LA MIRADA ÍNTIMA

 

 

 

“Se creía que la mirada no podía atravesar el futuro y he aquí que tenemos a Mozart con 26 años en su cuarto de Viena, vuelto casi de cara a la pared, concentrado y ensimismado, leyendo en el muro de su imaginación su futura música. No la que ha compuesto hasta ese momento sino la que quiere componer y que ya lee y ve en esa pared transparente como si se le adelantara el verde de “Las bodas de Fígaro” o el morado de su “Lacrymosa”, las veintisiete músicas que le esperan en los Kyries, los acordes, andantes y adagios, la agitación de las óperas bufas, la imitación de la música barroca, todo cuanto quiere escribir en los nueve años que aún le quedan de vida. Hace pocos meses se ha casado con Constanza y en su abstracción apenas se da cuenta de que esta tarde de 1782, en un rincón de este cuarto, su cuñado, el actor y dibujante Joseph Lange, le está trazando el esbozo de su perfil tal como lo vemos aquí, en este cuadro que es casi miniatura, una miniatura de 19 x 15 centímetros, un dibujo que recoge su mirada íntima. Las miradas íntimas en el arte no son frecuentes. Pero aquí sí aparece una. Lange está dibujando esta cabeza pequeña, la cara picada de viruelas que tiene el compositor, sus ojos grandes azul grisáceos, estos ojos que siguen sobre la pared los movimientos de sus paseos por Viena, cubierto él con un sombrero de ribetes dorados y un abrigo rojo con botones de madreperla y a su alrededor, revoloteando, todos los conciertos, sinfonías, cuartetos, óperas, sonatas y órganos, clavicordios, pianos, el clavecín, el violín y la viola. Mozart está escribiendo sus obras todo el tiempo, incluso en los momentos en que no las escribe. Entonces sólo las ve. Ve el amarillo brillante y el color naranja del concierto para flauta nº 1 en sol mayor y ve su “Réquiem” con un color oscuro, como gris azulado.

Si se acercan lo verán mejor desde aquí. Verán lo que está viendo ahora Mozart y verán  también su música.”

José Julio Perlado

(del libro “Relámpagos”) ( texto inédito)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

 

(Imágenes—1 y 2- Joseph Lange: retratos de Mozart – Museo de Salzsburgo)

APRENDERSE UN POEMA DE MEMORIA

 

 

“Cuenta Martin Puchner en “El poder de las historias” que, al principio , Anna Ajmátova, la poetisa rusa, trabajaba en su poema de manera habitual. Componía siempre a mano, escribía los versos sobre el papel, después hacía correcciones y quizás leía en voz alta los versos para ver si sonaban bien. Normalmente hacía una copia en limpio y la enviaba a una revista, o la dejaba aparte hasta completar todo un ciclo de poemas y luego acudía a un editor.  Antes de la Primera Guerra Mundial, había publicado varios volúmenes de esta manera, con gran aclamación. En Rusia se había convertido en una afamada poeta cuando todavía contaba veinte pocos años, una elegante figura con chales largos, pelo negro y un porte que delataba su origen aristocrático.

 

 

Pero a mediados de la década de 1930, mientras componía un nuevo poema, ni siquiera le pasaba por la cabeza la idea de publicar: sencillamente, el Estado no se lo permitía  (…. ) Escribió un poema titulado “Réquiem”, en el que en vez de contar directamente una historia, porque los años de Stalin fueron demasiado aplastantes, Ajmátova ofrecía fugaces instantáneas. El fragmento más revelador habla de mujeres, madres y esposas, que acudían a diario a las puertas de la prisión y aguardaban para saber si sus seres queridos habían sido ejecutados o exiliados. El poema que iba creando estaría a salvo mientras Ajmátova memorizase cada fragmento y después lo quemase, pero sólo sobrevivía si ella sobrevivía. Con suma precaución, Ajmátova reunió  a sus amigas más íntimas, no más de una docena de mujeres, y les leyó el poema una y otra vez hasta que se lo aprendieron al dedillo.(…) La tarea se complicó aún más cuando Ajmátova hizo algo típico de un poeta literario y contrario a lo que haría un poeta oral; continuó con las revisiones. Como el poema estaba repartido en las mentes de sus amigas, ella tenía que asegurarse de que todas recordaban la versión actualizada, pero aquellas mujeres no eran poetas orales; solo eran el papel sobre el que Ajmátova escribía y revisaba su obra más importante.

 

 

 

Para poder lidiar con las exigencias de Ajmátova, una de sus amigas visualizó el poema como si estuviera escrito, lo dividió  en secciones y las numeró con cifras romanas. Era una vieja técnica memorística que consistía en separar una pieza larga en fragmentos cortos y visualizar la secuencia con marcadores o números nítidos. Cuando, muchos años después, Ajmátova se atrevió por fin a preparar el poema para su publicación, utilizó la numeración  de su amiga, señalando: “Mira, como tú dijiste, números romanos.”

 

 

(Imágenes—1- Robert Reíd/ 2-Otto Piene -1978/ 3-Albin Guillot – 1930/ 4-Charles c Zoller)