EL CORO DE LAS MADRES

 


“Todo el género humano es hijo de nuestra carne y de nuestro dolor — le hace decir a las madres del mundo el italiano Giovanni Papini en su “Juicio universal”—. Para dar vida a nuevos hombres la nuestra estuvo siempre en peligro; a menudo la perdimos. Hubo mujeres que concibieron por obediencia, por temor, por inconsciencia, por violencia. Pero todas amaron los frutos de su vientre.

 

 

Innumerables las que perecieron víctimas del odio, del fuego, de la furia de los elementos y de las pasiones.

Habían enjugado su primer llanto y nos habían dirigido su primera e inocente sonrisa divina. Nuestras manos los habían acariciado y limpiado por vez primera. Habían dado a nuestros pies sus primeros pasos.

 

Habían confiado a nuestros oídos sus primeras penas, las tristezas y sueños pueriles. Sobre sus cabezas se habían posado nuestras manos, las primeras, para gozar la dulzura de sus rizos y arreglárselos. Y sobre su sueño había velado el tembloroso esplendor de nuestros ojos.

 

No eran tan sólo fruto de nuestro vientre, sino frutos de nuestra voluntad, de nuestro esfuerzo, de nuestra alma.

 

( Imágenes— 1- Judy Drew/ 2- Azis TM -arushi arts – Nueva Delhi – 2008- artnet/ 3-Nnmandi Okonkwo/ 4- Francisco Zúñiga/ 5 -Gustav Klimt – 1910/ 6-  Gertrude Käsebier- museo de arte moderno de Nueva York)

EVOCAR LOS ABRAZOS

 

Ahora que se hace tan difícil abrazar leo en el gran Diccionario combinatorio del español contemporáneo cómo Ignacio Bosque, su director, reúne las redes casi innumerables de tantos abrazos.

Abrazamos abiertamente, afectuosamente, amorosamente, armoniosamente, cariñosamente, abrazamos con entusiasmo, cordialmente, efusivamente, fraternalmente, fuertemente, intensamente, sin reservas, y nuestro abrazo es afectuoso, apasionado, cálido, caluroso, cariñoso, conmovedor, cordial, efusivo, emocionado, emotivo, entrañable, formal, fraternal, fuerte, grande, intenso, sentido, uno puede deshacerse en abrazos, enviar abrazos, fundirse en un abrazo, mandar un abrazo, prodigar un abrazo, recibir un abrazo.”

Las palabras se están llevando los abrazos todos estos meses pero un día volverán.

(Imagen— foto Justin Lane- epatime)

SEBALD Y LOS VAGABUNDOS

 

 

Recuerdo al narrador, que presenta el gran escritor alemán, W G Sebald,  cuando por la noche, se refugia de la lluvia en la sala de espera de la estación de Innsbruck: “Uno tras otro. — escribe —  iban apareciendo los vagabundos; apenas se hubiera podido decir por dónde. Al final en total había una docena de vagabundos y una vagabunda. Formaban un grupo animado alrededor de una caja de cerveza Gösser que, como por arte de magia, y hasta cierto punto surgida de la nada por encantamiento, de pronto se encontraba en el centro de todos ellos. Unidos por el alcoholismo tirolés conocido mucho más allá de las fronteras del país por su extremosidad, se han propagado estos vagabundos de Innsbruck, unos apenas recién separados de la vida burguesa y otros completamente perturbados, todos ellos con un cierto toque filosófico e incluso teológico que trataba tanto los acontecimientos del día como la razón de todas las cosas, a pesar de que justo a quienes tomaban la palabra a voz en grito se les solía atascar el discurso a mitad de la oración. Con la mayor teatralidad y determinación de las que eran capaces, los vagabundos acentuaban sus aclaraciones de turno en cuanto a lo que en ese preciso momento constituyera un tema de debate, e incluso cuando uno de ellos denegaba algo que se había dicho, gesticulando con la cabeza rebosante de desprecio porque la idea que tenía en ese preciso instante no podía expresarla con palabras, parecían proceder sus gestos del repertorio de un arte de representación particular, completamente desconocido en nuestros escenarios. Es posible que esto se debiera a que los vagabundos, quienes, en su totalidad, sostenían una botella de cerveza en su mano derecha, actuaran mancos y con la izquierda. Y posiblemente, deduje sobre la base de esta observación, fuese oportuno que a todos los estudiantes de arte dramático, al inicio de su carrera, a lo largo de un año se les atara la mano derecha a la espalda.”  Más que un nuevo episodio en la historia del realismo todo este texto parece un afectado eco de sensibilidad romántica tan frecuente en Sebald ante este tipo de observaciones del mundo.

(Imagen — Dmitry Baltermants)

HISAE Y LA BELLEZA JAPONESA


“La primera vez que a Hisae Izumi le preguntaron en Paris por el monte Fuji no reveló ni el año ni por supuesto el siglo en que había estado allí. Consiguió rehuir elegantemente aquella pregunta. Habló como siempre lo había hecho ante niños y mayores en sus clases al aire libre en Japón, con su  voz suave y acento apasionado, vestida en aquel momento con un maravilloso kimono color glicinia que resplandecía deslumbrante y que llevaba dibujados en las mangas numerosos corales. Era un espectáculo contemplarla.  Como siempre lograba con enorme habilidad, no desveló nada del tiempo transcurrido en el Fuji ni cuanto le había ocurrido a ella allí en 1470, en pleno siglo XV.  Dijo simplemente que conocía muy bien el misterio del monte y que se sentía fascinada por él. Por supuesto eludió  cualquier referencia a los “yokais’, aquellos  seres que la habían perseguido y aterrorizado en el interior de la montaña y se extendió en cambio largamente en elogios sobre las bellezas del Fuji, sus cumbres, lagos y nieves. Tenía a su lado aquella mañana en París de marzo de 1902 presidiendo la mesa en la  gran sala de la galería “La Maison de L’ art  Nouveau” en  la rue de Provence 22, al célebre coleccionista alemán  Siegfried Bing, que es quien le había invitado a dar una serie de charlas sobre Japón y  ahora Hisae comprobaba, con solo levantar la mirada hacia la sala llena de gente, la enorme expectación que había suscitado su presencia. El  anuncio de que una japonesa en París iba a revelar costumbres y bellezas del Japón antiguo había convocado a numerosas personas relacionadas de algún modo con lo que entonces se llamaba en muchas partes de Europa el “Japonismo”, una pasión y admiración por aquel país oriental. 

Nada más empezar el acto, y después de las presentaciones, Hisae  descubrió enseguida, sentado en la segunda  fila del público, una figura que ya conocía, la del pintor Edgar Degas, puesto que  un día  ambos habían charlado en su casa de la rue Frochot viendo las .numerosas estampas japonesas que él conservaba  con gran cuidado y los dos se habían entendido muy bien durante horas conversando  mucho. De estatura mediana y aspecto distinguido, vestido sin excentricidad ni descuido, con su sombrero de copa de bordes planos y echado ligeramente hacia atrás, Degas  protegía sus ojos enfermos con gafas de cristales ahumados, y destacaban en él sus cuidadas patillas castaño oscuro lo mismo que su bigote y su pelo liso. Había más artistas en la sala que Hisae pronto reconoció. Dos filas detrás de Degas se sentaba el pintor norteamericano Whistler, que entonces vivía en Londres y estaba de paso por París, coleccionista también de porcelanas japonesas y de telas orientales, y casi a su lado, empequeñecido en su silla y medio oculto entre la gente, el singular perfil de Toulouse- Lautrec, cliente asiduo de la galería y amigo personal de Bing, el dueño.

Hisae comenzó su charla hablando de los cuidados que  las mujeres japonesas dedicaban a su rostro. Especialmente aludió a aquellas que residían en la Corte o en estamentos superiores de la sociedad. Se refirió en primer lugar a la largura de los cabellos. Todos los cabellos de las mujeres japonesas, dijo, estaban divididos en dos partes y generalmente eran lisos, brillantes y enormemente largos, e iban cayendo sobre las espaldas en grandes cascadas negras. Lo ideal, explicó Hisae, era que descendieran hasta los pies. Una de las princesas que aparecen  por ejemplo en la novela “La historia de Genji”, presumía de tener un cabello de casi dos metros de largo. Por tanto, la contemplación de una hermosa cabellera era suficiente para seducir a cualquier personaje de la Corte. Y si alguna mujer, por necesidad o por cualquier otro motivo, no tenía más remedio que cortarse el pelo, quienes la rodeaban lloraban durante la ceremonia porque sabían que nunca más aquel pelo recobraría su longitud. También una piel blanca, añadió, era, como en la mayor parte de las sociedades aristocráticas, un signo de belleza. No hay más que ver los cuadros de las pinturas antiguas japonesas cuando retratan a las damas de la Corte, que éstas siempre llevan en el rostro un tinte pálido. Si la naturaleza no proporcionaba esa palidez al rostro, entonces la dama japonesa tenía que aplicarse en el cutis  generosas cantidades de polvos. Sólo las mujeres casadas añadían un poco de rojo,  a la vez que ese rojo lo aplicaban también a los labios para proporcionar a la boca un tono rosado.

El público seguía todo aquello con enorme expectación.  Valoraba mucho los esfuerzos que respecto al acento francés estaba haciendo la japonesa para expresarse lo mejor posible en esa lengua. No se oía un rumor. Intrigaba la figura de Hisae sentada en el centro de aquella  mesa principal de la sala y resplandeciendo ya desde lejos por su kimono color glicina y sus exóticas mangas salpicadas de corales. Era para todos una mujer insólita y fascinante. Sólo hubo  algunos  breves murmullos entre los asistentes cuando Hisae quiso referirse  a las cejas y a los dientes de las mujeres. Durante cierto tiempo, explicó Hisae, las damas de la Corte se depilaban totalmente las cejas y luego  se pintaban cuidadosamente una especie de mancha casi en el mismo sitio, unos centímetros más arriba. En cuanto al cuidado de los dientes éstos los procuraban ennegrecer gracias a un tinte preparado en donde se mezclaba hierro con nueces aplastadas en vinagre o con té. Había algunas excepciones, dijo. En una novela del siglo X, “La mujer que amaba los insectos”, explicó Hisae, la protagonista se niega a depilarse las cejas y a ennegrecerse los dientes, eligiendo conservar todo aquello sin ningún retoque, y ello supone el total rechazo de sus criados que no entienden en absoluto la decisión —una doncella  llama a aquellas  cejas “orugas peludas” y a los dientes sin teñir “orugas sin piel”—, y sobre todo provoca el distanciamiento definitivo de  su pretendiente al que le horrorizan ver aquellas  cejas sin depilar y especialmente los dientes blancos, que al sonreír siempre le parecen siniestros.

Entonces, la imagen general de la antigua mujer japonesa, continuó Hisae, puede decirse que queda representada de algún modo  — hablando siempre de la dama bien nacida —,  envuelta en numerosos ropajes y vestidos, con una voluminosa cabellera negra, una estatura a veces minúscula, trazos exiguos, rostro pálido y dientes ennegrecidos, lo que para muchos, añadió, suponía quizás la visión de un personaje extraño que parecía evolucionar lentamente dentro de un mundo crepuscular de biombos, espejos y cortinas de seda.

La elección de los vestidos, siguió diciendo Hisae, y sobre todo la elección de los colores, era lógicamente muy importante para reafirmar su belleza. Los vestidos femeninos eran extremadamente complicados y algunos muy pesados, y consistían entre otras cosas en una gruesa ropa interior y a veces en una docena de piezas exteriores de seda distribuidas cuidadosamente para que produjeran un conjunto original y seductor.  En general, muchas mujeres llevaban varios vestidos colocados  unos encima de los otros, con mangas o paños cada vez más largos sobresaliendo ondulantes a derecha e izquierda del manto exterior y que tenían una enorme importancia, porque, por ejemplo, al viajar en los carruajes, escogían un vestido con el paño derecho o con el paño izquierdo más largo según el lado del carruaje donde iban a colocarse y así los podían lucir mejor.

Y aquí interrumpió Hisae sus palabras ante el silencio y la expectación del público.

En la próxima sesión  — concluyó Hisae dirigiendo una sonrisa a  Siegfried Bing  que seguía a su lado —,  les hablaré de las estampas y de la pintura de Japón”.

José Julio Perlado

( del libro “Una dama japonesa”)

(relato inédito)

TODOS   LOS   DERECHOS  RESERVADOS

(Imágenes—1- Kieisuke Nagatomo/ 2- Yamatame Museum of art/ 3- Kubo Shunman/4-Mitami Toshiko/5-sciobo – japaneseaesthetics)

APARICIÓN NOCTURNA DE DANTE

 

 

Recuerda Pere Gimferrer en su “ Dietario” de 1980  que el 14 de septiembre de 1321 se extinguió la vida de Dante. Y recuerda también  “una leyenda, muy difundida, que dice que, tiempo después, el poeta se apareció en sueños a su hijo Giacomo y le indicó el lugar donde encontraría los trece últimos  cantos del Paraíso; la culminación del gran poema, el diálogo último — deslumbrante, supremo —con los más altos misterios. Podemos imaginar a Giacomo levantándose, de noche, o con el alba— todo es frío, todo es virgen, todo es claro — y hallando el manuscrito: el legado póstumo, la palabra enfrentada con la luminosidad total — abstracta y, al tiempo, simplicísima — del absoluto, aguzada y diáfana como nunca, con un tintineo preciso de plata y agua. Quizá el sueño es una invención, pero será real de una manera  más profunda y secreta. La buena gente de Ravenna que decía que Dante había estado en el Infierno, tenía razón, intuitivamente, en un sentido metafórico nada primario. La gente que creía la leyenda del sueño, acertaba también, sin saberlo: los últimos cantos de la “Divina Comedia” no son ya palabras de esta tierra. Palpitan, purísimos en el límite del más allá del sueño.”

 

 

(Imágenes— 1- Domenico di Michelino- 1465- Dante Aligieri- Wikipedia/ 2- Boticelli- el Infierno de Dante- 1490- wikipedia)

EL CONCIERTO DE ARANJUEZ

 


La “Fundación March” dedica estas semanas  un ciclo de conciertos titulado “Joaquín Rodrigo, una vida en música”.  Ya en 1940 Gerardo Diego saludó al “Concierto de Aranjuez” con estas palabras: “Este es el nombre que lleva esa nueva obra maestra, y todo lo que el título sugiere está latiendo desde la rítmica entrada hasta la cadencia final del rondó. Entre ambos tiempo extremos, aéreos, luminosos, de una alegría de regios jardines filtrando rayos de sol, el “largo” gime su nocturna melancolía, y caen — lentas o urgentes— las gotas de la guitarra como lágrimas de fuego.”

Joaquin Rodrigo, que no ve — recordaba Sopeña—, necesita sin embargo de su paisaje como punto de partida, un paisaje oído como tacto pero vivido como evocación cultural. El escoger Aranjuez no es capricho, ni literatura, sino destino. Oído como tacto: paisaje de mucho pájaro entre mucha agua. Vivido culturalmente: lo mejor de la España del siglo XVlll, con su neoclasicismo, sus tonadillas y su Scarlatti. Andalucismo madrileñista. Sobre esto, lo radical: una inspiración melódica sin fecha, sin arcaísmos, viva como fuente, discretamente honda, discretamente interior. Apoyado en la sabiduría técnica de Sáinz de la Maza, la guitarra puntea y rasguea pero para cantar: el mismo final de la cadencia es la gran victoria sobre el tópico. La forma de concierto aparece no como artificio: si por su época esta música está dentro de la corriente neorromántica, por su forma va más acá viniendo de más allá, de la mezcla de Bach y del italianismo.”

 

 

(Imágenes—1-  Amadeo Modigliani/ 2-Elliot Modovell)

SOBRE KAREN BLIXEN

 

 

“”La época africana de la existencia de Blixen —evoca  la italiana Sandra Petrignani al rememorar visitas a artistas en “La escritora vive aquí” —no fue más que un largo paréntesis muy duro, pero también fue la fuente de una extraordinaria inspiración, un cara a cara con la brutalidad de la vida y de la muerte. Quería ser una reina y lo consiguió, aunque reina harapienta, no importa. Buscaba una dimensión bíblica de la existencia y la encontró. Una plaga de langosta, en Kenia, no era sólo un acontecimiento dramático, sino que era un cataclismo, puesto que suponía la pérdida completa de una cosecha y pasar hambre. Vivir suponía enfrentarse todos los días con el sentido del destino, con sus insondables “caprichos” cargados de consecuencias gigantescas. África fue el único escenario capaz de contener la megalomanía de Karen Blixen.  Pero de Ąfrica, un día, tuvo que volver para siempre. Completamente deshecha, culpable de haber destruido el patrimonio que su familia había invertido en su porvenir, privada de repente del gran amor de su vida, Denys  Finch Hatton, que se estrella con su avión a los cuarenta y cuatro años; enferma de sifilis, contagiada por Bror von Blixen- Finecke que se curó sin tratamiento; divorciada de ese marido que, tras haberla engañado sin reservas, se casó con otra y después con otra. Pero por lo menos Bror dejó que siguiera  luciendo el ornamental título al que ella daba tanta importancia (…) La extravagancia  es una vocación muy dura para una mujer sola, sin dinero y sin un marido que le proporcione una apariencia de normalidad.

 


Fue Thomas Dinesen, que había pasado dos largas temporadas en Bogani House, participando en la vida de ella, yendo a matar leones con ella, con Bror y con Denys, quien fue a recogerla al puerto de Marsella el 19 de agosto de 1931. Se encontró, incrédulo ante lo que veían sus propios ojos, frente a una mujer de cuarenta y seis años irreconocible, que había adelgazado quince kilos y que lo que más detestaba era la idea de volver a Rungstedlund.”

 

 

(Imágenes— 1- Edward Steichen -1959/ 2-karl Nodström- 1887/3  – Agnieszka Delfina posando como Karen Blixen)

“PENETRAR” UN CUADRO

 

“En mi viaje a Rusia — decía Kandinsky— aprendí  a no mirar  un cuadro sólo desde fuera sino a “penetrarlo”, a moverme dentro de él, a involucrarme en su animación interior. Me sucedió al entrar en cierta estancia, y aún  recuerdo cómo permanecí petrificado, contemplando el interior desde el umbral. Ante mí se situaban unos bancos, una mesa y una magnífica estufa. Los aparadores y las cómodas estaban decorados con vīvidas pinturas, y en todas las paredes se veían colgados grabados campesinos coloreados que hablaban de batallas, de legendarios caballeros, de canciones.”

 

 

(Imágenes-1- Kandinsky 1912- Museum syindicate/ Kandinsky- 1925- museumsyndicate)

ES A USTED A QUIEN BUSCAN

 

”Es trágica la suerte de los jóvenes que presienten que les será imposible vivir si no logran ser poetas, pintores o escultores y no encuentran el consejo verdadero, hundirse en el abismo del desaliento —-le escribe Rilke a Rodin  el 1 de agosto de 1902 —; buscando un maestro poderoso, no son palabras ni indicaciones lo que ansían, sino un ejemplo, un corazón ardiente, manos que sepan hacer grandeza. Es a usted a quien buscan.”

 

(Imágenes— 1- Rilke- Wikipedia/ 2 – Rodin – foto Edward Steichen)

VENECIA Y STRAVINSKY

 

 

Leo en el periódico : “Venecia lo embrujó y en la ciudad de los canales fue enterrado hace cincuenta años el compositor más grande del siglo XX.”  Lo conocí  en Roma el  13 de junio de 1964., mientras escuchaba  su “Sinfonía de los salmos”. Anoto aquí de él lo que dijo cuando  cumplió los ochenta y cinco años: “Simplemente quiero continuar tratando de hacer mejor aquello que he hecho siempre, y esto a pesar de que las estadísticas me digan que debo ir cada vez peor. Y quiero hacerlo  en este mismo ‘Identikit’, tan ajetreado, pero que ha alcanzado tan larga vida.» «Tengo que rehacerme a mí mismo», dice el poema de Yeats. Y esto es lo que hemos de hacer todos. “

Recuerdos y palabras que no se olvidan.

 

 

(Imágenes— foto de Irving Penn— 1948- The new york times/ 2- Venecia- Karl Kaufmann)

VIAJES POR EL MUNDO (40) : LA HABANA

 

“Al anochecer — escribe la argentina Matilde Sánchez en “La canción de las ciudades” —la ciudad retrocedía a los tiempos de la colonia, lo que allí equivalía a finales del siglo XlX. Ensayos musicales detrás de las ventanas abiertas, prácticas de pianos desafinados, pero sobre todo el tambor, la densidad de los toques de santo, el devenir negro congo, el color que nombraba su origen, lo pintoresco que trajeron los barcos de esclavos, más oscuro aún y más remoto, extremo del ultramar que ya no se dejaba ver. Los sonidos se adherían unos a otros también como láminas componiendo la partitura de las horas del día, para ese pueblo que  había olvidado los relojes. Nadie llevaba reloj. Nadie hacía el menor caso de la hora.

Pero la canción de la ciudad tocaba sobre todo en la noche. Los muros transpiraban vida hogareña. Con las ventanas de par en par, abiertas a un horno más que al fresco, prevalecía el rumor humano que en cualquier ciudad es acallado por el tránsito, incluso en las ciudades tropicales, de ventanas abiertas como ésa. La intimidad poblaba la calle de conversaciones, el noticiero, la cena,  la despedida de los niños, el cierre de las alacenas, aunque estuvieran vacías, el goteo de las canillas en el silencio (…) De madrugada, apagados ya los pasos de los últimos abrazadores que volvían del malecón, cuando ella caminaba al hotel envuelta en esa seguridad contra la violencia privada que sólo ofrece la violencia pública, el rumor humano era reemplazado por otras señales de vida, el paseo de los animales domésticos que patrullaban veredas en busca de alimento, sólo que allí no había desperdicios sino rellenos de cocciones milagrosas, porque la basura guardaba el recetario de una cocina  de posguerra — ropavieja  hecha con ropa vieja… Su amigo Fontaliz había escrito aquel ensayo contra el realismo que resumía en una sola frase, una promesa imposible de cumplir, más que una invitación, una mentira : Una mesa servida en La Habana (…) “

 

 

(imágenes—-1-ciudadano en La Habana/ 2-Marc Guillaumat/ 3-foto Mary Hellman – The New york times)

LA “COMPRENSIÓN” DE PRIMO LEVI

 


“La necesidad del trabajo bien hecho — confesaba Primo Levi  —es tan fuerte, que empuja a la gente a cumplir su cometido incluso en situaciones de esclavitud. El albañil que me salvó la vida dándome de comer de tapadillo durante seis meses,—decía evocando Auschwitz —,  odiaba a los alemanes, su comida, su lengua, su guerra, pero cuando lo pusieron a levantar paredes, las levantó rectas y sólidas, no por pura obediencia, sino por dignidad profesional.

Sobre mi supervivencia tengo que decir que no hubo regla general, salvo el hecho de haber entrado en el campo en buen estado de salud y sabiendo alemán. Aparte de esto, mandaba la suerte. Vi cómo se salvaban listos y tontos, valientes y cobardes, prudentes y locos. En mi caso, la suerte desempeñó un papel fundamental al menos en dos ocasiones: haciéndome conocer al albañil italiano y permitiendo que cayera enfermo una vez, pero en el momento justo. El pensamiento y la observación fueron también factores de supervivencia para mí. Recuerdo haber vivido mi año de Auschwitz en una condición de plenitud vital. No sé si era por mis antecedentes profesionales, o por una capacidad de resistencia hasta entonces insospechada en mí, o por algún saludable instinto. Nunca dejé de tomar nota del mundo y de la gente que me rodeaba, hasta tal punto que todavía conservo una imagen increíblemente detallada de todo ello. Tenía un intenso deseo de comprender.  Estaba permanentemente poseído de una curiosidad que a algunos, luego, es verdad, no dejó de parecerles cínica: la curiosidad del naturalista que se ve de pronto transplantado a un entorno monstruoso, sí, pero nuevo, monstruosamente nuevo.

 


Viví mi vida en Auschwitz del modo más racional que pude, esforzándome en explicar a los demás, y explicarme a mí mismo, los acontecimientos en que me había visto envuelto, pero sin una definida intención literaria. Mi modelo era el “informe semanal” que generalmente se utiliza en las fábricas : tiene que ser preciso, conciso y estar escrito en un lenguaje que todos los miembros de la jerarquía industrial puedan entender. Y, desde luego, no debe ir escrito en jerga científica. Me he pasado casi treinta años trabajando en una fábrica, y debo reconocer que no hay incompatibilidad entre ser químico y ser escritor.; de hecho, hay una especie de mutuo refuerzo. Pero la vida en una fábrica, sobre todo cuando se es gerente, abarca otras muchas cuestiones, muy alejadas de la química: contratar y despedir obreros; pelearse con el jefe, los clientes, los proveedores; ocuparse de los accidentes; que lo llamen a uno por teléfono, incluso en plena noche, o en mitad de cualquier celebración; lidiar con la burocracia; y muchas otras tareas de esas que le destruyen a uno el alma. Todas estas ocupaciones , en conjunto, son brutalmente incompatibles con la práctica de la literatura, que requiere una cierta tranquilidad  de ánimo. De modo que para mí fue un inmenso alivio cuando alcancé  la edad de la jubilación y pude dejar el trabajo.’

 

 

(Imágenes—1- Cartier Bresson —1945- all art/2- foto Wiener- biblioteca/  3- Dan Mumford)

LOS MUEBLES Y LAS HABITACIONES

 

“Cualquiera conoce lo socorrido que se vuelve cambiar de sitio los muebles. — escribe el cubano Antonio José Ponte en “ Una tirada del libro de los cambios” —.Se cambian porque llega un nuevo objeto a la parentela o porque no puede  traerse un nuevo objeto.

Quien lo haya hecho a menudo conoce que esos cambios consisten principalmente en un giro de las cosas: las paredes de la habitación permanecen fijas y lo que contienen adentro rota. Los muebles, los objetos y quien vive entre ellos, tienen sobre las cuatro paredes la ventaja de un día.

La ilusión termina al final de ese plazo. Después las cosas vuelven a lucir como antes, acopladas a la habitación.

Resulta muy difícil desarticular el orden que hemos dado a los muebles. Ellos no parecen dispuestos a permitir que las antiguas relaciones se rompan. Se aferran entre sí de modo que nadie puede apartarlos. El librero se agarra a la silla, la cama al espejo.

Cuando nos proponemos hacer cambios en una habitación lo que seguramente conseguimos es un cambio en la cardinalidad de las mismas relaciones de siempre. Entre los objetos y las paredes existe la misma relación que entre la aguja y el disco de una brújula.

El verdadero cambio consistiría en un cambio en las paredes. O en dejarlo todo e irse de la habitación.”

 

 

(Imágenes— 1- foto 2013/ 2-Edward Lamson Herry)

 

PERIODISMO EN CRISIS

 


Copio aquí unas  recientes declaraciones de Iñaki Gabilondo que comparto plenamente:

“El periodismo está viviendo un proceso de transición, como todo, muy agudo. Ha estado muy marcado por la sensación de pánico financiero de las empresas. Eso ha impedido desarrollar otros elementos: investigación, trabajo de más calidad… Surge el periodismo basura, con contratos y trabajos basura. Y también la tentación de intentar seguir atajos para llegar a la gente, la búsqueda de los likes. El periodismo debe preguntarse lo que la gente tiene derecho a saber, pero si lo que nos preguntamos es solo lo que la gente quiere oír, desvirtuamos nuestro trabajo.”

(Imagen —frágil org)

LA MANO DERECHA DE HISAE IZUMI

“La mano derecha de Hisae Izumi saliendo de su kimono verde fue pintada en el otoño de 1901 en un pequeño taller de París, en la rue des Ėcoles, cerca de la Sorbona, un  taller alquilado por el pintor japonés Yamashita Shintato que entonces tenía 27 años  y que había quedado enamorado de aquella mano fina y blanca de Hisae tal y como la había visto apoyada sobre el mantel de una mesa en un café de París. La mano de Hisae era una mano sencilla que hoy puede verse expuesta en el museo de arte Bridgestone de Tokio, una sombra pálida, con el dedo índice sobresaliendo un poco y señalando la página  abierta de un libro. El significado del dedo índice en las artes, y concretamente en la pintura, ha sido muy estudiado, y Hisae lo había escuchado muchas veces en las clases que recibía en “La Porte Chinoise’, la galería cosmopolita dirigida por Madame Desoye en la rue de Rivoli a la que acudían diversos pintores como Manet, Degas, Monet,  Whistler,  Renoir o artistas como Sarah Bernhardt y que también visitaba Hisae desde hacía años. Allí ella explicaba cosas de Japón a los pintores franceses y a la vez recibía y atendía los avances e imaginaciones de los artistas europeos. Era en cierto modo una faceta de lo que se dio en llamar “Japonismo”, un término acuñado en torno a la Exposición Universal de París de 1878 y que deseaba enlazar estéticas de oriente y occidente.

La primera tarde en que Yamashita Shintato llevó a Hisae a su taller de la rue des Écoles para empezar las sesiones, lo primero que hizo fue abrir la ventana del balcón  para que entrara la amarilla luz otoñal de París  y contrastarla con el verde kimono de la japonesa que realmente llamaba la atención. Hizo sentar a Hisae en un sillón cerca de la ventana y colocó detrás de su espalda, en una esquina del balcón, un jarrón  con cinco rosas. Luego le dijo a Hisae que las sesiones iban a durar varios días y que se relajara y se concentrara en alguna lectura. Hisae sacó de su kimono verde un pequeño libro que siempre llevaba consigo y que amaba mucho,  “El libro de la almohada” de Sei Shonagon, un libro del siglo X,  y lo abrió por una página. Entonces Yamashita Shintato le pidió que con el dedo índice buscara una página exacta y de ella no se moviera durante una hora y aprovechó para explicarle lo que significaba en las imágenes pictóricas el dedo índice que revelaba,  según  le dijo, la señal del silencio si el índice se apoyaba encima de los labios, la señal de oración si se colocaban dos dedos índices juntos , la señal de advertencia si el dedo se  elevaba vertical y la señal de interés siempre que se posara ese dedo sobre algo  o alguien en concreto.

“Ahora ponga usted toda su atención en una página — le dijo Yamashita a Hisae — y no se mueva de ella. Yo voy a empezar mi trabajo”. A Hisae le atraían todas las páginas de aquel libro que había leído tanto, pero buscó una en especial entre sus favoritas y empezó a leer. : “Cosas que pierden al estar pintadas…: claveles, flores de cerezo, rosas amarillas. Hombres o mujeres cuya belleza las novelas alaban… ( y más adelante) : Cosas que ganan al ser pintadas…: campos en el otoño. Pinos. Aldeas y senderos de montaña. Grullas y ciervos. Un paisaje de frío invierno, un paisaje muy cálido en verano”. Leyó y releyó varias veces todas aquellas  frases y volvió a leer entera toda la página. Así estuvo durante una hora, sin levantar los ojos del libro,  dejándose pintar, absolutamente concentrada en aquel mundo japonés del siglo X que le iba contando Sei Shonagon y casi no se dio cuenta de que Yamashita había terminado la sesión.

En las siguientes sesiones todo sin embargo cambió. Umehara Ryūzaburõ, un jovencísimo pintor amigo y vecino de Yamashita, nacido en Kyoto , que vivía  desde hacía meses en Paris y que también acudía a la Galería  “La Porte Chinoise”, entró una de esas tardes en la habitación para curiosear y ver cómo iba el trabajo. Venía acompañado de un hombre mayor, alto, flaco, frágil, de amplia barba blanca, ojos penetrantes,  vestido con una sencilla chaqueta marrón y cubierta la cabeza con una gorra del mismo color. Aunque Yamashita lo conocía de la Galería y lo admiraba mucho, se asombró de que el propio gran pintor Renoir a sus 67 años se hubiera dignado ir allí ahora, hasta su mismo taller, y aquello en los primeros momentos le  dejó algo confuso. “Vengo a ver  a Hisae Izumi”, dijo Renoir sencillamente, sentándose en un rincón. A ella Renoir la había visto en la Galería y siempre le había impresionado su misteriosa belleza que nunca conseguía desentrañar.  Jamás se había atrevido a preguntar su  edad, ni siquiera a calcularla, porque el rostro y la figura de Hisae  a Renoir le desconcertaba.

Entonces se hizo de nuevo el silencio y Yamashita recomenzó a pintar la figura y la mano de Hisae.  En un momento dado, en una pausa,  Renoir, que seguía atentamente todo lo que ocurría desde su rincón, dirigiéndose a Yamashita pero como si hablara consigo mismo, dijo a media voz : “Las pinturas no son cosas pintadas a mano; son cosas que vemos con nuestros ojos. Por lo tanto, no es necesario tener en cuenta obras de artistas anteriores. Basta con expresar plenamente el sentimiento que recibimos de la naturaleza. No hay absolutamente ninguna necesidad de temer hacer cambios mientras pintas. Basta si hacemos lo que podemos, si pintamos hasta haber expresado por completo lo que sentimos”. Yamashita  levantó su pincel asombrado de todas .aquellas palabras, sobre todo cuando Renoir, mirando a Hisae y a su dedo índice apoyado en el libro, habló de los dedos  índices famosos que él había conocido y estudiado, del dedo índice en Leonardo da Vinci, del dedo índice en Miguel Ángel , del dedo índice en Durero o del dedo índice en Fray Angélico imponiendo silencio sobre los labios.

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Hisae Izumi no movió  en absoluto su postura mientras escuchaba todo aquello. Seguía ensimismada en su lectura del “Libro de la almohada” y su dedo índice se apoyaba  ahora en las frases en que Sei Shonagon le estaba hablando: de las cosas envidiables y de las adorables, de las cosas incómodas  del mundo  y de las cosas sin mérito.’

José Julio Perlado

((del libro “Una dama japonesa”)

(texto inédito)

TODOS   LOS   DERECHOS   RESERVADOS

(Imágenes-1- Tori Kotondo- Mary and lugin collection/2- Itou Shinsui/3-Shimura Tatsuma/ 4- Itou Shinsui/ 5- Ikeda Terukata)