Entra el aire y llega la luz y pasan inmensas, silenciosas y blancas las nubes del cielo de Madrid. El polen de la atmósfera invisible asciende en poros diminutos y veloces, una brisa sutil, ahora, a las siete de la mañana, envuelve la claridad del jardín y este chalé con su pequeño pórtico de columnas está rodeado por motas de primavera que parecen de nieve, copos minúsculos de un algodón extraño y apenas perceptible, copos que sobrevuelan las hojas de los arboles y vagan blandamente, sin norte, entre algún pájaro furtivo. Están viniendo pájaros de una a otra zona verde de Madrid, de uno a otro espacio. Son pájaros del Retiro, de la Casa de Campo, pájaros que bordean árboles de la Castellana y Recoletos, pájaros que han dormido recogidos en si mismos, acariciados por su plumón, y que ahora cortan el aire en vuelo veloz, una cinta de alas que nadie percibe, a la que nadie ve, pájaros con su mundo propio en la frondosidad de las ramas y a los que nadie escucha cuando cantan entre sí, picoteo de comunicación cada vez mas sonora, con su lenguaje exacto y puntiagudo, y al que ninguno oye ni nadie, o muy pocos, entienden bien, casi nadie percibe el amor de los pájaros cantando enamorados.
“En Chandler— anotaba Ricardo Piglia—me gusta la combinación de aventura e ironía, una épica sosegada. Marlowe busca todo el tiempo objetos perdidos, enfrenta obstáculos múltiples. Vive ese trabajo agobiante de detective privado como un héroe de Kafka, con humor, viendo la muerte de cerca y el dinero como una clave que le da sentido al juego. Finge aceptar esas reglas para ocultar la atracción por el movimiento continuo. Una formidable técnica narrativa destinada a bifurcar incesantemente los caminos, la acción va siempre dos pasos por delante del héroe, que sólo encuentra los efectos de los hechos pero nunca los hechos mismos. Muchas veces me he sentido tentado de escribir el ”Quijote” de las novelas policiales. Un solo protagonista que debe ser al mismo tiempo Quijote y Sancho, un ex comisario un poco loco acompañado por sus voces interiores que le hablan sólo a él ( o que sólo él escucha), con la sabiduría popular de Sancho Panza, dichos, refranes, soluciones inesperadas de los enigmas. Los resuelve ” por pálpito”. Tener un pálpito es adivinar el porvenir, imaginar cómo siguen las cosas. Y ése es el método que debe tener este investigador que estará en el borde del género.”
Ahora son las seis de la mañana. El fragor de la gran capital hace ya tiempo despertó y mucho antes de las cinco de la madrugada abrió sus ojos y sus faros y sus ruidos en los pueblos de cercanías, alumbrando sus ciudades-dormitorio mientras empiezan a moverse y a llegar trenes y automóviles y autobuses repletos, vehículos que avanzan solitarios o en caravana trayendo hasta el centro de Madrid cerebros semidormidos, miembros entumecidos, caras largas y mudas, mujeres y hombres con problemas que se agrandan o se empequeñecen según el temperamento, según las marcas que dejó la infancia, la educación, los tratos o la presión del entorno. Madrid hace tiempo que ensanchó su pulmón y al fondo de sus arterias del norte aparece Fuencarral y el barrio del Pilar, al nordeste Hortaleza, Canillas y Barajas, al este Canillejas, San Blas y Vicálvaro, al sureste Vallecas, en el término sur San Cristóbal y Villaverde, mientras suben a la inversa de las agujas del reloj Carabanchel y Cuatro Vientos, y después se extiende por el oeste Campamento y la Casa de Campo, para al fin, al noroeste, por Aravaca, antes de que se escape hacia arriba el pequeñito río Manzanares, la carretera de La Coruña quiere huir y no puede, apresado su asfalto bajo las ruedas de los automóviles. Qué será de Madrid en el futuro, en el siglo XXll, qué fue de Madrid en el XlX, en el XVlll, en el XVll, nada piensan de ello las multitudes que van y vienen por el Madrid subterráneo, cintas veloces del Metro que cruzan en negro y rojo andenes y túneles, avanzan los vagones desde Fuencarral hasta la Plaza de Castilla, se abren en vertiente los cauces por Cuatro Caminos y la Avenida de América, llega ciega e iluminada una máquina por la línea 4, desde la estación de Esperanza, la esperanza nunca se pierde al ver este caos circulatorio de Madrid que se anuda más, que se aprieta más aunque parezca ensancharse, es una cuerda de ahorcado que ahoga la libertad de la capital, aquellos carros de mulas por el Puente de Toledo, aquellas estampas cansinas que cubrieron amarillentas postales, los grabados valiosos, el tiempo venerable quedó asesinado por la celeridad y por el ruido, a veces sólo por el ruido y por el humo matando incluso a la velocidad. Madrid pende del árbol de la prisa a estas horas primeras, parece que se fueran a matar las venas oscuras que suben de Legazpi en el Metro, parece que fueran a chocar con las que llegan de Portazgo, de Palomeras, del Alto del Arenal, de Miguel Hernández. Nada ocurre. El tejido subterráneo de Madrid tiene millones de pisos, escaleras mecánicas que bajan a sus infiernos, sótanos innumerables, capas superpuestas, inútiles, que se acoplan unas sobre otras en esta infraestructura móvil, como si se hubiera horadado el mundo de la ciudad y de su bajo vientre siguieran apareciendo a esta hora incansables y cansinas figuras.
José Julio Perlado — “Ciudad en el espejo”
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(Imágenes— Goya—=romería de San Isidro -=museo del,Prado
En estos días en que estoy revisando el texto de un libro mío que pronto va a publicarse, me vienen a la memoria las palabras de Patricia Highsmith sobre este tema tan necesario y a veces tan fatigoso.Pero las correcciones, en principio, en el mundo latino no son tan radicales como en el mundo anglosajón. Cuenta Highsmith: ”una revisión típicamente difícil que el escritor principiante tiene que hacer a ruegos del editor, consiste en eliminar por completo uno de los personajes del manuscrito o, a veces, hasta dos de ellos. Se trata siempre de personajes secundarios, pero es muy probable que sean los preferidos del escritor, que ha puesto mucho esmero en describirlos y ha dedicado bastantes páginas a sus actos y reacciones. Lo malo de tales personajes puede estar en que no permitan avanzar al argumento y las novelas de “suspense” no pueden permitirse el lujo de tener semejantes personajes aunque el escritor opine que dan variedad al ritmo del relato. Asimismo, eliminarlos significa suprimir todas las alusiones que se hacen a ellos en el libro.
Aunque cortes muchas cosas, seguramente tendrás que cortar más todavía. Cortar se hace cada vez más doloroso, más difícil. Al final uno no ve ninguna frase que pueda cortarse y entonces es cuando hay que decir: ”En este libro ”hay” que suprimir otras cuatro páginas enteras”. Y entonces vuelves a empezar por la primera página, quizá con un lápiz de otro color para que volver a contar resulte más fácil, y hay que mostrarse entonces implacable para cortar”.
(Imagen— foto Inge Morath- Arthur Miller escribiendo)
“La manera para volver a ponerse a escribir es la siguiente: —decía Virginia Woolf —primero, leves ejercicios al aire libre ; segundo, lectura de buena literatura. Es un error creer que la literatura puede producirse partiendo de materiales no elaborados. Estoy revisando ”La señora Dalloway”, volviéndola a escribir a máquina desde el principio, lo cual es, más o menos, lo que hice con ”Fin de viaje”, me parece un buen método, ya que de esta manera se pasa un pincel húmedo sobre la totalidad, con lo cual se unen partes que fueron compuestas por separado, y se secaron.”
“Soy la casa de la playa . Soy muy antigua y muy fuerte —cuenta la psicóloga británica Ann Faraday en ”El poder de los sueños”—, pero a pesar de haber resistido hasta ahora el asalto del mar mis cimientos están minados por la humedad y me hallo en grave riesgo de ruina. Hago lo que puedo para proteger a quienes viven en mi interior: una especie de amplia familia, muchísimos individuos. Cuando la mar bate contra mis muros, ellos cierran las cortinas, se hacen una taza de café y entonan canciones en torno al fuego. De este modo ahogan el bramido de las olas y olvidan el peligro.”
A lo que el mar le responde a su vez:
“Soy el mar. Cuando estoy en calma, subo y bajo blandamente por la playa sin amenazar para nada esa casita. Pero cuando estalla la tempestad y el azote del viento hace enloquecer mis olas, quisiera que la casa no estuviese donde está porque no puedo seguir mis impulsos sin herirla. La casa no debiera estar en la playa: la playa es mía y necesito su espacio para revolcarme. No quiero destruir la casa ni a la gente que en ella vive, pero ellos invaden mi territorio, no soy yo quien invade el suyo. Trato de contenerme por ellos, pero esto no me hace ningún bien. Necesito danzar y expandirme y expresarme con movimientos vigorosos Algunas veces necesito alborotar. No puedo estar siempre en calma, esto no pertenece a mi naturaleza. Y cuando me agito, necesito espacio sobre todo.”
Contaba el dibujante, paisajista y muralista español Juan Esplandiu en la tertulia del café ”Lyon d’Or” historias de la picaresca madrileña. En la calle de Atocha se acercaban unos pícaros a unos paletos que subían jadeantes desde la estación del mismo nombre y le ofrecían un billete “para poder ir por la acera de la sombra”. Si el paleto no hacía caso de la oferta a los pocos metros se encontraba con un compinche del anterior, cubierto con una gorra de plato de vaga autoridad municipal y que le decía: “¿Tiene usted el billete de sombra? Si no, tiene que pasarse a la otra acera“. Los desconcertados que acababan pagando por el privilegio de no recibir el sol en la cara eran al parecer bastantes para que el ”negocio” diera resultado.
(Imágenes- 1-— Rik wouters—-1912/ 2- Juan Esplandiu – taberna madrileña-(1962)
“La empresa de escribir novelas que imagino escritas por un autor que no soy yo y que no existe — decía Italo Calvino — la he llevado hasta el final en ”Si una noche de invierno un viajero”. Es una novela sobre el placer de leer novelas: el protagonista es el lector, quien comienza a leer diez veces un libro que, por circunstancias ajenas a su voluntad, no logra terminar. Por tanto, tuve que escribir el inicio de diez novelas distintas: una, todo sospechas y sensaciones confusas; una que todo es sensaciones corporales y sanguíneas; una introspectiva y simbólica; una revolucionaria – existencial; una cínica – brutal: una novela de manías obsesivas; una lógica y geométrica;; una erótica- perversa; una telúrica – primigenia; una apocalíptica- alegórica.”
A un gran número de lectores de literatura rusa habría que preguntarles. ¿ Usted a quién prefiere? ¿ A Tolstoi o a Dostoievski? Quizá con más razón en estos días en que se celebran los doscientos años del nacimiento del autor de “Crimen y castigo”. Recuerdo perfectamente cuando compré en Roma, en 1963, la traducción francesa del luminoso libro de Steiner ”Tolstoi o Dostoievski”. Con mis 27 años de entonces, me sumergía tarde tras tarde, de la mano de Steiner, en las distinciones entre epopeya y drama, en el paralelismo entre los dos gigantes de la novela y en sus diferencias. El tiempo pasa pero los libros subrayados y anotados adquieren una nueva vigencia: indican las emociones y atenciones que se vivieron en su día y los aprendizajes y las lecciones. Por ejemplo, la relación de Dostoievski con el teatro — todos los bocetos para sus grandes obras, señala Steiner, Dostoievski los escribe como escenas teatrales atendiendo a lo dramático; por ejemplo también, la importancia de los periódicos contemporáneos en ”Crimen y castigo”, en ”El idiota”o en ”Demonios” —Dostoievski era un devorador de periódicos; los hechos reales en “ Los hermanos Karamazov”, la composición de los diálogos y su rapidez, la relación entre tragedia y juego, la figura de ”El idiota” en la que el bien y el mal se entremezclan. ”Las palabras cargan su contexto de energía y de violencia latente — dice Steiner—.Los gestos se reflejan en las palabras no como una realidad concreta exterior a ellas, sino como una metáfora explosiva desencadenada por la fuerza de la sintaxis. Un diálogo en Dostoievski se transforma en tensión dramática”.
Este libro, como tantos otros, ha viajado conmigo de Roma a París o a Madrid. Podría hacerse otro libro sólo con las acotaciones marginales que uno agrega. Sería interesante desvelar los caminos que uno ha recorrido en el campo de las lecturas: dónde se ha detenido, qué le ha llamado la atención, qué ha aprendido a lo largo del tiempo. En el caso de Dostoievski el análisis pormenorizado de ”El idiota” me impresionó o las 60 horas cruciales en la tercera parte de ”Demonios”. Son lecciones que perduran.
Ahora, en estas conmemoraciones, todo eso vuelve a la actualidad.
José Julio Perlado
( Imágenes- 1- Vasiliev- San Petersburgo iluminado-1869/- wikipedia/ 2- Sadovnikov- San Petersburgo- 1862)
“El tercer hombre” no fue escrito para ser leído sino para ser visto — confesaba Graham Greene—.El relato como muchos asuntos amorosos, comenzó durante un cena y continuó con dolores de cabeza en varios lugares: Viena , Venecia, Ravello, Londres, Santa Mónica.
Supungo que muchos novelistas llevan en la cabeza o en sus cuadernos de notas la idea inicial de una historia que nunca llegan a escribir. A veces, uno puede volver sobre ella al cabo de muchos años y pensar con tristeza qué buena hubiera podido ser en un tiempo ahora muerto definitivamente. Hace mucho tiempo escribí en la solapa de un sobre un párrafo inicial : ”Había dado mi último adiós a Harry hacía una semana cuando depositaban su ataúd en la helada tierra de febrero, de manera que no me lo creí cuando le vi pasar por el Strand, sin un gesto de reconocimiento, entre una muchedumbre de desconocidos.” Al igual que mi protagonista, tampoco yo tenía ni idea de cuál podía ser la explicación, así que cuando Alexander Korda, durante una cena, me pidió que escribiera un guión para Carol Reed lo único que pude ofrecerle fue ese párrafo, aunque lo que Korda quería era una película sobre la ocupación de Viena por parte de las cuatro potencias.”
(Imágenes— 1- Jack Spencer/ 2 – foto Ralph Gilson)
“Ahora tendré que permanecer más cerca de mi casa — decía Stravinsky con más de ochenta años—, y mi mundo objetivo será más limitado. Pero he estado pensando cómo Vermeer pudo reflejar un mundo y vivir una vida de perfecto quehacer en su propio estudio ; y cómo pudo Chardin desplegar en su cocina una más rica representación de la vida que otros pintores que tuvieron todo Versalles a su disposición. Por lo tanto, deberé intentar, en mi forma más modesta, mirar de cerca lo que me rodea, e infundir más vida a mi propia vida sosegada. Una dificultad es la de que se me considera ahora mismo como un objeto, como una inestimable pieza de porcelana, por así decirlo, y esta porcelana constituye mi mayor enemigo. Espero que no me ocurra nada malo, pero si algo me ocurre que sea “durante las horas de oficina”.. En cuanto al ”contenido”, el talento no se nos concede en propiedad, y tenemos que restituirlo. Sé, no obstante, que tengo más música dentro de mí. Y tengo que darla; no puedo vivir recibiendo vida solamente.
De los dos mayores problemas de la vejez — proseguía Stravinsky — el primero es simplemente la falta de preparación, la falta de una provisión natural o adquirida de experiencia. A lo largo de nuestra vida observamos a otras personas en tal estado, pero no aprendemos biológicamente de lo que vemos, e incluso no creemos que la misma cosa pueda y vaya a ocurrirnos a nosotros. El problema más arduo es lo inevitable. Viene expresado muy bellamente por San Agustin: “ Cuando somos niños, podemos esperar convertirnos en jóvenes; cuando jóvenes, en desarrollarnos y llegar a adultos, y cuando somos adultos miramos hacia la vejez. Si esto llegará, no es seguro, pero siempre hay algo hacia lo cual mirar. Pero un anciano ya no tiene ninguna etapa delante de sí. Ahora, yo ya he envejecido”
(Imágenes— 1-Thomas Oboe Lee/ 2- Amedeo Modigliani/3- Albert Gleizes)
Lento escribir.. Cada vez me acuerdo más de los pintores y de su trabajo. Cuando ellos pasan y repasan su mezcla de colores muy despacio con el pincel para ir consiguiendo el matiz de una sombra o perfilar o suavizar un tono, comprendo su paciencia reiterada que no decae hasta que poco a poco se va consiguiendo lo que quieren. Vuelven y vuelven otra vez para conseguir el matiz o el claroscuro. O el efecto de luz. Así la escritura. Al menos así se me ocurre. Hay que releer mil veces todo lo anterior, suavizar las fisuras, ir mezclando la historia y los datos con la invención propia, con la prosa que luego discurrirá y se elevará con sencillez. Por eso no se avanza a veces en toda la mañana más que cuatro o cinco líneas.
Y hay días también en que un texto parece difícil de corregir y conviene esperar y adquirir perspectiva. Pero mejor no hablar de ello. No me imagino a un carpintero hablando de cuando una mesa o un mueble se le resiste. Trabaja o no trabaja pero no cuenta nada.
“Iba leyendo a Carmen Martín Gaite mientras bajaba las escaleras del metro y efectivamente, cuando ella me decía en ”Lo raro es vivir” que aquellos viajes en metro de la mano de su madre los llamaba ”bajar al bosque” vi que aquello era cierto, no sólo por la cantidad de extraños rostros que subían y bajaban conmigo las escaleras mecánicas sino por las lianas tendidas de los cables y por la oquedad de los rincones en las esquinas que, en principio, parecían espacios reservados para los funcionarios del metro, tal como me habían dicho, rincones clausurados con puertas para ser utilizados por los empleados, o al menos eso parecía, pero que no era así: fijándose bien al pasar, aquellas planchas negruzcas, con un dibujo circular concéntrico, como un anillo del tiempo sobre la hoja metálica, me recordaban los troncos oscuros de los bosques silenciosos de mi niñez, los rostros de madera aserrada de tantos árboles. Pero tuve que cerrar el libro porque ya estaba yo abajo, en el andén, pendiente de la boca del túnel y aguardando la llegada del tren entre la gente, cuando apareció primero en la lejanía una luz, y enseguida la luz fue agrandàndose, anunciando cada vez con más urgencia que el largo tronco tendido se acercaba, y efectivamente fue así, porque era un tronco que salía de la noche y en el que se distinguían aquí y allá otros rostros iluminados y transparentes. Indudablemente los ruidos eran distintos. Si se prestaba atención era un movimiento sedoso en las puertas del tronco cuando estas se abrieron y ya en el interior, al volver a arrancar, la variedad de ojos mirando desde todas las partes, razas y colores sentados, posturas de mujeres y de hombres a media altura, unos erguidos y otros descansando, hacían olvidar que viajáramos por el río de la oscuridad, por la oscuridad de la vida, y la variedad de expresiones cruzadas mostraba, tal como me habían dicho, la riqueza de los árboles, el tronco dentro del bosque y el bosque dentro de la selva.”
“Sabemos perfectamente— decía Juan Rulfo- – que no existen más que tres temas básicos: el amor, la vida y la muerte. No hay más, no hay más temas, así es que para captar su desarrollo normal, hay que saber cómo tratarlos, qué forma darles; no repetir lo que han dicho otros. Entonces, el tratamiento que se le da a un cuento nos lleva, aunque el tema se haya tratado infinitamente, a decir las cosas de otro modo; estamos contando lo mismo que han contado desde Virgilio hasta no sé quiénes más, los chinos o quien sea. Hay que buscar el fundamento, la forma de tratar el tema, y creo que dentro de la creación literaria, la forma literaria es la que rige, la que provoca que una historia tenga interés y llame la atención a los demás. Conforme se publica un cuento o un libro, ese libro está muerto; el autor no vuelve a pensar en él. Antes, en cambio, si no está completamente terminado, aquello le da vueltas en la cabeza constantemente: el tema sigue rondando hasta que uno se da cuenta, por experiencia propia, de que no está concluido, de que hay algo que se ha quedado dentro; entonces hay que volver a iniciar la historia, hay que ver dónde está la falla, hay que ver cuál es el personaje que no se movió por sí mismo.”