LA MIRADA ÍNTIMA

 

 

 

“Se creía que la mirada no podía atravesar el futuro y he aquí que tenemos a Mozart con 26 años en su cuarto de Viena, vuelto casi de cara a la pared, concentrado y ensimismado, leyendo en el muro de su imaginación su futura música. No la que ha compuesto hasta ese momento sino la que quiere componer y que ya lee y ve en esa pared transparente como si se le adelantara el verde de “Las bodas de Fígaro” o el morado de su “Lacrymosa”, las veintisiete músicas que le esperan en los Kyries, los acordes, andantes y adagios, la agitación de las óperas bufas, la imitación de la música barroca, todo cuanto quiere escribir en los nueve años que aún le quedan de vida. Hace pocos meses se ha casado con Constanza y en su abstracción apenas se da cuenta de que esta tarde de 1782, en un rincón de este cuarto, su cuñado, el actor y dibujante Joseph Lange, le está trazando el esbozo de su perfil tal como lo vemos aquí, en este cuadro que es casi miniatura, una miniatura de 19 x 15 centímetros, un dibujo que recoge su mirada íntima. Las miradas íntimas en el arte no son frecuentes. Pero aquí sí aparece una. Lange está dibujando esta cabeza pequeña, la cara picada de viruelas que tiene el compositor, sus ojos grandes azul grisáceos, estos ojos que siguen sobre la pared los movimientos de sus paseos por Viena, cubierto él con un sombrero de ribetes dorados y un abrigo rojo con botones de madreperla y a su alrededor, revoloteando, todos los conciertos, sinfonías, cuartetos, óperas, sonatas y órganos, clavicordios, pianos, el clavecín, el violín y la viola. Mozart está escribiendo sus obras todo el tiempo, incluso en los momentos en que no las escribe. Entonces sólo las ve. Ve el amarillo brillante y el color naranja del concierto para flauta nº 1 en sol mayor y ve su “Réquiem” con un color oscuro, como gris azulado.

Si se acercan lo verán mejor desde aquí. Verán lo que está viendo ahora Mozart y verán  también su música.”

José Julio Perlado

(del libro “Relámpagos”) ( texto inédito)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

 

(Imágenes—1 y 2- Joseph Lange: retratos de Mozart – Museo de Salzsburgo)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (34): “LA CASA DEL LIBRO”

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

——-

 

MEMORIAS (34) : “La casa del libro”

 

-– Me gustaría — me dice  hoy la periodista al entrar— que me hablará  usted nuevamente de lo que usted llama   “relámpagos”…

— Bueno, para mí hay otro tipo de relámpagos distintos por su brevedad y por su intensidad, escenas que se iluminan de pronto y que quizá aparezcan al fin, no lo sé, quizá aparezcan al final de mi vida como un flash, como un resumen, como instantáneas sobre lo que uno ha vivido.

– El incidente que tuvo usted con Saramago ¿ también está entre esos “relámpagos”?

– No, no lo está. Pero ya que usted se refiere a ello, porque de eso preferiría no hablar, decirle que no fue ningún incidente importante, simplemente un encuentro algo tenso entre los dos. Al menos para mí sí fue un encuentro tenso. Ya le digo que no me gusta recordarlo. En síntesis, ya que usted me lo pregunta, fue lo siguiente: en 1984 publiqué yo una novela titulada “Contramuerte”. En esa novela describía la paralización de la muerte – una pandemia insólita en la que la gente poco a poco dejaba de morir hasta no morir nadie – y en razón de ello iba narrando las reacciones de políticos, sociólogos, familias, etc. Pues bien, veintiún años después, en 2005, Saramago publica una novela con el mismo argumento : la gente deja de morir, y se suceden igualmente las reacciones de políticos, etc. En un encuentro en Madrid por otros motivos que no eran literarios se lo dije directamente a Saramago. Le enseñé mi libro publicado muchos años antes, se lo entregué, y él, tras escucharme, no me dijo nada. Tomó mi novela, la metió dentro de un sobre y prácticamente no intercambiamos ya más palabras. Ahí el incidente terminó. Pero estas son cosas marginales que a veces ocurren. Uno no puede quedarse enganchado a estas cosas.

– ¿Este incidente le dejó algún desencanto?

– No, ningún desencanto. Fue una experiencia más en la vida literaria.

—¿Cómo ve usted la vida literaria? ¿Qué piensa de ella?

—Pues pienso que la vida literaria es más bien pequeña, limitada. Como tantas cosas del arte. La vida en general va por otro lado, la vida ancha, compleja, como ahora se dice, la vida “globalizada”. El arte y la literatura forman un espacio, a veces con un determinado eco, pero siempre reducido. Es una comunidad de escritores, editores, lectores, agentes, medios de comunicación, premios, trapisondas, altibajos, rencillas, reconocimientos, olvidos, revisiones, recapitulaciones, todo mezclado y todo en ocasiones bastante costoso de digerir, muchas veces áspero. Lo único que no es áspero es escribir.

—Trapisondas acaba de decir … , ¿ha vivido usted muchas?

—-Alguna. En una ocasión en que me presenté a un Premio Literario importante me llamaron para comunicarme que estaba entre los finalistas y que me lo iban a conceder. Fui convocado, entre otros escritores, en una sala repleta de gente. El organizador del acto me indicó que me pusiera en una de las esquinas centrales de la primera fila para salir en cuanto me llamaran anunciándome como ganador. Así lo hice. En el momento del fallo oí por los altavoces un nombre distinto al mío. Se lo acaban de conceder en el último minuto – así me lo contaron – al sobrino de un Premio Nobel. Un compromiso de última hora, según me dijeron.

—¿Le afectó aquello?

—No, no me afectó en absoluto. Me enseñó. Una experiencia más. Pero todo esto son vaivenes menores, aunque a veces sean desagradables. Pero siempre aleccionadores. Han sucedido siempre en la Historia de la Literatura. No hay más que leer las rencillas, pisotones y envidias entre los escritores del Siglo de Oro. Y después, lo que sucede a lo largo de todos los siglos, con sus escaramuzas y traiciones. Todo eso me confirma más en la idea de que hay que trabajar en silencio y si es posible con autenticidad, sin fijarse para nada en los ecos. Como le decía antes, uno se encuentra con muchas cosas ásperas en la vida literaria. Lo único que no es áspero es escribir.

—¿No es áspero escribir?

—No, no es áspero. Para mí no es nada áspero. Pienso que tampoco lo será, estoy seguro, pintar, esculpir o componer música. El arte no es áspero. En el caso de escribir, se trata de cerrar la puerta de esa casa del libro que uno está elaborando – que no tiene necesariamente por qué ser ficción – y ampararse dentro de él, cobijarse, protegerse gracias a él del mundo exterior, pero sobre todo trabajar con fe y con enorme paciencia en ese libro, acompañarse de esa paciencia que es la que va encadenando muchas tardes y muchas mañanas de trabajo, amar ese libro, superar sus dificultades, conocerse a sí mismo y tomar las consiguientes distancias con el exterior, no pensar en el eco o no que ese libro pueda tener en su día, escribir con sinceridad, desplegar las aptitudes que uno tiene, unas veces para envolverse, enriquecerse y disfrutar puliendo el estilo, otras para apasionarse con los personajes y con la historia, otras para desarrollar argumentos. Es decir, todo un mundo dentro de esa casa del libro.

—Cuando habla usted de sinceridad, ¿a qué se refiere?

—Me refiero a la convicción que uno debe tener siempre ante lo que escribe, pinta o esculpe. Uno debe hacer lo que tiene que hacer, lo que quiere hacer. Sin plegarse a las modas. Pongo un ejemplo entre muchos : Giacometti compone figuras diminutas, cabezas diminutas, figuras tan delgadas que parecen casi de alambre. Él reduce las dimensiones hasta el máximo. Es lo que quiere hacer desde su convicción de artista y es lo que hace. No piensa qué efecto pueden tener sus mínimas figuras ante el público, tampoco le importa. Él compone esas figuras porque cree en ellas, es como él ve el mundo y así lo expresa. En el otro extremo, tan sólo refiriéndonos a las proporciones o a las dimensiones, tenemos a Botero. También él hace lo que cree que debe hacer. Y así lo hicieron cada uno a su modo los impresionistas enfrentándose a veces a salones y a galerías, o Picasso, o tantos otros. Tengo un enorme respeto hacia la autenticidad, hacia la creatividad personal. En el fondo tengo un enorme respeto por el que crea algo.

—Habla usted de la “casa del libro” como un lugar de protección, de trabajo. ¿Por qué usa esa expresión?

—Bueno, es una expresión más, tampoco sé si es la acertada. A mí me sirve. Porque realmente es así. Uno está concentrado en una obra que escribe, está envuelto y comprometido en un proyecto. Como creo recordar que le dije uno de estos días, la vida es proyecto. Así lo reafirmaba Ortega. Siempre se ha de tener un proyecto entre manos, aun en momentos finales, débiles o delicados. Quizá en esos momentos débiles hay que tener un proyecto más pequeño, más corto, que dure un día o menos de un día, pero siempre será un reto a conseguir, conseguir algo que sea ilusionante. En el caso de la escritura el proyecto real al que uno dedica muchas horas es el libro. La casa del libro.

—¿Y cuando uno tiene que abandonar esa casa, es decir, cuando se concluye el libro?

—Entonces existe un periodo de tiempo extraño y vacío. Hay que esperar. No hay que precipitarse en pensar enseguida en hacer otra obra. Salman Rushdie contaba que un amigo escritor le confesaba que lo peor de todo es cuando ya no tienes un libro que escribir y sin embargo tienes que escribir un libro. Es decir, hay que controlar las presiones de los editores, del mercado. Ha llegado el momento de desprenderse de lo que uno ha hecho, exponerlo al juicio de los demás. En ese momento interviene todo eso a lo que antes me refería: principalmente la búsqueda de un editor; después – si uno tiene editor-, las lógicas gestiones de promoción, de entrevistas, de firmas. Ese aspecto, naturalmente necesario para lanzar una obra, es, al menos para mí, muy cansado.

—¿Qué relaciones ha tenido con los editores?

—Muy diversas, como ocurre siempre en muchos aspectos de la vida. El manuscrito de una de mis primeras novelas, no la que escribí sobre el tapete de la mesa de la calle Goya, de la que ya le hablé, sino otra a los pocos años de la anterior, lo llevé en mi coche, en un viaje largo, cruzando la península, del centro al norte, de Madrid a Oviedo. Me habían hablado que había un posible editor en Oviedo, al que no conocía, y allí fui, exponiéndome naturalmente a una negativa. Y sin embargo él aceptó. Aparte del manuscrito, creo que le impresionó, así me lo dijo, mi tenacidad (no sé también si mi temeridad o mi audacia) por hacer ese viaje. En otra ocasión, muchos años después, esta vez respecto a un libro mucho más reciente, los hilos y las gestiones se entrelazaron de modo muy sorprendente. Yo había ido publicando extractos de una novela mía en un blog que llevo desde hace años, y de repente una lectora del blog me escribió para comunicarme que le habían gustado esos extractos y que por su cuenta los había mandado a un editor que ella conocía (que por cierto vivía fuera de España), y lo había hecho con el ruego de que publicase el libro. Y así fue. Ese editor me escribió y me propuso publicar la novela entera. Y eso ocurrió..

—Realmente algo inesperado…

—Si, realmente inesperado.

—Cuando usted habla de ese blog, de ese trabajo suyo, ¿qué le aporta, es para usted un entretenimiento?

—-No, no es un mero entretenimiento. Este blog,  MI SIGLO, que tiene ya más de diez años, me permite llevar a la práctica una cosa en la que creo firmemente: la divulgación de las artes, de la literatura, del pensamiento. A la vez me permite ser de alguna forma mi propio editor. No me dedico tanto a comentar los sucesos recientes del mundo intelectual, digamos las últimas noticias o publicaciones, como en cambio a aportar reflexiones e intentar que revivan autores de distintas épocas, o también simplemente presentar citas o expresiones que me parecen de interés y que pueden enriquecer algo a los posibles lectores. La divulgación del arte y del humanismo en general siempre es un tema que me ha interesado. La creo necesaria. Lo he hecho en libros, a través de entrevistas, a través de artículos, ahora lo hago a través del blog. Dejar hablar a los demás es mucho más aleccionador que hablar uno mismo. Y ahora todo eso lo hago utilizando esta nueva herramienta que me brinda un mundo globalizado y que me llena naturalmente de sorpresas. Un espacio intelectual, artístico y literario como el mío, que parecería no tener mucho eco, y que de repente es leído por mucha gente y de modo casi instantáneo en Corea, en Birmania, en Turquía o en Pakistán, aparte, naturalmente, de Europa, Sudamérica y Estados Unidos que son los que reúnen la mayor cantidad de las visitas que acuden. Según lo que aparece oficialmente en la página se acercan a los dos millones de visitas, que leen, como digo, un espacio y unos contenidos muy reducidos, porque simplemente son contenidos intelectuales, pero eso indica que el mundo del arte y de la reflexión sigue atrayendo. En el fondo, que, hay un deseo de acercarse al pensamiento y a la Belleza.

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará )

TOSOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (33): RELÁMPAGOS Y SONRISAS

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

———-

MEMORIAS (33): Relámpagos y sonrisas

 

30 mayo

en casa

Hace tres días, el lunes, de nuevo en “ La Central” con Ricardo Senabre. Una larga mañana muy interesante. Como nos ocurre siempre cuando conversamos tan agradablemente, pasamos de un tema a otros como hacen los amigos y acabamos hablando de nuestros lejanos años de Universidad, de los años de Zaragoza, cuando los dos estudiábamos los primeros cursos de Filosofía y Letras, aunque por muy poco tiempo no coincidimos en las aulas. Siempre nos lamentamos de eso, de no haber coincidido y de no habernos conocido entonces, pero lo cierto es que cuando Senabre llegó a Primero de Facultad yo ya vivía en Madrid, aunque a los dos nos unen recuerdos de grandes profesores. Enseguida hablamos de José Manuel Blecua y de sus conferencias sobre Góngora y Quevedo, pero sobre todo de Francisco Ynduráin que nos dio clase a los dos en años distintos, y yo aproveché para contarle a Senabre toda mi experiencia personal con Ynduráin, que él no conocía, cuando en el “examen de Reválida”, como se llamaba en aquellos años a la prueba final del Colegio para poder entrar en la Universidad y que era una prueba difícil (él también la sufrió), un examen oral ante una sucesión de catedráticos, tuve que ponerme en pie ante Ynduráin en el marco de un enorme escenario – era un salón en la Facultad de Medicina de Zaragoza – precisamente porque él me tocó como primer examinador, y enseguida me dijo nada más verme: “Hábleme sobre la generación del 98”. No titubeé, le expliqué a Senabre, pues la conocía muy bien. Me centré primeramente en Azorín, al que había leído casi por completo y añadí – además de opiniones sobre sus novelas, cuentos y ensayos -, rasgos personales de su figura, como por ejemplo el nombre de su mujer, Julia, y el célebre paraguas rojo que al parecer descansaba en el vestíbulo de su domicilio. Le conté igualmente a Ynduráin que Azorín solía escribir de noche en muchas ocasiones y añadí muchos detalles personales de aquel gran escritor que, desde “Blanco en azul”, siempre me había acompañado.

Don Francisco, como yo siempre le he llamado ( Senabre me confesó que él le llamó siempre don Paco) , creo que quedó muy asombrado, y seguramente complacido. El resto de los catedráticos sentados junto a él me fueron también examinando, pasé luego al de Historia con el que también hice un ejercicio brillante, y cuando ya me coloqué para examinarme oralmente ante los titulares en Ciencias, el catedrático de Física y Química, sin duda creyendo que yo era el más distinguido alumno del Colegio por lo que hasta entonces había escuchado, me propuso enseguida: “Hábleme de lo que quiera”. Y naturalmente yo le hablé y le expuse la única fórmula de química que conocía, pues ya no me sabía ninguna más.

Senabre se reía y disfrutaba de todo aquello y evocamos juntos aquellas etapas lejanas que él también vivió. Después le conté las veces que Ynduráin y yo nos habíamos encontrado a lo largo de la vida, y cómo – ya en su casa de Zaragoza – me comentaba con aquella forma tan lúcida que él tenía los valores literarios, por ejemplo, que contenía “Luz de agosto” de Faulkner o “El Simplón le guiña el ojo al Frejus” de Vittorini; luego comenté su dirección de mi tesis doctoral sobre Gutiérrez Solana, y tantas y tantas cosas más, pero, sobre todo, le confesé a Senabre, cómo le había recordado de modo especial cuando subí a casa de Azorín la tarde de su muerte, en 1967, y en su casa de la calle Zorrilla le di el pésame a su viuda, Julia Guinda Urzanqui, de la que había hablado hacía muchos años en el examen de Reválida.

 

10 junio

– Me gustaría preguntarle – me dice hoy la periodista al entrar y nada más sentarse – : ¿ qué es para usted la vida?

– Pregunta muy difícil, señorita, es verdad. – le contesto bastante asombrado, y ante esa pregunta no tengo más remedio que guardar un largo silencio – . ¿ La vida? – repito pensando -. Pues mire usted – le respondo al fin -, la vida es un don y hay que aprovecharlo hasta el final, aprovecharlo en cada momento, hay que rendir y entregar las disposiciones que uno tiene, hacer rendir aquello para lo que uno cree que ha recibido unas aptitudes y cree que vale para ellas. Por otro lado, la vida nunca es trágica; sí, en cambio, dramática, en el sentido de que encadena una serie de tensiones y conflictos (si no, no sería vida), pero teniendo en cuenta que ante cualquier conflicto, sea el que sea, siempre hay salida, siempre hay esperanza. Incluso ante el conflicto final que cierra toda una vida siempre detrás está la esperanza. Esto no responde simplemente a una visión optimista de la vida sino a una creencia firme en la esperanza. Siempre hay salida. Un excelente dramaturgo francés, Jean Anouilh, se acercó a esto muy bien en el prólogo a una pieza suya, “Antígona”. Allí, al presentar a su heroína trágica decía: “piensa que va a morir, que es joven y que también a ella le hubiera gustado vivir. Pero no hay nada que hacer. Se llama Antígona y tendrá que desempeñar su papel hasta el fin…” En ese “no hay nada que hacer” reside la tragedia. Antígona no tiene escapatoria. Pero la vida, como digo, no es trágica, cada día esconde y muestra pequeños o grandes conflictos que hemos de resolver lo mejor o peor que sepamos y que a veces nos pueden llenar incluso de angustia, pero para ellos siempre hay salida, siempre hay esperanza. En eso reside el drama. A la vez, y ahora que usted me pregunta sorprendentemente qué me parece la vida, me viene a la memoria una frase de Becquer en sus Rimas que quizá pueda ayudarme para darle una respuesta. Es una frase que siempre recuerdo. Becquer escribe: “ Al brillar un relámpago nacemos y aún dura su fulgor cuando morimos: ¡tan breve es el vivir!”. Esta frase es una completa realidad. Muchas veces la tengo presente. Una gran realidad. Pero en medio de ese intenso y rápido relámpago que es toda existencia, al menos para mí ( supongo que aún no para usted porque es usted muy joven), hay una serie de relámpagos menores, también intensos, que iluminan de repente toda una escena y que nos dan el sentido de las cosas. Recuerdo, por ejemplo, uno de ellos, al aire libre, un relámpago en lo alto de una mañana de agosto, un relámpago en pleno día, un relámpago interior, si así puede llamarse: serían las ocho y media o nueve menos cuarto de la mañana, un viernes, yo caminaba sobre la arenilla de un sendero no lejos de Punta Umbría, en Huelva, al sur de España. Había tomado la tarde anterior, el día 15, una gran decisión y la había tomado en la confluencia de dos ríos, el Tinto y el Odiel , dentro de una barca, y ahora todas las piedras y árboles y setos que había en aquel camino aparecían inundados de sol, iluminados por el relámpago que siempre he visto allí; cada vez que he hecho memoria no he podido ver en aquel camino mas que la luz, un camino de luz blanca, un día blanco, mis pisadas sobre la arenilla y sobre las pequeñas piedras estaban invadidas de alegría, yo tenía en aquella mañana dieciocho años, las decisiones que se toman definitivamente y de pronto, es decir, tras una larga meditación, pero a la vez de pronto, a veces marcan un camino de luz, de insospechada alegría, entonces, uno no sabe por qué, ese sol y esa arenilla de los caminos que yo pisaba (es como si aún oyera ahora las suelas de mis zapatillas de verano sobre la arenilla) marcaban y rodeaban el resplandor de la mañana, una mañana fresca y limpia, había una luz, o creo que había una luz, parece que aún lo veo, sí, sí había una luz en la superficie de las flores, estoy casi seguro de que era así. Son iluminaciones que duran, le acompañan a uno toda la vida. Beckett revivió toda su vida una iluminación oscura y nocturna en un muelle irlandés y volvió una y otra vez sobre ella y yo vuelvo a mi vez a este camino de resplandor, lo opuesto a la iluminación oscura, una mañana limpia e interminable en la memoria; cada vez que mi memoria abre una compuerta aparece igual que un flash, como una escena, este caminar mío muy de mañana en estos senderos no lejos de Punta Umbría; pocas veces he visto casas tan radiantes, a lo mejor no eran en sí radiantes pero yo así las veía, eran blancas y azules, techos azules, paredes blancas, puertas abiertas, era verano y primera hora, la vida estaba ante mí, ¿qué había decidido?, a veces no se sabe bien lo que a uno le espera cuando ya ha decidido, sobre todo porque las sucesiones tras las decisiones felizmente permanecen ocultas, si no uno no andaría a tientas después de la decisión como suele ocurrir, uno toma una decisión que parece segura y definitiva, y en el fondo así es, pero cuando se creía ya todo resuelto sólo por haber tomado esa primera decisión, uno debe de seguir aún largo tiempo andando a tientas, empujado, sí, por la decisión, pero sin saber qué le aguardará a lo largo del camino. Es lo normal. Lo cierto es que esa escena que le estoy contando, ese relámpago vibrante en plena mañana de agosto siempre está ahí, no se cierra, y si yo creo que puedo cerrarlo y pienso en otra cosa, ese camino de arenilla invadido de sol y de luz lo que hace es apagarse momentáneamente, se queda escondido en mi memoria hasta que vuelvo a él otra vez, e instantáneamente vuelve a encenderse y me veo como siempre que me he visto andando sobre la arenilla en una mañana radiante de alegría y de sol. Estos son los pequeños relámpagos de los que le hablaba hace un momento dentro del gran relámpago que es la vida. Pero hay muchos otros relámpagos; otro, por ejemplo, que se abre es en París, en el Bois de Boulogne, en invierno, a media mañana, en diciembre, a final de los años sesenta: estoy ante el estanque, veo cruzar y venir e ir corriendo a mis tres hijos con sus diminutos abrigos azules y sus gorras rojas, son muy pequeños, tienen cinco, seis años, corretean, se persiguen, se empujan unos contra los otros, ríen, son felices, no saben qué les espera en la vida, no importa, nadie lo sabe, corretean, se ocultan, se empujan continuamente bajo ese pequeño relámpago del estanque que ilumina las aguas, un relámpago múltiple como este otro que se me aparece de pronto también iluminando un sofá de mi casa, o al abrirse la puerta de la calle, o en la mesa de un restaurante, ante la mujer que tengo enfrente. Esa es mi mujer. Al cabo de los años, esta mujer, de la que no quiero decir los años pero que ha cruzado conmigo muchas etapas de la vida, la encuentro sentada en el sofá, o escucho su voz llamándome cariñosamente al abrir ella la puerta de la calle cargada de paquetes y de compras, o la observo frente a mí escuchando una conversación en un restaurante. Ella no sabe que la observo. El relámpago es el mismo que se encendía en el camino cercano a Punta Umbría o en el Bois de Boulogne de París, lo que pasa es que el color de este relámpago es distinto. Aquí hay una iluminación de muebles, de trajes, de interiores, hay unos tonos ocres, grises, a veces blancos, hay unos almohadones, bastantes almohadones en el sofá, porque mi mujer los ahueca para proteger su espalda, para mantenerse cómoda y derecha; hay también unas grandes cortinas protegiendo los visillos, protegiendo a las ventanas. Apenas se escucha el ruido de la calle. Vivimos en un piso alto y el estremecimiento del relámpago, el paso del instante, no hace temblar los cristales, no transmite un color radiante como en Punta Umbría o como en el Bois de Boulogne sino que proporciona un tono gris, corriente, lo más corriente de la vida corriente y cotidiana. Yo amo lo corriente. Y usted me preguntará: ¿y a dónde quiere usted ir a parar con todo esto? Si lo pongo en el libro que estoy escribiendo, quizá eso también se lo pregunte en su momento el editor, o también algún lector: ¿a dónde quiere ir usted a parar con todo esto? ; pero le estoy contando, señorita, el paso simplemente de un relámpago por el comedor, nada más, no hay demasiadas filosofías porque no hay casi aquí ningún movimiento, parece que no hay ninguna emoción, tampoco tensión, pero es que en la vida felizmente no todo es tensión ni emoción: se presenta la escena de entrar en este comedor, de mirar al sofá: este sofá está escoltado e iluminado por dos lamparitas de luces tenues, amo las luces tenues de las lámparas, son luces de hogar, no me gustan las luces altas de los techos porque hacen frías las casas, y entonces, como le digo, sorteando estos muebles que ocupan el comedor, llego hasta ese sofá, hasta donde está mi mujer apoyada en los almohadones y la veo sonreír en cuanto entro y le doy un beso.Tendría que dedicar quizás un libro entero a esa sonrisa. ¿Pero cómo escribir páginas sobre una sonrisa? Ahora se vive a toda velocidad, se lee – cuando se lee- a toda velocidad, la levedad hace volar las frases, los libros, la atención, hay un pestañeo continuo dominando toda la atención, un deseo de fragmentación, una aceleración constante, entonces: ¿quién va a detenerse en un libro, en unas páginas sobre una sonrisa?; y sin embargo yo he de detenerme, me detengo, sigo de pie en la entrada de este comedor, es una sonrisa breve la de mi mujer, siempre he admirado esa sonrisa sobre todo cuando ha aparecido tras un enfado matrimonial, enfados intensos, a veces breves también, a veces largos, que duran una tarde, como ocurre en todos los matrimonios. Iba yo por el pasillo con mi enfado sobre los hombros, y de pronto, a mitad del pasillo me encuentro con la sonrisa inesperada de mi mujer, una esponja que borra el tiempo, que limpia el enfado, no me esperaba yo tan rápida y tan pronto esa sonrisa que me acaba de desarmar, una ausencia total de rencor, la limpidez total. Hablaría por tanto muchas veces de esa sonrisa, detendría quizás el relato para contemplar la sonrisa,, congelaría el movimiento y revelaría toda esa contemplación.

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

NICOLAES BRUYNINGH, DE REMBRANDT

 

“Estos ojos que pertenecen a Nicolaes Bruyningh han cumplido ya los 23 años y siguen con un punto de conmiseración y de leve desprecio los pasos que está usted dando como espectador recorriendo esta sala. Ha entrado usted por la puerta lateral, avanza, y no se ha fijado en estos ojos que le miran con una cierta insolencia porque este hombre de la pintura se sabe ya rico, y sabe que eso es para toda la vida, no como Rembrandt, tan acuciado de deudas a sus 48 años, ni tampoco como usted, que ha venido hasta el museo calibrando bien y ajustando todos sus ahorros. A este Nicolaes Bruyningh que ahora le sigue mirando desde la altura del cuadro le han cuidado y ordenado esta mañana, antes de que usted llegara, los bucles de esa melena ensortijada que le cubre los ojos y también, antes de que usted entrara al museo, le han cubierto con los ropajes negros del Barroco para que usted lo viera bien vestido, pero sobre todo, le han entregado en innumerables sacas  repletas de florines la herencia de su abuelo, y por eso está tan relajado y contento esta mañana,, tan displicente, porque tiene ya una fortuna vitalicia para no hacer nada, sólo para posar, si es que él quiere posar alguna vez, porque también eso puede no apetecerle, o si no para ir cumpliendo tranquilamente los años y celebrarlos sin preocupación alguna. Está observando cómo está usted paseando por la sala y le mira como si hubiera bebido algún licor escondido, y es que ha bebido el licor de la fortuna que le lleva a mirar todo de soslayo, en postura relajada, apoyado en el lateral derecho de una silla y con una contenida burla en las pupilas, “

José Julio Perlado

( del libro  “Relámpagos”) ( relato inédito)

 

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

(Imagen :- Rembrandt = Retrato de Nicolaeus Bruyningh- 1652- —Kassel, Staatliche Kunstsammlungen, Gemaldegalerie)

 

MUERTE DE LAS PALABRAS

 

“Empezaron a reducirse poco a poco las palabras . Primero en Inglaterra y Alemania. Con 6 o 7 vocablos las gentes se entendían sin necesidad de mayor riqueza. En Italia, los gestos y la mímica —sobre todo los gestos en el aire, apenas esbozos de manos y de dedos —sustituyeron a cualquier sílaba ya que al otro le bastaba la mímica mediterránea. Fueron empobreciéndose los diálogos. Apenas se hablaba. Se amenazaba  o se suplicaba con la mirada, las gentes se ponían en guardia sólo con la dureza de las pupilas. A veces se acompañaba todo eso con movimientos del mentón y siempre con  juegos de manos y de dedos. Se inventaron palabras nuevas, mixtas y brevísimas. En España se amplió  el silencio. Se extendió por todas partes el silencio. El lenguaje se desgastó y acabó enterrándose  al no tener ya necesidad de usarse. Los idiomas quedaron en la mínima expresión, todo  apoyado en la mímica. Algunos idiomas murieron. Un silencio pobló los cafés y las terrazas con sólo el ruido de las cucharillas y de las tazas. Se alternaba en las reuniones con ademanes. Únicamente se oía el ruido de los coches y de los autobuses al pasar. También se mantenía el ruido de las puertas al cerrarse. Un silencio se extendió por toda Europa, por campos y ciudades. Las mismas ciudades se convirtieron en vastos campos sin sonidos. El  silencio se ensanchó como sombra  e inundó las plazas. Los hombres se olvidaron poco a poco  de hablar. Toda Europa era mímica, alguno  aún se atrevía,  pero muy pocas veces,  a iniciar alguna palabra breve. Se hizo todo un campo de silencio en el  mundo y aquello tardó muchísimos  años en desaparecer y en restaurarse, y en que volvieran las gentes a emplear las palabras y poder hablar.”

José Julio Perlado — ( del libro “Relámpagos”) (relato inédito)

 

(Imagen —sir Kyffin  Williams)

DIBUJAR UN TREN

 

 

 

“Entonces, con la pluma, ¿ven ustedes?, con la pluma puede hacerse todo, en la pizarra también, está claro, pero a mí nunca me ha gustado la tiza, chirría a veces, me da grima en los dientes, pero no adelantemos acontecimientos… hoy les explicaré el tren, lo dibujaré primero en blanco y negro, un trazo largo, horizontal, no se necesita modelo, ¿ven ustedes?, cada uno cierra los ojos y ve el tren de su infancia, Usted, por ejemplo, Constantino, está usted viendo seguramente cómo llega el tren en la curva, usted está en la estación, de la mano de su madre, en este andén hay sombreros, faldas de otro tiempo, ¿qué le ha quedado de esa imagen?, piense, cierre los ojos: miren ustedes, para pintar, el modelo siempre lo llevamos dentro, hay un pueblo, una estación, hace frío, está dando fuertes golpes en la niebla los zapatos de ese señor impaciente… lo ponemos aquí, ¡ya está!, da zapatazos que oímos perfectamente en esta clase, vemos ahora el banderín rojo de ese jefe de estación que espera…,  se pone aquí, ¿lo ven?, está mota encarnada, aquí, a la izquierda del papel, procuren cuando lo hagan en casa no usar tinta roja para esto, basta un lapicillo de colores, un punto, ¿se dan cuenta?, se sopla, se aviva un poco esta mota roja o encarnada, o incluso amarilla, Conchita, si usted  tiene un poco de azafrán en casa, pues también le puede servir… Bien. Ya tenemos el banderín en color del jefe de estación,  ya el tren se acerca, ¿.lo oímos, verdad?, ¡ claro que lo oímos!, notarán, aunque son muy jóvenes, que el sofoco del tren es asmático, sobre todo en los antiguos; voy a contarles una anécdota: uno de mis primeros viajes en tren, hace ya años ,lo hice sobre las ruedas, es decir, la cama de mi coche iba sobre las ruedas: oía perfectamente el ahogo del tren bajo mi cuerpo, el chirriar de las ruedas, sobre todo la sacudida seca en las paradas… ¿qué hay que hacer?, ¿qué hice yo para pintar esta sacudida?, recordarla: es una sacudida así, ¿ven?, hacia adelante y hacia atrás, el cuerpo tendido, un pálpito, no sé si me explico… Pero no vayamos tan deprisa. Tomen otra hoja. Usted, Arturo, ¿cómo pintaría este vagón por dentro?, a ver, un vagón corrido, sin compartimentos, ¿cómo lo dibujaría? ¿A que es difícil? Siempre les digo que los objetos son  fáciles de trazar, lo complicado es la vida. Un vagón sin vida no es lo primero que viene a la memoria, no se nos suele aparecer un vagón muerto, olvidado en cocheras. A no ser que alguno quiera ser el día de mañana maquinista, o conductor, porque no creo que ustedes quieran ser mendigos, ¿verdad?, nadie en todas mis clases he encontrado con vocación de mendigo…

 

 

Bien. No se rían. Tenemos entonces este tren que entra, acaba de parar, el señor del sombrero antiguo es el primero en subir, también ese señor impaciente, el que da zapatazos para quitarse el frío… ¡Ah!, y esa señora de la falda  de otro tiempo, la que empuja a la niña a subir al vagón… Ya estamos. Hemos subido también nosotros detrás de esa señora, y ha subido usted, Constantino, que va de la mano de su madre en el tren de su infancia, y es usted un niño… Vayan pasando. Me dejan ustedes pasar primero, así, gracias, como cuando vamos a los museos. ¿Se acuerdan de los museos? Pues este tren con vagones que nos ha pintado Arturo, y que nos lo ha pintado muy bien, pero que muy bien, parece mentira que sea tan sólido, ¿verdad?, fíjense, al otro lado de ese cristal, en el andén, levanta su banderín rojo el jefe de estación, sueña un pitido, ¿lo oyen?, Usted, Conchita, que quiere dedicarse a la música, ¡qué horror de pitido!, ¿verdad?, ¡qué estridencia! Vayamos adelante. Síganme. El tren ha arrancado ya, el banderín rojo se aleja, vengan por aquí, no se pierdan. Aquí, pónganse aquí. Usted, Ricardo, córrase hasta la ventanilla, eso es, déjele sitio a Lourdes, y usted, Alberto, aquí, a mi lado; los demás, enfrente; tienen sitio, ¿verdad?, sí, hay sitio. Bueno, pues lo primero que hay que hacer cuando uno se sienta en un tren es mirar a la gente. Sencillamente. Con educación. Es decir, uno no mira con insistencia, como señalando con los ojos. Si se han fijado, si tienen espíritu de observación, las gentes miran con descuido, ¿lo ven?, esa señora de ahí acaba de levantar la mano para arreglarse el pelo, el pelo es muy socorrido, ha levantado la mano, se arregla un bucle, y de paso nos está mirando. Seguro que está pensando: “¿A donde van todos esos chicos con su profesor — porque indudablemente yo tengo pinta de profesor —, en un día  como hoy, que no es fiesta, que tendrían que estar en clase?”. No sabe esa señora que hacemos prácticas, no tiene por qué saberlo. Bien. Entonces se mira con descuido a la gente, pero con naturalidad, con educación. Siempre en los viajes se aprende algo. ¿Qué tenemos aquí? Rostros. Imágenes. Pero también psicología, tipos, ¿verdad?, lo que yo tantas veces les he hablado: personalidades.

 

 

 

 

Agustín, usted que quiere ser psicólogo, fíjese bien : en un viaje, la casualidad ha reunido a tímidos, a ambiciosos, a extravertidos, a solitarios, a infinidad de personajes y de caracteres. Es, vamos a llamarlo así, como si se hiciera un corte en la sociedad, un segmento, es una mini-sociedad la que se reúne aquí, aquí la tenemos con sus ilusiones y decepciones, con sus fobias, manías, tics,  hasta con los factores de su herencia, y, por supuesto, con sus enfermedades. ¡Menudo campo de observación! Uno se estaría aquí, ¿verdad?, contemplando a la gente. Uno de los placeres  mayores, ya lo verán cuando pase el tiempo, es sentarse en la esquina de un café, en una terraza, y dejar que pase la gente. Es un espectáculo gratuito.  Gratuito y aleccionador.  Pues aquí es algo parecido. Raúl, a  usted que le gustan los insectos, yo no le hablo aquí de insectos, ¡válgame Dios!, pero figúrese que tiene usted capacidad para prender mariposas y diseñarlas: traslade usted esas dotes de observación hacia las mujeres y los hombres. ¡  Pues eso deben hacer todos en la vida, cada uno en su profesión! : observar, prestar atención, sacar conclusiones. Y aprovechar todos este viaje que estamos haciendo. Cada uno debe aplicar lo que ve y siente a lo que quiere ser, ya desde pequeños nos formamos continuamente, por ejemplo, usted,  Margarita, que quiere ser escritora  ha de tener seguridad en sí misma  y en el relato, este relato suyo convence, ¿no es cierto?,  usted nos está contando a todos nosotros su peripecia en el tren, con su profesor, salió usted del pupitre y de la clase, y abandonó la hoja en la que Arturo pintaba este vagón donde ahora viajamos. ¿Y qué nos cuenta ?: lo primero que tiene que fijarse es que el tren anda solo, va a toda velocidad, como el relato, es una seda. ¡Apunte, apunte en ese cuaderno!: es una seda, un fluido de palabras, la máquina de la primera frase arrastra con suavidad todo lo que ocurre y zigzaguea, y usted ha escrito ventanillas y he aquí las ventanillas hechas, ¿ve usted?,  parece mentira, Margarita, que con las palabras se puedan hacer tantas cosas, usted se asombra de que a través de la ventanilla donde va ahora Ricardo ensimismado se pueda  ver perfectamente lo que va usted nombrando: prados, casas, animales quietos, esa bandada de aves que viene al costado del tren, todo a gran velocidad, ¡ponga, ponga en su cuaderno, “velocidad mansa, vagorosa, transparente”!, se acostumbrará a los adjetivos y

 

 

viajará con ellos de modo insensible, se acordará de esta clase cuando sea una gran escritora y lleve dentro tal gana de escribir que abrirá su cuaderno y contará otra vez aquel primer viaje que hizo con sus amigos y su profesor, en el vagón que nos trazó  tan bien Arturo, que sería luego un gran pintor, ¿no es cierto, Arturo?, cuando aquel día nos miraba la gente diciendo : “¿ Pero qué harán esos chicos aquí?, ¿por qué no están en clase?”, y todos nos reiremos cuando seamos mayores, bueno, ustedes se reirán, yo no, yo no estaré ya, recordarán a aquel profesor que les hacía sufrir con las prácticas: “ de repente nos dibujaba un tren, o un lago, o una montaña —dirán —, y allí nos teníamos que ir dejando la teoría, ¡a vivir, a ver, a aprender!”; lo cierto es que ustedes se enfurruñan porque les cuesta: a mí también me cuesta salir de clase, es mejor ver el ferrocarril desde la ventana, sin moverse, pero , ¿y el esfuerzo?, todo en la vida supone un esfuerzo, y este personaje que viene hacia aquí, por ejemplo, ¿ lo ven?, pues ese personaje es el revisor y vean cómo pone esfuerzo en su tarea, cómo observa, y pica los billetes, y apunta en una libreta quién va y quién no va, y para él ese horizonte del día es siempre el mismo, los prados, las casas, los animales quietos, esa bandada  de aves, forman parte de su ir y venir y  cada noche entran en sus sueños. Lourdes, usted que aún no tiene vocación, que duda entre ser  enfermera o ser médico: si un día decide estudiar, quizá, no lo sabemos aún, no puede saberse, (mientras, yo entrego los billetes al revisor: “ sí, sí señor, somos doce, éstos, y esos de ahí también vienen conmigo, y aquel niño, Constantino, que se ha puesto al fondo con su madre”), pues les decía que aún no puede saberse qué será usted, Lourdes, tan indecisa siempre; pero haga lo que haga, no olvide que los sueños pueden estudiarse, usted que sueña tanto, que

 

 

 

 

sueña despierta con esos ojos grandes, azules, podrá pensar: ¿ soñé o no soñé que yo me escapaba de clase, que íbamos en aquel tren de prácticas que corría tanto? ¿dónde he vivido esto? ¿Lo soñé? ¿lo viví?”,  y no sabrá responderse. Lo bueno de estos viajes inesperados es mezclar la realidad y la fantasía. Fíjense que hemos subido hace un rato en un tren antiguo, casi asmático:  ¿alguien se ha dado cuenta de cómo se ha transformado?, a ver, usted, Benito, no hace falta que levante la mano, usted, ¡no!, ¡siga sentado!,  le veo perfectamente: ¿ en qué nota usted que se ha transformado este tren?… ¿En qué…? ¡Exacto! ¡En que ahora corremos a toda velocidad! Vamos a tal velocidad que no nos hemos dado cuenta de que han cambiado los asientos, hasta las ropas de las gentes, toquen estos asientos, ¿ven estos  botones?, estos botones son para  poder echarse para atrás, así, ¿ven?, ¡no! ¡suavemente!… pueden echarse para adelante y para atrás: es la comodidad, ¿verdad?, el bienestar… Es importante estudiar el bienestar, lo que va pasando de necesario a superfluo, lo superfluo que nos parece necesario, y, sobre todo, la poca importancia que damos a lo superfluo, como si lo tuviéramos desde siempre, como si tuviéramos derecho a la comodidad. Pero, ¿ y el sacrificio ? ¡ Ah, el sacrificio les hace pensar!  Estoy viendo ahora a Paula, mientras ella no me ve, ¡ no, no se vuelvan!, fíjense un poco en esa cara, sin distraerla… Es ella la que va distraída. ¿ En qué piensa? ¿Piensa en el sacrificio ?, ¿ en la comodidad?  No piensa en nada, se deja llevar, es tan romántica que piensa en esas estelas vagas, adormiladas, ¡no, no se rían!, piensa en cuando ella sea mayor y alguien vaya junto a ella, cuidándola, queriéndola, a esta velocidad que ahora vamos… no se le ocurre al ser humano pensar en el sacrificio, ¡ a lo mejor es lo que debe hacer!, ya vendrán los dolores sobre Paula, los sinsabores…, ahora se deja llevar no sabe adónde, fíjense si estará ausente que no nota que la estamos mirando… ¿Y ven?, todo esto es el tren, el viaje, la realidad. De todo esto tendrán que hacer un trabajo para fin de curso, pero no un trabajo de caligrafía apresurada, tampoco  algo para salir del paso, se lo digo a ustedes, los mayores : este año hay que presentar una cosa digna, ¡si no no hubiéramos hecho este viaje!, este año quiero que escriban sobre lo que han visto, lo que han imaginado: hay que desarrollar las potencias del hombre, las dotes: ¿cómo utilizó yo mi imaginación, mi entendimiento, mi voluntad, mi memoria ? Tengo cualidades para pintar,  ¿entonces por qué no pinto? Hay que vencer a la pereza y pintar, o escribir, o poner en un papel nuestros sentimientos, y también

 

 

nuestras ideas, saber hacer con ellos hasta un tren, ¡fíjense!, usar, por ejemplo, este viaje en tren que están haciendo conmigo para hablar del viaje de la vida, lo que la vida supone para ustedes… A algunos no se les ocurrirá nada ¡cuesta al principio ponerse y llevar a cabo eso que llevamos dentro!, esa sensación de sorpresa ante esto que estamos contemplando, esta prisa, esta celeridad, no hay tiempo casi para contar lo que vemos, porque las cosas, ¿verdad?, se superponen unas a otras, y sin embargo todo tiene su belleza, hasta lo más nimio; si ahora, en la escuela, no empiezan a descubrir la belleza de esas cosas, las más pequeñas, ¡también las grandes, claro está!, pero sobre todo las pequeñas — este rato tan agradable que estamos pasando, esas nubes, este color del día, las gentes, esta hora mágica, única, que no volverá, nosotros mismos disfrutando de todo eso —, si ahora no lo sabemos descubrir, agradecer, reconocer y reflejar, entonces el tren de la vida pasará a tal velocidad que será únicamente un ruido de estrépito, fulgurante, un suspiro vacío, algo ante lo que cualquiera de ustedes dirá : ¿pero cómo? ¿ya ha pasado? ¿Y esto era la vida?  Antes de que se den cuenta habrán vivido todo y se quedarán boquiabiertos, pasmados: pero bueno, dirán, ¿ y ya no hay otra oportunidad? Se ha quedado usted un poco serio, Alberto: lo entenderá. Ahora no lo entiende, pero lo entenderá. Vamos. Aprovechemos la próxima estación. ¡No, no podemos seguir más!… ¿Qué? ¿Les ha parecido corto? Avancen, vamos, ¡vamos, vamos por el pasillo! ¡A ver!, ¿quién falta? Uno, dos, tres…¡y doce! Bien. ¡Constantino, usted también, venga, deje a su madre! No. Ahora hay que esperar. ¿ Lo ven? Ya va parando. Ya está. Déjenme, que yo voy a bajar primero, yo les ayudo. Así, vamos, váyanme dándome la mano. ¿ Pero vamos, Paula? ¡ que el tren se va…! Bien. ¿Estamos todos? Ahora observen. ¿Ven?  También hay que observar el ferrocarril desde fuera, todo hay que contemplarlo. Miren cómo toma el impulso del futuro, cómo desaparece y se va… ¿ Se dan cuenta? Es una curva de tiza en la pizarra, un arco ¿ven?, así, como yo lo estoy pintando ahora, de abajo arriba, ¿lo ven? Así han de pintarlo en casa esta noche. ¿ De acuerdo? Bien.¡No, no lo borren! Vamos, la clase ha terminado. Vamos, vamos… ¡adelante, salgan! Margarita, no se olvide de apagar la luz.”

José Julio Perlado — “ Dibujar un tren” – (del libro “Relámpagos” ) ( texto inédito)

 

 

(Imágenes—1-Marta Zamarska/ 2-René Groebli/3- Eliot Ervitt/ 4-pullman británico/ 5- Hari Roser/ 6- Holger Droste/6- Olga Chernysheva/

LA COMA

 

 

“La coma asomó por el borde de la página tímidamente, parecía lombriz, se curvó, se dobló, intentó levantar su rodilla, se inclinó, dio un toque suave, un rabo mínimo, el bastón del aliento, apenas nada, separó las palabras, para eso me quieren, se dijo, nunca fui letra, apenas valgo, y de repente a la coma un estruendo en vértigo de vocablos unidos le pasó por encima sin dejarla respirar aplastando el vientre de las frases de hierro su lengua hasta alisarla bajo un peso de líneas pasando y repasando interminablemente la piel de la hoja sin pausa alguna de izquierda a derecha en ritmo incesante y la coma quedó quieta y tan insensible como si se hiciera la muerta o la dormida a la vez que procuraba respirar para sobrevivir asustada por tantos vagones de palabras que no acababan nunca de pasar enganchados por conjunciones imantadas de plata y en carrera de voces y silencios con y griegas silbantes como espadas que segaban y unían adjetivos y nombres disfrazando conceptos de color y sabor viajando al ritmo del estilo que el flujo de la lengua arroja desde la boca del dragón  escritor cuando el placer de la luna se inflama y llamea el lenguaje incandescente en la noche blanca de la desierta página de un cuaderno que se deja cubrir por signos evocadores de tanto eco fantástico hasta quemar habitaciones de memoria y hacer que arda esa imaginación hecha castillos en pavesas de artículos zigzagueantes en el aire del humo que deja olor a verbos chamuscados por astillas de tantas preposiciones bajo lluvias de fuego en la fiesta nocturna a la que son convocadas las palabras cruzándose sus vidas solitarias en el juego de la sintaxis hasta que toda la prosa es incendio de árboles y las comas no existen embobadas por ese ejercicio malabar en la noche de la creación de tan variados sabores como segregan las palabras chorreantes en chasquidos y en jugos destilando un aroma único de madera labrada en sustantivos nobles que encierran su olor en bodegas de libros a punto ya de abandonar en buques la bóveda del resplandor del puerto iluminado y echarse a la mar de la aventura azul en seda silenciosa y suave que rasga la huida del escritor dormido en esa placidez de los vocablos avanzando en  silencios de ritmo hacia páginas nuevas de sorpresa que muestran un horizonte de color inexplorado por tantas esquinas de azar como la vida esconde tras rocas de mayúsculas blancas y misteriosas en las que encallan las proas de los verbos de lujo igual que trasatlánticos transparentes que bambolean bombillas infinitas vencidas por oleajes de estilo en espumas que rozan los

 

 

 

pies de las palabras y levantan penachos de admiraciones sorprendidas por lo que la lengua puede hacer enroscándose hasta ocultar sus comas bajo las alas de tantos adverbios volando con sus bes y sus uves de suavidad dulce y sosegada que ondulan el paladar del cielo  en la boca de ese escritor en tal recogimiento  que oye sólo el piar de los acentos prendidos en los cables de vocablos ateridos de frío por tanto picotear de tildes que despluman lágrimas aquí y allá en cada cumbre de la línea en momentos en que la inspiración se tensa en el trabajo y el campo de los temas aparece tan yerto que sólo el rasgueo de la pluma en la hoja blanca del cuaderno y la dentadura de las teclas en las máquinas de los ordenadores hacen saltar las notas musicales de la literatura  extendida en el mapa de niebla gaseosa cuyo horizonte es el linde de la niñez recobrada en esa hora en que la madre observa cómo el niño emborrona sus primeros cuadernos y la escritura no es aún vocación sino simplemente oficio manual del lento instrumento  de dedos apretados contra el lápiz cuya sombra refleja la lámpara sobre la mesa de la cocina familiar tan empañada de deberes escolares en donde las palabras nacen de los signos unidos y encantados mientras suben y bajan las tes y las jotas coronadas del punto de rey y hermanas mayores de esa i con lunar en su techo que vive en la guarida de las vocales necesarias y tan elementales que se engarzan como joyas entre las manos de las consonantes y antes de que el aliento de la madre inclinada hacia ese hijo que un día  será escritor pueda explicar que los asombros de la vida han de contarse entre admiraciones enhiestas como palos en las frases que aspiran a entreabrir secretos que ni los poetas pueden desvelar y cuando los vientres ganchudos de las interrogaciones no muestran aún esa inquietud por preguntar a  ese niño que aprende a trazar rasgos  y que sigue preocupado de enderezar su caligrafía tan difícil que el sudor del esfuerzo se mezcla con las lágrimas creyendo que ese cuaderno jamás acabará en perfección y  que nunca escribirá mas que palotes secos e indescifrables con los que ni siquiera podrá jugar en el recreo para dar empujones con la p al redondo balón  de esa o que rueda entre las piernas de sus amigos y que  sufre ese puntapié último que elevará a la o sobre el patio mientras se va inflamando y engordando y una nube al pasar la blanquea haciéndola luna esférica colgada sobre este escritor al que le zumba zigzagueante esa zeta del sueño en el momento en que el libro entrecierra sus párpados y parece caer y se escapan sillón abajo las graves palabras mayores perseguidas a gritos por las esdrújulas que cuelgan aferradas a sus acentos mientras un hálito de soledad entra con el viento desde todas las puertas de la imaginación animando a retomar la luna y a cazar en vuelo las palabras que huyen y a fijarlas igual que mariposas en la hoja límpida que espera a que ese niño que aprendió mansamente a escribir en la cocina  familiar prosiga tal y como si estuviera la madre siempre a su lado señalándole el esfuerzo diario que ha de hacer hasta lograr el dominio encantado de las palabras en matrimonios de frases cuyos hijos harán un día maravillarse a los lectores aunque antes, hijo, no te olvides, le va diciendo la madre,  de poner una coma aquí, y otra aquí, y llegarás así con algo de respiro hasta  que  tu mismo encuentres tu verdadero punto final.”

 

José Julio Perlado — “La coma” ( del libro Relámpagos”) (relato inédito)

 

 

 

 

(Imágenes —1- Mark Rothko -1969/ 2-Mark Rothko – 1949/ 3-Mark a Rothko – 1948)

LA HUIDA DE LOS ÁNGELES EN FLORENCIA

 

 

“Hacía las once y media de aquella mañana, el ángel Baradiel, en Florencia, empezó a despegarse poco a poco del manto y de la pequeña capa que le cubría, procurando sobre todo que ese movimiento suyo pasara inadvertido: se desplazó hábilmente separando a un lado las trompetas doradas que hacían resonar sus compañeros, apartó un poco  el pequeño violín al que le arrancaba notas su amigo el ángel Casul, y procuró dejarlo todo en la pintura casi como estaba para que no se notara que él se escapaba, todo casi perfectamente ordenado y arreglado, disimulado de tal modo que los visitantes y turistas que pasaban aquella mañana por el segundo piso de la Galería de los Uffici  y se detenían asombrados ante el color de oro, resplandecidos sus rostros por aquel oro que se reflejaba como en un espejo, apenas notaron la  pequeña  mancha blanca como diminuto vacío que asomaba entre todas las cabezas de ángeles. Eran varias decenas de espíritus dorados entremezclando sus instrumentos, conducidos desde el siglo XV de la mano y el pincel y las lágrimas del Beato Angélico (puesto que Fray Angélico muchas veces lloraba al pintarlos), ángeles que habían vivido primero en la iglesia del hospital florentino de Santa María Nueva y que luego llegarían a los Uffici embaladas las cajas con las láminas de la serena contemplación y con el círculo situado bajo un haz de rayos haciendo girar como rueda y globo espacial a todos los personajes. Entre aquellos personajes, a la derecha, en la altura y muy cerca de una nubecilla, había permanecido durante seis siglos  Baradiel, inmóvil, con la trompeta dorada en el aire, pero mirando fijamente primero a los italianos y europeos y luego a los chinos y  japoneses que iban pasando diariamente delante de su pintura, organizados en grupos, deteniéndose, acercándose con sus zapatillas blancas y azules, atravesando despacio la sala y siguiendo al guía que les conducía, pero ahora Baradiel había decidido huir de todo aquello, escaparse sin que se notara, y así, conforme Baradiel procuraba despegarse completamente de la pintura del Angélico y también  de la capa y del manto, y abría con suavidad sus alas sobre las cabezas de los turistas para volar sobre la sala del museo, el escritor proseguía en su cuarto aquella  escritura suya tan  paciente y cuidadosa que los ángeles siempre respetarían, una escritura a veces titubeante e indecisa, cumpliendo sin embargo su tarea en sus páginas blancas, y asī escribía despacio con su pluma azul : Veo ahora a Baradiel —así escribía —, cómo vuela casi invisible y va rozando  con sus alas las paredes de los Uffici sin apenas hacer ruido, los japoneses y los chinos no se han dado cuenta de que está volando sobre ellos, los japoneses y los chinos caminan apretados unos junto a los otros, conviviendo gorras, pisadas, zapatillas y prismáticos, atuendos multicolores y edades mezcladas, mientras las alas de Baradiel cubren toda la sala y luego se pliegan junto a la puerta sin apenas rozarla para poder pasar con facilidad de una a otra estancia, allí donde está Giotto y su  Madonna con el Bambino, llamada también Maestà de Ognissanti,  nacida de un pincel  en el siglo XlV, pero sobre todo porque allí se encuentran sus amigos, los  otros ángeles que Baradiel está buscando, allí están  Dubilon y Egibiel  arrodillados tal y  como los pintara Giotto en 1313, vestidos con  unas túnicas blancas y sosteniendo  Dubilon, a la izquierda, una jarra con lirios, y Egibiel, a la derecha, una jarra con rosas. En un primer momento ninguno de los dos ha percibido la llegada de Baradiel  puesto que ambos están mirando hacia  la altura, pero enseguida, a una repentina seña de Baradiel, Dubilon deposita  suavemente en el suelo la jarra con lirios y  Egibiel hace lo mismo con su jarra de rosas y cada uno repliega sus alas grises y encarnadas y los dos van despegándose poco a poco de la pintura de Giotto y tomando impulso se elevan detrás de Baradiel por encima de todas las cabezas de los turistas chinos y japoneses y escapan volando por la única ventana abierta. El Arno ahora es un espectáculo para ellos. El río fluye bajo los puentes, principalmente bajo el ponte Vecchio y bajo el  ponte alle Grazie, bajo el ponte alla Carraia y el de Santa Trinita , y sobre el río las alas de los tres ángeles vuelan abriéndose y cerrándose en una libertad incomparable. ¡Ah, la libertad!, va diciéndose el escritor en su cuarto y en su cuaderno al seguir el vuelo de los ángeles por el río de  Florencia, ¡ah, la libertad de escribir, de volar, de escribir como si uno volara, de ser uno de esos espíritus que marchan sobre el Arno, de recorrer el aire de todo un libro!”

José Julio Perlado —(del libro “Relámpagos”) ( texto inédito)

 

 

 

 

Imágenes —1- Beato Angélico – Uffici – Flickr/ 2- ángel de Giotto)

LA ASAMBLEA DE LOS ÁNGELES

 

 

“La  Asamblea llamada del Azul, o Asamblea de  los Ángeles , aunque quizá muchos ahora no la recuerden,  tuvo lugar hace varios años en lo alto de la iglesia de Saint Michel, en Francia, en el pueblecito Puy en Velay, en la región de Auverna, un pueblecito pintoresco y famoso  por su subida casi vertical de sus 268 escalones que ascienden desde las calles hasta la iglesia. Naturalmente los ángeles no necesitaron aquellos escalones y volaron gozosos sobre ellos: cantaron y disfrutaron mientras ascendían.  Se trató en aquella Asamblea de numerosas cosas: allí se sentaron como pudieron docenas de ángeles en los picos de la capilla y otros se recostaron apoyados en los techos, y desde abajo, es decir,  desde el pueblo de Puy en Velay, algunas mujeres que miraban de vez en cuando hacia arriba mientras seguían trabajando en su encaje de bolillos sentadas a las puertas de sus casas, cuando se les preguntó tiempo después si habían visto ángeles, espíritus, o algo parecido, sólo pudieron afirmar que habían percibido un extraño resplandor a media tarde, una especie de hilo brillante iluminado por el sol. Únicamente una joven costurera, Berthe Rufin, que vivía en la calle Rápale y que también se dedicaba al encaje, fue más explícita, y como dijo que presumía de vista excepcional y, más aún, de oído fino, declaró que mientras trabajaba había observado una suave ráfaga luminosa subiendo y bajando desde la iglesia hasta la calle. En los techos de aquella capilla, posados igual que pájaros inmóviles, se prepararon para celebrar la Asamblea, entre otros, un ángel de Zurbarán, y  uno pintado por Murillo, también  un ángel de Poussin, otro de Leonardo y otro de Caravaggio.  Estaban también, apoyados en un extremo del tejado de la iglesia de Saint Michel y procurando no caerse, los once ángeles del famoso díptico de Wilton que habían llegado todos a una desde Londres, desde la National Gallery, y que como siempre fascinaban con su intenso azul. Ellos fueron los primeros que quisieron hablar y así lo hicieron los once a la vez con la voz única que tenían, es decir, como si hablara uno solo, modulando las palabras y haciendo referencia enseguida al azul con que vestían sus ropajes y señalando sus once alas delgadas y verticales que aunque parecían partir de los hombros casi nacían de sus cabezas. Aquellas once alas eran una especie de llamaradas blanquecinas que terminaban en una punta azul. Defendieron que aquellas alas suyas eran las adecuadas para todo tipo de ángeles aunque fueran distintas y estuvieran muy alejadas de tener enormes dimensiones.

 

 

 Y aquí se entabló una gran discusión  entre los once ángeles del díptico que seguían hablando a la vez con voz única y que amenazaban con aturdir a los demás. Se trataba esencialmente de dos posiciones: el debate sobre la importancia del azul en los ángeles y los distintos puntos de vista sobre las dimensiones que debían de tener las alas. Unos defendían mantener un azul puro para las alas, el azul que vestían, un azul sin mezcla para los ángeles, y otros en cambio abogaban por un azul difuminado, mezclando blancos, grises, e incluso negros. Uno de los once ángeles del díptico de Wilton , situado en el extremo izquierdo del tejado y que llevaba en la mano un collar dorado y una corona de flores, quiso destacarse del resto de las voces y confesó que para él el más bello azul era profundo y lanzaba al hombre al  infinito. Tras una pausa, añadió:

la entrada en el azul conduce al país de los ángeles.

Y aún quiso decir más:

quiero quedarme a vivir siempre en este azul que está en trance de explotar.

 

 

Hubo un largo silencio ante aquellas palabras,  y todo el mundo en aquel tejado de la iglesia de Saint Michel en Francia pareció dedicar unos momentos a la reflexión. ¿Entonces era verdad que esencialmente el azul era el que podía representar mejor a los ángeles? ¿Y por qué no representarlos con el amarillo, el blanco o el dorado? Existían muchos ángeles dorados, fascinantes, fulgurantes en la vida, ángeles también sin alas, ángeles sin cuerpo, solamente con cabeza, unas cabezas redondas como de niños, y en ese momento alguien en el otro extremo del tejado interrumpió los comentarios para preguntar por qué no estaban allí, en aquella Asamblea, las diminutas cabezas de los ángeles llorando que pintó Giotto para su Llanto por la muerte de Cristo.

—Ellos expresó aquella voz precisamente por ser azules y por ser sólo cabezas de niños podrían darnos ahora un buen testimonio.

Y así continuó durante toda la tarde aquella apasionante reunión y yo me alejé lentamente de ellos.”

 

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos’) (texto inédito)

 

 

(Imágenes – 1- Howard Hodgking/ 2 – diptico de Wilton- National Gallery/ 3-Adam Fuss-1991/ 4- ángel de Giotto)

DE LAS SOMBRAS Y EL ALMA

 

 

“Iban caminando y charlando los cinco amigos  del Greco por la casa del pintor en Toledo y hablaban de las sombras y del alma. Eran las sombras de don Francisco de Pisa, historiador de la ciudad y capellán de la capilla mozárabe; a su lado iba la sombra de don Antonio de Covarrubias, jurista y maestrescuela de la catedral, hombre de espaciosa frente, afilada nariz y barba blanca ; unos pasos detrás marchaba la sombra de don Gregorio de Ångulo, y junto a él la de don Julián de Almendariz la de don José de Valdivielso. Caminaban aquellas cinco sombras charlando amigablemente por la casa, sorteando los escasos muebles que allí había y me acerqué  por curiosidad para enterarme mejor de qué hablaban. Me puse cerca de la sombra de don Francisco de Pisa, el gran amigo del Greco, y le escuché que iba diciendo: “la sombra es precisamente el alma”. Se  lo comentaba así, en voz más bien alta, a don Antonio de Covarrubias, que era bastante sordo y que iba a su lado. Le decía que había leído en Homero que después de la muerte, el alma se convertía en una sombra, en un sueño, y don Antonio de Covarrubias, con gracia, le contestaba que eso de la sombra era una cosa muy común, y que también en Castilla, por donde él había viajado tanto, se solía hablar en los pueblos de “dar buena o mala sombra”, “reírse de su sombra”o “vivir a la sombra’ de Mengano o Zutano” y muchas cosas más. Así los dos iban hablando con gran soltura, agilidad y  humor de ese tema de las sombras siendo ellos mismos sombras por el pasillo. Y entre unas cosas y otras empezaron a recordar las muchas sombras que habían conocido en vida, algunas de ellas pintadas por El Greco, por ejemplo las pertenecientes al  Entierro del Conde de Orgaz , el entierro de don Gonzalo Ruyz de Toledo, señor de la villa de Orgaz , muerto en 1323, y al que, gracias a la pintura, ellos habían podido asistir a su entierro.

—No sé si éramos 25 o 30 las sombras que estábamos allí aquel díaquiso recordar don Antonio de Covarrubias.

—Yo creo que éramos 30, si cuenta usted las sombras de la gloriadijo don Francisco de Pisa.

Bueno, pero es que en la gloria no hay sombras, todo es luz le replicó Covarrubias.
Y así los dejé aquella tarde, hablando del pintor y de la pintura, y caminando por aquellas salas en una conversación  que no se me va de la memoria.”
José Julio Perlado(del libro “Relámpagos” ) ( texto inédito)
(Imágenes – 1–El Greco- El entierro del Conde de Orgaz- Wikipedia/ 2- El Greco- mapa de Toledo)

EL CAMINO DE ANDREI ROUBLIOV

 

“ Se decía que el monje pintor Andrei Rubliov en 1427, envuelto en una amplia capa negra, ayudado con un largo bastón que terminaba en forma de cruz y en el que se apoyaba con rotunda fortaleza, casi cubiertos los ojos para proteger su intimidad bajo una ancha capucha, andando con los pies descalzos por llanuras inundadas de fango en una Rusia desmantelada, había marchado con decisión hasta la iglesia de la Asunción de la ciudad de Vladimir  porque quería pintar algo que llevaba ya en su mente: una serie de tres  tonos de azul con los que deseaba vestir a un angel con un trazo de paz y de concordia. Como todos los artistas de todos los tiempos, Roubliov no necesitaba las manos para crear, sólo necesitaba la mente, en la mente llevaba los tres tonos de azul y ellos iban iluminando aquel oscuro camino  por donde Roubliov avanzaba, un camino de tierras húmedas, a veces inundadas de nieve, donde las luces de los colores sólo estaban en el pensamiento del monje y cualquiera que se acercara a la comitiva podía ver el resplandor de las luces bajo su capucha. Los que le seguían por el caminodos monjes más, también pintores de iconos como él, más jóvenes e indecisos, Daniil el Negro y Cirilo no veían sino las nieblas grises del paisaje, el resplandor de las hogueras por las noches, por supuesto el fango embarrándoles los pies, pero no la luz. Porque la luz, iba diciéndose Roubliov  bajo la capucha mientras caminaba el primero de todos, no se puede mostrar a los demás ya que va en un cuenco invisible quizás dentro de mi cabeza, no lo sé, nadie lo sabe, solo sé que el azul penetrante, el oro y el rojo oscuro, casi cereza, que pinté en su momento. para el icono de “La Trinidad” salieron de mí, yo extendí la mano y el azul penetrante, el oro y el rojo oscuro, casi cereza, y también aquel color tilo claro que usé para la túnica del ángel central, ya los tenía yo en la mente y bajaron veloces hasta los dedos de mi mano, y luego hasta el pincel, y yo no tuve más que obedecer.”

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos” ) (texto inédito)

 

 

(Imágenes-  Andrei Rubliov: 1- La Trinidad – Galeria Tretiakov   Moscú/ 2-arcángel San  Gabriel – 1408)

RILKE Y TOLEDO

 

 

”Rilke se quedó mirando aquel Toledo bajo cielos plomizos, con luces violentas en los ángulos, con una honda y estrecha hoz del Tajo, con unos cerros agrios, un abrupto pedazo de tierra, la Huerta de Safon mirando hacia el Puente de Alcántara, los cerros de la Sisla y de la Degollada, el Castillo de San Servando y el Alcázar. El Greco había querido hacer un Toledo distinto y eso es lo que fascinaba a Rilke, la sinfonía del azul, del ocre y del gris. El poeta definía Toledo como una ciudad del cielo y de la tierra que estaba hecha  tanto para los ojos de los muertos como para los de los vivos y los ángeles.

Allí estaba él, mirando aquella tarde Toledo. Era un personaje no muy alto, de rostro alargado, con una frente atormentada y unos ojos azules de niño y de vidente a la vez, una nariz cuyas aletas se abrían con la respiración cada vez que leía un poema en voz alta y con una gran boca rodeada por un bigote rubio y caído, todo acompañado por una risa precipitada de niño.  Guardaba grandes ilusiones para su futuro: procuraría ponerse en estado de gracia para escribir aprovechando las condiciones exteriores e interiores más favorables, por ejemplo, la ausencia de preocupaciones materiales o la tranquilidad de un lugar estable, o también una alimentación sencilla, compuesta de legumbres y frutas, y buscando asimismo un sueño reparador, pero, sobre todo, la soledad.  Necesitaba la soledad para crear,  le era absolutamente imprescindible. Como  ocurre con frecuencia en la vida, algunas de esas cosas las conseguiría y otras no, pero siempre encontraría la soledad.”

José Julio Perlado -( del libro “Relámpagos”) (texto inédito)

 

(Imágenes – 1- El Greco- Toledo/ 2-Rainer Maria Rilke)

EL CUENTO DE LA O

 

 

“Este señor que sale ahora de su casa con el sombrero puesto, el abrigo gris, un poco cargado de espaldas, los lentes redondos y el paso corto, este señor de ligera perilla blanca en el mentón afilado, el brazo derecho que surge del gabán sosteniendo una carpeta con gomitas, este señor que mira a todos lados antes de cruzar, tiene indudablemente prisa porque ha de escribir un cuento. El cuento se le ha ocurrido esta madrugada estando entre las sábanas. Es un cuento sobre la O. Se le ha ocurrido esta mañana entre seis y seis y media, ha visto perfectamente la O de su niñez, una O colgada de su cuna que su madre le puso para entretenerle, una O de campanillas y de encajes, una O azul que era a la vez sonajero. Pero como este señor tiene ya cincuenta y un años, en el momento en que ha querido alargar la mano y tomar esa O de su cuna para recrearla y para contemplarla, pues no ha podido, porque antes ha tenido que hacer el ejercicio literario que hace todas las mañanas, un ejercicio de recuerdos, y aunque es escritor y hace gimnasia por las mañanas con las vocales y las consonantes y suele hacer flexiones con las interrogaciones y las normas de puntuación, su edad biológica  – más que su edad literaria – le juega estas malas pasadas, y como hacía frío en su habitación, se ha quedado mirando a la O colgada de los recuerdos de su cuna sin moverse de su cama de adulto, de su cama de soltero.

Porque este señor es soltero. No ha querido casarse por su amor a la literatura, y en eso se ha equivocado. Él creía que con la literatura no tendrían para comer dos personas y sólo podría comer una, y en eso sí ha acertado. Este señor casi no ha comido ni cenado bien en toda su vida. O ha cenado, o ha comido, pero nunca ha hecho bien las dos cosas. El resto del día lo ha dedicado a escribir cuentos. Tiene una medida para los cuentos, para calcular su extensión, es un metro que él lleva cuidadosamente enrollado en el bolsillo derecho de su pantalón, ahora no podemos verlo, porque este señor, mientras estamos hablando de él, mientras estamos dibujándole y contando su historia, ha salido de casa, ha levantado la mano y ha llamado de pronto para que se detenga poco a poco un autobús en la parada. En un descuido se ha subido al autobús. Hay que tener cuidado con los descuidos en los cuentos. Como este señor es despistado y a la vez no controla los descuidos, casi nos deja aquí, en la calle, y se escapa en ese autobús al que por fin hemos alcanzado, hemos subido detrás de este señor, ahora vamos – el señor y nosotros – buscando un asiento vacío —, mejor, dos asientos. Al fin, al fin los encontramos. Ahora vamos sentados los dos de cara al porvenir, nosotros y este señor, el señor pensando en el futuro de su cuento y nosotros procurando no rozar la manga del abrigo gris de este señor.

 

 

Este señor se llama Euclides García. El lo sabe, naturalmente, pero quienes no lo saben son sus lectores, porque este señor firma siempre con seudónimo. Al tener mucha imaginación para sus historias pero carecer de toda imaginación para sus seudónimos ha ido numerando perfectamente todos sus seudónimos, y el primer cuento que escribió lo firmó con el “Seudónimo 1”, el siguiente con el “Seudónimo 2” y así siguió muy seguro por toda la numeración hasta llegar a este cuento de “La O” que ahora está pensando y que habrá de figurar firmado como “Seudónimo 1.353”, ya que este señor es muy prolífico y muy fértil, tiene sus cajones absolutamente llenos de cuentos.

Los cuentos para este señor son como su vida. La O, que es el tema de su cuento actual, se le apareció  completamente azul – ya lo dijimos  – esta madrugada: una O azul como corona de infancia, una O de cuna y de seda que él estuvo a punto de alcanzar. Pero de pronto aquella O se desvaneció, estaba afeitándose un rato después este señor ante la luna de su espejo y no encontró ya la O de su niñez, el vaho del agua caliente le trajo en cambio el círculo húmedo de otra O de espuma en distinto lugar de su infancia , una O de aro, una O  de juguete, algo que se le solidificó enseguida en el cristal, y este señor – asustado y con toda la cara enjabonada y la perilla blanca como la nieve – se acercó para tocar aquella O de espuma redonda, pero la O huyó,  se puso en movimiento por el cristal, empezó a girar y a dar vueltas y acabó rodando hacia la playa de la memoria de este señor, la playa de su primer veraneo. Entonces este señor intentó seguir como pudo a aquella O en el espejo del cuarto de baño haciendo círculos con el dedo, procurando jugar al aro con sus recuerdos, y así salió detrás de aquella O por toda la playa hasta casa de sus padres, llevando siempre derecho su aro en el aire, entre las paredes del aire, guiando con gran habilidad su juguete hasta hacer aquella prestidigitación que él conseguía porque era ya aprendiz de escritor – se le veía que iba a ser escritor -, y la prestidigitación consistía en desdoblar la O en dos pequeñas O, dos ruedas iguales, y crear dos oes como dos ruedas de bicicleta y sentarse luego en la imaginación del sillín y apoyar las manos en el manillar, y hacer sonar el timbre de la fantasía – trín, trintín, trintrintín – e ir luego, ya sin manos, sobre esas dos oes de su bici y salir de casa de sus padres campo abierto, pedaleando sobre su pubertad y su adolescencia.

 

 

En todo eso es en lo que va pensando este señor sentado en este autobús que ahora mismo abandona, porque  ha llegado su parada y acaba de avisar al conductor para que se detenga. Ahora este señor baja con cuidado, da un saltito desde el estribo de la velocidad hasta la acera de la sorpresa, procurando, eso sí, no pisar las blandenguerías que suele tener la sorpresa, porque con la sorpresa nunca se sabe, y uno puede llevar pegada todo el día en las suelas de los zapatos la pegajosa inquietud de la sorpresa, ese húmedo desasosiego, esa hoja seca del caminar.

Y ahora cruza este señor con cierta rapidez las calles porque este señor va ya muy contento puesto que tiene casi dominado el tema de su cuento, o cree que lo tiene, y al tenerlo casi dominado sube de dos en dos los peldaños de las escaleras de su estudio, ese rincón donde él se refugia a escribir por las mañanas. Ya tiene – hace cuentas –  la O de su cuna, la O de su aro de niño, las dos oes de su bicicleta, y piensa que trabajando un poco, quizá puliendo el estilo, incluso puede que llegue a cobrar algún dinero por este cuento, y alcance incluso la cifra de oes o de ceros que soñó alguna vez y que nunca cobró, esas oes o ceros que él ha visto en otros autores y que suelen ir detrás del 1 por ejemplo, o detrás del 2, esa cifra  mágica del 1OO o del 10OO,  algo que nunca le han pagado por ningún cuento y algo con lo que aún sueña. Si eso ocurre, se va diciendo este señor sentado ya en su escritorio, quizá incluso un día me podría casar, colocar la O del anillo en el dedo de mi prometida, grabar por dentro de esa O dorada la petición y la fecha del acontecimiento e incluso tal vez atreverme a poner los labios en forma de O para dar la expresión redonda de un beso, algo que jamás he hecho.

Pero lo que le ha pasado sobre todo a este señor esta mañana – lo que aún no ha contado – es que se le ha desatado de pronto la inspiración. La inspiración le ha rodeado por completo en este estudio cuando él estaba solo y más tranquilo. Estaba este señor sentado, trabajando en su cuento – se había preparado un café y estaba revolviendo el azúcar de su taza, haciendo círculos de O con su cucharilla, es decir, dándole vueltas al tema de su cuento -, cuando la inspiración le ha rodeado por detrás , por su espalda, le ha envuelto, le ha llevado hasta la ventana y le ha empujado a mirar hacia abajo, hacia la calle, hacia la acera desierta. Alguien ha abandonado hace un rato  una corona de hojas marchitas en forma de O junto a su portal, un círculo de flores caducas dibujando la redondez de una O,  y a este señor,  al mirar desde la ventana fijamente esta corona, el corazón le ha dado un vuelco y se ha quedado estremecido,”

 

 

José Julio Perlado – “El cuento de la O” – (del libro “Relámpagos) – relato inédito

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

(Imágenes -1-Kristian Krogh / 2-Edward Burne Jones – 1886/ 3-Emily Bobovnikoff/4- Boris Ivanovich Kopylov)