POR QUÉ UNO ES NEGRO Y OTRO BLANCO

 

“Originariamente — recordaba la antropóloga norteamericana Margaret Mead —los hombres estaban en partes del mundo muy alejadas unas de otras y muy diferentes. Si uno vive en los trópicos, le es muy útil tener la piel oscura, porque le protege del sol; y si por el contrario vive cerca del Polo Norte, necesita de todos los rayos que puedan alcanzarle, y por lo tanto es ventajoso que tenga la piel blanca. Y han sido necesarios quinientos mil años para que esos individuos se diferenciaran. En sus orígenes, por tanto, el problema de la piel fue un problema de adaptación al ambiente. Pero actualmente cada uno se mueve por los lugares propios del otro con entera libertad; el blanco va a los trópicos y permanece en ellos porque tiene aire acondicionado; y el negro puede mantenerse al calor o al frío en cualquier lugar donde quiera establecerse.

Hay enfermedades y también sustancias químicas que producen un cambio de color. En algunos libros se ha hablado de qué manera alguien cambió el color de la piel tomando ciertas sustancias que luego le hicieron enfermar. Cambiar de color le ocurre incluso a gente que se establece en otra nación durante un largo período de tiempo. Por ejemplo, los caucasianos que viven largo tiempo en Asía toman aspecto de asiáticos porque sonríen como los habitantes del lugar y sus ojos adquieren una apariencia oriental.

No hay desigualdades de inteligencia entre blancos, negros y amarillos. Todo depende de la educación que se recibe. Si se toma un niño esquimal y se le educa como a un italiano o un inglés, cuando sea mayor será igual que ellos. En cuanto a la inteligencia, el método que empleamos en la actualidad para probarla consiste en estudiar gemelos idénticos, criados en ambientes diversos. La influencia más poderosa en el proceso intelectual del hombre es la civilización en que vive. Los seres humanos están hechos de tal forma que individuos  con determinadas dotes mentales, nacidos en el ámbito de determinada cultura, pueden funcionar dentro de los límites de aquel saber, hablar su lenguaje y seguir sus costumbres. El traslado de individuos procedentes de culturas técnicamente atrasadas a culturas modernas muy avanzadas, ha demostrado que una persona no evolucionada puede llegar a asimilar la tecnología más sofisticada. Del mismo modo, un niño nacido en una cultura compleja que haya sido adoptado por parientes que viven en una cultura más primitiva o más sencilla, no se elevará del nivel de sus padres adoptivos. Es decir, no somos todos iguales, porque hay tontos e inteligentes. Pero la estupidez y la inteligencia no son cosas inherentes a la raza.”

 

 

 

(Imágenes—1- Phillippe Vgnat/ 2- Erwin Blumenfeld -1938)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (40); GOYA Y “LA QUINTA DEL SORDO”

 

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (40):  Goya y la “Quinta del Sordo”

 

 

… E igual que recuerdo aquella tarde en el taller del pintor Barjola, también recuerdo algo que casi  se me había olvidado, es decir, en qué momento había podido yo extraviar el libro de Italo Calvino, no sé, no lo recordaba, quizás se había quedado allí, sobre mi cama, la noche anterior, o esa misma noche, en casa, no lo sé, tal vez entre las sábanas, en el instante de quitarme las gafas, porque después, y de eso sí estaba seguro, yo me había levantado, y saliendo del dormitorio, había ido recorriendo como un sonámbulo el pasillo de mi casa hasta llegar al comedor, había abierto el ventanal y había empezado a andar en un sueño que era absoluta realidad porque realidad había sido el despacho de mi abuelo y también sus palabras, igualmente el despacho de Baroja, la habitación de Onetti, el taller de Barjola, y ahora, conforme caminaba en otro año distinto, debía de ser ya 1990 o quizás 1991, no lo podría decir con exactitud, yo seguía avanzando a última hora de la tarde por el madrileño paseo del Prado en dirección al gran Museo y, aunque aún me sobraba tiempo para acudir a la cita que previamente había concertado — una cita difícil, tras haber conseguido un permiso especial para estudiar a solas unas pinturas y poder comentarlas en un libro que entonces estaba escribiendo — la realidad para mí era sobre todo aquel tibio resplandor dorado de los árboles y la belleza de la estación otoñal. Cuando llegué al fin a una de las puertas principales del Prado, la puerta de Velázquez, el público, y en concreto la muchedumbre innumerable de turistas, ya había vaciado hacía diez minutos los dos pisos del edificio y, tal como yo había previsto, me encontré al fin con lo que había deseado y perseguido durante muchos meses, algo fascinante e insólito: una zona del Museo excepcionalmente reservada y abierta para mí durante una hora. Nunca había vivido una experiencia semejante y pensé enseguida que nunca más la viviría. Recuerdo que tras enseñar los complicados permisos que llevaba conmigo, con sus sellos y rúbricas correspondientes que me autorizaban a pasar, y luego al subir hasta el primer piso acompañado por un vigilante silencioso, me impresionó en las salas desiertas el contraste entre las sombras y la luz. Todas las salas del primer piso del Prado permanecían casi completamente a oscuras con sólo unas diminutas señales luminosas en lo alto de las puertas para no perderse y apenas podía uno distinguir la sucesión de cuadros. Eran salas fantasmales, enormes, interminables, absolutamente llenas de pinturas de todos los tamaños, salas como tesoros misteriosos que el vigilante y yo atravesamos sin pronunciar palabra camino de unas luces que se adivinaban al fondo, las luces de unas únicas salas que habían dejado iluminadas a propósito, las salas de las “pinturas negras” de Goya, que eran aquellas que yo quería estudiar. Conocía que los responsables del Museo se habían propuesto desde hacía muchos años reproducir en la medida de lo posible algo que realmente era muy difícil conseguir: la disposición y ubicación que las llamadas “pinturas negras” habían tenido en la denominada “Quinta del Sordo”, la casa de ladrillos de adobe que Goya, con setenta y tres años, había comprado en febrero de 1819 por sesenta mil reales en un terreno ascendente sobre el río Manzanares, en el lado Oeste de Madrid. A mí siempre me había intrigado aquella casa, había leído varias cosas sobre ella, y creo que hasta sentía una extraña atracción hacia aquella Quinta situada cerca del Paseo de Extremadura, al sudeste del camino de la ermita de San Isidro, allí donde en tiempos había existido un sendero rodeado de árboles, entre ellos unos álamos plantados hacía casi medio siglo y que conducían a la vivienda del pintor rodeada de su jardín de moreras, peras, albaricoques, membrillos y doscientas sesenta parras que florecían en la finca situada sobre una colina y desde la que Goya podía divisar perfectamente el Palacio Real, San Andrés y todo Madrid hasta la montaña del Príncipe Pío. Sabía también que entre aquellos muros, incluso de un modo realmente físico encima de ellos, es decir, sobre aquellas paredes de las dos salas grandes de la casa que él quiso decorar, Goya había realizado directamente al óleo y sobre el muro una serie de pinturas para mí fascinantes y de difícil interpretación y las había pintado únicamente para sí mismo, reflejando su mundo interior. Tanto me había intrigado aquella Quinta y tantas vueltas le había dado a su emplazamiento que en meses anteriores a aquella visita que ahora estaba realizando al Museo, había querido perderme un día por esa zona de Madrid cercana al paseo de Extremadura, paseando despacio durante una hora o dos, no lo podría fijar con precisión, y haciéndolo sin rumbo fijo a través de una serie de calles, por ejemplo la de Caramuel, o la de Antonio de Zamora, la de doña Urraca, doña Berenguela, cardenal Mendoza y Juan Tornero, parándome a propósito en esquinas y en puertas de comercios para observarlo todo desde allí a mitad de mañana, en un intento inútil por resucitar detrás de aquel mundo moderno un ambiente que ya había sido consumido por el tiempo. Yo sabía que precisamente entre la calle de Caramuel y la de Juan Tornero, ahora ocupadas por automóviles y viandantes que me rodeaban e iban de un sitio para otro, había estado situada la “Quinta del Sordo”, única construcción existente cuando Goya compró el terreno, y que sobre aquellos lugares se habían levantado las dos plantas de la casa con sus habitaciones centrales comunicadas por una sencilla escalera. Y ahora, cuando yo estaba ya a punto de entrar en una de las salas del Museo del Prado dedicadas a las famosas “pinturas negras” y había dejado atrás la oscuridad de los largos pasillos, me venían otra vez a la memoria las dos habitaciones de la “Quinta del Sordo” y las comparaba con éstas del Museo, recordando haber leído en algún lugar que, a causa de los dos ventanucos de la sala de la planta baja de la Quinta, la luz para Goya había sido casi con toda lógica un instrumento esencial: se decía, por ejemplo, que con toda seguridad el pintor había trabajado por las noches en aquella sala de la planta baja ayudándose a la luz de unas velas mientras que en la sala del primer piso había sido en cambio la luz del día de Madrid la que, entrando por los dos amplios balcones que la casa tenía, había dado otras tonalidades a las pinturas. Por eso cuando me fui acercando dentro de aquel espacio íntimo del Museo a aquellas escenas de Goya en las que dominaba el negro y unos tonos pardos y fríos, tampoco me extrañó descubrir en muchas de ellas, al observarlas con mayor atención, el amarillo, los ocres, azules y rojos, los carmines y aún unos ligeros toques de verdes. No todo era negro, pues, en las “pinturas negras”. Me sorprendió, por ejemplo y de repente, al girar la cabeza hacía la izquierda nada más entrar en una de las salas, la composición pictórica de un “Perro”, o lo que sería más adecuado definir, una enorme masa de un gris amarillento, una gran zona lisa y vacía de espacio en la que asomaba en su base inferior la pequeña cabeza de un perro, una cabeza perfectamente dibujada con aquella precisión que Goya tenía para plasmar animales, un perro que estaba surgiendo de una masa amorfa, emergiendo de algo parecido a un talud pero que ni siquiera podría decirse que fuera arena, un perro, o cabeza de perro que no se sabía bien si se estaba hundiendo o intentaba escapar, que podía estar pidiendo socorro o piedad, pero que esencialmente transmitía angustia. Aunque enseguida me llamaron enormemente la atención otras pinturas situadas casi al lado de ésta, en la pared de enfrente de la pequeña sala, especialmente en razón de los gestos y las deformadas facciones de varios personajes que allí aparecieron ante mí, más apilados que agrupados, como dominados por oscuros movimientos instintivos, y principalmente una pintura que aún destacaba más entre las otras, o al menos así me lo pareció: unos cuerpos flotando en el aire, superpuestos sobre un fondo de cielo y de paisaje, dos extraños personajes envueltos en ropajes, uno de ellos, el situado a la izquierda, embozado en un manto rojo plegado, mirando hacia atrás en actitud miedosa y en cierto modo ausente, y el de la derecha, en cambio, señalando algo de modo exasperado, con el dramático gesto de su boca abierta en expresión de horror, y los dos sobre un fondo luminoso y no lejano a un montículo o cerro pedregoso que quizá escondía una ciudad fortificada, aunque ello no podía adivinarse bien. Me acerqué a comprobar el título de aquella pintura que yo ya conocía anteriormente por diversas reproducciones, y allí leí: “Francisco de Goya, Aquelarre o Asmodea”, y luego volví lentamente sobre mis pasos en el completo silencio nocturno de la pequeña sala y sin dejar de advertir a mi lado al vigilante que me acompañaba, y así estuve largo rato, quizá unos veinte o veinticinco minutos, o quizá más, no lo sé, tomando muchas notas en un cuaderno, cumpliendo el fin para el que yo había ido al Museo, y apuntando abundantes reflexiones que me suscitaban las obras de Goya. Pero estando allí mismo observando aquel cuadro, tomando notas en el cuaderno y a la vez contemplando aquel cielo de Madrid extendido en la parte superior y cuya luminosidad lo dominaba, de repente, imprevistamente, cayó sobre mí, quizá fuera por cansancio o por tensión, no lo sé, todo el peso de aquel largo viaje que había iniciado hacía ya varias horas, un largo viaje o sueño, tampoco podría definirlo, en el que había salido a recorrer Madrid, y no sólo a recorrer calles y habitaciones, sino también a recibir confidencias y conversaciones, y a abrirme igualmente a encontrar sorpresas como las que ahora, por ejemplo, estaba recibiendo cuando aquellos cielos de Goya que admiraba me dieron la impresión de que se alejaban y se iban separando cada vez más del cuadro, adquiriendo esos mismos cielos una presencia viva y sorprendente como si en realidad se estuvieran moviendo, como si se desgajaran un poco para mostrarme desde su altura unas zonas de la ciudad de Madrid que yo desconocía, o al menos que nunca había podido ver desde aquellos ángulos, zonas cubiertas de tejados rojizos toscamente apilados, casas antiguas que sin duda por su aspecto rudimentario parecían pertenecer al viejo casco de la ciudad, quizás al lejano costado del Palacio Real, allí donde en tiempos se había levantado el primitivo Alcázar incendiado en 1734. Eran unas tejas o tejados rojizos, muchos de ellos de color de barro, colocados unos sobre los otros y que prestaban a aquella zona una imagen más de pueblo que de capital. Y desde allí, desde aquellos tejados, muy lentamente, los mismos cielos de Goya me fueron llevando, como en un viaje distinto, por encima de otros tejados de Madrid, primero sobre unos techos de la plaza Mayor y luego por otros casi enfrente a la Plaza de la Villa, allí donde hacía siglos se había levantado la iglesia de San Salvador con su gran torre llamada la atalaya de Madrid y desde donde el Diablo Cojuelo en 1641 había sido empujado por la imaginación del escritor Vélez de Guevara para recorrer la ciudad y levantar los tejados de las casas, y así los cielos me fueron conduciendo poco a poco, como en un recorrido a vista de pájaro, por terrazas y tejados, hasta acercarme a mi barrio de Chamberí, y entrando por la glorieta de Olavide con sus antiguas viviendas modestas de tres y cuatro pisos, su fuente y sus jardines, bajar por la calle de Olid, cruzar la calle de Fuencarral y entrar a la de Jerónimo de la Quintana, sin saber de qué modo ni cómo pudieron hacerlo aquellos cielos, llegando así hasta el pasillo de mi casa, atravesar luego el comedor hasta quedar situados los cielos en lo alto de mi dormitorio, encima exactamente de mi cama, entre la ventana y la puerta, iluminando el libro de Italo Calvino que yo había dejado abierto muchas horas antes y también las gafas que aún aparecían abandonadas entre las sábanas.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

LA ÚLTIMA CLASE DE ORTEGA


“Las seis de la tarde de un día frío y lluvioso de otoño de 1935.  El acceso a la Ciudad Universitaria de Madrid es difícil. Pero todos los alumnos acuden a rendir al maestro  este pequeño homenaje  de admiración al hombre, de agradecimiento al profesor. Ortega entra, como el primer día en su primera clase, con su carpeta de cuartillas bajo el brazo y sube a la plataforma. No hay discursos , no hay alusión al acto. Es una lección  como la de todos los días. El maestro parece no enterarse de que estamos allí  para tributarle un homenaje. Su preocupación está puesta en la tarea, en la labor; en que la obra humilde, tan humilde como difícil, que consiste en transmitir la idea al cerebro del alumno, resulte, precisamente en ese día de sus bodas de plata, la más perfecta posible.

Parece que fue ayer… Más que los años, el pensamiento filosófico, la tarea mediadora, han ido labrando su rostro y han tallado su cabeza con fuertes y acusados planos. No es la cabeza de un escritor ni la de un artista: es la cabeza de un filósofo. Se hace el silencio; la lección comienza. Entre los asistentes me parece que soy yo — dice María de Maeztu —la única que escuchó su primera clase en la calle de Montalbán, número 20, en octubre de 1909. Ha variado el tema. Entonces la explicación consistía en comentarios a los diálogos de Platón y a la “Crítica de la razón pura” , de Kant; hoy es la versión de su propia, original filosofía: la razón vital. Pero el método, ese método que consiste en actualizar el pensamiento, en hacerlo vivo, es el mismo. La misma belleza en la palabra; idéntica claridad y precisión en el pensamiento; la misma manera de intuir la imagen, de concebir la idea y cubrirla y descubrirla con la metáfora. Ortega ha sido siempre idéntico  a sí mismo.”

 


(Imágenes: – 1- casa donde nació Ortega- foto jjp/2- Abelardo Morelli)

LA PRIMERA CLASE DE ORTEGA

 


“ Octubre de 1909. La Escuela de Estudios Superiores de Magisterio, que acaba de crearse en Madrid —recuerda María de Maeztu —se había instalado provisionalmente en un pequeño edificio de la calle Montalbán número 20, no lejos del Museo del Prado. Son las nueve de la mañana; el aula, con una ventana que mira a los jardines del Retiro, está ocupada  por cuarenta estudiantes, hombres y mujeres, que han ingresado, mediante concurso, por orden de mérito, y se disponen a escuchar la palabra del profesor.  Estos alumnos son maestros que han venido de todas las provincias de España para cursar los estudios correspondientes al doctorado de  Pedagogía. Ortega había sido nombrado profesor de Filosofía  y llegaba precedido de un gran prestigio, especialmente por sus artículos  en forma de ensayos publicados en “El Imparcial”.

Entra Ortega en la clase con una carpeta de cuero en la mano. De ella saca un libro pequeño: es un diálogo de Platón —el “Teeteto” —; antes de comenzar la lectura expone a los alumnos lo que va a ser su curso de filosofía. Filosofía, dice, es la ciencia general del amor. La palabra del maestro, clara, precisa, elegante, produce una extraña emoción. Los alumnos intentan tomar notas en sus cuadernos, mas, al punto, quedan absortos, detenida la pluma en el papel ante la maravilla de aquella exposición filosófica, vestida con una gran riqueza de imágenes y metáforas. Parece que asistiéramos — sigue diciendo María de Maeztu —, no a la explicación de una clase magistral, sino a la peripecia de una teoría dramática cuyo protagonista es la propia vida del filósofo.

Al año siguiente, 1910, Ortega hace oposiciones a la cátedra de Metafísica que ha quedado vacante en la Universidad Central de Madrid. Tiene que explicar una lección ante el tribunal. Sus alumnos vamos a presenciar el espectáculo. Ortega comienza aquel juego de acrobacia en un torneo de oratoria que alcanza la máxima perfección. La lección, el ejercicio, dura una hora. Ortega, al terminar, no muestra la menor fatiga: ha ganado su primera batalla como si no hubiera entrado en el ruedo. Elegido a los pocos días entre los concursantes, debuta como catedrático en la Universidad Central de Madrid: tiene veintisiete años.”

 

 

(Imagen —Ortega y Gasset- por Zuloaga/ 2- Ortega- tautología)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS”-MEMORIAS (39) : ONETTI Y BARJOLA

 

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (39) : ONETTI  Y  BARJOLA

… No, no era aquello en absoluto un sueño. Como digo, había dejado abandonado hacía tiempo, así lo recordaba, el libro de Calvino sobre la colcha de mi cama y la verdad era que aún no comprendía muy bien cómo había podido alejarme tanto de mi dormitorio y había podido caminar tan largo trayecto por Madrid creyendo siempre que todo era un sueño cuando en absoluto lo era. Había marchado hasta casa de mi abuelo, en Raimundo Lulio, y luego por las calles de la ciudad para ver a Baroja, y ahora cruzaba la Castellana para ir subiendo hasta la Avenida de América 31, y llegar al octavo piso, apartamento 3, donde vivía Juan Carlos Onetti. Cuantas veces me habían hablado del escritor uruguayo me habían advertido que él solía conversar, escribir y vivir sin moverse de la cama ya que se había refugiado en ella desde hacía años y allí había construido un mundo propio colocándolo todo al alcance de su mano: cuadernos, novelas policiacas, cigarros, mecheros, una campanita para llamar, papelera, pastillas y mil cosas más, y así lo pude comprobar al doblar el pasillo siguiendo a Dolly, su mujer, y llegar hasta la habitación donde un Onetti en pijama y tumbado en la cama, apoyado y casi aplastando completamente su cuerpo y su hombro derecho sobre la almohada, la mano izquierda sosteniendo un cigarrillo, enfundado en una camisa blanca, me miraba en cuanto entré en el cuarto con unos ojos saltones, enormemente agrandados, casi dilatados tras sus gruesas gafas de concha. Tenía yo aquella mañana de 1979 cuarenta y tres años y Onetti setenta y era la mañana, recuerdo, de mi cumpleaños. Y así comenzamos casi directamente, sin apenas muchos preámbulos, una larga conversación entre los dos, una conversación real e imaginaria a la vez, mezclando lecturas y vida. “Mi preocupación – me decía Onetti mirándome fijamente desde la cama – es hacer el futuro, para mí escribir es como un vicio, una manía. Me hace feliz escribir, me siento desdichado cuando no escribo. Si escribir significara para mí un trabajo, no haría ninguna línea, ningún día. Pero de pronto uno necesita escribir. Y yo no me siento escritor. Sí, en todo caso un lector apasionado, capaz de conversar y discutir horas y horas sobre un libro. Pero ajeno. Y cuando uno escribe tampoco se siente un escritor, porque se está trabajando en la inconsciencia y lo único que me importa es escribir. A veces me levanto por la noche y escribo. Sí – agregó -, es verdad que existe la “sequedad” del escritor. En Valle – Inclán, por ejemplo, en “La lámpara maravillosa”, se habla de esa sequedad del escritor. Pero de pronto, todo viene a mí como un torrente. Yo escribo por ataques: a veces me paso meses y meses, y no se me ocurre nada. Pero siempre sé que va a volver. Y sobre todo me interesa el lector desconocido. Pero yo sólo soy un pobrecito hombre llamado Onetti, que escribe”, repetía sin dejar de mirarme fijamente desde la cama, sosteniendo en la mano el cigarrillo. Así estuvimos hablando largamente, de modo especial de sus novelas y de la ciudad de Santa Maria, su lugar inventado. “El médico – abrí el libro suyo que llevaba y le leí una de sus páginas, un ejemplar muy subrayado – vive en Santa María, junto al río. Sólo una vez estuve allí , un día apenas, en verano; pero recuerdo el aire, los árboles frente al hotel, la placidez con que llegaba la balsa por el río. Sé que hay junto a la ciudad una colonia suiza.” Me hizo acercar el libro a la cama. “¿A ver, a ver?, se acercó su propia novela hasta las gafas, observó las notas que yo había colocado en los márgenes, sacó su pluma y escribió en la primera página mi nombre y añadió: “para este lector implacable”. Trazó una línea horizontal y exclamó: “Ahora, querido, vamos a tutearnos”. Y gritó animado cuando entró su mujer: “!Déjanos! ¡¡ La cosa se está poniendo brava!!”. Sí, yo recuerdo todo aquello, toda aquella mañana en Avenida de América 31, recuerdo muy bien que había olvidado una noche o unas noches antes, no lo sé bien, no podría adivinar cuándo ni en qué momento, un libro de Calvino sobre la cama, y en el largo sueño en que se estaba convirtiendo aquella larga sucesión de realidades, me iba alejando ahora cada vez más de la casa de Onetti, también de la casa de Baroja, también de la de mi abuelo, y cruzaba en estos momentos por un Madrid distinto, un Madrid cercano a los descampados, el Madrid de Carabanchel. A mi lado iba caminando aquel día de 1980 con paso vivo, un año después de lo de Onetti, el pintor extremeño Juan Barjola que una vez más insistía en llevarme hasta su taller, en la calle Amalarico, para que lo conociera. Yo le observaba a mi lado, observaba su largo cráneo, su bigote poblado, sus ojos apagados, casi sumisos. De vez en cuando, cruzaban por la acera, chocando casi contra nuestras piernas, olvidados y perdidos, unos perros. “De pequeño, me iba diciendo Barjola al mirarlos, yo dibujaba perros; el perro es un animal maravilloso que sufre mucho en soledad. La mirada de un perro cuando está enfermo, me decía el pintor, es una mirada triste, es una auténtica realidad. Generalmente, de pequeño, a mí lo que más me atraía era dibujar perros tal vez por ser los animales más humanizados”. Después hacía una breve pausa, caminábamos otro poco más, y Barjola proseguía : “Yo al principio viví en la Gran Vía, luego en Lavapiés . Después vine para acá. Pero todo esto está desconocido. Aún no hace mucho era casi una comunidad de chabolas”. Luego, recuerdo, que después de dar muchas vueltas por las calles entramos en aquel estudio suyo de tres metros por dos y medio y de pronto, nada más entrar, descubrí a diez criaturas colgadas en las paredes. Eran más o menos diez cuadros con ojos, bocas y cuerpos distorsionados. Barjola me acercó una silla y me senté en ella, él se sentó a mi lado y enseguida me preguntó si yo estaba cómodo. Luego añadió : “este cuarto es estrecho pero tiene sabor. Aquí trabajo cuatro horas, muy pausadamente. Y el resto voy a recaudar datos para mi pintura, los encuentro por la calle, en el cine, en los libros”. Aquellas diez criaturas seguían mirándonos y yo observaba al padre de las criaturas cómo las contemplaba y también a sus hijos que rodeaban al pintor del paciente mirar y que mostraba tanta mansedumbre. “ A mí, continuaba Barjola sentado a mi lado, me gusta más el fondo que la forma, no creo que un pintor sea profundo por muy bellas que sean sus formas si su arte no tiene un mundo lleno de contenido. Por eso precisamente, por ser profundo el fondo y no la forma, Goya, proseguía diciéndome Barjola, adquiere cada día más vigencia. Si nos fijamos en sus aguafuertes y en sus dibujos, vemos que son concretísimos: en ellos está lo dramático y lo social”. En determinado momento me levanté y quise acercarme más a las pinturas para observarlas mejor. Barjola se levantó también de la silla y se puso a mi espalda. “ Lo difícil del arte, me seguía diciendo el pintor, es definir, y que esa definición atraiga siempre por su expresividad, su mundo dramático”. Me impresionó cómo destacaba allí entre todas las pinturas una “Tauromaquia”, la violencia de unos rojos sangrantes de picador con su cuerpo curvado pinchando a un toro negro. Y las manchas. Las posturas difíciles. Los amarillos, los rojos, los amplios horizontes extremeños, los marrones fríos y calientes de descampados de Madrid. Y sobre todo los perros. Especialmente unos perros descarnados ladrando a la luna. Sí, recuerdo aquella tarde, las dos sillas en el estrecho taller y los perros ladrando más allá de las paredes, ladrando a la luna con sus bocas abiertas, con los dientes blancos y separados, los cuellos estirados, unos perros lastimeros, solitarios, retorcidos…

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”- Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

PAPELERÍA SALAZAR

 


Ahora va a cerrarse la papelería Salazar nacida en 1905. Me veo entrar en abril de 1993 en esta papelería de la calle de Luchana de Madrid para comprar unos cuadernos. Son cuadernos de tapas duras, de muchas páginas, con estas páginas blancas, de pequeños cuadritos, tamaño folio, tomo el metro que me acerca hasta la Biblioteca Nacional y allí, en un pupitre de la Sala General, comienzo el  18 de abril mi novela “Lágrimas negras”. La iré escribiendo en 18 meses y cada día anotaré a lápiz, encima de la línea de la pluma, la fecha de mi trabajo. El cuaderno se extiende como un campo blanco, habitan en él los personajes, mi letra, que entonces era clara y diminuta, trazada con una punta azul, extiende situaciones, humor, conflictos, en general una velocidad de escritura con pocos retoques, casi sin tachaduras, cada mañana sé lo que voy a escribir y el cuaderno lo recibe mansamente.  Acabo el libro el 7 de diciembre de 1994.

Muchos años antes, en los 70, entro en la papelería Salazar a comprar unos cuadernos. Son siempre los mismos, De tapa verde o azul. En el centro, arriba, dentro de un recuadro, aparece dibujada la palabra “Miquelrius”. Ellos no saben que aparecerán en mis Memorias. Yo tampoco. Hemos entablado una estrecha relación familiar y ellos me han presentado a sus hijos. Mientras yo escribo “Contramuerte” a lo largo de  7 años los cuadernos viajan conmigo. Han conocido París, Roma, el mar, los campos, han descansado en armarios y sus hijos, de tamaño más pequeño, me han recibido  siempre en confidencia. En ellos he escrito “Diarios” desde el 94 hasta el 2017, antes de pasarme al ordenador. En esos hijos de los cuadernos grandes guardo  relatos,  notas, descubrimientos.  De repente leo en uno de ellos una frase de Van Gogh a su hermano Teo: “tengo la paciencia de un buey”. Lo creo. Lo he anotado. Lo comparto. En otro pequeño cuaderno encuentro la confesión de Sebald diciendo qué hay que leer y escribir cuando a uno le es imposible leer o escribir. Miles de anotaciones. Decenas de ideas. Cientos de sugerencias.

Luego, cuando pasó por última vez ante la papelería Salazar veo el bosque de donde han salido estos cuadernos. Está el bosque lleno de mi escritura, años enteros de páginas. De  vez en cuando se oyen piar los pájaros.”

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes-1- Brígida Baltar- 2004- artnet/ 2- papelería Salazar)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (38) : BAROJA EN SU CASA

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (38):  BAROJA EN SU CASA

 

 

16 junio

Hoy todo el día en casa. No ha venido a verme la periodista porque me ha pedido dos o tres días para recomponer sus notas y reelaborarlas y en el fondo para tomarse un respiro. Se lo agradezco. Para mí es un descanso.

Y creo recordar que fue hace dos noches, en la noche del viernes pasado, cuando me llevé a la cama “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino porque me quedaba por leer el último texto del libro, el de la ciudad de Berenice, una de las ciudades ocultas de las que habla el escritor italiano, y como su historia, igual que las del resto del volumen, era muy corta en extensión, y cuenta que Berenice es una sucesión en el tiempo de ciudades diferentes, pienso que quizá por ello, por su brevedad y por su poderosa fantasía, pero sobre todo por mi cansancio acumulado durante el último día de la semana, por todo ese conjunto, poco a poco me fui quedando dormido. Creo también que el libro debió de quedar abandonado encima de la colcha sin yo siquiera darme cuenta, acaso debió de resbalarse de entre mis manos y seguramente permanecería allí abierto toda la noche, no lo sé, porque lo último que recuerdo es haberme quitado las gafas y ya no recuerdo nada más. Ni siquiera tengo conciencia de si apagué o no apagué la luz. Había sido para mí toda aquella semana una sucesión de gratas lecturas nocturnas tras las largas y a veces agotadoras conversaciones con la periodista, y para distraerme y alejarme de tantos temas comentados, me había propuesto sumergirme durante dos noches en los “Diarios de las estrellas” de Stanislaw Lem y ahora lo completaba con el libro de Calvino. Lo cierto es que quizá por la evocación de los espacios de Lem o por las imágenes de las ciudades de Calvino, apenas me di cuenta de que sin querer estaba separándome lentamente de la cama y del cuarto, como desprendiéndome de las sábanas y de la colcha e incluso del dormitorio, poniendo de repente los pies en el suelo en un movimiento casi mecánico, como si estuviera ya sonámbulo sin estarlo, cruzando despacio por delante de la estantería de libros que hay frente a mi cama y, tras salir luego al pasillo, pasar después ante mi despacho de trabajo, ir avanzando hasta el comedor y abrir luego el ventanal de la terraza, dejar mi casa de Jerónimo de la Quintana, las calles adyacentes, el barrio, e ir alejándome de Madrid y proseguir avanzando al encuentro de aquello que hasta entonces sólo era para mí un destino incierto. Recuerdo también que conforme iba caminando hacia no sé qué punto indefinible pensé nuevamente en Calvino y en el libro que acababa de dejar abandonado sobre la cama y me vinieron a la memoria unos párrafos llenos de interés del escritor italiano. Pertenecían a una conferencia suya pronunciada en la universidad de Columbia en 1983 en la que Calvino había querido explicar el proceso de creación de sus “Ciudades invisibles”. Allí confesó cómo trabajaba y cómo abría numerosas carpetas llenas de proyectos: por ejemplo, una carpeta destinada a los objetos, otra preparada para los animales, otra para las personas, una cuarta para las cuatro estaciones, otra para los cinco sentidos, y aún había otras dos más si no me equivoco, una consagrada a las ciudades y a los paisajes de su vida y otra en fin a las ciudades imaginarias situadas fuera del espacio y del tiempo. Siempre había seguido yo con interés y curiosidad los procesos creativos de los escritores y los artistas porque me parecían misteriosos y también aleccionadores, y así se lo había confirmado a la periodista, pero en el caso de Calvino todo aquel laberinto de sus dudas personales aún me atraía más. Italo Calvino confesaba que no sabía qué hacer con tantas ciudades mezcladas y que tardó tiempo en decidirse por eliminar las ciudades tristes y las ciudades basura para elegir al fin escribir sobre las ciudades invisibles. Guardando todas las distancias, eso era más o menos lo que me estaba pasando a mí. Yo no tenía carpetas abiertas pero sí en cambio muchas dudas abiertas en cuanto adónde dirigirme ahora con mis “Cuadernos Miquelrius” y acaso por ello continuaba caminando a buen ritmo como a veces se camina en sueños aunque uno nunca tenga constancia de que está soñando, y así apenas me di cuenta de que en absoluto me había alejado de Madrid como creía en un principio sino que por el contrario había dado una vuelta completa casi en redondo a mi barrio de Chamberí, y cruzando la glorieta de Olavide a la que tengo tanto cariño y de la que me llegan tantos recuerdos, había subido por la calle de Raimundo Lulio hacia arriba, hacia Santa Engracia, donde habían vivido en tiempos mis abuelos maternos, para alcanzar al fin el número 20 de Raimundo Lulio, empujar la hoja entreabierta del portal y ascender despacio por la vieja y empinada escalera de madera que ahora resonaba bajo mis pasos y llegar así hasta el piso segundo. Al entrar, toda la casa aparecía igual que en épocas anteriores. Aparentemente permanecía vacía, sin llegar hasta mí las voces de mi abuela Lola yendo y viniendo de la cocina al comedor. Digo aparentemente porque esa fue mi primera impresión al entrar en el vestíbulo pero cuando avancé algo más por el estrecho pasillo girando hacia la izquierda, camino del pequeño cuarto de estar situado al fondo, distinguí a mitad de pasillo, perfectamente iluminado tras las cortinillas verdes que me eran muy conocidas, el despacho de mi abuelo el escritor e imaginé enseguida que él estaría trabajando. Efectivamente era así y en ningún momento creí que aquello podía seguir siendo un sueño porque la realidad siempre cubre todos los sueños y la realidad allí no era otra que la de mi abuelo sentado en el sillón de su despacho leyendo un libro que iba anotando con un lápiz en la mano. Me vio entrar, me incliné a saludarle como siempre dándole un beso y me senté frente a él en la única silla situada frente a su sillón. Estaba leyendo mi abuelo en ese momento a Pio Baroja en sus “Canciones del suburbio” en una edición de Biblioteca Nueva de tapas de tela entre rojas y granates y con letras blancas en la portada y vi que con el lápiz iba trazando, como hacía siempre, unas pequeñas curvas y rectas, apenas insignificantes y sobre todo enigmáticas, en los márgenes de las páginas, unas señales que sólo él conocía y sobre las que nunca me había atrevido a preguntar. Pero sin embargo, no sé por qué, quizás porque me pudo más que nunca la curiosidad, esta vez sí quise preguntárselo. Mi abuelo abrió más las páginas del libro, me las acercó muy amablemente, y me confió lo que nunca me había dicho: que aquellas marcas correspondían a pasajes que le sorprendían, unos porque sobresalían por su calidad y otros porque, según él, no la alcanzaban. Las señales curvas, me comentó, son para mí los aciertos, siempre según mi criterio, añadió, porque puedo estar equivocado, y las rectas aquello que no acaba de gustarme. Me comentó que ese era el único libro de poesía que Baroja había escrito y eso le tenía muy intrigado. Estuvimos hablando largo tiempo. Comprobé que aquel despacho seguía estando igual que hacía años: era una habitación interior, con una pequeña ventana que daba a un patio, unos muebles de tonos oscuros y un escritorio escoltado por una lamparita de pantalla verde, un color idéntico al de las cortinas de los cristales de la entrada, un despacho reducido pero muy acogedor. Nunca había querido curiosear en ese despacho por respeto a su intimidad pero ahora, al ser otros tiempos, me levanté de la silla y me fui fijando despacio en las pequeñas estanterías que lo decoraban, unas estanterías repletas de libros de todos los tamaños cuidadosamente colocados y que aparecían alternados con cartas manuscritas apoyadas en los lomos de los libros y también con postales antiguas, algunas de ellas representando vistas de Madrid, Buenos Aires o Puerto Rico, y allí de pie, al ir dando la vuelta a alguna de aquellas postales y al observar al dorso los escritos, descubrí con gran curiosidad los trazos de letras breves y afectuosas, unas de rasgos enérgicos y otras desvaídos, firmadas unas por Ramón Gómez de la Serna, otras por Antonio Machado y otras por Juan Ramón. Era el mundo que mi abuelo había compartido durante años con sus amigos, y un mundo al que yo había llegado a través de lecturas. En determinado momento mi abuelo me pidió que me sentase otra vez en la silla y en un gesto para mí sorprendente, único, que creo nunca olvidaré, y teniendo aún en las manos el libro que leía, me preguntó de improviso, con una sonrisa: “¿Querrías conocer a Baroja?”. Recuerdo perfectamente mi absoluto asombro y recuerdo también cómo no lo dudé ni un momento: dije instantáneamente que sí. Después, no sé exactamente en qué fecha, no sé si ocurrió en esa misma semana o al cabo de quince días, pero indudablemente muy pronto, atravesé Madrid camino de la calle Ruiz de Alarcón donde Baroja vivía, una casa muy cercana al Retiro, y creo que en ese caminar y mientras recorría el trayecto empecé a olvidar casi por completo que había quedado abandonado sobre la colcha de mi cama aquel libro de Calvino y también que mis gafas se habían perdido sobre las sábanas, y tampoco supe y ni siquiera me paré a pensarlo, si aquello que estaba viviendo era una mera prolongación de un sueño o en cambio era auténtica realidad. Lo cierto es que cuando llegué a la casa de Ruiz de Alarcón número 12 y me abrió la puerta, y luego me acompañó por las distintas habitaciones, Julio Caro Baroja, el antropólogo y sobrino del escritor, me adentré en un mundo impensable que jamás hubiera imaginado. Reviviéndolo tiempo después me di cuenta de que en ese momento Julio Caro tenía 41 años y que el personaje que me esperaba sentado al fondo del pasillo, en un amplio estudio y con los brazos apoyados sobre una gran mesa antigua de trabajo, envuelto en una bata a cuadros y con la boina puesta – y a quien mi abuelo ya había avisado – era el propio Pio Baroja con sus 82 años cumplidos. Recuerdo que había un pequeño calendario de mesa muy cerca de él, entre cajas con plumas y lápices, y aquel calendario señalaba que estábamos en 1955. Yo tenía entonces, aquel día, mientras avanzaba a saludar al célebre escritor, 19 años, y al sentarme frente a él vinieron sobre mí las imágenes de Baroja paseando entre las nieblas del invierno y los árboles del cercano parque del Retiro, una imagen que yo había contemplado en muchas ocasiones. Como también vinieron, arrastradas por la ronca voz de Baroja, una voz que recortaba los finales de las frases, sus palabras sobre el elogio sentimental del acordeón que yo había escuchado alguna vez :“¿No habéis visto – había escrito Baroja hacía tiempo -, algún domingo al caer de la tarde, en cualquier puertecillo abandonado del Cantábrico, sobre la cubierta de un negro quechemarín o en la borda de un patache, tres o cuatro hombres de boina que escuchan inmóviles las notas que un grumete arranca de un viejo acordeón? Yo no sé por qué, pero esas melodías sentimentales, repetidas hasta el infinito, al anochecer, en el mar, ante el horizonte sin límites, producen una tristeza solemne”. Y ahora, tras todas esas imágenes y palabras, estaba yo allí, sentado ante el autor de “La lucha por la vida”, estábamos los dos solos porque Julio Caro se había retirado y yo me presentaba como el nieto del escritor que le había mandado unas líneas y al que en tiempos Baroja había enviado dedicado su único libro de poesía. Baroja recordaba a mi abuelo pero no recordaba el libro en absoluto. Después de un largo silencio, mirándome casi inmutable tras su mesa, sin apenas mover su cara bajo la boina y sin duda asombrado por lo que acababa de oír en mi breve presentación, levantando un poco las cejas, pronunció muy despacio y en un tono amable pero también algo incrédulo estas palabras: “¡ Ah!, ¿ pero yo he escrito poesía?”. Tenía las manos cruzadas y asomadas bajo las mangas de su bata a cuadros pero de pronto aquellas manos empezaron lentamente a moverse sobre la mesa, las duras venas bajo la piel resaltaron más en el momento de llegar hasta la superficie de un timbre colocado en una esquina y más aún en el instante de oprimirlo. Pocos segundos después apareció en la puerta Julio Caro y Pío Baroja, mirando a su sobrino que seguía en el umbral, le dijo: “Este chico me está diciendo que yo he escrito poesía. No lo recuerdo. Mira a ver si encuentras por ahí ese libro del que habla, “Canciones del suburbio”, creo que se llama”. A los pocos minutos volvió Julio Caro con el libro en la mano y Baroja, con gran curiosidad y no sin asombro, estuvo repasando, aunque muy por encima, sus páginas. Vio que el prólogo era de Azorín y yo creo que aquello le mantuvo más complacido y confortado. Después, hojeando el volumen, pasó sobre los títulos de algunas de sus partes, “Juventud”, “Recuerdos de vagabundo”, “Impresiones de París”, “Melancolías grotescas”, y luego dejó el libro sobre la mesa. Por avanzar algo en mi diálogo, le fui contando a Baroja cosas de la Universidad e incluso me arriesgue a invitarle, en un gesto propio de mi juventud y aún sabiendo que era pedir algo imposible, a que pasara un día por allí y nos hablara a los estudiantes. Yo cursaba entonces tercero de carrera, había leído muchas de sus novelas, y miraba lleno de asombro y admiración a aquella figura sentada, con sus ojos bajo la boina que seguían observándome.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius”— Memorias

(Continuará)

TODOS   LOS  DERECHOS  RESERVADOS

GALDÓS , CIEGO

La aparición de una nueva biografía del  gran novelista y a la vez  la celebración del Año de Galdós nos lleva hasta sus años postreros, cuando vivía en su casa de la calle Alberto Aguilera y estaba ya invadido por la ceguera. Desde 1910, en que escribió, por última vez con su propia mano el Episodio de “España trágica”, el novelista dictaba todas sus obras a su secretario Pablo Nougués. El doctor Marañón había descubierto la ceguera de Galdós y el escritor acude al Doctor D. Manuel Márquez. El 25 de mayo de 1911 extirpan a Galdós la catarata del ojo izquierdo y como tantos otros escritores del mundo traspasa todas sus vivencias — en este caso la ceguera – a un personaje, Tito Liviano, que aparece en el Episodio “Cánovas” y que reflejará de modo autobiográfico y con minuciosos detalles las vivencias del novelista.

” Después de Semana Santa — dice Tito Liviano — empecé a notar que mi vista se nublaba; sentía como arenilla en los ojos… Al propio tiempo crecía la fotofobia, y no aún amparando mis ojos con gafas negras érame posible resistir la viveza de la luz en plena calle. Fue menester reducir los paseos a la hora crepuscular, motivo mayor de tristeza y abatimiento. Siguieron a esto dolores en las sienes, vascularización en la córnea, y que perdía su brillo, tomando, según me dijeron, un aspecto mate, sanguíneo.

Recluso en mi habitación, sumido en intensa oscuridad, yo no distinguía los días de las noches, ni un día de otro, ni apreciaba el principio y el fin de cada semana. Era para mí el tiempo un concepto indiviso, una extensión sin grados ni dobleces. Las únicas interrupciones de la continuidad  eran los momentos en que me hacían la cura de los ojos el doctor o su ayudante…Mi ceguera llegó a ser absoluta; mis ojos inflamados me daban la sensación de dos ascuas mal contenidas dentro de las órbitas…”

El escultor Victorio Macho , que realizó la estatua del novelista, ha evocado en sus Memorias ambientes y amistades de Galdós cuando ya era anciano:  “ Me recibía sentado en un butacón y con las flacas piernas cubiertas con una manta y fumando siempre. Solían acudir algunas tardes Margarita Xirgu, los hermanos Quintero, Pérez de Ayala, Ramírez Ángel, y la voz de Margarita conmovía a Galdós (…) Para la estatua del Retiro — escribe el escultor— me puse a trabajar en un pequeño taller junto a mi estudio de las Vistillas, y al no tener espacio para mi obra hube de tirar un tabique para poder girar la estatua, y en vista  de que tampoco aquello me  daba  espacio suficiente para contemplarla, alquilé una carreta  con cuatro bueyes, donde se montó la figura de Galdós en barro y allá fue removiéndose y deformándose en el camino hacia la carretera de Extremadura hasta una amplia nave que había alquilado.

Concerté con don Benito que él iría a mi taller en su coche llevado por su criado, sin que nadie supiera el motivo. Así fue. Llegaba el gran hombre, casi ciego, y entre Paco y yo le subíamos a unas gradas con un sillón sujeto a ellas , donde se sentaba en postura semejante al boceto de la estatuilla que le había hecho.  Posó varias mañanas  y estudié más aún sus largas y huesudas manos de escritor y la forma del rostro y la cabeza.

Cuando en 1918 terminé en el Retiro su estatua en piedra, don Benito deseó “verla” — como él decía —, aunque ya casi estaba ciego; entonces le aproximé a la mole pétrea, a la que tocó con sus manos y me dijo: “Magnífica, amigo Macho. Y ¡cómo se parece a mi!” Después se sentó sobre las gradas del pedestal y alguien nos hizo una fotografía, que aún conservo con orgullo.”

 

 

(Imágenes- 1- estatua de Galdós – jardines del Buen Retiró/ 2- Galdós jóven  – periosya dihiyal)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (37) : PACIENCIA E IMPACIENCIAS

 

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS : (37) :  Paciencia e impaciencias

 

— Perdone que le interrumpa ahora con una pregunta muy distinta de todo lo que hemos hablado estos días, una pregunta  quizás algo más personal.—me dice hoy la periodista —‘¿Se arrepiente usted de algo como escritor?

– Sí, muchas veces de mi impaciencia.

– ¿Y de lo que está más orgulloso?

– Pues de lo contrario, de la paciencia. Parecerían dos cosas opuestas pero no ha sido así. Han convivido juntas. A veces me he precipitado con impaciencia al intentar publicar algo cuanto antes, he hecho gestiones demasiado precipitadas, me he movido innecesaria y torpemente. Eso no lo volvería a hacer. Y a la vez creo que he tenido una gran paciencia en el acto de escribir. Por ejemplo, he tardado en escribir un libro siete años, los que el libro necesitaba, trabajando diariamente. Una célebre novelista para mí muy admirable como es Virginia Woolf decía que lo importante es escribir, no publicar. Emily Dikinson creía que publicar no es parte esencial del destino de un escritor. Y Rulfo opinaba lo mismo. Todo eso es verdad. En general he sido muy paciente escribiendo, que es lo que importa. Amo la paciencia. Construir las frases, encontrarme con las palabras, dejar que nazcan las situaciones. Como ante los ejercicios que la mano hace practicando sobre el piano, como ante los movimientos de los dedos en las teclas como mero aprendizaje, tras años de escribir, las palabras fluyen. No hay que forzarlas. Vienen hasta la punta de la pluma, la pluma las va llevando sobre la página, unas palabras llaman a las otras, podría oírse el ruido de las palabras en la mente cuando bajan desde la cabeza hasta la mano, cómo bajan silenciosas, igual que un rumor; lo que uno ha leído o ha escrito antes, todo ese caudal del lenguaje que uno ha aprendido en lecturas y en releecturas, va cayendo suavemente sobre el estilo, forma el estilo, uno apenas hace nada, recibe el caudal de manera mansa. Y si uno se tropieza con una piedra inesperada, pienso que no debe corregir de inmediato, hay que dejar que siga cayendo la lluvia de las palabras, a veces la página no se llena, ni siquiera se llena una línea. Entonces hay que esperar, pluma en mano, andando, paseando, sentándose de nuevo ante el papel. Alejándose, como hacen los pintores para tomar perspectiva, y volviendo después al trabajo. Y luego tenemos la transformación de la realidad. La realidad de pronto se hace literatura, se hace personaje. Recuerdo en México, en el sur de México, impartiendo muy de mañana una clase de creación literaria, cuando encima de mi mesa situada al aire libre en el rincón de un bosque maravilloso, por una de las gruesas ramas del árbol que me cubría, comenzó a caminar lentamente un mapache. Entonces, todos los alumnos que me escuchaban en semicírculo levantaron la cabeza y al contemplarlo, me gritaron señalando al animal: “¡Mire, profesor, un cuento, un cuento!”. Nadie pronunció la palabra mapache. El cuento caminaba lentamente sobre la rama, con sus lentas patas, ajeno a nosotros. La realidad se había hecho literatura. Nadie veía al animal, todos estaban viendo caminar una historia.

 

Se va hoy más pronto que otros días la periodista.

Aprovecho para concluir este cuento que empecé la semana pasada:

BIBLIOTECARIO

“Me dice usted, doctor, que le escriba cada quince días contándole mi estado de ánimo. Lo hago hoy ante esta estrecha ventana que da al campo, contemplando siempre la soledad que me rodea, contemplando el áspero horizonte apenas iluminado por lo verde, tono ocre carente de humedad y de belleza. Usted, en una de las últimas visitas que le hice, recuerdo que me dijo que describía muy bien; pero hoy no estoy, doctor, para muchas descripciones: he vuelto a sumergirme en mi sueño. Desde hace tiempo bien sabe usted, y así se lo he dicho, que quiero ser bibliotecario. No bibliotecario de este pequeño pueblo donde vivo: sueño con lo mismo que le dije un día: quiero ser Primer Bibliotecario de la Biblioteca Nacional de mi país. Me veo, tal como le conté, en el centro de un gran hemiciclo; he visto ese hemiciclo, doctor, cuando visité la capital, y no lo olvidaré mientras viva. Quizás en mi imaginación lo idealice, pero los pocos minutos que allí estuve me llevan hasta ese verde silencio de las alfombras y los lomos bruñidos, gigantescas figuras de sabios esculpidos en piedra, y así me veo caminar sobre moquetas rondando los pupitres, admirado del mutismo sellado, de tanta ciencia concertada bajo la bóveda. No olvido aquella bóveda, doctor. Por las noches, en este pequeño cuarto en que habito, sobre todo en las noches de verano, estiro mi cuello fuera de la ventana y me asomo al resplandor celeste. Dejo mi libro sobre la mesa, levanto mis ojos a las estrellas, y pienso qué luz contemplará mi libro, el único que tengo, el que mes a mes suelen prestarme en la diminuta biblioteca de este pueblo, esa sala estrecha, vacía y polvorienta.

No crea que estoy triste, doctor, me bastan estas páginas. Yo sé perfectamente que debo estar aquí y esperar; la vida vendrá a sacarme un día de este cuarto, viajaré, estudiaré, me sentaré un día en el gran hemiciclo silencioso de fichas y volúmenes y oiré las horas que va dando el reloj sobre los libros y cómo pasan suavemente sus hojas. Sueño con esa enorme Biblioteca infinita y miro el campo y él entra en mi mirada. Dice mi madre que la vida es la que más nos enseña, no los libros; repite siempre que son los libros los que copian a la vida. Usted, doctor, ya sabe lo que pienso. Muchas veces se lo he dicho por escrito. Pero miro la vida y acaso no he vivido aún lo suficiente; acaso mi padre, por sus economías, no ha podido sacarme de este cuarto

Aquí he visto, doctor, anochecer y amanecer: no sé describir el mugido de las vacas ni distingo el color ni los olores. Voy hasta el río y me falta el libro, único libro mío, me falta el aire. Veo al agua correr y quebrarse, y sé bien que el agua no se quiebra. Sueño entonces lo que será mi porvenir. Me veo mayor, el pelo cano, ya con gafas; me veo presidiendo esa gran sala oscura y con las grandes pupilas dilatadas atender al silencioso cliente, al misterioso lector que llega tímido en busca de la Ciencia. Me veo paciente, con el rostro inclinado leo su ficha, admiro su mirada: él sería yo, de joven, si aquí no estuviera. Le atenderé con ese fervor súbito que me empuja al volumen, a la página, a la letra. Y ahora cerraré este pequeño libro azul y blanco, doctor, y este cuaderno en que siempre le envío mis impresiones. Luego bajaré la escalera de mi cuarto, la escalera tan tosca y tan sencilla, y me encontraré con usted. Usted, padre, cenará con mi madre, y yo cenaré junto a ustedes. Estará el pueblo dormido, manso y apacible. Yo dejaré en una esquina del banco este cuaderno y cenaré en silencio. Pero usted sabe bien, siendo doctor del pueblo y siendo mi padre, cuáles son mis profundos sentimientos, qué es lo que deseo, a qué aspiro, cómo, aun queriéndoles tanto a los dos, deseo salir de aquí. No, no se enfade usted, padre, no quiero ser médico sino Bibliotecario, leer libros infinitos , mostrar páginas, leerle también a usted cuando sea viejo, cuando ya usted no pueda.

Bajaré, padre, como todas las noches. Cenaré en silencio, no se enfade.”

José Julio Perlado – “Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

PASILLO

 


“Somos dos

En la misma línea donde todo se alinea

En los meandros de la noche

Hay una palabra en medio

Dos bocas que no se ven

Un ruido de pasos

Un cuerpo ligero se desliza hacia el otro

La puerta tiembla

Pasa una mano

Uno quisiera abrir

El rayo claro erguido

Allí frente a mí

Y lo que nos separa es el fuego

En la sombra donde tu perfil se pierde

Un minuto sin respirar

Al pasar tu aliento me ha quemado.”

Pierre Reverdy—“Pasillo”

(Imagen -Julián Opie)

RETRATO DE RAYMOND CARVER

 


“En 1977 Raymond Carver — describe Richard Ford en “Flores en las grietas” —, era alto, flaco, huesudo, vacilante y hablaba poco y en un susurro entrecortado. Parecía simpático, aunque un poco asustadizo, pero no de una manera que asustaba a su vez al interlocutor, sino más bien como sugiriendo que acababa de estar contra las cuerdas y que por nada del mundo quería volver a encontrarse en esa situación. Sus dientes necesitaban la atención de un dentista. El pelo era tupido y enmarañado. Tenía manos rudas, patillas largas y espesas, llevaba gafas con montura de concha negra, pantalones de color mostaza, una fea camisa de rayas marrón y morado de la planta de oportunidades de Penneys y zapatos de un gusto afín a los de la marca Hush Puppies. Era como si hubiera bajado de un autobús de la Greyhound de 1964 y viniera de algún sitio en donde hubiese estado realizando sobre todo labores de conserjería. Y era absolutamente irresistible.

 

En 1977 Ray Carver estaba hambriento, y no de una comida decente. También se podría decir que parecía angustiado. La adversidad lo acechaba y él trataba de estar alerta. Reía abruptamente y luego volvía a su estado de reserva seria pero insegura. Movía los ojos con inquietud. Tenía los hombros anchos y ligeramente encorvados. Parecía querer acercarse a su interlocutor, estar de acuerdo con él sobre algo importante que ambos sabían, sobre literatura a ser posible —admiración por el libro o el poema de alguien —, pero no colmar la distancia por completo. “Sí, oh, sí, claro. ¡Dios sabe que no puedo estar más de acuerdo!” Su voz era áspera, profunda. Sus ojos parecían evadirse pero volvían al interlocutor, como si estudiaran algo, la opinión que éste tenía de él. Parecía vulnerable, en fin. Y todo — la ropa, las manos, el pelo ( si uno apoyaba las manos sobre sus hombros, cosa que por entonces todos solíamos hacer, y se le acercaba )—, “todo”, olía a tabaco. Pero nada olía a alcohol. El alcohol había quedado atrás.”

 

(Imágenes—1-Carver-writinguniversity/ 2 -Foto Marion Ettingler- corbis – guardián – Carver y Tess Gallagher – 1984/3- Carver- Bob Adelman)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (36): LA PALABRA Y LA IMAGEN

 

 

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS:    (36) : La palabra y la imagen

 

13 junio

– El otro día – me reanuda hoy el diálogo la periodista entrando en el despacho – hablábamos de las declaraciones suyas en la universidad de Montevideo sobre la belleza. Pero hoy me gustaría que me ampliara un poco otro tema muy querido para usted, algo que escribió extensamente en “El ojo y la palabra”: la relación entre el artista y la imagen. Como usted ha recordado muchas veces, estamos en el universo de la imagen, pero también ha insistido en que la palabra sigue siendo esencial.

-Sí, naturalmente. En “El ojo y la palabra”, el libro que acaba usted de citar, comentaba yo, por ejemplo, que Van Gogh no había creado el azul, tampoco Picasso, tampoco Miró. Son todos “subcreadores“-en frase de Tolkien – y lo que descubren son las formas o los reflejos de la gran Creación en donde sí está ya creado el Azul desde el principio de los tiempos Todo esto significa, al menos para mí, que el artista sí tiene la última palabra en muchos sentidos: está dotado gratuitamente de una capacidad de observación, de contemplación y de arrebato ante la Belleza que seguramente otros muchos no poseen y que, sin embargo, sí estarán dotados para muchas otras cosas. El artista, pues, se siente impelido a recoger esa Belleza que descubre y contempla y a transmitirla a su modo y manera, con sus técnicas propias. En ese aspecto sí tiene la última palabra, porque, aunque él no lo quiera, en cierta medida se siente obligado interiormente a reflejar esa belleza. Aunque no quiera, nota que no tiene más remedio que hacerlo. Se diría que no sirve para otra cosa. En ese caso, no sería fiel a su vocación de artista si no lo cumpliera.

 

Por tanto el artista, y así lo indicaba también en aquella entrevista de Montevideo, sí tiene la última palabra en esta cultura de la imagen. ¿Quién, si no, la va a tener? Él es responsable de saber contemplar la Imagen con mayúscula ( o las imágenes que transmite el mundo), y él es el responsable también de transmitir la imagen o imágenes a los demás. De lo deseable de la Belleza que contemplamos nace el deseo del artista por copiarlo, interpretarlo, entregarlo y, por parte de quienes no son específicamente artistas, el deseo, podríamos decir, de apropiárselo, el deseo de convivir con ello largo tiempo, el tiempo mayor posible. Aunque a nuestro rápido entender no nos quepa en principio en la cabeza que no nos pueda cansar una puesta de sol, la verdad es que la belleza de una puesta de sol con sus infinitos matices contemplados podría llegar a no cansarnos nunca. Siempre que mantuviéramos viva la capacidad de asombro, que es lo que recordábamos el otro día. Esto no llegamos a admitirlo porque este mundo nos obliga al sentido de la utilidad, de la concreción por la utilidad inmediata, y entonces nos preguntaríamos, ¿para qué me es útil una puesta de sol? Y el siguiente paso sería decir entonces, ¿para qué me es útil la belleza?

Titulé mi libro “El ojo y la palabra” entre otras cosas porque creo que el ojo es lo último que queda del ser humano, el color de la pupila, el ojo entreabierto antes de partir, especialmente ese color, como digo, que encierra cada ojo. Se empobrecen los miembros, los músculos, los movimientos, también las palabras, al fin esas palabras van quedando en monosílabos e incluso reemplazadas por gestos. En el caso del ojo, cuando uno está a punto de abandonar la vida, y mucho antes también, en los meses o semanas anteriores, el ojo va quedándose quizá estático, perdido, sin fuerza ni fijeza, pero, aunque palidezca algo, nunca abandonará su primitivo color. Pueden estar satisfechos los ( o las) que tengan un color de pupilas bonito, porque ese azul o ese color – el que sea- será lo último que se cierre. Además, cuando se emplea la expresión ante el momento de la muerte, “Vamos a cerrarle los ojos“, se dice así, y no “vamos a cerrarle las palabras“, porque las palabras seguramente enmudecieron ya mucho antes.

Por otro lado, la palabra y el ojo van siempre de la mano. A través del ojo vemos el ejemplo que se nos da, y lo que al fin le queda a un ser humano cuando permanece ya solo en la vida, con sus padres ya fallecidos, es el ejemplo de ellos, lo que VIO en la familia y en la vida, no tanto lo que le dijeron. Pocas personas guardan palabras numerosas y aleccionadoras de sus padres y educadores, pero en cambio sí ha quedado en su retina aquello que vio con sus propios ojos, actitudes y ejemplos, buenos y malos, que indicaban coherencia o no coherencia respecto a las palabras que se pronunciaban a lo largo de su educación. Por tanto, el ojo que nos ve en los hijos o en los alumnos recoge más lecciones aún que las palabras. Ese ojo además es el que paseamos a través de la vida en general: en viajes, en acontecimientos, en un fluir incesante de palabras cotidianas, etc. Pienso a veces, y así lo dije en esa entrevista de Montevideo, que las palabras se desgastan porque se usan mal y se abusa de sus contenidos, y el ejemplo de la política y los políticos en general en el mundo – con ese desfile de sucesos, líderes, elecciones y promesas – hacen que uno devalúe la palabra escuchada. El ojo también juzga todo eso, pero, como siempre, es el ejemplo el que va viendo el ser humano, y aunque le llegue también el escepticismo ante lo que ve, es distinto al escepticismo o a la incredulidad ante tantas promesas de palabras.

 

Hay que recordar también que en las familias, todas las casas están llenas de palabras desde el inicio del día a la noche, las madres especialmente se vuelcan en palabras hacia sus hijos y su formación, sencillamente porque, en principio, están más tiempo con ellos que sus padres. Pero creo que ese fluir de palabras tan necesario, incluso un hijo lo puede esquivar, harto ,en determinadas edades, de escuchar lo mismo: lo que es mucho más difícil que esquive es el ejemplo, a veces sin palabras: un ejemplo coherente y firme, en el que se pueden mirar los hijos como en un espejo. Después, naturalmente, ejerciendo su libertad, harán lo que quieran. Pero insisto en esta pequeña valoración porque creo que el mundo actual está sobrecargado o saturado de palabras, – además de las imágenes – y, como he dicho antes, hay un empobrecimiento de las palabras, muchas palabras se manipulan como mentiras, y el excelso valor de la palabra – hasta cuando uno “da su palabra” a otro – se ha vaciado muchas veces de contenido.

 

-Hablaba usted en esa entrevista del “centro” y de los “vaivenes” de la vida…

– Sí, cuando se contempla la historia actual, por ejemplo con sus complejos temas económicos y financieros a nivel mundial, hay que pensar, al menos así lo pienso yo, que son “vaivenes” – a veces esenciales y muy importantes y de grandes repercusiones -, pero que no pueden ocultar de ningún modo el centro ni la profundidad de las cosas, las esencias. Si se pierde el centro, los vaivenes son los que reinan y hay que preguntarse si el mundo, desde hace años, no va detrás de los impulsos de esos vaivenes, arrastrado por las modas y los modos que ellos comportan, viajando a merced de las corrientes imperantes y haciendo que esas modas y esas corrientes sustituyan a lo capital, es decir, haciéndolo capital.

El centro es el centro, y si uno no tiene personalmente un centro vital sobre el que haga girar su vida tendrá que buscarlo y agarrarse a él. Por ejemplo, ¿ es que quizá el “centro” de una vida intelectual puede ser, simplemente,, el “postmodernismo“? Eso causaría risa. No habría más que ver, en ese caso concreto, el resumen de los “ismos” que hacen Guillermo de Torre o Juan Eduardo Cirlot para saber que todos esos “ismos” pasan y que con ellos se escapan épocas y actitudes que son sustituidas inmediatamente por otras. Todo eso son los “vaivenes“, muchas veces deslumbrantes, que, naturalmente deben ser motivo de estudio y de trabajo, pero que no pueden constituirse como “el centro” o el eje de una vida.

La palabra, pues, es la palabra y la Palabra con mayúscula es la que ha engendrado a las otras palabras. “En el principio fue la Palabra“, dice San Juan. No dice “En el principio fue la imagen”, aunque ahora, en nuestra época, la imagen parece que lo ocupara todo. La palabra en ningún caso puede ser apartada ni olvidada. Lo más que puede hacer es completar a la imagen, explicarla. Pero hay que pensar que quienes han escrito sobre “la lectura de imágenes” , por ejemplo, “Cómo se lee una obra de arte“, de Omar Calabrese, o “Leer imágenes” de Alberto Manguel, no tienen más remedio que emplear palabras para glosar tales imágenes, y no pueden glosarlas con otras imágenes. Por tanto, para crear una historia en Imágenes hay que, después de “verla”, edificarla y construirla mentalmente con palabras, que son las que harán en su momento el guión, y luego, para glosar y comentar esas imágenes, también habrá necesidad de emplear palabras. Es decir, siempre – y felizmente – estará la palabra del hombre.

-Esto, de algún modo, está relacionado con lo que cuenta usted en “El ojo y la palabra” al describir los atentados de las Torres Gemelas…

-Sí, me impresionó mucho aquella imagen de 2001. Recuerdo que el 11 de septiembre de 2001, en el momento de los tremendos atentados de Nueva York, estaba siguiendo en casa, como suelo hacer a esa hora, el telediario del mediodía. No se interrumpió ante la catástrofe. Más aún, como era su obligación informativa, lo retransmitió en directo. Vi al detalle todo cuanto ocurría. Meses después escribí sobre aquello: “se estrella el segundo avión secuestrado por terroristas contra la segunda de las dos Torres Gemelas de Manhattan. La imagen del impacto es vista en directo por el mundo entero. El ojo humano queda hipnotizado por la incredulidad y el horror y la palabra no sale de los labios, sólo aparece el gesto. El ojo humano queda imantado en la pantalla y la pupila recorre esa humareda blanca y esa bolsa de sangre incendiada que envuelve a los rascacielos. Minutos después aparecen pañuelos de vida en las ventanas despidiéndose o pidiendo auxilio a la existencia. Otras existencias caen ovillándose para siempre, rodando por el aire de la niñez al suelo, despavoridas, seguidas por el ojo humano que no las puede ayudar. El ojo de la cámara, el ojo del televisor sigue teniendo en su pupila una nube roja y blanca, una mancha o penacho en llamas que le impide ver con serenidad. Las dos Torres están llenas de vidas, es decir, de proyectos, de amores, vacaciones, fiestas, paisajes, niños en las casas, colegios, deudas, créditos, preocupaciones, lágrimas y carcajadas. Pocos minutos después, al caer derrumbadas todas esas vidas, el polvo se hunde haciéndose arena y esa arena expulsa una bocanada de pavor entre las calles, aliento caótico en Manhattan que apenas se huele y que sólo el ojo contempla mientras corre hacia atrás, intentando no ser alcanzado por el televisor. Es el triunfo del ojo sobre la palabra porque la palabra aún no se pronuncia, no ha tenido tiempo de pronunciarse. Sólo el grito y el gesto dominan entre exclamaciones y los diálogos apenas se inician , mucho menos las palabras impresas. Pero las palabras impresas – primeras ediciones de periódicos – pronto aparecerán. Más tarde vendrán primeras ediciones de libros, segundas ediciones, volúmenes, palabras, palabras analizadas, palabras investigadas, encuadernadas, palabras doradas por el estilo, traducidas, bruñidas, repujadas, colocadas en estanterías, situadas en bibliotecas. El ojo no basta. La imagen no es suficiente. El ojo recibiendo imágenes no explica a sí mismo la Historia. Es excepcional, sí, como documento histórico, es importante testimonio ocular, pero visto y no visto en esta increíble mañana neoyorquina, el ojo necesitará posarse también sobre la página, resbalar sobre el texto en papel como lo hace en la pantalla. ¿ Qué ha ocurrido en esos edificios gigantes que ahora se derrumban? Y sobre todo, ¿por qué, por qué? Los porqués quedan envueltos en los gases neoyorquinos, en el misterio de la polución americana, dentro de la cúpula del consumismo occidental. Antes de caer las innumerables oficinas, los papeles despiden en el aire las facturas y los balances revolotean suicidándose. Es el cielo de millones de papeles blancos, el cielo de existencias arrojadas desde las ventanas. Los qués siguen apareciendo en las pantallas de los televisores mientras los porqués se esconden aún en los libros.” Más tarde los porqués de los análisis en esos libros intentarán explicarnos de algún modo los qués, lo que hay detrás de los qués para que haya tenido que suceder y estallar todo esto.

– Por tanto, usted se reafirma en que es la palabra la que explica la historia y no solamente la imagen.

– Lógicamente. La palabra puede estar en un libro, en un soporte de las nuevas tecnologías de la comunicación, en un móvil, pero la palabra es la que explicará siempre las razones de la imagen. Es la que la completará.

No puede olvidarse tampoco que la palabra no es sólo la palabra leída o escrita sino, antes de ello, la palabra hablada, el diálogo, ya en la infancia, enseñado por los padres al bautizar con palabras cada objeto que el niño mira – mira la imagen que representa al objeto y los padres lo definen con palabras – y lógicamente esto sucede también en la escuela primaria y en los primeros diálogos. La palabra fluye incesantemente por todo ese mundo, y no las imágenes. El diálogo, esencial en la convivencia humana, es un eslabón de palabras y lenguas y no puede ser sustituido por imágenes. Por mucho que se hable de la devaluación de la palabra, la palabra está ahí, y no se la puede ignorar, despreciar o manipular. El gran problema está en saber si en el futuro una videoteca, por ejemplo, por sí sola y sin palabras, llenará intelectualmente lo que hoy una biblioteca y su lectura puede llenar. El reto estará en saber cómo se compagina la enseñanza de la sabiduría con el mundo de las imágenes.

Los adolescentes, y los que pronto abandonarán la niñez, han visto desde siempre el televisor – y hoy los móviles – como un elemento más de su casa y de su vida. Igual que antes ocurrió con el automóvil o con el frigorífico. Edward Albee, entre otros, hizo ver este dato. También Foster Wallace. Los ejemplos de autores serían múltiples. Con la imagen se vive, y también se come y se cena ante ella, y la imagen le persigue a uno a lo largo del día. Pero querría ya citar aquí unas palabras de George Steiner en “Presencias reales” que dicen así: “Si el niño queda vacío de textos, en el sentido más cabal del término, sufrirá una muerte prematura del corazón y de la imaginación y subrayo “en el sentido más cabal del término”. El despertar de la libertad humana puede darse también en presencia de cuadros, de música. Es, en esencia, un despertar por medio del pulso de lo narrativo a medida que golpea en la forma estética. Pero parece que son las palabras las que golpean con mayor seguridad la puerta“.
Creo que esta última frase es reveladora. La palabra es la que golpea con mayor seguridad y no la imagen. La imagen golpea instantáneamente, puede estremecer en un segundo, pero golpea la conciencia quizá con menos profundidad. Es decir, su sonoridad queda más pronto amortiguada

Ante el paralelismo de las palabras y la imagen hay que preguntarse también quíén pronuncia las palabras. ¿Las madres, como yo digo en “El ojo y la palabra“ al hablar de los padres y madres de los escritores?. ¿Quién pronuncia esas palabras que marcan ? ¿El libro? ¿El profesor?

Habrá que aprender a educar con imágenes, y las nuevas generaciones piden que se les explique así el mundo. Pero eso no basta. Consumir sólo imágenes no hace que penetremos en los secretos del pensamiento. Además, la velocidad instrumental de la imagen es rapidísima. Me refiero a que ya tenemos imágenes en el reloj de pulsera. Paralelamente, las palabras en los mensajes se reducen a píldoras de comunicación brevísima. Entonces, ¿cuándo es el momento en que recibimos las palabras reales, las profundas, las de los “por qués“? ¿En la escuela? ¿Y en el momento en que dejamos el colegio o la Universidad? ¿Y cuando ya no tenemos las palabras familiares de nuestros padres educándonos en la medida en que les deja su tiempo libre? Se diría que el hombre, arrojado al vértigo social de la vida corriente, se alimentará de imágenes, pero ¿quién decide y manipula esas imágenes? Se hace difícil que ese hombre se alimente con la lectura. Entonces, ¿cuándo va a enlazar cuando sea mayor con la corriente de la sabiduría ? ¿Quién va a explicarle a ese hombre los porqués? Aparte de esto, todos cuantos exponen imágenes en películas o televisión, sobre todo si escriben un guión, y por tanto quieren dar un mensaje a través de la sucesión de imágenes, tienen que profundizar antes en las ideas, y esas ideas suyas las captarán y elaborarán estudiando y comparando testimonios y lecturas, es decir, palabras. Es un mundo fascinante.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”—Memorias

 

(Continuará)

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CUADERNO DEL AGUA (1) : GOTAS DE LLUVIA

 

 

” Una  gota de agua poderosa basta para crear un mundo, y para disolver la noche” escribió Gaston Bachelard en “El agua y los sueños”.  Las significaciones simbólicas del agua  han quedado sintetizadas en tres temas principales: el agua como fuente de vida, el agua como medio de purificación y el agua como centro de regeneración. Las diminutas gotas de agua han sido muchas veces motivo de reflexión para pensadores y artistas: “Si una gota de agua cae en el mar cuando está sereno…”, iba explicando Leonardo sobre la relación entre gota y mar en sus “Cuadernos de notas”. También en la música, Ravel  se ocupa de la gota de agua y la  refleja en “Ondine”, en 1909 , al abordar cómo se desliza una gota de agua por el cristal de una ventana, y por su lado Chopin, en el número 15 de su “Preludio de las gotas de lluvia”, evoca cómo las gotas,  caen encima del tejado de la Cartuja de Valdemosa.

 

La lluvia, por su parte,  ha quedado  muy impresa en poemas y pinturas de Oriente y de Occidente. “Lluvia al atardecer en un pinar de Karasaki ” (1834) del japonés Hiroshige, que será uno de los principales exponentes de “las estampas del mundo que fluye”‘ ; lluvia también en el francés Apollinaire y en poemas del español José Angel Valente que escribirá ” la lluvia es el primer borrador del mundo”. Destaca la “Oda a la lluvia marinera”, de Neruda, en 1971   y el canto a la lluvia en “Elegía de las aguas” del senegalés Leopold  Sengor donde escribe:  “llueve sobre Nueva York,  sobre Moscú, sobre Pompidou, sobre China, sobre los arrozales, sobre el desierto, sobre los buenos y los malos”.

El agua, las gotas de agua y la lluvia empapan  sonidos,  dibujos y poemas.

 

(Imágenes—1-Lewis Noble/ 2- Ivan Shiskhi- 1891/ 3-Hiroshige)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (35): EL ASOMBRO Y LA BELLEZA

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

 

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MEMORIAS   (35):  El asombro y la Belleza

 

 

—Usted precisamente ha querido recordar varias veces esa frase de Dostoievski, “la Belleza salvará al mundo”.—me dice hoy la periodista.

—Sí, la he comentado con mucha frecuencia.

—Y en una entrevista, que a mí al menos me pareció interesante y que la Universidad de Montevideo publicó hace unos años, usted hizo varias consideraciones sobre el tema de la Belleza. Me gustaría que se extendiera algo sobre ello.

—Bueno, comenzaré por la referencia a Dostoievski a la que usted acaba de aludir: “la belleza salvará al mundo“. Indudablemente, como señalaba en aquella entrevista de Montevideo, eso ocurrirá siempre que se sepa contemplar la belleza y siempre que el ojo humano no se distorsione atraído por la fealdad. En estos momentos pienso que hay una invasión de fealdad en muchas partes, desde la ocupación “vanguardista” de ciertos museos intentando imponer muchas veces lo detestable como “arte”, hasta el descenso escalonado del gusto en imágenes chabacanas de cine o de televisión. Es tan obvio que no hacen falta demasiados comentarios.

Entonces, creo que hay algo importante que hacer, que es educar al ojo en la belleza, no inclinarlo hacia la fealdad. No es bello todo lo que los hombres realizamos durante el día y durante la vida. No es bella – hablando claramente – una defecación, aunque sea necesaria para la vida. Y sin embargo, defecaciones se han expuesto en los museos… Por tanto, hay que educar al ojo en la belleza. En un artículo que publiqué hace años sobre la necesidad del asombro al contemplar la manifestación de la belleza, hablé de recuperar ese asombro y esa sorpresa que tantos han perdido creyendo que ya lo han visto todo. Un pensador griego contemporáneo, al referirse a sus antepasados, recordaba que los griegos querían ser un pueblo de filósofos, y no de tecnócratas, es decir, eternos niños, que veían en el asombro la condición más elevada de la existencia humana. Eternos niños, pues, unidos al asombro, abiertos al asombro. El asombro, la sorpresa, la curiosidad, son esenciales para la vida. La gran poeta polaca Wislawa Szymborska lo recordaba: afirmaba que la sorpresa es una categoría importante en la vida. Pero, al menos para mí, añadía, todavía hay otra cosa importante en la creación, que es la curiosidad. Nadie incluye la curiosidad entre los sentimientos, pero yo creo que la curiosidad es un sentimiento. Cuando la miro a usted – le decía la poeta a la periodista que la interrogaba -, tengo curiosidad por usted.

-Y usted, ¿tiene curiosidad por mí?

-Sí, naturalmente. Tengo curiosidad por saber quién es usted, para quién trabaja, ya que aún no me lo ha dicho, por qué viene a verme muchas tardes a este despacho: en resumen, por qué viene usted hasta mí.

-Yo simplemente soy una periodista freelance. Es lo que ahora se lleva. Cuando acabe mi trabajo, si éste merece la pena, lo ofreceré a varias publicaciones por ver si les interesa. Eso es todo – me dice la periodista con una sonrisa -. Pero ahora, si le parece, continuemos hablando del asombro y la belleza .-

 

—Pues, como le digo, a mi siempre me ha enriquecido el asombro y siempre me ha acompañado. Puede ser – o así al menos desearía que fuese – un cierto síntoma de juventud interior. Eso sí me gustaría que me ocurriera. A veces, al dejarme llevar por el asombro, me he planteado también cuestiones más profundas, entre ellas ésa de la que usted me acaba de hablar: la belleza. Por ejemplo, hace ya varias semanas, uno de los días en que usted no vino a verme porque habíamos quedado en hacer un alto en estas entrevistas, estando yo solo en este despacho y dándole vueltas a las cosas, volví a pensar en el mundo submarino, un tema muy querido para mí y al que acudo con frecuencia. Porque siempre que veo las extensiones del fondo del mar (en fotografías, pero sobre todo en videos, películas, documentales, etc), “me asombra” esa creación. Precisamente porque permanece oculta y porque tan sólo pueden bajar a ella de vez en cuando aquellos seres humanos con escafandras que nos lo filman. Y siempre pienso : ¿por qué Dios ha hecho esto así, algo que casi nadie ve? Y sobre todo, ¿por qué lo ha hecho con esas gamas de colores casi infinitos en las aletas de los peces, en los movimientos rítmicos de las colas con su belleza inaudita, en el encanto de las grutas por las que se cuelan toda clase de animales submarinos, en el colorido de las hierbas flotantes, todo ese mundo inacabable? ¿Quién ve esa belleza de modo continuo? Nadie. Los peces mismos únicamente la viven, y el hombre en su superficie está ajeno a ella, excepto cuando se la presentan por haberla filmado. Si pensamos la cantidad de kilómetros de belleza oculta al ojo del hombre que se extiende bajo los océanos inmensos, entonces nos podemos preguntar por la razón de todo ello, que no es solamente una razón de utilidad (que indudablemente lo es), sino que hay algo más: la utilidad de los peces y cuanto ellos generan podría haber sido creada en una sola tonalidad – por ejemplo en el verde o el azul – y con una sola forma, ausente de variantes, y la utilidad hubiera permanecido lo mismo: sin las variantes y matices de la belleza habría permanecido esa misma utilidad. Entonces, ¿para qué se ha añadido a la utilidad toda una deslumbrante belleza? Confieso que cada vez que la veo, (y aquí no me hacen falta sólo las explicaciones de Cousteau, que por otro lado, agradezco), todo ese mundo me lleva a Dios, no me lleva al azar. Habrá gentes que les lleve al azar, y yo lo respeto profundamente. A mí no me lleva al azar. No me imagino al azar como causa de todo ello. Porque si esto ocurre debajo de nosotros sin que nadie lo esté viendo ( por ejemplo, en estos momentos, mientras yo le contesto a esta pregunta), ha de haber alguna explicación a tanta belleza. El ojo humano se sumerge en esa belleza casi irrepetible y tiende a ella naturalmente, como ante un imán. No creo que ningún ojo humano pueda ver fealdad en ese incesante espectáculo del mundo submarino. (Y lo mismo ocurre ante la gama de colores de los pájaros, ante las tonalidades del atardecer, etc). Esa imagen se presenta diariamente, su imagen nunca es repetitiva y esa imagen nos ofrece como en un espejo la Creación. Rilke aconsejaba para entender la belleza: “aproxímese, decía, a la Naturaleza”. Y San Agustín se preguntaba : ¿quién ha creado la Belleza? Y añadía: “Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar (acabo de hablarle del mundo submarino), interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo… interroga a todas estas realidades. Todas te responden: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión. Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién la ha hecho sino la Suma Belleza?

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

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LA MIRADA ÍNTIMA

 

 

 

“Se creía que la mirada no podía atravesar el futuro y he aquí que tenemos a Mozart con 26 años en su cuarto de Viena, vuelto casi de cara a la pared, concentrado y ensimismado, leyendo en el muro de su imaginación su futura música. No la que ha compuesto hasta ese momento sino la que quiere componer y que ya lee y ve en esa pared transparente como si se le adelantara el verde de “Las bodas de Fígaro” o el morado de su “Lacrymosa”, las veintisiete músicas que le esperan en los Kyries, los acordes, andantes y adagios, la agitación de las óperas bufas, la imitación de la música barroca, todo cuanto quiere escribir en los nueve años que aún le quedan de vida. Hace pocos meses se ha casado con Constanza y en su abstracción apenas se da cuenta de que esta tarde de 1782, en un rincón de este cuarto, su cuñado, el actor y dibujante Joseph Lange, le está trazando el esbozo de su perfil tal como lo vemos aquí, en este cuadro que es casi miniatura, una miniatura de 19 x 15 centímetros, un dibujo que recoge su mirada íntima. Las miradas íntimas en el arte no son frecuentes. Pero aquí sí aparece una. Lange está dibujando esta cabeza pequeña, la cara picada de viruelas que tiene el compositor, sus ojos grandes azul grisáceos, estos ojos que siguen sobre la pared los movimientos de sus paseos por Viena, cubierto él con un sombrero de ribetes dorados y un abrigo rojo con botones de madreperla y a su alrededor, revoloteando, todos los conciertos, sinfonías, cuartetos, óperas, sonatas y órganos, clavicordios, pianos, el clavecín, el violín y la viola. Mozart está escribiendo sus obras todo el tiempo, incluso en los momentos en que no las escribe. Entonces sólo las ve. Ve el amarillo brillante y el color naranja del concierto para flauta nº 1 en sol mayor y ve su “Réquiem” con un color oscuro, como gris azulado.

Si se acercan lo verán mejor desde aquí. Verán lo que está viendo ahora Mozart y verán  también su música.”

José Julio Perlado

(del libro “La mirada”) ( texto inédito)

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(Imágenes—1 y 2- Joseph Lange: retratos de Mozart – Museo de Salzsburgo)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (34): “LA CASA DEL LIBRO”

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (34) : “La casa del libro”

 

-– Me gustaría — me dice  hoy la periodista al entrar— que me hablará  usted nuevamente de lo que usted llama   “relámpagos”…

— Bueno, para mí hay otro tipo de relámpagos distintos por su brevedad y por su intensidad, escenas que se iluminan de pronto y que quizá aparezcan al fin, no lo sé, quizá aparezcan al final de mi vida como un flash, como un resumen, como instantáneas sobre lo que uno ha vivido.

– El incidente que tuvo usted con Saramago ¿ también está entre esos “relámpagos”?

– No, no lo está. Pero ya que usted se refiere a ello, porque de eso preferiría no hablar, decirle que no fue ningún incidente importante, simplemente un encuentro algo tenso entre los dos. Al menos para mí sí fue un encuentro tenso. Ya le digo que no me gusta recordarlo. En síntesis, ya que usted me lo pregunta, fue lo siguiente: en 1984 publiqué yo una novela titulada “Contramuerte”. En esa novela describía la paralización de la muerte – una pandemia insólita en la que la gente poco a poco dejaba de morir hasta no morir nadie – y en razón de ello iba narrando las reacciones de políticos, sociólogos, familias, etc. Pues bien, veintiún años después, en 2005, Saramago publica una novela con el mismo argumento : la gente deja de morir, y se suceden igualmente las reacciones de políticos, etc. En un encuentro en Madrid por otros motivos que no eran literarios se lo dije directamente a Saramago. Le enseñé mi libro publicado muchos años antes, se lo entregué, y él, tras escucharme, no me dijo nada. Tomó mi novela, la metió dentro de un sobre y prácticamente no intercambiamos ya más palabras. Ahí el incidente terminó. Pero estas son cosas marginales que a veces ocurren. Uno no puede quedarse enganchado a estas cosas.

– ¿Este incidente le dejó algún desencanto?

– No, ningún desencanto. Fue una experiencia más en la vida literaria.

—¿Cómo ve usted la vida literaria? ¿Qué piensa de ella?

—Pues pienso que la vida literaria es más bien pequeña, limitada. Como tantas cosas del arte. La vida en general va por otro lado, la vida ancha, compleja, como ahora se dice, la vida “globalizada”. El arte y la literatura forman un espacio, a veces con un determinado eco, pero siempre reducido. Es una comunidad de escritores, editores, lectores, agentes, medios de comunicación, premios, trapisondas, altibajos, rencillas, reconocimientos, olvidos, revisiones, recapitulaciones, todo mezclado y todo en ocasiones bastante costoso de digerir, muchas veces áspero. Lo único que no es áspero es escribir.

—Trapisondas acaba de decir … , ¿ha vivido usted muchas?

—-Alguna. En una ocasión en que me presenté a un Premio Literario importante me llamaron para comunicarme que estaba entre los finalistas y que me lo iban a conceder. Fui convocado, entre otros escritores, en una sala repleta de gente. El organizador del acto me indicó que me pusiera en una de las esquinas centrales de la primera fila para salir en cuanto me llamaran anunciándome como ganador. Así lo hice. En el momento del fallo oí por los altavoces un nombre distinto al mío. Se lo acaban de conceder en el último minuto – así me lo contaron – al sobrino de un Premio Nobel. Un compromiso de última hora, según me dijeron.

—¿Le afectó aquello?

—No, no me afectó en absoluto. Me enseñó. Una experiencia más. Pero todo esto son vaivenes menores, aunque a veces sean desagradables. Pero siempre aleccionadores. Han sucedido siempre en la Historia de la Literatura. No hay más que leer las rencillas, pisotones y envidias entre los escritores del Siglo de Oro. Y después, lo que sucede a lo largo de todos los siglos, con sus escaramuzas y traiciones. Todo eso me confirma más en la idea de que hay que trabajar en silencio y si es posible con autenticidad, sin fijarse para nada en los ecos. Como le decía antes, uno se encuentra con muchas cosas ásperas en la vida literaria. Lo único que no es áspero es escribir.

—¿No es áspero escribir?

—No, no es áspero. Para mí no es nada áspero. Pienso que tampoco lo será, estoy seguro, pintar, esculpir o componer música. El arte no es áspero. En el caso de escribir, se trata de cerrar la puerta de esa casa del libro que uno está elaborando – que no tiene necesariamente por qué ser ficción – y ampararse dentro de él, cobijarse, protegerse gracias a él del mundo exterior, pero sobre todo trabajar con fe y con enorme paciencia en ese libro, acompañarse de esa paciencia que es la que va encadenando muchas tardes y muchas mañanas de trabajo, amar ese libro, superar sus dificultades, conocerse a sí mismo y tomar las consiguientes distancias con el exterior, no pensar en el eco o no que ese libro pueda tener en su día, escribir con sinceridad, desplegar las aptitudes que uno tiene, unas veces para envolverse, enriquecerse y disfrutar puliendo el estilo, otras para apasionarse con los personajes y con la historia, otras para desarrollar argumentos. Es decir, todo un mundo dentro de esa casa del libro.

—Cuando habla usted de sinceridad, ¿a qué se refiere?

—Me refiero a la convicción que uno debe tener siempre ante lo que escribe, pinta o esculpe. Uno debe hacer lo que tiene que hacer, lo que quiere hacer. Sin plegarse a las modas. Pongo un ejemplo entre muchos : Giacometti compone figuras diminutas, cabezas diminutas, figuras tan delgadas que parecen casi de alambre. Él reduce las dimensiones hasta el máximo. Es lo que quiere hacer desde su convicción de artista y es lo que hace. No piensa qué efecto pueden tener sus mínimas figuras ante el público, tampoco le importa. Él compone esas figuras porque cree en ellas, es como él ve el mundo y así lo expresa. En el otro extremo, tan sólo refiriéndonos a las proporciones o a las dimensiones, tenemos a Botero. También él hace lo que cree que debe hacer. Y así lo hicieron cada uno a su modo los impresionistas enfrentándose a veces a salones y a galerías, o Picasso, o tantos otros. Tengo un enorme respeto hacia la autenticidad, hacia la creatividad personal. En el fondo tengo un enorme respeto por el que crea algo.

—Habla usted de la “casa del libro” como un lugar de protección, de trabajo. ¿Por qué usa esa expresión?

—Bueno, es una expresión más, tampoco sé si es la acertada. A mí me sirve. Porque realmente es así. Uno está concentrado en una obra que escribe, está envuelto y comprometido en un proyecto. Como creo recordar que le dije uno de estos días, la vida es proyecto. Así lo reafirmaba Ortega. Siempre se ha de tener un proyecto entre manos, aun en momentos finales, débiles o delicados. Quizá en esos momentos débiles hay que tener un proyecto más pequeño, más corto, que dure un día o menos de un día, pero siempre será un reto a conseguir, conseguir algo que sea ilusionante. En el caso de la escritura el proyecto real al que uno dedica muchas horas es el libro. La casa del libro.

—¿Y cuando uno tiene que abandonar esa casa, es decir, cuando se concluye el libro?

—Entonces existe un periodo de tiempo extraño y vacío. Hay que esperar. No hay que precipitarse en pensar enseguida en hacer otra obra. Salman Rushdie contaba que un amigo escritor le confesaba que lo peor de todo es cuando ya no tienes un libro que escribir y sin embargo tienes que escribir un libro. Es decir, hay que controlar las presiones de los editores, del mercado. Ha llegado el momento de desprenderse de lo que uno ha hecho, exponerlo al juicio de los demás. En ese momento interviene todo eso a lo que antes me refería: principalmente la búsqueda de un editor; después – si uno tiene editor-, las lógicas gestiones de promoción, de entrevistas, de firmas. Ese aspecto, naturalmente necesario para lanzar una obra, es, al menos para mí, muy cansado.

—¿Qué relaciones ha tenido con los editores?

—Muy diversas, como ocurre siempre en muchos aspectos de la vida. El manuscrito de una de mis primeras novelas, no la que escribí sobre el tapete de la mesa de la calle Goya, de la que ya le hablé, sino otra a los pocos años de la anterior, lo llevé en mi coche, en un viaje largo, cruzando la península, del centro al norte, de Madrid a Oviedo. Me habían hablado que había un posible editor en Oviedo, al que no conocía, y allí fui, exponiéndome naturalmente a una negativa. Y sin embargo él aceptó. Aparte del manuscrito, creo que le impresionó, así me lo dijo, mi tenacidad (no sé también si mi temeridad o mi audacia) por hacer ese viaje. En otra ocasión, muchos años después, esta vez respecto a un libro mucho más reciente, los hilos y las gestiones se entrelazaron de modo muy sorprendente. Yo había ido publicando extractos de una novela mía en un blog que llevo desde hace años, y de repente una lectora del blog me escribió para comunicarme que le habían gustado esos extractos y que por su cuenta los había mandado a un editor que ella conocía (que por cierto vivía fuera de España), y lo había hecho con el ruego de que publicase el libro. Y así fue. Ese editor me escribió y me propuso publicar la novela entera. Y eso ocurrió..

—Realmente algo inesperado…

—Si, realmente inesperado.

—Cuando usted habla de ese blog, de ese trabajo suyo, ¿qué le aporta, es para usted un entretenimiento?

—-No, no es un mero entretenimiento. Este blog,  MI SIGLO, que tiene ya más de diez años, me permite llevar a la práctica una cosa en la que creo firmemente: la divulgación de las artes, de la literatura, del pensamiento. A la vez me permite ser de alguna forma mi propio editor. No me dedico tanto a comentar los sucesos recientes del mundo intelectual, digamos las últimas noticias o publicaciones, como en cambio a aportar reflexiones e intentar que revivan autores de distintas épocas, o también simplemente presentar citas o expresiones que me parecen de interés y que pueden enriquecer algo a los posibles lectores. La divulgación del arte y del humanismo en general siempre es un tema que me ha interesado. La creo necesaria. Lo he hecho en libros, a través de entrevistas, a través de artículos, ahora lo hago a través del blog. Dejar hablar a los demás es mucho más aleccionador que hablar uno mismo. Y ahora todo eso lo hago utilizando esta nueva herramienta que me brinda un mundo globalizado y que me llena naturalmente de sorpresas. Un espacio intelectual, artístico y literario como el mío, que parecería no tener mucho eco, y que de repente es leído por mucha gente y de modo casi instantáneo en Corea, en Birmania, en Turquía o en Pakistán, aparte, naturalmente, de Europa, Sudamérica y Estados Unidos que son los que reúnen la mayor cantidad de las visitas que acuden. Según lo que aparece oficialmente en la página se acercan a los dos millones de visitas, que leen, como digo, un espacio y unos contenidos muy reducidos, porque simplemente son contenidos intelectuales, pero eso indica que el mundo del arte y de la reflexión sigue atrayendo. En el fondo, que, hay un deseo de acercarse al pensamiento y a la Belleza.

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará )

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