Toda mi vida ha estado influenciada por la opinión, corriente en la época de mis comienzos que aceptaba solamente consignar las observaciones hechas sobre la naturaleza, y todo lo que venía de la imaginación o del recuerdo se consideraba sobado y sin valor para la construcción de una obra plástica. Los maestros de la Escuela de Bellas Artes decían a sus discípulos: ”Copiad servilmente a la naturalleza”.
Durante toda mi carrera he actuado contra esta opinión a la cual no podía someterme, y esta lucha ha sido la fuente de los distintos avatares de mi camino, durante el cual he buscado posibilidades de expresión fuera de la copia literal, tales como el divisionismo y el fauvismo.
Estas rebeliones me han conducido a estudiar separadamente cada elemento de construcción: el dibujo, el color, los valores, la composición, la manera en que estos elementos pueden aliarse en una síntesis, sin que la elocuencia de uno de ellos sea disminuida por la presencia de los otros, y la de construir con esos elementos, no disminuidos de sus cualidades intrínsecas de la unión, es decir, respetando la pureza de los medios”.
Henri Matisse- “La capilla del Rosario de Vence” (1951)
(Matisse- 1– “El mantel”- 1908 – Leningrado – Ermitage/ 2-“Lección de música” – 1917– Marion- pensylvania— Barnes foundation / 3 – Henri Matisse)
“Petronio dice que hay 183 mundos dispuestos en forma de triángulo equilátero — asegura Plutarco —-, cada uno de cuyos lados comprende sesenta mundos. Los tres mundos restantes están situados respectivamente en los tres vértices, pero tocan a los que se suceden en los lados, girando sin irregularidad, como en una danza coral. Lo demuestra el número de mundos, que no es egipcio ni indio, sino de origen dórico, de Sicilia, de un hombre de Imera llamado Petronio. La opinión de Petronio es que había 183 mundos que se tocaban entre sí en un punto, pero no explica claramente qué quiere decir ”tocarse en un punto”, ni aporta otros argumentos convincentes.”
(Imágenes—1- Robert Mccall- 1968/ 2- Charlie Riedel)
…” Trato de formular con la mayor claridad — le decía Modigliani al músico italiano Oscar Ghiglia en una carta —- la verdad del arte y de la vida tal como la sentí a veces en Roma ante el espectáculo de la belleza. Y como también he hallado la relación interior, trataré de hacerla visible y de exponer, por así decirlo, la estructura metafísica para dar forma a mi concepto de la vida, de la belleza y del arte.”
Hay que dormirse arriba, en la luz.— escribía María Zambrano.
Hay que estar despierto abajo en la oscuridad intraterrestre, intracorporal de los diversos cuerpos que el hombre habita : el de la tierra, el del universo, el suyo propio.
Allá en los ”profundos” , el corazón vela, se desvela, se reenciende en si mismo.
Arriba, en la luz, el corazón se abandona, se entrega. Se recoge. Se aduerme al fin ya sin pena. En la luz que acoge donde no se padece violencia alguna, pues que se ha llegado allí, a esa luz, sin forzar ninguna puerta y aun sin abrirla, sin haber atravesado dinteles de luz y de sombra, sin esfuerzo y sin proyección.”
(Imágenes—1 -He Zubin- 2007- artnet/ – Felix Valloton)
“Casi toda la personalidad de Don Quijote — señala Romera- Navarro al estudiar la interpretación pictórica del ”Quijote” que hiciera Doré—, va reflejada en sus dibujos: la paciente resignación del caballero, su melancolía, su hermosa dignidad, sus arranques de locura y frecuentemente en sus ojos ese algo del sublime ideal. Hay una frase de Cervantes bellísima, que él aplica a Cide Hamete, pero que podemos aplicar a Doré en sus más geniales momentos: “ pinta los pensamientos, descubre las imaginaciones”. Muchas veces tenemos ante los ojos al caballero combatiendo o furioso. Pero rarísima vez grotesco o ridículo.
Sus ilusiones o desvaríos han sido tratados con respeto. ¿Cómo no iba a impresionar a un noble artista la alteza moral de Don Quijote, cuando hasta la misma Maritornes, ignorante, bruta — la más grosera criatura que pueda presentarse jamás junto al espiritual caballero — se sintió conmovida por su bondad, pureza y valor tanto como por su locura? Y reflejada está en las ilustraciones de Doré esa superioridad moral y la fuerza magnífica de su carácter.”
(Recuerdo en el Día del libro)
( Imágenes— 1-Gustavo Doré – el ”Quijote”- parte primera- capitulo 1/ 2-El ”Quijote’ – parte primera – capítulo XVll/ 3- el ”Quijote” -parte primera-capítulo Vlll)
“Entonces, nada más dejar de hablar el guía y salir todos a aquel claustro o pasillo que circundaba al museo e ir avanzando hacia otras salas, pensé en Hooper, en todo lo que acababa de escuchar sobre él, y también en lo que algunos me habían contado sobre sus influencias en el cine, o mejor dicho, sobre los vasos comunicantes que al parecer existían entre su pintura y la cinematografía, y recordé que Hooper, cuando estaba cansado de pintar, confesaba que solía entregarse a devorar películas, una tras otra, unas veces como escapatoria para su fatiga y otras como estímulo creativo. Así se iban levantando en su interior, sin darse él mucha cuenta, multitud de escenas, tanto en el lienzo como en la pantalla, como por ejemplo ventanas simultáneas, superpuestas y mezcladas que no se sabía bien si pertenecían al mundo de Hitchcock o al de Hooper, como cuando en el film ”La ventana indiscreta”, el flaco James Stewart apoyaba su ojo en su largo prismático y, en medio de la urbanización de la noche, descubría de repente sospechas sobre un drama imprevisto. Aquella ventana indiscreta espiaba a multitud de ventanas aparentemente discretas en sus intimidades y a su vez el ojo de Hooper quedaba reflejado en ventanas esencialmente lisas y blancas, abiertas sobre cuartos vacíos, asomadas al cielo o al mar. Lo mismo ocurría en cuanto al cine y la pintura ante fachadas de ciertas casas que luego se harían inolvidables. Cuando Hooper pintaba en 1925 su “Casa junto a la vía del tren”, no podía imaginar que treinta y cinco años después , en 1960, apareciera de repente en una de las altas ventanas de esa casa, en medio de la noche, la sombra de Anthony Perkins disfrazándose y desdoblando su personalidad para actuar violentamente en ”Psicosis”. La casa naturalmente no era la misma que había pintado Hooper años atrás, pero su imagen se había quedado en la memoria de Hitchcock y las nieblas nocturnas la habían ido levantando cinematográficamente para la escena de la ducha, el cuchillo, y el suspense.”
José Julio Perlado
(del libro ”La mirada” ) (texto inédito)
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS
(Imágenes— 1– “Casa junto las vías del tren” (1925) – The Museum of Modern Art —-Nueva York/ 2– Psicosis (1960) y Hooper (1925j
Todo el horror de las guerras modernas— escribía Bernanos— parece realmente satánico. Las patrias arriesgaban ejércitos; el mundo, desde el primer momento, empeña hoy su juventud, y luego se organiza como si esta prenda no hubiera de serle restituida nunca. En efecto, nunca le será restituida, si las hostilidades se prolongan, porque una juventud reducida a la mitad, profundamente alterada en su fondo moral por una misión expiatoria asumida casi al salir de la infancia, a la edad en que, según la naturaleza, el ser tiene derecho a la protección, lejos de estar obligada a proteger a los demás…, esta juventud ya no es más que un fantasma de juventud, una juventud inmediatamente absorbida por la enorme, la opulenta Retaguardia, llegada al término de su madurez, madura al fin.”
“A a una persona nadie la llega nunca a conocer por completo, es decir, conocer de una manera total; nunca nadie llega al conocimiento del auténtico interior de una persona. Ni si- quiera ella misma se acaba de conocer completamente. Ni tampoco a lo largo de su vida, aunque esta vida sea muy larga. Existen numerosas aproximaciones para llegar a su interior, eso es cierto, ¿pero quién conoce de verdad a una persona con la que uno incluso puede hablar diariamente, por ejemplo, un esposo, una esposa, un hijo? Se dice que las madres conocen muy bien a sus hijos. Sí, quizá eso sea lo más aproximado, lo más cierto. Pero al ser humano en su profundo interior es muy difícil conocerlo. Ni siquiera, como digo, en el matrimonio se conoce la auténtica verdad de la otra persona, y eso aunque transcurran muchos años. A mí me ayuda siempre esa imagen tan plástica y normal, pero tan representativa, que solemos ver en las calles. Dos personas están hablando en una esquina y entre ellas, entre esos dos rostros, pasa un estrecho hilo de aire, un espacio, una pequeña corriente que naturalmente separa a las dos figuras y a los dos rostros. Ese estrecho pasadizo de aire es lógico que exista, pero simboliza también algo: nos recuerda de algún modo la constante y lógica separación entre dos intimidades que están hablando. Una intimidad se protege siempre de la otra intimidad que le interroga, y la que está enfrente hace lo mismo. Cada intimidad contará y desvelará solamente en esa conversación o en otra cualquiera aquello que ella quiera contar y de la forma en que lo quiera contar, o lo que en ese momento le interese contar y también ocultar; a veces incluso llegará a confesar cosas muy personales, pero nunca revelará todo por completo, es muy difícil que desvele toda su intimidad. Existe una frontera, existe una natural protección por uno mismo. Uno no desvela nunca todo. Además, hay cosas que incluso el propio yo no conoce.”
José Julio Perlado
páginas 163- -164 de ”Los cuadernos Miquelrius” ( editorial Funambulista)
“Y aquí tienen, en esta Sala, ”Grupo de gente al sol”, de Edward Hooper, pintor americano nacido en 1882 y muerto en 1967 y del que sin duda habrán oido hablar. Si se colocan en el centro, aquí, vengan por aquí, si se colocan junto a mí en el centro, dijo el guía, podrán verlo mejor. Se trata, como ven, de cinco figuras mirando al sol, bueno, exactamente cuatro, cuatro figuras que miran al sol, porque hay una a la izquierda, ¿la ven?, que al parecer no está interesada por el espectáculo y prefiere sumergirse en la lectura. Pero la mirada está presente en todo este cuadro que data de 1960. Se diría que es la mirada hacia el sol y que de algún modo es también la mirada del sol, o al menos su resplandor, el que les mira. Al sol no le vemos, adivinamos su resplandor. Sorprenden muchas cosas en estas figuras de Hopper. Por ejemplo, su vestimenta, sus posturas, sus actitudes hieráticas, se diría que casi tensas, en absoluto abandonadas o relajadas, como ocurre cuando nos abandonamos al sol. Aparecen estos cinco personajes sentados en sillas, y sobre todo la mujer del sombrero y las gafas asombra porque sigue vestida con su mismo traje verde de calle y su pañuelo rojo o granate al cuello; por lo tanto, el sol no le puede dar más que únicamente en las mejillas y en el mentón o quizás algo de lo que le queda desnudo del cuello, pero muy poco; lleva gafas de sol para mirar al sol, pero no se ha desabrochado ni un botón del vestido, ni se ha puesto en traje de baño: da toda la impresión de que tal como ha llegado a la solitaria terraza de esta casa se ha querido sentar y colocarse, ávida de recibir los rayos de sol, deseosa de aprovechar el tiempo cuanto antes. También sus compañeros. Se han situado como si viajaran ante el sol, como si el sol se les pudiera escapar, como si el sol pasase solo una vez igual que pasa un ferrocarril o estuviera pasando el sol en estos momentos. Entonces el reflejo del sol pasa sobre sus caras, sobre sus chaquetas y sus pantalones, sobre sus calcetines. Ni siquiera se han quitado los zapatos, ni las medias, ni los calcetines, tampoco se ha quitado sus zapatos blancos, que asoman entre las piernas, la mujer del sombrero. ¿Qué tiene entonces este resplandor de sol para ser recibido así? ¿De qué están necesitadas estas cinco figuras?
Es un misterio. Lo que quizá ustedes recordarán si han visto otras pinturas de Hopper en otros museos, será tal vez el tratamiento casi continuo que este pintor hace de la soledad. Algunos recordarán sin duda ciertos cuadros suyos porque no se van fácilmente de la cabeza, como el de la mujer sentada en la cama mirando al sol matutino, o el de la mujer en una habitación de hotel, rodeada de maletas aún sin deshacer y que hojea un libro. Allí sí se puede percibir especialmente la soledad, y cualquiera de esos cuadros, y otros también, podrían perfectamente estar aquí, pero este museo ha preferido escoger este ”Grupo de gente al sol” porque la mirada en este cuadro prevalece sobre la soledad. En esta pintura no nos fijamos en la soledad, ni tampoco en el esbozo de esa casa presumiblemente vacía, típica de Hopper, sino lo que nos sorprende es la mirada de estos hombres y mujeres hacia el sol.
¿Pero es verdaderamente ese sol natural, el sol que nosotros conocemos, el que lanza su resplandor? ¿ O es otro sol distinto, quizá un resplandor metafísico, que llega de otro mundo, un resplandor pálido pero con mucha potencia extraña, un resplandor aparentemente tenue, como una luz que se posa y baña e ilumina el sombrero blanco de la mujer y el cráneo desnudo de algunos de estos personajes? Sabemos que Hooper pintaba sus cuadros primero en su mente, dibujando y concretando todos sus detalles, sus planos, encuadres y colores, y luego llevaba todo eso al lienzo; así él lo contó muchas veces. Entonces, ¿cómo y por qué se le ocurrió representar a hombres y mujeres impecablemente vestidos mirando al sol? . Por otro lado, aquí Hooper no presenta ventanas, como ustedes pueden ver. Las ventanas son muy características en su obra; a través de ellas se observa el cielo, el sol o la luz. Pero aquí Hooper no utiliza ventanas; es el contacto directo del rostro y de los ojos con el resplandor. Ni los personajes se despojan de sus vestiduras, ni tampoco hay intermediario alguno entre ellos y el sol. Todo son preguntas. Yo les animo a que se hagan esas preguntas. Es una forma de intentar explicarse este cuadro.”
José Julio Perlado
(del libro ”La mirada”) (texto inédito)
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS
(Imágenes-1- Hooper—“Grupo de gente al sol”-1960–American Art Museum- Washington/ 2- Hooper—“Sol en una habitación vacía” —1963-colección privada/ 3-Hooper — “Habitaciones junto al mar”-1951- Yale University Art Gallery New Haven—Legado de Stephen Carlton Clark))
Habíamos vuelto a bajar al camino: en pocos minutos : llegamos a Sciara—-escribe el italiano Carlo Levi en sus ”Tres jornadas en Sicilia”—. Una calle cruza el pueblo de extremo a extremo, subiendo y bajando, y en la mitad está interrumpida por una plaza en que se ve el águila del monumento a los caídos. Partiendo de esta calle, suben hacia el castillo y bajan hacia el valle las calles transversales, anchas, empinadas, pedregosas como cauces de torrentes. Son ””sciare”, franjas, ríos de piedra que se precipitan hacia el valle. Subiendo por ellas, entre cabras, asnos y vacas, y las bajas casitas de piedra, se ve el castillo, hacia el cual todas convergen. Visto de cerca es un modesto castillejo, casi tan sólo una ”villa” señorial abandonada y ruinosa; pero la alta roca a pico sobre la cual está construido y los cercos espinosos de tunas que la rodean, le dan un aspecto militar y rapaz, como de fortaleza aislada e inatacable, un lugar de segregación sangrienta y de desprecio.
¡Qué paz, sin embargo, al subir! La campiña baja hasta el pie del monte Calogero envuelto en nieblas, un silencio solemne se extiende sobre la tierra, un intacto encanto pastoril arropa los árboles, las plantas, las rocas, el oro de los pájaros, las azules lejanías. Asomándose desde lo alto, todo el pueblo se muestra como un libro abierto, y nada queda oculto a la mirada. Todas las calles de Sciara, todas las casas, todas las personas sentadas en ellas, se ven como en un gran cuadro sin sombras. Y el que vive abajo, el que está en aquellos umbrales, habita en aquellas casitas, siente sobre sí fijos los ojos del gran pajarraco rapaz.
”Una estatua está siempre presente por sí misma. En la soledad de la estatua — decía Giorgio De Chirico en 1919 — , el tiempo, a través de las estaciones, no produce más que un solo fruto: la sombra. La sombra es la vida reflejada por la estatua, su movilidad mágica.”
(Imágenes—1- Giorgio de Chirico- “Plaza”— museo de Bellas Artes de Buenos Aires/ 2-Word Press)
“… No encuentro palabras para traducir los momentos de la plegaria de la tarde.
En esta hora, el templo me parecía totalmente poblado de santos.
Lentamente, gravemente, los judíos desplegaban sus velos sagrados, llenos de lágrimas de todo un día de rezos.
Sus vestidos se desplegaban como abanicos…
Me ahogo. Me quedo sin aliento.
¡Día infinito! ¡Tómame, hazme más próximo a ti. Dime algo, explícate!…
Si Tú existes hazme azul, fogoso, lunar, ocúltame en el altar con la Thora, haz algo, Dios, en nombre de nosotros, de mí…
Pronto saldrá la luna, la media luna.
Las velas están agotando sus luces…
Mientras la vela sube hasta la luna, la luna baja volando a nuestros brazos.
El camino es plegaria. Las casas lloran.
El cielo pasa por todos los lados.
Las estrellas se alumbran y el aire fresco entra por la boca abierta.
Así es como volvemos a casa”
Marc Chagall – “Mi vida”
(Imágenes— 1- Chagall- “Soledad” – 1933- museo Tel Aviv- regalo del artista/ 2- Chagall sobrevolando Vitebsk/ 3- Chagall- París visto a través de una ventana 1913- museo Solomon R. Gugenheim)
“Los más grandes objetos de la naturaleza son, según creo, los más gratos a la vista, y después de la amplia bóveda celeste y de las ilimitadas regiones pobladas por las estrellas, no hay nada que yo contemple con tanto placer como el vasto mar y las montañas. Hay algo augusto y majestuoso en su aspecto, algo que inspira a la mente grandes pensamientos y pasiones. En semejantes circunstancias el pensamiento se eleva a Dios y a su grandeza, y todo lo que tiene aunque solo sea la sombra o la apariencia de infinito, como lo tiene toda la cosa que excede la comprensión, llena y arrolla con su exceso la mente proyectándola a una especie de agradable estupor y admiración.”
Thomas Burnet – (1681)
(Imágenes-1- National Geograplhic/2- Caspar David Friederich)
“Todos los días de fiesta por la tarde — relata el capuchino Pedro José de Sevilla a finales del siglo XVll—, saldrá el rosario de la iglesia, formando su estación, hasta otra iglesia que tendrá prevenida. De cuando en cuando se tocará la campanilla para que todos callen, y se echará una saeta, a cuyo tiro cae la caza, pues se experimenta que si al oírla se introducen en el rosario los que no lo intentaban; y muchos que estaban en las casas divertidos o mal empleados, salen al punto y siguen la misión, que no siguieran si la saeta que oyeron o las voces del Rosario no les hubieran conmovido el ánimo. Cuando se pasa por algún retablo de los que hay en las calles se suelen detener y cantar la salve, y concluido se canta una saeta y se prosigue la estación. Cuando se pasa por las plazas o sitios de comercio donde hay mucha gente, sacando un sillón o una mesa de la casa más inmediata se hace una breve plática, guardando el mayor empleo del tiempo para el templo o sitio para donde se encamina.”
Las saetas antiguas — así lo recuerda el historiador Antonio Dominguez Ortiz — eran unas exhortaciones versificadas, breves y punzantes, como dardos o saetas. Y algunos folkloristas reconocen que en toda la liturgia de la Iglesia no se halla música que, como ésta, conmueva al pueblo. Se señala que la saeta primitiva — que en nada recuerda a las actuales—era pobre de estilo y con una ejecución monótona y cansina. Solamente el alma del pueblo sabía matizarlas, sentirlas y hacerlas sentir. Se conservan en Andalucía unas Saetas llamadas de ”Las monjas de Utrera”, de peculiar dulzura, pero que en nada se acomodan a la Semana Santa. Pero lo cierto es —dice Domínguez Ortiz— que ya en el siglo XVll Sevilla entera, con sus numerosas cruces e imágenes en la vía pública y los cortejos procesionales que la surcaban, era como un inmenso templo, en especial, en las ocasiones solemnes, de las que todavía es hoy ejemplo único su Semana Santa.”
(Imágenes – 1-Manuel García y Rodriguez/ 2- cofradía pasando por la calle Génova-1851- Alfredo Dehodenco – ABC Sevilla/ 3- Arte e historia