EL ARREGLADOR DE DÍAS

nubes-ccEl último fin de semana llegué con mi mujer al Hotel B., en la sierra de Madrid. Teníamos reservada habitación desde hacía bastante tiempo y el día, que contra todo pronóstico se había ido estropeando pocas horas antes, me hizo decir nada más dejar las pequeñas maletas en la habitación:

– ¡Vaya!, mira que pedí unas habitaciones donde el día no se estropease…Mírame, por favor, el número de reparaciones para ver si sube el arreglador de días y paisajes.

Efectivamente, como el Hotel B. ha sido siempre enormemente acogedor y muy pendiente del cliente, subió con rapidez el arreglador de días uniformado con su pulcro traje azul  y extendió con habilidad sus instrumentos en el cuarto. Colocó junto al ventanal la escalera plegable, acercó su cubo de plástico, tomó sus paños aéreos, las cremas y ceras de colores, y dio un largo vistazo al paisaje.

– Esto es que en primavera, señora, – le dijo a mi mujer con gran respeto -, los clientes a veces son muy descuidados.

Se le veía un técnico con experiencia y años de servicio, muy educado y gentil, y con deseos de agradar.

Se subió primero en una banqueta, midió, abrió el ventanal. De modo muy serio y meticuloso ascendió luego por la escalera y observó cómo pasaba el día con unas nubes plomizas y grises por las montañas. Acercó más sus brazos a unos nimbos de forma indefinida que, indudablemente, podían provocar precipitaciones. Limpió después con la bayeta el aire, cepilló bien unos cirros de aspecto deshilachado y estuvo redondeando un poco más pequeños cúmulos que parecían impregnados de niebla. Luego eliminó los cristales de hielo y de gotitas de agua que amenazaban desprenderse en caída vertical, apartó el viento a la derecha – unas ráfagas molestas -, y lo dejó todo lo mejor que pudo, limpio, aseado e incluso deslumbrante.

– El sonido del día se lo he dejado bajo, ¿sabe usted? Porque se oye mucho en las habitaciones…Con este botoncito puede regular el piar de los pájaros.

Al salir le di una propina que al caer tintineó en el suelo de la habitación. Una moneda de plata.

EN EL CENTRO DE LISBOA

“Vengo de tierras de Beja.

Voy al centro de Lisboa.

No traigo nada  y no encontraré nada.

Traigo el cansancio anticipado de lo que no encontraré,

y la saudade que siento no está  ni en el pasado ni en el futuro.

Dejo escrita en este libro la imagen de mi designio muerto:

Fui como hierbas, y no me arrancaron”

 

así escribe Fernando Pessoa, y yo escucho mientras tanto la melodía que entona Teresa Salgueiro, de  Madredeus, en el centro de la películaLisbon Story” de Wim Wenders, en el centro, en el corazón de la ciudad.

(Video: escenas de la película “Lisbon Story”, escrita y dirigida por Wim Wenders)

EL PODERÍO DE LAS MÁQUINAS

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El otro día, mientras Gmail se venía abajo, estuve aprovechando el tiempo releyendo lo que el italiano Eugenio Montale dice de las máquinas:

“Es inmensa nuestra deuda hacia las máquinas. Nos damos cuenta de ello, sólo cuando faltan, en todo o en parte. Si falta la corriente eléctrica durante algunos minutos; si los trenes llegan con retraso; si consideramos infame que una entidad pública nos propine continuamente las más odiosas cancioncillas de todo tiempo, no por eso pedimos en modo alguno la desaparición de la electricidad industrial, y tampoco la rehabilitación de las diligencias de caballos, y mucho menos aún la supresión de la TV. No: el disgusto que nosotros, hombres de la calle, sentimos cuando falla algo en el mecanismo universal, demuestra que no queremos en modo alguno deshacernos de las máquinas, sino que pretendemos que sean cada vez más numerosas, más eficientes y más perfectas. En el límite – seguía diciendo el  Premio Nobel de Literatura (“En nuestro tiempo“) (Plaza-Janés) -, se pide a la máquina que dispense al hombre de todo trabajo fatigoso y que le dé una libertad cada vez mayor. Un día – se dice -, el hombre podrá trabajar tres o cuatro horas, dedicando las horas libres a un número prácticamente infinito de pasatiempos. Pero ya se perfila el problema de que una inmensa horda de hombres obligados a la distracción por deber social, llegue a convertirse en un inmenso semillero de nuevos enfurecidos y, tal vez, de nuevos delincuentes. Y así se vuelve a la eterna cuestión del hombre natural y del hombre artificial”.

Entonces, de repente, Gmail se arregló, se resolvieron los problemas en cascada y el mundo de los servidores comenzó de nuevo a servir. Sin embargo, desde la ventana, distinguí a toda la gran masa de hombres obligados a la distracción no por deber social sino por el cerco de la crisis, la catarata de los despidos y las jubilaciones anticipadas. Eran los nuevos enfurecidos y acaso los nuevos delincuentes. Y pensé qué podía hacer por ellos – si algo podía hacer – el poderío de las máquinas.

(Imagen: foto Simon Norfolk.-Michael Hoppen Contemporay)

JARDÍN DE LAS ADELFAS

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“Y Juan Ramón, que ha plantado estos chopos –cuatro entre el primero y segundo pabellón de la Residencia de Estudiantes–, viene de la primera casa de Fortuny por donde pasaron –unos, con la palabra y la mirada; otros, con la pluma–: Bergson, Cambó, García Morente, el primer libro de Ortega, las poesías de Antonio Machado, volúmenes de Unamuno, ejemplares de Azorín, Platero y yo –misterioso borriquillo enterrado en Fuentepiña– y los inicios en la oratoria de Eugenio d’Ors.

1913, año en que se encuentran los terrenos para esa Residencia en la que el sol y los vientos –como techo de ese cielo de Madrid que hoy las casas encuadran– es la fecha clave en las alturas: tres pabellones que se van alzando y donde numerosos y grandes dormitorios reciben a estudiantes y a poetas.

Es tiempo sin distancias. Madrid extiende azul su cielo y la pupila puede atravesar espacios, como si los hombres no tuvieran vivienda, como si el existir fuera un vacío pasillo por donde el ojo cruza la capital de parte a parte. En Madrid –escribe Alfonso Reyes–, al término de la Castellana, cerca ya del Hipódromo¼, hay una colina graciosa, vestidas de jardín las faldas y coronada por el Palacio de Bellas Artes. Juan Ramón Jiménez la ha bautizado: Colina de los Chopos. Los viejos la llaman el Cerro del Aire. Sopla allí un vientecillo constante, una brisa de llanura¼ Lejos, alta, saneada de silencio y aire, abre la Residencia sus galerías alegres; capta todo el sol de Castilla –dulce invernadero de hombres– y da vistas a los hielos azules del Guadarrama, aérea Venecia de reflejos. Esta casa es refugio de algunos espíritus mayores. El poeta Juan Ramón Jiménez vivió aquí hasta su viaje a América, de donde regresó casado¼ Eugenio d’Ors paraba siempre en la Residencia antes de trasladar a Madrid sus reales. Y todos ellos, y Ortega y Gasset, Azorín, Maeztu, Canedo, gustan de ofrecer a los huéspedes de la Residencia en lecturas semiprivadas, las primicias de sus libros y sus estudios. El filósofo Bergson, el sabio Einstein, el escritor Wells, el músico Falla.. no pasan por Madrid sin saludar esta casa.

Jardín de Juan Ramón en el cuadro de la habitación de Fortuny. Jardín de las adelfas por donde el silencio de Juan Ramón pasea. Un poeta en meditación, en contemplación, en mutismo de versos rezados, parece un monje al que la soledad acompaña. Así pasean Juan Ramón o Federico: por estos claustros naturales, donde las cuentas de poemas se van contando dedo tras dedo hasta acabar la letanía de la intuición.

Luego, en un viejo papel al que el tiempo convertirá en pergamino, se escribe cuanto se ha contemplado:

El chopo solitario. Yo lo veía ya en mis años de niño, sueños perdidos de adolescentes, doblado como un indómito arco de fuego por el viento grande del vehemente crepúsculo de otoño (de esos cortos, ácidos, únicos, casi falsos, que levantan hasta su sorda negación el cénit); como un prodigioso meteoro de la tarde (súbito mártir secreto, arraigado sólo a su misterio errante), derramando inútilmente en el potro de la alta soledad sus chispas bellas, primero; gotas, luego, de roja luz; al fin, divinas hojas de oro.

¡Terrible ya, entonces, loco, ardiente chopo español solitario!, escribe Juan Ramón en 1915. Entre 1916 y 1923, Juan Ramón, como rumiando los recuerdos, añade, retrasando el reloj de su memoria.

Aquí y allá, lejos, por los altos del Hipódromo, más cerca, con las vueltas del Canalillo retorcido; en parejas o en ternas (fantasmas de apartadas amistades), solos (sombras de amigos solitarios), los tiemblos sin hojas, grises, delgados, recogidos, melancólicos”. (“El artículo literario y periodístico”, págs 144-145)

(Pequeño recuerdo desde Mi Siglo al cumplirse estos días los 7o años de la muerte de Antonio Machado)

TALLERES DE ARTISTAS

giacometti-zz-le-chariot“¿Sabe usted? – le dijo la periodista Alice Bellony a Alberto Giacometti  -, la primera escultura suya que yo he visto fue en Nueva York: Le Chariot. Me quedé muy impresionada. Aún lo estoy.

– Sí – contestó Giacometti -, ahora me parece que esta escultura ha quedado bien;  yo quería hacer algo muy ligero. Es curioso, pero eso me ha llevado mucho tiempo.

– ¿Quiere usted decir que trabajó de modo especial y durante largo tiempo esta escultura?

-No, únicamente que pasaron muchos años entre el momento en que tuve la visión y el momento en el que la realicé…Casi tres años, creo.

– ¿Esto es excepcional, o bien le sucede con frecuencia?

– Para esta escultura, me parece que era algo particular.

– Es extraña esta idea de una carretilla casi romana. Y esta mujer sobre la carretilla que hace pensar en una  diosa antigua, ¿es un retrato de Annette?

– No, no precisamente Annette – respondió Giacometti-, es un retrato de todas las mujeres”.

Todo esto lo va contando  Alice Bellony en una de las tardes que estuvo con el célebre escultor, visitando su taller en París, rue Hippolyte- Maindron, en noviembre de 1962. (“Une soirée avec Giacometti”)( L´Échoppe). Ella había realizado entrevistas para La Voz de América y había sido corresponsal para la página literaria de la Gazette de Lausanne y admiraba y le tenía intrigada este artista.giacometti-rr-1951

“La indigencia del taller de Giacomettiescribe la periodista evocando aquella tarde -es absolutamente impresionante: el suelo de cemento, los muros severamente castigados por el tiempo, nunca embellecidos por un toque de pintura,  aparecían constelados aquí y allá por algunos esbozos, números de teléfono, direcciones vivamente anotadas, graffitis o simples manchas. Un polvoriento diván situado todo a lo largo del muro, mirando a la ventana, bajo una especie de galería, una silla sin edad y el indestructible taburete de madera frecuentemente destinado para que se siente el modelo, componen todo el mobiliario. Para Alberto sólo cuenta esto que es indispensable para la obra: aunque el taller, estrecha y larga pieza, sienta encima toda la polvareda, algo hay aquí de inquietante. Sin embargo, la reputación de Giacometti traspasa largamente las fronteras de Francia y de Europa (…) Pero Alberto Giacometti, célebre y sin duda rico, ha conservado, contrariamente a la mayor parte de los artistas reconocidos, el taller de un pobre debutante”.

Hace pocos días hablé aquí de este escultor de finuras y de alados alambres, y hoy vuelvo a él, a su taller parisino de la calle Hippolyte-Maindron. Impresiona siempre el silencio donde tiene lugar el acto creador. Pocos muebles, una concentración, una visión, las manos que lentamente moldean el vacío. El vacío se deja moldear y los dedos del escultor obedecen a lo que le dicta el cerebro. Y la figura de la mujer sin espesor, viajando en el tiempo sobre las ruedas de la carretilla, tiene algo de misterioso y antiguo, el secreto que sólo Giacometti conoce.

(Imágenes: “Le Chariot”, de Giacometti/ Giacometti en su taller, trabajando ante Annette) 

AQUEL DíA DE 1909

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” Aquel día de 1909 – el 20 de febrero, en el periódico Le Figaro – en que Marinetti estampó por primera vez esta palabra: futurismo, lo dijo todo – escribe Guillermo de Torre en Historia de las literaturas de vanguardia” (Guadarrama) -. Cortó simultánea y paradójicamente las alas de su futuro. Negándose -él y su escuela – a todo tránsito, a la posibilidad de evolucionar y perdurar, se condenó a un porvenir sin rostro ni fecha. Al rechazar en bloque el pasado -erguidos como estaban “en el extremo promontorio de los siglos”, según se lee en el primer manifiesto -, sin pararse a descubrir lo valedero y perviviente, los futuristas no cortaron únicamente las raíces, sino también las ramas y el tronco, los conductos de cualquier savia, amurallándose en un recinto sin salida”.Immagine mostra. Marinetti

Se pueden compartir o rechazar estas tesis, pero a los cien años de tal Manifiesto  aquella proclamación de la modernidad -dinamismo, velocidad, simultaneidad, maquinismo -,  no podía imaginar que un siglo después voláramos por Google Earth y los mensajes de móviles pasaran instantáneamente de la yema de nuestro dedo al ojo y al oído del prójimo. “Dios vehemente de una raza de acero,/ (declamaba Marinetti en su poemaAl automóvil de carreras”) / automóvil ebrio de espacio/ que te atascas de angustia (…)/ O formidable mostruo japonés de ojos de fuego/alimentado de llamas y de aceites minerales…”

El automóvil ha sido aparcado en el tiempo.  A veces aparcado muy costosamente. Viajamos por cielos y océanos en vehículos inmóviles cuya pantalla dirigimos desde casa. El dinamismo y la velocidad nos consumen. Quisiéramos llegar antes que los contenidos y nuestra comunicación desbanca al pensamiento. ¿Comunicamos realmente sosiego? Aquel día de 1909 nada podía soñarse de este 2009, muchas veces tan tumultuoso.futursimo-a-umberto-boccioni-elasticidad-1912

“¡Futurismo! ¡Insurrección! ¡Algarada! ¡Violencia sideral! ¡Pedrada en un ojo de la Luna! – decía en 1931 y en su libro “IsmosRamón Gómez de la Serna (Guadarrama) -¡Conspiración de aviadores y chauffeurs! ¡Saludable espectáculo de aeródromo y de pista desorbitada! ¡Ala hacia el Norte, ala hacia el Sur, ala hacia el Este y ala hacia el Oeste! ¡Simulacro de conquista de la tierra, que nos la da!” (Hoy, a mí mismo – seguía diciendo RAMÓN -, me dan no se qué estas palabras, porque me las he encontrado repetidas demasiadas veces durante esos veintiún años, y que son como un nuevo tópico, deleznable como todos los tópicos.)”.

(Imágenes: 1.-Carlo Carrá.-“Il cavaliere rosso”, 1913.-Museo del Novecento.-Comune di Milano/ 2.-Carlo Carrá.-“Retrato de Marinetti”/3.-Umberto Boccioni.-“Elasticidad”, 1912)

INMORTALIDAD

cielos-1-moodaholic-imagery-our-worldAhora que tantos periódicos nos quieren vender el secreto para cargar de años nuestra ancianidad recuerdo que Benjamín Constant recordaba que “el emperador Live-Song, en el siglo lX, murió de continuos brebajes de inmortalidad”.

(Imagen: foto.-Moodaholic.-Imagery Our World)