UNA RUEDA DE PRENSA

figuras.-hbgll.- Lucio Fontana.-1959.-Concepto espacial

(Hay ruedas de prensa que tenemos que seguir casi todos los días y ruedas de prensa en cambio que aparecen de pronto como invención de la realidad – ( es el subtítulo de MI SIGLO) -, fruto de la creación literaria, tal como sucede en estas páginas de mi última novela “Mi abuelo, el Premio Nobel”, tras el momento en que a Dante Darnius – el escritor que todo lo lleva en la cabeza y que nunca ha podido escribir nada en el papel – le conceden el Nobel de Literatura) :

” Como le han dado el Premio Nobel a Dante – se lee en la novela – nos convocan a una rueda de prensa.

–¡A ver! ¡Colóquense ustedes lo más juntos que puedan, lo más apretados que puedan! ¡Los más altos pónganse detrás, por favor! ¡Y al niño delante! ¡Pongan al niño delante!

La foto familiar nos la hacemos los Darnius por fin en el jardín, sobre la tierra del jardín, sobre los bordes de la fuente que aguanta nuestro peso.

Han sido tan reiterativos los periodistas y los fotógrafos queriendo reunir a los Darnius, que aunque no estemos todos, sí ocupamos toda la plataforma de la fuente.

–¡O se acercan ustedes un poco más –nos gritan los fotógrafos desde los extremos, cada uno inclinado detrás de su objetivo–, o no salen todos en la foto!

“¡Es que nos vamos a caer al agua, es que estamos tan apretados ya que nos podemos caer al estanque, es que no nos podemos juntar más!”, decimos a coro.

No nos entienden.

O quizá no quieren entendernos.

Se han apostado fotógrafos a nuestra derecha, al frente, a nuestra izquierda. Nos quieren a todos los Darnius tan apretados, en pie y tan juntos, que vamos a parecer pingüinos.

–¡No se muevan ahora, que así están bien! –nos grita el fotógrafo que está enfrente– ¡A ver, a ver! ¡No se muevan! ¡Miren al cielo! ¡Al pajarito!

Miramos todos los Darnius al cielo, inmóviles bajo el sol. No vemos el pajarito. No pasa el pajarito. ¿Dónde está el pajarito?

–Yo no veo al pajarito, Amenuhka –le digo a mi hermana que posa a mi lado.

–¡No hagas caso! ¡Esa es una frase que siempre dicen los fotógrafos! ¡Tú no hagas caso! –me dice mirando al sol, sin moverse.

Pero de repente, otro fotógrafo a la izquierda nos habla de que también tiene él otro pajarito, de que le miremos fijamente porque encima del estanque ante el que nos quiere retratar, hay otro pajarito.

–¡Miren al pajarito, por favor, miren al pajarito!

–¿Tú crees que ahí sí hay pajarito? –le pregunto a mi hermana mirando al objetivo.

–¡Ya te he dicho que eso es cosa de los fotógrafos! –me replica Amenuhka–. Tú sonríe y no te muevas.

No, tampoco hay pajarito sobre el estanque. Como no lo hay sobre la casa, ni sobre el agua, a pesar de que otro fotógrafo se inclina también detrás de su aparato y levanta su mano en el aire para entretenernos, haciendo con los dedos la forma de un pajarito.

–¡Ya está! ¡Quietos, por favor! ¡Un segundo más! ¡Un momentito más, que vamos a repetirla!

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Yo no sé qué interés podemos tener los Darnius para todos esos fotógrafos, no me lo explico, pero la verdad es que han venido de todas partes para inmortalizar a mi abuelo y parecen empeñados en que quedemos para la posteridad.

–¡A ver, ahora vuélvanse un poco hacia la derecha, que vamos a coger al grupo de perfil!

Casi no nos podemos mover pero intentamos mirar todos hacia la derecha, hacia los árboles, poniéndonos de perfil y dejando que nos tueste el sol.

–¿Tú crees que aún les falta mucho para acabar? –le susurra mi tío Byron al abuelo Dante, molesto por tanto asedio.

Mi abuelo, al que han sentado en el centro del grupo –en el centro del estanque– y que ocupa un gran sillón de mimbre, un sillón amarillo que van cambiando de lugar según cambia la orientación del sol, procura calmar los ánimos.

–Hay que tener paciencia con la prensa. Están haciendo su trabajo.

Cuando terminan con la sesión de fotos, los reporteros vienen hacia nosotros. Cruzan el aire azul para entrevistar­nos.

–Hay que nombrar un portavoz de la familia para la rueda de prensa –dice apresurada mi madre–. No vamos a hablar todos los Darnius a la vez porque no vamos a entendernos. Tampoco va a hablar sólo Dante. A ver, tú, Byron, que tienes buena voz, ¿por qué no nos representas y contestas a la prensa?

Mi tío Byron posee un vozarrón muy potente, su garganta parece una cueva resonante. Yo creo que es una cueva resonante.

–Estoy a su disposición –les truena a los periodistas situados en semicírculo, preparados ya con sus cuadernos, lápices, teléfonos móviles, cámaras, vídeos y grabadoras–. Contestaré a todas sus preguntas.

Los periodistas están inquietos y parecen querer una exclusiva.

–¿Qué es para usted lo maravilloso, señor Byron? –se atreve a interrogar el primero.

–¿De dónde es usted? –le pregunta a su vez un poco retador mi tío.

–Del The Wall Street Journal –contesta nervioso el reportero.

Y mi tío Byron Darnius entonces le explica muy bien con su gran vozarrón, desde la cueva de su profunda garganta, qué es para él –y para todos nosotros, puesto que él nos está representando– lo maravilloso.

–Señor del The Wall Street Journal –le dice–. Lo maravilloso es muy sencillo. Lo maravilloso es vivir, nacer, no caerse en el espacio, reír, soltar una carcajada instantánea, llorar de repente, emocionarse, divertir a los demás, levantar a un niño en el aire, ver que amanece todos los días.

figuras.-5jbv.-Yves Klein.-hoja de oro en el panel.-1961

Los periodistas siguen nerviosos: apuntan, graban, piensan. Está claro que quieren una exclusiva.

–Represento al Times, señor Byron –levanta su mano un espigado pelirrojo–. ¿Puede decirme qué es para usted –o para ustedes, los Darnius– lo fantástico?

De la garganta de mi tío Byron empieza a salir en caracolas la piel de la naranja de la definición de lo fantástico. Da unas vueltas en el aire la corteza de la definición y va cayendo poco a poco, sin romperse, sobre la rueda de prensa.

–Lo fantástico es la alegría, son los regalos, es dominar el dolor, es la amistad, el primer beso, una conversación entrañable, es perdonar y ser perdonados, es el fuego en los troncos en una noche de invierno, es la mirada de un hijo.

Otra mano se levanta entre la nube de periodistas:

–De La Stampa, señor Byron –dice una voz pizpireta y femenina–. ¿Qué es para usted lo mágico?

–Lo mágico es la vida misma –dice mi tío–. Llegar a fin de mes, seguir enamorados, inventar distracciones, ir contra corriente, no aburrirse, descubrir colores en la tarde, crear ilusión, provocar la risa en una mujer, mirar de vez en cuando el cielo, cerrar los ojos escuchando música.

Otro periodista, al que las gafas le cabalgan sobre la nariz, levanta ahora la mano:

–¡Del International Herald Tribune, por favor!

–¡Adelante!

–¿Cuál es la mayor cualidad que debe tener el hombre?

Byron no lo duda:

–La paciencia –contesta rápido.

–¿Y qué es la paciencia? –insiste el reportero de los lentes apuntando la respuesta en su cuadernito.

Entonces mi tío Byron da unos pasos respetuosos hacia el sillón donde está sentado Dante y hace girar a mi abuelo con lentitud. Mi abuelo es la imagen viva de la paciencia. Viste hoy, para la rueda de prensa, un traje de tonos tostados, de los que llevan los abuelos famosos, toques ocres, pliegues del paso de los años– y unos botines pardos que resaltan más su pelo blanco. Viste hoy mi abuelo una chaqueta de color otoño que hace juego con los botines pardos, que a su vez hacen juego con los brazos amarillentos del sillón de mimbre donde se sienta, un mimbre que hace juego con las ondas del pelo de mi madre, con el broche de oro en su gargantilla otoñal, gargantilla que sujeta los pliegues de los años, estrías de años surcando arrugas color café, café que hace juego con el color de las nubes que amenazan tormenta.

–Aquí tienen a la paciencia hecha hombre –le dice Byron al periodista con su gran vozarrón– o lo que es lo mismo, aquí tienen a un escritor convertido en paciencia.

Hace girar un poco más el sillón de mi abuelo y al mimbre del sillón, conforme da las vueltas, se le van poco a poco pegando las nubes, las hojas del sol tostadas en el pelo, los botines y la chaqueta de tonos ocres. Mi abuelo se deja llevar con una sonrisa amable mientras gira en torno a los colores del día.

figuras.-i8i8.-Claus Stolz.-Sonne 68.U .-2003- .photonetgalerie

–¿Y la peor cualidad del hombre? –vuelve a preguntar el periodista.

–A veces, la lengua –contesta inmediatamente Byron Darnius.

Y en un instante hace una demostración del poderío de la lengua. Abre su boca mi tío Byron y hace salir la salamandra de su lengua transformada en un músculo ondulante que se estira en el aire y se arrastra por la atmósfera. Yo nunca he visto tan de cerca el cuerpo de la lengua de mi tío Byron, que es un cuerpo de lengua normal y que vive, como todas las lenguas del mundo, encerrada entre las piedras de los dientes y las rocas de las muelas. Da la impresión de ser inofensiva. Pero de pronto Byron ha debido de hacer un movimiento de ira –un movimiento provocado, un resorte para hacer saltar una chispa– y en la punta de la lengua de mi tío aparecen miles de ojos fosforescentes y enrojecidos, inyectados en rubíes de sangre, y esa extremidad se convierte en un reptil de manchas verdes, quizá un lagarto, no lo sé, sí, parece un ágil y escurridizo lagarto que se está transformando ahora en culebra amarilla, quizá en áspid, no lo sé, sí, ahora ya lo veo bien, ya está fuera de la boca de Byron, es un áspid de manchas pardas y cuello dilatable que hace retroceder a los periodistas.

La voz potente de Byron Darnius hace bailar al áspid en el aire, le hace erguirse y doblarse al golpe de fusta de sus palabras, restallan los insultos, golpean las interjecciones, y el áspid, flameando fuego, avanza hacia los periodistas y les hace otra vez retroceder.

–Ésta es la lengua de la calumnia –dice el áspid alargando su flecha de veneno e intentando tocar el rostro de los reporteros–. Ésta es la lengua de la maledicencia.

¿Pero quién habla? ¿Quién está hablando?

¿Está hablando realmente este animal? ¿Es que acaso un reptil puede hablar?

¿Está hablando de verdad mi tío Byron?

Luego –como una cinta–, plegándose y ondulándose, la lengua de Byron Darnius vuelve a entrar en la boca de mi tío y queda calmada.

figuras.-3nhy.-Shaw Dulaney.-2011

–¿Y la soledad, señor Byron? ¿Qué puede decirnos de la soledad?

Se les ve asustados a los periodistas. Están asustados por el ataque de la lengua, pero necesitan seguir haciendo su trabajo. Yo comprendo que tienen que seguir haciendo su trabajo.

–La soledad es no poder compartir –contesta Byron–. La soledad es no poder cambiar miradas en una habitación. La soledad cae en capas sobre el oxígeno de un cuarto, oprime en planchas vacías, es fría, gélida, interminable. En la soledad no se acaban las horas. La soledad no tiene eco. La soledad está llena de sonidos imperceptibles. La soledad es darse cuenta de que tenemos soledad y no saber qué hacer con ella.

Entonces, desde la última fila de los reporteros se levanta una mano juvenil intentando llamar la atención.

–Señor Byron, cambiando de tema: si usted volviera a nacer y le dieran a elegir, ¿qué escogería? ¿Ser planta, animal o mineral?

–Planta.

–¿Qué planta?

–Nenúfar rojo –dice mi tío Byron.

–Y ahora que ya es usted nenúfar rojo, si pudiera volver a escoger, ¿qué elegiría ser?

–Animal.

–¿Qué animal?

–El armiño –contesta mi tío Byron.

–Y ahora, siendo ya usted armiño, si pudiera volver a escoger, ¿en qué querría convertirse?

–En hombre.

–¿En qué clase de hombre?

–En Byron Darnius–responde mi tío Byron Darnius.

Parece que fuera a haber una tregua en la rueda de prensa, pero no es así, la voz juvenil vuelve a insistir desde la última fila. Es una voz reiterativa. ¿Por qué quiere hacerse la inteligente? ¿Qué intenta conseguir con eso? ¿Quiere demostrar que es la más original?

–Dígame un color, señor Byron –pregunta el periodista.

–El ámbar turquesa –contesta mi tío.

–Un instrumento musical.

–La cítara –responde Byron.

–Un libro.

–El libro de Job –dice Byron.

figuras.-55gioi.-Amy Sia

Parece una partida de tenis. Todos los Darnius vamos moviendo de un lado a otro el cuello para seguir en el aire las preguntas y respuestas. Van y vienen. Yo me mareo. Mi abuelo se marea. Amuhka creo que también se está mareando.

–¿Tú te mareas, Amuhka? –le pregunto a mi hermana.

–Sí, sí me mareo.

–¿Y tú, abuelo? ¿También te mareas?

–Sí, también me mareo –me dice Dante–. Pero las ruedas de prensa son así. Ellos están haciendo su trabajo.

Siguen haciendo su trabajo. Byron lo contesta todo sin mover un músculo. Devuelve cada golpe. Sin embargo, cuando llegan a determinada pregunta mi tío les cambia el ritmo.

–¿Qué es el tiempo, señor Byron?

–No lo sé. Yo puedo responderle qué es la edad.

–¿Y qué es la edad, señor Byron?

–Eso tampoco lo sé. Yo puedo contestarle sobre la vejez.

–¿Y qué es la vejez, señor Byron?

–No, eso sí que no lo sé. Yo le puedo hablar de lo que son las arrugas.

–¿Y qué son las arrugas?

Entonces mi tío Byron les explica muy bien las arrugas tal y como yo se las he oído contar muchas veces en casa, hablando con mi abuelo después de cenar. Les va contando la historia de las arrugas en el borde del lago de los ojos y la historia de los frunces en las comisuras de la boca y las rayas en la llanura de la frente y en el peñasco del mentón.

–Esas son las arrugas que forman parte de la vejez –les dice mi tío a los periodistas–. De la vejez que forma parte de la edad. De la edad que forma parte del tiempo.

Y todos los reporteros lo apuntan.

figuras.-9hxx.-Mark Rothko.-1961

Después mi tío Byron les explica también muy bien –como tantas veces yo le he oído contar, hablando con mi hermana Amuhka en el porche al aire libre, por las noches, después de cenar– la historia de las bolsas bajo los ojos.

–Las bolsas bajo los ojos –dice mi tío Byron– son hermanas de las arrugas. Las bolsas bajo los ojos son bolsas de aire invisible, globos de agua, hinchazones y depresiones de la piel que van avanzando por la cara durante el sueño y que suben por las mejillas y establecen su campamento antes de despertar.

Los periodistas lo anotan todo febrilmente. No se pierden ni una palabra.

Entonces mi tío Byron les cuenta a los reporteros lo que ya sabemos todos los Darnius por las tertulias que solemos tener la familia para hablar de estas cosas: que el sol amarillo en el cielo es un enorme platillo de batería de jazz, y que en verano, a la hora del mediodía, cuando las gentes están más descuidadas en las playas o en el campo, unos palillos que se desprenden de las nubes, unos palillos que los hombres no pueden distinguir, golpean rítmicamente en el platillo del sol, y esa cadencia, ese pulso, va dejando caer un fino polvillo en lluvia de luz, lluvia de luz que se posa en los rostros hasta solidificarse e ir formando arrugas.

–¿O sea que así se forman las arrugas? –pregunta la periodista pizpireta.

–Exacto, señorita. Así se forman.

–¿Y las pecas de la piel?

–¡Ah, eso es otra cosa, señorita! Las pecas de la piel –le explica Byron Darnius– son diminutas avecillas que pululan por el aire. Nacen también del sol, pero con una capacidad de volar que ningún hombre puede conocer. Están volando y volando durante miles de años, antes de que nazca el hombre, y vuelan sin necesidad de alimento ni de descanso. Son infinitas espumas de sombra gaseosa, con una cabeza y unas alas minúsculas, del tamaño del átomo. ¿Usted conoce el átomo, señorita?

–No, no lo conozco.

–Pues debería conocerlo porque es algo inusitado e increíble. Entonces, como le decía, las alas minúsculas de esas infinitas avecillas procedentes del sol vuelan y vuelan cargadas de sombra, una sombra más pequeña que el átomo. Y esa sombra la depositan al posarse, la depositan sobre todo en la piel de las manos de las personas mayores.

–Y se forman las pecas.

–Exactamente, señorita –confirma mi tío Byron–. Se forman las pecas. Más que pecas, son manchas de las aves, aves de sol, como le digo. ¿Tiene usted pecas, señorita?

–Sí –dice la periodista–. Sobre todo en la espalda.

–Porque la habrá picado en la playa la sombra de esas aves, señorita. Por eso tiene usted pecas. Pero serán seguramente pecas jóvenes, de avecillas jóvenes. Son una especie muy distinta a la de las avecillas mayores, que llevan manchas en las alas y han salido del sol hace millones de años, a la velocidad de la luz, y que queman al posarse. Usted no lo notará, pero queman al posarse.

–¿Y esas pecas me las puedo quitar? –dice la periodista–. ¿Usted cree que embellecen o que afean?

–Pues mire usted, señorita, yo en una rueda de prensa internacional como es ésta, no le puedo contestar directamente. Es un asunto privado. Lo que sí puedo decirle es que si la avecilla de sol que le ha picado era bella, usted quedará embellecida, y si la avecilla de sol era fea, su mancha le afeará.

–¿Y eso cómo puedo saberlo?

–Ya le digo que en una rueda de prensa de estas características no puedo contestarle con exactitud. Hay un aparato ahora que parece muy eficaz, y que va matando en el aire a la avecilla fea que sale del sol y respeta, en cambio, a la avecilla de sol que es hermosa y que cruza la atmósfera. Es como una escopeta de aire comprimido que lleva un radar para detectar la estética y apartar la fealdad.

–¿Dónde puedo comprarla?

–Le estoy diciendo, señorita –repite ya un poco molesto Byron Darnius– que en una rueda de prensa como ésta me es imposible responderle a cuestiones privadas que están desviando la atención general.

figuras.-5ttt.-Rod Jones

Se le nota un poco molesto a mi tío Byron. Sí, yo le noto bastante molesto.

–¿Alguna pregunta más? –dice mi tío mirando a todos, intentando concluir.

Se levanta una mano al fondo.

–Señor Byron.

–Dígame.

–¿Qué pregunta que no le hayamos hecho le gustaría que le hiciéramos?

–Ésta –dice mi tío Byron secamente, con su enorme vozarrón.

Y se les queda mirando.

Hay un silencio. Sólo se oye meter los lápices en los bolsillos, cerrar los cuadernos, guardar las cámaras en las fundas, recoger los teléfonos móviles.

Los periodistas se van.

Por la noche, cuando estamos reunidos todos los Darnius, mi abuelo felicita a mi tío por su intervención.

–Has estado muy bien, Byron. Un poco seco al final, pero en general, muy bien. Te vamos a nombrar portavoz.

Byron Darnius está agotado. Los encuentros con la prensa siempre le han dejado agotado.

–Estoy agotado –murmura tumbado sobre la piel del jardín, mirando al cielo, a la noche estrellada.

Se va quedando poco a poco dormido.

Yo me tumbo junto a él. Le cojo de la mano.

Miro cómo pasa la noche por el cielo. Y luego escucho el mar”.

José Julio Perlado: “Mi abuelo, el Premio Nobel”.-Editorial Funambulista.-2011

figuras.-69iii.-Graham Mileson

(Imágenes:- 1.-Lucio Fontana/ 2.-Jack Hardwicke/3.-Yves Klein,-1961/4.- Claus Stolz/5.-Shaw Dulaney.-2011/6.-Amy Sia/7-Mark Rothko/8.-Rod Jones/9.-Graham Mileson)

UNAS PALABRAS SOBRE DANTE DARNIUS

Con satisfacción y sobre todo con enorme agradecimiento, copio del excelente blog de Juan Pedro Quiñonero, “Una temporada en el Infierno lo que hoy escribe sobre mi último libro:

11f26 Portrait of a Boy Reading Edmund D Tarbell 1913 baja

Portrait of a Boy Reading, de Edmund C. Tarbell, 1913.

“Si el ruido y la pudrición de las palabras -víctimas de muy diversas infecciones cancerosas- son enfermedades mortales para las almas de los seres humanos y la cohesión social de los pueblos [Peter Handke disecciona las crisis de España y Europa], la poda, limpia y salvación de las palabras amenazadas y en cuarentena quizá sea una tarea cívica muy urgente.

[ .. ]

No es otra la tarea del último libro de José Julio PerladoMi abuelo, el Premio Nobel (Funambulista), del que ya tenían noticia los lectores de Mi siglo.

Su nieto acomete la tarea de rescatar el legado de Dante Darnius, cuya obra se confunde con su vida: su don de la palabra le “impide” escribir las maravillosas creaciones de su imaginación. Pero bien saben sus próximos, su familia, que su palabra todo lo viste con luminosos colores virginales.

Muchos años después…”, en el tiempo mítico del relato, el narrador, que no es Dante Darnius y quizá no sea su nieto, ha conquistado definitivamente su territorio más íntimo, el de las palabras al fin restauradas en su pureza original. Y puede deslumbrarnos con la luz de su tiempo recobrado: en  las páginas en blanco de los viejos relatos por escribir ha florecido una prosa tersa y limpia, donde la memoria del autor y la construcción de su alma -indisociable de la construcción de su familia- se confunden en el devenir del texto.

Dante Darnius legó a su nieto -y ambos personajes quizá sean solo uno: rostros que iluminan el rostro íntimo de José Julio Perlado– un don único… el don de una pureza rayana en el silencio iluminado de los místicos. Y el nieto nos entrega a sus lectores los frutos de aquella siembra que se confunde con la revelación de la lengua, la palabra, la escritura. Que son palabras de todos: de ahí su tarea cívica, sembrando con su libro la esperanza de unas almas más limpias, crecidas en la comunión de esa fe”.

[ .. 11f26 Novela José Julio Perlado

“MI ABUELO, EL PREMIO NOBEL”

La publicación de un nuevo libro siempre es una fiesta para el autor – y supongo que también para los lectores. Aparece hoy mi novela “Mi abuelo, el Premio Nobel” (Editorial Funambulista) que supone el octavo de mis libros. Muchas de estas páginas se han podido leer antes en Mi Siglo – con el título provisional de “Nosotros, los Darnius“- , pero el conjunto de la historia completa está ahora aquí, en este volumen, narrando la vida, las aventuras y la imaginación del escritor Dante Darnius, el escritor que no puede escribir. Como reza la contraportada del libro, “contada por su nieto, en esta novela se narra la increíble historia del escritor Dante Darnius, incapaz de llevar sus creaciones al papel pero invadido siempre por prodigiosas ideas y maravillosas historias que cuenta a su familia conforme se le van ocurriendo. La potencia de su imaginación y su capacidad creadora no pasará inadvertida en Estocolmo, y se le concederá el Premio Nobel de Literatura al escritor que no ha escrito nunca nada pero que todo lo lleva en la cabeza, una mente repleta de historias y asombrosas fabulaciones“.

Siempre se dice que los escritores tenemos devoción por ciertos personajes y en este caso es verdad. Dante Darnius no esconde el “miedo escénico” oculto en todo creador y a la vez expone cuanto en su imaginación le bulle constantemente.

“¿ Es difícil escribir, Dante? – le interroga con curiosidad su nieto.

– Sí, sí que es difícil…

– ¿Pero qué es más dificil, pensar una historia o llevarla al papel?

-Las dos cosas. Yo, como no he llevado casi nada al papel, no sé si eso es difícil. Para mí es dificilísimo. Pero también es muy complicado crear una historia“.

Y en otro momento del libro Dante se confiesa:

“-A un escritor no hay nada que reconocerle. Es un oficio más, una tarea más. ¿Es que hay que reconocer todos los oficios? ¿Es que los demás oficios se reconocen?.”

Quiero agradecer desde aquí muy de verdad a la Editorial Funambulista el esmero y la calidad que ha puesto en esta edición tan cuidada en todos los detalles.

“Mi abuelo, el Premio Nobel” estará en todas las librerías dentro de dos semanas. En estos momentos se encuentra solamente en la Feria del Libro de Madrid, y como los escritores debemos acompañar a nuestras criaturas, allí firmaré ejemplares diversos días, entre ellos el domingo 29 de mayo por la tarde, en la caseta 321.

EL “DARNIUS COLLEGE”

Varias veces en Mi Siglo he hablado de mi abuelo Dante, el Premio Nobel.

Pero él nunca había desaparecido de casa. Nunca. Y esta vez sí lo ha hecho.

Ha desaparecido. Sí. Realmente ha desaparecido.

Viene desolada mi tía Caterina. Extiende sus cabellos rubios por todo el cuarto. Llora como una Magdalena.

–¡Caterina está llorando como una Magdalena! –avisa mi hermana corriendo por el pasillo.

–¡Llora como una Magdalena! –repite mi otro tío Byron, enormemente asustado.

–¡Está llorando igual que una Magdalena! –insiste mi hermana Amuhka impresiona­da.

Yo oigo los gritos mientras mi madre me está acabando de arreglar para ir al colegio. Hoy es mi primer día de colegio.

–Entras en clase –me dice mi madre estirándome el gran lazo azul que me ha puesto en la pechera de la chaqueta– y te portas bien. Que no tengamos queja de ti.

Yo digo que sí subido en la silla, mientras mi madre me ata los zapatos. Sin embargo, estoy pendiente de los gritos de mi tía Caterina que resuenan por toda la casa.

–¡Llora como una Magdalena! –repite mi tío Byron– ¡Algo habrá que hacer, habrá que calmarla!

–¡Está llorando, la pobre, como una Magdalena! –confirma Blasa desconcertada, yendo de un lado para otro.

Sólo mi madre conserva la tranquilidad. Está representando de repente el papel de Madre total y se ha puesto de pie en medio de los llantos y de las lamentaciones, dirigiendo el tráfico de la emoción.

–¡Vamos a ver! ¿Qué ha pasado aquí?

Pasa, que ha desaparecido mi abuelo. Eso es lo que ha pasado.

Yo me entero a través de la rendija de una puerta, mientras me bajo de la silla, mientras cojo la cartera.

–Tú te vas al colegio ahora mismo –me dice mi madre–. No puedes llegar tarde ya el primer día.

El Darnius College está en las afueras de la ciudad. Voy andando, mirando en la calle los saltimbanquis, entreteniéndome con el circo.

Cuando llego, me asombran los pasillos interminables de este colegio, sus paredes desnudas y frías, las vidrieras altísimas de los ventanales, el eco, cómo se alarga el eco.

Están colgados retratos de famosos ex-alumnos en las paredes del claustro. Enormes retratos en blanco y negro, enmarcados en madera oscura.

–Éste es Franz Kafka, un excelente alumno –me explica un profesor al pasar.

–Éste es Sigmund Freud, que terminó hace años –me señalan otro retrato.

–Éste es Darwin –me dicen de otro. Y enseguida me preguntan–: Tú, por cierto, ¿cómo te llamas?

Darnius. Me llamo Darnius. Juan Darnius –contesto.

–¿Pariente de este Darwin?

–No. Los Darnius sólo somos parientes de los Darnius. Únicamente de ellos.

Ya en clase sigo preocupado por mi abuelo Dante, el escritor. ¿Dónde estará? ¿Qué le habrá pasado? Un Premio Nobel no puede desaparecer así como así. ¿Dónde estará metido?

Es como si esta mosca que vuela encima de mi cuaderno se llamara Dante y volara Dante como una distracción arriba y abajo, adelante y atrás, a izquierda y a derecha, se posara sobre esa bola rapada del chico que tengo delante, el chico se rascara la nuca y Dante empezara a volar otra vez haciendo giros y giros en el aire, cabeza abajo, con los motores apagados, haciendo demostraciones increíbles, sin luces, sin manos, en pura acrobacia hasta llegar a la ventana y aterrizar allí, sobre el cristal, entre el polvo, para comenzar a frotarse las patas.

–¡Darnius! –oigo el grito del profesor– ¡Usted se distrae con el vuelo de una mosca! ¡Mire su libro! ¿Qué estamos leyendo?

Miro el libro. Nado en el libro. Buceo. Voy y vengo afanosamente de la orilla derecha a la orilla izquierda de la página, me hago dos largos con el ojo. Nada. Me pregunto igual que el profesor: “Eso. ¿Qué será lo que estamos leyendo?”.

–¿No lo sabe?

–No.

–¡Pues esté más atento!

Pero yo sólo estoy atento a que dé la hora y a que pueda volver corriendo a casa para ver qué le ha podido pasar a mi abuelo.

Cuando llego a casa sigue llorando en el salón mi tía Caterina: todo su pelo rubio está extendido en abanico igual que un pavo real. Llora como una Magdalena.

–El abuelo sigue desaparecido –me dice angustiada mi madre–. No sabemos dónde está. Igual lo han raptado. Es un misterio. ¿Qué tal te ha ido en el colegio?

–Bien –contesto.

Veo en el salón la misma mosca que he visto esta mañana en el pupitre. ¿La misma? Sí, porque es negra, pequeña, despega de pronto de la mano de mi madre, se eleva a la altura de la barbilla de mi tío Byron, toma allí más impulso y evoluciona en acrobacias, con el piloto automático puesto, en torno a la oreja de mi hermana para caer en picado sobre el prado amarillo del pelo rubio de mi tía Caterina que llora como una Magdalena.

–¿Qué miras? –me dice mi madre.

–Nada –contesto.

El día se pasa rápido. Por la noche el llanto de mi tía se hace más dulce, más fluido, el hilo de agua de su llanto encuentra su cauce en las campanadas del reloj del comedor. Se va acunando a cada compás. En las medias, mi tía Caterina llora algo más, en las horas llora menos.

Al siguiente día, en el Darnius College, la mosca asiste conmigo a clase de Matemáticas, a Historia, a Dibujo, falta en Lengua y vuelve a aparecer en Geografía. Es una mosca amiga.

–¿En qué página estamos leyendo, Darnius? –me sobresalta el profesor.

No lo sé. Yo siempre estoy pensando en mi abuelo. ¿Qué le habrá pasado?

Bajamos al comedor al mediodía, en filas interminables, de dos en dos, parecemos hormigas grises con nuestros uniformes iguales.

Bajamos.

Bajamos aún más.

Aún seguimos bajando. ¿Dónde vamos?

Luego empezamos a subir escaleras.

Más escaleras.

Llegamos a la azotea.

Damos la vuelta, de dos en dos, a la azotea del colegio, a la terraza, yo aprovecho para contemplar la ciudad, los tejados, las chimeneas, yo nunca había visto la ciudad desde las terrazas del colegio. Es un espectáculo único.

Luego bajamos.

Por esta parte hay andamios, debemos ir con más cuidado, la fila no debe romperse, yo voy mirando dónde pisa el compañero de delante, en qué charco, cómo apoya la suela en la madera cruzada y en el escalón roto, cómo sortea los cubos de pintura y las herramientas. Le voy marcando el camino al que viene detrás. “No te apoyes en mí –le digo–, que nos caemos, y la fila no puede romperse”.

Seguimos bajando.

Bajamos más.

Ahora estamos descendiendo a los sótanos del colegio, esta escalera de caracol es un embudo metálico que resuena bajo nuestros zapatos. Yo miro hacia arriba y veo bajar a todos los que faltan y que son decenas, quizá cientos, todos iguales, todos haciendo ruido en la escalera de caracol.

Bajamos hasta los cimientos del colegio, hasta unos túneles de tierra que sostienen el colegio entero, hasta galerías abiertas en la piedra que apenas tienen luz.

“Está lejos el comedor del Darnius College“, me voy diciendo con hambre. “Sí. Está lejos”.

Subimos.

Volvemos a subir por una zona lateral, subimos al primer piso, luego al segundo. Desde allí, por los ventanales, puede verse una magnífica panorámica de la ciudad. Muy distinta a la de las azoteas, pero también apreciable.

Empezamos a recorrer ahora el segundo piso en sentido horizontal, vamos de este a oeste por los claustros, de dos en dos por los pasillos. Luego giramos en redondo, atentos a la palmada del profesor, y volvemos de oeste a este hasta llegar a una esquina, allí emprendemos de norte a sur otro pasillo bajo los enormes cuadros que nos miran, bajamos dos pisos más, llegamos a la planta baja y abrimos la puerta del inmenso comedor.

Estamos todos de pie ante nuestros platos y vasos sobre las mesas desnudas.

–Esto que hemos recorrido –nos dice el profesor de pie, antes de empezar a comer– se llama pasillo kafkiano, en honor de un célebre ex-alumno, Franz Kafka, que aquí estuvo. Pueden comer.

Yo no como. Estoy pensando dónde estará mi abuelo Dante. No me entero ni de lo que comen los demás.

Esa noche, ya en casa, como no veo a mi tía Caterina, pregunto qué ha pasado.

–¿Se ha encontrado al abuelo?

–No –me dice mi madre desolada–. No sabemos dónde está.

–¿Y Caterina?

–Está con tu hermana. Sigue llorando. Tu hermana la hace compañía.

No puedo dormir esa noche. Me es imposible dormir.

Al día siguiente, en el Darnius College, no me entero de nada. “He perdido a mi abuelo, el escritor, para siempre”, me digo en el pupitre. “Para siempre. Para siempre. He perdido a mi abuelo para siempre”.

Cuando explican en clase el darwinismo y el profesor pregunta si alguno cree descender del mono, no me interesa nada.

Cuando el profesor nos habla de Freud y nos pregunta si alguno se ve freudiano, no me interesa nada.

Cuando al mediodía subo, bajo y vuelvo a subir por los pasillos kafkianos hasta llegar al comedor, nada, absolutamente nada me interesa. Sigo sin apetito. Me niego a comer.

Me interesa sólo ver a mi abuelo. Que aparezca Dante, mi abuelo.

Por la tarde me sacan a la pizarra.

–Vamos a ver, Darnius, ¿qué es el darwinismo?

¡Otra vez! No me interesa nada.

Puesto que ni como ni duermo desde hace dos días veo a la clase emblandecida, caída hacia un lado, como si se escurriera hacia las ventanas.

–Usted, Darnius, ¿no es familia de Darwin?

–No, señor profesor. No soy familia –digo con la tiza en la mano.

–Pues yo creía que los Darnius eran familia de los Darwin –me dice el profesor desde su estrado.

Lo veo caído en su silla al profesor, lo veo líquido.

–Pues no, señor, no somos familia –le contesto.

–Entonces, ya que está usted ahí, en la pizarra, ¿por qué no nos habla de los Darnius? Ustedes, como los Darwin, ¿creen descender de los monos?

–Nosotros no somos familia de los Darwin, profesor, ya se lo he dicho.

–Entonces, ustedes, los Darnius, ¿de quién descienden?

–Nosotros no descendemos de nadie. Nosotros descendemos sólo de los Darnius, señor. Es que somos los Darnius.

–Bien –dice el profesor–. Ya puede volver a su sitio.

Por la noche sigue sin encontrarse a mi abuelo.

Así llevamos tres días.

Se han perdido todas las esperanzas. Absolutamente todas.

Me quedo sentado en la cama, con las rodillas encogidas. Así estoy, entristecido y pensativo, horas y horas.

¿De verdad se han perdido todas las esperanzas?

No, yo no lo creo.”

José Julio Perlado: (del libroNosotros, los Darnius“) (relato inédito)

(Imágenes;.-1.-hombre caminando en un edificio de Tokio.-foto Toru Hanai.-Reuters.-TIME/ 2.-Biblioteca do Palacio e Convento de Mafra.-Lisboa.-curiosus expeditions/ 3.-George Peabodys Library.-Baltimore.-USA/ 4.-comedor.-Selwyn College.-sel.cam)

MIRADAS DE GRETA GARBO

Varias veces en Mi Siglo he hablado de mi abuelo el escritor, mi abuelo el Premio Nobel.

“Mi abuelo me enseña la máquina de registrar miradas.

Como es Premio Nobel de Literatura tiene un cuarto especial para él, la habitación donde piensa, y allí me abre una pequeña cajita de plata que está sobre su mesa.

–¿Ves? –me enseña Dante–. Esta cajita contiene todas las miradas que tengo.

Deja la tapa abierta y efectivamente, empieza a llenarse de miradas la habitación. Yo nunca creí que las miradas tuvieran alas, pero los párpados de las personas parecen murciélagos y baten aquí y allá sus pestañas hasta posarse, por ejemplo, en el aire del cuarto. El cuarto de mi abuelo, y luego el pasillo, y después el comedor, e incluso la terraza, se llenan de miradas igual que si fueran palomas o gaviotas.

–¡Dante –le grita mi madre–, ahora no me pongas tantas miradas aquí, que estamos limpiando y hay que abrir las ventanas y Blasa se asusta!

Mi abuelo obedece. Deja tan sólo en el aire una mirada intensa, la de una actriz a la que él quiere, una mirada de Greta Garbo que se queda viva, observándonos fijamente, con sus pupilas como peces dilatados.

–¿Esto no te dará miedo, eh Juan? –me dice mi abuelo riéndose– ¡Hay que ser valiente!

–No, no me da ningún miedo, abuelo –le contesto animándome.

Greta Garbo parpadea como una mariposa en la cuenca de su ojo, en el valle de sus pestañas rizadas.

–Esta mirada de Greta Garbo es auténtica –me explica mi abuelo orgulloso–. La gente cuando viene aquí y ve esa mirada cree que es falsa o que es una copia, pero no. Es original. Es una Greta Garbo auténtica. Vale una fortuna.

Greta Garbo continúa observándonos misteriosamente. Su mirada nos sigue por el pasillo, mientras andamos. Al doblar la esquina e ir hacia el comedor nos espera la gran mirada en el aire de Charles Chaplin, una mirada entristecida por una sonrisa.

–Esta también es auténtica. De las primeras miradas que tuve –me comenta mi abuelo al pasar.

Se le ve orgulloso de su colección. Parece mentira que en una pequeña caja de plata quepa un invento tan fabuloso. Ha viajado por el mundo con esta cajita y cuando se ha cruzado con una mirada enigmática, con unos ojos celosos, con unas pupilas con agujas de venganza, con un mirar melancólico, aterciopelado o dulzón, con una mirada violeta o unos ojos de mar, salados y bañados en lágrimas, cada vez que el ojo humano al pasar quiso dejar una huella fugitiva en Dante Darnius, mi abuelo no desaprovechó nunca la ocasión, y abriendo furtivamente su cajita, registró y grabó al instante aquella mirada y se la llevó viva a casa para aumentar su colección.

–Aquí vienen gentes de todas partes a ver esto –me dice vanidoso, saliendo a la terraza–. ¿Y sabes por qué?

–No.

–Porque no se lo creen.

Y luego, cogiéndome de la mano y bajando las escaleras hacia el jardín, me añade casi en confidencia, con una sonrisa:

–Un día esta colección será para ti.

No sé. No me convence. Me asustan un poco tantas miradas en la terraza, a cielo abierto, tapando las nubes. Prefiero la sencillez del sol, la claridad del día lavado, esta flor –¿qué es esta flor?

–¿Qué es esta flor, abuelo?

–Un lirio soberbio –me contesta el Premio Nobel.

Me quedo mirando esta flor perfumada de color blanco rosa manchada de rojo intenso, los bordes ondulados, caracoleados.

Y luego me paro –hago parar a mi abuelo– ante el estanque, y veo la anaranjada plateada de unas escamas ondulantes, la aleta de rojo rubí de este pez que nada entre azules.

–¿Y este pez, abuelo? ¿Cómo se llama?

–Es el pez soldado –me dice Dante–. ¡Pero vamos! –me tira de la mano para que ande–, ¡mira estas miradas, Juan! ¡Mira cuántas miradas!

Está todo el jardín tan lleno de miradas, pestañeando vivas, observándonos cómo vamos y venimos y lo que hacemos, que yo no digo nada, pero me asusto.

Entonces hago uno de esos trucos que tenemos escondidos los niños. Vuelvo a pararme ante otra flor. Es un marrón oscuro, amarillo y violeta manchado de púrpura. ¿Se ha tostado esta flor? ¿Alguien la ha quemado? ¿Qué es esta flor?

–¿Qué es esta flor, abuelo? –le pregunto.

–Se llama pensamiento –me dice Dante.

“Pensamiento, pensamiento”, me digo mientras la miro.

–¡Vamos! –me sigue tirando de la mano mi abuelo intentando arrancarme del sitio– ¡Pero mira cuántas miradas alrededor!

No me muevo. No levanto la vista de este pensamiento.

–¿Pero qué haces? –oigo su voz.

Estoy terco, sabiendo esperar.

–¿Quieres decirme qué haces?

Aún hay que esperar un poco más. Siempre se debe esperar.

Luego digo, mirando a la flor:

–Estoy pensando, abuelo, en este pensamiento”.

José Julio Perlado : (del libro Nosotros, los Darnius) (relato inédito)

(Imágenes:- 1.-Greta Garbo/ 2.-Greta Garbo.-elmundofree)

MI ABUELO, ÁFRICA, LA NOCHE

Es maravilloso vivir con mi abuelo, Premio Nobel, en nuestra casa.

   Lo he contado ya varias veces en Mi Siglo. Cuando recibió el Premio Nobel. Cuando explicó la vida de un párrafo. Cuando creó a la dama de las cerezas precoces.                                            

          Me he quedado tan pensativo en esta encrucijada del pasillo que apenas oigo a mi lado la voz de mi abuelo:

          –Juan, ¿pero qué haces aquí?

          No sé qué contestar.

          –Ven, te voy a enseñar algo.

          Me toma de la mano y me lleva –uno, dos, tres corredores, una, dos, tres galerías– hasta el nuevo cuarto que le han construido  para que pueda pensar mejor. 

          –Siéntate –me dice.

          Me siento entre redomas alambicadas como culebras de cristal, entre gases color de azafrán y de canela.

          –¿Estás ahí, abuelo? –le pregunto.

          Lo pregunto porque de repente ya no le veo.

          –Sí, claro que estoy aquí. ¿Dónde iba a estar?

          –No, es que no te veo. ¿Qué hacemos aquí?

          –Esperar a la noche –oigo la voz de Dante.

          Espero a la noche escuchando las tripas de las botellas hirviendo, el bullicio que arman las burbujas. El día se me hace muy largo porque no me veo la punta de los zapatos. Hay un olor a azufre, a amoníaco, a lejía ácida, pero eso es lo de menos. Lo que me preocupa es que no me veo la punta de los zapatos, pasan las horas y sigo sin verme la punta de los zapatos a causa de la niebla.

          –¿Hay que esperar mucho? –le pregunto a mi abuelo–. ¿Cuánto falta?

          La voz de mi abuelo viene de alguna parte, a lo mejor está delante de mí, no lo sé.

          –En los experimentos siempre hay que esperar –oigo su voz–. En los inventos siempre hay que esperar. En los descubrimientos siempre hay que esperar. Esperar. Esperar. Es muy importante esperar en la vida.

          Vuelvo a mirar hacia abajo, a ver si mientras espero consigo verme la punta de los zapatos. No. Nada. No los veo. Pero están ahí. Meto la mano entre la niebla y sí, ahí están los dos zapatos, uno en cada pie, eso es una realidad.

          Al fin, tras toda la espera, viene la noche.

          –Ahora, fíjate bien –me dice mi abuelo apartando las nubes de gases y de bruma.

          Hay un ventanal inmenso con el cielo duro y curvo, cuajado de estrellas. Nos acercamos lentamente a los continentes, a los países, a las ciudades. Lentamente los continentes, los países y las ciudades se acercan a nosotros.

          Entonces veo en las ciudades los rascacielos en la noche, primero iluminados, luego apagados.

          –Eso es Nueva York –me va explicando Dante.

          Veo a los hombres y a las mujeres tumbados, horizontales, cada uno en su cama. Hay millares, millones de cuerpos acostados, cada uno en su dormitorio, cada uno en su piso, todos los pisos de los rascacielos unos debajo de los otros, todos los cuerpos tendidos. Unos tienen colocada su cabeza a la derecha y los pies a la izquierda y otros han preferido colocar su cabeza a la izquierda y los pies a la derecha.

          Entonces, la ciudad va apagando todas sus ventanas, todos sus rascacielos, y los cuerpos de los dormidos también apagan poco a poco sus luces y se quedan inmóviles y horizontales, entregados al sueño.

          Excepto algunos.

          Sí, hay cuerpos que aún siguen encendidos.

          –¿Los ves? –me dice mi abuelo.

          Sí, sí que los veo. Hay uno allí, iluminado en su cama, en el piso 39 de un rascacielo de acero, queda otro cuerpo encendido en el piso 56 de un edificio de cristal, otros dos cerca de una azotea, en lo alto, no me imagino qué piso será.

          Pero voy descubriendo más. Muchos. Muchos más.

          –¡Mira, abuelo, aquel en aquella ventana! ¡Sigue con luz! –le señalo con el dedo– ¡Y aquel otro, abajo, ¿lo ves?, en aquella casa! –y le voy indicando los cuerpos iluminados por toda la ciudad– ¿Por qué no se apagan?.

          –Ahora los apago yo –me dice Dante.

          Alarga su mano y va dando a los interruptores de los cuerpos con luz. Toca suavemente en el cerebro de cada uno y le da vuelta a la llave del sueño. Todo se va apagando, todo duerme.

          –¿Pero por qué tardan tanto en apagarse? –pregunto.

          –Por preocupaciones, por disgustos –me va diciendo mi abuelo mientras sigue apagando los cuerpos–. No pueden dormir porque les dan vueltas y vueltas a las cosas y creen que pensando en ellas las van a resolver.

          Algunos se resisten.

          Dante Darnius les tiene que dar a algunos dos y tres vueltas a la llave y hacer girar varias veces el interruptor, con suavidad y sin hacerles daño, hasta que quedan a oscuras, totalmente dormidos.

          –Hay que hacerlo en el hipotálamo –me explica.

          No sé lo que es el hipotálamo. “Tiene nombre de caballo”, pienso. “De caballo alado”. ¿Es un caballo alado?

          –¿El hipotálamo es un caballo alado, abuelo? –me atrevo a preguntar.

          –El hipotálamo es una parte del cerebro y el cerebro es una parte del hombre –me dice Dante mientras sigue apagando los cuerpos.

          Me quedo maravillado ante esos cuerpos iluminados de cada edificio. Parecen vasijas transparentes conteniendo luz, irradiando luz como barras horizontales.

          –Se les desconecta el apetito, la sed, el comportamiento sexual –continúa explicándome mi abuelo conforme da a los interruptores.

          “¿El comportamiento sexual?”, me digo pensativo.

          –Se les desconectan las sensaciones, el estímulo para despertar –sigue diciéndome Dante.

          –¿Y cuando ya están desconectados?

          –Cuando ya están desconectados, ¿ves?, como éste –dice girándole a uno la llave del sueño–, pues se quedan ya tranquilos, sosegados. Reposan.

          Ahora veo todo Nueva York a oscuras –edificios, calles, cuerpos. Toda la ciudad duerme. Casi podría oírse la respiración de la ciudad.

          Como mi abuelo ve que esta experiencia me gusta, la noche siguiente me llama a su cuarto.

          –Ven, hoy iremos a África.

          Enseguida nos vamos a África. Ya estamos en África.

          En África la noche es muy distinta. Hay una luna de color azul, de tinte de aceituna, una luna grande de tono violáceo o violeta, no lo sé muy bien. La veo encima de África como un disco y luego veo cómo se va posando poco a poco, horizontal, hasta transformarse en un lago. Entonces África se queda a oscuras porque la luna es una laguna a la que van a beber elefantes y jirafas y en donde nadan los cocodrilos.

          –Me gusta África –le digo a mi abuelo–. Sí, me está gustando mucho África.

          Lo que más me gusta de África son los colores. Hay un color verde oscuro, verde botella, verde esperanza en las ramas de los árboles y unas rayas de tiza tumbadas en los cuerpos de las cebras. Luego está el color de vino en los traseros de los  chimpancés y la plata en la melena de los leones.

          Y el silencio.

          Nunca he oído tanto silencio.

          –¿Oyes qué silencio, Juan? –me dice mi abuelo.

          ¡Es verdad, qué silencio!

          Mi abuelo, el escritor, pone su oreja sobre el cuerpo de África, yo le imito, y juntos oímos (como cuando se oye venir de lejos al tren, como cuando juego a escuchar en las vías) el rumor de los tambores avanzando, el tam‑tam de los latidos.

          –¡Cuántos corazones!, ¿eh, Juan? –me dice mi abuelo mirándome mientras escuchamos.

          –¡Sí, cuántos corazones!

          ¿Cuántos corazones habrá en África?

          Cuando nos levantamos, veo los cuerpos dormidos de los africanos. La noche va pasando y cerrando sus párpados.

          Y luciérnagas. Veo luciérnagas. Gusanos de luz.

          –¡Mira, abuelo, cuántas luciérnagas!

          Pero como en África las apariencias engañan, no sé bien si son estrellas o luciérnagas, si están reflejándose en el lago de la luna o es que son auténticas.

          –No son luciérnagas –me explica Dante–, son cuerpos encendidos.

          Efectivamente, son cuerpos encendidos. Africanos que no pueden dormir. Parecen gusanos de luz sobre los campos. Aquí no es como en Nueva York, no hay rascacielos. Los cuerpos forman el paisaje y cada uno está tumbado en una postura distinta. Parecen lombrices iluminadas junto a las chozas, en los poblados. O quizá pulseras brillantes. O ramas, sí, ramas de luz.

          Mi abuelo va apagando estos cuerpos encendidos en el silencio de África. Va pasando por entre el verde y el violáceo, aparta el malva de las montañas, separa las lianas amarillas y apaga, desconecta, deja que el sueño entre.

          Cuando nos tumbamos otra vez –mi abuelo y yo– con la oreja pegada al cuerpo de África, la oímos perfectamente dormir. Es una respiración potente la de este continente, suben y bajan con la respiración las cordilleras, las fieras, las cataratas, los penachos de plumas de los jefes de las tribus, se levantan en el aire las lanzas, retumban los tambores, sí, es una respiración potente la de África en el añil de la noche. Cuando África respira, incluso cuando ronca, los monos se encaraman en sus chillidos, las llamas de las hogueras ascienden, los caimanes se hunden en las aguas y se paralizan todas las danzas rituales, las máscaras, todas esas máscaras cruzadas de pinturas en la brujería de los bailes.

          ¡Sí, qué respiración tan oscura, tan profunda, tan fuerte la de África!

          Quizá por eso –por oír dormir a África o por apagar cuerpos en Nueva York– me gusta tanto el venir aquí a pasar grandes ratos al nuevo cuarto de mi abuelo, el Premio Nobel”.

José Julio Perlado: ( del libroNosotros, los Darnius“) (relato inédito)

(Imágenes: 1.-África.-Christa Dichgans.-2007.-artnet/ 2.- foto: Andrew Henderson for The New York Times/ 3.- África.- Christa Dichgans.-2003.-artnet)

LA BREVE VIDA DE UN PÁRRAFO

“Hay que aprovecharse de tener en casa a un Premio Nobel de Literatura.

Mi abuelo Dante es Premio Nobel de Literatura, vive con nosotros, y entra todas las tardes en el comedor. Lo hace despacio, a pasitos cortos, con sus ojos muy vivos y su barbita puntiaguda.

Mi hermana y yo le preguntamos:

          –  Dante, ¿qué has escrito hoy?

Se sienta delante de nosotros, ante la mesa camilla. Como todas las tardes le hemos puesto encima del tapete un vaso y una pequeña jarrita con agua.

Así estará más cómodo, pensamos.

         Dante  levanta los ojos.

         Nos mira.

          Tose.

          Saca del bolsillo de su chaqueta una hoja de papel.

        -“La breve vida del Párrafo“.-nos dice- Eso es lo que he escrito.

          Nos mira.

          Vuelve a toser.

          No se atreve.

         ¿Es verdad que no se atreve o es que es tímido?

         Tarda en decidirse.

          Y por fin comienza a leer:

                   “Yo quisiera que ya desde ahora –empieza Dante con su voz muy fina– estuviéramos todos muy atentos al Párrafo, al párrafo siguiente a éste, que vamos a leer enseguida. –Y hace una pausa– Porque me parece de una importancia primordial ese párrafo, y lo que en él va a decirse, y que juntos –vosotros y yo– vamos a ir am­pliando a cada paso y en su momento“.

          Se detiene, extiende su mano, toma el vaso y bebe un sorbo de agua.

          –¿Qué, qué te ha parecido este principio? –le pregunto a mi hermana Amenuhka.

          –Bien. Hasta ahora va bien –me dice mi hermana.

                   “Nos vamos a adentrar, pues, tal como hemos dicho –prosigue Dante después de haber bebido y haber­se secado los labios con una pequeña servilleta–, en este párrafo segundo. Pero no podemos ni debemos olvidar el anterior. ¿Y qué encontrábamos en el anterior? Una invitación a leer éste, que es lo que estamos haciendo. El impulso de este párrafo nos está llevando casi sin querer, como con velas desplegadas, hacia el párrafo tercero. No estamos aún en el párrafo tercero, seguimos en el segun­do; aún más: nos complacemos de estar en el segundo. Pero ya el párrafo tercero nos está llamando con sus sones misteriosos. ¿Qué nos irá a decir? Es la llamada de lo desconoci­do, de lo aún no leído. Todo lo no leído, como lo no escrito, es un enigma. Si el párrafo anterior nos empujaba a leer, éste nos proyecta sobre lo que va a seguir. A su vez –como nos sucede tantas veces en la vida– lo que sigue quedará proyectado e iluminado por lo que nos ha precedido“.

          Se detiene, extiende su mano hasta el vaso y bebe otro pequeño sorbo de agua.

          –Tiene sed Dante, ¿eh? –le murmuro a mi hermana–. Lo que ha escrito le está dando sed.

          –Sí, sí tiene sed –constata mi hermana Amenuhka.

          El escritor vuelve a secarse los labios con la pequeña servilleta.

                   “Y he aquí –sigue leyendo Danteque hemos llegado casi sin darnos cuenta al párrafo tercero. Nos encontra­mos, pues, en el centro de la cuestión. Equidistantes tanto del principio como del final. Ante eso no debemos tener miedo. Avancemos con precaución. Ahora es menester sobre todo no correr y paladear muy bien estas líneas que son el núcleo de todo lo que estamos diciendo. Nos ayudamos con alguna línea más –por ejemplo, con ésta que ahora estamos leyendo– para ir con más cuidado hacia adelante. ¿Y qué encontramos aquí? ¿Dónde nos hallamos? Al fin estamos tocando el centro del significa­do, el corazón del recorrido. Pero aún hay más. Una investigación no se detiene y un camino no es nada en sí mismo si no nos lleva hasta un final. Para ello el siguien­te párrafo va a ser vital. No titubeemos ante él. Demos con valentía ese paso necesario. Yo animo a todos vosotros, los que me habéis acompañado hasta aquí, a poner la atención en lo que sigue. Nos sentiremos atraídos –yo diría incluso que fascinados– por esta búsqueda“.

          Dante bebe otro sorbito más, se limpia los labios y prosigue ahora más seguro que nunca:

                   “Acabamos de decirnos a nosotros mismos que avancemos y así lo hemos hecho. Ya está cumplido. Espoleados y animados por todo lo anterior, notamos que ha merecido la pena llegar hasta aquí. Nuestros esfuerzos han sido recompensados. Tan sólo unas palabras más y habremos dado un paso de gigante, el paso decisivo“.

          Entonces el escritor levanta sus ojos y nos mira a mi hermana y a mí. Se le nota firme, exultante, a punto para rematar muy bien el texto que ha escrito. Lo hace sin mirar al papel.

                   “Y ésta ha sido la Breve Vida de un Párrafo.– concluye – Muchas gracias“.

          Le aplaudimos. Estamos en el comedor. Solamente somos dos personas, somos  sus nietos. Pero a los escritores les gusta que les aplaudan. Le aplaudimos varias, varias veces.

          –¿Qué, qué te ha parecido? –le pregunto a mi hermana mientras aplaude.

          –Un poco corto –contesta Amenuhka sin dejar de aplaudir.

          –Bueno, él ya lo ha advertido antes.- le  digo – Lo ha titulado la Breve Vida del Párrafo, no una vida larga.

          –Sí, pero a pesar de eso me ha parecido corto. Yo creo que para un Premio Nobel esto debería ser más largo.

          –A lo mejor no se ha atrevido. O no se le ha ocurrido nada más. Ya sabes cómo es Dante –le digo a mi hermana–. Yo creo que para lo que es él ya ha dicho bastante.

          –Sí –acepta Amenuhka no muy convencida–, quizás ha dicho bastante.

          Yo también creo que ha dicho bastante.

Mi abuelo Dante está emocionado. Se levanta de la silla, guarda su papel en el bolsillo. Nos agradece mucho los aplausos. Seguro que se va a escribir más cosas a su cuarto.

Como es un Premio Nobel nos inclinamos al dejarle pasar”.

José Julio Perlado: (del libro “Nosotros, los Darnius“) (relato inédito)

RECIBIENDO EL PREMIO NOBEL

          “Entonces, cuando ya parece que se ha sentado el Rey porque todo va a comenzar, cuando ya parece que todos  vamos a escuchar desde nuestros asientos, mi abuelo, el Premio Nobel de Literatura Dante Darnius, levanta su mano en el aire y hace una seña para que atendamos.

          –Majestadempieza a decir respetuosamente mirando al Rey.

          Y como tantas otras veces en nuestra casa cuando está sentado ante la familia y nos cuenta sus dificultades para trasladar las historias al papel, ahora se dirige primero al Rey de Suecia y luego a todos nosotros y nos explica lo que él tenía pensado para esta solemne ceremonia de recepción del Premio Nobel.

          –Quería haber traído escrita para leerles a ustedes –dice tímidamente– una historia que llevo desde hace tiempo en la cabeza, pero que no me ha salido, que no he podido escribir.

          Está pálido Dante ahora, de pie ante el atril, vestido con su frac, con su barbita puntiaguda, con sus ojos muy vivos.

          –No, me ha sido imposible escribirla –repite con angustia.

          Y el pobre Dante ya no sabe cómo continuar.

          –Es una historia –dice con voz muy fina– sobre el vuelo nocturno de un Delta.

          Y ayudándose poco a poco con las manos para trazar sus gestos intenta contarnos el principio de esa historia.

          –Como se dice en los cuentos, Majestad –y Dante se dirige ahora con sus palabras al Rey–, a mí me hubiera gustado traer escrita aquí una historia que comenzara así: “Érase una vez”. Érase una vez, Majestady Dante se va animando–, una península que tenía prendida en uno de sus costados frente al mar un trozo de tierra llamado delta, una lengua de arena con forma de punta de flecha con la que la tierra solía burlarse cada tarde del océano y hacerle muecas a las olas. Aquel trozo de tierra llamado delta estaba tumbado sobre el mar. Parecía un animal dormido o abatido. Poseía dos alas enormes envolviendo a dos bahías y sobre esas dos alas de marismas y lagunas se posaban día y noche toda especie de aves del cielo, desde la golondrina de mar hasta las gaviotas y los rayadores. Intentaba aquel delta con su pico de arena irse quitando de las alas la algarabía de flamencos posados, el crotoreo de mandíbulas de las cigüeñas y las patas de las garzas que luchaban para no hundirse en el fango. Pero no lo conseguía. Cada vez venían desde más lejos –desde el sol de las migraciones, desde la guía de las estrellas, desde las presiones barométricas, desde los viajes insomnes remando por el aire– el alcatraz de elegante vuelo, el chorlito dorado, el cuclillo bronceado o el collalba gris. Tantas aves empezaron a posarse en las alas del delta, tantos picos danzaron sus galanteos y tantas plumas aletearon deslumbrantes, que aquel delta poco a poco se fue transformando en un ave inmensa, fue dejando caer al fondo del mar el polvillo de su erosión, hinchó los pulmones de sus marismas, dobló y pegó sus alas llenas de aves contra su cuerpo para reducir el choque del viento y una noche, sin avisar a nadie, cuando estaban las luces apagadas en la península y todos dormían, emprendió vuelo nocturno batiendo y alzando sus alas y entreabriendo sus plumas primarias igual que una persiana para dejar que se deslizara el aire con soltura. Así, batiendo las alas en forma circular –hacia adelante en los aletazos descendentes y hacia atrás en los ascendentes– aquel delta convertido en ave gigantesca voló toda la noche por el mundo, visitó los nidos de las nubes, se entretuvo con el regocijo de las alondras, oyó la murmuración de los estorninos y escuchó las trompetas de las grullas. Volvió antes del amanecer, reduciendo en el aire su velocidad, haciendo cóncavas sus alas, resistiendo sus patas al descenso, posándose muelle y suavemente antes de que empezara el día. A la hora violácea de las primeras luces, el delta apareció otra vez, tendido como siempre, como si nunca se hubiera movido de su sitio, con sus alas de lagunas cubiertas por el graznido de los patos y su pico en punta de flecha bebiendo en el océano azul. Nadie supo que había realizado un vuelo nocturno. Las gentes de la península no podían imaginar que su delta volase e hicieron su vida como siempre, ajenos a aquel apéndice de arena que esperaba a la noche siguiente para convertirse en ave. Estuvo así, volando cada noche puntualmen­te, aquel delta de las alas enormes transformado en ave viviente y en cada vuelo nocturno descubría más mundo. Volvía siempre antes de la aurora y jamás era sorprendido. Hasta que un día no volvió.

          Y Dante se detiene.

          –No, ya no volvió más.

          Y Dante ya no continúa.

          Esperamos todos a ver qué dice Dante, pero Dante no añade nada.

          Empiezan las toses entre las sillas, empiezan los murmullos entre los asistentes.

          Nadie se atreve a preguntar.

          –No sé qué ha pasado con ese delta, Majestaddice Dante al fin tímidamente, casi sin voz–, porque no he podido escribir esa historia que hubiera querido leer aquí. No sé cómo continúa.

          Aumentan los murmullos en la sala.

          Quisiéramos preguntarle a mi abuelo, el Premio Nobel, quisiéramos saber qué ha pasado con ese delta.

          Y de repente nos sobrecoge un ruido impresionante en el techo que va apartando todos los rumores, que nos deja a todos en silencio.

          Un batir de enormes alas, gigantescas, pesadas, inmensas, cruza solemne sobre esta sala, pasa majestuoso por el cielo de Estocolmo.

          No, no es un avión.

          Causa escalofrío.

          Todos miramos hacia arriba.

          Tarda mucho en pasar.

          –¿Es el delta, verdad? –le susurro temblando a mi hermana Amenuhka, cogiéndola de la mano.

          Sí, debe ser el delta. Baten las enormes alas llenas de aves y pasan sobre nosotros cruzando el techo”.

José Julio Perlado: (del libro “Nosotros, los Darnius“) (relato inédito)

(Imágenes:- 10 de diciembre de 2007.- ceremonia de de los Premios Nobel. -foto Pascal Le Segretain/Getty  Images Enternainment.-Foundation Nobel)