APRENDERSE UN POEMA DE MEMORIA

 

 

“Cuenta Martin Puchner en “El poder de las historias” que, al principio , Anna Ajmátova, la poetisa rusa, trabajaba en su poema de manera habitual. Componía siempre a mano, escribía los versos sobre el papel, después hacía correcciones y quizás leía en voz alta los versos para ver si sonaban bien. Normalmente hacía una copia en limpio y la enviaba a una revista, o la dejaba aparte hasta completar todo un ciclo de poemas y luego acudía a un editor.  Antes de la Primera Guerra Mundial, había publicado varios volúmenes de esta manera, con gran aclamación. En Rusia se había convertido en una afamada poeta cuando todavía contaba veinte pocos años, una elegante figura con chales largos, pelo negro y un porte que delataba su origen aristocrático.

 

 

Pero a mediados de la década de 1930, mientras componía un nuevo poema, ni siquiera le pasaba por la cabeza la idea de publicar: sencillamente, el Estado no se lo permitía  (…. ) Escribió un poema titulado “Réquiem”, en el que en vez de contar directamente una historia, porque los años de Stalin fueron demasiado aplastantes, Ajmátova ofrecía fugaces instantáneas. El fragmento más revelador habla de mujeres, madres y esposas, que acudían a diario a las puertas de la prisión y aguardaban para saber si sus seres queridos habían sido ejecutados o exiliados. El poema que iba creando estaría a salvo mientras Ajmátova memorizase cada fragmento y después lo quemase, pero sólo sobrevivía si ella sobrevivía. Con suma precaución, Ajmátova reunió  a sus amigas más íntimas, no más de una docena de mujeres, y les leyó el poema una y otra vez hasta que se lo aprendieron al dedillo.(…) La tarea se complicó aún más cuando Ajmátova hizo algo típico de un poeta literario y contrario a lo que haría un poeta oral; continuó con las revisiones. Como el poema estaba repartido en las mentes de sus amigas, ella tenía que asegurarse de que todas recordaban la versión actualizada, pero aquellas mujeres no eran poetas orales; solo eran el papel sobre el que Ajmátova escribía y revisaba su obra más importante.

 

 

 

Para poder lidiar con las exigencias de Ajmátova, una de sus amigas visualizó el poema como si estuviera escrito, lo dividió  en secciones y las numeró con cifras romanas. Era una vieja técnica memorística que consistía en separar una pieza larga en fragmentos cortos y visualizar la secuencia con marcadores o números nítidos. Cuando, muchos años después, Ajmátova se atrevió por fin a preparar el poema para su publicación, utilizó la numeración  de su amiga, señalando: “Mira, como tú dijiste, números romanos.”

 

 

(Imágenes—1- Robert Reíd/ 2-Otto Piene -1978/ 3-Albin Guillot – 1930/ 4-Charles c Zoller)

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