PUDRICIÓN Y SALVACIÓN DE LAS ALMAS

Copio aquí la reseña crítica – firmada por Juan Pedro Quiñonero – que acaba de publicarse en la Revista TURIA, y que yo tanto le agradezco:

«PUDRICIÓN Y  SALVACIÓN DE LAS ALMAS»

«La cultura, la sociedad, la vida en común, amenazadas por la destrucción de la lengua. La familia, amenazada por el sabotaje moral, social, político, cultural, incluso económico, de sus antiguos principios. La identidad humana, amenazada por el hundimiento de todos los valores…

¿Cómo salvar, si salvar se puede, ese naufragio de todo cuanto fundó y justificó nuestra vida en común…?

De tal cuestión habla, sin hablar, en escorzo, la última novela de José Julio Perlado, Mi abuelo, el Premio Nobel, de la que ya tenían noticia los lectores de su blog, MI SIGLO.

Lo hace de la manera más simple, honrada, comprensible y noble: con las palabras sencillas de un nieto que nos cuenta la vida y milagros de un abuelo, Dante Darnius, trasnsmitiéndole el misterio más alto, el de los dones de la palabra, construyendo mundos imaginarios que salvan, redimen y refutan el nuestro, minado por la podredumbre espiritual, la confusión de las lenguas, la glorificación de la indiferencia inmoral, la tiranía de la palabra que todo lo niega en nombre de la nada y la adoración de la nada, los distintos rostros del Mal y el Demonio en la obra de Thomas Merton y el segundo Fausto de Goethe.

En la primera parte de su relato, el nieto de Dante Darnius nos cuenta viejas historias familiares… El abuelo no solo era el patriarca de la familia. También era el ser histórico, familiar, mítico, que había transmitido la vida y el don de la palabra, las artes de la memoria y la imaginación.

Tales artes, en el relato de José Julio Perlado, no son frutos retóricos destinados a construir arquitecturas artificiales. La «retórica» desaparece para mejor nombrar cosas sencillas, que todavía unen a algunas familias, a la hora de compartir el pan y el vino en la más íntima comunión de las almas, los seres humanos.

El narrador de Mi abuelo... desaparece como «artista» de la «retórica», para mejor expresar lo que solo se expresa con humildad y sencillez: lo bueno, lo bello y lo justo están muy alejados del campo de minas de la retórica endemoniada que pudre nuestras sociedades. El narrador de Mi abuelo... se limita a recordar, con limpieza, los instantes de gloria que fundaron su familia y justificaron su vida y la vida de su abuelo.

«Muchos años después…», en el tiempo mítico del relato, el narrador, que no es Dante Darnius y quizá no sea su nieto, ha conquistado definitivamente su territorio más íntimo, el de las palabras al fin restauradas en su pureza original. Y puede deslumbrarnos con la luz de su tiempo recobrado: en las páginas en blanco de los viejos relatos por escribir ha florecido una prosa tersa y limpia, donde la memoria del autor y la construcción de su alma – indisociable de la construcción de su familia – se confunden en el devenir del texto.

Dante Darnius legó a su nieto – y ambos personajes quizá sean solo uno: rostros que iluminan el rostro íntimo de José Julio Perlado – un don único… el don de una pureza rayana en el silencio iluninado de los místicos. Y el nieto nos entrega a sus lectores los frutos de aquella siembra que se confunde con la revelación de la lengua, la palabra, la escritura. Que son palabras de todos: de ahí su tarea cívica, sembrando con su libro la esperanza de unas almas más limpias, crecidas en la comunión de esa fe».

(Juan Pedro Quiñonero.-Revista TURIA.-número 100.-noviembre 2011- febrero 2012.-págs 400-401)

José Julio Perlado, Mi abuelo, el Premio Nobel, Madrid, Funambulista, 2011

(Imagen_ Toni DeMuro…illustrations.-quiring)

MOMENTOS CLAVES EN LA CREACIÓN

«Al volver al trabajo -le escribe Dostoievski a su sobrina Sofia Ivánova -, de repente entendí cuál era el problema y dónde había cometido un error en «Los Demonios«. Asi que, de forma espontánea y como si fuera producto de la inspiración, apareció un nuevo plan en todas sus dimensiones. Había que cambiarlo todo de forma radical. Sin dudarlo un instante, taché todo lo que había escrito y empecé de nuevo por la primera página. El trabajo de un año entero a la basura».

Muchos comentaristas aclaran que Dostoievski sólo tuvo que revisar cuarenta páginas de las doscientas cuarenta que había escrito el año anterior, pero esa revisión era necesaria para trazar ese «nuevo plan«como señala el novelista  -, es decir, dar un giro total a su libro, que  sin duda supuso un momento clave en su creación.

Estas apariciones de relevantes momentos creadores en los artistas se han sucedido a lo largo de la historia. Es muy conocido el recorrido que hace Gabriel García Márquez en su pequeño Opel blanco por la carretera de Acapulco con la intención  de disfrutar de unas vacaciones con su familia. «No llevaba mucho tiempo conduciendo aquel día – relata su biógrafo Gerald Martincuando «de la nada«, la primera frase de una novela se le presentó en su cerebro. (…) La fórmula secreta de la frase se hallaba en el punto de vista y, por encima de todo, en el tono: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento..«. García Márquez, como sumido en un trance, se hizo a un lado de la carretera, dio media vuelta con el Opel, y tomó rumbo de nuevo a Ciudad de México«. Hay una versión del propio novelista que señala que nunca llegó a Acapulco y otra, en cambio, en la que confirma que sí llegó, pero que ya» no tuvo un momento de sosiego en la playa» y que volvió a Ciudad de México «el martes«: en cualquier caso, el momento clave en la carretera sucedió.

Hace ya tiempo, en MI SIGLO, recordaba la experiencia de Wagner con su «Lohengrin«:

“Apenas había entrado en mi baño hacia el mediodía – escribe el músico en sus «Memorias» – cuando el deseo de anotar Lohengrin se apoderó violentamente de mí. Incapaz de pasar una hora entera en el agua, salté fuera de mi bañera al cabo de pocos minutos; y tomándome a duras penas el tiempo de vestirme, corrí como un loco a mi cuarto para arrojar sobre el papel lo que me oprimía”.

Son instantes insólitos, únicos, repetidos a lo largo del tiempo.

El escritor francés Georges Duhamel confesaba: «El relato que quiero escribir lo tengo atravesado en mi garganta desde hace un año y me pesa enormemente sobre el pecho. Es tiempo ya de que me libre de él«.

Son impulsos decisivos. Sea para enderezar una obra o para iluminarla definitivamente, son momentos claves en la creación.

(Imágenes:- clickfordetails/ 2.-Jason Taylor.-2007/ 3.-Arman Fernández.-1975)

SCHUBERTIANA

» En la oscuridad de la noche en un lugar en las afueras de New York, un punto de observación desde donde se puede, con una sola mirada, abarcar ocho millones de hogares humanos.

La enorme ciudad a lo lejos es un montículo vibrante, una galaxia espiral vista desde el costado.

Dentro de la galaxia se deslizan las tazas de café sobre la barra, las vitrinas mendigan a los que pasan, una maraña de zapatos que no deja huella alguna.

Las escaleras de incendio que trepan, las puertas de ascensor que se unen resbalando, tras las puertas con cerradura de seguridad, un continuo diluvio de voces.

Cuerpos caídos duermen a medias en los vagones del metro, las catacumbas que se cruzan a toda velocidad.

También sé – sin ninguna estadística – que ahora mismo alguien toca a Schubert en alguna habitación a lo lejos y que, para alguno, esos tonos son más reales que los demás.

Las cuatro cuerdas tocan. Voy a casa atravesando tibios bosques, con la tierra, elástica debajo de mí,

me acurruco como un recién nacido, me duermo, ruedo ingrávido hacia el futuro, siento de pronto que las plantas tienen pensamientos.

Nos apretamos frente al piano y tocamos a cuatro manos en Fa menor; dos cocheros en el mismo carruaje, resulta un poco ridículo.

Las manos parecen cambiar de sitio objetos tintineantes de acá para allá, como si tocásemos los contrapesos,

en un intento de afectar el terrible equilibro de la balanza: alegría y sufrimiento pesan exactamente igual.

Annie dijo: «esta música es tan heroica», y es verdad.

Pero el que navega envidiando a los hombres de acción, esos que en el fondo se desprecian a sí mismos porque no son asesinos,

ellos no se reconocen aquí.

Y los tantos que compran y venden personas y creen que todos son comprables, ellos no se reconocen aquí.

No es su música. La larga melodía que es ella misma en todas las transformaciones, por momentos brillante y débil, por momentos opaca y fuerte, huella de caracol y cable de acero.

El terco canturreo que nos acompaña hasta aquí

saliendo

de las profundidades».

Tomas Tranströmer:- fragmentos de «Schubertiana» , de «La barrera de la verdad» (1978)

(En el día en que Tomas Tranströmer recibe el Premio Nobel de Literatura)

(Imágenes:- 1.-Toscanini al piano, con 87 años.- Milán 1954.-iicchicago. esteri.it/2.-Nueva York 1960.-foto Nick  DeWolf.-lainformacion. es/3.-Edvard Grieg al piano.-ballade.no/ 4.-Nueva York 1966.-Arthur el Tress.- contemporaryworks)

ENSAYOS DE FEDERICO FELLINI

ensayos con la mirada junto a Magali Noël,

ensayos con dedos y manos junto a Anouk Aimée,

ensayos con sonrisas junto a Claudia Cardinale,

 ensayos y ensayos, paseando en bici, rodando sobre la fantasía,

 ensayos con las caras, con las expresiones, con los personajes,

ensayos oníricos de extravagancias, ensayos de sueños, ensayos para intentar dormir. «Quiero contar lo que me sucedía cuanto tenía siete u ocho años – decía Fellini en 1965 -. Había bautizado las cuatro esquinas de mi cama con los nombres de los cuatro cines de Rímini: Fulgor, Ópera Nacional, Balilla, Saboya – ¿Cómo se llamaba el otro? – Sultán. Irme a acostar era entonces una fiesta. (…) Cerraba los ojos, esperaba pacientemente conteniendo el aliento y con el corazón acelerado hasta que, de golpe, comenzaba el espectáculo. Un espectáculo de los más extraordinarios. ¿En qué consistía? Es difícil de contar: era un mundo, una fantasmagoría rutilante, una galaxia de puntos luminosos, esferas, círculos brillantísimos, estrellas, llamas, vidrios de colores, un cosmos nocturno y centelleante que primero se mostraba inmóvil, después en un movimiento cada vez más amplio y envolvente, como un remolino inmenso, una espiral cegadora».

Fue en aquel 1965 cuando yo le conocí. Lo he contado en varias ocasiones en MI SIGLO. Eran los tiempos de «Giulietta de los espíritus«. Ensayos y ensayos en los estudios Rizzoli, en Cinecittá. «Mis experiencias, mis viajes, mis amistales, mis relaciones comienzan y acaban en los estudios de Cinecittá. Todo aquello que existe al otro lado de las verjas de Cinecittá es un afluente, ciertamente irremplazable, una reserva inmensa y maravillosa para visitar, para apropiarse y llevársela al interior de Cinecittá y hacerlo ávidamente. incansablemente. Yo no sé si todo esto es un privilegio o una servidumbre, pero es una forma de ser«.

Ahora que vuelven las películas perdidas de Fellini, los recuerdos de aquellos ensayos y de aquellos diálogos nos acompañan.

(Imágenes:- 1–Magali Noël y Federico Fellini ensayando «Amarcord»/ 2.-Anouk Aimée y Fellini ensayando «La dolce vita»/ 3.-Claudia Cardinale y Federico Fellini ensayando/ 4.-Federico Fellini.- durante el rodaje de «Amarcord».- foto: Mary Ellen Mark/ 5.-Giulietta Masina, Anthony Quinn y Aldo Silvani en «La Strada»/ 6.-Sandra Milo y Giulietta Masina en «Giulietta de los espíritus»/ 7.-Marcello Mastroiani caracterizado como violonchelista mientras rueda Federico Fellini «El viaje de Mastorna».-elpais.com)

DANTE Y LA MUJER

«… ceñido el blanco velo con oliva,

una mujer surgió con verde manto,

vestida de color de llama viva.

Y el espíritu mío, que ya tanto

tiempo hacía que, estando en su presencia,

no sufría temblores ni quebranto,

sin despertar mis ojos mi conciencia,

por oculta virtud que ella movía,

de antiguo amor sentí la gran potencia.

Tan pronto como hirió a la vista mía

la alta virtud que ya me había herido

cuando estaba en mi infancia todavía,

los ojos a la izquierda he dirigido,

cual niño que a su madre corre y clama

si tiene miedo o hállase afligido,

por decir a Virgilio: «Ante esta dama,

cada dracma de sangre me ha temblado:

conozco el fuego de la antigua llama».

Dante Alighieri: «La Divina Comedia».-Purgatorio XXX

Comentando el colorido de estos primeros versos -«ceñido el blanco velo con oliva/ una mujer surgió con verde manto/ vestida de color de llama viva«, Ósip Mandelstam en su «Coloquio sobre Dante» (Acantilado) recuerda que «mucho antes del alfabeto de Arthur Rimbaud, Dante había asociado el color a la vocalización de los matices y de los sonidos del habla bien articulada. Pero él es tintorero, tejedor. Su abecedario es el alfabeto de las telas que ondean, teñidas con polvos de colores, con tintes vegetales. Los impulsos que siente por los colores pueden ser llamados impulsos textiles, más que alfabéticos. Para él, el tinte sólo se manifiesta en el tejido. El tejido en Dante representa la tensión suprema de la naturaleza material como sustancia determinada por la coloración. Y el arte de tejer es la ocupación más cercana a lo cualitativo, a la calidad«.

Así va tejiendo con colores sus palabras y sus palabras tejen visiones de mujer y la mujer avanza por la «Divina Comedia«.

(Imágenes.- 1.-Andrea del Sarto/ 2.-Leonardo da Vinci.-detalle de Cinevra Benci.-1474-1478/ 3.- Tilda Swinton / 4.-fresco de Domenico di Michelino.-1465.-de la cúpula de la iglesia de Santa Maria dei Fiore.-Florencia.-wikipedia)

«JANE EYRE» Y CHARLOTTE BRONTË

Reconocía Virginia Woolf  la deuda inevitable con Charlotte Brontë y George Eliot  «porque ellas desvelaron – decía – el secreto de que la sustancia preciosa de que están hechos los libros nos rodea por doquier, en salas y cocinas donde viven mujeres, y se acumula con cada tic del reloj «. El 13 de abril de 1916 Virginia publicó en The Times Literary Supplement un artículo sobre Charlotte Brontë y en él reconocía que «la autora nos ha cogido de la mano, y nos obliga a seguir su camino, nos obliga a ver lo que ella ve, sin dejarnos un instante, sin permitir olvidarnos de ella. Por fín, quedamos totalmente empapados del genio, la vehemencia y la indignación de Charlotte Brontë. Rostros notables, figuras de recia silueta y rasgos retorcidos han destellado ante nuestra vista, al pasar. Pero las hemos visto con la visión de Charlotte Bronté. Cuando ella se va, en vano buscamos estas figuras. Si pensamos en Rochester, tenemos que pensar en Jane Eyre. Pensamos en el páramo y he aquí de nuevo a Jane Eyre. Y si pensamos en la sala de estar incluso, en aquellas «blancas alfombras en las que parecía se hubieran depositado guinaldas de flores«, en aquella «pálida repisa del hogar, de mármol de Paros«, en su vaso de cristal de Bohemia «rojo como el rubí«, y la general combinación de nieve y fuego»…, ¿qué es esto, sino Jane Eyre?. (…) Charlotte Brontë no intenta resolver los problemas del humano vivir, ni siquiera se da cuenta de que tales problemas existan, toda su fuerza, y esta fuerza es mayor, más tremenda, precisamente por ser de objetivo limitado, se centra en la afirmación, «amo», «odio», «sufro«.

Editada hace tiempo en la famosa colección «La Pléiade«, Charlotte Brontë ha sido objeto de numerosos estudios. En el número especial de hace años que «Le Magazine Littéraire» dedicó a las novelistas inglesas – desde Jane Austen a Zadie Smith, pasando por George Eliot, Woolf, Katherine Mansfield, Doris Lesing y otras – se recordaba una vez más que, entre las novelistas inglesas del XlX, las hermanas Brontë expresaban mejor que nadie los paroxismos a los que pueden conducir las tensiones de una sociedad que ofrecía a las mujeres muy pocas perspectivas, y que las sepultaba en frustraciones en donde la salida a veces extremas eran la locura o la muerte. Si la atención a la obra e incluso a la correspondencia epistolar en el caso de Jane Austen han conducido a magníficos trabajos – como el realizado por el excelente crítico italiano Pietro Citati en «El mal absoluto» (Galaxia Gutenberg) -, la fascinación e influencia provocada por Charlotte Brontë en diversos escritores ha llevado a reconocer en alguna importante novelista inglesa actual que fue atrapada en su juventud » sin duda a causa de la inmensa angustia que revelan sus personajes femeninos».

Recrea  Julien Green en su «Suite anglaise» el momento en el que Charlotte publica «Jane Eyre«:» la novela de Charlotte – escribe tenía cualidades tan singulares y difería tanto de cuanto entonces se acostumbraba a leer que al fin llamó la atención del público y al cabo de dos meses todo el mundo la conocía y la discutía. Se intentaba en vano descubrir al autor y nadie dudaba de que éste pudiera ser un hombre. Thackeray la había leído de un tirón: su admiración era tal que la segunda edición le fue dedicada. Los periódicos aparecían llenos de elogios. El editor de Charlotte envió a Haworth todas las críticas de «Jane Eyre«; casi todas eran muy favorables. Ante tal éxito, la muchacha ya no pudo más y quiso comunicar a su padre el gran acontecimiento. El diálogo tuvo lugar así:

– Papá, he escrito un libro.

– ¿Verdaderamente, hija mía?

– Sí. Quiero que lo leas.

– Tengo miedo de que eso no me siente bien para mi pobre vista.

– ¡Pero no es un manuscrito! El libro ya está impreso…

– ¿ Impreso, Charlotte? ¿ Vas a perder sin duda todo tu dinero. ? Cómo puedes hacer que se venda tu libro? Nadie te conoce…

– Pero no. No creo que yo vaya a perder mucho dinero. Déjame que te lea lo que dicen las críticas…».

(Pequeño apunte sobre Brontë en el momento en que se estrena una nueva versión cinematográfica de «Jane Eyre» dirigida por Cary Fukunaga)

(Imágenes:- 1,2 y 3:  Mia Wasikowska en la película «Jane Eyre» de Cary Fukunaga/ 4.-Charlotte Brontë)


MONTAÑAS AZULADAS

«Se vislumbran las montañas azuladas más allá de la muralla Norte;

al este de la ciudad corre el agua límpida y cristalina.

Aquí nos separamos, amigo, para siempre.

Tú has de navegar diez mil millas en barco,

como una planta acuática sin raíces.

¡Oh las nubes viajeras y los pensamientos de los vagabundos!

¡Oh los crepúsculos! ¡ Oh la nostalgia de los viejos amigos!

Nos separamos haciendo gestos con la mano,

mientras nuestros corceles se alejan paso a paso…, paso  paso…»

Li Po.- poeta chino .(-701762)


(Imágnes:- 1 y 2.-: Lin Shunxiong)

EL QUE DEBE ( O NO DEBE ) MORIR

Esta imagen de Eddie Adams siempre me ha impresionado. Data del 1 de febrero de 1968 y fue merecedora del Premio Pulitzer en 1969. El hombre que tiene la pistola en la mano es el general Nguyen Ngoc Loan, de la policía survietnamita, y a quien apunta es a un prisionero del Vietcong, segundos antes de ser ejecutado.

Dieciseis años después (cambiando ligeramente la forma de esta imagen pero en absoluto su esencia) escribí en mi novela – «Contramuerte» ( Ediciones B, 1984) -, el diálogo que uno de mis personajes, el profesor Bruno Vial, mantenía  con el protagonista del libro, que así lo relataba:

«No sé en dónde, en alguna parte del cuarto, en sus rodillas, en las mías, o tal vez en la mesa camilla, permanecía abierto el periódico de la mañana con la imagen a que he aludido – y que ahora tengo ante mí -: aquel sombrío fusilamiento en Saigón.

Bruno Vial, cambiando de improviso de tema, como arrebatado de repente por aquella fotografía, la acercó hasta sus lentes de miope tal y como solía hacer, es decir, casi rozando con las gafas el papel y recorriendo con enorme atención la epidermis de todo cuanto veía o leia. Pasó inesperadamente la página hacia atrás. Era el retrato del mismo hombre pero aún sin ejecutar. Sus rasgos descompuestos en primer plano parecían preguntar sin pronunciar palabra, interrogaciòn cubierta por una venda negra cubriéndole los ojos, otra tira de tela estrecha apretándole la boca con tal fuerza que se incrustaba en ella, haciéndole mascar obligatoriamente con los dientes aquella mordaza. Vial daba la impresión de haberse desentendido de mí y sus gruesos cristales se concentraban en aquella imagen como si la palparan con la frialdad del vidrio, pero también la fueran quemando y absorbiendo con el calor de las pupilas al otro lado de los lentes.

– ¿Ha visto? ¿Ha visto usted esto?.- pronunció absorto, sin levantar su cabeza hundida.

No quise pronunciar palabra alguna por no delatarme. Y miré, me acerqué más a Vial, y miré aquella fotografía.

– Este hombre al que se le acaba de decir que va a morir en los próximos minutos – murmuró el profesor como si hablara consigo mismo -, no ha muerto nunca. No sabe qué es morir. (…) Pienso que si antes hubiera muerto este hombre alguna vez – dijo de pronto Vial -, igual que muchas veces ha tenido que sufrir, amar y fracasar, como ha tenido oportunidad de llorar y de reir y de realizar todos los actos de la vida, este rostro que casi no puede verse, tendría ahora una expresión distinta, impensable para mí – prosiguió el profesor lentamente -; para mí -repitió -, para él y para el resto.

Sus gafas le seguían rozando para  observarlo bien.

– Pero este hombre – dijo Vial sin dejar de mirarlo -, como todos los seres, va a morir – esperó – ¿lo ve?, va a morir por primera y última vez – ahora hablaba muy lentamente – No conoce su muerte. Ni siquiera conoce la muerte, sino por cuantas muertes (no suyas), ha llegado él a ser testigo.

Al borde de la página, en otra ilustraciòn, aparecia semiborroso el mismo patio y el condenado, al fondo, sujeto ya, apuntándole.

– Y este grupo de hombres – prosiguió el profesor igual que si palpara los escondrijos de aquella fotografías -, todos los hombres del mundo menos él, aquellos que le van a ejecutar, y quien dará la orden – hizo una pausa -, así como los millares de millones de ojos que estamos observándole a través de la prensa – no levantó la cabeza -: es decir, todos los que no somos él y le contemplamos -gafas y periódico eran casi una misma cosa -, nada sabemos tampoco del morir – guardó silencio -. Es esta «una muerte más» -hablaba con enorme lentitud -, estampido, fogonazo, caída: inmovivildad perpetua – aguardó -, pero no es la esencia de la muerte.

Por primera vez el profesor irguió un poco sus lentes y, dejando el periódico abierto entre los dos pero sin atenderme, miró ( o yo creí que miraba) hacia un punto indefinido de la habitación: como continuando el soliloquio.

– ¿Quién puede comprender tal esencia?

Era como si se interrogara a sí mismo y hablara en un aula extraña, que respetase su pregunta y su indagación.

– Únicamente aquellos que ya han muerto, suponiendo que la conserven consigo tal y como en vida se guardan esencias y vivencias.

Estaba absolutamente concentrado.

– Ninguno de los que han muerto, ha revelado sin embargo esa esencia al resto.- Una pausa – ¿La conservan? -nueva pausa – ¿Guardan los muertos esa lección única de su propio morir? – movió ligeramente la cabeza: yo estaba seguro de que él se sentía solo en la habitación -. Nada se sabe – dijo con tremenda lentitud -. Nada se comunica a los hombres con vida.

Yo creí que iba a proseguir, pero de improviso volvió a la imagen del periódico.

– Por ello, estas miradas y sentimientos, las reacciones escondidas que contemplamos, esa «muerte del otro» – se quedó clavado ante la fotografía del condenado oriental – ¿qué aportan en el fondo de sí y definitivamente?  – ya su mente parecía disparar desencadenadamente las preguntas, igual que si ametrallase a aquel hombre -. ¿Cómo definir certeramente lo que sentimos en la hondura, si este morir al que asistimos es «uno más», y nunca es el «nuestro»?».

Contramuerte«, págs 42-44)

Sí, siempre me ha impresionado esta fotografía.

El que debe ( o no debe ) morir.

Y por supuesto, nunca morir así.

(Imagen:- foto: Eddie Adams.-1 de febrero 1968.- Premio Pulitzer 1969)

LA CASA DEL TIEMPO

A través de la Casa del Tiempo, de la casa del Viento y de la Lluvia, y de la casa de las Nubes, describió y se adentró por escaleras y ascensores de la atmósfera del cielo el científico R. A. Watson Watt, tal y como – en la ficción – quiso adentrarse también Italo Calvino creando y bautizando a sus «Ciudades invisibles».

Los cielos que vemos o no vemos – a los que alzamos alguna vez la mirada desde la ciudad o desde el campo – elevan su casa entre humedad de nubes, provisiones de agua, ventilaciones, iluminaciones y refrigeraciones. El piso más bajo de todos – así nos lo va contando Watson en «A través de la Casa del Tiempo» (Austral) -, es decir, la planta baja, es aquel en el que transcurre nuestro tiempo habitual de viento y nublados, de lluvia y nieve, de claridad y pureza, de calor y frío. El techo de esta planta baja está a más de diez kilómetros sobre nuestras cabezas, pero esta casa del Tiempo tiene más de cien pisos, y sólo alcanzaremos a ver algo de su hermosa decoración entre los pisos décimo y el piso número cien.

Recuerda Watsonen estas conferencias que pronunció en la B. B. C. en 1934 –  que en la iluminación decorativa de la Casa del Tiempo existen «colgaduras aurorales, tenues y luninosas de los pisos superiores de la Casa del Tiempo -que se cuentan entre las más bellas -, pero es la magia diurna del cielo azul, la magia nocturna del fondo de la estrellas, la que se extiende en la primera planta, en esta planta en la que vivimos«. Y también explica por qué son azules las sombras lejanas de los paisajes montañosos y cómo las estrellas, que lucen durante el día, no podemos verlas sino dificultosamente por culpa de la luz desviada por las moléculas de aire, partículas de polvo, gotas de agua y cristales de hielo de la atmósfera situadas en la planta baja de esta Casa.

Abrimos así las puertas de este grande y alto edificio, subimos por sus escaleras de nubes, utilizamos la caja de los ascensores, observamos el cielo raso de la planta baja, las diferentes salas, los colores, las luces, y alcanzamos incluso al fin – en un espacio de reflexiones – lo que Watson Watt llama  «los cuartos de la servidumbre«, es decir, allí donde trabajan los hombres y mujeres entregados diariamente a observar el mapa, investigadores constantes del tiempo que hará mañana, metereólogos y comunicadores que verterán en la prensa, la radio y las pantallas lo que el Tiempo les transmite.

Esta casa invisible quizá nos lleve también – entre realidad y ficción – a otras casas eslabonadas que se extiendan por ciudades invisibles. Hasta la ciudad de Zaira, Anastasia, Zora, Despina, Zirma, Isaura y tantas otras más. Memorias, signos, deseos, cambios y nombres de mujer que Calvino nos propone.

(Imágenes:- 1.-Steve y Chris.-luces del Norte/2 -la luz blanca.-1954.-Jackson Pollock.-MOMA/3.-Gary Simmons.-2008.-Metro Pictures)

UNA DESPEDIDA : DEL LLANTO

«Un hábil dibujante en una esfera

siguiendo sus modelos va a trazar

una Europa y un África y un Asia,

y a hacer de aquella nada todo el mundo.

Otro tanto sucede en cada lágrima

que derramas, un mundo, un universo

acaba por surgir a imagen tuya,

hasta que al fin tu llanto que se mezcla

con el mío copioso anega el mundo

y disuelve mi cielo a fuerza de agua».

John Donne  (1572-1631) : «Una despedida: del llanto»

(Imagen: d-i-s-e-a-s-e)

DINERO Y BELLEZA

Contestando al periodista italiano Enzo Biagi que le preguntaba sobre si alguna vez podría abolirse el dinero, el economista norteamericano Paul Samuelson repasaba algunos de los medios de intercambio que han existido a través de los siglos: «fueron el ganado – decía – el tabaco, el cuero, las pieles, el aceite de oliva, la cerveza, los productos alcohólicos, los esclavos, las mujeres, el cobre, el hierro, el oro, la plata, los anillos, los diamantes, las conchas, piedras pesadas y colillas de cigarrillos. Pero cada uno de esos objetos tenía sus cualidades y sus defectos. El ganado no puede partirse en moneda fraccionaria, pero este tipo de «dinero», cuando se acapara, aumenta, debido al proceso de reproducción, desmintiendo la doctrina de Aristóteles, según la cual el dinero es estéril. El aceite de oliva es una moneda líquida agradable, que puede dividirse tanto como se desee. El hierro, por el contrario, se cubre de orín; y el valor de un diamante no es proporcional a su peso, sino que varía según su talla.

La plata brilla – continuaba explicando el Premio Nobel -, pero se empaña si se expone al aire. El oro mantiene su esplendor, pero es blando si no se amalgama. De la edad del dinero como mercancía hemos pasado a la del papel moneda. La moneda de papel se ha difundido porque es muy útil como medio de intercambio. Puede transformarse y conservarse con facilidad. Imprimiendo más o menos ceros en el papel, puede alterarse su valor. Y puede fabricarse de manera que pueda reconocerse y protegerse de falsificaciones. La definición más rápida del dinero sería entonces que en lugar de intercambiar comida por vestidos, creeemos más conveniente intercambiar la comida y los vestidos por el dinero y después transformar el dinero en comida y en ropa. Es un medio de intercambio».

De la avaricia ante el dinero ya hablé aquí hace tiempo, así como de la referencia a la avaricia que hace Tomas Moro en una de sus cartas a su hija Margarita. Ahora, otro aspecto muy distinto del dinero – que es el de su reproducción en la historia de lo bello -, está teniendo lugar en Florencia hasta el mes de enero, en la exposición sobre Dinero y Belleza.

Grandes pintores, pequeñas monedas, grandes avaricias, prestamos que nos envuelven, deudas que nos acompañan…

(Imágenes:- 1 y 2.- Marinus van Reymeswaele: 1- los dos prestamistas-1540.-National Gallery.-Londres/ 2.-Marinus van Reymeswaele.-el cambista y su mujer.-1538 – Museo del Prado/ 3.-Fra Angelico.- detalle de «San Nicolás salva un barco»-1437 -Pinacoteca Vaticana.- Web Gallery of Art)

LECTURAS SILENCIOSAS

«Cuando leía, sus ojos corrían a lo largo de la página y su mente percibía el sentido, mas la voz y la lengua se quedaban inmóviles. A menudo, hallándonos allí – cualquiera podía entrar, pues no se solía anunciar la llegada de un visitante – lo observábamos mientras leía, o en silencio, nunca de otra forma, y tras quedarnos sentados silenciosamente – ¿quién se atrevería a turbar una concentración tan intensa? – nos íbamos conjeturando que, en ese rato de tiempo en el que conseguia dedicarse a relajar su mente, libre por fin del ruido de los problemas ajenos, no querría ser distraído ni explicar a un oyente atento e interesado algún pasaje oscuro del texto que estaba leyendo, ni discutir sobre alguna cuestión particularmente difícil, acabando por perder, de tal modo, una parte del tiempo destinado a la lectura, a pesar de que resultara mucho más probable el hecho de que habría empleado ese tipo de lectura silenciosa para ahorrar la voz, que se le debilitaba con gran facilidad. No importaba la razón por la que lo hiciera, para un hombre así no podía ser sino buena».

De este modo narra San Agustín en el capítulo Vl de sus «Confesiones» la forma en que leía San Ambrosio, aquel personaje que fascinó y atrajo vital y esencialmente al que luego sería obispo de Hipona. En Mi Siglo he hablado ya de las grandes cuestiones formuladas por Pèguy en torno a la lectura y de los espléndidos párrafos que dedica Proust a la lectura en voz baja. Roger Chartier, cuando aborda las prácticas de lo escrito en la «Historia de la vida privada«, recuerda una vez más la importancia de la lectura en silencio durante los siglos XVl y XVll, que instaura una relación solitaria entre el lector y su libro, y Philippe Ariès, comentando el siglo XV, ya dice que la lectura silenciosa se ha transformado entonces en la manera corriente de leer, y que hasta el XlX los lectores torpes se distinguirán de los demás por su incapacidad de leer en silencio.

«Muy a menudo – evoca Steiner en «Presencias reales» (Destino) – lo que viene a llamarnos lo hace sin ser invitado. Incluso cuando hay una buena disposición, como en la sala de concierto, en el museo, en ocasión de una lectura, la verdadera entrada en nosotros no ocurrirá por un acto de voluntad». Entra en nosotros ese invitado en la noche atravesando la habitación de la mente, rozando la luz de las pantallas, apenas haciendo ruido entre los muebles de las distracciones y se queda allí, en la música, en el fondo del cuadro, en el fondo de la página, y empieza a hablarnos – silencio y lenguaje, lenguaje y silencio – hasta atraernos, hasta convertirnos en su íntima amistad.

(Imágenes:- 1.- Lyttton Strachey- Dora Carrington/ 2.-Marcel Rieder.-1851-1925)

CUANDO LA VIDA ERA PLENITUD

«En la era en que la vida sobre la tierra era plenitud, nadie prestaba particular atención a los hombres valiosos, ni señalaba al hombre de habilidad.  Los gobernantes eran simplemente las ramas más altas del árbol, y el pueblo era como los ciervos en los bosques. Eran honestos y justos, sin darse cuenta de que estaban «cumpliendo con su deber». Se amaban los unos a los otros y no sabían que esto significaba «amar al prójimo». No engañaban a nadie y aún así no sabían que eran «hombres de fiar». Eran íntegros y no sabían que aquello era «buena fe». Por esta razón sus hechos no han sido narrados. No hicieron historia».

«Por el camino de Chuang Tzu«.-versión y recreación de Thomas Merton.

(Imágenes:- 1.-Haku Maki.- árbol de invierno/ 2.- Wharfedale.-John Atkinson Grimshaw-colección privada.-cortesía de johnatkinsongrimshaww.org)

VIDAS CRUZADAS

La muerte de Pilar Donoso, la hija del novelista chileno José Donoso  (a ella me referí ya aquí al hablar de los talleres de escritura) , nos lleva otra vez hasta libros y autores y se expande sobre el gran mosaico de las vidas literarias. Ángulos y perspectivas, confesiones y balances, y también numerosos recuerdos. La historia de la literatura está salpicada de confidencias y el universo de nombres y de obras extiende sus ramas por hijas e hijos, hermanos, esposas o esposos, secretarios, mujeres y hombres que de una forma u otra acompañaron a los autores – unos con admiraciòn, otros con amor, otros guardando venganzas -, como ya hace tiempo comenté en Mi Siglo.

Cada uno nos ha ido entregando varios puntos de vista, como es el caso de Tess Gallagher y de Maryann Burk Carver sobre Raymond Carver.

Cada uno nos ha intentado desvelar una relación, como ocurre con Katia Mann y sus «Memorias» sobre Thomas Mann.

Algunos han aportado menudas y reveladoras incidencias del hogar, y así lo hizo Celeste Albaret con Marcel Proust.

Otros fueron muy lúcidos en sus visiones – y lo recordaba de este modo Eliot al referirse al libro «Mi hermano James Joyce» , de Stanislaus Joyce.

Porque de cualquier forma, para acercarse hasta las habitaciones y trabajos de muchos escritores, estos pasillos de vidas cruzadas siempre serán una interesante iluminación, a veces incluso una revelación completa.

(Imágenes:- 1.-Pilar Donoso junto a su padre José Donoso.-latercera.com/ 3.-Tess Gallagher y Raymond Carver en 1984.-f oto Marion Ettlinger.-Corbid Outlin.-guardian co.uk/4.- Katia Mann junto a su esposo Thomas Mann en Berlín.- 1929/ 5.-Celeste Albaret.-tempas  hauttefort. com/6.-Stanislaus Joyce.-themodernworld.com/7.-Raymond Carver.-writinguniversity org)

DESPUÉS DE CADA GUERRA

«Después de cada guerra

alguien tiene que hacer limpieza.

Un mínimo orden no se hará solo.

Alguien tiene que apartar los escombros

de los caminos

para que puedan pasar

carros llenos de cadáveres.

Alguien tiene que hundirse

en el fango y en la ceniza,

en los muelles de los sofás,

en las esquirlas de vidrio

y en los trapos ensangrentados.

Alguien tiene que arrastrar una viga

para apuntalar la pared,

alguien debe poner cristales en las ventanas

y colocar la puerta en los goznes».

Wislawa Szymborska.

(Imágenes:- 1.-Sam Weber.- Soldado de invierno/2.-Albrecht Altdorfer.-la batalla de Alejandro.- detalle.-1529)

OLORES INFANTILES, OLORES FAMILIARES

«A las albas de mi niñez – cuenta Eugenio D`Ors en sus Confesiones y recuerdos«-, van ligados dos olores. El primero es el olor de zanahorias descompuestas. Yo nací en lo más céntrico de la ciudad, cuyo urbanismo iba, poco después, a transformarse tanto, en la casa número 3 de la calle Condal, en la inmediatez de la Puerta del Ángel, cuyas murallas desaparecieron.(…) Los bajos de aquella casa, cuyo primer piso ocupaba el consultorio médico de mi padre y en cuyo entresuelo vivía mi abuelo igualmente, han conservado, hasta fecha muy cercana al día de hoy, (este texto de D`Ors es de 1950, publicado en «Correo Literario»), dos tiendas, además de un cuchitril de portero. En la portería actuaba, hacia la época de mi venida al mundo, un zapatero remendón; años transcurridos, el ocupante pasó a ser un relojero. Una de las tiendas se dedicaba al comercio de libros rayados. Pero la otra tienda siguió intacta. Era una vaquería. (…) El olor del pienso vacuno no había manera de suprimirlo. Para perderlo de olfato dio ocasión un cambio de domicilio, que se transportó, hacia los dos años de mi vida, a la calle de San Pablo, señoril y hasta entonada aún. Allí, el olor que se respiró fue muy otro. Frente al número 15 se abrían los almacenes del papel de fumar Valadia. Una esencia picante y característica llegaba hasta nuestros balcones, cuando estaban abiertos, y acompañaba nuestros primeros pasos por la calle. Entrambos olores, el del pienso de zanahorias y el del papel de fumar, dan un fondo común de paisaje olfativo a los recuerdos de mi primera infancia».

Son los olores muchas veces compañeros de las visiones, y éstas de las audiciones y del gusto, y todas ellas también del tacto, y así los primeros pasos de los sentidos en muchos niños que un día quizá lleguen a ser escritores quedan impresos en sus mentes y al fin no tendrán más remedio que volcar todo ello sobre un papel. Si se considera memorable la secuencia de Proust cuando escribe «en cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado de tila que mi tía me daba (…), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres…», este sabor nos está abriendo las puertas de las reminiscencias y nos empuja a grandes tiempos de espacio y de novela. Pero el olfato siempre estará presente también. Olor proustiano de habitaciones cerradas – de dormitorios, de pabellones de caza, de recintos en los Campos Elíseos-, olores igualmente de espinos,», retenidos en sus elementos untuosos y densos», dirá Proust, olores en la avenida de las Acacias » cuyos perfumes, que irradiaban en derredor, hacían sentir de lejos la proximidad de una potente y suave individualidad vegetal«: blandura, unción, densidad, pesantez de tantos olores diversos y mezclados, modalidades sustanciales de aromas volátiles que se expanden en un espacio aéreo.


Siempre pues hay olores en las vidas, también en las literaturas.

Gil de Biedma, en «Retrato del artista en 1956«, desgrana los olores que le acompañaron:

«El olor a cuerpo y a prendas miserables. Los vagones del metro. Madrid: carne recalentada y ropa de difunto y un deje de grasa de chorizo, para fijar el aroma igual que el barniz una pintura. Londres: lana húmeda, chocolatinas baratas, cocina de manteca rancia, fish and chips, verduras tristes. París: sé que tiene un olor, pero se escapa.

(…)

Olor a escarcha y fuego de leña verde, pavesas en el aire. La Nava, años de la guerra civil, camino de la escuela en las mañanas.

Cocido y cuero recién curtido: Salamanca«.

 Olores retenidos. Olores conservados. Olores siempre.

(Imágenes:- 1.- John Singer Sargent.- 1885-1886.-Tate Gallery.-Londres/ 2.-Valentín Aleksándrovich Seróv.-Mika Mo Morozov.-1901.-State Treytakov Gallery.-Rusia/ 3.-Brassaï -Quai des Orfévres.- 1930-1932)