experiencia semejante y pensé enseguida que nunca más la viviría. Recuerdo que tras enseñar los complicados permisos que llevaba conmigo, con sus sellos y rúbricas correspondientes que me autorizaban a pasar, y luego al subir hasta el primer piso acompañado por un vigilante silencioso, me impresionó en las salas desiertas el contraste entre las sombras y la luz. Todas las salas del primer piso del Prado permanecían casi completamente a oscuras con sólo unas diminutas señales luminosas en lo alto de las puertas para no perderse y apenas podía uno distinguir la sucesión de cuadros. Eran salas fantasmales, enormes, interminables, absolutamente llenas de pinturas de todos los tamaños, salas como tesoros misteriosos que el vigilante y yo atravesamos sin pronunciar palabra camino de unas luces que se adivinaban al fondo, las luces de unas únicas salas que habían dejado iluminadas a propósito, las salas de las “pinturas negras” de Goya, que eran aquellas que yo quería estudiar. Conocía que los responsables del Museo se habían propuesto desde hacía muchos años reproducir en la medida de lo posible algo que realmente era muy difícil conseguir: la disposición y ubicación que las llamadas “pinturas negras” habían tenido en la denominada “Quinta del Sordo”, la casa de ladrillos de adobe que Goya, con setenta y tres años, había comprado en febrero de 1819 por sesenta mil reales en un terreno ascendente sobre el río Manzanares, en el lado Oeste de Madrid. A mí siempre me había intrigado aquella casa, había leído varias cosas sobre ella, y creo que hasta sentía una extraña atracción hacia aquella Quinta situada cerca del Paseo de Extremadura, al sudeste del camino de la ermita de San Isidro, allí donde en tiempos había existido un sendero rodeado de árboles, entre ellos unos álamos plantados hacía casi medio siglo y que conducían a la vivienda del pintor rodeada de su jardín de moreras, peras, albaricoques, membrillos y doscientas sesenta parras que florecían en la finca situada sobre una colina y desde la que Goya podía divisar perfectamente el Palacio Real, San Andrés y todo Madrid hasta la montaña del Príncipe Pío. Sabía también que entre aquellos muros, incluso de un modo realmente físico encima de ellos, es decir, sobre aquellas paredes de las dos salas grandes de la casa que él quiso decorar, Goya había realizado directamente al óleo y sobre el muro una serie de pinturas para mí fascinantes y de difícil interpretación y las había pintado únicamente para sí mismo, reflejando su mundo interior. Tanto me había intrigado aquella Quinta y tantas vueltas le había dado a su emplazamiento que en meses anteriores a aquella visita que ahora estaba realizando al Museo, había querido perderme un día por esa zona de Madrid cercana al paseo de Extremadura, paseando despacio durante una hora o dos, no lo podría fijar con precisión, y haciéndolo sin rumbo fijo a través de una serie de calles, por ejemplo la de Caramuel, o la de Antonio de Zamora, la de doña Urraca, doña Berenguela, cardenal Mendoza y Juan Tornero, parándome a propósito en esquinas y en puertas de comercios para observarlo todo desde allí a mitad de mañana, en un intento inútil por resucitar detrás de aquel mundo moderno un ambiente que ya había sido consumido por el tiempo. Yo sabía que precisamente entre la calle de Caramuel y la de Juan Tornero, ahora ocupadas por automóviles y viandantes que me rodeaban e iban de un sitio para otro, había estado situada la “Quinta del Sordo”, única construcción existente cuando Goya compró el terreno, y que sobre aquellos lugares se habían levantado las dos plantas de la casa con sus habitaciones centrales comunicadas por una sencilla escalera. Y ahora, cuando yo estaba ya a punto de entrar en una de las salas del Museo del Prado dedicadas a las famosas “pinturas negras” y había dejado atrás la oscuridad de los largos pasillos, me venían otra vez a la memoria las dos habitaciones de la “Quinta del Sordo” y las comparaba con éstas del Museo, recordando haber leído en algún lugar que, a causa de los dos ventanucos de la sala de la planta baja de la Quinta, la luz para Goya había sido casi con toda lógica un instrumento esencial: se decía, por ejemplo, que con toda seguridad el pintor había trabajado por las noches en aquella sala de la planta baja ayudándose a la luz de unas velas mientras que en la sala del primer piso había sido en cambio la luz del día de Madrid la que, entrando por los dos amplios balcones que la casa tenía, había dado otras tonalidades a las pinturas. Por eso cuando me fui acercando dentro de aquel espacio íntimo del Museo a aquellas escenas de Goya en las que dominaba el negro y unos tonos pardos y fríos, tampoco me extrañó descubrir en muchas de ellas, al observarlas con mayor atención, el amarillo, los ocres, azules y rojos, los carmines y aún unos ligeros toques de verdes. No todo era negro, pues, en las “pinturas negras”. Me sorprendió, por ejemplo y de repente, al girar la cabeza hacía la izquierda nada más entrar en una de las salas, la composición pictórica de un “Perro”, o lo que sería más adecuado definir, una enorme masa de un gris amarillento, una gran zona lisa y vacía de espacio en la que asomaba en su base inferior la pequeña cabeza de un perro, una cabeza perfectamente dibujada con aquella precisión que Goya tenía para plasmar animales, un perro que estaba surgiendo de una masa amorfa, emergiendo de algo parecido a un talud pero que ni siquiera podría decirse que fuera arena, un perro, o cabeza de perro que no se sabía bien si se estaba hundiendo o intentaba escapar, que podía estar pidiendo socorro o piedad, pero que esencialmente transmitía angustia. Aunque enseguida me llamaron enormemente la atención otras pinturas situadas casi al lado de ésta, en la pared de enfrente de la pequeña sala, especialmente en razón de los gestos y las deformadas facciones de varios personajes que allí aparecieron ante mí, más apilados que agrupados, como dominados por oscuros movimientos instintivos, y principalmente una pintura que aún destacaba más entre las otras, o al menos así me lo pareció: unos cuerpos flotando en el aire, superpuestos sobre un fondo de cielo y de paisaje, dos extraños personajes envueltos en ropajes, uno de ellos, el situado a la izquierda, embozado en un manto rojo plegado, mirando hacia atrás en actitud miedosa y en cierto modo ausente, y el de la derecha, en cambio, señalando algo de modo exasperado, con el dramático gesto de su boca abierta en expresión de horror, y los dos sobre un fondo luminoso y no lejano a un montículo o cerro pedregoso que quizá escondía una ciudad fortificada, aunque ello no podía adivinarse bien. Me acerqué a comprobar el título de aquella pintura que yo ya conocía anteriormente por diversas reproducciones, y allí leí: “Francisco de Goya, Aquelarre o Asmodea”, y luego volví lentamente sobre mis pasos en el completo silencio nocturno de la pequeña sala y sin dejar de advertir a mi lado al vigilante que me acompañaba, y así estuve largo rato, quizá unos veinte o veinticinco minutos, o quizá más, no lo sé, tomando muchas notas en un cuaderno, cumpliendo el fin para el que yo había ido al Museo, y apuntando abundantes reflexiones que me suscitaban las obras de Goya. Pero estando allí mismo observando aquel cuadro, tomando notas en el cuaderno y a la vez contemplando aquel cielo de Madrid extendido en la parte superior y cuya luminosidad lo dominaba, de repente, imprevistamente, cayó sobre mí, quizá fuera por cansancio o por tensión, no lo sé, todo el peso de aquel largo viaje que había iniciado hacía ya varias horas, un largo viaje o sueño, tampoco podría definirlo, en el que había salido a recorrer Madrid, y no sólo a recorrer calles y habitaciones, sino también a recibir confidencias y conversaciones, y a abrirme igualmente a encontrar sorpresas como las que ahora, por ejemplo, estaba recibiendo cuando aquellos cielos de Goya que admiraba me dieron la impresión de que se alejaban y se iban separando cada vez más del cuadro, adquiriendo esos mismos cielos una presencia viva y sorprendente como si en realidad se estuvieran moviendo, como si se desgajaran un poco para mostrarme desde su altura unas zonas de la ciudad de Madrid que yo desconocía, o al menos que nunca había podido ver desde aquellos ángulos, zonas cubiertas de tejados rojizos toscamente apilados, casas antiguas que sin duda por su aspecto rudimentario parecían pertenecer al viejo casco de la ciudad, quizás al lejano costado del Palacio Real, allí donde en tiempos se había levantado el primitivo Alcázar incendiado en 1734. Eran unas tejas o tejados rojizos, muchos de ellos de color de barro, colocados unos sobre los otros y que prestaban a aquella zona una imagen más de pueblo que de capital. Y desde allí, desde aquellos tejados, muy lentamente, los mismos cielos de Goya me fueron llevando, como en un viaje distinto, por encima de otros tejados de Madrid, primero sobre unos techos de la plaza Mayor y luego por otros casi enfrente a la Plaza de la Villa, allí donde hacía siglos se había levantado la iglesia de San Salvador con su gran torre llamada la atalaya de Madrid y desde donde el Diablo Cojuelo en 1641 había sido empujado por la imaginación del escritor Vélez de Guevara para recorrer la ciudad y levantar los tejados de las casas, y así los cielos me fueron conduciendo poco a poco, como en un recorrido a vista de pájaro, por terrazas y tejados, hasta acercarme a mi barrio de Chamberí, y entrando por la glorieta de Olavide con sus antiguas viviendas modestas de tres y cuatro pisos, su fuente y sus jardines, bajar por la calle de Olid, cruzar la calle de Fuencarral y entrar a la de Jerónimo de la Quintana, sin saber de qué modo ni cómo pudieron hacerlo aquellos cielos, llegando así hasta el pasillo de mi casa, atravesar luego el comedor hasta quedar situados los cielos en lo alto de mi dormitorio, encima exactamente de mi cama, entre la ventana y la puerta, iluminando el libro de Italo Calvino que yo había dejado abierto muchas horas antes y también las gafas que aún aparecían abandonadas entre las sábanas.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS”-MEMORIAS (39) : ONETTI Y BARJOLA

 

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (39) : ONETTI  Y  BARJOLA

… No, no era aquello en absoluto un sueño. Como digo, había dejado abandonado hacía tiempo, así lo recordaba, el libro de Calvino sobre la colcha de mi cama y la verdad era que aún no comprendía muy bien cómo había podido alejarme tanto de mi dormitorio y había podido caminar tan largo trayecto por Madrid creyendo siempre que todo era un sueño cuando en absoluto lo era. Había marchado hasta casa de mi abuelo, en Raimundo Lulio, y luego por las calles de la ciudad para ver a Baroja, y ahora cruzaba la Castellana para ir subiendo hasta la Avenida de América 31, y llegar al octavo piso, apartamento 3, donde vivía Juan Carlos Onetti. Cuantas veces me habían hablado del escritor uruguayo me habían advertido que él solía conversar, escribir y vivir sin moverse de la cama ya que se había refugiado en ella desde hacía años y allí había construido un mundo propio colocándolo todo al alcance de su mano: cuadernos, novelas policiacas, cigarros, mecheros, una campanita para llamar, papelera, pastillas y mil cosas más, y así lo pude comprobar al doblar el pasillo siguiendo a Dolly, su mujer, y llegar hasta la habitación donde un Onetti en pijama y tumbado en la cama, apoyado y casi aplastando completamente su cuerpo y su hombro derecho sobre la almohada, la mano izquierda sosteniendo un cigarrillo, enfundado en una camisa blanca, me miraba en cuanto entré en el cuarto con unos ojos saltones, enormemente agrandados, casi dilatados tras sus gruesas gafas de concha. Tenía yo aquella mañana de 1979 cuarenta y tres años y Onetti setenta y era la mañana, recuerdo, de mi cumpleaños. Y así comenzamos casi directamente, sin apenas muchos preámbulos, una larga conversación entre los dos, una conversación real e imaginaria a la vez, mezclando lecturas y vida. “Mi preocupación – me decía Onetti mirándome fijamente desde la cama – es hacer el futuro, para mí escribir es como un vicio, una manía. Me hace feliz escribir, me siento desdichado cuando no escribo. Si escribir significara para mí un trabajo, no haría ninguna línea, ningún día. Pero de pronto uno necesita escribir. Y yo no me siento escritor. Sí, en todo caso un lector apasionado, capaz de conversar y discutir horas y horas sobre un libro. Pero ajeno. Y cuando uno escribe tampoco se siente un escritor, porque se está trabajando en la inconsciencia y lo único que me importa es escribir. A veces me levanto por la noche y escribo. Sí – agregó -, es verdad que existe la “sequedad” del escritor. En Valle – Inclán, por ejemplo, en “La lámpara maravillosa”, se habla de esa sequedad del escritor. Pero de pronto, todo viene a mí como un torrente. Yo escribo por ataques: a veces me paso meses y meses, y no se me ocurre nada. Pero siempre sé que va a volver. Y sobre todo me interesa el lector desconocido. Pero yo sólo soy un pobrecito hombre llamado Onetti, que escribe”, repetía sin dejar de mirarme fijamente desde la cama, sosteniendo en la mano el cigarrillo. Así estuvimos hablando largamente, de modo especial de sus novelas y de la ciudad de Santa Maria, su lugar inventado. “El médico – abrí el libro suyo que llevaba y le leí una de sus páginas, un ejemplar muy subrayado – vive en Santa María, junto al río. Sólo una vez estuve allí , un día apenas, en verano; pero recuerdo el aire, los árboles frente al hotel, la placidez con que llegaba la balsa por el río. Sé que hay junto a la ciudad una colonia suiza.” Me hizo acercar el libro a la cama. “¿A ver, a ver?, se acercó su propia novela hasta las gafas, observó las notas que yo había colocado en los márgenes, sacó su pluma y escribió en la primera página mi nombre y añadió: “para este lector implacable”. Trazó una línea horizontal y exclamó: “Ahora, querido, vamos a tutearnos”. Y gritó animado cuando entró su mujer: “!Déjanos! ¡¡ La cosa se está poniendo brava!!”. Sí, yo recuerdo todo aquello, toda aquella mañana en Avenida de América 31, recuerdo muy bien que había olvidado una noche o unas noches antes, no lo sé bien, no podría adivinar cuándo ni en qué momento, un libro de Calvino sobre la cama, y en el largo sueño en que se estaba convirtiendo aquella larga sucesión de realidades, me iba alejando ahora cada vez más de la casa de Onetti, también de la casa de Baroja, también de la de mi abuelo, y cruzaba en estos momentos por un Madrid distinto, un Madrid cercano a los descampados, el Madrid de Carabanchel. A mi lado iba caminando aquel día de 1980 con paso vivo, un año después de lo de Onetti, el pintor extremeño Juan Barjola que una vez más insistía en llevarme hasta su taller, en la calle Amalarico, para que lo conociera. Yo le observaba a mi lado, observaba su largo cráneo, su bigote poblado, sus ojos apagados, casi sumisos. De vez en cuando, cruzaban por la acera, chocando casi contra nuestras piernas, olvidados y perdidos, unos perros. “De pequeño, me iba diciendo Barjola al mirarlos, yo dibujaba perros; el perro es un animal maravilloso que sufre mucho en soledad. La mirada de un perro cuando está enfermo, me decía el pintor, es una mirada triste, es una auténtica realidad. Generalmente, de pequeño, a mí lo que más me atraía era dibujar perros tal vez por ser los animales más humanizados”. Después hacía una breve pausa, caminábamos otro poco más, y Barjola proseguía : “Yo al principio viví en la Gran Vía, luego en Lavapiés . Después vine para acá. Pero todo esto está desconocido. Aún no hace mucho era casi una comunidad de chabolas”. Luego, recuerdo, que después de dar muchas vueltas por las calles entramos en aquel estudio suyo de tres metros por dos y medio y de pronto, nada más entrar, descubrí a diez criaturas colgadas en las paredes. Eran más o menos diez cuadros con ojos, bocas y cuerpos distorsionados. Barjola me acercó una silla y me senté en ella, él se sentó a mi lado y enseguida me preguntó si yo estaba cómodo. Luego añadió : “este cuarto es estrecho pero tiene sabor. Aquí trabajo cuatro horas, muy pausadamente. Y el resto voy a recaudar datos para mi pintura, los encuentro por la calle, en el cine, en los libros”. Aquellas diez criaturas seguían mirándonos y yo observaba al padre de las criaturas cómo las contemplaba y también a sus hijos que rodeaban al pintor del paciente mirar y que mostraba tanta mansedumbre. “ A mí, continuaba Barjola sentado a mi lado, me gusta más el fondo que la forma, no creo que un pintor sea profundo por muy bellas que sean sus formas si su arte no tiene un mundo lleno de contenido. Por eso precisamente, por ser profundo el fondo y no la forma, Goya, proseguía diciéndome Barjola, adquiere cada día más vigencia. Si nos fijamos en sus aguafuertes y en sus dibujos, vemos que son concretísimos: en ellos está lo dramático y lo social”. En determinado momento me levanté y quise acercarme más a las pinturas para observarlas mejor. Barjola se levantó también de la silla y se puso a mi espalda. “ Lo difícil del arte, me seguía diciendo el pintor, es definir, y que esa definición atraiga siempre por su expresividad, su mundo dramático”. Me impresionó cómo destacaba allí entre todas las pinturas una “Tauromaquia”, la violencia de unos rojos sangrantes de picador con su cuerpo curvado pinchando a un toro negro. Y las manchas. Las posturas difíciles. Los amarillos, los rojos, los amplios horizontes extremeños, los marrones fríos y calientes de descampados de Madrid. Y sobre todo los perros. Especialmente unos perros descarnados ladrando a la luna. Sí, recuerdo aquella tarde, las dos sillas en el estrecho taller y los perros ladrando más allá de las paredes, ladrando a la luna con sus bocas abiertas, con los dientes blancos y separados, los cuellos estirados, unos perros lastimeros, solitarios, retorcidos…

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”- Memorias

(Continuará)

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PAPELERÍA SALAZAR

 


Ahora va a cerrarse la papelería Salazar nacida en 1905. Me veo entrar en abril de 1993 en esta papelería de la calle de Luchana de Madrid para comprar unos cuadernos. Son cuadernos de tapas duras, de muchas páginas, con estas páginas blancas, de pequeños cuadritos, tamaño folio, tomo el metro que me acerca hasta la Biblioteca Nacional y allí, en un pupitre de la Sala General, comienzo el  18 de abril mi novela “Lágrimas negras”. La iré escribiendo en 18 meses y cada día anotaré a lápiz, encima de la línea de la pluma, la fecha de mi trabajo. El cuaderno se extiende como un campo blanco, habitan en él los personajes, mi letra, que entonces era clara y diminuta, trazada con una punta azul, extiende situaciones, humor, conflictos, en general una velocidad de escritura con pocos retoques, casi sin tachaduras, cada mañana sé lo que voy a escribir y el cuaderno lo recibe mansamente.  Acabo el libro el 7 de diciembre de 1994.

Muchos años antes, en los 70, entro en la papelería Salazar a comprar unos cuadernos. Son siempre los mismos, De tapa verde o azul. En el centro, arriba, dentro de un recuadro, aparece dibujada la palabra “Miquelrius”. Ellos no saben que aparecerán en mis Memorias. Yo tampoco. Hemos entablado una estrecha relación familiar y ellos me han presentado a sus hijos. Mientras yo escribo “Contramuerte” a lo largo de  7 años los cuadernos viajan conmigo. Han conocido París, Roma, el mar, los campos, han descansado en armarios y sus hijos, de tamaño más pequeño, me han recibido  siempre en confidencia. En ellos he escrito “Diarios” desde el 94 hasta el 2017, antes de pasarme al ordenador. En esos hijos de los cuadernos grandes guardo  relatos,  notas, descubrimientos.  De repente leo en uno de ellos una frase de Van Gogh a su hermano Teo: “tengo la paciencia de un buey”. Lo creo. Lo he anotado. Lo comparto. En otro pequeño cuaderno encuentro la confesión de Sebald diciendo qué hay que leer y escribir cuando a uno le es imposible leer o escribir. Miles de anotaciones. Decenas de ideas. Cientos de sugerencias.

Luego, cuando pasó por última vez ante la papelería Salazar veo el bosque de donde han salido estos cuadernos. Está el bosque lleno de mi escritura, años enteros de páginas. De  vez en cuando se oyen piar los pájaros.”

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes-1- Brígida Baltar- 2004- artnet/ 2- papelería Salazar)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (38) : BAROJA EN SU CASA

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (38):  BAROJA EN SU CASA

 

 

16 junio

Hoy todo el día en casa. No ha venido a verme la periodista porque me ha pedido dos o tres días para recomponer sus notas y reelaborarlas y en el fondo para tomarse un respiro. Se lo agradezco. Para mí es un descanso.

Y creo recordar que fue hace dos noches, en la noche del viernes pasado, cuando me llevé a la cama “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino porque me quedaba por leer el último texto del libro, el de la ciudad de Berenice, una de las ciudades ocultas de las que habla el escritor italiano, y como su historia, igual que las del resto del volumen, era muy corta en extensión, y cuenta que Berenice es una sucesión en el tiempo de ciudades diferentes, pienso que quizá por ello, por su brevedad y por su poderosa fantasía, pero sobre todo por mi cansancio acumulado durante el último día de la semana, por todo ese conjunto, poco a poco me fui quedando dormido. Creo también que el libro debió de quedar abandonado encima de la colcha sin yo siquiera darme cuenta, acaso debió de resbalarse de entre mis manos y seguramente permanecería allí abierto toda la noche, no lo sé, porque lo último que recuerdo es haberme quitado las gafas y ya no recuerdo nada más. Ni siquiera tengo conciencia de si apagué o no apagué la luz. Había sido para mí toda aquella semana una sucesión de gratas lecturas nocturnas tras las largas y a veces agotadoras conversaciones con la periodista, y para distraerme y alejarme de tantos temas comentados, me había propuesto sumergirme durante dos noches en los “Diarios de las estrellas” de Stanislaw Lem y ahora lo completaba con el libro de Calvino. Lo cierto es que quizá por la evocación de los espacios de Lem o por las imágenes de las ciudades de Calvino, apenas me di cuenta de que sin querer estaba separándome lentamente de la cama y del cuarto, como desprendiéndome de las sábanas y de la colcha e incluso del dormitorio, poniendo de repente los pies en el suelo en un movimiento casi mecánico, como si estuviera ya sonámbulo sin estarlo, cruzando despacio por delante de la estantería de libros que hay frente a mi cama y, tras salir luego al pasillo, pasar después ante mi despacho de trabajo, ir avanzando hasta el comedor y abrir luego el ventanal de la terraza, dejar mi casa de Jerónimo de la Quintana, las calles adyacentes, el barrio, e ir alejándome de Madrid y proseguir avanzando al encuentro de aquello que hasta entonces sólo era para mí un destino incierto. Recuerdo también que conforme iba caminando hacia no sé qué punto indefinible pensé nuevamente en Calvino y en el libro que acababa de dejar abandonado sobre la cama y me vinieron a la memoria unos párrafos llenos de interés del escritor italiano. Pertenecían a una conferencia suya pronunciada en la universidad de Columbia en 1983 en la que Calvino había querido explicar el proceso de creación de sus “Ciudades invisibles”. Allí confesó cómo trabajaba y cómo abría numerosas carpetas llenas de proyectos: por ejemplo, una carpeta destinada a los objetos, otra preparada para los animales, otra para las personas, una cuarta para las cuatro estaciones, otra para los cinco sentidos, y aún había otras dos más si no me equivoco, una consagrada a las ciudades y a los paisajes de su vida y otra en fin a las ciudades imaginarias situadas fuera del espacio y del tiempo. Siempre había seguido yo con interés y curiosidad los procesos creativos de los escritores y los artistas porque me parecían misteriosos y también aleccionadores, y así se lo había confirmado a la periodista, pero en el caso de Calvino todo aquel laberinto de sus dudas personales aún me atraía más. Italo Calvino confesaba que no sabía qué hacer con tantas ciudades mezcladas y que tardó tiempo en decidirse por eliminar las ciudades tristes y las ciudades basura para elegir al fin escribir sobre las ciudades invisibles. Guardando todas las distancias, eso era más o menos lo que me estaba pasando a mí. Yo no tenía carpetas abiertas pero sí en cambio muchas dudas abiertas en cuanto adónde dirigirme ahora con mis “Cuadernos Miquelrius” y acaso por ello continuaba caminando a buen ritmo como a veces se camina en sueños aunque uno nunca tenga constancia de que está soñando, y así apenas me di cuenta de que en absoluto me había alejado de Madrid como creía en un principio sino que por el contrario había dado una vuelta completa casi en redondo a mi barrio de Chamberí, y cruzando la glorieta de Olavide a la que tengo tanto cariño y de la que me llegan tantos recuerdos, había subido por la calle de Raimundo Lulio hacia arriba, hacia Santa Engracia, donde habían vivido en tiempos mis abuelos maternos, para alcanzar al fin el número 20 de Raimundo Lulio, empujar la hoja entreabierta del portal y ascender despacio por la vieja y empinada escalera de madera que ahora resonaba bajo mis pasos y llegar así hasta el piso segundo. Al entrar, toda la casa aparecía igual que en épocas anteriores. Aparentemente permanecía vacía, sin llegar hasta mí las voces de mi abuela Lola yendo y viniendo de la cocina al comedor. Digo aparentemente porque esa fue mi primera impresión al entrar en el vestíbulo pero cuando avancé algo más por el estrecho pasillo girando hacia la izquierda, camino del pequeño cuarto de estar situado al fondo, distinguí a mitad de pasillo, perfectamente iluminado tras las cortinillas verdes que me eran muy conocidas, el despacho de mi abuelo el escritor e imaginé enseguida que él estaría trabajando. Efectivamente era así y en ningún momento creí que aquello podía seguir siendo un sueño porque la realidad siempre cubre todos los sueños y la realidad allí no era otra que la de mi abuelo sentado en el sillón de su despacho leyendo un libro que iba anotando con un lápiz en la mano. Me vio entrar, me incliné a saludarle como siempre dándole un beso y me senté frente a él en la única silla situada frente a su sillón. Estaba leyendo mi abuelo en ese momento a Pio Baroja en sus “Canciones del suburbio” en una edición de Biblioteca Nueva de tapas de tela entre rojas y granates y con letras blancas en la portada y vi que con el lápiz iba trazando, como hacía siempre, unas pequeñas curvas y rectas, apenas insignificantes y sobre todo enigmáticas, en los márgenes de las páginas, unas señales que sólo él conocía y sobre las que nunca me había atrevido a preguntar. Pero sin embargo, no sé por qué, quizás porque me pudo más que nunca la curiosidad, esta vez sí quise preguntárselo. Mi abuelo abrió más las páginas del libro, me las acercó muy amablemente, y me confió lo que nunca me había dicho: que aquellas marcas correspondían a pasajes que le sorprendían, unos porque sobresalían por su calidad y otros porque, según él, no la alcanzaban. Las señales curvas, me comentó, son para mí los aciertos, siempre según mi criterio, añadió, porque puedo estar equivocado, y las rectas aquello que no acaba de gustarme. Me comentó que ese era el único libro de poesía que Baroja había escrito y eso le tenía muy intrigado. Estuvimos hablando largo tiempo. Comprobé que aquel despacho seguía estando igual que hacía años: era una habitación interior, con una pequeña ventana que daba a un patio, unos muebles de tonos oscuros y un escritorio escoltado por una lamparita de pantalla verde, un color idéntico al de las cortinas de los cristales de la entrada, un despacho reducido pero muy acogedor. Nunca había querido curiosear en ese despacho por respeto a su intimidad pero ahora, al ser otros tiempos, me levanté de la silla y me fui fijando despacio en las pequeñas estanterías que lo decoraban, unas estanterías repletas de libros de todos los tamaños cuidadosamente colocados y que aparecían alternados con cartas manuscritas apoyadas en los lomos de los libros y también con postales antiguas, algunas de ellas representando vistas de Madrid, Buenos Aires o Puerto Rico, y allí de pie, al ir dando la vuelta a alguna de aquellas postales y al observar al dorso los escritos, descubrí con gran curiosidad los trazos de letras breves y afectuosas, unas de rasgos enérgicos y otras desvaídos, firmadas unas por Ramón Gómez de la Serna, otras por Antonio Machado y otras por Juan Ramón. Era el mundo que mi abuelo había compartido durante años con sus amigos, y un mundo al que yo había llegado a través de lecturas. En determinado momento mi abuelo me pidió que me sentase otra vez en la silla y en un gesto para mí sorprendente, único, que creo nunca olvidaré, y teniendo aún en las manos el libro que leía, me preguntó de improviso, con una sonrisa: “¿Querrías conocer a Baroja?”. Recuerdo perfectamente mi absoluto asombro y recuerdo también cómo no lo dudé ni un momento: dije instantáneamente que sí. Después, no sé exactamente en qué fecha, no sé si ocurrió en esa misma semana o al cabo de quince días, pero indudablemente muy pronto, atravesé Madrid camino de la calle Ruiz de Alarcón donde Baroja vivía, una casa muy cercana al Retiro, y creo que en ese caminar y mientras recorría el trayecto empecé a olvidar casi por completo que había quedado abandonado sobre la colcha de mi cama aquel libro de Calvino y también que mis gafas se habían perdido sobre las sábanas, y tampoco supe y ni siquiera me paré a pensarlo, si aquello que estaba viviendo era una mera prolongación de un sueño o en cambio era auténtica realidad. Lo cierto es que cuando llegué a la casa de Ruiz de Alarcón número 12 y me abrió la puerta, y luego me acompañó por las distintas habitaciones, Julio Caro Baroja, el antropólogo y sobrino del escritor, me adentré en un mundo impensable que jamás hubiera imaginado. Reviviéndolo tiempo después me di cuenta de que en ese momento Julio Caro tenía 41 años y que el personaje que me esperaba sentado al fondo del pasillo, en un amplio estudio y con los brazos apoyados sobre una gran mesa antigua de trabajo, envuelto en una bata a cuadros y con la boina puesta – y a quien mi abuelo ya había avisado – era el propio Pio Baroja con sus 82 años cumplidos. Recuerdo que había un pequeño calendario de mesa muy cerca de él, entre cajas con plumas y lápices, y aquel calendario señalaba que estábamos en 1955. Yo tenía entonces, aquel día, mientras avanzaba a saludar al célebre escritor, 19 años, y al sentarme frente a él vinieron sobre mí las imágenes de Baroja paseando entre las nieblas del invierno y los árboles del cercano parque del Retiro, una imagen que yo había contemplado en muchas ocasiones. Como también vinieron, arrastradas por la ronca voz de Baroja, una voz que recortaba los finales de las frases, sus palabras sobre el elogio sentimental del acordeón que yo había escuchado alguna vez :“¿No habéis visto – había escrito Baroja hacía tiempo -, algún domingo al caer de la tarde, en cualquier puertecillo abandonado del Cantábrico, sobre la cubierta de un negro quechemarín o en la borda de un patache, tres o cuatro hombres de boina que escuchan inmóviles las notas que un grumete arranca de un viejo acordeón? Yo no sé por qué, pero esas melodías sentimentales, repetidas hasta el infinito, al anochecer, en el mar, ante el horizonte sin límites, producen una tristeza solemne”. Y ahora, tras todas esas imágenes y palabras, estaba yo allí, sentado ante el autor de “La lucha por la vida”, estábamos los dos solos porque Julio Caro se había retirado y yo me presentaba como el nieto del escritor que le había mandado unas líneas y al que en tiempos Baroja había enviado dedicado su único libro de poesía. Baroja recordaba a mi abuelo pero no recordaba el libro en absoluto. Después de un largo silencio, mirándome casi inmutable tras su mesa, sin apenas mover su cara bajo la boina y sin duda asombrado por lo que acababa de oír en mi breve presentación, levantando un poco las cejas, pronunció muy despacio y en un tono amable pero también algo incrédulo estas palabras: “¡ Ah!, ¿ pero yo he escrito poesía?”. Tenía las manos cruzadas y asomadas bajo las mangas de su bata a cuadros pero de pronto aquellas manos empezaron lentamente a moverse sobre la mesa, las duras venas bajo la piel resaltaron más en el momento de llegar hasta la superficie de un timbre colocado en una esquina y más aún en el instante de oprimirlo. Pocos segundos después apareció en la puerta Julio Caro y Pío Baroja, mirando a su sobrino que seguía en el umbral, le dijo: “Este chico me está diciendo que yo he escrito poesía. No lo recuerdo. Mira a ver si encuentras por ahí ese libro del que habla, “Canciones del suburbio”, creo que se llama”. A los pocos minutos volvió Julio Caro con el libro en la mano y Baroja, con gran curiosidad y no sin asombro, estuvo repasando, aunque muy por encima, sus páginas. Vio que el prólogo era de Azorín y yo creo que aquello le mantuvo más complacido y confortado. Después, hojeando el volumen, pasó sobre los títulos de algunas de sus partes, “Juventud”, “Recuerdos de vagabundo”, “Impresiones de París”, “Melancolías grotescas”, y luego dejó el libro sobre la mesa. Por avanzar algo en mi diálogo, le fui contando a Baroja cosas de la Universidad e incluso me arriesgue a invitarle, en un gesto propio de mi juventud y aún sabiendo que era pedir algo imposible, a que pasara un día por allí y nos hablara a los estudiantes. Yo cursaba entonces tercero de carrera, había leído muchas de sus novelas, y miraba lleno de asombro y admiración a aquella figura sentada, con sus ojos bajo la boina que seguían observándome.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius”— Memorias

(Continuará)

TODOS   LOS  DERECHOS  RESERVADOS

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (34): “LA CASA DEL LIBRO”

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (34) : “La casa del libro”

 

-– Me gustaría — me dice  hoy la periodista al entrar— que me hablará  usted nuevamente de lo que usted llama   “relámpagos”…

— Bueno, para mí hay otro tipo de relámpagos distintos por su brevedad y por su intensidad, escenas que se iluminan de pronto y que quizá aparezcan al fin, no lo sé, quizá aparezcan al final de mi vida como un flash, como un resumen, como instantáneas sobre lo que uno ha vivido.

– El incidente que tuvo usted con Saramago ¿ también está entre esos “relámpagos”?

– No, no lo está. Pero ya que usted se refiere a ello, porque de eso preferiría no hablar, decirle que no fue ningún incidente importante, simplemente un encuentro algo tenso entre los dos. Al menos para mí sí fue un encuentro tenso. Ya le digo que no me gusta recordarlo. En síntesis, ya que usted me lo pregunta, fue lo siguiente: en 1984 publiqué yo una novela titulada “Contramuerte”. En esa novela describía la paralización de la muerte – una pandemia insólita en la que la gente poco a poco dejaba de morir hasta no morir nadie – y en razón de ello iba narrando las reacciones de políticos, sociólogos, familias, etc. Pues bien, veintiún años después, en 2005, Saramago publica una novela con el mismo argumento : la gente deja de morir, y se suceden igualmente las reacciones de políticos, etc. En un encuentro en Madrid por otros motivos que no eran literarios se lo dije directamente a Saramago. Le enseñé mi libro publicado muchos años antes, se lo entregué, y él, tras escucharme, no me dijo nada. Tomó mi novela, la metió dentro de un sobre y prácticamente no intercambiamos ya más palabras. Ahí el incidente terminó. Pero estas son cosas marginales que a veces ocurren. Uno no puede quedarse enganchado a estas cosas.

– ¿Este incidente le dejó algún desencanto?

– No, ningún desencanto. Fue una experiencia más en la vida literaria.

—¿Cómo ve usted la vida literaria? ¿Qué piensa de ella?

—Pues pienso que la vida literaria es más bien pequeña, limitada. Como tantas cosas del arte. La vida en general va por otro lado, la vida ancha, compleja, como ahora se dice, la vida “globalizada”. El arte y la literatura forman un espacio, a veces con un determinado eco, pero siempre reducido. Es una comunidad de escritores, editores, lectores, agentes, medios de comunicación, premios, trapisondas, altibajos, rencillas, reconocimientos, olvidos, revisiones, recapitulaciones, todo mezclado y todo en ocasiones bastante costoso de digerir, muchas veces áspero. Lo único que no es áspero es escribir.

—Trapisondas acaba de decir … , ¿ha vivido usted muchas?

—-Alguna. En una ocasión en que me presenté a un Premio Literario importante me llamaron para comunicarme que estaba entre los finalistas y que me lo iban a conceder. Fui convocado, entre otros escritores, en una sala repleta de gente. El organizador del acto me indicó que me pusiera en una de las esquinas centrales de la primera fila para salir en cuanto me llamaran anunciándome como ganador. Así lo hice. En el momento del fallo oí por los altavoces un nombre distinto al mío. Se lo acaban de conceder en el último minuto – así me lo contaron – al sobrino de un Premio Nobel. Un compromiso de última hora, según me dijeron.

—¿Le afectó aquello?

—No, no me afectó en absoluto. Me enseñó. Una experiencia más. Pero todo esto son vaivenes menores, aunque a veces sean desagradables. Pero siempre aleccionadores. Han sucedido siempre en la Historia de la Literatura. No hay más que leer las rencillas, pisotones y envidias entre los escritores del Siglo de Oro. Y después, lo que sucede a lo largo de todos los siglos, con sus escaramuzas y traiciones. Todo eso me confirma más en la idea de que hay que trabajar en silencio y si es posible con autenticidad, sin fijarse para nada en los ecos. Como le decía antes, uno se encuentra con muchas cosas ásperas en la vida literaria. Lo único que no es áspero es escribir.

—¿No es áspero escribir?

—No, no es áspero. Para mí no es nada áspero. Pienso que tampoco lo será, estoy seguro, pintar, esculpir o componer música. El arte no es áspero. En el caso de escribir, se trata de cerrar la puerta de esa casa del libro que uno está elaborando – que no tiene necesariamente por qué ser ficción – y ampararse dentro de él, cobijarse, protegerse gracias a él del mundo exterior, pero sobre todo trabajar con fe y con enorme paciencia en ese libro, acompañarse de esa paciencia que es la que va encadenando muchas tardes y muchas mañanas de trabajo, amar ese libro, superar sus dificultades, conocerse a sí mismo y tomar las consiguientes distancias con el exterior, no pensar en el eco o no que ese libro pueda tener en su día, escribir con sinceridad, desplegar las aptitudes que uno tiene, unas veces para envolverse, enriquecerse y disfrutar puliendo el estilo, otras para apasionarse con los personajes y con la historia, otras para desarrollar argumentos. Es decir, todo un mundo dentro de esa casa del libro.

—Cuando habla usted de sinceridad, ¿a qué se refiere?

—Me refiero a la convicción que uno debe tener siempre ante lo que escribe, pinta o esculpe. Uno debe hacer lo que tiene que hacer, lo que quiere hacer. Sin plegarse a las modas. Pongo un ejemplo entre muchos : Giacometti compone figuras diminutas, cabezas diminutas, figuras tan delgadas que parecen casi de alambre. Él reduce las dimensiones hasta el máximo. Es lo que quiere hacer desde su convicción de artista y es lo que hace. No piensa qué efecto pueden tener sus mínimas figuras ante el público, tampoco le importa. Él compone esas figuras porque cree en ellas, es como él ve el mundo y así lo expresa. En el otro extremo, tan sólo refiriéndonos a las proporciones o a las dimensiones, tenemos a Botero. También él hace lo que cree que debe hacer. Y así lo hicieron cada uno a su modo los impresionistas enfrentándose a veces a salones y a galerías, o Picasso, o tantos otros. Tengo un enorme respeto hacia la autenticidad, hacia la creatividad personal. En el fondo tengo un enorme respeto por el que crea algo.

—Habla usted de la “casa del libro” como un lugar de protección, de trabajo. ¿Por qué usa esa expresión?

—Bueno, es una expresión más, tampoco sé si es la acertada. A mí me sirve. Porque realmente es así. Uno está concentrado en una obra que escribe, está envuelto y comprometido en un proyecto. Como creo recordar que le dije uno de estos días, la vida es proyecto. Así lo reafirmaba Ortega. Siempre se ha de tener un proyecto entre manos, aun en momentos finales, débiles o delicados. Quizá en esos momentos débiles hay que tener un proyecto más pequeño, más corto, que dure un día o menos de un día, pero siempre será un reto a conseguir, conseguir algo que sea ilusionante. En el caso de la escritura el proyecto real al que uno dedica muchas horas es el libro. La casa del libro.

—¿Y cuando uno tiene que abandonar esa casa, es decir, cuando se concluye el libro?

—Entonces existe un periodo de tiempo extraño y vacío. Hay que esperar. No hay que precipitarse en pensar enseguida en hacer otra obra. Salman Rushdie contaba que un amigo escritor le confesaba que lo peor de todo es cuando ya no tienes un libro que escribir y sin embargo tienes que escribir un libro. Es decir, hay que controlar las presiones de los editores, del mercado. Ha llegado el momento de desprenderse de lo que uno ha hecho, exponerlo al juicio de los demás. En ese momento interviene todo eso a lo que antes me refería: principalmente la búsqueda de un editor; después – si uno tiene editor-, las lógicas gestiones de promoción, de entrevistas, de firmas. Ese aspecto, naturalmente necesario para lanzar una obra, es, al menos para mí, muy cansado.

—¿Qué relaciones ha tenido con los editores?

—Muy diversas, como ocurre siempre en muchos aspectos de la vida. El manuscrito de una de mis primeras novelas, no la que escribí sobre el tapete de la mesa de la calle Goya, de la que ya le hablé, sino otra a los pocos años de la anterior, lo llevé en mi coche, en un viaje largo, cruzando la península, del centro al norte, de Madrid a Oviedo. Me habían hablado que había un posible editor en Oviedo, al que no conocía, y allí fui, exponiéndome naturalmente a una negativa. Y sin embargo él aceptó. Aparte del manuscrito, creo que le impresionó, así me lo dijo, mi tenacidad (no sé también si mi temeridad o mi audacia) por hacer ese viaje. En otra ocasión, muchos años después, esta vez respecto a un libro mucho más reciente, los hilos y las gestiones se entrelazaron de modo muy sorprendente. Yo había ido publicando extractos de una novela mía en un blog que llevo desde hace años, y de repente una lectora del blog me escribió para comunicarme que le habían gustado esos extractos y que por su cuenta los había mandado a un editor que ella conocía (que por cierto vivía fuera de España), y lo había hecho con el ruego de que publicase el libro. Y así fue. Ese editor me escribió y me propuso publicar la novela entera. Y eso ocurrió..

—Realmente algo inesperado…

—Si, realmente inesperado.

—Cuando usted habla de ese blog, de ese trabajo suyo, ¿qué le aporta, es para usted un entretenimiento?

—-No, no es un mero entretenimiento. Este blog,  MI SIGLO, que tiene ya más de diez años, me permite llevar a la práctica una cosa en la que creo firmemente: la divulgación de las artes, de la literatura, del pensamiento. A la vez me permite ser de alguna forma mi propio editor. No me dedico tanto a comentar los sucesos recientes del mundo intelectual, digamos las últimas noticias o publicaciones, como en cambio a aportar reflexiones e intentar que revivan autores de distintas épocas, o también simplemente presentar citas o expresiones que me parecen de interés y que pueden enriquecer algo a los posibles lectores. La divulgación del arte y del humanismo en general siempre es un tema que me ha interesado. La creo necesaria. Lo he hecho en libros, a través de entrevistas, a través de artículos, ahora lo hago a través del blog. Dejar hablar a los demás es mucho más aleccionador que hablar uno mismo. Y ahora todo eso lo hago utilizando esta nueva herramienta que me brinda un mundo globalizado y que me llena naturalmente de sorpresas. Un espacio intelectual, artístico y literario como el mío, que parecería no tener mucho eco, y que de repente es leído por mucha gente y de modo casi instantáneo en Corea, en Birmania, en Turquía o en Pakistán, aparte, naturalmente, de Europa, Sudamérica y Estados Unidos que son los que reúnen la mayor cantidad de las visitas que acuden. Según lo que aparece oficialmente en la página se acercan a los dos millones de visitas, que leen, como digo, un espacio y unos contenidos muy reducidos, porque simplemente son contenidos intelectuales, pero eso indica que el mundo del arte y de la reflexión sigue atrayendo. En el fondo, que, hay un deseo de acercarse al pensamiento y a la Belleza.

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará )

TOSOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

NICOLAES BRUYNINGH, DE REMBRANDT

 

“Estos ojos que pertenecen a Nicolaes Bruyningh han cumplido ya los 23 años y siguen con un punto de conmiseración y de leve desprecio los pasos que está usted dando como espectador recorriendo esta sala. Ha entrado usted por la puerta lateral, avanza, y no se ha fijado en estos ojos que le miran con una cierta insolencia porque este hombre de la pintura se sabe ya rico, y sabe que eso es para toda la vida, no como Rembrandt, tan acuciado de deudas a sus 48 años, ni tampoco como usted, que ha venido hasta el museo calibrando bien y ajustando todos sus ahorros. A este Nicolaes Bruyningh que ahora le sigue mirando desde la altura del cuadro le han cuidado y ordenado esta mañana, antes de que usted llegara, los bucles de esa melena ensortijada que le cubre los ojos y también, antes de que usted entrara al museo, le han cubierto con los ropajes negros del Barroco para que usted lo viera bien vestido, pero sobre todo, le han entregado en innumerables sacas  repletas de florines la herencia de su abuelo, y por eso está tan relajado y contento esta mañana,, tan displicente, porque tiene ya una fortuna vitalicia para no hacer nada, sólo para posar, si es que él quiere posar alguna vez, porque también eso puede no apetecerle, o si no para ir cumpliendo tranquilamente los años y celebrarlos sin preocupación alguna. Está observando cómo está usted paseando por la sala y le mira como si hubiera bebido algún licor escondido, y es que ha bebido el licor de la fortuna que le lleva a mirar todo de soslayo, en postura relajada, apoyado en el lateral derecho de una silla y con una contenida burla en las pupilas, “

José Julio Perlado

( del libro  “La mirada”) ( relato inédito)

 

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

(Imagen :- Rembrandt = Retrato de Nicolaeus Bruyningh- 1652- —Kassel, Staatliche Kunstsammlungen, Gemaldegalerie)

 

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (29) : EL SOL, LOS LIBROS, BEETHOVEN

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS (29):  El sol, los libros, Beethoven

 

 

18 mayo

en casa. 10, 25

Una jornada solitaria. Una jornada de descanso. Soliloquios. Lecturas. Apuntes.

Quizá tal vez influido por la conversación de ayer con la periodista, he aquí mi sueño de la noche pasada:
Estoy dormido y sueño que me levanto, me pongo a escribir y escribo que hace poco que he dormido y que quiero escribir un libro de interés. En ese momento me detengo y me pregunto si estaré despierto de verdad y no estaré soñando que escribo; pero no, ya no estoy dormido, escribo y escribo intentando escribir un libro de interés, deteniéndome a cada trecho para comprobar si no estaré dormido. Así, una y otra vez hasta que realmente me despierto y me decido a escribir que he estado soñando.

– por la tarde-17, 20

Al sol ahora, el de las 17, 20 de la tarde se le ve venir muy despacio. Viene de las zonas lejanas de Madrid, toca los barrios de las afueras, luego las casas más cercanas. Tuerce siempre por los tejados y enfila luego la recta que conduce hasta este cuarto donde escribo. Es un sol pálido en invierno y en primavera, sus cristales entran hasta el comedor. Estoy aquí como en un andén, desde hace años: el jarrón con flores, mi retrato cuando cumplí los cincuenta, otra fotografía de A. y yo sentados y contemplando la vida, el mueble de laca que sostiene a la estación inventada, una imagen, y a sus pies, una flor. Este sol de las 17, 20 se detiene siempre en este lado del cuarto, hay un baño de resplandor en las ventanillas del sol, los cristales se quedan quietos ante las puertas, no baja nadie, no sube nadie, no hay ruido alguno, es una sucesión de vagones transparentes que dejan en el suelo sombra y luz. Quedo siempre admirado. Excepto los días de lluvia en que el comedor se encuentra apagado y moribundo, las demás tardes aguardo inmóvil esta llegada liviana del sol que permanecerá aquí unos diez o quince minutos, el tiempo que se dedica a brillar con mayor fijeza sobre los marcos de las fotografías, el tiempo que pasa sobre las flores y el jarrón. Sé que el sol está lanzándome su señal. Mi mujer y yo mudos en el retrato nos dejamos bañar por este singular momento. Poco a poco las sombras se endurecen, los rayos se evaporan. Todo este andén del comedor va quedando suavemente gris, recién visitado, ya solitario. Casi no me doy cuenta cuando el sol se va, se está yendo del cuarto, se ha ido, la luz se disuelve, el sol volverá mañana a las 17,20. Aquí seguiré muchas tardes del año, sin moverme.

Por la tarde – 19, 00

Al fin de esta larga jornada solitaria, interrumpidos los diálogos con la periodista, me refugio hoy en la música. Escucho ahora, a las siete de la tarde, en el silencio del despacho y en estos ratos en que la casa está vacía, la Séptima de Beethoven, esa Sinfonía que tantas veces me acompañó. Especialmente ese segundo movimiento tan lento y dulce que siempre me sobrecoge. Este “Allegretto” lleno de ternura, subidas y bajadas llenas de matices, acunarse de tristezas y alegrías. Casi lo conozco de memoria. Con él he ido conduciendo mi automóvil muchos años por las carreteras de España. Con él también, con este “Allegretto”, trabajé una larga temporada. Fue mi reiterada compañía cuando estaba escribiendo sobre el ocaso de la vida, sobre la paralización de la muerte, sobre la paralización del tiempo. Una novela. Una utopía. Y allí escribí: “… como esos salmones que van tenazmente, determinantemente, casi a pesar de ellos, con una fuerza interior que les empuja y les invade de valor remontar el riachuelo preciso que les vio nacer, y ello lo hacen casi de modo ciego, por su impulso y su energía incansable, y de modo asombrosamente lúcido en su búsqueda de orientación…, sin dudar en medio del laberinto de aguas, volviendo una y otra vez a elegir el exacto camino entre mil caminos desorientadores…, así el hombre vuelve- lo perciba o no, lo desee o no – hacia su principio y su origen. Y tras largas ausencias físicas y espirituales, tras alejamientos que han llegado a durar una vida entera, el hombre se siente impelido a retornar al inicio de donde surgió. Y remontando todo ese río de vida al revés, todos volvemos doblando las embocaduras de la vejez y de la fatiga, arrastrados por el fluir de las edades imparables, como absorbidos por algo que nos vuelve a llamar y que, para atraernos, va despojándonos de vitalidad y de energía. Y son algunos de entre nosotros, los que retornan con pasión por volver; y son otros los que emplean un natural vigor en resistirse a todo ese gran vigor indomable, y aún hay otros, que no encuentran la esencia de ese olor que impregna el retornar de su camino (aturdidos por mil perfumes de la vuelta, y desconcertados mientras se agotan por no desconcertarse), exprimidas todas sus fuerzas, y sin darse cuenta de que, a pesar de todos sus esfuerzos, han llegado a su fin, a su final”.

Continúo escuchando este gran Movimiento de Beethoven.

Por la noche – 21,00

Paseo por la casa antes de cenar entre libros y libros. Recuerdo aquella película: “El año pasado en Marienbad”:

Los pasos del que camina entre libros son absorbidos por las maderas, acogidos por las puertas que crujen conforme avanzan los pasos, habitaciones antiguas que reciben pasos interminables, libros interminables, libros y pasos que suceden a otros pasos y libros, cuartos cargados de autores amontonados, alineados, puertas y maderas que hacen resonar los pasos entre libros, autores encuadernados, autores deshojados, autores recobrados, autores vencidos, suelas de zapatos ligeros, pesados, tacones que aplastan las maderas, manos que empujan las puertas, silencios que abren el picaporte de los ruidos, que abren los labios de los autores, cabecean los lomos, duermen las páginas, los pasos del que camina entre libros rozan los índices, los prólogos, los pasos del que camina entre libros recorren ahora, sí, el costado de las hileras, los títulos, los hombros de los autores escuchan los pasos con sus espaldas unidas en las estanterías, las cubiertas unidas, las líneas también unidas y apretadas, los lenguajes mudos, los idiomas callados, los pasos del que camina entre libros van tocando los bordes de las investigaciones, los ingenios, las ficciones, las manos acarician al pasar la superficie de los ensayos, las imaginaciones, los argumentos, las ilustraciones, picotean los tacones sobre el tablón de las maderas y en esas maderas resuenan poemas de siglos de oro, siglos de plata, prosas, géneros, escuelas, generaciones, crujen estas maderas sobre escenarios de libros de teatro, filman los ojos mientras pasan secuencias y guiones, puntas de pies avanzan entre libros que danzan ante páginas de ballet, dedos mueven las hojas conforme avanzan los pasos del que camina entre libros, sí, del que camina entre libros como lo hago ahora yo, tal y como me va llevando esta madera que cruje conforme avanzan los pasos del que camina entre libros, volúmenes amontonados, portadas, espacios reducidos, fábulas en el suelo, tramas hasta el techo, discursos, narradores, personajes, poéticas, retóricas, las lenguas del lenguaje, rimas, pausas, versificaciones, monólogos, polifonía, tramas, los pasos del que camina entre libros apenas se oyen al final, silencios, silencios… libros que se van apagando tras los pasos, libros que se quedan solos, libros reinando en el tiempo, libros del año pasado, del siglo pasado, libros de todos los siglos cubriendo las estanterías hasta que mi ojo vuelva a cruzar otra noche el paso del que camina entre libros.

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (28) : LOS SUEÑOS

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS  (28) :  Los sueños

17 mayo

– He traído aquí – me dice al entrar hoy la periodista y sentarse en la butaca, a la vez que me muestra unas páginas – unas anotaciones suyas sobre los sueños que están tomadas de una novela que usted publicó no hace muchos años. Hablaba usted de las noches en Nueva York, de la gente dormida, y decía así: “Hay millares, millones de cuerpos acostados, cada uno en su dormitorio, cada uno en su piso, todos los pisos de los rascacielos unos debajo de los otros, todos los cuerpos tendidos. Unos tienen colocada su cabeza a la derecha y los pies a la izquierda y otros han preferido colocar su cabeza a la izquierda y los pies a la derecha. Muchos no pueden dormir por preocupaciones, por disgustos, porque les dan vueltas a las cosas y creen que pensando en ellas las van a resolver”.
Le he leído estos párrafos porque varias veces ha escrito usted sobre los sueños y creo que es algo que le interesa. ¿Por qué no me habla de ello?

– Bien. El mundo de los sueños, sí, siempre me ha interesado. He escrito sobre ello en varias ocasiones. Lo cierto es que sobre el sueño en la literatura se ha escrito muchísimo. Un autor francés comentaba que es asombroso que cada mañana nos despertemos cuerdos, después de haber pasado por esa zona de sombras, por esos laberintos de sueños. Borges por su parte, como usted sabe, aseguraba que el sueño es una obra de ficción y que posiblemente sigamos fabulando en el momento de despertarnos y también después, cuando contamos los sueños . Quizá en el sueño seamos “la cosa que soy”, añadía Borges, quizá seamos nosotros. Esto se olvida al despertar. Sólo podemos examinar de los sueños su memoria, su pobre memoria, concluía el gran escritor argentino. A ese mismo sentido de relación entre creación y sueño se refería un día en Madrid el psiquiatra Rof Carballo cuando me comentaba que todos nosotros somos creadores en el sueño y que en el fondo, lo mismo que el misterio del sueño, la creación es muchísimas veces vaticinadora, es decir, anticipatoria, reveladora. Recuerdo también la pregunta que un novelista quiso hacerse: ¿qué soñaré mañana? Eso no podría nunca contestarse, es una pregunta casi surrealista, pero en cambio muchas veces uno puede sentirse atado por lo que soñó anoche, si es que lo recuerda, que a veces es difícil recordarlo. Me viene ahora a la memoria, en el momento en que usted me habla de ello, una curiosa historia que me contó un amigo mío, al menos me dijo que así había sucedido, no sé si había sucedido así o no, porque yo siempre pensé que me la contó por si quería aprovecharla para algún relato o para algún cuento.

-¿Y la aprovechó?

-No, no lo aproveché porque, tras escucharla, me pareció una historia casi imposible, una historia casi anclada en el absurdo. Para mí, algo difícil de escribir, y además con ciertos tintes de terror que no me gustaron.

-¿No le gusta el terror?

-No, no me gusta. A pesar de que mi mujer suele decirme que me gusta el terror, el terror en sí no me gusta. Me gusta la intriga, lo policíaco, lo misterioso, los caminos que llevan a un complejo desenlace, el suspense, pero no el terror. Me acuerdo, por ejemplo, cuando me salí del cine viendo “El resplandor”, que no aguanté.

-¿Y cómo era esa historia a la que usted se refiere?

-Pues sencillamente una tremenda historia de celos: una mujer que intentaba dominar a un hombre controlándolo hasta el límite, controlando incluso sus sueños, entrando en ellos.

-¿Cómo entrando en ellos?

-Sí, entrando en sus sueños. Aquella mujer poseía, podríamos decir, una disposición especial para absorber cuanto le iba contando su marido. Ella lo asimilaba, lo engullía todo. Estaba obsesionada. Quería saber todo lo de él. Como naturalmente no podía saber en qué soñaba, le preguntaba continuamente, al día siguiente ¿qué has soñado hoy? Le asediaba : ¿ qué has soñado esta noche pasada? ¿qué soñaste ayer? Generalmente el marido no recordaba apenas nada, hacía especiales esfuerzos por complacerla, aunque no recordaba sino cosas muy generales, pero otras veces, quizá porque estaba ya cansado del asedio de su mujer o tal vez por tener especiales momentos de lucidez, intentaba describirle el sueño que había tenido y lo hacía lo mejor que podía, aunque ella seguía siempre adelante, incansable, preguntándole una y otra vez,: ¿y con quién estabas? ¿cuánto duró ese sueño? ¿qué hiciste? ¿era el mismo lugar que me contaste el otro día? ¿estaban las mismas personas? ¿qué te decían? ¿qué les decías tú?, cuéntame como era el sitio, los detalles … Un enorme agobio. Quería saber qué había estado haciendo su marido mientras soñaba. En el fondo pensaba en su infidelidad, estaba obsesionada con su infidelidad incluso en el sueño. Una noche, sin embargo, el marido, al cerrar los ojos y disponerse a dormir y nada más abandonarse durante un rato a la tranquilidad del sueño, se incorporó de improviso en la cama con un grito angustioso, un tremendo grito de sobresalto y se quedó allí, sentado encima de la cama, temblando. Acababa de verla. Acababa de ver a su mujer de pie dentro del sueño de él. Estaba esperándole. Le esperaba con una sonrisa enigmática, casi siniestra. “Aquí estoy”, le había dicho mirándole fijamente, “ Aquí estoy esperándote “. Espantado, se despertó, se volvió al lado de la cama donde tenía que estar su mujer y allí no había nadie. Su mujer, me dijo mi amigo, seguía dentro del sueño de él. Y ese hombre nunca volvió a soñar más.

-¿Pero qué sucedió después, no le contó qué pasó con ese matrimonio? –

. No. No me contó nada más..

-¿Y no va usted a escribir nada sobre eso?

-No. No voy a escribir nada.

-Indudablemente, como usted dice, esa historia tiene un cierto punto de terror ¿ Nunca se ha animado a escribir algo de terror?

-No. Ya le he dicho que no me gusta el terror.

– ¿Y el humor? En cambio he leído cosas suyas escritas con gran sentido del humor…

– ¡Ah, el humor es una cosa muy distinta! Se lleva o no se lleva dentro. Se tiene o no se tiene. Creo que tengo sentido del humor, es una realidad, no es ningún mérito, pero nunca sé ni me planteo cómo he podido conseguirlo. El humor nace o no nace. No se puede inventar.

-¿Alguien en su familia tiene también sentido del humor?

-Sí, mi padre  en cierto modo lo tenía. También mis hermanos. Mis  tres hijos creo que también lo tienen, unos más que otros. No sé si lo han heredado de mí. Pienso que muchas veces están esperando una respuesta mía o una visión mía con algún rasgo de humor para saber que estoy perfectamente vivo, que soy yo, para reconocerme enseguida y comprobar que no estoy enfermo.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” -Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (27)—CALIGRAFÍA

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS  (27) :   Calígrafía

Tal como me prometí el otro día aquí está mi relato “CALIGRAFÍA”  :

 

He intentado esta mañana hacer una pausa en la oficina, tomar aliento y no contestar mal al subdirector general y pensé en mi madre, en aquella cocina bajo la campana de la chimenea, los cacharros limpios y refulgentes colocados en las paredes, las sartenes, las ollas, los cuchillos y en el centro la mesa con su mantel de hule y la lámpara de pantalla verde con la luz cayendo sobre mi mano y también sobre su mano, rodeándome su mano los nudillos, la mano de mi madre es sonrosada y cálida, nunca me ha dado una bofetada, la mano de mi madre me cubría la mía sobre el cuaderno de caligrafía y la voz de mi madre hablaba muy cerca de mi oreja, tiene una voz firme y suave a la vez, cuando quiere se enzarza con los vecinos e incluso les grita, tiene razón, porque la convivencia es difícil y ella sabe defender su territorio, defender a mi padre, a mi hermano y a mí, aunque cuando me cubre con su mano y me lleva el pulso de la caligrafía en el cuaderno cuadriculado su voz junto a mi oreja es decidida y dulce, más decidida que dulce, ten cuidado con las eles, hijo, me va diciendo, tienes que seguir hasta arriba sin separar el lápiz del papel porque son como árboles, ¿ los ves?, son palos, hay que subir despacio, así, ahora te llevo yo, no, no sueltes el lápiz, luego afinaremos la punta porque se está poniendo gruesa, pero ahora estate en lo que estás, tiene que subir hasta arriba la ele y luego bajar sin parar ni separarte, así, bien, yo creo que ahora sí lo estás haciendo bien.

He intentado luego salir del despacho del subdirector general sin dar un portazo, procurando incluso que encajaran bien las hojas de las puertas al cerrarse y no soltar el pomo de la puerta bruscamente como hago siempre, dejar que los nudillos se apartaran del pomo suavemente, como si no pasara nada aunque todo está pasando, porque me han encargado por cuarta vez el mismo informe, había que repasarlo y consultarlo en el ordenador y además él dejó caer la crisis de la empresa, que, en principio, dijo, no me afectaría a mí porque llevo ya años, pero que las empresas, y eso sí lo dijo mirándome a los ojos, no son sitios para toda la vida, tienen sus vaivenes igual que las personas, y así salí caminando deprisa por los pasillos, no quise bajar por la escalera principal para no encontrar a compañeros, iba nervioso y bajé la escalera lateral que casi nunca uso, bajé con las páginas del informe en la mano descendiendo deprisa, huyendo de no sé qué, sin duda de mí mismo, con esta vena que se me pone en la sien y esta aceleración del corazón como si se desbocase, como si me fuera a caer por la escalera, y aquello me hizo otra vez volver a los recuerdos.

Recuerdo la paz de aquella cocina en la noche, la cortinilla que nos separaba de los dormitorios, el silencio de la casa y la pausa, la pausa con la que mi madre acercaba su silla a la mía, acercaba su olor limpio a mi cuerpo, a mí me tiraban un poco los pantalones cortos, había veces en que me caía de sueño, intentaba apoyar mi cabeza doblada en el hombro para escribir más descansado pero mi madre, recuerdo, con su mano izquierda me iba enderezando la derecha mía, nada decía, no me regañaba, comprendía que no eran horas para estar atento, pero había que hacerlo, repetir una vez más el trazo de la ele como repetiría yo ahora por cuarta vez el mismo informe mientras bajaba deprisa las escaleras. Pero no corras, hijo, no vayas deprisa, recuerdo que ella me decía, tengo el recuerdo de mi madre a mi lado sujetándome el pulso, no es cuestión de correr sino de hacerlo bien, ahora vamos con la b, que tiene un trazo grueso, ¿lo ves?, has de apretar aquí el lápiz sobre el papel, nos saldría mejor con una pluma, mañana lo haremos con una pluma, pero yo ya me aterrorizaba de pensar que al día siguiente, a la noche siguiente después de cenar, tendría otra vez que enfrentarme con la b, ya estaba avisado, había que repasarlo con la pluma, volver por el mismo camino y a lo mejor mancharse de tinta, pero lo importante no era la pluma ni tampoco la tinta sino repetir, repetir, que me anunciaran ya el día anterior que había que hacer lo mismo al día siguiente ¿por qué me lo decías madre?, mi madre no contesta, la veo ir y venir de la lavadora al lavaplatos, inclinarse a coger la ropa, dar un vistazo al horno, sacar las ropa al patio e ir cargada con el cesto en la cadera, tender, meterse las pinzas en la boca mientras estira los brazos y abre las sábanas, al otro lado de la cuerda se ven las montañas y el mar, el mar hoy está azul y manso, transmite una ligera brisa y una leve espuma, pero el mar es el paisaje o el decorado, como el reloj de cuco que tenemos en la cocina, el mar es la monotonía, mi madre no lo ve, extiende las sábanas blancas y va sacando y metiendo de su boca las pinzas de tender y abriendo los brazos y estirándolos en una operación siempre igual, la misma que mi pluma o mi lápiz hace subiendo y bajando la b, ¿lo ves?, dice mi madre con su boca en mi oreja, ahora nos ha salido mejor, a mí siempre me anima ese “nos” que pronuncia porque parece que trabajáramos juntos, y que yo no estuviera como esta mañana solo con el informe, llegando ya al primer piso, al pasillo, a la cuarta puerta que es la de mi despacho. A mi despacho en la oficina nunca vino mi madre ni nunca vendrá. Las madres no saben el lugar donde trabajan sus hijos, les basta conque trabajen y que no pierdan su empleo. Yo pienso no perderlo, arreglaré este informe, arreglaré la mesa, colocaré los recuerdos en su lugar y no me preocuparé cuando mi padre me llame a su despachito azul, ese pequeño cuarto con cortinillas y con dos sillones grandes, ese despachito cálido y silencioso donde mi padre escribe poemas que es su diversión, un entretenimiento, no quiere ver televisión, me niego a ver televisión, dice, y se levanta del comedor nada más conocer el titular de las noticias y se mete en este despachito azul a escribir, a leer, a consultar cuadernos, a veces a hacer los crucigramas de los periódicos.

¿Y la caligrafía?, me pregunta mi padre. Yo estoy sentado en el sillón frente a él, apenas me llegan las piernas al suelo, tengo en mi mano el cuaderno cuadriculado en el que están trazadas muchas veces la ele y la b y mi padre, lo recuerdo, sonreía, tendía su mano para recoger el cuaderno, lo hojeaba y me felicitaba, ¿lo has hecho solo o te sigue ayudando mamá?, solo, solo, le digo con los ojos brillantes, y es verdad, después de tantas sesiones nocturnas, la última línea del cuaderno la he hecho yo solo, eso sí, afilando la punta del lápiz y apretando fuerte en las subidas de la letra para aflojar después en las bajadas, y lo que no he hecho es escribir con la pluma. Me gusta este despacho. Cuando murió mi padre tuve que ser yo, por ser el mayor, el que abrí los cajoncitos del escritorio, aparté los sillones y extendí en el suelo, encima de la alfombra, todos los papelitos que él había escrito, papeles que eran trozos de sobres, papeles cortados en tiras largas, papeles que asomaban de sus cuadernos. Mi padre nunca publicó nada de eso porque era funcionario, vivíamos de su sueldo del Ayuntamiento y él venía en el metro y en autobuses como un sonámbulo, como un autómata, venía con su sombrero flexible y gris y su bigotito canoso, soplaba, soplaba al subir las escaleras, pero soplaba muy despacito, juntaba los labios en un hueco, miraba al frente, y soplaba leve y continuamente como si apagara una vela, yo creo que estaba cansado de la vida, iba soplando y diciendo “¡qué vida, qué vida!”, yo no se lo oí nunca, lo imagino aunque no se lo oí, pero de la forma con que él soplaba al subir no creo que le cansaran las escaleras sino todo lo que había hecho y lo que aún le quedaba por hacer, se levantaba muy temprano, se afeitaba con esmero, desayunaba en una mesa camilla al lado de la cocina, mojaba unos pedazos de pan en el café, los domingos mi madre se los tostaba o se los freía, entonces me llamaba mi padre, Siéntate aquí, y me extendía sobre las piernas las faldas de la mesa camilla, yo esperaba el chocolate, los domingos mi padre, mi hermano y yo tomábamos chocolate con aquellos torreznos, no había Ayuntamiento para mi padre, no había clase, no había nada que hacer, en los veranos y en la primavera pasaban por la ventana abierta muchos pájaros, se veían los tejados rojos de la ciudad, un pájaro venía al olor del desayuno y se posaba en el borde de la madera y yo le veía en el reflejo del cristal pero me dedicaba a sorber despacio la taza de chocolate que ya no humeaba porque la habían enfriado los torreznos, y yo miraba al pájaro, le veía ir y venir por el alfeizar moviéndose nervioso, el pico alto, el pico bajo, esperando una miga de pan y yo miraba también a mi padre que había abierto las hojas del periódico sobre el mantel blanco de la mesa camilla porque mi madre lo cuidaba todo, sacaba los domingos un pequeño mantel para el desayuno, un mantel que yo había visto tender, planchar y recoger y ella seguía en la cocina oyéndonos desayunar tranquilamente, oyendo seguramente al pájaro, haciendo mil cosas en la casa para que nosotros tuviéramos un domingo tranquilo, mi padre con sus gafitas de leer siguiendo las noticias del periódico y yo moviendo ya las piernas porque me quería ir, ¿qué hacía ya allí?, el pájaro se había cansado de esperar, no sé cómo lo hacen pero de pronto se hunden en sí mismos, se concentran y se unen, unen sus plumas, no sé si presionan las patas, no sé cómo lo hacen, pero hay algo instantáneo en los pájaros que les hace de pronto volar, están quietos, nadie les llama, nada les urge, ¿hay un olor al otro lado de los tejados? ¿ es una luz?, de pronto emprenden vuelo inesperado, se les ve, ya no se les ve, entonces aprovecho para quitarme la servilleta, hago una seña a mi hermano para que nos vayamos y nos vamos los dos a jugar al fútbol al patio de abajo. Entonces lo que voy a hacer ahora es corregir este informe, darle la vuelta, sentarme y darle a las teclas, mirar la pantalla, todos estamos mirando a pantallas y el mundo va deprisa, sí, aquí en este despacho hay nada menos que cuatro pantallas para los que trabajamos y nos turnamos, no se sabe bien en qué escribiremos dentro de cincuenta años, las pantallas seguramente serán más finas, más pequeñas, ya las hay más pequeñas, a lo mejor existirán menos oficinas, me acuerdo de un cuento de ciencia- ficción en el que las oficinas eran precisamente los relojes, las gentes llevaban la oficina portátil en la muñeca y según los timbres que sonaban llamaba al reloj el jefe de sección o el responsable de inversiones o quien llevaba los pedidos, los relojes eran de distintos colores y tamaños según las empresas y al cruzar una calle o ir en el metro a uno no sólo le podían llamar desde cualquier sección sino que, apretando un botón y dando a una clave, uno mandaba instantáneamente el documento solicitado, la oficina y el archivo estaban siempre dentro de la esfera del reloj, y no sólo era agenda y soporte del texto y de mensajes como lo es ahora sino pantalla en la que aparecían los rostros de los jefes, el movimiento de sus manos, si estaban iracundos o pacíficos, una relación tan intensa, tan superior a los móviles actuales, que era difícil de eludir. Un agobio. Pienso para qué sirve la caligrafía de las primeras letras, aquel ir y venir cuidadoso de la muñeca y de los dedos cuando ahora sólo se usan las yemas tecleando, la pantalla nos entrega las correcciones ortográficas y no importa el grosor o la finura de los trazos. Pero sí, sí que importa, me decía mi madre llevándome de la mano en la escritura, importa saber las reglas de las sumas, importa aprender qué hora es en el reloj, importa doblar bien las colchas de las camas, apagar correctamente las luces para no gastar, aprender a ir despacio. ¿Cómo a ir despacio, le preguntaba yo a mi madre, si nadie va despacio? ¿ quién va despacio por la calle?, sólo los viejecitos. Y años después me dí cuenta de que era verdad, como tantas cosas de los padres los recuerdos me vinieron mirando un paisaje, yo no era un viejecito, falta mucho para que llegue a viejecito, a lo mejor no llego nunca, pero mirando aquel paisaje, recuerdo que era un valle soleado, también recuerdo que había sombras de montañas, rebaños lejanos en un fondo amarillo, pueblos de techos de pizarra, techos grises y ladeados en torno a una iglesia de tejado metálico, campos sembrados, unas masas de árboles, un riachuelo, pero sobre todo la hondonada, el ir y venir blanco de la carretera, la calma, el sol en la calma, y me dije que había que mirar todo aquello despacio, no huir corriendo a la ciudad, no escapar enseguida, si te vas ahora, si te subes deprisa a esos automóviles aparcados ¿ a dónde vas?, vas al tumulto de la procesión de coches, vas a la larga caminata de vehículos, a la gente nerviosa, al atasco a la entrada de la gran ciudad, vas a las calles repletas, a las ruedas girando para encontrar aparcamiento, vas a los semáforos en rojo, a los pitidos nerviosos, después subes mirando el reloj en el ascensor, habrán empezado la reunión, el jefe ya estará de pie dando instrucciones, el móvil sonando, tú te dices y se lo dices también a tu madre que no puedes ir despacio, no se lo dices porque eres un niño, porque estás en la cocina inclinado en tu cuaderno, porque aún no sabes el concepto de velocidad ni de lentitud, pero algún día se lo dirás, algún día lo sabrás, ¿te acuerdas cuando descubriste en aquella cena romántica con Lidia, a la luz de unas velas, el concepto de lentitud?, había que ir despacio con la mujer del pelo castaño que era tu mujer, al otro del mantelito rojo y de las velas rojas, al otro lado de los altos vasos de cristal, de los cubiertos deslumbrantes y de los platitos para el pan, descubriste aquella noche dos conceptos: el concepto de lentitud y el concepto de tiempo, las mujeres quieren tiempo, que les regales tiempo, vienen acicaladas y perfumadas, han ido a la peluquería, después se han esmaltado las uñas, antes se han acercado al espejo, han levantado las cejas, se han pintado cuidadosamente el ojo, han fruncido los labios, han pasado su lápiz en la curva de los labios, han vuelto a fruncir, se han ladeado, Lidia antes de cenar contigo se había ladeado ante el espejo, había retocado su melena, después se colocó un vestido rojo y un pañuelo negro de seda, aún se acercó y se alejó varias veces en el espejo del cuarto de baño, luego en el del dormitorio, y aún se dio otra vuelta, llevaba unos zapatos elegantes y un diminuto bolso negro de noche, aún se perfumó un poco antes de salir, ¿qué quería?, tiempo, que le dedicaras tiempo, no que le compraras grandes cosas sino que le regalaras tiempo, ¿ lo hiciste?, dime, ¿lo hiciste?

Y entonces, además de este informe, habrá que arreglar los armarios, además de perderme en esta navegación de cifras, archivos, copias, carpetas, teclas, comprobaciones, además de ver cómo bajan y suben las ventas por la pantalla, cómo descienden y desaparecen los números, cómo desfilan las marcas de las empresas, cuáles son los acreedores y los proveedores y dónde están guardados los informes de los presupuestos, además de todo eso, hijo mío, ahora vamos a arreglar tú y yo los armarios, tú no sabes arreglar armarios porque crees que es cosa de mujeres pero yo te voy a enseñar, te servirá para cuando vivas solo. Mi madre me va abriendo los armaritos de la cocina, me va mostrando cómo se ordenan las cacerolas, en qué lugar se ponen las sartenes, cómo deben estar dispuestas las botellas, el vinagre, el aceite, el tarro de la sal, el pequeño bote con especias. Después vamos al dormitorio y luego al comedor e incluso luego al cuarto de baño y mi madre va abriendo armarios pequeños y grandes, los de los calcetines, los de las camisas, los de los cubiertos, los de las medicinas de mi padre, veo en mi pantalla todos los armarios abiertos y cerrados, la mano de mi madre me enseña a ordenar por colores los calcetines de mi hermano, los de mi padre y los míos, si le doy al clic del ratón aparecen las camisas colgadas en sus perchas, esas camisas que yo he visto a mi madre tender en el patio e ir sacando y abriendo y extendiendo aún mojadas del cesto de la ropa.

Ven, ven por aquí.

¿Pero aún no hemos acabado?

No. Tú te cansas enseguida. Voy a enseñarte más cosas.

¿Más cosas?

La tarea de una casa es interminable.

Mi madre me enseña cómo están ya la orquídea y la azalea del salón, el modo de regarlas, la azalea queda en el centro de la pantalla del ordenador, toma relieve, la mano de mi madre aparece en primer plano enseñándome el modo de regar y así el video que mandaré a mis amigos de este verano les dejará sorprendidos porque no pueden imaginar que se haya conseguido tal calidad, seguro que me preguntarán ¿pero tan joven es tu madre?, a mí me enorgullece cuando me lo dicen y cuando veo así a mi madre, en este video que está filmando ahora mi hermano pequeño desde la puerta del comedor y en el que estamos los dos, mi madre y yo, ella enseñándome a regar la azalea y diciéndole a mi hermano mientras se ríe “¡Pero no nos filmes!”, y lo dice casi enfadada aunque entre risa y risa, “¡lo que importa es que tu hermano aprenda! ¡Y tú, tú también tenías que aprender!” le repite a mi hermano, lo dice contenta y despreocupada, es alegre mi madre, en este video se la ve cómo deja la azalea y la orquídea y abre ahora de par en par la puerta de la terraza para que nos dé bien el aire del mar, mar que viene de lejos, del otro lado de las casas, el olor a mar que ningún video puede recoger porque los videos de YouTube no tienen olor, ya pueden descubrir e inventar lo que quieran que por ahora el olor sólo se puede imaginar, por ejemplo, olor de lluvia sobre el campo, o el olor a pan recién hecho, si pulso play escucho el chasquido de esta corteza del pan, cómo se abre la corteza para que se esponje la miga y cómo esta miga blanca queda desmenuzada en pedacitos jugosos que se mete mi madre en la boca mientras se inclina hacia mi caligrafía, “A ver, no te distraigas”, dice mi madre, porque a ella le gusta masticar pequeñas migas de pan que va pellizcando de la mesa de la cocina, se mete esas pequeñas migas en la boca y las saborea y las da vueltas entre los dientes y las encías sin tragarlas, yo creo que no las traga, que las lleva ahí, entre las encías y la lengua y cuando yo me río se le escapa un coscorrón, recibo un coscorrón con la palma de su mano, un coscorrón dulce en mi nuca, ni siquiera es coscorrón, una palmada, es más una caricia que una palmada porque me he desviado en el trazo, he confundido las ventas con los proveedores, las carpetas con los presupuestos y luego tendré que bajar a buscar más archivos al sótano, pero suena el móvil, ¿entonces, vendrás tarde?, me dice Lidia, pues no sé, creo que no, sí, le digo, pienso que no, aún me queda trabajo, no me esperes, suelo salir con todos por los ascensores a las seis en punto, no sé, hoy no creo que pueda salir, y me vienen otra vez recuerdos de los autobuses, ahora que pienso de repente en el autobús, no sé por qué me vienen tantos recuerdos.

El autobús llegaba en la curva, venía a toda velocidad, siempre hacía el mismo trayecto y a la misma hora, yo estaba esperándole en la parada junto a los carteros, los carteros con sus sacas vacías, siempre los mismos carteros, todos volvíamos a casa, volvían los cristales y las luces rojas y azules del autobús girando en la curva, los comercios iluminados, caía una fina lluvia, venía el autobús abarrotado, las gentes adormiladas contra las ventanillas, y de repente la muerte, tú no la verás, te la contarán, la imaginarás pero no la verás, si eres capaz de acordarte te quedarán en la memoria aquellos periódicos mojados cubriendo el cuerpo junto a las ruedas del autobús, no, no verás aún a la muerte pero te contarán que ha sido un niño al cruzar y un golpe seco, chillidos, no te unirás a los curiosos porque te quedarás paralizado junto a aquellos carteros y sus sacas vacías, entre las gabardinas y los paraguas verás aquellos periódicos que tapan el cuerpo, los verás fugazmente, y sin embargo la muerte te acompañará, será tu amiga, una amiga limpia que te habla de la fugacidad de la vida, hoy está aquí tu madre junto a ti, en la mesa de la cocina, cuidadosa con tu caligrafía, y mañana no está, hoy está aquí tu padre con sus gafas de leer inclinado en su despachito sobre poemas y crucigramas y mañana no está, ¿dónde está?, comprendes que haya gente que cambie de ciudad para olvidar la muerte, que cambie de barrio, que cruce por otras calles, que dé la vuelta para huir de los recuerdos, pero los recuerdos son buenos, a mí me acompañan, vas hacia ellos o ellos vienen hacia ti, a este comercio entrabas con tu madre, ella bajaba los dos escalones y en un momento de descuido tuyo, para darte una sorpresa, te compraba chocolate, no el chocolate de taza de los domingos sino un chocolate especial, una tableta fina, olorosa y crujiente de chocolate negro envuelto en papel de plata, entonces ¿cómo es que te acordabas, mamá? quisieras preguntarle, pero no se lo preguntas, te asombras, en este cuarto junto a la terraza extendía mi madre la tabla de la plancha y le daba a su mano lentamente de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, lentamente hacía lo que menos le gustaba, era su mayor aburrimiento, planchar, planchar, ahora pasas deprisa por ese rincón donde estaba la plancha y está el recuerdo, pero no te distraigas ahora, hijo mío, no te distraigas, no me mires tanto planchar que ahora enseguida vamos a ponernos tú y yo otra vez con la caligrafía.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”—Memorias

 

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (26) : FICCIÓN , MEMORIAS, CERVANTES

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (26) : Ficción, Memorias, Cervantes

 

 

—Me hablaba usted antes del “cementerio de los elefantes”…—me dice la periodista.

 

– Sí, “el cementerio de los elefantes”, como le comentaba el otro día, es para mí una gran lección. Uno se esfuerza en escribir, en trabajar, unas veces acierta y otras no, pero al fin, al paso de los años, uno acabará de una u otra forma en “el cementerio de los elefantes” ; eso suponiendo que uno sea “elefante”…, que yo no lo soy…

– Es usted muy modesto.

– No. Yo tal vez sea un elefante muy pequeñito, muy pequeñito, de los millares y millares de elefantes pequeñitos que hay entre los escritores del mundo. Cuando uno pasea por entre los títulos de tantas obras alineadas, de tantas colecciones organizadas por colores, por encuadernaciones o por premios, es como si uno paseara por un largo y aleccionador claustro haciendo meditados ejercicios espirituales literarios, con reflexiones sobre la caducidad de la fama y sobre la vacuidad de las cosas. Es un paseo muy necesario, muy higiénico.

. – Entonces, ¿qué es lo que queda de todo eso?

– Pues queda la obra bien hecha, lo que se ha hecho con dedicación, con amor, la satisfacción de haber intentado lograr una obra bien hecha. Es la satisfacción del intento, ni siquiera la del logro, que no siempre se consigue. Además, ese logro está completamente cercado de avatares.

– ¿Qué avatares?

– Pues avatares de todo tipo, de modas, de gustos, de costumbres. Piense usted que naturalmente ya no se escribe, por ejemplo, como Dickens o como Galdós, y sin embargo los dos intentaron la obra bien hecha, y en algunos de sus libros lo consiguieron. En el caso de Galdós, cuando un periodista va a verle y él está ya casi ciego al final de su vida, en un momento de la entrevista, le pregunta, “¿Pero usted, don Benito, después de sus cien libros y de sus numerosas obras de teatro; después, en fin, de medio siglo escribiendo, supongo yo que no trabajará por necesidad, sino por placer, por crear…? “. Y Galdós le contesta:- “!No, amigo!… A pesar de toda mi labor pasada, si en el presente quiero vivir, no tengo más remedio que dictar todas las mañanas cuatro o cinco horas y estrujarme el cerebro hasta que dé el último paso en esta vida”. Esto respecto al trabajo, que es algo más bien normal en cualquier persona. Pero luego vienen las modas, las costumbres, los cambios en los gustos, los avances en la forma de narrar, la influencia de los nuevos medios técnicos, del cine, de tantas cosas modernas en el mundo de la comunicación : todo ello marca naturalmente y repercute. Y también las devociones y los desprecios, los puntos de vista tan encontrados, muchas veces tan radicales. Le hablaba hace unos días de Bresson y de mi conversación con él en París, de cómo él amaba a Dostoievski ; pues bien, si leemos las clases de Nabokov sobre literatura rusa Dostoievski queda muy apartado, y se ensalzan en cambio a Chejov o a Tolstoi. Por otro lado Gombrowicz desdeña a Camus, Canetti ataca a Iris Murdoch… etc, etc. Todo son puntos de vista diferentes y todos muy legítimos. Todo es cuestión de preferencias y de revisiones. Pero esto son cosas técnicas o teóricas, como usted ve, que sin duda interesan únicamente a los especialistas. Lo importante, como recordaba un autor destacado, es que no puede quedar bien nada que no se haga con amor.

– ¿Usted cree que ha hecho las cosas con amor?

– No todas, pero en muchas lo he intentado, sobre todo en los últimos años. Es lo que queda: la esencia de lo que queda cuando se escribe. Pienso que así debía ocurrir en todas las cosas de la vida.

 

. 15 mayo.

 

En “La Barranca” – Navacerrada

 

 

Antesdeayer, lunes, de nuevo con Senabre en “La Central”, aprovechando que venía él de Alicante a Madrid para pasar aquí unos días. Lo pasamos muy bien. Días atrás le había mandado varias páginas de este libro para que las leyera y la verdad es que aprendí mucho cuando las comentó, como siempre que hablamos de literatura. Al aludir a mis descripciones de la casa de la calle de Goya su pensamiento, me dijo, se le había ido casi sin querer a escritores que habían dedicado páginas a las casas, tanto en su exterior como en su interior, que son muchos, y luego nuestra conversación se desvió por este tema de las casas y acabamos nada menos, mejor dicho acabó Senabre, citando al siglo de Oro y a Vélez de Guevara, con su “Diablo cojuelo” que tanto le gusta , el autor que levantaba los techos de las casas de Madrid. Yo le recordé, en otro sentido, a un escritor que me interesa mucho, Georges Perec, por sus experiencias literarias, y comentamos la enumeración exhaustiva y minuciosa que él hace de la casa de pisos en la calle Simón -Crubellier de París. Y así nos entretuvimos casi toda la mañana hablando de casas en general y luego del libro de Sandra Petrignani “ La escritora vive aquí” y de las casas de las autoras que ella describe. Como siempre, una conversación muy aleccionadora y agradable.

Y al fin, tras esta conversación del lunes con Senabre, he decidido incluir en estos “ Cuadernos Miquelrius” algunos de los cuentos que he escrito en estos años. Es cierto que nada tienen que ver con el tronco central de la larga entrevista que me está haciendo la periodista, y ello hasta me mantenía dudoso y preocupado. Pero al confesarle el lunes a Senabre mis dudas él me ayudó enseguida, como hace siempre. Defendió toda clase de cuentos, relatos o episodios intercalados que suelen aparecer en muchas obras literarias y me puso muchos ejemplos. Ante mi sorpresa, y en medio de la conversación a media mañana, se levantó de uno de los sillones en donde charlábamos, se acercó a una de las estanterías de “La Central”, y tomó el volumen del Quijote que editó hace ya varios años, en 1998, el Instituto Cervantes, un magnífico volumen con Notas complementarias. Senabre me leyó parte de lo que él mismo comentaba allí sobre las dudas de Cervantes en la Segunda Parte del libro y sobre si fue oportuna o no la inclusión en la Primera Parte del relato “ El Curioso impertinente”.

– Mira – me dijo Senabre – lo que Cervantes dice aquí por boca del Bachiller – y me leyó : “una de las tachas que ponen a la tal historia es que su autor puso en ella una novela intitulada “El Curioso impertinente”, no por mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced del señor don Quijote”. Muchos autores, por tanto, han incluido pequeñas historias ajenas a la historia central dentro de sus libros. Y lo que estás haciendo, añadió, es perfectamente razonable, e incluso, creo, puede darle mayor variedad al libro. Por otro lado, en muchas de estas páginas que me estás mostrando aparecen varias facetas tuyas, la de profesor, periodista o conocedor de escritores, tus encuentros con artistas diversos y tus reflexiones, cosas que han sido una constante en tu vida, pero tampoco tienes por qué esconder tu perfil de cuentista y de novelista, y esto cabe perfectamente en un volumen al que tú de algún modo calificas de Memorias. Piensa, por ejemplo, en algunas obras de Sergio Pitol que mezcla diversos géneros. O en los relatos que en medio de sus “Diarios” introduce de pronto Ricardo Piglia. Pero tampoco hay que ceñirse a Pitol o a Piglia. Cervantes, como digo, mete relatos intercalados en la Primera y en la Segunda Parte del Quijote, Mateo Alemán introduce cuatro novelas breves, cuentos y anécdotas para dar variación a su “Guzmán”, e incluso Graham Greene defiende esos relatos breves dentro de una obra, que para el creador, así lo llama él, son otra forma de escape. Muchos han aplicado esa fórmula.

Todo esto me ha animado a incorporar más relatos. Me ha dejado tranquilo. Introduciré en estas Memorias el relato “Caligrafía”.

 

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” — Memorias

 

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (25) : NUNCA SE CONOCE A UNA PERSONA

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS   (25)—Nunca se conoce a una persona

 

—Veo que le sigue impresionando el tiempo. Entonces, ¿le impresionaba todo aquel “cementerio de los elefantes”, como usted lo ha llamado?

 

– Mas que impresionarme me hacía pensar. Mire usted, como usted sabe, yo estoy ahora en trance de escribir un libro, mas bien avanzo muy poco a poco en unas páginas que yo quisiera titular “Los Cuadernos Miquelrius”, (y el título se lo he dado precisamente por esos cuadernos que usted ve aquí, sobre esta mesa, estos cuadernos alargados) : intento que ese libro reúna, no sé si lo conseguiré, una serie de reflexiones en las que quiero incluir, e incluso mezclar, recuerdos, entrevistas y fórmulas de Diario, quizá alternadas con cuentos ( no lo sé aún), y ese libro no aspira a ser otra cosa que una especie de evocación de la memoria, o tal vez unos extractos de Memorias, no sé, no quiero subtitularlas “casi Memorias” porque no lo son, serán memorias inconexas, poco lineales, tampoco muy completas.

En mi vida, como alguna vez usted misma me lo ha querido recordar, he tenido la suerte o el privilegio de conocer a personas relevantes, destacadas, al menos para mí, en el campo de las artes. A veces las he encontrado de repente, sin buscarlas, por ejemplo a Ezra Pound en Spoleto, una mañana soleada de 1965, aunque no pude hablar con él ; o a Hemingway en Madrid; otras veces, en cambio, las he buscado yo: he ido, por ejemplo, en Madrid a hablar con Baroja en 1955. De alguna forma u otra a estas personas, aún no sé cómo, las citaré en el libro.

-Es gente muy interesante. ¿Va a hablar de todos ellos?

-A algunos los citaré. A otros les he dedicado ensayos o artículos, por ejemplo a Hemingway cuando murió, en 1961.

– ¿ Entonces esos ” Cuadernos Miquelrius” de que me habla no van a ser un libro de ficción, una novela, algo parecido a lo que ha escrito usted en otras ocasiones…?

– No, no pienso que sea exactamente un libro de ficción, será un libro de Memorias,  pero sí tendrá algo de ficción porque ya sabe usted que la memoria recoge, modifica y amplía, y hace mil cosas casi sin querer, y luego ella se muestra como quiere; por ejemplo, creo que en ese libro la construcción, la técnica, los mismos cuentos si al final los incluyo, que aún no lo sé, pueden aportar ficción, en realidad lo aportarán. Usted misma estará retratada en ese libro

– ¿ Yo?

– Sí, usted viene por aquí muchas tardes, viene a verme, a preguntarme. Yo sé lo agradezco. Lo hace con interés. Es lógico que usted aparezca en el libro. Por cierto, hace unas semanas, hablando con un buen amigo mío, un gran crítico literario con el que suelo verme de vez en cuando en una librería de Madrid, me preguntó no sin cierta ironía si usted existía. ¿Existe esa periodista?, me dijo. El cree que usted es una invención mía. No, usted sabe bien que existe. No es una invención. Y yo creo que existe porque me basta con verla aquí, como tantas tardes, siempre tan interesada, tan puntual, sentada como está hoy con su pantalón rojo y su jersey blanco, con su grabadora preparada encima de la mesa y tomando notas a la vez en este despacho, tan atenta siempre a cuanto digo.

-Cumplo con mi obligación, con lo que hemos acordado…

– Y cumple usted muy bien, no lo dude. Se lo digo porque sus preguntas tienen siempre la lógica curiosidad que debe poseer todo periodista. Ya sabe usted que sólo hay dos tipos de personas a quienes hay que interesar en una entrevista. La primera es al entrevistado; si el personaje se siente interesado por lo que se le pregunta, hablará y contará muchas cosas. Y la segunda es al lector sencillo y corriente: si se ha conseguido interesar antes al personaje y se ha logrado extraerle cosas de interés, esas cosas interesarán siempre al lector corriente. De todos modos, aunque la entrevista es un género muy útil para intentar conocer a quien uno tiene delante, por mucho que me entreviste usted largamente nunca me llegará a conocer.

-Lo sé. ¿Se refiere usted con eso a su propia personalidad o se refiere a todo el mundo?

-No. Me refiero a todo el mundo. Nunca se llega a conocer profundamente a una persona.

-Pero usted quizá lo dice porque siempre habrá reservas…

–Sí, siempre habrá reservas, es lógico. Lo digo porque siempre existen las lógicas intimidades humanas que nunca se muestran. Y en absoluto lo estoy diciendo por usted ni tampoco por sus preguntas, que me parecen siempre oportunas y me ayudan a reflexionar; lo digo sencillamente porque a una persona nadie la llega nunca a conocer por completo, es decir, conocer de una manera total; nunca nadie llega al conocimiento del auténtico interior de una persona. Ni siquiera ella misma se acaba de conocer completamente. Ni tampoco a lo largo de su vida, aunque esta vida sea muy larga. Existen numerosas aproximaciones para llegar a su interior, eso es cierto ¿ Pero quién conoce de verdad a una persona con la que uno incluso puede hablar diariamente, por ejemplo, un esposo, una esposa, un hijo? Se dice que las madres conocen muy bien a sus hijos. Sí, quizá eso sea lo más aproximado, lo más cierto. Pero al ser humano en su profundo interior es muy difícil conocerlo. Ni siquiera, como le digo, en el matrimonio se conoce la auténtica verdad de la otra persona y eso aunque transcurran muchos años. A mí me ayuda siempre esa imagen tan plástica y normal, pero tan representativa, que solemos ver en las calles. Dos personas están hablando en una esquina y entre ellas, entre esos dos rostros, pasa un estrecho hilo de aire, un espacio, una pequeña corriente de aire que naturalmente separa a las dos figuras y a los dos rostros. Ese estrecho pasadizo de aire es lógico que exista, pero ese pasadizo del aire simboliza también algo: nos recuerda de algún modo la constante y lógica separación entre dos intimidades que están hablando. Una intimidad se protege siempre de la otra intimidad que le interroga y la que está enfrente hace lo mismo. Cada intimidad contará y desvelará solamente en esa conversación o en otra cualquiera aquello que ella quiera contar y de la forma en que lo quiera contar, o lo que en ese momento le interese contar y también ocultar; a veces incluso llegará a confesar cosas muy personales, pero nunca revelará todo por completo, es muy difícil que desvele toda su intimidad. Existe una frontera, existe una natural protección por uno mismo. Uno no desvela nunca todo. Además, hay cosas, como le decía antes, que incluso el propio yo no conoce.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – (Memorias)

(Continuará)

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