MI ABUELO, ÁFRICA, LA NOCHE

Es maravilloso vivir con mi abuelo, Premio Nobel, en nuestra casa.

   Lo he contado ya varias veces en Mi Siglo. Cuando recibió el Premio Nobel. Cuando explicó la vida de un párrafo. Cuando creó a la dama de las cerezas precoces.                                            

          Me he quedado tan pensativo en esta encrucijada del pasillo que apenas oigo a mi lado la voz de mi abuelo:

          –Juan, ¿pero qué haces aquí?

          No sé qué contestar.

          –Ven, te voy a enseñar algo.

          Me toma de la mano y me lleva –uno, dos, tres corredores, una, dos, tres galerías– hasta el nuevo cuarto que le han construido  para que pueda pensar mejor. 

          –Siéntate –me dice.

          Me siento entre redomas alambicadas como culebras de cristal, entre gases color de azafrán y de canela.

          –¿Estás ahí, abuelo? –le pregunto.

          Lo pregunto porque de repente ya no le veo.

          –Sí, claro que estoy aquí. ¿Dónde iba a estar?

          –No, es que no te veo. ¿Qué hacemos aquí?

          –Esperar a la noche –oigo la voz de Dante.

          Espero a la noche escuchando las tripas de las botellas hirviendo, el bullicio que arman las burbujas. El día se me hace muy largo porque no me veo la punta de los zapatos. Hay un olor a azufre, a amoníaco, a lejía ácida, pero eso es lo de menos. Lo que me preocupa es que no me veo la punta de los zapatos, pasan las horas y sigo sin verme la punta de los zapatos a causa de la niebla.

          –¿Hay que esperar mucho? –le pregunto a mi abuelo–. ¿Cuánto falta?

          La voz de mi abuelo viene de alguna parte, a lo mejor está delante de mí, no lo sé.

          –En los experimentos siempre hay que esperar –oigo su voz–. En los inventos siempre hay que esperar. En los descubrimientos siempre hay que esperar. Esperar. Esperar. Es muy importante esperar en la vida.

          Vuelvo a mirar hacia abajo, a ver si mientras espero consigo verme la punta de los zapatos. No. Nada. No los veo. Pero están ahí. Meto la mano entre la niebla y sí, ahí están los dos zapatos, uno en cada pie, eso es una realidad.

          Al fin, tras toda la espera, viene la noche.

          –Ahora, fíjate bien –me dice mi abuelo apartando las nubes de gases y de bruma.

          Hay un ventanal inmenso con el cielo duro y curvo, cuajado de estrellas. Nos acercamos lentamente a los continentes, a los países, a las ciudades. Lentamente los continentes, los países y las ciudades se acercan a nosotros.

          Entonces veo en las ciudades los rascacielos en la noche, primero iluminados, luego apagados.

          –Eso es Nueva York –me va explicando Dante.

          Veo a los hombres y a las mujeres tumbados, horizontales, cada uno en su cama. Hay millares, millones de cuerpos acostados, cada uno en su dormitorio, cada uno en su piso, todos los pisos de los rascacielos unos debajo de los otros, todos los cuerpos tendidos. Unos tienen colocada su cabeza a la derecha y los pies a la izquierda y otros han preferido colocar su cabeza a la izquierda y los pies a la derecha.

          Entonces, la ciudad va apagando todas sus ventanas, todos sus rascacielos, y los cuerpos de los dormidos también apagan poco a poco sus luces y se quedan inmóviles y horizontales, entregados al sueño.

          Excepto algunos.

          Sí, hay cuerpos que aún siguen encendidos.

          –¿Los ves? –me dice mi abuelo.

          Sí, sí que los veo. Hay uno allí, iluminado en su cama, en el piso 39 de un rascacielo de acero, queda otro cuerpo encendido en el piso 56 de un edificio de cristal, otros dos cerca de una azotea, en lo alto, no me imagino qué piso será.

          Pero voy descubriendo más. Muchos. Muchos más.

          –¡Mira, abuelo, aquel en aquella ventana! ¡Sigue con luz! –le señalo con el dedo– ¡Y aquel otro, abajo, ¿lo ves?, en aquella casa! –y le voy indicando los cuerpos iluminados por toda la ciudad– ¿Por qué no se apagan?.

          –Ahora los apago yo –me dice Dante.

          Alarga su mano y va dando a los interruptores de los cuerpos con luz. Toca suavemente en el cerebro de cada uno y le da vuelta a la llave del sueño. Todo se va apagando, todo duerme.

          –¿Pero por qué tardan tanto en apagarse? –pregunto.

          –Por preocupaciones, por disgustos –me va diciendo mi abuelo mientras sigue apagando los cuerpos–. No pueden dormir porque les dan vueltas y vueltas a las cosas y creen que pensando en ellas las van a resolver.

          Algunos se resisten.

          Dante Darnius les tiene que dar a algunos dos y tres vueltas a la llave y hacer girar varias veces el interruptor, con suavidad y sin hacerles daño, hasta que quedan a oscuras, totalmente dormidos.

          –Hay que hacerlo en el hipotálamo –me explica.

          No sé lo que es el hipotálamo. “Tiene nombre de caballo”, pienso. “De caballo alado”. ¿Es un caballo alado?

          –¿El hipotálamo es un caballo alado, abuelo? –me atrevo a preguntar.

          –El hipotálamo es una parte del cerebro y el cerebro es una parte del hombre –me dice Dante mientras sigue apagando los cuerpos.

          Me quedo maravillado ante esos cuerpos iluminados de cada edificio. Parecen vasijas transparentes conteniendo luz, irradiando luz como barras horizontales.

          –Se les desconecta el apetito, la sed, el comportamiento sexual –continúa explicándome mi abuelo conforme da a los interruptores.

          “¿El comportamiento sexual?”, me digo pensativo.

          –Se les desconectan las sensaciones, el estímulo para despertar –sigue diciéndome Dante.

          –¿Y cuando ya están desconectados?

          –Cuando ya están desconectados, ¿ves?, como éste –dice girándole a uno la llave del sueño–, pues se quedan ya tranquilos, sosegados. Reposan.

          Ahora veo todo Nueva York a oscuras –edificios, calles, cuerpos. Toda la ciudad duerme. Casi podría oírse la respiración de la ciudad.

          Como mi abuelo ve que esta experiencia me gusta, la noche siguiente me llama a su cuarto.

          –Ven, hoy iremos a África.

          Enseguida nos vamos a África. Ya estamos en África.

          En África la noche es muy distinta. Hay una luna de color azul, de tinte de aceituna, una luna grande de tono violáceo o violeta, no lo sé muy bien. La veo encima de África como un disco y luego veo cómo se va posando poco a poco, horizontal, hasta transformarse en un lago. Entonces África se queda a oscuras porque la luna es una laguna a la que van a beber elefantes y jirafas y en donde nadan los cocodrilos.

          –Me gusta África –le digo a mi abuelo–. Sí, me está gustando mucho África.

          Lo que más me gusta de África son los colores. Hay un color verde oscuro, verde botella, verde esperanza en las ramas de los árboles y unas rayas de tiza tumbadas en los cuerpos de las cebras. Luego está el color de vino en los traseros de los  chimpancés y la plata en la melena de los leones.

          Y el silencio.

          Nunca he oído tanto silencio.

          –¿Oyes qué silencio, Juan? –me dice mi abuelo.

          ¡Es verdad, qué silencio!

          Mi abuelo, el escritor, pone su oreja sobre el cuerpo de África, yo le imito, y juntos oímos (como cuando se oye venir de lejos al tren, como cuando juego a escuchar en las vías) el rumor de los tambores avanzando, el tam‑tam de los latidos.

          –¡Cuántos corazones!, ¿eh, Juan? –me dice mi abuelo mirándome mientras escuchamos.

          –¡Sí, cuántos corazones!

          ¿Cuántos corazones habrá en África?

          Cuando nos levantamos, veo los cuerpos dormidos de los africanos. La noche va pasando y cerrando sus párpados.

          Y luciérnagas. Veo luciérnagas. Gusanos de luz.

          –¡Mira, abuelo, cuántas luciérnagas!

          Pero como en África las apariencias engañan, no sé bien si son estrellas o luciérnagas, si están reflejándose en el lago de la luna o es que son auténticas.

          –No son luciérnagas –me explica Dante–, son cuerpos encendidos.

          Efectivamente, son cuerpos encendidos. Africanos que no pueden dormir. Parecen gusanos de luz sobre los campos. Aquí no es como en Nueva York, no hay rascacielos. Los cuerpos forman el paisaje y cada uno está tumbado en una postura distinta. Parecen lombrices iluminadas junto a las chozas, en los poblados. O quizá pulseras brillantes. O ramas, sí, ramas de luz.

          Mi abuelo va apagando estos cuerpos encendidos en el silencio de África. Va pasando por entre el verde y el violáceo, aparta el malva de las montañas, separa las lianas amarillas y apaga, desconecta, deja que el sueño entre.

          Cuando nos tumbamos otra vez –mi abuelo y yo– con la oreja pegada al cuerpo de África, la oímos perfectamente dormir. Es una respiración potente la de este continente, suben y bajan con la respiración las cordilleras, las fieras, las cataratas, los penachos de plumas de los jefes de las tribus, se levantan en el aire las lanzas, retumban los tambores, sí, es una respiración potente la de África en el añil de la noche. Cuando África respira, incluso cuando ronca, los monos se encaraman en sus chillidos, las llamas de las hogueras ascienden, los caimanes se hunden en las aguas y se paralizan todas las danzas rituales, las máscaras, todas esas máscaras cruzadas de pinturas en la brujería de los bailes.

          ¡Sí, qué respiración tan oscura, tan profunda, tan fuerte la de África!

          Quizá por eso –por oír dormir a África o por apagar cuerpos en Nueva York– me gusta tanto el venir aquí a pasar grandes ratos al nuevo cuarto de mi abuelo, el Premio Nobel”.

José Julio Perlado: ( del libroNosotros, los Darnius“) (relato inédito)

(Imágenes: 1.-África.-Christa Dichgans.-2007.-artnet/ 2.- foto: Andrew Henderson for The New York Times/ 3.- África.- Christa Dichgans.-2003.-artnet)

2 comentarios en “MI ABUELO, ÁFRICA, LA NOCHE

  1. Es precioso. Nueva York, Africa. Dos mundos y en ellos, el aliento del ser humano. Estrellas, luciérnagas, respiración.

    (…)

    –¡Cuántos corazones!, ¿eh, Juan? –me dice mi abuelo mirándome mientras escuchamos.

    –¡Sí, cuántos corazones!

    (…)

    Gracias por este relato.

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