¿LOS LÍMITES DE LA AMISTAD?


¿Hasta dónde pueden llegar los límites de la amistad? ¿Es que la amistad tiene algún límite? Edward Albee, el célebre dramaturgo norteamericano, escribió “Delicado equilibrio“, obra tensa y turbulenta que obtendría el Premio Pulitzer, se estrenaría en 1966 en Nueva York y sería luego  llevada a la pantalla en 1973 por Tony Richardson y protagonizada por Katharina Hepburn en el papel de Agnes, Paul  Scofield en el de Tobías, Joseph  Cotten en el de Harry y Betsy  Blair en el de Edna.

La casa de Tobías y de Agnes, en donde el delicado equilibrio del matrimonio se hace ya patente desde la primera escena, es “invadida” por una pareja amiga, la de Edna y Harry, que llegan aturdidos y aterrorizados por algo que les ha ocurrido fuera. Vienen en busca del refugio de los amigos, pero no aspiran a quedarse por un tiempo determinado sino que desean  “instalarse” allí para siempre y encontrar permanente cobijo.

-Si el terror viene…desciende… -dice Edna pidiendo amparo a sus amigos- si de pronto…necesitamos…vamos adonde se nos espera, adonde sabemos que se nos quiere, no sólo adonde queremos; venimos adonde la mesa ha sido tendida para nosotros en esa oportunidad…adonde la cama está preparada…y calentada…y está lista por si la precisamos. No somos…transeúntes…

En el tercer acto, Tobías, en una confesión  en la que vuelca cuantas contradicciones  lleva dentro, exclamará:

-¿La amistad no llega a eso? ¿Al amor? ¿Cuarenta años no cuentan para nada? Hemos hecho lo nuestro juntos, viejo – le dirá a Harry -, somos amigos, hemos pasado buenas y malas juntos. ¿Cómo es ahora, viejo? (Grito) ¿CÓMO ES AHORA MUCHACHO? ¡¿BUENA?! ¡¿MALA?! ¡BUENO, SEA LO QUE FUERA LO HEMOS PASADO, VIEJO! (Suave) Y no tienes que preguntar. Te aprecio, Harry, sí, de verdad, no me gusta Edna, pero eso no cuenta para nada, te aprecio mucho; pero encuentro que mi aprecio tiene sus límites…¡PERO ESOS SON MIS LÍMITES! ¡NO LOS TUYOS! (…) ¡VAS A TRAER TU TERROR Y VAS A ENTRAR AQUÍ Y VAS A VIVIR CON NOSOTROS! ¡VAS A TRAER TU PESTE! ¡TE VAS A QUEDAR CON

NOSOTROS! ¡NO TE QUIERO AQUÍ! ¡NO LOS QUIERO! ¡PERO POR DIOS…SE QUEDARÁN!

Esta enorme virulencia y  turbulencia de las palabras de Tobías que quiere y no quiere a la vez aceptar  a sus amigos, aceptarlos para que vivan para siempre en su casa, desencadena las contradicciones de un corazón dividido, corazón que sufría ya un “delicado equilibrio”  amenazando  su vida matrimonial.

No es el caso aquí de desvelar el desenlace de este intenso drama de Albee que presenta numerosas capas de interpretación social, psicológica y literaria. Esa “peste” de la que habla Tobías y que, según él, trae Harry desde fuera, es una  referencia e influencia indudable de Camus sobre Albee, ya que el autor norteamericano admiraba mucho al francés. ¿Pero qué haría cualquiera de nosotros en una situación así? ¿Aceptaría que un amigo angustiado se quedara a compartir para siempre y en nuestra propia casa nuestra vida? ¿Tiene un límite la  amistad? ¿O las fronteras de la amistad desaparecen puesto que si nos fijáramos en ellas no existiría verdadera amistad? El tema de la amistad  ha recorrido épocas e historia de la vida pública y  privada durante siglos. “Sin amigos – dejó dicho Aristóteles- nadie querría vivir, aunque tuviese todos los bienes”.  A veces la amistad se ha cristalizado incluso en objetos de recuerdo. Petrarca, que sentía un hondo afecto por San Agustín, había tomado la costumbre de anotar en un cuadernillo especial el diálogo que siempre mantenía con su amigo muerto hacía casi mil años. Guardaba celosamente para sí ese cuadernillo que era un objeto-reliquia en su vida íntima: había creado un verdadero discurso amistoso con una persona de otro tiempo. Más adelante, en 1441 y en Florencia, el certamen de la  Academia de aquella ciudad se centró en la amistad como asunto y se propuso tratar en lengua vulgar un tema institucional del mundo clásico.

Pero no solamente la distancia de siglos en la evocación personal sino el amplio espacio de amistad cuyo arco unen los libros ha servido en la Historia para acercar en confidencia a escritores y lectores e irlos haciendo cada vez más amigos. “Sin duda la amistad, la amistad que se refiere a los individuos – escribirá  Proust  -, es cosa frívola, y la lectura es una amistad. Pero al menos es una amistad sincera, y el hecho de que se dirija a un muerto, a un ausente, le da un algo de desinteresado, casi de emocionante. Es además una amistad exenta de todo lo que constituye la fealdad de las otras. Como nosotros, los vivientes, no somos todos más que unos muertos que no han entrado todavía en funciones, todas esas finezas, todos esos saludos en el vestíbulo que llamamos deferencia, gratitud, afecto, y en lo que tanta mentira ponemos, son estériles y fatigosos. (…) En la lectura, la amistad torna súbitamente a su pureza primigenia. Con los libros, nada de amabilidad. Estos amigos, si pasamos la velada con ellos, es verdaderamente porque tenemos gana de pasarla”.

  José Julio Perlado

(Imagen — William Heick – 1948)

SONREÍR EN UN BLOG ( 11) : LOS ALMIRANTES ININTELIGIBLES

 

 

“Si un gobierno declara ininteligible a un almirante pasarán cosas extrañas en el país, porque nunca se ha sabido que a un almirante  le agrade ser declarado ininteligible y todavía menos que un gobierno civil haya  declarado ininteligible a un almirante.

Si a pesar de eso el gobierno lo declara, sucederá que el almirante declarado telefoneará a otros almirantes y en algún lugar del buque insignia habrá una reunión secreta donde numerosas condecoraciones y charreteras se agitarán convulsionadas, tratando de poner en claro cosas tales como el significado de la ininteligibilidad, por qué se declara ininteligible a un almirante y, en caso de que la declaración tenga algún fundamento, cómo puede ser que el almirante declarado haya procedido ininteligiblemente hasta el punto de que lo declaren, y así sucesivamente.

Lo más probable es que los almirantes ininteligibles se solidaricen con el declarado, en la medida en que la susodicha declaración afecta el buen nombre y honor de un colega que a lo largo de su digna carrera no ha dado jamás el menor motivo para que lo declaren. En consecuencia, si se acata la declaración del gobierno se navega a toda máquina hacia la anarquía y el retiro forzoso, por lo cual frente a la gravedad de los hechos sólo cabe una respuesta solidaria: concentrar la escuadra en la rada y bombardear la casa de gobierno, que un arquitecto insensato ha puesto prácticamente al borde del agua con las consiguientes ventajas balísticas.

(…)

Julio Cortázar— “ Sobre la solución de las controversias” (“La vuelta al día en ochenta mundos”)

 

 

(Imágenes—1-David Merveille/ 2-Chagall-Guerra 1916- museo tyssen)

LA TARDE ES UNA IDEA

 


“La tarde es una idea.

Y la idea es un ojo.

Y el ojo una ventana

a la que se asoma mi voz

para decir el nombre de la tarde

como si fuera un relieve.

Y en ese relieve se posa un pájaro

que ya no necesita cantar para ser.”

Roberto Juarroz —“ Séptima poesía vertical” (1982)

(Imagen —Edward Steichen-1899)

EN EL DÍA DEL LIBRO

“Estoy en mi biblioteca — dice Alberto Manguel —, rodeado de estanterías vacías y de torres de libros cada vez más altas. Se me ocurre que puedo rastrear todos mis recuerdos a través de estos volúmenes que se amontonan. De pronto, todo parece superfluo, tanta acumulación de papel impreso (… ) Los libros que me llevo por la noche a la cama y los libros que ordeno en la biblioteca durante el día  son distintos. Los primeros me imponen su tiempo y longitud, su propio ritmo de narrar antes de dormirme; los segundos están sometidos a mis ideas de orden y categorías y me obedecen casi ciegamente ( a veces se rebelan y tengo que cambiarlos de sitio en la estantería).

(…) No me gusta que nadie me resuma un libro. Prefiero que se me tiente con un título, con una escena, con una cita, pero no con la historia completa. Amigos entusiastas, notas de solapas, profesores e historias de la literatura destruyen buena parte del placer de leer contándonos el argumento. La memoria también puede acabar con gran parte del placer de no saber lo que va a pasar.”

(Imágenes— 1- /Holbein -1536/ 2- Jan van der heyden 1712)

VISIÓN DE LA SANDÍA

 

“Una sandía, partida por la mitad — escribe Marià Manent en su Diario de 1918 —, forma  como una luna roja y húmeda. Era hermoso  ver la pequeña luna asequible, repartida en segmentos, en pedazos, en luna menguante. Y menguaba deprisa entre los dientes de los amigos, de la pequeña amiga, que llevaba hoy un vestido de color de fresa, y tenía los labios mojados y la cara encendida. ¡Orgía de fruta! La efímera luna roja, el bello astro vivo bajo la crudeza de la luz eléctrica, se iba deshaciendo en un agua dulce, llena de escollos negros y brillantes. En el gran sol de la canícula había madurado aquel pequeño mundo, había conservado para nosotros un dulce frescor líquido.  En un momento en que Anna se acercaba el segmento de sandía a la boca, alguien la ha cogido por la verde cáscara y la ha movido, rápido, por el rostro risueño. Parecía una flor empapada de lluvia.”

(Imagen — Sigmar Polke)

VIEJO MADRID ( 97) : TORRE DE LOS LUJANES

 

 

”Declarada monumento nacional y restaurada después de mil ambages — dice Ramón Gómez de la Serna en su “Elucidario de Madrid” —-, la Torre de los Lujanes ha tomado un aspecto de castillete de teatro que no tenía su estampa.

La Academia de Ciencias Morales y Políticas ocupa el palacio de los Lujanes, y en su gran salón, a la par que algunos discursos luminosos, muchos viejos políticos han leído sus discursos.
En ese recinto histórico también se vuelve  histórica la Academia, que no barruntó la manera con que hay que gobernar el mundo, empeñándose en retrasadas fórmulas en momento de latidos impacientes y nuevos, inesperados a la derecha e inesperados a la izquierda.

Pero la torre no tiene que ver nada con nada, guardando en su frente un recuerdo categórico y gozándose en ser avizora y vigía, como todas las torres, que, si vieron y vivieron el pasado en su talante genial y levantado ésta la facultad de que vean y divisen lo porvenir.

Francisco l en la Torre de los Lujanes, fue tratado a cuerpo de Rey, sin  que le perturbase la escena fanfarrona y rumbosa en que seguramente intervino un soldado llamado Roldán, que le presentó una bala de oro que había preparado a su salud, deseando darle muerte de una manera digna, y que Francisco l agradeció por la buena intención revelada al fabricarla tan costosa y por el regalo que de ella le hacía.”

 

(Imágenes—1 y 2- calle del Codo- que da a la plaza donde se levanta La Torre de los Lujanes— foto jjp- 2009)

GAUDÍ, LA ARQUITECTURA, LAS PIEDRAS


“Cuando una roca infernal ha asumido esta forma, puede permanecer así durante milenios: exhausta, desahuciada o abandonada a sí misma; o tal vez sea su manera de orar — le contestaba Gaudí al italiano Giorgio Manganelli en sus “Entrevistas imposibles”—.Las piedras lisas sedujeron a otras refinadas y porosas piedras a hacerse fluviales, marinas, y aquella mezcla inspiró a otras el movimiento de las algas; las hierbas fueron inventadas por los desfiladeros, los bosques por los abismos, y las cavernas se ofrecieron al hambre, el miedo, la devoción, la torpeza de los animales y finalmente del hombre, mientras otras piedras maceradas en agua de ciénaga,llamaban a monstruos voladores fuera de otras piedras más ambiciosss e incautas. Pero las cavernas llevaban milenios esperando al hombre ¿Y acaso la casa es diferente de una caverna, sólo que no quiere que la llamen caverna? Por eso mis casas son cavernas, para que así el hombre pueda entrar en ellas. Y no las he construido; me he limitado a ayudar a las piedras, nada más: sus ambiciones y también su dolor. Pero yo no siento piedad de las piedras.

Elijamos entonces unas piedras a un tiempo ambiciosas, narcisistas, esquizofrénicas, pecaminosas, solitarias, y dejémoslas crecer en forma de chimenea, de grande y gloriosa chimenea, con todas sus bocas abiertas, de modo que a los cautos humanos les parezcan únicamente bocas para dejar salir el humo, pero para quien está fuera aparezcan realmente como lo que son: puertas, orificios permanentemente abiertos de par en par para acoger.

Y en la Sagrada Familia — seguía contestando Gaudí — fingí conducir allí mis piedras… Realicé sólo la fachada : una fachada torcida, falsa, maquillada… Aquella fachada era falsa: la iglesia estaba dentro, era el vacío, el vacío era el mundo, y esa fachada era un guiño, nada más.Esperemos mil, un millón de años, siempre. La iglesia que no existe ha sido construida. Sus límites técnicamente, van de sí mismo a sí misma; todo el mundo. Esperemos. Ni yo ni las piedras podemos hacer nada más.”



(imágenes—1- dreamstime)

MUJERES DE CINE

 

Ahora que es tan difícil ir al cine, vienen las mujeres del cine hasta la pluma del escritor y psicoanalista francés J.- B. Pontalis:

Romy Schneider, sus ojos que sonríen, su inmensa tristeza que no puede ocultar.

 

Anouk Aimé, inolvidable en “Lola de Nantes”

 

Kim  Novak en “Picnic”

 

 

 

Maria Schell, sus ojos claros, pero demasiado santa, demasiado víctima.

 

Julianne Moore, en todos sus films, no solamente en “Las Horas”. Su ternura, su desesperanza.

 

Katharine Hepburn, por su vivacidad, su ironía, pero con un cuerpo demasiado anguloso.

 

 

 

(Imágenes— 1- Michele Morgan – Ernest Bachrach- 1940/2- Greta Garbo – Russel Ball- 1925/ 3- Katharine Hepburn)

VIAJES POR EL MUNDO (41) : UN TÉ INGLÉS

 

En casa de la señora Wyndham — recordaba Isadora Duncan —asistí por primera vez a un té inglés. Estas reuniones en torno a la chimenea tienen un encanto inimitable, con el té negro en las tazas, las rebanadas de pan con mantequilla, la niebla amarillenta al otro lado de las ventanas y la civilizada parsimonia de las voces inglesas.  Una atmósfera mágica de seguridad, de cultura, de bienestar impregna la casa inglesa. Fue igualmente en casa de los Wyndham donde pude observar por primera vez el singular comportamiento de los criados ingleses, que se mueven con una especie de aristocrática seguridad, no desprecian su condición ni tratan como en América de ascender en la escala social, sino que se sienten orgullosos de servir a las “grandes familias”, como hicieron sus padres y como harán sus hijos. Éste es uno de los elementos que infunden calma y seguridad a la vida.”

 

 

(Imágenes-: — 1–Raoul Dufy- 1919/ 2- Albert Goodwin)

RETRATO DE LORCA

“La primera y ünica vez que vi a Federico García Lorca, un año y medio antes de que muriese  — decía el gran periodista italiano Montanelli —, lo encontré ocupado en pintar. El pastel era, con el piano, su pasión, y alguien me dice hoy que tenía un sentido  del color comparable al de Matisse. Es posible, pero no estoy en condiciones de emitir juicios. El único cuadro suyo que he visto, apenas esbozado, es el que estaba componiendo aquella tarde de primavera en Madrid y que me ha dejado solamente una confusa impresión de rojo y amarillo, igualmente violentos. Fui a verle no para medir su habilidad ante el caballete, sino por la curiosidad que me inspiraban sus poesías y la leyenda, que a veces ya comenzaba a aurolearle y que él me confirmó, esquivando hábilmente mis preguntas a propósito de su origen gitano.

García Lorca era de estatura media, de rasgos más bien toscos, de frente convexa, de espesos y lisos cabellos, sólo tenía tres cosas: la mirada luminosa, la risa de niño y la voz, cuya gravedad baritonal y cálida recordaba el cante jondo que se estremece, como un acompañamiento de guitarra, en sus poemas. “Tiene ángel”, decían de él sus amigos. Y comenzó a tenerlo de veras, cuando en el curso de la conversación  cayó, no sé si a iniciativa mía o suya, el nombre de Dali. Entonces García Lorca, hasta aquel momento distraído, se animó de improviso y abriendo un cajón, sacó, para mostrármelos, los dibujos que su amigo, le había mandado desde Cadaqués. Eran unos Dalí surrealistas: rocas con rostros humanos, blandos monstruos marinos, esponjas calcinadas paseándose con muletas por la playa. Lorca enloquecía por esas cosas, de las que a mí solamente se me ocurría admirar la diligente ejecución, el perfecto dibujo, la industria artesana.

Años después, Indro Montanelli fue a ver a Dalí:  “ No había nada de extraordinario en Lorca, ¿ sabe? — le dijo el pintor —.En él se había encarnado un fenómeno poético sin ley, sin contornos, sin nada “comestible”. Era…”un joven”. ¡Mientras que de mi obra quedará un gran fuego, destinado a calentar la Humanidad por los siglos venideros, de la suya no permanecerán sino algunos rescoldos entre mucha ceniza…! No, no tenía nada de extraordinario, Federico…”

(Imágenes—: 1- Lorca— Wikipedia/ 2- Lorca con Buñuel  y otros escritores y  amigos- 1923/ 3- Lorca con Margarita Xirgu- La Vanguardia/ Dalí- Foto Arnold Newman)

CUANDO BEBÍAMOS LAS CERVEZAS

 

 

“Cuando bebíamos las cervezas eran azules

Con tus ojos de fresa desnuda inventabas el mar y su cólera incierta

En tus largos cabellos de otoño crecían palomas adorando el rocío

La soledad es más cierta que el tiempo decías

Y la claridad de los caracoles alzaba sus sortijas de fuego

Cuando bebíamos las cervezas eran azules

Nunca  tuviste una idea fija del sueño

Tus hijos aprendieron a tirar manzanas al cielo

Y sonreías  no sin antes saber lo que era la dicha

Buscaste la  paz después del combate

Y la lluvia reemplazó a la vida.”

Juan Cristóbal – ( Lima, 1941) — ( de “La isla del tesoro”, 1982)

(Imagen — Johann Georg Hainz— naturaleza muerta con vaso de cerveza y panecillos- 1665- Kunsthale- Hamburgo)

EL CORO DE LAS MADRES

 


“Todo el género humano es hijo de nuestra carne y de nuestro dolor — le hace decir a las madres del mundo el italiano Giovanni Papini en su “Juicio universal”—. Para dar vida a nuevos hombres la nuestra estuvo siempre en peligro; a menudo la perdimos. Hubo mujeres que concibieron por obediencia, por temor, por inconsciencia, por violencia. Pero todas amaron los frutos de su vientre.

 

 

Innumerables las que perecieron víctimas del odio, del fuego, de la furia de los elementos y de las pasiones.

Habían enjugado su primer llanto y nos habían dirigido su primera e inocente sonrisa divina. Nuestras manos los habían acariciado y limpiado por vez primera. Habían dado a nuestros pies sus primeros pasos.

 

Habían confiado a nuestros oídos sus primeras penas, las tristezas y sueños pueriles. Sobre sus cabezas se habían posado nuestras manos, las primeras, para gozar la dulzura de sus rizos y arreglárselos. Y sobre su sueño había velado el tembloroso esplendor de nuestros ojos.

 

No eran tan sólo fruto de nuestro vientre, sino frutos de nuestra voluntad, de nuestro esfuerzo, de nuestra alma.

 

( Imágenes— 1- Judy Drew/ 2- Azis TM -arushi arts – Nueva Delhi – 2008- artnet/ 3-Nnmandi Okonkwo/ 4- Francisco Zúñiga/ 5 -Gustav Klimt – 1910/ 6-  Gertrude Käsebier- museo de arte moderno de Nueva York)

EVOCAR LOS ABRAZOS

 

Ahora que se hace tan difícil abrazar leo en el gran Diccionario combinatorio del español contemporáneo cómo Ignacio Bosque, su director, reúne las redes casi innumerables de tantos abrazos.

Abrazamos abiertamente, afectuosamente, amorosamente, armoniosamente, cariñosamente, abrazamos con entusiasmo, cordialmente, efusivamente, fraternalmente, fuertemente, intensamente, sin reservas, y nuestro abrazo es afectuoso, apasionado, cálido, caluroso, cariñoso, conmovedor, cordial, efusivo, emocionado, emotivo, entrañable, formal, fraternal, fuerte, grande, intenso, sentido, uno puede deshacerse en abrazos, enviar abrazos, fundirse en un abrazo, mandar un abrazo, prodigar un abrazo, recibir un abrazo.”

Las palabras se están llevando los abrazos todos estos meses pero un día volverán.

(Imagen— foto Justin Lane- epatime)

SEBALD Y LOS VAGABUNDOS

 

 

Recuerdo al narrador, que presenta el gran escritor alemán, W G Sebald,  cuando por la noche, se refugia de la lluvia en la sala de espera de la estación de Innsbruck: “Uno tras otro. — escribe —  iban apareciendo los vagabundos; apenas se hubiera podido decir por dónde. Al final en total había una docena de vagabundos y una vagabunda. Formaban un grupo animado alrededor de una caja de cerveza Gösser que, como por arte de magia, y hasta cierto punto surgida de la nada por encantamiento, de pronto se encontraba en el centro de todos ellos. Unidos por el alcoholismo tirolés conocido mucho más allá de las fronteras del país por su extremosidad, se han propagado estos vagabundos de Innsbruck, unos apenas recién separados de la vida burguesa y otros completamente perturbados, todos ellos con un cierto toque filosófico e incluso teológico que trataba tanto los acontecimientos del día como la razón de todas las cosas, a pesar de que justo a quienes tomaban la palabra a voz en grito se les solía atascar el discurso a mitad de la oración. Con la mayor teatralidad y determinación de las que eran capaces, los vagabundos acentuaban sus aclaraciones de turno en cuanto a lo que en ese preciso momento constituyera un tema de debate, e incluso cuando uno de ellos denegaba algo que se había dicho, gesticulando con la cabeza rebosante de desprecio porque la idea que tenía en ese preciso instante no podía expresarla con palabras, parecían proceder sus gestos del repertorio de un arte de representación particular, completamente desconocido en nuestros escenarios. Es posible que esto se debiera a que los vagabundos, quienes, en su totalidad, sostenían una botella de cerveza en su mano derecha, actuaran mancos y con la izquierda. Y posiblemente, deduje sobre la base de esta observación, fuese oportuno que a todos los estudiantes de arte dramático, al inicio de su carrera, a lo largo de un año se les atara la mano derecha a la espalda.”  Más que un nuevo episodio en la historia del realismo todo este texto parece un afectado eco de sensibilidad romántica tan frecuente en Sebald ante este tipo de observaciones del mundo.

(Imagen — Dmitry Baltermants)

HISAE Y LA BELLEZA JAPONESA


“La primera vez que a Hisae Izumi le preguntaron en Paris por el monte Fuji no reveló ni el año ni por supuesto el siglo en que había estado allí. Consiguió rehuir elegantemente aquella pregunta. Habló como siempre lo había hecho ante niños y mayores en sus clases al aire libre en Japón, con su  voz suave y acento apasionado, vestida en aquel momento con un maravilloso kimono color glicinia que resplandecía deslumbrante y que llevaba dibujados en las mangas numerosos corales. Era un espectáculo contemplarla.  Como siempre lograba con enorme habilidad, no desveló nada del tiempo transcurrido en el Fuji ni cuanto le había ocurrido a ella allí en 1470, en pleno siglo XV.  Dijo simplemente que conocía muy bien el misterio del monte y que se sentía fascinada por él. Por supuesto eludió  cualquier referencia a los “yokais’, aquellos  seres que la habían perseguido y aterrorizado en el interior de la montaña y se extendió en cambio largamente en elogios sobre las bellezas del Fuji, sus cumbres, lagos y nieves. Tenía a su lado aquella mañana en París de marzo de 1902 presidiendo la mesa en la  gran sala de la galería “La Maison de L’ art  Nouveau” en  la rue de Provence 22, al célebre coleccionista alemán  Siegfried Bing, que es quien le había invitado a dar una serie de charlas sobre Japón y  ahora Hisae comprobaba, con solo levantar la mirada hacia la sala llena de gente, la enorme expectación que había suscitado su presencia. El  anuncio de que una japonesa en París iba a revelar costumbres y bellezas del Japón antiguo había convocado a numerosas personas relacionadas de algún modo con lo que entonces se llamaba en muchas partes de Europa el “Japonismo”, una pasión y admiración por aquel país oriental. 

Nada más empezar el acto, y después de las presentaciones, Hisae  descubrió enseguida, sentado en la segunda  fila del público, una figura que ya conocía, la del pintor Edgar Degas, puesto que  un día  ambos habían charlado en su casa de la rue Frochot viendo las .numerosas estampas japonesas que él conservaba  con gran cuidado y los dos se habían entendido muy bien durante horas conversando  mucho. De estatura mediana y aspecto distinguido, vestido sin excentricidad ni descuido, con su sombrero de copa de bordes planos y echado ligeramente hacia atrás, Degas  protegía sus ojos enfermos con gafas de cristales ahumados, y destacaban en él sus cuidadas patillas castaño oscuro lo mismo que su bigote y su pelo liso. Había más artistas en la sala que Hisae pronto reconoció. Dos filas detrás de Degas se sentaba el pintor norteamericano Whistler, que entonces vivía en Londres y estaba de paso por París, coleccionista también de porcelanas japonesas y de telas orientales, y casi a su lado, empequeñecido en su silla y medio oculto entre la gente, el singular perfil de Toulouse- Lautrec, cliente asiduo de la galería y amigo personal de Bing, el dueño.

Hisae comenzó su charla hablando de los cuidados que  las mujeres japonesas dedicaban a su rostro. Especialmente aludió a aquellas que residían en la Corte o en estamentos superiores de la sociedad. Se refirió en primer lugar a la largura de los cabellos. Todos los cabellos de las mujeres japonesas, dijo, estaban divididos en dos partes y generalmente eran lisos, brillantes y enormemente largos, e iban cayendo sobre las espaldas en grandes cascadas negras. Lo ideal, explicó Hisae, era que descendieran hasta los pies. Una de las princesas que aparecen  por ejemplo en la novela “La historia de Genji”, presumía de tener un cabello de casi dos metros de largo. Por tanto, la contemplación de una hermosa cabellera era suficiente para seducir a cualquier personaje de la Corte. Y si alguna mujer, por necesidad o por cualquier otro motivo, no tenía más remedio que cortarse el pelo, quienes la rodeaban lloraban durante la ceremonia porque sabían que nunca más aquel pelo recobraría su longitud. También una piel blanca, añadió, era, como en la mayor parte de las sociedades aristocráticas, un signo de belleza. No hay más que ver los cuadros de las pinturas antiguas japonesas cuando retratan a las damas de la Corte, que éstas siempre llevan en el rostro un tinte pálido. Si la naturaleza no proporcionaba esa palidez al rostro, entonces la dama japonesa tenía que aplicarse en el cutis  generosas cantidades de polvos. Sólo las mujeres casadas añadían un poco de rojo,  a la vez que ese rojo lo aplicaban también a los labios para proporcionar a la boca un tono rosado.

El público seguía todo aquello con enorme expectación.  Valoraba mucho los esfuerzos que respecto al acento francés estaba haciendo la japonesa para expresarse lo mejor posible en esa lengua. No se oía un rumor. Intrigaba la figura de Hisae sentada en el centro de aquella  mesa principal de la sala y resplandeciendo ya desde lejos por su kimono color glicina y sus exóticas mangas salpicadas de corales. Era para todos una mujer insólita y fascinante. Sólo hubo  algunos  breves murmullos entre los asistentes cuando Hisae quiso referirse  a las cejas y a los dientes de las mujeres. Durante cierto tiempo, explicó Hisae, las damas de la Corte se depilaban totalmente las cejas y luego  se pintaban cuidadosamente una especie de mancha casi en el mismo sitio, unos centímetros más arriba. En cuanto al cuidado de los dientes éstos los procuraban ennegrecer gracias a un tinte preparado en donde se mezclaba hierro con nueces aplastadas en vinagre o con té. Había algunas excepciones, dijo. En una novela del siglo X, “La mujer que amaba los insectos”, explicó Hisae, la protagonista se niega a depilarse las cejas y a ennegrecerse los dientes, eligiendo conservar todo aquello sin ningún retoque, y ello supone el total rechazo de sus criados que no entienden en absoluto la decisión —una doncella  llama a aquellas  cejas “orugas peludas” y a los dientes sin teñir “orugas sin piel”—, y sobre todo provoca el distanciamiento definitivo de  su pretendiente al que le horrorizan ver aquellas  cejas sin depilar y especialmente los dientes blancos, que al sonreír siempre le parecen siniestros.

Entonces, la imagen general de la antigua mujer japonesa, continuó Hisae, puede decirse que queda representada de algún modo  — hablando siempre de la dama bien nacida —,  envuelta en numerosos ropajes y vestidos, con una voluminosa cabellera negra, una estatura a veces minúscula, trazos exiguos, rostro pálido y dientes ennegrecidos, lo que para muchos, añadió, suponía quizás la visión de un personaje extraño que parecía evolucionar lentamente dentro de un mundo crepuscular de biombos, espejos y cortinas de seda.

La elección de los vestidos, siguió diciendo Hisae, y sobre todo la elección de los colores, era lógicamente muy importante para reafirmar su belleza. Los vestidos femeninos eran extremadamente complicados y algunos muy pesados, y consistían entre otras cosas en una gruesa ropa interior y a veces en una docena de piezas exteriores de seda distribuidas cuidadosamente para que produjeran un conjunto original y seductor.  En general, muchas mujeres llevaban varios vestidos colocados  unos encima de los otros, con mangas o paños cada vez más largos sobresaliendo ondulantes a derecha e izquierda del manto exterior y que tenían una enorme importancia, porque, por ejemplo, al viajar en los carruajes, escogían un vestido con el paño derecho o con el paño izquierdo más largo según el lado del carruaje donde iban a colocarse y así los podían lucir mejor.

Y aquí interrumpió Hisae sus palabras ante el silencio y la expectación del público.

En la próxima sesión  — concluyó Hisae dirigiendo una sonrisa a  Siegfried Bing  que seguía a su lado —,  les hablaré de las estampas y de la pintura de Japón”.

José Julio Perlado

( del libro “Una dama japonesa”)

(relato inédito)

TODOS   LOS   DERECHOS  RESERVADOS

(Imágenes—1- Kieisuke Nagatomo/ 2- Yamatame Museum of art/ 3- Kubo Shunman/4-Mitami Toshiko/5-sciobo – japaneseaesthetics)

APARICIÓN NOCTURNA DE DANTE

 

 

Recuerda Pere Gimferrer en su “ Dietario” de 1980  que el 14 de septiembre de 1321 se extinguió la vida de Dante. Y recuerda también  “una leyenda, muy difundida, que dice que, tiempo después, el poeta se apareció en sueños a su hijo Giacomo y le indicó el lugar donde encontraría los trece últimos  cantos del Paraíso; la culminación del gran poema, el diálogo último — deslumbrante, supremo —con los más altos misterios. Podemos imaginar a Giacomo levantándose, de noche, o con el alba— todo es frío, todo es virgen, todo es claro — y hallando el manuscrito: el legado póstumo, la palabra enfrentada con la luminosidad total — abstracta y, al tiempo, simplicísima — del absoluto, aguzada y diáfana como nunca, con un tintineo preciso de plata y agua. Quizá el sueño es una invención, pero será real de una manera  más profunda y secreta. La buena gente de Ravenna que decía que Dante había estado en el Infierno, tenía razón, intuitivamente, en un sentido metafórico nada primario. La gente que creía la leyenda del sueño, acertaba también, sin saberlo: los últimos cantos de la “Divina Comedia” no son ya palabras de esta tierra. Palpitan, purísimos en el límite del más allá del sueño.”

 

 

(Imágenes— 1- Domenico di Michelino- 1465- Dante Aligieri- Wikipedia/ 2- Boticelli- el Infierno de Dante- 1490- wikipedia)