PENSAR MAL DE SÍ MISMO

 

 

“La corneja no tiene nada que reprocharse .

Los escrúpulos son ajenos para la pantera negra.

No dudan de la rectitud de sus actos las pirañas.

La serpiente cascabel se acepta a sí misma sin objeciones.

No existe un chacal autocrítico.

La langosta, el caimán , la triquina y el tábano

viven como viven, y están satisfechos de ello.

Cien kilos pesa el corazón de la orca,

pero es muy ligero, desde otro punto de vista.

Nada más animal

que la conciencia limpia

en el tercer planeta del sol.”

Wislawa Szymborska —“Elogio de pensar mal de sí mismo”

(Imagen —Sussan C Waters)

APRENDERSE UN POEMA DE MEMORIA

 

 

“Cuenta Martin Puchner en “El poder de las historias” que, al principio , Anna Ajmátova, la poetisa rusa, trabajaba en su poema de manera habitual. Componía siempre a mano, escribía los versos sobre el papel, después hacía correcciones y quizás leía en voz alta los versos para ver si sonaban bien. Normalmente hacía una copia en limpio y la enviaba a una revista, o la dejaba aparte hasta completar todo un ciclo de poemas y luego acudía a un editor.  Antes de la Primera Guerra Mundial, había publicado varios volúmenes de esta manera, con gran aclamación. En Rusia se había convertido en una afamada poeta cuando todavía contaba veinte pocos años, una elegante figura con chales largos, pelo negro y un porte que delataba su origen aristocrático.

 

 

Pero a mediados de la década de 1930, mientras componía un nuevo poema, ni siquiera le pasaba por la cabeza la idea de publicar: sencillamente, el Estado no se lo permitía  (…. ) Escribió un poema titulado “Réquiem”, en el que en vez de contar directamente una historia, porque los años de Stalin fueron demasiado aplastantes, Ajmátova ofrecía fugaces instantáneas. El fragmento más revelador habla de mujeres, madres y esposas, que acudían a diario a las puertas de la prisión y aguardaban para saber si sus seres queridos habían sido ejecutados o exiliados. El poema que iba creando estaría a salvo mientras Ajmátova memorizase cada fragmento y después lo quemase, pero sólo sobrevivía si ella sobrevivía. Con suma precaución, Ajmátova reunió  a sus amigas más íntimas, no más de una docena de mujeres, y les leyó el poema una y otra vez hasta que se lo aprendieron al dedillo.(…) La tarea se complicó aún más cuando Ajmátova hizo algo típico de un poeta literario y contrario a lo que haría un poeta oral; continuó con las revisiones. Como el poema estaba repartido en las mentes de sus amigas, ella tenía que asegurarse de que todas recordaban la versión actualizada, pero aquellas mujeres no eran poetas orales; solo eran el papel sobre el que Ajmátova escribía y revisaba su obra más importante.

 

 

 

Para poder lidiar con las exigencias de Ajmátova, una de sus amigas visualizó el poema como si estuviera escrito, lo dividió  en secciones y las numeró con cifras romanas. Era una vieja técnica memorística que consistía en separar una pieza larga en fragmentos cortos y visualizar la secuencia con marcadores o números nítidos. Cuando, muchos años después, Ajmátova se atrevió por fin a preparar el poema para su publicación, utilizó la numeración  de su amiga, señalando: “Mira, como tú dijiste, números romanos.”

 

 

(Imágenes—1- Robert Reíd/ 2-Otto Piene -1978/ 3-Albin Guillot – 1930/ 4-Charles c Zoller)

EL POETA ES UN PESCADOR

 

 

“La poesía es — decía Antonio Machado en su “Juan de Mairena” — el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo.  Eso es lo que el poeta pretende eternizar, sacándolo fuera del tiempo, labor difícil y que requiere mucho tiempo, casi todo el tiempo de que el poeta dispone. El poeta es un pescador, no de peces, sino de pescados vivos;  entendámonos, de peces que puedan vivir después de pescados.”

(Imagen — Henri Matisse)

RECUERDOS DE “LA ESTAFETA LITERARIA” (1)

 


(Me escribe  desde Madrid una investigadora y  profesora titular de Universidad, Ana Isabel Ballesteros Dorado, interesada por los años en que yo estuve de redactor- jefe de “La Estafeta Literaria”, que abarcan desde 1957 a  1960, y ella me anima a que rememore los recuerdos de aquella época y de aquella Revista. Con mucho gusto lo hago por si le sirven a esta profesora o a cualquier otro investigador o curioso sobre aquellos tiempos literarios.)
(Iré publicando en MI SIGLO  mis evocaciones y recuerdos.)

 

 

En octubre de 1957–tenía yo entonces 21 años y cursaba en Madrid el último año de Filología Románica— me llamó el poeta Rafael Morales – autor, entre otras cosas de los admirables , Poemas del toro “—para ofrecerme ser redactor- jefe de “La Estafeta Literaria” en su Tercera Época, revista que entonces editaba el Ateneo de Madrid. Alguien le había hablado de mi.  Conocía  varios artículos que yo había publicado en la prensa,  especialmente hacía 3 años, en 1954,  sobre Gabriel Miró, Azorín y Juan Ramón.  Tenía Rafael Morales en ese momento 38 años y con él conviví trabajando durante mucho tiempo en una atmósfera muy cordial que él quiso reflejar varios años después al dedicarme sus “Obras completas” con estas líneas: “A José Julio Perlado, escritor y amigo auténtico, recordando los viejos días de trabajos y afanes comunes…”. Rafael y yo congeniamos de modo excelente. Me presentó a la Redacción de”La Estafeta”, constituida por el poeta José Hierro, – entonces con 35 años; ese año publicaría “Cuanto sé de mi”—, Joaquín de la Puente, fino crítico de arte, Fernando Ruiz Coca , un gran comentarista musical,  Mariano del Pozo,  dedicado a las críticas  de cine, Luis Castillo y Laureano Gómez. Y también al confeccionador, Luis Fernández Cancela, un  artista  sensible y preciso, realizador de páginas admirables de composición, gran trabajador y gran compañero. La redacción de “La Estafeta” no estaba formada, como puede verse,  exactamente por periodistas, sino por escritores, poetas, críticos y comentaristas especializados en diversas facetas de las artes. Tampoco los redactores de la Revista se encontraban físicamente en ella cada tarde; evolucionaban y se distribuían, cada uno en sus trabajos por Madrid atendiendo  a sus acontecimientos culturales. Una vez a la semana nos reuníamos  de modo informal toda la redacción, pero lo normal era que yo estuviera de modo permanente cada tarde en el despacho contiguo al de  Rafael Morales y entre los dos encargáramos  y revisáramos artículos, entrevistas , reportajes y toda clase de colaboraciones.

Los locales que ocupaba “La Estafeta Literaria” estaban situados cerca de la cafetería del Ateneo. Se subían las amplias escaleras de la entrada del edificio que daban al vestíbulo donde aparecían. —como ahora — los anuncios de libros recién publicados, con sus portadas correspondientes, así como las convocatorias de conferencias y demás actos del Ateneo, y, girando a la derecha, bajando dos o tres escalones, se pasaba al bar, y, una vez atravesada aquella sencilla cafetería, abarrotada siempre de escritores, artistas y socios del Ateneo, entrando por un pequeño pasillo, se llegaba a las tres habitaciones donde estaba instalada la redacción de la Revista.
En una de esas habitaciones trabajé durante tres años. Fue un trabajo muy agradable, muy enriquecedor, poblado de numerosos amigos, abierto a muchas corrientes intelectuales y literarias. Desde allí pude conocer directa y personalmente a las grandes figuras creadoras del momento y de allí surgieron muchas amistades que duraron años.

El 16 de noviembre de 1957 apareció el primer número de “La Estafeta Lieraria” en su Tercera Época, que figuró con el número 104 y cuyo precio era de 5 pesetas. Era un ejemplar de 16 páginas y pienso que lo preparamos bien. Rafael Morales escribió un editorial titulado “De cara a la esperanza” y en él deseaba “abrir una puerta amplia y generosa a las nuevas promociones de escritores españoles” y creo que así se hizo. No sólo se convocaban a escritores sino, lógicamente, a figuras de las artes plásticas, al cine,  a la música, a la arquitectura o a cualquier otra manifestación artística, y así ocurrió.

En ese primer número de la nueva etapa firmaron gentes relevantes: el catedrático Mariano Baquero Goyanes sobre “la novela como viaje”;  el escritor gaditano Fernando Quiñones en torno a Adriano del Valle; Francisco García Pavón sobre el Cuento español; José Hierro, comentando los retratos de Daniel Vázquez Díaz; el novelista barcelonés Julio Manegat enviando una crónica de la actualidad desde la Ciudad Condal, crónica que se repetiría como asidua colaboración durante años; Jorge Collar, comentando desde Paris la actualidad cinematográfica. Se añadía a  todo esto una entrevista a Jorge Oteiza firmada por el periodista  Hebrero San Martín, que participó en muchos números; la crítica de libros  realizada por el novelista y muy valioso crítico Alfonso Albalá ; una crónica musical de Fernando Ruiz Coca; un artículo sobre Sibelius de Federico Sopeña;  un artículo de Isaac Montero, premio “Sésamo” de cuentos;  una evocación de Juan Aparicio sobre la figura de José Jiménez Sutil, que fue redactor-jefe de “La Estafeta “ en su Segunda Época; un artículo de Salvador Salazar,  director del Teatro Popular Universitario;  un cuento —en la última página — del novelista Tomas Salvador, que había publicado “Cuerda de presos”alcanzando el Premio Nacional de Literatura. Y en ese número primero de la Tercera Época publiqué yo también un trabajo titulado “A la búsqueda de Albert Camus”.

En ese número también se presentaba un pequeño recuadro bajo el título “Prado , 21” —donde tenía su domicilio el Ateneo madrileño — y donde se reflejaba muy sintéticamente las actividades de conferencias en diversas aulas. Así, las intervenciones de Alois Dempof o de López Ibor y los recitales de la poetisa Gloria Fuertes. Era el pequeño vínculo artístico- literario  entre “La Estafeta’ y el Ateneo que luego se ampliaría con exposiciones y otras actividades.

(Continuará)

(Imágenes—1-biblioteque tumblr/ 2- Twombly- 1960)

LIBROS DE MUJERES, LIBROS DE HOMBRES

 

 

“A mí de pequeña — dice la escritora norteamericana Lorrie Moore en “A ver qué se puede hacer” —, me gustaba más escuchar hablar de fiestas que asistir a ellas. Me gustaba llamar a una amiga el día siguiente y escuchar lo que me contaba. Quería chismes, narraciones de tercera mano. Mis lecturas eran dispersas, aleatorias, asistemática.s. No era una de esas lindas adolescentes que pasaban sus veranos leyendo todo Jane Austen.  Mis libros preferidos eran “El gran Gatsby” de Scott Fizgerald y “Tan buenos amigos” de Lois Gould. Más adelante, como tantas (de las “atribuladas”) descubrí a las Bronté. Se entra en estos libros realmente grandes, realmente incómodos, como en un sueño febril; de hecho, los sueños afiebrados figuran prominentemente en ellos. Son libros situados en la enfermedad, a la que no le tienen miedo. Y eso es lo que los hacía tan maravillosos para mi. Estaban en el medio de algo desorganizado. Pero no parecían ajenos en lo más mínimo. De hecho, pocas cosas escritas por mujeres  me parecían ajenas. Los libros de mujeres eran como grandes amigas, un alivio.  Aparecían en el jardín de adelante y saludaban con la mano. Para llegar a los libros de hombres, había que caminar una cierta distancia, recorrer un trayecto, aunque como lectoras, las chicas, estábamos bien entrenadas para la caminata y no aprendimos a estar molestas y sentir recelo hasta más tarde. Un libro escrito por una mujer, un libro que empezó cerca, en el pórtico del corazón , era un regalo, una alegría, y finalmente, pienso que esa es la razón por la que las mujeres que se transformaron en escritoras lo hicieron: para crear más libros en el mundo escritos por mujeres,  para darse a sí mismas más cosas para leer.”

(Imagen —-Anne Siems)

EL LADRIDO DEL PERRO

 


 

“Casi todos los cazadores ignoran que el ladrido no es natural al perro. Ni el perro salvaje ni las especies de que procede —lobo, chacal — ladran, sino que, simplemente , aúllan — escribe Ortega en “La caza y los toros”.  Para acabar de confirmar el hecho poseemos inclusive la situación de tránsito: el perro doméstico más antiguo, ciertas razas americanas y australianas, es mudo. Recuérdese la sorpresa con que en la relación  de su primer viaje anota Colón que los perros antillanos no ladraban. Han dejado de aullar y aún no han aprendido a ladrar. Entre el ladrido y el aullido la diferencia es radical. El aullido es como el grito de dolor en el hombre, un “gesto” expresivo. En él, como en los demás gestos espontáneos, se manifiesta un estado emocional del sujeto. La palabra, por el contrario, en lo que tiene estrictamente  de palabra, no expresa  nada, sino que tiene significación. Paralelamente acaece que el aullido y el grito son involuntarios, y cuando no, es que son fingidos, imitados.

 


No se puede “querer” dar un grito de espanto; lo  único que se puede querer es reprimirlo. La palabra, en cambio, no es emitida  sino voluntariamente. Por eso aullar y gritar no son “decir”. Pues bien, el ladrar es ya un elemental decir. Cuando el extraño pasa a la vera de la alqueria, el perro ladra, no porque le duela nada, sino porque quiere “decir” a su amo que un desconocido anda cerca. Y el amo, si conoce el “diccionario” de su can, puede saber más detalles: qué temple lleva el transeúnte, si pasa cerca o lejos, si es uno solo o un grupo y, lo que encuentro pavoroso, si el viandante es pobre o es rico . En la domesticación , por tanto, ha adquirido el perro con el ladrido un casi-“lenguaje”, y esto implica que ha comenzado en él a germinar una casi-razón.

Véase hasta qué punto es certero y admirable el modismo castizo con que nuestros monteros populares denominan el ladrido de la jauría: le dicen “la dicha”. El cazador veterano llega a aprender  perfectamente el rico “vocabulario” y la sutil “gramática” de este casi-lenguaje canino.

Hombre y perro han articulado uno en otro su sendo cazar, y esto representa la cima de la venación , que se hace “cinegética”. De tal modo es la caza con perro perfección y dechado de la cacería, que  el sentido propio del término “cinégetica” ha llegado a aplicarse a todo el arte venatorio, cualesquiera sean sus formas.”

 

 

(Imágenes —1-Zdzislaw  Bekinski/ 2- Winslow Homer/ 3–Emil Nolde- 1916)

LA COMA

 

 

“La coma asomó por el borde de la página tímidamente, parecía lombriz, se curvó, se dobló, intentó levantar su rodilla, se inclinó, dio un toque suave, un rabo mínimo, el bastón del aliento, apenas nada, separó las palabras, para eso me quieren, se dijo, nunca fui letra, apenas valgo, y de repente a la coma un estruendo en vértigo de vocablos unidos le pasó por encima sin dejarla respirar aplastando el vientre de las frases de hierro su lengua hasta alisarla bajo un peso de líneas pasando y repasando interminablemente la piel de la hoja sin pausa alguna de izquierda a derecha en ritmo incesante y la coma quedó quieta y tan insensible como si se hiciera la muerta o la dormida a la vez que procuraba respirar para sobrevivir asustada por tantos vagones de palabras que no acababan nunca de pasar enganchados por conjunciones imantadas de plata y en carrera de voces y silencios con y griegas silbantes como espadas que segaban y unían adjetivos y nombres disfrazando conceptos de color y sabor viajando al ritmo del estilo que el flujo de la lengua arroja desde la boca del dragón  escritor cuando el placer de la luna se inflama y llamea el lenguaje incandescente en la noche blanca de la desierta página de un cuaderno que se deja cubrir por signos evocadores de tanto eco fantástico hasta quemar habitaciones de memoria y hacer que arda esa imaginación hecha castillos en pavesas de artículos zigzagueantes en el aire del humo que deja olor a verbos chamuscados por astillas de tantas preposiciones bajo lluvias de fuego en la fiesta nocturna a la que son convocadas las palabras cruzándose sus vidas solitarias en el juego de la sintaxis hasta que toda la prosa es incendio de árboles y las comas no existen embobadas por ese ejercicio malabar en la noche de la creación de tan variados sabores como segregan las palabras chorreantes en chasquidos y en jugos destilando un aroma único de madera labrada en sustantivos nobles que encierran su olor en bodegas de libros a punto ya de abandonar en buques la bóveda del resplandor del puerto iluminado y echarse a la mar de la aventura azul en seda silenciosa y suave que rasga la huida del escritor dormido en esa placidez de los vocablos avanzando en  silencios de ritmo hacia páginas nuevas de sorpresa que muestran un horizonte de color inexplorado por tantas esquinas de azar como la vida esconde tras rocas de mayúsculas blancas y misteriosas en las que encallan las proas de los verbos de lujo igual que trasatlánticos transparentes que bambolean bombillas infinitas vencidas por oleajes de estilo en espumas que rozan los

 

 

 

pies de las palabras y levantan penachos de admiraciones sorprendidas por lo que la lengua puede hacer enroscándose hasta ocultar sus comas bajo las alas de tantos adverbios volando con sus bes y sus uves de suavidad dulce y sosegada que ondulan el paladar del cielo  en la boca de ese escritor en tal recogimiento  que oye sólo el piar de los acentos prendidos en los cables de vocablos ateridos de frío por tanto picotear de tildes que despluman lágrimas aquí y allá en cada cumbre de la línea en momentos en que la inspiración se tensa en el trabajo y el campo de los temas aparece tan yerto que sólo el rasgueo de la pluma en la hoja blanca del cuaderno y la dentadura de las teclas en las máquinas de los ordenadores hacen saltar las notas musicales de la literatura  extendida en el mapa de niebla gaseosa cuyo horizonte es el linde de la niñez recobrada en esa hora en que la madre observa cómo el niño emborrona sus primeros cuadernos y la escritura no es aún vocación sino simplemente oficio manual del lento instrumento  de dedos apretados contra el lápiz cuya sombra refleja la lámpara sobre la mesa de la cocina familiar tan empañada de deberes escolares en donde las palabras nacen de los signos unidos y encantados mientras suben y bajan las tes y las jotas coronadas del punto de rey y hermanas mayores de esa i con lunar en su techo que vive en la guarida de las vocales necesarias y tan elementales que se engarzan como joyas entre las manos de las consonantes y antes de que el aliento de la madre inclinada hacia ese hijo que un día  será escritor pueda explicar que los asombros de la vida han de contarse entre admiraciones enhiestas como palos en las frases que aspiran a entreabrir secretos que ni los poetas pueden desvelar y cuando los vientres ganchudos de las interrogaciones no muestran aún esa inquietud por preguntar a  ese niño que aprende a trazar rasgos  y que sigue preocupado de enderezar su caligrafía tan difícil que el sudor del esfuerzo se mezcla con las lágrimas creyendo que ese cuaderno jamás acabará en perfección y  que nunca escribirá mas que palotes secos e indescifrables con los que ni siquiera podrá jugar en el recreo para dar empujones con la p al redondo balón  de esa o que rueda entre las piernas de sus amigos y que  sufre ese puntapié último que elevará a la o sobre el patio mientras se va inflamando y engordando y una nube al pasar la blanquea haciéndola luna esférica colgada sobre este escritor al que le zumba zigzagueante esa zeta del sueño en el momento en que el libro entrecierra sus párpados y parece caer y se escapan sillón abajo las graves palabras mayores perseguidas a gritos por las esdrújulas que cuelgan aferradas a sus acentos mientras un hálito de soledad entra con el viento desde todas las puertas de la imaginación animando a retomar la luna y a cazar en vuelo las palabras que huyen y a fijarlas igual que mariposas en la hoja límpida que espera a que ese niño que aprendió mansamente a escribir en la cocina  familiar prosiga tal y como si estuviera la madre siempre a su lado señalándole el esfuerzo diario que ha de hacer hasta lograr el dominio encantado de las palabras en matrimonios de frases cuyos hijos harán un día maravillarse a los lectores aunque antes, hijo, no te olvides, le va diciendo la madre,  de poner una coma aquí, y otra aquí, y llegarás así con algo de respiro hasta  que  tu mismo encuentres tu verdadero punto final.”

 

José Julio Perlado — “La coma” ( del libro Relámpagos”) (relato inédito)

 

 

 

 

(Imágenes —1- Mark Rothko -1969/ 2-Mark Rothko – 1949/ 3-Mark a Rothko – 1948)