LA HUIDA DE LOS ÁNGELES EN FLORENCIA

 

 

“Hacía las once y media de aquella mañana, el ángel Baradiel, en Florencia, empezó a despegarse poco a poco del manto y de la pequeña capa que le cubría, procurando sobre todo que ese movimiento suyo pasara inadvertido: se desplazó hábilmente separando a un lado las trompetas doradas que hacían resonar sus compañeros, apartó un poco  el pequeño violín al que le arrancaba notas su amigo el ángel Casul, y procuró dejarlo todo en la pintura casi como estaba para que no se notara que él se escapaba, todo casi perfectamente ordenado y arreglado, disimulado de tal modo que los visitantes y turistas que pasaban aquella mañana por el segundo piso de la Galería de los Uffici  y se detenían asombrados ante el color de oro, resplandecidos sus rostros por aquel oro que se reflejaba como en un espejo, apenas notaron la  pequeña  mancha blanca como diminuto vacío que asomaba entre todas las cabezas de ángeles. Eran varias decenas de espíritus dorados entremezclando sus instrumentos, conducidos desde el siglo XV de la mano y el pincel y las lágrimas del Beato Angélico (puesto que Fray Angélico muchas veces lloraba al pintarlos), ángeles que habían vivido primero en la iglesia del hospital florentino de Santa María Nueva y que luego llegarían a los Uffici embaladas las cajas con las láminas de la serena contemplación y con el círculo situado bajo un haz de rayos haciendo girar como rueda y globo espacial a todos los personajes. Entre aquellos personajes, a la derecha, en la altura y muy cerca de una nubecilla, había permanecido durante seis siglos  Baradiel, inmóvil, con la trompeta dorada en el aire, pero mirando fijamente primero a los italianos y europeos y luego a los chinos y  japoneses que iban pasando diariamente delante de su pintura, organizados en grupos, deteniéndose, acercándose con sus zapatillas blancas y azules, atravesando despacio la sala y siguiendo al guía que les conducía, pero ahora Baradiel había decidido huir de todo aquello, escaparse sin que se notara, y así, conforme Baradiel procuraba despegarse completamente de la pintura del Angélico y también  de la capa y del manto, y abría con suavidad sus alas sobre las cabezas de los turistas para volar sobre la sala del museo, el escritor proseguía en su cuarto aquella  escritura suya tan  paciente y cuidadosa que los ángeles siempre respetarían, una escritura a veces titubeante e indecisa, cumpliendo sin embargo su tarea en sus páginas blancas, y asī escribía despacio con su pluma azul : Veo ahora a Baradiel —así escribía —, cómo vuela casi invisible y va rozando  con sus alas las paredes de los Uffici sin apenas hacer ruido, los japoneses y los chinos no se han dado cuenta de que está volando sobre ellos, los japoneses y los chinos caminan apretados unos junto a los otros, conviviendo gorras, pisadas, zapatillas y prismáticos, atuendos multicolores y edades mezcladas, mientras las alas de Baradiel cubren toda la sala y luego se pliegan junto a la puerta sin apenas rozarla para poder pasar con facilidad de una a otra estancia, allí donde está Giotto y su  Madonna con el Bambino, llamada también Maestà de Ognissanti,  nacida de un pincel  en el siglo XlV, pero sobre todo porque allí se encuentran sus amigos, los  otros ángeles que Baradiel está buscando, allí están  Dubilon y Egibiel  arrodillados tal y  como los pintara Giotto en 1313, vestidos con  unas túnicas blancas y sosteniendo  Dubilon, a la izquierda, una jarra con lirios, y Egibiel, a la derecha, una jarra con rosas. En un primer momento ninguno de los dos ha percibido la llegada de Baradiel  puesto que ambos están mirando hacia  la altura, pero enseguida, a una repentina seña de Baradiel, Dubilon deposita  suavemente en el suelo la jarra con lirios y  Egibiel hace lo mismo con su jarra de rosas y cada uno repliega sus alas grises y encarnadas y los dos van despegándose poco a poco de la pintura de Giotto y tomando impulso se elevan detrás de Baradiel por encima de todas las cabezas de los turistas chinos y japoneses y escapan volando por la única ventana abierta. El Arno ahora es un espectáculo para ellos. El río fluye bajo los puentes, principalmente bajo el ponte Vecchio y bajo el  ponte alle Grazie, bajo el ponte alla Carraia y el de Santa Trinita , y sobre el río las alas de los tres ángeles vuelan abriéndose y cerrándose en una libertad incomparable. ¡Ah, la libertad!, va diciéndose el escritor en su cuarto y en su cuaderno al seguir el vuelo de los ángeles por el río de  Florencia, ¡ah, la libertad de escribir, de volar, de escribir como si uno volara, de ser uno de esos espíritus que marchan sobre el Arno, de recorrer el aire de todo un libro!”

José Julio Perlado —(del libro “Relámpagos”) ( texto inédito)

 

 

 

 

Imágenes —1- Beato Angélico – Uffici – Flickr/ 2- ángel de Giotto)

LA ASAMBLEA DE LOS ÁNGELES

 

 

“La  Asamblea llamada del Azul, o Asamblea de  los Ángeles , aunque quizá muchos ahora no la recuerden,  tuvo lugar hace varios años en lo alto de la iglesia de Saint Michel, en Francia, en el pueblecito Puy en Velay, en la región de Auverna, un pueblecito pintoresco y famoso  por su subida casi vertical de sus 268 escalones que ascienden desde las calles hasta la iglesia. Naturalmente los ángeles no necesitaron aquellos escalones y volaron gozosos sobre ellos: cantaron y disfrutaron mientras ascendían.  Se trató en aquella Asamblea de numerosas cosas: allí se sentaron como pudieron docenas de ángeles en los picos de la capilla y otros se recostaron apoyados en los techos, y desde abajo, es decir,  desde el pueblo de Puy en Velay, algunas mujeres que miraban de vez en cuando hacia arriba mientras seguían trabajando en su encaje de bolillos sentadas a las puertas de sus casas, cuando se les preguntó tiempo después si habían visto ángeles, espíritus, o algo parecido, sólo pudieron afirmar que habían percibido un extraño resplandor a media tarde, una especie de hilo brillante iluminado por el sol. Únicamente una joven costurera, Berthe Rufin, que vivía en la calle Rápale y que también se dedicaba al encaje, fue más explícita, y como dijo que presumía de vista excepcional y, más aún, de oído fino, declaró que mientras trabajaba había observado una suave ráfaga luminosa subiendo y bajando desde la iglesia hasta la calle. En los techos de aquella capilla, posados igual que pájaros inmóviles, se prepararon para celebrar la Asamblea, entre otros, un ángel de Zurbarán, y  uno pintado por Murillo, también  un ángel de Poussin, otro de Leonardo y otro de Caravaggio.  Estaban también, apoyados en un extremo del tejado de la iglesia de Saint Michel y procurando no caerse, los once ángeles del famoso díptico de Wilton que habían llegado todos a una desde Londres, desde la National Gallery, y que como siempre fascinaban con su intenso azul. Ellos fueron los primeros que quisieron hablar y así lo hicieron los once a la vez con la voz única que tenían, es decir, como si hablara uno solo, modulando las palabras y haciendo referencia enseguida al azul con que vestían sus ropajes y señalando sus once alas delgadas y verticales que aunque parecían partir de los hombros casi nacían de sus cabezas. Aquellas once alas eran una especie de llamaradas blanquecinas que terminaban en una punta azul. Defendieron que aquellas alas suyas eran las adecuadas para todo tipo de ángeles aunque fueran distintas y estuvieran muy alejadas de tener enormes dimensiones.

 

 

 Y aquí se entabló una gran discusión  entre los once ángeles del díptico que seguían hablando a la vez con voz única y que amenazaban con aturdir a los demás. Se trataba esencialmente de dos posiciones: el debate sobre la importancia del azul en los ángeles y los distintos puntos de vista sobre las dimensiones que debían de tener las alas. Unos defendían mantener un azul puro para las alas, el azul que vestían, un azul sin mezcla para los ángeles, y otros en cambio abogaban por un azul difuminado, mezclando blancos, grises, e incluso negros. Uno de los once ángeles del díptico de Wilton , situado en el extremo izquierdo del tejado y que llevaba en la mano un collar dorado y una corona de flores, quiso destacarse del resto de las voces y confesó que para él el más bello azul era profundo y lanzaba al hombre al  infinito. Tras una pausa, añadió:

la entrada en el azul conduce al país de los ángeles.

Y aún quiso decir más:

quiero quedarme a vivir siempre en este azul que está en trance de explotar.

 

 

Hubo un largo silencio ante aquellas palabras,  y todo el mundo en aquel tejado de la iglesia de Saint Michel en Francia pareció dedicar unos momentos a la reflexión. ¿Entonces era verdad que esencialmente el azul era el que podía representar mejor a los ángeles? ¿Y por qué no representarlos con el amarillo, el blanco o el dorado? Existían muchos ángeles dorados, fascinantes, fulgurantes en la vida, ángeles también sin alas, ángeles sin cuerpo, solamente con cabeza, unas cabezas redondas como de niños, y en ese momento alguien en el otro extremo del tejado interrumpió los comentarios para preguntar por qué no estaban allí, en aquella Asamblea, las diminutas cabezas de los ángeles llorando que pintó Giotto para su Llanto por la muerte de Cristo.

—Ellos expresó aquella voz precisamente por ser azules y por ser sólo cabezas de niños podrían darnos ahora un buen testimonio.

Y así continuó durante toda la tarde aquella apasionante reunión y yo me alejé lentamente de ellos.”

 

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos’) (texto inédito)

 

 

(Imágenes – 1- Howard Hodgking/ 2 – diptico de Wilton- National Gallery/ 3-Adam Fuss-1991/ 4- ángel de Giotto)

¿QUÉ ES UNA OBRA MAESTRA? (1)

El artículo del argentino José Emilio Burucúa publicado recientemente bajo el título “¿Qué es una  obra maestra?” nos lleva a otras preguntas similares, las formuladas, entre otros, por Kenneth Clark,  Arthur C. Danto o Werner Spies. “Las definiciones abstractas de la expresión obra maestra – dice Kenneth Clark -, como la definición abstracta de la misma belleza, constituyen un ejercicio de ingenio, pero sólo guarda una relación remota con la expresión(…) La Anunciación de Donatello, por ejemplo, parece sencilla, pero quien haya contemplado durante largo rato esta obra sublime habrá experimentado una serie de emociones profundas y complejas”. Clark, tras recordar que Donatello había visto una obra griega, fuese original del siglo V o una copia del período helenístico, y percibiendo que aquello era una lápida, decidió devolverla a la vida, poniendo entonces de manifiesto” dos de las características de las obras maestras : la confluencia de recuerdos y emociones para conformar una única idea, y el poder de recrear las formas tradicionales de tal modo que sean expresivas de la época del artista y no obstante mantengan la relación con el pasado; las obras maestras no deben tener “el espesor de un hombre, sino el espesor de muchos hombres”, como señaló Lethaby.”

“En el caso del retrato de Pablo lll, de Tiziano, en Nápoles, se presenta un ejemplo conmovedor de la completa entrega a un personaje complejo– sigue diciendo Clark -.Es posible estar mirándolo durante una hora, como he hecho yo, apartando y devolviendo la mirada, y descubrir algo nuevo cada vez. La cabeza de un viejo sabio, un viejo zorro astuto, un hombre que ha conocido demasiado bien a sus semejantes, un hombre que ha conocido a Dios. Tiziano vio todo esto y mucho más”.

Tras recorrer épocas, obras y pintores, Clark se detiene ante “Mujer con guitarra” de Picasso, de 1911. “¿Podemos decirse pregunta – que los grandes cuadros cubistas de Picasso son obras maestras? Yo creo que podemos afirmarlo. Un cuadro como “Mujer con guitarra“, que tan esotérico resultaba cuando fue pintado en 1911, en la actualidad no presenta dificultades a nadie con cierto sentido de la composición animada”. A lo largo de su apasionante recorridoRembrandt, Velázquez, Giotto, Roger Van der Weyden, Hugo Van Der Goes, Brueghel, Boticelli, Caravaggio, Giorgione, Rubens, Manet y tantos otros en “¿Qué es una obra maestra?(Icaria) – el gran historiador inglés vuelve a su teoría:” una obra maestra es la de un artista genial que ha sido absorbido por el espíritu de la época de tal forma que su experiencia personal se convierte en universal”.

Largo debate, gustos diversos, pareceres valiosos, enfoques distintos.

(Imágenes.-1.-Donatello.-La Anunciación.-Sta Croce.-Florencia/ 2.-Tiziano.-Pablo lll.- Museo de Campodimonte.- Nápoles/ 3.- Picasso.-mujer con guitarra.-1911)

GIOTTO Y FRANCISCO

“Giotto fue uno de los más grandes maestros del trazo – recuerda Roger Fry en su “Giotto” ( Casimiro) – y leyendo este pequeño libro recuerdo siempre mi visita a Asís a mitad de los años sesenta, una tarde de noviembre, mi entrada en la Porciúncula, el sepulcro de San Francisco. En uno de los corredores y en un ángulo, aparecía una estatua de Francisco con su mano como nido de palomas: tres paloma blancas y palpitantes; y frente a la estatua, a la derecha, un árbol y un pequeño jardín: los restos del bosque antiguo.

Kennetht Clark – el gran historiador y crítico inglés del que he hablado varias veces en Mi Siglo – al comentar “El prendimiento” se pregunta si ha existido una mayor secuencia de momentos dramáticos como éste. “Es una composición magistral. Todo en el cuadro nos guía la mirada hacia las cabezas de Cristo y de Judas; los palos y las antorchas, los ropajes y desde luego, las figuras. Y cuando nos concentramos en las dos cabezas, todas las demás imágenes se olvidan y sólo pensamos en esta inolvidable confrontación. Judas, como un animal, medio consciente de la horrorosa tarea que ha recaído en él, y Cristo que acepta sobriamente esta traición como una parte de su destino“.

Y cuando Clark aborda “La deposición“, se refiere a ella como una de las supremas composiciones del arte y el origen de todos los intentos de interrelacionar figuras de tal forma que puedan transformarse en una pieza escultórica.“Quienes piden al arte un orden plástico y lo que suele llamarse una forma significativa, no necesitan mirar mucho. Pero sin la menor duda mirarán, pues todas las manos y todos los gestos conducen a la cabeza de la Virgen que escruta a su hijo muerto con una intensidad que nos hace profundamente humildes”.

En su ensayo- pregunta “¿Es la obra maestra un valor seguro?” Noeil MacGregor recoge aquella historia que alude a la vida de Giotto: el Papa quería saber si Giotto era o no un gran pintor, y éste por toda respuesta dibujó un círculo perfecto. Berenson, por su parte, como excelente historiador, resumía su opinión a los noventa y tres años: Giotto era un genio, si lo ha habido alguna vez… Como figura central de la historia del arte, Giotto sigue siendo un problema. Me siento desconcertado, humillado y dispuesto a decirme a mí mismo; complácete en Giotto, y deja los problemas a los demás”.

“Podemos decir – nos sigue recordando Roger Fry – que Giotto es el fenómeno más prodigioso que la historia del arte ha conocido. Supo adivinar por intuición casi todos los principios de la representación en perspectiva, que sólo tras dos siglos de afanosa investigación se lograría fijar científicamente: haber conseguido todo eso consituye, sin lugar a dudas, el logro más impresionante alcanzado por un artista. Coetáneo de Dante, compartió ese mismo privilegio de entender la vida como un todo único, armonioso y sistemático”.

Me quedo en Asís, mirando esta estatua de Francisco. Tres palomas blancas y palpitantes se cobijan en el nido que guarda la mano del Santo.

(Imágenes:- 1.-Giotto.-La expulsión de los diablos de Arezzo.-Asís.-Iglesia Superior de San Francisco/2.- Giotto.- El Prendimiento/ 3.-Giotto.-El llanto ante Cristo muerto/4.-Giotto.-capilla de Scrovegni/ 5.-Giotto.-La prédica a los pájaros.-Asís.-Iglesia Superior de San Francisco)

NOTRE – DAME SOBRE LAS AGUAS

Nave de carga a los pies de «Notre-Dame», escribía Péguy sobre la isla de la Cité. Barco de París. A babor, el «quai des Orfévres»; a estribor, el «quai de l’Horloge»; a babor, Saint-Michel, la Sorbona, jardín de Luxemburgo, puertas de Châtillon, d’Orleans, d’Italie; a estribor, Chatelet, la Bastilla, Clichy, puertas de Clignancourt, la Chapelle, la Villette. En la proa el «square du Vert Galant»; a popa, portadas de vírgenes que acompañan a Nuestra Señora.

La imagen del navío la evocaron D’Anunnzio, Víctor Hugo. Anclado en el mundo en brazos de ocho puentes, este buque de tierra se desplaza con movimiento inmó­vil, en avante perpetuo, cuatro remos en fila a cada costado, todos bogando a una -aire, historia, tiempo, hombres-, regu­lando la respiración de siglos, en «capas» de remeros de todas las Edades, alojadas las épocas unas sobre las otras desde en­trepuentes y cubiertas, dispuestos los años en igual cadencia, la fuerza de las palas surgiendo por bajas o altas chumaceras, en ritmo único, acompasado, paralelo de todos los impulsos bajo una sola orden.

Y dentro de este buque, otro singular barco: la catedral. Ciento veintidós metros entre columnas y galerías; seis mil metros cuadrados de suelo; nueve mil personas pudiendo ocupar Notre-Dame. Navío del espíritu; nave central del gótico. Movi­miento de aspiración al cielo, preludios de naves laterales escoltando esta esencial largura, esta altura que apunta a lo in­finito. Espacio. Luz interior. Piedra como el cristal, transparencias del rojo y del azul: rubí, zafiro. A lomos de animales, por las cuestas del siglo XII, llegan aquí los primeros bloques: la iglesia que está naciendo (coro, tribunas, muro del Este, inicio de esculturas, altar principal, ábsi­de) tiene su propio puerto y en él des­embarcan vino, aceite y rebaños que apro­visionan a los claustros. Lejos de este mue­lle, atraca la Historia: revuelta lombarda contra Barbarroja, nacimiento de Gengis-Kan, hundimiento del imperio tolteca, En­rique II en Irlanda, Jerusalén en manos de Saladino.

En ese instante ya está concluido el coro. Comienza la tercera Cruzada, sucede la batalla de Alarcos, es Pontífice Inocen­cio III y entre la aparición de la brújula y el cantar de trovadores -entre la poe­sía y el magnetismo-, es cuando Notre-Dame levanta su muro Oeste, acaba las tres galerías superiores de nave y de tri­bunas y yergue pilares del crucero. Igual que dos recintos, uno encima del otro (abajo, columnas masivas, de proporciones «terrenas»; arriba, nave del aire, alta y definida, como si lo sobrenatural cayera sobre el mundo), esta embarcación queda orientada al sol naciente, se abre en lon­gitud y latitud mientras sus nervaduras enroscadas y todo el edificio, liberando su peso, está como absorto, mirando hacia la bóveda, ese ámbito tan cercano al cielo.

Atravesamos el umbral del XIII. París, con Felipe Augusto, es cerco fortificado, se pavimentan calles, nacen «le Petit-Pont» y «le Pont-au-Change»: bajo ellos se desliza el río. El fluir de la Edad Media trae a la villa les «marchands de l’eau» constituido ya como organismo municipal. Es el agua la que arrastra intereses, agua del Sena y del mundo, olor, color y sabor de cada época tiñendo lo inodoro, lo in­coloro y  lo  insípido.  La  catedral  eleva sus torres, une galerías, alza la fachada hasta llegar al rosetón.

Difícilmente, por laberinto de callejue­las, se llega a contemplarla; en la altura, desde un punto en el tiempo, los ojos abra­zan las imágenes: Nuestra Señora, al Oeste, en la portada de la Virgen; la Virgen, en el Norte, en la puerta del Claustro; la Virgen, hacia el Sur, en la hondura inte­rior, a la entrada del coro: ella será Notre-Dame de París y a Ella se abrirá el alma de Claudel en 1886.

De este modo la Cité, como barco de Francia, se hace nave mariana. Última de las grandes iglesias con tribunas, una de las primeras que posee arbotantes, con estos poderosos remos avanzará incansable, su vela henchida en lo invisible, los tiempos sujetos a su mástil. Hospicio, es­cuela, cobijo, esta catedral sobre el río abre su luz, su espacio, deja escuchar su música dirigiendo el movimiento polifó­nico. Atraviesa la Edad Media entre uni­versidades y cruzadas, bibliotecas y bata­llas mongólicas, concilios, noticias de un reloj mecánico, aparición del moderno ti­món para embarcaciones: horas y orien­taciones hacen sutil su rumbo sobre la tempestad. Está escribiendo Santo To­más, acaba de pintar Giotto. Notre-Dame navega mar adentro: contra el costado de este largo barco, golpeando contra­fuertes y envolviendo de espuma sus cua­dernas, oleajes de Historia van y vienen furiosos: a fines del XVII, destrucción de tumbas, altar mayor, bajorrelieves del co­ro; el XVII obliga a reemplazar vidrieras por cristales blancos; con la Revolución se destrozan estatuas de los pórticos, la Razón es diosa del altar, el pillaje lo descuartiza todo hasta que en 1802, escuálido y des­nudo, al mundo se muestra su esqueleto. Época de bonanza la aprovecha Viollet-le-Duc para erigir, modificar, transfigu­rar. Se consagra la catedral en 1864. Sie­te años después la Comuna asesina al arzobispo: está a punto la iglesia de consumirse en llamas.

Pero el barco pro­sigue, su ruta conti­núa. Quedan los ma­res sembrados de nombres: Raymond, San Luis, Enrique VI, Carlos VII, Enri­que IV, Luis XIV… Guijarros, arena, al­gas… Bossuet dedica su elogio fúnebre a Condé; banderas de Austerlitz se extien­den en tapices. Flujo y reflujo de mareas, cadencia de vidas: bautismos, matrimo­nios, funerales… In­móvil, la nave avan­za. Son los remolinos quienes se revuelven, temporales que se repiten, tempestades, huracanes y galer­nas que se suceden idénticas.

«Las aguas que has visto…, pueblos y muchedumbres son y naciones y lenguas», había escrito San Juan en su visión de Patmos. Pueblos y épocas y edades tan soberbias y líquidas como las aguas, tumultuosas y amena­zantes como venas sin cauce, desbordán­dose en vanidad y rebeldías. Hombres como aguas, aguas igual que lenguas, olas de largas lenguas ondulantes dominando cuerpos en la historia.

Corrientes del mundo: aluvión de ideas, cavidades abiertas en gargantas, torrente de montañas, bloques de piedras descen­diendo que atruenan y ametrallan las pa­ces y las guerras. Barro. Torbellinos soca­vando conciencias. Vibraciones cada vez más fuertes, vientos de confusión acelera­da que rompen crestas, las abaten en franjas. Espuma de envidias, masas de mar picado densas y tendidas. Se labran valles de costumbres y pliegues de nove­dad: el blando limo de los seres lo arrasa el vértigo, esa veloz precipitación.

Sólo la roca firme no padece sino ero­siones leves: no se derrumba. Océano del mundo, barco de la Cité, barca de hombres. Nave donde vivimos todos sin conocernos. A estribor el Ártico, Antártico a babor; en la popa la vida, la Vida a proa. Barco de navegantes hoy sacudido a ráfagas: luces de oscuridad equívoca.

Sobre esta palma de la mano del mar marcha este barco. En él viajamos.

Nuestra Señora está sobre las aguas”.

José Julio Perlado: “El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes”


(Imágenes:- 1.-París por los pintores/2.-Edwin Deakin.-colección privada.-oceansbridge. com/3.-Matisse.-Museo Tyssen.-Madrid/4.-Maximilien Luce.-1910/5.-pixdaus.com/6.-vitral.-wikipedia/7.-detalle de vidriera.-wikipedia/8.-Maximilien Luce.-1901-1904.-Museo Walrraf-Richartz.-Fundación Corboud/ 9.-Xavier Valls.-1991-02.-Galerie Claude Bernard.-París/10.-Michel Delacroix)

VENIDA ES, VENIDA (NAVIDAD 2008) (2)

navidad12-giotto-naividad-flickr-lyceo-hispanico

Venida es, venida

al mundo la vida.

Venida es al suelo

la gracia del cielo

a darnos consuelo

y gloria cumplida.

 

Nacido ha en Belén

el que es nuestro bien;

venido es en quien

por él fue escogida.

 

En un portalejo,

con pobre aparejo,

servido d´un  viejo

en guarda escogida.

 

 

La piedra preciosa,

ni la fresca rosa,

no es tan hermosa

como la parida.

Venida es, venida

al mundo la vida

Juan Alvarez Gato. (144o-1509)- “Cantar”.

La Natividad y el anuncio a los pastores.-Giotto (1304-6)   – Padua, Capilla de los Scrovegni