GRUPO DE GENTE AL SOL

“Y aquí tienen, en esta Sala, ”Grupo de gente al sol”, de Edward Hooper, pintor americano nacido en 1882 y muerto en 1967 y del que sin duda habrán oido hablar. Si se colocan en el centro, aquí, vengan por aquí, si se colocan junto a mí en el centro, dijo el guía, podrán verlo mejor. Se trata, como ven, de cinco figuras mirando al sol, bueno, exactamente cuatro, cuatro figuras que miran al sol, porque hay una a la izquierda, ¿la ven?, que al parecer no está interesada por el espectáculo y prefiere sumergirse en la lectura. Pero la mirada está presente en todo este cuadro que data de 1960. Se diría que es la mirada hacia el sol y que de algún modo es también la mirada del sol, o al menos su resplandor, el que les mira. Al sol no le vemos, adivinamos su resplandor. Sorprenden muchas cosas en estas figuras de Hopper. Por ejemplo, su vestimenta, sus posturas, sus actitudes hieráticas, se diría que casi tensas, en absoluto abandonadas o relajadas, como ocurre cuando nos abandonamos al sol. Aparecen estos cinco personajes sentados en sillas, y sobre todo la mujer del sombrero y las gafas asombra porque sigue vestida con su mismo traje verde de calle y su pañuelo rojo o granate al cuello; por lo tanto, el sol no le puede dar más que únicamente en las mejillas y en el mentón o quizás algo de lo que le queda desnudo del cuello, pero muy poco; lleva gafas de sol para mirar al sol, pero no se ha desabrochado ni un botón del vestido, ni se ha puesto en traje de baño: da toda la impresión de que tal como ha llegado a la solitaria terraza de esta casa se ha querido sentar y colocarse, ávida de recibir los rayos de sol, deseosa de aprovechar el tiempo cuanto antes. También sus compañeros. Se han situado como si viajaran ante el sol, como si el sol se les pudiera escapar, como si el sol pasase solo una vez igual que pasa un ferrocarril o estuviera pasando el sol en estos momentos. Entonces el reflejo del sol pasa sobre sus caras, sobre sus chaquetas y sus pantalones, sobre sus calcetines. Ni siquiera se han quitado los zapatos, ni las medias, ni los calcetines, tampoco se ha quitado sus zapatos blancos, que asoman entre las piernas, la mujer del sombrero. ¿Qué tiene entonces este resplandor de sol para ser recibido así? ¿De qué están necesitadas estas cinco figuras?

Es un misterio. Lo que quizá ustedes recordarán si han visto otras pinturas de Hopper en otros museos, será tal vez el tratamiento casi continuo que este pintor hace de la soledad. Algunos recordarán sin duda ciertos cuadros suyos porque no se van fácilmente de la cabeza, como el de la mujer sentada en la cama mirando al sol matutino, o el de la mujer en una habitación de hotel, rodeada de maletas aún sin deshacer y que hojea un libro. Allí sí se puede percibir especialmente la soledad, y cualquiera de esos cuadros, y otros también, podrían perfectamente estar aquí, pero este museo ha preferido escoger este ”Grupo de gente al sol” porque la mirada en este cuadro prevalece sobre la soledad. En esta pintura no nos fijamos en la soledad, ni tampoco en el esbozo de esa casa presumiblemente vacía, típica de Hopper, sino lo que nos sorprende es la mirada de estos hombres y mujeres hacia el sol.

¿Pero es verdaderamente ese sol natural, el sol que nosotros conocemos, el que lanza su resplandor? ¿ O es otro sol distinto, quizá un resplandor metafísico, que llega de otro mundo, un resplandor pálido pero con mucha potencia extraña, un resplandor aparentemente tenue, como una luz que se posa y baña e ilumina el sombrero blanco de la mujer y el cráneo desnudo de algunos de estos personajes? Sabemos que Hooper pintaba sus cuadros primero en su mente, dibujando y concretando todos sus detalles, sus planos, encuadres y colores, y luego llevaba todo eso al lienzo; así él lo contó muchas veces. Entonces, ¿cómo y por qué se le ocurrió representar a hombres y mujeres impecablemente vestidos mirando al sol? . Por otro lado, aquí Hooper no presenta ventanas, como ustedes pueden ver. Las ventanas son muy características en su obra; a través de ellas se observa el cielo, el sol o la luz. Pero aquí Hooper no utiliza ventanas; es el contacto directo del rostro y de los ojos con el resplandor. Ni los personajes se despojan de sus vestiduras, ni tampoco hay intermediario alguno entre ellos y el sol.
Todo son preguntas. Yo les animo a que se hagan esas preguntas. Es una forma de intentar explicarse este cuadro.”

José Julio Perlado

(del libro ”La mirada”) (texto inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

(Imágenes-1- Hooper—“Grupo de gente al sol”-1960–American Art Museum- Washington/ 2- Hooper—“Sol en una habitación vacía” —1963-colección privada/ 3-Hooper — “Habitaciones junto al mar”-1951- Yale University Art Gallery New Haven—Legado de Stephen Carlton Clark))

ESCRITO A LÁPIZ

A la vez que apoyo el lápiz en el cuaderno donde escribo hay un aleteo de seda blanca en el ala de una mariposa en California, suena un pitido en el metro de Paris, un caballo levanta la cabeza en su establo, asoma un pez espada en el mar de los Sargazos, se pone el abrigo la mujer de Ted, cruje un tronco en una chimenea de Irlanda, una ardilla zigzaguea la base de un haya, y todo ello mientras mi mano derecha va describiendo sobre el papel el ala de la mariposa, el pitido del metro de Paris, el caballo que baja ahora la cabeza, relincha, se mueve, agita su cola, y mi lápiz persigue la huida del pez en el mar de los Sargazos, el pez escapa hacia la roca, el lápiz le sigue, el pez desaparece, la mujer de Ted se pone los guantes, se aviva una llama azul en la chimenea de Irlanda, los ojos de una familia están imantados por esa llama azul, es una llama azul ondulada, puntiaguda, rodeada de pequeñas llamas blancas, toda la familia observa esta llama azul y a la vez me observa a mí, observa mi escritura, cómo voy contando el vuelo del ala de esta mariposa de California, el color rojo de los vagones del metro de París, las pezuñas del caballo que se mueven sobre la paja, la velocidad de la ardilla subiendo por el tronco del haya y los pasos de la mujer de Ted que se dispone a salir para hacer unas compras. La mujer de Ted baja los escalones de su vivienda, el caballo inclina su cabeza para comer, la mariposa de California emprende un vuelo nuevo, el metro rojo de París entra en un túnel, los hombres de este metro van ya casi dormidos, pero hay uno, sí, uno que abre el periódico y lee cómo voy contando que la ardilla se escurre por el árbol, que el pez sale de nuevo de la roca, que la mujer de Ted cruza la calle mientras la llama azul de la chimenea en Irlanda mantiene fijas todas las miradas, son miradas deslumbradas, casi alucinadas, alguien se ha levantado a remover los troncos y lo hace con enorme cuidado, con unas tenacillas para que la llama no le queme, la llama azul recuerda el ala de la mariposa de California, hace un giro esa llama y a la vez gira la mariposa, mi lápiz dibuja cómo vuelan las dos, mariposa y llama, y cómo la mujer de Ted mientras va de compras recuerda aquella chimenea de Irlanda de su infancia, aquel invierno con sus hermanos mayores, el tronco con las llamas azules, ella aún no estaba casada y solía ir al establo a ver a su caballo, un caballo que relincha ahora en su memoria, pasa la mano de su memoria sobre la crin tostada, acaricia los flancos, le da suaves palmadas, el caballo se distrae porque una mariposa le ronda la cabeza, es una mariposa blanca, de motas amarillas, hermana de otra mariposa de California, el hombre del metro de Paris sigue leyendo todo esto en el periódico mientras el tren veloz atraviesa los túneles, va leyendo las escapadas de la ardilla, las huidas del pez en el mar de los Sargazos, cómo se desliza mi lápiz por el cuaderno y cómo las figuras van quedando ahí extendidas, simultáneas.”

José Julio Perlado

(del libro ”Relámpagos” ) ( relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

(Imágenes— 1- Howard Hodgking/ 2- Mark Rothko- 1948)

LA VIDA, LA ESPERANZA

“La vida es un don — siempre lo he pensado así— y hay que aprovecharlo hasta el final, aprovecharlo en cada momento, hay que rendir y entregar las disposiciones que uno tiene, hacer rendir aquello para lo que uno cree que ha recibido unas aptitudes y cree que vale para ellas. Por otro lado, la vida nunca es trágica; sí, en cambio, dramática, en el sentido de que encadena una serie de tensiones y conflictos (si no, no sería vida), pero teniendo en cuenta que ante cualquier conflicto, sea el que sea, siempre hay salida, siempre hay esperanza. Incluso ante el conflicto final que cierra toda una vida siempre detrás está la esperanza. Esto no responde simplemente a una visión optimista de la vida, sino a una creencia firme en la esperanza. Siempre hay salida. Un excelente dramaturgo francés, Jean Anouilh, se acercó a esto muy bien en el prólogo a una pieza suya, ” Antígona”. Allí, al presentar a su heroína trágica, decía: «Piensa que va a morir, que es joven y que también a ella le hubiera gustado vivir. Pero no hay nada que hacer. Se llama Antígona y tendrá que desempeñar su papel hasta el fin…». En ese «no hay nada que hacer» reside la tragedia. Antígona no tiene escapatoria. Pero la vida, como digo, no es trágica, cada día esconde y muestra pequeños o grandes conflictos que hemos de resolver lo mejor o peor que sepamos y que a veces nos pueden llenar incluso de angustia, pero para ellos siempre hay salida, siempre hay esperanza. En eso reside el drama. A la vez, al preguntarme qué me parece la vida, me viene a la memoria una frase de Bécquer en sus Rimas que quizá pueda ayudarme para dar una respuesta. Es una frase que siempre recuerdo. Bécquer escribe: «Al brillar un relámpago nacemos, y aún dura su fulgor cuando morimos: ¡tan corto es el vivir!». Esta frase es una completa realidad. Muchas veces la tengo presente. Una gran realidad. Pero en medio de ese intenso y rápido relámpago que es toda existencia, al menos para mí, hay una serie de relámpagos menores, también intensos, que iluminan de repente toda una escena y que nos dan el sentido de las cosas.”

José Julio Perlado

(páginas 217- 219 de ”Los cuadernos Miquelrius” ) ( editorial Funambulista)

(Imagen- Chihanu Shiota- 2016)

LIMPIAR LA CASA

Empezó por el comedor. Había unos cristalitos pequeños, del tamaño de una almendra, quizá menos, una especie de palabra brillante y puntiaguda que sobresalía debajo de la alfombra, y que él, al inclinarse, consiguió leerla. Ponía ”agobiada”, pero estaba ya muy desvaída, muy estropeada aquella palabra. La palabra “agobiada”, cuando ella la había arrojado quince días atrás en el vendaval de la discusión matrimonial, no había ido sola, había llevado encima todo un insulto, pero tampoco un insulto completo sino una punta de desprecio; ella, con los labios, había forzado un raro mohín amargo mirándole, a la vez que se olvidaba de todas las cosas buenas que habían vivido juntos, afilaba en cambio las puntas de aquella palabra para que le hiriera bien a él, le diera en toda la cara, le hiciera daño al cruzar la habitación y la palabra “agobiada” casi le aplastara. Él, que ahora seguía limpiando el comedor de trocitos de palabras que estaban perdidas y desperdigadas entre los muebles, palabras que habían sido arrojadas en momentos crispados y que ahora no eran aún palabras arrepentidas, porque a las palabras arrepentidas y perdonadas se las conoce bien, les suele crecer, gracias a besos, caricias y disculpas, una suerte de musgo amarillo muy bello que aparece en los cantos y de esta manera le salen como brotes de flores en el aire, pero éstas no, éstas aún no estaban arrepentidas y eso se les notaba enseguida al tocarlas, seguían hiriendo con la agudeza de sus cristales. Pero él continuaba limpiando y limpiando de palabras aquel comedor antiguo y tan vivido por los dos puesto que los dos habían decidido alquilar pronto aquel piso y no querían que quedara huella alguna de cuanto allí había sucedido, tanto los enfados como los reencuentros, pero sobre todo limpiar bien la revelación de las palabras que habían quedado enganchadas en los marcos de los cuadros, en la mantelería y hasta en los cubiertos. Especialmente en los dobleces de las cortinas habían quedado atrapadas como moscas palabras que decían ”hastío”, ”aburrimiento”, ”rutina”, y cada una conservaba el matiz con el que se había pronunciado, a veces el rencor, a veces la decepción.

Y así estuvieron, limpiando palabras todo el día hasta que resplandeció el piso tan radiante.

José Julio Perlado

( Imágenes— 1- Tommy Hilding- 2017/ 2- Stanislaw Yulianovich Zhukovskyow/ 3- Carl Holsoe)

LOS NIÑOS DE LA GUERRA

¿Qué recordarán los niños de la guerra? ¿De qué se acordarán? ¿Se acordarán cuando tenían que levantar el pie sobre la nieve para cruzar las vías destrozadas, agarrados a sus muñecos, agarrados a las manos de sus madres, siguiendo la ruta de las maletas, de los bultos, obedientes, determinados, porque así se lo ha dicho su madre a cada uno al salir, ”Tú sígueme, hijo mío, no te separes de mi abrigo, no te entretengas, anda deprisa, no te caigas, y si te caes me miras y te levantas, sigues, sigues siempre, ahora tu madre no te puede atender, vete siempre detrás de mi abrigo, luego comeremos, hoy vamos a dormir cuando lleguemos, pero no me preguntes, no me preguntes continuamente cuánto falta, yo sé cuánto falta, tu madre sabe cuánto falta, siempre te he dicho la verdad, falta muy poco, muy poco, pero hay que andar, hay que cruzar todo esto, y luego cruzaremos aquello, y luego aquel otro sitio un poco más lejos, ¿no ves a todos esos niños como tú que caminan deprisa, callados, obedientes?”.

No sé si los niños de la guerra se acordarán de todo esto. Los que son un poco más mayores y avanzan ahora sobre la nieve —-si alguno llega a ser pintor, dibujante o escritor—pintará, dibujará o concebirá un poema en que se vean las caras demudadas y los ojos llorosos bajo los gorros y las capuchas, pintará o dibujará las manos tendidas hacia el plato caliente, la extensión de las mantas en el suelo de los refugios, el resplandor y el trallazo de los bombardeos, el tronar oscuro de los aviones, pero otros, ahora más pequeños, sinplemente andan y andan tras el abrigo de su madre, llevan en la cara los besos pegados de su madre, achuchones continuos, porque en la paz y en la guerra los achuchones de las madres son constantes, las madres nunca los cuentan, nunca se ha sabido el número de besos que puede dar una madre, es número secreto, inclasificable, eterno. Desde que a una madre le colocan encima de su vientre, entre las sábanas, a su hijo recién nacido le llueven los achuchones y los besos, diluvio universal de besos que le acompañarán toda la vida.

Besos y lágrimas. Coraza de besos que llevan estos niños en las mejillas mientras cruzan la nieve detrás de los abrigos, procurando no caerse, seguir, seguir, seguir, llegar al refugio, al túnel, tumbarse, dormir.

No sé qué recordarán estos niños de la guerra.

Algún día alguno nos lo escribirá, nos lo dibujará, nos lo contará.

José Julio Perlado

(Imágenes— 1- Eugene Smith/ 2- André Fromont- 2010/ 3- Carter Bresson- 1945)

LOS CUADERNOS MIQUELRIUS


Un nuevo libro siempre es una alegría.

Para el autor y, espero, que también para los lectores. Aparecen estos días mis Memorias bajo el titulo ”Los cuadernos Miquelrius”. Es el recorrido de una vida, los encuentros con tanta gente en tan variados países, las inquietudes del autor sobre el proceso creador, sobre la intimidad, la belleza, el asombro, la contemplación, el trabajo y el descanso, la curiosidad, los sueños, la enseñanza y la divulgación, la infancia y la madurez, el esfuerzo y el silencio. Preguntas y respuestas de muchos creadores del mundo. Muchos de estos textos los conocen los lectores de ”MI SIGLO”.
Ahora están reunidos en libro.

Sí, un nuevo libro es siempre una alegría a compartir con todos.
José Julio Perlado

EL COLOR DE LA FANTASÍA

“… Ahora la lluvia se convirtió en aguanieve, caían cristales del cielo sobre las losas, cada cristal iba envuelto en un papel de nieve, el papel se deshacía en los charcos y un sabor dulzón a fresas, limón y mandarina lo fueron sorbiendo los insectos, y las hormigas se lo pasaron las unas a las otras bajo aquel aguacero, jamás he visto nada igual, que lluevan tantos sabores del cielo, no es lógico que caigan caramelos del cielo, pero a la vez, yo, como director de cine que soy, me acuerdo de que Vittorio de Sica hizo volar en ”Milagro en Milán” a los personajes, ¿y por qué no voy yo a hacer lo mismo?, el cielo es mío, sí señor, porque para eso hay plásticos en Cinecittá, y si no se inventan, los americanos nunca tendrán la fantasía de los europeos, es una fantasía distinta, los americanos emplean los caramelos para endulzar el final de sus películas, ni un sabor amargo, no se atreven, creen que el beso final es el que llena las salas de satisfacción mientras se pone la gente los abrigos, y la vida no es eso, la vida es beso, monotonía, superación, pero la vida también es lágrima, lucha, brevedad y olvido, por ello quiero buscar la fantasía, filmar la fantasía, el color de la fantasía, por ejemplo en el Trastévere, imaginemos el Trastévere tapado con sábanas, las sábanas son reales, habrá que comprar kilómetros de sábanas, y, por ejemplo, poner a costureras y cortadoras en sillas muy rústicas, de esas que hay en Sicilia, en el campo, y en cambio las costureras tirando del hilo siempre al mismo compás y con diademas refulgentes en los moños, como peinetas españolas. Estamos tapando el Trastévere dirán, y esa secuencia de mi película es brevísima, porque con dos manos recogen en dobleces las sábanas y van tapando balcones, uno, dos, tres balcones, pero una de las sábanas se levanta, todo el Trastévere está tapado, y ahí se me ve a mi filmando,

Al público le encanta siempre la fantasía y el color, y hay un color dentro de la fantasía que no ha visto nadie, ni siquiera yo lo he visto, un día me subí a una de las colinas de Roma, estaba la loba amamantando a sus cachorros, me agaché debajo de su vientre, había un gran portón verdoso y detrás la hilera de un jardín, ni siquiera por el ojo de aquella cerradura logré ver el color de la fantasía, sí, podía servirme aquello para una secuencia, era la finca Rúspoli y por el ojo de aquella cerradura que pestañeaba constantemente se veía el gran palacio, y detrás el Foro, y detrás el Vaticano, y detrás el cielo. Pero, ¿y el color de la fantasía?, me pregunté, ¿dónde está? La cerradura me guiñaba un ojo como diciéndome: aquí no la vas a encontrar. El color de la fantasía no aparecía por parte alguna, sí, existía el coqueteo de la cerradura, era una cerradura antigua pero con cirugía estética. “Te dejo ver”, me decía el ojo de la cerradura entre sus pestañas, “ mira Roma entera, mira Italia entera, ¿pero a qué aspiras?, ¿ no querrás ver el color que tiene la fantasía?, no, eso que tú buscas, aquí no lo encontrarás.”

José Julio Perlado

(Imágenes- 1- Trastévere- adiobe stok / 2 y 3- Roma)

KIEV, ARTE, LITERATURA Y DANZA

Tres momentos sobre Ucrania, tres momentos sobre Kiev:


Por suprematismo -explicaba Kasimir Malevich, nacido en Kiev en 1875–, entiendo la supremacía de la pura sensibilidad en el arte. Cuando en 1913, en mi tentativa desesperada de liberar al arte del peso inútil del objeto, buscaba refugio en la forma del cuadrado y exponía un cuadro que no representaba sino un cuadro negro sobre fondo blanco, la crítica se lamentó y con ella el público, diciendo: ” Todo cuanto amábamos se ha perdido: estamos en un desierto; ante nosotros se alza un cuadrado negro sobre fondo blanco”… El acenso a la cima del arte no figurativo es penoso y lleno de tormento… pero también satisfactorio. Las cosas habituales retroceden cada vez más; a cada paso que se da, los objetos se alejan hasta que, finalmente, el mundo de las nociones habituales, en el que sin embargo vivimos, se deshace completamente. Basta de imágenes de la realidad, basta de representaciones ideales: sólo el desierto. Pero este desierto está penetrado del espíritu de la sensibilidad inobjetiva que lo llena todo.”

De Gógol, nacido en tierras de Ucrania, Nabokov dibuja este retrato: ”el largo pero bien cepillado cabello está partido en el lado izquierdo. El acicalado bigote corona los desagradables labios. La nariz es grande y puntiaguda , en armonía con los angulosos rasgos del rostro. Un sombreado oscuro que recuerda al que solía rodear los ojos de los románticos personajes de las viejas películas cinematográficas confiere a su mirada una expresión hundida y ligeramente ”obsesionada”

En su ”Vida de Nijinsky’’, nacido este gran bailarín en Kiev, Francoise Reiss recordó que ”poseía sus cualidades más sorprendentes por su técnica, por la elevación, por la interpretación, por su facilidad de expresión extraordinaria y por la potencia de su transfiguración escénica. Pero sobre todo por el resultado de su armonía personal y el conocimiento de su oficio, por su gracia y su poder de seducción.”

Tres momentos de Kiev, tres momentos de Ucrania en estos días de guerra.

José Julio Perlado

(Imágenes— 1- Malevich — deportistas -1931- museo estatal ruso- wikipedia/ 2- Gógol- wikipedia/ 3- Malevich – el afilador de cuchillos -1912- yale universty gallery -Wikipedia/ 4- Leon Bakst – Nijinsky ” La siesta de un fauno” – 1912- wikipedia)

EL LENGUAJE DE LOS PAÑUELOS


Cuando se recuerdan los años que lleva la Plaza de las Ventas en Madrid parece que nos hablaran de algún modo el ruedo, los tendidos, las barreras, las gradas y los palcos. También los pañuelos: el blanco, para dar a conocer el comienzo del espectáculo, la salida de los toros, los cambios de suertes, los avisos y la concesión de trofeos; el pañuelo verde, para indicar la devolución de la res a los corrales; el pañuelo rojo, para ordenar que se pongan a la res “banderillas negras”; el pañuelo azul, para señalar la concesión de la vuelta al ruedo de la res. Y el pañuelo naranja, para permitir el indulto de la res.

Los pañuelos se cruzan sobre esta plaza de Las Ventas de tendencia mozárabe, que tiene incrustaciones de cerámica representando los escudos de todas las comunidades españolas y otros motivos puramente ornamentales. Los sesenta metros de diámetro del ruedo y el ancho del callejón de dos metros y veinte centímetros se abre al alero distribuido en diez tendidos coronados por gradas, palcos y andanadas. Aquí ha habido tardes de escalofrío, de espectáculo y de arte. Público para todos los gustos. Taurinos y antitaurinos. Por una de las cinco puertas del ruedo han aparecido los alguacilillos, por otra han iniciado el paseíllo y han salido al ruedo los picadores para la suerte de varas. Y en lo alto, a media tarde, entre torero y toro, se han cruzado siempre los pañuelos con sus mensajes.

José Julio Perlado.

(Imágenes—. Francisco de Goya – escena de toros- 1824- museum syindicate)

EL CASTIGO EN EL COLEGIO

“Yo sé que esta noche, al acabar las clases en el colegio, he de esperar a que todos salgan e irme cerca del comedor, al rincón del claustro por donde veo subir y bajar las hormigas, la fila de hormigas fluye como un río de sus agujeros, van del suelo a la ventana y de la ventana al suelo, es una cinta corrediza, como una correa industrial que se generara a sí misma, vienen y van las mismas hormigas de un agujero a otro agujero, nadie, ni siquiera Santoyo, que es el que más sabe de matemáticas, que tiene una calculadora dentro de la mente, José Miguel Santoyo, el mejor matemático de la clase y el hombre que un día será ministro de Hacienda y de Economía, nadie, ni siquiera Santoyo, podría contar cuántas hormigas hay en esta pared, ni él sabría multiplicar las patas, restar cabezas, sumar bocas que trasladan alimentos de un sitio a otro incesantemente, es el mundo insignificante y minúsculo que procrea y produce, trabaja, almacena, exporta, aparta, entierra, se disciplina a sí mismo. Y de repente, estoy siguiendo la vida de este mundo, y se apaga la luz. No es que la luz se haya apagado del todo, es que han reducido la potencia de las bombillas del pasillo, de pronto no veo a las hormigas, estoy con los brazos cruzados, castigado, mirando fijamente a la pared. Es lo que mi compañero de clase, Enzo Lizzotti, el que será un día piloto de carreras, llamaba “ castigo kafkiano”, él no había leído nunca a Kafka. yo tampoco lo había leído, entonces ¿ por qué lo llamaba así? Pues no lo sé. Solo sé que ahora son las ocho y media de la tarde, me han castigado tantas veces que sé que a las ocho y media en punto se debilitan las bombillas de los pasillos, el silencio crece, el colegio es una fortaleza inmensa y vacía de alumnos, las pisadas resuenan. Sólo estoy yo y mi castigo.

Entonces, aunque no me daban miedo las pisadas del hermano Belarmino cuando se acercaba hacia mi, aquello era tan impensable y a la vez tan calculado que cuando yo sea director de cine, si alguna vez consigo serlo, quisiera rodar esa secuencia del castigo pero la rodaría en blanco y negro y no en color. Porque es una experiencia que quiero hacer: la existencia esconde multitud de colores, incluso la infancia, sobre todo si la ruedan directores orientales con la variedad de tonos en las sedas del día y en donde un niño castigado en el pasillo de un colegio puede verse no solo de rojo y de añil en su aspecto exterior, sino también mostrar el interior de sus pensamientos, sus miedos, su soledad, los tabiques de aquel largo pasillo y a la vez las habitaciones de la mente infantil cuando está siguiendo la procesión de las hormigas y aguarda el fin del castigo con los brazos cruzados.

Sí, si un día soy director de cine, que no sé si un día lo seré, rodaré esa secuencia en blanco y negro, contaré todo lo que estaba pensando ese niño que soy yo mientras oigo acercarse las pisadas del hermano Belarmino que vienen hacia mi.”

José Julio Perlado

(Imágenes— 1– Louise Bourgeois/ 2- Jasper Johns)

CAZAR, MORIR, FANTASÍA ( y 2 )

Singular fenómeno. ¿Qué esperan las gentes? ¿ Engañarse- recordar- distraerse- enterarse- huir- soportar- intervenir- olvidar- rebelarse- proseguir- variar-acostumbrarse? Difícil conocerlo. Se cena lentamente, los ojos vacíos. Al otro lado de la mesa caen bombas, llamaradas, bombas que atraviesan sólo el televisor. Ni un gemido, puesto que nadie escucha gemir, nadie mira: sólo se ve gemir, se les oye. Se cena lentamente, los oídos tapados. Asombro alguno puede causar asombro. Subir a los cielos, bajar a los infiernos. La historia aburre; únicamente abre el apetito de la curiosidad. Con la curiosidad se hacen juegos de diálogo, collares de rumores, cintas de murmuración. Apoyada la nuca en el sofá, se entrecierran los ojos. Es el fondo del día, el fin, el poso. Verdades mezcladas con mentiras, ya que la verdad se soporta tanto que basta un encogerse de hombros. Es como otra mentira. La falsedad sola, aburre: tiene que parecerse en algo a la verdad.

Es el girar de la ruleta mágica. ¿Quién se atreve?¿ Quién dice entera, desnuda, frente a frente, la verdad? ¿Quién acepta escucharla, ”su” verdad, no esas verdades que se repiten siempre, contundentes y ajenas, que cubren las vergüenzas de cada mentira?

Acaso muchos hombres consigan existir sin detenerse ante el espejo de su verdad, y estremecerse al ser reconocidos. Existir, trabajar, comer, cenar, dormir; no escucharse jamás, no asomarse a mirar fijamente dentro de sí mismos.

Mientras alguno quizá escuche y mire antes de morir, a todos aquellos que sólo vio y oyó sin saber si eran muertos o vivos. Si lo hace, en ese instante al menos, habrá vivido.

Juego de luces, juegos de fuego, realidad y ficción, ¿ la inventiva? , ¿ lo auténtico?, el camino espectacular de la media mentira veraz y la verdad falseada y recreada, va ensanchándose.

Es la hora en que se levanta la nuca de la butaca, perezosamente se apaga el televisor. Ya no caen bombas en el mundo. Un mundo silencioso, pacífico. Es la hora en que el hombre del lápiz toma su tercer martini, el hombre del pelo ensortijado mide esa pegada de poder de Manhattan como si buscara a su enemigo, es la hora de los estampidos de imagen, de los estallidos fantásticos. Hora de invención de sueños en los que no se sabrá nunca si se ha soñado la verdad y el despertar es la mentira. Dentro de unos segundos, por esa puerta de la habitación, entrará a por inmundicias ese animal carnívoro de delgado tronco, cabeza prolongada, hocico muy corto y puntiagudo, ojos de tono amarillento, con la pupila circular. Ese pelaje denso y áspero, de tono grisáceo, rozará lenta, feroz, salvajemente, el rostro del dormido. A la mañana siguiente, cuando se encuentre el cadáver de este hombre, cuando al fondo de las plazas invisibles, se huela el rastro que ha dejado la manada, nadie podrá saber si el chacal zorra y lobo es mentira o verdad, historia o novela, realidad o sueño. Si ese chacal que ha dejado este dormitorio lleno de inmundicias comiendo carne de los muertos, ha venido por aquí o no ha venido.”

José Julio Perlado

(Imágenes— 1- Park se vo- 1992/ 2- Truman Capote ante la tumba de los Clutter- 1967- Foto Bob Adelman / Corbis/ 3- Norman Mailer- wikipedia)

CIUDAD SIN TIEMPO

“Como en Venecia donde no se oyen ruidos — solamente el chapoteo del agua—, en ciertos lugares de mi país, especialmente al norte, dentro de la calle de mi ciudad, no se oye apenas el pasar del tiempo, el paso de los años, y tampoco se siente el espacio, ese espacio que hay entre los años, tampoco el espacio entre los días ni entre las personas, de tal forma que, como ocurre en Venecia con el agua, el instante perpetuo lo llena todo y parece mentira que así como en Venecia el silencio da la impresión de ser una isla, aquí, entre tantas urbes ruidosas, esta ciudad sea a su vez una ciudad sin espacio ni tiempo, con una sola calle en la memoria, con un niño que está mirando la casa de su abuelo que dicen que murió y un abuelo a su vez mirando desde el balcón a su nieto que le mira y del que dicen que aún no ha nacido.

Son tiempos distintos. Es verdad que en cualquier lugar del mundo eso no ocurriría, y si usted va a Venecia y la atraviesa en góndola bajo el puente de Rialto no pensará en las muchedumbres tumultuosas de Nueva York sino en la seda del agua y en la palmada del remo sobre ella, y en cambio, si se encuentra en esta ciudad de la que hablo, sobre todo a determinada hora de la tarde, verá perfectamente a ese abuelo sentado en el balcón de su casa, que recoge su silla y entorna el ventanal y se dispone ya a salir porque ha visto abajo a su nieto, que soy yo, al otro lado de la calle. No se da cuenta mi abuelo de que está en otro tiempo distinto, un tiempo anterior, no lo piensa, lo pensaría sin duda si estuviera en otra ciudad tumultuosa, en Londres, por ejemplo. Pero aquí, en esta ciudad sin tiempo ni espacio, eso es muy raro, y especialmente ahora, mientras cierro el ventanal y me dispongo a bajar y a cruzar la calle porque he visto a mi nieto que me mira y que me está esperando.”

José Julio Perlado

(Imágenes- : 1- Augusto Giacometti- 1899/ 2- André Kertesz)

EVOCACIÓN DE LA CLASE

Mi recuerdo baja por estas escaleras de piedra en este enorme edificio gris. Es una Facultad dentro de la Ciudad Universitaria de Madrid. Aquí he pasado gran parte de mi vida. Desde la carretera de La Coruña, a la entrada de Madrid, este edificio no destaca gran cosa. Pueden verse en la noche las figuras de las mujeres de la limpieza inclinándose en las papeleras y empujando los carritos de la basura. Cuando las figuras se van, estos pasillos y estas clases quedan vacíos. Mi recuerdo sigue ahora descendiendo muy lentamente; es mi recuerdo de treinta años el que baja escalón a escalón. Rozo la barandilla, desciendo al primer piso. Largo pasillo. Departamentos. Aulas. Seminarios. Aquí fui profesor. Mis frases y mis comentarios sobre la vida y el periodismo, sobre autores modernos y sobre clásicos, recorrieron estos paseos entre los pupitres, observaban apuntes, reportajes. Lo misterioso de este edificio es que al cabo del tiempo se sigan oyendo las mismas o parecidas voces. ¿ Soy yo el que sigo explicando? Y si no soy yo, ¿ de dónde provienen y de quién son estas voces que ahora oigo?

— Bien. — escucho a lo lejos— . Vamos, entonces, a empezar la clase… .

—- Van ustedes a coger el papel, porque hoy vamos a hacer un ejercicio…

—-Les ruego que tomen bien los apuntes, porque de ellos se examinarán de teoría….

—- Y ahora guarden silencio, por favor, que empezamos…

Veo la mano que toma la tiza y los dedos que aprietan los signos contra el encerado azul. Sé que soy yo el que escribo en la pizarra, y cuando me vuelvo veo otra vez estos rostros y estos ojos que están mirándome desde hace años. Las espaldas de los alumnos se curvan a cada embite de mi explicación y sus espinas dorsales van y vienen tensas y flexibles sobre los apuntes. Siempre me ha impresionado ese movimiento. Es un concentrarse sobre el conocimiento y es un remar al unísono del papel. Reman a la vez que remo yo. Dejo la tiza en el borde inferior de la pizarra y levanto la mano para explicar mejor. Ahora de la palma de mi mano parece que salieran palabras como palomas que a su vez han salido de mi boca y antes aún de mi memoria y que ahora vuelan a refugiarse en los oídos de los alumnos trazando una curva de prestidigitación. Así, mientras yo sigo bajando las escaleras del edificio, oigo el revoloteo de las palabras que cruzaron estas aulas durante treinta años, los años que yo he explicado aquí.
Me despido de Luna al llegar al vestíbulo. Todas las tardes me llevaba un café. Me mira desde el otro lado del cristal del despacho de bedeles y levanta la cabeza.

Aún sigo envuelto en palabras.

— Adiós, don Julio, hasta mañana.— me dice.

—Adiós, Luna — le digo — Y gracias por el café.”

José Julio Perlado

(Imágenes— 1- Rothko/ Rothko 1948)

EL PERSONAJE

Lo más curioso de aquel cuento era que el escritor aún no tenía personaje. Iba y venía nervioso Andrés R. arriba y abajo del pasillo de su casa, y el escritor no alcanzaba a ver un personaje creíble para su historia, un personaje nítido que pudiera ser el eje central, o al menos un personaje marginal, una figura que poco a poco adquiriera en el relato un auténtico relieve.
Pero como ocurre, sin embargo, en muchos cuentos, la solución simplemente estaba cerca de allí, en una concreta calle de la ciudad, exactamente en el café de una plaza situada frente por frente a la casa del joven escritor, aquel Andrés R. que paseaba y volvía a pasear sin acertar a ver cómo empezaría de una vez su historia, ya que seguía sin tener el personaje.
Su personaje, sin embargo, llevaba tiempo sentado en el café de enfrente. Sin ser visto por el escritor, sin ser reconocido por nadie, el personaje había pedido una solitaria copa de coñac, una copa con la que jugueteaba sobre la mesa de mármol. De vez en cuando, apartando los visillos de la ventana del café, miraba hacia arriba, hacia el piso del escritor, al otro lado de la acera, y seguía aquel ir y venir tras aquellas luces encendidas donde se debatía inseguro el joven escritor cuya sombra pasaba una y otra vez tras la ventana.




Los personajes muchas veces son más astutos que los escritores, esperan, aguardan, intuyen más, conocen mejor los entresijos de una historia y por dónde ella puede deslizarse, saben disfrazarse, apostarse y ofrecerse al autor en situaciones muy cruciales, incluso pueden trabajar a la vez con distintos autores porque consiguen adquirir diversos tonos, emplean vocablos muy precisos, un léxico apropiado para cada novela o para cada cuento, asoman y de repente se esconden, son así, en el fondo juguetean con la imaginación del autor, porque se consideran imprescindibles, y realmente lo son, muchos de ellos quedan para siempre por encima de sus autores, y hasta a algunos se les recuerda en las calles con estatuas, como por ejemplo aquel célebre comisario de policía francés que se inmortalizó mucho más que su creador, un novelista belga.




Todo esto lo conocía muy bien el personaje del café que continuaba acariciando con los dedos su copa de coñac y seguía mirando con curiosidad y una mezcla de escepticismo la casa de enfrente, las idas y venidas del escritor incipiente El personaje de la copa de coñac sabía que él no era un personaje importante, era un personaje gris, había nacido hacía más de sesenta años en un puerto de mar, se había casado dos veces, tenía tres hijos de distintas mujeres y por culpa de la bebida y de los malos hábitos, estaba solo, apartado de la familia y de la sociedad y dormía desde hacía años entre cartones bajo los soportales de distintas ciudades aguantando el frío y la intemperie. Se llamaba Bruno pero no revelaba su apellido. El sí sabía que no era un personaje importante pero en cambio conocía bien la riqueza de su biografía, que era lo que realmente podía ofrecer a los escritores. Con su figura pequeña, sus ojos vivos y brillantes, y siempre envuelto en una vieja gabardina, poseía como una doble personalidad: en las épocas en que dejaba de beber, su cuerpo se enderezaba, se erguía, adquiría una digna estatura dentro de su pequeñez e incluso podía emanar de sus mejillas por fin afeitadas un olor a cierta colonia que él acababa de conseguir. En cambio, cuando se sumergía en la bebida, su cuerpo se achicaba, toda su columna vertebral se inclinaba hacia delante, arrastraba los pies, tan solo quedaban límpidos sus ojos que miraban la botella como si fuera su desahogo y su tormento. Recordaba muy bien aquellas reuniones nocturnas bajo el frío en que venían caritativos estudiantes a verle y a traerle café cuando dormía bajo los soportales y entreabriendo un poco los cartones como si de un cuarto de estar se tratara los iba recibiendo un poco emocionado, respondía amablemente a sus preguntas y todos, sentados en corrillo en el suelo, improvisaban una tertulia casi familiar en torno a un vaso caliente. Pero fue en una de aquellas reuniones nocturnas cuando le sucedió algo inesperado. En la segunda fila del corrillo, ocultándose en parte tras los cartones, con los ojos bajos, descubrió el rostro de uno de sus hijos, David, el mediano, a quien hacía años no veía. Era un muchacho espigado y bien vestido. David no levantó los ojos en ningún momento para saludar a su padre. Y cuando alguien del corrillo le preguntó a Bruno por qué no dejaba aquella vida desordenada y volvía a su casa, Bruno miró fijamente a su hijo y David en cambio siguió con los ojos bajos, sin pronunciar palabra.
Todo aquello, y mil cosas más, formaba parte de la vida del personaje que apuraba ahora su copa de coñac. Si el escritor incipiente hubiera conocido todo esto, Andrés R. habría dejado de pasear arriba y abajo de su piso buscando al personaje. Pero el personaje no llegaba. Al fin el personaje del café de enfrente se levantó de su silla, pagó su copa de coñac y salió a la calle. Cruzó la calle en la noche y la cruzó erguido y enderezado el cuerpo, como en sus mejores momentos de sobriedad. Cruzó y entró en el portal de la casa del escritor, subió silenciosamente los pisos y, encontrando la puerta entreabierta, vio al escritor de espaldas, aturdido, sentado ante su página en blanco. Entonces, como suelen hacer los personajes en muchas de estas ocasiones, el personaje se acercó muy despacio por detrás, puso las dos manos sobre los hombros del escritor, procuró transmitirle todas sus vivencias, y el escritor pudo así empezar su historia.”


José Julio Perlado


( del libro ”La mirada”)


(relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS


(Imagen — Arthur Tanner— fox-trotskista)

¿LA GUERRA?

Cuando se concentra la comitiva de vehículos en el horizonte de la historia como sucede en estos días, los mapas nos traen también en el tiempo todas las armaduras anteriores, las lanzas, los escudos, los proyectiles, antiguas caballerías al galope, gemidos de pueblos enteros: toda la barbarie de defensa y ataque de los siglos. Ahí están, extendidos en el recuerdo, la guerra de Macedonia, la organización militar de los árabes, de los Normandos y del imperio romano de Oriente, el inicio de los mercenarios, la génesis de la infantería moderna, la caballería, las primeras armas de fuego, la influencia que tuvieron esas armas de fuego sobre las tácticas de la infantería, las armadas permanentes en Inglaterra , Francia, Austria y Prusia, en el fondo todo el despliegue del arte militar.

La guerra, en el sentimiento general desde la antigüedad, como señala Chevalier en su Simbología, revela la capacidad de autodestrucción en el fluir universal, el triunfo muchas veces de la fuerza ciega. En principio, la guerra tiene por fin la destrucción del mal, el restablecimiento de la armonía y de la paz tanto en el plano cósmico como vital, pero no siempre se cumple.

“Los hombres se tambaleaban agotados sobre los caminos de tablones — se escribía sobre la Primera Guerra Mundial del siglo XX – . Los heridos que cayeran de cabeza dentro de los agujeros de los proyectiles corrían el peligro de ahogarse. Las mulas se resbalaban fuera de los caminos y con frecuencia se ahogaban en los gigantescos agujeros que los flanqueaban. Los cañones se hundían hasta hacerse inútiles; los fusiles se atascaban y ya no disparaban; incluso la comida se echaba a perder en el inevitable barro.”

Años después se escribía sobre otra guerra:

“Hemos saqueado y perseguido, difamado, insultado y asaltado. Hemos privado vilmente a mujeres pobres de sus escasos ahorros; hemos detenido a un hombre por atravesar Londres con el fin de arrebatarle una caricia a su esposa y le hemos castigado como solo se castiga a los más salvajes gamberros.”

¿La guerra? Esto es la guerra mientras contemplamos la comitiva de vehículos en el horizonte.

José Julio Perlado

( Imágenes— 1- Sam Weber— soldado de invierno/ 2- Albrecht Altdorfer -1529)

MUJER NOCTURNA

“… pues como le decía el otro día, doctor, yo suelo ponerme a escribir siempre hacia las once. Me gusta prolongar el tiempo. A las once de la noche, ya recogida la cocina, me siento en ese sillón algo desvencijado del que ya le hablé, me coloco cerca de la lámpara de pie y reúno todos los papeles blancos que hay en la mesa, los folios, o a veces unas simples cuartillas. Entonces me siento tal como estoy ahora, así, tal como usted me ve. Me pongo un pantalón negro, pero no me pongo en zapatillas, no me gusta ir en zapatillas por la casa, prefiero estar cómoda para escribir pero nunca demasiado cómoda, recuerdo que usted me dijo un día, al principio de las sesiones, un día que vine a verle, que yo no parecía una mujer dejada, no parece usted una mujer dejada me dijo exactamente, se me quedó grabado, y es verdad, no soy dejada, lo que pasa es que para escribir, me imagino que como otros para pintar o hacer lo que sea, necesito ropa holgada, que no me apriete, olvidarme de la ropa y en el fondo olvidarme un poco de todo, saber que son las once de la noche, que es mi hora, vengo cansada de trabajar y deseo concentrarme, eso me salva, ahora mismo, ante usted, cuando le hablo, yo no me noto concentrada, no lo estoy, tampoco me importa, le cuento estas cosas como si me las contara a mi misma, no me cuestan, pero escribir sí que me cuesta, eso es otra cosa, no es hablar, ¡ ya quisiera yo que escribir fuera como hablar!, pero escribir no es hablar, es prolongar el tiempo, es lo que yo me digo siempre, prolonga, prolonga el tiempo Mercedes, que el tiempo es un tesoro, saber que las once son solo mías, que hay silencio en la casa, a veces aún se oyen algunos televisores, hay luces encendidas, pero yo y la página somos uno, siempre hemos sido uno, es un espejo como blanco el que tengo, lo tengo encima de mis rodillas, ya le dije que escribo siempre a mano, pongo una rodilla sobre la otra, así, como estoy ahora, el primer día que vine a verle le comenté que no quería tumbarme en su consulta porque prefiero verle de frente y estar sentada, ya ve, yo miro de vez en cuando hacia esa ventana, eso me ayuda a hablar, le agradezco que usted me deje hablar, no hablo mucho, escribo, escribo a partir de las once de la noche, un día le traeré algún escrito mío para que lo vea, naturalmente hablo durante el día, lo hago en el trabajo, con conocidos, ¿ pero de qué hablo?, pues hablo de mil cosas que al día siguiente ni me acuerdo, ¿ y quién se acuerda de lo que habla?, en cambio lo que escribo siempre viene hasta mí, sale de mí, lo he atrapado, me gusta, es mi desahogo, me ha costado tanto meterlo ahí, en ese folio, que a la noche siguiente esas palabras vienen otra vez, me atrapan, son mías, no son palabras volanderas, nunca son palabras

volanderas, bueno, pues a lo que iba, le cuento lo que me pasó anoche, ayer por la noche estaba yo escribiendo desde hacía rato, serían las once y cuarto u once y veinte de la noche, no sé, por ahí serían, oí pasos arriba, pasos en el techo, es el último piso que está encima de mí y que da a los trasteros y a la terraza, yo vivo, ¿sabe usted?, en una casa antigua, los pasos en el techo siempre se oyen, y a mí me gusta oírlos, puedo seguir así las vidas de los otros, saber cuándo se quitan un zapato o cuándo entran y salen, pero es que arriba son una pareja de extraños los que están, no tienen hijos, hablan poco con el vecindario, yo apenas me los cruzo por la escalera. Pero entonces, me digo, ¿dónde se meten?, ¿a qué se dedican esos dos?, es un misterio, yo creo que ella puede ser modista o planchadora o algo así, algo relacionado con la ropa, no sé, lo digo por la manera que tiene tan extraña de mirar la ropa , la acaricia, ama la ropa, se pone en el patio a tender ropa y no acaba nunca, la mira como si fuera única, ¿ y él?, pues tampoco sé a qué se dedica, tiene una barba muy larga y muy grande que le ocupa toda la cara y lleva unas gafas antiguas de concha que le tapan también medio rostro, y así es imposible saber quién es, parece mayor que ella, pero no sé, no lo sé, nunca le he oído hablar, las pocas veces que nos hemos cruzado en la escalera él ha levantado la cabeza con un saludo raro, misterioso, y nada más. Entonces, como le digo, anoche, que estaba yo escribiendo, de repente oí pasos arriba, eran tacones, seguro, los tacones de ella que me los conozco bien, tacones que iban y venían cada vez más deprisa, cada vez más nerviosos, iban de un sitio para otro y estaban dando vueltas y vueltas por el cuarto, y de repente, ”¡clak!,” un golpe seco, como si fuera una taza o un plato que se rompe, algo que choca contra el suelo, sonó muy fuerte, y enseguida otro, y otro igual , y otro más, no sé cuántos más, cada vez más fuerte, “¡ clak! ¡ clak!, ¡ clak!”, así muchas veces, parecía una vajilla que estuvieran rompiendo, no sé si eran tazas o platos o quizá vasos también, pero todo muy seguido, todo mezclado, y sobre todo mezclado con terribles chillidos, “¡hi, hi!, hi! ”, chillidos agudos, extraños, que yo nunca había oído, como de animales, igual que si chillaran animales, parecían de otro mundo, yo no distinguía la voz de ella ni la de él porque, como digo, aquello eran chillidos de animales, no se oía más que aquello, una especie de pelea a chillido limpio, nunca he oído chillidos tan fuertes, tan impresionantes, a veces parecían como lamentaciones, como si alguno le estuviera hiriendo al

otro, o como si alguien estuviera ya herido, también gemidos, “¡hi, ¡hi!”, como si alguien llorase, no sé, todo era muy confuso y muy siniestro. A mí me empezó a entrar mucho miedo, ¿ qué iba a hacer? Entonces dejé de escribir, me quedé sentada en el sillón totalmente quieta, mirando al techo, esperando con la pluma en la mano y el papel en las rodillas a que aquello acabara, pero no acababa nunca, no sabía si apagar o no apagar la luz, si irme o no irme a la cama, no sabía qué hacer. Aquello duró mucho rato, yo calculo que fueron como veinte o veinticinco minutos, quizá más, quizá media hora. Y al final, de pronto, se paró. O yo creí que se había parado. Hubo un silencio total. Esperé. Me dije aliviada: ¡Al fin se ha terminado! Pero de repente se oyó un enorme ”¡¡CLAK !!” ¡ enorme, enorme ! que me retumbó toda, me estremeció. Fue un golpe tremendo, como si fuera el final y que resonó en todo el techo. Luego nada más. Ya no se oyó nada más.

Entonces tardé mucho tiempo en irme a la cama. Bastante rato. Me quedé allí, sobrecogida. Al fin, a las doce y media o quizá la una, no sé, la una sería, me fui a la cama. Naturalmente dormí muy mal. Tenía en la cabeza todos los golpes y los chillidos. Hoy me levanté pronto, como siempre, porque tenía que irme a trabajar. Al salir ya para irme al trabajo, en la escalera, quise asomarme a mirar desde mi puerta, desde el descansillo, mirar hacia arriba. Dudé. ¿Subo o no subo?. Me impresionaba todo lo que había pasado. Al fin me decidí y subí tres o cuatro peldaños, no más. Entonces, desde el ángulo que hace la escalera, porque no quise subir más, vi la puerta del piso de ellos totalmente abierta, de par en par, y unos zapatos tirados en medio de la puerta, unos zapatos de hombre. No me atreví a más. Bajé corriendo y me fui al trabajo. No se me va eso de la cabeza, no se me va. No sé qué ha pasado, si alguien ha muerto, o qué ha ocurrido allí. Cuando me calme tengo que escribir sobre todo eso, ¿verdad, doctor?, ¿usted qué piensa?, pienso que me calmará.”

José Julio Perlado

( del libro ”La mirada”)

(relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

( Imágenes— 1- Saul Leiter/ 2- Robert Henderson/ 3- Jan Reich – 1986)